Homilía
del Segundo Domingo de Pascua, Ciclo A
Jn 20, 19-31 «Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo,
no estaba con ellos
cuando vino Jesús»
El amor corre antes que las respuestas.
En el pasaje
evangélico del día de Pascua nos hemos encontrado con tres personas a las que
Jesús había implicado en su amor y que fueron al sepulcro.
María Magdalena
llegó a la tumba cuando todavía estaba oscuro. Vio que la piedra había sido
removida y que el cuerpo de Jesús ya no estaba. Pensó que se lo habían llevado
y corrió a comunicarlo a los discípulos.
Los signos hablan,
aunque todavía no lo expliquen todo.
Entonces Pedro y
el otro discípulo, aquel a quien Jesús amaba, corrieron al sepulcro y
comprobaron que lo que había dicho Magdalena era verdad. La piedra había sido
removida. El lienzo que envolvía el cuerpo de Jesús había quedado en el suelo,
caído, porque el cuerpo ya no estaba. El sudario, en cambio, estaba enrollado
en un lugar aparte.
La fe comienza cuando la muerte
deja de tener la última palabra.
Ante estos signos,
el discípulo amado empezó a comprender. Aquí ha sucedido algo inaudito. Aquí la
muerte ha sido vencida. Y comenzó a creer.
Esto es lo que sucedió en la mañana de
Pascua. En el pasaje evangélico de hoy, Juan nos cuenta lo que ocurrió en la
tarde del mismo día de Pascua.
El miedo
encierra;
el Resucitado reúne.
«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana,
estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los
judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».
Los discípulos
estaban encerrados en casa, con las puertas atrancadas por miedo a los judíos.
Fijémonos bien ya que no se habla de los apóstoles ni tampoco de los diez,
porque ya no son Doce. Judas ha abandonado el grupo y Tomás está fuera, porque
él no tiene miedo. Aquí se habla de los discípulos, y el evangelista Juan
quiere incluir a todos aquellos que, en cualquier tiempo y en cualquier lugar,
aun con perplejidades, incertidumbres y fragilidades, han dado su adhesión al
Maestro. Juan quiere que en estos discípulos asustados y encerrados nos
reconozcamos también nosotros, con todos nuestros miedos.
Tienen miedo a los que se oponen
a Jesús y a su Evangelio
Aclaremos primero
quiénes son esos que infunden temor a esta pequeña comunidad. Son «los judíos». Pero, en el Evangelio según
Juan, esta expresión no designa a los israelitas ni a los habitantes de Judea. Designa
a todos aquellos que, en cualquier tiempo y lugar, se oponen a Jesús y a su
Evangelio. Representan a quienes prefieren la tiniebla a la luz, la mentira
a la verdad, el odio al amor.
El miedo nace de que se tiene
que enfrentar a un mundo hostil.
El miedo de esta
pequeña comunidad nace de que sabe que tiene que enfrentarse a un mundo hostil.
Tiene que proponer una sociedad alternativa y fraterna dentro de un imperio
sostenido por la esclavitud. Tiene que anunciar el amor incondicional de un
Dios que es Padre de todos, que ama a todos sin medida, en un mundo pagano e
idólatra. Tiene que denunciar el uso de la espada en un mundo donde manda la
ley del más fuerte y donde se recurre a la violencia para imponerse y dominar. Tiene
que proponer una sociedad distinta, y tiene miedo.
Esta pequeña
comunidad encerrada en el cenáculo es imagen de la Iglesia cuando teme
confrontarse con el mundo, con quienes piensan y viven de otro modo. Y cuando
la Iglesia tiene miedo, ¿qué hace? Exactamente lo que hizo aquella pequeña
comunidad de Pascua: se atrinchera, se aísla, se repliega sobre sí misma. Y el
miedo es un pésimo consejero, porque puede volvernos agresivos,
intolerantes, fanáticos. Entonces ya no se dialoga, ya no se proponen las
propias convicciones, sino que se intenta imponerlas. Y eso es lo que ha
sucedido también en la historia de la Iglesia. El miedo.
El miedo no evangeliza:
endurece.
Lo hemos visto a
lo largo de los siglos. Cuando la Iglesia ha tenido miedo de la ciencia, se ha
atrincherado contra el racionalismo, contra los descubrimientos científicos de
Galileo, contra las teorías evolucionistas. Ha tenido miedo de la democracia, de
la libertad de conciencia, de la libertad religiosa. Ha tenido miedo incluso de
los estudios bíblicos, de nuevas interpretaciones suscitadas por los
descubrimientos arqueológicos y por el estudio de los textos y de las
literaturas orientales, que ponían en cuestión lecturas fundamentalistas de la
Biblia. Y tuvo que llegar un concilio para barrer esos miedos.
También hoy hay
muchos miedos. Y algunos están justificados, pero tienen que ser superados. La
Iglesia debe confrontarse con una sociedad cada vez menos dispuesta a acoger
las propuestas evangélicas, y eso lo sabemos bien. Hablar de renuncia, de
sacrificio, de atención al otro, de dar la vida por los más pobres… son
proyectos de vida exigentes; lo sabemos. Son propuestas que hoy parecen haber
pasado de moda. Y entonces aparece la tentación: mantenerse lejos de esta sociedad.
Se tiene miedo de
ser considerados retrógrados, medievales, gente que no va al ritmo de los
tiempos. Y así se renuncia a llevar al mundo el anuncio del Evangelio.
El acontecimiento que lo cambia todo.
¿Qué saca a estos
discípulos de la comunidad de Jerusalén de sus miedos? ¿Y qué debe sacarnos hoy
a nosotros de los nuestros? Jesús, que se pone en medio de ellos y dice: «Paz a vosotros». El acontecimiento que
lo cambia todo es el encuentro con el Resucitado, la toma de conciencia de que
no estamos solos, de que Cristo está con los discípulos y permanece en medio de
su comunidad.
Un nuevo modo de estar presente
entre los discípulos
El evangelista
desea que caigamos en un detalle importante: Juan no cuenta aquí una
aparición de Jesús. No dice que Jesús se hiciera visible y luego volviera a
hacerse invisible. De hecho, el evangelista Juan no habla nunca de
apariciones de Jesús, no dice que fue visto; dice que está en medio de la
comunidad. Está hablando, por tanto, del comienzo de un modo nuevo de
estar presente entre los discípulos.
Cuando Jesús
estaba sometido a los límites de la condición humana, tenía los límites del
espacio y del tiempo. Cuando estaba en Jerusalén, no podía estar con su madre
en Nazaret. Ahora, en cambio, el Resucitado ya no tiene esos límites: está
siempre en medio de su comunidad, está siempre con sus discípulos, en cualquier
lugar y en todo tiempo.
Las cobardías solo
empiezan a desvanecerse cuando la Iglesia, cuando estos discípulos, toman
conciencia de que no están solos, sino de que el Resucitado permanece
siempre en medio de ellos.
Las manos muestran la verdad de una vida.
«Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y
los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor».
La interpretación más inmediata del gesto de Jesús, cuando muestra sus manos y su costado, es pensar que quiere dar prueba de su identidad, como si dijera: «¿Veis? Soy yo». Pero el significado de ese gesto va mucho más allá.
Las manos indican las obras
que una persona realiza
Además, a una
persona no se la reconoce por las manos, sino por el rostro. Entonces, ¿por
qué Jesús muestra precisamente las manos? Porque la mano indica la acción, las
obras que una persona realiza. Con las manos se puede acariciar o golpear;
se puede dar vida o quitarla; se puede levantar o aplastar. En el fondo, nuestra
vida será juzgada también por la obra de nuestras manos. Cuando nos
presentemos ante el Padre del cielo, nos dirá: «Déjame ver tus manos». ¿Han
dado de comer al hambriento? ¿Han dado de beber al sediento? ¿Han vestido al
que estaba desnudo? (cfr. Mt 25, 31-46); (cfr. Is 58,7; Tb 1,17; Tb 4,16; Ez
18,7.16; Prov 25,21; Gn 24,17-20; Job 22,7; Job 31,19-20; Gn 18,1-8; Gn 19,2-3;
Job 31,32; Dt 10,18-19; Sir 7,35; Is 58,6; Tb 1,17-18; Tb 2,7-8).
Jesús ha venido al
mundo para mostrarnos las manos de Dios, para hacernos ver cómo son las manos del
Hijo de Dios. Y a esas manos deben corresponder las obras de las manos de todos
los hijos de Dios.
En el Antiguo
Testamento se habla muchas veces de las manos de Dios que realizan obras
maravillosas en favor del hombre; pero alguna vez se habla también de unas
manos que golpean.
Cuando Dios extendía su mano sobre Egipto, llegaban las plagas. En el capítulo
15 del libro del Éxodo se dice: «Tu diestra, Señor, tritura al enemigo»
(cfr. Ex 15, 6). Y también en el libro de los Macabeos, el séptimo de los
hermanos, antes de morir, le dice al verdugo: «No escaparás de las manos de
Dios». Es un lenguaje que aparece raramente incluso en el Nuevo Testamento.
En la carta a los Hebreos se dice: «Es terrible caer en manos del Dios vivo».
El autor está hablando de quienes han tomado decisiones de muerte y los condena
con fuerza, empleando ese lenguaje intenso de ciertas homilías rabínicas.
Las manos de Jesús
siempre están al servicio de la vida.
Pero en las manos
de Jesús contemplamos la revelación definitiva y perfecta de la mano de Dios,
de la obra que Dios realiza. Si abrimos los Evangelios, vemos continuamente lo
que hacen las manos de Jesús: devuelven la vista al ciego de nacimiento,
acarician a los leprosos, a quienes nadie podía acercarse, parten el pan y lo
comparten, levantan al paralítico que no logra moverse.
Son manos que
bendicen a los niños a los que ha tomado en brazos. Son manos que, durante la
última cena, lavan los pies en el servicio más humilde. Son siempre manos al
servicio de la vida. Esa es la razón por la que Jesús las muestra. Son
su propuesta; una vida gastada entera y solamente por amor. Estas son las
manos del Hijo de Dios, y las ofrece a todo el que quiera ser hijo de Dios.
El mundo viejo clava las manos que aman.
Y esas manos están
heridas, porque han sido traspasadas por los clavos. ¿Quién las ha clavado? Esas
manos las clavan aquellos que querían perpetuar la obra de las manos que
destruyen, las manos que ejercen violencia, que agreden, que hacen guerras,
manos que toman en vez de dar. Ese era el mundo viejo. En el mundo antiguo,
las manos se movían así: para dominar, no para servir.
Por eso, quienes
no querían el mundo nuevo clavaron esta propuesta que el Hijo de Dios había
venido a traer: usar las manos solo para amar, incluso al enemigo. Y aquí
podemos preguntarnos, sin dramatismos, pero con sinceridad: nuestras manos, en
lo concreto de cada día, ¿se parecen más a las del Reino o a las del mundo
viejo? Porque a veces uno no necesita empuñar una espada para herir; basta con
cerrarse, retener, endurecerse. Y esas también son manos que hablan.
Del costado de Cristo brota la fuerza para amar.
Jesús no muestra
solo las manos; muestra también el costado. ¿Por qué? Porque para emplear las
manos como Él las empleó hace falta una fuerza, una vida nueva: su mismo
Espíritu, esa vida divina que lo impulsó siempre a realizar obras de amor. Por
eso aparece la referencia al costado del que brotó sangre y agua. Y la sangre y
el agua, en la Biblia, indican la vida.
De ese costado ha salido ese
Espíritu que nos da también a nosotros la fuerza y la capacidad de mover
nuestras manos por amor, como las movió Él.
La consecuencia de
adherirse a esta propuesta suya es la alegría. La alegría nace cuando acogemos
y encarnamos su modo de ser hombre, porque nosotros hemos sido hechos para
vivir como Él vivió. Solo así estamos en armonía con nuestra verdadera
identidad humana.
La tristeza, en cambio, nace cuando
pensamos que entregar la vida es fracasar. La alegría nace del
descubrimiento de que el amor construido por nuestras manos nunca será borrado.
El Resucitado no nos quiere encerrados.
«Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Los discípulos se
sentían seguros en la casa donde estaban, con las puertas atrancadas. Pero el
Resucitado no quiere que permanezcan allí dentro: tienen que salir, porque
los envía al mundo. Y, puesto que esos discípulos somos hoy también
nosotros, conviene preguntarnos cuáles son las razones por las que tantas veces
nos resistimos a dejarnos implicar en la misión que Él nos confía.
Con frecuencia
oímos a los cristianos repetir: ¿qué vamos a anunciar en un mundo ocupado en
cosas muy distintas, a personas que piensan y viven de un modo completamente
diferente del Evangelio, que ni siquiera quieren ser molestadas por este
mensaje y que, a veces, hasta se burlan de nosotros? Y además, ¿no es verdad
que el mundo va mal, incluso cada vez peor? Corrupción por todas partes. Cada
uno piensa en sí mismo y en disfrutar de la vida.
Son dificultades reales. Y creo que el Resucitado respondería así a nuestras objeciones: «¿Qué esperabas? Si en el mundo reinaran el amor, la fraternidad y la paz, no te habría enviado». El Padre me envió a mí al mundo, y ha amado a este mundo que necesita el Evangelio; y también tú debes amarlo.
El Evangelio se anuncia
precisamente donde hace falta.
Es verdad que, ante
las fuerzas del mal presentes en el mundo, nos sentimos débiles. Y sabemos
bien que hay algo de verdad en la provocación del diablo a Jesús cuando, al
tentarlo, le dice que todo el poder y toda la gloria de los reinos del mundo
están en sus manos. Lo que nos asusta es precisamente esa aparente
prepotencia del mal. Y si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas
frágiles, humanas, tendríamos todos los motivos para resignarnos y renunciar a
la misión.
Lo que hace el Resucitado
Por eso hay que
preguntarse: ¿qué hace el Resucitado? En griego lo dice así: «καὶ τοῦτο εἰπὼν ἐνεφύσησεν»;
es decir, «y, habiendo dicho esto, sopló sobre ellos». Emplea el verbo ἐμφυσάω
(émfusáo) que quiere decir ‘soplar’; quiere decir que ha soplado
dentro de los discípulos el Espíritu Santo, su misma fuerza, su mismo Espíritu,
su misma vida divina.
El verbo ἐμφυσάω
(emfysáo) es importante. En Jn 20,22, Juan usa la forma ἐνεφύσησεν
(enefýsesen), la misma que aparece en la Septuaginta de Gn 2,7,
cuando Dios sopla en el hombre el aliento de vida. El eco de la creación es,
por tanto, muy fuerte. Puede añadirse también la evocación de Ez 37,9,
donde el soplo divino devuelve la vida a los muertos, aunque allí no aparece la
misma forma verbal, sino otra del mismo verbo. Así, el soplo del Resucitado
sobre los discípulos no es un detalle secundario: es la imagen de una humanidad
rehecha por el Espíritu y enviada a la misión.
Todo bautizado
está llamado a perdonar.
Por eso no
contamos solo con nuestras fuerzas materiales, con nuestras capacidades
humanas. Contamos con una fuerza divina, y ante esa fuerza ningún poder del mal
puede resistir.
Y el Resucitado
continúa diciendo: «A quienes perdonéis los
pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan
retenidos». El Concilio de Trento (1545 – 1563) sostuvo que este
versículo confirma que el Resucitado instituyó el sacramento de la penitencia,
por el cual los pecados son perdonados. Y es verdad: en ese sacramento el
pecado es perdonado. Pero conviene tener presente algo importante: aquí el
Resucitado no se dirige a los Doce, sino a todos los discípulos. Por tanto, esa
misión de perdonar el pecado está confiada a todo bautizado.
Perdonar es ayudar a abandonar
el camino equivocado.
¿Y cómo se realiza
esto? Fijémonos en el verbo que se emplea para «perdonar». En griego se emplea
el verbo «ἀφίημι» (afíemi), que significa ‘dejar,
abandonar, despedir’.
¿Qué debe hacer
entonces cada discípulo? Debe acercarse a quienes son esclavos del pecado y
ayudarles a abandonar esa condición; debe hacer posible que dejen el camino
equivocado y entren en el camino de la vida.
Eso es lo que pide
el Resucitado. Si vosotros conseguís que el pecado sea dejado, es decir,
abandonado, entonces habréis recuperado al hermano. Pero si, por el
contrario, no os comprometéis en la misión que os he confiado, o peor aún, si
por causa de vuestra vida poco evangélica retenéis a las personas en la
condición de pecado, en una situación de no-vida, entonces la responsabilidad
será vuestra.
Esta fue la
manifestación del Resucitado a los discípulos reunidos en la tarde del día de
Pascua. Pero entre ellos no estaba Tomás.
La duda no
descalifica la fe:
puede abrirle camino.
«Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con
ellos cuando vino Jesús. Y los otros
discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo
en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los
clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
La incredulidad de
Tomás se ha vuelto casi proverbial. Pero conviene preguntarnos algo: ¿de
verdad fue el único en dudar? ¿No pasaron los otros diez por las mismas
vacilaciones, por las mismas preguntas, por el mismo desconcierto? ¿Fue solo
Tomás quien pidió pruebas verificables de la resurrección?
Si escuchamos a
los evangelistas, vemos que no. Marcos, al final de su Evangelio, dice que
Jesús reprochó a los Once su incredulidad. Lucas presenta a los apóstoles
sobresaltados y llenos de miedo, y pone en labios del Resucitado esta pregunta:
«¿Por qué estáis turbados? ¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?». Y
Mateo llega a decir que, incluso cuando Jesús se manifestó a los once en
Galilea, algunos todavía dudaban.
Así que no dudó
solo Tomás. Dudaron todos. Y eso, lejos de escandalizarnos, puede
consolarnos. Cuando también en nosotros aparecen preguntas, no estamos fuera
del camino: estamos caminando con los primeros.
Tomás pone rostro a las preguntas
de la tercera generación.
Entonces, ¿por qué
Juan concentra en Tomás unas dudas que, en realidad, fueron también de los
demás? Porque cuando escribe su Evangelio, hacia finales del siglo primero,
Tomás ya ha muerto y las Comunidades Cristianas viven otra situación. Son
creyentes de tercera generación: no conocieron a Jesús de Nazaret, no caminaron
con Él, no escucharon su voz. Quizá alguno haya conocido a alguien que lo
trató, pero ellos no lo vieron.
Y esas Comunidades
se hacen preguntas muy serias: ¿qué razones tenemos para creer que Jesús vive? ¿Todavía es
posible hacer una experiencia semejante a la de los primeros discípulos? ¿Hay
signos suficientes? ¿Por qué ya no aparece como antes? Son preguntas muy
nuestras. No pertenecen solo al pasado. También hoy brotan, a veces en voz alta
y a veces por dentro.
Por eso Juan toma
a Tomás como figura representativa: en Tomás concentra la dificultad de todo
discípulo para llegar a creer que Jesús, el que entregó la vida por amor, está
verdaderamente vivo.
Tomás es nuestro gemelo.
El Evangelio
insiste en llamarlo ∆ίδυμος (Dídumos), es decir, gemelo. Y la
pregunta surge sola: ¿gemelo de quién? De cada uno de nosotros. Tomás
es el espejo en el que el discípulo de todos los tiempos puede reconocerse.
En él aparecen nuestras resistencias, nuestras heridas, nuestras exigencias,
nuestras búsquedas. Y precisamente por eso su camino puede convertirse también
en el nuestro.
El texto dice que
Tomás «no estaba con ellos cuando vino Jesús».
Y enseguida nos preguntamos por qué. ¿Por qué se había alejado de la comunidad?
¿Qué había pasado dentro de él para no estar allí, precisamente en ese momento?
Eso también nos resulta familiar. También hoy hay hermanos que se alejan. Pero
conviene precisar bien de qué alejamiento estamos hablando. Tomás no es el
gemelo de quien se marcha despreciando a todos, convencido de ser mejor que los
demás. No es el gemelo del que se va insultando, ni del que rompe con soberbia.
Tampoco es la figura de quien simplemente abandona la fe para seguir otro camino
sin mirar atrás.
Tomás se ha
distanciado, sí, pero no ha roto del todo. El vínculo permanece. Ocho días
después vuelve a estar con la comunidad. Eso significa que, en el fondo, no
consigue permanecer lejos. Algo lo sigue uniendo a aquellos con quienes
compartió el seguimiento del Maestro.
Hay alejamientos que nacen del dolor,
no del desprecio.
Tomás se parece
más bien a tantos discípulos que se apartan porque están heridos,
decepcionados, confundidos. Personas que han creído de verdad en el
Evangelio, que se han entregado con sinceridad a la causa del Reino, y que en
un momento determinado se distancian porque algo les ha dolido profundamente.
A veces se alejan
porque no entienden lo que sucede en la comunidad. A veces por decisiones que
los desconciertan. A veces por escándalos que golpean con una fuerza
devastadora. A veces por la experiencia amarga de una Iglesia percibida como
demasiado rígida, demasiado centralizada, demasiado preocupada por el poder,
por la imagen o por las carreras. A veces por una forma de vida eclesial que
les parece poco evangélica, demasiado clerical o triunfalista. Y, otras veces,
por cosas más pequeñas, más humanas, más cotidianas: un conflicto, un
desencuentro, una herida mal cerrada.
No se trata de
decir que la Iglesia sea solo eso. Sería injusto. Pero sí de reconocer que
algunos ven esos límites, chocan con ellos, y sufren. Y precisamente porque
sufren, se parecen a Tomás. Porque quien nunca ha amado una cosa, tampoco
padece por ella. Solo se hiere de verdad quien ha creído de verdad.
La fe pascual nace también
del testimonio de los hermanos.
¿Qué hacen
entonces los otros discípulos cuando encuentran a Tomás? El Evangelio usa un
imperfecto: «le decían». No
fue una frase dicha de paso. Se lo repetían. Insistían. Volvían sobre ello.
«Hemos visto al Señor».
Tomás representa a
todos aquellos que quisieran pruebas tangibles, evidencias visibles, una
confirmación que se pudiera tocar con la mano. Representa al discípulo que
todavía no ha visto al Resucitado y, sin embargo, está llamado a abrirse a la
fe a partir del testimonio de los demás.
Al Resucitado se le encuentra
en la Comunidad reunida.
Aquí aparece algo
decisivo. El encuentro con Dios puede darse también en la intimidad
personal, en la oración silenciosa, en el secreto del corazón. Eso
pertenece a la experiencia espiritual de muchos hombres y mujeres, y no solo
del cristianismo. Pero el encuentro con el Resucitado, tal como lo presenta
Juan, tiene un lugar concreto: la comunidad reunida. No es un detalle
secundario. Es una clave pascual. Al Resucitado no se lo descubre al margen del
cuerpo de los discípulos, sino en medio de ellos. No se lo encuentra en una fe
aislada, autosuficiente, hecha a la medida de uno mismo. Se lo reconoce en
la comunidad que se reúne en el día del Señor.
Si quieres ver al Resucitado,
vuelve a la comunidad.
Ese es, en el
fondo, el mensaje de Juan. Si quieres recorrer de verdad el camino de Tomás, no
empieces exigiendo certezas abstractas. Empieza por permanecer. Quédate.
Vuelve. Ponte otra vez en medio de los hermanos. Permite que el testimonio
de la comunidad te sostenga mientras tu corazón aprende de nuevo a creer.
La Pascua no se
abre paso en el aislamiento, sino en una comunidad herida, frágil, a veces
desconcertante, pero habitada por el Señor. Y quizá esa sea una palabra muy
necesaria también para nosotros: no todo alejamiento se cura con argumentos; a
veces se cura volviendo a estar donde el Resucitado se hace presente.
El Resucitado se deja encontrar
en la comunidad reunida.
«A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y
Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y
dijo:
«Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo,
aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas
incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «Señor mío y Dios mío!». Jesús le
dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados
los que crean sin haber visto».
Ocho días después,
de nuevo en domingo, en el día del Señor, cuando la comunidad de los creyentes
es convocada para la fracción del pan, el Resucitado viene y se pone en medio
de los discípulos.
También hoy, cuando la comunidad se reúne, como ocurrió en Jerusalén ocho días
después de la Pascua, Él está en medio de los suyos.
Los saluda
ofreciéndoles su paz y repite hoy para nosotros la invitación dirigida a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu
mano y métela en mi costado».
Las heridas de Cristo no se esconden:
revelan hasta dónde ama Dios.
¿Qué significa el
drama del Calvario? Para nosotros es un acontecimiento trágico que querríamos
dejar a un lado, casi olvidarlo. Tenemos la tentación de archivarlo como un
episodio doloroso y desgraciado. Pero el Resucitado quiere que tengamos
siempre presente ese momento, porque fue allí donde Dios mostró hasta dónde
llega su amor.
Por eso invita a
Tomás, y también a nosotros hoy, a mantener siempre ante los ojos esas manos y
ese costado atravesado. Porque luego seremos nosotros quienes tendremos que
presentar al mundo, con nuestra vida y con nuestra palabra, esta propuesta de
una vida entregada por amor.
En la Eucaristía tocamos la historia
de un amor entregado.
¿Dónde podemos ver
y tocar al Resucitado? En la Eucaristía. Si comprendemos el significado de ese
signo, en ese pan vemos a Jesús con toda su historia de vida entregada por
amor.
Y antes de salir
al mundo, antes de presentarnos ante él, es necesario haber hecho esta
experiencia del Resucitado: haber contemplado esas manos y ese costado. La
respuesta de Tomás es entonces: «¡Señor mío y
Dios mío!».
En el rostro de Jesús
aparece el rostro de Dios.
Al comienzo de su
Evangelio, Juan ha dicho que nadie ha visto jamás a Dios y que el Hijo
unigénito nos lo ha dado a conocer (cfr. Jn 1, 18). Es decir, en el rostro de
Jesús de Nazaret ha aparecido la belleza del rostro de Dios.
Pues bien, Tomás
es el primero que reconoce en Jesús de Nazaret la revelación encarnada del
rostro de Dios. Nadie antes de él había llegado a proclamar a Jesús como Dios.
Estamos en los
años en que en Roma reina el emperador Domiciano, un hombre desmesurado en su
afán de grandeza, que ha llenado el imperio con sus estatuas, ha mandado
levantar templos en su honor y exige ser venerado y adorado como si fuera un
dios. De hecho, había establecido que toda circular promulgada en su nombre
comenzara con estas palabras: «Domiciano, nuestro Señor y nuestro Dios,
ordena…».
¿Qué quiere decir
el evangelista Juan a los cristianos de sus comunidades al presentar la
respuesta de Tomás a la invitación de Jesús? Quiere decirnos que el
verdadero discípulo no reconoce a ningún hombre como dios. Reconoce como único
Dios a aquel que ha mostrado la belleza del rostro de Dios: Jesús de Nazaret.
La bienaventuranza es confiar
la vida a quien nos ama.
La respuesta de
Jesús a Tomás es una bienaventuranza: «Bienaventurados
los que crean sin haber visto». Creer no significa adherirse a
un paquete de verdades. Creer quiere decir escoger entregar la propia vida a
la persona de la que uno se sabe amado.
Quien, en el día
del Señor, ha contemplado esas manos y ese costado, ése es verdaderamente
bienaventurado, si ha comprendido que vivir significa amar como Él amó.
Juan escribe para que creamos
en el amor que hemos visto.
«Muchos otros signos, que no están escritos en este libro,
hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que
creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis
vida en su nombre».
Hemos escuchado
las palabras con las que Juan concluye su Evangelio y explica el motivo por el
que lo ha escrito.
Ha querido presentarnos algunos de los signos de amor realizados por Jesús, y
sobre todo el mayor de todos: el don de la propia vida. Y añade que habría
podido contar muchos otros, pero que estos bastan para comprender cuánto nos ha
amado Jesús de Nazaret.
Estos signos bastan
para abrir el corazón a la fe.
Juan ha escrito su
Evangelio para que, a través de esta Palabra, nosotros podamos llegar a la
fe y recibir como don esa vida divina que el Hijo de Dios ha traído al mundo.







