sábado, 15 de agosto de 2026

Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario | Mt 15, 21-28

 ¿Por qué Jesús parece rechazar primero a la mujer cananea y termina proclamando: «Mujer, qué grande es tu fe»? Esta homilía sobre Mateo 15,21-28 recorre uno de los encuentros más desconcertantes del Evangelio para descubrir que Jesús no está cerrando la misericordia de Dios a una extranjera, sino educando a unos discípulos que todavía dividen el mundo entre «los nuestros» y «los otros». La elección de Israel nunca fue un privilegio para encerrarse, sino una misión para llevar la bendición de Dios a todos los pueblos. El silencio de Jesús, la súplica perseverante de aquella madre y la imagen del pan y las migajas revelan así una verdad decisiva: la Palabra de Dios ha sido confiada a sus discípulos para que llegue a una humanidad herida, y una fe que la acoge puede abrir el comienzo de una vida nueva.

Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 15, 21-28

Escucha aquí el episodio completo:

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El amor comienza con una elección

y madura en fidelidad.

Todos sabemos cómo nace un enamoramiento. Al principio surge una simpatía recíproca, una atención especial, una mirada que se detiene de un modo distinto. Pero la relación adquiere verdadero peso cuando llega la declaración de amor. En ese momento, lo que parecía una simple afinidad se convierte en compromiso; dos personas se entregan la una a la otra y prometen fidelidad.

La Biblia nos presenta también una historia de amor: La historia entre Dios e Israel. Y conserva una de las declaraciones de amor más conmovedoras que pueden encontrarse en sus páginas. Moisés recuerda al pueblo que el Señor lo ha escogido para que sea su posesión particular entre todas las naciones de la tierra. Dios no se ha unido a Israel porque sea el pueblo más numeroso, poderoso o importante. Todo lo contrario, sino que lo ha elegido precisamente porque es pequeño y débil. Sencillamente, el Señor se ha enamorado de él (cfr. Dt 7, 6-8).

¿Por qué? Tal vez podamos responder con una expresión muy humana: Al corazón no se le dan órdenes. Y el corazón de Dios siente una predilección especial por los pequeños, los frágiles y quienes no cuentan demasiado a los ojos del mundo.

Ser elegido no significa ser superior,

sino recibir una misión.

¿Cómo vivió Israel esta predilección? Comprendió que, si Dios lo había elegido, su forma de vivir debía ser distinta. Quería agradar al Señor y responder con fidelidad al amor recibido.

En el ámbito religioso, Israel había entregado su corazón al Señor, el único Dios. Sabía que era un Dios celoso. La Biblia lo expresa con estas palabras: כִּי אָנֹכִי יְהוָה אֱלֹהֶיךָ אֵל קַנָּא (ki anokhí Adonái Elohékha, El qanná), «porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso» (cfr. Ex 20, 5; Dt 5, 9). No se trata de unos celos caprichosos o posesivos, sino de la fidelidad apasionada de un Dios que ama a su pueblo y no quiere verlo esclavizado por los ídolos. Por eso Israel rechazaba con firmeza las divinidades paganas: Su corazón pertenecía al Señor.

No se trata del capricho posesivo que a veces aparece entre nosotros, sino de la exigencia propia de un amor que no acepta compartir el corazón con los ídolos. Por eso Israel sentía una profunda aversión hacia las divinidades paganas. No era prudente hablar de ídolos ante un israelita: reaccionaba con vehemencia, porque su corazón pertenecía al Señor.

También en el terreno moral los judíos se distinguían de los pueblos que los rodeaban. En particular, mantenían una disciplina muy rigurosa en materia sexual, mientras que la propia literatura grecorromana muestra hasta qué punto estaban extendidas otras formas de comportamiento.

Sin embargo, el deseo de preservar su identidad y el temor a contaminarse terminaron llevándolos, con frecuencia, a separarse socialmente de los demás pueblos. Poco a poco pudieron sentirse superiores y considerar impuros a quienes no pertenecían a Israel. Y, como suele ocurrir cuando alguien levanta demasiados muros, aquella actitud no despertaba precisamente simpatía.

Tácito, en el libro quinto de sus Historias, dedica amplio espacio a las costumbres judías y critica especialmente su aislamiento. Llega incluso a presentar a los judíos como «enemigos del género humano». Juvenal, en sus sátiras, recomienda desconfiar de ellos y asegura que un judío no indicaría a un extranjero ni siquiera el camino correcto o el lugar donde encontrar agua.

Estas exageraciones reflejan la fuerte hostilidad que se había desarrollado en el mundo grecorromano contra los israelitas. Su separación, real o percibida, alimentaba prejuicios y antipatías mutuas.

Jesús creció respirando desde niño aquel ambiente. Conocía bien la manera despectiva con la que algunos miembros de su pueblo hablaban de los paganos. Los llamaban «perros» y relacionaban ese insulto con el hecho de que no estuvieran circuncidados.

Pero aquí surge una pregunta decisiva: ¿Era Dios quien deseaba que Israel viviera encerrado y separado de los demás pueblos? La respuesta es no. Aquel aislamiento no procedía de la voluntad de Dios, sino de una comprensión equivocada de la elección.

Dios no elige a un pueblo

contra los demás.

Israel había sido elegido para una misión. La bendición concedida a Abrahán y a sus descendientes no debía quedar encerrada dentro de las fronteras de un solo pueblo. Israel estaba llamado a llevar esa bendición a todas las naciones.

El profeta Isaías lo expresa con claridad. El Señor se dirige a su pueblo y le dice: «Tú eres mi siervo, mi elegido, en quien me complazco; llevarás el derecho a las naciones» (cfr. Is 42, 1).

Esa era la vocación de Israel; el ser servidor de los pueblos y cauce de la bendición divina. Sin embargo, en lugar de sentirse elegido para servir a los paganos, terminó sintiéndose elegido frente a ellos, e incluso contra ellos. Ahí estuvo el gran error.

También nosotros podemos caer en una confusión semejante. A veces pensamos que haber recibido un don nos coloca por encima de los demás, cuando en realidad nos hace más responsables de ellos. Una lámpara no se enciende para que admire su propia luz, sino para iluminar la casa.

Aunque Jesús había crecido en aquel ambiente cultural, no se dejó encerrar por su horizonte limitado. Cuando abandonó Nazaret y se estableció en Cafarnaúm, una ciudad abierta al contacto con poblaciones paganas, comenzó allí a realizar signos y curaciones. La salvación de Dios alcanzaba también a aquellas gentes.

Cuando regresó a Nazaret, sus paisanos no aceptaron su manera de actuar y terminaron enfrentándose con él. Jesús respondió recordando dos episodios de la Escritura.

En tiempos del profeta Elías había muchas viudas en Israel; sin embargo, el profeta fue enviado a una viuda extranjera, la de Sarepta de Sidón (cfr. 1 Re 17, 8-16). Del mismo modo, en tiempos de Eliseo había muchos leprosos en Israel, pero quien fue curado fue Naamán, jefe del ejército sirio, otro extranjero (cfr. 2 Re 5, 1-14; Lc 4, 25-27).

Jesús mostraba así que la misericordia de Dios no se deja aprisionar dentro de ninguna frontera. La elección de Israel no era una muralla levantada contra las naciones, sino una puerta por la que la bendición debía alcanzar a todos.

El Evangelio necesita discípulos

con un corazón sin fronteras.

Jesús tenía ahora que formar a sus discípulos. Ellos serían enviados a anunciar el Evangelio a todos los pueblos, naciones, culturas y lenguas. Sin embargo, aquellos Doce estaban profundamente impregnados de la mentalidad aislacionista de su entorno.

¿Cómo podrían anunciar el amor universal de Dios si seguían mirando a los paganos con desprecio? ¿Cómo podrían abrir las puertas del Evangelio si todavía llevaban tantos cerrojos dentro del corazón? Jesús debía educarlos, ensanchar su mirada y conducirlos desde una fe encerrada en sí misma hacia la universalidad del amor de Dios.

Por eso, un día decidió hacerles respirar un aire nuevo. Los sacó de la tierra de Israel y los condujo al territorio pagano. Allí tendrían que encontrarse cara a cara con aquellos a quienes habían aprendido a considerar impuros y alejados de Dios. Estaban a punto de descubrir que el corazón del Padre es mucho más grande que sus prejuicios.

Jesús quiere sacar a sus discípulos

de una religión encerrada.

«En aquel tiempo, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón».

La decisión de abandonar la tierra de Israel y emprender un viaje por territorio pagano surgió después de una acalorada discusión entre Jesús y una delegación de escribas y fariseos enviada por la autoridad religiosa de Jerusalén (cfr. Mt 15, 1-20). Habían bajado hasta Cafarnaúm para llamarlo al orden. Les había llegado la noticia de que sus discípulos descuidaban las purificaciones rituales antes de comer. Para Jesús, aquella acusación carecía de verdadero fundamento; para las autoridades religiosas de Jerusalén, en cambio, constituía una falta muy grave (cfr. Mt 15, 1-2).

Como los profetas, Jesús no soportaba la hipocresía religiosa. Le indignaba que la Palabra de Dios, la práctica de la justicia y el amor al bien y a la vida de las personas fueran sustituidos por observancias exteriores inventadas por los hombres y transmitidas después como tradiciones intocables.

Ninguna tradición humana

puede ocupar el lugar de Dios.

El evangelista Mateo recoge la respuesta de Jesús a aquellos guardianes de unas tradiciones que habían perdido su verdadero sentido. Sus palabras fueron tan duras y directas que los discípulos se sintieron incómodos ante la franqueza de su Maestro. Más tarde se acercaron a él y le dijeron:

—¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tus palabras?

Era como si quisieran advertirle: «Maestro, quizá deberías cuidar un poco más lo que dices; se han sentido profundamente ofendidos».

Pero Jesús zanjó la cuestión sin demasiados rodeos:

—Dejadlos. Son ciegos que guían a otros ciegos (cfr. Mt 15, 12-14).

Pedro, probablemente hablando también en nombre de los demás, tuvo entonces la poco afortunada idea de pedir nuevas explicaciones. Jesús, viendo que todavía no habían entendido lo esencial, respondió con una expresión muy fuerte:

—¿También vosotros seguís siendo ἀσύνετοι (asýnetoi)?

El término griego ἀσύνετοι (asýnetoi) se refiere a quienes no comprenden, no consiguen relacionar correctamente las cosas o carecen de discernimiento. Jesús no pretendía insultarlos gratuitamente, sino despertarlos de su torpeza espiritual: «Ὁ δὲ εἶπεν· Ἀκμὴν καὶ ὑμεῖς ἀσύνετοί ἐστε;» (Ho dè eípen: Akmḕn kaì hymeîs asýnetoí este?); que traducido significa «Él les respondió: «¿También vosotros seguís sin comprender/sin discernimiento?»  (cfr. Mt 15, 16).  No era precisamente una felicitación por su rapidez mental. Pero, en ocasiones, los discípulos —y también nosotros— necesitamos que el Evangelio nos sacuda un poco para dejar de confundir lo secundario con lo esencial.

La verdadera impureza no entra desde fuera:

Nace dentro.

Jesús les explicó que no es lo que entra en la persona lo que la hace impura. El alimento entra en el cuerpo y sigue su curso natural. No tiene poder para separar al ser humano de Dios.

Lo que verdaderamente contamina es aquello que sale del corazón: Los homicidios, los adulterios, las inmoralidades, los robos y todas las formas de mal que terminan destruyendo la vida propia y la de los demás. Esas son las realidades que hacen impura a una persona (cfr. Mt 15, 17-20).

Jesús trasladaba así la atención desde las manos lavadas hacia el corazón. El verdadero problema no consistía en haber cumplido o descuidado una ceremonia externa, sino en lo que cada persona cultivaba en su interior y acababa convirtiéndose en injusticia, violencia o desprecio.

Podemos cuidar escrupulosamente las apariencias y, al mismo tiempo, conservar dentro de nosotros resentimientos, ambiciones o juicios despiadados. Una fachada recién pintada no garantiza que la casa esté en orden por dentro. 

Para abrir el corazón,

Jesús conduce más allá de la frontera.

Después de aquel enfrentamiento, Jesús sintió la necesidad de sacar a sus discípulos de aquel ambiente. Quería que conocieran personalmente el mundo pagano y que descubrieran que las personas no podían dividirse cómodamente entre puras e impuras, cercanas o alejadas, dignas o indignas de la misericordia de Dios. Por eso los condujo hacia la región de Tiro y Sidón, fuera de la tierra de Israel (cfr. Mt 15, 21).

No se trataba simplemente de cambiar de paisaje. Jesús quería ensanchar su mirada y ayudarles a respirar un aire nuevo. Aquellos discípulos, que un día tendrían que llevar el Evangelio a todos los pueblos, necesitaban aprender que el amor de Dios no se detiene ante las fronteras levantadas por los seres humanos. ¿Con quién se encontrarán en aquella tierra pagana?

Una madre reconoce el sufrimiento

que destroza a su hija.

«Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

La madre se acerca a Jesús y le suplica: «Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de David; mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». El texto griego dice: Ἐλέησόν με, κύριε, υἱὸς Δαυίδ· ἡ θυγάτηρ μου κακῶς δαιμονίζεται (Eléēsón me, kýrie, huiòs Dauíd; hē thygátēr mou kakôs daimonízetai) (cfr. Mt 15, 22). El adverbio κακῶς (kakôs) expresa la gravedad del sufrimiento; la muchacha se encuentra terriblemente atormentada. Y resulta conmovedor que la madre no diga únicamente «ten misericordia de mi hija», sino ἐλέησόν με (eléēsón me), «ten misericordia de mí». El dolor de la hija se ha convertido también en el dolor de su madre.

¿Qué le sucedía realmente a aquella joven? En el mundo grecorromano y también en Israel, cuando una persona se comportaba de manera extraña, actuaba irresponsablemente o parecía impulsada por una fuerza negativa que la llevaba a hacerse daño a sí misma o a perjudicar a los demás, se decía que estaba bajo el dominio de un demonio.

No se trataba necesariamente de identificar aquella situación con Satanás o con los diablos. Era el modo con el que aquella cultura intentaba explicar una fuerza oscura que parecía apoderarse de la persona y llevarla a actuar como si ya no fuera dueña de sí misma. En muchos casos se trataba de enfermedades y sufrimientos que Jesús tenía el poder de sanar, como muestran repetidamente los evangelios.

Las curaciones de Jesús revelan

la fuerza transformadora del Evangelio.

Cuando los evangelistas narran estas curaciones, no pretenden limitarse a recordar un episodio extraordinario ocurrido en el pasado. Aquellos signos están también cargados de un mensaje para nosotros. Las curaciones realizadas por Jesús se convierten en imagen de lo que su Palabra y su Evangelio producen cuando entran en la vida de las personas.

Donde llega Jesús con su Palabra, algo comienza a cambiar. Las heridas encuentran alivio, las esclavitudes pierden fuerza y aquello que parecía dominar irremediablemente a una persona ya no tiene la última palabra.

¿Qué quiere comunicarnos entonces el evangelista mediante la curación de esta muchacha? Ella, esta hija representa, de algún modo, al mundo pagano, a la humanidad que todavía no se ha encontrado con Cristo y con su Evangelio. Es la primera vez que Jesús sale del territorio de Israel, y se encuentra ante una humanidad movida por fuerzas que la conducen hacia el mal.

¿Adónde pueden llevar esos «demonios»? A las atrocidades, los homicidios, las guerras, los adulterios, los robos y toda clase de desórdenes. Esta es la humanidad que aún no ha permitido que el Evangelio transforme profundamente su corazón.

Y si estas cosas continúan sucediendo —como sabemos que suceden—, significa que todavía quedan muchos espacios de nuestra humanidad a los que no ha llegado verdaderamente Cristo con su Palabra.

Los antiguos demonios

siguen cambiando de nombre.

No nos detengamos, por tanto, únicamente en aquella joven que Jesús encontró en la región de Tiro y Sidón. Podemos preguntarnos: ¿Qué espíritus mueven hoy a nuestra humanidad? ¿Nos mueve el Espíritu de Cristo o el demonio del dinero, que puede condenar al hambre a pueblos enteros? ¿Nos mueve el amor de Cristo o el demonio del orgullo y de la ambición de poder, capaz incluso de desencadenar guerras? ¿Nos guía el Evangelio o esa fuerza que empuja a buscar el éxito y el placer a cualquier precio?

Cuando estas realidades dominan la vida humana, no estamos ante el Espíritu de Cristo. Son fuerzas que necesitan ser expulsadas mediante la llegada de Jesús y la acogida de su Evangelio.

No hace falta imaginar criaturas extrañas para reconocerlas. A veces esos demonios llevan traje, manejan una cuenta bancaria, ocupan un despacho o se esconden discretamente dentro de nuestro propio corazón. Cambia el aspecto, pero sus frutos siguen siendo el sufrimiento y la destrucción.

La primera curación comienza

cuando reconocemos nuestra necesidad.

¿Qué podemos hacer? Esta mujer nos ofrece una primera lección: Toma conciencia de que su hija necesita encontrarse con aquel que puede sanarla.

También nuestra humanidad está movida por fuerzas que producen violencia, injusticia y sufrimiento. Al menos nosotros, los cristianos, estamos llamados a reconocer que necesita encontrarse con Cristo y con su Evangelio.

Por eso no podemos resignarnos. Aquella madre no acepta pasivamente la desgracia de su hija. Busca con todas sus fuerzas al que puede curarla. Del mismo modo, nosotros estamos invitados a buscar al verdadero sanador de nuestra humanidad.

La mujer reconoce en Jesús de Nazaret al Salvador y al Mesías. No se deja seducir por otros supuestos mesías que se presentan como salvadores del mundo. Sabe reconocer al verdadero Salvador y lo llama: «Señor Hijo de David».

Ella está convencida de que solo la palabra de Jesús puede liberar a su hija de aquella fuerza que la atormenta.

En este momento esperaríamos que Jesús se pusiera inmediatamente en camino hacia la muchacha, pero, sin embargo, el relato introduce un diálogo sorprendente. Estemos atentos a cómo responde Jesús a la petición de aquella mujer. 

El silencio de Jesús

deja al descubierto lo que llevan dentro.

«Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando».

La primera reacción de Jesús es un silencio desconcertante ya que no responde a la mujer. Resulta extraño, porque nunca lo vemos reaccionar de este modo ante quien acude a él pidiendo ayuda. Por un momento, parece desentenderse del sufrimiento de aquella muchacha.

En el lenguaje simbólico del evangelista, podría dar la impresión de que Jesús no quiere ocuparse del mundo pagano ni implicarse en las necesidades de aquella humanidad herida. Así interpretan también su silencio los discípulos. Se acercan a él y le dicen: «Ἀπόλυσον αὐτήν» (apólyson autḗn) (cfr. Mt 15, 23). El verbo griego ἀπόλυσον (apólyson) es el imperativo aoristo activo, en segunda persona del singular, de ἀπολύω (apolýō), que significa «despedir», «mandar marcharse» o «dejar ir». Por tanto, los discípulos no están diciendo necesariamente: «Escúchala» o «concédele lo que pide», sino más bien: «Despídela; haz que se marche».

La mujer continuaba gritando detrás de ellos y querían quitársela de encima. Su reacción podría expresarse así: «No perdamos el tiempo con esta gente impura». Como si pensaran, con una ironía bastante amarga: «¡Qué tranquilo sería el mundo si no existieran estos paganos que vienen a molestarnos!».

El silencio de Jesús hace aflorar

el desprecio escondido.

Con su silencio, Jesús ha conseguido que salga a la luz lo que los discípulos llevaban dentro. Hasta ese momento podían ocultar sus prejuicios bajo las apariencias religiosas; ahora queda manifiesto el desprecio que sentían hacia los paganos.

Y son precisamente ellos quienes necesitan ser curados. La muchacha está atormentada por una fuerza que la destruye, pero los discípulos también están dominados por una mentalidad que les impide reconocer la dignidad y el sufrimiento de quien no pertenece a su pueblo.

Jesús no puede dejar intacta esa manera de pensar. Aquellos Doce están llamados a anunciar el Evangelio al mundo entero, a una humanidad herida por fuerzas que la conducen hacia la violencia, la injusticia y el mal. Pero ¿cómo podrán llevarle la salvación si desprecian precisamente a quienes necesitan ser sanados?

¿Cómo anunciarán la Buena Noticia a los paganos si su primera reacción consiste en expulsarlos? ¿Cómo podrán convertirse en servidores del Evangelio si todavía consideran una molestia a las personas a las que serán enviados?

Antes de enviarlos al mundo,

Jesús debe ensancharles el corazón.

Esta es la razón por la que Jesús quiere liberarlos de aquella mentalidad. No basta con que aprendan unas palabras o reciban una misión: Necesitan una mirada nueva. Antes de enviarlos a todas las naciones, el Maestro debe arrancar de su corazón la frontera que separa a los «nuestros» de los «otros», a los puros de los impuros, a quienes supuestamente merecen ayuda de quienes pueden ser despedidos sin más.

El silencio de Jesús no es indiferencia ante el dolor de la mujer. Se convierte en una forma de revelar la enfermedad interior de los discípulos y de comenzar a curarlos.

Jesús parece asumir

la lógica de sus discípulos.

«Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

La respuesta de Jesús causa sorpresa. Parece compartir la manera de pensar de los discípulos, pues declara: «Οὐκ ἀπεστάλην εἰ μὴ εἰς τὰ πρόβατα τὰ ἀπολωλότα οἴκου Ἰσραήλ (Ouk apestálēn ei mḕ eis tà próbata tà apolōlóta oíkou Israḗl), «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Es como si dijera a la mujer: «Debo ocuparme de los problemas de mi pueblo».

Pero ¿por qué habla de este modo? En Nazaret había sido acusado precisamente de lo contrario; de interesarse por las gentes de Cafarnaúm, una ciudad en contacto con el mundo pagano, y de llevarles también a ellas los signos de la salvación.

Jesús persigue un objetivo. Quiere conducir poco a poco a sus discípulos a rechazar aquella manera de mirar a los paganos. Para lograrlo, comienza situándose en el punto de vista de ellos. Asume su modo de pensar y de juzgar; habla como hablaría un israelita fiel a las tradiciones y convencido de que la misión de Dios debe limitarse al propio pueblo.

Solo al final mostrará a los discípulos adónde conduce realmente el corazón de Dios.

La mujer no permite que

el silencio apague su esperanza.

Ella no se resigna. Continúa gritando y pidiendo ayuda. Su súplica representa también el clamor de toda la humanidad; una humanidad que todavía no ha sido transformada por el Evangelio y que espera escuchar de nosotros la Palabra que salva y libera de las fuerzas que la deshumanizan.

Esa Palabra es el Evangelio. Muchas veces la humanidad se encuentra tan dominada por esas fuerzas destructivas que ni siquiera sabe expresar lo que necesita. Quizá no sea capaz de formular una petición clara, pero nuestra sensibilidad debería ayudarnos a reconocer su sufrimiento y a escuchar el grito escondido detrás de sus heridas.

El discípulo no puede responder

al dolor diciendo: “Que se arregle”.

No repitamos la reacción de los discípulos: —Ἀπόλυσον αὐτήν (apólyson autḗn), «Despídela; haz que se marche» (cfr. Mt 15, 23). Sería como decir: «Quítala de en medio. Que se arregle sola. Peor para ella».

Esa humanidad herida necesita ayuda. No podemos apartarla porque incomode, porque no pertenezca a nuestro grupo o porque su sufrimiento altere nuestra tranquilidad. Estamos llamados a percibir su necesidad y a escuchar su clamor.

Ahora vamos a escuchar ese grito. Y escuchemos ahora qué pide la mujer. 

La comparación entre los hijos

y los perros resulta dolorosa.

«Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús respondió con una imagen deliberadamente provocadora: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros de la casa». El texto griego dice: Οὐκ ἔστιν καλὸν λαβεῖν τὸν ἄρτον τῶν τέκνων καὶ βαλεῖν τοῖς κυναρίοις (Ouk éstin kalòn labeîn tòn árton tôn téknōn kaì baleîn toîs kynaríois) (cfr. Mt 15, 26). Jesús no afirma que esté jurídicamente «prohibido», sino que, desde la lógica tradicional que está representando, no parece apropiado quitar a los hijos el pan destinado para ellos y entregárselo a quienes no ocupan su lugar en la mesa. La contraposición continúa siendo dura: De un lado están τὰ τέκνα (tà tékna), «los hijos»; del otro, τὰ κυνάρια (tà kynária), «los perros de la casa».

Conviene precisar el matiz del término griego. Κυνάρια (kynária) es el plural de κυνάριον (kynárion), diminutivo de κύων (kýōn), «perro». Puede referirse a perros pequeños o a los perros domésticos que viven en torno a la casa y se alimentan de lo que cae de la mesa. También κυνίδιον (kynídion) es un diminutivo de «perro»; por eso no conviene establecer una diferencia absoluta entre ambos vocablos. El contexto doméstico suaviza algo la imagen, pero no elimina la contraposición fundamental: Primero están los hijos y después los perros.

Quizá nosotros habríamos reaccionado con resentimiento. Podríamos haber pensado: «Prefiero quedarme con mi problema antes que permitir que me hablen así», y nos habríamos marchado dando un portazo, aunque en aquel camino probablemente no hubiera puerta que cerrar.

La mujer, en cambio, no se ofende ni abandona su petición. Es extraordinariamente inteligente: Acepta la imagen propuesta por Jesús, pero la desarrolla hasta descubrir dentro de ella una posibilidad de esperanza.

La fe no rompe la imagen:

Encuentra dentro de ella una puerta.

La mujer responde: «Ἡ δὲ εἶπεν· Ναί, κύριε· καὶ γὰρ τὰ κυνάρια ἐσθίει ἀπὸ τῶν ψιχίων τῶν πιπτόντων ἀπὸ τῆς τραπέζης τῶν κυρίων αὐτῶν». (Hē dè eípen: Naí, kýrie; kaì gàr tà kynária esthíei apò tôn psichíōn tôn piptóntōn apò tês trapézēs tôn kyríōn autôn); que traducido significa: «Ella, por su parte respondió: Sí, Señor; es verdad lo que dices, porque incluso los perros de la casa comen de las migajas que van cayendo/que caen de la mesa de sus dueños».

Su primera palabra es ναί (naí), «sí». La mujer no discute la prioridad de los hijos ni pretende arrebatarles el pan. Admite que el alimento ha sido preparado para ellos, pero hace notar que, mientras los hijos comen, algunas migajas caen también al suelo. Y para los perros de la casa, aquellas migajas son suficientes.

Es como si dijera: «Es verdad, el pan pertenece a los hijos. No pretendo ocupar su puesto ni quitarles nada. Pero de esa mesa cae una abundancia capaz de llegar también hasta nosotros. A mí me basta una migaja».

La mujer no reclama un privilegio, sino que confía en la sobreabundancia. Está convencida de que en Jesús hay tanta fuerza salvadora que incluso una migaja puede liberar a su hija.

Una sola migaja de Evangelio

puede comenzar una transformación.

La respuesta de esta mujer contiene un mensaje precioso para nosotros, que con frecuencia creemos demasiado poco en la fuerza transformadora del Evangelio.

¡Ojalá comprendiéramos que bastan unas pocas migajas de la Palabra, acogidas verdaderamente con fe, para provocar cambios extraordinarios en una sociedad todavía movida por fuerzas que la deshumanizan!

No se trata de reducir el Evangelio a fragmentos aislados ni de conformarnos con conocerlo superficialmente. La imagen expresa la confianza de aquella mujer: Una mínima participación en el don de Dios posee una fuerza que supera todo lo que ella podría pedir o imaginar.

Permanece, sin embargo, la pregunta: ¿Por qué emplea Jesús una respuesta tan dura y desconcertante? Podemos preguntarnos a quién está hablando realmente. Evidentemente, se dirige a la mujer. Pero, al observar el desarrollo del diálogo, comprendemos que también quiere hacer llegar un mensaje a sus discípulos.

Jesús habla de pan. La mujer ha acudido para pedir la curación de su hija, no para pedir alimento. La imagen del pan posee, por tanto, una profundidad que los discípulos podían reconocer especialmente bien, porque conocían las Escrituras.

El pan representa la Palabra

que hace verdaderamente humana la vida.

Los discípulos sabían que la sabiduría y la Palabra de Dios eran presentadas como alimento para la vida. El Deuteronomio enseña que el ser humano no vive solamente de pan material, sino de cuanto sale de la boca de Dios (cfr. Dt 8, 3).

Conocían también la invitación de la Sabiduría en el libro de los Proverbios: ἔλθατε φάγετε τῶν ἐμῶν ἄρτων (élthate phágete tôn emôn ártōn), «Venid, comed de mis panes»; abandonad la insensatez y viviréis (cfr. Prov 9, 5-6).

El pan representa, por tanto, la Palabra de Dios, alimento de una existencia verdaderamente humana. Los discípulos podían captar con especial profundidad esta metáfora. Jesús conduce el diálogo de manera que ellos terminen escuchando de labios de una mujer pagana la lección que todavía no habían comprendido.

Ella viene a decirles: «Es verdad que el pan de la Palabra ha sido preparado primero para Israel. Pero unas pocas migajas de ese pan pueden alcanzar también a los paganos, transformarnos y liberarnos de las fuerzas que nos conducen hacia una vida inhumana».

Cuando Jesús había enviado inicialmente a sus discípulos, les había indicado que no fueran todavía a los paganos, sino que se dirigieran a las ovejas perdidas de la casa de Israel (cfr. Mt 10, 5-6). Era la pedagogía de Dios: Israel había sido escogido para alimentarse de su Palabra y convertirse después en mediador de esa Palabra y de esa salvación para todos los pueblos.

El pan se entrega primero a los hijos, no para que lo escondan o lo guarden celosamente, sino para que, por medio de ellos, la mesa de Dios termine abierta a todos.

Ese es el mensaje que Jesús quiere comunicar a sus discípulos. Y consigue que lo escuchen precisamente en la respuesta de aquella mujer, provocada por sus palabras.

A continuación, Jesús se dirige directamente a ella, aunque su propósito sigue siendo ofrecer una lección decisiva a los discípulos.

Jesús educa a los discípulos

elogiando la fe de una mujer pagana.

«Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija».

Jesús está formando a sus discípulos, pero no se dirige directamente a ellos. Mira a la mujer y le dice: «

 

 

Entonces Jesús le respondió: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!». El texto griego dice: Τότε ἀποκριθεὶς ὁ Ἰησοῦς εἶπεν αὐτῇ· Ὦ γύναι, μεγάλη σου ἡ πίστις (Tóte apokritheìs ho Iēsoûs eîpen autê: Ô gýnai, megálē sou hē pístis) (cfr. Mt 15, 28). El adjetivo μεγάλη (megálē), «grande», aparece al comienzo de la afirmación y recibe todo el énfasis: Jesús no se limita a reconocer la fe de aquella mujer pagana, sino que la presenta ante sus discípulos como una fe verdaderamente grande.

Con estas palabras pone a los discípulos frente a la fe de aquella mujer. El domingo pasado escuchábamos cómo Jesús decía a Pedro: Ὀλιγόπιστε (oligópiste), «hombre de poca fe» (cfr. Mt 14, 31). Pedro, el primero de los apóstoles y miembro del pueblo de Israel, recibe el reproche de su poca fe; esta mujer, extranjera y pagana, escucha en cambio que su fe es grande. ¿En qué consiste la grandeza de su fe?

En el corazón de Dios no existen

hijos de primera y de segunda.

Ante todo, la mujer ha comprendido antes que los discípulos una verdad decisiva: En el corazón de Dios no hay seres humanos de primera categoría y seres humanos de segunda. No hay unos destinados a ser hijos y otros condenados a permanecer como perros. Todos son hijos del mismo Padre.

Los israelitas, descendientes de Abrahán, y quienes pertenecen a otros pueblos, culturas o religiones reciben la vida del mismo Dios y están llamados a sentarse a su mesa. De él procede el alimento que sostiene a todos.

Pedro y los demás discípulos necesitarán mucho tiempo para comprender esta verdad que aquella mujer parece haber intuido de inmediato. Pedro llegará a descubrirla años más tarde, mientras se encuentra orando en Jope (cfr. Hch 11, 5). En una visión contempla un gran lienzo que desciende del cielo lleno de animales considerados puros e impuros. Dios le hace comprender que no debe llamar impuro a lo que él ha purificado (cfr. Hch 10, 9-16).

El mensaje va mucho más allá de los alimentos. Si no debemos establecer una separación definitiva entre animales puros e impuros, mucho menos podemos clasificar a las personas entre dignas e indignas, limpias e inmundas. Todas son criaturas de Dios y todas están llamadas a recibir su salvación.

Pedro irá después a Cesarea y entrará en la casa del centurión Cornelio. Allí reconocerá que Dios no hace acepción de personas y bautizará al primer pagano acogido en la comunidad cristiana (cfr. Hch 10, 34-48).

Cuando regrese a Jerusalén, algunos creyentes le reprocharán con severidad: —Has entrado en casa de hombres incircuncisos y has comido con ellos.

Pedro tendrá que explicarles que aquellos paganos habían recibido el mismo Espíritu Santo que los discípulos recibieron al principio (cfr. Hch 11, 1-18).

Aquellos primeros discípulos necesitaron recorrer un camino largo para alcanzar la misma confianza que esta mujer tenía en el amor de Dios: Un amor que no se detiene ante la pertenencia étnica, las fronteras culturales o las divisiones religiosas.

A veces, unas pocas migajas

bastan para cambiarlo todo.

La mujer ha comprendido también, antes que los discípulos, la fuerza extraordinaria del Evangelio. Cree que bastan unas pocas migajas para expulsar los demonios que deshumanizan a la sociedad pagana en la que vive.

Y quizá también nosotros creemos demasiado poco en esa fuerza. Miramos nuestra sociedad, vemos la violencia, la codicia, el afán de poder y tantas formas de injusticia, y podemos pensar que el Evangelio resulta demasiado pequeño ante problemas tan grandes. La mujer nos recuerda lo contrario: una sola migaja de la Palabra acogida con verdadera fe puede comenzar una transformación inesperada.

No porque el Evangelio sea escaso, sino porque su fuerza está presente incluso en la más pequeña porción recibida de corazón.

Esta mujer comprende, además, la pedagogía de Dios. Israel había sido alimentado primero con el pan de la Palabra, pero no para guardarlo celosamente ni para disfrutarlo a solas. Había sido alimentado para convertirse después en mediador de esa Palabra y compartir el pan de la salvación con todos los pueblos.

La elección nunca fue un privilegio para encerrarse, sino una misión para servir.

La Palabra realiza su obra cuando

encuentra una fe que la acoge.

Hay todavía un último detalle importante. El prodigio no se produce mediante un gesto espectacular de Jesús ni porque él se desplace hasta la casa de la muchacha.

Jesús le dice: Γενηθήτω σοι ὡς θέλεις (Genēthḗtō soi hōs théleis), «que se cumpla/que se realice/que llegue a realizarse para ti como deseas» (cfr. Mt 15, 28). El verbo γενηθήτω (genēthḗtō) no expresa un simple deseo de buena voluntad; se trata de un imperativo aoristo pasivo que anuncia la realización de lo pedido. La palabra de Jesús confirma que la súplica confiada de aquella madre ha sido escuchada. La palabra de Jesús encuentra en la fe de aquella mujer un espacio donde desplegar toda su fuerza.

Ella acoge la palabra del Maestro con confianza, y «en aquel momento quedó curada su hija».

El evangelista nos ofrece así una imagen del Evangelio entrando en una sociedad movida por numerosos «demonios»: fuerzas de violencia, egoísmo, injusticia y deshumanización.

Cuando la Palabra es acogida con fe, esas fuerzas comienzan a retroceder. A veces parece que solo hemos recibido una migaja. Pero, en las manos de Dios y dentro de un corazón abierto, una migaja puede contener el comienzo de una vida nueva.


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