Homilía
del Domingo V del Tiempo Ordinario, ciclo a
Mt 5, 13-16 «Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?»
08.02.2026
Las bienaventuranzas
no se quedan en la montaña.
La semana pasada
escuchamos las bienaventuranzas de Jesús y también entendimos algo importante:
llega un momento en que hay que bajar del monte y volver a la vida real, al
trato con la gente, con quienes piensan de manera muy distinta a lo que hemos
oído en la cima. Jesús, de hecho, ya nos lo había advertido con la última
bienaventuranza: la acogida que podemos esperar no siempre será aplauso, sino
persecución. Y aun así, nos quedamos convencidos de que Jesús tiene razón y de
que sus bienaventuranzas son el camino bueno.
Aunque seamos frágiles,
podemos ajustar el rumbo.
Por eso, aunque
nos sintamos débiles y vulnerables, es natural que empecemos a pensar en
ordenar nuestra vida personal para que encaje lo más posible con la propuesta
de humanidad que Jesús nos ofrece. Sería una opción sabia; y ya sería mucho.
Podríamos concentrarnos en nuestra madurez espiritual, en crecer como personas.
De hecho, algunos maestros espirituales de tiempos pasados recomendaban
justamente eso: que cada uno cuide su propia alma. Un poco como hacen los
budistas, que buscan individualmente liberarse del dolor mediante una
iluminación personal.
Jesús no quiere
una fe “de uso privado”.
Pero ¿de verdad
podemos quedarnos ahí? Hoy Jesús nos responde con un no. No basta una adhesión
solo personal a su propuesta de bienaventuranza. Hace falta dar un paso más —y
es un paso exigente—: comprender por qué.
Las bienaventuranzas
son una sociedad alternativa.
Las
bienaventuranzas no son un plan de vida para individuos aislados que persiguen
su perfección personal. No. Las bienaventuranzas son la propuesta de una
sociedad nueva, distinta, alternativa, donde el compromiso consiste en implicar
a todos. Esta es la misión que Jesús quiere confiar primero a aquel pequeño
grupo de discípulos que escuchó sus bienaventuranzas en primer lugar, y luego a
cada uno de sus discípulos: también a nosotros. Y nos dice qué debemos hacer
mediante dos imágenes.
Las imágenes
1.- La sal de la tierra
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra».
El
“vosotros” de Jesús también nos alcanza hoy.
Jesús está
hablando al primer grupo de discípulos que creyó en él y que está dando los
primeros pasos siguiendo al Maestro. A ellos —a Pedro, Andrés, Santiago y Juan—
les confía la misión de ser sal de la tierra. Pero en cuanto escuchamos ese «vosotros», entendemos enseguida que Jesús
también se dirige a nosotros… y ahí empiezan los problemas: aparecen preguntas,
objeciones, resistencias.
Nos
sabe a poco el Evangelio… y eso nos inquieta.
La primera
dificultad es muy sencilla y muy humana: ¿cómo podemos ser sal de la tierra
hoy, si somos conscientes de que el sabor evangélico de nuestra vida a veces es
bastante “insípido”? ¿De verdad quien se acerca a nosotros percibe ese gusto
del Evangelio? El domingo escuchamos el Evangelio; luego, entre semana, nos
mezclamos con la gente… y nadie lo nota. Somos como los demás; actuamos como
los demás, hablamos como los demás, razonamos como todo el mundo; nos
acomodamos a la moral corriente, al “así lo hace todo el mundo”. Y,
claro, nadie nos persigue, porque en la práctica vivimos y pensamos como viven
y piensan todos.
Entonces, ¿cómo
vamos a tener el valor de hablar de las bienaventuranzas aprendidas en el
monte, si las encarnamos tan poco? Ahora bien: si alguien plantea esta
dificultad, al menos significa una cosa buena: ha tomado conciencia de la
distancia que lo separa del Bienaventurado, de Jesús, que encarnó todas las
bienaventuranzas; el hombre verdadero, el verdadero Hijo de Dios. Y esa toma de
conciencia es positiva.
Nuestras
fragilidades no anulan la elección del Reino.
Conviene recordar
algo. Las fragilidades y debilidades que constatamos en nuestra vida no
estropean, ni invalidan, la decisión que hemos tomado de querer ser
“bienaventurados” como Jesús propone. Miremos quiénes eran esos primeros doce a
quienes Jesús les dijo: «Vosotros sois la sal
de la tierra».
Pensemos en uno
por todos: Pedro. Pedro no cortó de golpe con el modo de pensar del mundo. A lo
largo del Evangelio se ve el trabajo que le costó desprenderse de criterios y
valores dictados por el maligno. Sigue alimentando sueños de grandeza, esa
ambición típica del mundo viejo. Y, sin embargo, Jesús confió en Pedro… y
también confía en cada uno de nosotros, a pesar de nuestras debilidades y
fragilidades, incluso cuando las reconocemos con sinceridad.
Nos
da miedo el diálogo… porque nos pueden pedir razones.
La segunda
dificultad aparece cuando se nos invita a ser sal de la tierra, incluso aunque
estemos convencidos de las bienaventuranzas e intentemos vivirlas en lo
concreto: tenemos miedo del encuentro con quien piensa de otra manera. ¿Por
qué? Primero, porque si nos piden las razones de nuestra esperanza, muchas
veces no sabemos expresarlas. Y después, porque las bienaventuranzas del monte
son lo contrario de la mentalidad común, y tememos que se rían de nosotros, que
nos tomen por soñadores o ilusos.
Recordemos que
esto le pasó a Pablo en el Areópago de Atenas (cfr. Hch 17, 16-34); cuando
anunció la resurrección, empezaron a burlarse de él: «Al oír aquello de
“resurrección de entre los muertos”, unos se echaron a reír; otros dijeron: Ya
te oiremos otra vez sobre eso». El cristiano tiene que contar con esto y no
tener miedo de presentarse al mundo del diálogo, del contraste, con quienes
piensan distinto.
Si preferimos
quedarnos aislados —como hicieron los Once en el Cenáculo cuando todavía no
habían recibido el Espíritu: encerrados, con las puertas atrancadas por miedo—,
lo que mostramos es que aún no hemos recibido plenamente el Espíritu de Cristo,
el que nos empuja a abrir de par en par las puertas y llevar al mundo la sal de
la sabiduría evangélica.
Así que, contando
con estas dificultades, nos preguntamos: ¿cómo podemos ser sal de la tierra? Y
ahora Jesús nos lo dice.
La
sal no fue hecha para el salero,
sino
para disolverse en la masa.
«Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No
sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente».
Jesús no quiere
que sus discípulos se aíslen ni que huyan del mundo. El cristiano está llamado
a estar presente en todos los contextos de la vida social, con una vida
naturalmente distinta de la de quienes se regulan por los criterios de la
mundanidad. Pero si la sal se queda en la salera, no sirve para nada: es
preciso que entre en la masa. Y cuando entra, sala precisamente así: dando
sabor, se va disolviendo. No se impone desde fuera, no se exhibe; se
entrega, y en esa entrega transforma.
Y esto no solo
vale “para ahí fuera”. A veces, donde más falta hace recuperar el sabor
es también en casa, en nuestras comunidades, en las parroquias que se han
convertido en un dispensador de sacramentos con curas con poco celo pastoral:
cuando el Evangelio pierde fuerza, todo se vuelve rutinario, plano, sin
horizonte; y cuando aparece la sabiduría evangélica, hasta lo cotidiano vuelve
a tener gusto. Ahora bien, ¿cómo debe
ser sal el cristiano?
¿Tienes
sal en la cabeza o serrín?
En tiempos de
Jesús —como hoy— la sal tenía muchas funciones. Al usar esta metáfora, Jesús se
refiere a todos sus usos. El primero, el más inmediato, es dar sabor a
los alimentos. Por eso, desde antiguo, la sal se convirtió en
símbolo de la sabiduría: lo que da gusto a la vida. Aún hoy decimos que
alguien “tiene sal en la cabeza” cuando habla con sensatez; y llamamos
“insípida” a una conversación cuando es aburrida, vacía, sin sustancia. Aunque
muchas veces hemos oído lo contrario: ‘tiene serrín en la cabeza’.
Lo notamos
enseguida; cuando en un grupo hay una persona sabia, la conversación sube de
nivel, se vuelve interesante, enriquecedora, con “sabor”. Pablo conoce este
simbolismo y, escribiendo a los colosenses, recomienda: «que vuestra
conversación sea siempre agradable, condimentada con sal» (cfr. Col 4, 6).
Por eso el modo de
hablar del cristiano ha de tener un sabor particular, distinto del discurso
corriente. En la boca del cristiano chirrían las vulgaridades, las
trivialidades, las groserías. Pero no se trata solo de educación o de “buenas
maneras”, como si el Evangelio fuera un manual de urbanidad. Se trata de
algo mucho más decisivo: el cristiano lleva al mundo una sabiduría que da
sabor y sentido a la vida.
Miremos alrededor:
¿qué vemos? Muchas veces, una verdadera feria de vanidades y vacíos. Cuánta
frivolidad circula en los medios; cuántas necedades con las que se intenta
tapar el hueco de sentido. Por eso es necesaria la presencia del cristiano en
el contexto social, cultural y eclesial: para recordar los valores por los que
vale la pena vivir; para llevar una sabiduría que ayude a leer el sentido de
las alegrías y de los dolores, de las sonrisas y de las lágrimas, de las
fiestas y de los lutos.
Sin el Evangelio,
al hombre no le queda más que aferrarse a alegrías de corto alcance, a sueños
que duran poco. El Qohelet lo expresa con realismo: come, bebe, disfruta de lo
que la vida te ofrece en los pocos días que Dios te concede; y, al final, reconoce
que todo eso es vanidad, viento, vapor que se desvanece sin dejar huella (cfr.
Qo 9, 7-9; 1, 2.14). ¿Ese es el sentido de la vida del hombre? Pues bien; el
cristiano lleva al mundo la sal de una sabiduría nueva, la que da sentido.
La
sal conserva:
El
cristiano frena la corrupción del corazón.
La sal también tiene
otra función muy importante: conservar los alimentos. En tiempos
de Jesús no había frigoríficos; para impedir que la comida se estropeara se
salaba, y así duraba más. Se recuerda incluso que Magdala era conocida por esta
industria: se salaba el pescado, se secaba y luego se vendía en los mercados de
Galilea. También Pedro pescaba de noche y por la mañana lo llevaba allí, donde
era salado.
La sal se extraía
del Mar Muerto y se exportaba incluso a Egipto. De hecho, uno de los elementos
usados para la momificación era la sal. Se vendía en bloques y era muy valiosa.
Y como la sal
impide la corrupción, por asociación de ideas se la vinculó también con la
lucha contra las fuerzas negativas, contra los espíritus malignos. Todavía
hoy se usa sal como gesto de “protección” frente a maleficios. Incluso
se ve a veces —antes de algún partido— a aficionados que van a “salar” el campo
para evitar que alguien lo haya “gafado”. Cierro el paréntesis, pero el
gesto da una pista; la sal como símbolo de protección frente a las fuerzas
del mal. También entra en la composición del agua bendita, que se utiliza
—por ejemplo— en el ministerio de los exorcistas para rechazar a los demonios.
¿Y qué significa,
entonces, la sal del cristianismo en la sociedad? Esto: protegerla del
desmoronamiento, de la descomposición, de la corrupción moral.
Pongamos algunos
ejemplos. En una sociedad donde lo que cuenta es el dinero, la acumulación de
bienes, ¿cuánto vale un hombre? En un mundo donde tú “cuentas” si produces,
¿qué cuenta realmente la persona? A veces parecería —como dice el profeta Amós—
que un hombre vale lo que valen un par de sandalias; o, como dice Jesús, menos
que una oveja. Y cuando vemos lo que sucede en tantas guerras, la pregunta se
vuelve inevitable: ¿cuenta algo el hombre? El cristiano es sal porque
recuerda la dignidad intangible de la persona y porque insiste en que el bien
del ser humano debe ser siempre el punto de referencia de toda elección.
Otro ejemplo: en
un mundo donde se pone en duda la inviolabilidad de la vida humana, donde
todavía existe la pena de muerte, el cristiano está llamado a comprometerse
para custodiar ese valor. La vida humana es intangible desde su surgir hasta su
apagarse natural. El cristiano es sal porque recuerda su sacralidad. Ya
desde el principio, en la Biblia, incluso Caín es protegido por Dios: la vida
del hombre no puede ser tocada.
Otro ejemplo:
cuando se banaliza y se mercantiliza la sexualidad, cuando se la reduce a un “cómo,
dónde, cuándo y con quién” según convenga, porque “los tiempos han
cambiado”; cuando convivencias y adulterios dejan de llamarse por su nombre
y se disfrazan como “compensaciones afectivas” … el cristiano
recuerda la santidad de la relación entre el hombre y la mujer y el proyecto de
Dios sobre el amor esponsal.
Otro ejemplo: en
un mundo donde se busca el propio provecho y el objetivo es pensar en uno mismo
y estar bien, el cristiano llama la atención hacia las necesidades del otro.
Por eso los padres cristianos educan a sus hijos en estos valores; también en
el sacrificio, en la renuncia, en no vivir encerrados en el propio interés;
educan en la atención a las necesidades del hermano.
Y, naturalmente,
el cristiano es sal no porque imponga estos valores, sino porque los vive.
No agrede a quien no los comparte: los practica con alegría, convencido de que
vivir realmente como hombres es vivir como enseña el Evangelio.
La
sal se vuelve insípida
cuando
el discípulo se vuelve necio.
Jesús plantea
también un caso inquietante: que la sal pierda su sabor. El texto griego lo
expresa así: «Ὑμεῖς ἐστε τὸ ἅλας τῆς γῆς· ἐὰν δὲ τὸ ἅλας μωρανθῇ, ἐν τίνι ἁλισθήσεται;
εἰς οὐδὲν ἰσχύει ἔτι εἰ μὴ βληθὲν ἔξω καταπατεῖσθαι ὑπὸ τῶν ἀνθρώπων». Parafraseando a
Jesús; Jesús no nos dice primero ‘deberíais ser’, sino ‘vosotros sois’:
sois la sal de la tierra. Pero si esa sal se desvirtúa, si pierde su
fuerza y hasta se vuelve necia, ¿con qué podrá volver a salar? Entonces
ya no tiene vigor para nada: solo queda tirarla fuera, para que la pisen los
hombres.
Jesús remata con
una imagen muy dura: si la sal pierde su fuerza, ‘ya no sirve para nada; solo
para ser arrojada fuera y pisoteada por los hombres’. Ese ‘pisoteada’ no es
solo una escena física: expresa el desprecio. Lo que ha perdido su razón
de ser acaba tratado como algo sin valor, como cosa tirada al borde del camino.
Y ahí cabe también
un matiz muy realista: cuando el discípulo deja de ser sal, cuando el Evangelio
se vuelve insípido en nosotros, no solo dejamos de transformar; corremos el
riesgo de convertirnos en objeto de burla, de ser mirados con ironía, de
que se rían de nuestra fe como de un sueño ingenuo. No porque el mundo tenga
siempre mala intención, sino porque una fe sin sabor se vuelve irrelevante,
y lo irrelevante se ningunea, se ridiculiza o se pisa sin pensarlo.
Por eso la advertencia de Jesús no es una amenaza, sino una llamada a la verdad: si el cristiano se diluye en la mentalidad común y pierde el gusto del Evangelio, termina perdiendo también el ‘peso’ de su presencia. La sal solo evita ser pisoteada cuando, humildemente, sigue siendo sal.”
La gran parte de
los químicos dirían que eso es imposible, que la sal sigue siendo sal. Y, sin
embargo, el Evangelio usa un verbo provocador: μωραίνω (morainó)
—que en Mt 5, 13 aparece como μωρανθῇ (moranthē)—. Es significativo,
porque sugiere a la vez dos cosas: por un lado, “quedarse sin sabor”,
perder la fuerza; y, por otro, por su parentesco con la “necedad”, la idea de “volverse
necio”, como si la sal pudiera olvidarse de lo que es.
El cristiano tiene
la sal de la sabiduría evangélica, pero corre siempre el riesgo de “perder
la cabeza” en este sentido: de perder ese sabor de sabiduría que debe
llevar al mundo.
¿Y cómo puede
suceder? Porque el cristiano vive en contacto con quienes piensan de manera
completamente distinta, y su pensamiento puede quedar contaminado por la
sabiduría del mundo. Entonces pierde su sabor y su presencia deja de tener
significado.
Esto ocurre cuando
el Evangelio pierde su gusto porque empezamos con los “sí, pero…”, los “ya,
pero…”, los “sin embargo…”: “hay que adaptarse”, “hay que adecuarse”
…, ‘lo acatas porque es lo que hemos decidido todos sinodalmente’…
El Evangelio puede ser comprendido,
puede ser acogido o rechazado; pero no puede ser modificado, no puede ser
contaminado el sabor de la sal evangélica.
Ahora la segunda
imagen con la que Jesús nos indica qué estamos llamados a ser en el mundo.
Las imágenes
2.- La luz del mundo
«Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una
ciudad puesta en lo alto de un monte».
Dios
es luz:
donde
Él entra, la muerte retrocede.
El simbolismo de
la luz atraviesa toda la Biblia. La luz es la primera criatura de Dios: «Dijo
Dios: ‘Que exista la luz’, y la luz existió» (cfr. Gn 1, 3). Y en la
Escritura la luz es siempre positiva porque es símbolo de vida; mientras que la
tiniebla representa el mundo de los muertos, la “no vida”.
En Dios hay solo
luz: «Dios está envuelto de luz como de un manto» (cfr. Sal 104). Y la
primera carta de Juan lo dice con una claridad que corta el aire: «Dios es
luz y en él no hay tiniebla alguna», no hay ningún signo que recuerde a la
muerte (cfr. 1 Jn 1, 5).
Esa luz de Dios
llega a los hombres a través de su Palabra, a través de la Torá. «Lámpara
para mis pasos es tu palabra, luz en mi camino” (cfr. Sal 109). Por eso,
delante del velo del Templo que separaba el Santo de los Santos del Santo,
había siempre encendida la menorá, el candelabro de siete brazos: símbolo de la
luz que venía de Dios y que alumbraba el mundo.
Lo
escandaloso no es que Jesús sea luz:
Es
que lo diga de sí.
Con este trasfondo
se entiende el escándalo de una afirmación inaudita. Jesús dice: «Yo soy la
luz del mundo; quien me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de
la vida» (cfr. Jn 8, 12). Para un piadoso israelita, aquello sonaba a
herejía, a blasfemia. Pero Jesús se presenta como luz porque ha mostrado la
belleza del rostro de Dios; una luz que viene a disolver las tinieblas del
mundo, los odios, las violencias, las mentiras, las injusticias.
Todavía
más fuerte:
Jesús
confía su luz a gente frágil.
Sin embargo, más
chocante aún es la otra afirmación: «Vosotros sois la luz del mundo».
¿Vosotros quién? Ese pequeño grupo de primeros discípulos que da sus
primeros pasos siguiendo al Maestro. Vamos pasando lista uno por uno.
¿Cuántas veces Jesús les dice: «Sois gente de poca fe»? (cfr. Mt 6, 30;
8, 26; 14, 31; 16, 8; Lc 12, 28). Les pregunta: «¿De qué veníais discutiendo
por el camino?» (cfr. Mc 9, 33-34).
Siguen cultivando
sueños de mundanidad; ser grandes, dominar, enriquecerse. Y llega el momento
decisivo: cuando tienen que elegir quedarse con el Maestro, salen corriendo
todos. Y aun después de la Pascua siguen llenos de dudas e incertidumbres.
Cuando nace la primera comunidad, habrá también discusiones, choques,
incomprensiones.
Pues a estos,
precisamente a estos, Jesús les da su confianza. A esa comunidad de los
primeros discípulos… y a nosotros. «Vosotros
sois la luz del mundo». Somos pequeñas lucecitas, sí, pero Jesús
confía en nosotros. Y nos llama a llevar al mundo —con la vida y con la
palabra— la luz del Evangelio.
La
luz no se mezcla:
Ilumina
y enseña a discernir.
La imagen de la
luz completa la de la sal. La sal se mezcla con los alimentos; la luz no se
mezcla. ¿Qué hace la luz? Ilumina las cosas y hace resaltar su valor: lo
que vale y lo que no vale; lo que es bueno y lo que es malo; lo que es
comestible y lo que no debes tocar porque es venenoso. La luz indica el
camino seguro y el peligroso, señala los barrancos que hay que evitar.
Permite, por tanto, discernir entre el bien y el mal.
El discípulo está
llamado a ser luz con su palabra y con su persona, con su vida. Jesús quiere
discípulos luminosos: “Brillad, tenéis que ser personas que dan luz”.
Brillar
no es exhibirse:
Es
dejar que Dios sea visible.
Jesús añade un
ejemplo ligado a la luz: «No se puede ocultar
una ciudad puesta en lo alto de un monte». Pero no invita a sus
discípulos a ponerse en primer plano, a hacerse notar, a mostrar que son
mejores que los demás. Eso contradiría lo que Jesús enseña en otros pasajes: «No
practiquéis vuestras obras buenas delante de los hombres para ser vistos»
(cfr. Mt 6, 1). «No toquéis la trompeta cuando dais limosna.» «Que tu
mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha» (cfr. Mt 6, 2-3).
Aquí Jesús
evoca un texto de Isaías sobre Jerusalén: la ciudad será levantada en la
cima de los montes, será el más alto de los collados, y todos los pueblos
acudirán, porque de Jerusalén saldrá la luz, la palabra del Señor (cfr. Is 2,
2-3). Jesús está diciendo: ya no será desde Jerusalén de donde salga esa
luz, sino desde vosotros, mis discípulos; desde esta comunidad nacida del
anuncio del Evangelio y de mi persona.
Ahora Jesús nos
pone también en guardia ante un peligro. Así como la sal puede perder su
“sabor”, también el cristiano puede apagar la luz del Evangelio, puede
debilitar su resplandor. Escuchemos cómo puede ocurrir esto y de qué riesgo
quiere Jesús advertirnos.
No tapemos el Evangelio
con nuestra “medida”.
«Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del
celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille
así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den
gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Jesús pone a sus discípulos en guardia frente a un peligro muy concreto: el de esconder, de algún modo, la luz del Evangelio usando la imagen del celemín, esa medida con la que se calculaba el grano. Es como si dijera: “No cubráis la luz del Evangelio con el celemín” (cfr. Mt 5, 15). Y el aviso es fino; tengamos cuidado de no “medir” el Evangelio con criterios humanos, con el simple sentido común, con nuestras razonables prudencias. Porque, en cuanto dejamos que nuestro “buen juicio” se siente como juez del Evangelio, la luz se nos apaga. El amor ni el perdón no se puede medir.
Cuando el “sentido común” manda,
la luz se vela.
Jesús dice: «si
alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra» (cfr.
Mt 5, 39). Y si a esto le aplicamos sin más nuestra lógica inmediata, enseguida
cubrimos la luz: “Eso no es razonable”. Jesús dice también: «si te
quitan el manto, entrégales incluso la túnica» (cfr. Mt 5, 40). Y, si
ponemos nuestra propia medida, nuestro “celemín”, volvemos a tapar el Evangelio:
“Eso ya es demasiado”. No es que la fe desprecie la inteligencia; es que hay
una sabiduría del Evangelio que no cabe en la calculadora del puro interés.
Por eso Jesús nos
advierte: no intentemos velar la luz del Evangelio, es decir, no busquemos
esconder esas partes que nos incomodan, que parecen demasiado difíciles. Por
ejemplo, compartir los bienes: sí, compartir… pero no como “hacer un poco de
limosna” para quedarnos tranquilos, sino como un estilo de vida que se deja
tocar por el hermano. O el perdón sin condiciones. O el amor gratuito incluso
al enemigo (cfr. Mt 5, 44). O la renuncia a la violencia, aunque a veces nos
parezca “muy razonable” defenderse a golpe de fuerza. Tampoco doblegarse
o apoyar unas medidas políticas o sociales -aparentemente evangélicas, pero con
tufo de ideología que impide el correcto discernimiento- en detrimento del bien
común del resto de las personas y de la estabilidad de un pueblo.
En cuanto
empezamos a seleccionar, rebajar, suavizar para que no moleste, estamos
poniendo el celemín encima de la lámpara.
La luz empieza en casa:
Primero nos ilumina a nosotros.
Y esta luz —dice
Jesús— debe brillar para los que están en casa (cfr. Mt 5, 15). ¿Cuál es esa
casa? La comunidad cristiana. La luz debe iluminar, ante todo, a los
que hemos elegido pertenecer a la comunidad de los discípulos de Cristo.
Después, sí, resplandece hacia fuera; pero antes tenemos que dejarnos iluminar
nosotros. Porque, si la luz no nos alcanza por dentro, fuera solo llevaremos
palabras… y las palabras sin luz no alumbran: deslumbran o cansan.
No se trata de imponer:
Se trata de una belleza que atrae.
Entonces Jesús
dice: «Brille así vuestra luz ante los
hombres, para que vean vuestras buenas obras». Pero en griego no dice «buenas obras», sino «τὰ καλὰ ἔργα»
dice «las obras bellas»; no solo acciones “buenas” en sentido moral,
sino acciones hermosas, nobles, con una belleza que se ve y atrae.
O sea, no dice
solo “obras buenas”, sino “obras bellas”. El cristiano está llamado a ser
una persona bella. Y la belleza —cuando es auténtica— tiene algo
irresistible: atrae sin hacer propaganda. No hace falta ir recomendando a todos
que vivan de una manera u otra cuando ven que alguien se vuelve más humano,
más libre, más limpio por dentro, porque está encarnando el Evangelio.
El cristiano, de
algún modo, “inquieta”, sí, pero no invade. Respeta la libertad y la
inteligencia del otro. No está llamado a adoctrinar, sino a despertar deseo; a
fascinar con la belleza de una vida evangélica. Por eso no impone dogmas como
quien impone un código, ni levanta la voz: cuando uno grita, deja de ser bello;
asusta y aleja. Por ejemplo, pensemos en una familia: uno no convence a los
suyos a base de discursos interminables, sino cuando, con paciencia y
coherencia, su vida empieza a “hacer hogar” y a dar paz.
Esta belleza de
vida ya era recomendada en la Iglesia primitiva. En la primera carta de Pedro
se dice a comunidades que viven entre paganos, y además en un clima difícil de
persecución: «Portaos dignamente entre los no creyentes, para que vuestro
buen comportamiento desmienta a quienes os calumnian como si fuerais
malhechores, y así ellos mismos glorifiquen a Dios el día de su venida» (cfr.
1 Pe 2, 12). El cristiano rompe con la mundanidad, sí, pero tiene el deber de
vivir de un modo bello, porque refleja a Jesús, el hombre verdaderamente bello,
y así muestra —sin imponerse— que la vida evangélica no solo es verdadera:
también es hermosa.






