Puedes
contar conmigo
Amor,
promesa y vida matrimonial
Entrega 0.- Cuando «te quiero» significa «puedes contar conmigo»
Hay una pregunta que
sólo los años
permiten hacer de
verdad
Hay momentos de la
vida matrimonial que no tienen nada de extraordinario y, sin embargo, dejan ver
con una claridad sorprendente todo lo que ha ocurrido entre dos personas. Puede
suceder una noche cualquiera, mientras se recoge la cocina, tira la basura, friega
los platos o se comenta algo de los hijos, cuando uno mira al otro y repara de
pronto en cuánto tiempo ha pasado. Uno se queda pensativo al darse cuenta de
cómo tan rápido he cargado con tantos años. El rostro que tiene delante ya no
es el de aquel muchacho o aquella muchacha con quien se casó. Tampoco el suyo
lo es. Han cambiado muchas cosas y, sin embargo, aquella persona sigue siendo
la que conoce mejor buena parte de su historia.
Tal vez haya
aprendido a reconocer por la manera de entrar en casa cuándo el otro ha tenido
un mal día. Sabe qué asuntos conviene no plantear cuando está cansado, qué
recuerdo familiar continúa emocionándole, qué inseguridad aparece de vez en
cuando aunque hayan transcurrido treinta años. Conoce sus virtudes y también
algunas manías que probablemente ya no tienen remedio. Ha visto facetas de esa
persona que nadie podía conocer durante el noviazgo: cómo se desahogaba de los
problemas de la fábrica, de cómo reaccionó cuando nacieron los hijos, cómo
sostuvo a la familia durante una dificultad, qué sucedió cuando enfermó alguien
querido, cómo afrontó una pérdida, un fracaso laboral o de qué manera fue
envejeciendo.
También ha sido
conocido así. Y esto no siempre resulta cómodo. Hay alguien que recuerda
nuestras mejores épocas, pero también conoce esas versiones de nosotros mismos
que preferiríamos olvidar. Sabe dónde somos generosos y dónde el egoísmo
reaparece con extraordinaria puntualidad; ha escuchado palabras muy hermosas y
alguna que otra que habría sido mucho mejor callar. Ha recibido nuestros
cuidados y ha sufrido nuestras torpezas. Después de muchos años, el matrimonio
contiene una memoria compartida que no está hecha únicamente de aniversarios y
fotografías felices, sino también de errores, reconciliaciones, esperas,
pérdidas, pequeñas fidelidades y comienzos nuevos.
Es entonces cuando
una pregunta aparentemente sencilla adquiere una hondura distinta de la que
podía tener el día de la boda: ¿Qué había realmente dentro del «sí» que nos
dimos?
No se trata de
preguntarnos si aquel consentimiento fue sincero. Lo fue. Tampoco de imaginar
que los novios no saben lo que hacen. Quienes se casan conocen lo esencial de
la decisión que están tomando. Pero existe una diferencia entre conocer una
promesa y conocer toda la vida por la que esa promesa tendrá que pasar. Hay
palabras que entendemos cuando las pronunciamos y que, aun así, necesitamos
años para terminar de comprender.
Esta serie quiere
entrar precisamente ahí.
el «sí» hizo algo con
aquel amor
Cuando unos
esposos recuerdan por qué se casaron, la respuesta suele brotar inmediatamente:
«porque nos queríamos». Y seguramente ésa sea la respuesta verdadera.
Pero tiene interés detenerse un poco más, porque el amor ya existía antes de la
boda. Se querían durante el noviazgo, deseaban estar juntos, habían ido
compartiendo intimidad, proyectos y conversaciones acerca del futuro. Si todo
eso estaba ya presente, ¿qué ocurrió entonces cuando dijeron «sí»?
No empezaron
simplemente a quererse un poco más. Hicieron algo con el amor que ya existía.
Hasta entonces cada uno podía decir al otro: «quiero estar contigo». El matrimonio añadió una decisión de otra hondura: «quiero entregarme a ti como esposo, como esposa, y recibirte a ti del mismo modo». En el origen del matrimonio hay algo decisivo: una entrega y una aceptación recíprocas por las que dos personas que ya se querían pasan a vincular sus vidas de una manera nueva. Cada una se da al otro como esposo o esposa y, al mismo tiempo, lo recibe como tal.
La formulación
puede sonar abstracta hasta que la vida empieza a traducirla.
Porque quien
recibe de verdad la palabra de otra persona comienza a poder contar con ella.
Si alguien me dice que me acompañará mañana, puedo organizar mi día contando
con que estará allí. Y cuanto más importante es la promesa, más profundamente
entra en nuestra vida la confianza en la palabra recibida.
En el matrimonio
sucede algo incomparablemente más serio. Una persona no entrega simplemente una
tarde, una ayuda o un servicio. Se entrega conyugalmente. Quiere que el otro
sepa que ocupa en su vida un lugar que ya no depende únicamente de cómo
amanezca mañana su estado de ánimo.
Esto no significa
prometer que nunca habrá decepciones. Sería imposible. Tampoco que siempre
sabremos cuidar bien al otro, que nunca atravesaremos una crisis o que jamás
causaremos sufrimiento. La experiencia de cualquier matrimonio suficientemente
largo obliga a ser bastante humilde respecto de estas cosas. Uno descubre que
puede querer profundamente y, al mismo tiempo, ser tremendamente torpe para
querer bien en determinados momentos.
Aquel «sí»
decía otra cosa. Decía que el amor había querido convertirse en una palabra
sobre la que el otro pudiera apoyarse. Quizá por eso una de las maneras más
sencillas de acercarnos a lo que ocurrió aquel día sea ésta: Puedes contar
conmigo.
Todavía tendremos
que descubrir todo lo que significa.
La vida fue poniendo peso
sobre aquella palabra
Prometer es
relativamente sencillo cuando el futuro todavía está limpio.
El día de la boda
nadie conoce las circunstancias concretas en las que tendrá que vivir aquello
que promete. Se hacen planes, naturalmente. Se habla de los hijos, de la
vivienda, del trabajo, quizá de la ciudad en la que se quiere vivir. Pero la
vida real posee una imaginación mucho mayor que nuestros proyectos.
Hay matrimonios
que a los pocos años descubren que no pueden tener los hijos que esperaban.
Otros reciben más de los que inicialmente habían pensado y durante una larga
temporada apenas consiguen dormir. Puede llegar una enfermedad, perderse un
empleo, aparecer un conflicto familiar difícil de manejar o surgir una
preocupación seria por alguno de los hijos. Años más tarde habrá padres que
empiecen a depender de ellos. Los hijos crecerán, tomarán sus propias
decisiones y algunas no coincidirán con lo que sus padres habían deseado.
Llegará también el envejecimiento, con su extraña mezcla de pérdidas y
libertades nuevas.
Todo esto va
entrando dentro del «sí».
Y entran también
miles de días normales, que quizá sean todavía más importantes. La vida
matrimonial no está compuesta principalmente por acontecimientos excepcionales.
Está hecha de mañanas con prisa, comidas, mensajes logísticos, pequeños gestos
de cariño, noches en las que uno se acuesta preocupado, labores cotidianas que
uno tiene que hacer con los dolores y molestias del cuerpo, conversaciones
aplazadas, enfados que duran demasiado y reconciliaciones que devuelven a la
casa una tranquilidad que sólo entonces descubrimos cuánto echábamos de menos.
Con los años se
aprende además algo que los primeros entusiasmos apenas permiten imaginar: los
sentimientos tienen estaciones.
Hay temporadas en
que la cercanía resulta fácil. Apetece hablar, se disfruta de la presencia del
otro, existe deseo, complicidad y una sensación muy viva de estar recorriendo
juntos el mismo camino. Y hay otras etapas en las que la vida parece haber colocado
demasiadas cosas entre ambos. No necesariamente porque haya dejado de existir
el amor. A veces los esposos están simplemente exhaustos.
Una familia puede
funcionar admirablemente y, al mismo tiempo, el matrimonio que hay dentro de
ella empezar a necesitar atención. Los horarios cuadran, los niños llegan a sus
actividades, las facturas se pagan y la nevera contiene razonablemente todo lo necesario.
Marido y mujer se coordinan perfectamente y pueden pasar varios días hablando
casi exclusivamente de cuestiones prácticas. Nadie ha cometido una gran
traición. No existe una crisis espectacular. Simplemente hace demasiado tiempo
que no se preguntan con calma cómo están ellos dos.
Cuando esto
sucede, resulta fácil comparar el presente con los primeros años y concluir
demasiado deprisa: «ya no sentimos lo mismo». Probablemente sea cierto.
Pero todavía queda
por responder la pregunta importante: ¿amar y sentir lo mismo son exactamente
la misma cosa?
Ésta será una de
las cuestiones centrales de nuestro recorrido, porque no es lo mismo el amor
que surge espontáneamente que aquel que, además, es elegido, asumido y
convertido en una decisión estable respecto de una persona concreta.
De momento
conviene no apresurar la respuesta. Basta reconocer la experiencia. Hay
matrimonios que han descubierto que algunas formas profundas de amor
aparecieron precisamente cuando la vida dejó de ser fácil.
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también nuestra
manera de quererlo
Durante el
enamoramiento todos vemos a la persona real y, al mismo tiempo, una persona
parcialmente imaginada. No por engaño. Es inevitable. Todavía no hemos
compartido suficientes situaciones como para conocer cómo reacciona el otro
ante el miedo, la frustración, el éxito, la monotonía, la enfermedad o el paso
del tiempo.
El matrimonio
proporciona abundante material para completar ese conocimiento. A veces lo hace
con delicadeza. Otras, con bastante menos.
Se descubre, por
ejemplo, que ciertas diferencias que durante el noviazgo parecían simpáticas
pueden resultar menos encantadoras cuando se repiten diariamente. Uno necesita
hablar de un problema en cuanto ocurre y el otro no es capaz de formular una
frase sensata hasta que ha tenido tiempo de serenarse. Uno entiende por orden
que cada cosa posea un lugar determinado; el otro parece mantener con los
objetos domésticos una relación bastante más libre. Uno necesita planificar
hasta los detalles y el otro conserva una sorprendente confianza en que, de
algún modo, todo acabará resolviéndose.
Parte de la
sabiduría conyugal consiste en aprender que no toda diferencia necesita ser
corregida.
Y otra parte,
igualmente importante, consiste en comprender que no todo puede justificarse
diciendo «yo soy así». Hay maneras de hablar, de reaccionar o de
relacionarse que hacen daño y necesitan cambiar. El respeto a la personalidad
del otro no obliga a convertir en intocable cualquier defecto.
Esta distinción
tarda en aprenderse. También tarda en aprenderse que discutir es casi un arte y
que muchos matrimonios empiezan practicándolo con bastante poca pericia. Con el
tiempo puede descubrirse que una conversación importante no suele mejorar
porque uno hable más alto, que el silencio puede servir para calmarse o
convertirse en una forma de castigo, y que pedir perdón seguido inmediatamente
de un «pero tú también...» reduce bastante el efecto de la primera parte
de la frase.
Son aprendizajes
pequeños. Pero por ahí pasa buena parte de una vida.
Poco a poco
dejamos de amar solamente la imagen con la que empezamos y aprendemos —si
queremos aprender— a amar a la persona que realmente tenemos delante. Una
persona que continúa siendo distinta de nosotros, que conserva una interioridad
propia y que nunca podremos reducir a nuestras expectativas. El matrimonio crea
una auténtica unidad, pero no fusiona a las personas ni elimina su
individualidad. El «nosotros» conyugal sólo puede ser verdadero si
siguen existiendo realmente un «tú» y un «yo».
Hay algo
especialmente conmovedor cuando ese conocimiento ha madurado durante décadas.
Ser conocido de verdad por alguien puede dar cierto vértigo. El otro ha visto
ya demasiadas cosas. Sin embargo, precisamente por eso, que siga queriéndonos
adquiere una densidad que la fascinación de los comienzos todavía no podía
tener. No porque todo le guste. Sino porque ya sabe quién tiene delante.
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después puede tocarle
al otro
La vida
matrimonial tampoco suele respetar demasiado nuestros esquemas de perfecta
reciprocidad.
Nos gusta pensar
que ambos deben aportar siempre por igual, como si fuera posible llevar una
contabilidad precisa de afectos, trabajos, cuidados y renuncias. La experiencia
es bastante más irregular.
Hay temporadas en
las que uno de los dos está fuerte y el otro apenas puede. Una enfermedad, una
depresión, una dificultad laboral, el agotamiento provocado por el cuidado de
un familiar o simplemente una etapa personal especialmente complicada pueden desequilibrar
durante un tiempo la relación. Quizá uno necesite recibir mucho más de lo que
en ese momento es capaz de dar.
Años después puede
ocurrir exactamente lo contrario. Algunas personas aprenden a cuidar con
facilidad, pero les resulta dificilísimo dejarse cuidar. Haber sido siempre
quien solucionaba los problemas puede hacer especialmente duro el día en que
toca reconocer: «ahora te necesito». Y también eso forma parte de la
intimidad.
Hay matrimonios
que, al mirar hacia atrás, recuerdan con especial gratitud una etapa en la que
uno de los dos estuvo prácticamente sostenido por el otro. No siempre fue la
época más agradable de su historia. A veces fue una de las más difíciles. Pero
quedó grabado algo muy profundo: cuando llegó el momento en que uno tenía poco
que ofrecer, el otro no midió la relación preguntándose si estaba recibiendo
suficiente a cambio.
El amor conyugal
contiene precisamente esa doble dirección. Amamos al otro porque es un bien
para nosotros, porque su presencia nos alegra y enriquece nuestra vida; pero el
amor puede madurar hacia una pregunta distinta: ¿qué bien estoy siendo yo para
ti?
Con el tiempo, el
amor puede ir más allá de agradecer todo lo que el otro aporta a nuestra vida y
empezar a preguntarse también de qué manera nuestra propia vida puede
convertirse en un bien para él.
A veces la vida
matrimonial cambia cuando dejamos de formular únicamente la pregunta «¿qué
me falta recibir?» y nos atrevemos a añadir otra: «¿qué está necesitando
de mí la persona con la que vivo?».
Naturalmente, esto
vale para ambos. Y no puede convertirse en una justificación de relaciones
abusivas o unilateralmente destructivas. Una pastoral seria del matrimonio
nunca puede confundir entrega con anulación de la persona.
Pero dentro de la
reciprocidad propia del matrimonio hay una verdad sencilla que muchas parejas
conocen bien: no siempre amamos desde la abundancia; alguna vez amamos
sosteniendo y otras necesitamos amar dejándonos sostener.
El primer bien no era
el proyecto:
era la persona
A veces olvidamos
algo muy sencillo: antes que los proyectos, la casa, los hijos o todo lo que
los esposos puedan construir juntos, está la persona que cada uno ha recibido.
El primer gran bien del matrimonio es el otro. Y aunque pueda parecer una
evidencia, sus consecuencias son mucho más profundas de lo que solemos pensar.
Cuando se prepara
un matrimonio, una gran parte de las conversaciones gira lógicamente alrededor
de lo que se quiere construir: una familia, un hogar, hijos, estabilidad,
proyectos compartidos. Todo esto forma parte de la vocación matrimonial y posee
enorme valor.
Pero el matrimonio
no puede reducirse a los resultados que los esposos consigan juntos. Esto se
comprende con especial claridad cuando alguno de esos resultados no llega.
Pensemos en una
pareja que desea profundamente tener hijos y descubre que no puede. El dolor es
inmenso. No serviría de nada minimizarlo con palabras fáciles sobre otras
formas de fecundidad. Pero su matrimonio no se convierte por ello en una unión
vacía. Antes incluso de que llegase cualquier hijo, había ya un bien real
entregado y recibido: ellos mismos.
Algo parecido
sucede con otros proyectos. Una vivienda puede perderse. Una determinada
situación económica puede no alcanzarse nunca. La profesión soñada puede
frustrarse. La vida familiar puede adoptar una forma completamente distinta de
la imaginada.
El matrimonio
permanece siendo una unión de personas antes de ser una empresa de resultados. Quizá
esto se vea con particular nitidez cuando los hijos se marchan de casa. Durante
muchos años, marido y mujer han organizado casi todo alrededor de ellos. Un día
la casa cambia de ritmo y reaparece una realidad que siempre estuvo allí: antes
de ser padre y madre fueron marido y mujer, y seguirán siéndolo cuando los
hijos construyan sus propias vidas.
Para algunos
esposos esa etapa tiene una belleza nueva. Para otros pone al descubierto
cuánto se habían descuidado. Ambas experiencias pueden convertirse en una
oportunidad para volver a encontrarse.
Porque el otro no
era simplemente el compañero necesario para construir la familia. Era el primer
regalo recibido dentro de ella.
que hablar de
justicia
A medida que
profundicemos en todo esto aparecerá una palabra que quizá resulte extraña en
una serie dedicada al amor matrimonial: justicia.
Solemos imaginar
que el Derecho comienza precisamente cuando el amor se acaba. Si una pareja se
quiere, pensamos, no necesita hablar de derechos y deberes; cuando aparecen
esas palabras parece que algo se ha enfriado.
Sin embargo, la
lógica del matrimonio permite descubrir algo distinto. Si una persona me da
algo verdaderamente y yo lo recibo, aquella entrega modifica nuestra relación.
Hay algo que ya no puede tratarse como si jamás hubiera sido entregado.
Naturalmente, una
persona nunca puede ser poseída como se posee una cosa. El matrimonio no
convierte al esposo en propietario de la esposa ni a la esposa en propietaria
del marido. Precisamente porque cada uno se pertenece a sí mismo puede
entregarse libremente, y esa entrega conyugal tiene límites y un contenido
propio. Pero si la entrega es real, produce consecuencias reales.
Aquí encontraremos
más adelante una de las ideas más profundas de nuestro recorrido: el amor puede
generar algo debido sin dejar por eso de ser amor. No porque llegue una ley
exterior a enfriar la relación, sino porque la libertad ha querido hacerse
suficientemente seria como para dar una palabra al otro.
Entonces
entenderemos la fidelidad desde un lugar distinto. Y también el «para
siempre». No comenzaremos preguntando qué está prohibido. Comenzaremos
preguntando qué fue entregado.
La fe no convierte a
los esposos
en personas que ya
saben quererse
Todo este
recorrido quiere hacerse desde una mirada cristiana, pero sería un error
utilizar la fe para recubrir con palabras religiosas una realidad humana que no
se ha entendido primero.
El matrimonio
cristiano no elimina la dificultad de aprender a convivir. La gracia no
mantiene por nosotros una conversación pendiente, no pide perdón cuando nuestro
orgullo se resiste y no impide que la rutina entre en casa. Tampoco convierte
automáticamente a dos personas en expertos en comunicación simplemente porque
hayan celebrado un sacramento.
La gracia trabaja
con personas reales. Y precisamente ahí aparece una de las bellezas del
matrimonio cristiano.
La vida concreta
de los esposos —su intimidad, el cuidado mutuo, la educación de los hijos, la
reconciliación, el envejecimiento, el cansancio y hasta la necesidad de
reconocer que no pueden resolver solos una dificultad— puede convertirse en
lugar de encuentro con Dios. No porque todo lo que sucede dentro de un
matrimonio sea bueno, sino porque toda esa realidad humana está llamada a ser
vivida a la luz del amor recibido de Dios.
La fe puede
enseñar también a mirar de otra manera la fragilidad del otro. No para
justificar aquello que hace daño, sino para recordar que la persona con la que
nos casamos no quedó terminada el día de la boda. Sigue necesitando crecer,
convertirse, madurar y ser perdonada. Exactamente igual que nosotros. Hay algo
profundamente cristiano en esa reciprocidad.
No somos el
salvador de nuestro esposo ni de nuestra esposa.
Somos dos personas necesitadas de gracia
que han decidido recorrer juntas una vocación. Por eso una pastoral matrimonial
seria tampoco puede resumirse en «hay que aguantar». Existen situaciones
de violencia, abuso o grave lesión de la dignidad que necesitan protección y un
acompañamiento específico. El «para siempre» nunca puede convertirse en
una coartada para el mal.
Pero, fuera de esas situaciones especialmente graves, la vida matrimonial sigue planteando un desafío mucho más silencioso y cotidiano: no acostumbrarnos tanto al otro que dejemos de verlo como la persona que un día elegimos y recibimos como esposo o esposa.
Volver al «sí» sin
idealizar
nuestra historia
Ésa será la
propuesta de esta serie. No pretendemos explicar el matrimonio desde fuera a
quienes llevan años viviéndolo, como si su propia historia no les hubiera
enseñado ya mucho más de lo que cabe en un artículo. Queremos hacer algo
distinto: detenernos junto a esa historia, encontrar palabras para algunas
experiencias que quizá han sido vividas muchas veces sin haber sido pensadas
despacio y ayudar a mirar nuevamente aquello que los esposos han construido,
padecido, disfrutado y aprendido juntos.
Quien acaba de
casarse recorrerá estas páginas mirando sobre todo hacia delante. Un matrimonio
que lleve quince o veinte años quizá reconozca demasiado bien determinadas
etapas: aquellos años en los que los hijos ocuparon prácticamente toda la vida,
alguna conversación que se fue posponiendo hasta hacerse difícil, la sorpresa
de descubrir que amar a una persona real exige bastante más que amar la imagen
inicial que uno se había hecho de ella. Quien ha compartido cuarenta o
cincuenta años puede mirar también hacia atrás y descubrir que algunas cosas
que aquí tendremos que explicar con muchas palabras él las aprendió de una
manera mucho más sencilla y más dura: una noche de hospital, una situación
familiar complicada, el cuidado prolongado del otro o el momento en que
comprendió que llevaba años recibiendo una fidelidad cotidiana que nunca había
sabido agradecer suficientemente.
Una historia
matrimonial larga no necesita ser perfecta para poseer valor. Puede contener
alegrías inmensas y heridas que aún se recuerdan, periodos de mucha cercanía y
otros en los que hubo que encontrarse de nuevo, equivocaciones reconocidas
tarde y perdones que necesitaron tiempo. Habrá recuerdos que todavía hacen reír
y otros que siguen produciendo un nudo en la garganta. Puede quedar incluso
alguna conversación que no terminó nunca de cerrarse del todo. La vida humana
es así, y el matrimonio no deja de ser profundamente humano por haber sido
elevado, para los bautizados, a sacramento.
Precisamente por
eso no queremos mirar hacia atrás con nostalgia ni fabricar una historia más
bonita que la realmente vivida. Queremos mirar con verdad. Quizá entonces
descubramos que el valor de aquel «sí» no consistió en garantizar una
vida sin dificultades, sino en haber dado a otra persona un lugar singular
dentro de una historia que ninguno de los dos conocía todavía.
Y entonces la
pregunta con la que comenzamos puede adquirir una hondura que el día de la boda
todavía no tenía: ¿Qué había realmente dentro del «sí» que nos dimos?
Las próximas
entregas irán abriendo esa pregunta poco a poco. Tendremos que hablar del amor
y de sus cambios, de la libertad que puede comprometerse, de la entrega y de la
responsabilidad que nace de ella, de la diferencia entre complementarse y
necesitar al otro para ser una persona completa, de la fidelidad, del tiempo,
de los hijos, de la fecundidad y, finalmente, de una cuestión especialmente
importante: si el amor posee una verdad que puede ser reconocida y vivida.
Pero no hace falta
llegar hoy hasta allí. Tal vez baste que alguien, después de leer estas
páginas, mire de otra manera a la persona con la que lleva años compartiendo la
vida. No para preguntarse sentimentalmente si todavía siente lo mismo que el
primer día, sino para volver a considerar qué realidad empezó entre los dos
cuando se dieron aquella palabra.
Quizá entonces
descubra que aquel «te quiero» llevaba dentro mucho más de lo que ambos
podían explicar. Y que, con los años, la vida ha ido traduciendo lentamente una
parte de su significado:
«Puedes contar conmigo».
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