¿Por qué el
bien que recibe otra persona puede hacer que dejemos de agradecer el bien que
ya habíamos recibido? En esta
breve homilía sobre Mateo 20,1-16, la parábola de los trabajadores de la
viña nos coloca ante una de las trampas más silenciosas de la vida espiritual:
la comparación. Los primeros trabajadores reciben exactamente lo acordado, pero
su denario comienza a parecerles poco cuando descubren que los últimos han
recibido lo mismo. Jesús nos conduce así desde nuestras cuentas hasta una
pregunta mucho más profunda: «¿Te molesta que yo sea bueno?». Haber
conocido antes a Cristo, haber rezado, servido y permanecido fieles no es un
crédito acumulado frente a Dios: también haber sido llamados desde el amanecer
era ya una gracia. No has recibido menos porque el otro haya recibido mucho.
Homilía Breve del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 20, 1-16 — «¿Te molesta que yo
sea bueno?».
Pedro acaba de
hacerle a Jesús una pregunta muy humana: «Nosotros lo hemos dejado todo y te
hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?» (cfr. Mt 19,27). Es la pregunta de quien
ha hecho un esfuerzo y quiere saber qué recibirá a cambio. Y Jesús, en lugar de
darle una respuesta matemática, cuenta una parábola.
Un propietario
sale al amanecer para contratar trabajadores para su viña. Vuelve a salir a
media mañana, al mediodía, por la tarde e incluso cuando apenas queda una hora
de jornada. Dios aparece así como alguien que no se cansa de salir a buscar.
Unos conocen a Cristo muy pronto; otros lo descubren después de muchos años;
algunos regresan tras haberse alejado; otros quizá llegan cuando creían que ya
era demasiado tarde. Pero mientras queda vida, Dios sigue llamando.
Al terminar el día, el dueño empieza a
pagar. Los últimos, que apenas han trabajado una hora, reciben un denario. Los
primeros lo ven y hacen rápidamente sus cálculos: «Si a estos les da un
denario, a nosotros nos dará más».
Pero reciben
también un denario. Y protestan.
Aquí está la
primera clave para comprender la parábola: el dueño no ha sido injusto con
ellos. Les entrega exactamente lo que habían acordado. Es justo con los
primeros y, al mismo tiempo, es generoso con los últimos.
El problema, por tanto, no comienza cuando
los primeros reciben su paga. Comienza cuando ven lo que recibe el otro.
Hasta ese momento,
un denario era suficiente. Pero después de mirar el denario del compañero, el
suyo empieza a parecerles poco. Y esto nos resulta muy familiar. Podemos estar
contentos con nuestra vida hasta que empezamos a compararla. Estamos
agradecidos por lo que tenemos y, de repente, vemos lo que otro ha conseguido,
las oportunidades que ha recibido, la vida que muestra en las redes sociales… y
algo cambia dentro de nosotros.
Nuestra vida no ha empeorado. Ha
cambiado nuestra mirada.
Por eso el
propietario pregunta: «¿Es malo tu ojo porque yo soy bueno?» (cfr. Mt 20,15).
En el lenguaje bíblico, el «ojo malo» es esa mirada estrecha que no soporta
fácilmente el bien del otro.
Y esta parábola
toca especialmente a quienes llevamos mucho tiempo en la viña. Podemos pensar:
«Yo llevo toda la vida intentando ser fiel, rezando, colaborando, sirviendo».
Todo eso es bueno. El problema aparece cuando convertimos esa fidelidad en una
especie de cuenta presentada a Dios: «Después de todo lo que yo he hecho,
debería tratarme mejor que a ese que acaba de llegar».
Entonces
necesitamos recordar algo esencial: haber entrado en la viña desde el
amanecer también era parte del regalo.
Haber conocido
antes a Cristo, haber aprendido a rezar, haber descubierto antes el perdón,
haber encontrado una esperanza que nos sostuviera en los momentos difíciles…
¿de verdad pensamos que todo eso ha sido solamente trabajo? También ha sido
gracia.
Por eso, cuando alguien llega a la última
hora, Dios no nos está quitando nada. Está encontrando a otro hijo.
Quizá la
conversión del trabajador de la primera hora consiste precisamente en aprender
a decir: «Señor, gracias por haberme llamado tan pronto… y gracias porque
también has salido a buscarlo a él».
Porque hay una verdad que puede liberarnos
de muchas comparaciones:
No has recibido
menos porque el otro haya recibido mucho.
Y la bondad de Dios hacia otra persona no
disminuye en nada la bondad que ha tenido contigo.
Por eso Jesús nos
deja hoy una pregunta que merece acompañarnos durante toda la semana: «¿Te
molesta que yo sea bueno?»