viernes, 7 de agosto de 2026

Breve Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Ciclo A Mt 14, 22-33 - «A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar».

 

 Breve Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 14, 22-33 - «A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar».

El pan que hemos recibido

no puede quedarse en nuestra orilla.

El Evangelio de hoy comienza, en realidad, donde terminó el del domingo pasado. Jesús había alimentado a la multitud y, al final, los Doce recogieron doce canastos de pan, como si cada uno recibiera algo que ahora debía llevar consigo. Mateo ya no vuelve a mencionar los peces; en manos de los discípulos queda solamente el pan. Y entonces surge una pregunta que nos ayuda a entrar en el relato: ¿qué harán con ese pan?

Jesús los obliga a subir a la barca y a dirigirse hacia la otra orilla. No parece que quieran ir. Hay una resistencia. Y, en la lectura simbólica del relato, esa resistencia se entiende: dirigirse hacia la otra orilla significa abrirse al mundo pagano, salir del espacio conocido, acercarse a quienes hasta entonces habían sido considerados «los otros». Los discípulos llevan consigo el pan, que representa a Cristo, su Palabra, su Evangelio, pero todavía tienen que aprender algo decisivo: ese pan no es propiedad suya, ni está reservado a Israel, ni puede quedar encerrado entre «los nuestros». La elección de Israel nunca había significado que Dios quisiera excluir a los demás pueblos; al contrario, Israel había sido elegido para que la bendición de Dios alcanzara, por medio de él, a todos. Por eso Jesús los empuja hacia la otra orilla. Y quizá aquí comienza también nuestra conversión: comprender que el Evangelio no es algo que poseemos, sino un don que se nos ha confiado para llevarlo más allá de nuestras fronteras, de nuestras preferencias y de nuestros ambientes.

Los discípulos parten, pero Jesús no sube con ellos a la barca; se queda solo y sube al monte. En el lenguaje bíblico, el monte remite al ámbito de Dios, y la escena empieza a adquirir una profundidad nueva. Los discípulos avanzan sin tener físicamente a Jesús junto a ellos, y llega la noche. Mateo está hablando también a unas comunidades cristianas que, después de la Pascua, ya no podían ver al Maestro recorrer con ellas los caminos de Galilea y, sin embargo, tenían que seguir adelante con la misión que Él les había confiado. La barca se convierte así en imagen de la comunidad cristiana, y la noche expresa esos momentos en los que sabemos que tenemos que continuar, pero ya no vemos con claridad por dónde. También la Iglesia conoce esas noches: Tiempos de división, de escándalo, de cansancio, de dureza de corazón ante la Palabra de Dios, momentos en los que parece que el Evangelio no consigue abrirse camino. Y también nosotros conocemos noches semejantes en nuestra vida: Una pérdida, una injusticia, una enfermedad, una decepción, una situación que no logramos comprender; momentos en los que rezamos y Dios parece callar. Entonces aparece casi inevitablemente la pregunta: «Señor, ¿dónde estás?». Los discípulos se sienten solos, pero precisamente ahí está una de las claves del relato: sentirse solos no significa estar abandonados.

Las pruebas no fabrican nuestra fe:

revelan de qué está hecha.

La noche se hace todavía más dura porque llegan las olas y el viento sopla en contra. Mateo describe la barca como sometida a una prueba violenta, casi atormentada por el oleaje. La violencia del oleaje nos remite a la imagen que recuerda la antigua piedra de toque sobre la que se frotaban los metales para comprobar si realmente eran oro. Aquella piedra no convertía un metal en oro; simplemente ponía al descubierto lo que había en él. Y algo parecido sucede con las pruebas. Mientras todo marcha bien, podemos pensar que nuestra fe es firme; pero cuando llega el viento contrario, cuando perdonar cuesta, cuando amar exige renunciar a nosotros mismos, cuando ser fieles al Evangelio nos complica la vida o cuando hacemos el bien y parece que no sirve de nada, entonces descubrimos qué consistencia tiene realmente nuestra confianza en Dios. Las pruebas duelen, por supuesto, pero también pueden purificar. Nos obligan a distinguir qué hay de Evangelio auténtico en nuestra vida y qué cosas hemos ido colocando junto a él sin que tengan demasiado que ver con Jesús. Y esto vale también para la Iglesia: No todas las olas vienen de fuera; algunas nacen dentro de la propia barca, en forma de escándalos, divisiones, resistencias a la Palabra o costumbres que, con el tiempo, podemos terminar defendiendo con más pasión que el mismo Evangelio. La barca es sacudida, la fe es puesta a prueba y los discípulos tienen miedo.

Y precisamente entonces, cuando todo parece más oscuro, Jesús se acerca caminando sobre el mar. Aquí está el centro de toda la escena. En la Biblia, el mar representa muchas veces las fuerzas del caos, del mal y de la muerte. Israel lo había experimentado en el Éxodo: Delante estaba el mar, detrás el ejército del faraón y, humanamente hablando, no había salida; sin embargo, Dios abrió un camino allí donde parecía que solo había muerte (cfr. Ex 14, 15-31). El libro de Job llega a decir que solo Dios camina sobre las olas del mar (cfr. Job 9, 8). Y Mateo presenta ahora a Jesús haciendo precisamente eso. Los discípulos temen las aguas; Jesús camina sobre ellas. Aquello que para ellos parece capaz de tragárselo todo está bajo sus pies. El mensaje es muy fuerte: el mal no es más poderoso que Cristo y la muerte no ha conseguido retenerlo. El Resucitado vive y se acerca a su comunidad precisamente cuando ella piensa que ha sido abandonada.

El problema no siempre es que Cristo esté lejos;

a veces no sabemos reconocerlo cerca.

Lo más sorprendente es que los discípulos ven a Jesús y no lo reconocen. Piensan que es un fantasma. Y quizá ese sea también uno de nuestros grandes problemas: No siempre es verdad que Cristo esté ausente; a veces está presente de una manera distinta de la que esperábamos y nuestros ojos todavía no saben reconocerlo. Entonces Jesús pronuncia las palabras que iluminan toda la noche: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». No empieza explicándoles por qué ha llegado la tormenta, ni elimina inmediatamente las olas. Primero les ofrece algo más importante: su presencia. «Soy yo». Estoy aquí. No os he abandonado. Esta es una de las grandes certezas que el Evangelio quiere dejar en nuestras comunidades y en nuestra vida: La respuesta de Dios a nuestras noches no consiste siempre en explicarnos de inmediato por qué suceden las cosas; muchas veces su respuesta es asegurarnos que no atravesamos esas noches solos.

Y entonces aparece Pedro. «Señor, si eres tú, mándame ir a ti». Jesús responde sencillamente: «Ven». Pedro baja de la barca y comienza a caminar, pero cuando siente la fuerza del viento aparece el miedo y empieza a hundirse. Pedro se convierte así en una imagen muy cercana de nuestra condición de discípulos. Creemos en Jesús; nos parece hermoso su Evangelio; estamos de acuerdo en que amar, servir, perdonar y entregar la vida es el camino verdadero. Pero una cosa es admirar ese camino y otra distinta recorrerlo cuando comienza a costarnos. En ese momento puede aparecer dentro de nosotros una pregunta que quizá no formulamos en voz alta: «Si vivo de verdad como Jesús, si entrego mi vida, si no me reservo siempre lo mejor para mí, ¿no acabaré perdiéndola?». El problema de Pedro no es que haya dejado de creer en Jesús; su problema es que todavía no sabe si puede fiarse de Él hasta el final. Y cuando comienza a hundirse ya no hace discursos ni razonamientos: simplemente grita, «Señor, sálvame». Jesús extiende inmediatamente la mano y lo agarra. Tal vez la fe no consista en no tener nunca miedo, ni en sentirnos siempre fuertes y seguros; quizá consista también en saber qué mano buscar cuando descubrimos que solos no podemos.

La travesía termina cuando descubren

quién viajaba realmente con ellos.

Jesús y Pedro suben a la barca y el viento amaina. Entonces sucede lo verdaderamente importante. Aquellos discípulos que habían comenzado la travesía resistiéndose a llevar el pan a la otra orilla; aquellos que después entraron en la noche, fueron golpeados por las olas, creyeron estar solos y confundieron a Jesús con un fantasma; aquellos que vieron cómo Pedro tenía miedo y comenzaba a hundirse, ahora se postran ante Él y dicen: «Realmente eres Hijo de Dios». Ese es el punto de llegada de todo el relato. La travesía no solo los ha llevado de una orilla a otra; los ha llevado desde una fe todavía cerrada, temerosa y frágil hasta un reconocimiento más profundo de Jesús. Han tenido que aprender que el pan es para todos, que obedecer al Señor no significa que desaparecerán las dificultades, que las pruebas ponen al descubierto la calidad de nuestra fe, que Cristo puede estar presente, aunque no sepamos reconocerlo y que, cuando nuestras fuerzas fallan, su mano sigue estando cerca.

El Evangelio de hoy no nos promete una Iglesia sin tormentas ni una vida sin noches. Tampoco nos dice que creer consista en avanzar siempre seguros, sin dudas ni miedos. Nos dice algo mucho más importante: que el Resucitado no abandona a los suyos. Puede que durante un tiempo no sepamos reconocerlo, puede que las olas ocupen demasiado nuestra mirada, puede incluso que nuestra fe vacile y sintamos que comenzamos a hundirnos; pero Él continúa viniendo hacia nosotros. Y quizá nuestra conversión de hoy consista precisamente en esto: dejar de mirar únicamente la fuerza del viento y aprender, en medio de la noche, a reconocer esa voz que sigue diciéndonos: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».

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