viernes, 21 de noviembre de 2025

Editorial: La libertad cristiana hoy: Pensar con rigor, vivir de pie

 

 


 

La libertad cristiana hoy: Pensar con rigor, vivir de pie


1. La paradoja contemporánea: libertad proclamada, vidas bloqueadas

La cultura actual proclama la libertad como uno de sus grandes dogmas. Hablamos de:

  • libertad de expresión,
  • libertad de elección,
  • libertad afectiva,
  • libertad de consumo.

Sin embargo, basta escuchar a estudiantes, matrimonios jóvenes, profesionales o incluso consagrados para percibir una paradoja dolorosa:

  • personas con mil opciones… pero incapaces de decidirse;
  • muy “conectados” … pero profundamente dependientes de la mirada ajena;
  • con libertad formal… pero atrapados en adicciones, miedos, heridas no resueltas.

No es raro oír frases como: “Puedo hacer muchas cosas, pero no sé qué hacer con mi vida”; “soy libre, pero por dentro no lo soy”.

La fe cristiana no viene a añadir eslóganes ni a restar libertad, sino a plantear una pregunta incómoda y liberadora:

¿Y si el problema no fuera la falta de libertad externa,
sino una comprensión deficiente de lo que significa ser libre?

Responder seriamente a esa pregunta requiere una mirada antropológica, teológica y moral a la vez; exige tanto rigor conceptual como honradez existencial.


2. Raíz cristiana de la libertad: imagen de Dios, llamada y comunión

La visión cristiana del hombre arranca de una convicción fundamental:

El ser humano ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios” (cf. Gn 1,26).

Esto implica, entre otras cosas, que:

  • no es un mero producto biológico o social;
  • es capaz de verdad (puede conocer el bien) y capaz de amor (puede darse).

El Catecismo lo formula así: Dios ha creado al hombre como un ser que “puede iniciar y controlar sus actos” y le ha dado “la dignidad de una persona libre” (CEC 1730-1731). Pero añade enseguida que esta libertad es “una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y en la bondad” (CEC 1731-1733).

La libertad, por tanto:

  • no es un vacío a rellenar arbitrariamente,
  • sino el modo en que respondemos a una llamada: la de Dios a la comunión con Él y con los demás.

Gaudium et spes resume así la vocación del hombre: “no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo” (GS 24).

En lenguaje bíblico, la verdadera esclavitud no es la falta de opciones, sino el pecado; y la verdadera liberación no es la simple emancipación de normas, sino la comunión con Cristo:
“Para la libertad nos ha liberado Cristo” (Ga 5,1).

Y Jesús es explícito: “La verdad os hará libres” (Jn 8,32). No se trata de cualquier “verdad subjetiva”, sino de la Verdad que Él mismo es, y que revela quién es Dios y quién es el hombre.


3. Afinando el concepto: de qué libertad hablamos

Para no confundir planos, conviene distinguir algunas dimensiones clásicas.

3.1. Libre albedrío y libertad moral

  • Libre albedrío: facultad de elegir entre diversas posibilidades (A o B). Es condición de imputabilidad.
  • Libertad moral: grado de dominio de sí y orientación estable hacia el bien. Supone virtud y, para el cristiano, cooperación con la gracia.

Un estudiante puede “elegir libremente” pasar la noche en redes o estudiar. Libre albedrío hay. Pero si, por hábito y falta de disciplina, su capacidad real de elegir el bien está muy debilitada, su libertad moral es escasa. Formalmente elige; en la práctica está bastante condicionado.

Esta distinción es clave para no confundir libertad con pura espontaneidad.

3.2. Libertad “de” y libertad “para”

Otra distinción útil:

  • Libertad de: ausencia de coacción externa (no hay una dictadura, nadie me obliga físicamente).
  • Libertad para: capacidad positiva de realizar el bien, de amar, de entregar la vida.

Uno puede gozar de derechos civiles y, al mismo tiempo, ser incapaz de:

  • mantener una promesa,
  • cortar una relación tóxica,
  • decir la verdad cuando le perjudica.

La tradición cristiana valora la libertad “de”, pero insiste en que sin la libertad “para”, la primera se queda en un cascarón vacío.


4. Libertad herida y gracia que libera

Aquí aparece la dimensión más realista de la antropología cristiana: el pecado.

No se trata solo de actos aislados, sino de una herida en la raíz de la libertad:

  • la inteligencia se oscurece,
  • la voluntad se debilita,
  • el corazón se inclina hacia el amor desordenado de sí.

San Pablo describe esa experiencia con honestidad brutal: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rm 7,19).

San Agustín y la tradición después de él insistirán: sin la gracia, el hombre es libre, pero su libertad está desordenada; puede elegir, pero no puede, por sus solas fuerzas, reconducir totalmente su existencia al bien.

De ahí una tesis teológica fundamental:

La gracia no compite con la libertad,
sino que la sana, la sostiene y la plenifica.

El Catecismo recuerda que cuanto más hace el bien el hombre, “más libre se vuelve” (CEC 1733). En términos espirituales, la libertad cristiana es cooperación activa con la gracia del Espíritu Santo, que “da la vida” (2 Co 3,6) y actúa en lo más íntimo de la voluntad.

Y esta libertad tiene un horizonte escatológico: la “libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rm 8,21), donde ya no será posible elegir contra el amor.


5. Tres deformaciones actuales de la libertad

Con este marco, se entienden mejor algunas configuraciones culturales que encontramos a diario en jóvenes, adultos y también en ambientes eclesiales.

5.1. Emotivismo: “si lo siento, es bueno para mí”

Es la lógica dominante en no pocos discursos juveniles (y adultos):

“Lo auténtico es seguir lo que uno siente; si lo deseo intensamente, será lo correcto para mí”.

Sin embargo:

  • hay decisiones tomadas “porque lo sentía así” que dejan heridas duraderas;
  • el corazón mezcla heridas, miedos, deseos sanos y deseos enfermos.

Un caso: Lucas, universitario “libre” que no manda en su vida

Lucas tiene 21 años y estudia una carrera exigente. Si le preguntas, te dirá sin dudar:

“Yo soy muy libre. Nadie me dice lo que tengo que hacer”.

Tiene una relación “no formal”, ve porno casi a diario y suele estudiar a última hora. En su grupo de amigos, el estándar es:

  • fiesta jueves, viernes y sábado,
  • resaca compensada con café y bebidas energéticas,
  • burla de cualquiera que lleve una vida un poco más disciplinada.

Cada vez que piensa en organizarse mejor, dejar el porno o acostarse pronto, se repite:

“Lo dejo cuando quiera. Ahora no me apetece”.

Ese “cuando quiera” nunca llega. Cada examen lo coge peor preparado. Cada relación le deja más vacío. Le cuesta levantarse por la mañana. Y, sobre todo, empieza a sospechar que no controla tanto como dice.

Un fin de semana, casi obligado por un amigo, acude a un retiro universitario. Escucha una frase que le descoloca:

“No eres libre por poder hacer lo que quieras,
sino por ser capaz de hacer el bien que sabes que debes hacer”.

Al principio reacciona por dentro: “qué discurso de cura antiguo”. Pero por la noche, en la habitación, se ve a sí mismo pegado al móvil, sin poder soltarlo, y la frase vuelve. Se sincera: hay hábitos (lujuria, pereza, huida constante) que no deja “cuando quiere”. Algo manda por él.

Tarda semanas en dar el paso de hablar con un sacerdote. Cuando lo hace, no trae una lista “de pecados de castidad”; trae su historia:

  • la dificultad para estar solo,
  • el miedo a decepcionar a los amigos,
  • el cansancio de prometerse cambios que nunca llegan.

El confesor le propone un camino realista:

  • límites concretos al uso de pantalla,
  • un día a la semana sin porno ni redes como “test” de libertad,
  • horario posible de estudio y descanso,
  • Eucaristía dominical bien vivida,
  • un cuarto de hora de oración diaria, con el Evangelio, dejando que Cristo le mire.

No hay magia: Lucas recae, se enfada consigo mismo, incluso abandona un tiempo los propósitos. Pero ahora sabe que no todo es “libertad”: ha reconocido cadenas. Y experimenta algo nuevo: los días en que, con la gracia, ordena su tiempo y su cuerpo, duerme mejor y puede mirarse al espejo con algo de paz.

Lucas no ha “perdido” libertad por poner límites; ha empezado a ganarla. Ha descubierto que el Espíritu no le roba gusto de vivir, sino que le enseña a disfrutar de las cosas sin ser devorado por ellas.

Este caso muestra que emotivismo, lujuria y pereza no son solo “pecados sueltos”, sino un estilo de vida heterónomo, donde la libertad real se encoge.

La propuesta cristiana no es dejar de sentir, sino discernir. El criterio no es: “¿lo siento?”, sino:

  • “¿Es verdadero?”,
  • “¿Es bueno para mí y para los demás?”,
  • “¿Me abre o me cierra al amor de Dios?”.

La libertad madura pasa por una reeducación de la afectividad, no por su absolutización.

5.2. Individualismo autosuficiente: “no necesito a nadie”

Otra tentación es concebir la libertad como independencia absoluta: no depender, no rendir cuentas, no explicarse ante nadie.

La antropología cristiana lo considera una ficción peligrosa:

  • la persona es constitutivamente relacional: hijo, hermano, miembro de un pueblo;
  • incluso su relación con Dios es filial, no servil: “ya no sois esclavos, sino hijos” (cf. Ga 4,7).

En la práctica pastoral se ve cómo esta supuesta autosuficiencia termina en otras dependencias: imagen, éxito, rendimiento académico, redes sociales. El joven que niega toda dependencia afectiva puede estar profundamente sometido a la tiranía del “me gusta”.

Solo una dependencia es liberadora: la filiación en Cristo. Cuanto más se reconoce el creyente hijo en el Hijo, más libre es ante todo lo demás.

5.3. Relativismo: “todo vale mientras lo elija yo”

La tercera deformación identifica libertad con ausencia de verdad objetiva: ningún bien puede presentarse como universal; todo se reduce a “mi opción”.

Entonces:

  • resulta imposible hablar de pecado sin que se perciba como agresión;
  • no se puede denunciar con fuerza la injusticia (“es su elección”);
  • la conciencia queda a la intemperie, sin criterio estable.

Veritatis splendor subraya que la libertad humana y la ley de Dios “no se contraponen, sino que se reclaman mutuamente” (cf. VS 35-53): la verdad moral no aplasta, sino que permite a la libertad no destruirse a sí misma.


6. Libertad como vocación: hacia la “mejor versión” en Cristo

Frente a estas deformaciones, la fe ofrece una visión positiva y exigente:

La libertad es la forma histórica de la vocación a la santidad.

No se trata de un perfeccionismo psicológico, sino de la “mejor versión” de la persona según el proyecto de Dios: aquello que Gaudium et spes expresa al decir que el hombre “no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo” (GS 24).

Tres notas:

1.     Hay una llamada concreta.
El cristiano no se auto-inventa de cero: discierne una misión (matrimonio, sacerdocio, consagración, formas de vida laical, profesión vivida cristianamente…). La libertad se mide por la capacidad de responder a esa llamada, no de ignorarla indefinidamente.

2.     La libertad se juega en el tiempo.
No basta con haber dicho un “sí” inicial. La fidelidad, el combate, las renuncias, los reajustes, forman parte de la historia de la libertad. Sacerdotes y matrimonios conocen bien esta dinámica: el “sí” de la ordenación o del altar se verifica cada día, ante la cruz y ante la gratitud.

3.     La plenitud es ser-para.
La libertad no culmina en un yo autosatisfecho, sino en un yo entregado. La santidad no es autoexaltación, sino caridad llevada a su forma más personal y concreta.

En última instancia, la “mejor versión” del cristiano no es otra cosa que Cristo mismo tomando forma en él (cf. Ga 2,20). El modelo de libertad no es un ideal abstracto, sino el Hijo.


7. Ley, conciencia y virtud: tres aliados poco entendidos

En este punto aparecen tres palabras que muchos identifican con lo contrario de la libertad: ley, conciencia y virtud. Desde la tradición, son precisamente lo contrario: sus grandes aliados.

7.1. La ley moral: mapa del bien humano

La ley moral (natural y revelada) es presentada por el Catecismo como “instrucción paterna de Dios” que indica “los caminos que conducen a la vida” (CEC 1950, 1975).

No sustituye a la libertad, la ilumina. Como una señal de “curva peligrosa” no suprime la posibilidad de conducir, sino que evita un accidente.

En pastoral universitaria se ve con frecuencia el dilema:
“sé que la Iglesia enseña X, pero yo siento Y”. El trabajo no consiste en imponer X sin más, sino en mostrar que X no es un capricho eclesiástico, sino la expresión razonable de una verdad sobre el bien de la persona, a la luz de Cristo, que es la encarnación de la ley nueva del amor (cf. CEC 1972).

7.2. La conciencia: lugar de encuentro entre Dios y la libertad

El Concilio define la conciencia como el lugar donde el hombre “se encuentra solo con Dios” y donde resuena una voz que le llama al bien (GS 16). Es el “sagrario” donde el Espíritu Santo, a través de la Palabra, sigue susurrando: “este es el camino, caminad por él” (cf. Is 30,21).

Pero la conciencia:

  • no es infalible,
  • puede estar deformada,
  • necesita ser formada.

Formar la conciencia (en la predicación, la dirección espiritual, la catequesis) no es manipular, sino ayudar al sujeto a reconocer la verdad y a apropiársela libremente. La obediencia a una conciencia rectamente formada –iluminada por Cristo y su Iglesia– es la forma más alta de libertad moral.

Un caso: Marta, profesional entre conciencia y empresa

Marta tiene 34 años, trabaja en marketing digital y lleva con discreción pero firmeza su fe. Le encargan liderar una campaña para una casa de apuestas online, dirigida a jóvenes de barrios humildes. Los informes internos son claros:

  • es el público más vulnerable,
  • la campaña está diseñada para enganchar a los más frágiles.

En las reuniones todo suena a “segmento de mercado” y “clientes potenciales”. Pero Marta, que colabora con Cáritas, ve los rostros de familias endeudadas, en parte por el juego.

Durante semanas se debate por dentro. Se dice:

“Es solo un trabajo. Si no lo hago yo, lo hará otro. Y necesito el sueldo”.

Intenta acallar la conciencia con argumentos de eficacia y supervivencia, pero la inquietud no se va. Una noche, viendo un informe sobre ludopatía juvenil, se le cruzan los cables:
“Yo sé que esto hace daño. Y sé que estoy siendo parte”.

Acude a un sacerdote. Él no le suelta una frase hecha, pero le recuerda:

  • que no todo lo legal es moral;
  • que cooperar directamente con el mal de otros lesiona la propia libertad;
  • que la verdadera seguridad no se construye contra la conciencia, sino con ella.

Le propone dos pasos concretos:

1.     Manifestar con claridad (y caridad) su objeción a dirigir esa campaña.

2.     Abrir, desde ya, la búsqueda de alternativas laborales más coherentes con su fe.

Marta obedece, no sin miedo. La empresa no la despide, pero la relega. Durante un tiempo vive con sensación de castigo: ha perdido proyectos brillantes y siente que “ha arruinado su carrera”. A la vez, en la oración, descubre una paz nueva: no está partida por dentro. Su relación con Cristo en la Eucaristía se hace más sencilla: ya no necesita justificar lo injustificable.

Meses después encuentra trabajo en una empresa más pequeña, con menos sueldo, pero donde puede mirarse al espejo sin dividirse. No es un final de película perfecta: el miedo a perder estabilidad vuelve de vez en cuando. Pero ahora sabe algo que antes solo decía: que la libertad vale más que un bonus.

Aquí se ve que ley moral y conciencia no son carga, sino defensa de la libertad profunda: protegen al sujeto de convertirse en cómplice activo de estructuras que destruyen a otros.

7.3. La virtud: musculatura del querer

Los moralistas clásicos definen la virtud como un “hábito operativo bueno”: una disposición estable que facilita hacer el bien con facilidad, firmeza y alegría.

Sin virtud:

  • cada decisión buena cuesta mucho,
  • la persona es fácilmente arrastrada por el ambiente,
  • basta una presión puntual para que la libertad ceda.

Con virtud:

  • decir la verdad,
  • cumplir con la justicia,
  • perseverar en el bien,
    se vuelve cada vez más espontáneo. No porque el sujeto se vuelva “perfecto”, sino porque el Espíritu va configurándolo con Cristo mediante las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) y sus dones.

En este sentido, la virtud no limita opciones, sino que amplía la capacidad real de amar. Es la “musculatura” que sostiene la libertad cuando sopla el viento en contra. Una libertad sin virtud es como un cuerpo sin tono muscular: cualquier esfuerzo serio la deja agotada.


8. Condicionamientos internos y externos: realismo y misericordia

Quien acompaña pastoralmente sabe que la libertad no se ejerce en el vacío.

8.1. Heridas, psicología y responsabilidad

Muchos fieles llegan cargando:

  • historias de abuso,
  • enfermedades psíquicas,
  • dependencias afectivas,
  • contextos familiares tóxicos.

La moral católica distingue cuidadosamente entre la objetividad de un acto (lo que “es” en sí) y la imputabilidad (el grado de responsabilidad subjetiva) (CEC 1735).

Esto permite:

  • mantener claro el bien y el mal,
  • sin convertirnos en jueces despiadados.

Para sacerdotes y acompañantes esto implica un doble movimiento:

  • proponer sin rebaja la verdad moral;
  • acoger con paciencia, remitir cuando haga falta a ayuda profesional, discernir plazos y pasos posibles, evitando cargas que el sujeto no puede llevar todavía.

La misericordia no consiste en rebajar la verdad, sino en acompañar la libertad herida paso a paso.

8.2. El combate del sacerdote: miedo, desilusión y fidelidad

También en el ministerio ordenado se dan formas de esclavitud interior.

Pablo fue ordenado con ilusión. Amaba la Palabra de Dios, soñaba con anunciar el Evangelio con fuerza. Sus primeros años fueron intensos, con grupos de jóvenes, catequesis trabajadas, iniciativas nuevas.

Diez años después, algo se ha ido apagando:

  • predica homilías correctas, pero muy prudentes; evita temas que puedan “molestar”,
  • en la confesión escucha muchas veces las mismas cosas, sin deseo claro de cambio, y eso le desgasta,
  • en el consejo pastoral, varias de sus propuestas más evangélicas han sido frenadas con un “aquí no va a funcionar”.

Empieza a pensar:

“Mientras la parroquia esté tranquila, mejor no tocar nada”.

Reconoce en sí mismo una mezcla de:

  • miedo al conflicto,
  • decepción por la poca respuesta,
  • tentación de refugiarse en la pura gestión.

En una tanda de ejercicios, se atreve a decirle al Señor: “Estoy cansado. No quiero complicarme más la vida”. Y siente que ese cansancio le está llevando a una peligrosa neutralidad: ni grandes pecados, ni gran fuego. Simplemente, inercia.

Busca a un hermano sacerdote mayor, al que ve sereno y fiel. Éste le pregunta:

1.     “¿Para quién predicas: para ser aplaudido o para ser fiel al Señor?”.

2.     “¿Dónde descansa tu corazón: en los resultados o en saberte en manos de Dios?”.

Le propone cosas muy concretas:

  • retomar cada día un tiempo de oración silenciosa ante el Sagrario, no para preparar cosas, sino para estar;
  • releer los Hechos de los Apóstoles, viendo cómo anuncian la Palabra en contextos hostiles;
  • escoger un tema “incómodo”, que lleva tiempo evitando, y predicarlo con caridad y claridad, poniendo su miedo en manos del Espíritu Santo.

Pablo lo hace, con temblor. Tras una homilía más directa, recibe críticas… y también agradecimientos sinceros. Días después vuelve el cansancio, la tentación de callarse. Pero ahora distingue mejor: esa tranquilidad “sin cruz” es, en realidad, una forma de esclavitud.

La mediocridad espiritual no es un descuido simpático: es una forma lenta de rendir la libertad al miedo.

Aquí se ve que la libertad del sacerdote tampoco se mide por la ausencia de conflictos, sino por la obediencia al Evangelio, sostenida por el Espíritu, incluso cuando el Mensaje no es masivamente acogido.

8.3. Condicionamientos sociales y bien común

Hay también estructuras que restringen la libertad:

  • precariedad laboral que obliga a aceptar condiciones injustas,
  • presión mediática que condiciona el pensamiento,
  • pobreza extrema,
  • violencia política o doméstica.

La doctrina social de la Iglesia recuerda que la libertad tiene una dimensión social y política: luchar por estructuras más justas es parte de la caridad y de la responsabilidad laical. La libertad cristiana no es solo “yo y mi conciencia”, sino también:

  • participación responsable en la vida pública,
  • defensa de los más débiles,
  • promoción del bien común.

No basta con decir “sé libre interiormente”; hay que trabajar, según la vocación de cada uno, para que otros puedan ejercer su libertad en condiciones mínimamente humanas.


9. Cristo y el Espíritu: corazón de la libertad cristiana

En último término, la libertad cristiana no se entiende sin referencia a Cristo y al Espíritu.

En Jesús contemplamos:

  • una libertad que no se deja bloquear por el miedo al rechazo o al sufrimiento;
  • una libertad que no responde al mal con más mal;
  • una libertad que, en Getsemaní, dice: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).

La cruz, vista desde fuera, parece el fracaso de la libertad: Jesús es atado, condenado, clavado. Vista desde dentro, es el acto más libre de la historia:

“Yo doy mi vida; nadie me la quita” (cf. Jn 10,18).

La resurrección es la confirmación del Padre a esta forma de libertad: la libertad que se entrega por amor no se pierde; se transfigura.

El Espíritu Santo, “donde está Él, hay libertad” (2 Co 3,17), es quien:

  • ilumina la conciencia,
  • fortalece la voluntad,
  • purifica los afectos,
  • sostiene las decisiones definitivas,
  • y va configurando al creyente con el Hijo.

Sin el Espíritu, la libertad cristiana se reduce a ética exigente. Con el Espíritu, se convierte en camino de amistad con Dios y de participación en la libertad filial de Cristo.


10. Para seguir trabajando: examen para universitarios y sacerdotes

Para laicos universitarios, el tema de la libertad atraviesa elecciones de estudios, afectividad, trabajo, fe en contextos secularizados.

Para sacerdotes, es terreno de batalla diaria en dirección espiritual, confesionario, predicación, acompañamiento vocacional.

Más que una teoría perfecta, quizá convenga terminar con un examen muy concreto, ante el Señor.

10.1. Si eres universitario o profesional joven, pregúntate:

  • ¿Qué decisiones importantes estoy tomando solo “porque lo siento así”, sin confrontarlas con la verdad del Evangelio y el consejo de personas de fe?
  • ¿Hay algún hábito (por ejemplo, pantalla, pornografía, redes, alcohol, trabajo) que digo “puedo dejar cuando quiera”, pero en realidad no dejo nunca?
  • ¿Dónde estoy sacrificando mi conciencia por miedo a perder comodidad, prestigio o dinero, como Marta?
  • ¿Estoy dejando que mi vocación (matrimonio, consagración, forma de vida laical) se decida solo por inercia, o la estoy poniendo en discernimiento serio ante Dios?
  • ¿Uso mi libertad también para el bien común (participación cívica, compromiso social), o la reduzco a mi bienestar privado?

10.2. Si eres sacerdote, pregúntate:

  • ¿Predico lo que el Evangelio dice o solo lo que sé que no creará problemas en la parroquia?
  • ¿Dónde estoy dejando que el miedo (a la crítica, al conflicto, al fracaso) decida más que el Espíritu?
  • ¿Busco más la tranquilidad de la estructura o la fidelidad a la Palabra, aunque me complique la vida?
  • ¿Mi descanso se apoya en los “resultados” o en saberme en manos de Dios, como Pablo aprendió?
  • ¿Estoy dejando que la oración personal, la dirección espiritual y la fraternidad sacerdotal sostengan mi libertad, o me he instalado en una soledad activista?

Nombrar ante Dios una esclavitud concreta es ya un acto de libertad.
Buscar ayuda (sacramento, acompañamiento, incluso terapia cuando haga falta) es otro.
Dar un paso real –aunque pequeño–, en la dirección del bien, es un tercero.

La libertad cristiana no consiste en no tener cadenas, sino en dejar que el Señor las vaya rompiendo, una a una, hasta que nuestra vida se parezca cada vez más a la suya: la vida del Hijo que se sabe amado y, precisamente por eso, puede entregarse sin reservas.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Carta Apostólica del Papa León XIV "Diseñar nuevos mapas de esperanza" con motivo del 60º aniversario de la Declaración conciliar "Gravissimum educationis"

 

Homilía del Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, ciclo C, Lc 23, 35-43 «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino»

 Homilía del Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, ciclo C

Jesucristo, Rey del Universo, solemnidad

Lc 23, 35-43 «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (HAY DOS AUDIOS)


No es un sermón:

Es una conversación seria sobre la vida.

Hoy me gustaría que nos acerquemos a este texto como quien conversa en serio sobre algo que le importa de verdad.


Los imperios pasan; las víctimas quedan.

Si uno hojea un libro de historia, el esquema se repite: imperios que nacen, crecen, conquistan, parecen indestructibles… y al final se hunden. Los asirios, por ejemplo: a comienzos del siglo VI a.C., desde el golfo Pérsico hasta el Egipto de los faraones, lo controlaban prácticamente todo. Poco después, Nínive cae y empiezan los babilonios. De Babilonia recordamos los Jardines Colgantes, la puerta de Istar con sus leones, aquella torre que se alzaba orgullosa… y, sin embargo, su esplendor dura muy poco. Después vienen los persas, luego Alejandro Magno, más tarde Roma. Cada reino tapa al anterior y todos dejan la misma estela: guerras, violencia, injusticias, dolor.

 

También las ideas tienen fecha de caducidad.

Si pasamos de la antigüedad a hoy, la dinámica no es muy distinta. Ideologías que prometían un mundo nuevo, sistemas políticos que parecían definitivos, modelos económicos o culturales presentados como “la solución” … y que, al cabo de unos años, se desinflan o muestran sus límites.

En la vida cotidiana y real, el poder de este mundo es pasajero, y quienes lo han usado para hacer daño acaban cayendo y quedando al descubierto en toda su pobreza moral.


La única apuesta que no se derrumba:

Un Reino donde nadie queda fuera de la misericordia.

La pregunta de fondo es sencilla y seria: ¿hay algo que no se derrumbe? ¿Existe un “reino”, un modo de vivir y de situarse en el mundo, en el que valga la pena apostar la vida sin miedo a descubrir al final que uno se equivocó de bando? El evangelio de hoy responde que sí. Jesús habla una y otra vez del Reino de Dios, y ese tema está en el centro de su predicación (cfr. Lc 4,43; 8,1). Lo hace desde una certeza: para Dios “nada hay imposible” (cfr. Lc 1,37; 1 Sm 2, 1-10). No hay historias sin salida, ni personas irremediablemente fuera. Pablo lo resume así: «Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para tener misericordia con todos ellos» (cfr. Rm 11,32).

 

                   El poder de Jesús desconcierta a los profesionales del poder.

Pero, ¿qué clase de reino es ese? Aquí empiezan los malentendidos. Pilato, por ejemplo, cuando interroga a Jesús, no entiende nada. Él solo conoce el poder del emperador Tiberio, apoyado en legiones, impuestos y miedo. Mira a Jesús, rodeado de doce pescadores y algunas mujeres, y piensa: “¿Este es un rey?” (cfr. Jn 18,33-37).

 

Cuando los discípulos copian a los poderosos,

se borra el rostro de Jesús.

Si somos sinceros a los cristianos tampoco nos ha resultado siempre fácil distinguir el estilo de Jesús del estilo de los poderes de este mundo. Muchas veces, quienes decían seguirle han buscado honores, influencia, riqueza, peso político, y en ciertos momentos incluso se ha justificado la violencia en nombre de aquel que mandó guardar la espada (cfr. Mt 26, 52).

 

La tentación no es dejar a Dios, sino usarlo.

Lucas ya había mostrado al inicio del evangelio que Jesús se enfrentó a la tentación de utilizar su relación con Dios para entrar en la lógica del poder (cfr. Lc 4,1-13). En el episodio de las tres tentaciones en el desierto Jesús fue escrutado.

La primera tentación fue la del pan: «Si eres hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan» (cfr. Lc 4, 3); es la tentación de murmurar cuando experimentamos la fragilidad de nuestra vida, la cual no tiene seguridades. Es cuando nos asedia la precariedad. Tendemos antes a la murmuración que al amor a Dios. Nosotros murmuramos porque no aceptamos la voluntad que Dios nos presenta a cada uno; de tal modo que llegamos a razonar del siguiente modo: ‘¿Qué sabrá Dios lo que a mí me conviene?’ Algunos dicen que ‘primero llénate el estómago y luego la Palabra de Dios’. El mundo y los que piensan al modo mundano dicen que uno se ha de asegurar primero las cosas y luego vienen las cosas de Dios. Jesús es tentado cuando estaba débil. El Diablo nos susurra al oído cosas tales como ‘gratifícate con la sexualidad’, ‘tómate un momento de relax con el alcohol o la droga, porque necesitas desahogarte al ser insoportable la precariedad que tienes en tu vida’. Jesús nos enseña que ser hombre es aceptar la tensión en nuestra vida para encontrarnos con Dios. Nunca aceptamos que la vida sea distinta de lo que nosotros nos habíamos proyectado. A lo que Jesús responde al Diablo que «está escrito: no sólo de pan vive el hombre» (cfr. Lc 4, 4). Es decir, no sólo de afectos, no solo de seguridades, no sólo de dinero, de tierras, de casas, de coches, de joyas, etc., vive el hombre; sino de todo lo que Dios tiene destinado para el hombre. Amar es arriesgar. Si borramos a Dios de nuestra existencia personal o comunitaria cualquier estupidez pretendería sostenernos. Alguno puede pensar que ‘si viniera un ángel y nos explicase lo que nos sucede, tal vez lo aceptaríamos’. Pero este modo de razonar no deja de ser un modo de dudar del amor de Dios.

La segunda tentación fue la de las riquezas: «Te daré el poder de todos estos reinos y su gloria (…), si te postras ante mí» (Lc 4, 6-7). Recordemos cómo cuando Moisés es llamado a la cima del Monte Sinaí (cfr. Ex 24,12-13.15-18; 25–31; 31,18; 32,1-20.30-34; 34,1-4.27-29; Dt 9,7-21; 10,1-5) para recibir las Tablas de la Ley, la Torá el pueblo esculpió el becerro de oro. Hacer ese becerro de oro era el símbolo del poder y de la fecundidad; era una profesión idólatra que manifestaba que el éxito y el poder lo da el dinero. Este modo de pensar se degrada hasta el punto de hacer proyectos de cómo tiene que ser Dios. Es aquí cuando entra en escena el trueque con Dios, ya que deseamos estar cerca de Dios para que nuestros negocios, estudios, trabajos, amores sean exitosos; pero si algo no nos va bien es entonces cuando renegamos de Dios. Jesús es el Maestro y nosotros seguimos a uno que ‘no tiene dónde reclinar la cabeza’ (cfr. Mt 8,20; Lc 9,58). Si eres un hombre que triunfa todo el mundo de aplaudirá; pero sólo al Señor se le ha de tributar culto, no a nosotros. El mundo tiene la mentalidad mezquina de tener dinero, de tener la pensión garantizada…; y toda la vida gira en torno a eso. El ahorro y el bienestar son las columnas de la sociedad. Que sube la docena de huevos y es titular en las noticias de los telediarios manifestando una profunda protesta; que se asesinan diariamente a niños en el seno materno y nadie escribe ni un pequeño titular en la prensa ni en los partes de la televisión. ¿Cuáles son las columnas de nuestra vida? Jesús nos propone vivir en la verdad. Esta sociedad nos dice que lo importantes es el pan, la cama, la pensión, el futbol, etc., pero esto queda vacío porque nada de lo mundano sacia el corazón insaciable del ser humano.




La tercera tentación fue la del alero del Templo
: «Si eres hijo de Dios, tírate desde aquí; porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden; te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna» (cfr. Lc 4, 9-10). Es la tentación de no querer seguir caminando. Es más, sólo caminaremos si Dios se manifiesta. Recordemos el episodio acontecido en Masá y Meribá, cuando el pueblo, sediento, tentó al Señor murmurando contra Moisés, y Dios hizo brotar agua de la roca para ellos (cfr. Ex 17,1-7; Sal 95,8-9; Dt 6,16; 9,22; Nm 20,2-13). Lo que aquí se está cociendo es que preferimos estar en la esclavitud comiendo aquellas cebollas y ajos de Egipto (cfr. Nm 11,5) antes que vivir en una situación de incertidumbre y de prueba. Por eso se exige que Dios se manifieste de nuevo; es tanto como decir a Dios que estamos dispuestos a seguirle con tal que Dios se manifieste. Y el Diablo que sabe que la salvación de Jesús pasa por el fracaso quiere tentarle con el éxito. El Diablo plantea hacer un chantaje para que Dios cambie los planes para mí. Lo que quiere el Diablo es que yo no sufra y a obligar a Dios a cambiar mi historia. Es no aceptar que en tu historia venga la cruz. Y la Palabra nos contesta al manifestarnos que no podemos proyectar nuestras insatisfacciones para huir de la cruz. No podemos obligar a Dios a cambiar nuestra historia para que nos beneficiemos. Y lo el Diablo te dice es claro: si tu historia no te gusta, refúgiate en el pecado. Si tu esposa no te da lo que tú quieres acudes a la secretaria o a la vecina para que te consuele y buscar lo que deberías de encontrar en tu hogar. El Diablo te está enseñando la catequesis de que Dios no te conoce ni te quiere.

En resumidas cuentas, el Tentador no se presenta como enemigo, sino como asesor “útil”. En sustancia le viene a decir: “Tú quieres cambiar el mundo. Tienes palabra, arrastras gente. Te falta una cosa: aprender a jugar como juegan todos. Domina, controla, seduce. Si piensas demasiado en los débiles, no llegarás lejos. Si quieres dejar huella, conquista poder” (cfr. Lc 4,6-7).

El enemigo sabe esperar su momento:

La hora de la cruz.

Ese relato de las tentaciones en el desierto termina con una frase enigmática: «El diablo se alejó de él hasta el tiempo fijado» (cfr. Lc 4,13). Lucas usa la palabra griega καιρός (kairós), que significa “momento oportuno, ocasión clave”.

Ese καιρός reaparece en el Calvario, aunque el término ya no se mencione: la misma tentación de fondo —“piensa en ti, sálvate tú”— vuelve ahora en boca de distintos personajes.

 

Lo cuelgan como maldito para ‘probar’

que Dios está contra él.

El contexto es conocido. Pilato, presionado, entrega a Jesús para que sea crucificado (cfr. Lc 23,24-25). Lo asocian a dos criminales, para dejar claro que se le considera peligroso. No bastaba con quitarlo de en medio: había que desacreditarlo del todo. En la mentalidad de la época, alguien colgado de un madero era “maldito de Dios” (cfr. Dt 21,23). El mensaje implícito: “Dios está de nuestra parte, no de la suya”.

 

En el escenario del Calvario,

Dios se deja ver tal como es.

Lucas describe lo que ocurre con una palabra griega que solo usa aquí: θεωρία (theōría), “espectáculo” (cfr. Lc 23,48). El Calvario es un escenario alzado a las afueras de la ciudad, en un lugar visible, para que todos puedan “ver la función”. Pero el verdadero protagonista de esa escena no es Pilato, ni las autoridades, ni los soldados: es Dios, que se deja ver de un modo totalmente inesperado.

 

 

Este Rey reina sin trono de oro,

sin manto y sin cetro.

Si contemplamos el cuadro con calma, parece una coronación al revés. El “trono” es una cruz. No hay palacio, sino un patíbulo. No hay manto de púrpura, sino un cuerpo desnudo de alguien que lo ha ido entregando todo. No hay cetro: las manos están clavadas. El cetro, al principio, no era un objeto decorativo, sino un bastón para golpear, símbolo de un poder que dominaba por miedo. Jesús nunca ha tenido algo así en las manos. A él lo golpean, y él no responde.

 

Nos gustaría un Dios que ‘ponga orden’;

nos encontramos con un Dios que se deja matar.

Aquí aparece una dificultad de fondo. A muchos nos resultaría tranquilizador un Dios que, de vez en cuando, “pusiera las cosas en su sitio” castigando de forma visible. Un Dios que “les hiciera pagar” a los malos y nos diera la razón a nosotros. En el Antiguo Testamento quedaba muy claro esta idea: «El malo no quedará sin castigo» (cfr. Prov 11,21); «¡Ay del malvado! Le irá mal, porque se le dará la recompensa de sus manos» (cfr.  Is 3,11); «Los malhechores serán exterminados» (cfr. Sal 37,9-10); «Los impíos recibirán su merecido» (cfr. Sab 3,10); «Dios no tendrá al culpable por inocente» (cfr. Nah 1,3). Es decir, un Dios hecho a imagen de nuestras ganas de venganza.

El Dios que se muestra en el Calvario no es así: no golpea, se deja golpear; no manda matar, se deja matar. Y eso no entra fácilmente en nuestros esquemas. San Pedro en su primera carta nos lo escribe así: «Él, cuando lo insultaban, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos del que juzga justamente» (cfr. 1 Pe 2,23).

 

La fuerza se ríe del amor…

y el amor sigue en silencio.

«En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo:
«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo
».

A los pies de la cruz hay soldados, sí, pero no son “suyos”. Son hombres arrancados de sus casas, enviados a mantener el orden del Imperio en un país lejano, con otra lengua y otra religión. A fuerza de vivir en la violencia, se les ha endurecido el corazón. Se entretienen humillando a un condenado, le ofrecen vinagre —si el vino, en la Biblia, suele expresar alegría compartida, el vinagre es su lado agrio, el odio— y se burlan: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo» (cfr. Lc 23, 36-37; Sal 69,22). Solo respetan a quien demuestra fuerza.

Pilato se burla… y sin saberlo, dice la verdad.

«Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».

Para muchos, es una burla cruel: “Mirad cómo acaban los que se creen reyes”. El evangelio de Juan añade que la inscripción estaba en hebreo, latín y griego (cfr. Jn 19,20): la lengua de la fe judía, la del poder romano y la de la cultura de entonces. Es un mensaje “universal”.

Las autoridades religiosas protestan ante Pilato: «No pongas: “El rey de los judíos”, sino más bien: “Este hombre ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”. Pero Pilato les contestó: Lo que he escrito, escrito está» (cfr. Jn 19,21-22). Sin pretenderlo, afirma una verdad más profunda de lo que cree: el auténtico rey está ahí, pero su forma de reinar no se parece a nada conocido.

 

Mirar, callar… y después descubrir

que hemos participado en algo injusto.

Alrededor de Jesús, Lucas presenta varios grupos. Primero, el pueblo: «El pueblo estaba allí mirando» (cfr. Lc 23,35). No es una mirada neutral. Es la misma multitud que poco antes había gritado: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!» (cfr. Lc 23,21). Ahora observa, quizá con curiosidad, quizá con confusión. Más tarde, al marcharse, «se volvieron golpeándose el pecho» (cfr. Lc 23,48); el gesto de quien toma conciencia de haber participado en algo profundamente injusto.

 

La religión también puede repetir

la voz de la tentación.

Después, las autoridades religiosas; «los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».

Tienen un objetivo claro; que nada cambie en lo esencial. Quieren conservar su posición, su prestigio, su control. Miran a Jesús y repiten la frase que recoge la tentación de fondo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Dicho de otra manera: “Si vienes de Dios, demuéstralo bajando de la cruz. Usa tu poder en tu propio beneficio”. Es la misma idea de siempre: “No te desgastes. Piensa primero en ti”.

 

En su mundo solo cuenta el que gana;

el perdedor no merece respeto.

Luego están los soldados que, por su parte, no manejan grandes discursos, pero repiten lo mismo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Han sido educados para creer solo en la fuerza: respetan al que vence y se ríen del que pierde.

Un crucificado repite el viejo lema:

sálvate tú primero.

«Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros
».

Y, por último, los dos malhechores crucificados con Jesús. Uno de ellos se suma al coro: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Lucas emplea el verbo griego βλασφημέω (blasfeméo) que  indica ‘insultar, vilipendiar, hablar impíamente, blasfemar, difamar, calumniar”. En concreto la frase griega es «Εἷς δὲ τῶν κρεμασθέντων κακούργων ἐβλασφήμει αὐτόν»; que traducido es «pero uno de los malhechores que habían sido colgados no paraba (de manera insistente) de blasfemar contra él».

 

La tentación llega hasta el extremo

Es la tercera vez que aparece la misma propuesta: «Sálvate a ti mismo». En lenguaje bíblico, el número tres suele indicar algo llevado al extremo. La tentación ha llegado a su forma definitiva: “Si realmente puedes, deja de pensar en los demás. Sálvate, baja, demuestra quién eres”.

 

La verdad comienza cuando dejamos de justificarnos.

Si Jesús hubiera aceptado esa lógica, no habría cruz. Habría otro tipo de trono, visible, respetado, eficaz. Pero habría dejado de ser fiel al modo de amar que ha mostrado siempre y al rostro del Padre que ha venido a revelarnos.

 

El otro malhechor mira la misma escena

de manera muy diferente.

El otro malhechor no se justifica, no se defiende. Dice con una honestidad que desarma a cualquiera: «Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Sabe que su vida no es precisamente ejemplar. La cruz era una pena reservada a delitos graves, como los de Barrabás, preso “por un motín y por homicidio” (cfr. Lc 23,19).

 

No tiene méritos:

solo se atreve a pedir que no lo olviden.

Y, sin embargo, es precisamente este hombre —el que cualquiera habría considerado “el más lejos de Dios”— quien capta algo esencial de Jesús. No le llama “Señor”, ni “Hijo de Dios”. Le llama por su nombre, “Jesús”. «Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». No le presenta méritos, no le promete hazañas. Solo se confía a su memoria: “No te olvides de mí”.

 

Para Jesús, la salvación no es ‘algún día’, sino ‘Hoy’.

«Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

En medio de burlas, insultos y desafíos, solo hay una voz que no pide espectáculo ni venganza, sino cercanía. Y Jesús responde con una frase que condensa todo el evangelio de Lucas: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Ese “hoy” es una palabra clave en Lucas. Aparece en momentos decisivos: «Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador» (cfr. Lc 2,11); «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de escuchar» (cfr. Lc 4,21); «Hoy hemos visto cosas extraordinarias» (cfr. Lc 5,26); «Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa (…). Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (cfr. Lc 19,5.9). Ahora, en la cruz: «hoy estarás conmigo en el paraíso». No es una promesa vaga para un futuro lejano; es algo que empieza ya, incluso en medio del fracaso aparente.

 

El ‘paraíso’ no es un cuento;

es la imagen de una vida en plenitud.

La palabra “paraíso” traduce el griego παράδεισος (parádeisos), que procede del persa פַּרְדֵּס‎ (pardés): un gran jardín, un parque lleno de verde y agua. En la Biblia hebrea se relaciona con el גַּן‎ (gan), el “jardín” del principio (cfr. Gn 2,8). En todo el Nuevo Testamento, “παράδεισος” solo aparece tres veces: aquí, en la promesa a este malhechor; en Pablo, que habla de haber sido «arrebatado al paraíso» (cfr. 2 Co 12,4); y en el Apocalipsis, cuando se promete al vencedor comer del árbol de la vida «que está en el paraíso de Dios» (cfr. Ap 2,7). Normalmente, los evangelios prefieren hablar de “vida”, “vida eterna” (cfr. Mt 19, 16.29; 25, 46; Mc 10, 17.30; Lc 10, 25; 18, 18.30; Jn 3, 15-16.36; 4, 14.36; 5, 24.39; 6, 27.40.47.54.68; 10, 28; 12, 25.50; 17, 2-3; Hch 13, 46.48; Rm 2, 7; 5, 21; 6, 22-23; Gal 6, 8; 1 Tim 1, 16; 6, 12.19; Tit 1, 2; 3, 7; 1 Jn 1, 2; 2, 25; 3, 15; 5, 11.13.20; Jds 21).

 

Cuando ya no hay tiempo, bastan tres palabras:

conmigo, hoy, paraíso.

Pero en la cruz no hay lugar para grandes explicaciones. Jesús tiene al lado a un hombre que se muere. Le habla en un lenguaje que ese hombre entiende: “estar conmigo”, “hoy”, “paraíso”. No le describe cómo será exactamente. Lo esencial es esto; donde está Jesús, empieza el jardín, aunque alrededor solo se vea violencia.

 

 

El primero que entra en el jardín con Jesús no es un santo,

es un delincuente.

Si unimos esta escena con el relato del Génesis, el contraste es fuerte. Allí, el ser humano es expulsado del jardín por su pecado (cfr. Gn 3,23-24). Aquí, el primero que entra en el “jardín” con Jesús no es un perfecto, sino un delincuente. No un hombre de trayectoria intachable, sino alguien cuya vida está hecha pedazos. Si tomamos en serio esto, se derrumban muchas imágenes de un Dios que funciona con un “sistema de puntos”; tantas buenas obras, tanta recompensa.

 

Dios no lleva contabilidad de méritos:

mira la necesidad real.

Jesús no interroga a este hombre sobre su pasado. No le pide garantías de arrepentimiento, ni un tiempo previo de purificación, ni una lista de buenas obras para compensar. Se toma en serio una frase sencilla: «acuérdate de mí cuando llegues a tu reino», y la convierte en un «hoy estarás conmigo en el paraíso». El criterio no son los méritos acumulados, sino la confianza, aunque sea mínima. Dios mira menos nuestro “expediente” que nuestra verdad.

 

Este pasaje incomoda porque rompe nuestras cuentas.

No es extraño que este episodio haya incomodado siempre un poco. La tradición, con el tiempo, ha hablado del “buen ladrón” e incluso le ha dado un nombre, Dimas, en escritos posteriores. Pero Lucas, en su relato, no suaviza nada. No dice que fuera “especialmente bueno”, ni que llevara una doble vida de santidad escondida. Es sencillamente alguien que, al final del todo, se atreve a confiar.

 

Dos Reinos:

el del ‘sálvate tú’ y el del ‘estoy contigo’.

Ante esta escena, la pregunta ya no es teórica. El evangelio nos pone delante dos maneras de vivir: por un lado, la lógica del «sálvate a ti mismo», que repiten la tentación del desierto, las autoridades religiosas, los soldados y el primer malhechor; por otro, la lógica de Jesús, que se expresa en un «hoy estarás conmigo en el paraíso»; la lógica de quien no se protege, sino que se entrega; de quien no abandona a nadie, ni siquiera cuando ya no puede esperar nada a cambio.

 

En cada conflicto elegimos:

Salvar la imagen o salvar al hermano.

La primera lógica -salvar la imagen- nos resulta muy familiar: protegerse, subir, asegurarse, no “perder” por nadie. A corto plazo parece eficaz, pero acaba como todos los imperios de la historia. La segunda -salvar al hermano- parece frágil, porque se basa en la entrega y la misericordia; sin embargo, es la única que no se viene abajo. Si queremos aterrizarlo, podemos mirarlo así: en nuestras relaciones, en los conflictos, en las decisiones importantes, siempre podemos responder desde el “cada uno que se salve como pueda” o desde algo más parecido a “acuérdate de mí / estoy contigo”. La primera opción levanta muros; la segunda abre espacio para que alguien vuelva a vivir.


                                                A veces, la mejor teología cabe en cuatro palabras:

Jesús, acuérdate de mí.

Tal vez la oración más sencilla, después de escuchar este evangelio, no sea un discurso largo, sino una frase breve y honesta: «Jesús, acuérdate de mí». Dicha de verdad, esa frase deja que su Reino entre en nuestro propio “hoy”.