Escucha aquí el episodio completo:
¿Qué significado
puede descubrir un adulto al volver a escuchar El brujito de Gulubú, la
célebre «Canción de la vacuna» de María Elena Walsh popularizada en España por
Rosa León? Detrás del humor, las palabras incompletas y el ritmo de esta
canción infantil aparecen preguntas sorprendentemente hondas sobre el poder,
la pérdida de la voz, la memoria, la educación, la autoridad y el aprendizaje
de la libertad. Esta reflexión recorre la vaca que ya no puede decir «mu»,
los niños que olvidan, el médico que cura sin convertirse en un nuevo dueño y
el brujito que se resiste a perder su poder. Una lectura adulta —también
abierta a la mirada cristiana— sobre cómo recuperar la libertad sin
reproducir aquello mismo que nos había sometido.
El brujito de Gulubú:
aprender
a vivir después del hechizo
Una canción infantil sobre la voz, la memoria,
el
poder y el difícil aprendizaje de la libertad
Hay canciones que aprendemos mucho antes
de estar en condiciones de comprenderlas. Quedan durante años en la memoria,
unidas a una melodía, a una voz, quizá a una televisión encendida en alguna
habitación de la infancia. Después volvemos a escucharlas siendo adultos y
ocurre algo extraño: la canción no ha cambiado, pero nosotros sí.
Entonces unas palabras que parecían
solamente divertidas comienzan a dejar otro poso.
Puede suceder con «Canción de la
vacuna», de María Elena Walsh, conocida entre nosotros sobre todo como El
brujito de Gulubú y especialmente recordada en España en la voz de Rosa
León.
Antes de buscar significados ocultos
conviene hacer algo más sencillo: escucharla de nuevo.
Porque es, ante todo, una canción.
Lo
que aprendimos antes de poder explicarlo
Una canción no se recibe igual que una
explicación. Se repite, se anticipa, entra en la memoria. El cuerpo acompaña el
ritmo y llega un momento en que sabemos cómo continúa una frase antes de que
termine de sonar.
En las notas que han dado origen a esta
reflexión aparecía una intuición que merece permanecer: aquello que se canta
deja de ser solamente una idea que alguien comunica desde fuera. Se recuerda,
se comparte y, de algún modo, «se hace cuerpo».
Un niño no necesita conocer el significado
de la palabra arbitrariedad para percibir que algo no está bien en
alguien que embruja a los demás «sin ton ni son». Tampoco sabe necesariamente
qué es la censura, pero entiende que una vaca que ya no puede decir «mu» ha
perdido algo. Y no posee una teoría sobre la educación o la memoria, pero sabe
que hay algo triste en unos niños que olvidan continuamente la lección.
Hay cosas que quizá aprendimos primero cantándolas.
Mucho después llegaron los conceptos.
«A
toda la población embrujaba sin ton ni son»
Todo empieza como un cuento:
«Había
una vez un bru,
un brujito que, en Gulubú…»
El diminutivo le quita solemnidad. No
aparece un gran tirano envuelto en tinieblas, sino un brujito. María
Elena Walsh lo instala desde el principio en el territorio del disparate y del
humor.
Pero inmediatamente sabemos qué hace:
«A
toda la población
embrujaba sin ton ni son».
No existe una razón. Tampoco un proyecto.
Nadie le ha hecho nada que explique su comportamiento. Sencillamente posee una
capacidad sobre los demás y la utiliza.
En nuestras notas había aparecido una
descripción muy precisa: no construye, no propone, no transforma para bien;
ejerce poder por ejercerlo.
Tal vez ahí comience el hechizo: no en la
mera existencia del poder, sino en el momento en que alguien deja de
preguntarse para qué lo tiene.
Eso puede suceder en lugares muy
distintos. En una sociedad, naturalmente, pero también en una familia, una
institución, una comunidad, una relación educativa o espiritual. Basta con que
una persona descubra que puede influir decisivamente sobre otra y termine
considerando esa capacidad como una prolongación de sí misma.
Walsh no explica nada de esto.
Nos presenta una vaca.
Una
vaca que ya no puede decir «mu»
«La
vaca de Gulubú
no podía decir ni mú.
El brujito la embrujó
y la vaca se enmudeció».
La imagen hace sonreír, pero tiene algo
inquietante.
La vaca sigue allí. No ha sido convertida
en otra cosa. Sigue siendo lo que era y, sin embargo, ya no puede expresar algo
elemental de su propia condición.
Ha perdido la voz.
En las notas preparatorias veíamos aquí un
sufrimiento mudo, una privación que existe aunque quizá quien la padece ni
siquiera disponga de palabras para nombrarla.
Más adelante surgía otra intuición: el
hechizo puede impedir que la vaca actúe como vaca, pero no puede lograr que
deje de serlo. Puede deformar la manera en que una realidad se manifiesta; no
tiene poder creador sobre su verdad última.
El mal de Gulubú funciona así. No crea.
Interfiere.
Impide.
Reduce.
La vaca conserva lo que es, pero ya no
puede hacerlo oír.
No es difícil reconocer algo humano en esa
imagen. Hay personas que siguen sabiendo lo que piensan y sintiendo lo que
sienten, pero que poco a poco han aprendido que expresarlo trae problemas.
Continúan presentes, aunque una parte de su vida haya quedado condenada al
silencio.
En determinados momentos históricos esa
imagen puede adquirir una resonancia política evidente. Pero no hace falta
reducirla a la censura para comprender su fuerza. Perder la voz ocurre también
dentro de una casa, de una relación o de una comunidad.
Y quizá haya algo todavía peor que quedar
en silencio: terminar acostumbrándose.
Gulubú continúa funcionando. La vida no se
detiene porque la vaca haya dejado de mugir.
En las notas apareció una expresión
especialmente fecunda: lo anormal se normaliza.
Un hechizo alcanza una eficacia
inquietante cuando deja de parecernos extraño.
Cuando ya no preguntamos.
Cuando empezamos a decir:
«Aquí las cosas son así».
Los
niños que olvidaban
Después llegan los niños:
«Los
chicos eran muy bu,
burros todos en Gulubú.
Se olvidaban la lección
o sufrían de sarampión».
El tono sigue siendo ligero, pero el daño
ha cambiado de lugar.
La vaca había perdido la voz.
Los niños tienen afectada la capacidad
de aprender y recordar.
La canción no dice solamente que no sepan.
Dice algo más preciso: «se olvidaban la lección». Hay una memoria que no
consigue guardar lo aprendido.
En las notas hablábamos de una
«inteligencia en formación» interferida.
Y eso introduce una dimensión nueva. Un
niño no es solamente el presente de Gulubú. Es también una parte de su futuro.
Toda comunidad necesita personas capaces
de hablar. Pero necesita también personas capaces de comprender, conservar la
experiencia, aprender de ella y transmitirla.
De pronto la vaca y los niños forman una
pareja inesperada:
voz y memoria.
No poder decir.
No poder conservar lo aprendido.
Dos maneras diferentes de vivir por debajo
de las propias posibilidades.
Y entonces la propia canción empieza a
hacer algo muy curioso.
Mientras
los niños olvidan, la canción les pide recordar
«Había una vez un bru…».
«Los chicos eran muy bu…».
«Se curaron con la vacú…».
Walsh deja las palabras incompletas y el
oyente las termina antes de escucharlas.
Hay que anticipar.
Reconocer.
Recordar.
Mientras dentro de Gulubú el hechizo
interfiere en la inteligencia de los niños, la canción está haciendo trabajar
la inteligencia del niño que escucha.
Nuestro documento había detectado esta
paradoja con especial acierto.
El hechizo hace olvidar. La canción
obliga a recordar.
Y todavía hará algo más.
Preguntará.
«¿Y
saben lo que pasó?»
La historia podría continuar directamente.
Pero la voz se detiene:
«¿Y
saben lo que pasó?
¿Y saben lo que pasó?»
El brujo nunca pregunta.
Hace.
Dispone.
La voz de la canción, en cambio, deja un
espacio para el otro.
No parece gran cosa, pero ahí se
distinguen dos formas completamente diferentes de relacionarse con alguien. Una
actúa sobre él. La otra lo reconoce como interlocutor.
En la interpretación de Rosa León ese
instante adquiere además una vida propia. Los niños responden juntos:
«¡NOOOOOOO!»
No conviene convertir ese «no» en lo que
no es. No están rechazando políticamente al brujo. Sencillamente están diciendo
que no saben qué ocurrió.
Y quizá precisamente por eso la escena sea
tan bonita.
Acabamos de escuchar que una vaca ha
perdido la voz. Ahora unos niños reales hacen oír la suya.
Y pueden decir:
no sé.
No necesitan fingir.
Nadie los reprende.
La narración continúa desde ese
reconocimiento.
Una verdadera educación necesita también
ese espacio: poder preguntar, poder responder y poder admitir que todavía no
sabemos.
«Pero
un día…»
Entonces la canción cambia.
«Pero
un día llegó el doctorrrrr
manejando un cuatrimotorrrrr».
Dos expresiones pequeñas abren una grieta
en la repetición.
Pero.
Un día.
Hasta ese momento Gulubú parecía condenado
a reproducir siempre la misma lógica. El brujo actuaba y los demás padecían.
Ahora existe un acontecimiento.
Hay un antes.
Habrá un después.
Y en la interpretación aparece aquella r
prolongada que resulta imposible separar de la canción:
doctorrrrr…
cuatrimotorrrrr…
La palabra empieza a sonar como el motor
que nombra.
En nuestras notas aparecía una intuición
especialmente sugerente: mientras el mundo de Gulubú está marcado por el
bloqueo, el sonido introduce movimiento.
No necesitamos convertir esa vibración en
un símbolo político deliberado.
Es suficiente atender a la escena.
Hasta ahora teníamos silencio y
repetición.
Ahora algo llega.
Existe un afuera.
Gulubú descubre que su hechizo no ocupa
todo el horizonte.
Quizá una de las formas más profundas de
inmovilidad aparezca cuando dejamos de creer que otra realidad es posible. Ya
no hace falta que alguien nos diga continuamente «no puedes». Basta con que
hayamos interiorizado algo más fuerte:
«Nada va a cambiar».
Entonces el simple ruido de algo que se
acerca contiene ya una promesa.
Todavía no ha sucedido la curación.
Pero la historia ha vuelto a moverse.
Un
médico, no otro mago
¿Por qué un médico?
Walsh podría haber enviado a un hada, una
bruja buena o un hechicero más poderoso. Habría encajado perfectamente en la
historia.
No lo hace.
Llega alguien cuya tarea consiste en curar.
Esta diferencia cambia todo el relato.
Otro brujo más fuerte habría mantenido
intacta la lógica anterior. El problema habría terminado porque un poder mayor
habría vencido a otro menor.
Pero entonces Gulubú sólo habría cambiado
de amo.
Las notas de trabajo habían llegado muy
pronto a esta intuición: no hace falta un brujo superior; hace falta otra
lógica.
El brujo y el médico poseen capacidades
que los demás no tienen, pero las usan de maneras distintas.
Uno dispone.
El otro cuida.
Uno reduce las posibilidades de los otros.
El otro intenta devolverlas.
Y entonces la pregunta deja de ser
exclusivamente política.
Cualquiera puede tener algún tipo de poder
en la vida de alguien.
Un padre.
Un profesor.
Un sacerdote.
Un médico.
Un responsable.
Una persona a quien otra ha confiado una
fragilidad.
La cuestión decisiva no es sólo cuánto
poder poseemos, sino qué hacemos con la vida del otro cuando, de alguna
manera, queda en nuestras manos.
¿Necesitamos adaptarlo a nosotros?
¿O conseguimos ayudarlo sin apropiarnos de
él?
El documento terminaba llegando
precisamente a esa alternativa: disponer o cuidar y dejar ser.
«Todas
las brujerías se curaron»
También aquí el lenguaje importa.
No dice que fueran aplastadas.
Ni vengadas.
Ni exterminadas.
«Se curaron».
La palabra introduce una lógica nueva.
La vaca no recibe una identidad distinta.
Recupera su voz.
Los niños no son sustituidos. Recuperan
sus posibilidades.
Gulubú no tiene que ser destruido para
volver a empezar.
La vida puede sencillamente volver a
funcionar.
Hay una enorme sobriedad en esta forma de
imaginar la liberación.
A veces pensamos los grandes cambios
mediante imágenes heroicas. Sin embargo, muchas curaciones reales terminan en
cosas bastante pequeñas:
alguien vuelve a hablar;
un niño vuelve a aprender;
una persona deja de vivir pendiente del
miedo;
una relación recupera un espacio que
parecía perdido.
No ocurre nada espectacular.
La vida vuelve a parecer vida.
«Uno
y único en Gulubú»
Queda todavía alguien.
«Ha
sido el brujito el ú,
uno y único en Gulubú,
que lloró, pateó y mordió
cuando el médico lo pinchó».
La canción insiste: uno y único.
Él reacciona de manera distinta.
Y quizá sabemos por qué.
Los demás tienen algo que recuperar.
El brujo tiene algo que perder.
Para la vaca, dejar atrás el hechizo
significa volver a tener voz.
Para los niños, recuperar capacidades.
Para el brujo, significa que se termina
aquello que le permitía disponer de todos.
Una misma transformación puede ser vivida
por unos como recuperación y por otro como amenaza. Esa intuición estaba ya
claramente formulada en las notas de trabajo.
Walsh, además, construye una pequeña
escalada.
Lloró.
Pateó.
Mordió.
El malestar se convierte en resistencia y
la resistencia termina dirigiéndose contra quien está poniendo fin al daño.
La escena hace reír a un niño.
Un adulto puede reconocer algo más
incómodo.
No siempre queremos ser curados de aquello
que, de alguna manera, nos beneficia.
Una familia puede comenzar a establecer
relaciones más sanas y alguien sentir los nuevos límites como una agresión.
Una comunidad puede recuperar espacios de
libertad y quien estaba acostumbrado a decidir por todos experimentar la
autonomía ajena como una pérdida.
Una persona puede querer profundamente que
su vida cambie y descubrir que no quiere tocar precisamente aquello que tendría
que cambiar.
Queremos que desaparezcan determinadas
consecuencias.
No siempre estamos dispuestos a renunciar
a lo que las produce.
Tampoco
el brujo es destruido
Y aquí la canción evita un final demasiado
sencillo.
No lo eliminan.
No desaparece bajo otro hechizo.
El médico lo pincha también a él.
Eso no borra la diferencia entre quien ha
causado el daño y quienes lo padecieron. No son posiciones moralmente
equivalentes.
Pero tampoco el responsable queda reducido
para siempre a aquello que hizo.
En las notas había aparecido una expresión
especialmente fecunda: el brujito también necesita ser liberado de sí mismo.
Ahí se abre una cuestión difícil.
Terminar con el mal sin reproducir su
lógica.
Hacer justicia sin convertir la justicia
en venganza.
Reconocer la responsabilidad sin negar la
posibilidad de que una persona llegue a ser algo distinto de sus peores actos.
No siempre sabemos hacerlo.
Pero quizá una sociedad verdaderamente
libre tenga que aprender también eso.
«Y
después se marchó el doctor»
Al final cambia la fórmula.
Ya no escuchamos que el médico llega.
«Y
después se marchó el doctor
manejando un cuatrimotor».
Puede parecer un detalle narrativo.
No lo es.
El médico no se queda como nuevo dueño de
Gulubú.
No utiliza la gratitud para construir
dependencia.
No reclama el centro.
Se marcha.
En las notas habíamos visto en ese gesto
una forma especialmente limpia de autoridad: ayudar sin colonizar, acompañar
sin apropiarse del ayudado.
Un buen padre no educa para conservar
eternamente un niño.
Un maestro no enseña para que su alumno
nunca pueda pensar sin él.
Un acompañante espiritual no debería hacer
de sí mismo una condición permanente para que el otro pueda discernir.
Una autoridad que sirve de verdad no
necesita mantenerse indispensable.
Hay ayudas cuyo éxito se reconoce
precisamente cuando llega el momento en que pueden retirarse.
Y entonces comienza la parte que la
canción ya no cuenta.
Gulubú se queda solo.
Tiene que aprender a vivir.
Después
de una dictadura o sometimientos también
hay
que aprender a ser libre
En la España de los años setenta, la
interpretación de Rosa León podía hacer resonar esta historia de una manera
particular.
Pero una canción sobre voces perdidas,
memoria dañada, arbitrariedad, movimiento y curación podía escucharse de otro
modo en una sociedad que llevaba décadas bajo un régimen autoritario.
Porque cambiar unas instituciones no
transforma automáticamente todo lo que las personas han aprendido durante años.
Puede permanecer el miedo a hablar.
La autocensura.
La sospecha ante la discrepancia.
La necesidad de que alguien diga siempre
qué conviene pensar.
La inseguridad cuando llega el momento de
asumir la propia responsabilidad.
Una dictadura puede terminar jurídicamente
antes de que una sociedad haya aprendido interiormente a vivir en libertad.
Y entonces cantar a los niños deja de
parecer un entretenimiento menor.
Tal vez no sea necesario explicarles
todavía una teoría política.
Puede sembrarse algo más elemental:
que no es normal perder la voz;
que olvidar nos hace vulnerables;
que una pregunta merece una respuesta;
que decir «no sé» no es una humillación;
que las cosas pueden comenzar a moverse;
que tener autoridad no obliga a dominar;
que quien ayuda puede marcharse.
Y, sobre todo, que vivir libremente exige
aprender a sostener la propia libertad cuando ya no hay nadie diciendo a cada
momento qué debemos hacer.
La
propia canción estaba rompiendo el hechizo
Al mirar hacia atrás aparece una pequeña
arquitectura que quizá había pasado inadvertida.
El brujo provoca silencio.
La canción hace cantar.
Provoca olvido.
La canción crea memoria a través de
la repetición.
Entorpece a los niños.
La canción les pide anticipar y
completar.
Actúa sobre los demás.
La canción pregunta.
Aísla.
Los niños responden juntos.
Inmoviliza.
El doctorrrrr y el cuatrimotorrrrr
introducen movimiento.
Domina.
El médico cura y se marcha.
Entonces se comprende algo que quizá
constituye el corazón del relato:
la canción no se limita a contar
cómo se rompe un hechizo. Su propia forma comienza ya a deshacerlo.
Por eso quizá algunas de sus intuiciones
podían aprenderse antes de ser comprendidas.
Un niño no conoce todavía una teoría sobre
la autoridad.
Pero ha visto al médico marcharse.
No conoce el concepto de censura.
Pero sabe que una vaca muda necesita
recuperar la voz.
No sabe qué significa inmovilismo.
Pero oye un motor.
No conoce la resistencia al cambio.
Pero ve al brujito llorar, patear y morder
cuando el pinchazo llega a él.
La imaginación llega mucho antes que las
palabras con las que algún día intentaremos explicar todo eso.
Cuando
la libertad no consiste solamente
en
que nadie mande sobre nosotros
Para quien escucha la canción desde la fe
cristiana aparece al final una resonancia que no necesita convertir a María
Elena Walsh en autora de una alegoría religiosa.
Jesús utiliza también la imagen del
médico:
«No necesitan médico los sanos, sino los
enfermos» (Mc 2,17).
No porque el doctor de Gulubú sea una
representación escondida de Cristo. La relación es más sencilla: ambas imágenes
recuerdan que hay realidades dañadas que necesitan curación y que reconocerlo
forma parte del comienzo.
Pero la experiencia cristiana añade algo
importante a nuestra reflexión sobre la libertad.
Ser libre no significa solamente haber
dejado de estar sometido a alguien.
Podemos haber roto una dependencia
exterior y seguir siendo esclavos de nuestros resentimientos, miedos,
vanidades, necesidades de control o deseos de imponernos.
La libertad cristiana no termina cuando
desaparece el brujo de fuera.
Tiene que aprender poco a poco a orientar
la propia vida hacia el bien.
Eso exige discernir.
Elegir.
Renunciar.
Aceptar límites.
Reconocer la verdad incluso cuando no
coincide con nuestros deseos.
Y ahí el personaje más incómodo de la
canción vuelve a ser el brujito.
Es bastante fácil desear que Dios cure
aquello que nos hace sufrir.
Más difícil es aceptar que la curación
alcance aquello de lo que nosotros obtenemos alguna ventaja.
Queremos que cambien los demás.
Que cambie la sociedad.
Que cambie la Iglesia.
Que cambie nuestra familia.
Que cambien las circunstancias.
Hasta que la aguja se acerca a nosotros.
Y entonces conocemos otras maneras de
llorar, patear y morder.
Nos justificamos.
Nos defendemos.
Nos aferramos.
Llamamos ataque a una verdad que nos
incomoda.
Confundimos libertad con que nadie
cuestione nuestros deseos.
Quizá por eso la pregunta espiritual más
incómoda que deja esta canción no sea quién necesita ser curado.
Sea ésta:
¿qué parte de mí desea la curación
mientras el pinchazo sea para otro?
Cuando
el cuatrimotor se aleja
Durante buena parte de la canción resulta
fácil reconocernos en las víctimas.
Todos hemos callado alguna vez cuando
queríamos hablar.
Todos hemos olvidado algo que no
deberíamos haber olvidado.
Todos hemos terminado aceptando como
normal alguna situación simplemente porque llevábamos demasiado tiempo dentro
de ella.
Pero la última estrofa cambia el espejo.
También podemos parecernos al brujo.
Cuando utilizamos una posición para
disponer de alguien.
Cuando confundimos acompañar con
controlar.
Cuando necesitamos que una persona siga
dependiendo de nosotros.
Cuando su libertad empieza a incomodarnos.
Cuando deseamos el cambio con una
condición: que no tenga que cambiarnos.
Por eso quizá no convenga terminar
preguntándonos:
«¿Quién
es hoy el brujito de Gulubú?»
Siempre encontraremos a alguien.
Puede resultar más difícil preguntarse qué
parte de nuestra vida necesita recuperar la voz, qué hemos olvidado, qué
deformaciones hemos terminado normalizando y qué hacemos con la libertad de
aquellos sobre quienes tenemos alguna responsabilidad.
Y queda todavía aquella última imagen.
El médico se marcha.
El ruido del cuatrimotor comienza a
alejarse.
No queda ningún salvador instalado en el
centro de Gulubú. Tampoco debería quedar nadie esperando otro brujo que le diga
cómo vivir.
Queda una comunidad que tendrá que
aprender a hablar, recordar, decidir, equivocarse, corregirse y convivir.
Queda la libertad.
No como una puerta que se atraviesa una
vez para siempre, sino como una forma de vivir que hay que aprender cada día.
Tal vez sólo entonces podamos decir que el
hechizo ha terminado de verdad: cuando recuperamos la voz sin usarla para
silenciar a otro, cuando aprendemos sin convertir lo aprendido en superioridad,
cuando ejercemos una responsabilidad sin apropiarnos de quien depende de
nosotros y cuando ya no necesitamos ni un brujo que decida por nosotros ni un
médico que se quede para siempre a nuestro lado.
El cuatrimotor ya casi no se oye.
Gulubú queda atrás.
Y empieza la tarea más difícil: vivir
como personas libres.

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