viernes, 4 de septiembre de 2026

El brujito de Gulubú - Rosa León

Escucha aquí el episodio completo:

¿Qué significado puede descubrir un adulto al volver a escuchar El brujito de Gulubú, la célebre «Canción de la vacuna» de María Elena Walsh popularizada en España por Rosa León? Detrás del humor, las palabras incompletas y el ritmo de esta canción infantil aparecen preguntas sorprendentemente hondas sobre el poder, la pérdida de la voz, la memoria, la educación, la autoridad y el aprendizaje de la libertad. Esta reflexión recorre la vaca que ya no puede decir «mu», los niños que olvidan, el médico que cura sin convertirse en un nuevo dueño y el brujito que se resiste a perder su poder. Una lectura adulta —también abierta a la mirada cristiana— sobre cómo recuperar la libertad sin reproducir aquello mismo que nos había sometido.

 

El brujito de Gulubú:

aprender a vivir después del hechizo

 Una canción infantil sobre la voz, la memoria,

el poder y el difícil aprendizaje de la libertad

 

Hay canciones que aprendemos mucho antes de estar en condiciones de comprenderlas. Quedan durante años en la memoria, unidas a una melodía, a una voz, quizá a una televisión encendida en alguna habitación de la infancia. Después volvemos a escucharlas siendo adultos y ocurre algo extraño: la canción no ha cambiado, pero nosotros sí.

Entonces unas palabras que parecían solamente divertidas comienzan a dejar otro poso.

Puede suceder con «Canción de la vacuna», de María Elena Walsh, conocida entre nosotros sobre todo como El brujito de Gulubú y especialmente recordada en España en la voz de Rosa León.

Antes de buscar significados ocultos conviene hacer algo más sencillo: escucharla de nuevo.

Porque es, ante todo, una canción.

Lo que aprendimos antes de poder explicarlo

Una canción no se recibe igual que una explicación. Se repite, se anticipa, entra en la memoria. El cuerpo acompaña el ritmo y llega un momento en que sabemos cómo continúa una frase antes de que termine de sonar.

En las notas que han dado origen a esta reflexión aparecía una intuición que merece permanecer: aquello que se canta deja de ser solamente una idea que alguien comunica desde fuera. Se recuerda, se comparte y, de algún modo, «se hace cuerpo».

Un niño no necesita conocer el significado de la palabra arbitrariedad para percibir que algo no está bien en alguien que embruja a los demás «sin ton ni son». Tampoco sabe necesariamente qué es la censura, pero entiende que una vaca que ya no puede decir «mu» ha perdido algo. Y no posee una teoría sobre la educación o la memoria, pero sabe que hay algo triste en unos niños que olvidan continuamente la lección.

Hay cosas que quizá aprendimos primero cantándolas.

Mucho después llegaron los conceptos.

«A toda la población embrujaba sin ton ni son»

Todo empieza como un cuento:

«Había una vez un bru,
un brujito que, en Gulubú
…»

El diminutivo le quita solemnidad. No aparece un gran tirano envuelto en tinieblas, sino un brujito. María Elena Walsh lo instala desde el principio en el territorio del disparate y del humor.

Pero inmediatamente sabemos qué hace:

«A toda la población
embrujaba sin ton ni son».

No existe una razón. Tampoco un proyecto. Nadie le ha hecho nada que explique su comportamiento. Sencillamente posee una capacidad sobre los demás y la utiliza.

En nuestras notas había aparecido una descripción muy precisa: no construye, no propone, no transforma para bien; ejerce poder por ejercerlo.

Tal vez ahí comience el hechizo: no en la mera existencia del poder, sino en el momento en que alguien deja de preguntarse para qué lo tiene.

Eso puede suceder en lugares muy distintos. En una sociedad, naturalmente, pero también en una familia, una institución, una comunidad, una relación educativa o espiritual. Basta con que una persona descubra que puede influir decisivamente sobre otra y termine considerando esa capacidad como una prolongación de sí misma.

Walsh no explica nada de esto.

Nos presenta una vaca.

Una vaca que ya no puede decir «mu»

«La vaca de Gulubú
no podía decir ni mú.
El brujito la embrujó
y la vaca se enmudeció
».

La imagen hace sonreír, pero tiene algo inquietante.

La vaca sigue allí. No ha sido convertida en otra cosa. Sigue siendo lo que era y, sin embargo, ya no puede expresar algo elemental de su propia condición.

Ha perdido la voz.

En las notas preparatorias veíamos aquí un sufrimiento mudo, una privación que existe aunque quizá quien la padece ni siquiera disponga de palabras para nombrarla.

Más adelante surgía otra intuición: el hechizo puede impedir que la vaca actúe como vaca, pero no puede lograr que deje de serlo. Puede deformar la manera en que una realidad se manifiesta; no tiene poder creador sobre su verdad última.

El mal de Gulubú funciona así. No crea.

Interfiere.

Impide.

Reduce.

La vaca conserva lo que es, pero ya no puede hacerlo oír.

No es difícil reconocer algo humano en esa imagen. Hay personas que siguen sabiendo lo que piensan y sintiendo lo que sienten, pero que poco a poco han aprendido que expresarlo trae problemas. Continúan presentes, aunque una parte de su vida haya quedado condenada al silencio.

En determinados momentos históricos esa imagen puede adquirir una resonancia política evidente. Pero no hace falta reducirla a la censura para comprender su fuerza. Perder la voz ocurre también dentro de una casa, de una relación o de una comunidad.

Y quizá haya algo todavía peor que quedar en silencio: terminar acostumbrándose.

Gulubú continúa funcionando. La vida no se detiene porque la vaca haya dejado de mugir.

En las notas apareció una expresión especialmente fecunda: lo anormal se normaliza.

Un hechizo alcanza una eficacia inquietante cuando deja de parecernos extraño.

Cuando ya no preguntamos.

Cuando empezamos a decir:

«Aquí las cosas son así».

Los niños que olvidaban

Después llegan los niños:

«Los chicos eran muy bu,
burros todos en Gulubú.
Se olvidaban la lección
o sufrían de sarampión
».

El tono sigue siendo ligero, pero el daño ha cambiado de lugar.

La vaca había perdido la voz.

Los niños tienen afectada la capacidad de aprender y recordar.

La canción no dice solamente que no sepan. Dice algo más preciso: «se olvidaban la lección». Hay una memoria que no consigue guardar lo aprendido.

En las notas hablábamos de una «inteligencia en formación» interferida.

Y eso introduce una dimensión nueva. Un niño no es solamente el presente de Gulubú. Es también una parte de su futuro.

Toda comunidad necesita personas capaces de hablar. Pero necesita también personas capaces de comprender, conservar la experiencia, aprender de ella y transmitirla.

De pronto la vaca y los niños forman una pareja inesperada:

voz y memoria.

No poder decir.

No poder conservar lo aprendido.

Dos maneras diferentes de vivir por debajo de las propias posibilidades.

Y entonces la propia canción empieza a hacer algo muy curioso.

Mientras los niños olvidan, la canción les pide recordar

«Había una vez un bru…».

«Los chicos eran muy bu…».

«Se curaron con la vacú…».

Walsh deja las palabras incompletas y el oyente las termina antes de escucharlas.

Hay que anticipar.

Reconocer.

Recordar.

Mientras dentro de Gulubú el hechizo interfiere en la inteligencia de los niños, la canción está haciendo trabajar la inteligencia del niño que escucha.

Nuestro documento había detectado esta paradoja con especial acierto.

El hechizo hace olvidar. La canción obliga a recordar.

Y todavía hará algo más.

Preguntará.

«¿Y saben lo que pasó?»

La historia podría continuar directamente.

Pero la voz se detiene:

«¿Y saben lo que pasó?
¿Y saben lo que pasó?»

El brujo nunca pregunta.

Hace.

Dispone.

La voz de la canción, en cambio, deja un espacio para el otro.

No parece gran cosa, pero ahí se distinguen dos formas completamente diferentes de relacionarse con alguien. Una actúa sobre él. La otra lo reconoce como interlocutor.

En la interpretación de Rosa León ese instante adquiere además una vida propia. Los niños responden juntos:

«¡NOOOOOOO!»

No conviene convertir ese «no» en lo que no es. No están rechazando políticamente al brujo. Sencillamente están diciendo que no saben qué ocurrió.

Y quizá precisamente por eso la escena sea tan bonita.

Acabamos de escuchar que una vaca ha perdido la voz. Ahora unos niños reales hacen oír la suya.

Y pueden decir:

no sé.

No necesitan fingir.

Nadie los reprende.

La narración continúa desde ese reconocimiento.

Una verdadera educación necesita también ese espacio: poder preguntar, poder responder y poder admitir que todavía no sabemos.

«Pero un día…»

Entonces la canción cambia.

«Pero un día llegó el doctorrrrr
manejando un cuatrimotorrrrr».

Dos expresiones pequeñas abren una grieta en la repetición.

Pero.

Un día.

Hasta ese momento Gulubú parecía condenado a reproducir siempre la misma lógica. El brujo actuaba y los demás padecían.

Ahora existe un acontecimiento.

Hay un antes.

Habrá un después.

Y en la interpretación aparece aquella r prolongada que resulta imposible separar de la canción:

doctorrrrr…

cuatrimotorrrrr…

La palabra empieza a sonar como el motor que nombra.

En nuestras notas aparecía una intuición especialmente sugerente: mientras el mundo de Gulubú está marcado por el bloqueo, el sonido introduce movimiento.

No necesitamos convertir esa vibración en un símbolo político deliberado.

Es suficiente atender a la escena.

Hasta ahora teníamos silencio y repetición.

Ahora algo llega.

Existe un afuera.

Gulubú descubre que su hechizo no ocupa todo el horizonte.

Quizá una de las formas más profundas de inmovilidad aparezca cuando dejamos de creer que otra realidad es posible. Ya no hace falta que alguien nos diga continuamente «no puedes». Basta con que hayamos interiorizado algo más fuerte:

«Nada va a cambiar».

Entonces el simple ruido de algo que se acerca contiene ya una promesa.

Todavía no ha sucedido la curación.

Pero la historia ha vuelto a moverse.

Un médico, no otro mago

¿Por qué un médico?

Walsh podría haber enviado a un hada, una bruja buena o un hechicero más poderoso. Habría encajado perfectamente en la historia.

No lo hace.

Llega alguien cuya tarea consiste en curar.

Esta diferencia cambia todo el relato.

Otro brujo más fuerte habría mantenido intacta la lógica anterior. El problema habría terminado porque un poder mayor habría vencido a otro menor.

Pero entonces Gulubú sólo habría cambiado de amo.

Las notas de trabajo habían llegado muy pronto a esta intuición: no hace falta un brujo superior; hace falta otra lógica.

El brujo y el médico poseen capacidades que los demás no tienen, pero las usan de maneras distintas.

Uno dispone.

El otro cuida.

Uno reduce las posibilidades de los otros.

El otro intenta devolverlas.

Y entonces la pregunta deja de ser exclusivamente política.

Cualquiera puede tener algún tipo de poder en la vida de alguien.

Un padre.

Un profesor.

Un sacerdote.

Un médico.

Un responsable.

Una persona a quien otra ha confiado una fragilidad.

La cuestión decisiva no es sólo cuánto poder poseemos, sino qué hacemos con la vida del otro cuando, de alguna manera, queda en nuestras manos.

¿Necesitamos adaptarlo a nosotros?

¿O conseguimos ayudarlo sin apropiarnos de él?

El documento terminaba llegando precisamente a esa alternativa: disponer o cuidar y dejar ser.

«Todas las brujerías se curaron»

También aquí el lenguaje importa.

No dice que fueran aplastadas.

Ni vengadas.

Ni exterminadas.

«Se curaron».

La palabra introduce una lógica nueva.

La vaca no recibe una identidad distinta. Recupera su voz.

Los niños no son sustituidos. Recuperan sus posibilidades.

Gulubú no tiene que ser destruido para volver a empezar.

La vida puede sencillamente volver a funcionar.

Hay una enorme sobriedad en esta forma de imaginar la liberación.

A veces pensamos los grandes cambios mediante imágenes heroicas. Sin embargo, muchas curaciones reales terminan en cosas bastante pequeñas:

alguien vuelve a hablar;

un niño vuelve a aprender;

una persona deja de vivir pendiente del miedo;

una relación recupera un espacio que parecía perdido.

No ocurre nada espectacular.

La vida vuelve a parecer vida.

«Uno y único en Gulubú»

Queda todavía alguien.

«Ha sido el brujito el ú,
uno y único en Gulubú,
que lloró, pateó y mordió
cuando el médico lo pinchó».

La canción insiste: uno y único.

Él reacciona de manera distinta.

Y quizá sabemos por qué.

Los demás tienen algo que recuperar.

El brujo tiene algo que perder.

Para la vaca, dejar atrás el hechizo significa volver a tener voz.

Para los niños, recuperar capacidades.

Para el brujo, significa que se termina aquello que le permitía disponer de todos.

Una misma transformación puede ser vivida por unos como recuperación y por otro como amenaza. Esa intuición estaba ya claramente formulada en las notas de trabajo.

Walsh, además, construye una pequeña escalada.

Lloró.

Pateó.

Mordió.

El malestar se convierte en resistencia y la resistencia termina dirigiéndose contra quien está poniendo fin al daño.

La escena hace reír a un niño.

Un adulto puede reconocer algo más incómodo.

No siempre queremos ser curados de aquello que, de alguna manera, nos beneficia.

Una familia puede comenzar a establecer relaciones más sanas y alguien sentir los nuevos límites como una agresión.

Una comunidad puede recuperar espacios de libertad y quien estaba acostumbrado a decidir por todos experimentar la autonomía ajena como una pérdida.

Una persona puede querer profundamente que su vida cambie y descubrir que no quiere tocar precisamente aquello que tendría que cambiar.

Queremos que desaparezcan determinadas consecuencias.

No siempre estamos dispuestos a renunciar a lo que las produce.

Tampoco el brujo es destruido

Y aquí la canción evita un final demasiado sencillo.

No lo eliminan.

No desaparece bajo otro hechizo.

El médico lo pincha también a él.

Eso no borra la diferencia entre quien ha causado el daño y quienes lo padecieron. No son posiciones moralmente equivalentes.

Pero tampoco el responsable queda reducido para siempre a aquello que hizo.

En las notas había aparecido una expresión especialmente fecunda: el brujito también necesita ser liberado de sí mismo.

Ahí se abre una cuestión difícil.

Terminar con el mal sin reproducir su lógica.

Hacer justicia sin convertir la justicia en venganza.

Reconocer la responsabilidad sin negar la posibilidad de que una persona llegue a ser algo distinto de sus peores actos.

No siempre sabemos hacerlo.

Pero quizá una sociedad verdaderamente libre tenga que aprender también eso.

«Y después se marchó el doctor»

Al final cambia la fórmula.

Ya no escuchamos que el médico llega.

«Y después se marchó el doctor
manejando un cuatrimotor».

Puede parecer un detalle narrativo.

No lo es.

El médico no se queda como nuevo dueño de Gulubú.

No utiliza la gratitud para construir dependencia.

No reclama el centro.

Se marcha.

En las notas habíamos visto en ese gesto una forma especialmente limpia de autoridad: ayudar sin colonizar, acompañar sin apropiarse del ayudado.

Un buen padre no educa para conservar eternamente un niño.

Un maestro no enseña para que su alumno nunca pueda pensar sin él.

Un acompañante espiritual no debería hacer de sí mismo una condición permanente para que el otro pueda discernir.

Una autoridad que sirve de verdad no necesita mantenerse indispensable.

Hay ayudas cuyo éxito se reconoce precisamente cuando llega el momento en que pueden retirarse.

Y entonces comienza la parte que la canción ya no cuenta.

Gulubú se queda solo.

Tiene que aprender a vivir.

Después de una dictadura o sometimientos también

hay que aprender a ser libre

En la España de los años setenta, la interpretación de Rosa León podía hacer resonar esta historia de una manera particular.

Pero una canción sobre voces perdidas, memoria dañada, arbitrariedad, movimiento y curación podía escucharse de otro modo en una sociedad que llevaba décadas bajo un régimen autoritario.

Porque cambiar unas instituciones no transforma automáticamente todo lo que las personas han aprendido durante años.

Puede permanecer el miedo a hablar.

La autocensura.

La sospecha ante la discrepancia.

La necesidad de que alguien diga siempre qué conviene pensar.

La inseguridad cuando llega el momento de asumir la propia responsabilidad.

Una dictadura puede terminar jurídicamente antes de que una sociedad haya aprendido interiormente a vivir en libertad.

Y entonces cantar a los niños deja de parecer un entretenimiento menor.

Tal vez no sea necesario explicarles todavía una teoría política.

Puede sembrarse algo más elemental:

que no es normal perder la voz;

que olvidar nos hace vulnerables;

que una pregunta merece una respuesta;

que decir «no sé» no es una humillación;

que las cosas pueden comenzar a moverse;

que tener autoridad no obliga a dominar;

que quien ayuda puede marcharse.

Y, sobre todo, que vivir libremente exige aprender a sostener la propia libertad cuando ya no hay nadie diciendo a cada momento qué debemos hacer.

La propia canción estaba rompiendo el hechizo

Al mirar hacia atrás aparece una pequeña arquitectura que quizá había pasado inadvertida.

El brujo provoca silencio.

La canción hace cantar.

Provoca olvido.

La canción crea memoria a través de la repetición.

Entorpece a los niños.

La canción les pide anticipar y completar.

Actúa sobre los demás.

La canción pregunta.

Aísla.

Los niños responden juntos.

Inmoviliza.

El doctorrrrr y el cuatrimotorrrrr introducen movimiento.

Domina.

El médico cura y se marcha.

Entonces se comprende algo que quizá constituye el corazón del relato:

la canción no se limita a contar cómo se rompe un hechizo. Su propia forma comienza ya a deshacerlo.

Por eso quizá algunas de sus intuiciones podían aprenderse antes de ser comprendidas.

Un niño no conoce todavía una teoría sobre la autoridad.

Pero ha visto al médico marcharse.

No conoce el concepto de censura.

Pero sabe que una vaca muda necesita recuperar la voz.

No sabe qué significa inmovilismo.

Pero oye un motor.

No conoce la resistencia al cambio.

Pero ve al brujito llorar, patear y morder cuando el pinchazo llega a él.

La imaginación llega mucho antes que las palabras con las que algún día intentaremos explicar todo eso.

Cuando la libertad no consiste solamente

en que nadie mande sobre nosotros

Para quien escucha la canción desde la fe cristiana aparece al final una resonancia que no necesita convertir a María Elena Walsh en autora de una alegoría religiosa.

Jesús utiliza también la imagen del médico:

«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos» (Mc 2,17).

No porque el doctor de Gulubú sea una representación escondida de Cristo. La relación es más sencilla: ambas imágenes recuerdan que hay realidades dañadas que necesitan curación y que reconocerlo forma parte del comienzo.

Pero la experiencia cristiana añade algo importante a nuestra reflexión sobre la libertad.

Ser libre no significa solamente haber dejado de estar sometido a alguien.

Podemos haber roto una dependencia exterior y seguir siendo esclavos de nuestros resentimientos, miedos, vanidades, necesidades de control o deseos de imponernos.

La libertad cristiana no termina cuando desaparece el brujo de fuera.

Tiene que aprender poco a poco a orientar la propia vida hacia el bien.

Eso exige discernir.

Elegir.

Renunciar.

Aceptar límites.

Reconocer la verdad incluso cuando no coincide con nuestros deseos.

Y ahí el personaje más incómodo de la canción vuelve a ser el brujito.

Es bastante fácil desear que Dios cure aquello que nos hace sufrir.

Más difícil es aceptar que la curación alcance aquello de lo que nosotros obtenemos alguna ventaja.

Queremos que cambien los demás.

Que cambie la sociedad.

Que cambie la Iglesia.

Que cambie nuestra familia.

Que cambien las circunstancias.

Hasta que la aguja se acerca a nosotros.

Y entonces conocemos otras maneras de llorar, patear y morder.

Nos justificamos.

Nos defendemos.

Nos aferramos.

Llamamos ataque a una verdad que nos incomoda.

Confundimos libertad con que nadie cuestione nuestros deseos.

Quizá por eso la pregunta espiritual más incómoda que deja esta canción no sea quién necesita ser curado.

Sea ésta:

¿qué parte de mí desea la curación mientras el pinchazo sea para otro?

Cuando el cuatrimotor se aleja

Durante buena parte de la canción resulta fácil reconocernos en las víctimas.

Todos hemos callado alguna vez cuando queríamos hablar.

Todos hemos olvidado algo que no deberíamos haber olvidado.

Todos hemos terminado aceptando como normal alguna situación simplemente porque llevábamos demasiado tiempo dentro de ella.

Pero la última estrofa cambia el espejo.

También podemos parecernos al brujo.

Cuando utilizamos una posición para disponer de alguien.

Cuando confundimos acompañar con controlar.

Cuando necesitamos que una persona siga dependiendo de nosotros.

Cuando su libertad empieza a incomodarnos.

Cuando deseamos el cambio con una condición: que no tenga que cambiarnos.

Por eso quizá no convenga terminar preguntándonos:

«¿Quién es hoy el brujito de Gulubú?»

Siempre encontraremos a alguien.

Puede resultar más difícil preguntarse qué parte de nuestra vida necesita recuperar la voz, qué hemos olvidado, qué deformaciones hemos terminado normalizando y qué hacemos con la libertad de aquellos sobre quienes tenemos alguna responsabilidad.

Y queda todavía aquella última imagen.

El médico se marcha.

El ruido del cuatrimotor comienza a alejarse.

No queda ningún salvador instalado en el centro de Gulubú. Tampoco debería quedar nadie esperando otro brujo que le diga cómo vivir.

Queda una comunidad que tendrá que aprender a hablar, recordar, decidir, equivocarse, corregirse y convivir.

Queda la libertad.

No como una puerta que se atraviesa una vez para siempre, sino como una forma de vivir que hay que aprender cada día.

Tal vez sólo entonces podamos decir que el hechizo ha terminado de verdad: cuando recuperamos la voz sin usarla para silenciar a otro, cuando aprendemos sin convertir lo aprendido en superioridad, cuando ejercemos una responsabilidad sin apropiarnos de quien depende de nosotros y cuando ya no necesitamos ni un brujo que decida por nosotros ni un médico que se quede para siempre a nuestro lado.

El cuatrimotor ya casi no se oye.

Gulubú queda atrás.

Y empieza la tarea más difícil: vivir como personas libres.




martes, 1 de septiembre de 2026

Puedes contar conmigo: Amor, promesa y vida matrimonial | Entrega 2

 ¿Seguimos amando cuando, después de una discusión matrimonial, lo que sentimos es enfado, distancia o incluso resistencia a acercarnos al otro? El amor entre los esposos no desaparece cada vez que la ternura deja paso al dolor, al cansancio o a una herida real. Pero tampoco todo lo que sentimos cuenta por sí solo toda la verdad de nuestra relación. En esta segunda entrega de Puedes contar conmigo nos adentramos en esa batalla interior que aparece durante los conflictos de pareja, cuando conviven el deseo de recuperar la cercanía y las ganas de protegernos, tener razón o hacer notar al otro cuánto nos ha dolido. Un recorrido por los sentimientos, la libertad y el amor matrimonial para descubrir cómo seguir queriendo el bien del otro incluso cuando por dentro no todo quiere lo mismo.

Puedes contar conmigo

Amor, promesa y vida matrimonial

 

Entrada 2.- Amar no es sólo sentir

"Dichosos los ojos te que ven"

 

sábado, 29 de agosto de 2026

Interactiva -Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario, ciclo a | Mt 16, 21-27