Homilía
del Domingo Cuarto del Tiempo Pascual, Ciclo A
Jn 10, 1-10 «y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera».
Cada año, el
cuarto domingo de Pascua nos pone delante la figura del Buen Pastor. Y
quizá hoy muchos esperaban encontrar esa imagen tan familiar y entrañable: Jesús
con la oveja sobre los hombros, sereno, cercano, casi como en una estampa
que nos acompaña desde los primeros siglos del cristianismo. Es una imagen
bellísima, sin duda: la del Pastor que conduce al rebaño hacia aguas tranquilas
y buenos pastos, donde puede saciar su sed y encontrar alimento.
Pero el Evangelio
de hoy no nos presenta, al menos de entrada, esa escena apacible. El Buen
Pastor de este pasaje no entra con dulzura bucólica, sino con palabras que
desconciertan. Y eso nos obliga a dejar a un lado, por un momento, la
imagen más tierna a la que estamos acostumbrados, para abrirnos a una
revelación más exigente y más profunda.
Jesús no siempre responde a nuestras expectativas:
a veces las rompe para abrirnos los ojos.
En el pasaje que
vamos a escuchar, Jesús no cuenta la parábola de la oveja perdida. Más bien
plantea un enigma. Habla con imágenes densas, misteriosas, nada fáciles de
descifrar. El mismo evangelista observa que, al principio, quienes lo
escuchaban no entendieron de qué estaba hablando ni a quién se refería.
Y cuando
finalmente comprendieron que Jesús estaba hablando precisamente de ellos, no
reaccionaron con docilidad, sino con escándalo. Se sintieron heridos, se
indignaron y llegaron a decir: «Está loco. ¿Por qué seguimos
escuchándolo?». Si provocó una reacción así, es porque sus palabras
tocaron un punto muy sensible. La verdad, cuando nos alcanza de lleno, no
siempre consuela primero: a veces primero desinstala.
Conviene entonces preguntarnos: ¿quiénes
son esos oyentes? No es la multitud en general. Son los fariseos, los
sacerdotes del templo, las guías espirituales del pueblo. Es decir,
precisamente aquellos que tenían la responsabilidad de orientar, enseñar y acompañar
la vida de fe de Israel.
El problema no es solo no ver:
es creerse guía cuando uno sigue a oscuras.
También importa
mucho el lugar donde sucede esta discusión. Todo ocurre en el entorno del Templo.
Y no es un detalle secundario. Jesús está cuestionando una forma de vivir la
relación con Dios encerrada en una institución religiosa que, en lugar de
transparentar el rostro del Señor, había terminado por cubrirlo con la
hipocresía. No es una polémica superficial ni una provocación gratuita. Es
una llamada severa, sí, pero medicinal. Como cuando se abre una ventana en una
habitación cerrada desde hace demasiado tiempo: entra aire, pero también se
levanta el polvo.
Y hay todavía otro
dato decisivo para entender el Evangelio: todo esto sucede durante la Fiesta
de las Tiendas, la celebración más solemne de Israel, la fiesta de la luz y
de la alegría. Es precisamente en ese contexto donde Jesús se ha presentado
como la luz que vence la oscuridad del mundo. Y es también en ese marco
donde ha curado al ciego de nacimiento, devolviéndole la vista.
Cuando el ciego empezó a ver,
los supuestos videntes quedaron al descubierto.
Y ahí aparece la
gran paradoja del relato. El ciego, que antes vivía en la oscuridad, comienza a
ver. En cambio, quienes estaban convencidos de poseer la luz se revelan como
ciegos. Eso es lo que irrita a la autoridad religiosa. No soportan que quede al
descubierto que su seguridad espiritual era, en el fondo, una ceguera
disfrazada de certeza. Creían ver con claridad, pero eran ciegos y guías de
ciegos.
Este es el
contexto en el que debemos escuchar las palabras de Jesús. Por eso empleará
imágenes fuertes, incluso duras. Pero no para humillar, ni para herir por
herir, ni para ganar una discusión. Jesús habla así porque quiere abrir los
ojos. Quiere arrancar a aquellos hombres de su ceguera, aunque sea al
precio de incomodarlos.
Y quizá también
nosotros podemos preguntarnos, con sencillez y sin miedo: ¿en qué cosas
creemos ver con claridad y, sin embargo, seguimos necesitando que el Señor nos
abra los ojos? Porque el verdadero Buen Pastor no solo nos consuela;
también nos conduce a la verdad. Y a veces esa verdad, antes de darnos paz, nos
sacude.
Jesús hiere las falsas seguridades
para abrir los ojos.
«En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os
digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta
por otra parte, ese es ladrón y bandido».
«Ladrones»,
«salteadores», «trepadores». No son palabras suaves, ni
casuales. Jesús las elige con toda intención. Y, al escucharlas, surge
inmediatamente la pregunta: ¿de quién está hablando?, ¿a quién está señalando?
Además, habla de un recinto donde las ovejas han sido encerradas por quienes no
entran por la puerta, sino que trepan por otro lado. La escena es inquietante.
Y precisamente por eso obliga a pensar.
Jesús recurre de
propósito a imágenes enigmáticas, porque sabe que una verdad dicha de frente a
veces se rechaza enseguida, mientras que una imagen desconcertante se queda
trabajando por dentro. No quiere solo dar una respuesta; quiere provocar una
toma de conciencia. Sus oyentes tienen que llegar por sí mismos a
comprender a quién se refiere.
Comencemos por el
recinto. Y aquí conviene detenernos, porque muchas veces una mala traducción
estropea la comprensión del texto. El término que se emplea en griego es αὐλή
(aulé), que con frecuencia se traduce como «redil de ovejas u
ovil», y eso nos lleva inmediatamente a una escena apacible: el pastor, las
ovejas a salvo, el cuidado, la ternura, la salida al campo y el regreso al
atardecer. Pero esa no es la imagen de este pasaje. Hoy no estamos ante una
estampa serena, sino ante una denuncia profética.
No es un redil que protege:
es un recinto que aprisiona.
Jesús está
hablando de personas que encierran a las ovejas para servirse de ellas. Por eso, el
recinto del que habla no es un lugar de descanso, sino de explotación. Ese
recinto es el Templo, entendido no como casa de Dios en su verdad más
honda, sino como institución religiosa convertida en sistema de control.
Allí había sido
encerrado el pueblo sencillo, el pueblo de buena fe, por guías astutas que no
buscaban conducirlo a la libertad de Dios, sino mantenerlo dentro de una
estructura de dependencia. Los que Jesús llama ladrones y salteadores son
precisamente esas autoridades religiosas que tiene delante. Y la acusación es
gravísima, porque no se refiere solo a un error doctrinal o a una incoherencia
moral: se refiere a una deformación radical de la relación con Dios.
¿Qué habían
hecho esas guías?
Esas guías habían
grabado en la mente y en el corazón del pueblo una imagen falsa
de Dios. Y Jesús ha venido precisamente a borrar esa imagen, a desmontarla,
a arrancarla de raíz. Y lo hará hasta el extremo de entregar la vida.
Ellos enseñaban
que, si uno quería recibir bendiciones del Señor, tenía que ofrecer algo a
cambio:
oraciones, sacrificios, holocaustos, cantos, liturgias solemnes, observancias
minuciosas. Según esa lógica, si tú dabas, Dios te daba; si no dabas, no
recibías nada. Y si además eras pecador, entonces entraban en escena el
castigo, la maldición, la pena. Y para salir de esa situación había que
recurrir a los sacerdotes, que indicaban qué sacrificios ofrecer, qué
purificaciones realizar y qué mediaciones pagar.
Todo terminaba girando en torno
a un intercambio interesado.
Habían convertido la fe
en un negocio y a Dios en un acreedor.
Sobre esa imagen
falsa se sostenía buena parte de la práctica religiosa en tiempos de Jesús. Los
sumos sacerdotes del Templo se presentaban como mediadores indispensables. Nadie
podía acercarse directamente al Señor: había que pasar por ellos. Si una
familia buscaba bendición, si alguien quería presentar al Señor su necesidad,
si pedía fecundidad para sus campos, protección para su casa o paz para su
vida, tenía que recurrir a quienes administraban el sistema sagrado.
Así, la
relación con Dios quedaba atrapada en una lógica comercial. No era la
respuesta confiada de un hijo, sino la negociación temerosa de quien cree que
debe comprar el favor divino. Y Jesús viene a darle la vuelta a todo eso.
Viene a anunciar al verdadero Dios: el Dios que ama gratuitamente, que no
espera pagos, que no mercadea con su misericordia, que no reserva su amor para
quienes pueden presentarle méritos.
Más aún: ama de
manera especial a quienes no tienen nada que ofrecerle, porque son precisamente
los que más necesitan ser alcanzados por su compasión. Hay personas que al
Señor solo pueden presentarle su pobreza y su pecado; y justamente por eso no
quedan fuera de su amor.
Jesús murió para borrar esa mentira sobre
Dios y para destruir ese modo falso de vivir la fe. Y, mientras tanto, ¿qué
obtenían quienes sostenían ese sistema? Honores, reverencias, prestigio y
abundantes ofrendas de parte de devotos sinceros, pero engañados por una
catequesis falsa. Por eso quisieron quitar de en medio a Jesús: porque
su palabra desenmascaraba el mecanismo y hacía tambalearse todo su poder.
Y las ovejas ¿quiénes eran?
Las ovejas
encerradas en el recinto son, por tanto, esas personas humildes y religiosas
que habían sido aprisionadas dentro de convicciones falsas. No eran rebeldes ni
malintencionadas. Eran personas sencillas, pero atrapadas dentro de una
imagen deformada de Dios. Y eso hace todavía más dura la denuncia de Jesús.
Lo más grave no es solo explotar la fe:
es hacerlo con personas buenas.
Hay una escena
evangélica que expresa de forma dramática este abuso de la institución
religiosa sobre la ingenuidad del pueblo: la ofrenda de la pobre viuda (cfr. Mc
12, 41-44; Lc 21, 1-4). Muchas veces se la interpreta mal, como si Jesús
alabara simplemente que también ella da lo poco que tiene y, por tanto,
nosotros debiéramos hacer lo mismo en favor de la institución. Pero el acento
no está ahí.
Antes aparecen los
que echan mucho, los ricos que sostienen ese sistema y conviven sin problema
con él. Y, en contraste, aparece una viuda pobre que entrega lo que necesita
para vivir. La mirada de Jesús no pretende idealizar el mecanismo, sino
desenmascararlo. Está mostrando hasta qué punto llega la explotación: llega
a quitarle el pan de la boca a una mujer indefensa. Esa es la dureza del
Evangelio.
Flavio Josefo
cuenta en La guerra judía que, cuando los romanos destruyeron el Templo
y lo saquearon, la cantidad de oro acumulada allí era tan enorme que, en toda
la provincia romana de Siria, el oro perdió la mitad de su valor. La
observación impresiona, pero aquí no se cita como curiosidad histórica, sino
como confirmación de algo más profundo: aquel sistema religioso había
acumulado una riqueza inmensa mientras el pueblo cargaba con el peso de una
falsa devoción.
Y, en realidad, Jesús no está diciendo nada aislado. Está en continuidad con la gran voz de los profetas. Isaías, al comienzo de su libro, pone en boca de Dios una protesta tremenda contra un culto que ha perdido la verdad: «¿Para qué venís a pisotear mis atrios?» (cfr. Is 1). Aquellos sacrificios, aquellas ofrendas, aquel incienso, aquellas solemnidades, lejos de agradar a Dios, se habían vuelto insoportables, porque estaban mezclados con injusticia.
Cuando el culto no va unido a la verdad y a la justicia,
deja de honrar a Dios.
Por eso Jesús
retoma el lenguaje profético. No habla así por agresividad, ni por gusto de la
confrontación, ni por desprecio a lo sagrado. Habla así porque ama demasiado al
pueblo como para callar. Habla así porque no acepta que el nombre de Dios
sea utilizado para oprimir. Habla así porque quiere sacar a las ovejas de
ese encierro.
Los recintos de
los que habla, entonces, no son apriscos campestres, sino los cercados de
una institución religiosa que había terminado por aprisionar en vez de
conducir. Jesús quiere sacar a todos de esos recintos, no para
dejarlos perdidos, sino para abrirles un camino de libertad y de verdad.
Y ahora, dentro de
ese enigma, introduce dos figuras nuevas: el pastor y el guardián.
La conciencia sabe reconocer la voz que da vida.
«Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas.
A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por
el nombre a sus ovejas y las saca fuera».
Dos personajes
entran ahora en escena dentro del enigma que Jesús está planteando: el guarda/vigilante
(θυρωρός – thurorós) y el pastor (ποιμήν – poimén).
¿Quiénes son?
El guarda tiene
una tarea decisiva: vigilar. Debe dejar entrar a quien reconoce como verdadero,
y mantener fuera a quien no tiene derecho a entrar. A los ladrones y
salteadores hay que dejarlos fuera. Pero, ¿cómo distingue quién es pastor y
quién es un ladrón? Lo reconoce por la voz, por lo que dice, por lo que
propone, por lo que realmente busca.
¿Y quién es ese guarda
capaz de hacer ese discernimiento? Dios nos ha hecho bien. Nos ha dado una
conciencia, ese guarda. Y la conciencia sabe velar, sabe discernir a quién
se le debe abrir la puerta y a quién se le debe cerrar el paso.
Cuando escuchamos
la palabra de Jesús de Nazaret, su Evangelio, la conciencia nos dice enseguida:
«Escúchalo. Deja entrar esta palabra, porque es una palabra de vida».
En cambio, cuando llega una palabra que viene de los ladrones y salteadores, la
conciencia nos advierte: «No la dejes entrar, porque esa propuesta te
deshumaniza».
La voz de Cristo no aplasta:
despierta lo mejor de nosotros.
La voz del pastor
es reconocida inmediatamente por la conciencia. Pensemos en lo que sucede
cuando escuchamos sus bienaventuranzas, cuando acogemos su propuesta de amor,
cuando nos dice que amemos incluso al enemigo. Entonces la conciencia nos dice
por dentro: «Déjala entrar, porque esta palabra es verdadera».
Hay en ella una verdad que no esclaviza ni manipula. Él es el pastor que
quiere nuestra vida; no viene a explotarnos ni a oprimirnos.
La conciencia
también nos ayuda a reconocer las voces de los salteadores: quien propone la
droga, la corrupción, la deshonestidad, la inmoralidad. Si no ha sido
deformada, la conciencia sabe mantener fuera a los ladrones y a los
salteadores.
Cristo conoce a cada uno
y nos saca de los encierros.
Y después aparece
otra imagen preciosa: la del pastor que conoce a cada una de sus ovejas. Es
bella esta intimidad de Cristo con cada ser humano. No trata a nadie en
masa, no mira a nadie desde lejos, no confunde a unos con otros. Nos conoce
personalmente.
¿Y qué hace este
pastor? Saca fuera a las ovejas de todos los recintos. Ya hemos hablado
del recinto de la institución religiosa, que retiene dentro a las personas,
mientras que Jesús quiere conducirlas fuera para introducirlas en una realidad
nueva, en una relación nueva con el Señor.
Esa relación nueva
no se apoya en el cálculo ni en el miedo, sino en el amor gratuito, en
el Dios que ama de modo incondicional, también a quien no tiene nada que
ofrecerle. Este es el primer recinto del que el pastor quiere sacarnos:
el de una religión vivida como encierro, como dependencia, como comercio
espiritual.
Dios no nos saca para perdernos,
sino para llevarnos a la libertad.
El verbo que aquí
se emplea es muy significativo. En griego se dice así: «καὶ τὰ ἴδια πρόβατα φωνεῖ
κατ’ ὄνομα καὶ ἐξάγει αὐτά». Se emplea el verbo griego ἐξάγω (exágo)
que significa «conducir, guiar, sacar, hacer salir»; En hebreo, el verbo
que expresa esta misma idea es הוֹצִיא (hotsí), del verbo יָצָא
(yatsá), y es precisamente el que usa la Biblia para hablar de Dios
cuando saca a su pueblo de la esclavitud de Egipto (cfr. Ex 6, 6; Ex
20, 2). Por tanto, Jesús no aparece aquí simplemente como un pastor que
acompaña, sino como el Dios que libera, el que hace salir a los suyos de
los recintos de la opresión, del miedo y de la falsa imagen de Dios, para
introducirlos en una relación nueva, marcada no por el comercio religioso, sino
por la gratuidad del amor. De este modo, Jesús aparece como el nuevo
liberador, el que hace salir a los suyos de toda esclavitud para
introducirlos en una relación nueva con Dios.
El pastor
verdadero hace lo mismo: nos conduce fuera de la esclavitud. No nos deja
encerrados en estructuras que asfixian, ni en imágenes falsas de Dios, ni en
vínculos religiosos marcados por el temor.
Dios hizo salir a los hijos de Israel de
Egipto. Y ahora, en Jesús, sigue realizando ese mismo éxodo: saca a sus
ovejas de todo lo que las somete, para abrirles un camino de vida nueva.
A continuación,
seremos testigos de lo que hace el pastor después de haber sacado a sus ovejas
de los recintos.
El Pastor no tolera nuestros encierros:
quiere liberarnos.
«Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas,
y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz»
El pastor no
soporta que sus ovejas permanezcan encerradas dentro de recintos. Quiere
liberarlas. Y el verbo griego que aquí se emplea es muy fuerte, es ἐκβάλλω
(ekbálo) que significa precisamente «echar fuera», «sacar fuera,
expulsar». No se trata, por tanto, de una simple invitación amable a dar un
paseo. Se trata de una verdadera liberación.
Intentemos
identificar algunos de esos recintos. Uno ya lo hemos encontrado: es el recinto
al que se refería Jesús, el de la religión predicada por las guías espirituales
de su pueblo, una religión que ya no expresaba una relación auténtica con el
Señor.
Pero quizá también
nosotros podríamos preguntarnos si hoy no existen todavía recintos religiosos
de los que el Pastor quiere sacarnos. Es delicado aludir a situaciones
concretas de la religiosidad actual, pero conviene reflexionar. ¿Tienen
realmente algo que ver con el Evangelio ciertas devociones a reliquias, a
imágenes consideradas milagrosas, o determinadas credulidades en torno a
estatuas que lloran? El Pastor quiere sacarnos de los recintos de la
credulidad y de la superstición. Estas cosas no tienen nada que ver con la
fe en Cristo; a veces, incluso, resultan incompatibles con el Evangelio.
No todo lo que emociona alimenta la fe.
¿Tenemos el valor
de salir de recintos formados por prácticas a las que quizá estamos muy
apegados, que gustan a la gente, pero que, a la luz del Evangelio, muestran
toda su fragilidad y su inconsistencia?
Pero no existe
solo ese recinto de las falsas prácticas religiosas. Hay otro recinto en el que
todavía hoy muchos cristianos permanecen encerrados y del que el Pastor quiere
liberarlos. Jesús entregó toda su vida y murió en la cruz para sacar a la
humanidad de la adoración de una falsa imagen de Dios.
¿De qué dios se
trata? Del dios de los fariseos: señor, amo, legislador, que al final se
convierte en un juez severo, siempre dispuesto a castigar duramente a
quien se ha atrevido a transgredir sus órdenes. Entonces, quien no tiene
buenas obras que presentarle está perdido. Y, sin embargo, es un dios al que
muchos cristianos siguen teniendo gran apego. Nos gusta porque se nos
parece: piensa como nosotros, reacciona como nosotros, se comporta como
nosotros. ¡Ay de quien toque ese ídolo! Pero Jesús murió precisamente
para eliminar para siempre esa imagen de Dios. Cuando le decían: «Baja de la
cruz», ese era el dios en el que ellos creían: el dios que baja, responde,
se venga y hace pagar a quien lo insulta. Pero Jesús permaneció en la cruz
precisamente para desmentir para siempre la imagen del Dios justiciero.
Cristo permaneció en la cruz
para revelar que Dios no se venga.
Quien está
encerrado en el recinto de esa falsa imagen de Dios acaba convencido de que se
ha ganado el amor del Padre porque se ha portado bien. Son personas buenas, no
se niega. Pero hay un problema: no soportan que se les hable de la gratuidad
del amor del Padre del cielo, del amor del que habló Jesús de Nazaret. Y el
drama es que, a veces, ni siquiera la palabra de Jesús logra sacarlas de ese
recinto.
Ya al comienzo de
su vida pública, Jesús presentó en Nazaret el programa de lo que venía a
realizar. Dijo que anunciaría a los pobres la Buena Noticia, un año de
gracia, el jubileo de la gratuidad del amor de Dios. Todos los pobres
debían alegrarse. Y pobre no es solo quien no tiene dinero; pobre es también
quien no tiene nada que ofrecer a Dios, salvo sus propias miserias y su propio
pecado.
Pues bien, Jesús
vino a decirnos que también estos deben saberse envueltos por el amor
incondicional del Padre. Y ese Dios sigue sin ser aceptado hoy por muchos
que se dicen cristianos.
El modo de
relacionarse con Dios de quien vive dentro de este recinto es el de quien se
encuentra ante un dios contable, que reparte premios y castigos. Y ese dios
tiene cierto atractivo, porque da seguridad: basta obedecer y ya está todo en
orden. Pero esa imagen termina convirtiéndose en la del dios colérico y
vengativo, del que uno debe protegerse.
Por eso, algunas
confesiones se vivían como un intento de defenderse de la ira de Dios, que iba
a castigar al pecador. No eran la expresión gozosa de quien desea escuchar que
es amado por Dios incluso siendo pecador. Esa manera de imaginar a Dios
envenena la vida.
La catequesis más urgente
es liberar del miedo a Dios.
Una de las
catequesis más urgentes hoy es precisamente esta: liberar a los cristianos
del recinto de la falsa imagen farisaica de Dios.
¿Y qué ocurre con
quienes no se dejan sacar de ese recinto? La palabra del Evangelio libera.
Pero, si no es acogida, tarde o temprano esas personas terminan escapando,
porque llega un momento en que ya no se puede soportar cierta predicación del
Dios justiciero. El problema es adónde van a parar después. Y muchas veces caen
en recintos todavía peores.
Está, por ejemplo,
el recinto de quienes ya no encuentran sentido a su vida; el recinto de los
nihilistas; el recinto de quienes buscan evasión en el desenfreno, en la
disolución. Y está también el recinto de los ídolos.
Los ídolos no siempre son cosas malas:
a veces son bienes convertidos en absolutos.
El dinero, la
profesión, el éxito… son cosas buenas. Pero se convierten en un recinto que nos aprisiona
cuando pasan a ser el objetivo único y último de la existencia. Entonces uno se
vuelve esclavo, ya no levanta la cabeza, no ve más que eso. Y al final deja de
ver incluso al amigo, al pobre, al necesitado, a quien está sufriendo. Quizá ya
no ve ni siquiera a su propia esposa y a sus hijos, porque todo su corazón ha
quedado absorbido por los ídolos.
Cuando uno se
encuentra en esa situación y escucha una voz que le dice: «¿De qué le
sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?», entonces el
guardián, que es la conciencia, dice enseguida: «Escúchala. Esa es la voz
del Pastor.» Es él quien viene a sacarte del recinto de los ídolos.
Porque, al final, ¿de qué te sirven todas las cosas si tu vida no ha tenido
sentido?
Luego está también
el recinto de la mentalidad dominante, el del «así hace todo el
mundo», el del «así piensa todo el mundo». Todos razonan de ese
modo, todos hablan de esa manera, y quien no se adapta es tenido por atrasado,
por alguien que no va con los tiempos.
Dentro de ese
recinto se termina aceptando cualquier compromiso; todo se justifica; verdad y
mentira, luz y tiniebla acaban pareciendo lo mismo. Y al final, como ya no se
sabe qué es bueno y qué es malo, se acaba identificando el bien con lo que
agrada.
No todo lo que se normaliza es verdadero.
Y, sin embargo,
quien se encuentra en ese recinto y escucha una voz que le dice: «Ancha
es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición» (cfr.
Mt 7, 13), y también: «elige la puerta estrecha» (cfr. Mt
7, 14), ¿qué siente en el fondo de su conciencia? Siente que esa voz merece ser
escuchada. «Escúchalo, es el Pastor. Abre la puerta de tu corazón.»
Él quiere sacarte del recinto del conformismo, del pensamiento uniforme, de la
obediencia ciega a lo que todos hacen.
Y existen también
los recintos de los miedos y de los remordimientos. Has cometido un
error: reconócelo, sí, pero no vivas angustiado. Mira hacia delante, porque Dios
te ama como eres, no porque seas bueno, sino como eres. Una madre ama a su
hijo no porque sea bueno, sino porque es su hijo.
Los remordimientos
y el miedo al castigo impiden gozar, impiden mirar hacia delante. Cuando Jesús
se encuentra con personas que han fallado, nunca se queda fijado en su
pasado; siempre mira al futuro de su vida. Si tú escuchas una voz que te
repite: «Vete en paz. No repitas el mismo error», o bien: «He
encontrado la oveja: hagamos fiesta», esa es la voz del Pastor que
te saca fuera del recinto.
Jesús no humilla al que cayó:
lo devuelve a la vida.
En cambio, si
escuchas una voz que no deja de recordarte tus errores, que te hace sentir
malo, equivocado, indigno; una voz que te dice: «Mira lo que has hecho. ¿No te
da vergüenza? Lo tuyo es imperdonable», no escuches esa voz. Esa es la voz
del ladrón y del salteador, la voz que te roba la alegría de construir el
futuro.
¿Y qué hace el
Pastor después de haber logrado liberar a sus ovejas de todos esos recintos?
El Pastor no nos saca
para encerrarnos de nuevo.
«a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él,
porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les puso esta comparación,
pero ellos no entendieron de qué les hablaba».
¿Y qué hace Jesús
después de haber logrado sacar a sus ovejas de los recintos? Ya hemos aludido a
algunos de ellos. ¿Las conduce acaso a otro redil, quizá más sagrado, más
bello, más religioso? No. El Pastor camina delante de sus ovejas, ya
liberadas, y las conduce hacia los espacios de la libertad más amplia. Las
lleva a experimentar la alegría de vivir en libertad.
Pero no
confundamos la libertad con hacer lo que a uno le apetece. No es libre el
disoluto, ni el esclavo del alcohol, ni el avaro, ni quien vive movido por el
odio o por el rencor. Esas personas no son libres; son esclavas de impulsos
que no saben gobernar.
Libre es quien llega a ser
plenamente persona.
Es libre quien
está realizando en plenitud su propia identidad. En cambio, quien
se deja arrastrar por lo que Pablo llama los impulsos de la carne, es decir,
ese repliegue sobre uno mismo, esa búsqueda del propio interés, del propio
provecho, del propio egoísmo, no realiza su humanidad: vive en esclavitud.
Libre es el que
ama.
Ese sí se convierte en un hombre verdadero.
Y ¿cómo guía el Pastor a sus ovejas?
Lo hace con su voz. Y esa voz es la que resuena en el Evangelio. Todos
pueden reconocerla, si saben distinguirla de la voz engañosa de los extraños,
de quienes confunden, seducen y no conducen a la vida.
Podemos
distinguirla porque, en lo más hondo, todo ser humano prefiere la verdad a la
mentira, la libertad a la esclavitud, la vida a la muerte. Por eso, cuando
escuchas una voz que te dice: «ama a tu enemigo», «presenta
la otra mejilla», reconoces enseguida que esa es la voz del Pastor.
En cambio, si oyes una voz que te susurra:
«véngate», «haz que lo pague», «devuélvele el golpe a quien te ha herido»,
entonces lo percibes de inmediato: esa no es la voz del Pastor. Es la
voz de quien quiere encerrarte otra vez en un recinto, para convertirte de
nuevo en esclavo.
La voz de Cristo siempre abre;
la del extraño siempre encierra.
Este es, pues, el
enigma que Jesús ha propuesto y que nosotros hemos intentado descifrar. Y creo
que ya podemos comprender lo que estaba diciendo. Pero sus oyentes, dice el
evangelista, no captaron el sentido del enigma.
¿Y qué hace
entonces Jesús? No corta la conversación ni renuncia a hacerse entender. Quiere
que sigan reflexionando. Y por eso les propone otra imagen, otro enigma.
Cristo no nos ofrece otro encierro:
nos abre un camino.
«Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo
soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido
antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y
encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos;
yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
Notemos un detalle
importante: Jesús no dice: «Yo soy la puerta del redil» o «la puerta del
recinto». Ya no hay rediles ni recintos. Las ovejas están fuera, han
sido liberadas. Ahora la cuestión es otra: cómo orientarse en esa libertad.
Y Jesús responde diciendo que hay que pasar por la puerta.
¿De qué puerta
está hablando? Está hablando de sí mismo. Porque el discípulo, el que
de verdad quiere vivir en libertad, tiene que pasar por él. Él es la
persona plenamente realizada, porque nadie ha amado como él ha amado. Pero amar
exige dar la vida. Y esa es una puerta estrecha por la que hay que pasar.
La puerta estrecha no empequeñece la vida:
la hace verdadera.
Ancha es la puerta
y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por
él; en cambio, estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y
son pocos los que lo encuentran (cfr. Mt 7, 13-14). Esa puerta es Jesús
mismo, que nos pide la renuncia a nosotros mismos, el amor
desinteresado, incluso el don de la vida por el enemigo. Pero es la única
puerta que nos permite llegar a ser hombres verdaderamente libres, porque plenamente
hombre es solo quien ama, quien se parece al Pastor bello que ha dado la
vida.
Todas las demás
propuestas de humanidad son trampas, engaños tendidos por extraños, no por el
Pastor. Y esas propuestas acaban precipitándonos de nuevo en la esclavitud de
los recintos.
Todo lo que no conduce al amor
termina encerrándonos.
Jesús sigue
diciendo que «todos los que han venido antes
de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon».
¿Qué está diciendo? Que todas las propuestas de vida que se habían
presentado antes que la suya estaban marcadas por la violencia y la rapiña.
Toda la historia pasada aparece como un relato de violencias y de saqueos,
porque estaba regida por el principio de la competencia.
El más fuerte se
cree con derecho a imponerse y a dominar. Basta mirar los imperios: todos se
levantan sobre esa lógica. Y el קֹהֶלֶת (Qohélet) lo había dicho
con lucidez: observó que todo esfuerzo y toda habilidad en el trabajo no son
muchas veces más que rivalidad entre unos y otros; y eso también es vanidad,
correr tras el viento (cfr. Qo 4, 4).
Frente a todo eso, Jesús dice: «Yo soy la puerta». Y añade: «quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos». ¿Qué significa esto? A veces se interpreta como si Jesús sacara a las ovejas del redil y luego las volviera a meter dentro. Pero no es eso. Jesús está diciendo que quien pasa por esa puerta y entra en comunión de vida con él sale definitivamente de todos los recintos, sale de las falsas imágenes de hombre que propone el mundo pagano, abandona para siempre todas las propuestas inhumanas.
Entrar en Cristo
es salir de todo lo que deshumaniza.
Y al final Jesús
nos dice con claridad cuál es la diferencia entre su propuesta de vida y la de
los salteadores. El ladrón y el salteador vienen solo para robar, sacrificar y
destruir. Él, en cambio nos dice «yo
he venido para que tengan vida y la tengan abundante».
Ahí está la
diferencia decisiva. La voz del extraño quita vida; la de Cristo la
ensancha. El extraño promete mucho, pero al final roba, sacrifica y
destruye. Jesús no viene a aplastar, ni a manipular, ni a servirse de nosotros.
Viene para que vivamos de verdad. Solo Cristo abre la puerta de la vida
plena.



