Resumen adaptado del
MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
PARA LA CUARESMA 2026
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La Cuaresma como tiempo de conversión
Enlace: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/messages/lent/documents/20260205-messaggio-quaresima.html
Una explicación pausada, cálida y fiel del Mensaje del Papa León XIV para
la Cuaresma 2026
El mensaje cuaresmal se abre con
una constatación tan sencilla como honesta: el corazón puede “dispersarse”
entre inquietudes y distracciones cotidianas. Y, desde ahí, el Papa sitúa el
sentido de la Cuaresma: es el tiempo en el que la Iglesia católica, con
solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el
centro de la vida, para que la fe recobre su impulso y el corazón no se
desparrame en mil direcciones.
Con esa imagen inicial, el Papa
enuncia el principio que sostiene todo el mensaje: todo camino de conversión
comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad
de espíritu. El punto de partida no es una maniobra de fuerza, sino una
apertura: dejar que la Palabra nos alcance y encontrar para ella un lugar
interior.
De hecho, el texto enlaza tres
elementos que van unidos: el don de la Palabra de Dios, el espacio de
hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella
realiza. La Cuaresma, así, aparece como una ocasión propicia para escuchar
la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él
el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión,
muerte y resurrección. En otras palabras: este itinerario no se reduce a
prácticas sueltas; es un camino con Cristo hacia su misterio pascual.
Escuchar: dar espacio a la
Palabra y aprender a escuchar la realidad
Con ese marco, el Papa León XIV quiere
llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a
la Palabra a través de la escucha. Y lo fundamenta con una frase que es, a
la vez, muy simple y muy exigente: la disposición a escuchar es el primer signo
con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro. La
escucha, por tanto, no es un adorno de la vida espiritual; es una señal
concreta de que el corazón se abre a la relación.
Para mostrar que esto está en el
centro de la revelación bíblica, el Papa nos conduce a la escena de la zarza
ardiente. Allí, Dios se revela a Moisés y deja ver que la escucha es un
rasgo distintivo de su ser: “Yo he visto la opresión de mi pueblo… y he oído
los gritos de dolor” (Ex 3,7). El mensaje subraya que la escucha del clamor
de los oprimidos no se queda en una constatación: es el comienzo de una
historia de liberación, en la que el Señor involucra a Moisés enviándolo a
abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud. En
el texto, escuchar inaugura camino; escuchar abre historia.
Desde ahí, el Papa vuelve a
nuestra vida y da un paso decisivo: la escucha de la Palabra en la liturgia
nos educa para una escucha más verdadera de la realidad. La liturgia, por
tanto, no es un espacio desconectado de lo real; es una escuela que afina el
oído. Porque, entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y
social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que
clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta.
Aquí aparece una afirmación
fuerte que el Papa subraya que la condición de los pobres representa un grito
que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida,
nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la
Iglesia. En el mensaje, esta frase actúa como una especie de “prueba de
escucha”: si la Palabra nos educa, nos educa también para no dejar sin
respuesta ese clamor.
Ayunar: una práctica
concreta que dispone el corazón y ordena los “apetitos”
Una vez que el mensaje ha
colocado la escucha en el centro, el Papa da el siguiente paso con una lógica
muy clara: si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una
práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. El ayuno
no aparece como exhibición ni como simple esfuerzo exterior, sino como una
disposición interior que se expresa en un gesto real.
El texto lo llama un ejercicio
ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Y explica
por qué tiene esa fuerza: porque implica al cuerpo. Precisamente por eso, la
abstinencia de alimento hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y
lo que consideramos esencial para nuestro sustento. El ayuno, así, sirve
para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre
y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educándola para que se
convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.
Para iluminar esta tensión entre
el presente y la realización futura, el Papa introduce a San Agustín. La cita de
San Agustín muestra que es propio de los mortales tener hambre y sed de
justicia, y que estar repletos de justicia corresponde a la otra vida. Y
describe un proceso interior: mientras los hombres tienen hambre, se ensanchan;
mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces;
y, hechos capaces, en su momento serán repletos. En el mensaje, esta imagen
sostiene una idea central: el ayuno, entendido en este sentido, permite
no solo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también
expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.
Pero el Papa León XIV añade una
advertencia necesaria: para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite
la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y
humildad. Y fija un criterio muy concreto: exige permanecer arraigado en la
comunión con el Señor, porque “no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse
de la Palabra de Dios”. Es una afirmación breve, pero con un alcance claro
en el texto: el ayuno verdadero está unido a la Palabra y a la comunión con
el Señor.
A continuación, el Papa amplía el
horizonte: como signo visible del compromiso interior de alejarnos —con la
ayuda de la gracia— del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también
otras formas de privación destinadas a adquirir un estilo de vida más sobrio.
Y refuerza esta idea con una nota citando a Pablo VI: “sólo la austeridad
hace fuerte y auténtica la vida cristiana”. Dentro del mensaje, la
sobriedad aparece como una consecuencia coherente del compromiso interior.
Y aquí llega una invitación
especialmente concreta: el Papa propone una forma de abstinencia “muy
concreta y a menudo poco apreciada”, la de abstenerse de utilizar
palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. “Empecemos a desarmar
el lenguaje”, dice, renunciando a las palabras hirientes, al juicio
inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las
calumnias. Y, al mismo tiempo, nos invita a aprender a medir las
palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el
lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los
medios de comunicación y en las comunidades cristianas. El fruto que el texto
anticipa es también claro: muchas palabras de odio darán paso a palabras de
esperanza y paz.
Juntos: la dimensión
comunitaria de la escucha y el ayuno
Después de haber unido escucha
y ayuno, el Papa subraya “por último” la dimensión comunitaria.
La Cuaresma pone de relieve que escuchar la Palabra y practicar el ayuno no son
solo asuntos de conciencia individual: tienen una forma comunitaria y están
llamadas a convertirse en vida compartida.
El texto lo muestra con un
ejemplo bíblico: en el libro de Nehemías se narra cómo el pueblo se reunió para
escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se
dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza
con Dios (cfr. Neh 9,1-3). La escena es clara: escucha y ayunos vividos como
pueblo, orientados a la renovación de la alianza.
A partir de ahí, el Papa aplica
el mismo horizonte a nuestras realidades: parroquias, familias, grupos
eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un
camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios —así como del
clamor de los pobres y de la tierra— se convierta en forma de vida común, y
el ayuno sostenga un arrepentimiento real.
En este horizonte, el Papa
formula una afirmación amplia y decisiva: la conversión no sólo concierne a
la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la
calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de
reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades
eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación. El
mensaje, así, muestra una conversión verificable: se nota en las relaciones, en
el diálogo, en la escucha, en lo que orienta el deseo.
Y el mensaje cuaresmal culmina
reuniendo todos los hilos: vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro
oído a Dios y a los más necesitados; pedir la fuerza de un ayuno que
alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y
crezca el espacio para la voz de los demás; y comprometernos para que nuestras
comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre
acogida y la escucha genere caminos de liberación, contribuyendo a edificar
la civilización del amor.






