martes, 5 de mayo de 2026

Bajo el manto de María: Maternidad espiritual laical y parroquia que vuelve a ser hogar.

 

Bajo el manto de María:

maternidad espiritual laical y parroquia que vuelve a ser hogar

Podcast

La maternidad espiritual de la mujer laica

Un episodio para escuchar con calma, hondura y corazón abierto.

 

Podcast

Maternidad espiritual de la mujer cristiana soltera

Una reflexión para escuchar con calma, hondura y corazón abierto.

Para qué nace este texto

Este texto nace para acompañar a mujeres cristianas que no han contraído matrimonio y que viven este tiempo de su vida en fidelidad, continencia, búsqueda y fe. Algunas quizá desean casarse algún día; otras no lo saben; otras han visto pasar los años sin que el matrimonio llegara; otras intuyen que Dios puede estar llamándolas a una entrega más estable en el celibato; otras simplemente están intentando vivir con hondura una historia que no se parece a la que imaginaron cuando eran más jóvenes. A todas ellas hay que hablarles con verdad, pero también con mucho respeto, porque una palabra dicha sin cuidado puede cargar más el corazón de quien ya lleva bastante peso en silencio.

Este texto nace también para las parroquias. No solo para que reconozcan mejor el lugar de las mujeres laicas en la vida de la Iglesia, sino para que se pregunten si todavía son casa para los pequeños, los frágiles, los solos, los niños que necesitan hogar, las personas con discapacidad, los mayores olvidados y las familias agotadas por cuidar. La maternidad espiritual no es una idea piadosa para adornar la vida de unas cuantas mujeres buenas; puede ser un carisma dado por Dios para despertar en la Iglesia una ternura más concreta, más eucarística y más misionera.

Antes de hablar de misión, carisma, parroquia o servicio, conviene decir algo esencial: tu vida no está esperando ser validada por un estado civil, una maternidad visible o una función eclesial. Dios ya la mira con amor. Esta verdad no es una frase bonita para consolar deprisa. Es el punto de partida. Antes de ser esposa, madre, célibe, consagrada, profesional, catequista, cuidadora, acompañante, voluntaria, hija que atiende a sus padres o mujer que todavía no sabe con claridad por dónde irá su camino, eres hija amada de Dios. La vocación no nace de tener que demostrar que vales, sino de descubrir que ya has sido mirada, llamada y amada por Dios.

Adela y las otras mujeres de la parroquia

Pensemos en Adela. Tiene treinta y ocho años, es cristiana, piadosa, soltera, y trabaja como limpiadora en una empresa. Su vida no parece, desde fuera, una vida extraordinaria. Se levanta temprano, cumple con su trabajo, intenta tratar bien a todos, reza como puede, va a misa cuando sus horarios se lo permiten y, al volver a casa, se encuentra a veces con un silencio que no siempre sabe habitar. Sus amigas se han ido casando. Algunas tienen ya varios hijos. Hablan de colegios, pediatras, aniversarios, hipotecas, cumpleaños, cansancios familiares, vacaciones compartidas, fotografías donde todo parece tener un sitio. Adela las quiere y se alegra sinceramente por ellas, pero hay tardes en las que vuelve sola a casa y siente una punzada que no quiere convertir en queja, aunque tampoco puede negar: “Señor, ¿y mi vida? ¿Qué estás haciendo conmigo? ¿Dónde está mi fecundidad?”.

Adela no está sola. En la parroquia están también Andrea, Sandra, Laura y Mirian. Ninguna de ellas es religiosa, ni monja, ni consagrada. No han hecho votos públicos, no llevan hábito, no viven en una comunidad religiosa ni tienen una misión institucional llamativa. Son mujeres laicas, bautizadas, cristianas sencillas, cada una con su historia, su carácter, sus heridas, sus dones, sus trabajos, sus cansancios y su modo particular de estar en el mundo. Algunas han tenido novio y llegaron a imaginar una familia; otras vivieron relaciones que prometían mucho y terminaron dejando preguntas, decepción y una tristeza difícil de ordenar; algunas estudiaron en la universidad, se esforzaron por abrirse camino, trabajaron duro, cuidaron de los suyos, soñaron proyectos concretos y tuvieron que rehacerlos. No son mujeres que se quedaron al margen de la vida; son mujeres que han atravesado la vida y la han ido poniendo, no sin lucha, delante de Dios.

No llegaron aquí por casualidad

Adela, Andrea, Sandra, Laura y Mirian no han llegado a este punto por improvisación, por miedo a vivir o por una resignación cómoda. Han amado, han esperado, han preguntado, han rezado, han llorado, han pedido consejo, han revisado sus deseos, han mirado sus heridas, han celebrado los sacramentos, han escuchado la Palabra y han dejado que la Iglesia las acompañe. Algunas quizá no tienen todavía una respuesta definitiva sobre todo su futuro; otras han ido comprendiendo que Dios les pide una disponibilidad más estable; otras solo saben, por ahora, que no quieren vivir desde la queja, ni desde la comparación, ni desde la amargura. Pero en todas hay algo común: su presente no es fruto de una evasión, sino de un discernimiento serio hecho a la luz de la fe.

Esto no significa que el camino haya sido fácil. Una ruptura no deja de doler porque una mujer rece. Una ilusión frustrada no se convierte automáticamente en paz porque alguien diga “Dios sabrá”. Una espera larga puede cansar, y mucho. Ver a las amigas casarse, formar una familia y hablar con naturalidad de hijos, planes y hogar puede tocar zonas muy delicadas del corazón. El discernimiento cristiano no consiste en no llorar, sino en aprender a llorar delante de Dios sin cerrar el corazón. Por eso, cuando estas mujeres sirven, acompañan, rezan o son enviadas por la parroquia, no lo hacen desde una vida intacta, sino desde una vida trabajada por la gracia. Y eso, lejos de debilitarlas, puede hacerlas más humanas, más prudentes y más capaces de acercarse al dolor ajeno sin invadirlo.

Mujeres bautizadas, no mujeres de segunda fila

Es importante decirlo con claridad: el hecho de que estas mujeres no sean religiosas ni consagradas no hace menos seria su vida cristiana. Durante demasiado tiempo, algunas mujeres laicas han podido sentir que en la Iglesia solo cuentan de verdad quienes tienen una consagración visible, una familia numerosa, un cargo pastoral reconocido o una función claramente nombrada. Pero el bautismo ya es una llamada profunda a la santidad y a la misión. Por el bautismo, una mujer participa de la vida de Cristo, pertenece a la Iglesia, recibe el Espíritu Santo y es llamada a hacer presente el Evangelio allí donde vive, trabaja, sufre, sirve y ama. Una mujer laica no necesita parecerse a una religiosa para vivir una entrega real a Cristo.

La vida laical tiene su propia dignidad. Puede desplegarse en el trabajo, en la parroquia, en la amistad, en la familia amplia, en la vida social, en la cercanía a los vulnerables, en la oración escondida, en la colaboración con la comunidad cristiana y en tantas formas discretas de hacer presente el Evangelio. Adela y sus compañeras no quieren inventarse una identidad eclesial extraña. No necesitan un título grandilocuente. No se presentan como mujeres especiales ni como un grupo superior. Son hijas de la Iglesia que, desde su bautismo, van descubriendo que Dios puede hacer fecunda su vida de una manera sencilla, concreta y profundamente evangélica.

No sirven desde la tristeza, sino desde la Pascua

Hay en ellas una alegría que no nace de tenerlo todo resuelto. No es una alegría ingenua, de escaparate, de esas que obligan a sonreír aunque el alma esté agotada. Es una alegría pascual: la alegría de quienes saben que Cristo vive, que ha pasado por la Cruz y que ninguna historia humana queda definitivamente cerrada cuando se deja tocar por Él. La alegría pascual no niega la cruz; nace de saber que Cristo ha pasado por ella y la ha abierto hacia la vida.

Por eso Adela, Andrea, Sandra, Laura y Mirian pueden acercarse a la fragilidad de otros sin hundirse en ella y sin convertir el servicio en un peso triste. No van a “salvar” a nadie, ni a demostrar que valen, ni a llenar un hueco afectivo con vidas ajenas. Van porque han sido alcanzadas por Cristo y porque han aprendido, poco a poco, que la fe no encierra a una mujer en su propia historia, sino que la abre a la historia de los demás. La alegría pascual no acomoda; despierta. No es ruido, ni euforia, ni optimismo barato. Es una esperanza humilde que permite permanecer donde otros pasan de largo.

Dios no mira desde lo que falta

A una mujer como Adela no se le puede responder con frases rápidas. No basta decirle: “No te preocupes, sé madre espiritual”. Eso sería demasiado fácil, y quizá demasiado cruel. Antes de hablarle de misión o de carisma, hay que ayudarla a descansar en una verdad más profunda: Dios no la define por lo que no ha ocurrido en su vida, sino por el amor con que la ha pensado, la sostiene y la llama. El Señor conoce sus deseos, incluso los que no dice; conoce su cansancio, sus comparaciones, su pudor, su miedo a llegar tarde, su deseo de ser elegida, su temor de que la vida se le haya quedado a medio hacer. Y no se escandaliza de nada de eso.

Dios no llama a una versión ideal de Adela. La llama a ella: con su historia concreta, con su cuerpo, su afectividad, su trabajo, sus manos cansadas, su oración pobre algunos días, su capacidad de ternura, sus heridas y sus límites. Dios no pide a una mujer que esconda su humanidad para poder llamarla; la llama precisamente en esa humanidad, para amarla, sanarla, ordenarla y enviarla. Una vocación que no atraviesa la verdad de la propia historia termina siendo un traje prestado. En cambio, cuando Dios llama, no borra la biografía; la toma, la purifica, la ilumina y, si la mujer consiente, puede hacer de ella una fuente humilde de misericordia para otros.

No conviertas una etapa en identidad definitiva

Hay una distinción que puede ahorrar mucho sufrimiento. No es lo mismo vivir una etapa sin matrimonio que haber recibido y discernido una vocación definitiva al celibato. No es lo mismo una soltería no elegida, una etapa de búsqueda, una continencia vivida por fidelidad cristiana, un celibato laical asumido, la virginidad consagrada, la vida religiosa o la viudez. Todas estas situaciones pueden ser fecundas, pero no se interpretan igual, no se acompañan igual y no deben recibir automáticamente el mismo nombre. No conviene convertir una circunstancia actual en una identidad definitiva sin discernimiento.

Adela puede vivir ahora sin casarse y seguir abierta al matrimonio si Dios un día lo concede y lo confirma. Andrea quizá ha comprendido que el Señor le pide una entrega más estable en la vida laical. Sandra tal vez no sabe aún qué nombre poner a su camino, pero está aprendiendo a vivir con paz el presente. Laura puede haber pasado por una ruptura que todavía necesita ser sanada. Mirian quizá ha descubierto que su alegría no depende de tener todos los planes atados. Cada una tiene su ritmo. Cada una necesita ser acompañada sin prisa. La fidelidad no consiste en forzar una etiqueta, sino en vivir el paso presente delante de Dios con verdad.

Los deseos no son enemigos

Sería poco cristiano hablar a estas mujeres como si no pudieran desear ser elegidas, formar una familia, vivir una intimidad estable o tener hijos. También sería poco humano insinuar que, si tienen fe, no deberían sentir tristeza cuando otras vidas avanzan por caminos más visibles. La fe no anestesia el corazón; lo educa. No pide negar lo que se siente, sino aprender a leerlo delante de Dios, sin obedecerlo ciegamente y sin despreciarlo como si fuera una amenaza. Un deseo no es una vergüenza; es una realidad interior que necesita ser escuchada, ordenada y discernida.

Hay deseos que expresan una llamada; otros nacen de una herida; otros mezclan gracia, memoria, miedo, belleza, carencia y esperanza. Por eso Adela y sus compañeras no tienen que despreciar sus afectos ni obedecerlos sin luz. Tienen que llevarlos a la oración, al acompañamiento, a la confesión, a una conversación madura, a la vida real. Una mujer madura no es la que no siente, sino la que aprende a preguntarse qué le está diciendo su corazón, qué parte de ese movimiento viene de Dios, qué parte necesita sanación, qué parte pide espera y qué parte debe ser entregada. Dios no pide que no haya deseos; pide que no se vivan a oscuras.

El celibato no es un corazón vacío

Vivir en continencia o celibato no significa no amar, no sentir atracción, no necesitar ternura, no experimentar soledad o no desear intimidad. Una mujer no casada no es una mujer sin corazón. Muchas veces es precisamente una mujer con un corazón muy vivo, capaz de amar con profundidad, sensible al dolor ajeno y deseosa de entregar la vida de una manera verdadera. La cuestión no es apagar ese corazón, sino dejar que Cristo lo eduque. La castidad cristiana no consiste simplemente en evitar ciertas conductas; consiste en aprender a amar de tal manera que el otro no se convierta en posesión, refugio emocional, compensación de heridas o confirmación de mi valor. La castidad cristiana no es frialdad: es amor con verdad, ternura con libertad y entrega sin apropiación.

Esto no se improvisa. Se aprende con oración, Eucaristía, confesión, amistad sana, formación, descanso, conocimiento propio y acompañamiento. Una mujer que quiere vivir su afectividad en Dios necesita aprender a reconocer cuándo ama desde la libertad y cuándo busca ser necesitada; cuándo acompaña y cuándo invade; cuándo sirve y cuándo intenta llenar un hueco; cuándo su corazón está disponible y cuándo está reclamando, de manera silenciosa, una compensación. La vida afectiva no queda fuera de la vocación; entra en ella y necesita ser evangelizada.

La maternidad espiritual no es un premio de consolación

La maternidad espiritual no debe presentarse como una salida piadosa para quien no se ha casado o no ha tenido hijos. Sería injusto decir: “como no has sido madre biológica, entonces sé madre espiritual”. Eso convertiría una posible vocación en un sucedáneo afectivo y haría daño precisamente a las mujeres a las que queremos acompañar. La maternidad espiritual no es lo que queda cuando no llega otra cosa; es un carisma que Dios puede conceder para construir el Reino.

No nace de la frustración, sino de una llamada. No nace de la necesidad de sentirse útil, sino de un don recibido. No nace de la soledad mal llevada, sino de un corazón que se deja habitar por Dios. Y no toda mujer no casada está llamada a ejercerla de manera explícita o estable. Toda mujer cristiana está llamada a una fecundidad de amor, pero esa fecundidad puede adoptar formas muy diversas: oración escondida, amistad limpia, servicio humilde, vida profesional ofrecida, entrega familiar, docencia, hospitalidad, intercesión, misión, vida comunitaria, acompañamiento o una combinación concreta que solo Dios irá mostrando. La maternidad espiritual debe proponerse como gracia y misión, nunca como una nueva presión sobre la mujer.

Un carisma para el Reino

Un carisma no es simplemente una cualidad humana, ni un temperamento afectuoso, ni una facilidad para escuchar o consolar. Todo eso puede ayudar, pero no basta. Un carisma es un don del Espíritu Santo para el bien de los demás y para la edificación de la Iglesia. Si Dios concede a una mujer una forma de maternidad espiritual, no se la concede para que por fin se sienta importante, ni para que llene una inseguridad, ni para que rodee su vida de personas que la necesitan. Se la concede para servir al Reino.

La maternidad espiritual es carisma cuando el Espíritu Santo toma la capacidad humana de acoger, escuchar, interceder, alentar y formar, y la convierte en instrumento de gracia para que otros vivan más profundamente en Cristo. Y se convierte en vocación cuando ese modo de amar se vuelve un camino estable, humilde y discernido de entrega. No se trata de que una mujer se invente una identidad para no sentirse sola; se trata de que Dios pueda hacer de su vida un lugar donde otros encuentren aliento, libertad y camino hacia Cristo. 

El carisma nace y se discierne en la Iglesia

Adela no descubre su posible carisma encerrada en casa, mirando su vida desde lejos o imaginando una misión que la haga sentirse necesaria. Lo empieza a intuir dentro de una parroquia concreta, en una comunidad real, con personas buenas y personas difíciles, con horarios imperfectos, cansancios, catequistas, ancianos, niños, familias, un párroco con mucho trabajo y una vida sacramental que la sostiene. Los carismas cristianos no nacen para el aislamiento; nacen para la comunión.

La parroquia no fabrica el carisma ni lo concede. El carisma lo da Dios. Pero la comunidad cristiana ayuda a reconocerlo, ordenarlo y purificarlo. Adela, Andrea, Sandra, Laura y Mirian participan en la Eucaristía, se confiesan, escuchan la Palabra, rezan, hablan con personas prudentes, se dejan conocer, aceptan correcciones, aprenden a trabajar en equipo y descubren que la misión cristiana nunca nace del individualismo. Un carisma que no acepta ser discernido, acompañado y corregido puede convertirse fácilmente en protagonismo, aunque haya comenzado con buena intención.

La amistad que protege la misión

Adela no camina sola, y eso la protege. La amistad cristiana entre estas mujeres no es un detalle secundario; es parte de la pedagogía de Dios. Andrea, Sandra, Laura y Mirian no son espectadoras de la vida de Adela, ni compañeras de una actividad, ni simples apoyos logísticos. Son hermanas en la fe. Rezan juntas, hablan, se corrigen, se ríen, descansan cuando toca, se dicen la verdad con cariño y se ayudan a no convertir la misión en un peso insoportable. Una mujer que sirve sola puede confundirse más fácilmente; una mujer que sirve en comunión aprende antes a descansar, a dejarse corregir y a no creerse imprescindible.

También entre ellas hay diferencias. Una es más serena, otra más práctica, otra más impulsiva, otra más silenciosa, otra más capaz de organizar. Una tiene facilidad para tratar con ancianos; otra se entiende mejor con niños; otra sabe acompañar a familias cansadas; otra recuerda al grupo que hay que rezar antes de decidir; otra ayuda a no perder el humor cuando el cansancio pesa. La comunión no consiste en que todas tengan el mismo carácter, sino en que todas pongan sus dones bajo el mismo Señor. La amistad cristiana no reemplaza el discernimiento, pero lo hace más humano, más humilde y más alegre.

Enviadas desde la parroquia

La parroquia no es para ellas solo el lugar donde van a misa o donde colaboran en alguna actividad. Es el hogar eclesial desde el que son alimentadas y enviadas. Allí vuelven a la Eucaristía, a la Palabra, a la confesión, a la oración compartida, al discernimiento, a la corrección fraterna y a la comunión con el párroco y con quienes tienen responsabilidades concretas. Su labor no nace de una iniciativa privada, sino de la comunión de la Iglesia.

Esto es esencial. Ellas no son voluntarias sentimentales que buscan sentirse útiles, ni mujeres aisladas que han encontrado un modo de llenar su soledad. Son laicas bautizadas que descubren, poco a poco, que la parroquia puede enviarlas a llevar la ternura de Cristo a ambientes donde la vida es frágil y necesita hogar. Su servicio no es solo “suyo”; es labor de la Iglesia realizada a través de su pobreza, sus manos, su tiempo y su corazón. No se autoproclaman enviadas: son acompañadas, formadas, corregidas y sostenidas por una comunidad que discierne con ellas.

Una misión que brota de la Eucaristía

El centro de la labor de Adela y de sus compañeras no está en su carácter, ni en su empatía, ni siquiera en su generosidad. El centro está en Cristo. Cada vez que comulgan, reciben al Señor que se entrega por todos, especialmente por los pequeños, los pobres, los heridos, los enfermos, los solos y los olvidados. Y esa comunión no termina al salir del templo. La Eucaristía las envía a reconocer en la carne frágil de los demás la presencia de Cristo que sigue esperando amor.

Cuando Adela acompaña a un niño con parálisis cerebral, cuando Andrea visita a una anciana que vive sola, cuando Sandra espera con paciencia a una persona que tiene dificultad para expresarse, cuando Laura colabora con una familia cuidadora, cuando Mirian reza por un menor que necesita una familia estable, no están haciendo solamente una obra buena. Están dejando que la Eucaristía se prolongue en gestos concretos. No sustituyen a profesionales, familias, instituciones ni cauces civiles necesarios; pero llevan algo que ninguna estructura puede fabricar por sí sola: una presencia creyente, una ternura ordenada y una mirada que dice sin palabras: “Tu vida importa; tu fragilidad no te quita dignidad; Cristo no se ha olvidado de ti”.

La fragilidad concreta:

donde el carisma toca la carne de Cristo

Adela y sus compañeras empiezan a estar vinculadas a personas con síndrome de Down, a personas con parálisis cerebral, a niños con dificultades motrices, a familias cuidadoras que viven al límite, a mayores que pasan demasiadas horas solos en sus casas, a ancianos de residencias que esperan una visita como quien espera una pequeña resurrección, y también a niños que necesitan una familia porque han quedado huérfanos o porque sus padres, por circunstancias dolorosas, no pueden ejercer la patria potestad o la han perdido. Este contacto con la fragilidad no es un decorado para su vida espiritual. Es un lugar teológico, un lugar donde el Evangelio deja de ser idea y toca la carne.

Al principio no dicen: “este es nuestro carisma”. Simplemente están. Aprenden nombres. Escuchan. Se dejan interrumpir. Descubren que la vida no se divide entre útiles e inútiles, fuertes y débiles, capaces e incapaces, importantes e invisibles. Allí donde el mundo ve carga, retraso, dependencia o problema, una mirada cristiana aprende a reconocer un misterio sagrado. Y quizá es precisamente ahí donde Adela empieza a entender que Dios puede hacer de su corazón un lugar de acogida.

Cuando la vida vulnerable deja de ser anónima

Una cosa es hablar de “los pobres”, “los enfermos”, “los niños”, “los ancianos” o “las personas con discapacidad”. Otra muy distinta es conocer a una persona concreta: una mujer con síndrome de Down que se alegra cuando alguien recuerda su nombre; un niño con parálisis cerebral que necesita tiempo para comunicarse; una niña con dificultad motriz que se enfada porque quiere hacer sola lo que su cuerpo todavía no le permite; un anciano que repite la misma historia porque casi nadie se la escucha; un menor que ha cambiado demasiadas veces de adultos de referencia y necesita aprender que alguien puede estar sin marcharse.

La maternidad espiritual se vuelve real cuando la fragilidad tiene rostro, nombre y ritmo propio. Adela aprende que acompañar no es “hacer cosas por los débiles”, sino entrar con respeto en una vida que ya tiene dignidad antes de que ella llegue. No se acerca como salvadora ni como heroína. Se acerca como cristiana enviada por la Iglesia, que sabe que Cristo está escondido de un modo especial en los pequeños, los vulnerables, los heridos y los olvidados.

Los pobres no son remedio afectivo de nadie

Aquí hace falta mucha delicadeza. Una mujer como Adela puede sentir que, al cuidar a personas vulnerables, por fin alguien la necesita. Ese sentimiento puede tocar zonas hondas: el deseo de ser importante para alguien, de tener un lugar, de no sentirse sobrante. No hay que condenar inmediatamente ese movimiento, porque el corazón humano casi nunca ama desde una pureza perfecta. Pero sí hay que llevarlo a la luz. La pregunta no es solo si Adela ayuda, sino desde dónde ayuda.

Si se acerca a los niños, a los ancianos o a las personas con discapacidad para llenar su vacío, acabará cansada, posesiva o herida. Si se acerca desde Cristo, podrá amar con ternura y con límites, sabiendo que ninguna persona vulnerable existe para darle sentido a su vida. Los pobres no son el remedio afectivo de nadie; son hermanos que deben ser amados por sí mismos. Esta frase protege el carisma de Adela y protege, sobre todo, la dignidad de quienes son servidos.

La maternidad espiritual se aprende en lo concreto

Adela descubre que la maternidad espiritual no siempre empieza con grandes conversaciones. A veces empieza ayudando a una niña a abrocharse el abrigo sin hacerla sentir inútil; esperando a que una persona con dificultad en el habla termine una frase; visitando a una anciana sin mirar el reloj cada dos minutos; rezando por un niño que necesita una familia estable; colaborando con una familia de acogida para que no se sienta sola; preparando una sala para que una persona en silla de ruedas pueda entrar sin sentirse estorbo.

La maternidad espiritual no sustituye a la maternidad biológica, ni a la adopción, ni a la acogida familiar, ni a los profesionales, ni a las instituciones; pero puede sostener, acompañar y humanizar esos caminos. Adela no tiene que hacerlo todo. No tiene que poder con todo. No tiene que convertirse en madre legal, terapeuta, educadora especializada, asistente social y acompañante espiritual al mismo tiempo. Su carisma, si Dios se lo concede, será más humilde y más limpio: hacerse presencia fiel, ayudar a que la comunidad vea, acompañar sin invadir y recordar que toda vida vulnerable pertenece primero a Dios.

Los niños que necesitan una familia

El caso de los niños huérfanos o de aquellos cuyos padres han perdido la patria potestad debe tratarse sin sentimentalismo. Hay sufrimiento real, historias rotas, procesos legales, heridas afectivas, necesidades educativas, acompañamiento profesional y mucho respeto. Precisamente por eso, la comunidad cristiana no puede mirar hacia otro lado. La ternura cristiana no es emoción pasajera; es fidelidad concreta ante una vida que necesita ser cuidada con responsabilidad.

Adela quizá no esté llamada a adoptar ni a acoger legalmente. O quizá un día, con discernimiento, podría plantearse alguna forma de colaboración o apoyo. Pero no se debe empujar emocionalmente a nadie hacia decisiones tan serias. Lo que sí puede decirse es que una maternidad espiritual madura no se limita a conmoverse ante el dolor de un niño, sino que busca caminos reales, eclesiales y responsables para que ese niño sea protegido, amado y acompañado. La Iglesia no puede hablar de familia y desentenderse de los niños que necesitan hogar.

La parroquia aprende a ser familia

La maternidad espiritual de Adela, Andrea, Sandra, Laura y Mirian no es una misión privada. Su servicio ayuda a despertar a la parroquia. Porque una comunidad cristiana no puede hablar de maternidad espiritual y permanecer indiferente ante los niños que necesitan una familia, los ancianos abandonados, las personas con discapacidad, las familias agotadas por cuidar o quienes viven solos durante años sin que nadie los eche de menos. La maternidad espiritual de estas mujeres no sustituye a la comunidad; la ayuda a recordar lo que la comunidad está llamada a ser.

Si ellas tienen una sensibilidad especial, una capacidad de acogida o una forma serena de estar con quienes otros no saben tratar, ese don no debe aislarlas ni cargarlo todo sobre sus hombros. Al contrario, puede ayudar a que unos visiten residencias, otros acompañen a familias cuidadoras, otros apoyen a niños con dificultades, otros recen, otros colaboren con iniciativas de acogida y otros aprendan simplemente a mirar sin miedo la fragilidad. La parroquia se vuelve más madre cuando deja de mirar la fragilidad como un asunto ajeno.

Un reto para las parroquias instaladas

Adela, Andrea, Sandra, Laura y Mirian no solo descubren algo sobre sí mismas; sin pretenderlo, ponen delante de la parroquia una pregunta incómoda. Una comunidad cristiana puede celebrar, organizar reuniones, mantener horarios, conservar costumbres, preparar fiestas, cuidar edificios, repartir tareas y, sin embargo, ir perdiendo poco a poco el temblor del Evangelio. Puede funcionar bien por fuera y estar aburguesándose por dentro. Puede rezar por los pobres en la oración de los fieles y no saber el nombre de los ancianos que viven solos en el barrio, ni de las familias que cuidan hijos con discapacidad, ni de los niños que necesitan acogida, ni de quienes no se atreven a entrar en la iglesia porque sienten que allí no hay sitio para su fragilidad.

Una parroquia se aburguesa cuando deja de esperar al herido, al pobre, al solo y al diferente, y empieza a organizarse solo para quienes ya saben estar dentro. No siempre ocurre por mala voluntad. A veces ocurre por cansancio, por rutina, por miedo, por exceso de reuniones internas o por falta de imaginación pastoral. Pero el Evangelio no permite a la Iglesia convertirse en un club de personas correctas que se reúnen entre sí para mantenerse tranquilas. La Iglesia es madre, y una madre no se queda en el salón mientras sus hijos más frágiles están fuera de la casa.

No más actividades, sino más conversión

Este reto no se resuelve simplemente añadiendo otra actividad al calendario parroquial. Una parroquia aburguesada puede llenar la agenda de iniciativas y seguir sin convertirse. El problema no es hacer más cosas, sino volver a preguntarse desde dónde y para quién se hacen. La misión no consiste en multiplicar tareas, sino en dejar que el Evangelio vuelva a desinstalar el corazón de la comunidad.

Quizá habrá que organizar visitas a residencias, acompañar mejor a familias cuidadoras, adaptar catequesis para niños con necesidades especiales, colaborar con instituciones de acogida, crear redes de oración por menores vulnerables, formar voluntarios y cuidar protocolos. Pero todo eso solo será cristiano si nace de una conversión más profunda: pasar de una parroquia centrada en conservarse a una parroquia dispuesta a salir de sí; de una pastoral de mantenimiento a una maternidad eclesial concreta. Una parroquia aburguesada pregunta qué actividades puede mantener; una parroquia convertida pregunta qué vidas concretas le está confiando Cristo.

La parroquia no usa a Adela; la envía y la cuida

Que Adela y sus compañeras sean un reto para la parroquia no significa que la comunidad descargue sobre ellas todo lo que no quiere asumir. No sería evangélico decir: “como ellas tienen sensibilidad, que ellas se ocupen de los ancianos, de los niños con discapacidad, de las familias rotas, de los menores vulnerables y de los sacerdotes cansados”. Eso no sería maternidad espiritual; sería externalizar la caridad en unas cuantas mujeres generosas.

Una parroquia verdaderamente madre no explota los carismas: los reconoce, los forma, los envía, los sostiene y los protege. Si estas mujeres son enviadas a ambientes de fragilidad, la comunidad debe acompañarlas con oración, formación, coordinación, descanso, criterios claros, protección de menores y personas vulnerables, y una conciencia limpia de que ninguna de ellas es imprescindible. La misión es de la Iglesia; ellas participan en ella con sus dones, pero no cargan solas con el peso de la Iglesia.

María, Madre que conduce a Cristo

María no es solo un ejemplo hermoso que contemplamos desde fuera; es la Madre que la Iglesia recibe de Cristo y bajo cuyo manto aprende a engendrar, custodiar y acompañar la vida de la gracia. Su fiat (fíat) no fue pasividad, sino respuesta libre. María recibe al Hijo, lo custodia, acompaña su crecimiento humano, permanece unida a Él en la hora suprema de la entrega y, precisamente porque ama de verdad, no se apropia de su misión. En Caná no atrae las miradas hacia sí misma; dice sencillamente: “Haced lo que Él os diga”.

Ahí se aprende una regla preciosa para toda maternidad espiritual. María recibe de Dios, custodia con ternura, permanece en la cruz y conduce a Cristo sin ocupar su lugar. Una mujer que acompaña espiritualmente necesita volver muchas veces a esta escuela. Si su presencia no lleva a Jesús, por intensa o afectuosa que sea, necesita ser revisada. La maternidad espiritual auténtica no termina en quien acompaña, sino en Cristo; no busca ser centro, sino puente; no retiene, sino que entrega.

Isabel, la mujer que despierta el canto

Isabel ilumina con una fuerza muy concreta este camino. Cuando María llega a su casa, Isabel no compite, no sospecha, no invade, no se coloca por encima. Llena del Espíritu Santo, reconoce la obra de Dios en María y la bendice. No fabrica la vocación de la joven; la confirma. No la retiene para sí; la ayuda a escuchar con más claridad el misterio que ya lleva dentro. Y entonces María canta.

A veces, ser madre espiritual significa ayudar a otra persona a creer que Dios está obrando en ella. No imponer una respuesta, no decidir por ella, no fabricarle un camino, sino ofrecer una palabra limpia, llena de fe y de humildad, para que esa persona pueda escuchar, discernir y responder con libertad. Isabel no apaga a María; la enciende. No la absorbe; la devuelve a Dios.

Caná, la Cruz y Pentecostés

En Caná, María percibe una necesidad que otros quizá no han sabido nombrar: “No tienen vino”. No dramatiza, no invade, no se coloca en el centro; presenta la necesidad a Jesús y orienta a los demás hacia Él. En la Cruz, María permanece cuando no puede arreglar nada; no explica el dolor, no huye, no convierte el sufrimiento ajeno en discurso, sino que está. En Pentecostés, aparece en medio de la Iglesia naciente, orando con los discípulos y esperando el don del Espíritu. Ver la necesidad, llevarla a Cristo, permanecer en la cruz y orar con la Iglesia: ahí se dibuja una maternidad espiritual profundamente mariana.

Adela y sus compañeras necesitan esta escuela. Acompañar no significa tener siempre respuesta. A veces será detectar una carencia y presentarla al Señor. Otras veces será permanecer junto a alguien que sufre sin intentar arreglarlo todo. Otras, rezar con la comunidad y esperar el tiempo de Dios. Una maternidad espiritual madura sabe que no todo depende de ella.

Maternidad espiritual hacia los presbíteros, bajo el manto de María

Hay una dimensión de la maternidad espiritual que merece una delicadeza especial: la ayuda espiritual a los presbíteros. No se trata de convertir al sacerdote en una figura infantilizada, ni de rodear su ministerio de afectividades ambiguas, ni de crear vínculos privados que sustituyan la fraternidad presbiteral, el acompañamiento del obispo, la dirección espiritual o la vida sacramental. Se trata de algo más limpio y eclesial: recordar que el presbítero, antes de ser padre espiritual para otros, es también hijo; hijo de Dios, hijo de la Iglesia e hijo de María. Un sacerdote que olvida que es hijo puede acabar viviendo su paternidad espiritual como función, cansancio, poder o pura obligación.

Toda maternidad espiritual hacia los presbíteros debe remitir directamente a la maternidad de la Santísima Virgen María. María es Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote; no como adorno devocional añadido al ministerio, sino en el corazón mismo del misterio de la Encarnación y de la entrega redentora. Ella no aparta al Hijo de su misión, no lo retiene para sí, no suaviza la Cruz: permanece con fe. Por eso, una mujer que vive una maternidad espiritual hacia un presbítero no ocupa el lugar de María, sino que participa humildemente de su solicitud materna cuando intercede, alienta y ayuda al sacerdote a pertenecer más profundamente a Cristo.

La forma más segura:

oración, intercesión y comunión eclesial

La maternidad espiritual hacia los presbíteros será tanto más sana cuanto menos necesite construirse sobre una intimidad afectiva exclusiva. Su forma ordinaria y más segura es la oración, la intercesión, la adoración, el ofrecimiento discreto, la colaboración pastoral ordenada, la palabra prudente cuando corresponde y el respeto profundo por la identidad sacerdotal. Puede haber vínculos personales buenos, agradecidos y limpios, pero nunca deberían convertirse en un espacio aislado donde el sacerdote encuentra una compensación afectiva o donde la mujer siente que por fin tiene una misión especial junto a él.

Una mujer no debe cargar sobre sí la responsabilidad afectiva de sostener a un presbítero. Puede rezar por él, alentarlo, recordarle con respeto la belleza de su llamada y ayudarlo a no perder el rostro concreto de las personas. Pero no debe sustituir su fraternidad, su dirección espiritual, su confesor, su relación con el obispo ni su vida de oración. La maternidad espiritual hacia un sacerdote no busca ocupar un lugar privilegiado en su mundo interior, sino ayudarlo a ser más libre para Cristo y para el pueblo que le ha sido confiado.

La madre espiritual no se pone entre el sacerdote y Cristo

La prueba de una maternidad espiritual mariana hacia un presbítero no está en la intensidad del vínculo, sino en el fruto eclesial que deja: más oración, más humildad, más disponibilidad pastoral, más amor a la Iglesia, más comunión con sus hermanos presbíteros, más obediencia, más libertad interior y más ternura con el pueblo de Dios. La madre espiritual no se pone entre el sacerdote y Cristo; se coloca humildemente al lado, como María, para decirle con su oración, su palabra y su presencia: “Haz lo que Él te diga”.

Cuando esto se vive así, el vínculo es fecundo, discreto y ordenado. No encierra al presbítero en una relación privada, sino que lo devuelve a su misión. Pero si el vínculo lo vuelve más dependiente, más aislado, más necesitado de una mujer concreta o más ambiguo en sus afectos, entonces ya no estamos ante maternidad espiritual sana. Amar espiritualmente a un presbítero es ayudarlo a ser más sacerdote, no más dependiente.

Arder no significa quemarse

Hay que decirlo con claridad: un carisma no es permiso para explotar a quien lo recibe. Algunas mujeres, precisamente por su sensibilidad, disponibilidad o capacidad de escucha, pueden terminar cargando con responsabilidades afectivas que no les corresponden. En ambientes eclesiales esto puede ocurrir con facilidad: se les pide que sostengan, comprendan, escuchen, recen, acompañen, sonrían, no molesten y estén siempre disponibles. Pero eso no es maternidad espiritual; eso es desgaste revestido de lenguaje piadoso. La caridad no destruye la humanidad de quien ama.

La mujer que acompaña también necesita descanso, amistad, oración, formación, acompañamiento, silencio, límites y espacios donde no tenga que cuidar a nadie. Jesús no vivió obedeciendo a todas las urgencias, sino al Padre. Por eso también la mujer que acompaña debe aprender que no todo lo que alguien necesita de ella es necesariamente lo que Dios le pide. Arder en la caridad no significa quemarse por falta de límites.

Formación, prudencia y humildad para derivar

La maternidad espiritual no se improvisa con buenos sentimientos. Cuando toca procesos delicados —discernimiento vocacional, heridas afectivas, crisis de fe, vínculos con ministros, sufrimientos psicológicos, experiencias de abuso, menores o personas vulnerables—, la buena voluntad no basta. Hace falta formación, prudencia, vida interior, protocolos claros y humildad para reconocer los propios límites. Una mujer de Dios no tiene miedo de decir: “esto me supera”, porque derivar también puede ser un acto de caridad.

Acompañar no es hacerlo todo. Hay situaciones que deben llevarse a un confesor, a un director espiritual, a un superior legítimo, a un profesional de la salud mental, a una autoridad eclesial, a servicios sociales o a instancias de protección cuando hay daño grave. La maternidad espiritual no tapa heridas con frases piadosas ni sustituye procesos necesarios. Acompaña hacia la verdad, hacia la gracia y, cuando haga falta, también hacia la justicia.

Mujeres heridas:

Dios no pide repetir lo que rompió el corazón

Algunas mujeres no solo buscan una vocación; también necesitan sanar modos de relación en los que quizá fueron utilizadas, silenciadas, idealizadas o cargadas con responsabilidades afectivas que no les correspondían. A ellas hay que hablarles con especial ternura. Dios no les pide repetir vínculos que las rompieron, sino aprender una forma nueva de amar, más libre, más humilde y más protegida por la verdad.

Si una mujer ha vivido manipulación afectiva o espiritual, necesita escuchar que la maternidad espiritual no consiste en aguantarlo todo, comprenderlo todo, perdonarlo todo de cualquier manera y seguir disponible. El perdón cristiano no niega el daño, no elimina la justicia, no obliga a volver a una relación destructiva y no suprime los límites necesarios. La gracia no maquilla las heridas: las lleva a la luz para que puedan ser sanadas.

Cómo discernir sin precipitarse

Una mujer que intuye una posible maternidad espiritual no necesita correr a ponerse una etiqueta. Necesita observar la vida con paciencia. Conviene preguntarse durante un tiempo, delante de Dios y con acompañamiento, qué frutos aparecen: si las personas quedan más libres o más dependientes, si el servicio nace de la paz o de la ansiedad, si hay humildad para desaparecer, si existe alegría cuando otro crece sin necesitar tanto apoyo, si se respetan los límites, si hay amor a la Iglesia y si el propio corazón se mantiene unido a Cristo en vez de vivir pendiente de la aprobación ajena.

También conviene mirar qué ocurre cuando la mujer descansa, cuando no la buscan, cuando otra persona acompaña mejor que ella, cuando alguien no agradece lo recibido o cuando debe decir que no. Ahí se revelan muchas cosas. El discernimiento no se hace solo mirando los momentos de consuelo, sino también observando cómo reacciona el corazón cuando pierde protagonismo. Si hay paz humilde, libertad interior, frutos de fe y capacidad de obedecer a la realidad, puede haber una señal buena. Si hay ansiedad, celos espirituales, necesidad de control, tristeza excesiva cuando no se la consulta o resistencia a ser corregida, no hay que asustarse, pero sí detenerse y dejar que Dios purifique.

Lo que no debemos llamar maternidad espiritual

Hay formas de relación que pueden parecer muy intensas, muy espirituales o muy necesarias, pero no son maternidad espiritual sana. No lo es dirigir conciencias sin misión ni formación; no lo es crear dependencia; no lo es convertirse en refugio emocional exclusivo de un presbítero o de una persona consagrada; no lo es vivir agotada porque otros siempre necesitan algo; no lo es usar la confidencia como poder; no lo es sostener relaciones ambiguas bajo lenguaje piadoso; no lo es imponer el propio criterio como si fuera voluntad de Dios; no lo es llenar la soledad personal con vidas ajenas.

La maternidad espiritual auténtica siempre deja más espacio a Dios. Si una relación ocupa cada vez más espacio afectivo, si disminuye la libertad, si aísla de la Iglesia, si necesita ocultarse, si provoca ansiedad o si hace que una persona dependa de otra para vivir su vocación, entonces no basta decir que hay mucho cariño o mucha confianza. Hay que ponerlo en la luz, pedir ayuda y purificarlo.

Dios también fecunda lo escondido

No toda fecundidad se ve. Hay mujeres que quizá nunca sabrán del todo cuánto bien hicieron. Una oración sostenida durante años, una palabra dicha a tiempo, una escucha paciente, una corrección hecha con cariño, una puerta abierta, una fidelidad silenciosa, una intercesión por un sacerdote cansado, una presencia al lado de una mujer herida, una catequesis preparada con amor, una renuncia ofrecida sin ruido: todo eso puede construir el Reino de Dios. Lo escondido no es estéril cuando está unido a Cristo.

En un mundo obsesionado con resultados, Dios sigue trabajando como trabaja la semilla: en silencio, bajo tierra, con paciencia, sin espectáculo y sin depender de los aplausos. A veces una mujer no verá el fruto de su maternidad espiritual; otras veces verá apenas un signo pequeño, suficiente para seguir confiando. Pero el Reino no crece solo con lo visible. También crece en una habitación donde alguien reza, en una conversación que salva una esperanza, en una fidelidad que nadie aplaude y en un corazón que decide no cerrarse.

Mientras buscas, ya puedes amar

A ti, mujer cristiana que estás en búsqueda, quisiera decirte esto con mucho respeto y cariño: no tengas prisa por encerrarte en una etiqueta, pero tampoco vivas como si tu vida estuviera suspendida hasta que todo sea claro. Discernir la maternidad espiritual no significa cerrar la puerta al matrimonio, si Dios algún día lo concede y lo confirma; tampoco significa inventarse una misión para no sentir el peso de la espera. Significa vivir el presente con verdad, abrir el corazón a la gracia y dejar que Dios vaya mostrando la forma concreta de tu fecundidad.

Mientras disciernes, puedes amar. Mientras esperas, puedes crecer. Mientras no sabes todavía el nombre definitivo de tu vocación, puedes dejar que Dios ordene tu corazón y haga fecunda tu presencia. Tu vida no empieza cuando por fin tengas todas las respuestas; tu vida ya está siendo mirada, amada y llamada por Dios ahora. No confundas soledad con fracaso, deseo con vocación, utilidad con fecundidad, cansancio con falta de amor, ni maternidad espiritual con necesidad de que otros dependan de ti. Camina con calma, con seriedad, con alegría posible, con los pies en la tierra y el corazón abierto al Espíritu.

Una morada humilde bajo el manto de María

La imagen más hermosa para cerrar este camino quizá sea la de la morada. Una mujer habitada por Cristo puede convertirse poco a poco en un lugar humano y espiritual donde otros respiren mejor, recuerden su dignidad, encuentren aliento, recuperen esperanza y vuelvan a Dios. No porque ella sea extraordinaria, ni porque tenga todas las respuestas, ni porque nunca se canse, sino porque ha permitido que Dios haga espacio dentro de ella. La maternidad espiritual no consiste en llenar un vacío, sino en dejar que Dios haga de la propia vida un hogar para otros.

Adela, Andrea, Sandra, Laura y Mirian no resuelven todos los problemas de la parroquia. No cargan con todo. No son indispensables. Pero, alimentadas por la Eucaristía, sostenidas por María y enviadas por la Iglesia, recuerdan a la comunidad que el Evangelio se vuelve creíble cuando toca la fragilidad concreta. Y si Dios concede a alguna mujer este carisma, no será para que justifique su vida ni para que tape una ausencia, sino para que, bajo el manto de María, su corazón se vuelva un lugar humilde donde otros encuentren aliento, libertad y camino hacia Cristo.

Tu vida no está esperando ser validada por un estado civil, una maternidad visible o una función eclesial. Dios ya la mira con amor; y si te concede el carisma de la maternidad espiritual, no será para que llenes un vacío, sino para que, bajo el manto de María, tu corazón se vuelva un lugar humilde donde otros encuentren aliento, libertad y camino hacia Cristo.


sábado, 2 de mayo de 2026

Homilía del Quinto Domingo de Pascua, ciclo A - Jn 14, 1-12

 

Homilía del Quinto Domingo de Pascua, ciclo A

Jn 14, 1-12

(Dedicado a todas las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y a todos los que han decidido seguir a Jesucristo más de cerca) 


No se turbe vuestro corazón

Hermanitas de los Ancianos Desamparador y demás hermanos en Cristo, en el Evangelio escuchamos a Jesús decir: «No se turbe vuestro corazón». Y no lo dice en un momento fácil. Lo dice en la última cena, cuando todo empieza a oscurecerse, cuando los discípulos sienten que sus seguridades se rompen, cuando no entienden el camino que Jesús está a punto de recorrer.

Por eso esta palabra no es una frase bonita para una estampa. Es una palabra dicha en medio de la noche. Jesús no les promete a los suyos una vida sin tormentas. Les promete algo mucho más profundo: su presencia fiel dentro de la tormenta.

Y esto toca también vuestra vida, vuestra vocación, vuestro servicio diario junto a los ancianos más frágiles. Porque vosotras, hermanas consagradas a Cristo, esposas del Señor Jesús, conocéis bien esas tormentas silenciosas: el cansancio que no siempre se ve, la enfermedad que avanza, la soledad de algunos mayores, las historias heridas que llegan a vuestras casas, las limitaciones propias, las noches largas, las despedidas, las preguntas que a veces no tienen respuesta inmediata.

Aceptar la voluntad de Dios no es dejar de llorar;

es llorar sin soltar su mano.

A veces pensamos que aceptar la voluntad de Dios significa no sentir nada, no sufrir, no hacerse preguntas. Pero no es así. Jesús mismo se turbó. Jesús lloró. Jesús sintió angustia. La confianza cristiana no es dureza de corazón; es abandono filial. No es decir: “me da igual”. Es decir: Padre, me fío de ti, aunque ahora no lo entienda todo.

Y quizá ahí está una de las formas más hermosas de vuestra consagración: estar junto a quienes muchas veces ya no pueden controlar nada. Un anciano que pierde fuerzas, memoria, autonomía, familia, salud, necesita encontrar cerca de sí una presencia que le recuerde que su vida sigue siendo sagrada. Y vosotras, con gestos pequeños, hacéis visible esa verdad.

Una mano que acaricia, una sábana bien colocada, una medicina dada con paciencia, una sonrisa al entrar en la habitación, una oración susurrada junto a una cama, un plato servido con ternura… Todo eso puede parecer pequeño. Pero en el Reino de Dios nada de eso se pierde.

El amor entregado nunca cae en el vacío.

Jesús dice que va a prepararnos un lugar en la casa del Padre. Y esa casa no es solo una promesa para después de la muerte. Empieza ya cuando alguien ama como Cristo. Cada vez que una hermana sirve a un anciano abandonado, la casa del Padre se vuelve un poco más visible en la tierra.

Porque el verdadero rostro de Dios no es el de un poder lejano que mira desde arriba. El verdadero rostro de Dios se ve en Jesús arrodillado, lavando los pies. Dios ama sirviendo. Y vosotras habéis sido llamadas a vivir muy cerca de ese misterio.

La vida que se guarda por miedo se encoge;

la vida que se entrega por amor se abre a la Pascua.

Tal vez no siempre veréis los frutos. Tal vez muchas veces solo veréis fragilidad. Pero la Pascua nos enseña que la vida entregada por amor no se pierde. Dios la recoge, la purifica, la fecunda y la convierte en esperanza.

Por eso, hermanitas, cuando el cansancio pese, cuando alguna cruz cueste, cuando aceptar la voluntad de Dios no sea fácil, recordadlo: no siempre sabremos por qué pasa algo, pero sí podemos saber con quién atravesarlo.

Y hoy Jesús nos lo repite con ternura: No se turbe vuestro corazón: Jesús no ha abandonado la barca.

Homilía del Domingo Quinto del Tiempo Pascual, Ciclo A - Jn 14, 1-12 «Señor, muéstranos al Padre y nos basta»

 

Homilía del Domingo Quinto del Tiempo Pascual, Ciclo A

Jn 14, 1-12  «Señor, muéstranos al Padre y nos basta»

This homily invites us to hear Jesus’ words, “Do not let your hearts be troubled,” as a message of hope for anyone facing fear, uncertainty or spiritual tiredness. It shows that Jesus does not promise a life without storms, but a presence that never abandons us, and reveals the true face of God as love that serves. Listen to the podcast and discover how this Gospel can strengthen your faith, renew your trust, and help you find your place in the Father’s house.

Cuando seguir a Jesús

deja de ser un sueño fácil

Jesús nunca había ocultado a sus discípulos cuál sería su destino. Se lo había anunciado muchas veces, incluso con detalles muy concretos: sería entregado en manos de los sacerdotes y de los escribas; lo escupirían, lo azotarían, lo insultarían, lo condenarían a muerte y lo matarían. Pero no acabaría todo ahí. Su destino último no sería el sepulcro, sino una vida sin fin.

Cuando Jesús hacía estos anuncios, los discípulos cambiaban enseguida de tema. Preferían seguir cultivando sus propios sueños. Pero en el Cenáculo, durante la última cena, tuvieron que enfrentarse a la realidad más dura, porque Jesús les dijo abiertamente: «Estoy a punto de dejaros».

Habían pasado tres años desde que, a orillas del lago de Galilea, se habían visto implicados en el seguimiento de Jesús. Les había impresionado su mensaje, les habían fascinado sus obras, y se habían enamorado de él hasta el punto de dejar su profesión y apostarlo todo por él. Naturalmente, también alimentaban esperanzas de gloria, de éxito, de honores, de riqueza. Eran discípulos, sí; pero discípulos todavía muy humanos, como nosotros, que a veces seguimos al Señor… y de reojo miramos si viene también algún pequeño reconocimiento.

Pero aquella noche, en el Cenáculo, escucharon un anuncio dramático: Jesús iba a dejarlos.

¿Cuál fue su reacción? Es fácil imaginarla: decepción, desconcierto, desorientación. Se dieron cuenta de que todos sus sueños estaban a punto de romperse contra una verdad durísima: se quedarían solos, sin el Maestro.

¿Qué pensarían hacer? Quizá volver a su antigua profesión. Quizá decirse: «Hemos vivido un sueño hermoso, pero por desgracia todo ha terminado. ¿Nos habremos equivocado siguiendo a este Maestro?». 

Cuando el corazón se agita,

Jesús no abandona la barca.

«No se turbe vuestro corazón. Seguid creyendo en Dios y seguid creyendo también en mí».

Los discípulos están inquietos, turbados, sacudidos por dentro. Y Jesús les dice: «No se turbe vuestro corazón». Es importante el verbo griego ταράσσω (tarásso); este verbo indica la agitación de las olas del mar cuando, en plena borrasca, zarandean la barca de un lado a otro.

Esa es precisamente la imagen del corazón de los discípulos. Su interior parece una barca en medio de la tormenta. Están agitados, confundidos, llenos de miedo. Y Jesús quiere tranquilizarlos, sostenerlos, devolverles confianza.

Sus palabras, sin embargo, no van dirigidas solo a aquellos Once, porque Judas ya había salido. Estas palabras están dirigidas también a nosotros hoy, porque también nosotros vivimos llenos de temores y de miedos.

Pensemos por un momento en nuestra situación. ¿Cómo vemos el mundo? Muchas veces nos sale decir: «Todo va mal». Nos sentimos guiados por personas insensatas; vemos guerras por todas partes, decenas de guerras: unas ignoradas, otras muy cercanas, otras que incluso parecen amenazarnos a todos. Y entonces nos asustamos. ¿Adónde va este mundo? ¿Cómo acabará todo?

También como Iglesia experimentamos la hostilidad del mundo. El Evangelio hoy no está precisamente de moda. El mal parece triunfar, y algunos llegan a decir que la Iglesia debería resignarse a desaparecer, como si ya estuviera en un declive irreversible.

Incluso algún cristiano puede llegar a dudar de la palabra de Jesús, de esa promesa según la cual las puertas del infierno —es decir, las fuerzas de la muerte— no prevalecerán contra el reino de Dios (cfr. Mt 16, 18). Entonces aparece la tentación de pensar: «El reino de Dios nunca se implantará en el mundo; al final, siempre vencerá el mal».

Pero Jesús dijo lo contrario. Las puertas del infierno serán derribadas por la palabra del Evangelio. Las puertas de la muerte no resistirán. La Palabra de Dios es más fuerte.

Nuestras fragilidades

no anulan la promesa de Dios.

Pero no estamos agitados y turbados solo por la hostilidad del mundo. También nos inquietan nuestras propias fragilidades, nuestras debilidades, nuestras infidelidades. Y quizá nos preguntamos: ¿cómo vamos a construir nosotros un mundo nuevo?

Ahora bien, pensemos en aquellos Once pobres hombres. Humanamente hablando, nadie habría apostado un euro por el éxito de su misión. ¿Aquellos iban a construir un mundo nuevo? A simple vista, no parecían precisamente el equipo más prometedor de la historia.

También nosotros tenemos a veces la sensación de estar a merced de las olas de un mar agitado. La borrasca que sorprendió a los discípulos en el lago de Galilea es también una imagen de nuestra condición. Y hoy Jesús nos dice: «Contad con estos miedos, con este sobresalto, con esta inquietud interior».

De hecho, si miramos lo que había sucedido antes de que Jesús hablara así, vemos que él había lavado los pies a sus discípulos. Después se había sentado y les había dicho: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?». Y el evangelista señala que, en un momento determinado, Jesús se mostró profundamente turbado y dijo: «Uno de vosotros me entregará» (cfr. Jn 13, 21).

El verbo que se emplea para describir el turbamiento de Jesús es precisamente el mismo que el predicador transcribe como ταράσσω (tarásso). También Jesús estuvo agitado, como los discípulos. Se sintió profundamente herido porque uno de los suyos, uno que había estado con él durante tres años, iba a entregarlo en manos de quienes lo matarían.

Es hermoso es descubrir hasta qué punto Jesús está cerca de nosotros. Él nos comprende porque ha experimentado nuestros mismos miedos, nuestras mismas angustias, nuestro mismo estremecimiento interior. No nos habla desde lejos, como quien da consejos cómodamente sentado; nos habla desde dentro de la tormenta.

Y entonces surge la pregunta: ¿cómo vivir estos momentos de ansiedad y desconcierto?

Este es el consejo que Jesús dio a aquellos once y que nos da también a nosotros hoy: «Seguid creyendo en Dios y seguid creyendo también en mí».  

La fe verdadera se sostiene

cuando no ve resultados.

A veces es fácil confiar en el Evangelio. En alguna ocasión, en algún momento concreto, el Evangelio me pide perdonar a alguien que me ha hecho daño. Bueno, esta vez perdonamos. Cuesta, pero lo hacemos.

Lo difícil es mantenerse firmes en la fe cuando las cosas van realmente mal. Lo difícil es seguir confiando en Jesús cuando parece que los hechos desmienten sus promesas.

Y Jesús nos repite: «Seguid fiándoos de mi palabra. Confiad en el Evangelio. No os equivocáis». Muchas veces nuestras ansiedades nacen de esto: querríamos comprobar inmediatamente el éxito de lo que estamos haciendo, de nuestro compromiso, de nuestra entrega. Nos gustaría ver enseguida el reino de Dios creciendo ante nuestros ojos, para poder decir: «Mis esfuerzos no han sido inútiles».

Si pudiéramos verificarlo todo, quizá no nos desanimaríamos. Pero entonces nuestra fe tampoco tendría que atravesar la noche. Y, sin embargo, eso no ocurre. Más aún: a veces parece que las cosas van de mal en peor. Y entonces empezamos a dudar de que las promesas de Jesús lleguen realmente a cumplirse.

Aquí conviene poner el corazón en paz. Nosotros no veremos el cumplimiento pleno del reino de Dios. No lo vio ni siquiera Jesús durante su vida terrena. Es más, nosotros hoy podemos comprobar mucho más de lo que vio Jesús.

¿Qué vio Jesús? Vio el desconcierto, el miedo y la dispersión de aquellos Doce sobre los que él lo había apostado todo.

Recuperaremos la serenidad cuando aceptemos que no veremos el éxito completo de todo lo que estamos haciendo. Eso tenemos que confiárselo al Señor. Entonces seguiremos creyendo en su palabra, seguiremos actuando según lo que el Evangelio nos sugiere, con una certeza humilde y poderosa: ni una sola brizna de nuestro amor se perderá.

El amor entregado

nunca cae en el vacío.

Jesús sabe que los discípulos están sacudidos en su fe. Pero sabe también que, al final, la relación con él será más fuerte que el miedo. Por eso comienza a hablarles del compromiso que les espera.

Porque seguir a Jesús no significa tenerlo todo controlado. Significa caminar fiados de su palabra, incluso cuando no vemos todavía el fruto. Significa permanecer en la barca cuando el mar se agita, sabiendo que el Señor no ha dejado de estar con nosotros.

Y quizá hoy podemos preguntarnos con sencillez: cuando mi corazón se turba, cuando el miedo me zarandea, cuando no veo resultados, ¿a quién decido creer?

La casa del Padre

no es simplemente “el cielo”

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Yo voy a prepararos un lugar» (cfr. Jn 14, 2). Al escuchar estas palabras, muchos pensamos enseguida en el paraíso: Jesús se habría ido allí para preparar un sitio a cada uno de nosotros. Pero aquí conviene afinar bien. La casa del Padre de la que habla Jesús no es, sin más, el paraíso. El paraíso está preparado desde toda la eternidad, y allí Dios espera a todos sus hijos.

Entonces, ¿cuál es esa casa del Padre? Para entenderlo, no debemos mirar primero al cielo, sino al Evangelio. Jesús llamó «casa de mi Padre» al Templo de Jerusalén cuando expulsó a los vendedores (cfr. Jn 2, 16). Pero también anunció que Dios iba a cambiar de casa: aquel Templo sería destruido, y Dios levantaría un templo nuevo.

Ese día —nosotros lo sabemos— es la Pascua. Allí Dios coloca la piedra angular: Cristo. Y, a partir de esa piedra, construye un edificio espiritual hecho con piedras vivas.

El nuevo templo se construye

con vidas que aman

Las piedras vivas son todos aquellos que aceptan sintonizar su vida con la piedra angular, que es Cristo. Unidos a él, ofrecen a Dios los únicos sacrificios que realmente le agradan: las obras del amor (cfr. 1 Pe 2, 4-5).

En una construcción, las piedras tienen que ajustarse bien a la piedra angular. Tienen que encajar, apoyarse, adherirse. Si cada una va por su cuenta, si no se adapta, si desentona, la casa sale torcida. Y no hace falta ser arquitecto para verlo: hay paredes que parecen decir en silencio que alguien se saltó el plano.

Pues bien, esta es la casa del Padre de la que habla Jesús: el nuevo templo de Dios, una casa viva, construida sobre Cristo y formada por todos los que acogen su propuesta de vida.

En la casa del Padre nadie sobra

Jesús dice que en esta casa «hay muchas moradas», un lugar para cada hermano. Hay sitio para cada piedra viva. Nadie queda excluido. Cada uno tiene su lugar, allí donde está llamado a ofrecer a Dios esas obras de amor que él espera.

Tenemos dones distintos para ponerlos al servicio de los hermanos. Y menos mal que somos distintos, porque también las necesidades son distintas. Unos escuchan, otros acompañan, otros enseñan, otros consuelan, otros sostienen, otros sirven en silencio. Si todos hiciéramos lo mismo, quedarían muchos rincones sin cuidar.

Por eso entra en esta construcción quien pone su vida al servicio del hermano. El lugar que Jesús prepara no es un privilegio para instalarse cómodamente, sino una misión para amar concretamente.

Jesús viene hoy a llevarnos donde él está

Jesús añade que, «volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros». Conviene entender bien esto: Jesús no habla solo de una venida al final del mundo. Habla también de una venida hoy. Él ha ido al Padre, sí, pero viene hoy a buscarnos, porque quiere que estemos siempre con él.

Y entonces podemos preguntarnos: ¿dónde está Jesús? Abramos el Evangelio. ¿Dónde lo encontramos? Lo encontramos siempre allí donde alguien necesita su presencia. Si hay hambre, él está allí. Si hay un enfermo, él está allí. Si hay un leproso rechazado por todos, él está allí, junto al leproso. Si hay una persona herida, alguien que se ha equivocado en la vida y necesita ser devuelto a la alegría y al amor, él está allí.

El camino hacia Jesús pasa por el hermano

Jesús se encuentra siempre donde alguien necesita ser salvado, levantado, acompañado, amado. Y nos está diciendo que conocemos el camino para llegar hasta donde él está. «Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Él nos espera allí, para que nos unamos a él en el servicio a los hermanos. Conocemos la vía para llegar a Jesús porque Jesús quiere tenernos siempre a su lado. Pero estar a su lado significa estar donde él está: junto al pobre, junto al enfermo, junto al descartado, junto al que ha perdido la alegría.

Cristo no nos prepara un sitio para apartarnos del mundo, sino para unirnos a él en el amor que salva.

En este momento, uno de los discípulos no entiende cuál es ese camino. Y quizá también nosotros necesitamos reconocerlo con humildad: muchas veces decimos que queremos estar con Jesús, pero no siempre queremos ir donde Jesús está.

Si Jesús está donde alguien necesita ser amado, ¿estamos dispuestos a ocupar nuestro lugar en la casa del Padre?

Tomás, el gemelo que

se parece demasiado a nosotros

«Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Esta es la segunda vez que Tomás aparece en el Evangelio según san Juan. Y cada vez que se le menciona, se añade también su sobrenombre: Δίδυμος (Dídymos), que significa «gemelo». Es la manera que tiene el evangelista de decirnos: «Atento, porque tú eres gemelo de Tomás. Te pareces a él. Razonas como él. Piensas como él».

Ya nos habíamos encontrado con Tomás en el Evangelio de Juan. Fue cuando Jesús decidió ir a Betania, donde Lázaro había muerto. Los discípulos intentaban disuadirlo: «No vayas, porque en Judea quieren matarte». Pero Jesús estaba decidido a ir. Entonces Tomás intervino, resignado, y dijo a los demás discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él» (cfr. Jn 11, 16).

Ahí Tomás se nos parece mucho. Porque quien todavía no ha recibido la luz de la Pascua ve la muerte como la veía Tomás; como el final de todo. Por eso se resigna: «Bueno, si hay que morir, pues vamos a morir». No hay horizonte, no hay promesa, no hay todavía una luz capaz de atravesar la noche.

Sin la luz de Pascua,

la muerte parece la última palabra

Aquí aparece Tomás por segunda vez, y también aquí nos resulta muy cercano. Le dice a Jesús: «Señor, no sabemos adónde vas». Pero, en el fondo, sí lo sabe; sabe que Jesús va hacia la muerte. Lo que ocurre es que ese camino no le gusta. No quiere verlo. Tomás quiere retener la vida; no quiere entregarla, como está a punto de hacer Jesús.

Por eso dice: «No sabemos adónde vas». Todavía no ha comprendido, porque aún no ha recibido la luz de la Pascua, que la muerte no es el destino último de Jesús. Y, precisamente porque no es el destino último de Jesús, después de la Pascua tampoco la muerte es nuestro destino último.

La vida perdida no es la vida entregada por amor, como hizo Jesús. La vida perdida es la vida retenida para uno mismo.

Quien no ha recibido la luz de la Pascua, como Tomás, intenta retener su vida, quiere disfrutarla para no quedarse con remordimientos, para no sentir que se le escapa algo. Y, sin embargo, esa vida que no se entrega es justamente la que se pierde para siempre.  

Jesús no muestra una vía:

él mismo es la vía

Jesús dice: «Yo soy el camino». Esta afirmación debió de sonar extraña a los discípulos, porque en su catequesis habían aprendido que la vía para llegar a Dios era la observancia de los Diez Mandamientos.

Jesús no desprecia los mandamientos. Pero ahora dice algo decisivo: «Los mandamientos son buenos, sí; pero la vía que debéis seguir ahora es mi persona. Si sigues mis pasos, llegas al Padre».

Los primeros discípulos eran conocidos como los de la vía, es decir, los que seguían el camino trazado por Jesús. Y esa vía, la verdadera, consistía en ir a entregar la vida, en jugarla entera por amor. El camino cristiano no es una idea bonita: es una vida entregada.

La verdad de Jesús desenmascara

nuestros falsos dioses

Jesús dice también que él es «la verdad». Esto no significa simplemente que Jesús nunca dijo mentiras. Aquí la palabra «verdad» indica algo mucho más profundo; Jesús encarna la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre.

¿Quieres ver al verdadero Dios, no al dios inventado por los hombres? Entonces mira a Jesús. Los demás son ídolos, y se parecen demasiado a quienes los han fabricado: un dios severo, susceptible, justiciero, que castiga con rayos a sus enemigos, que empuja a hacer guerras. Todo eso son ídolos. No se parecen al verdadero Dios.

Si queremos ver al verdadero Dios, hemos de mirar a Jesús. Todo lo que no se parece a Jesús no revela al Dios verdadero, sino una caricatura nacida de nuestros miedos y de nuestras violencias.

Y Jesús es también la verdad sobre el hombre. Quien no se parece a él no llega a ser plenamente humano, no realiza de verdad la identidad humana. Puede estar todavía a medio hacer, como una humanidad inacabada.

Si una persona vive en la corrupción, en el desenfreno, en la violencia, si hace la guerra o se impone por la fuerza, no está mostrando al hombre verdadero. El ser humano que no se parece a Jesús queda incompleto.

Jesús es la vida porque

es el amor encarnado

Jesús es también «la vida». Él es el amor hecho carne. Ha seguido siempre esa vida divina que le pertenece por naturaleza, y esa vida lo ha llevado a amar siempre. Solo el amor ha sido su vida.

Las demás propuestas de vida, cuando se apartan de este amor, terminan siendo mortíferas. Pueden parecer brillantes, atractivas, prometedoras; pero si no conducen al amor, acaban empobreciendo la vida.

Estas afirmaciones solemnes de Jesús suenan extrañas en nuestra sociedad actual, que se considera pluralista y que no siempre entiende esta manera de presentarse Jesús como único camino de salvación.

El cristiano que ha comprendido la verdad sobre Dios y sobre el hombre que Jesús nos revela respeta sinceramente las opciones de los demás. No dice que todo sea malo. No. Hay cosas muy bellas en todas las religiones y en muchas filosofías.

Sin embargo, el cristiano sabe que quien busca la plenitud de la luz sobre Dios y sobre el hombre la encuentra solo en Jesús de Nazaret. Esta es la convicción que nace al acercarse a la Palabra del Evangelio, donde la figura de Jesús resplandece con toda su luz.

Después Jesús continúa diciendo: «Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Es otra afirmación enigmática. Y entonces interviene otro discípulo que tampoco ha comprendido lo que Jesús está diciendo.

El deseo que ninguna

cosa puede llenar

«Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».

Felipe dirige a Jesús una petición muy sencilla y, al mismo tiempo, inmensa: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

En esa frase habla el deseo más hondo del ser humano; ver un día el rostro de Dios. No solo saber algo sobre Dios, no solo tener ideas correctas, no solo cumplir unas normas religiosas, sino contemplar su rostro, reconocerlo, descansar en él.

Ese anhelo atraviesa toda la Escritura. El salmista lo dice con palabras encendidas: «Tu rostro, Señor, busco. No me escondas tu rostro» (cfr. Sal 27, 8-9). Y en otro salmo aparece esa imagen bellísima de la cierva sedienta que busca corrientes de agua: así el alma busca a Dios y se pregunta cuándo podrá ver su rostro (cfr. Sal 42, 2-3). También Moisés, en un momento de intimidad audaz con el Señor, se atreve a pedir: «Muéstrame tu gloria» (cfr. Ex 33, 18).

Estamos hechos para el infinito. Estamos hechos con un hueco dentro que ninguna cosa creada puede llenar del todo. Qohélet lo expresa con una frase poderosa: Dios ha puesto el infinito en el corazón del hombre (cfr. Ecl 3, 11).

Y conviene tomarlo en serio. Porque, si no reconocemos que necesitamos a Dios, intentaremos calmar esa sed llenándonos de cosas que nunca bastan: placeres, éxitos, bienes, viajes, fiestas, reconocimientos. Organizamos una fiesta, sale bien, todos contentos… y al día siguiente ya estamos pensando: «¿Y ahora qué? ¿Cuál es la próxima?». El corazón humano tiene una capacidad curiosa: puede convertir hasta la alegría en una agenda de pendientes.

Decimos: «Cuando tenga esto, entonces sí seré feliz». Pero llega eso, y al poco tiempo necesitamos otra cosa. Primero la bicicleta; luego la moto; después el coche; más tarde algo más grande. Y si llegara el avión, tampoco bastaría. No porque esas cosas sean malas, sino porque son finitas. Y el corazón hecho para el infinito no se sacia con cosas finitas.

Por eso Felipe pide: «Muéstranos al Padre». En el fondo está diciendo: «Muéstranos aquello para lo que hemos sido creados. Muéstranos el rostro que puede colmar nuestra sed».

El rostro del Padre

estaba delante de sus ojos

Jesús responde a Felipe con una mezcla de ternura y sorpresa: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Felipe buscaba el rostro de Dios, y lo tenía delante. Ese es el gran anuncio: Jesús ha venido al mundo para mostrarnos el verdadero rostro del Padre.

Por eso recorrió ciudades y aldeas. Por eso entró en las sinagogas. Por eso subió a Jerusalén y entró en el templo. No vino simplemente a enseñar una doctrina religiosa más, sino a quitar las máscaras con las que los hombres habían deformado el rostro de Dios.

Porque los hombres hemos sido muy capaces de fabricar imágenes falsas de Dios: un Dios severo, susceptible, justiciero, siempre dispuesto a castigar; un Dios que lanza rayos contra sus enemigos; un Dios que bendice nuestras guerras, nuestras venganzas y nuestras durezas. Pero esos dioses se parecen demasiado a nosotros. Son ídolos con rostro humano, hechos a imagen de nuestros miedos y de nuestras violencias.

Y Jesús dice: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Felipe, ¿no acabas de ver a Jesús lavando los pies a sus discípulos? Pues ese es Dios. No el Dios sentado en un trono para hacerse servir, no el Dios distante que exige obediencia desde arriba, no el Dios áspero que castiga al que falla. El verdadero Dios se ha mostrado arrodillado, lavando los pies. Ese es el único Dios creíble: el Dios que ama sirviendo. Porque Dios es amor (cfr. 1 Jn 4, 8). Y si amar significa servir, entonces Dios, que es amor infinito, es servidor infinito del hombre.

Quizá a muchos se nos enseñó de pequeños que Dios nos creó para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida, y que, si lo servíamos bien, después nos premiaría. Pero Jesús invierte esa imagen. Dios no busca siervos para aumentar su gloria; Dios quiere hijos que aprendan de él a servir a sus hermanos. Este es el Dios que vemos en Jesús de Nazaret.

Las obras de Jesús son

la prueba del rostro del Padre

Jesús continúa diciendo que hay una prueba de que él refleja el rostro del Padre: sus obras. «Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».

Quien ve sus obras, ve actuar al Padre. Pero conviene no entender esto como si Jesús estuviera presentando una lista de prodigios espectaculares para impresionar.

No pensemos aquí en “milagros” como si Jesús hubiera venido a impresionar con gestos espectaculares. El predicador parece aludir al término griego θαύματα (thaúmata), que significa “prodigios” o “maravillas”. Pero el Evangelio, especialmente el de Juan, prefiere hablar de σημεῖα (seméia), “signos”: gestos que no buscan deslumbrar, sino revelar el rostro del Padre. Y el signo más grande de todos no es una demostración de poder, sino el amor entregado hasta el final. n cualquier caso, la idea es clara; los evangelios presentan las acciones de Jesús como signos, y el signo mayor es el amor llevado hasta el extremo, el don total de la vida.

Jesús le está diciendo a Felipe: «Abre las páginas del Antiguo Testamento. Mira cómo actúa Dios. ¿Qué obras ves?». Ves a un Dios que libera de la esclavitud, porque no soporta que nadie viva encadenado. Ves a un Dios que ama la vida. Ves al padre de los pobres, al defensor del huérfano y de la viuda, al protector del extranjero.

Ves a un Dios que rechaza el culto hipócrita y reclama justicia; un Dios que quiere pan compartido con el hambriento y vestido compartido con el desnudo (cfr. Is 58, 6-7). Ves a un Dios que libera del pecado. No lo restriega por la cara, no humilla al pecador, no se recrea en la culpa. Al contrario, aparta el pecado para que el hombre pueda volver a vivir.

El libro de la Sabiduría dice que Dios cierra los ojos ante los pecados de los hombres para que se conviertan (cfr. Sab 11, 23). Isaías anuncia que no apagará el pábilo vacilante ni quebrará la caña cascada (cfr. Is 42, 3).

Es precioso ver qué hace Dios con los pecados. El Sirácida dice que los disuelve como la escarcha (cfr. Eclo 3, 15). El salmo proclama que, como dista el oriente del occidente, así aleja de nosotros nuestras culpas (cfr. Sal 103, 12). Miqueas afirma que Dios arroja nuestros pecados al fondo del mar (cfr. Miq 7, 19). Y Jeremías pone en labios de Dios esta promesa: «Perdonaré su culpa y no recordaré ya su pecado» (cfr. Jer 31, 34).

Felipe, ¿no lo ves? Todo eso que el Padre ha revelado a lo largo de la historia se reproduce perfectamente en Jesús. El rostro del Padre lo tienes delante de los ojos.

Creer en Jesús es prolongar sus obras

Jesús añade todavía una afirmación sorprendente: «el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores». De nuevo, no pensemos en milagros entendidos como gestos espectaculares. No se trata de competir con Jesús en prodigios, como si la fe cristiana fuera una feria de poderes religiosos. Se trata de continuar sus signos: las obras que revelan el amor del Padre.

Las obras del Padre se manifestaron plenamente en Jesús. Pero ahora deben seguir manifestándose en sus discípulos. El cristiano está llamado a hacer visible, con su vida, el rostro del Padre que Jesús ha mostrado.

Jesús dice incluso que sus discípulos harán obras mayores. ¿Qué significa esto? Que la vida terrena de Jesús se desarrolló en un espacio histórico y geográfico limitado. Su paso visible por Galilea, Judea, Jerusalén, tuvo fronteras concretas. Pero, a través de sus discípulos, el rostro del Padre puede seguir manifestándose en todos los lugares, en todos los tiempos, en todas las culturas, en todas las heridas de la historia.

A través de nosotros, el Padre quiere continuar mostrando que él es servidor del hombre. Cada vez que alguien ama como Jesús, sirve como Jesús, perdona como Jesús, levanta como Jesús, acompaña como Jesús, el mundo vuelve a ver algo del rostro de Dios. Cuando ese amor llega incluso al enemigo, cuando no se limita a los amigos, cuando no se mide por simpatías, cuando no busca recompensa, entonces se descubre que ahí hay una fuerza que no nace simplemente de la tierra. Hay un amor que viene de lo alto. Hay un amor que lleva la firma de Dios.

Nuestra vida entregada es la que testimonia que somos hijos de Dios. No bastan discursos sobre Dios si después nuestra vida desmiente su rostro. No basta decir que Dios es amor; estamos llamados a hacerlo visible.

Con nuestra vida somos llamados a testimoniar que Dios es amor.