sábado, 11 de mayo de 2013

Homilía de la Ascensión del Señor, ciclo c



ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS, ciclo c, 2013

            Hermanos, cada uno de nosotros necesitamos saber quienes somos; saber en qué mundo vivimos y cuáles han de ser los criterios y objetivos con los cuales podernos relacionar. Y de lo que  nos percatamos a nuestro alrededor no nos habla precisamente de Cristo.
            El viernes, muchas calles de la capital palentina nos hablaba de alcohol, de vomitonas, de basura ocasionada por un gran botellón. Muchos jóvenes hicieron novillos con la excusa de reunirse para beber en grupo. Y los vasos de plástico, las botellas de alcohol y todo tipo de bolsas con residuos esparcidos por el suelo nos hablaban con gran claridad. Claro, ahora alguno podría estar pensando: «Ya están los curas prohibiendo cosas, no me extraña que los jóvenes no vengan a Misa». A lo que yo respondería que «ni yo ni nadie prohibimos las cosas», lo que ocurre es que estas cosas suceden porque no han descubierto aún el amor de Dios. Tan pronto como uno descubre eso –el amor de Dios- todo adquiere un sentido nuevo porque uno empieza a nacer del Espíritu de Dios.
            Somos Hijos de Dios y no podemos permitir movernos bajo los criterios de la carne. Es cierto que aquel que dice SÍ A CRISTO se adentra en una gran batalla interior, en una lucha sin cuartel donde no se puede bajar la guardia porque ya nos lo avisa el Apóstol San Pedro «El Diablo, vuestro enemigo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe» (1 Pe 5,8).
            Esa fe en Cristo, ese fiarnos totalmente de Cristo, ese asentar nuestra vida en Cristo se ha de traducir en una cultura cristiana. En el momento en que el hombre descubre quien es realmente y reconoce todas las cosas que le son aportadas por Cristo ya no hará falta que te digan «no hagas eso» porque uno mismo lo evitará por considerarlo dañino, perjudicial para él y para los demás.
            En el campo de la fe y de la vida cristianos somos como niños, inexpertos y despistados, coqueteando con las cosas del mundo y arrinconar las del espíritu. San Pablo –cuando escribe a los Efesios- es muy claro: «Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la Gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo», y continúa «Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cual es la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos». Atención, se nos dice que la sabiduría de Dios ilumine los ojos de nuestro corazón… y mi pregunta es ¿para qué?. Pues muy sencillo hermanos, para que empecemos a nacer del Espíritu de Dios y así se nos pueda caer las escamas de los ojos y podamos plantear otros modelos de conducta distintos que sí respondan a lo el hombre realmente ansía encontrar.
            Desde el momento en que la fe dice al hombre quién es él y cómo ha de comenzar a ser humano, la fe crea cultura, es cultura.

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