A
modo de prólogo: El Credo
El
Credo, contado por Nicolás (26 años):
cuando
vas en modo supervivencia
y
necesitas un suelo
Introducción
Me llamo Nicolás,
tengo 26, y te lo digo sin drama: hay días en los que no estoy “mal”… pero
estoy cargado. Hay semanas en las que se juntan exámenes, curro, mil
cosas, y mi cabeza se pone a hacer listas incluso cuando intento dormir. Y
encima la vida no pide cita: el dentista, el presupuesto, la cuenta del banco
mirándome con cara de “¿y ahora qué?”. Y cuando a un amigo le detectaron
cáncer, fue como si alguien apagara la música de golpe. Ahí te das cuenta de
que hay cosas que no se arreglan con “ánimo” y ya.
Y sin darme cuenta empecé a vivir en modo
supervivencia: tirar, aguantar, cumplir, contestar “todo bien” por inercia…
mientras por dentro iba con el depósito en reserva. Y justo ahí me salió una
pregunta que me dio hasta rabia, porque no era filosófica: era real. “Vale… ¿yo
en qué me apoyo? ¿Qué me sostiene cuando no puedo con todo?”.
Yo antes pensaba
que creer era tener ideas religiosas. Me equivoqué. Creer es tener un
suelo cuando la vida te pisa. Y el Credo, aunque suene a cosa antigua, a mí me
ha servido como un punto firme. No me ha quitado los problemas, pero me ha
evitado irme a pique.
1) El
Credo no es un texto viejo:
es
mi “base” cuando todo se me mueve.
Si
cada semana cambio de brújula, me mareo.
Hay temporadas en
las que vivo a base de “lo que toque”: hoy tiro, mañana me hundo; hoy me da
igual, mañana me pesa todo. Y encima te piden que estés bien, que rindas, que
sonrías, que no te quejes… como si el corazón tuviera un botón de “reiniciar”.
Y sí, también me pasó lo típico que
desequilibra a cualquiera: una ruptura que no se cura en dos días. Fotos que
sigues guardando porque tirarlas te parece como borrar media vida. Un regalo
que ves y te remueve por dentro como si te apretaran el pecho. Planes que
tenías, lugares que ibas a pisar, amigos en común… y tú por fuera funcionando y
por dentro recogiendo pedazos.
Y luego está lo cotidiano, que remata: me
acuesto pensando “mañana empiezo”, pero abro el móvil “dos minutos” y cuando
miro el reloj son las 2:17. Al día siguiente voy en piloto automático, con
ojeras y la cabeza a mil.
Ahí el Credo no me
entró como un discurso, sino como un centro.
Fue como decirme: “Vale, Nico. Para un momento. ¿Qué sostiene tu vida, incluso
cuando se te ha movido todo?”. El Credo no me dio una vida sin problemas, pero
me dio dirección. Y cuando uno tiene dirección, aunque vaya lento, no va
perdido.
2) “Símbolo”
significa “lo que une”:
El
Credo me cose cuando me disperso
Lo que me rompe por dentro casi
siempre empieza por separarme.
Yo
antes oía “símbolo” y pensaba en una pulsera o en un logo. Pero en realidad
“símbolo” va de unir, de juntar piezas que encajan. Y el Credo se llama
“símbolo” porque me une a Dios y me une a un pueblo. Y ojo: lo contrario de
unir no es “ser moderno”. Lo contrario es vivir disperso, dividido, con mil
versiones de mí mismo según con quién esté.
Lo he visto mil veces: un grupo de
WhatsApp que era sano se convierte en un campo minado. Indirectas, capturas,
silencios raros, “me han dicho que tú has dicho…”. Y de pronto estás con el
corazón en guardia. Eso divide. Te deja solo aunque estés rodeado de gente.
Cuando yo rezo el
Credo, no me encierro: me coloco. Me saca del “a mi bola” que parece
libertad pero a veces es soledad camuflada. Me recuerda que la fe no es un
secreto en una caja fuerte, sino una pertenencia que te sostiene.
3)
“Yo creo”… pero yo no aprendí a creer solo
Mi
fe es personal, sí, pero no la fabriqué yo en mi cuarto.
Decir “yo creo” es
mi libertad. Pero ese “yo” se apoya en un “nosotros”. Nadie aprende a hablar
inventándose el idioma: lo recibe, lo aprende, lo hace suyo. Con la fe pasa
igual: yo no me inventé a Dios como quien se inventa un personaje; lo encontré
y lo recibí dentro de una historia y una comunidad.
Y te lo digo con
honestidad: cuando yo decía “yo creo a mi manera”, a veces quería decir:
“yo me hago un Dios que no me incomode”. Un Dios que siempre me da la razón,
que nunca me corrige, que no me pide nada. Al principio parece cómodo… hasta
que llega un golpe de verdad y ese “Dios a mi medida” no sostiene nada.
El Credo me bajó a
tierra: me puso delante de un Dios real, no de un espejo. Y eso, aunque al
principio pique, es una buena noticia. Porque un Dios real te puede sostener
cuando tú no puedes. Un espejo, no.
3) De
Israel al Credo:
antes
que “yo creo”, hubo un “Escucha”
La fe no empezó en
un despacho: empezó en un pueblo que aprendió a recordar. Esto a mí me ayudó
mucho: el Credo cristiano no aparece de la nada. Tiene un camino detrás. Y ese
camino empieza en Israel con una palabra que suena simple y es una revolución: Shemá,
“Escucha”. Es como si Dios dijera: “Antes de correr, antes de reaccionar, antes
de perderte… para y escucha. No estás solo”.
Israel aprendió a creer recordando lo que
Dios hace. No como nostalgia, sino como identidad: “Yo sé quién soy porque sé
quién me ha sostenido”.
A mí el ‘Escucha’
me baja las revoluciones. Porque cuando me creo que todo depende de mí, la
ansiedad se vuelve jefa. Y cuando la ansiedad manda, yo voy a la carrera por dentro,
aunque esté sentado. El Shemá educa el corazón: me recoloca.
5)
Muy breve: ¿Qué dice el Credo? (lo esencial, sin rollos)
El
Credo no es una lista fría:
Es
un mapa de salvación.
Cuando yo digo el
Credo, estoy diciendo siete cosas muy simples (y muy fuertes):
·
Hay
un Padre: no estoy aquí por accidente; tengo origen y soy querido.
·
Hay
un Hijo, Jesucristo: Dios no se quedó lejos; entró en mi historia para
salvarme.
·
Hay
un Espíritu Santo: no estoy solo para cambiar; Dios me mueve por dentro.
·
Hay
una Iglesia: no me toca creer en solitario; hay una familia y una
comunión.
·
Hay
perdón: mi historia no queda sellada por mis errores; puedo recomenzar.
·
Hay
resurrección: mi vida y mi cuerpo importan; no soy un fantasma con
piernas.
·
Hay
vida eterna: el final no es el final; hay una meta que no se rompe.
Y lo más bonito es
que del Shemá al Credo hay un hilo claro: escuchar, responder, vivir. El
Pueblo de Israel nos ha enseñado a descubrir la presencia de Dios por medio de
la escucha, ya que Dios ha hablado siempre, incluso, en los acontecimientos más
sencillos y cotidianos.
6)
El Credo nació en el Bautismo:
Renuncia
y profesión, o sea, cambio de centro
Creer
no es “sentir bonito”: Es elegir quién manda en mí.
Esto también me
cambió el enfoque: el Credo no nació como “tema”. Nació pegado al Bautismo:
renuncia y profesión. Renunciar al mal no es ponerse intenso: es reconocer que
hay cosas que te prometen alivio y luego te esclavizan. Y profesar la fe en el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no es recitar: es decir “me fío”, “me apoyo
aquí”, “quiero vivir desde otro sitio”.
Renunciar, para mí, a veces ha sido muy
concreto: poner límites a algo que me engancha; cortar una dinámica que me
estaba apagando; dejar de alimentar una comparación que me amarga; pedir ayuda
en vez de hacerme el fuerte. Y profesar también es concreto: elegir verdad,
volver a levantarme, dejar que Dios me acompañe de verdad, no solo cuando “me
sale”.
A mí me ayudó una
imagen antigua que es brutal: el Credo como escudo y como viático. Los cristianos de
los primeros siglos decían algo así: el Credo es un escudo cuando te atacan por
fuera (presión, burlas, tentaciones, miedo), y es viático cuando te falta
fuerza por dentro (cansancio, tristeza, ganas cero). O sea: te protege y te
alimenta. No te hace invencible, pero te mantiene de pie.
7)
Lo recibido se confiesa:
la
fe entra por el oído y sale en forma de vida
Si
mi fe se queda en ideas, se enfría;
si
baja a la vida, se vuelve verdad.
Yo recibí la fe
porque alguien me la anunció, alguien me la mostró, alguien me acompañó. Y
luego entendí que confesar no es “dar un discurso perfecto”; es vivir de una
manera que diga: “Esto me sostiene”.
Confesar la fe
puede ser no reírme del que todos señalan para encajar yo; pedir perdón en casa
sin el “sí, pero tú también”; no usar a nadie como parche emocional; estar al
lado de un amigo enfermo sin soltar frases vacías, simplemente estando. Y
cuando no puedo más, reconocerlo y buscar ayuda en lugar de hacerme el fuerte.
San Pablo lo dijo
clarísimo: creer por dentro y confesar por fuera van juntos. Si se separan, algo se enfría. No se trata
de ser perfecto. Se trata de ser real.
8)
“Amén” es apoyo:
cuando
no me da la vida, me sostiene la fidelidad
“Amén”
no es “fin”:
Es
“me fío aunque hoy esté roto”.
Hay días en los
que rezar me sale fácil, y días en los que no me sale nada. Y yo también he
pensado: “Si hoy no siento, entonces ya no creo”. Pero no. La fe no es un
termómetro de emociones. “Amén” significa: “Aquí me apoyo”. Es aprender a
sostenerte en Dios cuando tú estás flojo.
Es como entrenar o estudiar: hay días
motivados y días de disciplina. Curiosamente, los días que te construyen por
dentro son los segundos. El “Amén” es esa constancia del alma: no porque yo sea
de hierro, sino porque Dios es fiel incluso cuando yo estoy cansado.
La fe adulta no es
la que nunca duda: es la que aprende a confiar incluso con dudas. No es una fe de museo. Es una fe de calle.
A
modo de epílogo
Si te soy sincero,
el Credo no está en mi vida para que yo gane discusiones ni para que parezca
“más religioso”. Está para que yo no viva a merced de lo que me pasa por dentro
o de lo que me exige lo de fuera. Es “símbolo” porque une cuando yo me disperso;
viene con el hilo de Israel que aprendió a escuchar; se hace cristiano en
Jesucristo; me injerta en un “nosotros”; nace del Bautismo como vida nueva; se
recibe y se confiesa; y termina en un “Amén” que no es punto final, sino punto
de apoyo.


