sábado, 15 de febrero de 2014

Homilía del Sexto Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a

ECLESIÁSTICO 15, 16-21; SALMO 118; PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 2, 6-10; SAN MATEO 5, 17- 37

            Hermanos, los cristianos hacemos un esfuerzo muy importante para armonizar nuestras ideas, nuestros valores, nuestra vida interior y práctica con las verdades doctrinales y exigencias morales de la fe. Como si fuésemos un artista con el caballete de pintura plantado en medio de un bello paisaje insuflamos en nuestra alma la esencia de esa hermosura para plasmarlo en el lienzo. Nosotros llenamos los pulmones de nuestra alma del aliento del Espíritu Divino para ir dando forma a nuestro ser,  a nuestro sentir y actuar para ser como es, siente y actúa el mismo Cristo. Hay parejas de novios que pasean dados de la mano y con una alegría que más que andar parecen que están deslizándose por el aire. El profundo sentimiento de amor mutuo que se da entre la pareja se manifiesta en un radio amplio de acción, del mismo modo que una farola alumbra una determinada superficie así sucede con estos novios cogidos de la mano. Nosotros los cristianos debemos de ser como esos novios, ellos no tienen temor de ir de la mano del mismo modo nosotros no debemos de temer de llevar a Cristo allá donde vayamos. La fe cristiana aporta la verdad sobre el ser de la persona, aporta la verdad sobre la organización de la vida familiar y social de este mundo.

            A veces, en los medios de comunicación y sobre todo en los programas de prensa rosa del corazón, aparecen personas, cuya vida desordenada es de dominio público, que manifiestan que no se arrepienten de nada. Es más, pretenden que todos veamos como bueno lo que ellos hacen. En su proyecto humano y espiritual han fracasado y no se generan dentro de ellos esa reacción que no le dejen tranquila por lo que haya pasado. No tienen ese sentimiento de culpabilidad ni aparecen dentro de ellos la urgente necesidad de la reparación. El dolor y la fiebre son mecanismos biológicos que nos indican que hay un mal funcionamiento en la persona así como el deseo de una curación eficaz.

            Nos dice el libro del Eclesiástico «es prudencia cumplir su voluntad» y nos sigue diciendo «es inmensa la sabiduría del Señor». Cuando uno está dejándose conducir por el Espíritu de Dios en ese proceso constante y exigente de conversión tan pronto como empecemos a respirar aires de secularización o mundanos nos sube la fiebre y saltan las alarmas porque urge la necesidad de reparación inmediata. Nuestros hermanos necesitan que les llevemos la presencia de Cristo con nuestro obrar, el apostolado es fundamental para que puedan conocer eso nuevo que Jesucristo les aporta.

            Los no cristianos se resisten a que su cultura sea juzgada por la fe cristiana, es más, pretenden que la fe se someta a las exigencias de la cultura. Hace poco unas activistas con el torso desnudo han abordado al Cardenal Rouco al grito «del aborto es sagrado», e incluso han llegado a irrumpir en el Congreso de los Diputados, con escasa ropa, jadeando ese lema tan absurdo que demuestra que el aire y el papel aguantan todo tipo de memeces.

            Hay que tener muy claro que la salvación viene de Dios; y de Dios viene la revelación de la verdad tanto sobre la persona como del mundo. La fe en Cristo no puede someterse a la tiranía de las conveniencias culturales e ideológicas del momento. La salvación viene de Dios, no de las criaturas. Cuando San Pablo escribe a los Corintios les dice: «enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, encendida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria». Muchas veces el Espíritu Santo de Dios impacta, colisiona se empotra con ese muro levantado con la resistencia de la soberbia humana que se rebela contra la libre intervención de Dios. Nosotros todo lo queremos controlar con nuestros propios medios, tenemos la tendencia a ser nosotros los dueños del mundo, los dueños y señores de nuestras vidas y de lo que con ella hagamos y no queremos que nadie nos revise ni nos reajuste. Por eso nuestras personas, nuestras parroquias ni nuestros centros educativos no están siendo testigos ni testimonios. San Pablo nos recuerda que «el Espíritu todo lo penetra, hasta la profundidad de Dios». El padre de familia, la mujer y esposa; el estudiante, el trabajador, los novios, seguirán conservando lo que son pero de un modo sumamente enriquecido. La soberanía de Dios y la centralidad de Cristo purifica los defectos, abre a la comunicación, nos mueve a la constante conversión y nos robustece en auténtico amor.

            Cristo nos dice «habéis oído.... pero yo os digo». Los cristianos evangelizados son capaces de rehacer su visión del mundo y de sus formas de convivencia, para adecuarlas a las exigencias y a las posibilidades de la vida cristiana que nace de la fe. Este tipo de cristianos son como aquellos novios que tomados de la mano van manifestando públicamente su amor a todos lo que tienen al lado sin importarles ni lo que digan ni lo que piensen de ellos.  

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