lunes, 2 de febrero de 2026

Homilía del Domingo V del Tiempo Ordinario, ciclo a - Mt 5, 13-16 «Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?»

 

Homilía del Domingo V del Tiempo Ordinario, ciclo a

Mt 5, 13-16 «Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?»

08.02.2026

 

Las bienaventuranzas

no se quedan en la montaña.

La semana pasada escuchamos las bienaventuranzas de Jesús y también entendimos algo importante: llega un momento en que hay que bajar del monte y volver a la vida real, al trato con la gente, con quienes piensan de manera muy distinta a lo que hemos oído en la cima. Jesús, de hecho, ya nos lo había advertido con la última bienaventuranza: la acogida que podemos esperar no siempre será aplauso, sino persecución. Y aun así, nos quedamos convencidos de que Jesús tiene razón y de que sus bienaventuranzas son el camino bueno.

Aunque seamos frágiles,

podemos ajustar el rumbo.

Por eso, aunque nos sintamos débiles y vulnerables, es natural que empecemos a pensar en ordenar nuestra vida personal para que encaje lo más posible con la propuesta de humanidad que Jesús nos ofrece. Sería una opción sabia; y ya sería mucho. Podríamos concentrarnos en nuestra madurez espiritual, en crecer como personas. De hecho, algunos maestros espirituales de tiempos pasados recomendaban justamente eso: que cada uno cuide su propia alma. Un poco como hacen los budistas, que buscan individualmente liberarse del dolor mediante una iluminación personal.

Jesús no quiere

una fe “de uso privado”.

Pero ¿de verdad podemos quedarnos ahí? Hoy Jesús nos responde con un no. No basta una adhesión solo personal a su propuesta de bienaventuranza. Hace falta dar un paso más —y es un paso exigente—: comprender por qué.

Las bienaventuranzas

son una sociedad alternativa.

Las bienaventuranzas no son un plan de vida para individuos aislados que persiguen su perfección personal. No. Las bienaventuranzas son la propuesta de una sociedad nueva, distinta, alternativa, donde el compromiso consiste en implicar a todos. Esta es la misión que Jesús quiere confiar primero a aquel pequeño grupo de discípulos que escuchó sus bienaventuranzas en primer lugar, y luego a cada uno de sus discípulos: también a nosotros. Y nos dice qué debemos hacer mediante dos imágenes.

 

Las imágenes

1.- La sal de la tierra

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra».

El “vosotros” de Jesús también nos alcanza hoy.

Jesús está hablando al primer grupo de discípulos que creyó en él y que está dando los primeros pasos siguiendo al Maestro. A ellos —a Pedro, Andrés, Santiago y Juan— les confía la misión de ser sal de la tierra. Pero en cuanto escuchamos ese «vosotros», entendemos enseguida que Jesús también se dirige a nosotros… y ahí empiezan los problemas: aparecen preguntas, objeciones, resistencias.

 

Nos sabe a poco el Evangelio… y eso nos inquieta.

La primera dificultad es muy sencilla y muy humana: ¿cómo podemos ser sal de la tierra hoy, si somos conscientes de que el sabor evangélico de nuestra vida a veces es bastante “insípido”? ¿De verdad quien se acerca a nosotros percibe ese gusto del Evangelio? El domingo escuchamos el Evangelio; luego, entre semana, nos mezclamos con la gente… y nadie lo nota. Somos como los demás; actuamos como los demás, hablamos como los demás, razonamos como todo el mundo; nos acomodamos a la moral corriente, al “así lo hace todo el mundo”. Y, claro, nadie nos persigue, porque en la práctica vivimos y pensamos como viven y piensan todos.

Entonces, ¿cómo vamos a tener el valor de hablar de las bienaventuranzas aprendidas en el monte, si las encarnamos tan poco? Ahora bien: si alguien plantea esta dificultad, al menos significa una cosa buena: ha tomado conciencia de la distancia que lo separa del Bienaventurado, de Jesús, que encarnó todas las bienaventuranzas; el hombre verdadero, el verdadero Hijo de Dios. Y esa toma de conciencia es positiva.

 

Nuestras fragilidades no anulan la elección del Reino.

Conviene recordar algo. Las fragilidades y debilidades que constatamos en nuestra vida no estropean, ni invalidan, la decisión que hemos tomado de querer ser “bienaventurados” como Jesús propone. Miremos quiénes eran esos primeros doce a quienes Jesús les dijo: «Vosotros sois la sal de la tierra».

Pensemos en uno por todos: Pedro. Pedro no cortó de golpe con el modo de pensar del mundo. A lo largo del Evangelio se ve el trabajo que le costó desprenderse de criterios y valores dictados por el maligno. Sigue alimentando sueños de grandeza, esa ambición típica del mundo viejo. Y, sin embargo, Jesús confió en Pedro… y también confía en cada uno de nosotros, a pesar de nuestras debilidades y fragilidades, incluso cuando las reconocemos con sinceridad.

 

Nos da miedo el diálogo… porque nos pueden pedir razones.

La segunda dificultad aparece cuando se nos invita a ser sal de la tierra, incluso aunque estemos convencidos de las bienaventuranzas e intentemos vivirlas en lo concreto: tenemos miedo del encuentro con quien piensa de otra manera. ¿Por qué? Primero, porque si nos piden las razones de nuestra esperanza, muchas veces no sabemos expresarlas. Y después, porque las bienaventuranzas del monte son lo contrario de la mentalidad común, y tememos que se rían de nosotros, que nos tomen por soñadores o ilusos.

Recordemos que esto le pasó a Pablo en el Areópago de Atenas (cfr. Hch 17, 16-34); cuando anunció la resurrección, empezaron a burlarse de él: «Al oír aquello de “resurrección de entre los muertos”, unos se echaron a reír; otros dijeron: Ya te oiremos otra vez sobre eso». El cristiano tiene que contar con esto y no tener miedo de presentarse al mundo del diálogo, del contraste, con quienes piensan distinto.

Si preferimos quedarnos aislados —como hicieron los Once en el Cenáculo cuando todavía no habían recibido el Espíritu: encerrados, con las puertas atrancadas por miedo—, lo que mostramos es que aún no hemos recibido plenamente el Espíritu de Cristo, el que nos empuja a abrir de par en par las puertas y llevar al mundo la sal de la sabiduría evangélica.

Así que, contando con estas dificultades, nos preguntamos: ¿cómo podemos ser sal de la tierra? Y ahora Jesús nos lo dice.

La sal no fue hecha para el salero,

sino para disolverse en la masa.

«Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente».

Jesús no quiere que sus discípulos se aíslen ni que huyan del mundo. El cristiano está llamado a estar presente en todos los contextos de la vida social, con una vida naturalmente distinta de la de quienes se regulan por los criterios de la mundanidad. Pero si la sal se queda en la salera, no sirve para nada: es preciso que entre en la masa. Y cuando entra, sala precisamente así: dando sabor, se va disolviendo. No se impone desde fuera, no se exhibe; se entrega, y en esa entrega transforma.

Y esto no solo vale “para ahí fuera”. A veces, donde más falta hace recuperar el sabor es también en casa, en nuestras comunidades, en las parroquias que se han convertido en un dispensador de sacramentos con curas con poco celo pastoral: cuando el Evangelio pierde fuerza, todo se vuelve rutinario, plano, sin horizonte; y cuando aparece la sabiduría evangélica, hasta lo cotidiano vuelve a tener gusto.  Ahora bien, ¿cómo debe ser sal el cristiano?

 

¿Tienes sal en la cabeza o serrín?

En tiempos de Jesús —como hoy— la sal tenía muchas funciones. Al usar esta metáfora, Jesús se refiere a todos sus usos. El primero, el más inmediato, es dar sabor a los alimentos. Por eso, desde antiguo, la sal se convirtió en símbolo de la sabiduría: lo que da gusto a la vida. Aún hoy decimos que alguien “tiene sal en la cabeza” cuando habla con sensatez; y llamamos “insípida” a una conversación cuando es aburrida, vacía, sin sustancia. Aunque muchas veces hemos oído lo contrario: ‘tiene serrín en la cabeza’.

Lo notamos enseguida; cuando en un grupo hay una persona sabia, la conversación sube de nivel, se vuelve interesante, enriquecedora, con “sabor”. Pablo conoce este simbolismo y, escribiendo a los colosenses, recomienda: «que vuestra conversación sea siempre agradable, condimentada con sal» (cfr. Col 4, 6).

Por eso el modo de hablar del cristiano ha de tener un sabor particular, distinto del discurso corriente. En la boca del cristiano chirrían las vulgaridades, las trivialidades, las groserías. Pero no se trata solo de educación o de “buenas maneras”, como si el Evangelio fuera un manual de urbanidad. Se trata de algo mucho más decisivo: el cristiano lleva al mundo una sabiduría que da sabor y sentido a la vida.

Miremos alrededor: ¿qué vemos? Muchas veces, una verdadera feria de vanidades y vacíos. Cuánta frivolidad circula en los medios; cuántas necedades con las que se intenta tapar el hueco de sentido. Por eso es necesaria la presencia del cristiano en el contexto social, cultural y eclesial: para recordar los valores por los que vale la pena vivir; para llevar una sabiduría que ayude a leer el sentido de las alegrías y de los dolores, de las sonrisas y de las lágrimas, de las fiestas y de los lutos.

Sin el Evangelio, al hombre no le queda más que aferrarse a alegrías de corto alcance, a sueños que duran poco. El Qohelet lo expresa con realismo: come, bebe, disfruta de lo que la vida te ofrece en los pocos días que Dios te concede; y, al final, reconoce que todo eso es vanidad, viento, vapor que se desvanece sin dejar huella (cfr. Qo 9, 7-9; 1, 2.14). ¿Ese es el sentido de la vida del hombre? Pues bien; el cristiano lleva al mundo la sal de una sabiduría nueva, la que da sentido.

La sal conserva:

El cristiano frena la corrupción del corazón.

La sal también tiene otra función muy importante: conservar los alimentos. En tiempos de Jesús no había frigoríficos; para impedir que la comida se estropeara se salaba, y así duraba más. Se recuerda incluso que Magdala era conocida por esta industria: se salaba el pescado, se secaba y luego se vendía en los mercados de Galilea. También Pedro pescaba de noche y por la mañana lo llevaba allí, donde era salado.

La sal se extraía del Mar Muerto y se exportaba incluso a Egipto. De hecho, uno de los elementos usados para la momificación era la sal. Se vendía en bloques y era muy valiosa.

Y como la sal impide la corrupción, por asociación de ideas se la vinculó también con la lucha contra las fuerzas negativas, contra los espíritus malignos. Todavía hoy se usa sal como gesto de “protección” frente a maleficios. Incluso se ve a veces —antes de algún partido— a aficionados que van a “salar” el campo para evitar que alguien lo haya “gafado”. Cierro el paréntesis, pero el gesto da una pista; la sal como símbolo de protección frente a las fuerzas del mal. También entra en la composición del agua bendita, que se utiliza —por ejemplo— en el ministerio de los exorcistas para rechazar a los demonios.

 

¿Y qué significa, entonces, la sal del cristianismo en la sociedad? Esto: protegerla del desmoronamiento, de la descomposición, de la corrupción moral.

Pongamos algunos ejemplos. En una sociedad donde lo que cuenta es el dinero, la acumulación de bienes, ¿cuánto vale un hombre? En un mundo donde tú “cuentas” si produces, ¿qué cuenta realmente la persona? A veces parecería —como dice el profeta Amós— que un hombre vale lo que valen un par de sandalias; o, como dice Jesús, menos que una oveja. Y cuando vemos lo que sucede en tantas guerras, la pregunta se vuelve inevitable: ¿cuenta algo el hombre? El cristiano es sal porque recuerda la dignidad intangible de la persona y porque insiste en que el bien del ser humano debe ser siempre el punto de referencia de toda elección.

Otro ejemplo: en un mundo donde se pone en duda la inviolabilidad de la vida humana, donde todavía existe la pena de muerte, el cristiano está llamado a comprometerse para custodiar ese valor. La vida humana es intangible desde su surgir hasta su apagarse natural. El cristiano es sal porque recuerda su sacralidad. Ya desde el principio, en la Biblia, incluso Caín es protegido por Dios: la vida del hombre no puede ser tocada.

Otro ejemplo: cuando se banaliza y se mercantiliza la sexualidad, cuando se la reduce a un “cómo, dónde, cuándo y con quién” según convenga, porque “los tiempos han cambiado”; cuando convivencias y adulterios dejan de llamarse por su nombre y se disfrazan como “compensaciones afectivas” … el cristiano recuerda la santidad de la relación entre el hombre y la mujer y el proyecto de Dios sobre el amor esponsal.

Otro ejemplo: en un mundo donde se busca el propio provecho y el objetivo es pensar en uno mismo y estar bien, el cristiano llama la atención hacia las necesidades del otro. Por eso los padres cristianos educan a sus hijos en estos valores; también en el sacrificio, en la renuncia, en no vivir encerrados en el propio interés; educan en la atención a las necesidades del hermano.

Y, naturalmente, el cristiano es sal no porque imponga estos valores, sino porque los vive. No agrede a quien no los comparte: los practica con alegría, convencido de que vivir realmente como hombres es vivir como enseña el Evangelio.

La sal se vuelve insípida

cuando el discípulo se vuelve necio.

Jesús plantea también un caso inquietante: que la sal pierda su sabor. El texto griego lo expresa así: «Ὑμεῖς ἐστε τὸ ἅλας τῆς γῆς· ἐὰν  δὲ τὸ ἅλας μωρανθῇ, ἐν τίνι ἁλισθήσεται; εἰς οὐδὲν ἰσχύει ἔτι εἰ μὴ βληθὲν ἔξω καταπατεῖσθαι ὑπὸ τῶν ἀνθρώπων». Parafraseando a Jesús; Jesús no nos dice primero ‘deberíais ser’, sino ‘vosotros sois’: sois la sal de la tierra. Pero si esa sal se desvirtúa, si pierde su fuerza y hasta se vuelve necia, ¿con qué podrá volver a salar? Entonces ya no tiene vigor para nada: solo queda tirarla fuera, para que la pisen los hombres.

Jesús remata con una imagen muy dura: si la sal pierde su fuerza, ‘ya no sirve para nada; solo para ser arrojada fuera y pisoteada por los hombres’. Ese ‘pisoteada’ no es solo una escena física: expresa el desprecio. Lo que ha perdido su razón de ser acaba tratado como algo sin valor, como cosa tirada al borde del camino.

Y ahí cabe también un matiz muy realista: cuando el discípulo deja de ser sal, cuando el Evangelio se vuelve insípido en nosotros, no solo dejamos de transformar; corremos el riesgo de convertirnos en objeto de burla, de ser mirados con ironía, de que se rían de nuestra fe como de un sueño ingenuo. No porque el mundo tenga siempre mala intención, sino porque una fe sin sabor se vuelve irrelevante, y lo irrelevante se ningunea, se ridiculiza o se pisa sin pensarlo.

Por eso la advertencia de Jesús no es una amenaza, sino una llamada a la verdad: si el cristiano se diluye en la mentalidad común y pierde el gusto del Evangelio, termina perdiendo también el ‘peso’ de su presencia. La sal solo evita ser pisoteada cuando, humildemente, sigue siendo sal.”  

La gran parte de los químicos dirían que eso es imposible, que la sal sigue siendo sal. Y, sin embargo, el Evangelio usa un verbo provocador: μωραίνω (morainó) —que en Mt 5, 13 aparece como μωρανθῇ (moranthē)—. Es significativo, porque sugiere a la vez dos cosas: por un lado, “quedarse sin sabor”, perder la fuerza; y, por otro, por su parentesco con la “necedad”, la idea de “volverse necio”, como si la sal pudiera olvidarse de lo que es.

El cristiano tiene la sal de la sabiduría evangélica, pero corre siempre el riesgo de “perder la cabeza” en este sentido: de perder ese sabor de sabiduría que debe llevar al mundo.

¿Y cómo puede suceder? Porque el cristiano vive en contacto con quienes piensan de manera completamente distinta, y su pensamiento puede quedar contaminado por la sabiduría del mundo. Entonces pierde su sabor y su presencia deja de tener significado.

Esto ocurre cuando el Evangelio pierde su gusto porque empezamos con los “sí, pero…”, los “ya, pero…”, los “sin embargo…”: “hay que adaptarse”, “hay que adecuarse” …, ‘lo acatas porque es lo que hemos decidido todos sinodalmente’…

         El Evangelio puede ser comprendido, puede ser acogido o rechazado; pero no puede ser modificado, no puede ser contaminado el sabor de la sal evangélica.

Ahora la segunda imagen con la que Jesús nos indica qué estamos llamados a ser en el mundo.

 

Las imágenes

2.- La luz del mundo

«Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte».

Dios es luz:

donde Él entra, la muerte retrocede.

El simbolismo de la luz atraviesa toda la Biblia. La luz es la primera criatura de Dios: «Dijo Dios: ‘Que exista la luz’, y la luz existió» (cfr. Gn 1, 3). Y en la Escritura la luz es siempre positiva porque es símbolo de vida; mientras que la tiniebla representa el mundo de los muertos, la “no vida”.

En Dios hay solo luz: «Dios está envuelto de luz como de un manto» (cfr. Sal 104). Y la primera carta de Juan lo dice con una claridad que corta el aire: «Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna», no hay ningún signo que recuerde a la muerte (cfr. 1 Jn 1, 5).

Esa luz de Dios llega a los hombres a través de su Palabra, a través de la Torá. «Lámpara para mis pasos es tu palabra, luz en mi camino” (cfr. Sal 109). Por eso, delante del velo del Templo que separaba el Santo de los Santos del Santo, había siempre encendida la menorá, el candelabro de siete brazos: símbolo de la luz que venía de Dios y que alumbraba el mundo.

 

Lo escandaloso no es que Jesús sea luz:

Es que lo diga de sí.

Con este trasfondo se entiende el escándalo de una afirmación inaudita. Jesús dice: «Yo soy la luz del mundo; quien me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (cfr. Jn 8, 12). Para un piadoso israelita, aquello sonaba a herejía, a blasfemia. Pero Jesús se presenta como luz porque ha mostrado la belleza del rostro de Dios; una luz que viene a disolver las tinieblas del mundo, los odios, las violencias, las mentiras, las injusticias.

Todavía más fuerte:

Jesús confía su luz a gente frágil.

Sin embargo, más chocante aún es la otra afirmación: «Vosotros sois la luz del mundo». ¿Vosotros quién? Ese pequeño grupo de primeros discípulos que da sus primeros pasos siguiendo al Maestro. Vamos pasando lista uno por uno. ¿Cuántas veces Jesús les dice: «Sois gente de poca fe»? (cfr. Mt 6, 30; 8, 26; 14, 31; 16, 8; Lc 12, 28). Les pregunta: «¿De qué veníais discutiendo por el camino?» (cfr. Mc 9, 33-34).

Siguen cultivando sueños de mundanidad; ser grandes, dominar, enriquecerse. Y llega el momento decisivo: cuando tienen que elegir quedarse con el Maestro, salen corriendo todos. Y aun después de la Pascua siguen llenos de dudas e incertidumbres. Cuando nace la primera comunidad, habrá también discusiones, choques, incomprensiones.

Pues a estos, precisamente a estos, Jesús les da su confianza. A esa comunidad de los primeros discípulos… y a nosotros. «Vosotros sois la luz del mundo». Somos pequeñas lucecitas, sí, pero Jesús confía en nosotros. Y nos llama a llevar al mundo —con la vida y con la palabra— la luz del Evangelio.

 

La luz no se mezcla:

Ilumina y enseña a discernir.

La imagen de la luz completa la de la sal. La sal se mezcla con los alimentos; la luz no se mezcla. ¿Qué hace la luz? Ilumina las cosas y hace resaltar su valor: lo que vale y lo que no vale; lo que es bueno y lo que es malo; lo que es comestible y lo que no debes tocar porque es venenoso. La luz indica el camino seguro y el peligroso, señala los barrancos que hay que evitar. Permite, por tanto, discernir entre el bien y el mal.

El discípulo está llamado a ser luz con su palabra y con su persona, con su vida. Jesús quiere discípulos luminosos: “Brillad, tenéis que ser personas que dan luz”.

 

Brillar no es exhibirse:

Es dejar que Dios sea visible.

Jesús añade un ejemplo ligado a la luz: «No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte». Pero no invita a sus discípulos a ponerse en primer plano, a hacerse notar, a mostrar que son mejores que los demás. Eso contradiría lo que Jesús enseña en otros pasajes: «No practiquéis vuestras obras buenas delante de los hombres para ser vistos» (cfr. Mt 6, 1). «No toquéis la trompeta cuando dais limosna.» «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha» (cfr. Mt 6, 2-3).

Aquí Jesús evoca un texto de Isaías sobre Jerusalén: la ciudad será levantada en la cima de los montes, será el más alto de los collados, y todos los pueblos acudirán, porque de Jerusalén saldrá la luz, la palabra del Señor (cfr. Is 2, 2-3). Jesús está diciendo: ya no será desde Jerusalén de donde salga esa luz, sino desde vosotros, mis discípulos; desde esta comunidad nacida del anuncio del Evangelio y de mi persona.

Ahora Jesús nos pone también en guardia ante un peligro. Así como la sal puede perder su “sabor”, también el cristiano puede apagar la luz del Evangelio, puede debilitar su resplandor. Escuchemos cómo puede ocurrir esto y de qué riesgo quiere Jesús advertirnos.

 

No tapemos el Evangelio

con nuestra “medida”.

«Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Jesús pone a sus discípulos en guardia frente a un peligro muy concreto: el de esconder, de algún modo, la luz del Evangelio usando la imagen del celemín, esa medida con la que se calculaba el grano. Es como si dijera: “No cubráis la luz del Evangelio con el celemín” (cfr. Mt 5, 15). Y el aviso es fino; tengamos cuidado de no “medir” el Evangelio con criterios humanos, con el simple sentido común, con nuestras razonables prudencias. Porque, en cuanto dejamos que nuestro “buen juicio” se siente como juez del Evangelio, la luz se nos apaga. El amor ni el perdón no se puede medir.

Cuando el “sentido común” manda,

la luz se vela.

Jesús dice: «si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra» (cfr. Mt 5, 39). Y si a esto le aplicamos sin más nuestra lógica inmediata, enseguida cubrimos la luz: “Eso no es razonable”. Jesús dice también: «si te quitan el manto, entrégales incluso la túnica» (cfr. Mt 5, 40). Y, si ponemos nuestra propia medida, nuestro “celemín”, volvemos a tapar el Evangelio: “Eso ya es demasiado”. No es que la fe desprecie la inteligencia; es que hay una sabiduría del Evangelio que no cabe en la calculadora del puro interés.

Por eso Jesús nos advierte: no intentemos velar la luz del Evangelio, es decir, no busquemos esconder esas partes que nos incomodan, que parecen demasiado difíciles. Por ejemplo, compartir los bienes: sí, compartir… pero no como “hacer un poco de limosna” para quedarnos tranquilos, sino como un estilo de vida que se deja tocar por el hermano. O el perdón sin condiciones. O el amor gratuito incluso al enemigo (cfr. Mt 5, 44). O la renuncia a la violencia, aunque a veces nos parezca “muy razonable” defenderse a golpe de fuerza. Tampoco doblegarse o apoyar unas medidas políticas o sociales -aparentemente evangélicas, pero con tufo de ideología que impide el correcto discernimiento- en detrimento del bien común del resto de las personas y de la estabilidad de un pueblo.

En cuanto empezamos a seleccionar, rebajar, suavizar para que no moleste, estamos poniendo el celemín encima de la lámpara.

La luz empieza en casa:

Primero nos ilumina a nosotros.

Y esta luz —dice Jesús— debe brillar para los que están en casa (cfr. Mt 5, 15). ¿Cuál es esa casa? La comunidad cristiana. La luz debe iluminar, ante todo, a los que hemos elegido pertenecer a la comunidad de los discípulos de Cristo. Después, sí, resplandece hacia fuera; pero antes tenemos que dejarnos iluminar nosotros. Porque, si la luz no nos alcanza por dentro, fuera solo llevaremos palabras… y las palabras sin luz no alumbran: deslumbran o cansan.

 

No se trata de imponer:

Se trata de una belleza que atrae.

Entonces Jesús dice: «Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras». Pero en griego no dice «buenas obras», sino «τὰ καλὰ ἔργα» dice «las obras bellas»; no solo acciones “buenas” en sentido moral, sino acciones hermosas, nobles, con una belleza que se ve y atrae.

O sea, no dice solo “obras buenas”, sino “obras bellas”. El cristiano está llamado a ser una persona bella. Y la belleza —cuando es auténtica— tiene algo irresistible: atrae sin hacer propaganda. No hace falta ir recomendando a todos que vivan de una manera u otra cuando ven que alguien se vuelve más humano, más libre, más limpio por dentro, porque está encarnando el Evangelio.

El cristiano, de algún modo, “inquieta”, sí, pero no invade. Respeta la libertad y la inteligencia del otro. No está llamado a adoctrinar, sino a despertar deseo; a fascinar con la belleza de una vida evangélica. Por eso no impone dogmas como quien impone un código, ni levanta la voz: cuando uno grita, deja de ser bello; asusta y aleja. Por ejemplo, pensemos en una familia: uno no convence a los suyos a base de discursos interminables, sino cuando, con paciencia y coherencia, su vida empieza a “hacer hogar” y a dar paz.

Esta belleza de vida ya era recomendada en la Iglesia primitiva. En la primera carta de Pedro se dice a comunidades que viven entre paganos, y además en un clima difícil de persecución: «Portaos dignamente entre los no creyentes, para que vuestro buen comportamiento desmienta a quienes os calumnian como si fuerais malhechores, y así ellos mismos glorifiquen a Dios el día de su venida» (cfr. 1 Pe 2, 12). El cristiano rompe con la mundanidad, sí, pero tiene el deber de vivir de un modo bello, porque refleja a Jesús, el hombre verdaderamente bello, y así muestra —sin imponerse— que la vida evangélica no solo es verdadera: también es hermosa.

domingo, 1 de febrero de 2026

Noviazgo a prueba de rutina, del yo al nosotros: Noviazgo con batería baja

 

Noviazgo a prueba de rutina, del yo al nosotros : Noviazgo con batería baja

CÓMO PASAR DEL YO AL NOSOTROS SIN PERDER LA CABEZA

¿Qué nos ha pasado en el ascensor?

Marian y Marcelo salen del coche y se quedan un segundo en silencio. No es un silencio bonito. Es ese silencio raro que aparece cuando llevas un rato aguantando el tipo. Vienen de comer con los padres de él. Mesa larga. Sobremesa eterna. Comentarios que van envueltos en “era broma”, pero se clavan igual. Sonrisas educadas. Y esa sensación incómoda de haber estado allí, pero como fuera de sitio.

En el ascensor se miran un segundo. Y casi al mismo tiempo apartan la mirada, como si pesara.

No es una tragedia. Tampoco es “ya está, esto se ha roto”. A veces no falta amor. Falta batería. Y otras veces no es que se haya ido la chispa, es que sin darnos cuenta empezamos a tratarnos como si el otro fuera un trámite más del día.

Marian tiene 25. Marcelo 26. Cada uno vive en casa de sus padres. Se ven lo que pueden, se organizan como pueden, salen con amigos, vuelven tarde algunos días, madrugan otros. Y además quieren vivir el noviazgo cristiano hoy sin postureo, sin hacerse los perfectos. Con fe, sí, pero también con los pies en la tierra. Porque amar bien no siempre se siente bonito. A ratos amar bien se parece más a elegir lo que cuida que a sentir mariposas.

Y aquí empieza todo. En lo pequeño. En lo que se queda dentro y no se dice.

Hoy estamos sin gasolina

Ese mismo domingo, antes del postre, ya hubo un mini choque. Nada épico. Marian preguntó algo normal, de logística. Marcelo respondió seco. No gritó, pero mordió. Luego se calló. Ella también. La conversación general siguió como si nada, y ellos dos se quedaron solos en mitad del ruido.

Esto es bastante común. Cuando vamos con sueño, con hambre, con estrés o saturados de gente, la cabeza se vuelve intensa. No piensa, interpreta. Un silencio se convierte en “estás pasando de mí”. Un audio corto en “ya no le importo”. Un gesto serio en “esto no funciona”.

Y aparece esa frase peligrosa que suena a sentencia. Igual esto no es.

Aquí hay una regla sencilla que les está salvando más de una discusión. Con sueño, hambre o estrés, no cerramos sentencias. No porque todo valga, sino porque con la batería en rojo no estamos para decidir cosas grandes.

Marian lo nota en sí misma. Se le dispara la cabeza y se le va el cuerpo por delante. Marcelo lo nota también. Se le sube el orgullo y le sale el tono de defensa. Y justo ahí, si se ponen a hablar “de lo nuestro”, normalmente la lían.

Esa noche, ya cada uno en su casa, Marcelo se da cuenta de que ha ido borde. Manda un mensaje simple, sin discurso. “Perdón por antes. Iba fatal. Mañana lo vemos bien.” Marian lo lee y se le baja el nudo. Ella también se conoce. Contesta sin castigar. “Vale. Yo también iba cruzada. Mañana café.”

No arreglan la vida esa noche. Pero no la empeoran. Y eso ya es mucho.

Lo íntimo, sin ir a lo loco

Viernes por la noche. Marian se recoge el pelo con una goma. Un gesto tonto. Y a Marcelo se le enciende el deseo de golpe. La desea de verdad, con el cuerpo. Y no pasa nada por decirlo. El deseo es parte del amor. El problema no es sentirlo. El problema es qué hacemos con él cuando viene acelerado y mezclado con ansiedad y ganas de desconectar.

Se besan. Y Marcelo nota que va rápido. Demasiado. Como si el deseo viniera con prisa. Marian lo nota al segundo. El cuerpo canta cuando el ritmo ya no es compartido.

No es que Marian tenga miedo al deseo de Marcelo. A veces le encanta. El problema aparece cuando siente que él está buscando alivio más que encuentro. Y Marcelo, si es honesto, sabe que a veces le pasa. No por maldad. Porque está cansado y el cuerpo pide descargar.

Ahí está la pelea interior que muchos jóvenes viven y casi nadie dice tal cual. La de no usar al otro para calmarse. La de no convertir a la persona que amas en un botón de “apagar estrés”. La de no confundir “te deseo” con “te tomo”.

Marcelo se frena. No suelta una frase redonda. Suelta una real. “Espera. Me estoy acelerando.” Marian respira. Le sale una risa pequeña, más de alivio que de broma. “Gracias. Dame un abrazo y ya.”

Y Marian también tiene su dificultad. Hay días en que, si Marcelo no insiste o está más tranquilo, se le cuela una inseguridad tonta. “Igual ya no le gusto.” Y sin darse cuenta busca pruebas. No lo pide con palabras, intenta cobrarlo con gestos. No por manipular, sino por miedo. Y ese miedo, si no se nombra, manda. Lo que se vive en secreto crece.

Aquí la propuesta es simple y posible. Antes de ir más allá, volver a la mirada. Preguntar si están en el mismo ritmo. Decir lo que pasa sin drama. “Voy muy rápido.” “Hoy necesito ir despacio.” “No me uses para calmarte.” “No te uso, te quiero.”

Eso es respeto con piel. Eso es amar con dignidad.

Menos queja, más cuidado

Marian y Marcelo tienen amigos que cambian de pareja como quien cambia de plan un sábado. No siempre por egoísmo. Muchas veces por miedo al bajón. Por la idea de que, si ya no es intenso, ya no es.

Ellos también sienten esa tentación. No la de cambiar de persona, pero sí la de medirlo todo por el estómago. Hoy siento, hoy no siento. Hoy me sale, hoy no me sale. Y en redes todo ayuda a compararte. Parejas perfectas. Vidas perfectas. Y tú un martes con ojeras, con curro, con una discusión por una tontería.

Aquí hay una idea clave que se aprende con práctica. Lo que calma educa. Si nos entrenamos en calmar el vínculo, en reparar el tono, en volver al cuidado cuando no apetece, el corazón aprende. Lo que se repite se instala.

Un día deciden probar algo muy concreto. Eligen una queja automática y la cambian por un gesto de cuidado durante tres días. Sin discursos.

Marian cambia el “siempre llegas tarde” por un “avísame, aunque sea con un audio”. Marcelo cambia la defensa por un abrazo sin prisa y un “vale, lo pillo”. No es mágico. Es entrenamiento.

Y funciona porque es pequeño.

Familia y amigos, sin que manden

Una cena con amigos. Luego una previa. Luego música y ruido. Alguien suelta una broma sobre Marian buscando risa fácil. Marcelo se ríe por reflejo. Marian sonríe por educación. Dos segundos.

Por dentro se le queda una sensación fea. No tanto por la broma, sino por sentirse sola.

De vuelta, hay silencio. El cansancio pesa. Marian lo dice corto, sin acusar. “Me ha dado cosa que te rieras.” Marcelo lo pilla. “Tienes razón. Me ha salido por quedar bien.”

Eso es equipo.

Ahora vuelve el domingo con los padres de Marcelo. La madre opina con cariño y costumbre. “A ver si tú le enseñas a organizarse…” Risas. “Es broma.” Marian se encoge un poco por dentro. Marcelo duda un segundo. Y elige. “Mamá, para. Eso sobra. Marian y yo lo llevamos.”

Con los padres de Marian pasa algo parecido. Consejos, llamadas, opiniones sobre trabajo, fe, futuro. Todo con buena intención. Pero la buena intención, sin límites, ocupa demasiado.

Aquí hay una regla sencilla. La pareja decide primero y luego informa. Las familias pueden sumar mucho. Pero no pueden mandar dentro del vínculo.

Una ayuda práctica. Tener una señal de equipo en comidas y planes sociales. Un gesto pequeño que diga “me estoy sintiendo expuesto” o “ayúdame”. Y una norma clara. En público somos bloque. En privado lo hablamos.

Al final del día, Marian y Marcelo llegan cada uno a su casa. Se mandan un audio corto. Nada épico. Nada perfecto. “Estoy cansado, pero estoy contigo.” “Hoy no me sale sentir mucho, pero no me voy porque algo me dice que te quiero.”

Y ahí se entiende lo esencial. Amar no siempre es sentir mucho. Amar es elegir el bien del nosotros cuando el yo quiere ganar. El amor maduro no siempre es emoción brillante.

Preguntas para hablarlo entre Marian y Marcelo

¿Qué señales nos dicen que hoy estamos sin gasolina y qué hacemos para no discutir de fondo en ese estado?; ¿Cuándo notamos que nos hablamos como equipo y cuándo nos sale vivir como negociación?; ¿Qué queja habitual podríamos cambiar por un gesto de cuidado durante tres días seguidos?; ¿En qué momentos sentimos que el grupo nos escribe un guion y cómo queremos responder como pareja?; ¿Qué significa para nosotros tratarnos como persona y no como trámite, también en lo íntimo?; ¿Qué frase sencilla y verdadera podríamos decirnos cuando todo está gris y no nos sale la emoción?; ¿Qué límites necesitamos con nuestras familias para que sumen sin mandar, y cómo los hablamos sin atacar?; Si miramos el carácter que vemos hoy, con lo bueno y lo torpe, ¿podríamos ser felices si esto se mantuviera con los años?


Noviazgo: Cuando el sentimiento no responde y el amor tiene que hablar

 

Cuando el sentimiento no responde                                                                            y el amor tiene que hablar

Cómo usar este texto

Si lo leéis en pareja funciona mejor en dos ratos. El primero para los días raros. El segundo para los días duros. No hace falta estar de acuerdo en todo. Basta con entenderse un poco más.

Regla simple. Con sueño, con hambre o con estrés, no cerramos sentencias. Primero bajamos el volumen. Luego hablamos.

Arranque

Hay días en que nos miramos y, sin embargo, no nos encontramos. Estamos delante, incluso cerca, pero algo no encaja. La conversación se vuelve corta, la sonrisa se queda a medias y la mirada, esa que en otros momentos parecía casa, se hace incómoda. A veces basta un comentario fuera de tono. A veces es un silencio largo. Y entonces aparece la pregunta que nadie quiere formular demasiado alto.

Esto que tenemos, funciona.

Nos pasa a muchos. Buscamos señales en el estómago, en la emoción, en esa chispa que al principio parecía un motor infalible. Y, cuando baja la intensidad, entran las dudas. Como si el amor tuviera que sonar siempre a música de trailer. Pero el amor, si va en serio, no es solo un estado de ánimo. Es algo más humilde y más exigente.

La vida en común se vive con el carácter y con las creencias. Dicho así suena poco romántico, lo sé. Pero precisamente por eso es decisivo.

PARTE 1

Cuando el día está raro

Unidad 1

Mariposas, miedo y esa frase que no quieres pensar

Mariposas, orgullo y la duda que se instala

Hay quien no se enamora con fuegos artificiales. Hay quien empieza una relación con alguien estupendo, con valores parecidos, con futuro, y aun así piensa “debería sentir más”. Y esa idea muerde. El enamoramiento, cuando llega, es un estado bonito. Un empuje. Una especie de sol en el pecho. Pero también pasa. Es transitorio. Y no desaparece porque el amor sea falso, sino porque la vida se normaliza y el corazón se asienta. La cuestión no es si sentimos el mismo subidón siempre. La cuestión es si, cuando el subidón baja, queda algo verdadero.

Escena breve. Boca de metro, diez minutos antes de separarse. Hay ruido, prisa y ese cansancio de entre semana. Aquí no falta amor, falta gasolina.

—Estoy raro.
—Ya. Raro cómo.
—Apagado. Y me he rallado.
—¿Apagado de sueño o apagado de “ya no”?
—De sueño, pero mi cabeza se pone intensa.
—Vale. ¿He hecho yo algo?
—No. Me entra el “igual esto no es”.
—Con el depósito a cero, todo parece señal.

Pausa corta. No se miran como jueces. Se miran como gente.

—Hoy no puedo arreglarlo —dice él.
—No lo arregles. Dime una cosa. Una sola. Por qué sigues aquí.
—Porque contigo estoy en paz. Y porque me da orgullo decir que eres tú.
—Vale. Mañana café. Hoy, a dormir.

Para hablarlo.
Qué haces tú cuando te asusta no sentir. Te pones frío, te pones intenso, te callas, buscas pruebas.

Micropráctica.
Una frase por persona. Un porqué real, sin adornos.


Unidad 2

Señales sencillas que dicen mucho

Señales que no caben en un test, pero dicen mucho


         Nos gustaría medirlo todo. Tener datos. Hacer un diagnóstico. Pero las relaciones no se dejan encerrar del todo en una tabla. Aun así, hay señales que, sin ser “científicas”, suelen ser reveladoras.

Una es la mirada. Cuando una pareja se quiere de verdad, suele poder mirarse a los ojos sin huir. La mirada y la sonrisa de complicidad tienen algo de termómetro. Los ojos no suelen mentir. Cuando las cosas van mal de fondo, sostener esa mirada se hace cuesta arriba. Se puede reír, claro. Pero sonreír de verdad es distinto. Una mirada tierna no se sostiene mucho tiempo si estamos fallando en el amor.  Otra señal es el “nosotros”. No como frase bonita, sino como dirección vital. Si nuestro proyecto va en la misma línea. Si, en lo importante, nos ayudamos a crecer. Si empezamos a vivir en clave de “yo y tú” como dos intereses enfrentados que compiten por llevarse el gato al agua, ahí empieza algo parecido al desamor. Mis intereses. Tus intereses. Y cada vez menos “nuestros intereses”.

Cuando estamos enamorados, conjugar el “nosotros” sale casi solo. Los gestos de cariño, la predisposición a agradar, la facilidad para acordar. Eso es un regalo. Luego llega el día a día y ya no sale solo. Ahí se ve si el “nosotros” era una emoción o un camino.

         Podemos preguntarnos sin acusar. Qué estamos construyendo, un equipo o una negociación permanente.

Escena breve. Salida del cine. Hace frío y hay sueño. Los amigos hablan alto. Aquí entra el “nosotros” en público.

—¿Qué te pasa?
—Estoy picado.
—¿Por la peli?
—No. Por el otro día. Lo de “eres intenso” delante de Marta y Pablo.
—Jo. Lo siento. No lo pensé.
—Me lo tragué y hoy me ha salido torcido.
—Gracias por decirlo. No te dejo mal delante de nadie.
—Y yo lo digo antes. En privado.
—Eso. Y hoy, a dormir. Con sueño no somos gente.

Para hablarlo.
Qué te dolería que tu pareja soltara de ti delante de otros.

Micropráctica.
Una regla de dos. En público no me expongo. En privado lo hablamos.

Unidad 3

El carácter asoma en lo pequeño

El carácter que asoma cuando nadie está mirando

Imaginemos una escena muy corriente. Estamos con nuestra pareja y, de pronto, suelta una exageración para quedar bien. O presume. O se pone por encima. O dice algo que no es verdad, quizá para no quedar mal. No es una tragedia, pensamos. Solo una tontería. Hasta que se repite. Y un día nos descubrimos con miedo a decirle que eso nos descoloca.
Aquí solemos equivocarnos por los dos extremos. O hacemos como si nada, para no discutir. O lo soltamos en una bronca general, como si estuviéramos redactando una sentencia. Lo sensato suele ser otra cosa. Hablar, sí. Pero hablar con precisión. No una descripción global del “tú eres así”, sino algo concreto, pegado a una situación real. Decirlo cuando ocurre, con calma. Señalar que había una manera más adecuada de actuar.
Y luego observar. No hace falta montar un tribunal. Basta mirar si el otro se defiende a la primera, si escucha, si se queda pensando, si rectifica, si se enfada siempre o si aprende. Porque una cosa es tener defectos y luchar con ellos. Otra es convertirlos en bandera. Nos ayuda una pregunta incómoda, de las que dan libertad. Si esto que ahora vemos se mantuviera con los años, podríamos ser felices. Si la respuesta es sí, seguimos. Si la respuesta es no, hay que ser valientes, aunque cueste. En el noviazgo muchas cosas aparecen más bonitas de lo que luego son. No por mala fe, sino porque al principio nos fijamos en lo positivo y tendemos a minimizar lo que molesta.
No tengamos miedo a la verdad. La verdad no rompe, aclara.

Escena breve. Bar de bravas o kebab, final de tarde. Vienen de un día torcido. Aquí no se prueba el amor, se prueba el tono.

—Vengo cruzado.
—Vale. Solo no me hables como si te molestara existir.
—Tienes razón. Se me ha ido.
—No me digas “perdón” y sigas igual.
—Vale. Estoy cansado y lo traigo encima.
—Eso cuéntamelo. No me lo escupas.

Un segundo. Se les baja la tensión.

—¿Unas bravas o un kebab?
—Un kebab. Te acompaño y cada uno a su casa.
—Trato. Y mañana, mejor.

Para hablarlo.
Qué tono te sale cuando estás cansado. Y qué haces después. Lo arreglas o lo dejas ahí.

Micropráctica.
Una reparación rápida. Repetir la frase bien.

Unidad 4

No todo se cuenta y no todo se calla


         En algunas parejas se instala una consigna peligrosa. Hay que contárselo todo. Como si el amor fuera una cámara siempre encendida. Y entonces nos metemos en un lío.

Hay pensamientos que pasan por la cabeza sin que los elijamos. Impresiones. Reacciones involuntarias. Tonterías. Si lo contamos todo, no construimos confianza, construimos desasosiego. Porque lo que para uno es nada, para el otro puede sonar enorme. Y, sin querer, fabricamos malentendidos emocionales que no existían. No somos responsables de lo involuntario. Y contar algo que no tiene peso real puede no aportar nada y, en cambio, poner la relación en una situación inestable. A veces lo hacemos por ganas de complicarnos la vida, que también es una tentación muy humana.
          Aquí conviene una forma de libertad. Tener un espacio interior propio. No vivir como si tuviéramos que rendir cuentas de cada pensamiento. La confianza no es un inventario, es una paz.  Y, cuando nos entra la duda grande, esa de “no siento lo que debería”, aparece una escena preciosa que vale la pena recordar. En una película, un marido pregunta a su mujer si le quiere como su hija quiere a su novio. Y ella no responde con poesía. Responde con hechos. Le viene a decir que lo ha acompañado durante años, que lo ha cuidado, que lo ha ayudado, que ha estado cuando él la necesitaba.
Esa respuesta tiene algo liberador. Porque nos recuerda que el cariño no siempre se expresa como una ola de emoción, sino como un modo de estar. En el día a día. Cuando toca. Cuando cuesta. Cuando nadie aplaude.
Si queremos saber si queremos, miremos qué hacemos.

         Escena breve. Cocina, cena a medias, móvil en la encimera. Aquí no hay drama, hay una cosa concreta que hay que corregir.

—He metido la pata.
—¿Con qué?
—He dicho una broma tuya. Que te rayas por todo.
—Uf. Eso no. Me deja como la pesada.
—Lo sé. Me arrepentí al segundo.
—¿Qué vas a hacer?
—Mañana lo corrijo. Sin montar nada.
—Vale. Eso necesitaba.

Pausa.

—Y tú, si algo te molesta, dímelo. Corto, pero dímelo.
—Y tú no me sueltes todo lo que piensas. Lo importante sí. Lo demás, pasa.

Para hablarlo.
Qué cosas conviene decir siempre. Qué cosas es mejor no convertir en tema.

Micropráctica.
Una frase que te calme cuando te rayas. Y una frase que el otro necesita oír.


PARTE 2

Cuando la vida pesa

Unidad 5

Creencias, suelo y semanas duras

Amar sin confundir creencias con opiniones

         A veces pedimos fórmulas para que el amor no se apague. Como si hubiera una técnica de comunicación capaz de inmunizarnos contra el desgaste. Y sin embargo lo que sostiene una relación no suele ser un truco, sino un suelo compartido.

         Aquí hay tres ideas que conviene masticar despacio.
         Primero, ponernos de acuerdo en qué entendemos por amor. No en teoría, sino en la vida real. Qué esperamos. Qué damos. Qué prometemos. Qué consideramos una falta grave y qué es una torpeza corregible. Si cada uno llama amor a una cosa distinta, luego no discutimos por un tema, discutimos por el idioma.

Segundo, aceptar que los dos tenemos momentos de mal carácter y que amar incluye luchar contra lo peor de nosotros. No para cambiar al otro a martillazos, sino para crecer. Hay una forma de madurez que se nota en lo sencillo. Mantener compromisos incluso cuando el sentimiento no acompaña. No porque nos volvamos de piedra, sino porque aprendemos a vivir sin ser arrastrados por lo más superficial de la emoción.
Cuando el sentimiento no responde, la inteligencia y la voluntad pueden sostener el amor. No suena poético, pero es profundamente humano.
Tercero, las creencias. No hablo de gustos. Hablo de aquello que nos sostiene por dentro, lo que nos da columna cuando vienen días difíciles. A veces confundimos creencias con opiniones, y no es lo mismo. Las opiniones se cambian con un argumento. Las creencias nos sostienen cuando no hay ganas, cuando hay cansancio, cuando hay aridez. Y una relación, si dura, atravesará épocas así. No significa que la convivencia deba ser sufrimiento constante. Significa que habrá momentos costosos y que ahí se descubre si sabemos amar o solo sabemos sentir.

         Escena breve. Hospital. Un mes. Cafés malos. Mensajes sin contestar. Aquí el carácter sale sin maquillaje.

—Perdón por llegar tarde.
—Estoy quemado. Y cuando llegas tarde me siento solo.
—Ya. Pero ayer me hablaste fatal.
—Sí. Me pasé. Estoy roto y muerdo. No es excusa.
—Conmigo no muerdas. No aguanto eso.

Bajan un poco.

—¿Qué necesitas tú ahora?
—Que no me hagas sentir culpable por no estar todo el día. Si estoy seca no es desamor. Es que no me da.
—Yo necesito una frase. Solo una.
—Estoy aquí.

Para hablarlo.
Qué necesita cada uno cuando está al límite. Una frase, un abrazo, silencio, un plan.

Micropráctica.
Elegir una frase de sostén. Una. Y usarla esta semana.


Unidad 6

Querer tener razón y perder el nosotros

El desgaste de querer tener razón y el respeto que salva


         Hay rupturas que parecen misteriosas y, vistas de cerca, son casi previsibles. Empiezan con algo muy común. La soberbia, el orgullo. Esa necesidad de tener razón siempre. A veces discutimos por tonterías, pero debajo no hay una tontería, hay una lucha por quedar por encima.
Curiosamente, nos resulta más fácil dar la razón a un jefe o a un vecino que a quien tenemos al lado. Y eso dice mucho de nosotros.
Luego llega la rutina. No la rutina de lo cotidiano, que es inevitable. La rutina como queja permanente. Cuando nos acostumbramos a criticar todo lo que el otro pide, hace o propone, vamos en mala dirección. Cuando amamos, intentamos agradar, buscamos lo que al otro le gusta, tratamos de ponernos de acuerdo. Cuando ese deseo desaparece de la voluntad, la rutina empieza a roer. Y, aunque cueste, seguimos haciéndolo porque amamos.

         Escena breve. Cumpleaños familiar. Comentario incómodo. Vuelta a casa con el estómago revuelto. Aquí no se discute por la ropa. Se discute por sentirse solo.

—Me ha molestado lo de tu tío. Y que te rieras.
—No me reí de ti. Me reí nerviosa.
—Ya. Pero yo me sentí solo.
—Vale. Te he fallado. Tenía que haber cortado.
—Y yo luego me he puesto seco contigo.
—Normal. La próxima me haces una señal y lo paro.

Se miran.

—No quiero que esto se nos quede —dice él.
—Yo tampoco. Hoy, dormir. Mañana lo hablamos sin gente.

Para hablarlo.
Qué pasa en ti cuando te sientes expuesto. Atacas, te cierras, ironizas.

Micropráctica.
Una señal de equipo. Algo simple que diga “estoy contigo”.

Unidad 7

Respeto, intimidad y mirarse a los ojos

También aquí entra el respeto en el terreno de la sexualidad, entendido con limpieza y seriedad. El daño, cuando aparece, suele comenzar al tratar al otro como objeto de placer, como un cuerpo frente a otro cuerpo, no como una persona. Ahí el egoísmo da un paso. Y cuando el egoísmo se coloca en el centro, la pareja empieza a perder algo básico. Mirarse a los ojos, sonreír, abrazarse con verdad. Si no podemos mirarnos, si no podemos sonreír, si no podemos abrazarnos, algo no funciona.

La sexualidad no sostiene por sí sola un matrimonio. Pero puede herirlo profundamente cuando falta el respeto, precisamente porque toca lo más íntimo.

Y hay otro factor que a veces ignoramos hasta que estalla. Las familias políticas. Tienen una capacidad enorme de unir y también de desunir. No se trata de declarar guerras. Se trata de poner a cada cual en su sitio y hablarlo con profundidad, como adultos.

Al final, el amor se defiende con cosas pequeñas y muy concretas. Ceder en la razón cuando no es esencial. Frenar la queja. Recuperar la mirada. Elegir el “nosotros”.

         Escena breve. Portal. Llaves en la mano. Cada uno se va a su casa. Aquí se nota rápido si hay cuidado o si hay prisa.

—Me he quedado rara.
—¿Por qué?
—Por un momento he sentido que yo daba igual.
—Jo. Perdón. Iba acelerado.
—A mí eso me corta. Quiero cuidado.
—Tienes razón.
—Y si digo que no, es no. Sin enfado.
—Sí. Y dímelo así. Porque si te cierras, yo me monto una película.
—Vale. Sin prisa.

Se abrazan. Sin escena. Con verdad.

Para hablarlo.
Qué hace que te sientas cuidado. Y qué hace que te sientas usado.

Micropráctica.
Una frase de respeto. Una. Que los dos entendáis igual.

 

Cierre para conversar

Preguntas para conversar en pareja

¿Qué entendemos cada uno por amar, en lo concreto y no en lo ideal?; ¿Qué defectos de carácter vemos que se repiten y qué hacemos cuando aparecen?; ¿En nuestra relación suena más el “yo y tú” o el “nosotros”?; ¿Qué nos ocurre cuando baja el sentimiento, nos asustamos, nos enfadamos, nos volvemos fríos?; ¿Cuáles son nuestros porqués, los que sostienen cuando no hay emoción?; ¿Qué malentendidos emocionales estamos alimentando por hablar de más o por hablar mal?; ¿En qué detalles se nota el respeto, también en lo íntimo?; ¿Qué queja repetimos demasiado, qué pequeño gesto de agrado podríamos recuperar?.

Dos micro decisiones para esta semana
         Buscar un momento tranquilo y poner en común un porqué cada uno, solo uno, dicho con sencillez y sin adornos.
         Elegir una queja habitual y cambiarla por un gesto concreto de cuidado, pequeño y repetido tres días seguidos.