miércoles, 3 de diciembre de 2025

Una caro: Elogio de la monogamia (Parte 2 de 3) Nota del Dicasterio para la doctrina de la fe

 DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE

UNA CARO
Elogio de la monogamia
Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio
como unión exclusiva y pertenencia recíproca

(El presente resumen, al tratarse de un documento tan extenso lo presentaré en tres partes para su lectura y disfrute)

Link o enlace del documento original del Dicasterio para la doctrina de la fe:  https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_ddf_doc_20251125_una-caro_it.html

Una caro, elogio de la monogamia (parte 2– 3)  


II.- La monogamia en la Biblia

La Nota doctrinal del Dicasterio para la doctrina de la fe sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca parte de una frase muy fuerte de Jesús: «Ya no son dos, sino una sola carne» (Mc 10,8). Con esas palabras, el Señor no solo da una norma moral; señala la belleza de un amor que hace de los esposos un “nosotros” estable, un cemento que da solidez a la comunidad de vida y los empuja hacia una plenitud siempre mayor. El matrimonio, querido “al principio” por el Creador (cf. Gn 1–2; Mt 19,4), se presenta así como un pacto conyugal inscrito en la misma estructura del ser humano: el hombre deja a su padre y a su madre, se une a su mujer y los dos llegan a ser una sola carne (cf. Gn 2,24).

La Nota no idealiza el Antiguo Testamento: reconoce que su historia está llena de infidelidades a la monogamia. Bastan algunos ejemplos de patriarcas y reyes con varias esposas y concubinas (cf. 2 Sam 3,2-5; 11,2-27; 15,16; 1 Re 11,3). Sin embargo, dentro de ese mismo contexto se alzan voces que elogian un amor exclusivo. El Cantar de los Cantares, por ejemplo, describe a la amada como “única” entre muchas: aunque haya «sesenta esposas del rey, ochenta concubinas e innumerables muchachas», ella sigue siendo la preferida (cf. Ct 6,8-9a). Aquí ya se perfila una comprensión del amor conyugal como elección única y fiel, que apunta a la monogamia.

La Nota se detiene de un modo especial en el relato de la creación de la mujer en Génesis 2. Dios ve que «no es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2,18) y le da una ayuda «adecuada». El texto hebreo emplea la expresión עֵזֶר כְּנֶגְדּוֹ (ézer kenegdó): una “ayuda” que está “frente a él”, “a su altura”, alguien que le puede mirar a los ojos. No se trata de una asistente subordinada, sino de un verdadero “tú” personal, llamado a una relación de reciprocidad.

Se menciona también el término hebreo אִשָּׁה (ishá), “mujer”, que subraya la condición de pareja: varón (’ish) y mujer (ishá) comparten la misma humanidad y la misma dignidad, pero con identidades personales distintas. Varón y mujer aparecen así como iguales en dignidad, distintos en identidad, llamados a una reciprocidad necesaria, dialogal y complementaria. Desde aquí se entiende que el proyecto original de Dios –al que Jesús remitirá explícitamente cuando hable del matrimonio (cf. Mt 19,4)– es el de una alianza única, personal, plena, duradera y exclusiva entre un hombre y una mujer, preferida incluso al vínculo de sangre (cf. Gn 2,24).

El relato culmina con la frase: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gn 2,24). El documento recuerda que el verbo que se traduce por «se unirá» es el hebreo דָּבַק (dávak), que literalmente significa “adherirse”, “pegarse”, “aferrarse”. Es un verbo que aparece también en los salmos para expresar la unión del orante con Dios («mi alma se adhiere a ti»). Aquí indica una adhesión física y espiritual: la unión no es solo corporal, sino de toda la vida, y apunta a una fidelidad estable. El “serán una sola carne” no se reduce a una descripción biológica; expresa una donación recíproca total, en la que ambos se pertenecen mutuamente de manera única.

A partir de este fundamento, el documento del dicasterio relee el simbolismo nupcial de los profetas. Oseas, con su propia historia conyugal, se convierte en parábola viviente: su esposa Gómer traiciona la alianza, pero el profeta sigue amándola y esperando su regreso (cf. Os 2,4-25; 2,16-17). Esa experiencia humana se utiliza para hablar de la relación entre Dios e Israel: el Señor permanece fiel a un pueblo que lo abandona. Ezequiel presenta la imagen de Dios que “extiende su manto” sobre la mujer (Israel): el gesto expresa protección y, al mismo tiempo, exclusividad (cf. Ez 16,8). Malaquías denuncia el repudio y los matrimonios con mujeres paganas, recordando que el Señor “detesta el repudio” (Mal 2,16) y defendiendo la seriedad y estabilidad del vínculo matrimonial.

La literatura sapiencial, y en particular el Cantar de los Cantares, da un paso más. La pareja se expresa con fórmulas de pertenencia recíproca: «Mi amado es para mí y yo soy para mi amado» (Cant 2,16) y «Yo soy de mi amado y mi amado es mío» (Cant 6,3). La Nota pone estas frases en paralelo con las grandes fórmulas de alianza: «El Señor es tu Dios y tú eres su pueblo» (cf. Dt 7,6). De este modo, presenta el matrimonio como una verdadera comunidad de vida y amor, fundada en una donación mutua y exclusiva. El amor esponsal se convierte en signo de la relación única entre Dios e Israel y prepara la plenitud de los textos del Nuevo Testamento.

En el Evangelio, Jesús vuelve explícitamente «al principio» (cf. Gn 1,27; 2,24) para responder a la cuestión del divorcio. En Mc 10,6-9 y Mt 19,3-9 une los dos textos del Génesis —«Dios los hizo varón y hembra» (Gn 1,27) y «los dos serán una sola carne» (Gn 2,24)— y concluye: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». De este modo, confirma y lleva a plenitud el designio originario: el matrimonio es una realidad en la que Dios mismo une de manera única y definitiva a un hombre y a una mujer.

El Nuevo Testamento desarrolla además una simbología nupcial muy rica. Juan el Bautista llama a Jesús «el esposo» (Jn 3,29). El Apocalipsis habla de las bodas del Cordero (Ap 19,7-9) y presenta a la nueva Jerusalén como «la esposa del Cordero» (Ap 21,1ss). San Pablo, en Ef 5,21-33, retoma Gn 2,24 y presenta la unión entre Cristo y la Iglesia como un «gran misterio» (Ef 5,32). La tradición ha visto en este pasaje el fundamento de la sacramentalidad del matrimonio: el amor monogámico e indisoluble de los esposos se convierte en signo visible de la alianza única y definitiva entre Cristo y su Iglesia. Así, la exclusividad no aparece como un simple mandamiento añadido, sino como reflejo del mismo estilo de amor que Dios tiene con su pueblo.

 

III. Ecos de la Escritura en la historia

Tras recorrer el testimonio bíblico, la Nota se pregunta cómo ha resonado esta visión a lo largo de la historia de la Iglesia. No ofrece una crónica detallada, pero sí señala algunas etapas y autores que ayudan a ver una línea de continuidad: desde la Biblia hasta hoy, la monogamia se va entendiendo cada vez más como una forma alta y humana de amar.

En los primeros siglos, diversos Padres y teólogos ven el matrimonio a la luz de la fidelidad de Dios. Algunos subrayan que no es una realidad de “segunda categoría” frente a la virginidad, sino un verdadero camino de santidad: la alianza entre marido y mujer puede ser un lugar donde se refleje la alianza entre Cristo y la Iglesia. Otros vuelven una y otra vez sobre las imágenes bíblicas del esposo fiel, para presentar la fidelidad conyugal como respuesta concreta a la fidelidad de Dios.

La tradición medieval profundiza en estas intuiciones. La Nota recuerda cómo diferentes autores hablan del matrimonio como una “comunidad de toda la vida”, en la que los esposos comparten no solo la casa o los bienes, sino las alegrías y las penas, los proyectos y las renuncias, todo lo que hace la vida. En este contexto, la fidelidad exclusiva se percibe cada vez más como lo que corresponde a la igual dignidad de los cónyuges: cuando la relación se comparte o se multiplica, la persona corre el riesgo de convertirse en “una más” dentro de un conjunto, en lugar de ser amada como única.

Ya en la época moderna y contemporánea, la Nota recoge reflexiones de teólogos que ven el matrimonio como un auténtico “lugar teológico”. Karl Rahner, por ejemplo, habla del matrimonio como un espacio donde se hace visible la gracia de Dios en lo cotidiano: en el perdón, en la paciencia, en la perseverancia silenciosa de dos personas que han decidido caminar juntas. Otros autores destacan que el vínculo conyugal, vivido de manera fiel y exclusiva, es una forma concreta de participar en el amor estable de Dios, y no solo una institución social o jurídica.

El Magisterio del último siglo va consolidando estos elementos. El Concilio Vaticano II describe el matrimonio como «íntima comunidad de vida y de amor conyugal» (Gaudium et spes 48), y recalca que esta comunidad se apoya en la igualdad en dignidad de hombre y mujer. En esa línea, la unidad matrimonial no es simplemente “estar juntos” bajo el mismo techo, sino una comunión que «penetra toda la vida» de los esposos. De ahí que una unión “pluripersonal” se vea como algo que degrada la dignidad de los cónyuges, porque obliga a compartir lo que, por su naturaleza, está llamado a ser íntimo y exclusivo.

Pablo VI, con la encíclica Humanae vitae, recuerda que en el acto conyugal se unen inseparablemente dos significados: el unitivo y el procreador. Si se rompe esa conexión, se empobrece el sentido del acto y, en el fondo, la verdad del amor. San Juan Pablo II retomará esta enseñanza y afirmará que una donación física total sería una mentira si no expresara una donación personal total. En su amplia catequesis sobre el amor humano, hablará del “significado esponsal del cuerpo”: el cuerpo humano, en su masculinidad y feminidad, indica que estamos hechos para el don de nosotros mismos. A partir de ahí, dirá que la concepción monogámica y personalista de la pareja –en la que cada uno reconoce al otro como persona de igual valor y se le entrega en toda su grandeza– es una revelación original que merece ser profundizada una y otra vez.

El papa Francisco, en continuidad con este camino, insiste en la “caridad conyugal” como forma concreta de la caridad cristiana. En Amoris laetitia presenta el matrimonio como una historia donde hay luces y sombras, caídas y reencuentros, pero donde el amor puede ir madurando y purificándose. La Nota recoge esta mirada realista: la unidad y la fidelidad matrimonial no se viven de manera perfecta desde el primer día, sino que se construyen con paciencia, gracias al perdón mutuo y al apoyo de la gracia de Dios.

En resumen, la historia de la teología y del Magisterio ha ido comprendiendo mejor que, entre las propiedades esenciales del matrimonio (unidad e indisolubilidad), la unidad entendida como exclusividad está en la base de todo: la indisolubilidad es la consecuencia lógica de una unión que, por su propia naturaleza, quiere ser única y total.

 

IV. Algunas miradas desde la filosofía y desde las culturas

Después del recorrido bíblico y teológico, el documento del dicasterio entra en diálogo con la filosofía y con otras culturas. La idea es mostrar que la monogamia no solo se sostiene desde la fe, sino que también puede defenderse desde la razón y que encuentra ecos en tradiciones no cristianas.

Santo Tomás de Aquino ofrece una reflexión filosófica muy clara. Considera el matrimonio como una “sociedad” natural entre hombre y mujer. Observando la realidad humana, concluye que la monogamia responde mejor a la justicia y al bien de todos: ayuda a asegurar el cuidado de los hijos y, sobre todo, protege la igualdad entre los esposos. Si al marido se le permite tener varias mujeres mientras se exige a la mujer una fidelidad estricta, se rompe la equidad; la esposa queda en una posición de inferioridad, casi de servidumbre. Por el contrario, cuando el matrimonio se vive como la “máxima amistad”, como una relación en la que dos personas comparten totalmente la vida, esa amistad pide por dentro exclusividad: no se puede dar con esa profundidad a muchos a la vez.

Filósofos cristianos del siglo XX van a insistir en esta dimensión personalista. Presentan el matrimonio como una comunión de dos personas que no se anulan mutuamente, sino que se miran “cara a cara” y se reconocen como sujetos libres. Algunos utilizan la imagen de la elipse: la vida conyugal tiene dos focos –él y ella–, y esa doble centralidad no se suprime, sino que se armoniza en un proyecto común. La unidad no consiste en que uno desaparezca en el otro, sino en que ambos aprendan a decir “nosotros” sin dejar de ser “yo” y “tú”.

Karol Wojtyła, antes de ser Juan Pablo II, desarrolla estas ideas en su obra Amor y responsabilidad. Define el matrimonio como una unión interpersonal en la que el fin principal no es solo formar una familia, sino constituir una comunión estable de vida basada en el amor. Incluso si no hay hijos, el matrimonio conserva su valor, porque su esencia es ese “nosotros” que se construye día a día. Wojtyła insiste en que la monogamia es una exigencia del “orden personalista”: solo cuando una persona se da por completo a otra –con el cuerpo y con el alma– el amor alcanza su forma más acabada. Por eso critica cualquier visión que tolere el uso del otro como objeto de placer. Integrar el deseo y la ternura dentro de un amor auténtico significa, precisamente, reconocer al otro como único e insustituible.

La Nota cita también las intuiciones de Jacques Maritain, cuando habla del “amor loco” que lleva a una persona a hacer del otro su “Todo”. Maritain llega a decir que esa donación no sería completa si excluyera el cuerpo: la persona es cuerpo y espíritu, y el vínculo en el que uno se entrega de verdad al otro –que la Nota identifica con el matrimonio– no puede dejar fuera ninguna dimensión.

Finalmente, el documento mira más allá del mundo cristiano. Recoge textos de la tradición hindú que elogian la fidelidad recíproca “hasta la muerte” entre esposo y esposa, o que presentan como ideal la decisión de tener una sola esposa y permanecer fiel a ella. También evoca obras en las que se exalta la castidad y la fidelidad de la esposa como un bien mayor que cualquier riqueza material. Asimismo, menciona contextos africanos en los que, aun conviviendo con formas de poligamia, muchas personas consideran la monogamia como un ideal más justo y humano.

Hace notar, además, un fenómeno muy llamativo de nuestro tiempo: por un lado, se han multiplicado las rupturas, el divorcio fácil, la banalización del engaño y las propuestas de “poliamor”; por otro, las grandes historias que llenan el imaginario –novelas, películas, canciones– siguen girando muchas veces en torno al sueño de “un gran amor” único y exclusivo. Hay una tensión entre lo que se vive en la práctica y lo que se sigue deseando en el fondo del corazón.

Todo este recorrido filosófico y cultural refuerza la tesis de fondo: la monogamia no es un capricho de la Iglesia ni una imposición irracional, sino la forma más humana y coherente de vivir un amor que quiere ser total, recíproco y definitivo. Es la manera de decir, con la vida, “tú y yo” de tal forma que ese “nosotros” ya no se pueda dividir ni compartir sin traicionarse.

 

 

(El testimonio no está en la Nota doctrinal, es un añadido)

Testimonio de Jaime y Noelia (7 hijos y 3 en el Cielo)

Me llamo Jaime. Estoy casado con Noelia. Nos casó su primo que es fraile misionero en África. Tenemos siete hijos y tres en el Cielo. Dicho así suena muy piadoso, pero yo, durante muchos años, he sido más bien de los que piensan: “Con la catequesis de primera comunión ya voy servido”. Creía en Dios, sí. En casa tenemos al Corazón de Jesús, un Cristo de Medinaceli, la Virgen del Pilar… Tradición no nos falta. Pero en el fondo mi idea era:
“Yo ya cumplo: misa cuando puedo, boda por la Iglesia, los niños a catequesis… Lo demás son cosas raras
”.

Os cuento una escena que lo resume bastante bien. Una tarde de invierno llaman al timbre. Abro y me encuentro a dos mujeres de mediana edad, con su carpetita, diciendo que venían de la parroquia, que querían hablar de Jesús, y una me suelta:

—La paz a esta casa.

Yo, por dentro, ya estaba torciendo el gesto. Las pasé al salón, les señalé el Corazón de Jesús entronizado, el Cristo de Medinaceli, la Virgen del Pilar y les dije algo así como:

—¿De verdad venís a hablarme de Jesús? Mirad cómo tengo la casa. Jesús ya está aquí. No necesito que me contéis vuestras historias.

Y, para qué adornarlo, las eché de malas maneras. Porque, en el fondo, no quería que nadie me removiera. “Cristiano sí, pero que no me mareen”, ese era el plan. Con ese Jaime en mente, ahora os cuento lo del retiro.

Noelia llevaba tiempo diciendo que nos vendría bien hacer algo juntos como matrimonio. Yo estaba hasta arriba de trabajo y niños y pensaba:
Lo que nos vendría bien es dormir, no un retiro”. Al final, por insistencia suya (y por evitar otra discusión), fuimos.

En una charla leyeron el texto de Génesis: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne».

Yo por dentro: “Sí, sí, esto me lo sé”. Pero el sacerdote se puso a explicar que “se unirá” en hebreo es como “pegarse, aferrarse”, y dijo una frase que me descolocó:

—Delante de Dios, Jaime y Noelia ya no son dos proyectos en paralelo: son un “nosotros”, una sola historia.

Y ahí, no sé por qué, me callé por dentro. Porque si soy sincero, muchas veces he vivido como: “mis cosas, mis preocupaciones, mi trabajo… y luego, además, mi mujer y los niños”. Eso de ser “una sola carne” siempre me había sonado a cosa de boda, no a algo del día a día.

Luego nos hicieron pensar en lo de “dejar padre y madre”.
Y me vino a la cabeza que, en no pocas decisiones, yo seguía funcionando como “el hijo de mis padres” que pregunta primero en casa de sus padres… y luego ya, si eso, lo habla con Noelia. Aún recuerdo una bronca muy seria en casa donde mi mujer me echó en cara que ‘no había roto aún el cordón umbilical con mi madre’.

Ahí entendí, un poco a regañadientes, que ser “una sola carne” no es solo compartir cama: es empezar a jugar en el mismo equipo, tomar decisiones como “nosotros”, aunque a la familia no siempre le guste. No salí de la charla convertido, pero sí un poco tocado.

Más tarde leyeron del Cantar de los Cantares: «Mi amado es para mí y yo soy para mi amado». Eso ya me sonó demasiado romántico. Pensé: “Esto es de canción de boda, la vida real es otra cosa”.

Pero mientras lo leían me empezaron a pasar por la cabeza escenas muy concretas: Noelia embarazada, barriga tras barriga; las noches sin dormir con los niños con fiebre; las largas horas de hospital cuando una de las pequeñas la tuvimos que ingresar para operarla del corazón. Y, sobre todo, nuestros tres hijos del Cielo: embarazos que no llegaron a término, un bebé al que casi no pudimos coger… Y sin querer, se me hizo un nudo en la garganta.
          Me di cuenta de que, de todas las mujeres del mundo, la que ha llevado dentro de sí a diez hijos míos es Noelia. La que ha llorado conmigo en el hospital, la que ha entrado conmigo en el tanatorio, la que me ha visto hundido por miedo al paro o a no llegar a fin de mes… es ella. Y por primera vez esa frase no sonó cursi.

Sonó verdad: “Mi amada es para mí y yo para mi amada”.
No como “mía” en plan objeto, sino como la persona a la que me he entregado y que se ha entregado a mí, y con la que comparto cosas que no he compartido ni compartiré con nadie más.

Al mismo tiempo me venían a la cabeza mensajes de hoy: “No te cierres puertas”, “si no funciona, cambias”, “tienes derecho a ser feliz, aunque sea con otra persona”. Y pensé, sin mucha teología, pero muy en serio: “Yo no quiero que Noelia sea una etapa. Ni quiero ser una etapa en su vida. Quiero ser su marido, el de verdad, el único. Y que ella sea mi mujer, la única. Y eso, claro, tiene un precio”.

Luego hubo adoración. Yo no soy de grandes experiencias místicas, la verdad. Estaba cansado, con sueño… y además me acordé de las dos mujeres de parroquia que un día eché de mi casa. Me dio algo de vergüenza.

El sacerdote habló de que nuestro matrimonio es un signo pequeñito del amor de Cristo por la Iglesia. Yo, que antes hubiera puesto los ojos en blanco, empecé a pensar en cosas muy concretas: Las broncas con Noelia, gordas, en las que, aun así, ninguno ha hecho la maleta; las veces que hemos tenido que pedirnos perdón de verdad, tragándonos el orgullo; el día que enterramos a nuestro hijo y volvimos a casa con los brazos vacíos, y solo nos abrazamos en silencio. Y me salió, casi sin darme cuenta, esta idea:
Señor, no sé si nuestro amor es signo de nada, pero sí sé que no hemos salido corriendo. Y eso, con lo cobarde que soy, algo dice de Ti también”.

No recé nada sofisticado. Fue más bien algo así: “Mira, Señor, yo he sido un chulo, he echado a gente de Iglesia de mi casa, he ido de sobrado con mis cuadros y mis devociones. Pero gracias por Noelia, por nuestros siete hijos y por los tres que están contigo. Enséñame a vivir de verdad eso de ‘una sola carne’, y a ver a Noelia como Tú la ves: como la mujer que me has confiado, no como alguien que está ‘mientras me convenga’.”

Esa noche, paseando un rato con Noelia, se lo solté torpe, como soy yo:

—Oye, cuando han leído eso de “mi amado es para mí y yo para mi amado”… me he dado cuenta de que, para mí, esa eres tú. Que no hay plan B. Que, aunque a veces me saques de quicio, eres tú.

Ella se rió, me dijo que estaba muy cursi, pero se le llenaron los ojos de lágrimas, y respondió:

—Pues yo también. Con todo lo que hemos pasado… no cambio este “nosotros” por nada. Me pondrás de los nervios, pero eres mi marido.

No sonó a película. Sonó a verdad. Éramos dos cansados, con muchos hijos, con un pasado y heridas, diciéndonos: “seguimos siendo tú y yo”.

 

Si me preguntáis hoy por la monogamia, no os voy a contestar con definiciones. Os diré algo mucho más simple: Para mí, la monogamia es poder mirar a Noelia y decirle, con la vida: “De todos, tú. No por costumbre, no por miedo, no por quedarme solo, sino porque creo de verdad que Dios me ha unido a ti.

Y quiero quedarme aquí, contigo, también cuando no me apetece, también cuando duele.”

Y esto lo dice el mismo que un día echó de su casa a dos mujeres de mi propia parroquia por hablarle de Jesús. Dios tiene mucha paciencia… y, a veces, se empeña en convertirte usando justamente lo que tú tenías metido en el cajón de “estupideces cristianas”.

martes, 2 de diciembre de 2025

Una caro: Elogio de la monogamia (Parte 1 de 3) Nota del Dicasterio para la doctrina de la fe

 DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE

UNA CARO
Elogio de la monogamia
Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio
como unión exclusiva y pertenencia recíproca 

Link o enlace del documento original del Dicasterio para la doctrina de la fe:  https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_ddf_doc_20251125_una-caro_it.html

(El presente resumen, al tratarse de un documento tan extenso lo presentaré en tres partes para su lectura y disfrute)


Una caro, elogio de la monogamia (parte 1 – 3)


Presentación

La Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca, bajo el título «Una caro. Elogio de la monogamia», se dirige a toda la Iglesia, pero pide ser acogida y trabajada en cada Iglesia local, dentro de sus propios retos culturales.

Parte de un hecho muy concreto: vivimos en un contexto marcado por un gran desarrollo del poder tecnológico, que alimenta la sensación de que la persona humana no tiene límites y puede alcanzar casi todo lo que imagina.  En este ambiente se oscurece fácilmente el valor de un amor exclusivo, reservado a una sola persona, porque supone renunciar libremente a muchas otras posibilidades.

Ante esta situación, la Nota emitida por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe no adopta un tono de lamento, sino una perspectiva propositiva: quiere recoger, de la Sagrada Escritura, de la historia del pensamiento cristiano, de la filosofía y de la poesía, razones y motivaciones que impulsen a elegir una unión de amor única y exclusiva, entendida como una pertenencia recíproca rica y totalizante entre los esposos.

De este modo, la Nota busca enriquecer la reflexión y la enseñanza sobre el matrimonio, poniendo el acento en un aspecto poco desarrollado hasta ahora: el elogio de la monogamia como forma cristiana de amar.

Al mismo tiempo, «Una caro» desea ofrecer un material amplio y útil para movimientos y grupos matrimoniales, y para otros espacios de estudio y diálogo. Por eso explica que el texto es extenso y que incluye numerosas citas de autores. No es un exceso gratuito: se confía en que de cada autor y de cada texto citado pueda extraerse algún matiz o acento concreto que ayude a una reflexión serena y a un estudio prolongado.

La Nota doctrinal anuncia que tendrá en cuenta las intervenciones principales del Magisterio y una serie de autores, desde la Antigüedad hasta hoy, entre teólogos, filósofos y poetas. Con todo ello se va componiendo una especie de “mosaico” que enriquece la comprensión de la monogamia, especialmente en lo que se refiere a la unión de los cónyuges, a su reciprocidad y al carácter totalizante de la relación matrimonial.

Además, ofrece una indicación práctica: quien busque solo una síntesis breve para motivar la elección de una unión exclusiva entre una sola mujer y un solo hombre puede ir directamente al último capítulo y a la conclusión, donde se subrayan la pertenencia recíproca y la caridad conyugal. Aun así, el Prefecto, Víctor Manuel Card. Fernández, recomienda una lectura paciente del texto completo, para no perder la riqueza de los muchos aspectos que se ponen en juego en este tema delicado y hermoso.

 

I. Introducción

La Introducción de la nota doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la fe explica que casarse, para la fe cristiana, no es solo “vivir juntos”, sino que hace nacer un “nosotros” real, donde el hombre y la mujer deciden pertenecer el uno al otro de forma única y exclusiva. Presenta la monogamia no simplemente como “no tener otros”, sino como una manera positiva de amar, en la que la entrega del cuerpo y del corazón refuerza la unión y el sentimiento de pertenencia. Y recuerda que este “nosotros” matrimonial está llamado a crecer como comunión de vida y a ser signo del amor entre Cristo y la Iglesia, ofreciendo a obispos, matrimonios, jóvenes y novios una visión más profunda y hermosa del matrimonio.

1. “Una sola carne” y el “nosotros dos”

La Introducción parte de una expresión bíblica y de una experiencia humana muy sencilla. La Escritura presenta el matrimonio como una realidad en la que el hombre y la mujer llegan a ser “una sola carne” (una caro). En el lenguaje cotidiano, algo parecido se expresa cuando hablamos de “nosotros dos”.

Según la Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca, este “nosotros dos” aparece cuando, en un matrimonio, se vive una reciprocidad intensa, se percibe la belleza de un amor exclusivo y se experimenta una alianza en la que dos personas comparten toda su vida, con sus luchas y sus esperanzas. “Nosotros dos” es la manera de nombrar deseos, sufrimientos, ideas y sueños compartidos; aquello que es propio y único de esa pareja, porque solo ellos lo han vivido juntos.

Así, el “nosotros dos” se convierte en una forma cotidiana de expresar la decisión profunda de pertenecerse mutuamente, de ser realmente “una sola carne” y de caminar juntos por la vida. La Nota recoge unas palabras del papa Francisco, que recuerda que los esposos están llamados a formar una primera persona del plural, un “nosotros”: delante uno del otro sigue siendo un “yo” y un “tú”, pero frente al mundo, incluidos los hijos, están llamados a presentarse como un “nosotros”.

Esto es posible porque, manteniendo cada uno su propia identidad, han forjado con su libre consentimiento una unión que los sitúa juntos ante los demás. Se trata de una unión abierta generosamente a los otros, pero que parte siempre del núcleo único y exclusivo del “nosotros” conyugal.

2. ¿Por qué esta Nota y por qué ahora?

La Introducción explica también las motivaciones que han llevado a elaborar esta Nota emitida por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. En primer lugar, recuerda una indicación de san Juan Pablo II, que afirmaba que la monogamia “merece ser cada vez más profundizada”. El hecho de que este aspecto no haya sido suficientemente desarrollado es uno de los impulsos que están en el origen del documento.

En segundo lugar, la Nota menciona los diálogos con obispos de distintos continentes, especialmente en las visitas ad limina. En algunos países de África, la cuestión de la poligamia sigue siendo muy relevante. Al mismo tiempo, en Occidente crecen diversas formas públicas de uniones no monógamas, a veces llamadas “poliamor”, junto a otras formas más reservadas que siempre han existido.

Sin embargo, «Una caro» subraya que estas circunstancias son motivos secundarios. La motivación principal es positiva: se trata de comprender la monogamia cristiana no solo como lo contrario de la poligamia, sino como un modo de vivir el matrimonio en toda su riqueza y fecundidad. Esta perspectiva se vincula al fin unitivo de la sexualidad: la sexualidad no se reduce a asegurar la procreación, sino que contribuye a enriquecer y fortalecer la unión única y exclusiva y el sentimiento de pertenencia recíproca entre los esposos.

3. Unidad e indisolubilidad: qué va a tratar la Nota y qué no

La Introducción recuerda la enseñanza del Código de Derecho Canónico: las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad; el matrimonio es un vínculo de por sí perpetuo y exclusivo. La Nota doctrinal constata que, en la teología y en el Magisterio recientes, se ha desarrollado ampliamente la indisolubilidad, especialmente frente a la legalización del divorcio, mientras que la unidad, entendida como unión única y exclusiva entre un hombre y una mujer, ha recibido menos atención específica.

Por eso, el documento aclara su propósito: no pretende volver a exponer la doctrina sobre la indisolubilidad ni desarrollar el tema del fin procreativo del matrimonio, porque ambos aspectos ya cuentan con una sólida elaboración. En cambio, se concentrará en la unidad como primera propiedad esencial del matrimonio, entendida como una unión única y exclusiva entre una sola mujer y un solo hombre, es decir, como una pertenencia recíproca que no se comparte con otros.

4. El matrimonio como “unión”: una tradición constante

La Introducción muestra cómo, en la tradición de la Iglesia, el matrimonio se ha definido de manera constante como una unión entre el hombre y la mujer. Recuerda, por ejemplo, que santo Tomás de Aquino presenta el matrimonio como una unión conyugal entre el varón y la mujer, contraída por personas legítimas y ordenada a una comunión de vida indisoluble; y que, precisamente por esa unión, uno recibe el nombre de marido y la otra el de esposa.

Se menciona también la tradición jurídica recogida por Justiniano, que describe el matrimonio como una unión del hombre y la mujer que implica una comunión de vida que no se disuelve. Y se evocan autores modernos, como Dietrich von Hildebrand, que hablan del matrimonio como la unión más profunda e íntima entre personas humanas.

La Nota utiliza estas referencias para subrayar que la unidad de los esposos es un dato objetivo fundamental y una propiedad esencial de todo matrimonio, llamado a desplegarse como una verdadera comunión de vida.

5. De la unidad a la comunión, y de los esposos a Cristo y la Iglesia

La Introducción explica que esta unidad objetiva está llamada a madurar como una comunión de vida cada vez más profunda: una amistad conyugal que crece, una ayuda recíproca estable y una comunión total que abarca todas las dimensiones de la existencia. Con la gracia de Dios, esta comunión se convierte en signo de otra unión que la excede: la unión entre Cristo y la Iglesia, su Esposa amada, como recuerda la carta a los Efesios.

La Nota recoge la enseñanza de san Juan Pablo II: por el pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer ya no son dos, sino una sola carne; y, al mismo tiempo, están llamados a crecer continuamente en esa comunión, avanzando hacia una unión más rica en todos los niveles.

6. Destinatarios y horizonte de la Nota

Por último, la Introducción sitúa el conjunto del documento. La Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca está destinada ante todo a los obispos, pero desea ayudar también a parejas casadas, a novios y a jóvenes que piensan en una futura unión, para que puedan descubrir mejor la belleza de la propuesta cristiana sobre el matrimonio.

El texto reconoce que, para muchos, este mensaje puede sonar extraño o claramente contracorriente. Por eso aplica a esta enseñanza unas palabras de san Agustín: «Dame un corazón que ame, y entenderá lo que digo». Al mismo tiempo, expresa su gratitud por la pasión de tantos creyentes –hombres y mujeres, clérigos y laicos– que han acompañado a parejas, han desarrollado una espiritualidad del matrimonio y han sostenido una pastoral conyugal: sus vidas son como un testimonio vivo de lo que «Una caro» quiere proponer y elogiar.

 

(El testimonio no está en la Nota doctrinal, es un añadido)

Testimonio de Ana y Marcos (14 años de matrimonio)

Me llamo Ana soy la esposa de Marcos y tenemos dos hijos y uno en el Cielo. Llevo 14 años casada por la Iglesia con Marcos. Tenemos dos hijos, mil cosas en la cabeza… y un matrimonio muy normal: con días preciosos y días en los que nos caeríamos fatal. En casa las broncas casi nunca son por algo enorme.

Empiezan por chorradas:

—¿Otra vez llegas tarde?

—¿Y quién recoge a los niños?

—Siempre soy yo la que está cansada, ¿sabes?

Y en nada, lo pequeño se hace grande.

De los platos pasamos a los reproches de siempre:

—Tú estás más pendiente de tu familia que de mí.

—Y tú nunca valoras lo que hago.

—Si no fuera por los niños…

Luego viene el clásico: puerta, silencio, cada uno por su lado.

Él en una habitación, yo en otra, repasando mentalmente y murmurando la lista de todo lo que el otro hace mal.

Y sí, alguna vez he pensado, muy dentro: “Con todo lo que se oye hoy de no complicarse la vida, de no atarse, de probar… ¿no habría sido más fácil otra vida, con otra persona… o sola?”.

Pero siempre, detrás de esos pensamientos, hay una imagen que vuelve: el día de nuestra boda, allí, delante de Dios y de todos, mirándole a los ojos y diciéndole: Yo te recibo a ti… y prometo serte fiel todos los días de mi vida. Ese día empezó algo nuevo: no era solo “Marcos” y “Ana” compartiendo piso. Empezó un “nosotros” de verdad, una historia que es solo nuestra. Te cuento dos momentos que para mí lo han hecho muy real.

 

1.     Una bronca que nos pudo romper…

y nos hizo elegirnos otra vez

Un día tuvimos una discusión de esas que te dejan hecha polvo.
Ni me acuerdo de qué empezó, pero sí de cómo acabó: los dos cansados, dolidos y con muchas ganas de tener razón. Cuando los niños se durmieron, yo estaba en el sofá, con un nudo en la garganta, pensando: “Siempre tengo que ser yo la que aguanta. Si me hubiera casado con otro… igual esto no pasaba”.

Marcos salió del dormitorio y se sentó a mi lado.

Yo pensé: “Ya estamos, otra vez”. Pero no. Se quedó callado un rato, miró al suelo y al final dijo:

—Ana, hoy te he tratado fatal. Te he hablado como si fueras mi enemiga. He sacado cosas del pasado solo para hacer daño. He pecado contra ti.
Hizo una pausa y añadió:


—Pero hay algo que no cambia: yo te elegí a ti, delante del Señor. Solo a ti. Y no quiero vivir como si tuviera otras puertas abiertas.

Yo ahí no pude seguir con el papel de “la ofendida perfecta”.
Porque sabía que yo tampoco estaba limpia. Y le dije:

—Yo también he pecado. Me guardo cosas, te castigo con el silencio, sé dónde darte y a veces lo hago aposta. Perdóname. Yo también te elegí a ti, delante de Dios. Solo a ti.

No hubo frase mágica. Nos abrazamos, medio torpes, en ese sofá lleno de juguetes. Pero dentro de mí pasó algo muy claro:

“Vale, seguimos siendo nosotros. Con heridas, sí, pero seguimos siendo nosotros dos”. Ahí entendí que la monogamia no es solo “no tener otros”.
Es decir: “cuando me duele, cuando no me gustas, cuando me sacas de quicio… aún así, sigues siendo tú. Solo tú.”

 

2.     El día que el paro dejó de ser “su problema”

para ser cosa de los dos

Otra etapa fuerte fue cuando despidieron a Marcos. Le llamaron un día y, de repente, se quedó sin trabajo. Yo vi a un hombre tocado. Se sentía poca cosa, se comparaba con otros, estaba de mal humor, preocupado.

Más de una noche se quedaba en la cocina, a oscuras, mirando el móvil: ofertas de trabajo, cuentas, números… y suspirando.

Yo también me asusté. Pensaba: “¿Y ahora qué? ¿Y si esto va para largo? ¿Y si se amarga?”.

Y aquí es donde, en la vida real, uno puede irse cada uno a su rincón: “Tu paro, tu problema, tu mal humor”. “Tus nervios, tu miedo, tus lágrimas”.

Pero dentro de mí había algo muy sencillo que no me dejaba: “Yo soy su mujer, y él es mi marido. Punto.” No estoy con él por su sueldo, ni por la seguridad.

Ese día en la iglesia dije “sí” a Marcos entero, con sus etapas buenas y sus crisis.

Una noche me miró y me dijo:

—No sé cuánto voy a tardar en encontrar algo… Me siento un fracasado.

Y me salió del alma, muy sencillo:

—Mira, Marcos, tú no te casaste con tu nómina. Te casaste conmigo.
Y yo me casé contigo, no con tu éxito. Esto no es “tu marrón”: es nuestro. Lo vamos a pelear juntos.

Y ahí, sin grandes discursos, se hizo carne eso de “ser uno”.
No era “él y sus problemas” y “yo y los míos”:
era nuestra historia, nuestro miedo, nuestra lucha.

Y la intimidad… como manera de decir “sigo siendo tuya”. En todo este camino —discusiones, paro, cansancio— también hemos tenido que aprender a cuidar nuestra intimidad.

No siempre apetece. Hay etapas en las que estás enfadado, cansado, preocupado. Pero hemos descubierto algo: cuando nos hemos pedido perdón, cuando hablamos de verdad, cuando volvemos a mirarnos con cariño…
y después nos abrazamos y nos entregamos el uno al otro, con respeto, sin prisas, sin usar al otro… ahí pasa algo muy hondo.

Para mí, muchas veces, es como repetir con el cuerpo lo que dije en la iglesia: “En la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad… yo sigo siendo tuya, y tú sigues siendo mío. Tú y yo, solo nosotros.” La sexualidad, así, no es una “obligación de casados” ni solo algo para tener hijos.
Es como volver a decirnos: te elijo otra vez, con lo que hemos pasado, con lo que somos hoy.

No somos un matrimonio modelo, somos como Dios quiere y permite que seamos. Seguimos discutiendo, seguimos metiendo la pata, seguimos aprendiendo. Pero cuando miro estos años, con sus broncas y sus miedos, también con sus abrazos y reconciliaciones, yo, Ana, dentro de mí le digo al Señor: “Gracias, porque este ‘nosotros’ tan pobre y tan realMarcos y yo, solo nosotros dos— me habla un poquito de tu amor fiel por tu Iglesia:
un amor que no sale corriendo, que se queda, que perdona
y que vuelve a empezar
.”

Y si te cuento todo esto no es para ir de experta. Es por si, escuchando algo de lo nuestro, tú también puedes mirar a tu marido o a tu mujer y, aunque estéis cansados o enfadados, quizá esta noche, por dentro, puedas repetir: Te elegí a ti. Solo a ti. Y contigo quiero vivir este ‘nosotros’, con Dios en medio.”

domingo, 30 de noviembre de 2025

Editorial: Amores líquidos, heridas profundas: Cuando el noviazgo se queda en tierra de nadie

 Amores líquidos, heridas profundas:

Cuando el noviazgo se queda en tierra de nadie.

 

Puede que, mientras lees, no estés pensando en teorías ni en cánones, sino en tu propia historia: en un noviazgo largo que arrastras desde hace años, en una boda que se acerca entre dudas, o en una convivencia que se ha roto antes de haber empezado casi a caminar. Por eso, más que escribir sobre “casos” en abstracto, te invito a leer lo que sigue también como una oportunidad para poner nombre, con respeto y verdad, a lo que tal vez tú mismo estás viviendo.

 

En muchos ambientes hoy el noviazgo se ha convertido en una especie de habitación cómoda donde “se está”, sin preguntarse demasiado para qué se está ahí. No se vive tanto como camino, sino como estado: “tengo pareja”, “no estoy solo”. Paralelamente, el matrimonio pierde espesura y aparece como un evento social más, hermoso pero frágil, que a veces se deshace en cuestión de meses. Cuando se cruzan ambas realidades, aparece un fenómeno inquietante que quizá te resulte familiar: relaciones que, con el paso de los años, dejan de ser noviazgo de verdad y tampoco llegan a ser matrimonio de verdad. Quedan suspendidas en una zona intermedia, extraña, que termina por herir a las personas y por debilitar el propio significado del sacramento.

 

Para entender esa zona gris no bastan las opiniones. Ayuda mucho escuchar la experiencia de quienes, desde los tribunales eclesiásticos, vemos repetirse un mismo patrón: noviazgos de larga duración, a veces de ocho o diez años, que desembocan en convivencias matrimoniales brevísimas, de apenas unos meses o poco más de un año, y que terminan en causas de nulidad. No es una rareza aislada ni una anécdota dolorosa: es un número “nada desdeñable y creciente” de historias rotas, que por su frecuencia y su lógica interna han llevado a hablar de una auténtica “patología del matrimonio” en este punto concreto.

 

Al mismo tiempo, sería injusto y poco serio sospechar de todo noviazgo largo. Tal vez el tuyo lo sea, y no por ello esté mal. La duración, por sí sola, no indica anomalía. Hay noviazgos largos porque la pareja comenzó muy joven, porque hacía falta tiempo para situarse personal, laboral o económicamente, o porque la relación ha ido madurando con calma y hondura. En muchos de esos casos, ambos saben que están recorriendo un camino previo a una decisión definitiva, hablan de lo importante, rezan, crecen: ese tiempo, lejos de debilitar, fortalece.

 

El problema aparece en “otros casos”: aquellos en los que el noviazgo largo no sigue esa trayectoria de crecimiento, sino que acumula fallas que desembocan en un consentimiento viciado y en una ruptura casi inmediata de la convivencia conyugal. Es ahí donde la frase que queremos subrayar se vuelve muy real: algunas relaciones se transforman en algo raro, ni noviazgo auténtico ni matrimonio auténtico, y precisamente por ello se vuelven especialmente frágiles. Si al leer esto sientes que algo dentro de ti se remueve, quizá merece la pena seguir.

 

El noviazgo, lugar donde se juega tu vocación

En clave cristiana, el noviazgo sólo se entiende de verdad cuando se le devuelve su sentido más profundo. No es simplemente “tener pareja”, ni una etapa sentimental prolongada, ni una prueba general del matrimonio. Es, ante todo, un tiempo de discernimiento vocacional. Y esto te toca muy de cerca.

 

Es un discernimiento doble. Primero, sobre la propia vocación: “¿Me llama Dios al matrimonio o a otra forma de entrega?”. Esa pregunta no se responde sólo con la edad, las ganas o la presión del entorno; pide oración, escucha, acompañamiento. Y, si la respuesta es sí al matrimonio, llega una segunda pregunta, igual de seria: “¿Es este hombre, es esta mujer, con quien Dios me llama a compartir la vida entera, también en su dimensión sacramental?”.

 

El noviazgo, así entendido, no es simplemente preparación de una boda: es un tramo decisivo en el camino de la vocación cristiana. En él se juega, a la vez, el descubrimiento de si uno está llamado al matrimonio y, en caso afirmativo, el reconocimiento agradecido y libre de que esta persona concreta es el rostro en el que esa llamada se hace historia. Tal vez nunca lo habías formulado así, pero si estás en un noviazgo, esto es lo que, en el fondo, tienes entre manos.

 

Por eso resulta tan clara y tan actual la distinción clásica entre noviazgo y matrimonio. El noviazgo es una relación amorosa incompleta, sostenida por una decisión también incompleta: una decisión que puede echarse atrás si el discernimiento muestra que no es el camino. El matrimonio, en cambio, es el momento de la decisión total, definitiva: el “sí” en el que se establece la plena relación conyugal y se constituye una nueva realidad, la comunidad de vida matrimonial. Entre uno y otro no hay un simple salto administrativo, sino un paso de calidad en la libertad y en el amor.

 

Si el noviazgo es camino hacia esa decisión, es lógico que tenga un final: o desemboca en un “sí” matrimonial, o desemboca en un “no” que, aunque duela, pone fin a la relación. Un noviazgo que se eterniza sin hacer estas preguntas, que no ayuda a conocerse de verdad ni a crear un proyecto común, empieza a dejar de ser noviazgo. Y si, además, comienza a vivirse de hecho como un matrimonio —con convivencia, intimidad sexual, rutina, compromisos que se perciben como irrevocables— sin que haya habido aún una decisión plena, se entra en una especie de falso estado de vida: una pareja que funciona como matrimonio sin haber llegado realmente al matrimonio. Quizá te suene la expresión “estamos como casados… pero no lo estamos”: a eso nos estamos acercando. En este contexto se comprende que se hable de “falsos o incompletos matrimonios”: relaciones en las que las fases iniciales del noviazgo se han cumplido e incluso agotado, pero falta esa verdadera constitución de una única vida compartida.

 

Cuando la convivencia revela

lo que el noviazgo no quiso mirar

Al contemplar juntos muchos casos de noviazgos largos y convivencias conyugales efímeras, la escena se repite con variaciones. Se ven parejas que han mantenido una relación durante años, a veces una década, percibida desde fuera como estable, “de toda la vida”, y cuya vida conyugal se rompe en pocos meses o en uno o dos años. Si se baja el listón de duración del noviazgo a cinco años y se toma como referencia una convivencia que no supera los dos, el número de historias aumenta aún más.

Las causas inmediatas varían, pero quizá reconoces algo de ellas. Hay parejas en las que, poco antes de la boda, uno de los dos inicia una relación afectiva con una tercera persona, guarda silencio, mantiene los planes, celebra el matrimonio… y tiempo después, cuando la verdad sale a la luz, la convivencia salta por los aires. Ahí el noviazgo hace tiempo que dejó de ser un lugar de verdad: se ha convertido en una fachada detrás de la cual el corazón se ha ido a otro sitio. Se sigue adelante no por amor sino por miedo: miedo al escándalo, a la vergüenza, a defraudar.

 

En otros casos no hay terceros, pero sí un alejamiento silencioso. Uno o ambos se han ido descubriendo “fuera” del proyecto matrimonial, pero continúan por comodidad, por falta de coraje, por no causar dolor. La decisión de casarse se vive entonces más como “un lógico devenir” que como un acto verdaderamente reflexivo: “después de tantos años, es lo que toca”. Se fija la fecha, se organizan los detalles, el entorno da por supuesto el “sí”, y el noviazgo se convierte en algo casi irrevocable antes de que la libertad haya dicho su palabra. Quizá, si eres honesto, alguna vez has sentido algo así.

 

También están las historias menos visibles, aquellas en las que todo “iba bien”: no hay grandes peleas ni infidelidades, pero tampoco conversaciones de fondo. Se evita hablar de fe, de hijos, de dinero, de heridas, de carácter real; se vive en un nivel donde el tiempo pasa, pero la relación no se profundiza. La boda llega como paso “lógico” y esperado. Es en la convivencia, en el roce real del día a día, donde los esposos descubren que en lo esencial apenas se conocen, o tienen concepciones del matrimonio radicalmente distintas. Lo que la vida conjunta pone al descubierto es, en el fondo, un noviazgo que nunca se actualizó, que nunca se dejó interpelar por las preguntas de la madurez.

 

En todos estos caminos late la misma tensión: se ha mantenido una forma de relación que, en rigor, ya no era noviazgo, pero que tampoco había dado el paso al matrimonio verdadero. Tal vez esto describe, en algún grado, tu propio proceso: un vínculo que se ha prolongado, que ha ido acumulando historia y costumbre, pero que no termina de cuajar en una decisión clara.

 

Inmadurez, presión, miedo:

Lo que estrecha la libertad

El análisis jurídico y psicológico de estos casos habla de “anomalía consensual”: no porque el mero paso del tiempo produzca nulidades, sino porque en un porcentaje de noviazgos largos se dan ciertas condiciones que terminan viciando el proceso normal de formación de la voluntad matrimonial. Entre ellas aparece, una y otra vez, la inmadurez afectiva. No se trata siempre de enfermedad, sino de una manera de vivir los afectos donde faltan autoconocimiento, capacidad de espera, tolerancia al dolor, valentía y coraje para tomar decisiones que supongan un antes y un después.

 

Quizá te reconoces en algo de esto: te cuesta mirar de frente lo que sientes; temes tanto hacer daño que prefieres no decir nada; huyes de los conflictos y te dejas llevar por lo que el entorno espera de ti. Cuando esa inmadurez no se trabaja, el noviazgo se vive sin el acto deliberativo proporcionado que exige el matrimonio. Por eso se insiste en distinguir entre la pura falta de reflexión por desidia —que puede ser grave moralmente pero no siempre invalida el consentimiento— y la verdadera incapacidad psíquica para realizarla. Lo primero es frecuente; lo segundo, excepcional. Lo que aquí nos interesa es lo primero: las veces en que pudiendo pensar, elegir, revisar, no lo hacemos.

 

A esto se añade la presión ambiental. No hace falta que nadie grite: basta el peso de los comentarios, las expectativas, el dinero invertido, la ilusión de las familias. “Después de tantos años…”, “con todo lo preparado…”, “no puedes echarte atrás ahora”. Es fácil que, en ese clima, uno sienta que ya no tiene derecho a replantearse nada, aunque por dentro algo grite que no está en paz. Para evitar un conflicto inmediato, se elige seguir adelante, incluso ocultando dudas serias o situaciones objetivamente graves, con la esperanza de que “más adelante se arreglará”. Pero basar una decisión de por vida en el miedo a decepcionar es pedirle demasiado a la conciencia.

 

Hay también situaciones donde no se detecta una incapacidad para asumir las obligaciones esenciales del matrimonio, pero sí lo que algunos han llamado “incapacidad relacional”: más que una enfermedad, una forma de falsa convivencia en la que nunca se ha construido un verdadero proyecto de vida en común. Se está juntos, se comparte cama, ocio, quizá techo; pero no existe un verdadero “nosotros” trabajado. La convivencia conyugal no crea el problema, sólo lo hace visible.

 

Si te das cuenta de que tu relación acumula algo de todo esto —miedo, inercia, falta de reflexión, presión—, no se trata de que entres en pánico. Se trata, más bien, de que te atrevas a mirar con honestidad dónde está de verdad tu libertad.

 

Cuando la relación deja de ser camino

y se vuelve inercia

Hablar de relaciones que se han convertido en “algo raro, ni noviazgo ni matrimonio” no es juzgar desde fuera, sino intentar describir lo que muchos viven por dentro. El noviazgo, por naturaleza, es un tiempo en que la decisión sigue siendo reversible porque aún se está buscando la voluntad de Dios y la verdad de la propia llamada. El matrimonio, en cambio, es la decisión total, irrevocable, por la cual dos personas se entregan recíprocamente y establecen una comunidad de vida entera.

 

Entre uno y otro puede haber un tránsito, una preparación, una maduración. Lo que no está pensado es permanecer instalado indefinidamente en una especie de estado intermedio, en el que la relación ha perdido ya la frescura del noviazgo y, sin embargo, no ha alcanzado la plenitud del matrimonio. Cuando durante años ya no se discierne —no se reza, no se habla a fondo, no se revisa—, pero se vive de hecho como si todo estuviera decidido, algo profundo se desequilibra.

 

En ese punto, el noviazgo ha renunciado de hecho a su función de discernir y se ha vuelto pura inercia. Y el matrimonio, si llega, tampoco logra ser lo que promete: el consentimiento nace –pero ya sin vida–, como un gesto exterior desconectado de una libertad interior que no ha terminado de decidir. Las palabras se pronuncian, pero el corazón no ha acabado de decir “sí”. La convivencia conyugal, en no pocos casos, se convierte entonces en el acicate que despierta de ese letargo y muestra con crudeza que “nada tienen que ver el uno con la otra” en lo esencial.

 

Tal vez tú no has llegado a ese extremo, pero intuyes que vas caminando en esa dirección. O quizá ya estás casado y te reconoces, a toro pasado, en algunas de estas descripciones. En ambos casos, no se trata de hundirse, sino de dejarse iluminar: de comprender mejor qué ha ocurrido para poder caminar desde ahí, con la ayuda de la gracia y de la Iglesia, hacia la verdad.

 

Una invitación a pensar

tu propia historia a la luz de Dios

Desde la fe, este análisis no es una acusación, sino una llamada a tomarse en serio la propia vida; a vivir como auténticos hombres y no como animales domesticados. El noviazgo ha sido pensado por Dios como un lugar privilegiado para descubrir la verdad de la propia llamada: la llamada a entregarse, la forma concreta de esa entrega, la persona con la que se quiere y se puede vivir esa vocación. Cuando ese tiempo se vive como un simple aplazamiento, como un modo de no estar solo, como una costumbre confortable o como una especie de “matrimonio de prueba” sin nombre, se desfigura la lógica vocacional y se engaña, aunque sea sin mala intención, a la propia libertad.

 

En una cultura líquida o ligera, donde casi todo se percibe como provisional y reversible, quizá la primera invitación para ti sea recuperar el peso de las preguntas. No tanto “cuántos años llevamos”, sino: “¿qué hemos hecho con esos años?”, “¿en qué ha crecido nuestra relación?”, “¿hasta qué punto este noviazgo está siendo un auténtico camino de discernimiento vocacional?”. La experiencia de la Iglesia recuerda que no sólo los noviazgos demasiado breves pueden esconder decisiones apresuradas; también ciertos noviazgos demasiado largos pueden ocultar decisiones que nunca se han llegado a tomar.

 

Si hoy te descubres en un noviazgo así, en medio de una cultura líquida y de una fe quizá debilitada, la cuestión no es angustiarte, sino atreverte a mirar con serenidad: “¿estoy usando este tiempo para discernir mi vocación o sólo para aplazarla?”, “¿este vínculo me ayuda a caminar hacia el amor adulto al que Dios me llama, o me mantiene en una indefinición que ni es noviazgo honesto ni es matrimonio verdadero?”. A veces, poner estas preguntas por escrito, llevarlas a la oración, compartirlas con alguien que te acompañe (un buen sacerdote, un matrimonio maduro, en una comunidad católica) puede ser el comienzo de un cambio real.

 

Responder a estas preguntas no es sencillo. Puede implicar revisar la propia historia, reconocer miedos, admitir que quizá se ha vivido durante años “adormecido”, como esos novios que sienten su situación como irrevocable mucho antes de haberla decidido. Pero precisamente ahí se abre un espacio de libertad: el de poder reorientar el noviazgo hacia su sentido auténtico. No se trata de garantizar que habrá boda, sino de ayudar a que, si la hay, sea fruto de una decisión madura, libre y verdadera; y, si no la hay, a que la ruptura —dolorosa pero honesta— sea también un acto de verdad que libere a ambos para el bien al que Dios los llama.

 

Desde la fe, la última palabra no la tienen ni el miedo ni la inercia, sino la verdad buscada a la luz de Dios. Un noviazgo vivido como verdadero discernimiento vocacional es un lugar donde esa verdad puede madurar sin prisas, pero sin engaños. Un noviazgo que se instala en la ambigüedad, en cambio, termina diluyendo la llamada y erosionando la libertad. Por eso, en una cultura que tiende a vivir casi todo “a medias”, recuperar el noviazgo como camino hacia una decisión plena —sea un sí, sea un no— es quizá una de las tareas más urgentes para quienes desean amar y casarse de manera cristiana.

 

Y si tú estás ahora mismo en uno de esos noviazgos largos, quizá la pregunta más sincera que puedes hacer hoy no es “¿qué espera todo el mundo de mí?”, sino: “Señor, ¿qué es lo verdadero aquí?, ¿a qué tipo de amor me llamas y cómo quieres que responda?”. A partir de ahí, paso a paso, se abre siempre un camino.