sábado, 14 de febrero de 2026

Homilía del Domingo VI del Tiempo Ordinario, ciclo a - «En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».

 

Homilía del Domingo VI del Tiempo Ordinario, ciclo a

Mt 5, 17-37 «En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».

  

Hay una pregunta que aparece muchísimo —en creyentes y en no creyentes— cuando se asoman al Antiguo Testamento: “Pero… ¿cómo pueden ser Palabra de Dios ciertas páginas?”. Páginas donde asoma la violencia, donde se respira dureza, donde incluso parece que a Dios se le cuelgan acciones u órdenes que no encajan con lo que después veremos en Jesús de Nazaret. Y entonces viene el impulso de borrón y cuenta nueva: “Esto habría que quitarlo”. Como si por un lado estuviera Moisés con la Torá y, por otro, Jesús viniendo a desmentirlo todo. Pero así lo entendemos mal.

 

La Biblia no es un bloque caído del cielo:

Es un camino de Dios con su pueblo.

Para algunos —y así lo vive el judaísmo— el Antiguo Testamento es la última palabra definitiva que Dios dijo a su pueblo: “Ya está todo dicho; no hay nada que añadir”. Y desde esa lógica se tiende a leerlo de modo literal, como quien dice: “Aquí pone esto, pues se hace esto”. No puedo comerme unas buenas morcillas de Burgos porque el alma del cerdo (que está en la sangre) entraría dentro de mí; dicho en broma, en algunos no se les notaría mucho. Algo parecido —solo como comparación— a la idea de un texto definitivo que no necesita interpretación, sino cumplimiento.

 

El Antiguo Testamento no es un “código penal”:

Es una historia de maduración.

Los cristianos nos acercamos de otro modo. Para nosotros, el Antiguo Testamento no es, ante todo, un “código cerrado” para cumplirlo al milímetro, como si fuera el manual de instrucciones de un electrodoméstico (y aun así, reconozcámoslo, a veces ni el manual lo entendemos a la primera). Es el relato de un camino; el recorrido largo y trabajoso de maduración espiritual de Israel. Dios fue educando a su pueblo con los patriarcas, con la palabra de los profetas, con la oración de los salmistas, con la sabiduría de quienes fueron acompañando al pueblo a lo largo de los siglos.

Y lo educó también en la vida real; en una historia con guerras, injusticias, tentaciones e infidelidades. Estos libros nos cuentan cómo Israel fue descubriendo, paso a paso, el verdadero rostro de Dios, y al mismo tiempo cómo fue comprendiendo qué significa ser un hombre auténtico.

Por eso no nos debería sorprender la “progresividad”. Al inicio, Israel atribuye a Dios rasgos que se parecen a los de otras divinidades del antiguo Oriente: un Dios guerrero que pelea al lado de su pueblo, un aliado fuerte, un legislador, un juez severo que castiga al que rompe la norma. Esa era la manera de pensar de la época, el lenguaje religioso con el que se movían. Pero Israel no se queda ahí: poco a poco va descubriendo un rostro más tierno. Lo reconoce como pastor, como enamorado, como esposo, como padre. Es un descubrimiento gradual del Dios vivo.

 

Jesús no viene a tachar páginas:

Viene a encender la luz plena.

Y aquí está lo decisivo: Jesús no vino a desmentir el camino espiritual de su pueblo, como si dijera “todo eso estaba mal”. Vino a llevarlo a su cumplimiento, a encender la luz plena sobre el rostro de Dios y sobre el rostro del hombre verdadero. En el Calvario aparece con claridad total la belleza de Dios: Dios es amor y solo amor. Más grande que esa revelación ya no se puede ir: no existe un amor mayor que el de quien entrega la vida.

Y lo mismo sucede con la imagen del hombre. En la Biblia aparecen comportamientos morales que, al comienzo, se parecen a los de otros pueblos. Pero hay maduración. La Torá señala una dirección justa: no matar, no robar, no cometer adulterio, honrar al padre y a la madre. Son indicaciones bellas y verdaderas. Jesús no podía desmentirlas, claro. Pero tampoco se detuvo ahí: nos mostró el horizonte último, que es el amor sin condiciones, la disponibilidad a dar la vida incluso por el enemigo. Más allá de ese amor no se puede ir.

 

De “no hagas esto” a “ama así”:

El salto cristiano.

Pensemos en un ejemplo sencillo: Cuando uno es pequeño, aprende reglas básicas para no hacerse daño y no dañar a los demás: “no cruces en rojo”, “no metas los dedos en el enchufe”, “no pegues”. Es bueno y necesario. Pero, si ya somos adultos, no nos basta con “no hacer el mal”: se nos invita a dar un paso más, a aprender a amar de verdad, a elegir el bien, a cuidar, a perdonar. No es que lo primero estuviera mal; es que era el comienzo de un camino. Algo parecido pasa con la pedagogía de Dios en la historia.

Así que el Antiguo Testamento tiene un objetivo que es ser una preparación necesaria para comprender y acoger la luz plena que trae Jesús de Nazaret. Y ahora podemos preguntarnos, con sinceridad: cuando leemos esas páginas difíciles, ¿las usamos como excusa para “tachar” la Biblia… o nos dejamos educar por el camino que conduce a la plenitud del amor? Aún recuerdo lo que me decía un amigo: Si tuviéramos que arrancar hojas de la Biblia porque nos resultasen molestas o incomprensibles, nos quedaríamos únicamente con las cubiertas.

 

Jesús no viene con una excavadora:

Viene con una lámpara.

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos»

 

En un momento decisivo de su vida pública, Jesús sintió la necesidad de poner las cartas sobre la mesa respecto al Antiguo Testamento. Y lo dijo con una frase que corta el aire: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud».

¿Por qué algunos pensaban que él estaba “demoliendo” las Escrituras? La razón es sencilla: Jesús empezó a hablar del Reino de Dios de una forma que descolocaba a muchos. Lo habíamos oído estas semanas: “Felices los pobres, los mansos, los que lloran, los perseguidos…” (cfr. Mt 5, 3-12). Y, claro, eso no era lo que gran parte de Israel esperaba escuchar.

         Ellos aguardaban un reino glorioso, un Israel rico, fuerte, poderoso, por encima de los demás pueblos. Y lo importante es esto: no era una fantasía improvisada. Esas esperanzas se habían alimentado durante siglos con textos que hablaban de pueblos y reyes trayendo regalos y tributos, como signo de reconocimiento y grandeza (cfr. Sal 72). También Isaías imagina a Jerusalén con las puertas abiertas “día y noche” para que entren las riquezas de las naciones, con reyes extranjeros al servicio de ese plan (cfr. Is 60). Con ese horizonte en la cabeza, cuando llega Jesús diciendo “grande es el que sirve”, es normal que a muchos les saltaran las alarmas.

 

Dios cumple sus promesas…

pero suele romper nuestros cálculos.

Parecía que Jesús les estaba dando la vuelta a sus expectativas: grande no es el que domina, sino el que sirve; no el que sube aplastando, sino el que baja para levantar. Y los primeros en quedarse escandalizados —casi siempre pasa así— no fueron “los de fuera”, sino los de casa: sus propios discípulos. Incluso Juan el Bautista, que lo había anunciado, llega a quedarse desconcertado. Jesús le manda un mensaje, como diciendo: “No te tropieces conmigo; hay que entender bien estas Escrituras”. Dios cumple sus promesas, sí… pero con una profundidad que desborda lo que nosotros imaginábamos.

         Es como cuando tú te montas una película mental perfecta y la realidad no sigue tu guion. Y descubres que el problema no era la realidad: era tu guion. Con Dios pasa mucho: no es que no cumpla; es que cumple “más grande” y “más hondo”.

 

Ni una yota se pierde:

el cumplimiento sorprende.

Por eso Jesús insiste con una imagen contundente: «En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».

Y aquí conviene entender bien la expresión: la palabra yota alude a la letra griega ιώτα (ióta), famosa por su tamaño diminuto. Y, en el trasfondo hebreo, la idea se comprende también en referencia a la י (yod), la letra más pequeña del alfabeto hebreo. Luego Jesús añade “ni un trazo” (a veces traducido como “tilde” o “apéndice”): ese pequeño rasgo gráfico que, siendo mínimo, distingue una letra de otra. Es decir, la Palabra de Dios no se anula, no se borra, no se cancela: ni lo más pequeño queda en el aire. Todo se realiza… pero de un modo que no esperábamos.

         Y, a la vez, Jesús afirma algo que puede sonar provocador: llama “mínimos” a los preceptos del Antiguo Testamento. No porque sean falsos, sino porque son mínimos comparados con lo que él está a punto de proponer. Reconoce que existe una justicia real y buena: la de los escribas y fariseos, la de quienes practican con sinceridad los mandamientos. Pero añade: hace falta ir más allá.

 

Lo mínimo te hace correcto;

el Reino te hace nuevo.

Jesús viene a decirlo sin anestesia: “Si os quedáis en esa justicia, os quedaréis siendo buenos judíos… pero no habréis puesto ni un pie en el mundo nuevo, en el Reino de Dios que yo inauguro”. Es fuerte, sí, pero es clarísimo: no basta con “cumplir”; hay que entrar en una vida transformada.

Pensemos en un ejemplo sencillo. Es como conformarse con “no suspender” una amistad: no insulto, no traiciono, no hago daño… perfecto. Pero una amistad verdadera no se sostiene solo con “no hacer el mal”. Vive de un paso más: cuidar, escuchar, perdonar, ponerse en el lugar del otro. Eso no contradice lo primero; lo lleva a su plenitud. Pues así plantea Jesús el salto: del mínimo correcto al horizonte último del amor.

         Entonces introduce seis ejemplos concretos de ese “salto hacia delante” que es necesario dar: el Antiguo Testamento señaló la dirección, y ahora Jesús va a mostrarnos el horizonte final, más allá del cual ya no se puede ir. ¿Estamos listos para aceptar el primer paso?

 

La vida no se negocia:

“no matarás” sin letra pequeña.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego».

         «No matarás». Este es uno de los Diez Mandamientos. Y tal como está formulado este mandamiento en hebreo, no admite excepciones.

En hebreo bíblico hay dos partículas muy frecuentes para negar, y no suenan igual: אַל (ál) y לֹא (ló).

Dicho sin tecnicismos: אַל (ál) suele aparecer en prohibiciones más exhortativas o puntuales, del tipo “no lo hagas ahora”, “no te metas ahí”, “no vayas por ese camino… en este momento”. Suena a advertencia inmediata, como cuando estás a punto de contestar con el calentón a un mensaje y alguien te frena: “¡No, no respondas así ahora! Respira y luego hablamos”. Es un “no” que te protege del impulso.

En cambio, לֹא (ló) es la negación del lenguaje más estable y normativo: marca un “no” de fondo, sin fecha de caducidad. No es “no lo hagas hoy”; es “esto no se hace”. Sería como esos límites que definen una vida humana: “no se roba”, “no se traiciona”, “no se juega con la dignidad del otro”. No dependen del día que tengas ni de cómo te hayan hablado.

         Por eso, cuando el mandamiento dice “no matarás”, la fórmula hebrea es לֹא תִּרְצָח (ló tirtsáḥ). Es decir: “tú no matarás” sin letra pequeña, sin “salvo en tal caso”, sin “depende del contexto”. Es un límite absoluto.

 

La vida del hermano es sagrada:

Es la imagen de Dios.

Este mandamiento se recuerda varias veces en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en el Génesis, después del diluvio, Dios dice que pedirá cuentas de nuestra sangre, es decir, de nuestra vida: pedirá cuentas a todo ser viviente y pedirá cuentas al hombre por la vida del hombre, a cada uno por su hermano, porque el ser humano ha sido hecho a imagen de Dios (cfr. Gn 9).

La imagen es potentísima: como un alfarero, Dios, con el polvo de la tierra, se ha “hecho” su estatua. En el mundo, la “estatua” de Dios es el ser humano. No hay otra imagen más sagrada. Por eso —viene a decir el texto— esa estatua no se toca. Hasta ahí ha llegado el Antiguo Testamento: a proteger la vida con una seriedad total.

 

Jesús no contradice:

te muestra el salto del Reino.

Y entonces Jesús introduce su palabra: «Pero yo os digo». En griego lo expresa así: «ἐγὼ δὲ λέγω ὑμῖν»; “ahora bien, yo os digo a vosotros…”

 

Atención, porque si lo traducimos mal puede parecer que Jesús está enfrentando su palabra a la Escritura. Pero el sentido no es “yo contra la Ley”, sino “ahora os muestro el paso adelante”. No viene a demoler lo anterior, sino a llevarlo a plenitud: a enseñarnos qué significa de verdad vivir según el Reino.

Y aquí viene el salto: Jesús presenta dos ejemplos de cosas que quizá no se consideraban “homicidio” según una lectura mínima, pero que para él ya lo son.

Hay homicidios sin sangre:

La ira también mata por dentro.

El primero es la ira: quien se irrita contra su hermano. Eso, para Jesús, puede ser ya una forma de homicidio. ¿Qué entiende por ira? La conocemos bien. Es una pulsión que Dios ha puesto en nosotros y puede ser valiosa: ante el mal y la injusticia, despierta rechazo, protesta, energía para defender el bien. De hecho, quien nunca se indigna ante el mal… quizá debería preguntarse si todavía ama de verdad.

La ira divina y la ira humana.

En la Biblia se habla muchas veces de la ira de Dios. Eso significa que Dios no es indiferente frente al mal: si lo fuera, no amaría. También el Bautista menciona esa ira. Pero la ira de Dios no es capricho ni violencia: es su amor actuando para salvar.

¿Cuál es el problema? Que nuestra ira se nos escapa con facilidad. Se transforma en odio y desemboca en agresión, en violencia contra el hermano. Esto a Dios no le sucede: su “ira” es el impulso que lo mueve a intervenir para rescatar al hombre del mal. Nosotros, en cambio, desde pequeños tenemos que aprender a gobernar esa fuerza. Es muy bello lo que dice la carta a los Efesios: «Si os dejáis llevar de la ira, que no sea hasta el punto de pecar y que vuestro enojo no dure más allá de la puesta de sol» (cfr. Ef 4, 26).

La ira debería dirigirse contra el mal, no contra la persona. Pero nosotros caemos muchas veces en el error de identificar el mal con quien lo comete. Pensamos que eliminamos el mal eliminando a la persona. Y a veces ni siquiera hace falta tocarla físicamente: en el corazón ya la hemos “matado”. “Qué bien estaría el mundo si esta persona no existiera…”. Eso ya es homicidio interior, porque por dentro hemos querido borrarla. Por eso dice Jesús: vigila la ira, porque puede llevarte al homicidio.

 

La lengua también mata:

insultar es “borrar” al hermano.

El segundo ejemplo es el insulto: quien le dice a su hermano רֵיקָא (reqá), “cabeza vacía”; quien lo llama נָבָל (navál), “necio”, “idiota”. Son homicidios con la lengua. Porque se mata con la lengua: con chismes, maledicencias, calumnias, inventando cosas contra el hermano… y a veces incluso diciendo verdades que no construyen. Hay verdades que, dichas sin amor, no curan: hieren.

Por eso hay que vigilar la lengua, porque también con la lengua se mata. Lo decimos incluso nosotros: mata más la lengua que la espada. Y, por desgracia, cedemos a menudo a estas pulsiones homicidas.

De ahí la necesidad de la reconciliación con el hermano. Y para Jesús esa reconciliación tiene prioridad absoluta. Para que nos entre de verdad, recurre a una imagen paradójica.

 

La reconciliación no se deja para después:

va primero.

«Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo». 

Los rabinos habían llegado a fijar que la oración no podía interrumpirse… ni siquiera si una serpiente se te enroscaba en la pierna. Imagínatelo: tú rezando con toda devoción y la serpiente haciendo de “tobillera” viva. Pues bien: Jesús usa una imagen todavía más paradójica para que entendamos la prioridad absoluta de la reconciliación.

Dice, en esencia: “No solo puedes interrumpir la oración: debes interrumpir incluso el sacrificio que estás ofreciendo en el templo para ir primero a reconciliarte con tu hermano”. Es como si dijera: “Detén lo más sagrado que estás haciendo, porque hay algo sagrado que no puedes pisotear: la comunión con el hermano”.

 

No es “tengo algo contra ti”:

es “tú tienes algo contra mí”.

Ahora bien, conviene entender con precisión qué está pidiendo Jesús. No dice: “si tú tienes algo contra tu hermano”. Porque puede pasar que alguien me haya hecho daño; yo no debo guardar rencor, y si un día necesita ayuda, yo estoy llamado a ayudarle… aunque por dentro todavía me cueste y “algo” me quede.

Jesús apunta a otra situación más exigente: «de que tu hermano tiene quejas contra ti», es decir, si has sido tú quien le ha hecho un agravio. Entonces no hay escapatoria piadosa: debes interrumpir incluso el sacrificio del Templo y salir al encuentro para reconciliarte. En otras palabras; no se trata de poner buena cara a la liturgia mientras dejamos una herida abierta que nosotros mismos causamos.

 

La vida es camino:

Reconcíliate mientras hay tiempo.

Y por eso añade la urgencia: «Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida». Fíjate en la palabra: un hermano que, por los daños y las heridas, se ha convertido en “adversario”. Y Jesús remacha; «mientras vais todavía de camino».

El “camino” es nuestra vida. El Nuevo Testamento insiste en que aquí estamos de paso: esta no es una morada definitiva; somos peregrinos. Y, en ese peregrinar, puede suceder lo más triste y lo más común: que el hermano termine siendo rival. Jesús dice: “no esperes”. No lo dejes para “cuando se me pase”, para “cuando haya un momento”, para “cuando el otro cambie”. Hazlo pronto, mientras todavía estás a tiempo de caminar hacia el otro.

Para que nadie piense que esto es solo una frase bonita, basta mirar a los primeros cristianos. En la comunidad de Antioquía de Siria circulaba un librito muy antiguo, la Διδαχή (didajé), que lo dice sin rodeos: si el domingo estás en discordia con alguien, no te unas a la comunidad hasta haberte reconciliado, para que el sacrificio no quede “contaminado”. Si hay rencor entre hermanos, algo se ensucia en la ofrenda de todos.

Y dos siglos después, por aquella misma zona, un obispo daba a sus compañeros un consejo muy práctico. Como ellos eran quienes solucionaban los conflictos de la comunidad, les decía: “pronunciad las sentencias el lunes; así tendréis hasta el sábado para arreglar los desacuerdos, y el domingo podréis reuniros reconciliados para la Eucaristía”.

En el fondo, Jesús nos está diciendo esto: no me traigas un culto impecable con relaciones rotas. Primero el hermano. Primero la paz. Y entonces, sí: la celebración respira de verdad.

 

El adulterio no empieza en la cama,

empieza en el corazón.

«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”».

Jesús da un segundo paso, muy incómodo y muy liberador. «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”». La Torá llamó adulterio a toda relación sexual fuera del vínculo conyugal, y no por puritanismo, sino por una convicción grande.

Dios quiso que el amor entre esposo y esposa tuviera el sello de lo único, lo total, lo fiel, lo definitivo. No es un capricho divino ni una norma para fastidiarnos la vida. Es que el amor, si es amor, tiende a ser entero. Cuando se parte, cuando se negocia a trozos, no “madura”. Se encoge. El adulterio no hace crecer. Hace retroceder. Deshumaniza.

La pregunta, entonces, nos pone nerviosos. ¿Basta con “no hacerlo” para quedarnos tranquilos? Para quien se contenta con lo mínimo, sí. Para Jesús, no.

«Pero yo os digo». Y aquí conviene respirar, porque Jesús no vive una santidad de cuello rígido, como si la pureza consistiera en caminar por la vida mirando al suelo para no “ver a nadie”. Él se relaciona con las mujeres con libertad, con respeto, con cercanía, y con un corazón limpio. El problema no es mirar. El problema es el “para qué” de la mirada.

 

El problema no es el deseo,

es la posesión.

Cuando Jesús habla de mirar para desear, no está demonizando el deseo humano como si fuera sucio. Señala otra cosa, mucho más fina. Señala el deseo como posesión. Esa mirada que, sin decirlo, piensa “esto me lo quedo”, “esto lo consumo”, “esto me lo merezco”. La mirada que reduce a la persona a objeto, como si el otro fuese un producto y no un rostro. Ahí empieza el adulterio, en la conciencia, antes de cualquier gesto exterior. Esa es la justicia superior del Reino. No se queda en la letra. Llega al corazón. Porque el Reino no se construye solo con manos correctas, sino con corazones verdaderos.

 

El ojo, la mano y el pie.

Tres lugares donde se decide si amamos

o nos apropiamos.

El ojo.

La pureza de la mirada no es “no mirar”,

es mirar sin poseer.

Jesús no nos pide una vida con los ojos cerrados, como si la santidad fuera ir por el mundo como un GPS averiado que solo dice “recalculando”. Lo que Jesús quiere es pureza en la mirada. Y pureza no significa falta de deseo, sino libertad interior.

Porque “ver” puede convertirse en otra manera de poseer. Y esto se nota especialmente en el campo de la sexualidad. Hay miradas que no contemplan, sino que devoran, y hay otras miradas “que matan”. Porque hay francotiradores que no precisan de un rifle de precisión. No se acercan a una persona como a un misterio sagrado, sino como a un objeto disponible. La persona deja de ser “tú” para convertirse en “algo para mí”. Por eso Jesús va a la raíz y sitúa el adulterio en el corazón antes de cualquier gesto exterior.

«Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón». Y cuando habla del “ojo que escandaliza”, no está invitando a la mutilación, sino a sanar el criterio interior que nos hace tropezar.

Y cuando especifica «ojo derecho», no está haciendo anatomía, está haciendo teología con una imagen. En la Biblia, la “derecha” suele simbolizar fuerza, primacía y honor. La “diestra” es lo más valioso, lo más eficaz, lo que uno considera imprescindible (cfr. Ex 15, 6; Sal 118, 16; Mt 25, 33). Jesús está diciendo que, si incluso lo que tú consideras tu punto fuerte se convierte en tropiezo, tendrás que soltarlo. El Reino vale más que nuestras “ventajas”.

 

La mano.

Fue hecha para servir,

no para agarrar.

La mano, en el lenguaje bíblico, representa lo que hacemos. Y aquí Jesús nos coloca delante una verdad muy concreta. La mano está hecha para ayudar al hermano, no para aprovecharse del hermano. Para sostener, no para manipular. Para entregar, no para retener. Por eso la Escritura pide trabajar «para tener qué compartir con el necesitado» (cfr. Ef 4, 28), y por eso Jesús habla de cortar lo que conduce al mal como un modo de proteger la vida entera.

Y aquí viene una frase que resume mucho. Todo aquello que no entregamos al Señor termina pudriéndose. No porque Dios sea vengativo, sino porque cuando retenemos lo que debía circular, se corrompe. Es como el agua estancada. No hace falta que nadie la maldiga. Se pudre sola.

Por eso el desierto es una escuela brutalmente pedagógica. El maná se recibía día a día. Y algunos israelitas, por miedo o avaricia, quisieron guardar más de la cuenta, como si Dios fuera a fallarles mañana. ¿Qué pasó? Que lo acumulado se llenó de gusanos y se pudrió (cfr. Ex 16, 19-20). No fue un “castigo teatral”. Fue una lección espiritual. Cuando conviertes el don en posesión, el don pierde su sabor, su frescura, su vida. Lo que debía ser alimento se vuelve basura.

 

El pie.

La conducta marca el rumbo

y la comunidad paga el precio.

Aquí conviene precisar un detalle. Es Mateo quien no menciona el pie en este punto. Quien sí lo menciona es Marcos, y lo hace con fuerza, porque el pie representa el rumbo de la vida, por dónde caminamos y hacia dónde nos están llevando nuestros pasos (cfr. Mc 9, 45).

Y aquí la Biblia nos da un ejemplo muy serio. Israel perdió la batalla en Ay no porque Dios se “enfadase” como un niño, sino porque alguien había tomado para sí lo que estaba destinado al anatema. Fue un gesto privado y escondido, pero con consecuencias comunitarias. La Escritura lo cuenta con crudeza. Aquello “contaminó” al pueblo y trajo derrota hasta que se afrontó la verdad (cfr. Jos 7, 1.11-12). Recordemos cómo Acán, hijo de Karmí, hijo de Zabdí, hijo de Zeraj, de la tribu de Judá, se apropió de lo consagrado al exterminio y las cosas se le torcieron a él y a toda la comunidad del Pueblo de Israel ya que, a causa de esto, los israelitas perdieron una batalla -la cual era sencilla de vencer- y terminaron una derrota sin precedentes. Y Acán terminó apedreado, quemado y cubierto de piedras. Acán tomó el rumbo de enriquecerse y de apropiarse de lo que no era suyo.

Y Acán hay muchos, son aquellos que se enriquecen, roban, se aprovechan de altas comisiones, cuando hay malversación de fondos públicos, se mueven por favoritismos e influencias… y las infraestructuras de ferrocarriles, carreteras, cauces de ríos, así como toda la sanidad pública, el campo… quedan desamparadas. Alguno ha dicho que la corrupción mata, y es cierto, que se lo digan a esos «treinta y seis mil hombres» israelitas y a aquellos que han perdido la vida hace pocos días en esta única gran nación española, a los tractoristas -el campo- que está en pie de guerra por medidas políticas injustas, a la sanidad pública que se manifiesta con huelgas por la mala administración de sus altos responsables… Y recordemos que Acán no tuvo una amnistía. Los ‘Acán’ salen mucho en las noticias del parte -telediario-. No olvidemos que todos podemos llegar a degradarnos y ser como Acán.

Este detalle es importantísimo para la vida cristiana. El pecado no es solo “mi asunto”. Hay decisiones que parecen pequeñas y secretas, pero rompen por dentro el aire común. La comunidad se debilita cuando alguien vive con doble fondo. Y lo dramático es que, muchas veces, el que se apropia de lo que no es suyo se convence de que “no pasa nada” porque nadie lo sabe. Pero el daño ya está hecho. El pie ha salido del camino y el pueblo entero tropieza.


La gehenna es la imagen de

una vida tirada al vertedero.

Jesús usa una imagen cruda. Habla de la gehenna (γέεννα) (géenna) como advertencia sobre la ruina total a la que conduce un camino no corregido (cfr. Mc 9, 43-48). La γέεννα remite al “valle de Hinón”, גֵּי־הִנֹּם (gê hinnóm), asociado al lugar de desechos donde lo inútil se amontonaba y se quemaba para eliminarlo completamente. Jesús no quiere una vida tirada al vertedero. Por eso dice que es preferible perder lo que te impide vivir de verdad antes que perderte a ti mismo.

Y remacha con el final de Isaías, con una frase que no se olvida: «Donde el gusano no muere y el fuego no se apaga» (cfr. Is 66, 24). Isaías describe la destrucción total con dos figuras, la putrefacción y la cremación.

Jesús no está montando un espectáculo para asustar con un castigo caprichoso después de la muerte. Está poniendo delante una alternativa real. O entramos con él en la vida plena, o terminamos en la ruina total, en una existencia desperdiciada por no haber sabido renunciar a tiempo a lo que la degradaba.

Y aquí la pregunta deja de ser teórica. ¿Qué mirada necesito purificar para dejar de poseer? ¿Qué cosas tengo en la mano que deberían estar en las manos del Señor? ¿Qué pasos estoy dando que no solo me desvían a mí, sino que debilitan también a los míos? Ahí se juega la libertad. Y ahí es donde Jesús nos quiere enteros.

 

El repudio no es un “derecho”,

es una herida que Dios no quiere.

«Se dijo: “El que se repudie a su mujer, que le dé acta de repudio.” Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio».

         En el capítulo 24 del Deuteronomio se contempla el caso del divorcio. Un hombre quiere repudiar a su mujer porque ya no le gusta, porque ha encontrado en ella “algo indecoroso”. Y Moisés intervino para regular esa situación. Dijo que el marido debía escribir el documento de repudio, el סֵפֶר כְּרִיתֻת (sēfer keritút), es decir, un escrito que certificaba que en esa historia de amor había habido un corte, y debía entregarlo a la esposa.

Y aquí conviene entender bien dos cosas. Primero, qué significa esa expresión “algo indecoroso”. En hebreo, el texto habla de una “cosa vergonzosa” o “algo reprochable” en ella. No describe un caso preciso, y precisamente por eso se prestaba a abusos. Podía convertirse en una excusa amplia, una puerta abierta para repudiar por motivos muy pobres, incluso por puro capricho. O sea, no estamos ante una causa objetivamente clara, sino ante una fórmula que podía usarse de forma interesada.

Segundo, que esto no era un “permiso divino” para repudiar, como si Dios dijera “adelante, separaos sin problema”. No. El divorcio ya existía. Como dirá Jesús, nace de la dureza del corazón humano, no entra en el designio de Dios. Moisés simplemente reguló una realidad ya presente, y lo hizo para proteger a la mujer. Si ella no tenía en la mano ese documento, quedaba atrapada. No podía rehacer su vida. Quedaba socialmente bloqueada. Moisés no está diciendo “divorciarse está bien”. Lo que hace es poner orden en una práctica que ya existía para que la mujer no quedara desamparada. Por eso manda que el marido escriba un documento y se lo entregue en la mano (cfr. Dt 24, 1). Ese papel era, por así decir, su “prueba” oficial de que ya no estaba bajo ese marido y podía empezar de nuevo (cfr. Dt 24, 2).

¿Para qué le servía a ella? Para cosas muy concretas y muy humanas.
Sin ese documento, podía quedarse atrapada en un limbo. Él la echaba de casa, pero ella seguía siendo “la mujer de…” a ojos de los demás.
Sin ese documento, podía ser acusada fácilmente de adulterio si intentaba rehacer su vida.

Sin ese documento, le podía resultar casi imposible volver a casarse, encontrar protección o simplemente recuperar un lugar en la comunidad.
Y además, el texto impide que el primer marido la “recupere” después como si fuera un objeto que se devuelve cuando conviene (cfr. Dt 24, 4).

Y Jesús pone la explicación de fondo. Moisés reguló eso “por la dureza del corazón”, no porque sea el sueño de Dios para el amor (cfr. Mt 19, 8; cfr. Mc 10, 5).

 

Una alianza bella y abierta.

Un papel oscuro que rompe.


        Para que lo entendamos, el predicador pone imágenes muy expresivas. Por un lado, está el documento del matrimonio, la כְּתוּבָּה (ketubá), el contrato conyugal. Es hermoso. Se firma bajo la חֻפָּה (jupá), un baldaquino. Y aquí vale la pena explicarlo. Un baldaquino es una especie de “techo” o dosel sostenido por varas, como una estructura ligera que crea un espacio simbólico. No es una tienda cerrada, es un marco visible. En la tradición judía, la jupá representa la casa nueva que los esposos empiezan a construir.

      Y fíjate en los detalles. La jupá se coloca al aire libre para recordar la bendición de Dios a Abraham. “Mira las estrellas del cielo”, así de numerosa será tu descendencia. Y además está abierta por los cuatro lados. Eso significa que el hogar de los esposos no es un búnker, es una casa hospitalaria. Quien necesite entrar, tendrá acceso. Es una imagen preciosa de un amor que no se encierra, que ensancha la vida.

En cambio, el documento del repudio es otra historia. El סֵפֶר כְּרִיתֻת (sēfer keritút) aparece como una hoja fea, oscura, sin alegría, sin color. Y aparece también una palabra hebrea breve y dura, גֵּט (guét), compuesta por dos letras, ג (guímel) y ט (tet). Este término no aparece en la Biblia, como si fuera una palabra que Dios no quisiera ni oír. Y el profeta Malaquías, hablando en nombre de Dios, lo dice sin rodeos. «Yo detesto el repudio» (cfr. Mal 2, 16). Incluso los rabinos más sabios decían que cuando se rompe un vínculo de amor entre esposo y esposa, también Dios llora.

 

Jesús llama a las cosas por su nombre,

sin jugar con el amor.

Entonces Jesús se pronuncia sobre esa práctica existente y regulada por Moisés. Lo dice con claridad: «Si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio». Es un lenguaje directo, sin maquillaje. Jesús habla poco de sexualidad, pero cuando lo hace, lo hace con luz.

Aterricemos a nuestra cultura. A veces se oye decir que los tiempos han cambiado, que ahora todo vale, que cada uno decide lo que le apetece. Pero la pregunta de Jesús no es “qué está permitido”, sino otra mucho más seria: ¿Esto te hace más humano o te deshumaniza? Te ayuda a crecer o te hace retroceder.

Porque el permisivismo y la banalización de la sexualidad pueden anestesiarnos. Acabamos llamando “normal y liberador” a lo que en realidad es solo un parche, un sucedáneo, un apaño dictado por la “sabiduría” de este mundo. Jesús propone el proyecto de Dios sobre el amor esponsal. Y para encarnarlo hace falta esfuerzo, compromiso, incluso sacrificio y abnegación. Y también es verdad que no todos logran vivirlo plenamente. La realidad está ahí, no hace falta hacerse el sorprendido.

Jesús nos da criterios para distinguir lo que humaniza de lo que destruye. La disolución, el libertinaje, la inmoralidad y la violencia deshumanizan. Por eso, en los principios, los cristianos debemos ser claros. No por gusto de llevar la contraria, sino por honestidad con el Evangelio. No sería amar a las personas decirles que todo da igual.

 

Claros en los principios,

cercanos con las personas.

Jesús no permite que nadie se erija en juez de las personas. Podemos desaprobar elecciones y comportamientos que son errados, pero nunca condenar a quien se equivoca. La comunidad cristiana debe hacer sentir cercanía, comprensión, acompañamiento. Hay cosas que se deben desautorizar como caminos equivocados, sí. Pero a quienes las realizan hay que comprenderlos y ayudarles siempre. Porque el Evangelio no es un martillo para aplastar, es una mano para levantar.

Y ahora viene el cuarto ejemplo del paso adelante que Jesús pide a quienes quieren entrar en el Reino de Dios.

 

La palabra cristiana

no necesita fuegos artificiales.

«También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

En el Antiguo Testamento, el juramento estaba previsto en algunos casos como recurso excepcional, sobre todo cuando no había testigos ni pruebas y el conflicto debía ponerse “delante de Dios”. Por ejemplo, en pleitos sobre depósitos o bienes confiados, cuando no se podía demostrar lo ocurrido, se pedía un juramento para asumir la responsabilidad ante el Señor (cfr. Ex 22, 10-11). También aparece en contextos más solemnes o rituales, donde la persona queda comprometida con una declaración ante Dios (cfr. Nm 5, 19-22).

Pero con el tiempo se desvió. Tras la deportación a Babilonia (cfr. 2 Re 24–25), se fue extendiendo el uso torcido del juramento, una práctica que los profetas denunciaron con fuerza (cfr. Jr 7, 9; Os 4, 2). Y en tiempos de Jesús se llegó a un punto absurdo. Ya no se podía hacer una afirmación sin acompañarla de juramentos e imprecaciones. Era como si la palabra sola ya no valiera “en garantía” y hubiera que ampliarla con mil sellos, como esos contratos que te piden firmar hasta el alma.

Tenemos una prueba clara en Pedro. Cuando la portera lo acorraló, empezó a jurar y a maldecir que no conocía a Jesús (cfr. Mt 26, 69-74; cfr. Mc 14, 66-71). Era el lenguaje de una sociedad enferma, donde la palabra ya no bastaba.

Y como no se debía pronunciar el nombre de Dios, la gente buscaba fórmulas “menos comprometidas”. Juraban por el cielo, por la tierra, por el templo, por sus padres; incluso juraban por su propia cabeza. Dicho en versión actual, era el “te lo juro por lo más sagrado” repetido cada dos frases. Mucho juramento, poca confianza. En el fondo, una manera elegante de decir “créeme… aunque yo mismo no me fiaría”.

 

En el Reino,

la confianza es el aire que se respira.

Jesús lo corta de raíz: «Pero yo os digo que no juréis en absoluto». ¿Por qué? Porque Jesús ha inaugurado una sociedad nueva, y en esa sociedad no puede vivir la desconfianza crónica. No puede existir la sospecha permanente, la deslealtad, el “a ver si me engañas”. Eso pertenece al mundo viejo, al mundo enfermo del que Jesús quiere sacar a sus discípulos. Si vivimos en el mundo nuevo, donde no debe haber mentira, el juramento pierde sentido. Si en casa hay luz, ¿para qué andar con linterna?

Y esto, además, no era una rareza solo de Jesús. Ya los esenios evitaban jurar. Se decía de ellos que lo que afirmaban tenía más fuerza que un juramento, y que consideraban el jurar como algo peor que el perjurio. También Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús, afirmaba que si una persona ha aprendido a ser leal y sincera en todo lo que dice, sus palabras valen como un juramento.

Jesús está en esa línea y la remacha con una frase de una claridad tremenda: «Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno». En otras palabras, no hinches la frase, no la disfraces, no la protejas con cien capas. Aprende a hablar con verdad.

Pensemos en un ejemplo sencillo. Si alguien necesita jurar cada dos frases “te lo juro, te lo juro”, ¿no será que el problema no es que sea muy apasionado, sino que su palabra ya no inspira confianza? Es como cuando alguien empieza una historia con “yo no soy de criticar, pero…”. Ya sabes que viene crítica y de las buenas. Jesús no quiere una comunidad de gente que se sospecha. Quiere una comunidad donde la palabra sea limpia y fiable, como el pan de cada día.

 

No jurar también es una forma

de confesar al verdadero Dios.

Pero Jesús da todavía una razón más grave. El juramento, tal como se había convertido en costumbre, presuponía una idea pagana de Dios. Un dios castigador, listo para fulminar al mentiroso; un dios vengador que lanza rayos contra quien viola un juramento. Ese dios no existe. Es un ídolo. Y por eso el juramento, usado de ese modo, no solo es inútil, sino que alimenta una imagen falsa de Dios.

Jesús nos libera de ese fantasma. Dios no es el policía del cielo esperando el fallo para sancionar. Dios es Padre, y su verdad no se impone con amenazas, se acoge con un corazón sincero. Por eso Jesús insiste: «Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello»; “No juréis en absoluto

Y así, sin fuegos artificiales ni sellos extra, la palabra del discípulo se vuelve creíble. Porque la verdad no necesita gritar, solo necesita existir.

viernes, 13 de febrero de 2026

Resumen adaptado del Mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma 2026

 

Resumen adaptado del

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
PARA LA CUARESMA 2026

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Escuchar y ayunar.

La Cuaresma como tiempo de conversión 

Enlace: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/messages/lent/documents/20260205-messaggio-quaresima.html

Una explicación pausada, cálida y fiel del Mensaje del Papa León XIV para la Cuaresma 2026

El mensaje cuaresmal se abre con una constatación tan sencilla como honesta: el corazón puede “dispersarse” entre inquietudes y distracciones cotidianas. Y, desde ahí, el Papa sitúa el sentido de la Cuaresma: es el tiempo en el que la Iglesia católica, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de la vida, para que la fe recobre su impulso y el corazón no se desparrame en mil direcciones.

Con esa imagen inicial, el Papa enuncia el principio que sostiene todo el mensaje: todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. El punto de partida no es una maniobra de fuerza, sino una apertura: dejar que la Palabra nos alcance y encontrar para ella un lugar interior.

De hecho, el texto enlaza tres elementos que van unidos: el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. La Cuaresma, así, aparece como una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección. En otras palabras: este itinerario no se reduce a prácticas sueltas; es un camino con Cristo hacia su misterio pascual.

Escuchar: dar espacio a la Palabra y aprender a escuchar la realidad

Con ese marco, el Papa León XIV quiere llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha. Y lo fundamenta con una frase que es, a la vez, muy simple y muy exigente: la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro. La escucha, por tanto, no es un adorno de la vida espiritual; es una señal concreta de que el corazón se abre a la relación.

Para mostrar que esto está en el centro de la revelación bíblica, el Papa nos conduce a la escena de la zarza ardiente. Allí, Dios se revela a Moisés y deja ver que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: “Yo he visto la opresión de mi pueblo… y he oído los gritos de dolor” (Ex 3,7). El mensaje subraya que la escucha del clamor de los oprimidos no se queda en una constatación: es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra a Moisés enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud. En el texto, escuchar inaugura camino; escuchar abre historia.

Desde ahí, el Papa vuelve a nuestra vida y da un paso decisivo: la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad. La liturgia, por tanto, no es un espacio desconectado de lo real; es una escuela que afina el oído. Porque, entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta.

Aquí aparece una afirmación fuerte que el Papa subraya que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia. En el mensaje, esta frase actúa como una especie de “prueba de escucha”: si la Palabra nos educa, nos educa también para no dejar sin respuesta ese clamor.

Ayunar: una práctica concreta que dispone el corazón y ordena los “apetitos”

Una vez que el mensaje ha colocado la escucha en el centro, el Papa da el siguiente paso con una lógica muy clara: si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. El ayuno no aparece como exhibición ni como simple esfuerzo exterior, sino como una disposición interior que se expresa en un gesto real.

El texto lo llama un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Y explica por qué tiene esa fuerza: porque implica al cuerpo. Precisamente por eso, la abstinencia de alimento hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. El ayuno, así, sirve para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educándola para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

Para iluminar esta tensión entre el presente y la realización futura, el Papa introduce a San Agustín. La cita de San Agustín muestra que es propio de los mortales tener hambre y sed de justicia, y que estar repletos de justicia corresponde a la otra vida. Y describe un proceso interior: mientras los hombres tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos. En el mensaje, esta imagen sostiene una idea central: el ayuno, entendido en este sentido, permite no solo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Pero el Papa León XIV añade una advertencia necesaria: para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Y fija un criterio muy concreto: exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque “no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios”. Es una afirmación breve, pero con un alcance claro en el texto: el ayuno verdadero está unido a la Palabra y a la comunión con el Señor.

A continuación, el Papa amplía el horizonte: como signo visible del compromiso interior de alejarnos —con la ayuda de la gracia— del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a adquirir un estilo de vida más sobrio. Y refuerza esta idea con una nota citando a Pablo VI: “sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana”. Dentro del mensaje, la sobriedad aparece como una consecuencia coherente del compromiso interior.

Y aquí llega una invitación especialmente concreta: el Papa propone una forma de abstinenciamuy concreta y a menudo poco apreciada”, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. “Empecemos a desarmar el lenguaje”, dice, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Y, al mismo tiempo, nos invita a aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. El fruto que el texto anticipa es también claro: muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

Juntos: la dimensión comunitaria de la escucha y el ayuno

Después de haber unido escucha y ayuno, el Papa subraya “por últimola dimensión comunitaria. La Cuaresma pone de relieve que escuchar la Palabra y practicar el ayuno no son solo asuntos de conciencia individual: tienen una forma comunitaria y están llamadas a convertirse en vida compartida.

El texto lo muestra con un ejemplo bíblico: en el libro de Nehemías se narra cómo el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cfr. Neh 9,1-3). La escena es clara: escucha y ayunos vividos como pueblo, orientados a la renovación de la alianza.

A partir de ahí, el Papa aplica el mismo horizonte a nuestras realidades: parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios —así como del clamor de los pobres y de la tierra— se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real.

En este horizonte, el Papa formula una afirmación amplia y decisiva: la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación. El mensaje, así, muestra una conversión verificable: se nota en las relaciones, en el diálogo, en la escucha, en lo que orienta el deseo.

Y el mensaje cuaresmal culmina reuniendo todos los hilos: vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados; pedir la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás; y comprometernos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, contribuyendo a edificar la civilización del amor.