Sor Josefa de San Juan de Dios y sor Dolores de Santa Eulalia
Los trabajadores de la viña recibieron lo prometido. El conflicto comenzó cuando miraron lo que había recibido el otro. Esta encuesta quiere ayudarnos a mirar un poco hacia dentro.
Queremos que puedas contestar con sinceridad, sin pensar en quién podría conocer tus respuestas.
No te pedimos tu nombre, correo electrónico, teléfono ni ningún otro dato identificativo.
Además, tus cinco respuestas no se guardan juntas como un cuestionario personal. Cada elección se suma únicamente al resultado general de esa pregunta.
Esto significa que, cuando consultamos los resultados, no podemos saber qué respondió una persona concreta ni reconstruir su encuesta individual.
Para ayudarnos unos a otros. Al reunir muchas respuestas podemos descubrir, sin exponer a nadie, qué aspectos de esta Palabra están tocando más, dónde aparecen nuestras dificultades y qué caminos se están abriendo en quienes participan.
Tu respuesta es tuya.
El fruto es de todos.
No hay respuestas correctas o incorrectas. Tampoco se trata de quedar bien ni de elegir lo que pensamos que un buen cristiano «debería» responder.
Detente un momento y señala, con sencillez y sinceridad, la opción que más se acerque a lo que hoy reconoces en ti.
¿Qué estamos descubriendo entre todos?
¿Por qué el bien que recibe otra persona puede hacer que dejemos de agradecer el bien que ya habíamos recibido? En esta breve homilía sobre Mateo 20,1-16, la parábola de los trabajadores de la viña nos coloca ante una de las trampas más silenciosas de la vida espiritual: la comparación. Los primeros trabajadores reciben exactamente lo acordado, pero su denario comienza a parecerles poco cuando descubren que los últimos han recibido lo mismo. Jesús nos conduce así desde nuestras cuentas hasta una pregunta mucho más profunda: «¿Te molesta que yo sea bueno?». Haber conocido antes a Cristo, haber rezado, servido y permanecido fieles no es un crédito acumulado frente a Dios: también haber sido llamados desde el amanecer era ya una gracia. No has recibido menos porque el otro haya recibido mucho.
Homilía Breve del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 20, 1-16 — «¿Te molesta que yo
sea bueno?».
Pedro acaba de
hacerle a Jesús una pregunta muy humana: «Nosotros lo hemos dejado todo y te
hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?» (cfr. Mt 19,27). Es la pregunta de quien
ha hecho un esfuerzo y quiere saber qué recibirá a cambio. Y Jesús, en lugar de
darle una respuesta matemática, cuenta una parábola.
Un propietario
sale al amanecer para contratar trabajadores para su viña. Vuelve a salir a
media mañana, al mediodía, por la tarde e incluso cuando apenas queda una hora
de jornada. Dios aparece así como alguien que no se cansa de salir a buscar.
Unos conocen a Cristo muy pronto; otros lo descubren después de muchos años;
algunos regresan tras haberse alejado; otros quizá llegan cuando creían que ya
era demasiado tarde. Pero mientras queda vida, Dios sigue llamando.
Al terminar el día, el dueño empieza a
pagar. Los últimos, que apenas han trabajado una hora, reciben un denario. Los
primeros lo ven y hacen rápidamente sus cálculos: «Si a estos les da un
denario, a nosotros nos dará más».
Pero reciben
también un denario. Y protestan.
Aquí está la
primera clave para comprender la parábola: el dueño no ha sido injusto con
ellos. Les entrega exactamente lo que habían acordado. Es justo con los
primeros y, al mismo tiempo, es generoso con los últimos.
El problema, por tanto, no comienza cuando
los primeros reciben su paga. Comienza cuando ven lo que recibe el otro.
Hasta ese momento,
un denario era suficiente. Pero después de mirar el denario del compañero, el
suyo empieza a parecerles poco. Y esto nos resulta muy familiar. Podemos estar
contentos con nuestra vida hasta que empezamos a compararla. Estamos
agradecidos por lo que tenemos y, de repente, vemos lo que otro ha conseguido,
las oportunidades que ha recibido, la vida que muestra en las redes sociales… y
algo cambia dentro de nosotros.
Nuestra vida no ha empeorado. Ha
cambiado nuestra mirada.
Por eso el
propietario pregunta: «¿Es malo tu ojo porque yo soy bueno?» (cfr. Mt 20,15).
En el lenguaje bíblico, el «ojo malo» es esa mirada estrecha que no soporta
fácilmente el bien del otro.
Y esta parábola
toca especialmente a quienes llevamos mucho tiempo en la viña. Podemos pensar:
«Yo llevo toda la vida intentando ser fiel, rezando, colaborando, sirviendo».
Todo eso es bueno. El problema aparece cuando convertimos esa fidelidad en una
especie de cuenta presentada a Dios: «Después de todo lo que yo he hecho,
debería tratarme mejor que a ese que acaba de llegar».
Entonces
necesitamos recordar algo esencial: haber entrado en la viña desde el
amanecer también era parte del regalo.
Haber conocido
antes a Cristo, haber aprendido a rezar, haber descubierto antes el perdón,
haber encontrado una esperanza que nos sostuviera en los momentos difíciles…
¿de verdad pensamos que todo eso ha sido solamente trabajo? También ha sido
gracia.
Por eso, cuando alguien llega a la última
hora, Dios no nos está quitando nada. Está encontrando a otro hijo.
Quizá la
conversión del trabajador de la primera hora consiste precisamente en aprender
a decir: «Señor, gracias por haberme llamado tan pronto… y gracias porque
también has salido a buscarlo a él».
Porque hay una verdad que puede liberarnos
de muchas comparaciones:
No has recibido
menos porque el otro haya recibido mucho.
Y la bondad de Dios hacia otra persona no
disminuye en nada la bondad que ha tenido contigo.
Por eso Jesús nos
deja hoy una pregunta que merece acompañarnos durante toda la semana: «¿Te
molesta que yo sea bueno?»
👀 ¿Por qué te molesta el bien del otro?
🎧 1,28 MINUTOS PARA PENSAR
🍇 Imagínate la escena.
Llevas trabajando desde primera
hora. ☀️ Hace calor, estás cansado, has
aguantado toda la jornada… y cuando por fin llega el momento de cobrar, ves
aparecer a uno que prácticamente acaba de llegar.
Le pagan.
💰 Y recibe
exactamente lo mismo que tú.
😶 ¿Qué sentirías?
Eso es lo que sucede en la parábola
de Jesús. Y hay un detalle que cambia por completo la historia: a los primeros
trabajadores nadie les ha engañado, nadie les ha quitado nada y nadie les ha
pagado menos de lo acordado.
El problema comienza cuando dejan
de mirar el denario que tienen en su propia mano… 👋💰 y empiezan a mirar el que tiene el otro.
Y ahí Jesús deja de hablar
solamente de unos jornaleros de hace dos mil años. Empieza a hablar de
nosotros.
Porque esto nos pasa muchísimo.
😊 Puedes estar
bastante contento con tu vida… hasta que empiezas a compararla.
📚 Hasta que ves las
notas del otro.
💼 El trabajo que ha
conseguido.
❤️ Su relación.
🏋️ Su cuerpo.
✈️ Los viajes que hace.
📱 Lo que publica.
👏 Los éxitos que
parece acumular.
✨ Esa vida aparentemente perfecta
que ves desde fuera.
Y entonces ocurre algo extraño: tu
vida no ha empeorado, pero empieza a parecerte peor.
No has perdido nada. Sin embargo,
lo que hace unos minutos agradecías comienza a saberte a poco simplemente
porque has visto que otro tiene algo que tú no tienes.
📱 Y las redes
sociales conocen muy bien ese mecanismo: en pocos minutos podemos pasar de
estar tranquilos con nuestra vida a preguntarnos por qué los demás parecen ir
más rápido, tener más oportunidades, ser más felices o tenerlo todo mucho más
claro.
👁️ Por eso Jesús
lleva la parábola hasta una pregunta incómoda:
«¿Te molesta que yo sea bueno?»
Quizá el verdadero problema no esté
en el dinero.
Quizá esté en la mirada.
💭 ¿Puedo disfrutar
de lo que tengo sin necesitar que el otro tenga menos?
🤝 ¿Soy capaz de
alegrarme sinceramente cuando a alguien le ocurre algo bueno?
❤️ ¿Puedo agradecer
mi propia historia sin estar midiéndola continuamente con la de los demás?
🙏 ¿Y puedo aceptar
que Dios sea generoso con alguien que, según mis cuentas, «se lo merece menos»
que yo?
Porque la comparación tiene una
trampa bastante cruel: puede hacerte sentir pobre mientras tienes las manos
llenas.
🎧 Escucha este mini
comentario de la homilía
Cuando compararte con los demás
empieza a robarte la alegría.
⏱️ Solo 1 minuto y
28 segundos.
👀 Quizá no cambie
lo que tienes. Pero sí puede cambiar la manera de mirarlo.
¿Por qué nos cuesta
aceptar que Dios sea igual de generoso con quien llegó al final que con quien
lleva toda la vida trabajando en su viña? Este recorrido
interactivo por Mateo 20,1-16 permite entrar paso a paso en la parábola
de los trabajadores de la viña: comprender la urgencia de la vendimia,
descubrir por qué el propietario sale una y otra vez a buscar trabajadores,
hacer nuestras propias cuentas y comprobar qué ocurre cuando todos reciben un
denario. A través de exégesis, casos cotidianos, audios y quiz razonados,
iremos pasando del salario a la verdadera pregunta de Jesús: «¿Es malo tu
ojo porque yo soy bueno?». Una invitación a descubrir cómo la comparación
puede convertir la gratitud en resentimiento y cómo la fidelidad cristiana se
deforma cuando empieza a funcionar como una contabilidad de méritos frente a
Dios.
¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que Dios sea generoso con quien ha llegado después que nosotros? En la parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20,1-16), Jesús enfrenta nuestra manera de hacer cuentas con una lógica muy distinta: la gratuidad de un Dios que continúa saliendo a buscar, que ofrece una oportunidad incluso a última hora y cuya bondad no se reparte según una contabilidad de méritos.
Esta homilía del Domingo
XXV del Tiempo Ordinario, ciclo A, recorre la parábola desde la vendimia y
el significado bíblico de la viña hasta la desconcertante paga de un denario
para todos. Pero el verdadero conflicto no está finalmente en el salario: está
en la mirada. Los primeros jornaleros reciben exactamente lo prometido; su
indignación comienza cuando descubren cuánto ha recibido el otro.
Una reflexión sobre Mt
20,1-16, los trabajadores de la viña, la justicia de Dios, la gratuidad, la
envidia y el Reino de Dios que desemboca en una pregunta capaz de
examinarnos por dentro: cuando la bondad de Dios alcanza inesperadamente a
otra persona, ¿sabemos alegrarnos con ella o comenzamos inmediatamente a hacer
cuentas?
Homilía
del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 20, 1-16 — «Id también vosotros a mi viña».
Un encuentro junto a un pozo que empieza hablando de agua y termina preguntándonos algo mucho más grande: ¿qué puede saciar de verdad la sed que llevamos dentro?
Una pista antes de empezar: no leas esta historia como un cotilleo sobre la vida de una mujer. Juan construye un relato lleno de símbolos, preguntas y giros. Aquí nadie es un caso que juzgar: estamos ante una persona que busca, conversa, comprende poco a poco y acaba descubriendo algo que quiere compartir.
Antes de buscar significados ocultos, conviene mirar lo que Juan pone delante de nosotros: dos personas, un pozo, una petición y varias fronteras que parecían difíciles de atravesar.
No aparece como alguien lejano o invulnerable. Se sienta junto al pozo y necesita beber.
Juan no nos dice su nombre. Eso hace que no quede encerrada en una biografía: podemos reconocer en ella muchas búsquedas humanas.
«Dame de beber». No empieza acusando, examinando ni corrigiendo. Empieza pidiendo.
Lo que parecía una charla sobre agua termina entrando en la sed interior, la fe, la verdad y el sentido de la vida.
¿Qué cambia cuando alguien que podría presentarse como superior empieza diciendo: «Necesito algo de ti»?
Para nosotros un pozo puede parecer simplemente un lugar antiguo para sacar agua. Para quien conoce la Biblia, puede recordar encuentros decisivos en los que comienza una nueva historia.
El siervo de Abrahán encuentra junto a un pozo a la mujer que terminará formando parte de la historia de Isaac.
Jacob encuentra a Raquel junto al pozo. El lugar del agua se convierte también en lugar de encuentro y futuro.
Moisés, fugitivo, se sienta junto a un pozo y allí empieza una relación que cambiará su vida.
La mujer entiende al principio las palabras de Jesús en sentido material. Es lógico. Pero Jesús va llevando la conversación desde la necesidad de beber hasta una pregunta por la vida que cada persona desea.
Es necesaria, buena y concreta. Quita la sed durante un tiempo. Después hay que volver a beber.
Es la imagen del don de Dios: una vida que no depende solo de conseguir cosas desde fuera, sino que puede convertirse en una fuente interior.
Amigos, deporte, música, enamorarse, sacar buenas notas, divertirse, recibir reconocimiento o tener proyectos pueden ser cosas muy buenas. La pregunta de Jn 4 no es «¿son malas?», sino otra: ¿puedo pedirles que sean toda mi vida y que nunca me fallen?
Puede referirse a la vida cotidiana, los medios para vivir, los bienes, lo que sostiene nuestro día a día.
En Juan apunta muchas veces a la vida plena recibida de Dios. No es simplemente «más años», sino otra calidad de vida que empieza ya.
Es fácil quedarse atrapado en la curiosidad sobre la vida privada de la mujer. Pero el comentario propone mirar más hondo y escuchar también la historia de Samaría que resuena detrás del personaje.
La mujer no es una idea. Habla, pregunta, se sorprende, se defiende, comprende poco a poco y toma decisiones.
El segundo libro de los Reyes recuerda la llegada a Samaría de distintos pueblos con sus divinidades. El comentario ve aquí un posible eco de los «cinco».
¿A qué o a quién entregamos la vida esperando que nos diga quiénes somos y cuánto valemos?
La mujer plantea una discusión religiosa real: el monte Garizín o Jerusalén. Jesús no responde simplemente eligiendo un lugar. Anuncia una manera nueva de comprender la relación con el Padre.
En el comentario, es la vida de Dios actuando en nosotros: su fuerza de amor, capaz de transformar cómo vivimos.
Apunta también a una vida auténtica, fiel, sin separar lo que uno dice creer de la manera concreta de tratar a los demás.
Una práctica religiosa puede ser visible y, sin embargo, no transformar el modo de hablar, mirar, perdonar, ayudar o respetar. Jn 4 invita a preguntar si lo que creemos está llegando realmente a nuestra manera de vivir.
Juan menciona algo pequeño y visual: la mujer deja el cántaro y corre al pueblo. Ese detalle permite contar el cambio sin necesidad de explicarlo con un discurso.
Su objetivo es sacar agua. El cántaro representa la tarea que la ha llevado hasta allí.
Hay algo que de pronto considera más urgente: compartir el encuentro y decir a otros «venid a ver».
¿Has vivido alguna vez algo que cambió de golpe el orden de tus prioridades: una conversación, una amistad, una noticia, una pérdida, una decisión?
La mujer no obliga a nadie a creer. Cuenta lo que le ha sucedido y abre una posibilidad: «Venid a ver». Más tarde los samaritanos dirán que ya no creen solamente por lo que ella les contó, porque ellos mismos han escuchado.
Muchas cosas importantes empiezan porque otra persona nos pone delante una pregunta que antes no teníamos.
La experiencia de otro puede despertar curiosidad, pero no puede sustituir para siempre tu propio camino.
La fe deja de ser únicamente heredada cuando uno empieza a pensar, preguntar, escuchar y tomar posición personalmente.
No porque inventes una verdad distinta, sino porque ya no repites solamente lo que otros dicen.
Quizá hayas recibido ideas sobre Dios de tu familia, del colegio, de amigos o de personas que no creen. Jn 4 no te pide fingir que no has recibido nada. Te invita a dar un paso más: escuchar, preguntar y decidir personalmente qué haces con Jesús.
Si ya has recorrido las claves anteriores, prueba a escuchar el audio con una pregunta en la cabeza: ¿en qué momento deja esta historia de hablar solo de la samaritana y empieza a hablar también de mí?
Escucha aquí el episodio completo:
No es un examen para pillarte. Es una segunda forma de aprender el relato. Algunas respuestas incorrectas están hechas para que parezcan razonables: distinguirlas te ayudará a leer mejor.
1. Jesús comienza el encuentro rompiendo barreras y pidiendo: «Dame de beber».
2. El pozo está cargado de memoria bíblica: es lugar de encuentro y de historias que empiezan.
3. El relato pasa de la sed física a otra sed: la necesidad de una vida con sentido.
4. El «agua viva» no desprecia las cosas buenas; evita convertirlas en absolutos que no pueden sostenerlo todo.
5. La mujer no es presentada para que la juzguemos desde fuera, sino para que reconozcamos nuestras propias búsquedas.
6. Adorar «en espíritu y verdad» significa dejar que la relación con Dios transforme la vida real.
7. La fe puede comenzar por lo que otro cuenta, pero necesita llegar a una escucha y una respuesta personales.