viernes, 19 de febrero de 2016

Homilía del domingo segundo de cuaresma, ciclo c

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA, ciclo C
Gén 15,5-12.17-18; Sal 26; Flp 3,17-4,1; Lc 9,28b-36
           
Ninguno de los que estamos aquí tenemos garantizada la salvación eterna. No seamos tan ingenuos de llegar a pensar que por el hecho de ‘estar en la Iglesia’ tenemos una entrada reservada para que San Pedro nos abra el portón del Cielo. De lo que sí podemos estar seguros es que el Espíritu Santo nos asiste siempre y en todo momento. A modo de ejemplo, con todas las limitaciones que esto supone: Imaginemos que el Espíritu Santo fuera como la corriente eléctrica que corre por los cables de cobre. Al dar el interruptor permito que la corriente fluya y pueda encender la bombilla. La bombilla se enciende, no porque en sí misma resida la energía capaz de alumbrar prescindiendo del interruptor. La bombilla se prende gracias a la energía que ella recibe de fuera, no por la que ella pueda tener reservada o generada dentro. Es que te encuentras con novios que te dicen: ‘Es que lo hemos cortado porque se nos acabó el amor’, o incluso con matrimonios que te sueltan diciendo cosas tan sorprendentes como ‘lo nuestro se acabó porque ya no sentíamos nada, y estar con alguien al que no se quiere, pues como que no’. O ese presbítero que te dice ‘es que ya no tengo vocación y es mejor ser un padre de familia que un mal cura’. Pero vamos a ver ¡cómo pueden tener una visión tan pobre de su vida! Yo que sepa no somos unos juguetes con pilas con una determinada autonomía de movimiento o para hacer lo que haga ese juguete. Y cuando se acabe la pila, pues nada, ‘se nos acabó el amor’, ‘la vocación’, ‘el aguante’... o sea se acaba todo. Y estamos tan adoctrinados y catequizados por Satanás que lejos de acudir a la fuente de aguas vivas que es Cristo nos acostumbramos y sentimos como algo normal ser autosuficientes, soberbios y prepotentes que se reconoce como lo lógico lo enseñado por el Demonio.
Un cristiano que se esfuerza por mantener vivo su bautismo se asemeja a esa bombilla. Cristo te dice:  ¡vosotros sois la luz del mundo!, ¡tú eres la luz allá en donde te encuentres y con quien estés!.  Con la gran diferencia que uno sabe por experiencia que desconectado de la corriente del Espíritu Santo uno se comporta como un necio, un lujurioso, un ladrón, un mezquino. Nos tendemos a escandalizar de los casos de corrupción. Pero vamos a ver: Si a una persona se le presenta la ocasión de enriquecerse injustamente con la posibilidad de no ser pillado, pues lo aprovecha porque su ídolo es el dinero. Una persona en un cargo de responsabilidad del que dependen la adjudicación de obras, ‘puede dejarse querer por mucha gente’, aceptar regalos caros, costosas cestas de navidad, gratificaciones económicas, favores, etc., porque usa de ese cargo para su beneficio. No se lo dan porque sea el más guapo, el más listo o un fuera de serie. Se lo entregan por el cargo que ocupa, y el otro, lo acepta. O ese hombre entrado en años con su cachavita que uno se encuentra por la calle y pasa delante de él una joven. El milagro que acontece solamente por el giro repentino de 180 grados que da para poderla ver el trasero ya dice más que cualquier otra cosa. Esa mirada de lujuria es fruto de la desconexión con lo divino. Tan pronto como dejamos a Dios de lado aparecen los demonios y los espíritus del mal para colonizarnos.
Sin embargo el Evangelio de hoy nos cuenta que Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y fueron a lo alto del monte Tabor para orar. Y que mientras oraban, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de esplendor. Pedro, Juan y Santiago conocían las artes de la pesca, se desenvolvían muy bien en el trato con los demás, pero el Señor les quiso proporcionar una experiencia de lo trascendente. Una experiencia de lo divino que fuera un importante recordatorio, un hito fundamental de cómo la Gloria existe, aunque en el aquí y en ahora, en la sucesión de las horas y de los días, de los sufrimientos y problemas...uno tienda a olvidarla por experimentar lo terreno como propio. Esto que les había acontecido fue para ellos la constatación de la certeza de que Cristo es la medida de todas las cosas. Cuando uno abre los ojos y descubre el tesoro de la herencia que le espera, tiende a despegarse de las cosas de este mundo, a reconducir su vida, reubicar las cosas en su lugar porque anhela, con todo su ser, poder contemplar el rostro de Dios en el país de la Gloria.
            Ahora lo que les toca a estos tres apóstoles es confiar plenamente en la Palabra de Jesucristo, en su promesa, en su amor. Abrán se fío del Señor, el mismo Señor que le sacó de Ur de los Caldeos para darle en posesión esta tierra. Nosotros decimos que nos fiamos del Señor, pero tan pronto como vemos que no llega lo que deseamos con todo el corazón, empezamos a dudar, a protestar, a renegarnos y a buscar las soluciones a nuestro modo y manera terminando de estropear todo. Y lo estropeamos todo porque aquello que anhelamos lo elevamos a categoría de ídolo y todo queda descuadrado. Ante este serio descuadre ocasionado por este nuevo ídolo, ¿de dónde sacaré fuerzas ahora para no ser un embustero, un ladrón, un lujurioso o un mezquino? Porque resulta que me estoy quejando de los que se enriquecen con dinero injusto; porque resulta que estoy criticando a ese hermano que se aprovecha de su cargo para obtener sus beneficios....y yo ahora voy a estar peor que ellos porque he sido tan necio de quitar a Dios del lugar que le correspondía y he puesto en su lugar a un simple ídolo al que uno tributa culto de un modo u otro. Recordemos que esto atenta directamente contra el primer Mandamiento de la Ley de Dios. Por eso el Espíritu Santo no cesa de aporrear a la puerta de tu alma y de gritarte: ¡Conviértete! , ¡Tu que estas de pie, ten cuidado y no caigas!

San Pablo en la epístola de hoy ya nos lo dice con toda claridad: «Porque –como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos- hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; sólo aspiran a cosas terrenas». Por eso y por muchas cosas más se sincera con nosotros y nos da una palabra de cercanía y de aliento: «Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos».  Somos ciudadanos del Cielo donde aguardamos a un Salvador, mas son tiempos recios por lo tanto con cuánta más razón para ser amigos fuertes del Señor. 

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