Mt 14, 22-33 - «A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar».
El pan que hemos recibido
no puede quedarse en nuestra orilla.
El Evangelio de
hoy comienza, en realidad, donde terminó el del domingo pasado. Jesús había
alimentado a la multitud y, al final, los Doce recogieron doce canastos de pan,
como si cada uno recibiera algo que ahora debía llevar consigo. Mateo ya no
vuelve a mencionar los peces; en manos de los discípulos queda solamente el
pan. Y entonces surge una pregunta que nos ayuda a entrar en el relato: ¿qué
harán con ese pan?
Jesús los obliga a
subir a la barca y a dirigirse hacia la otra orilla. No parece que
quieran ir. Hay una resistencia. Y, en la lectura simbólica del relato, esa
resistencia se entiende: dirigirse hacia la otra orilla significa abrirse al
mundo pagano, salir del espacio conocido, acercarse a quienes hasta entonces
habían sido considerados «los otros». Los discípulos llevan consigo el
pan, que representa a Cristo, su Palabra, su Evangelio, pero todavía tienen que
aprender algo decisivo: ese pan no es propiedad suya, ni está reservado a
Israel, ni puede quedar encerrado entre «los nuestros». La elección de
Israel nunca había significado que Dios quisiera excluir a los demás pueblos;
al contrario, Israel había sido elegido para que la bendición de Dios
alcanzara, por medio de él, a todos. Por eso Jesús los empuja hacia la otra
orilla. Y quizá aquí comienza también nuestra conversión: comprender que el
Evangelio no es algo que poseemos, sino un don que se nos ha confiado para
llevarlo más allá de nuestras fronteras, de nuestras preferencias y de nuestros
ambientes.
Los discípulos
parten, pero Jesús no sube con ellos a la barca; se queda solo y sube al
monte. En el lenguaje bíblico, el monte remite al ámbito de Dios, y la
escena empieza a adquirir una profundidad nueva. Los discípulos avanzan sin
tener físicamente a Jesús junto a ellos, y llega la noche. Mateo está hablando
también a unas comunidades cristianas que, después de la Pascua, ya no podían
ver al Maestro recorrer con ellas los caminos de Galilea y, sin embargo, tenían
que seguir adelante con la misión que Él les había confiado. La barca se
convierte así en imagen de la comunidad cristiana, y la noche expresa esos
momentos en los que sabemos que tenemos que continuar, pero ya no vemos con
claridad por dónde. También la Iglesia conoce esas noches: Tiempos de
división, de escándalo, de cansancio, de dureza de corazón ante la Palabra de
Dios, momentos en los que parece que el Evangelio no consigue abrirse camino. Y
también nosotros conocemos noches semejantes en nuestra vida: Una pérdida, una
injusticia, una enfermedad, una decepción, una situación que no logramos
comprender; momentos en los que rezamos y Dios parece callar. Entonces aparece
casi inevitablemente la pregunta: «Señor, ¿dónde estás?». Los discípulos
se sienten solos, pero precisamente ahí está una de las claves del relato: sentirse
solos no significa estar abandonados.
Las pruebas no fabrican nuestra fe:
revelan de qué está hecha.
La noche se hace
todavía más dura porque llegan las olas y el viento sopla en contra. Mateo describe
la barca como sometida a una prueba violenta, casi atormentada por el oleaje.
La violencia del oleaje nos remite a la imagen que recuerda la antigua
piedra de toque sobre la que se frotaban los metales para comprobar si
realmente eran oro. Aquella piedra no convertía un metal en oro;
simplemente ponía al descubierto lo que había en él. Y algo parecido sucede con
las pruebas. Mientras todo marcha bien, podemos pensar que nuestra fe es firme;
pero cuando llega el viento contrario, cuando perdonar cuesta, cuando amar
exige renunciar a nosotros mismos, cuando ser fieles al Evangelio nos complica
la vida o cuando hacemos el bien y parece que no sirve de nada, entonces
descubrimos qué consistencia tiene realmente nuestra confianza en Dios. Las
pruebas duelen, por supuesto, pero también pueden purificar. Nos obligan a
distinguir qué hay de Evangelio auténtico en nuestra vida y qué cosas hemos ido
colocando junto a él sin que tengan demasiado que ver con Jesús. Y esto vale
también para la Iglesia: No todas las olas vienen de fuera; algunas nacen
dentro de la propia barca, en forma de escándalos, divisiones, resistencias a
la Palabra o costumbres que, con el tiempo, podemos terminar defendiendo con
más pasión que el mismo Evangelio. La barca es sacudida, la fe es puesta a
prueba y los discípulos tienen miedo.
Y precisamente
entonces, cuando todo parece más oscuro, Jesús se acerca caminando sobre el
mar. Aquí está el centro de toda la escena. En la Biblia, el mar representa
muchas veces las fuerzas del caos, del mal y de la muerte. Israel lo había
experimentado en el Éxodo: Delante estaba el mar, detrás el ejército del faraón
y, humanamente hablando, no había salida; sin embargo, Dios abrió un camino
allí donde parecía que solo había muerte (cfr. Ex 14, 15-31). El libro de Job
llega a decir que solo Dios camina sobre las olas del mar (cfr. Job 9, 8). Y
Mateo presenta ahora a Jesús haciendo precisamente eso. Los discípulos temen
las aguas; Jesús camina sobre ellas. Aquello que para ellos parece capaz de
tragárselo todo está bajo sus pies. El mensaje es muy fuerte: el mal no es más
poderoso que Cristo y la muerte no ha conseguido retenerlo. El Resucitado vive
y se acerca a su comunidad precisamente cuando ella piensa que ha sido
abandonada.
El problema no siempre es que Cristo esté lejos;
a veces no sabemos reconocerlo cerca.
Lo más
sorprendente es que los discípulos ven a Jesús y no lo reconocen. Piensan que es
un fantasma. Y quizá ese sea también uno de nuestros grandes problemas: No
siempre es verdad que Cristo esté ausente; a veces está presente de una
manera distinta de la que esperábamos y nuestros ojos todavía no saben
reconocerlo. Entonces Jesús pronuncia las palabras que iluminan toda la
noche: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
No empieza explicándoles por qué ha llegado la tormenta, ni elimina
inmediatamente las olas. Primero les ofrece algo más importante: su presencia.
«Soy yo». Estoy aquí. No os he abandonado. Esta es una de las grandes
certezas que el Evangelio quiere dejar en nuestras comunidades y en nuestra
vida: La respuesta de Dios a nuestras noches no consiste siempre en
explicarnos de inmediato por qué suceden las cosas; muchas veces su respuesta
es asegurarnos que no atravesamos esas noches solos.
Y entonces aparece
Pedro. «Señor, si eres tú, mándame ir a ti».
Jesús responde sencillamente: «Ven».
Pedro baja de la barca y comienza a caminar, pero cuando siente la fuerza del
viento aparece el miedo y empieza a hundirse. Pedro se convierte así en una
imagen muy cercana de nuestra condición de discípulos. Creemos en Jesús; nos
parece hermoso su Evangelio; estamos de acuerdo en que amar, servir, perdonar y
entregar la vida es el camino verdadero. Pero una cosa es admirar ese camino
y otra distinta recorrerlo cuando comienza a costarnos. En ese momento
puede aparecer dentro de nosotros una pregunta que quizá no formulamos en voz
alta: «Si vivo de verdad como Jesús, si entrego mi vida, si no me reservo
siempre lo mejor para mí, ¿no acabaré perdiéndola?». El problema de Pedro
no es que haya dejado de creer en Jesús; su problema es que todavía no sabe
si puede fiarse de Él hasta el final. Y cuando comienza a hundirse ya no
hace discursos ni razonamientos: simplemente grita, «Señor, sálvame».
Jesús extiende inmediatamente la mano y lo agarra. Tal vez la fe no
consista en no tener nunca miedo, ni en sentirnos siempre fuertes y seguros;
quizá consista también en saber qué mano buscar cuando descubrimos que solos no
podemos.
La travesía termina cuando descubren
quién viajaba realmente con ellos.
Jesús y Pedro
suben a la barca y el viento amaina. Entonces sucede lo verdaderamente
importante. Aquellos discípulos que habían comenzado la travesía resistiéndose
a llevar el pan a la otra orilla; aquellos que después entraron en la noche,
fueron golpeados por las olas, creyeron estar solos y confundieron a Jesús con
un fantasma; aquellos que vieron cómo Pedro tenía miedo y comenzaba a hundirse,
ahora se postran ante Él y dicen: «Realmente
eres Hijo de Dios». Ese es el punto de llegada de todo el
relato. La travesía no solo los ha llevado de una orilla a otra; los ha llevado
desde una fe todavía cerrada, temerosa y frágil hasta un reconocimiento más
profundo de Jesús. Han tenido que aprender que el pan es para todos, que
obedecer al Señor no significa que desaparecerán las dificultades, que las
pruebas ponen al descubierto la calidad de nuestra fe, que Cristo puede estar presente,
aunque no sepamos reconocerlo y que, cuando nuestras fuerzas fallan, su mano
sigue estando cerca.
El Evangelio de
hoy no nos promete una Iglesia sin tormentas ni una vida sin noches. Tampoco
nos dice que creer consista en avanzar siempre seguros, sin dudas ni miedos.
Nos dice algo mucho más importante: que el Resucitado no abandona a los suyos.
Puede que durante un tiempo no sepamos reconocerlo, puede que las olas ocupen
demasiado nuestra mirada, puede incluso que nuestra fe vacile y sintamos que
comenzamos a hundirnos; pero Él continúa viniendo hacia nosotros. Y quizá
nuestra conversión de hoy consista precisamente en esto: dejar de mirar
únicamente la fuerza del viento y aprender, en medio de la noche, a reconocer
esa voz que sigue diciéndonos: «Ánimo, soy
yo, no tengáis miedo».
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