sábado, 1 de septiembre de 2018

Homilía del domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo b


DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo b
02/09/2018
          Dios nos ha hecho con dos oídos y una boca, para que escuchemos más de lo que hablemos. Un oído que ha de estar atento a los latidos del corazón de Cristo, inserto en su divina intimidad, que escuche las palabras de Vida que manan de sus labios; y el otro oído atento a lo que acontece en la sociedad, en el mundo, allá en donde nos movemos y encontramos. Sólo así podremos hablar con discernimiento y con sabiduría.
          Hay un juego, una especie de gallinita ciega, en la que unos concursantes compiten para llegar el primero a la meta. A estos concursantes se tapan los ojos y deben seguir un trayecto previamente trazado con tiza, pero todo él sembrado de obstáculos –una silla, una mesa, etc.-. Un lazarillo le va guiando únicamente con su voz, pero también está la figura del demonio que da instrucciones equivocadas o le lanza algo –ya sea agua, ya sean bolas de papel… para impedir que escuche las indicaciones del lazarillo y así se salga del camino trazado o simplemente se pegue un trompazo con los numerosos obstáculos. Es el propio concursante el que tiene que afinar el oído y fiarse plenamente de las indicaciones del lazarillo para conseguir llegar triunfante a la meta.
          De esto van las lecturas de hoy. Van de cómo adquirir la sabiduría y la inteligencia. Dice la Palabra en el libro del Deuteronomio: «Habló Moisés al pueblo diciendo: –Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir». Y sigue diciéndonos: «Estos mandatos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos».  
Dios conoce todo lo que hay en este mundo y de todo de lo que el hombre es capaz, tanto bueno como lo malo. Y Dios desea que todos nos salvemos, por eso nos ha dado una serie de mandamientos. Y todos nosotros somos conscientes de cómo escuchando y obedeciendo a Dios nos hemos librado de situaciones muy delicadas y extremadamente peligrosas. No mintiendo se aprende a no ocultar cosas, a apostar por el diálogo sincero y fraterno y quitar del medio todo tipo de desconfianza y de recelos. Se apuesta por el diálogo y el entendimiento y se ejercita el perdón antes de que la situación se enquiste. No abusando de la bebida se puede mantener un diálogo tranquilo y sereno en casa. Uno puede encontrarse con normalidad sin el temor por parte de los demás de una reacción desproporcionada por parte del que se encuentra borracho o demasiado bebido o de unos comentarios fuera de lugar que lo que hacen es herir a los demás o simplemente exponerse a situaciones peligrosas por el alcohol o drogas; y no digamos nada de lo peligroso que resulta que se ponga a conducir. No tener el dinero como un ídolo es como aquel que tiene justo delante de su ventana un árbol enorme que le impide ver más allá de esas molestas hojas. Solo puede ver ese árbol, ni los rayos salares pueden adentrarse en ese cuarto. Lo único que importa es ganar dinero, echar en cara a los demás el dinero que gastan pasando por alto lo que uno mismo gasta a lo tonto, no pensar ni tener en cuenta las necesidades de los más pobres ya que los demás no importan ni interesan, mejor dicho interesan siempre que uno pueda sacar de ellos un provecho. Y de estos ejemplos un millar. Obedeciendo al Señor nos protegemos.  
          El Apóstol Santiago nos lo vuelve a recordar: «Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros». Jesucristo nos pide que tengamos nuestro corazón cerca de Él y así nuestros labios podrán hablar de una buena, constructiva y oportuna, haciendo el bien a todos aquellos que nos oigan. Recordemos que Dios nos hizo con dos oídos y una única boca.

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