viernes, 12 de junio de 2026

(Interactivo) Resumen del discurso del Papa León XIV en el encuentro con las realidades de acogida con los migrantes en Las Palmas de Gran Canaria (España) 11.06.2026

 


La dignidad humana no tiene pasaporte · Discurso del Papa León XIV en Arguineguín
Viaje apostólico a España · Puerto de Arguineguín · 11 de junio de 2026

La dignidad humana no tiene pasaporte

Guía pedagógica para comprender el discurso del Santo Padre León XIV en su encuentro con las realidades de acogida de los migrantes en el Puerto de Arguineguín, Las Palmas de Gran Canaria.

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“La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera.”

Discurso del Santo Padre León XIV · Puerto de Arguineguín · 11 de junio de 2026

Esta página ayuda a leer el discurso como una llamada evangélica a reconocer a Cristo en el hermano que llega, custodiar la dignidad de cada persona, combatir la indiferencia y responder con misericordia concreta, oración y compromiso responsable.

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Presentación

Un discurso pronunciado junto al mar

El Santo Padre León XIV habla en el Puerto de Arguineguín, ante realidades de acogida de migrantes. No parte de una teoría abstracta, sino de un lugar concreto donde llegan vidas heridas por el miedo, el hambre, la violencia, el desierto, la noche y la travesía.

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El Evangelio arranca al creyente del lugar cómodo del espectador y lo coloca ante el hermano que llega. Allí, junto al mar, cada vida herida conserva una dignidad que nadie puede quitarle y pregunta a la Iglesia si ha sabido reconocer a Cristo.
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Ideas clave

El hilo central del discurso

Estas claves no sustituyen el discurso. Ayudan a entrar en su lógica interna: Evangelio, dignidad humana, misericordia concreta, denuncia del mal y responsabilidad compartida.

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El Evangelio se vuelve concreto junto al mar

El Papa parte de Mateo 25 y de la identificación de Cristo con el hambriento, el sediento, el extranjero y el vulnerable.

El migrante no es una cifra: es un hermano ante el que el Evangelio nos examina.

El anillo del Pescador mira hacia los muelles

El anillo del Pescador recuerda la llamada de Pedro. En Arguineguín, esa imagen adquiere una fuerza literal y dolorosa.

El Sucesor de Pedro no puede desentenderse de los muelles donde se rescatan vidas.

El mar muestra el caos, pero Dios abre camino

El mar aparece como amenaza, oscuridad y caos. Pero Dios abre camino en el Mar Rojo y Cristo manda callar a la tormenta.

La fe no se paraliza ante el mar: escucha a Cristo que pone límite al mal.

Los monstruos de hoy tienen nombre

El Papa denuncia mafias, trata, esclavización de mujeres y niños, y la indiferencia que permite explotación y olvido.

Las mafias, la trata y la indiferencia son formas actuales de un mal que devora vidas.

Dejar de ver cifras, empezar a ver rostros

La conversión de la mirada comienza cuando el migrante deja de ser “uno más” y se convierte en alguien concreto.

Solo cuando el otro recupera rostro, la conciencia se queda sin excusas.

Blessing y la dignidad que nadie puede arrancar

Blessing es una mujer concreta, víctima de trata y explotación. Su historia recuerda que toda vida humana es una bendición de Dios.

Si otros pusieron precio a un cuerpo, Dios nunca deja de mirar a esa persona como invaluable.

Dignidad de los migrantes y falsas promesas

El Papa se inclina ante la dignidad de los migrantes, pero les advierte contra quienes comercian con su vida.

La dignidad debe ser reconocida y también protegida de las industrias de muerte.

La Iglesia no puede pasar de largo

La adoración de Cristo en la Eucaristía no puede separarse de la caridad concreta ante cayucos y pateras.

De la oración brota todo servicio y a la oración vuelve todo compromiso.

La dignidad humana no tiene pasaporte

El Papa reclama vías legales y seguras, rescate, asistencia, protección de víctimas, integración y cooperación real.

La persona no pierde valor al cruzar una frontera.

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Camino del discurso

Un recorrido que va del Evangelio a la misericordia concreta

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1

Escuchar el Evangelio

El Papa parte de Mateo 25 y de una advertencia que ningún creyente puede tomar a la ligera.

2

Mirar el lugar concreto

El discurso se sitúa junto al mar, donde llegan vidas heridas y donde la Palabra deja de ser abstracta.

3

Recordar la misión de Pedro

El anillo del Pescador recuerda la llamada de Cristo y la responsabilidad de la Iglesia ante quienes son rescatados del mar.

4

Nombrar el mal

El Papa denuncia mafias, tratantes, explotación e indiferencia.

5

Creer que Dios abre camino

El Mar Rojo y Cristo sobre las aguas recuerdan que Dios pone límite al caos y a la muerte.

6

Convertir la mirada

El migrante deja de ser cifra cuando aparece su rostro y su historia.

7

Agradecer la misericordia concreta

El Papa agradece a quienes rescatan, acogen y acompañan.

8

Custodiar la dignidad herida

La historia de Blessing recuerda que nadie puede comprar, vender, usar o descartar una vida humana.

9

Proteger la vida de los migrantes

El Papa advierte contra quienes comercian con la existencia de las personas.

10

Hacer examen de conciencia

El drama interpela a países de origen, tránsito y destino, a Europa, a la comunidad internacional y a la Iglesia.

11

Unir Eucaristía y caridad

La adoración de Cristo en el altar debe abrir los ojos ante el hermano herido.

12

Responder con caminos concretos

El Papa reclama vías legales y seguras, rescate, asistencia, protección, integración y derecho a no tener que migrar.

13

Pedir la valentía de la misericordia

El discurso termina pidiendo a Dios y a Nuestra Señora del Carmen que despierten esa valentía.

14

No dejar que la indiferencia hable

El cierre advierte que la historia sabrá si supimos custodiar nuestra humanidad.

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Brújula pastoral

Seis verbos para leer el discurso

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Reconocer

Reconocer a Cristo en quienes llegan marcados por el miedo, el hambre, la violencia, el desierto, la noche y el mar.

El primer cambio cristiano es mirar al migrante como hermano.

Rescatar

Valorar el trabajo de quienes salvan vidas y se suman al rescate, la acogida y el acompañamiento.

Salvar vidas es una forma concreta de misericordia.

Acoger

No delegar la acogida únicamente en algunos voluntarios, sino dejar que toda la Iglesia se sienta interpelada.

La acogida no puede ser algo secundario para la Iglesia.

Proteger

Proteger a los migrantes frente a mafias, tratantes, explotación, falsas promesas e industrias de muerte.

La dignidad reconocida debe convertirse en vida protegida.

Integrar

Promover procesos serios de acogida e integración, con dignidad y responsabilidad.

Acoger de verdad exige acompañar caminos reales de integración.

Orar

Reconocer que de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso.

La caridad cristiana nace de Cristo y vuelve a Cristo.

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Claves bíblicas y espirituales

La Escritura sostiene la mirada del Papa

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Mateo 25,41-45

El Papa recuerda la advertencia evangélica sobre reconocer o no reconocer a Cristo en los necesitados.

Lucas 5,10

La llamada de Pedro como pescador de hombres ilumina el sentido del anillo del Pescador y la presencia del Papa junto al mar.

El mar como amenaza y caos

El Papa lee el mar con lenguaje bíblico: amenaza, oscuridad y caos.

לִוְיָתָן (liviatán) y רַהַב (ráhab)

Aparecen como figuras bíblicas de fuerzas que se levantan contra Dios y contra la vida.

Éxodo 14,21-31

El paso del Mar Rojo muestra a Dios abriendo camino cuando parece imponerse la muerte.

Marcos 4,39

Cristo manda callar a la tormenta y esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan.

Mateo 14,17-21

Los cinco panes y dos peces iluminan la misericordia concreta de los gestos pequeños.

Lucas 10,31-32

El Papa recuerda el peligro de pasar de largo ante quien sufre.

Génesis 1,27

Toda persona resplandece con la imagen y semejanza del Creador.

San Juan de la Cruz

El Papa recuerda que en el ocaso de la vida seremos juzgados sobre el amor.

Nuestra Señora del Carmen

El Papa la invoca para acompañar, consolar, sostener y despertar la valentía de la misericordia.

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Doctrina Social de la Iglesia

La dignidad humana hecha compromiso

Estas claves no añaden un tratado externo. Ayudan a nombrar, con lenguaje habitual de la Doctrina Social de la Iglesia, lo que el discurso afirma explícitamente.

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Dignidad humana

La dignidad no depende del pasaporte, del origen, de la situación jurídica ni de haber cruzado una frontera.

Bien común

La respuesta al drama migratorio implica a países de origen, tránsito y destino, a Europa y a la comunidad internacional.

Solidaridad

El dolor del otro no puede ser mirado como algo ajeno.

Protección de los vulnerables

Las víctimas de trata, explotación, violencia y falsas promesas deben ser protegidas de manera efectiva.

Caridad social

La misericordia no es solo sentimiento: se concreta en rescate, acogida, acompañamiento, protección e integración.

Responsabilidad política

Autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales tienen responsabilidades decisivas.

Derecho a buscar refugio

El Papa reconoce el derecho a buscar refugio cuando la vida está amenazada.

Derecho a no tener que migrar

El Papa subraya el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, guerra, persecución, violencia, corrupción o destrucción del futuro.

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Reducciones que conviene evitar

Para no empequeñecer el discurso

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Reducirlo a un mensaje sentimental

El Papa habla con ternura, pero también denuncia mafias, trata, explotación, indiferencia y responsabilidades políticas y eclesiales.

Reducirlo a una opinión política sobre migración

El discurso nace del Evangelio, de Mateo 25, de la dignidad humana y de la caridad cristiana, aunque tenga consecuencias sociales.

Reducir la acogida a tarea de unos pocos

El Papa dice claramente que la Iglesia entera debe dejarse interpelar y que la acogida no puede ser algo secundario.

Reducir la migración solo al derecho a entrar

El Papa habla también del derecho a no tener que migrar: vivir dignamente en la propia tierra.

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Preguntas para rumiar

Para catequesis, Cáritas, grupos parroquiales o revisión de vida

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  1. ¿Reconozco a Cristo en quienes llegan heridos por el miedo, la pobreza, la violencia o el exilio?
  2. ¿Miro a los migrantes como personas concretas o como cifras y categorías?
  3. ¿Me he acostumbrado a escuchar noticias de muertos en el mar sin que me duela?
  4. ¿Paso de largo ante los cayucos, las pateras o las historias de quienes llegan?
  5. ¿Mi oración ante la Eucaristía me abre a la caridad concreta?
  6. ¿Sé agradecer y sostener el trabajo de quienes rescatan, acogen y acompañan?
  7. ¿Distingo entre acoger a la persona y denunciar a quienes comercian con su vida?
  8. ¿Creo que la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera?
  9. ¿Entiendo que existe el derecho a buscar refugio cuando la vida está amenazada?
  10. ¿Entiendo también el derecho a no tener que migrar?
  11. ¿Como comunidad cristiana delegamos demasiado la acogida en unos pocos voluntarios?
  12. ¿Qué gestos pequeños de misericordia concreta están a nuestro alcance?
  13. ¿Qué mundo estamos construyendo si tantos hermanos deben arriesgar la muerte para buscar vida?
  14. ¿Qué diría la historia de nosotros: custodiamos la humanidad o dejamos que hablara la indiferencia?
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Quiz interactivo

Comprueba si has captado el fondo del discurso

No es un examen frío. Es una ayuda para leer mejor: cada explicación busca mostrar el sentido evangélico, pastoral y social del discurso.

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Respondidas: 0/18 Aciertos: 0
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Vídeo complementario

Ver el vídeo sobre el discurso del Santo Padre León XIV

Este vídeo no sustituye al discurso íntegro del Santo Padre León XIV, sino que ofrece un apoyo complementario para acercarse a su mensaje y comprender mejor el contexto pastoral del encuentro con las realidades de acogida de los migrantes.

Discurso íntegro

Leer el discurso completo del Santo Padre León XIV

El texto se ofrece íntegro para que la página no sustituya nunca la voz del Papa.

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Leer el discurso completo del Santo Padre León XIV

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV A ESPAÑA

ENCUENTRO CON LAS REALIDADES DE ACOGIDA DE LOS MIGRANTES

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Puerto de Arguineguín (Las Palmas de Gran Canaria)
Jueves, 11 de junio de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Acabamos de escuchar una de las páginas más exigentes del Evangelio. Sabemos que este mismo capítulo hace también una advertencia que ningún creyente puede tomar a la ligera (Mt 25,41-45). Hoy, junto al mar, la Palabra se vuelve concreta: aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad. Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega. Nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre, la violencia, después del desierto, de la noche y del mar.

Como pueden ver, llevo en mi mano el anillo, que se llama "del Pescador". Su nombre mismo nos conduce al lago de Galilea, donde Cristo llamó a Pedro y le dijo: «Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10). La Iglesia ha leído ese versículo como imagen de su misión. Pero aquí y en lugares como en El Hierro, ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa. Esa isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas. Por eso, el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche.

En el lenguaje bíblico, el mar puede ser imagen de amenaza, oscuridad y caos. Allí aparecen el Leviatán, figura de la fuerza que devora, y Rahab, nombre que evoca la soberbia de los poderes que se levantan contra Dios y contra la vida (cf. Sal 74,13-14; 89,10-11; Is 27,1; 51,9; Jb 26,12). También hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido.

Pero la fe no se queda paralizada ante el poder del mar. Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte. Así lo experimentó el pueblo de Israel, al atravesar el Mar Rojo para salir de la esclavitud y caminar hacia la libertad (cf. Ex 14,21-31). Y así lo contemplamos en Cristo, que camina sobre las aguas y, ante la tormenta, pronuncia una palabra soberana: «¡Calla, enmudece!» (Mc 4,39; cf. Mt 14,25-27). Esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros. Ahí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas.

Gracias por los testimonios, por recordarnos lo que significa salvar vidas. A María, gracias por recordarnos lo que Cáritas, las parroquias y tantas personas hacen a diario. Sus palabras nos muestran dónde comienza la conversión de la mirada: cuando el migrante deja de ser “uno más”, deja de ser una categoría y una cifra. Sólo entonces comprendemos que esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia; y entonces, la conciencia se queda sin excusas. La misericordia comienza con gestos pequeños: a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche; otras, con cinco panes y dos peces (cf. Mt 14,17-21). No se trata de resolverlo todo, sino de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre, donde los recursos no bastan y no hay un idioma común, pero donde aún pueden hablar los gestos. Gracias de corazón a cuantos se suman a los rescates, a la acogida y al acompañamiento, dando testimonio de que la misericordia concreta puede salvar y puede cambiar vidas.

Querida Blessing, aunque no estás aquí hoy, tu voz sí. Gracias por compartirnos tu historia. Tu nombre significa bendición, y nos recuerda que cada vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla, porque en cada persona resplandece la imagen y semejanza del Creador (cf. Gn 1,27). Nos has dicho que te fuiste de tu país no porque quisieras, sino porque no había otra opción. En tus palabras escuchamos el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos.

Quisiera que este mensaje llegue hasta ti y a tantas mujeres víctimas de la trata y la explotación: si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Si quisieron encerrarte en un pasado de dolor, Dios sigue pronunciando sobre ti una promesa de futuro. Si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija, hermana, eres bendición. Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte. Y nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor.

Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo o de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son “cantos de sirenas”, son industrias de muerte.

Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante.

Y también la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso (cf. Lc 10,31-32).

Desde esta isla, quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas —autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales—, y también a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?

La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra. Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera.

Que el Dios que “en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor” (cf. S. Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57) nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera. Que Nuestra Señora del Carmen acompañe a quienes han llegado, consuele a quienes han perdido a sus seres queridos, sostenga a quienes los acogen y despierte en todos nosotros la valentía de la misericordia.

Y que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros. Muchas gracias.

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Síntesis final

El discurso del Santo Padre León XIV en Arguineguín nos recuerda que cada migrante es una persona concreta, nunca una cifra; que la dignidad humana no tiene pasaporte; que la Iglesia no puede permanecer muda ni pasar de largo ante quienes son abandonados a las aguas; y que la misericordia cristiana exige oración, rescate, acogida, protección, integración, caminos seguros y compromiso para que nadie se vea obligado a abandonar su tierra.

Resumen del discurso del Papa León XIV en el encuentro con las realidades de acogida de los migrantes en Las Palmas de Gran Canaria (España) 11.06.2026

 

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
ESPAÑA

(6-12 DE JUNIO DE 2026)

ENCUENTRO CON LAS REALIDADES DE ACOGIDA DE LOS MIGRANTES

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Puerto de Arguineguín (Las Palmas de Gran Canaria)
Jueves, 11 de junio de 2026

________________________Resumen del discurso_______

 

Resumen del discurso del Papa León XIV en Arguineguín

Cuando el Evangelio toca tierra

El Papa León XIV comenzó su discurso recordando una de las páginas más exigentes del Evangelio: aquella en la que Jesús se identifica con el hambriento, el sediento, el extranjero, el desnudo, el enfermo y el encarcelado. Junto al mar, esa Palabra deja de ser una idea lejana y se vuelve concreta. Allí llegan personas heridas por el miedo, el hambre, la violencia, el desierto, la noche y la travesía. Personas despojadas de muchas cosas, pero nunca de su dignidad.

No mirar desde la barrera

El Papa invitó a no mirar esta realidad desde la comodidad del espectador. El Evangelio nos coloca delante del hermano que llega y nos pregunta si hemos sido capaces de reconocer a Cristo en él. No se trata solo de ver migrantes, llegadas o cifras. Se trata de mirar rostros concretos y descubrir en ellos una llamada de Dios a nuestra conciencia.

A continuación, León XIV mostró el anillo del Pescador y recordó las palabras de Jesús a Pedro: “Desde ahora serás pescador de hombres”. Explicó que esa imagen, tan unida a la misión de la Iglesia, adquiere en lugares como Arguineguín y El Hierro una fuerza literal y dolorosa. Allí hay personas rescatadas del mar, y también cuerpos recuperados de las aguas. Por eso, dijo, el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles, ni la Iglesia puede desentenderse de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio hieren la dignidad humana.

Los monstruos de hoy

también tienen nombre

El Santo Padre recordó también que, en la Biblia, el mar aparece muchas veces como imagen de amenaza, oscuridad y caos. Allí se evocan fuerzas que devoran y poderes que se levantan contra Dios y contra la vida. También hoy, dijo, hay monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan a mujeres y niños, y la indiferencia de quienes permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido.

La Iglesia no puede quedarse muda

Pero la fe no se queda paralizada ante el poder del mar. Dios abre camino cuando parece imponerse la muerte. Lo hizo con Israel al atravesar el Mar Rojo, y lo mostró Cristo al caminar sobre las aguas y mandar callar a la tormenta. Por eso, allí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas.

Dejar de ver cifras, empezar a ver rostros

Después, el Papa agradeció los testimonios escuchados y la labor de tantas personas que trabajan en el rescate, la acogida y el acompañamiento. Habló de Cáritas, de las parroquias y de todos los que, con gestos sencillos, ayudan a salvar vidas. Explicó que la mirada cambia cuando el migrante deja de ser una cifra, una categoría o “uno más”, y comienza a ser alguien concreto. Entonces entendemos que esa niña podría ser nuestra hija y que esos rostros podrían formar parte de nuestra familia.

La misericordia, recordó, empieza muchas veces con cosas pequeñas: unas galletas, un poco de leche, una presencia cercana. Como en el Evangelio de los panes y los peces, no se trata de resolverlo todo con nuestras fuerzas, sino de poner lo que tenemos en manos de Dios y estar allí donde el ser humano sufre. Incluso cuando los recursos no bastan, incluso cuando no hay una lengua común, todavía pueden hablar los gestos.

Blessing: una mujer concreta

y un rostro de tantas víctimas

El Papa dirigió después unas palabras muy delicadas a Blessing. Blessing no es una idea ni un símbolo inventado, sino el nombre de una mujer concreta, víctima de la trata y de la explotación, cuya historia había sido escuchada en aquel encuentro. Aunque ella no estaba físicamente presente, el Papa dijo que su voz sí estaba allí, porque su historia hacía presente el dolor de muchas mujeres heridas por la violencia, el engaño, la pobreza y la explotación.

Su nombre, Blessing, significa “bendición”. El Papa se apoyó en ese significado para recordar una verdad fundamental: Toda vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla. Ninguna persona puede ser reducida a mercancía, a objeto de abuso o a instrumento de beneficio para otros, porque en cada ser humano brilla la imagen del Creador.

En la historia de Blessing, el Papa reconoció también la historia de tantas personas que no abandonan su tierra por gusto, sino porque no les queda otra salida. Huyen porque la pobreza, la guerra, la amenaza, la violencia o la explotación les han cerrado todos los caminos. Por eso, al hablarle a ella, el Papa estaba hablando también a muchas mujeres víctimas de la trata, a migrantes vulnerables y a personas que han sido heridas en lo más profundo de su dignidad.

A Blessing, y a tantas mujeres como ella, el Santo Padre les dirigió una palabra de consuelo, reparación y esperanza: si otros pusieron precio a su cuerpo, Dios nunca dejó de mirarlas como personas de valor incalculable; si otros quisieron encerrarlas en un pasado de dolor, Dios sigue abriendo para ellas una promesa de futuro.

La Iglesia, dijo el Papa, quiere decirles: eres hija, eres hermana, eres bendición. Tu vida no pertenece a quienes te dañaron. Tu cuerpo no pertenece a quienes se aprovecharon de ti. Tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que nadie puede arrancarte.

Dignidad sí; falsas promesas, no

Luego se dirigió directamente a los migrantes. Antes de cualquier otra palabra, quiso inclinarse ante su dignidad. Les dijo que no son números ni expedientes, sino personas con familia, con una casa dejada atrás y con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también les pidió que protegieran su vida y que no la entregaran a quienes comercian con ella. Les advirtió contra quienes prometen paraísos fáciles a cambio de dinero, del cuerpo, del silencio o de la libertad. Esas promesas son cantos de sirena e industrias de muerte.

Un examen de conciencia para todos

El Papa afirmó que este drama debe convertirse en examen de conciencia para todos. Para los países de origen, llamados a crear condiciones de paz, justicia y desarrollo. Para los países de tránsito, que deben proteger a los débiles y no dejarlos en manos de redes criminales. Para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico se conviertan en cementerios sin lápidas. Y para la comunidad internacional, que necesita una cooperación eficaz y perseverante.

La acogida no es

un encargo para unos pocos

También la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni quedar solo en manos de algunos voluntarios. Los cristianos se arrodillan ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, y de ahí reciben la fuerza para vivir la caridad. Por eso no pueden después pasar de largo ante los cayucos y las pateras. De la oración nace el servicio, y todo compromiso verdadero vuelve a la oración.

Cada barca trae una pregunta

Desde Arguineguín, el Papa quiso que la voz de los migrantes y de quienes los acogen llegara a las autoridades civiles, a los parlamentos, a los gobiernos, a las organizaciones internacionales, a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todas las personas de buena voluntad. No basta gestionar llegadas, repartir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega trae una pregunta: qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida.

La dignidad necesita caminos concretos

La dignidad humana, afirmó, exige respuestas concretas: vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva de las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir dignamente en su propia tierra.

El derecho a no tener que marcharse

El Papa recordó que existe el derecho a buscar refugio cuando la vida está amenazada. Pero añadió también otro derecho fundamental: el derecho a no tener que migrar. Es decir, el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin una tierra inhabitable, sin corrupción que robe el pan de los pobres y sin armas que destruyan el futuro de los niños.

La dignidad no lleva pasaporte

Por eso pidió que no nos acostumbremos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte y no pierde valor al cruzar una frontera. Al final, evocando a san Juan de la Cruz, recordó que en el ocaso de la vida seremos juzgados sobre el amor. Pidió a Dios que nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y que nos libre de mirar el dolor ajeno como si no tuviera nada que ver con nosotros.

También encomendó a todos a Nuestra Señora del Carmen: a quienes han llegado, a quienes han perdido a sus seres queridos, a quienes acogen y a quienes necesitan la valentía de la misericordia.

Que la indiferencia

no hable por nosotros

El discurso terminó con una advertencia grave y luminosa. Que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Y tarde o temprano se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros.

 

 

Enlace: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/giugno/documents/20260611-spagna-accoglienza-migranti.html


jueves, 11 de junio de 2026

(Interactivo) Carta pastoral a la diócesis de Ventimiglia San Remo sobre la caridad y el anuncio del amor de Dios a los musulmanes de nuestro territorio

No hay amor más grande · Guía pedagógica

Carta pastoral · Diócesis de Ventimiglia-San Remo · Pentecostés 2026

No hay amor más grande

Guía pedagógica para comprender la carta pastoral de Mons. Antonio Suetta, Obispo de Ventimiglia-San Remo, sobre la caridad y el anuncio del amor de Dios a los musulmanes del territorio.

“No hay amor más grande que este: dar la vida.” Jn 15,13 · Carta pastoral de Mons. Antonio Suetta, Obispo de Ventimiglia-San Remo

Esta página ayuda a leer la carta como un camino pastoral: acoger con caridad, testimoniar con una vida cristiana coherente y anunciar a Jesucristo con libertad, sincero respeto y oración.

Presentación

Una carta pastoral para acoger, testimoniar y anunciar

La carta pastoral de Mons. Antonio Suetta, Obispo de Ventimiglia-San Remo, nace ante una realidad concreta: la presencia de musulmanes en el territorio diocesano. La carta no propone miedo ni polémica, sino un camino cristiano de caridad, respeto, testimonio de vida y anuncio del amor de Dios en Jesucristo.

Idea madre: la acogida con caridad desinteresada, el testimonio de una vida cristiana coherente y el anuncio del amor de Dios en Jesucristo, con libertad y sincero respeto, son los medios humanos que el Señor pide para evangelizar; todo debe ir acompañado por la oración.

Explorar ideas clave

Siete ideas para entender bien la carta

Estas ideas no sustituyen la lectura de la carta pastoral. Funcionan como puertas de entrada para comprender su hilo: san Francisco, Nostra Aetate, la presencia musulmana, la caridad, el testimonio, el anuncio y la oración.

1

San Francisco muestra un camino

El encuentro de san Francisco con el sultán Malik al-Kamil es presentado como una escena que sigue interpelando: acercarse sin violencia, sin disputas y sin esconder la propia fe.

Humildad y fe no se oponen: se necesitan.

2

La diócesis mira su realidad

Mons. Antonio Suetta parte de la presencia de hombres y mujeres de religiones distintas del cristianismo, especialmente musulmanes, en el territorio diocesano.

La realidad concreta pide discernimiento cristiano.

3

Nostra Aetate enseña estima

La carta recuerda que la Iglesia mira con estima a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente, misericordioso, omnipotente y creador del cielo y de la tierra.

La estima no elimina la identidad cristiana.

4

Acogida y colaboración ya son testimonio

La acogida y la colaboración son dos modos prácticos de testimoniar la verdadera fe en Jesús, especialmente cuando se viven con coherencia cristiana.

La caridad hace visible el rostro de Cristo.

5

El testimonio abre el anuncio

La carta afirma que con la acogida y el testimonio ya comienza el anuncio. Amar al prójimo, especialmente al extranjero, significa querer hacerlo partícipe de la alegría del Evangelio.

Primero habla la vida; después, cuando llega la hora, habla la palabra.

6

Cristo es el centro

La Iglesia anuncia a Cristo, camino, verdad y vida. La carta subraya que el núcleo de la fe cristiana no es una doctrina teórica, sino una Persona: Jesucristo.

No anunciamos una idea: anunciamos a Jesucristo.

7

Libertad, respeto y oración

El anuncio del Evangelio a los musulmanes debe hacerse no con imposiciones, sino con amor, con delicado respeto a la libertad y siempre sostenido por la oración.

Solo el Espíritu Santo cambia el corazón.

Mapa de lectura pastoral

El camino que propone la carta

La carta no es una lista de ideas sueltas. Tiene un recorrido: parte de san Francisco, mira la realidad diocesana, escucha el magisterio de la Iglesia y desemboca en una decisión pastoral concreta.

Recordar

La carta recuerda los 800 años de la muerte de san Francisco y su encuentro con el sultán.

Mirar

Mons. Antonio Suetta mira la presencia de musulmanes en la diócesis y las preguntas que suscita.

Discernir

Nostra Aetate ayuda a mirar con estima, respeto y sincera deferencia a los musulmanes.

Acoger

La acogida y la colaboración son modos prácticos de testimoniar la verdadera fe en Jesús.

Testimoniar

Una vida cristiana coherente puede hacer que otros conozcan el verdadero rostro de Jesús.

Anunciar

La Iglesia debe anunciar a Cristo, camino, verdad y vida, no con imposiciones, sino con amor.

Orar

Todo debe estar acompañado por la oración, porque el Espíritu Santo es quien cambia el corazón.

Brújula pastoral

Cuatro verbos para vivir la carta

Acoger

Con caridad desinteresada, respeto, plena acogida y sincera deferencia.

Testimoniar

Con una vida cristiana coherente, porque las obras abren los corazones y manifiestan el amor de Cristo.

Anunciar

A Jesucristo, camino, verdad y vida, no con imposiciones, sino con amor y delicado respeto a la libertad.

Orar

Con la confianza de que el Espíritu Santo es el único capaz de cambiar el corazón y llenarlo de paz.

Claves eclesiales y bíblicas

Las fuentes que sostienen el discernimiento

La carta pastoral se apoya en la Escritura, en san Francisco de Asís y en textos del magisterio que iluminan el diálogo, el testimonio y la misión.

Jn 15,13

“No hay amor más grande que este: dar la vida.” Es la frase evangélica que da título y tono a toda la carta.

San Francisco y el sultán

El encuentro de 1219 muestra una presencia cristiana humilde, pacífica y confesante.

Regla no bulada

La carta recuerda la enseñanza franciscana: no hacer litigios ni disputas, confesar que son cristianos y anunciar la Palabra.

Nostra Aetate

Invita a mirar con estima a los musulmanes y a dar testimonio de la fe y de la vida cristiana con prudencia y caridad.

Redemptoris Missio

Recuerda que ningún creyente en Cristo ni ninguna institución de la Iglesia puede sustraerse a la misión.

Evangelii Gaudium

Subraya que cada bautizado es sujeto activo de evangelización, cualquiera que sea su función en la Iglesia.

1 Pe 3,15-16

Invita a estar dispuestos a dar razón de la esperanza, pero con dulzura y respeto.

Mt 28,19

El mandato misionero de Cristo fundamenta la llamada final: hacer discípulos a todos los pueblos.

Lectura prudente

Tres reducciones que conviene evitar

Reducir la carta a simple convivencia.

La carta pide acogida y colaboración, pero también testimonio y anuncio de Jesucristo.

Reducirla a polémica contra el islam.

La carta no plantea hostilidad, sino estima, respeto, caridad y anuncio del amor de Dios en Jesucristo.

Reducir la evangelización a imposición.

La carta insiste en hablar de Jesucristo no con imposiciones, sino con amor y delicado respeto a la libertad.

Preguntas para rumiar

Para catequesis, grupo parroquial o revisión de vida

  • ¿Vivo mi fe de manera que otros puedan reconocer en mí el amor de Cristo?
  • ¿Sé acoger con respeto y sincera deferencia a quienes no comparten mi fe?
  • ¿Tengo miedo de manifestar que soy cristiano?
  • ¿Confundo el respeto a la libertad del otro con el silencio sobre Jesucristo?
  • ¿Hablo de Jesús con amor, dulzura y respeto, o con tono de disputa?
  • ¿Creo de verdad que la evangelización es un deber que nace del bautismo?
  • ¿Acompaño el deseo de evangelizar con oración al Espíritu Santo?
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1. ¿Cuál es la frase evangélica que ilumina toda la carta pastoral?

2. ¿Quién firma la carta pastoral?

3. ¿Por qué se recuerda a san Francisco de Asís?

4. Según la enseñanza franciscana citada, ¿qué deben evitar los frailes entre los no cristianos?

5. ¿Qué documento del Concilio Vaticano II se cita como referencia principal para mirar a los musulmanes?

6. ¿Qué actitud pide la carta hacia los musulmanes del territorio?

7. Según la carta, ¿por qué es importante una vida cristiana coherente?

8. ¿Qué relación hay entre acogida, testimonio y anuncio?

9. ¿Por qué la Iglesia debe anunciar a Cristo?

10. ¿A quién pertenece la responsabilidad de evangelizar?

11. ¿Qué quiere enseñar la imagen de la cuerda?

12. ¿Qué diferencia esencial señala la carta entre la fe cristiana y la fe islámica?

13. Según la carta, ¿cuál es el núcleo de la fe cristiana?

14. ¿Cómo debe hacerse el anuncio del Evangelio a los musulmanes?

Carta pastoral íntegra

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Leer la carta pastoral completa

«NO HAY AMOR MÁS GRANDE»

Carta pastoral a la diócesis sobre la caridad
y el anuncio del amor de Dios a los musulmanes de nuestro territorio

«No hay amor más grande que este: dar la vida» (Jn 15,13)
Obispo de Ventimiglia-San Remo
✠ Antonio Suetta

Queridísimos:

Este año se cumplen 800 años de la muerte de san Francisco de Asís. El papa León XIV ha establecido que, del 10 de enero de 2026 al 10 de enero de 2027, se celebre un especial Año de San Francisco, en el que cada fiel cristiano, siguiendo el ejemplo del Santo de Asís, se convierta él mismo en modelo de santidad de vida y en testigo constante de paz.

¿Qué puede decirnos hoy, a nosotros, a nuestro territorio, a nuestra Iglesia, el Seráfico de Asís? Miremos nuestra realidad. En ella vemos claramente la presencia de hombres y mujeres de religiones distintas del cristianismo. El Patrono de Italia ciertamente tiene algo que sugerirnos. Basta pensar en un acontecimiento de su vida que ha quedado en la historia: era el año 1219 cuando, en Egipto, el sencillo fraile de Asís decidió atravesar la frontera del campamento cruzado y encontrarse con el jefe del bando adversario, armado solamente con su hábito y con su fe. Es el célebre encuentro entre san Francisco y el sultán.

Un encuentro que, después de ocho siglos, no deja de interpelarnos. El biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, escribe que fue «el ardor de la caridad» lo que movió al Pobrecillo: «para difundir, con la efusión de su propia sangre, la fe en la Trinidad» (SAN BUENAVENTURA, Leyenda Mayor, c. IX, n. 7, en Fuentes Franciscanas, n. 1172). No podemos saber con certeza qué se dijeron san Francisco y Malik al-Kamil. Con seguridad, sabemos solo que el sultán de Egipto acogió al Seráfico y lo dejó marchar ileso, hecho de por sí inexplicable, visto el período de fuerte tensión entre musulmanes y cristianos. Es interesante lo que leemos en la Regla no bulada de 1221, escrita, por tanto, apenas dos años después del encuentro con el sultán, y que no deja dudas sobre la visión franciscana de la evangelización.

Francisco dice que los frailes que van entre los “infieles” pueden comportarse espiritualmente en medio de ellos de dos modos: que no hagan litigios ni disputas, sino que estén sometidos a toda criatura humana por amor de Dios y confiesen que son cristianos; y, además, que anuncien la palabra de Dios para suscitar la fe en Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de todas las cosas, y en el Hijo Redentor y Salvador, y que sean bautizados y se hagan cristianos, porque, si uno no nace de nuevo del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios (cfr. FRANCISCO DE ASÍS, Regla no bulada, XVI, en Fuentes Franciscanas, nn. 42-44).

Los frailes, por tanto, no deben esconder su propia fe, sino que, al contrario, deben manifestarla, ante todo con el testimonio de la vida, más importante que las palabras, como reafirma el de Asís en diversos escritos: las palabras corren el riesgo de ser estériles; son los actos los que permiten abrir los corazones y manifestar el amor de Cristo. Decía, en efecto: «Todos los frailes, sin embargo, prediquen con las obras» (FRANCISCO DE ASÍS, Regla no bulada, XVII, en Fuentes Franciscanas, n. 46). En un segundo momento tendrá lugar la evangelización propiamente dicha.

Queridísimos:

Otro motivo que me impulsa a escribir esta carta pastoral es el 60 aniversario de la declaración Nostra Aetate, del Concilio Vaticano II, celebrado a finales de octubre de 2025 por el papa León XIV. Este breve pero importante documento nos pone delante de la realidad de una sociedad multirreligiosa y nos guía en la relación con personas de religiones diversas.

Deseo ahora afrontar su aplicación a la situación concreta de nuestra diócesis, que en los últimos años ha visto aumentar la presencia de inmigrantes musulmanes. Esta presencia nos coloca ante preguntas que no podemos eludir: ¿la percepción cristiana de Dios y la musulmana son iguales? ¿Cuál debe ser la actitud cristiana hacia ellos? ¿Qué testimonio podemos dar? ¿Cómo mantener el equilibrio entre el respeto por su fe y la necesidad del anuncio del Evangelio?

Para responder a estas y a otras preguntas, ponemos nuestra atención en la declaración Nostra Aetate, que nos enseña a mirar con estima a los musulmanes, «que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y omnipotente, creador del cielo y de la tierra» (Nostra Aetate, 3). La fe cristiana nos enseña que «Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los creó» (Gn 1,27), lo que tiene como consecuencia el reconocimiento de la dignidad universal de toda persona humana.

Además, los aspectos comunes de la fe en Dios con los musulmanes añaden un nuevo estímulo para tener una actitud de plena acogida, de respeto y de sincera deferencia. Asimismo, reconocernos con ellos criaturas del único Dios nos sitúa juntos ante la responsabilidad de hacer comprender a un mundo que se aleja del Creador la trascendencia de la vida del hombre, y esto abre la puerta a una colaboración con el objetivo común de hacer honrar una moral básica que nuestra sociedad secularizada rechaza a menudo.

La acogida y la colaboración son ya dos modos de testimoniar de manera práctica la verdadera fe en Jesús. Los musulmanes que llegan a los países occidentales a menudo se sienten confundidos al observar la secularización de la sociedad, porque tienden a identificar —de manera ciertamente equivocada, pero también comprensible— la inmoralidad pública con la fe cristiana. Solo cuando entran en contacto con cristianos coherentes con su fe, se dan cuenta de que la secularización es una corrupción del cristianismo, y así comienzan a conocer el verdadero rostro de Jesús y a percibir, a menudo sin siquiera pensarlo, la profundidad del amor de Dios.

Este es el don mejor y más precioso que nosotros podemos y debemos darles. Para usar las palabras de la declaración Nostra Aetate, debemos dar «testimonio de la fe y de la vida cristiana», siempre «con prudencia y caridad, por medio del diálogo y la colaboración» (Nostra Aetate, 2). Es de este modo como comenzamos a compartir lo que tenemos de más precioso.

Con la acogida y el testimonio ya comienza el anuncio. Amar al prójimo, especialmente al extranjero, significa también querer hacerlo partícipe de la alegría del Evangelio. La Iglesia «anuncia, y está obligada a anunciar, a Cristo, que es “camino, verdad y vida” (Jn 14,6), en quien los hombres deben encontrar la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios ha reconciliado consigo todas las cosas» (Nostra Aetate, 2). La acogida, por tanto, debe ir siempre acompañada de nuestra identidad espiritual, hablando de Jesucristo no con imposiciones, sino con amor.

Hace treinta y cinco años, san Juan Pablo II decía: «Siento que ha llegado el momento de comprometer todas las fuerzas eclesiales en la nueva evangelización y en la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede sustraerse» (Redemptoris Missio, n. 3). Si en el pasado la misión ad gentes, dirigida a los no cristianos, tenía como escenario privilegiado los países de mayoría no cristiana, ahora ha llegado el tiempo de asumir esta responsabilidad en nuestra propia casa y, para nosotros, particularmente hacia los inmigrantes musulmanes. También el papa Francisco subrayaba que el anuncio es deber de todos: «Cada bautizado, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de instrucción de su fe, es un sujeto activo de evangelización» (FRANCISCO, exhort. ap. Evangelii Gaudium, n. 120).

Alguien podría preguntarse: «¿Hay de verdad necesidad de anunciar a Jesús? ¿No pueden salvarse siendo fieles a su religión?». La Iglesia reconoce ciertamente que los caminos del Espíritu no tienen fronteras, y enseña que quien, con una completa ignorancia de Jesús, vive fiel a Dios siguiendo su conciencia, podría llegar de algún modo a la salvación, pero con gran dificultad y sin ninguna garantía. Y, en cualquier caso, solo puede salvarse a través de Jesucristo, porque desde que el Hijo de Dios vino a habitar entre nosotros y llevó a cabo la obra de la redención, se ha convertido en el único acceso al Padre: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Por tanto, descuidar el anuncio de Jesucristo sería despreciar su cruz salvadora y su mediación universal.

En el fondo, sería traicionar nuestra misión de bautizados.

Si vemos a alguien que intenta salir de un río, pero es arrastrado por la corriente, y nosotros tenemos una cuerda para ayudarlo, sería una grave negligencia no lanzarle la cuerda, pensando que quizá podría salir solo y así sentirse más libre: ¡la cuerda es la liberación!

¿Cuántos musulmanes que viven entre cristianos se dirigirán a ellos en el día del juicio diciendo: «¿Por qué no me lanzaste la cuerda? ¿Por qué no me diste a conocer la verdad?». Por eso se comprende la urgencia de la misión que hacía exclamar a san Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16).

En primer lugar, será necesario suscitar un interés por la fe, y esto es posible mediante el testimonio de una vida cristiana, de una vida de amor, que haga que los demás se pregunten cuáles son los motivos profundos de semejante actitud. Y cuando llegue la hora de esas preguntas, será necesario, como aconseja san Pedro, estar «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros. Pero hacedlo con dulzura y respeto» (1 Pe 3,15-16).

¿Pero es tan distinta la fe islámica de la fe cristiana? Tenemos en común la fe en un solo Dios, creador de todo. Para los cristianos, sin embargo, Dios es nuestro Padre y, en su esencia, es Amor. Esto resulta una sorpresa para un musulmán, que está acostumbrado a ver a Dios más lejano, a quien debemos someternos, pero a quien no podemos conocer. Aunque Dios es inalcanzable mediante las fuerzas humanas naturales, los cristianos saben que en Jesús tenemos la plena revelación de su amor.

Mientras el Corán admite que Jesús es «una palabra Suya [de Dios] que Él depositó en María» (Corán 4,171), el Evangelio de san Juan dice que —desde el principio— «el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios [...] y el Verbo se hizo carne y vino a habitar entre nosotros» (Jn 1,1.14). Y Jesús mismo nos dio a conocer su divinidad cuando dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Esta frase, para un musulmán, equivale a decir que Jesús es Dios, porque “la verdad” y “la vida” son dos de los 99 nombres de Dios que encontramos en el Corán.

Ciertamente, el Corán rechaza que Dios pueda tener un hijo, pero el contexto se refiere a la generación politeísta de hijos, que ciertamente no podemos atribuir a Dios. Por tanto, no se refiere a la del Verbo, que es una generación eterna y puramente espiritual, porque el Hijo es la misma Palabra de Dios. Por eso, el núcleo de la fe cristiana no es una doctrina teórica, sino una Persona: Jesucristo.

Los católicos, además, siguiendo a Jesús, deben mostrar que el motivo para cumplir la voluntad de Dios no puede ser el temor al castigo o el deseo de una recompensa, sino el amor. No somos esclavos, sino hijos; hijos que saben que son amados por Dios Padre por medio de su Hijo, Jesucristo; y a este amor queremos y debemos corresponder de corazón. Este mismo motivo nos lleva a compartir con los demás la gran alegría de que el Hijo de Dios ha venido a salvarnos y nos enseña a amarnos los unos a los otros.

Hay un solo modo de hacer comprender que verdaderamente Dios es amor: manifestarlo con la propia vida; convirtiéndonos nosotros mismos en expresión del amor mismo de Dios por los demás, en primer lugar por los cristianos, y después por los musulmanes y por todos. El mejor don, el mayor bien que podemos dar a estos hermanos nuestros, es convertirnos en una manifestación del amor de Dios por ellos. El amor debe ser libre: por tanto, el anuncio del Evangelio a los musulmanes debe hacerse con un delicado respeto a su libertad.

Queridísimos:

Me alegra, por tanto, anunciar que, a partir del año pastoral 2026-2027, nuestra diócesis se comprometerá a dirigirse de manera especial, con la caridad cristiana y con el testimonio y la proclamación del Evangelio de la Verdad, también a aquellos musulmanes que habitan en nuestro mismo territorio.

Para ello, la Oficina de Pastoral Catequética, en colaboración con Cáritas Diocesana, propondrá un itinerario formativo específico y se promoverán ocasiones de encuentro.

El próximo mes misionero de octubre será propicio para emprender este camino.

Así sabremos conocer mejor la fe y la cultura de los musulmanes que encontramos cotidianamente, y sabremos también de modo más consciente cómo ejercer nuestro deber de bautizados, que es una tarea de amor y, por tanto, de anuncio de Aquel que es la salvación del hombre.

La acogida con una caridad desinteresada, el testimonio de una vida cristiana coherente y el anuncio del amor de Dios en Jesucristo con libertad y sincero respeto son los medios humanos que el Señor nos pide para evangelizar. Todo esto debe ir acompañado siempre por la oración, convencidos de que el Espíritu Santo es el único capaz de cambiar el corazón y de llenarlo de la paz interior que acompaña su presencia.

Bajo la fuerza del Espíritu Santo, que en el día de Pentecostés llenó de entusiasmo y valentía el alma de los Apóstoles, también nosotros, en la Pentecostés de hoy, debemos tomar en serio el mandato de Jesucristo: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). Se trata, en el fondo, de realizar así el acto más alto y más hermoso de caridad: anunciar a Aquel que es camino, verdad y vida.

Y —lo sabemos— no hay amor más grande que este (cfr. Jn 15,13).

Confiamos a la Virgen, nuestra madre, que es venerada como madre de Jesús también por los musulmanes, este deseo de transmitir el amor de Dios a todos, con la alegría y la fuerza que nos ha traído la Pascua: Jesucristo ha resucitado, ¡ha resucitado verdaderamente!

Sanremo, domingo 24 de mayo de 2026.
Solemnidad de Pentecostés

✠ Antonio Suetta
Obispo de Ventimiglia-San Remo

Síntesis final

La carta en una frase

Acoger con caridad, vivir con coherencia y anunciar a Jesucristo con amor, libertad, sincero respeto y oración: este es el camino que la carta pastoral propone para dirigirse a los musulmanes del territorio.