domingo, 9 de agosto de 2026

Puedes contar conmigo: Amor, promesa y vida matrimonial | Entrega 0

 

Puedes contar conmigo

Amor, promesa y vida matrimonial

 

Entrega 0.- Cuando «te quiero» significa «puedes contar conmigo»

 

Hay una pregunta que sólo los años

permiten hacer de verdad

Hay momentos de la vida matrimonial que no tienen nada de extraordinario y, sin embargo, dejan ver con una claridad sorprendente todo lo que ha ocurrido entre dos personas. Puede suceder una noche cualquiera, mientras se recoge la cocina, tira la basura, friega los platos o se comenta algo de los hijos, cuando uno mira al otro y repara de pronto en cuánto tiempo ha pasado. Uno se queda pensativo al darse cuenta de cómo tan rápido he cargado con tantos años. El rostro que tiene delante ya no es el de aquel muchacho o aquella muchacha con quien se casó. Tampoco el suyo lo es. Han cambiado muchas cosas y, sin embargo, aquella persona sigue siendo la que conoce mejor buena parte de su historia.

Tal vez haya aprendido a reconocer por la manera de entrar en casa cuándo el otro ha tenido un mal día. Sabe qué asuntos conviene no plantear cuando está cansado, qué recuerdo familiar continúa emocionándole, qué inseguridad aparece de vez en cuando aunque hayan transcurrido treinta años. Conoce sus virtudes y también algunas manías que probablemente ya no tienen remedio. Ha visto facetas de esa persona que nadie podía conocer durante el noviazgo: cómo se desahogaba de los problemas de la fábrica, de cómo reaccionó cuando nacieron los hijos, cómo sostuvo a la familia durante una dificultad, qué sucedió cuando enfermó alguien querido, cómo afrontó una pérdida, un fracaso laboral o de qué manera fue envejeciendo.

También ha sido conocido así. Y esto no siempre resulta cómodo. Hay alguien que recuerda nuestras mejores épocas, pero también conoce esas versiones de nosotros mismos que preferiríamos olvidar. Sabe dónde somos generosos y dónde el egoísmo reaparece con extraordinaria puntualidad; ha escuchado palabras muy hermosas y alguna que otra que habría sido mucho mejor callar. Ha recibido nuestros cuidados y ha sufrido nuestras torpezas. Después de muchos años, el matrimonio contiene una memoria compartida que no está hecha únicamente de aniversarios y fotografías felices, sino también de errores, reconciliaciones, esperas, pérdidas, pequeñas fidelidades y comienzos nuevos.

Es entonces cuando una pregunta aparentemente sencilla adquiere una hondura distinta de la que podía tener el día de la boda: ¿Qué había realmente dentro del «sí» que nos dimos?

No se trata de preguntarnos si aquel consentimiento fue sincero. Lo fue. Tampoco de imaginar que los novios no saben lo que hacen. Quienes se casan conocen lo esencial de la decisión que están tomando. Pero existe una diferencia entre conocer una promesa y conocer toda la vida por la que esa promesa tendrá que pasar. Hay palabras que entendemos cuando las pronunciamos y que, aun así, necesitamos años para terminar de comprender.

Esta serie quiere entrar precisamente ahí.

 
El amor estaba antes;

el «sí» hizo algo con aquel amor

Cuando unos esposos recuerdan por qué se casaron, la respuesta suele brotar inmediatamente: «porque nos queríamos». Y seguramente ésa sea la respuesta verdadera. Pero tiene interés detenerse un poco más, porque el amor ya existía antes de la boda. Se querían durante el noviazgo, deseaban estar juntos, habían ido compartiendo intimidad, proyectos y conversaciones acerca del futuro. Si todo eso estaba ya presente, ¿qué ocurrió entonces cuando dijeron «»?

No empezaron simplemente a quererse un poco más. Hicieron algo con el amor que ya existía.

Hasta entonces cada uno podía decir al otro: «quiero estar contigo». El matrimonio añadió una decisión de otra hondura: «quiero entregarme a ti como esposo, como esposa, y recibirte a ti del mismo modo». En el origen del matrimonio hay algo decisivo: una entrega y una aceptación recíprocas por las que dos personas que ya se querían pasan a vincular sus vidas de una manera nueva. Cada una se da al otro como esposo o esposa y, al mismo tiempo, lo recibe como tal.

La formulación puede sonar abstracta hasta que la vida empieza a traducirla.

Porque quien recibe de verdad la palabra de otra persona comienza a poder contar con ella. Si alguien me dice que me acompañará mañana, puedo organizar mi día contando con que estará allí. Y cuanto más importante es la promesa, más profundamente entra en nuestra vida la confianza en la palabra recibida.

En el matrimonio sucede algo incomparablemente más serio. Una persona no entrega simplemente una tarde, una ayuda o un servicio. Se entrega conyugalmente. Quiere que el otro sepa que ocupa en su vida un lugar que ya no depende únicamente de cómo amanezca mañana su estado de ánimo.

Esto no significa prometer que nunca habrá decepciones. Sería imposible. Tampoco que siempre sabremos cuidar bien al otro, que nunca atravesaremos una crisis o que jamás causaremos sufrimiento. La experiencia de cualquier matrimonio suficientemente largo obliga a ser bastante humilde respecto de estas cosas. Uno descubre que puede querer profundamente y, al mismo tiempo, ser tremendamente torpe para querer bien en determinados momentos.

Aquel «» decía otra cosa. Decía que el amor había querido convertirse en una palabra sobre la que el otro pudiera apoyarse. Quizá por eso una de las maneras más sencillas de acercarnos a lo que ocurrió aquel día sea ésta: Puedes contar conmigo.

Todavía tendremos que descubrir todo lo que significa.

La vida fue poniendo peso

sobre aquella palabra

Prometer es relativamente sencillo cuando el futuro todavía está limpio.

El día de la boda nadie conoce las circunstancias concretas en las que tendrá que vivir aquello que promete. Se hacen planes, naturalmente. Se habla de los hijos, de la vivienda, del trabajo, quizá de la ciudad en la que se quiere vivir. Pero la vida real posee una imaginación mucho mayor que nuestros proyectos.

Hay matrimonios que a los pocos años descubren que no pueden tener los hijos que esperaban. Otros reciben más de los que inicialmente habían pensado y durante una larga temporada apenas consiguen dormir. Puede llegar una enfermedad, perderse un empleo, aparecer un conflicto familiar difícil de manejar o surgir una preocupación seria por alguno de los hijos. Años más tarde habrá padres que empiecen a depender de ellos. Los hijos crecerán, tomarán sus propias decisiones y algunas no coincidirán con lo que sus padres habían deseado. Llegará también el envejecimiento, con su extraña mezcla de pérdidas y libertades nuevas.

Todo esto va entrando dentro del «».

Y entran también miles de días normales, que quizá sean todavía más importantes. La vida matrimonial no está compuesta principalmente por acontecimientos excepcionales. Está hecha de mañanas con prisa, comidas, mensajes logísticos, pequeños gestos de cariño, noches en las que uno se acuesta preocupado, labores cotidianas que uno tiene que hacer con los dolores y molestias del cuerpo, conversaciones aplazadas, enfados que duran demasiado y reconciliaciones que devuelven a la casa una tranquilidad que sólo entonces descubrimos cuánto echábamos de menos.

Con los años se aprende además algo que los primeros entusiasmos apenas permiten imaginar: los sentimientos tienen estaciones.

Hay temporadas en que la cercanía resulta fácil. Apetece hablar, se disfruta de la presencia del otro, existe deseo, complicidad y una sensación muy viva de estar recorriendo juntos el mismo camino. Y hay otras etapas en las que la vida parece haber colocado demasiadas cosas entre ambos. No necesariamente porque haya dejado de existir el amor. A veces los esposos están simplemente exhaustos.

Una familia puede funcionar admirablemente y, al mismo tiempo, el matrimonio que hay dentro de ella empezar a necesitar atención. Los horarios cuadran, los niños llegan a sus actividades, las facturas se pagan y la nevera contiene razonablemente todo lo necesario. Marido y mujer se coordinan perfectamente y pueden pasar varios días hablando casi exclusivamente de cuestiones prácticas. Nadie ha cometido una gran traición. No existe una crisis espectacular. Simplemente hace demasiado tiempo que no se preguntan con calma cómo están ellos dos.

Cuando esto sucede, resulta fácil comparar el presente con los primeros años y concluir demasiado deprisa: «ya no sentimos lo mismo». Probablemente sea cierto.

Pero todavía queda por responder la pregunta importante: ¿amar y sentir lo mismo son exactamente la misma cosa?

Ésta será una de las cuestiones centrales de nuestro recorrido, porque no es lo mismo el amor que surge espontáneamente que aquel que, además, es elegido, asumido y convertido en una decisión estable respecto de una persona concreta.

De momento conviene no apresurar la respuesta. Basta reconocer la experiencia. Hay matrimonios que han descubierto que algunas formas profundas de amor aparecieron precisamente cuando la vida dejó de ser fácil.

 
Conocer al otro de verdad modifica

también nuestra manera de quererlo

Durante el enamoramiento todos vemos a la persona real y, al mismo tiempo, una persona parcialmente imaginada. No por engaño. Es inevitable. Todavía no hemos compartido suficientes situaciones como para conocer cómo reacciona el otro ante el miedo, la frustración, el éxito, la monotonía, la enfermedad o el paso del tiempo.

El matrimonio proporciona abundante material para completar ese conocimiento. A veces lo hace con delicadeza. Otras, con bastante menos.

Se descubre, por ejemplo, que ciertas diferencias que durante el noviazgo parecían simpáticas pueden resultar menos encantadoras cuando se repiten diariamente. Uno necesita hablar de un problema en cuanto ocurre y el otro no es capaz de formular una frase sensata hasta que ha tenido tiempo de serenarse. Uno entiende por orden que cada cosa posea un lugar determinado; el otro parece mantener con los objetos domésticos una relación bastante más libre. Uno necesita planificar hasta los detalles y el otro conserva una sorprendente confianza en que, de algún modo, todo acabará resolviéndose.

Parte de la sabiduría conyugal consiste en aprender que no toda diferencia necesita ser corregida.

Y otra parte, igualmente importante, consiste en comprender que no todo puede justificarse diciendo «yo soy así». Hay maneras de hablar, de reaccionar o de relacionarse que hacen daño y necesitan cambiar. El respeto a la personalidad del otro no obliga a convertir en intocable cualquier defecto.

Esta distinción tarda en aprenderse. También tarda en aprenderse que discutir es casi un arte y que muchos matrimonios empiezan practicándolo con bastante poca pericia. Con el tiempo puede descubrirse que una conversación importante no suele mejorar porque uno hable más alto, que el silencio puede servir para calmarse o convertirse en una forma de castigo, y que pedir perdón seguido inmediatamente de un «pero tú también...» reduce bastante el efecto de la primera parte de la frase.

Son aprendizajes pequeños. Pero por ahí pasa buena parte de una vida.

Poco a poco dejamos de amar solamente la imagen con la que empezamos y aprendemos —si queremos aprender— a amar a la persona que realmente tenemos delante. Una persona que continúa siendo distinta de nosotros, que conserva una interioridad propia y que nunca podremos reducir a nuestras expectativas. El matrimonio crea una auténtica unidad, pero no fusiona a las personas ni elimina su individualidad. El «nosotros» conyugal sólo puede ser verdadero si siguen existiendo realmente un «» y un «yo».

Hay algo especialmente conmovedor cuando ese conocimiento ha madurado durante décadas. Ser conocido de verdad por alguien puede dar cierto vértigo. El otro ha visto ya demasiadas cosas. Sin embargo, precisamente por eso, que siga queriéndonos adquiere una densidad que la fascinación de los comienzos todavía no podía tener. No porque todo le guste. Sino porque ya sabe quién tiene delante.

 
Hay épocas en las que uno sostiene más;

después puede tocarle al otro

La vida matrimonial tampoco suele respetar demasiado nuestros esquemas de perfecta reciprocidad.

Nos gusta pensar que ambos deben aportar siempre por igual, como si fuera posible llevar una contabilidad precisa de afectos, trabajos, cuidados y renuncias. La experiencia es bastante más irregular.

Hay temporadas en las que uno de los dos está fuerte y el otro apenas puede. Una enfermedad, una depresión, una dificultad laboral, el agotamiento provocado por el cuidado de un familiar o simplemente una etapa personal especialmente complicada pueden desequilibrar durante un tiempo la relación. Quizá uno necesite recibir mucho más de lo que en ese momento es capaz de dar.

Años después puede ocurrir exactamente lo contrario. Algunas personas aprenden a cuidar con facilidad, pero les resulta dificilísimo dejarse cuidar. Haber sido siempre quien solucionaba los problemas puede hacer especialmente duro el día en que toca reconocer: «ahora te necesito». Y también eso forma parte de la intimidad.

Hay matrimonios que, al mirar hacia atrás, recuerdan con especial gratitud una etapa en la que uno de los dos estuvo prácticamente sostenido por el otro. No siempre fue la época más agradable de su historia. A veces fue una de las más difíciles. Pero quedó grabado algo muy profundo: cuando llegó el momento en que uno tenía poco que ofrecer, el otro no midió la relación preguntándose si estaba recibiendo suficiente a cambio.

El amor conyugal contiene precisamente esa doble dirección. Amamos al otro porque es un bien para nosotros, porque su presencia nos alegra y enriquece nuestra vida; pero el amor puede madurar hacia una pregunta distinta: ¿qué bien estoy siendo yo para ti?

Con el tiempo, el amor puede ir más allá de agradecer todo lo que el otro aporta a nuestra vida y empezar a preguntarse también de qué manera nuestra propia vida puede convertirse en un bien para él.

A veces la vida matrimonial cambia cuando dejamos de formular únicamente la pregunta «¿qué me falta recibir?» y nos atrevemos a añadir otra: «¿qué está necesitando de mí la persona con la que vivo?».

Naturalmente, esto vale para ambos. Y no puede convertirse en una justificación de relaciones abusivas o unilateralmente destructivas. Una pastoral seria del matrimonio nunca puede confundir entrega con anulación de la persona.

Pero dentro de la reciprocidad propia del matrimonio hay una verdad sencilla que muchas parejas conocen bien: no siempre amamos desde la abundancia; alguna vez amamos sosteniendo y otras necesitamos amar dejándonos sostener.

El primer bien no era el proyecto:

era la persona

A veces olvidamos algo muy sencillo: antes que los proyectos, la casa, los hijos o todo lo que los esposos puedan construir juntos, está la persona que cada uno ha recibido. El primer gran bien del matrimonio es el otro. Y aunque pueda parecer una evidencia, sus consecuencias son mucho más profundas de lo que solemos pensar.

Cuando se prepara un matrimonio, una gran parte de las conversaciones gira lógicamente alrededor de lo que se quiere construir: una familia, un hogar, hijos, estabilidad, proyectos compartidos. Todo esto forma parte de la vocación matrimonial y posee enorme valor.

Pero el matrimonio no puede reducirse a los resultados que los esposos consigan juntos. Esto se comprende con especial claridad cuando alguno de esos resultados no llega.

Pensemos en una pareja que desea profundamente tener hijos y descubre que no puede. El dolor es inmenso. No serviría de nada minimizarlo con palabras fáciles sobre otras formas de fecundidad. Pero su matrimonio no se convierte por ello en una unión vacía. Antes incluso de que llegase cualquier hijo, había ya un bien real entregado y recibido: ellos mismos.

Algo parecido sucede con otros proyectos. Una vivienda puede perderse. Una determinada situación económica puede no alcanzarse nunca. La profesión soñada puede frustrarse. La vida familiar puede adoptar una forma completamente distinta de la imaginada.

El matrimonio permanece siendo una unión de personas antes de ser una empresa de resultados. Quizá esto se vea con particular nitidez cuando los hijos se marchan de casa. Durante muchos años, marido y mujer han organizado casi todo alrededor de ellos. Un día la casa cambia de ritmo y reaparece una realidad que siempre estuvo allí: antes de ser padre y madre fueron marido y mujer, y seguirán siéndolo cuando los hijos construyan sus propias vidas.

Para algunos esposos esa etapa tiene una belleza nueva. Para otros pone al descubierto cuánto se habían descuidado. Ambas experiencias pueden convertirse en una oportunidad para volver a encontrarse.

Porque el otro no era simplemente el compañero necesario para construir la familia. Era el primer regalo recibido dentro de ella.

 
Algún día tendremos

que hablar de justicia

A medida que profundicemos en todo esto aparecerá una palabra que quizá resulte extraña en una serie dedicada al amor matrimonial: justicia.

Solemos imaginar que el Derecho comienza precisamente cuando el amor se acaba. Si una pareja se quiere, pensamos, no necesita hablar de derechos y deberes; cuando aparecen esas palabras parece que algo se ha enfriado.

Sin embargo, la lógica del matrimonio permite descubrir algo distinto. Si una persona me da algo verdaderamente y yo lo recibo, aquella entrega modifica nuestra relación. Hay algo que ya no puede tratarse como si jamás hubiera sido entregado.

Naturalmente, una persona nunca puede ser poseída como se posee una cosa. El matrimonio no convierte al esposo en propietario de la esposa ni a la esposa en propietaria del marido. Precisamente porque cada uno se pertenece a sí mismo puede entregarse libremente, y esa entrega conyugal tiene límites y un contenido propio. Pero si la entrega es real, produce consecuencias reales.

Aquí encontraremos más adelante una de las ideas más profundas de nuestro recorrido: el amor puede generar algo debido sin dejar por eso de ser amor. No porque llegue una ley exterior a enfriar la relación, sino porque la libertad ha querido hacerse suficientemente seria como para dar una palabra al otro.

Entonces entenderemos la fidelidad desde un lugar distinto. Y también el «para siempre». No comenzaremos preguntando qué está prohibido. Comenzaremos preguntando qué fue entregado.

 

La fe no convierte a los esposos

en personas que ya saben quererse

Todo este recorrido quiere hacerse desde una mirada cristiana, pero sería un error utilizar la fe para recubrir con palabras religiosas una realidad humana que no se ha entendido primero.

El matrimonio cristiano no elimina la dificultad de aprender a convivir. La gracia no mantiene por nosotros una conversación pendiente, no pide perdón cuando nuestro orgullo se resiste y no impide que la rutina entre en casa. Tampoco convierte automáticamente a dos personas en expertos en comunicación simplemente porque hayan celebrado un sacramento.

La gracia trabaja con personas reales. Y precisamente ahí aparece una de las bellezas del matrimonio cristiano.

La vida concreta de los esposos —su intimidad, el cuidado mutuo, la educación de los hijos, la reconciliación, el envejecimiento, el cansancio y hasta la necesidad de reconocer que no pueden resolver solos una dificultad— puede convertirse en lugar de encuentro con Dios. No porque todo lo que sucede dentro de un matrimonio sea bueno, sino porque toda esa realidad humana está llamada a ser vivida a la luz del amor recibido de Dios.

La fe puede enseñar también a mirar de otra manera la fragilidad del otro. No para justificar aquello que hace daño, sino para recordar que la persona con la que nos casamos no quedó terminada el día de la boda. Sigue necesitando crecer, convertirse, madurar y ser perdonada. Exactamente igual que nosotros. Hay algo profundamente cristiano en esa reciprocidad.

No somos el salvador de nuestro esposo ni de nuestra esposa.

     Somos dos personas necesitadas de gracia que han decidido recorrer juntas una vocación. Por eso una pastoral matrimonial seria tampoco puede resumirse en «hay que aguantar». Existen situaciones de violencia, abuso o grave lesión de la dignidad que necesitan protección y un acompañamiento específico. El «para siempre» nunca puede convertirse en una coartada para el mal.

Pero, fuera de esas situaciones especialmente graves, la vida matrimonial sigue planteando un desafío mucho más silencioso y cotidiano: no acostumbrarnos tanto al otro que dejemos de verlo como la persona que un día elegimos y recibimos como esposo o esposa. 

Volver al «sí» sin idealizar

nuestra historia

Ésa será la propuesta de esta serie. No pretendemos explicar el matrimonio desde fuera a quienes llevan años viviéndolo, como si su propia historia no les hubiera enseñado ya mucho más de lo que cabe en un artículo. Queremos hacer algo distinto: detenernos junto a esa historia, encontrar palabras para algunas experiencias que quizá han sido vividas muchas veces sin haber sido pensadas despacio y ayudar a mirar nuevamente aquello que los esposos han construido, padecido, disfrutado y aprendido juntos.

Quien acaba de casarse recorrerá estas páginas mirando sobre todo hacia delante. Un matrimonio que lleve quince o veinte años quizá reconozca demasiado bien determinadas etapas: aquellos años en los que los hijos ocuparon prácticamente toda la vida, alguna conversación que se fue posponiendo hasta hacerse difícil, la sorpresa de descubrir que amar a una persona real exige bastante más que amar la imagen inicial que uno se había hecho de ella. Quien ha compartido cuarenta o cincuenta años puede mirar también hacia atrás y descubrir que algunas cosas que aquí tendremos que explicar con muchas palabras él las aprendió de una manera mucho más sencilla y más dura: una noche de hospital, una situación familiar complicada, el cuidado prolongado del otro o el momento en que comprendió que llevaba años recibiendo una fidelidad cotidiana que nunca había sabido agradecer suficientemente.

Una historia matrimonial larga no necesita ser perfecta para poseer valor. Puede contener alegrías inmensas y heridas que aún se recuerdan, periodos de mucha cercanía y otros en los que hubo que encontrarse de nuevo, equivocaciones reconocidas tarde y perdones que necesitaron tiempo. Habrá recuerdos que todavía hacen reír y otros que siguen produciendo un nudo en la garganta. Puede quedar incluso alguna conversación que no terminó nunca de cerrarse del todo. La vida humana es así, y el matrimonio no deja de ser profundamente humano por haber sido elevado, para los bautizados, a sacramento.

Precisamente por eso no queremos mirar hacia atrás con nostalgia ni fabricar una historia más bonita que la realmente vivida. Queremos mirar con verdad. Quizá entonces descubramos que el valor de aquel «» no consistió en garantizar una vida sin dificultades, sino en haber dado a otra persona un lugar singular dentro de una historia que ninguno de los dos conocía todavía.

Y entonces la pregunta con la que comenzamos puede adquirir una hondura que el día de la boda todavía no tenía: ¿Qué había realmente dentro del «sí» que nos dimos?

Las próximas entregas irán abriendo esa pregunta poco a poco. Tendremos que hablar del amor y de sus cambios, de la libertad que puede comprometerse, de la entrega y de la responsabilidad que nace de ella, de la diferencia entre complementarse y necesitar al otro para ser una persona completa, de la fidelidad, del tiempo, de los hijos, de la fecundidad y, finalmente, de una cuestión especialmente importante: si el amor posee una verdad que puede ser reconocida y vivida.

Pero no hace falta llegar hoy hasta allí. Tal vez baste que alguien, después de leer estas páginas, mire de otra manera a la persona con la que lleva años compartiendo la vida. No para preguntarse sentimentalmente si todavía siente lo mismo que el primer día, sino para volver a considerar qué realidad empezó entre los dos cuando se dieron aquella palabra.

Quizá entonces descubra que aquel «te quiero» llevaba dentro mucho más de lo que ambos podían explicar. Y que, con los años, la vida ha ido traduciendo lentamente una parte de su significado:

«Puedes contar conmigo».


viernes, 7 de agosto de 2026

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miércoles, 5 de agosto de 2026

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Amar sin perderse

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