domingo, 1 de febrero de 2026

Noviazgo a prueba de rutina, del yo al nosotros

 

Noviazgo a prueba de rutina, del yo al nosotros 

Marian y Marcelo salen del coche con ese cansancio que no es solo físico, también social. Vienen de comer con los padres de él. Mesa larga, sobremesa eterna, alguna broma que llevaba aguja escondida, y esa despedida correcta que deja el corazón un poco torcido. En el ascensor se miran un segundo y, como si los ojos pesaran, los dos apartan la mirada a la vez.

No es una tragedia. Tampoco es nada. O quizá es algo, pero no lo que nos imaginamos cuando hablamos de “crisis”. A veces el amor no se rompe, se queda sin gasolina. Y otras veces no es que falte chispa, es que hemos empezado a tratarnos como si el otro fuera un trámite.

Marian tiene 25. Marcelo 26. Son novios y quieren vivir el noviazgo cristiano hoy sin cuentos, con verdad y misericordia, sin hacerse los perfectos. Con la sospecha, muy realista, de que amar bien no siempre se siente bonito. A ratos amar bien se parece más a elegir el camino correcto que a subirte a una ola.

¿No nos pasa que lo cotidiano decide más de lo que creemos? 

El depósito vacío y la cabeza que se pone dramática

Ese mismo día, antes del postre, ya hubo un mini choque. No por un tema enorme, sino por el tono. Marian preguntó algo sencillo y Marcelo respondió con una voz que no grita, pero muerde. Luego él se calló. Ella también. La conversación general siguió, como si nada, y sin embargo ellos dos se quedaron solos en mitad del ruido.

Por dentro suele ocurrir esto. Cuando estamos cansados, con hambre o tensos, la mente se vuelve intensa. Empieza a buscar señales donde quizá solo hay agotamiento. Un silencio en el coche. Un gesto seco. Un mensaje sin entusiasmo. Y aparece esa frase que suena a diagnóstico, igual esto no es. A veces no es una conclusión, es un síntoma de que el cuerpo va por delante y el alma se defiende.

Aquí una regla humilde salva más de lo que parece: Con sueño, hambre o estrés, no cerramos sentencias.

 

No es permiso para tratar mal. Es reconocer que con el depósito vacío no se puede diagnosticar una vida. Marian lo nota en sí misma. Se le seca la paciencia y se le dispara la interpretación. Marcelo lo nota también. Se le sube el orgullo y le sale la frase rápida, la de ganar, la de quedar por encima.

Esa noche, ya en casa, a Marcelo le sale una reparación mínima que lo cambia todo. Se da cuenta de que ha mordido, se frena y repite lo mismo con un tono que no hiere. Marian, que iba a encerrarse en el silencio, respira y lo deja entrar.

Una propuesta pequeña que cabe en cualquier salón. Cuando la gasolina está bajo mínimos, bajamos el volumen. Posponemos lo profundo sin convertirlo en huida. Dormimos. Y al día siguiente, con café y cabeza, hablamos de lo importante. ¿Qué conflicto ha crecido en vuestra historia solo porque intentasteis arreglarlo a las once de la noche, medio rotos? 

Deseo sin prisa, piel con dignidad

Viernes por la noche. Marian se recoge el pelo con una goma, un gesto simple, y a Marcelo se le enciende algo por dentro como un interruptor. La desea, y la desea de verdad. La quiere cerca, la quiere con el cuerpo. No hay nada raro en eso. Lo delicado es lo que hacemos con ese deseo.

Marcelo se acerca, la besa, y nota que va acelerado. Lo que podría ser ternura empieza a parecer impulso. Marian lo percibe, porque el cuerpo lo cuenta todo cuando la prisa manda. No es que ella se asuste del deseo de Marcelo. A veces le encanta. El problema es cuando siente que el ritmo no es de los dos, sino de la necesidad de uno.

Ahí aparece una lucha interior que a veces no se dice en voz alta. La de no usar al otro para calmarse. La de no convertir a la persona amada en un botón de “apagar estrés”. La de no confundir “te deseo” con “te tomo y te como entera”. Para quienes quieren amar con fe y con cabeza, esto es terreno sagrado sin necesidad de solemnidad.

Marcelo se frena, la mira a los ojos y lo dice sin teatro. Me encantas. Me cuesta frenar. Y justo por eso quiero cuidarte. Marian se ríe un poco, cómplice. Le sale un “gracias” que no es cursi, es descanso.

Y Marian también tiene su propia dificultad. Hay días en que busca en Marcelo una prueba que la calme. Si me desea, me quiere. Si hoy no insiste, algo va mal. En lugar de pedir lo que necesita, intenta cobrarlo en forma de gesto íntimo. No por maldad, sino por inseguridad. Y esa inseguridad, si no se nombra, manda: Lo que se vive en secreto crece.

 

Si la prisa, el uso o la necesidad de control se quedan sin nombre, se hacen costumbre. Si se hablan con precisión y respeto, se vuelven ocasión de crecer. Una propuesta muy practicable para ellos. Antes de ir más allá, volver a la mirada. Preguntar si ambos están en el mismo ritmo. Y si uno nota que se está usando al otro para calmarse, decirlo corto y limpio. Necesito un abrazo sin prisa. Necesito que vayamos despacio. Necesito sentir que estás conmigo, no que vamos a toda velocidad.

¿Os atrevéis a comprobar si la mirada acompaña, o estorba? 

El amor que no suena a fuegos artificiales

Marian y Marcelo tienen amigos que cambian de pareja como quien cambia de serie. No por maldad, sino porque viven esperando el subidón de los inicios. Cuando baja, se asustan y lo llaman “se acabó”. Y entonces empiezan otra vez, con la ilusión de que el amor debería sonar siempre a tráiler.

Ellos también sienten esa tentación. No de cambiar de persona, pero sí de medirlo todo por el estómago. Hoy siento, hoy no siento. Hoy me sale, hoy no me sale. Ahí se juega una diferencia decisiva. El amor maduro no siempre es emoción brillante. A veces es un modo de estar.

Marcelo llega un día tarde y Marian, por inercia, está a punto de soltar la queja automática. Él está a punto de defenderse con una frase seca. Y se detienen. No porque estén iluminados, sino porque quieren entrenarse. Eligen un gesto pequeño durante tres días seguidos. Cambian una queja habitual por un cuidado concreto. Ella, en vez de reproche, le deja un vaso de agua en la mesa y una frase breve. Ya estás aquí. Él, en vez de justificar, la abraza un minuto sin prisa y le pregunta qué tal está de verdad. Pequeño, sostenible, repetible.

Lo que calma educa. Si nos entrenamos en calmar el vínculo, en reparar el tono, en volver a elegir el cuidado cuando no apetece, el corazón aprende. No por magia. Por repetición. Lo que se repite se instala, para bien o para mal.

Una propuesta para la semana de Marian y Marcelo. Elegir una queja concreta y cambiarla por un gesto de agrado tres días seguidos. Sin discursos. Sin grandes promesas. Solo un cambio practicable. ¿Cuál es vuestra queja automática de pareja, esa que sale antes de pensar?

 

En público somos equipo, también con amigos y con padres

Una cena con amigos. Risas, historias, y de pronto una broma sobre Marian, de esas que buscan aplauso. Marcelo se ríe por inercia, dos segundos. Marian sonríe por educación, dos segundos. Por dentro se le queda esa sensación fea de estar expuesta. No tanto por el comentario, sino por sentirse sola.

Luego, en el coche, llega el silencio. La prisa roba conversación. El cansancio la remata. Y el silencio se llena de interpretaciones. Marian podría soltar una bronca general. Marcelo podría ponerse a la defensiva. Pero ella lo dice corto, pegado a un hecho. Me he sentido expuesta cuando te has reído. Él respira y repara. Tenías razón. Tenía que haberlo cortado.

Aquí se juega mucho. No se trata de ser susceptibles. Se trata de lealtad. Sentirse protegido en público fortalece la intimidad. Sentirse expuesto la erosiona.

Ahora volvemos a la comida del domingo, con los padres de Marcelo. La madre de él, con cariño y costumbre, suelta una opinión que se mete en la vida de los novios como si tuviera llave. A ver si tú le enseñas a organizarse, que desde que está contigo… Risas. “Es broma”. Y Marian vuelve a sentir esa punzada.

Marcelo aprende a no quedarse en la risa cómoda. No declara ninguna guerra. Solo ordena con respeto. Mamá, no pasa nada, pero ese comentario no ayuda. Marian y yo lo llevamos juntos.

Y con los padres de Marian pasa algo parecido. El padre de ella llama a Marcelo y empieza a dar instrucciones sobre trabajo, decisiones, fe, ritmo, futuro. Todo con buena intención, y con esa buena intención que, si no se encauza, ocupa demasiado.

Aquí hace falta una cosa simple y valiente. La pareja decide primero, y luego informa. Las familias pueden sumar mucho, pero no pueden mandar dentro del vínculo.

Una propuesta concreta para Marian y Marcelo. Acordar una señal de equipo para reuniones familiares y sociales. Un gesto discreto que diga “me siento expuesto” o “estoy contigo”. Y una regla práctica. En público somos bloque. En privado hablamos lo que haya que hablar. ¿Os pasa que os defendéis mejor ante extraños que entre vosotros? 

La paz que no exige inventario

Hay otro desgaste silencioso. La idea de que la confianza es contarlo todo, como si la relación tuviera una cámara siempre encendida. Marian llega un día del trabajo con una cabeza llena de ruido, una impresión pasajera, una tontería, una duda de esas que aparecen cuando uno está cansado. Si lo cuenta sin filtro, puede fabricar un malentendido emocional que antes no existía. Y lo sabe, porque a Marcelo le pasa igual.

No somos responsables de cada pensamiento involuntario. Sí somos responsables de lo que decidimos retener, cultivar, convertir en decisión. La confianza no es un inventario de pensamientos. Es una paz compartida.

Marian se da cuenta y elige el filtro de utilidad. Esto que pienso, ayuda al nosotros o lo complica sin necesidad. Si es importante, se dice. Si es ruido del día, se deja pasar. No se trata de ocultar, se trata de cuidar. Dejar espacio interior propio no es levantar un muro, es evitar incendios inútiles.

Una propuesta pequeña. Antes de contar algo, preguntarnos si eso construye unión o solo descarga ansiedad. Y si hay algo importante que sí debe hablarse, decirlo con precisión, sin sentencias globales. ¿Cuántas discusiones nacen porque convertimos una impresión del momento en un tema definitivo? 

La pregunta que da libertad y la mirada que vuelve a casa

Con el paso de los meses, Marian y Marcelo descubren algo que alivia. El noviazgo cristiano no es vivir sin fragilidad, es aprender a gobernarla. Aceptar que habrá aridez sin llamar a eso fracaso. Trabajar el carácter sin convertir los defectos en bandera. Y, cuando haga falta, tener la valentía de mirar el futuro con honestidad.

Hay una pregunta que da miedo y da libertad. Si esto que ahora vemos se mantuviera con los años, podríamos ser felices. No es amenaza. Es luz. Porque la verdad no rompe, aclara.

Esa noche, después del ascensor y del cansancio, vuelven a la cocina. No hay música épica. Hay platos. Hay una tortilla que Marian declara “digna, pero mejorable”, y Marcelo pone cara de ofendido profesional. Se ríen. Se miran. La mirada ya no pesa. La mirada vuelve a ser casa.

Y ahí, sin moralina, se entiende lo esencial. Amar no siempre es sentir mucho. Amar es elegir el bien del nosotros cuando el yo quiere ganar. Es cuidar el ritmo, la palabra, el límite, la intimidad, la lealtad. Es vivir con esperanza realista. 

Preguntas para hablarlo entre Marian y Marcelo

         ¿Qué señales nos dicen que hoy estamos sin gasolina y que hacemos para no discutir de fondo en ese estado?
         ¿Cuándo notamos que nos hablamos como equipo y cuando nos sale vivir como negociación?
         ¿Qué queja habitual podríamos cambiar por un gesto de cuidado durante tres días seguidos?
         ¿En qué momentos sentimos que el grupo nos escribe un guion y como queremos responder como pareja?
         ¿Qué significa para nosotros tratarnos como persona y no como tramite, también en lo íntimo?
         ¿Qué frase sencilla y verdadera podríamos decirnos cuando todo esta gris y no nos sale la emoción?
         ¿Qué limites necesitamos con nuestras familias para que sumen sin mandar, y como los hablamos sin atacar?
         ¿Si miramos el carácter que vemos hoy, con lo bueno y lo torpe, podríamos ser felices si esto se mantuviera con los años?

Noviazgo: Cuando el sentimiento no responde y el amor tiene que hablar

 

Cuando el sentimiento no responde                                                                            y el amor tiene que hablar

Cómo usar este texto

Si lo leéis en pareja funciona mejor en dos ratos. El primero para los días raros. El segundo para los días duros. No hace falta estar de acuerdo en todo. Basta con entenderse un poco más.

Regla simple. Con sueño, con hambre o con estrés, no cerramos sentencias. Primero bajamos el volumen. Luego hablamos.

Arranque

Hay días en que nos miramos y, sin embargo, no nos encontramos. Estamos delante, incluso cerca, pero algo no encaja. La conversación se vuelve corta, la sonrisa se queda a medias y la mirada, esa que en otros momentos parecía casa, se hace incómoda. A veces basta un comentario fuera de tono. A veces es un silencio largo. Y entonces aparece la pregunta que nadie quiere formular demasiado alto.

Esto que tenemos, funciona.

Nos pasa a muchos. Buscamos señales en el estómago, en la emoción, en esa chispa que al principio parecía un motor infalible. Y, cuando baja la intensidad, entran las dudas. Como si el amor tuviera que sonar siempre a música de trailer. Pero el amor, si va en serio, no es solo un estado de ánimo. Es algo más humilde y más exigente.

La vida en común se vive con el carácter y con las creencias. Dicho así suena poco romántico, lo sé. Pero precisamente por eso es decisivo.

PARTE 1

Cuando el día está raro

Unidad 1

Mariposas, miedo y esa frase que no quieres pensar

Mariposas, orgullo y la duda que se instala

Hay quien no se enamora con fuegos artificiales. Hay quien empieza una relación con alguien estupendo, con valores parecidos, con futuro, y aun así piensa “debería sentir más”. Y esa idea muerde. El enamoramiento, cuando llega, es un estado bonito. Un empuje. Una especie de sol en el pecho. Pero también pasa. Es transitorio. Y no desaparece porque el amor sea falso, sino porque la vida se normaliza y el corazón se asienta. La cuestión no es si sentimos el mismo subidón siempre. La cuestión es si, cuando el subidón baja, queda algo verdadero.

Escena breve. Boca de metro, diez minutos antes de separarse. Hay ruido, prisa y ese cansancio de entre semana. Aquí no falta amor, falta gasolina.

—Estoy raro.
—Ya. Raro cómo.
—Apagado. Y me he rallado.
—¿Apagado de sueño o apagado de “ya no”?
—De sueño, pero mi cabeza se pone intensa.
—Vale. ¿He hecho yo algo?
—No. Me entra el “igual esto no es”.
—Con el depósito a cero, todo parece señal.

Pausa corta. No se miran como jueces. Se miran como gente.

—Hoy no puedo arreglarlo —dice él.
—No lo arregles. Dime una cosa. Una sola. Por qué sigues aquí.
—Porque contigo estoy en paz. Y porque me da orgullo decir que eres tú.
—Vale. Mañana café. Hoy, a dormir.

Para hablarlo.
Qué haces tú cuando te asusta no sentir. Te pones frío, te pones intenso, te callas, buscas pruebas.

Micropráctica.
Una frase por persona. Un porqué real, sin adornos.


Unidad 2

Señales sencillas que dicen mucho

Señales que no caben en un test, pero dicen mucho


         Nos gustaría medirlo todo. Tener datos. Hacer un diagnóstico. Pero las relaciones no se dejan encerrar del todo en una tabla. Aun así, hay señales que, sin ser “científicas”, suelen ser reveladoras.

Una es la mirada. Cuando una pareja se quiere de verdad, suele poder mirarse a los ojos sin huir. La mirada y la sonrisa de complicidad tienen algo de termómetro. Los ojos no suelen mentir. Cuando las cosas van mal de fondo, sostener esa mirada se hace cuesta arriba. Se puede reír, claro. Pero sonreír de verdad es distinto. Una mirada tierna no se sostiene mucho tiempo si estamos fallando en el amor.  Otra señal es el “nosotros”. No como frase bonita, sino como dirección vital. Si nuestro proyecto va en la misma línea. Si, en lo importante, nos ayudamos a crecer. Si empezamos a vivir en clave de “yo y tú” como dos intereses enfrentados que compiten por llevarse el gato al agua, ahí empieza algo parecido al desamor. Mis intereses. Tus intereses. Y cada vez menos “nuestros intereses”.

Cuando estamos enamorados, conjugar el “nosotros” sale casi solo. Los gestos de cariño, la predisposición a agradar, la facilidad para acordar. Eso es un regalo. Luego llega el día a día y ya no sale solo. Ahí se ve si el “nosotros” era una emoción o un camino.

         Podemos preguntarnos sin acusar. Qué estamos construyendo, un equipo o una negociación permanente.

Escena breve. Salida del cine. Hace frío y hay sueño. Los amigos hablan alto. Aquí entra el “nosotros” en público.

—¿Qué te pasa?
—Estoy picado.
—¿Por la peli?
—No. Por el otro día. Lo de “eres intenso” delante de Marta y Pablo.
—Jo. Lo siento. No lo pensé.
—Me lo tragué y hoy me ha salido torcido.
—Gracias por decirlo. No te dejo mal delante de nadie.
—Y yo lo digo antes. En privado.
—Eso. Y hoy, a dormir. Con sueño no somos gente.

Para hablarlo.
Qué te dolería que tu pareja soltara de ti delante de otros.

Micropráctica.
Una regla de dos. En público no me expongo. En privado lo hablamos.

Unidad 3

El carácter asoma en lo pequeño

El carácter que asoma cuando nadie está mirando

Imaginemos una escena muy corriente. Estamos con nuestra pareja y, de pronto, suelta una exageración para quedar bien. O presume. O se pone por encima. O dice algo que no es verdad, quizá para no quedar mal. No es una tragedia, pensamos. Solo una tontería. Hasta que se repite. Y un día nos descubrimos con miedo a decirle que eso nos descoloca.
Aquí solemos equivocarnos por los dos extremos. O hacemos como si nada, para no discutir. O lo soltamos en una bronca general, como si estuviéramos redactando una sentencia. Lo sensato suele ser otra cosa. Hablar, sí. Pero hablar con precisión. No una descripción global del “tú eres así”, sino algo concreto, pegado a una situación real. Decirlo cuando ocurre, con calma. Señalar que había una manera más adecuada de actuar.
Y luego observar. No hace falta montar un tribunal. Basta mirar si el otro se defiende a la primera, si escucha, si se queda pensando, si rectifica, si se enfada siempre o si aprende. Porque una cosa es tener defectos y luchar con ellos. Otra es convertirlos en bandera. Nos ayuda una pregunta incómoda, de las que dan libertad. Si esto que ahora vemos se mantuviera con los años, podríamos ser felices. Si la respuesta es sí, seguimos. Si la respuesta es no, hay que ser valientes, aunque cueste. En el noviazgo muchas cosas aparecen más bonitas de lo que luego son. No por mala fe, sino porque al principio nos fijamos en lo positivo y tendemos a minimizar lo que molesta.
No tengamos miedo a la verdad. La verdad no rompe, aclara.

Escena breve. Bar de bravas o kebab, final de tarde. Vienen de un día torcido. Aquí no se prueba el amor, se prueba el tono.

—Vengo cruzado.
—Vale. Solo no me hables como si te molestara existir.
—Tienes razón. Se me ha ido.
—No me digas “perdón” y sigas igual.
—Vale. Estoy cansado y lo traigo encima.
—Eso cuéntamelo. No me lo escupas.

Un segundo. Se les baja la tensión.

—¿Unas bravas o un kebab?
—Un kebab. Te acompaño y cada uno a su casa.
—Trato. Y mañana, mejor.

Para hablarlo.
Qué tono te sale cuando estás cansado. Y qué haces después. Lo arreglas o lo dejas ahí.

Micropráctica.
Una reparación rápida. Repetir la frase bien.

Unidad 4

No todo se cuenta y no todo se calla


         En algunas parejas se instala una consigna peligrosa. Hay que contárselo todo. Como si el amor fuera una cámara siempre encendida. Y entonces nos metemos en un lío.

Hay pensamientos que pasan por la cabeza sin que los elijamos. Impresiones. Reacciones involuntarias. Tonterías. Si lo contamos todo, no construimos confianza, construimos desasosiego. Porque lo que para uno es nada, para el otro puede sonar enorme. Y, sin querer, fabricamos malentendidos emocionales que no existían. No somos responsables de lo involuntario. Y contar algo que no tiene peso real puede no aportar nada y, en cambio, poner la relación en una situación inestable. A veces lo hacemos por ganas de complicarnos la vida, que también es una tentación muy humana.
          Aquí conviene una forma de libertad. Tener un espacio interior propio. No vivir como si tuviéramos que rendir cuentas de cada pensamiento. La confianza no es un inventario, es una paz.  Y, cuando nos entra la duda grande, esa de “no siento lo que debería”, aparece una escena preciosa que vale la pena recordar. En una película, un marido pregunta a su mujer si le quiere como su hija quiere a su novio. Y ella no responde con poesía. Responde con hechos. Le viene a decir que lo ha acompañado durante años, que lo ha cuidado, que lo ha ayudado, que ha estado cuando él la necesitaba.
Esa respuesta tiene algo liberador. Porque nos recuerda que el cariño no siempre se expresa como una ola de emoción, sino como un modo de estar. En el día a día. Cuando toca. Cuando cuesta. Cuando nadie aplaude.
Si queremos saber si queremos, miremos qué hacemos.

         Escena breve. Cocina, cena a medias, móvil en la encimera. Aquí no hay drama, hay una cosa concreta que hay que corregir.

—He metido la pata.
—¿Con qué?
—He dicho una broma tuya. Que te rayas por todo.
—Uf. Eso no. Me deja como la pesada.
—Lo sé. Me arrepentí al segundo.
—¿Qué vas a hacer?
—Mañana lo corrijo. Sin montar nada.
—Vale. Eso necesitaba.

Pausa.

—Y tú, si algo te molesta, dímelo. Corto, pero dímelo.
—Y tú no me sueltes todo lo que piensas. Lo importante sí. Lo demás, pasa.

Para hablarlo.
Qué cosas conviene decir siempre. Qué cosas es mejor no convertir en tema.

Micropráctica.
Una frase que te calme cuando te rayas. Y una frase que el otro necesita oír.


PARTE 2

Cuando la vida pesa

Unidad 5

Creencias, suelo y semanas duras

Amar sin confundir creencias con opiniones

         A veces pedimos fórmulas para que el amor no se apague. Como si hubiera una técnica de comunicación capaz de inmunizarnos contra el desgaste. Y sin embargo lo que sostiene una relación no suele ser un truco, sino un suelo compartido.

         Aquí hay tres ideas que conviene masticar despacio.
         Primero, ponernos de acuerdo en qué entendemos por amor. No en teoría, sino en la vida real. Qué esperamos. Qué damos. Qué prometemos. Qué consideramos una falta grave y qué es una torpeza corregible. Si cada uno llama amor a una cosa distinta, luego no discutimos por un tema, discutimos por el idioma.

Segundo, aceptar que los dos tenemos momentos de mal carácter y que amar incluye luchar contra lo peor de nosotros. No para cambiar al otro a martillazos, sino para crecer. Hay una forma de madurez que se nota en lo sencillo. Mantener compromisos incluso cuando el sentimiento no acompaña. No porque nos volvamos de piedra, sino porque aprendemos a vivir sin ser arrastrados por lo más superficial de la emoción.
Cuando el sentimiento no responde, la inteligencia y la voluntad pueden sostener el amor. No suena poético, pero es profundamente humano.
Tercero, las creencias. No hablo de gustos. Hablo de aquello que nos sostiene por dentro, lo que nos da columna cuando vienen días difíciles. A veces confundimos creencias con opiniones, y no es lo mismo. Las opiniones se cambian con un argumento. Las creencias nos sostienen cuando no hay ganas, cuando hay cansancio, cuando hay aridez. Y una relación, si dura, atravesará épocas así. No significa que la convivencia deba ser sufrimiento constante. Significa que habrá momentos costosos y que ahí se descubre si sabemos amar o solo sabemos sentir.

         Escena breve. Hospital. Un mes. Cafés malos. Mensajes sin contestar. Aquí el carácter sale sin maquillaje.

—Perdón por llegar tarde.
—Estoy quemado. Y cuando llegas tarde me siento solo.
—Ya. Pero ayer me hablaste fatal.
—Sí. Me pasé. Estoy roto y muerdo. No es excusa.
—Conmigo no muerdas. No aguanto eso.

Bajan un poco.

—¿Qué necesitas tú ahora?
—Que no me hagas sentir culpable por no estar todo el día. Si estoy seca no es desamor. Es que no me da.
—Yo necesito una frase. Solo una.
—Estoy aquí.

Para hablarlo.
Qué necesita cada uno cuando está al límite. Una frase, un abrazo, silencio, un plan.

Micropráctica.
Elegir una frase de sostén. Una. Y usarla esta semana.


Unidad 6

Querer tener razón y perder el nosotros

El desgaste de querer tener razón y el respeto que salva


         Hay rupturas que parecen misteriosas y, vistas de cerca, son casi previsibles. Empiezan con algo muy común. La soberbia, el orgullo. Esa necesidad de tener razón siempre. A veces discutimos por tonterías, pero debajo no hay una tontería, hay una lucha por quedar por encima.
Curiosamente, nos resulta más fácil dar la razón a un jefe o a un vecino que a quien tenemos al lado. Y eso dice mucho de nosotros.
Luego llega la rutina. No la rutina de lo cotidiano, que es inevitable. La rutina como queja permanente. Cuando nos acostumbramos a criticar todo lo que el otro pide, hace o propone, vamos en mala dirección. Cuando amamos, intentamos agradar, buscamos lo que al otro le gusta, tratamos de ponernos de acuerdo. Cuando ese deseo desaparece de la voluntad, la rutina empieza a roer. Y, aunque cueste, seguimos haciéndolo porque amamos.

         Escena breve. Cumpleaños familiar. Comentario incómodo. Vuelta a casa con el estómago revuelto. Aquí no se discute por la ropa. Se discute por sentirse solo.

—Me ha molestado lo de tu tío. Y que te rieras.
—No me reí de ti. Me reí nerviosa.
—Ya. Pero yo me sentí solo.
—Vale. Te he fallado. Tenía que haber cortado.
—Y yo luego me he puesto seco contigo.
—Normal. La próxima me haces una señal y lo paro.

Se miran.

—No quiero que esto se nos quede —dice él.
—Yo tampoco. Hoy, dormir. Mañana lo hablamos sin gente.

Para hablarlo.
Qué pasa en ti cuando te sientes expuesto. Atacas, te cierras, ironizas.

Micropráctica.
Una señal de equipo. Algo simple que diga “estoy contigo”.

Unidad 7

Respeto, intimidad y mirarse a los ojos

También aquí entra el respeto en el terreno de la sexualidad, entendido con limpieza y seriedad. El daño, cuando aparece, suele comenzar al tratar al otro como objeto de placer, como un cuerpo frente a otro cuerpo, no como una persona. Ahí el egoísmo da un paso. Y cuando el egoísmo se coloca en el centro, la pareja empieza a perder algo básico. Mirarse a los ojos, sonreír, abrazarse con verdad. Si no podemos mirarnos, si no podemos sonreír, si no podemos abrazarnos, algo no funciona.

La sexualidad no sostiene por sí sola un matrimonio. Pero puede herirlo profundamente cuando falta el respeto, precisamente porque toca lo más íntimo.

Y hay otro factor que a veces ignoramos hasta que estalla. Las familias políticas. Tienen una capacidad enorme de unir y también de desunir. No se trata de declarar guerras. Se trata de poner a cada cual en su sitio y hablarlo con profundidad, como adultos.

Al final, el amor se defiende con cosas pequeñas y muy concretas. Ceder en la razón cuando no es esencial. Frenar la queja. Recuperar la mirada. Elegir el “nosotros”.

         Escena breve. Portal. Llaves en la mano. Cada uno se va a su casa. Aquí se nota rápido si hay cuidado o si hay prisa.

—Me he quedado rara.
—¿Por qué?
—Por un momento he sentido que yo daba igual.
—Jo. Perdón. Iba acelerado.
—A mí eso me corta. Quiero cuidado.
—Tienes razón.
—Y si digo que no, es no. Sin enfado.
—Sí. Y dímelo así. Porque si te cierras, yo me monto una película.
—Vale. Sin prisa.

Se abrazan. Sin escena. Con verdad.

Para hablarlo.
Qué hace que te sientas cuidado. Y qué hace que te sientas usado.

Micropráctica.
Una frase de respeto. Una. Que los dos entendáis igual.

 

Cierre para conversar

Preguntas para conversar en pareja

¿Qué entendemos cada uno por amar, en lo concreto y no en lo ideal?; ¿Qué defectos de carácter vemos que se repiten y qué hacemos cuando aparecen?; ¿En nuestra relación suena más el “yo y tú” o el “nosotros”?; ¿Qué nos ocurre cuando baja el sentimiento, nos asustamos, nos enfadamos, nos volvemos fríos?; ¿Cuáles son nuestros porqués, los que sostienen cuando no hay emoción?; ¿Qué malentendidos emocionales estamos alimentando por hablar de más o por hablar mal?; ¿En qué detalles se nota el respeto, también en lo íntimo?; ¿Qué queja repetimos demasiado, qué pequeño gesto de agrado podríamos recuperar?.

Dos micro decisiones para esta semana
         Buscar un momento tranquilo y poner en común un porqué cada uno, solo uno, dicho con sencillez y sin adornos.
         Elegir una queja habitual y cambiarla por un gesto concreto de cuidado, pequeño y repetido tres días seguidos.