viernes, 13 de febrero de 2026

Resumen adaptado del Mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma 2026

 

Resumen adaptado del

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
PARA LA CUARESMA 2026

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Escuchar y ayunar.

La Cuaresma como tiempo de conversión 

Enlace: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/messages/lent/documents/20260205-messaggio-quaresima.html

Una explicación pausada, cálida y fiel del Mensaje del Papa León XIV para la Cuaresma 2026

El mensaje cuaresmal se abre con una constatación tan sencilla como honesta: el corazón puede “dispersarse” entre inquietudes y distracciones cotidianas. Y, desde ahí, el Papa sitúa el sentido de la Cuaresma: es el tiempo en el que la Iglesia católica, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de la vida, para que la fe recobre su impulso y el corazón no se desparrame en mil direcciones.

Con esa imagen inicial, el Papa enuncia el principio que sostiene todo el mensaje: todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. El punto de partida no es una maniobra de fuerza, sino una apertura: dejar que la Palabra nos alcance y encontrar para ella un lugar interior.

De hecho, el texto enlaza tres elementos que van unidos: el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. La Cuaresma, así, aparece como una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección. En otras palabras: este itinerario no se reduce a prácticas sueltas; es un camino con Cristo hacia su misterio pascual.

Escuchar: dar espacio a la Palabra y aprender a escuchar la realidad

Con ese marco, el Papa León XIV quiere llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha. Y lo fundamenta con una frase que es, a la vez, muy simple y muy exigente: la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro. La escucha, por tanto, no es un adorno de la vida espiritual; es una señal concreta de que el corazón se abre a la relación.

Para mostrar que esto está en el centro de la revelación bíblica, el Papa nos conduce a la escena de la zarza ardiente. Allí, Dios se revela a Moisés y deja ver que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: “Yo he visto la opresión de mi pueblo… y he oído los gritos de dolor” (Ex 3,7). El mensaje subraya que la escucha del clamor de los oprimidos no se queda en una constatación: es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra a Moisés enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud. En el texto, escuchar inaugura camino; escuchar abre historia.

Desde ahí, el Papa vuelve a nuestra vida y da un paso decisivo: la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad. La liturgia, por tanto, no es un espacio desconectado de lo real; es una escuela que afina el oído. Porque, entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta.

Aquí aparece una afirmación fuerte que el Papa subraya que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia. En el mensaje, esta frase actúa como una especie de “prueba de escucha”: si la Palabra nos educa, nos educa también para no dejar sin respuesta ese clamor.

Ayunar: una práctica concreta que dispone el corazón y ordena los “apetitos”

Una vez que el mensaje ha colocado la escucha en el centro, el Papa da el siguiente paso con una lógica muy clara: si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. El ayuno no aparece como exhibición ni como simple esfuerzo exterior, sino como una disposición interior que se expresa en un gesto real.

El texto lo llama un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Y explica por qué tiene esa fuerza: porque implica al cuerpo. Precisamente por eso, la abstinencia de alimento hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. El ayuno, así, sirve para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educándola para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

Para iluminar esta tensión entre el presente y la realización futura, el Papa introduce a San Agustín. La cita de San Agustín muestra que es propio de los mortales tener hambre y sed de justicia, y que estar repletos de justicia corresponde a la otra vida. Y describe un proceso interior: mientras los hombres tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos. En el mensaje, esta imagen sostiene una idea central: el ayuno, entendido en este sentido, permite no solo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Pero el Papa León XIV añade una advertencia necesaria: para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Y fija un criterio muy concreto: exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque “no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios”. Es una afirmación breve, pero con un alcance claro en el texto: el ayuno verdadero está unido a la Palabra y a la comunión con el Señor.

A continuación, el Papa amplía el horizonte: como signo visible del compromiso interior de alejarnos —con la ayuda de la gracia— del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a adquirir un estilo de vida más sobrio. Y refuerza esta idea con una nota citando a Pablo VI: “sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana”. Dentro del mensaje, la sobriedad aparece como una consecuencia coherente del compromiso interior.

Y aquí llega una invitación especialmente concreta: el Papa propone una forma de abstinenciamuy concreta y a menudo poco apreciada”, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. “Empecemos a desarmar el lenguaje”, dice, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Y, al mismo tiempo, nos invita a aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. El fruto que el texto anticipa es también claro: muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

Juntos: la dimensión comunitaria de la escucha y el ayuno

Después de haber unido escucha y ayuno, el Papa subraya “por últimola dimensión comunitaria. La Cuaresma pone de relieve que escuchar la Palabra y practicar el ayuno no son solo asuntos de conciencia individual: tienen una forma comunitaria y están llamadas a convertirse en vida compartida.

El texto lo muestra con un ejemplo bíblico: en el libro de Nehemías se narra cómo el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cfr. Neh 9,1-3). La escena es clara: escucha y ayunos vividos como pueblo, orientados a la renovación de la alianza.

A partir de ahí, el Papa aplica el mismo horizonte a nuestras realidades: parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios —así como del clamor de los pobres y de la tierra— se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real.

En este horizonte, el Papa formula una afirmación amplia y decisiva: la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación. El mensaje, así, muestra una conversión verificable: se nota en las relaciones, en el diálogo, en la escucha, en lo que orienta el deseo.

Y el mensaje cuaresmal culmina reuniendo todos los hilos: vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados; pedir la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás; y comprometernos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, contribuyendo a edificar la civilización del amor.

Cuaresma con la mirada de Jesús: Un encuentro que te abraza en tu caos

 

Cuaresma con la mirada de Jesús:

Un encuentro que te abraza en tu caos

 

Aunque hoy te cueste quererte,

a Jesús no se le quita de la cabeza amarte.

 

Cuaresma y la mirada de Jesús:

un encuentro que te abraza

incluso cuando tú no te aguantas

Si vienes con el corazón hecho polvo (rupturas, casa partida, ansiedad): esto es para ti.

Antes de empezar, una pregunta muy de hoy: ¿cuántas veces en un día te miran… y cuántas veces te sientes visto de verdad? Vivimos rodeados de pantallas, fotos, historias, miradas rápidas. Pero a veces por dentro seguimos con esa sensación rara de “nadie me termina de entender”.

Si alguna vez te has sentido juzgado en la Iglesia, o invisible, o como “otro problema más” … respira. Jesús no te mira así. Él no te etiqueta. Te mira y te levanta. Y eso lo cambia todo.

Hay rupturas que te rompen por dentro y encima te dejan pensando: “igual es que no valgo”. La mirada de Jesús no viene a darte un sermón; viene a devolverte el valor que tú has perdido.

A veces no es que “te guste el desorden”: es que te duele algo y no sabes qué hacer con ello. Y entonces anestesias. Jesús no te humilla por eso. Te ofrece otra salida: ser mirado con amor, sin máscara, y empezar de nuevo.

Por eso este tema es oro: la mirada de Jesús. No es una mirada de “te estoy vigilando” (que bastante tenemos ya con las cámaras del supermercado), sino una mirada que te coloca en tu sitio: amado, conocido, llamado.

Para entrar en materia, nos apoyamos en tres frases de una mujer que sabía de esto más que cualquiera: Santa Teresa de Jesús. Ella lo dice con una sencillez que desarma.

 

«No os pido ahora que penséis en él, ni que saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más de que le miréis (…). Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa (Cant 2, 14), sino que le miremos; como le quisiereis, le hallaréis» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 26, 3).

 

Traducción al idioma de hoy: no hace falta “hacer cosas raras” para orar. Empieza por mirarle. Así, sin filtros.

«Si hablas, procura acordarte que dentro de ti está Jesús, con quien puedes hablar. Si oyes, acuérdate que dentro de ti está Quien más cerca te habla» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 29, 7).

Sí: dentro. No es poesía bonita. Es presencia real. Y cuando lo recuerdas, cambia el tono de todo.

«Si estás alegre, mírale resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro te alegrará. ¡Con qué claridad y con qué hermosura! ¡Con qué majestad, qué victorioso, qué alegre!… Si estás con trabajos o triste, mírale camino del huerto: ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma, pues con ser el mismo sufrimiento la dice y se queja de ella! Te mirará Él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los tuyos, sólo porque te vayas con Él a consolar y vuelvas la cabeza a mirarle» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 26,4-5).

 

Antes que nada:

Jesús no te juzga, te mira y te quiere (sí, a ti)

Aquí está el corazón del asunto: Jesús no sólo te “aguanta”. Te mira con ternura, justo ahí donde tú te miras con dureza.

1) Orar no es postureo: es quedar con Él

Orar = apagar el ruido un momento… y dejarte querer. En la oración, lo más importante no es lo que decimos, sino darnos cuenta de con quién estamos. Piensa en un amigo de verdad: a veces no habláis de nada “profundo”, pero estar juntos ya descansa. Con Dios pasa algo parecido (y más).

El problema es que muchas veces llegamos a la oración como llegamos al móvil: con veinte cosas abiertas a la vez. Y claro, así no hay quien escuche ni quien se deje mirar.

 

2) Sosegar la casa por dentro (sí: tu cabeza también necesita paz)

Tu cabeza no es un “feed” infinito:

ordena la casa para que entre la paz.

San Juan de la Cruz usa una imagen preciosa: “sosegar la casa”. Dicho en sencillo: poner orden por dentro. Porque cuando el interior está en modo caos, aparecen tres señales muy típicas: ceguera (no veo claro), suciedad (me siento “manchado”) y debilidad (me falta fuerza).

Es lo que pasa cuando llevas semanas a tope y tu cabeza parece una pestaña del navegador con 25 ventanas abiertas: estudias, trabajas, contestas mensajes, te comparas en redes, te comes lo que pillas, duermes poco… y te preguntas por qué estás apagado. No es magia: es agotamiento interior.

San Juan lo canta así (y ojo con la frase final):

«En una noche oscura,
con ansia, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

A oscuras y segura
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a escuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada».

En la Biblia, la montaña aparece una y otra vez como lugar de encuentro con Dios: allí habla con Moisés y con Elías; Jesús se transfigura, enseña, se retira a orar… La montaña no es sólo un paisaje. Es un símbolo: subir es dejar peso atrás, ganar perspectiva, respirar mejor.

Y aquí viene una clave que a veces asusta: vaciarse de uno mismo. Tranquilo, no es “anularte”. Es quitar del centro lo que no puede estar en el centro. Es pasar del “yo, yo, yo” al “Señor, aquí estoy”. Eso no te apaga: te ordena.

3) Dopamina barata:

cuando lo que “engancha” manda… y tú te quedas vacío

Cuando estamos desordenados, lo notamos. San Juan lo describe con una precisión que parece escrita ayer: los apetitos desordenados atormentan, cansan, ciegan, ensucian y enflaquecen.

Ejemplos muy reales: te comes media nevera “porque sí” y a los diez minutos te sientes peor; te metes una maratón de series hasta las tres de la mañana y al día siguiente no eres persona; te enganchas a contenidos que te dejan la cabeza turbia; o te enredas en relaciones que prometen mucho y por dentro te vacían. En el momento parece que calma, pero después el corazón paga la factura.

Por eso necesitamos espacios para “acomodar el corazón”. Y aquí entra Elías, que no era precisamente un influencer del relax: venía de persecución, de amenazas, de miedo… y se esconde en una cueva en el Horeb.

Y entonces Dios le enseña algo impresionante: Él no siempre se manifiesta en el ruido. A veces Dios llega en “brisa suave”. Justo lo que hoy nos cuesta: silencio, pausa, atención.

«Cuando Elías llegó al monte, entró en una gruta y pasó allí la noche. El Señor le dirigió la Palabra.

El Señor le dijo: "¿Qué haces aquí, Elías?". Él respondió: "Me consumo de celo por el Señor, el Dios de los ejércitos, porque los israelitas abandonaron tu alianza, derribaron tus altares y mataron a tus profetas con la espada. He quedado yo solo y tratan de quitarme la vida".

El Señor le dijo: "Sal y quédate de pie en la montaña, delante del Señor". Y en ese momento el Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, hubo un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto.

Después del terremoto, se encendió un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave.

Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta. Entonces le llegó una voz, que decía: "¿Qué haces aquí, Elías?». (1 Re 19,9-13).

Dios habla en modo “brisa suave”:

baja el volumen (y las notificaciones)

Elías siente tormenta, terremoto, fuego… pero Dios elige la suavidad. Eso es una invitación directa: si todo dentro de ti es tormenta, no decidas a lo loco. Primero serena. Luego mira.

San Ignacio de Loyola lo diría así: en tiempo de tribulación, no cambies las grandes decisiones. Traducido a tu vida: no mandes ese mensaje hiriente a las dos de la mañana, no rompas una amistad por un calentón, no tires tu vocación por un día negro. Descansa. Reza. Pide luz. Y al día siguiente, con la cabeza más clara, vuelves a mirar.

Por eso la tarde y la noche son momentos clave. Es como “desandar” el ajetreo del día. En la tradición cristiana existen las vísperas y las completas: un modo precioso de decirle al Señor: “aquí termina mi ruido; aquí empieza tu paz”.

4) Cansancio: cuando por fuera tiras…

pero por dentro vas en reserva

Si estás al 1%: no te machaques; vuelve a lo esencial

El cansancio no es sólo físico. A veces lo que está agotado es el corazón. Tras una pérdida, una ruptura, una desilusión, un duelo… el alma se apaga. Y ahí hace falta tiempo, cuidado, compañía. Dios no tiene prisa contigo.

También el gozo cansa si no lo sabemos encauzar: tanta emoción, tanta intensidad, tanta prisa por “aprovecharlo todo”… y al final acabas vacío. El Señor no te pide vivir acelerado, sino vivir con sentido.

Por eso la Palabra nos pone los pies en la tierra con una frase que suena a entrenamiento espiritual:

«Hijo, si te acercas a servir al Señor,

prepárate para la prueba;

orienta bien tu corazón, mantente firme,

y en el tiempo del infortunio no te turbes.

Pégate a Él y no te alejes,

para que al final te veas enaltecido.

Acepta lo que venga,

y sé paciente en dolores y humillaciones.

Porque en el fuego se prueba el oro,

y los que agradan al Señor en el horno de la humillación.

Pon en Él tu confianza, que Él vendrá en tu ayuda,

procede con rectitud y espera en Él». (Eclo 2,1-6).

Esto no es para asustar, sino para madurar. Es como cuando te apuntas al gimnasio: si quieres avanzar, habrá agujetas. Pero esas agujetas son señal de crecimiento, no de fracaso.

 

5) Poner orden en lo básico:

cuerpo, alcohol, pantallas y afectos

Templanza: poner límites a lo que te controla

Hay una palabra poco popular pero muy liberadora: templanza. Es la virtud de aprender a decir “hasta aquí” para poder decir “sí” a lo que vale de verdad.

Cuando no hay templanza, lo básico se desordena: comida, bebida, sexualidad, afectos. No porque esas cosas sean malas, sino porque son potentes. Y lo potente, si no se ordena, manda. Y cuando manda, te roba libertad.

Un ejemplo muy de hoy: si cada vez que estás triste te refugias en el scroll infinito, en el picoteo, en el ligoteo sin alma o en el alcohol, al principio parece anestesia, pero después te deja más solo. Jesús no viene a quitarte la alegría. Viene a devolverte el mando de tu vida.

Cuando andamos débiles por esos lados, el mal espíritu ronda (lo dice San Ignacio con toda claridad). Por eso necesitamos pedir a Dios serenidad frente a nuestras tormentas y fuerza para sostener decisiones pequeñas, pero constantes.

 

6) Déjate mirar: el Sagrario como “lugar seguro”

Aquí no tienes que fingir:

Jesús te mira sin sarcasmo y sin escáner

Lo principal del rato de oración es su presencia. Y la mirada es una de las formas más profundas de percibir una presencia. Aunque no sepamos el color de los ojos de Jesús, el Evangelio sí nos habla de cómo mira.

Hay un dicho que lo clava: “los ojos son el espejo del alma”. Con Jesús pasa algo aún más fuerte: su mirada revela su corazón. Y cuando tú te dejas mirar, empiezas a descubrir el tuyo.

Una imagen cinematográfica ayuda. Hay una película clásica, Ben-Hur, donde nunca se ve el rostro de Jesús: se le ve de espaldas. Pero hay un momento en el que su gesto y su mirada desarman a un soldado. Eso es: no tanto “cómo es” Jesús, sino qué provoca en ti cuando te mira.

En algunas culturas orientales, ser mirado por un hombre santo se entiende casi como recibir una bendición. Se cuenta que en el viaje de Pablo VI a Bombay (1964) mucha gente no fue sólo a verle, sino a “ser vista” por él. Porque el corazón humano tiene hambre de una mirada limpia.

La mirada de Jesús: no te analiza… te rescata

Y aquí está lo grande: en los Evangelios, Jesús mira a los pecadores antes de perdonar y a los enfermos antes de curar. Su mirada no es curiosidad: es salvación en acto. Sus ojos van más allá de la piel.

 

7) Miradas de Jesús que te devuelven la vida

(hoy, en tu vida real)

El joven rico: cuando lo tienes todo…

y te falta el “para qué”

Cuando dices “todo bien” pero por dentro no:

Jesús lo nota

Este chico llega con una pregunta que podríamos firmar muchos: quiere vida plena, quiere sentido, quiere eternidad… pero también tiene apegos. Y ahí aparece el detalle precioso: Jesús lo mira con cariño. Antes de pedir, ama. Antes de corregir, abraza.

«¿qué debo hacer para heredar la vida eterna» (Mc 10, 17-31).

Y Jesús no le hace un discurso abstracto. Le toca el punto sensible: el apego. Porque el apego es eso que te promete seguridad, pero te ata. A veces es el dinero; otras veces es la imagen, la necesidad de gustar, el control, el miedo a perder. Jesús no quiere dejarte sin nada: quiere darte libertad.

«vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres» (Mc 10, 21).

¿Y por qué se va triste? Porque hay cosas que soñamos, pero no terminamos de querer. La mirada de Jesús es esperanza, pero también es verdad: es como una radiografía del corazón. No para humillarte, sino para curarte.

 

Cuando le taparon los ojos:

la burla que duele

Taparte los ojos a Dios no te protege: te deja más solo

Hay un texto durísimo: en la pasión a Jesús le tapan los ojos y se ríen. Es la escena de la “gallinita ciega”, pero en versión cruel. Y, sin embargo, ahí aparece una idea tremenda: a veces tapamos los ojos de Jesús en nuestra vida no para burlarnos, sino para no sentirnos interpelados.

«Y los hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes. Y, tapándole los ojos, le preguntaban, diciendo: Haz de profeta, ¿quién te ha pegado?» (Lc 22, 63-64).

¿Cómo se hace eso hoy? Muy fácil: cuando voy tirando con doble vida; cuando hago ver que todo bien, pero por dentro estoy fatal; cuando mi conciencia me habla y yo la silencio con ruido; cuando digo “Dios, no te metas aquí”. Tapar los ojos de Jesús es intentar que su mirada no me revele la verdad. Pero esa verdad, tarde o temprano, es el camino de la paz.

 

La mirada a Pedro: llamado, caído… y amado

Si te has fallado: Jesús no te cancela, te reconstruye

Con Pedro hay dos miradas que son como dos abrazos: una para llamarle, otra para levantarle.

«Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: Tu nombre es Simón hijo de Juan, pero te llamarás Cefas, que se traduce ‘Pedro» (Jn 1, 42).

Jesús no sólo le mira: le cambia el nombre. Le da identidad. Le dice, en el fondo: “no te reduzcas a lo que has sido; yo te muestro lo que puedes llegar a ser”.

 

«El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que Jesús le había dicho: antes de cante hoy el gallo, me negarás tres veces» (Lc 22, 61).

Esta mirada no es reproche. Es recreación. Es como decir: “Sí, has fallado. Pero no se ha roto lo nuestro. Yo sigo aquí”. Si alguna vez te has sentido indigno por haber caído en lo de siempre, aquí tienes una noticia: la misericordia de Jesús no te aplasta; te rehace.

 

Una mirada que salva cuando ya no te aguantas

Si te estás hundiendo: no te aísles; deja que te encuentren

Hay una anécdota preciosa: en una representación de la pasión, cuando Judas se desespera, una niña suelta en voz alta: «¿Y por qué no va donde la Virgen María?». Media sala se queda en shock. Y tiene razón.

En los momentos de desesperación solemos cerrar la puerta justo a la mirada que podría salvarnos. El mal te susurra: “quédate solo, no lo cuentes, apáñatelas”. Pero el cielo te ofrece compañía: Jesús, María, la Iglesia, personas concretas. No te encierres cuando más necesitas ser mirado con amor.


 

La compasión de Jesús: “me importas” de verdad

Jesús no se cansa de ti (aunque tú te canses de ti)

Hay miradas que son puro corazón. Jesús mira a la multitud y le duele. No le molesta. Le conmueve.

«Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6, 34).

Cuando alguien ha descubierto que es amado por Dios, empieza a mirar de otra manera. Incluso a quien le ha hecho daño. No es ingenuidad: es libertad. Es haber salido del rencor.

«¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios envía! ¡Cuántas veces ha querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y no has querido!» (Mt 23, 37).

Jesús mira con dolor cuando rechazamos la gracia. No con desprecio, sino con esa pena de quien sabe que podríamos vivir mejor.

 

8) Para terminar:

una propuesta sencilla (pero que funciona)

Plan Cuaresma realista: 5 minutos al día para volver a casa

Te propongo algo muy concreto para estos días:

1) Busca un rato corto (cinco minutos sirven). Móvil en silencio, de verdad.

2) Ponte delante del Señor (si puedes, ante el Sagrario).

3) Dile con honestidad: “Jesús, mírame. Y enséñame a mirarte”.

Y luego quédate. Sin prisas. Deja que su mirada haga su trabajo.

Estos textos sobre la mirada de Jesús están para eso: para dejarnos mirar por Él y que nos interpelen.

Concluyo con las palabras de Santa Teresa de Jesús:

«No estés sin tan buen amigo» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 26, 1).

miércoles, 11 de febrero de 2026

A modo de prólogo: El Credo

 

A modo de prólogo: El Credo


El Credo, contado por Nicolás (26 años):

cuando vas en modo supervivencia

y necesitas un suelo

Introducción

Me llamo Nicolás, tengo 26, y te lo digo sin drama: hay días en los que no estoy “mal”… pero estoy cargado. Hay semanas en las que se juntan exámenes, curro, mil cosas, y mi cabeza se pone a hacer listas incluso cuando intento dormir. Y encima la vida no pide cita: el dentista, el presupuesto, la cuenta del banco mirándome con cara de “¿y ahora qué?”. Y cuando a un amigo le detectaron cáncer, fue como si alguien apagara la música de golpe. Ahí te das cuenta de que hay cosas que no se arreglan con “ánimo” y ya.

Y sin darme cuenta empecé a vivir en modo supervivencia: tirar, aguantar, cumplir, contestar “todo bien” por inercia… mientras por dentro iba con el depósito en reserva. Y justo ahí me salió una pregunta que me dio hasta rabia, porque no era filosófica: era real. “Vale… ¿yo en qué me apoyo? ¿Qué me sostiene cuando no puedo con todo?”.

Yo antes pensaba que creer era tener ideas religiosas. Me equivoqué. Creer es tener un suelo cuando la vida te pisa. Y el Credo, aunque suene a cosa antigua, a mí me ha servido como un punto firme. No me ha quitado los problemas, pero me ha evitado irme a pique.

 

1)    El Credo no es un texto viejo:

es mi “base” cuando todo se me mueve.

Si cada semana cambio de brújula, me mareo.

Hay temporadas en las que vivo a base de “lo que toque”: hoy tiro, mañana me hundo; hoy me da igual, mañana me pesa todo. Y encima te piden que estés bien, que rindas, que sonrías, que no te quejes… como si el corazón tuviera un botón de “reiniciar”.

Y sí, también me pasó lo típico que desequilibra a cualquiera: una ruptura que no se cura en dos días. Fotos que sigues guardando porque tirarlas te parece como borrar media vida. Un regalo que ves y te remueve por dentro como si te apretaran el pecho. Planes que tenías, lugares que ibas a pisar, amigos en común… y tú por fuera funcionando y por dentro recogiendo pedazos.

Y luego está lo cotidiano, que remata: me acuesto pensando “mañana empiezo”, pero abro el móvil “dos minutos” y cuando miro el reloj son las 2:17. Al día siguiente voy en piloto automático, con ojeras y la cabeza a mil.

Ahí el Credo no me entró como un discurso, sino como un centro.
Fue como decirme: “Vale, Nico. Para un momento. ¿Qué sostiene tu vida, incluso cuando se te ha movido todo?”. El Credo no me dio una vida sin problemas, pero me dio dirección. Y cuando uno tiene dirección, aunque vaya lento, no va perdido.

 

2)    “Símbolo” significa “lo que une”:

El Credo me cose cuando me disperso

Lo que me rompe por dentro casi siempre empieza por separarme.
         Yo antes oía “símbolo” y pensaba en una pulsera o en un logo. Pero en realidad “símbolo” va de unir, de juntar piezas que encajan. Y el Credo se llama “símbolo” porque me une a Dios y me une a un pueblo. Y ojo: lo contrario de unir no es “ser moderno”. Lo contrario es vivir disperso, dividido, con mil versiones de mí mismo según con quién esté.

         Lo he visto mil veces: un grupo de WhatsApp que era sano se convierte en un campo minado. Indirectas, capturas, silencios raros, “me han dicho que tú has dicho…”. Y de pronto estás con el corazón en guardia. Eso divide. Te deja solo aunque estés rodeado de gente.

Cuando yo rezo el Credo, no me encierro: me coloco. Me saca del “a mi bola” que parece libertad pero a veces es soledad camuflada. Me recuerda que la fe no es un secreto en una caja fuerte, sino una pertenencia que te sostiene.

 

3) “Yo creo”… pero yo no aprendí a creer solo

Mi fe es personal, sí, pero no la fabriqué yo en mi cuarto.

Decir “yo creo” es mi libertad. Pero ese “yo” se apoya en un “nosotros”. Nadie aprende a hablar inventándose el idioma: lo recibe, lo aprende, lo hace suyo. Con la fe pasa igual: yo no me inventé a Dios como quien se inventa un personaje; lo encontré y lo recibí dentro de una historia y una comunidad.

Y te lo digo con honestidad: cuando yo decía “yo creo a mi manera”, a veces quería decir: “yo me hago un Dios que no me incomode”. Un Dios que siempre me da la razón, que nunca me corrige, que no me pide nada. Al principio parece cómodo… hasta que llega un golpe de verdad y ese “Dios a mi medida” no sostiene nada.

El Credo me bajó a tierra: me puso delante de un Dios real, no de un espejo. Y eso, aunque al principio pique, es una buena noticia. Porque un Dios real te puede sostener cuando tú no puedes. Un espejo, no.

 

3)    De Israel al Credo:

antes que “yo creo”, hubo un “Escucha”

La fe no empezó en un despacho: empezó en un pueblo que aprendió a recordar. Esto a mí me ayudó mucho: el Credo cristiano no aparece de la nada. Tiene un camino detrás. Y ese camino empieza en Israel con una palabra que suena simple y es una revolución: Shemá, “Escucha”. Es como si Dios dijera: “Antes de correr, antes de reaccionar, antes de perderte… para y escucha. No estás solo”.

Israel aprendió a creer recordando lo que Dios hace. No como nostalgia, sino como identidad: “Yo sé quién soy porque sé quién me ha sostenido”.

A mí el ‘Escucha’ me baja las revoluciones. Porque cuando me creo que todo depende de mí, la ansiedad se vuelve jefa. Y cuando la ansiedad manda, yo voy a la carrera por dentro, aunque esté sentado. El Shemá educa el corazón: me recoloca.

 

5) Muy breve: ¿Qué dice el Credo? (lo esencial, sin rollos)

El Credo no es una lista fría:

Es un mapa de salvación.

Cuando yo digo el Credo, estoy diciendo siete cosas muy simples (y muy fuertes):

·         Hay un Padre: no estoy aquí por accidente; tengo origen y soy querido.

·         Hay un Hijo, Jesucristo: Dios no se quedó lejos; entró en mi historia para salvarme.

·         Hay un Espíritu Santo: no estoy solo para cambiar; Dios me mueve por dentro.

·         Hay una Iglesia: no me toca creer en solitario; hay una familia y una comunión.

·         Hay perdón: mi historia no queda sellada por mis errores; puedo recomenzar.

·         Hay resurrección: mi vida y mi cuerpo importan; no soy un fantasma con piernas.

·         Hay vida eterna: el final no es el final; hay una meta que no se rompe.

Y lo más bonito es que del Shemá al Credo hay un hilo claro: escuchar, responder, vivir. El Pueblo de Israel nos ha enseñado a descubrir la presencia de Dios por medio de la escucha, ya que Dios ha hablado siempre, incluso, en los acontecimientos más sencillos y cotidianos.

 

6) El Credo nació en el Bautismo:

Renuncia y profesión, o sea, cambio de centro

Creer no es “sentir bonito”: Es elegir quién manda en mí.

Esto también me cambió el enfoque: el Credo no nació como “tema”. Nació pegado al Bautismo: renuncia y profesión. Renunciar al mal no es ponerse intenso: es reconocer que hay cosas que te prometen alivio y luego te esclavizan. Y profesar la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no es recitar: es decir “me fío”, “me apoyo aquí”, “quiero vivir desde otro sitio”.

Renunciar, para mí, a veces ha sido muy concreto: poner límites a algo que me engancha; cortar una dinámica que me estaba apagando; dejar de alimentar una comparación que me amarga; pedir ayuda en vez de hacerme el fuerte. Y profesar también es concreto: elegir verdad, volver a levantarme, dejar que Dios me acompañe de verdad, no solo cuando “me sale”.

A mí me ayudó una imagen antigua que es brutal: el Credo como escudo y como viático. Los cristianos de los primeros siglos decían algo así: el Credo es un escudo cuando te atacan por fuera (presión, burlas, tentaciones, miedo), y es viático cuando te falta fuerza por dentro (cansancio, tristeza, ganas cero). O sea: te protege y te alimenta. No te hace invencible, pero te mantiene de pie.

 

7) Lo recibido se confiesa:

la fe entra por el oído y sale en forma de vida

Si mi fe se queda en ideas, se enfría;

si baja a la vida, se vuelve verdad.

Yo recibí la fe porque alguien me la anunció, alguien me la mostró, alguien me acompañó. Y luego entendí que confesar no es “dar un discurso perfecto”; es vivir de una manera que diga: “Esto me sostiene”.

Confesar la fe puede ser no reírme del que todos señalan para encajar yo; pedir perdón en casa sin el “sí, pero tú también”; no usar a nadie como parche emocional; estar al lado de un amigo enfermo sin soltar frases vacías, simplemente estando. Y cuando no puedo más, reconocerlo y buscar ayuda en lugar de hacerme el fuerte.

San Pablo lo dijo clarísimo: creer por dentro y confesar por fuera van juntos.  Si se separan, algo se enfría. No se trata de ser perfecto. Se trata de ser real.

 

8) “Amén” es apoyo:

cuando no me da la vida, me sostiene la fidelidad

“Amén” no es “fin”:

Es “me fío aunque hoy esté roto”.

Hay días en los que rezar me sale fácil, y días en los que no me sale nada. Y yo también he pensado: “Si hoy no siento, entonces ya no creo”. Pero no. La fe no es un termómetro de emociones. “Amén” significa: “Aquí me apoyo”. Es aprender a sostenerte en Dios cuando tú estás flojo.

Es como entrenar o estudiar: hay días motivados y días de disciplina. Curiosamente, los días que te construyen por dentro son los segundos. El “Amén” es esa constancia del alma: no porque yo sea de hierro, sino porque Dios es fiel incluso cuando yo estoy cansado.

La fe adulta no es la que nunca duda: es la que aprende a confiar incluso con dudas.  No es una fe de museo. Es una fe de calle.

 

A modo de epílogo

Si te soy sincero, el Credo no está en mi vida para que yo gane discusiones ni para que parezca “más religioso”. Está para que yo no viva a merced de lo que me pasa por dentro o de lo que me exige lo de fuera. Es “símbolo” porque une cuando yo me disperso; viene con el hilo de Israel que aprendió a escuchar; se hace cristiano en Jesucristo; me injerta en un “nosotros”; nace del Bautismo como vida nueva; se recibe y se confiesa; y termina en un “Amén” que no es punto final, sino punto de apoyo.