Cuaresma en San Agatón y de don Salustiano
En San Agatón, el
Miércoles de Ceniza siempre tenía algo de romería con prisa: niños que lloraban
porque no querían “mancharse”, madres peinando a la vez que rezaban,
catequistas buscando velas como si fueran arqueólogas, y gente entrando con
cara de “llego justo, Señor, pero llego”.
Don Salustiano -el Cura Párroco-
en cambio, llegaba con otro ritmo: el de quien va con prisa y además con genio.
Tenía sesenta y tantos,
voz potente, mirada de inspector y esa forma de caminar por la sacristía que
hacía pensar que iba a levantar acta. Entró, dejó la estola en una silla, el
misal donde pilló sitio y empezó a repartir órdenes.
—Marisa, las cenizas no
ahí, que luego me lo dejáis todo perdido.
Marisa, que llevaba media
vida en la parroquia y ya había visto curas santos, curas nerviosos y curas que
confundían la sacristía con un cuartel, levantó una ceja y siguió a lo suyo.
—¿Y los monaguillos?
—siguió Salustiano—. Aquí al final hago yo de cura, de sacristán y de
electricista.
—Están colocando sillas
para la reunión de jóvenes —dijo Lucía, una universitaria con mochila, ojeras
nobles y paciencia de campeonato.
—Primero la misa. Luego,
si eso, sus dinámicas.
La palabra “dinámicas” le
salió con el mismo cariño con el que uno dice “humedad en la pared”.
En un rincón, don Pablo,
el otro sacerdote de la casa, bastante más joven, preparaba el incienso en
silencio. Llevaba meses en San Agatón y ya había entendido una cosa: algunos
días, la santidad consistía en no contestar a la primera.
La iglesia se fue
llenando. Señoras con misal gastado, padres con niños elásticos, adolescentes
con cara de “yo venía por obediencia”, universitarios que reaparecían en
Cuaresma como quien vuelve a casa por temporadas, y algún feligrés de
puntualidad creativa.
Don Salustiano salió al
altar, empezó la celebración, se saltó alguna rúbrica, añadió alguna cosecha
propia y en la homilía habló de la Cuaresma con tono de apretad los dientes.
—La Cuaresma es tiempo de
penitencia, sacrificio y seriedad. Aquí no venimos a hacer cada uno lo que le
da la gana.
La gente escuchó. Algunos
asentían. Otros aguantaban. Y más de uno pensó lo de siempre: cuarenta días de
cara seria, renuncias y esfuerzo como si la santidad fuera ir por la vida en
modo “no me hables, estoy siendo espiritual”.
Ordenar para respirar
La mala fama de la
Cuaresma venía justo de ahí.
Porque la Cuaresma, bien
vivida, no es castigo. Es puesta a punto. Es como cuando un cuarto se te va
desordenando sin darte cuenta: primero una sudadera en la silla, luego una
mochila en el suelo, después papeles, vasos, ropa “que aún no está sucia pero tampoco
limpia”, y un día descubres que ya no es un cuarto: es una excavación
arqueológica con calcetines.
Nadie ordena su
habitación para castigarse. La ordena para volver a respirar. Para encontrar
las cosas. Para no pisar una zapatilla a las siete de la mañana con dolor y
conversión inmediata.
Con el corazón pasa algo
parecido. Por fuera uno sigue funcionando. Por dentro, a veces, ya no hay sitio
ni para el silencio.
Terminó la misa. La fila
de la ceniza llegó hasta media nave. Don Salustiano imponía ceniza con
velocidad de ventanilla eficiente.
—Conviértete y cree en el
Evangelio.
—Conviértete y cree en el
Evangelio.
—Conviértete y cree en el
Evangelio.
La frase le salía
perfecta. Lo que no terminaba de salir era dejar que le entrara a él.
La ceniza también cae sobre la sotana
Cuando acabó, se le
acercó Carmen. Señora mayor, mirada limpia, fe robusta y una habilidad casi
sobrenatural para decir verdades sin hacer ruido.
—Don Salustiano, muy
bonita la homilía.
Él asintió, satisfecho.
—Gracias, Carmen. Hay que
decir las cosas claras.
Carmen sonrió.
—Sí, hijo. Y vivirlas
también. Le digo una cosa: cuando usted celebra la misa “a su manera”, la gente
se lía. La misa no es suya, ni mía. Es de la Iglesia. Y cuando un cura cambia
cosas porque sí, al final los pequeños creen que la fe se improvisa. Y eso hace
daño.
Salustiano hizo media
mueca.
—Bueno, mujer, tampoco
exageremos.
—No exagero. Mi nieta me
preguntó si en cada parroquia “se inventan la misa”. ¿Ve? Los niños aprenden
mucho mirando. Y otra cosa —añadió, tocándole el brazo—: las cenizas no
distinguen sotana.
Él sonrió como quien
recibe una caricia con alfiler.
Una hora después estaba
en el bar de Manolo. “Solo un café”, se había dicho. Manolo, que conocía mejor
que nadie el “solo un café” de media parroquia, le puso café y tapa sin
preguntar.
—Padre, hoy viene usted
con cara de homilía larga.
—Lo de siempre, Manolo.
Aquí todo recae en el mismo.
Dio un sorbo. Miró la
barra. Y sin pedir permiso, le volvió por dentro la frase de Carmen, como una
piedrecita en el zapato: las cenizas no distinguen sotana.
Al día siguiente tocaba
reunión de Cuaresma en el salón parroquial. Había café recalentado, galletas
blandas y ese ambiente tan de parroquia donde conviven buena voluntad,
cansancio y fotocopias torcidas.
Lucía, Rosa de Cáritas,
Pilar catequista, el chico del coro, don Pablo y don Salustiano. Él, por
supuesto, en la cabecera.
—Vamos a ser ágiles
—arrancó—. Viacrucis, confesiones, colecta extraordinaria y nada de inventos.
Lucía se removió en la
silla. Llevaba una propuesta preparada con otros jóvenes: una vigilia de
oración un viernes por la noche, con adoración, testimonios, silencio y cantos
sobrios. Nada raro. Todo muy pensado.
—Don Salustiano, si
quiere, antes de cerrar del todo, queríamos propon—
No la dejó acabar. Ni la
frase.
Levantó la mano, seco.
—Lucía, luego. Primero lo
importante.
Lucía bajó la carpeta
despacio. Don Pablo la miró de reojo.
Luego habló Rosa. Una
familia nueva. Alquiler atrasado. Dos niños. Trabajo inestable. Situación muy
justa.
Don Salustiano abrió su
carpeta, miró números y soltó su frase habitual:
—La parroquia no es un
cajero automático. Hay que mirar bien estas cosas.
No era mentira. Pero sonó
a portazo.
Lucía lo intentó otra
vez.
—La vigilia puede ayudar
mucho. Hay jóvenes con ansiedad, con líos en casa, con preguntas… algunos no
vienen a misa, pero sí vendrían a rezar una noche tranquila.
Salustiano se echó hacia
atrás.
—Mira, Lucía, con cariño:
a esta parroquia no me la convirtáis en un laboratorio. Luego vienen grupitos,
estilos raros, movimientos, cada uno a su aire…
Cuando el control ahoga
Lucía ya no sonreía.
—No estamos hablando de
“grupitos”. Estamos hablando de rezar y de acoger. Hay jóvenes que han vuelto a
la fe por caminos distintos dentro de la Iglesia. Si aquí solo cabe lo que se
hacía hace veinte años, no estamos cuidando la parroquia. La estamos empequeñeciendo.
Se hizo un silencio
corto, pero de los que pesan.
Pilar, que solía hablar
poco, se animó.
—Perdone que se lo diga,
don Salustiano, pero a veces parece que San Agatón fuera su cortijo. Y
nosotros, peones.
La cara de Salustiano se
tensó.
Don Pablo habló sin subir
el tono.
—Y cuando no dejas
terminar a la gente, no solo cortas ideas. Cortas personas. Hay laicos que ya
no proponen nada porque sienten que molestan. Y eso también hace daño.
Salustiano soltó una risa
defensiva.
—Ahora va a resultar que
yo soy el problema.
Rosa negó con la cabeza.
—No. Pero hay cosas en
usted que están haciendo daño. Y como le queremos, se las decimos.
La Cuaresma también se vive escuchando
La reunión siguió, pero
ya no estaban hablando solo de horarios. Estaban tocando algo más serio: que la
Cuaresma no se vive encerrado en “Dios y yo”, sino también dejándote corregir,
dejándote acompañar y dejando de hacerte el héroe.
Esa noche, en la cena de
la casa parroquial, don Pablo le enseñó a Salustiano un mensaje de Andrés, un
joven de veintidós años que había vuelto a la fe hacía poco.
“Yo no vuelvo más. La
última vez me sentí como un mueble.”
Salustiano leyó el
mensaje, torció el gesto y dejó el móvil.
—Si por una corrección ya
no vuelven, es que venían a otra cosa.
Don Pablo lo miró fijo.
—O venían buscando a Dios
y se encontraron con tu mal genio, tu control y tu manera de tratar la
parroquia como si fueras el señor feudal. Te lo digo porque te aprecio: eso
está dañando a la gente.
Salustiano dejó la
cuchara, se levantó y se fue con la sopa a medias.
—Cuando lleves treinta
años de parroquia, me das lecciones.
La puerta se cerró más
fuerte de lo necesario.
Don Pablo se quedó
quieto. A veces la verdad entra como medicina. Primero escuece.
Aquella noche don
Salustiano durmió mal. No era remordimiento limpio, era un batido de orgullo,
enfado y frases que se le habían quedado pegadas por dentro.
A las tres y pico se
levantó, bebió agua y bajó a la iglesia.
Encendió una luz pequeña,
se sentó en un banco, se cambió a otro, volvió al primero. No sabía qué hacer
con el silencio cuando no tenía que mandar ni preparar nada.
—Bueno, Señor… aquí
estoy.
Mucho ruido por dentro
Por dentro iba como una
casa con todas las luces encendidas y nadie sabe quién las dejó así.
Por fuera funcionaba. Por
dentro, revolucionado.
Le vinieron escenas como
fogonazos: Lucía bajando la carpeta, Carmen hablando de la misa, Pilar diciendo
“cortijo”, don Pablo serio en la cocina, el mensaje de Andrés.
Intentó justificarse.
—Si no estoy encima, esto
se desmadra…
Silencio.
—Lo de la liturgia
tampoco será para tanto…
Silencio.
—Y lo de los movimientos…
luego traen líos…
Silencio.
El mismo silencio. Ese
que no te grita, pero tampoco te compra las excusas.
Cambiar el chip
Ahí empezó a entender
algo básico y difícil: la conversión no arranca cuando uno se emociona, sino
cuando deja de reaccionar en automático.
Salustiano llevaba tiempo
viviendo así: algo le molestaba, saltaba; algo no estaba bajo control,
apretaba; algo sonaba nuevo, desconfiaba. Muy rápido. Muy eficaz. Muy poco
libre.
La metanoia, ese cambiar
la mente, era justo lo contrario: cambiar el chip. Dejar el piloto automático.
Volver a decidir con verdad.
Se quedó callado un rato
largo y luego soltó, sin frases bonitas:
—Señor, si me he
endurecido, dímelo claro. Y ayúdame tú, porque yo solo no sé.
No fue una oración
brillante. Fue mejor. Fue de verdad.
Orar para mirar mejor
En aquel banco, de
madrugada, descubrió algo que había predicado muchas veces y quizá había vivido
poco: la oración no te saca del mundo, te enseña a mirarlo mejor.
Los problemas no
desaparecieron. La parroquia seguía siendo la misma. Él seguía teniendo el
mismo carácter. Pero algo se ordenó. Lo urgente dejó de taparlo todo. Lo que
dolía empezó a tener nombre.
Subió a la cocina y vio
una bandeja de dulces que una feligresa había dejado. Cogió uno. Lo miró. Lo
olió. Lo devolvió a la bandeja.
Se rió solo.
—Vamos a empezar por algo
pequeño, Salustiano… tampoco hace falta canonizarse antes del desayuno.
Aquello fue su primer
ayuno serio. No de comida. De autosuficiencia.
Cuarenta días son proceso
Y entendió otra cosa: por
eso son cuarenta días.
Porque las cosas serias
no se arreglan con una frase buena y dos propósitos escritos con entusiasmo.
Hace falta tiempo. Camino. Paciencia. Como preparar un examen, una entrevista,
una mudanza o esa conversación que llevas meses esquivando.
La Cuaresma no era un
capricho del calendario. Era un proceso.
Al día siguiente, en
sacristía, volvió a pasar algo pequeño y muy humano.
Un voluntario había
dejado mal colocadas unas vinajeras. Don Salustiano explotó.
—Pero ¡quién ha puesto
esto así! ¡No puede ser que siempre haya que rehacerlo todo!
Dos segundos después se
hizo un silencio incómodo. El chico se quedó quieto, con cara de “yo solo
quería ayudar”.
Salustiano respiró. Se
notó la pelea por dentro.
—Perdona —dijo,
torpemente—. No era para hablarte así. Mira, se colocan aquí.
El chico asintió,
sorprendido.
No había cambiado del
todo. Pero ya no tardaba diez días en rectificar. Tardó diez segundos. Y eso,
en ciertos corazones, ya es un milagro de Cuaresma.
Don Salustiano decía que
él no “frecuentaba bares”, que eso sonaba mal, y que lo suyo era simplemente
“tomar un café como cualquier ciudadano”. El detalle era que ese “cualquier
ciudadano” tenía mesa fija y cenicero casi con nombre.
Entró en el bar de
Manolo. Café, tapa, cenicero. Liturgia local.
—Padre —dijo Manolo,
secando un vaso—, ¿le puedo decir una cosa sin que me excomulgue del desayuno?
—Depende de la herejía.
—Una cosa es venir a
tomar café. Otra es venir a refugiarse aquí cada vez que sale torcido de la
parroquia. Y otra ya es juntar café, humo, copa y crítica como si fuera una
espiritualidad nueva.
Salustiano lo miró con la
taza en el aire.
—Hoy has desayunado
valentía.
—No. Tostada. Pero se lo
digo porque la gente lo ve. Y algunos jóvenes me han dicho: “¿Ese es el
párroco? Siempre está fumando y poniendo verdes a medio mundo”. Y eso también
hace daño.
En la barra, don Eusebio
olía conversación como quien huele tortilla recién hecha.
—Padre, dicen que viene
el obispo a un encuentro juvenil —soltó—. Eso de jóvenes y movimientos no le
entusiasma mucho, ¿no?
La crítica le subió a la
lengua como de costumbre. Tenía la frase afilada lista para salir, de esas que
hacen gracia en la barra y dejan mal cuerpo después.
Abrió la boca.
La cerró.
Miró el cenicero. Miró el
paquete. Miró a Manolo.
Ayunar la lengua también convierte
A veces ayunar no es
dejar comida. Es frenar el impulso.
Es recuperar el volante.
Es decirte: no todo lo
que siento tiene que mandar en mí. No toda ironía merece salir. No todo
cansancio se cura con humo, alcohol o comentario venenoso.
—Opino… —dijo por fin,
con esfuerzo visible— …que si vienen jóvenes a rezar, tampoco es una desgracia.
Eusebio se quedó con cara
de final inesperado.
Manolo sonrió de lado.
—Padre, hoy ha hecho más
ayuno de lengua que muchos en toda la Cuaresma.
—No te emociones —gruñó
Salustiano.
Pagó, salió y en la
puerta sacó el paquete de tabaco. Lo miró. Lo guardó otra vez.
No porque se hubiera
curado de golpe, sino porque por primera vez se preguntó si aquello era
descanso… o dependencia con sotana.
De camino a San Agatón se
cruzó con don Julián, sacerdote mayor, humor fino, mirada limpia.
—Salustiano, te he visto
salir del bar —dijo, sonriendo.
—No me digas que habéis
montado vigilancia canónica.
Don Julián se rió.
—No. Pero te digo una
cosa: cuando un cura se refugia demasiado en la barra, el humo o la copa, deja
de estar disponible por dentro. Y la gente lo nota. Tú tienes buen fondo, pero
lo estás ahumando demasiado.
Salustiano resopló.
—Hoy se ha puesto todo el
mundo de acuerdo.
—Bendito sea Dios —dijo
don Julián—. A veces la gracia empieza pareciendo una conspiración.
Dos días después, Rosa
volvió al despacho con el tema de la familia.
Alquiler atrasado. Aviso
del propietario. Dos niños. Urgencia real.
Salustiano revisaba
facturas con cara de quien defiende una frontera.
—Don Salustiano, si esta
semana no pagan una parte, les echan.
Él empezó con el discurso
habitual: luz, goteras, gastos, prudencia, balances. Rosa lo dejó hablar. Luego
habló ella.
—Le voy a decir una cosa
clara. A veces usted decide demasiado desde el dinero. Desde lo que entra, lo
que se guarda, lo que se controla. Y la gente se siente más “coste” que
persona. Y eso hace daño.
Salustiano levantó la
vista.
—¿Ahora soy avaro
oficialmente?
—No. He dicho que está
apegado. Y cuando uno se apega al dinero, deja de ser libre. Y un cura sin
libertad delante del dinero acaba decidiendo por lo que le compensa, no por lo
que más ayuda.
En ese momento entró don
Pablo con unos papeles.
—Y cuando en una
parroquia la gente nota que una boda, un funeral o una actividad se mide por
“lo que deja”, la parroquia empieza a parecer empresa y no casa.
Salustiano cerró el libro
de cuentas.
—¿Cuánto necesitan?
Rosa dijo la cifra.
Él silbó bajito.
—Voy yo a verlos.
Rosa abrió mucho los
ojos.
—¿Usted?
—Sí, yo. Dame la
dirección antes de que me arrepienta.
Del despacho a la casa
Aquella tarde subió a un
bloque de escalera estrecha, olor a humedad y comida recalentada. Le abrió una
mujer con una mezcla de vergüenza y alivio.
Dentro había pobreza y
orden, que es una combinación que desmonta prejuicios en cinco segundos.
Casa limpia. Nevera medio
vacía. Radiador apagado. Cuadernos en la mesa. Un cochecito sin rueda.
Hablaron un rato. Lo
suficiente para que aquello dejara de ser “un caso” y se volviera una familia
con nombres, horarios, cansancio y dignidad.
En un momento, el niño
pequeño lo miró y preguntó:
—¿Tú eres el jefe de la
iglesia?
Salustiano se quedó
quieto.
—No… no exactamente.
—¿Entonces quién manda?
El padre del niño se puso
colorado.
—Niño, calla.
Pero Salustiano sonrió.
—Manda Jesús. Nosotros
intentamos no estropearlo mucho.
Lo dijo en broma, pero le
cayó por dentro como una corrección precisa. Llevaba demasiado tiempo viviendo
San Agatón como dueño. Y no era dueño. Era administrador.
La limosna no son sobras
Al salir, llamó a Rosa
desde el rellano.
—Mañana mismo se les
ayuda.
Luego reunió a Rosa y a
don Pablo, sacó una cantidad importante de una partida “reservada por
prudencia” y dijo:
—Se hace esto. Y la
colecta del domingo va para emergencias familiares. Sin dar detalles.
Rosa sonrió.
—Gracias.
Salustiano mantuvo media
coraza.
—Con seguimiento. Y con
criterio.
—Y con misericordia
—remató Rosa.
Él bufó, firmó y siguió.
Pero mientras firmaba
entendió una verdad sencilla: la limosna no es tirar una moneda para quedarte
tranquilo. Es abrir el corazón. Y cuando toca, abrir el bolsillo. Y a veces la
agenda. Y a veces el tiempo.
Lucía lo dijo después en
una reunión de jóvenes, y a él le sorprendió lo claro que sonaba:
—No siempre se comparte
dinero. También se comparte escucha, compañía, tiempo, ayuda en casa sin
convertirlo en negociación internacional. Hay limosnas que no suenan a monedas,
pero son muy evangélicas.
Salustiano no dijo nada.
Tomó nota por dentro.
Pedir perdón siempre le
había parecido más fácil de predicar que de hacer.
Un martes, antes de misa,
le dijo a don Pablo:
—Luego quédate un
momento.
La misa acabó. Se fueron
los fieles. Marisa cerró una puerta. La sacristía se quedó en silencio.
Salustiano dobló la
casulla con un cuidado excesivo, como quien quiere retrasar lo que tiene que
decir.
—Mira… lo del otro día.
Reunión. Comedor. Me pasé.
Don Pablo no habló.
Salustiano notó venir el
“pero” y se frenó a sí mismo.
—No. Sin “pero”. Me pasé.
Te hablé mal. Y muchas veces te he tratado como mozo de carga, no como hermano
sacerdote. No está bien. Y hace daño.
Pedir perdón de verdad
Don Pablo bajó los
hombros, como quien deja de defenderse.
—Gracias por decirlo.
Se hizo un silencio
bueno, de esos que no pesan: curan.
Salustiano se sentó.
—Esto de convertirse es
agotador.
Don Pablo se rió.
—Y eso que aún no hemos
llegado a Semana Santa.
Los dos se rieron. Poco.
Pero de verdad.
—Quiero hablar con don
Ricardo y con don Julián —añadió Salustiano—. Necesito que me digáis claro qué
tengo que corregir. Porque si no… vuelvo a lo mismo.
Don Pablo lo miró
sorprendido.
—Eso no me lo esperaba.
—Ni yo.
Dios no pide perfección, pide verdad
A los pocos días comieron
juntos: don Ricardo, arcipreste; don Julián; don Pablo; y Salustiano.
No fue una encerrona. Fue
una corrección fraterna seria.
Don Ricardo habló
primero.
—Salustiano, cuando
celebras la Eucaristía o los sacramentos “a tu manera”, aunque a ti te parezca
una tontería, deseducas al pueblo. Los sacramentos no son propiedad del
celebrante. Son de la Iglesia. Ahí hay comunión y cuidado.
Don Julián añadió:
—Y cuando criticas al
obispo o a otros curas delante de la gente, siembras amargura. Te descarga a ti
cinco minutos y deja mal a la comunidad mucho tiempo.
Don Pablo terminó:
—Y San Agatón necesita
abrir puertas. A jóvenes, a realidades distintas, a espiritualidades de la
Iglesia que no son tu estilo. No todo lo nuevo es una amenaza. A veces es un
don.
Salustiano quiso
responder varias veces. Varias veces se calló.
Le costaba. Muchísimo.
Pero ya no huía.
Al final dijo lo que más
le costó decir:
—Tenéis razón… en
bastante más de lo que me gustaría.
No sonó a derrota. Sonó a
grieta. Y por esa grieta empezó a entrar aire.
La vigilia de jóvenes se
hizo el viernes de la cuarta semana de Cuaresma.
Don Salustiano llegó
pronto “solo para supervisar”, que en su idioma significaba “estoy nervioso y
no quiero reconocerlo”.
Llevaba veinte minutos
recolocando cosas que ya estaban bien cuando llegó Lucía.
—Esa mesa, ¿para qué es?
—Para el Evangelio y un
testimonio.
—Que no parezca una
feria.
Lucía sonrió.
—No va a parecer una
feria. Va a parecer una iglesia rezando.
Él refunfuñó algo y
siguió moviendo una vela medio centímetro.
Fueron llegando jóvenes.
Algunos de la parroquia. Otros reaparecidos. Otros invitados por amigos. Uno se
quedó en la última fila con capucha y cara de “si esto se pone raro, me voy”.
Dos chicos de un movimiento que antes Salustiano habría frenado en seco
entraron saludando con respeto. Él respiró y les devolvió el saludo con
normalidad.
Pequeño gesto. Gran paso.
Acoger ensancha la parroquia
La vigilia empezó.
Palabra de Dios. Cantos sencillos. Testimonio. Silencio. Adoración.
Nada espectacular.
Y por eso mismo, mucha
verdad.
Andrés, el del mensaje
del “mueble”, pasó a dar testimonio.
—Yo me alejé de la fe
bastante —dijo—. Volví hace unos meses porque estaba mal por dentro. Un amigo
me invitó a rezar y me hizo bien. Luego vine aquí un día… y salí tocado. No por
Dios. Por cómo me sentí. Como si estorbara.
Lucía cerró los ojos un
segundo. Don Pablo miró de reojo a Salustiano.
Andrés siguió:
—Lo digo porque a veces
nosotros hacemos de muro donde Cristo quiere hacer de puerta. Y mucha gente
llega cansada, rota, perdida… y no necesita que la examinemos primero. Necesita
que la acojamos.
La frase cayó limpia.
No atacó a nadie.
Por eso atravesó a
varios.
Don Salustiano, al fondo,
no se movió. Tenía la nuca caliente. No era vergüenza pública, pero se parecía
bastante.
La oración devuelve el centro
Luego vino la adoración.
Silencio de verdad. No
silencio incómodo. No silencio de espera. Silencio que empieza a sacar a la luz
lo que uno esquiva.
Al principio Salustiano
seguía en modo supervisor: el micrófono, los cantos, el orden, la postura de no
sé quién. Pero poco a poco se fue quedando quieto.
Y empezó a rezar.
Le sorprendió descubrir
que la oración no lo sacaba de los problemas de San Agatón. Se los devolvía
mejor enfocados. Lo urgente dejaba de masticarse a lo importante. Lo que antes
veía como amenaza empezaba a parecer oportunidad.
Le vino una frase por
dentro, con una sonrisa involuntaria:
Pues resulta que no era
una feria.
Y detrás otra, más honda:
No necesitaban que yo lo
controlara todo. Necesitaban que yo les abriera la puerta.
Al final, varios jóvenes
se acercaron a confesarse con don Pablo. Otros se quedaron en silencio. Otros
charlaban en el atrio con esa alegría tranquila de quien por fin ha respirado.
Lucía se acercó.
—¿Qué le ha parecido?
Salustiano tardó dos
segundos.
—Ha habido oración. Y de
la buena.
—Gracias por abrir la
puerta.
Él se acomodó el abrigo,
incómodo con el agradecimiento.
—Gracias a vosotros por
tomaros en serio a Dios.
Andrés pasó cerca, dudó,
se acercó.
—Buenas noches, don
Salustiano.
—Buenas noches.
Silencio corto. Grande.
—Gracias por venir —dijo
Andrés.
Salustiano lo miró
distinto. Ya no veía “el chico que se queja”. Veía a un joven que, con
esfuerzo, había vuelto.
—Gracias a ti por hablar
claro. Y… aquella vez te hice sentir que estorbabas. Perdona.
Andrés sonrió.
—Todos estamos
aprendiendo.
—No sabes tú cuánto —dijo
Salustiano, medio riéndose.
Oración, ayuno y limosna: medicina
Aquella noche, apagando
velas, entendió algo que no se aprende en teoría: oración, ayuno y limosna no
son un temario para impresionar a Dios.
Son medicina para el
corazón cuando empieza a desordenarse.
Y la medicina buena se
nota porque devuelve vida.
La Semana Santa llegó a
San Agatón con lo de siempre: flores, ensayos, horarios pegados en la puerta,
llamadas de última hora y preguntas imposibles.
—Padre, si llego tarde a
la Vigilia, ¿resucita igual? —preguntó un adolescente con cara de sueño.
—Resucita igual, pero tú
llegas antes —respondió Salustiano, con una media sonrisa que meses antes
habría sido noticia diocesana.
No se había convertido en
otro hombre de golpe. Seguía teniendo genio. Seguía frunciendo el ceño cuando
alguien descolocaba algo. Seguía diciendo “vamos a ser serios” varias veces al
día.
Pero había cambios.
Pequeños. Reales. De los
que una parroquia detecta enseguida.
Un día volvió a soltar
una crítica rápida sobre un cura del arciprestazgo delante de dos feligreses.
Se quedó callado en mitad de la frase, carraspeó y corrigió.
—Bueno, no. Eso sobra.
Rezad por él… y por mí, que me embalo.
Las dos señoras se
miraron con cara de “esto sí que no lo teníamos en el guion”.
Con don Pablo el aire era
otro. Ya no era el mozo de carga oficial. Había más escucha y menos ráfagas de
órdenes.
Con el bar, el tabaco y
el alcohol no hubo milagro instantáneo. No salió de Cuaresma convertido en
atleta. Pero empezó a vigilarse. Menos barra como refugio, menos humo
automático, menos crítica con tapa.
Manolo lo resumió una
tarde:
—Padre, sigue viniendo…
pero ya no se queda a vivir.
Y eso, en lenguaje de
bar, era una reforma profunda.
Con el dinero, también
cambió la mirada. Seguía cuidando cuentas, claro. Pero con más libertad. Menos
miedo. Más misión.
Y con la comunidad, quizá
ahí estaba la Pascua más visible: empezó a escuchar más, a dejar terminar, a
acoger propuestas, a no cerrar por reflejo toda realidad que no fuera “su
estilo”.
No abrió todo sin
criterio.
Pero dejó de cerrar todo
por miedo.
La meta era la Pascua
La Vigilia Pascual en San
Agatón fue sobria y hermosa. Todo estaba orientado al Misterio, no al
lucimiento del celebrante.
Lucía, desde un lateral,
susurró a una catequista:
—Hoy celebra distinto.
La catequista respondió,
sin apartar la vista del altar:
—Sí. Hoy parece que reza
lo que celebra.
En la homilía, don
Salustiano habló menos de lo habitual. Ya era un signo.
Y habló con más verdad.
—La Pascua no es premio
para perfectos —dijo—. Es gracia para gente que se deja levantar. A veces uno
puede pasar años en la Iglesia, trabajar mucho, hablar mucho, mandar mucho… y
tener el corazón cansado o endurecido. Y el Señor, con paciencia, vuelve a
llamarnos.
Hizo una pausa.
—La meta no era aguantar
cuarenta días como una prueba de resistencia. La meta era la Pascua. Dejar que
Dios ordene algo por dentro para vivir con más verdad, más libertad y más
alegría.
Muchos no sabían cuánto
le había costado decir eso. Pero algunos sí. Y se notó.
Cuando terminó la
celebración, llegó el jaleo bonito de siempre: felicitaciones, niños con sueño,
fotos, risas, preguntas repetidas sobre horarios.
Carmen se le acercó.
—Feliz Pascua, hijo.
—Feliz Pascua, Carmen.
Ella lo miró con esa
mirada de madre espiritual que no falla.
—Este año la ceniza ha
trabajado.
Salustiano soltó una risa
limpia.
—Y todavía queda obra.
—Mientras el Señor sea el
albañil, vamos bien —dijo Carmen.
Ya tarde, cuando se vació
San Agatón, don Salustiano volvió a entrar en la nave medio a oscuras. Olor a
cera, flores y esa paz rara de después de una noche grande.
Se sentó al fondo.
No tenía una emoción
espectacular. Tenía algo mejor: gratitud.
Pensó en Carmen y la
liturgia. En Lucía y la puerta. En Rosa y el dinero. En Manolo y el humo. En
don Julián y la barra. En don Ricardo y la comunión. En don Pablo y el perdón.
En la familia ayudada. En Andrés y aquella frase que ya no olvidaría: hacemos
de muro donde Cristo quiere hacer de puerta.
Sonrió, cansado.
—Bueno, Señor… milagro
tampoco soy.
Se quedó en silencio.
Luego añadió:
—Pero gracias por no
cansarte de empezar conmigo.
Dios no pide perfección
Ahí entendió algo que le
dio descanso: Dios no le había pedido una Cuaresma perfecta. No le había pedido
salir sin defectos, sin genio, sin tropiezos.
Le había pedido verdad.
Un sí sincero. Un paso
concreto. Y luego otro.
Una pequeña revolución
La Cuaresma, al final, no
había sido una temporada de cara de funeral. Había sido un camino serio, sí,
pero esperanzado. Una limpieza buena por dentro.
Como cuando por fin
ordenas un cuarto imposible y vuelves a respirar.
Miró la nave y pensó algo
que antes le habría sonado a perder poder y ahora le sonaba a alivio:
La parroquia no es mía.
No soy dueño de nada. Esto es del Señor. Y qué bien que así sea.
Apagó una luz. Luego
otra. Salió al atrio y vio a dos jóvenes haciéndose una foto con cara de sueño
y felicidad.
—Venga, a casa —dijo,
firme pero con sonrisa—. Cristo ha resucitado, pero mañana hay misa temprano.
Uno se rio.
—Don Salustiano, hoy
hasta eso suena cariñoso.
Él negó con la cabeza,
haciéndose el ofendido.
—No os acostumbréis.
Y se fue caminando
despacio hacia la casa parroquial.
Seguía siendo Salustiano.
Con su carácter, sus manías y camino por delante.
Pero ya no llevaba el
corazón como un cuarto cerrado y lleno de trastos.
Y en San Agatón, cuando
un corazón empieza a ordenarse, se nota hasta en cómo se abre una puerta.