Homilía
del Domingo XV del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 13, 1-23 «oíd
lo que significa la parábola del sembrador»
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Cuando todo parece perder fuerza,
Jesús no abandona.
La semana pasada
contemplábamos a Jesús en uno de los momentos más delicados de su misión. La
gente, que al comienzo lo había acogido con entusiasmo, empezó a distanciarse.
Mientras tanto, sus adversarios —especialmente los escribas y los fariseos—
parecían haber logrado lo que buscaban: sembrar la sospecha, desacreditarlo y
convencer a muchos de que no era digno de confianza.
No resulta difícil
imaginar lo que pudo significar aquel rechazo. Tampoco nos queda tan lejos. En
nuestras comunidades vemos cómo disminuye la participación, cómo algunos se
alejan y cómo el Evangelio despierta cada vez menos interés en ciertos
ambientes.
Basta pensar en
tantos catequistas que entregan su tiempo con generosidad y que, sin embargo,
se encuentran a veces con familias poco interesadas en la formación cristiana
de sus hijos. No es raro escuchar frases como: «A ver cuándo termina ya el
catecismo, porque los niños tienen demasiadas cosas». Y si además coincide
con un partido de fútbol, la situación se complica todavía más. Parece que la
catequesis tiene que abrirse paso entre entrenamientos, deberes y agendas
familiares que ya no admiten ni un alfiler.
Ante esto, es
comprensible que aparezca el cansancio. También puede surgir la tentación de
pensar: «¿Para qué seguir? Mejor dejarlo y volver cada uno a sus cosas».
La oración permitió a Jesús
comenzar de nuevo.
Jesús, sin
embargo, no respondió así. Jesús no se dejó vencer por el fracaso aparente
ni aceptó que el rechazo tuviera la última palabra. ¿Qué sostuvo su ánimo?
Lo que sostuvo su ánimo fue su relación con el Padre. Jesús oraba.
Nosotros, en cambio, muchas veces intentamos resistir únicamente con nuestras
fuerzas y quizá por eso nos desalentamos con tanta facilidad.
Él sabía que
llevaba consigo un tesoro que debía entregar: El Evangelio. Y amaba
demasiado a la humanidad como para retirarse ante la primera resistencia.
Aunque no fuera comprendido, aunque encontrara oposición, volvía a ponerse en
camino.
Eso es
precisamente lo que nos muestra el pasaje de hoy. Jesús retoma el anuncio, pero
cambia su manera de comunicarlo. Busca un lenguaje capaz de alcanzar el corazón
de quienes no habían acogido sus palabras anteriores. Y entonces comienza a
hablar en parábolas.
La parábola no acorrala:
Despierta.
Un razonamiento
puede ser impecable y, aun así, no transformar a nadie. Puede presentar
argumentos tan sólidos que la otra persona se sienta sin salida, como si la
verdad le hubiera sido colocada delante por la fuerza. Pero cuando esa
verdad cuestiona convicciones profundas o exige modificar la propia vida, lo
habitual es que aparezcan las defensas.
Nos justificamos,
desviamos la conversación, buscamos una excusa o sencillamente dejamos de
escuchar. El problema no siempre está en la claridad del argumento, sino en
que nadie cambia de vida solo porque lo hayan arrinconado dialécticamente.
La parábola sigue
otro camino. No entrega una conclusión ya cerrada, sino que introduce al oyente
en una historia. Quien escucha observa a los personajes, toma partido, se
indigna, se alegra o se reconoce en alguno de ellos. Al final, la enseñanza
no llega como una orden impuesta desde fuera; nace dentro de la propia
conciencia.
Por eso resulta
tan eficaz. Cuando uno mismo ha llegado a la conclusión, ya no puede rechazarla
con tanta facilidad.
A veces comprendemos la verdad
cuando creemos estar juzgando a otro.
El episodio del
profeta Natán y el rey David lo muestra con especial fuerza. David había
cometido un pecado grave con Betsabé y había provocado la muerte de Urías, su
marido. Natán no entró en palacio lanzando acusaciones. Le contó una historia.
Había un hombre
pobre que poseía una sola oveja. La cuidaba con cariño y era para él algo muy
querido. Cerca vivía un hombre rico, dueño de numerosos animales. Un día, el
rico recibió a un huésped y, en vez de tomar una oveja de su propio rebaño, se
apoderó de la única que tenía el pobre y la mandó preparar para la comida (cfr.
2 Sam 12, 1-7).
David, al escuchar
aquello, se indignó. Consideró intolerable semejante injusticia y reclamó un
castigo para el culpable. Solo entonces Natán le hizo ver que aquel hombre del
relato era él mismo.
La parábola había
conseguido abrir una brecha en sus defensas. David había emitido el juicio
antes de descubrir que ese juicio recaía sobre su propia conducta.
Si Natán hubiera
comenzado llamándolo adúltero, asesino y criminal, David habría podido
reaccionar de otra manera. Tal vez se habría justificado, habría culpado a
otros o habría expulsado al profeta por insolente. Cuando nos sentimos
atacados, nuestra imaginación trabaja a toda velocidad para fabricar excusas;
en eso solemos ser sorprendentemente creativos.
Pero la historia
no le permitió escapar. La verdad había brotado desde dentro.
Jesús cuenta historias
para que nos encontremos en ellas.
Jesús pertenece a
una cultura que ama expresar la sabiduría mediante imágenes, proverbios,
comparaciones, enigmas y relatos. Por eso las parábolas no son simples
adornos ni cuentos agradables. Son una manera de conducir al oyente hasta una
verdad que quizá habría rechazado si se le hubiera presentado de forma directa.
Una parábola
comienza de verdad cuando dejamos de escucharla como una historia sobre otros y
permitimos que hable de nosotros.
Mateo reúne las parábolas
para ofrecernos una enseñanza unitaria.
«Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y
acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la
gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas».
Jesús pronunció
muchas parábolas a lo largo de su vida pública. El evangelista Mateo seleccionó
siete y las reunió en el capítulo 13 de su Evangelio. Probablemente fueron
narradas en momentos y lugares distintos, pero Mateo las dispuso dentro de una
misma escena.
Esa ambientación
no pretende ofrecernos una crónica exacta de una sola jornada. Es una
construcción literaria al servicio de un mensaje teológico. Por eso conviene
detenernos en sus detalles; ninguno está colocado al azar.
El mar que no es mar
y evoca al éxodo.
El relato comienza
diciendo que «aquel día, salió Jesús de casa
y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una
barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla».
En realidad, en
Galilea no encontramos un mar en sentido estricto, sino un gran lago. Sin
embargo, los evangelistas lo llaman «mar» porque esa palabra despierta
resonancias muy importantes en la tradición bíblica. El mar evoca el camino
del éxodo: La salida de la esclavitud y el paso hacia una vida liberada.
Al situar a Jesús
frente al mar, Mateo parece invitarnos a escuchar sus parábolas como una
llamada a emprender también nosotros un éxodo interior. Hay esclavitudes
que no llevan cadenas visibles, pero que nos impiden vivir con libertad. La
palabra de Jesús quiere ayudarnos a reconocerlas y a salir de ellas.
La comunidad no puede quedarse
encerrada en casa.
Jesús sale de la
casa acompañado por sus discípulos. En los Evangelios, la casa aparece con
frecuencia como el lugar donde el Maestro se reúne con los suyos, les explica
su enseñanza y forma la comunidad.
Pero esa comunidad
no puede permanecer indefinidamente entre cuatro paredes. Fuera hay una
multitud que espera una palabra de salvación. Por eso Jesús y sus discípulos
abandonan la casa y van a su encuentro.
La escena nos
presenta así una comunidad en salida. No se encierra para protegerse ni
contempla el mundo desde la ventana. Sale con el Maestro porque sabe que el
Evangelio no es una propiedad reservada a quienes ya están dentro.
La barca representa a quienes
han comenzado a seguir al Maestro.
Poco después
encontramos a Jesús y a sus discípulos en la barca. Desde los primeros tiempos
cristianos, la barca se convirtió en una imagen de la Iglesia: Una comunidad
que atraviesa las aguas, sostenida por la presencia del Señor.
En ella están
quienes han dado su adhesión a Jesús. Esto no significa que los
discípulos lo hayan comprendido todo o que su fe sea ya perfecta. Los
Evangelios dejan claro que todavía tienen dudas, resistencias y mucho camino
por recorrer. Sin embargo, han aceptado subir a la barca y compartir la
travesía con él.
En la orilla
permanece otro grupo: La multitud. Son personas que escuchan, se interesan y se
acercan, pero todavía no han dado el paso de unirse plenamente al Maestro.
Las parábolas quieren
movernos de la orilla.
Ese es
precisamente el objetivo de las parábolas: Ayudar a quienes permanecen en la
ribera a tomar una decisión. Jesús no pretende vencerlos con una
demostración ni obligarlos a aceptar una conclusión. Les cuenta historias
para que la verdad vaya naciendo dentro de ellos.
La parábola abre
un espacio de libertad. Cada oyente puede reconocerse, reaccionar, tomar
postura y descubrir qué respuesta está dispuesto a dar. Jesús no empuja a
nadie a la barca; muestra un camino y espera una adhesión que brote de una
convicción personal.
Podemos escuchar
el Evangelio durante años y continuar cómodamente en la orilla, quizá incluso
comentando desde allí cómo navegan los demás. Pero las parábolas de Jesús no
fueron pronunciadas para entretener a espectadores. Nos preguntan, con
delicadeza y firmeza, si estamos dispuestos a emprender la travesía con él.
El sembrador viene de Dios
y trae una vida nueva.
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó
al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en
terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda
brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se
secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra
buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga
oídos, que oiga».
El primer
personaje de la parábola resulta fácil de reconocer: El sembrador es Jesús.
Ahora aparece junto a la comunidad que ha salido de casa para acercarse a la
multitud. Pero ¿de dónde procede este sembrador? Viene del Padre. Es el Hijo de
Dios, enviado al mundo para esparcir la semilla de la Palabra, una semilla
capaz de hacer nacer una humanidad nueva.
Jesús ya ha
sembrado abundantemente. Sin embargo, al contemplar los resultados, parece que
la cosecha es muy pobre. Muchos de quienes al principio lo escuchaban con
entusiasmo comienzan a alejarse. ¿Cómo se explica este aparente fracaso?
La parábola
responde precisamente a esa inquietud. Y no habla solo de lo que ocurrió
entonces; se dirige también a nosotros, que podemos desanimarnos cuando no
vemos los frutos que esperábamos.
Sembramos mucho,
pero a veces apenas vemos frutos.
Podemos
preguntarnos si merece la pena continuar anunciando el Evangelio cuando tantas
personas parecen haber perdido el interés. ¿Tiene verdadera fuerza la
semilla de la Palabra? ¿Es capaz de transformar la vida?
La duda aumenta
cuando observamos los resultados en quienes ya la han recibido. Hay personas que
participan en la vida de la Iglesia, pero después no consiguen entenderse en su
propia familia. Otras se enfadan con los vecinos por cuestiones
insignificantes; los vecinos responden con otra ofensa y, curiosamente, también
ellos van a la iglesia. A veces parece que todos escuchamos el Evangelio, pero
cada uno conserva cuidadosamente su pequeña colección de enfados.
Si ampliamos la
mirada, la pregunta se vuelve todavía más incómoda. El Evangelio lleva dos mil
años siendo anunciado y, sin embargo, continúan las guerras, la violencia, las
injusticias y la miseria. No podemos negar que, a primera vista, los frutos
parecen bastante decepcionantes.
¿No era esta
Palabra la que debía alumbrar una humanidad renovada? ¿Por qué sus efectos
parecen tan limitados?
El problema no está en la semilla.
Ante unos
resultados tan pobres, podríamos sospechar que la semilla carece de fuerza.
Quizá otras propuestas, otras ideologías o determinados proyectos humanos
produzcan efectos más rápidos y visibles. Entonces surge la tentación de
abandonar esta siembra y buscar algo que parezca más eficaz.
También podríamos
responsabilizar al sembrador que tal vez no eligió bien el momento, calculó mal
las condiciones o empleó un método poco adecuado.
La parábola quiere
responder a estas preguntas, que siguen siendo las nuestras. Los escasos
frutos no proceden de un defecto de la semilla, cuya calidad es excelente, ni
se explican por una equivocación del sembrador. La diferencia está en los
terrenos que reciben la simiente.
La cosecha depende de
cómo acogemos la Palabra.
Por eso la parábola
dirige nuestra atención hacia los distintos tipos de suelo. Es allí donde
se decide el resultado de la siembra. La misma semilla puede quedar perdida,
brotar solo durante un tiempo o llegar a producir una cosecha abundante. Todo
depende del terreno que la acoge.
Esos suelos, sin
embargo, no están condenados a permanecer siempre como son. Pueden ser
trabajados para que lleguen a ser fecundos. La cuestión decisiva será descubrir
cómo se cultiva cada terreno y qué transformación necesita para recibir la
Palabra y permitirle dar fruto.
El Evangelio
explicará más adelante cómo puede realizarse ese trabajo. Antes, los discípulos
interrumpen el relato con una pregunta dirigida a Jesús.
La misma Palabra
no encuentra la misma respuesta.
«Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «Por qué
les hablas en parábolas?». Él les contestó: «A vosotros se os han dado a
conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le
quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin
ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de
Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque
está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los
ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni
convertirse para que yo los cure”. Pero bienaventurados vuestros ojos porque
ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y
justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron».
Los discípulos
plantean a Jesús una pregunta que podría expresarse así: «Aquí, en Cafarnaúm,
todos hemos escuchado el mismo anuncio. Nosotros hemos comprendido la belleza
de tu propuesta y hemos decidido seguirte, porque quien acoge este mensaje ve
transformada su vida. ¿Por qué, entonces, otros no se han dejado tocar por tus
palabras?».
Mateo pone esta
pregunta en labios de los discípulos porque desea que también nosotros
escuchemos la respuesta de Jesús. Es una inquietud que sigue muy presente en
nuestras comunidades.
Los sacerdotes
escuchamos con frecuencia a madres, algunas de ellas catequistas, que
preguntan: «Mi marido es una buena persona, pero ¿por qué no quiere
participar en estos encuentros sobre el Evangelio? Son tan enriquecedores… ¿Por
qué no descubre la belleza de la Palabra de Dios?». Otras se preguntan por
qué sus hijos no acuden a las reuniones de la comunidad, donde podrían aprender
tantas cosas y encontrar estímulos para hacer el bien.
En el fondo, la cuestión es siempre la misma: ¿Por qué unas personas dicen sí al Evangelio mientras otras permanecen indiferentes o lo rechazan?
La fe es un regalo,
no un privilegio reservado a unos pocos.
La respuesta de
Jesús necesita ser comprendida con cuidado: «A
vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a
ellos no». Estas palabras podrían interpretarse equivocadamente,
como si Dios favoreciera a determinadas personas y excluyera de antemano a las
demás; como si unos estuvieran destinados a la salvación y otros quedaran
privados de ella. Pero Jesús no está defendiendo esa idea.
Cuando dice «se os han concedido», recuerda ante todo
que la fe es un don. Quienes hemos conocido el Evangelio y hemos
descubierto en él una palabra capaz de orientar nuestra vida no podemos
considerarnos superiores a nadie. Lo primero es reconocer el regalo
recibido y dar gracias al Señor.
Y ese don no está
reservado a un grupo escogido. Se ofrece a todos, porque Dios «quiere que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (cfr. 1
Tim 2, 4).
Cada persona recorre
su propio camino hacia Cristo.
Por razones que
pertenecen al misterio y a la libertad de cada ser humano, no todos llegan a
pronunciar su sí a Cristo del mismo modo ni en el mismo momento. Algunos
responden pronto; otros necesitan un camino más largo. Hay quienes nunca
tuvieron la posibilidad real de escuchar el Evangelio y quienes, por elección
propia, prefirieron orientar su atención hacia otros intereses.
Aquí aparecen de
nuevo los distintos terrenos de la parábola. La acogida de la Palabra y los
frutos que produce no dependen de la calidad de la semilla ni de Cristo, que la
ha traído al mundo. Dependen de la tierra que la recibe; una tierra más o menos
preparada, disponible o endurecida.
Esto no significa
que debamos clasificar rápidamente a las personas, como quien coloca etiquetas
en cuatro macetas. La parábola nos invita, más bien, a reconocer que la
respuesta humana es compleja y que cada corazón puede encontrarse en un momento
diferente de su camino.
¿Debe
sorprendernos que suceda así? Jesús responde que no. También los profetas del
Antiguo Testamento anunciaron la Palabra de Dios y, sin embargo, pocas veces
fueron verdaderamente escuchados.
No siempre falta comprensión;
a veces sobra
resistencia.
Jesús recuerda las
palabras del profeta Isaías. En tiempos del profeta, el pueblo cerraba los
oídos y endurecía el corazón para impedir que aquella palabra, que pedía un
cambio de vida, penetrara en su interior (cfr. Is 6, 9-10; Mt 13, 13-15).
No se trataba de
una sordera física ni de una incapacidad intelectual. Aquellas personas
veían, escuchaban y comprendían perfectamente lo que el profeta estaba diciendo
y precisamente por eso se defendían. No querían aceptar un mensaje que
cuestionaba sus decisiones y las invitaba a convertirse.
También hoy puede
suceder algo semejante. A veces el Evangelio no es rechazado porque resulte
incomprensible, sino porque se ha comprendido demasiado bien. La Palabra
alcanza un punto de nuestra vida que preferiríamos mantener cerrado, y entonces
buscamos protegernos de ella.
Por tanto, en
ciertos rechazos puede existir también una responsabilidad personal. La
semilla se ofrece, pero el terreno puede resistirse a recibirla.
Ante esta
resistencia, Jesús no abandona el anuncio ni intenta imponerlo por la fuerza.
Recurre a las parábolas, relatos que respetan la libertad del oyente y lo
ayudan a descubrir desde dentro la verdad que necesita acoger.
Ahora podremos
contemplar qué representan los cuatro terrenos y cómo puede trabajarse cada uno
de ellos para que llegue a producir fruto.
La semilla es fecunda:
El terreno decide la cosecha
«Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del
sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno
y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del
camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y
la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en
cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo
sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de
la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo
sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese
da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
El profeta Isaías
recurre a una imagen especialmente hermosa para expresar la fuerza de la
Palabra de Dios. La compara con la lluvia y la nieve que descienden del
cielo, empapan la tierra, la fecundan y hacen germinar la semilla. No
regresan sin haber cumplido su misión. Del mismo modo, la Palabra que procede
de Dios nunca queda completamente estéril cuando logra entrar en el corazón
humano (cfr. Is 55, 10-11).
Jesús parte de
esta misma certeza. Si la cosecha resulta escasa, el problema no está en la
semilla. La Palabra conserva toda su capacidad de generar vida. La
diferencia se encuentra en el terreno que la recibe.
Antes de
contemplar los cuatro terrenos de la parábola, conviene tener presentes dos
observaciones:
La primera se
refiere al paisaje de Israel. Quienes conocen aquella tierra saben que
abundan las piedras, los matorrales y los pequeños senderos. Durante el tiempo
en que los campos permanecían sin cultivar, la gente los atravesaba para
acortar el camino. El paso continuo terminaba endureciendo determinadas franjas
de tierra.
Los antiguos
maestros de Israel describían con humor la naturaleza rocosa del país. Decían
que, al crear el mundo, Dios disponía de cuatro recipientes llenos de piedras:
empleó tres para la tierra de Israel y solo uno para formar las montañas del
resto del mundo. La exageración resulta simpática, pero transmite bien la idea.
Sin embargo, cuando se consigue limpiar y preparar un campo, aquella tierra
puede ser extraordinariamente fecunda.
También debemos
recordar cómo se sembraba. El agricultor esparcía la semilla ampliamente sobre
el terreno disponible. En ocasiones la mezclaba con un poco de tierra para
distribuirla de manera más uniforme. Al lanzarla, una parte caía en el suelo
fértil, pero otra terminaba sobre los caminos, entre las piedras o en medio de
los espinos.
Los cuatro terrenos
están dentro de nosotros.
Esta es la segunda
observación y quizá la más importante. Jesús no pretende dividir a la
humanidad en cuatro grupos perfectamente identificables. La parábola no nos
entrega un catálogo para clasificar a familiares, vecinos o compañeros: «Este
es terreno pedregoso; aquella, tierra buena; el de más allá, un auténtico
zarzal».
Los cuatro
terrenos conviven en cada uno de nosotros. En nuestro corazón existen zonas
abiertas a la Palabra y otras endurecidas; entusiasmos generosos que duran
poco; preocupaciones que terminan ocupándolo todo y, afortunadamente, espacios
capaces de producir una cosecha abundante.
La pregunta, por
tanto, no es a qué grupo pertenecemos, sino qué partes de nuestra vida
necesitan ser trabajadas para que el Evangelio pueda entrar, arraigar y
transformarnos.
El camino endurecido
El primer terreno
es el sendero.
La tierra ha sido pisada tantas veces que se ha vuelto compacta e
impenetrable. Cuando la semilla cae allí, permanece en la superficie. No
llega a introducirse en el suelo y enseguida vienen los pájaros y se la llevan.
En el mundo
bíblico, las aves rapaces pueden representar las fuerzas que intentan apartar
al pueblo de su alianza con Dios. En el relato de Abrahán, por ejemplo,
las aves descienden sobre los animales preparados para el sacrificio y él debe
ahuyentarlas (cfr. Gn 15, 9-11).
La imagen nos
permite comprender lo que sucede cuando la Palabra alcanza un corazón
endurecido. Antes de que pueda penetrar, otras voces la hacen desaparecer.
Un corazón muy transitado
termina volviéndose impermeable.
¿Qué endurece
nuestra tierra interior? Lo endurece todo aquello que aceptamos sin
reflexión simplemente porque «lo hace todo el mundo». El
permisivismo, las conversaciones vacías o vulgares, determinadas propuestas que
reducen la vida a lo inmediato, la fascinación por las modas y una mentalidad
centrada únicamente en el placer, el éxito o la apariencia van pasando una y
otra vez sobre el corazón.
Al final se forma
un camino tan pisado que el Evangelio ya no encuentra una grieta por la que
entrar.
La Palabra
necesita escucha, silencio y reflexión. Si llegamos a la celebración dominical
saturados de ruido, cansancio y estímulos, resultará difícil sintonizar
interiormente con ella. El cuerpo puede estar sentado en el banco mientras la
mente continúa todavía en otra parte.
No se trata de
condenar la diversión ni de vivir alejados del mundo. Se trata de reconocer que
el corazón necesita tiempo para cambiar de frecuencia. La Palabra no suele
gritar para imponerse; espera encontrar un espacio donde pueda ser escuchada.
¿Cómo se
trabaja este terreno? Podemos comenzar acercándonos al Evangelio durante la
semana. Bastaría con leer serenamente un pequeño fragmento antes de acostarnos
o preparar con antelación el pasaje que se proclamará el domingo. De ese modo
llegaremos a la celebración con la tierra removida y podremos escuchar la
homilía tratando de descubrir qué quiere decirnos aquel texto.
También conviene
proteger la víspera del domingo. Tal vez algunos programas, conversaciones o
entretenimientos no merezcan ocupar toda nuestra atención hasta altas horas de
la noche. Descansar y preparar el corazón puede ayudarnos a recibir la Palabra
con mayor lucidez.
Y podemos
preguntarnos: ¿Cuáles son esas aves que se llevan rápidamente lo que acabamos
de escuchar? ¿Qué ideas, hábitos o distracciones consiguen que el Evangelio
desaparezca de nosotros antes incluso de salir de la iglesia?
La tierra poco profunda
El segundo terreno
posee una capa superficial de tierra, pero debajo se encuentra la roca.
La semilla germina enseguida porque encuentra algo de humedad y calor. Sin
embargo, las raíces no pueden profundizar. Cuando llega el sol, la planta se
seca.
Jesús describe así
a quienes reciben el Evangelio con entusiasmo inmediato. Se emocionan, se
sienten atraídos y responden con generosidad. Pero aquella adhesión no dispone
todavía de profundidad suficiente para resistir las dificultades.
También hoy
contemplamos grandes celebraciones o encuentros religiosos capaces de reunir a
multitudes y despertar una intensa emoción. Los medios de comunicación incluso
pueden interesarse por ellos. La experiencia puede ser sincera y valiosa. La
cuestión es qué sucede después.
¿Ha nacido una
verdadera experiencia espiritual que dejará huella en la vida cotidiana? ¿O
todo desaparecerá en cuanto termine el encuentro y regresemos a nuestras
obligaciones habituales?
El profeta Oseas
emplea una imagen muy expresiva: Un amor semejante a la nube de la mañana o al
rocío que se evapora en cuanto aparece el sol (cfr. Os 6, 4).
La emoción puede iniciar el camino,
pero no puede sostenerlo sola.
No debemos
despreciar el entusiasmo. También los sentimientos forman parte de nuestra
relación con Dios. Una celebración intensa, una palabra que conmueve o un
encuentro que nos devuelve la esperanza pueden ser el comienzo de algo
importante.
Pero después llega
la vida ordinaria, con su cansancio, sus dificultades y sus exigencias.
Entonces la fe necesita raíces. Si no las tiene, el entusiasmo se marchita.
¿Cómo añadir
profundidad a esta tierra? Manteniéndonos unidos a la comunidad y
alimentándonos de la Palabra. La fe cristiana difícilmente se conserva
aislada. Necesitamos la celebración del día del Señor, el testimonio de otros
creyentes, sus consejos, sus correcciones y su apoyo.
Cuando nos
alejamos durante semanas de la comunidad y de la Eucaristía, otras
preocupaciones vuelven a atravesar el corazón hasta endurecerlo. Quizá pensemos
que podemos sostener la fe por nuestra cuenta, pero pronto descubrimos que la
tierra se ha quedado sin espesor.
Podemos
comprobarlo con una pregunta sencilla: ¿Qué ocurre en nosotros cuando pasamos
mucho tiempo sin escuchar el Evangelio, sin celebrar la Eucaristía y sin
compartir la fe con otros? Con frecuencia se seca la vida interior casi sin que
lo advirtamos.
La tierra cubierta de espinos
El tercer terreno
permite que la semilla germine, pero está ocupado también por espinos. Estos crecen con
mayor fuerza, rodean la planta y terminan asfixiándola.
Los espinos
representan las múltiples preocupaciones que acompañan la vida diaria, tales
como la salud, el trabajo, la familia, las amistades y tantos asuntos legítimos. No son
realidades malas. Muchas de ellas son buenas y necesarias.
El problema
comienza cuando absorben toda nuestra atención y todas nuestras energías.
Entonces ya no queda espacio interior para la Palabra.
El activismo
frenético, la preocupación obsesiva por los bienes materiales, la carrera
profesional o la búsqueda constante de reconocimiento pueden apoderarse del
corazón. Poco a poco, el interés por el Evangelio queda arrinconado.
No rechazamos
expresamente a Dios; simplemente estamos demasiado ocupados para escucharlo. Y
los espinos no suelen avisar de que están creciendo.
Lo que ocupa todo nuestro corazón
termina convirtiéndose en un ídolo.
¿Cómo mantener
libre este terreno? Mediante la oración, entendida como un diálogo
constante con el Señor.
La fe es una
relación de amor con Cristo. Quien decide unir su vida a la suya entra en una
alianza que necesita comunicación, escucha y presencia. Algo semejante sucede
en el matrimonio: Cuando el diálogo disminuye, desaparece el interés mutuo y
cada uno comienza a vivir encerrado en su propio mundo, la relación se
debilita.
También nuestra
unión con Cristo puede deteriorarse cuando interrumpimos el diálogo con él. Si
la oración desaparece, quedamos más expuestos a los ídolos, las ansiedades y
los problemas de cada día. No hace falta renunciar formalmente a la fe.
Basta con dejar de cuidar la relación.
La oración
desbroza el terreno porque devuelve a cada cosa su lugar. Las preocupaciones
siguen existiendo, pero ya no gobiernan solas nuestra vida.
La tierra bella
Finalmente aparece
el cuarto terreno; es la tierra capaz de acoger la semilla y producir fruto: «ciento o sesenta o treinta por uno».
El texto griego lo
dice así: «ὁ δὲ ἐπὶ τὴν καλὴν γῆν σπαρείς»; que traducido significa “el
que ha recibido la acción de ser sembrado en tierra bella”. Καλός (kalós)
significa ‘bello’. El texto griego no habla solamente de una tierra «buena»,
sino de una tierra «bella». Esa expresión resulta significativa. El
Evangelio no pretende producir únicamente personas correctas, obedientes o
eficientes. Quiere hacer nacer vidas bellas.
La tierra buena es, literalmente,
la «tierra bella»
El adjetivo καλή
(kalḗ) puede traducirse correctamente como «buena», pero contiene
también los sentidos de «bella», «noble», «excelente» y «apropiada
para cumplir su finalidad». La tierra es bella porque acoge la semilla,
permite que eche raíces y ofrece fruto. La belleza de la tierra se reconoce
en la fecundidad.
Jesús no está
hablando de un suelo bonito a la vista, sino de un corazón que permite actuar a
la Palabra. La tierra se vuelve bella cuando escucha, comprende y deja que el
Evangelio transforme la existencia.
Aquí podemos
percibir una resonancia con otra expresión del Evangelio. En san Juan, Jesús se
presenta diciendo: ἐγώ εἰμι ὁ ποιμὴν ὁ καλός (egṓ eimi ho poimḕn ho kalós)
«Yo soy el
Pastor bueno», o también, con toda la riqueza del griego, «Yo soy el
Pastor bello» (cfr. Jn 10, 11).
No significa que
Mateo esté haciendo una referencia directa al discurso del Buen Pastor. Los
contextos son distintos. Sin embargo, ambos evangelistas emplean el mismo
adjetivo: καλός (kalós).
Cristo es el
Pastor bello porque su amor es verdadero, noble y entregado. No abandona a las
ovejas, no las utiliza ni busca su propio interés: da la vida por ellas. La
suya es la belleza de un amor que se entrega hasta el final.
Y la tierra es
bella cuando acoge esa manera de amar y comienza a reproducirla en sus frutos.
El Pastor bello
hace nacer vidas bellas. Cuando el Evangelio arraiga, no produce solamente
personas formalmente correctas. Hace surgir hombres y mujeres cuya vida
comienza a adquirir la forma de Cristo: personas capaces de escuchar, servir,
perdonar, sostener al débil y ofrecer esperanza.
La belleza
cristiana no consiste en aparentar perfección. Se manifiesta cuando el amor de
Cristo va transformando nuestras relaciones, nuestras decisiones y nuestra
manera de afrontar el sufrimiento.
Un árbol bello se
reconoce por sus frutos bellos. Del mismo modo, la Palabra acogida se reconoce
en una vida que hace el bien de una manera humana, humilde y luminosa.
Quizá podríamos
preguntarnos: ¿qué frutos está haciendo nacer el Evangelio en nosotros?
¿Nuestra manera de hablar, de tratar a los demás y de afrontar los conflictos
refleja algo de la belleza del Pastor?
La tierra bella ya
está presente en cada corazón, aunque a veces aparezca cubierta de piedras o
espinos. Necesita ser cuidada, ensanchada y trabajada. Cuanto más espacio
concedemos a la Palabra, más puede Cristo reproducir en nosotros la belleza de
su amor.
El Pastor es bello
porque entrega la vida; la tierra es bella cuando la acoge y da fruto.
Cuando
el Evangelio arraiga,
embellece
la vida.
Esta belleza puede
comprobarse allí donde la Palabra es acogida con seriedad. Surgen personas
capaces de amar, perdonar, servir y vivir con esperanza. No son perfectas,
pero su manera de relacionarse, afrontar el sufrimiento y entregarse a los
demás deja entrever algo nuevo.
Jesús insiste en
esta belleza. La palabra griega καλός, que a menudo se traduce como
«bueno», posee también el sentido de «bello». El árbol bello produce frutos
bellos. Cristo es ese árbol, y sus discípulos estamos llamados a ser los frutos
que manifiesten su belleza.
Esta tierra fecunda también está presente en cada uno de nosotros. Necesita ser cuidada, ampliada y trabajada. Cuanto más espacio encuentre la Palabra, más podrá transformar nuestra manera de pensar, elegir y vivir.
Seguir sembrando
Al contemplar la
parábola, advertimos que una gran cantidad de semilla parece perderse. Parte
cae sobre el camino, otra entre las piedras y otra queda ahogada por los
espinos.
Ante este
resultado, alguien podría desanimarse y decidir que ya no merece la pena
continuar. Es la tentación de muchos catequistas y anunciadores del Evangelio:
«La gente no muestra interés; por tanto, dejaré de sembrar». Pero esa
conclusión es precisamente el error que la parábola quiere evitar.
Si mucha semilla se pierde,
sembremos todavía con mayor abundancia.
El sembrador no
reduce la siembra por miedo al fracaso. Al contrario, continúa arrojando la
semilla generosamente. Sabe que, entre tantos terrenos difíciles, siempre
existe una porción de tierra capaz de acogerla y producir una cosecha
inesperada.
Esa tierra buena —esa
tierra bella— se encuentra en todos. Quizá esté escondida bajo
las piedras, endurecida por el paso de muchas voces o cubierta de espinos. Pero
existe.
La misión no
consiste en calcular con mezquindad dónde merece la pena sembrar. Consiste
en ofrecer la Palabra con confianza y, al mismo tiempo, ayudar a trabajar los
terrenos.
También nosotros
podemos preguntarnos: ¿Qué parte de nuestro corazón necesita hoy ser removida,
profundizada o liberada para que la Palabra produzca en nosotros una vida
verdaderamente bella?



