Carta pastoral · Diócesis de Ventimiglia-San Remo · Pentecostés 2026
No hay amor más grande
Guía pedagógica para comprender la carta pastoral de Mons. Antonio Suetta, Obispo de Ventimiglia-San Remo, sobre la caridad y el anuncio del amor de Dios a los musulmanes del territorio.
“No hay amor más grande que este: dar la vida.” Jn 15,13 · Carta pastoral de Mons. Antonio Suetta, Obispo de Ventimiglia-San Remo
Esta página ayuda a leer la carta como un camino pastoral: acoger con caridad, testimoniar con una vida cristiana coherente y anunciar a Jesucristo con libertad, sincero respeto y oración.
Una carta pastoral para acoger, testimoniar y anunciar
La carta pastoral de Mons. Antonio Suetta, Obispo de Ventimiglia-San Remo, nace ante una realidad concreta: la presencia de musulmanes en el territorio diocesano. La carta no propone miedo ni polémica, sino un camino cristiano de caridad, respeto, testimonio de vida y anuncio del amor de Dios en Jesucristo.
Idea madre: la acogida con caridad desinteresada, el testimonio de una vida cristiana coherente y el anuncio del amor de Dios en Jesucristo, con libertad y sincero respeto, son los medios humanos que el Señor pide para evangelizar; todo debe ir acompañado por la oración.
Siete ideas para entender bien la carta
Estas ideas no sustituyen la lectura de la carta pastoral. Funcionan como puertas de entrada para comprender su hilo: san Francisco, Nostra Aetate, la presencia musulmana, la caridad, el testimonio, el anuncio y la oración.
San Francisco muestra un camino
El encuentro de san Francisco con el sultán Malik al-Kamil es presentado como una escena que sigue interpelando: acercarse sin violencia, sin disputas y sin esconder la propia fe.
Humildad y fe no se oponen: se necesitan.
La diócesis mira su realidad
Mons. Antonio Suetta parte de la presencia de hombres y mujeres de religiones distintas del cristianismo, especialmente musulmanes, en el territorio diocesano.
La realidad concreta pide discernimiento cristiano.
Nostra Aetate enseña estima
La carta recuerda que la Iglesia mira con estima a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente, misericordioso, omnipotente y creador del cielo y de la tierra.
La estima no elimina la identidad cristiana.
Acogida y colaboración ya son testimonio
La acogida y la colaboración son dos modos prácticos de testimoniar la verdadera fe en Jesús, especialmente cuando se viven con coherencia cristiana.
La caridad hace visible el rostro de Cristo.
El testimonio abre el anuncio
La carta afirma que con la acogida y el testimonio ya comienza el anuncio. Amar al prójimo, especialmente al extranjero, significa querer hacerlo partícipe de la alegría del Evangelio.
Primero habla la vida; después, cuando llega la hora, habla la palabra.
Cristo es el centro
La Iglesia anuncia a Cristo, camino, verdad y vida. La carta subraya que el núcleo de la fe cristiana no es una doctrina teórica, sino una Persona: Jesucristo.
No anunciamos una idea: anunciamos a Jesucristo.
Libertad, respeto y oración
El anuncio del Evangelio a los musulmanes debe hacerse no con imposiciones, sino con amor, con delicado respeto a la libertad y siempre sostenido por la oración.
Solo el Espíritu Santo cambia el corazón.
El camino que propone la carta
La carta no es una lista de ideas sueltas. Tiene un recorrido: parte de san Francisco, mira la realidad diocesana, escucha el magisterio de la Iglesia y desemboca en una decisión pastoral concreta.
Recordar
La carta recuerda los 800 años de la muerte de san Francisco y su encuentro con el sultán.
Mirar
Mons. Antonio Suetta mira la presencia de musulmanes en la diócesis y las preguntas que suscita.
Discernir
Nostra Aetate ayuda a mirar con estima, respeto y sincera deferencia a los musulmanes.
Acoger
La acogida y la colaboración son modos prácticos de testimoniar la verdadera fe en Jesús.
Testimoniar
Una vida cristiana coherente puede hacer que otros conozcan el verdadero rostro de Jesús.
Anunciar
La Iglesia debe anunciar a Cristo, camino, verdad y vida, no con imposiciones, sino con amor.
Orar
Todo debe estar acompañado por la oración, porque el Espíritu Santo es quien cambia el corazón.
Cuatro verbos para vivir la carta
Con caridad desinteresada, respeto, plena acogida y sincera deferencia.
Con una vida cristiana coherente, porque las obras abren los corazones y manifiestan el amor de Cristo.
A Jesucristo, camino, verdad y vida, no con imposiciones, sino con amor y delicado respeto a la libertad.
Con la confianza de que el Espíritu Santo es el único capaz de cambiar el corazón y llenarlo de paz.
Las fuentes que sostienen el discernimiento
La carta pastoral se apoya en la Escritura, en san Francisco de Asís y en textos del magisterio que iluminan el diálogo, el testimonio y la misión.
Jn 15,13
“No hay amor más grande que este: dar la vida.” Es la frase evangélica que da título y tono a toda la carta.
San Francisco y el sultán
El encuentro de 1219 muestra una presencia cristiana humilde, pacífica y confesante.
Regla no bulada
La carta recuerda la enseñanza franciscana: no hacer litigios ni disputas, confesar que son cristianos y anunciar la Palabra.
Nostra Aetate
Invita a mirar con estima a los musulmanes y a dar testimonio de la fe y de la vida cristiana con prudencia y caridad.
Redemptoris Missio
Recuerda que ningún creyente en Cristo ni ninguna institución de la Iglesia puede sustraerse a la misión.
Evangelii Gaudium
Subraya que cada bautizado es sujeto activo de evangelización, cualquiera que sea su función en la Iglesia.
1 Pe 3,15-16
Invita a estar dispuestos a dar razón de la esperanza, pero con dulzura y respeto.
Mt 28,19
El mandato misionero de Cristo fundamenta la llamada final: hacer discípulos a todos los pueblos.
Tres reducciones que conviene evitar
La carta pide acogida y colaboración, pero también testimonio y anuncio de Jesucristo.
La carta no plantea hostilidad, sino estima, respeto, caridad y anuncio del amor de Dios en Jesucristo.
La carta insiste en hablar de Jesucristo no con imposiciones, sino con amor y delicado respeto a la libertad.
Para catequesis, grupo parroquial o revisión de vida
- ¿Vivo mi fe de manera que otros puedan reconocer en mí el amor de Cristo?
- ¿Sé acoger con respeto y sincera deferencia a quienes no comparten mi fe?
- ¿Tengo miedo de manifestar que soy cristiano?
- ¿Confundo el respeto a la libertad del otro con el silencio sobre Jesucristo?
- ¿Hablo de Jesús con amor, dulzura y respeto, o con tono de disputa?
- ¿Creo de verdad que la evangelización es un deber que nace del bautismo?
- ¿Acompaño el deseo de evangelizar con oración al Espíritu Santo?
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1. ¿Cuál es la frase evangélica que ilumina toda la carta pastoral?
2. ¿Quién firma la carta pastoral?
3. ¿Por qué se recuerda a san Francisco de Asís?
4. Según la enseñanza franciscana citada, ¿qué deben evitar los frailes entre los no cristianos?
5. ¿Qué documento del Concilio Vaticano II se cita como referencia principal para mirar a los musulmanes?
6. ¿Qué actitud pide la carta hacia los musulmanes del territorio?
7. Según la carta, ¿por qué es importante una vida cristiana coherente?
8. ¿Qué relación hay entre acogida, testimonio y anuncio?
9. ¿Por qué la Iglesia debe anunciar a Cristo?
10. ¿A quién pertenece la responsabilidad de evangelizar?
11. ¿Qué quiere enseñar la imagen de la cuerda?
12. ¿Qué diferencia esencial señala la carta entre la fe cristiana y la fe islámica?
13. Según la carta, ¿cuál es el núcleo de la fe cristiana?
14. ¿Cómo debe hacerse el anuncio del Evangelio a los musulmanes?
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«NO HAY AMOR MÁS GRANDE»
Carta pastoral a la diócesis sobre la caridad
y el anuncio del amor de Dios a los musulmanes de nuestro territorio
Queridísimos:
Este año se cumplen 800 años de la muerte de san Francisco de Asís. El papa León XIV ha establecido que, del 10 de enero de 2026 al 10 de enero de 2027, se celebre un especial Año de San Francisco, en el que cada fiel cristiano, siguiendo el ejemplo del Santo de Asís, se convierta él mismo en modelo de santidad de vida y en testigo constante de paz.
¿Qué puede decirnos hoy, a nosotros, a nuestro territorio, a nuestra Iglesia, el Seráfico de Asís? Miremos nuestra realidad. En ella vemos claramente la presencia de hombres y mujeres de religiones distintas del cristianismo. El Patrono de Italia ciertamente tiene algo que sugerirnos. Basta pensar en un acontecimiento de su vida que ha quedado en la historia: era el año 1219 cuando, en Egipto, el sencillo fraile de Asís decidió atravesar la frontera del campamento cruzado y encontrarse con el jefe del bando adversario, armado solamente con su hábito y con su fe. Es el célebre encuentro entre san Francisco y el sultán.
Un encuentro que, después de ocho siglos, no deja de interpelarnos. El biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, escribe que fue «el ardor de la caridad» lo que movió al Pobrecillo: «para difundir, con la efusión de su propia sangre, la fe en la Trinidad» (SAN BUENAVENTURA, Leyenda Mayor, c. IX, n. 7, en Fuentes Franciscanas, n. 1172). No podemos saber con certeza qué se dijeron san Francisco y Malik al-Kamil. Con seguridad, sabemos solo que el sultán de Egipto acogió al Seráfico y lo dejó marchar ileso, hecho de por sí inexplicable, visto el período de fuerte tensión entre musulmanes y cristianos. Es interesante lo que leemos en la Regla no bulada de 1221, escrita, por tanto, apenas dos años después del encuentro con el sultán, y que no deja dudas sobre la visión franciscana de la evangelización.
Francisco dice que los frailes que van entre los “infieles” pueden comportarse espiritualmente en medio de ellos de dos modos: que no hagan litigios ni disputas, sino que estén sometidos a toda criatura humana por amor de Dios y confiesen que son cristianos; y, además, que anuncien la palabra de Dios para suscitar la fe en Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de todas las cosas, y en el Hijo Redentor y Salvador, y que sean bautizados y se hagan cristianos, porque, si uno no nace de nuevo del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios (cfr. FRANCISCO DE ASÍS, Regla no bulada, XVI, en Fuentes Franciscanas, nn. 42-44).
Los frailes, por tanto, no deben esconder su propia fe, sino que, al contrario, deben manifestarla, ante todo con el testimonio de la vida, más importante que las palabras, como reafirma el de Asís en diversos escritos: las palabras corren el riesgo de ser estériles; son los actos los que permiten abrir los corazones y manifestar el amor de Cristo. Decía, en efecto: «Todos los frailes, sin embargo, prediquen con las obras» (FRANCISCO DE ASÍS, Regla no bulada, XVII, en Fuentes Franciscanas, n. 46). En un segundo momento tendrá lugar la evangelización propiamente dicha.
Queridísimos:
Otro motivo que me impulsa a escribir esta carta pastoral es el 60 aniversario de la declaración Nostra Aetate, del Concilio Vaticano II, celebrado a finales de octubre de 2025 por el papa León XIV. Este breve pero importante documento nos pone delante de la realidad de una sociedad multirreligiosa y nos guía en la relación con personas de religiones diversas.
Deseo ahora afrontar su aplicación a la situación concreta de nuestra diócesis, que en los últimos años ha visto aumentar la presencia de inmigrantes musulmanes. Esta presencia nos coloca ante preguntas que no podemos eludir: ¿la percepción cristiana de Dios y la musulmana son iguales? ¿Cuál debe ser la actitud cristiana hacia ellos? ¿Qué testimonio podemos dar? ¿Cómo mantener el equilibrio entre el respeto por su fe y la necesidad del anuncio del Evangelio?
Para responder a estas y a otras preguntas, ponemos nuestra atención en la declaración Nostra Aetate, que nos enseña a mirar con estima a los musulmanes, «que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y omnipotente, creador del cielo y de la tierra» (Nostra Aetate, 3). La fe cristiana nos enseña que «Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los creó» (Gn 1,27), lo que tiene como consecuencia el reconocimiento de la dignidad universal de toda persona humana.
Además, los aspectos comunes de la fe en Dios con los musulmanes añaden un nuevo estímulo para tener una actitud de plena acogida, de respeto y de sincera deferencia. Asimismo, reconocernos con ellos criaturas del único Dios nos sitúa juntos ante la responsabilidad de hacer comprender a un mundo que se aleja del Creador la trascendencia de la vida del hombre, y esto abre la puerta a una colaboración con el objetivo común de hacer honrar una moral básica que nuestra sociedad secularizada rechaza a menudo.
La acogida y la colaboración son ya dos modos de testimoniar de manera práctica la verdadera fe en Jesús. Los musulmanes que llegan a los países occidentales a menudo se sienten confundidos al observar la secularización de la sociedad, porque tienden a identificar —de manera ciertamente equivocada, pero también comprensible— la inmoralidad pública con la fe cristiana. Solo cuando entran en contacto con cristianos coherentes con su fe, se dan cuenta de que la secularización es una corrupción del cristianismo, y así comienzan a conocer el verdadero rostro de Jesús y a percibir, a menudo sin siquiera pensarlo, la profundidad del amor de Dios.
Este es el don mejor y más precioso que nosotros podemos y debemos darles. Para usar las palabras de la declaración Nostra Aetate, debemos dar «testimonio de la fe y de la vida cristiana», siempre «con prudencia y caridad, por medio del diálogo y la colaboración» (Nostra Aetate, 2). Es de este modo como comenzamos a compartir lo que tenemos de más precioso.
Con la acogida y el testimonio ya comienza el anuncio. Amar al prójimo, especialmente al extranjero, significa también querer hacerlo partícipe de la alegría del Evangelio. La Iglesia «anuncia, y está obligada a anunciar, a Cristo, que es “camino, verdad y vida” (Jn 14,6), en quien los hombres deben encontrar la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios ha reconciliado consigo todas las cosas» (Nostra Aetate, 2). La acogida, por tanto, debe ir siempre acompañada de nuestra identidad espiritual, hablando de Jesucristo no con imposiciones, sino con amor.
Hace treinta y cinco años, san Juan Pablo II decía: «Siento que ha llegado el momento de comprometer todas las fuerzas eclesiales en la nueva evangelización y en la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede sustraerse» (Redemptoris Missio, n. 3). Si en el pasado la misión ad gentes, dirigida a los no cristianos, tenía como escenario privilegiado los países de mayoría no cristiana, ahora ha llegado el tiempo de asumir esta responsabilidad en nuestra propia casa y, para nosotros, particularmente hacia los inmigrantes musulmanes. También el papa Francisco subrayaba que el anuncio es deber de todos: «Cada bautizado, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de instrucción de su fe, es un sujeto activo de evangelización» (FRANCISCO, exhort. ap. Evangelii Gaudium, n. 120).
Alguien podría preguntarse: «¿Hay de verdad necesidad de anunciar a Jesús? ¿No pueden salvarse siendo fieles a su religión?». La Iglesia reconoce ciertamente que los caminos del Espíritu no tienen fronteras, y enseña que quien, con una completa ignorancia de Jesús, vive fiel a Dios siguiendo su conciencia, podría llegar de algún modo a la salvación, pero con gran dificultad y sin ninguna garantía. Y, en cualquier caso, solo puede salvarse a través de Jesucristo, porque desde que el Hijo de Dios vino a habitar entre nosotros y llevó a cabo la obra de la redención, se ha convertido en el único acceso al Padre: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Por tanto, descuidar el anuncio de Jesucristo sería despreciar su cruz salvadora y su mediación universal.
En el fondo, sería traicionar nuestra misión de bautizados.
Si vemos a alguien que intenta salir de un río, pero es arrastrado por la corriente, y nosotros tenemos una cuerda para ayudarlo, sería una grave negligencia no lanzarle la cuerda, pensando que quizá podría salir solo y así sentirse más libre: ¡la cuerda es la liberación!
¿Cuántos musulmanes que viven entre cristianos se dirigirán a ellos en el día del juicio diciendo: «¿Por qué no me lanzaste la cuerda? ¿Por qué no me diste a conocer la verdad?». Por eso se comprende la urgencia de la misión que hacía exclamar a san Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16).
En primer lugar, será necesario suscitar un interés por la fe, y esto es posible mediante el testimonio de una vida cristiana, de una vida de amor, que haga que los demás se pregunten cuáles son los motivos profundos de semejante actitud. Y cuando llegue la hora de esas preguntas, será necesario, como aconseja san Pedro, estar «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros. Pero hacedlo con dulzura y respeto» (1 Pe 3,15-16).
¿Pero es tan distinta la fe islámica de la fe cristiana? Tenemos en común la fe en un solo Dios, creador de todo. Para los cristianos, sin embargo, Dios es nuestro Padre y, en su esencia, es Amor. Esto resulta una sorpresa para un musulmán, que está acostumbrado a ver a Dios más lejano, a quien debemos someternos, pero a quien no podemos conocer. Aunque Dios es inalcanzable mediante las fuerzas humanas naturales, los cristianos saben que en Jesús tenemos la plena revelación de su amor.
Mientras el Corán admite que Jesús es «una palabra Suya [de Dios] que Él depositó en María» (Corán 4,171), el Evangelio de san Juan dice que —desde el principio— «el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios [...] y el Verbo se hizo carne y vino a habitar entre nosotros» (Jn 1,1.14). Y Jesús mismo nos dio a conocer su divinidad cuando dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Esta frase, para un musulmán, equivale a decir que Jesús es Dios, porque “la verdad” y “la vida” son dos de los 99 nombres de Dios que encontramos en el Corán.
Ciertamente, el Corán rechaza que Dios pueda tener un hijo, pero el contexto se refiere a la generación politeísta de hijos, que ciertamente no podemos atribuir a Dios. Por tanto, no se refiere a la del Verbo, que es una generación eterna y puramente espiritual, porque el Hijo es la misma Palabra de Dios. Por eso, el núcleo de la fe cristiana no es una doctrina teórica, sino una Persona: Jesucristo.
Los católicos, además, siguiendo a Jesús, deben mostrar que el motivo para cumplir la voluntad de Dios no puede ser el temor al castigo o el deseo de una recompensa, sino el amor. No somos esclavos, sino hijos; hijos que saben que son amados por Dios Padre por medio de su Hijo, Jesucristo; y a este amor queremos y debemos corresponder de corazón. Este mismo motivo nos lleva a compartir con los demás la gran alegría de que el Hijo de Dios ha venido a salvarnos y nos enseña a amarnos los unos a los otros.
Hay un solo modo de hacer comprender que verdaderamente Dios es amor: manifestarlo con la propia vida; convirtiéndonos nosotros mismos en expresión del amor mismo de Dios por los demás, en primer lugar por los cristianos, y después por los musulmanes y por todos. El mejor don, el mayor bien que podemos dar a estos hermanos nuestros, es convertirnos en una manifestación del amor de Dios por ellos. El amor debe ser libre: por tanto, el anuncio del Evangelio a los musulmanes debe hacerse con un delicado respeto a su libertad.
Queridísimos:
Me alegra, por tanto, anunciar que, a partir del año pastoral 2026-2027, nuestra diócesis se comprometerá a dirigirse de manera especial, con la caridad cristiana y con el testimonio y la proclamación del Evangelio de la Verdad, también a aquellos musulmanes que habitan en nuestro mismo territorio.
Para ello, la Oficina de Pastoral Catequética, en colaboración con Cáritas Diocesana, propondrá un itinerario formativo específico y se promoverán ocasiones de encuentro.
El próximo mes misionero de octubre será propicio para emprender este camino.
Así sabremos conocer mejor la fe y la cultura de los musulmanes que encontramos cotidianamente, y sabremos también de modo más consciente cómo ejercer nuestro deber de bautizados, que es una tarea de amor y, por tanto, de anuncio de Aquel que es la salvación del hombre.
La acogida con una caridad desinteresada, el testimonio de una vida cristiana coherente y el anuncio del amor de Dios en Jesucristo con libertad y sincero respeto son los medios humanos que el Señor nos pide para evangelizar. Todo esto debe ir acompañado siempre por la oración, convencidos de que el Espíritu Santo es el único capaz de cambiar el corazón y de llenarlo de la paz interior que acompaña su presencia.
Bajo la fuerza del Espíritu Santo, que en el día de Pentecostés llenó de entusiasmo y valentía el alma de los Apóstoles, también nosotros, en la Pentecostés de hoy, debemos tomar en serio el mandato de Jesucristo: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). Se trata, en el fondo, de realizar así el acto más alto y más hermoso de caridad: anunciar a Aquel que es camino, verdad y vida.
Y —lo sabemos— no hay amor más grande que este (cfr. Jn 15,13).
Confiamos a la Virgen, nuestra madre, que es venerada como madre de Jesús también por los musulmanes, este deseo de transmitir el amor de Dios a todos, con la alegría y la fuerza que nos ha traído la Pascua: Jesucristo ha resucitado, ¡ha resucitado verdaderamente!
La carta en una frase
Acoger con caridad, vivir con coherencia y anunciar a Jesucristo con amor, libertad, sincero respeto y oración: este es el camino que la carta pastoral propone para dirigirse a los musulmanes del territorio.