miércoles, 8 de abril de 2026

Resumen adaptado de la Nota doctrinal de la Conferencia Episcopal Española 'Cor ad cor loquitur' (El corazón habla al corazón)

 

Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón)

RESUMEN ADAPTADO

Nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe

 

Cuando el corazón cree de verdad

Hay una frase que, a primera vista, suena bonita y ya. “El corazón habla al corazón.” Pero la nota de la Conferencia Episcopal Española no la usa como adorno, ni como lema de taza con café. La usa para decir algo mucho más serio: la fe cristiana no toca una parte de la persona, la toca entera. No solo la cabeza. No solo la voluntad. Tampoco solo la emoción. Entera. Y eso, en un tiempo como el nuestro, no es poca cosa.

Muchos jóvenes viven hoy entre impactos, estímulos, pantallas, prisas, comparaciones y un cansancio que a veces ni saben nombrar. En ese clima, no es raro buscar algo que se sienta “real”. Algo que no suene a plástico. Algo que no sea puro postureo espiritual. La Iglesia ve esa sed y no la desprecia. La reconoce, la agradece y la toma en serio. Pero también se atreve a hacer una pregunta incómoda y necesaria: cuando una experiencia religiosa nos sacude mucho, ¿estamos entrando de verdad en la fe o solo estamos viviendo un momento intenso?  

1.     Por qué la Iglesia

ha querido hablar de esto

La nota de la Conferencia Episcopal Española nace porque los obispos han percibido un renacer de la fe en no pocos jóvenes, especialmente en el ámbito del llamado primer anuncio. Ven creatividad, deseo de evangelizar, métodos nuevos, iniciativas que ayudan a encontrarse con Cristo. Y eso lo valoran sinceramente. No empiezan regañando. Empiezan dando gracias. Reconocen que, en medio de una sociedad bastante secularizada, estos caminos pueden ser un verdadero soplo de aire fresco.

Ahora bien, junto a esa gratitud aparece una responsabilidad. Porque una cosa es que una experiencia toque a alguien, y otra que lo ayude a madurar. El primer impacto no puede ser el último paso. La emoción puede abrir la puerta, pero no puede ocupar toda la casa. La nota lo dice con claridad: el anuncio de Cristo no busca directamente fabricar sentimientos; busca testimoniar un acontecimiento que cambia la historia y puede cambiar la vida. Lo decisivo no es salir “muy tocado”, sino empezar a vivir de otro modo.  

2.     Cuando una fe se mide solo

por lo que me hace sentir

Aquí aparece una palabra clave: emotivismo. Suena técnica, pero la experiencia es bastante reconocible. Es vivir convencido de que lo que siento ahora decide lo que vale, lo que soy y lo que debo hacer. Es pasar del “pienso, luego existo” al “siento, luego existo”. El problema no es tener emociones. El problema es ponerlas en el volante y dejar que conduzcan ellas solas.

La nota dice que, cuando eso ocurre, la persona se fragmenta. Las emociones son reales, importantes y profundas, pero por sí solas no ofrecen una visión completa de la realidad. Suben, bajan, se mezclan, se contradicen. Si toda la vida interior depende de su intensidad, uno termina desorientado, viviendo a golpes de instante, incapaz de sostener algo cuando baja la intensidad. Y eso, trasladado a la fe, produce un creyente que mide su relación con Dios por lo mucho o poco que “nota”. Si siente mucho, cree que todo va bien. Si no siente nada, piensa que Dios se ha ido. Mala señal.

El documento es especialmente lúcido en un punto que hoy no conviene suavizar: quien vive solo desde el impacto emocional es más manipulable. Eso vale en política, en la vida social y también en ambientes religiosos. Se puede forzar la adhesión con miedo, con presión grupal, con una emoción cuidadosamente fabricada. Se puede empujar a alguien a “sentir lo que toca” para no quedarse fuera. Incluso se puede recurrir a un falso misticismo que impresiona mucho y convierte poco. La Iglesia no trata esto como una anécdota. Lo llama por su nombre: abuso espiritual. Y hace bien. Porque cuando se juega con la conciencia ajena, ya no estamos ante un simple exceso de entusiasmo 

3.     Cristo no vino a borrar

el corazón humano

Sería un error pensar que, para evitar el emotivismo, hay que desconfiar de toda emoción, como si la fe buena fuese fría, impecable y con cara de examen oral. Eso tampoco es cristiano. La nota insiste en algo precioso: la fe está arraigada en la Encarnación. Dios no nos salva desde fuera de lo humano. El Verbo se hizo carne. Y eso incluye la vida afectiva.

Por eso el texto recuerda que Jesús sintió de verdad. Se compadeció, lloró, amó a sus amigos, se conmovió, padeció tristeza y angustia, se dolió ante la dureza del corazón humano. No representó una emoción como quien actúa en una obra. La vivió. La asumió. La llevó dentro de una humanidad real. Y precisamente por eso puede sanar, iluminar y elevar nuestra afectividad. Negar las emociones en el acto de fe sería, dice la nota, renegar de la condición humana asumida por Cristo. No es una frase menor. Es una frontera.

Entonces, ¿qué propone el cristianismo? No una anestesia espiritual, pero tampoco una religión del subidón. Dios nos alcanza también en nuestro sentir, sí. En la intimidad, en la sensibilidad, en la herida, en la alegría. Pero no para dejarnos allí encerrados. Nos alcanza ahí para conducirnos más adentro, hacia una relación más verdadera, más libre y más unificada. Una fe donde todo dependa del sentimiento del momento acaba agotándose. Una fe en la que el corazón se abre a la verdad madura.

4. Qué significa de verdad creer con el corazón

Aquí está el centro de la nota doctrinal. Y también una de las palabras más maltratadas de nuestro tiempo: corazón. Porque hoy se usa para casi todo. A veces parece que “seguir el corazón” significa obedecer a la emoción más fuerte del día, que suele ser muy convincente a las once de la noche y bastante dudosa a las nueve de la mañana. Pero en la tradición bíblica y cristiana, el corazón es otra cosa: Es el centro de la persona. El lugar de las decisiones, de la verdad, de la alianza, del encuentro con Dios.

El documento lo explica con mucha hondura: en el corazón la persona hace su síntesis. Allí se unifican la razón, la voluntad, la afectividad, el cuerpo, las convicciones, los deseos, las elecciones. El corazón no es el rincón blando del alma. Es el lugar donde uno se juega de verdad la vida. Por eso creer con el corazón no significa creer sentimentalmente; significa creer con el núcleo entero de la propia persona. No con una fe partida. No con una cabeza que va por un lado, una afectividad por otro y una voluntad que ya verá mañana.

Y aquí aparece una intuición decisiva: el amor auténtico necesita verdad. Si no, se vuelve un envoltorio bonito que cada uno rellena a su gusto. La nota, siguiendo a Benedicto XVI, recuerda que la verdad libera a la caridad del sentimentalismo. En otras palabras: si la fe pierde su anclaje en la verdad, termina flotando a merced del estado de ánimo. Puede parecer intensa, pero no sostiene una vida. Puede entusiasmar, pero no necesariamente convertir.  

5. Dos trampas espirituales que siguen muy vivas

Se nombra dos enemigos de la vida espiritual con palabras que quizá suenen antiguas, pero describen problemas muy actuales. El primero es el neo-gnosticismo. Traducido a lenguaje llano: una fe que se encierra en la propia experiencia interior. Mi paz, mi sensación, mi conexión, mi mundo espiritual. Todo muy íntimo, muy profundo, muy mío… y cada vez más desconectado de la realidad, de la Iglesia, de la carne sufriente del hermano y de la verdad que me precede. Es una fe que se parece demasiado a mirarse al espejo con música de fondo. Puede parecer intensa, pero termina girando alrededor del yo.

El segundo es el neo-pelagianismo. Aquí el problema no es encerrarse en la propia vivencia, sino apoyarse en uno mismo como si todo dependiera del propio rendimiento. Es la tentación de construir la vida cristiana desde el control, la autosuficiencia, la obsesión por los frutos, la ley, la apariencia impecable o cierta ostentación religiosa. Es una fe en la que la gracia queda arrinconada y el yo vuelve a ocupar el centro, solo que con otro disfraz: ya no el de la sensibilidad exquisita, sino el de la eficacia espiritual.

La nota doctrinal dice algo muy fino: creer con el corazón es el antídoto contra ambas trampas. Porque el corazón verdadero no me encierra en mi mundo interior ni me deja creer que me salvo por mis fuerzas. Me sitúa delante de Dios como alguien amado, llamado y transformado. Con afectos, sí; con inteligencia, también; con voluntad y compromiso, desde luego; pero siempre desde una iniciativa que viene primero de Él.  

6. Cómo reconocer que una experiencia cristiana

está madurando de verdad

La nota doctrinal de la Conferencia Episcopal propone varios criterios. No para convertir la fe en una auditoría, sino para distinguir entre una emoción pasajera y un camino que de verdad crece.

El primero de los criterios tiene que ver con Dios mismo: la fe cristiana es trinitaria. No se reduce a una vaga espiritualidad ni a una energía que cada uno interpreta como quiere. La oración, la liturgia, la vida entera del creyente están orientadas al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. Cuando falta esto, la experiencia puede ser intensa, pero ya se ha desplazado del centro.

El segundo criterio es personal. La fe no arranca de una idea brillante ni de una sensibilidad religiosa bien cuidada, sino del encuentro con una Persona: Jesucristo. Y ese encuentro compromete la vida entera. Por eso la nota recuerda que incluso los sentimientos deben ser discernidos. La tradición espiritual lo sabe bien: hay consolaciones y desolaciones, luces y noches, momentos de fuego y tiempos de sequedad. No todo lo que consuela viene de Dios, ni toda oscuridad significa ausencia de Dios. La vida espiritual requiere aprendizaje, humildad y paciencia.

El tercer criterio es objetivo. Una experiencia cristiana sana no desprecia la formación. Necesita verdad, doctrina, kerygma, palabra recibida en la Iglesia. Si la adhesión a Cristo se separa del contenido de la fe, acaba vaciándose. La nota usa una expresión fuerte: el acto de fe puede volverse “vacío y ciego”. Por eso insiste tanto en procesos de formación integral y acompañamiento. No para enfriar la experiencia, sino para darle suelo. Una llama sin hogar acaba apagándose.

El cuarto criterio es eclesial. Nadie se hace cristiano a sí mismo. Nadie cree solo. El “creo” personal va siempre sostenido por un “creemos”. La fe llega por mediaciones concretas: la Iglesia, la Palabra, los sacramentos, una familia, una parroquia, una comunidad, un grupo, un acompañante. Y eso también implica que ningún carisma, grupo o método puede absolutizarse, como si hubiera recibido la exclusiva del Espíritu Santo. Cuando una experiencia te une más a la Iglesia, buen síntoma. Cuando te convence de que tú y los tuyos habéis descubierto por fin el modo único y definitivo de creer, conviene encender una luz.

El quinto criterio es ético y caritativo. La fe auténtica se nota en el amor concreto. No basta con sentir mucho en un momento fuerte si luego la vida sigue girando solo alrededor de uno mismo. La nota es muy evangélica aquí: habla de “tocar la carne de los últimos”. Si la experiencia de Dios no ensancha el corazón hacia los pobres, los frágiles, los enfermos, la justicia, la paz y la dignidad de los demás, hay algo que todavía no ha cuajado. Porque el corazón cristiano no es solo un corazón sensible; es un corazón que ve y actúa.

El sexto criterio es celebrativo. La liturgia no está para provocar sensaciones bonitas ni para fabricar climas espirituales a medida. La liturgia está para introducirnos en el misterio de Cristo. La nota advierte contra el devocionalismo y el efectismo: esa manera de vivir la celebración como si lo importante fuera el impacto subjetivo. La belleza litúrgica no es espectáculo; es mistagogía, es decir, un camino que, a través de signos y palabras, nos conduce hacia Dios. Incluso la adoración eucarística, tan valiosa, debe entenderse en continuidad con la Eucaristía celebrada, no como un mundo paralelo gobernado por la pura emoción.  

7. Una fe madura no vive siempre de emociones fuertes

Aquí el documento es especialmente honesto. Dice, en el fondo, algo que hace bien escuchar: una fe adulta no está siempre en primavera. Hay momentos de consolación, sí. Hay gozo, paz, lágrimas buenas, entusiasmo. Gracias a Dios. Pero también hay sequedad, purificación, cansancio, oscuridad y cruz. Y eso no significa necesariamente que todo vaya mal. A veces significa justamente que la fe está dejando de depender del gusto inmediato para arraigarse más hondo.

Los grandes maestros espirituales lo sabían. San Ignacio habló de consolación y desolación. Santa Teresa, san Juan de la Cruz, Teresa de Lisieux o Teresa de Calcuta conocieron noches interiores muy reales. La ausencia de emoción no es siempre ausencia de Dios. A veces es el lugar donde la fe aprende a caminar sin muletas sentimentales. Y eso, aunque cueste, termina siendo liberador. Porque entonces uno descubre que sigue a Cristo no solo cuando “le sale”, sino también cuando el amor toma forma de fidelidad.  

Conclusión

La nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de la fe, Cor ad cor loquitur no viene a enfriar la fe de nadie. Viene a purificarla, ensancharla y hacerla más verdadera. Sí, Dios habla al corazón. Sí, la fe toca los afectos. Sí, una experiencia cristiana puede conmover mucho. Pero el Evangelio no quiere dejarnos encerrados en una emoción intensa que dura lo que dura el momento. Quiere rehacer a la persona entera: la mente, la voluntad, la sensibilidad, la libertad, la relación con la Iglesia, la capacidad de amar y la manera de estar en el mundo. Cuando eso empieza a ocurrir, entonces sí: el corazón no solo siente algo. Empieza a creer de verdad.

sábado, 4 de abril de 2026

“¡Ven, Señor Jesús!” — מָרָנָא תָא (Maranathá)

 


“¡Ven, Señor Jesús!” — מָרָנָא תָא (Maranathá)

        Mirad, cuando yo hablo de la venida final del Señor, no me sale hacerlo desde el miedo. Me sale hacerlo desde la esperanza. Porque nosotros, en el fondo, no esperamos una catástrofe: esperamos a Jesucristo. Y eso cambia completamente la manera de mirar el final de la historia.

A veces, cuando se oye hablar del fin de los tiempos, parece que todo se llena de sombras, de inquietud, de preguntas raras, de imágenes que asustan. Pero yo quisiera decírselo a los niños, a los jóvenes, a los mayores, con toda sencillez: al final no viene el caos; al final viene Él. Viene el Señor resucitado. Viene el que pasó por la cruz, sí, pero la cruz no tuvo la última palabra. Viene el que venció a la muerte. Viene el que salió vivo del sepulcro. Viene el que nos ama hasta el extremo.

Y por eso, cuando yo pienso en su regreso, no pienso primero en el susto. Pienso en una alegría inmensa. Pienso en la hora en que por fin quedará claro, para siempre, que la vida ha triunfado y que el amor ha vencido. Pienso en el momento en que toda lágrima encontrará consuelo, en que toda fidelidad escondida será iluminada, en que todo lo que aquí vivimos con fe llegará a su plenitud.

A mí me gusta mucho decir una cosa muy sencilla: nosotros no esperamos “algo”; esperamos a Alguien. Esperamos a Jesús. No esperamos una fuerza anónima. No esperamos un destino ciego. No esperamos una especie de final impersonal. Esperamos al Señor. Al mismo Jesús del Evangelio. Al mismo que abrazaba a los pequeños. Al mismo que tocaba a los enfermos. Al mismo que levantaba a los caídos. Al mismo que miraba con ternura. Al mismo que, resucitado, mostró sus llagas y regaló la paz.

Por eso la esperanza cristiana no es una teoría. La esperanza cristiana tiene rostro. Y ese rostro es el de Cristo resucitado.

Y esto, cuando uno lo explica a los niños, es precioso. Porque los niños entienden muy bien lo que significa esperar a alguien amado. Entienden lo que es mirar una puerta con ilusión. Entienden lo que es preparar algo con cariño porque va a venir alguien importante. Entienden lo que es ponerse contentos antes de tiempo. Y yo creo que ahí hay una clave muy honda para la catequesis: esperar al Señor no es vivir asustados, sino vivir deseándolo.

A mí me conmueve pensar que el corazón cristiano debería parecerse un poco al corazón de un niño que está pendiente de la puerta. Un niño que no calcula, sino que espera. Un niño que no se encierra en sus miedos, sino que se abre a la alegría. Un niño que no dice: “Ojalá no venga”, sino que dice: “¡Ojalá llegue ya!”. Eso, llevado al alma creyente, es una maravilla. Eso es lo que la Iglesia ha rezado desde el principio con esa invocación tan breve y tan ardiente: “¡Ven, Señor Jesús!”. מָרָנָא תָא. Maranathá.

Qué oración tan pequeña y qué grande es por dentro. Porque cuando yo digo: “Ven, Señor Jesús”, estoy diciendo mucho más de lo que parece. Estoy diciendo: “Señor, te necesito”. Estoy diciendo: “Señor, no quiero vivir lejos de Ti”. Estoy diciendo: “Señor, creo que Tú eres la meta de la historia”. Estoy diciendo: “Señor, sólo en Ti se cumple del todo mi esperanza”.

Y aquí hay algo que me parece muy importante subrayar: nosotros no sabemos cuándo va a venir el Señor. No se nos ha dado esa fecha. No vivimos pendientes de cálculos, ni de curiosidades, ni de especulaciones. Pero eso no enfría nuestra espera. Al contrario. No saber el día no apaga el deseo; lo purifica. Nos enseña a vivir siempre preparados, siempre despiertos, siempre con el corazón en vela.

Por eso yo diría que la esperanza cristiana no consiste en adivinar el calendario de Dios. La esperanza cristiana consiste en vivir orientados hacia Cristo. Consiste en levantarse por la mañana y, en medio de las tareas más normales, seguir teniendo dentro del alma esa certeza: “Mi vida camina hacia un encuentro”. Consiste en amar sabiendo que el amor no se pierde. Consiste en sufrir sin desesperar. Consiste en trabajar, en servir, en cuidar, en rezar, en educar, en acompañar, en luchar por el bien, y al mismo tiempo seguir diciendo por dentro: “Señor, cuando quieras, ven”.

Y ahí entra la Pascua de una manera bellísima. Porque yo no sé cuándo volverá el Señor, pero sí sé desde dónde lo espero. Yo lo espero desde la Pascua. Lo espero como Resucitado. Lo espero con luz de Pascua. Lo espero sabiendo que la última palabra ya empezó a resonar en la mañana de la Resurrección. La piedra removida, el sepulcro vacío, la victoria sobre la muerte… todo eso no es sólo un recuerdo del pasado. Es el comienzo del futuro definitivo.

Por eso, cuando hablo con niños y con familias, me gusta decir: nuestra espera tiene sabor de Pascua. No es una espera gris. No es una espera tensa. No es una espera triste. Es una espera luminosa. La Iglesia espera al Señor como una esposa espera al esposo, como una familia espera a quien ama, como unos hijos esperan a quien saben que les traerá la plenitud de la alegría.

Y entonces la catequesis cambia de tono. Ya no se trata de meter miedo. Se trata de ensanchar el corazón. Ya no se trata de decir: “Cuidado, que viene”. Se trata de decir: “Qué alegría: el Señor vendrá”. Ya no se trata de vivir encogidos, sino de vivir despiertos. Ya no se trata de una amenaza, sino de una promesa.

A mí me gustaría mucho que los niños crecieran con esta convicción: “Jesús puede venir, y yo quiero que me encuentre queriéndolo”. Me parece una idea preciosa. Muy sencilla, muy profunda y muy verdadera. Esperar al Señor es vivir de tal manera que, si hoy llamara a la puerta, yo pudiera abrirle con alegría. Eso es lo importante. Que nos encuentre con el corazón encendido. Que nos encuentre amando. Que nos encuentre con ganas de correr hacia Él.

Porque, en el fondo, esa es la gran pregunta: si el Señor llamara hoy, ¿cómo querría encontrarme? Y la respuesta no tiene que ver con cosas espectaculares. Tiene que ver con lo esencial. Querría que me encontrara rezando. Querría que me encontrara perdonando. Querría que me encontrara sirviendo. Querría que me encontrara sin haber endurecido el corazón. Querría que me encontrara con esa alegría humilde de quien sabe que todo lo espera de Él.

Y aquí, otra vez, los niños nos enseñan muchísimo. Porque ellos tienen una manera limpia de desear. Tienen una manera limpia de esperar. Tienen una manera limpia de alegrarse. Y quizá por eso me parece tan bonito pensar en ellos expectantes, atentos, casi mirando si Jesús llama. No por nerviosismo, sino por amor. No por angustia, sino por ansias santas. Qué expresión tan bonita: ansias santas. El corazón que desea a Cristo. El corazón que dice: “Ven, Señor, porque contigo todo será plenamente verdad, plenamente bueno, plenamente hermoso”.

Yo creo que eso hay que enseñarlo mucho: desear a Cristo. No sólo obedecerle. No sólo saber cosas sobre Él. No sólo repetir fórmulas. También desearlo. También echarlo de menos. También querer su presencia. También decirle con verdad: “Señor, yo quiero estar contigo”. Porque un cristiano maduro no es sólo el que conoce la doctrina; es también el que ha aprendido a amar la venida del Señor.

Y por eso la historia, para nosotros, no termina en un abismo. La historia termina en Cristo. No termina en la derrota del bien. No termina en la victoria de la muerte. No termina en la nada. Termina en el Señor. Termina en la plenitud de su Reino. Termina en la manifestación definitiva de su amor. Termina en la Pascua llevada a su cumplimiento total.

Qué consuelo da pensar esto. Qué fuerza da. Qué paz da. Porque entonces uno entiende que ninguna fidelidad es inútil, que ninguna lágrima ofrecida se pierde, que ninguna obra de amor cae en el vacío. Todo camina hacia Él. Todo encuentra en Él su sentido último. Todo espera su luz definitiva.

Por eso yo hoy querría dejar en el corazón de todos, de los niños y de los mayores, esta certeza tan sencilla y tan grande: nosotros vivimos esperando a Jesús. Y lo esperamos con alegría. Lo esperamos con esperanza. Lo esperamos con el corazón despierto. Lo esperamos con deseo. Lo esperamos como se espera la plenitud de una promesa largamente amada.

Y por eso rezamos así, con toda el alma:

¡Ven, Señor Jesús!  מָרָנָא תָא Maranathá. Ven, Señor Jesús, porque esta humanidad te necesita. Ven, Señor Jesús, porque hay muchos corazones cansados esperando consuelo. Ven, Señor Jesús, porque los niños te esperan con alegría limpia. Ven, Señor Jesús, porque queremos vivir preparados para Ti. Ven, Señor Jesús, porque en Ti ha triunfado la vida.

Ven, Señor Jesús, porque en Ti ha triunfado el amor.
Ven, Señor Jesús, porque nuestra esperanza tiene tu nombre.

Y ojalá, cuando Él venga, nos encuentre así: no paralizados por el miedo, sino ensanchados por la esperanza; no escondidos, sino esperándolo; no distraídos, sino vigilantes; no fríos, sino enamorados.

Porque, al final, eso es ser cristiano: vivir con el corazón vuelto hacia Cristo.

Homilía del Domingo de Resurrección del Señor - Homilía del Domingo de Resurrección del Señor

 

Homilía del Domingo de Resurrección del Señor

Jn 20, 1-9

 

Si María Magdalena hubiera ido al sepulcro un día antes, también habríamos celebrado la Pascua un día antes.

Juan sitúa la escena con un detalle que no es simplemente cronológico: «el primer día de la semana», literalmente, el primero después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro (cfr. Jn 20,1). Ese apunte, en realidad, ya está diciendo mucho. María no va enseguida, no corre inmediatamente después de la sepultura de Jesús. Espera a que pase el sábado. Espera porque todavía está dentro del horizonte de la observancia, todavía marcada por la ley, por el descanso sabático, por una forma de fidelidad religiosa que aún no ha dado el paso hacia la novedad plena.

La observancia puede retrasar

lo que Dios ya está haciendo nacer.

Eso es lo que el evangelista quiere hacer percibir. La observancia de la ley retrasa la experiencia de la nueva creación inaugurada por Jesús. No la anula, pero sí puede demorarnos. Y aquí el texto toca algo muy nuestro. También nosotros podemos permanecer aferrados a formas correctas, a costumbres buenas, a seguridades respetables, y sin embargo llegar tarde a la vida. Porque la novedad de Dios no siempre entra por los caminos que nosotros habíamos dejado bien ordenados.

Cuando Juan habla del «primer día de la semana», no se limita a señalar una fecha. Está evocando el primer día de la creación. Está diciendo que, en Jesús, comienza una creación nueva. Y lo que verdaderamente nace de Dios no conoce la muerte ni tiene en la muerte su última palabra. Pero la comunidad, representada aquí por María Magdalena, sigue todavía condicionada por la lógica antigua y por eso tarda en entrar en la experiencia de la resurrección.

María llega al sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Y en Juan la oscuridad nunca es un mero detalle ambiental. Es imagen de la incomprensión de la comunidad, que aún no ha comprendido de verdad a Jesús, el que se había presentado como «luz del mundo» (cfr. Jn 8,12), ni ha dejado que su palabra ilumine hasta el fondo la mirada. A veces no estamos en tinieblas porque falte luz, sino porque seguimos mirando con los ojos de antes.

Ve que la piedra ha sido quitada del sepulcro. Y su primera reacción es correr adonde están Simón Pedro y el otro discípulo. Jesús había dicho que llegaría la hora en que cada uno se dispersaría por su lado (cfr. Jn 16,32). Pues bien, ahora el evangelista le confía precisamente a esta mujer una tarea hermosa: María Magdalena aparece como la que vuelve a reunir a los dispersos, la que pone de nuevo en movimiento a las ovejas que se habían desperdigado.

Y el anuncio que lleva tiene un peso particular: “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto” (cfr. Jn 20,2). No dice “el cuerpo”, sino “el Señor”. Incluso en medio de su desconcierto, sus palabras dejan asomar algo más hondo. Jesús no es nombrado como un simple cadáver ausente. Hay ya, incluso sin saberlo, una rendija abierta hacia la fe.

Al Viviente no se le encuentra

en el lugar de la muerte.

Pedro y el otro discípulo salen corriendo hacia el sepulcro. Pero van justamente al único lugar donde no debían buscarlo. Lucas lo expresará con una claridad luminosa: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (cfr. Lc 24,5). La pregunta no vale solo para aquellas mujeres ni solo para aquellos discípulos. Vale también para nosotros.

Porque nosotros también buscamos al Señor donde ya no está. Lo buscamos en lo acabado, en lo cerrado, en aquello que ya hemos dado por perdido. Lo buscamos en nuestras nostalgias, en nuestras heridas, en nuestras culpas, en nuestros pequeños sepulcros interiores. Y el sepulcro puede guardar un recuerdo, pero no puede retener al Resucitado. Jesús no puede ser aprisionado en el lugar de la muerte. Él es el Viviente.

Por eso, cuando uno se relaciona con alguien o con algo solo desde la pérdida, solo desde la ausencia, solo desde lo que terminó, acaba sin poder experimentar una presencia viva y vivificante. Es una observación muy sencilla y, al mismo tiempo, muy seria. Si seguimos mirando solo la tumba, no aprenderemos a reconocer la vida nueva. Dicho de otro modo: el sepulcro vacío no sirve para instalarnos allí, sino para obligarnos a salir de allí

Corren los dos discípulos. Llega primero el discípulo amado, el que ha hecho experiencia del amor de Jesús. Pedro llega más tarde. Y tampoco este detalle parece casual. Pedro había rechazado dejarse lavar los pies; no había aceptado del todo el amor de Jesús expresado en el servicio. No había comprendido todavía que el Señor se revela precisamente abajándose. Y a veces uno llega más tarde no porque tenga menos fuerza, sino porque le ha costado más dejarse amar.

Sin embargo, el otro discípulo no entra enseguida. Se detiene y deja que Pedro pase primero. Y este gesto tiene una profundidad muy grande. Es importante que el discípulo que traicionó a Jesús, el discípulo para quien la muerte parecía el final de todo, sea el primero en asomarse a la experiencia de una vida que va más allá de la muerte. El Evangelio tiene esta delicadeza: no humilla al que cayó, sino que le abre camino para que vuelva a empezar.

Luego entra también el otro discípulo. Y Juan lo dice con una sobriedad inmensa: «vio y creyó» (cfr. Jn 20,8).

La Pascua no se entiende

solo mirando un sepulcro vacío.

Pero el evangelista añade enseguida una advertencia decisiva: «todavía no habían comprendido la Escritura», es decir, «que él debía resucitar de entre los muertos» (cfr. Jn 20,9). Y aquí está uno de los centros del pasaje. La fe en la resurrección no nace simplemente de constatar una ausencia dentro de la tumba. No basta ver un signo. No basta comprobar que la piedra ha sido corrida o que el sepulcro está vacío. Todo eso puede sacudir, puede inquietar, puede abrir preguntas. Pero no basta para creer de verdad.

Juan quiere impedir una comprensión superficial de la Pascua. La resurrección de Jesús no es un privilegio concedido a un personaje admirable de hace dos mil años. No es un recuerdo extraordinario que contemplamos desde lejos. Es una posibilidad abierta a los creyentes. Es la irrupción de una vida nueva que empieza ya ahora allí donde la Palabra es acogida de verdad.

La Escritura, recibida en el corazón del discípulo, no sirve solo para informar ni para adornar una idea religiosa. La Palabra del Señor, cuando encuentra espacio en nosotros y se vuelve carne en nuestra vida, transforma. Y esa transformación hace nacer una calidad nueva de existencia. Es ahí, en una vida tocada y renovada por la Palabra, donde el Resucitado se deja reconocer.

No creemos que Jesús ha resucitado solo porque haya un sepulcro vacío. Creemos cuando lo encontramos vivo y vivificante en nuestra propia vida. Cuando algo que estaba apagado vuelve a encenderse. Cuando una herida deja de ser solo herida y comienza a convertirse en lugar de compasión. Cuando donde veíamos cierre empieza a abrirse un camino. Cuando la oscuridad no desaparece de golpe, pero ya no tiene la última palabra.

Quizá ahí se nos abre hoy una pregunta sencilla y verdadera: ¿seguimos buscando al Señor en nuestros sepulcros, o nos atrevemos a reconocerlo allí donde ya está haciendo nueva la vida?

viernes, 3 de abril de 2026

Homilía de la Vigilia Pascual - Mt 28, 1-10 «id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

 

Homilía de la Vigilia Pascual

Mt 28, 1-10 «id a comunicar a mis hermanos

que vayan a Galilea; allí me verán».

 

Durante estos días estamos rezando y meditando sobre la pasión de amor de Jesús, tal como nos la narró el evangelista Mateo. Allí aparecía el procurador romano, Poncio Pilato, que en dos ocasiones hizo salir a Jesús del palacio y lo presentó ante los sumos sacerdotes y ante la multitud de judíos, azuzada por ellos para pedir su condena a muerte.

He aquí el hombre:

y nadie quiere mirarlo.

Pilato sacó fuera a Jesús vestido con un manto escarlata y con la corona de espinas sobre la cabeza, y exclamó: «Aquí tenéis al hombre». Era como si dijera: aquí está una manera de ser hombre; decidme, ¿os gusta este hombre? Pero aparece como un derrotado, humillado, ridiculizado, como un rey de burla. Y todos, al verlo, gritan: «¡Quitadlo de en medio! ¡No queremos verlo! ¡Crucifícalo!».

He aquí vuestro rey:

y preferimos otro reino.

La misma reacción tuvo la multitud cuando Pilato dijo: «Aquí tenéis a vuestro rey». Y la gente respondió: «No lo queremos ver. Nosotros ya tenemos un rey, y es el César». Querían ese reino construido según los criterios de este mundo. ¿Qué clase de rey es este? Les parecía ridículo. Y conviene notarlo bien.

Se puede ser muy religioso

y no acoger a Jesús.

Los que piden la condena a muerte de Jesús son personas muy religiosas; todos son creyentes. Están los sumos sacerdotes y están también esos judíos que frecuentan el Templo. Uno puede ser muy religioso y, sin embargo, rechazar la propuesta del hombre nuevo que trae Jesús y el reino nuevo que él inaugura: un reino de amor y de paz.

Lo rechazaron porque no les agradaba alguien que, según sus criterios, era un fracasado, un vencido. Y, en cierto sentido, era verdad: según los criterios de este mundo, Jesús no es un hombre de éxito, no es uno que domina; es un siervo por amor.

Lo que el mundo llama fracaso,

Dios lo llama verdad.

Y este hombre, y este reino, no agradan a quien piensa con la lógica de este mundo. La pregunta entonces es inevitable: ¿Dios estaba de acuerdo con ese juicio de los hombres? La respuesta la dio en la mañana de Pascua.

El octavo día:

la Pascua que inaugura la vida nueva

«Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro»

El relato comienza con una indicación de tiempo muy precisa; «al alborear el primer día de la semana», es decir, el día siguiente al sábado. Aquel año, además, la Pascua judía coincidía con el sábado; por eso ese día había quedado revestido de una santidad especial: era sábado y era Pascua. Todos habían guardado escrupulosamente el descanso. Pero ese primer día, que llega después del séptimo, para los cristianos se convertirá en el octavo día: el día nuevo, el día de Pascua.

La Pascua inaugura un tiempo nuevo.

Por eso, en la tradición cristiana, el número ocho adquirió un valor singular. Muchos baptisterios antiguos eran octogonales: quien descendía a aquellas aguas renacía a una vida nueva, a la vida inmortal manifestada en la Pascua. También hoy encontramos iglesias con cúpula octogonal. No es un capricho arquitectónico; es una confesión de fe. El pueblo que allí se reúne es el pueblo de los bautizados, el pueblo de los resucitados. Para Israel, el ocho no tenía este significado; para los cristianos, en cambio, se volvió un número cargado de esperanza.

Las primeras en ponerse en camino son dos mujeres. Sabemos incluso sus nombres: las dos se llaman María. Una es María Magdalena; la otra, probablemente, María, la madre de Santiago y de José, parientes de Jesús. Ellas habían asistido a la crucifixión desde lejos. Mateo lo recuerda con sobriedad; estaban allí, pero a distancia. No les permitían acercarse. Después de la muerte de Jesús sí pudieron aproximarse, cuando José de Arimatea lo bajó de la cruz. Y ahora vuelven de nuevo. ¿A qué? A ver el sepulcro. Es el afecto el que las mueve. El amor, aun cuando ya no sabe qué hacer, sigue yendo al lugar donde descansan los restos del amado.

El amor vuelve incluso

donde ya no espera nada.

Existía la costumbre de visitar la tumba durante tres días, porque se pensaba que quizá aún podía quedar algún signo de vida. Pero si en ese tiempo no ocurría nada, entonces se aceptaba que la muerte había sellado definitivamente su victoria. Estas mujeres llevan todavía dentro la escena de la sepultura: el cuerpo de Jesús envuelto por José de Arimatea en una sábana limpia, depositado en el sepulcro, la gran piedra rodada a la entrada, y después el silencio. Todo parecía cerrado. Todo concluido.

El evangelista dice que fueron a ver la tumba. En griego se expresa así: «ἦλθεν Μαριὰμ ἡ Μαγδαληνὴ καὶ ἡ ἄλλη Μαρία θεωρῆσαι τὸν τάφον»; que traducido es; «Vino María Magdalena y la otra María a contemplar / observar atentamente (incluso con el matiz de ponerse ante algo para mirarlo con detenimiento) el sepulcro». Pero aquí Mateo no emplea el verbo griego más común para indicar una simple mirada. En griego hay una diferencia muy hermosa. No se dice βλέπειν (blépein), que sería “mirar” en el sentido más inmediato, como quien ve algo y sigue de largo. Mateo usa θεωρεῖν (theoreîn), aquí θεωρῆσαι (theorêsai): una mirada que permanece, que contempla, que piensa, que busca sentido. Es decir, aquellas mujeres no llegan al sepulcro como turistas del dolor; llegan con el corazón herido, intentando comprender qué ha sucedido. No van solo a constatar un hecho. Van a quedarse ante un misterio que todavía no saben nombrar.

No miran solo una tumba;

intentan entender una derrota.

Están dolidas, sin duda. Pero también necesitan hacer lo que hacemos todos cuando la vida nos hiere: hablar, volver sobre lo ocurrido, intentar recoger los pedazos. Quizá se dijeron cosas muy parecidas a las que nosotros mismos decimos cuando nos topamos con un sufrimiento incomprensible: esto no tenía que pasar; ¿cómo ha podido Dios permitir algo así? El justo ha sido eliminado. El santo ha sido apartado. Los violentos se han impuesto. No era este el final que esperábamos.

Y poco a poco, conversando entre ellas, tal vez fueron llegando a una conclusión amarga: ha vencido lo de siempre. El poder, el dinero, el interés, la mentira. Lo que tantas veces aplasta al débil también ha aplastado a Jesús. ¿Qué queda entonces? Bajar los brazos. Resignarse. Aceptar que el mal tiene la última palabra. El justo ha sido vencido. El liberador ha sido silenciado. El sepulcro se ha convertido en su última morada.

Entonces el hombre nuevo habría perdido. Y el mundo nuevo, el reino de Dios del que Jesús hablaba, no habría pasado de ser un hermoso sueño. Porque, claro, si no ha conseguido realizarlo él, ¿quién lo va a realizar? Es la lógica más inmediata. Y también la más triste.

Sin la Pascua,

la vida termina en una piedra cerrada.

Quien no ha recibido todavía la luz de la Pascua sigue yendo al sepulcro como aquellas dos mujeres: con amor, sí, pero sin esperanza. Y cuando uno llega a la tumba sin esa luz, solo le queda llorar. Nada más. Porque, si todo termina ahí, tarde o temprano aparece una pregunta que no es irreverente, sino profundamente humana: ¿vale la pena nacer, si al final nuestro destino es una tumba?

La piedra removida:

el lenguaje pascual de Mateo

«Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve».

El evangelista Mateo cuenta de un modo distinto a Marcos, a Lucas y a Juan lo que las mujeres encontraron al llegar al sepulcro. Los otros evangelistas coinciden en decir que, cuando llegaron, hallaron la piedra ya removida y la entrada del sepulcro abierta de par en par. Mateo, en cambio, dice que las mujeres asistieron a una escena grandiosa: un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, removió la piedra y luego se sentó sobre ella. Ahora bien, quien toma al pie de la letra lo que Mateo está narrando se pregunta enseguida: entonces, ¿qué nos han contado los otros evangelistas? La respuesta es sencilla. Solo quien no comprende el lenguaje y las imágenes bíblicas que emplea Mateo puede pensar que está describiendo un hecho material. Lo que las mujeres encontraron al llegar ya lo han contado los otros tres evangelistas. Mateo quiere ayudarnos a captar el sentido de esa piedra removida. Dios había vencido a la muerte, y para expresar esta verdad recurrió al lenguaje y a las imágenes que tenía a su alcance, las mismas que sus lectores conocían bien porque las encontraban en la Escritura.

El terremoto;

Irrupción de la potencia divina en el mundo.

La primera imagen es esta: hubo un gran terremoto en la Pascua. El mayor terremoto de la historia del mundo. El terremoto es una explosión impresionante de las fuerzas de la naturaleza. Cuando hay un terremoto, nada queda como antes: todo se sacude. Y esta es una imagen muy eficaz para expresar lo que sucede cuando Dios interviene en la historia. Siempre hay un terremoto. De hecho, en la Biblia esta imagen aparece muchas veces. Cuando Dios comunica su palabra a Moisés, el monte Sinaí tiembla con fuerza (cfr. Ex 19, 18). También Elías, en el monte, antes de la revelación del Señor, asiste a un terremoto (cfr. 1 Re 19, 11-12). Y cuando Dios decide intervenir para cambiar la historia, emplea esa misma imagen: «Yo haré temblar la tierra y el cielo» (cfr. Ag 2, 6-7). Si además nos acercamos al Apocalipsis, vemos que esta imagen vuelve una y otra vez (cfr. Ap 6, 12-14; 8, 5; 11, 13; 11, 19; 16, 18)».

Nadie, al leer esos textos, pensaba en terremotos materiales. Y también quienes escuchaban este pasaje del Evangelio de Mateo comprendían muy bien de qué terremoto estaba hablando. Se trataba de la irrupción de la potencia de vida divina en el mundo. Una fuerza de vida inmortal había entrado en los abismos de la tierra, en el שְׁאוֹל (Sheol), en los infiernos, en el mundo de los muertos, y allí había provocado el terremoto; lo había sacudido todo.

Esta verdad aparece expresada de un modo muy bello en los iconos. Cristo, al concluir su vida en este mundo, entró en el mundo de los muertos. Derribó las puertas de la prisión en la que la muerte retenía a sus víctimas. Entró y los liberó a todos. Los llevó a la casa del Padre, al mundo de la vida eterna. Y ved también la otra imagen: ha roto las cadenas, los cerrojos de la muerte, los de aquella prisión; y ha puesto en fuga para siempre a la muerte, nuestro gran enemigo. La muerte aparece acorralada, despojada de todo poder. Fue precisamente en los abismos de la tierra, en los infiernos, donde tuvo lugar el mayor terremoto de la historia de la humanidad.

Antes de Jesús habían entrado allí los patriarcas, David, Moisés, los profetas, el Bautista. ¿Y qué había sucedido? Nada. Todos habían quedado prisioneros de la muerte. Pero cuando Jesús de Nazaret entró en el mundo de los muertos, entonces sí se produjo el terremoto. Allí entró la vida que venció para siempre a la muerte.

El ángel del Señor:

Dios mismo interviene.

La segunda imagen es la del ángel del Señor aparece con frecuencia en la Biblia, pero no se trata del ángel tal como nosotros solemos imaginarlo. Es una expresión que los autores sagrados emplean cuando quieren presentar una intervención del Señor. En vez de decir «el Señor hizo» o «el Señor dijo», dicen «el ángel del Señor hizo» o «el ángel del Señor dijo». Por ejemplo: es el Señor quien habla a Moisés en la zarza ardiente, pero el autor sagrado dice que el ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego en medio de la zarza. En nuestro pasaje, ese ángel que desciende y hace rodar la piedra es Dios mismo que ha intervenido.

Ha retirado para siempre esa piedra que separaba el mundo de los vivos del mundo de los muertos. Ya no existen los muertos. Se pasa de la vida a la vida. «Quien cree en mí no muere, no puede morir», porque a cada hombre le ha sido dada la vida del Dios inmortal. Esta es la victoria sobre la muerte.

A veces los médicos vencen a la muerte, pero no es una victoria definitiva; es aplazar la derrota, porque al final la muerte vuelve a reclamar su presa. El verdadero terremoto ocurrió cuando Dios entró en el mundo de los muertos y llevó allí su vida en Jesús de Nazaret.

El ángel removió la piedra

Después de decirnos que el ángel removió la piedra, quizá nosotros esperaríamos que el evangelista contara que Jesús salió del sepulcro. Pero eso no podía narrarse así, porque Jesús no volvió de allí. Hay un evangelio apócrifo del siglo II, el llamado Evangelio de Pedro, que dice que Jesús salió del sepulcro. No. No podía salir, porque él no regresó a esta vida: entró en la casa del Padre. Esa es la resurrección. Resucitó en el mismo momento en que, en el Calvario, exhaló el último aliento y nos entregó su Espíritu.

Los hombres habían puesto la piedra como signo definitivo de su victoria. También nosotros lo decimos: «poner una piedra encima», como diciendo: aquí ya no cambia nada. Parecía que la muerte había pronunciado la última palabra. Y, sin embargo, la que venció fue la vida.

El ángel sentado sobre la piedra.

         La tercera imagen es la del ángel, sentado victorioso sobre la piedra, es Dios celebrando el triunfo de la vida. Recordemos que aquella piedra había sido sellada y custodiada por soldados. Nadie debía moverla. Jesús tenía que permanecer allí para siempre: había molestado demasiado. Todas estas imágenes expresan lo que los hombres habían intentado hacer con Jesús: encerrarlo definitivamente en el sepulcro, dejarlo prisionero de la muerte. Pero Dios intervino y rompió los sellos de la muerte, esos sellos puestos por los poderosos que querían perpetuar el mundo del mal, de la injusticia y de la violencia.

Romper los sellos significaba desafiar la autoridad de quien los había puesto; en este caso, desafiar al emperador de Roma, del que Pilato era representante. Era el símbolo mismo de los poderes de este mundo. Y Dios no tuvo miedo de quebrar los sellos de la autoridad imperial. Este es el significado de la imagen. Dios rompe sus sellos, no teme a los reinos de este mundo, y nos invita también a nosotros a cultivar ese mismo valor frente a la prepotencia del mal con la que tantas veces nos encontramos en la vida.

El mal del mundo no es invencible. Es verdad que resulta invencible con las solas fuerzas naturales, pero hoy nosotros hemos recibido una fuerza que viene del cielo. El ángel, en efecto, desafía a los poderes de este mundo, a los dominadores opresores que ya no querían ni oír hablar del reino de Dios introducido por Jesús.

El ángel con aspecto como de un relámpago

y vestido blanco

La última imagen es el aspecto del ángel era como un relámpago y su vestido blanco como la nieve. El relámpago es el máximo resplandor de la luz y de la potencia. ¿Cuándo brilló la luz de Dios con toda su fuerza y toda su gloria? Cuando venció a la muerte. También el blanco es símbolo de la luz. Juan, al comienzo de su primera carta, dice: «Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna» (cfr. 1 Jn 1, 5).

Con todas estas imágenes, Mateo está diciendo que el mensaje que las mujeres han recibido, como enseguida escucharemos, viene de Dios.

Y ahora entran en escena los que se sienten incómodos ante la luz del cielo, porque se han puesto del lado de la tiniebla y de la muerte.

Quienes sirven al mal

no resisten la Pascua

«los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos»

Los guardias puestos para custodiar el sepulcro representan a todos aquellos que, por interés o por servilismo, se ponen al servicio del mal; a quienes se venden al poderoso de turno por amor al dinero. Los sorprende el terremoto. No lo esperaban. Estaban convencidos de que el reino que defendían era invencible, inamovible, pero la intervención de Dios lo ha sacudido todo. Y la consecuencia es inmediata; quedan sobrecogidos de espanto y caen en tierra como muertos.

 

Quien sirve al mal termina derribado

por su propia mentira.

¿Qué quieren decir estas imágenes? Que quien se pone del lado del mal queda desarmado ante la intervención de Dios. Ahí está también la invitación que se nos hace: no tener miedo a las fuerzas del mal. Se nos ha dado una fuerza divina que vence a la muerte.

El ángel del Señor no dirige su palabra a los guardias. Ellos tienen que darse cuenta por sí mismos de que su vida está al servicio del mal, del reino de la injusticia, de la mentira y de la muerte. Y una vida así está destinada al fracaso.

El dinero puede comprar silencios,

pero no la verdad.

Por desgracia, no aceptarán cambiar ya que seguirán pensando solo en su propio interés. De hecho, el relato continuará diciendo que aceptarán mentir por amor al dinero. Su elección es una imagen muy elocuente de lo que sucede también hoy tantas veces: que con dinero se compran con facilidad muchas conciencias.

El ángel, como decía, no habla a los guardias; habla a las mujeres

«No tengáis miedo vosotras».

Los guardias, sí; vosotras, no.

«El ángel habló a las mujeres: «Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado».

Cuando un ángel anuncia la palabra del cielo a una persona de este mundo, aparece siempre la imagen del temor. También cuando el ángel habla a María le dice: «No temas, María». Y en la noche de Navidad, cuando los pastores se ven envueltos por la luz del cielo, quedan llenos de un gran espanto. Entonces el ángel del Señor les dice: «No temáis; os anuncio una gran alegría».

El miedo no aleja a Dios:

revela su grandeza.

Ese temor es una imagen de la toma de conciencia, de la distancia infinita que existe entre nosotros, que vivimos en esta condición de criaturas frágiles y mortales, y el mundo de Dios, del que procede esa voz.

Después de invitar a no tener miedo, el ángel explica el significado de aquella piedra removida del sepulcro. Dice: «ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!». Ha pasado por el mundo de los muertos, pero no se ha quedado allí; al contrario, lo ha vaciado.

El sepulcro vacío no es la meta:

es una señal.

El sepulcro vacío es solo el signo material que prepara a las mujeres para el encuentro con el Resucitado. No será un encuentro verificable con nuestros sentidos, porque el Resucitado ya no tiene un cuerpo compuesto de átomos. Es él, verdaderamente él, pero revestido de incorruptibilidad.

El encuentro con el Resucitado, que primero tendrán las mujeres y después los discípulos, será contado por los evangelistas con imágenes tomadas de nuestro mundo material: ver, tocar, abrazar al Resucitado. Lucas llegará incluso a decir que comen con el Resucitado. Son imágenes con las que los evangelistas narran una experiencia verdadera, real, aunque no material: el encuentro del hombre con el mundo de Dios.

«Ha resucitado, como había dicho», dice el ángel. Es el recuerdo de lo que Jesús había anunciado lo que abre los ojos de las mujeres y las prepara para ver al Resucitado.

Para ver al Resucitado,

hay que volver a Galilea.

Y el ángel continúa: «y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”». Esta invitación a volver a Galilea tiene algo de enigmático. Pero está dirigida también a nosotros, si queremos ver al Resucitado. El anuncio del Evangelio, lo recordamos, había comenzado en Galilea. ¿Qué está diciendo el ángel? Está invitando a recorrer de nuevo el camino que hicieron los apóstoles junto al Maestro, y promete que, al final de ese recorrido, sus ojos se abrirán de par en par y verán el destino de quien ha entregado la vida por amor: un destino que no es el sepulcro, sino la casa del Padre.

Pero Galilea tiene también otro significado. Sabemos que estaba habitada por judíos mezclados con paganos. Los habitantes de Jerusalén los consideraban casi medio paganos. En Galilea convivían con toda naturalidad judíos y paganos. Era una región donde la fidelidad religiosa y la práctica dejaban bastante que desear.

Galilea es nuestro mundo cotidiano.

Galilea es justamente la imagen de nuestro mundo. Es el mundo en el que vivimos nosotros, al lado de personas que buscan a Dios y de otras a las que Dios no les interesa en absoluto; al lado de personas que nos resultan simpáticas y de otras que quizá no soportamos demasiado. Y es precisamente en esta realidad donde se nos invita a recordar lo que él dijo. Y cuando nosotros escuchamos lo que él dijo, entonces lo vemos. Él es el Viviente.

Cuando Cristo sale al encuentro

de quienes lo buscan

«Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Las mujeres, dice el evangelista, dejaron deprisa el sepulcro y corrieron a anunciar a los hermanos la experiencia que habían vivido. Todavía no han visto al Resucitado, pero ya están preparadas para el encuentro. El ángel las había dispuesto para ello cuando les dijo: recordad lo que él había dicho. Y entonces Jesús sale a su encuentro y les dice: «Alegraos». 

Las mujeres se echan a los pies de Jesús:

el sentido de toda su vida es un camino

La alegría que trae el Resucitado al mundo es inmensa. Las mujeres se acercan y le abrazan los pies. Y este detalle sorprende, porque uno esperaría que se echaran a sus brazos. Pero el evangelio llama la atención justamente sobre los pies, ellas se echan a sus pies: «le abrazaron los pies y se postraron ante él». Las mujeres han comprendido el sentido de toda la vida de Jesús: ha sido un camino, un camino recorrido desde el Padre hasta nosotros y, atravesando la muerte, de regreso al Padre, entregando la vida. Él nos ha precedido en el reino de la inmortalidad.

Es decisivo para nosotros entender adónde conduce el camino de Jesús. El evangelista Marcos presenta toda la vida pública del Señor como un camino que avanza hasta Jerusalén, donde entrega la vida. Pero ese camino no se detiene en el Calvario. 

Recorrer los pasos de los pies de Jesús

Por eso es tan importante contemplar esos pies, porque han ido mucho más lejos. Hay que contemplar el destino último de esos pies; solo entonces tendremos también nosotros el valor de recorrer su mismo camino.

Las palabras que el Resucitado dirige a las mujeres son las mismas que había pronunciado el ángel: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Es hermoso ese «hermanos». Después de que lo abandonaron, lo negaron y lo entregaron, él sigue llamándolos así: hermanos.

El Resucitado no reprocha:

reúne de nuevo a los suyos.

Y es a esos hermanos a quienes les confía un mensaje de alegría y de esperanza, un anuncio destinado a toda la humanidad: la victoria de la vida sobre la muerte.