Breve
Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario,
Ciclo
A - Mt
13, 44-46
«El reino de los
cielos se parece a un tesoro escondido en el campo»
El
tesoro por el que merece la pena vivir
Hermanos:
Todos queremos
acertar en la vida. Hay equivocaciones pequeñas: tomar una calle incorrecta,
comprar algo que luego no usamos o preparar una receta que termina necesitando
bastante misericordia. Pero existen decisiones mucho más importantes: a quién
entregamos nuestra confianza, qué lugar ocupa el dinero, cómo reaccionamos ante
el mal, para qué empleamos nuestros dones y qué sentido damos a nuestra
existencia.
Por eso, en el
mundo antiguo se estimaba tanto la sabiduría. Una persona podía ser rica,
poderosa e incluso temida; pero, si no sabía vivir, no era considerada
verdaderamente sabia.
Saber
muchas cosas no es lo mismo que saber vivir
La sabiduría
bíblica no consiste simplemente en acumular conocimientos. Se puede tener una
gran memoria, conocer muchos datos y, sin embargo, equivocarse en lo esencial.
Sabio es quien
aprende a distinguir entre lo que da vida y lo que termina destruyéndola; entre
lo que resulta agradable durante un momento y lo que conduce al bien; entre
aquello que brilla mucho y aquello que de verdad merece nuestra confianza.
Las parábolas de
este domingo nos ayudan precisamente a desarrollar esa sabiduría. Jesús nos
pregunta con sencillez: ¿sabemos reconocer lo verdaderamente valioso?
El
tesoro estaba allí, pero había que descubrirlo
Jesús habla
primero de un tesoro escondido en un campo. Un hombre lo encuentra, vuelve a ocultarlo
y, lleno de alegría, vende todo cuanto posee para comprar aquel terreno.
Conviene fijarse
en un detalle: el tesoro estaba allí, pero permanecía escondido. No se
encontraba expuesto en un escaparate ni llevaba un cartel que dijera: «La
felicidad está aquí». Era necesario descubrirlo.
Así sucede también
con el Evangelio.
Las cosas que más
llaman nuestra atención no siempre son las que más bien nos hacen. El éxito se
exhibe. El dinero se cuenta. La popularidad se anuncia. Las apariencias
encuentran espectadores con bastante facilidad. El Evangelio, en cambio, suele
entrar en nuestra vida de manera discreta.
Puede comenzar con
una palabra de Jesús que un día nos toca de una forma especial. Puede aparecer
en una persona que vive con una paz que no sabemos explicar. Quizá lo
percibimos en alguien capaz de perdonar, de servir sin hacerse propaganda o de
permanecer junto a quien sufre cuando otros ya se han marchado.
Entonces intuimos
que allí hay algo diferente. Como si, en medio de la tierra, apareciera un
pequeño destello.
Podemos haber
escuchado muchas veces el mismo Evangelio y, sin embargo, descubrirlo
verdaderamente un día concreto. No porque sus palabras hayan cambiado, sino
porque quizá nosotros hemos comenzado a escucharlas de otra manera.
El tesoro estaba
allí. Faltaba detenerse, mirar y empezar a cavar.
La fe
comienza con una alegría, no con una pérdida
El hombre de la
parábola vende todo cuanto tiene. Pero no lo hace llorando ni arrastrando los
pies. Jesús dice que actúa lleno de alegría.
Este detalle
cambia por completo la parábola.
A veces hemos
presentado la vida cristiana empezando por lo que cuesta: las renuncias, los
sacrificios, las obligaciones y las prohibiciones. Sin embargo, Jesús comienza
por un descubrimiento.
Aquel hombre no
deja sus bienes porque todo le parezca malo. Los deja porque ha encontrado algo
mucho mejor. No se siente empobrecido: sabe que está realizando la mejor
inversión de su vida.
El discípulo
verdadero no habla continuamente de lo que ha perdido. Habla, sobre todo, de lo
que ha encontrado.
Ha encontrado una
manera nueva de vivir. Ha descubierto que amar llena más que utilizar a los
demás; que compartir libera más que acumular; que perdonar puede cerrar heridas
que el resentimiento mantiene abiertas; que servir no empequeñece, sino que
ensancha el corazón.
Cuando uno
descubre esto, cambia su escala de valores. No porque alguien lo obligue desde
fuera, sino porque comienza a mirar la vida con otros ojos.
Por eso, la
primera pregunta no es: «¿A qué tengo que renunciar?». Hay otra anterior y más
importante: «¿He descubierto realmente el tesoro?»
Mientras no se
descubre, cualquier renuncia parece insoportable. Cuando se comprende lo que se
ha encontrado, muchas cosas dejan de parecer imprescindibles.
La
perla: en qué clase de persona nos convertimos
La segunda
parábola habla de un comerciante que buscaba perlas finas. Este hombre es
distinto del anterior. El primero encontró el tesoro de manera inesperada; el
mercader, en cambio, llevaba mucho tiempo buscando.
Conocía las
perlas. Había visto muchas y sabía reconocer su valor. Ya había encontrado
cosas hermosas, pero ninguna conseguía satisfacer por completo su búsqueda.
Hasta que un día encuentra una perla incomparable.
También nosotros
buscamos belleza. No solamente belleza exterior.
A veces decimos de
alguien: «Es una persona preciosa». Quizá no destaca por su apariencia, pero
tiene una manera de escuchar, de tratar a los débiles, de acompañar, de servir
o de perdonar que la hace verdaderamente hermosa.
La belleza más
profunda de una persona está en los valores que encarna.
Hay personas que,
cuando llegan, hacen que el ambiente sea más humano. No necesitan colocarse en
el centro; saben dejar espacio a los demás. No van dando lecciones
continuamente, pero a su lado uno aprende. No esconden los problemas, aunque
tampoco siembran desesperanza.
El Evangelio
quiere formar en nosotros esa belleza interior.
No basta con
admirar las palabras de Jesús como quien contempla una joya detrás de un
cristal. Su sabiduría quiere entrar en nuestra vida: en nuestra manera de
hablar, de gastar, de elegir, de mirar a los demás y de reaccionar cuando
alguien nos hiere.
La belleza
cristiana alcanza su cima en el amor, especialmente en el amor que no responde
al mal con más mal.
Esto no significa
justificar la injusticia ni permitir que alguien nos destruya. Significa
negarnos a que el daño recibido decida en qué clase de persona vamos a
convertirnos.
La perla de gran
valor es una vida que aprende a amar al estilo de Jesús.
La red
pasa por el interior de cada uno
Después aparece la
parábola de la red. Los pescadores la sacan del agua y encuentran de todo:
peces aprovechables y cosas que no sirven.
Al escucharla,
podemos caer rápidamente en una interpretación muy cómoda: dentro de la red están
los buenos y los malos. Y, curiosamente, nosotros solemos colocarnos entre los
buenos. Para los malos, en cambio, casi siempre tenemos algún candidato
disponible.
Pero la parábola
nos invita a mirar más adentro.
La separación
entre lo bueno y lo corrompido no pasa solamente entre unas personas y otras.
Pasa por el interior de cada uno de nosotros.
En todos hay algo
hermoso y algo que necesita ser purificado. Podemos ser generosos y, al mismo
tiempo, necesitar que todo el mundo lo sepa. Podemos defender la verdad, pero
hacerlo sin caridad. Podemos ayudar mucho fuera de casa y ser bastante
difíciles de soportar dentro de ella.
Nuestro corazón es
complejo. En esa red interior aparecen peces buenos, ramas, hojas y algún trapo
del que ni siquiera recordamos cómo llegó hasta allí.
Pertenecer a la
comunidad cristiana no significa haber terminado el camino. El bautismo no nos
convierte automáticamente en una obra acabada. Dios continúa trabajando en
nosotros con paciencia.
Dios no
quiere destruirnos, sino liberarnos
Las imágenes del
fuego y del juicio pueden asustarnos si las interpretamos como si Dios
disfrutara castigando. Pero la buena noticia es otra: Dios quiere destruir
aquello que nos destruye.
Quiere quemar el
egoísmo, la mentira, la crueldad, el rencor y todo lo que nos impide vivir
plenamente. No quiere perder a la persona; quiere salvar todo lo bello,
verdadero y bueno que hay en ella.
La última palabra,
por tanto, no es la amenaza. Es la esperanza.
Dios no se resigna
a que permanezca para siempre en nosotros aquello que nos desfigura. Su obra
consiste en purificarnos para que aparezca con mayor claridad la persona que
estamos llamados a ser.
Lo nuevo
no desprecia todo lo antiguo
Al final del
pasaje, Jesús habla de un escriba que saca de su tesoro cosas nuevas y
antiguas.
No dice «cosas
nuevas y cosas viejas». Lo viejo puede haber quedado vacío y sin vida. Lo
antiguo, en cambio, puede conservar una sabiduría preciosa.
El discípulo de
Jesús no necesita despreciar todo lo recibido anteriormente. Puede reconocer la
verdad aprendida de sus padres, la experiencia de los ancianos, los valores de
su cultura y cuanto de bueno ha encontrado a lo largo de su camino.
Cristo no viene a
destruir la belleza verdadera. Viene a recogerla, purificarla y llevarla a
plenitud.
Tres
imágenes para revisar nuestra vida
Hoy el Evangelio
nos deja delante de tres imágenes: un tesoro, una perla y una red.
El tesoro nos
pregunta: ¿qué ocupa realmente el centro de mi vida?
La perla nos
pregunta: ¿en qué clase de persona me estoy convirtiendo?
La red nos
recuerda: todos necesitamos ser purificados y ninguno puede vivir señalando
desde fuera el mal de los demás.
Pidamos al Señor
la verdadera sabiduría: la capacidad de reconocer lo que merece la pena.
Que sepamos
descubrir el tesoro, incluso cuando aparezca escondido.
Que el Evangelio
no sea para nosotros una idea conocida, sino una alegría encontrada.
Que su Palabra
vaya haciendo nuestra vida más bella, más libre y más capaz de amar.
Y que, cuando
llegue el momento de elegir, tengamos la lucidez de no cambiar el verdadero
tesoro por unas cuantas cosas que brillan mucho, pero duran muy poco.