Homilía
de la Santísima Trinidad
Jn 3, 16-18 «…para
que todo el que cree en él no perezca,
sino que tenga vida
eterna»
Escucha aquí el episodio completo:
Escucha aquí el episodio completo:
Escucha aquí el episodio completo:
No basta decir “Dios”:
Hay que mirar su rostro.
Creer en Dios no
basta. Puede sonar fuerte, pero es así. Lo decisivo es preguntarnos qué
imagen de Dios llevamos dentro. Dios es uno solo, ciertamente; pero no
todos lo imaginan del mismo modo. Cristianos, musulmanes, animistas,
politeístas; cada tradición, cada cultura, cada historia humana ha intentado
decir algo de Dios, a veces con belleza, a veces con miedo, a veces con
sombras.
Y también entre
nosotros, los cristianos, circulan imágenes de Dios que no siempre coinciden
con el rostro revelado por Jesús de Nazaret. Algunas se parecen más al Dios que
imaginaban ciertos escribas y fariseos: Un legislador implacable, un juez
severo, un vigilante divino que reparte premios y castigos con una contabilidad
perfecta. Un Dios que parece más interesado en controlar que en salvar.
Por eso
necesitamos revisar, con calma y con verdad, qué imagen de Dios habita en
nuestra mente y en nuestro corazón. Porque la imagen de Dios no se queda
encerrada en las ideas: acaba bajando a las manos, a la mirada, a las
decisiones, al modo de tratar a los demás.
Si imaginamos a
Dios como un dominador, será fácil justificar nuestras ganas de dominar. Si pensamos en
un Dios que se hace servir, nos parecerá normal vivir buscando que otros giren
alrededor de nosotros. Si creemos en un Dios que autoriza la violencia contra
quien nos hace daño, encontraremos excusas religiosas para nuestras guerras,
grandes o pequeñas.
Y esto no es una
teoría. A veces nuestras pequeñas guerras domésticas, nuestras frases
cortantes, nuestras etiquetas sobre los demás, ya llevan dentro una teología
práctica. Quizá no la escribimos en un tratado, pero la practicamos con
bastante puntualidad. Y ahí conviene preguntarnos: ¿a qué Dios nos estamos
pareciendo?
El Dios en quien creemos
termina modelando nuestra vida.
Hoy el Evangelio
nos ofrece la oportunidad de hacer esta verificación. Jesús nos habla de Dios.
Pero, para comprender bien sus palabras, necesitamos situarlas en el lugar
donde fueron pronunciadas; al final de su encuentro con Nicodemo.
Nicodemo es un
personaje conocido. Va a Jesús de noche. Es rabino, estudioso de las
Escrituras, fariseo. Ahora bien, tal vez lo hemos imaginado alguna vez
caminando a escondidas, pegado a las paredes, mirando de reojo para que sus
compañeros no lo descubran, como quien entra en una reunión sospechosa y espera
que nadie lo vea. Pero el Evangelio no lo presenta así.
Nicodemo va de
noche porque, para los rabinos, la noche era un tiempo privilegiado para
meditar la Palabra de Dios, para estudiar la תּוֹרָה (Torá), para dejar que el
silencio abriera preguntas que durante el día quedan sepultadas bajo el ruido. El primer salmo
dice que el justo encuentra su alegría en la ley del Señor y la medita día y
noche (cfr. Sal 1, 2).
La noche, cuando no se la
llena de pantallas, preocupaciones o vueltas inútiles sobre uno mismo, puede
convertirse en un espacio de verdad. Allí aparecen las preguntas
esenciales: ¿Qué sentido tiene vivir?; ¿hacia dónde vamos?; ¿qué rostro tiene
Dios?; ¿qué pide realmente de nosotros la fe?
Así llega Nicodemo
a Jesús. No parece que vaya solamente por una inquietud privada. El modo en que
habla sugiere que actúa como representante de un grupo. Se dirige a Jesús
diciendo: «Rabí, nosotros sabemos…». No dice «yo sé», sino «nosotros
sabemos». Habla en plural. El Evangelio lo presenta, además, como un jefe
de los judíos.
Nicodemo nos
resulta simpático. Es un fariseo serio, un hombre de vida recta, estimado por
su pueblo. Podría haber seguido viviendo tranquilamente. Tenía buena
conciencia, formación religiosa, prestigio, una vida ordenada. No era un
perdido, ni un superficial, ni un enemigo caricaturesco de Jesús. Era un hombre
honrado. Entonces, ¿por qué busca a Jesús? ¿Qué lo mueve por dentro? ¿Qué
grieta se ha abierto en su seguridad religiosa?
Nicodemo nos atrae
porque se parece a nosotros.
Nicodemo nos
resulta cercano porque le ocurre algo que también puede sucedernos a nosotros
cuando escuchamos de verdad el Evangelio: Descubre que algunas de sus
certezas religiosas empiezan a moverse, y eso no siempre es cómodo. La
fe, cuando está viva, no solo consuela; también despierta, desinstala, purifica.
Él mismo reconoce
que ha quedado impresionado por los signos realizados por Jesús: «Nadie
puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él» (cfr. Jn 3, 2).
Y en Jerusalén Jesús había realizado un signo particularmente provocador ya que
había expulsado del Templo a los vendedores. Aquel gesto hizo saltar las
alarmas de la autoridad religiosa. ¿Quién era ese hombre capaz de tocar un
punto tan sensible? ¿Quién se atrevía a poner en cuestión todo un sistema
religioso?
Eso inquieta a
Nicodemo, le inquieta la novedad de Jesús. No solo sus palabras, sino su
persona entera. Jesús no entra en la vida de puntillas para dejarlo todo como
estaba. Su Evangelio inquietó entonces e inquieta también ahora. No nos deja
instalados en una religiosidad tranquila, de mantenimiento, de costumbre bien
peinada.
Si el Evangelio
nunca nos incomoda, quizá no lo hemos escuchado todavía con suficiente atención. Porque Jesús
rompe esquemas. No por gusto de provocar, sino porque trae una verdad más
grande que nuestras costumbres. Él pone en crisis incluso convicciones
religiosas que parecían sólidas, antiguas, venerables.
Y cuando
nuestras certezas empiezan a crujir, buscamos una salida. Intentamos hacer
compatible la novedad de Jesús con lo que siempre hemos pensado. Eso parece
buscar Nicodemo; comprender a Jesús, sí, pero quizá también encontrar una
manera de integrarlo en su mundo religioso sin que ese mundo tenga que cambiar
demasiado.
Tal vez habría
vuelto encantado si hubiera podido decir a sus compañeros: «No os
preocupéis. Jesús de Nazaret es un buen hombre, un israelita ejemplar, un puro
de corazón. Dice alguna cosa nueva, sí, pero en el fondo enseña lo mismo que
nosotros, solo que con otro acento». Y esa tentación también es nuestra. Cuando
el Evangelio nos toca un punto sensible, enseguida intentamos domesticarlo.
Un amigo me decía que si empezásemos a arrancar las hojas de la Biblia que nos
incomodan o nos desinstalan nos quedaríamos únicamente con las cubiertas.
Procuramos que
encaje con lo que ya pensábamos, con nuestras devociones, con nuestras
tradiciones, con nuestra manera habitual de entender a Dios. Como quien
compra un mueble nuevo y pretende meterlo en una habitación donde ya no cabe ni
una silla; algo acabará rozando, o rompiéndose, o quedando atravesado en medio.
El Evangelio no viene a decorar lo viejo,
sino a renovarlo.
Jesús lo dijo con
imágenes muy claras; el vino nuevo rompe los odres viejos; el remiendo nuevo no
salva el vestido viejo, sino que agranda el desgarrón (cfr. Mt 9, 16-17; Mc 2,
21-22; Lc 5, 36-38). Hay momentos en los que no basta retocar, suavizar,
maquillar, poner una pequeña pieza nueva sobre una tela gastada.
Esto vale también
para nuestra vida religiosa. Cuando una práctica, una forma de rezar, una
devoción o, sobre todo, una imagen de Dios resulta incompatible con el
Evangelio de Jesús, no sirve conservarla a toda costa y añadirle una frase
bonita para que parezca cristiana. El problema no queda resuelto; el desgarro
se hace mayor.
Aunque nos guste.
Aunque nos resulte familiar. Aunque se haya repetido durante siglos. Aunque nos
haya dado seguridad. Si no deja aparecer el rostro del Dios de Jesús, conviene
dejarla caer. No por desprecio al pasado, sino por fidelidad al Evangelio.
Porque una cosa es
la tradición viva, que transmite el fuego, y otra muy distinta es aferrarse a
cenizas porque nos recuerdan que un día hubo fuego. La fe no consiste en
conservar intactas nuestras imágenes de Dios, sino en dejarnos conducir hacia
el Dios verdadero que Jesús revela.
El encuentro con
Nicodemo, tal como lo narra Juan, desemboca en un monólogo de Jesús. Y ese es
precisamente el pasaje que hoy nos propone la liturgia. No estamos ante una
explicación fría, ni ante una idea abstracta sobre Dios. Estamos ante una
revelación luminosa de su rostro.
Cuando Jesús habla de Dios,
algunas imágenes deben morir.
Escuchemos,
entonces, con alegría, las palabras de Jesús. Pero escuchémoslas sin intentar
encajarlas a la fuerza en imágenes de Dios que tal vez llevamos dentro desde la
infancia. Algunas de esas imágenes quizá nos acompañaron durante años, quizá
incluso nos ayudaron en algún momento; pero si no se parecen al Dios de Jesús,
no merecen seguir ocupando el centro de nuestra catequesis ni de nuestra vida.
Hoy se nos invita
a una pregunta humilde y decisiva: ¿El Dios en quien creemos se parece de
verdad al Dios que Jesús nos revela?
Nicodemo fue a buscar respuestas,
y Jesús le abrió una grieta.
«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su
Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida
eterna».
Nicodemo había
acudido a Jesús con un objetivo bastante preciso; quería comprobar cuáles eran
sus posiciones teológicas respecto a la תּוֹרָה (Torá) y a las
tradiciones. Probablemente esperaba una conversación ordenada, reconocible,
casi de escuela rabínica: Puntos de acuerdo, matices, objeciones, quizá
alguna corrección. Pero Jesús, como tantas veces, no se dejó encerrar en el
marco de la pregunta inicial. Fue directamente al centro. Le dijo: «Te
aseguro que, si uno no nace de lo alto, no puede entrar en el reino de Dios»
(cfr. Jn 3, 3). Nicodemo no comprendió. Preguntó, quiso aclaraciones, intentó
seguir el hilo. Jesús trató de explicarse, pero todo indica que Nicodemo no
quedó demasiado satisfecho. Nicodemo no había ido para escuchar aquello, sino
que buscaba quizá una discusión sobre doctrina, y Jesús le habló de nacimiento,
de vida nueva, de un origen que viene de lo alto. No es extraño que se marchara
desconcertado. A veces vamos a Dios buscando que confirme nuestras
categorías, y Dios nos responde abriéndonos una puerta donde nosotros solo
veíamos una pared.
La semilla queda dentro,
aunque al principio no entendamos.
Pero la relación
de Nicodemo con Jesús no terminó aquella noche. Más adelante, en el Evangelio
según san Juan, lo encontramos en medio de una discusión con sus compañeros
fariseos. Y allí, discretamente, toma posición a favor de Jesús. Pregunta: «¿Acaso
nuestra ley juzga a un hombre sin haberlo escuchado antes?» (cfr. Jn 7,
51). La reacción de sus colegas es dura. Lo ofenden en lo que más podía
dolerle: «Estudia, y verás que de Galilea no sale ningún profeta» (cfr.
Jn 7, 52). Decirle «estudia» a un maestro de la Escritura no era
precisamente una sugerencia amable de formación permanente; era una
humillación. Algo así como decirle a un cirujano: «Mire un vídeo, a ver
si aprende a coger el bisturí». Fino no es; eficaz para herir, bastante.
Nicodemo
reaparecerá todavía una vez más, en el Calvario. Junto con José de Arimatea, se
ocupará del cuerpo de Jesús antes de ponerlo en el sepulcro (cfr. Jn 19,
39-40). Aquel hombre que al principio fue de noche, con preguntas y cautelas,
acaba acercándose al Crucificado cuando casi todos han desaparecido. El
camino de la fe no siempre avanza con fogonazos espectaculares; a veces madura
lentamente, como una brasa que parecía apagada y seguía viva por dentro.
El monólogo de Jesús revela
el verdadero rostro de Dios.
El relato de aquel
diálogo nocturno concluye con el monólogo de Jesús al que ya nos hemos
acercado. Ahora conviene escucharlo despacio, casi palabra por palabra. No como
quien analiza un texto frío, sino como quien se sienta ante una revelación
decisiva. Jesús nos habla del verdadero Dios.
Y la primera
afirmación es inmensa: «Tanto amó Dios al
mundo». No comienza diciendo que Dios vigiló al mundo, ni que
Dios examinó al mundo, ni que Dios calculó los méritos del mundo. Dice que
Dios lo amó. Ahí empieza todo. Y si ahí empieza todo, quizá también ahí tiene
que empezar nuestra manera de predicar, de educar la fe, de mirar la vida y de
mirar a los demás.
El amor de Dios no busca pago:
Comunica vida.
El verbo griego
que está detrás de este amar es ἀγαπᾶν (agapán). Indica un amor muy
particular. No es ἔρως (éros), el amor de deseo; no es simplemente el
amor de la amistad; tampoco es solo el amor familiar. Es otra calidad de amor: El
amor de quien hace el bien sin esperar nada a cambio, con la única alegría de
ver vivir al otro.
Es el amor que
dice, sin necesidad de grandes discursos; pongo mi vida a disposición de
quien me necesita, porque es bello que el otro viva, crezca, respire, sea feliz.
Y este ἀγαπᾶν (agapán) llega incluso a hacer el bien a quien me hace
daño. No se queda en amar al que me resulta amable. Va más lejos. En Jesús
de Nazaret vemos encarnado este amor: Jesús ama incluso a quienes le arrebatan
la vida.
Así comienza Jesús
a presentarnos a su Dios, como aquel que ha amado al mundo. La característica
propia del Dios de Jesús de Nazaret es el amor. Más aún, solo el amor
constituye su naturaleza.
Dios no puede dejar de amar,
porque amar es su ser.
Dios no puede
hacer otra cosa que amar. Como el narciso o el jazmín no pueden dejar de
derramar su perfume. Incluso si alguien los pisa, siguen perfumando, porque esa
es su naturaleza. No se ponen a calcular si el pie que los aplasta merece aroma
o no. Dan perfume porque son así.
Del mismo modo,
dice Jesús, la naturaleza de Dios es el amor. En él no hay otra cosa que amor.
Aunque lo pisoteemos, aunque lo insultemos, aunque lo rechacemos, aunque lo
matemos, él sigue amando. Este es el Dios cristiano. No inventemos otros, por
amor de Dios.
Lo hemos visto en
Getsemaní. Cuando fueron a prender a Jesús y alguien intentó defenderlo con la
espada, él dijo: «Mete la espada en la vaina» (cfr. Jn 18, 11). Dios
prefiere morir él antes que permitir que un hombre sea herido por la espada.
Este es el Dios de Jesús de Nazaret.
La no violencia nace
del corazón mismo de Dios.
Sobre este Dios se
funda la no violencia. El mundo nuevo no se construye con la espada. No nace de
la imposición, ni del miedo, ni de la fuerza que aplasta. El mundo nuevo
nace del amor que no responde al mal copiando el mal; nace de una vida que no
necesita destruir para vencer.
Por eso conviene
que revisemos con seriedad las imágenes de Dios que llevamos dentro. No basta
con que una imagen nos resulte familiar, ni con que nos la hayan transmitido
desde pequeños, ni con que haya acompañado durante siglos ciertas formas de
hablar. La pregunta es otra: ¿coincide con el Dios del que nos habla Jesús en
el Evangelio?
Dios no quiere perder a nadie,
pero tampoco fuerza a nadie a amar.
Aquí conviene
hablar con mucho cuidado. No estamos diciendo que el pecado no importe, ni que
todo dé igual, ni que el mal no tenga consecuencias. El pecado hiere, destruye,
endurece el corazón y puede cerrar al ser humano al amor de Dios. La libertad
humana es real, y puede resistirse a la luz.
Pero Jesús nos
pide corregir una imagen falsa de Dios; la de un Padre que estuviera esperando
el fracaso de sus hijos para castigarlos. Ese no es el Dios que aparece en el
Evangelio. Jesús no nos revela a un Dios satisfecho condenando, sino a un
Padre que busca al perdido, llama al pecador, abraza al hijo que vuelve y
quiere que todos tengan vida.
Por eso, cuando
hablamos del juicio, del pecado o de la posibilidad de perderse, nunca
deberíamos hacerlo como si Dios dejara de amar. Dios no condena porque se canse
de amar. Dios no prepara la ruina de sus hijos. Si alguien se pierde, no
será porque Dios haya dejado de buscarlo, sino porque misteriosamente una
libertad puede cerrarse hasta el final al amor que la quiere salvar.
Esta es la clave:
Dios quiere salvar a todos, pero no salva a nadie por la fuerza. El amor no se
impone. El amor se ofrece, se entrega, espera, llama, perdona, abraza. Y
precisamente por eso Jesús dice que Dios ha amado tanto al mundo que ha
entregado a su Hijo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve
por él.
Así comprendemos
mejor el corazón del Evangelio: la última palabra de Dios no es la amenaza,
sino la misericordia; no es el castigo, sino la vida ofrecida. Y ante esa vida,
cada uno de nosotros está llamado a abrirse, a dejarse amar, perdonar y
transformar.
Dios amó al mundo
cuando el mundo no lo amaba.
¿Y a quién ha
amado tanto Dios? Lo ha dicho Jesús: ha amado al mundo. «Tanto amó Dios al mundo».
Ahora bien, ¿qué
significa aquí «mundo»? En el Evangelio según san Juan, el
término griego κόσμος (kósmos), que traducimos por «mundo», aparece
muchas veces y con varios significados. A veces designa el cosmos salido de las
manos de Dios; otras veces indica la humanidad entera. Pero aquí señala a la
humanidad marcada por el pecado.
Ese es el mundo
que Dios ha amado; la humanidad rebelde, la humanidad que no quiere saber nada
de él, la humanidad que también hoy rechaza su proyecto de amor. No una humanidad
ideal, maquillada, presentable, con los deberes hechos y el expediente limpio.
Dios ha amado a esta humanidad concreta, herida, contradictoria, capaz de
cerrarse a la luz y de llamar libertad a su propia oscuridad.
El Padre ama incluso cuando
el ser humano lo considera enemigo.
El Padre ha amado
siempre a este mundo. Lo ha amado incluso cuando la humanidad se apoderó del
árbol del conocimiento del bien y del mal; es decir, cuando pensó que podía
prescindir de Dios y decidir por sí misma qué era bueno y qué era malo (cfr. Gn
2, 17; 3, 1-7).
Lo ha amado cuando
creyó que, dejando a Dios fuera, alcanzaría por fin su libertad y celebraría la
máxima dignidad humana. Lo ha amado cuando consideró a Dios un enemigo: enemigo
de su alegría, enemigo de su realización, enemigo de su plenitud. El Dios de
Jesús ama a esta humanidad tal como es. No espera a que el mundo sea amable
para amarlo. Lo ama para que pueda vivir. Lo ama para rescatar en él lo que
parecía perdido. Lo ama porque el amor no es una reacción ocasional de Dios: es
su manera eterna de ser.
El amor llega hasta el don del Hijo.
¿Y hasta dónde ha
llegado este amor? Jesús lo sigue diciendo: «que
entregó a su Unigénito»; hasta entregar a su propio Hijo, el
unigénito.
¿Y cuál es el
objetivo de este envío del Hijo?; «para que
todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna»; Que
todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Esta es la
finalidad: Que todos reciban la vida como don. No que Dios pueda
condenar con más argumentos. No que el mundo quede desenmascarado para ser
aplastado. El Hijo es enviado para que la humanidad no se pierda, para que
encuentre vida.
Para acoger este
don es necesario creer en él. Pero creer no significa simplemente
estar convencidos de que Jesús existió o de que fue un personaje
extraordinario. Eso puede admitirlo mucha gente. Creer es algo más hondo.
Creer es dejarse enamorar
por la belleza de Jesús.
Creer significa
acoger su propuesta de hombre nuevo. Significa aceptar entrar en un proyecto de
humanidad cuyo único programa es una vida de amor, y solo de amor.
Creer en Jesús es
haber comprendido quién es, haberse enamorado de su belleza y decidir vivir
como él. Es permitir que la vida divina que se nos ha dado —la misma vida que
está en Jesús, el Espíritu— se manifieste también en nosotros, como se
manifestó en él en plenitud.
Aquí se juega
mucho más que una adhesión intelectual. No se trata solo de decir: «Sí, creo
que Jesús existió». Se trata de mirar su vida, reconocer en ella la forma
verdadera de lo humano, y decir; quiero que esa vida tome cuerpo también en
mí. Con nuestras pobrezas, claro; con nuestras resistencias, también. Pero
con el deseo sincero de que el Hijo vaya creciendo dentro de nosotros.
La vida eterna no empieza después:
Se recibe hoy.
Este es el don que
se nos ha hecho: La vida eterna. Pero la vida eterna no es un premio que se
entregará al final si nos hemos portado bien. Es la vida misma de Dios.
No es eterna
simplemente porque dure para siempre, como si esta vida biológica se prolongara
indefinidamente. Esta vida biológica se queda aquí. La vida eterna es otra cosa;
es la vida nueva de la que Jesús habló a Nicodemo. Por eso le dijo que era
necesario nacer de lo alto (cfr. Jn 3, 3).
Y esta vida eterna
no es un premio reservado para el último día. Se nos da hoy. Ya ahora puede
comenzar en nosotros esa manera nueva de vivir, de amar, de mirar, de responder
al mal, de relacionarnos con Dios y con los demás.
Por eso estamos
llamados a creer en esta vida; es decir, a no bloquearla con nuestro egoísmo.
Se nos invita a dejar que crezca, que se despliegue, que madure en nosotros el
hijo de Dios que ya ha comenzado a vivir en nuestro interior.
¿Para qué envió el Padre a su Hijo?
Podemos comenzar
con una pregunta muy sencilla: ¿Por qué el Padre del cielo envió a su Hijo al
mundo? Si hiciéramos hoy esta pregunta a muchos cristianos, probablemente
escucharíamos una respuesta bastante conocida: «Dios envió a su Hijo para
expiar nuestros pecados». Y quizá se añadiría: «El Hijo de Dios vino al
mundo para calmar la ira divina contra la humanidad pecadora. Él pagó por el
pecado de todos nosotros».
Ahora bien,
conviene detenerse un momento. ¿Qué imagen de Dios hay detrás de una manera de
hablar así? Sin darnos cuenta, podemos imaginar al Padre y a Jesús como si no
estuvieran del mismo lado. Jesús aparecería del lado de la humanidad pecadora,
y el Padre, en cambio, del lado contrario, como si necesitara ser aplacado.
Estas ideas se han repetido durante siglos y todavía están muy grabadas en la mente de muchos cristianos. Pero hoy escuchamos a Jesús decirnos otra cosa sobre la razón por la que el Hijo vino al mundo.
El Hijo no viene a condenar,
sino a salvar.
Jesús lo dice con
claridad: «Porque Dios no envió a su Hijo al
mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él».
Por tanto, queda excluida toda imagen de Dios como juez que desea condenar a
la humanidad.
Aquí necesitamos
hacer una distinción muy importante, que a menudo olvidamos: Una cosa es el
mal, que debe ser rechazado con toda claridad; y otra cosa es la persona que ha
hecho el mal. El pecado debe ser denunciado, corregido, sanado. Pero el
pecador no debe ser condenado como si ya no tuviera remedio.
Lo vemos en Jesús
ante la mujer adúltera. Él no le dice: «Da igual lo que has hecho». No
banaliza su pecado. Pero tampoco la aplasta. Le dice: «Yo tampoco te condeno»;
y después añade: «En adelante no peques más» (cfr. Jn 8, 11). Es decir; no
te condeno, porque no he venido a destruir al pecador; pero te invito a salir
de ese camino, porque el pecado te hace daño.
Dios condena el pecado
porque ama al pecador.
Jesús quiere que
el pecado sea llamado por su nombre. Y en la Biblia se nos invita muchas veces
a discernir entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre lo que
da vida y lo que conduce a la muerte. La fe cristiana no consiste en cerrar los
ojos ante el mal ni en decir que todo es lo mismo.
Pero una cosa es
condenar el mal, y otra condenar a quien se ha equivocado. Jesús nunca
confunde al pecador con su pecado. El pecado hiere, oscurece, esclaviza;
por eso debe ser rechazado. Pero la persona, incluso cuando ha caído, sigue
siendo mirada por Dios como hija amada.
Y esto vale
también para nosotros mismos. Si descubrimos que nos hemos equivocado, no
necesitamos hundirnos en la autodestrucción. Podemos condenar el error,
reconocerlo, llorarlo si hace falta, repararlo cuando sea posible; pero sin
olvidar nunca que seguimos siendo amados por Dios. Dios no nos mira desde
el deseo de condenarnos, sino desde la voluntad de levantarnos.
Dios prefiere entregar su vida
antes que condenar a un hijo.
El Dios que revela
Jesús no es un juez frío que dicta sentencia contra la humanidad. Es Aquel que
ama tanto a esta humanidad pecadora que le ofrece su propia vida.
Nuestro Dios no se
complace en condenar. El Dios de Jesús de Nazaret prefiere morir él antes que
condenar a uno de sus hijos. Esta afirmación puede parecernos fuerte, pero está
en el corazón del Evangelio: Dios no salva desde lejos, no salva con
amenazas, no salva con violencia. Salva entregándose. Por eso Jesús
continúa diciendo que el Unigénito ha sido enviado para que el mundo sea
salvado.
La salvación no es solo
“ir al cielo al final”.
Aquí aparece otra
pregunta decisiva: ¿qué significa ser salvados? Si preguntamos a muchos
cristianos qué significa salvarse, quizá responderán: «Ir al cielo al final
de la vida». Y algunos añadirían, medio en broma medio en serio: «Bueno,
entonces intentaré disfrutar ahora todo lo que pueda, y al final ya me pondré
en paz con Dios: una buena confesión, la absolución del sacerdote, y asunto
arreglado».
Pero esa no es la
salvación de la que habla el Evangelio. Reducir la salvación a “arreglar las
cuentas al final” es empobrecerla muchísimo. La salvación no consiste
simplemente en que, después de la muerte, Dios nos admita en su casa. La
salvación empieza antes. Empieza cuando Dios nos arranca de todo aquello que
nos impide vivir como hijos.
Dicho de manera
sencilla: El cielo no es el premio de un Dios que al final decide si nos deja
entrar. El Dios de Jesús no puede dejar de amar a quienes ha creado. Desde que
nos ha dado la vida, ha entrado en una historia de amor con nosotros. Y si
faltara uno solo de sus hijos, su alegría no estaría completa.
El Dios de los
filósofos podría imaginarse como un ser perfecto, autosuficiente, impasible,
que no necesita a nadie. Pero el Dios de Jesús de Nazaret se ha vinculado a
nosotros por amor. Ya no quiere estar sin nosotros. Por eso, cuando
hablamos de salvación, no hablamos solo del destino final, sino de algo mucho
más concreto y urgente.
Salvar es sacar
de la no vida.
En la Biblia, el
verbo salvar aparece muchas veces. En hebreo encontramos יָשַׁע (yashá),
de donde procede יְהוֹשֻׁעַ (Yehoshúa), nombre vinculado a la idea de
que Dios salva. En el Nuevo Testamento, el verbo griego σώζειν (sózein)
aparece también muchas veces.
¿Y qué significa
salvar? Salvar significa sacar a una persona de todo aquello que no es vida.
Si alguien está en una situación de muerte y yo lo saco de ahí, lo salvo. Si
alguien está atrapado, hundido, esclavizado, y es liberado, eso es salvación.
El Hijo ha sido
enviado al mundo no para condenar, sino para sacar a la humanidad de todo lo
que no es vida. Esa es la salvación.
Dios salva liberando hoy,
no solo premiando al final.
Israel experimentó
la salvación cuando Dios lo sacó de una situación de no vida: la esclavitud de
Egipto, el destierro, la opresión, la pérdida de libertad. Aquello no era vida.
Pero tampoco es
vida auténtica la existencia del pecador cuando se deja esclavizar por aquello
que lo destruye. No es vida la de quien vive de manera disoluta y acaba
perdiendo el corazón. No es vida la de quien se vuelve esclavo del dinero y
está dispuesto a pactar con cualquier cosa con tal de adorarlo. No es vida la
de quien alcanza el éxito vendiendo su propia dignidad. No es vida la de quien
permanece encadenado a sus rencores, aunque por fuera parezca que todo va bien.
De toda esa no
vida ha venido a sacarnos el Hijo de Dios. Esa es la salvación.
La salvación se acoge ahora
o se empieza a perder ahora.
Por eso la
salvación no debe ser aplazada al final de la vida. Allí, de algún modo, la
historia ya ha mostrado lo que hemos querido acoger o rechazar. La llamada es
para ahora.
Ahora necesitamos
dejarnos salvar. Cristo nos salva con la palabra de su Evangelio, con su
persona y con el don de su Espíritu. Esa vida divina que se nos ha comunicado
no solo nos indica cómo vivir; también nos arranca de las condiciones de
pecado, porque nos empuja a vivir de verdad.
Y vivir de verdad,
para un ser humano, es amar. Por eso vino el Hijo de Dios al mundo; para
sacarnos de todo aquello que no es vida, para liberarnos de lo que nos
deshumaniza, para despertar en nosotros la vida de hijos.
De ahí la
importancia de dejarnos liberar hoy —no mañana, no al final, no cuando ya no
quede más remedio— de todo lo que nos impide vivir como hijos de Dios.
La alternativa no es entre miedo y castigo,
sino entre vida y no vida.
«El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está
juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios».
Jesús plantea una
alternativa muy clara: Creer o no creer en el Hijo que el Padre ha enviado.
Pero conviene entender bien qué significa creer. Creer no es solo aceptar
una idea religiosa, ni repetir una fórmula correcta, ni decir: «Sí,
Jesús existió». Creer significa haber comprendido la propuesta de Jesús
y darle nuestra adhesión.
Y la propuesta de
Jesús es esta: Entrega tu vida por amor. Haz de tu existencia un don.
Vive como hijo, no como esclavo de ti mismo. Ama como él ha amado.
Por eso, quien
acoge esta propuesta es salvado; quien la rechaza queda condenado. Pero atención;
no estamos hablando de un Dios que se enfada y dicta sentencia contra sus
hijos. Jesús no nos presenta a un Padre que está esperando el error para
castigarnos. Nos está advirtiendo de algo mucho más serio y más cotidiano: Podemos
elegir caminos que parecen vida, pero que por dentro son caminos de muerte.
Creer es decirle a Cristo:
“Tú tienes razón”.
A lo largo de la
vida se nos presentan muchas propuestas. Algunas son buenas, pero otras son
engañosas. Prometen libertad y acaban esclavizando. Prometen felicidad y dejan
vacío. Prometen éxito y terminan robándonos el alma. Son caminos que brillan
mucho por fuera, pero no conducen a la vida.
Frente a esas propuestas, el Hijo de Dios
pone delante de nosotros la suya: «Dona tu vida por amor». Creer en
Jesús significa responderle: «Tú tienes razón. He comprendido tu camino y
quiero elegirlo. Rechazo las otras propuestas que me apartan de la vida».
El verdadero
creyente, por tanto, no es simplemente quien habla mucho de Dios, sino quien
ama. Mientras ama como Cristo ha amado, vive como creyente. Cuando deja de
amar, cuando se cierra en el egoísmo, cuando convierte su vida en dominio,
indiferencia o dureza, deja de vivir como creyente y se condena a una
existencia que ya no es vida.
Dios no condena al pecador;
nos advierte contra las decisiones que destruyen.
Miremos bien esto:
Jesús no está hablando de una condena pronunciada por Dios contra el pecador.
Dios no deja de amar a sus hijos. Jesús está poniendo en guardia contra las
elecciones que nos deshumanizan.
Quien vive de
manera contraria al Evangelio no está construyendo su vida, sino que la está
destruyendo.
No porque Dios lo empuje al desastre, sino porque separarse del amor es
separarse de la vida. Si fuimos creados para amar, cuando dejamos de amar
empezamos a vivir contra nosotros mismos.
Por eso la condena no debe imaginarse, ante todo, como un castigo que Dios impone desde fuera, sino como el daño que nos hacemos cuando rechazamos la luz, cuando cerramos el corazón, cuando preferimos nuestras tinieblas a la vida que Cristo nos ofrece.
La salvación empieza cuando dejamos
crecer la vida de Dios en nosotros.
El que cree es
salvado porque permite que la vida divina recibida de Dios crezca dentro de él. Esa vida no queda
bloqueada por el egoísmo, sino que se desarrolla hasta hacer madurar al hijo de
Dios que vive en nosotros.
Esta elección
entre la vida y la muerte no se hace solo al final. Se hace hoy. Se hace en
cada momento.
Se hace cuando elegimos perdonar o alimentar el rencor; cuando elegimos servir
o dominar; cuando elegimos amar o encerrarnos; cuando elegimos la verdad o la
mentira; cuando elegimos el Evangelio o esas pequeñas idolatrías que nos
prometen mucho y nos dejan vacíos.
Por eso, cuando
Jesús habla de creer o no creer, de salvarse o quedar condenado, nos está
hablando de la vida concreta. No nos invita al miedo, sino a despertar. No nos
amenaza con un Dios enemigo, sino que nos urge a no desperdiciar la vida que el
Padre nos ofrece en su Hijo.
Nada tiene que ver
esto, por tanto, con imaginar a Dios pronunciando al final una sentencia de
condena contra sus hijos. El Evangelio nos sitúa ante una decisión que se
juega ya: dejarnos salvar por Cristo o seguir atrapados en todo aquello que no
es vida.



