viernes, 24 de abril de 2026

Cuando un joven mira a un cura y piensa: “este hombre es de Cristo”

 

Cuando un joven mira a un cura y piensa:

“este hombre es de Cristo”

 

Por qué algunas vidas sacerdotales

despiertan vocaciones y otras las apagan

         Imagina una misa de domingo en una parroquia cualquiera. No una catedral de postal ni una celebración impecable. Una parroquia normal: bancos que crujen, niños que se mueven como si hubieran desayunado muelles, una señora que entra tarde intentando no hacer ruido y consiguiendo exactamente lo contrario, y un móvil que suena justo cuando no debe, porque los móviles tienen una misteriosa sensibilidad para aparecer en los momentos más sagrados.

         En medio de todo eso, un sacerdote sube al altar. Y un chico de quince o dieciséis años lo mira. Quizá no sabe explicar lo que ve. Pero lo ve. Los jóvenes ven más de lo que los adultos pensamos. Ven si un cura celebra como quien cree o como quien cumple. Ven si habla de Cristo como de Alguien vivo o como de un tema de clase. Ven si la parroquia tiene muchas actividades, pero poca alma. Ven si los laicos respiran o si viven esperando permiso del párroco hasta para cambiar una silla de sitio. Ven si la caridad nace de la Eucaristía o si la Eucaristía ha quedado arrinconada por una agenda de cosas buenas, pero sin raíz. Y, sin decirlo, quizá ese joven se pregunta: “¿Esto merece una vida?”

         Muchas vocaciones empiezan así. No con una luz celestial atravesando la sacristía, que además probablemente haría saltar la alarma. No con una certeza redonda desde el primer día. A veces empiezan con una belleza vista de lejos. Con una pregunta que no molesta, pero tampoco se va.

         Cuando uno mira los perfiles recientes de ordenandos, aparece una constante: muchas vocaciones nacen donde hubo altar, adoración, parroquia viva, familia creyente, servicio litúrgico y sacerdotes que inspiraban. Pero los datos, por sí solos, no explican el misterio. Detrás de una vocación suele haber un rostro, una misa, una confesión, una palabra escuchada a tiempo, un sacerdote que no parecía estar interpretando un papel. Un joven no suele pensar primero: “qué plan pastoral tan bien diseñado”. Piensa algo más simple: “Este hombre es de Cristo.” Y eso puede abrir una grieta de luz.

Un discípulo amado

         Un sacerdote no está llamado, ante todo, a ser eficaz, moderno, tradicional, popular, buen gestor o buen comunicador. Todo eso puede ayudar. Pero no basta. Un sacerdote está llamado a ser un profundo enamorado de Cristo, otro discípulo amado del Señor.

         El discípulo amado no vive lejos del corazón de Jesús. Permanece cuando otros huyen. Está al pie de la cruz. Reconoce al Resucitado. No presume de sí mismo; señala al Señor.

         Algo así debería transparentar un sacerdote. No porque sea perfecto. No porque no tenga cansancios, heridas, torpezas o días en los que todo pesa. Sino porque, en el fondo, pertenece a Cristo. Y esa pertenencia se nota.

         Se nota en público: en una misa celebrada con fe, en una homilía que no busca lucirse, en una absolución dicha con misericordia, en una visita a un enfermo, en una palabra que levanta a alguien hundido. Y se nota también cuando nadie mira.

         Una tarde, la iglesia casi vacía. Las luces medio apagadas. El sacerdote sentado en un banco, o de rodillas ante el sagrario. No está preparando una actividad. No está contestando mensajes. No está organizando nada. Está allí. Con Cristo. Tal vez cansado. Tal vez sin muchas palabras. Pero está.

         Ese mismo chico de la misa quizá entra un momento para buscar una mochila olvidada, o porque tiene ensayo, o porque simplemente se ha quedado dando vueltas. Y lo ve.

         No ve a un empleado de la religión. No ve a un animador espiritual. Ve a un hombre que necesita estar con el Señor.

Entonces entiende algo que ningún cartel vocacional explica del todo: ese hombre no trabaja simplemente “para la Iglesia”. Ese hombre vive unido a Alguien. El cura que despierta vocaciones no es el que más se exhibe. Es el que deja pasar a Cristo.

         El mejor sacerdote no es el que consigue que todos salgan hablando de él, sino el que ayuda a que todos salgan mirando a Cristo.

         Una vocación nace muchas veces de una intuición sencilla: si este hombre vive así por Cristo, quizá Cristo merece una vida entera.

La misa no es del cura

                Celebrar bien no significa que todas las misas tengan que sonar igual. Hay celebraciones más sobrias y otras más solemnes; unas con más canto y otras con más silencio. Hay sensibilidades legítimas en la Iglesia. La cuestión no es si la misa encaja con mi gusto. La cuestión es si es fiel a lo que celebra.

         Cuando un sacerdote quita, recorta, inventa, improvisa lo que no debe o convierte la Eucaristía en su pequeño escenario personal, el problema no es solo estético. Es más hondo. La liturgia no pertenece al sacerdote. Tampoco pertenece al grupo que más manda en la parroquia. La liturgia es de Cristo y de la Iglesia.

         El sacerdote no es dueño de la misa. Es servidor. Obedecer la liturgia no empequeñece al sacerdote; lo libera de tener que inventarse a sí mismo en cada celebración. Puede ser cercano sin inventar. Puede explicar sin manipular. Puede celebrar con sencillez sin banalizar. Puede cuidar la belleza sin hacerse protagonista.

         A veces, además, no es solo el cura quien banaliza. A veces una comunidad presiona para que todo sea más rápido, más cómodo, más entretenido, menos exigente, menos sagrado. Como si la misa tuviera que pedir perdón por ser misa.

         Pero lo sagrado no aleja cuando se celebra con fe. Al contrario: atrae, porque recuerda que la vida es más grande que nuestras prisas.

         Una liturgia mal celebrada no solo empobrece una misa concreta. Empobrece la imaginación de quienes la ven. Si un joven percibe que la Eucaristía depende del humor del celebrante, no descubrirá fácilmente que el sacerdote sirve una realidad que le supera.

         Un joven no entrega la vida por una ceremonia simpática. Se entrega por Cristo vivo, por la Eucaristía, por el perdón, por la gracia, por la salvación, por una Presencia que no se inventa.

El altar no necesita un dueño creativo;

necesita un servidor creyente.

         Y el altar educa. Un monaguillo aprende a estar, a esperar, a no ser el centro, a cuidar un gesto, a servir, a guardar silencio. Aprende que hay realidades que no se manipulan: se veneran.

         Por eso la pastoral de monaguillos no debería reducirse a logística. Claro que hay que saber cuándo llevar las vinajeras, porque incluso en lo sagrado conviene evitar pequeños desastres hidráulicos. Pero hace falta más: amistad, oración, formación, alegría, reverencia. Servir a Dios no empequeñece la vida; la ensancha.

Adorar para salir a amar

         Hay jóvenes a los que les ayuda la adoración eucarística, el rosario, la lectio divina, la confesión, el silencio. Algunos miran eso como si fuera una rareza del pasado. Pero quizá lo raro no es que un joven adore. Quizá lo raro es vivir siempre corriendo sin saber hacia dónde.

         En un mundo lleno de ruido, la adoración enseña a estar. En una cultura de prisas, el rosario enseña a permanecer. En una época en la que todos opinamos de todo, la Palabra enseña a escuchar. En una vida llena de pantallas, el silencio ante el Santísimo enseña que lo más importante no siempre hace ruido.

         Un sacerdote necesita esa escuela. Porque llegará el día en que no haya aplausos, no haya resultados visibles, no haya entusiasmo, no haya consuelo fácil. Y entonces no bastará con ser simpático, creativo o buen organizador. Tendrá que saber estar ante Cristo.

         La adoración no es una técnica para producir seminaristas, como quien mete una moneda espiritual y espera que salga una vocación por la ranura. Se adora porque Cristo es digno de adoración. Pero precisamente porque pone a Cristo en el centro, crea un clima donde una llamada puede escucharse con más verdad. Quien aprende a estar ante Cristo aprende también a reconocerlo cuando tiene hambre, soledad o heridas. Por eso no hay que elegir entre adoración y bocadillos. Lo hermoso es ver a una comunidad que adora a Cristo y por eso sale a dar de comer.

         Un cura que celebra con mucha corrección, pero no ama a los pobres, no visita enfermos, no escucha a la gente y no se mancha las manos con la vida real, tiene una pastoral coja. La Eucaristía no nos encierra en la sacristía. Nos lanza a amar.

         El problema no es hacer barrio, preparar comidas o repartir bocatas. El problema es que el bocata sustituya al altar. Si la caridad nace de Cristo y conduce a Cristo, es preciosa. Si una parroquia sirve comida a los pobres como prolongación de la Eucaristía, allí hay Evangelio. Pero si todo se reduce a actividad social, algo se pierde. Para repartir comida no hace falta ser sacerdote. Hace falta corazón, organización y generosidad. Todo eso es buenísimo. Pero el sacerdote existe para algo más: anunciar a Cristo, celebrar los sacramentos, perdonar los pecados, predicar la Palabra, reunir al pueblo de Dios y llevar la caridad de Cristo a la vida concreta.

         La Iglesia no es solo una ONG con símbolos cristianos. Una ONG puede hacer cosas admirables. Bendito sea todo bien hecho. Pero la Iglesia tiene un tesoro que no puede esconder: Cristo mismo. Nadie entrega toda la vida por una fe que no se atreve a decir su nombre.

Una fe descafeinada no despierta vocaciones

         Hay una tentación frecuente: no hablar claro para que nadie se vaya. No hablar de pecado, para no incomodar. No hablar de conversión, para no parecer exigentes. No hablar de confesión, porque hoy cuesta. No hablar demasiado de la Eucaristía, para no parecer raros. No hablar de la doctrina de la Iglesia, porque puede generar conflicto. No hablar de la cruz, porque suena duro. Y así, poco a poco, el cristianismo se va aguando hasta convertirse en un mensaje simpático: ser buenos, ayudarnos, no juzgar, convivir, hacer actividades y crear buen ambiente. Todo eso tiene algo de verdad. Pero no basta.

         Los jóvenes no necesitan una fe descafeinada. Bastantes cosas descafeinadas hay ya en el mundo, y algunas ni siquiera saben a café.

         Necesitan una fe clara, hermosa, exigente y misericordiosa. No una fe agresiva. No una fe dura. No una fe que golpea. Pero sí una fe que se atreve a decir: Cristo vive, Cristo salva, Cristo perdona, Cristo llama, Cristo cambia la vida.

         La cercanía no consiste en esconder la verdad. Jesús fue cercano. Se sentó con pecadores, tocó leprosos, lloró con amigos y escuchó a quienes nadie escuchaba. Pero no confundió cercanía con rebaja. A Zaqueo lo miró con misericordia, y Zaqueo cambió. A la mujer adúltera no la condenó, pero le dijo que no pecara más. A Pedro lo amó, pero también lo corrigió. La verdad sin amor se vuelve piedra. El amor sin verdad se vuelve niebla. Pero la verdad dicha con amor puede abrir una vida entera.

         La vocación nace ante una propuesta grande, no ante una ambigüedad permanente.

Una parroquia no es el reino del cura Párroco

         También hay una deformación que hace mucho daño: el párroco que actúa como si la parroquia fuera una prolongación de su carácter.

         Todos los sacerdotes pueden caer, de un modo u otro, en la tentación de controlar lo que deberían acompañar. Pero la parroquia no es un territorio donde uno manda según sus gustos, miedos o preferencias personales. El sacerdote ha recibido una misión, no un feudo.

         El párroco no es el señor feudal de la comunidad; es un pastor al servicio de Cristo y de la Iglesia. Esto no significa que no tenga autoridad. La tiene. Y una autoridad real. Debe cuidar la doctrina, la liturgia, la comunión, la vida espiritual y la unidad de la parroquia. Pero autoridad no significa arbitrariedad. Responsabilidad no significa propiedad privada. Discernir no significa apagar. Guiar no significa poseer.

La autoridad del párroco no está para ocupar espacio, sino para abrir caminos de comunión.

         El sacerdote no está para poner aduanas a la gracia, ni para decir estos movimiento de Iglesia sí y a estos otros no. Está para discernir, acompañar y custodiar la comunión. No todo vale, claro. Una espiritualidad puede necesitar purificación. Un grupo puede necesitar corrección. Una iniciativa puede no ser adecuada. Pero corregir no es aplastar. Discernir no es sospechar de todo lo que no nace del gusto del cura.

         Los laicos, además, no son figurantes ni empleados parroquiales. Por el bautismo, tienen dignidad, misión, responsabilidad y carismas propios. Están llamados a evangelizar en la familia, en el trabajo, en la cultura, en la educación, en la caridad y en la vida pública.

         Una parroquia hermosa no es aquella donde el cura lo hace todo. Eso, además de imposible, suele acabar con el cura agotado y los laicos infantilizados. Una parroquia hermosa es aquella donde cada uno ocupa su lugar: el sacerdote celebra, predica, confiesa, acompaña, cuida la comunión y da una palabra de fe; los laicos evangelizan, sirven, proponen, educan, acompañan, sostienen, salen al mundo y hacen presente a Cristo allí donde el sacerdote no puede llegar.

         Una parroquia respira cuando una madre transmite la fe en casa, un joven invita a otro a rezar, un profesor no esconde a Cristo, un matrimonio acompaña a novios, un voluntario sirve a los pobres y el sacerdote no compite con todo eso, sino que lo bendice y lo ordena hacia Cristo.

         Cuando el sacerdote ocupa bien su centro, no necesita ocuparlo todo. Y cuando no lo ocupa todo, los laicos no desaparecen: florecen.

         Una parroquia vocacionalmente fecunda no es aquella donde todos giran alrededor del cura, sino aquella donde todos, empezando por el cura, giran alrededor de Cristo.

La belleza de una vida entregada

         Celebrar bien no basta si el sacerdote no ama. Un cura puede cumplir las rúbricas y ser frío, soberbio, distante o incapaz de escuchar. Puede celebrar con exactitud y tratar mal a la gente. Puede defender la liturgia y no tener corazón pastoral. Puede cuidar la belleza y despreciar a los pobres. Eso tampoco despierta vocaciones sanas.

         La liturgia bien celebrada no puede ser refugio estético para no amar. El sacerdote que hace imaginable una vida grande no es simplemente el que celebra correctamente. Es el que celebra con fe, predica con fuego interior, confiesa con misericordia, sirve con humildad, acompaña con paciencia, ama a los pobres y deja crecer a los laicos.

         Hay un momento en que un sacerdote se vuelve inolvidable: cuando dice “yo te absuelvo” a alguien que llevaba años pensando que su vida ya no tenía arreglo. En ese instante no está animando una actividad ni gestionando una parroquia. Está prestando su voz a la misericordia de Cristo.

         Hay otra belleza silenciosa en el sacerdote que lleva la comunión a un enfermo y se queda un rato, sin mirar el reloj como si el reloj fuera el verdadero párroco. En el que predica una palabra que no entretiene, sino que levanta. En el que acompaña a una familia rota sin frases fáciles. En el que celebra la misa con manos pobres, pero creyentes.

         Y está también el celibato, que visto desde fuera puede parecer una vida sin amor. Pero no se entiende si se mira solo como renuncia. Cuando nace de Cristo, se convierte en una forma extraña y hermosa de decir: mi corazón no se encierra en una sola casa, porque quiere estar disponible para muchos. No es ausencia de amor; es otro modo de amar. Difícil, sí. Exigente, sí. Pero no vacío, si Cristo es real.

         El sacerdote no es un hombre perfecto. Pero sí está llamado a ser un hombre centrado. Un hombre enamorado. Los jóvenes entienden que un sacerdote pueda estar cansado. Entienden que tenga días difíciles. Entienden que la misión pese. El cansancio no destruye una vocación; a veces la vuelve más verdadera. Hay curas cansados que siguen oliendo a Evangelio. Curas con ojeras, agenda llena y paciencia puesta a prueba, pero con una luz dentro. Lo que apaga no es el cansancio. Lo que apaga es el cinismo.

         La primera pastoral vocacional del sacerdote es vivir reconciliado con su propia vocación.

Una llamada necesita tierra real

         Sería injusto cargarlo todo sobre los sacerdotes. Una vocación necesita familia, comunidad, amigos, laicos, seminarios sanos, obispos atentos y estructuras que ayuden de verdad. Pero el rostro del cura pesa mucho, porque los jóvenes no disciernen mirando organigramas: disciernen mirando vidas. Una llamada necesita belleza, pero también suelo.

         Si un joven siente la vocación y nadie lo acompaña, si su familia se opone, si la deuda lo bloquea, si la parroquia lo mira como bicho raro, la llamada no desaparece necesariamente, pero queda más sola.

         Una vocación no debería depender de la cuenta bancaria de la familia que la sostiene. La Iglesia debe cuidar las familias cristianas fuertes, porque son un regalo. Pero no puede convertirse en un club donde solo encajan los que vienen de ambientes perfectos.

         Dios también llama desde historias heridas. Dios también llama al que llega tarde. Dios también llama al que no fue monaguillo. Dios también llama al que tiene miedo. No todos los jóvenes que se hagan la pregunta serán sacerdotes. Y está bien. Pero una Iglesia viva es aquella donde al menos se puede hacer la pregunta sin que parezca una locura.

         Quizá lo que más asusta no es que Dios no llame, sino que llame de verdad. Porque entonces la vida deja de ser solo mía. La Iglesia necesita identidad y puertas abiertas. Si no tiene identidad clara, no llama. Pero si tiene identidad fuerte y se cierra, tampoco llama bien. Sin identidad, la pastoral vocacional se vuelve propaganda blanda. Sin apertura, se convierte en club de supervivencia.

Para el joven que lee esto

         Quizá tú no sabes si tienes vocación sacerdotal. Quizá ni siquiera te lo has planteado. Quizá te da miedo pensarlo. Quizá te parece demasiado grande. Quizá te atrae y te asusta a la vez. No pasa nada. No tienes que resolver tu vida en una tarde. Pero puedes empezar a mirar mejor.

         Busca a un sacerdote que rece de verdad. Aprende a distinguir entre simpatía y fecundidad. No confundas una parroquia entretenida con una parroquia viva. Mira dónde aparece Cristo con más claridad. Acércate a la Eucaristía. Haz silencio. Sirve a los pobres. Déjate acompañar por alguien maduro en la fe. Lee el Evangelio. No huyas si aparece la pregunta vocacional.

         Y reza con sencillez: Jesús, si me llamas, ayúdame a escucharte. Y si me llamas, dame libertad para responder.” Esa oración no te encierra. Te abre. Dios no roba la vida. La ensancha.

Todavía Dios llama

         No todo está perdido. Sería injusto y falso decirlo. Todavía hay sacerdotes que celebran con fe. Todavía hay parroquias donde la Eucaristía está en el centro. Todavía hay jóvenes que se arrodillan ante el Santísimo y descubren que no están solos. Todavía hay laicos que evangelizan con valentía. Todavía hay familias que rezan. Todavía hay comunidades que sirven a los pobres desde Cristo. Todavía hay curas cansados, sí, pero profundamente entregados. Todavía hay monaguillos que miran el altar y sienten que allí pasa algo grande. Todavía hay jóvenes capaces de hacerse una pregunta que puede cambiarlo todo. Todavía Dios llama.

         Volvamos al chico de la misa del principio. Ha visto al sacerdote celebrar. Quizá otro día lo vio rezando solo en la iglesia. Quizá lo escuchó predicar sin lucirse. Quizá vio cómo trataba a un enfermo. Quizá comprobó que no lo controlaba todo, que dejaba respirar a los laicos, que no rebajaba a Cristo para quedar bien, que no usaba la liturgia como escenario, que no parecía dueño de la parroquia.

         Y quizá, por primera vez, no pensó en “ser cura” como quien piensa en una profesión extraña. Pensó solo en Cristo. Y en silencio, sin prometer todavía nada, dijo: Señor, si quieres, también mi vida puede ser tuya.”

jueves, 23 de abril de 2026

Homilía del Domingo Cuarto del Tiempo Pascual, Ciclo A Jn 10, 1-10 «y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera».

 

Homilía del Domingo Cuarto del Tiempo Pascual, Ciclo A

Jn 10, 1-10 «y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera».

 

Cada año, el cuarto domingo de Pascua nos pone delante la figura del Buen Pastor. Y quizá hoy muchos esperaban encontrar esa imagen tan familiar y entrañable: Jesús con la oveja sobre los hombros, sereno, cercano, casi como en una estampa que nos acompaña desde los primeros siglos del cristianismo. Es una imagen bellísima, sin duda: la del Pastor que conduce al rebaño hacia aguas tranquilas y buenos pastos, donde puede saciar su sed y encontrar alimento.

Pero el Evangelio de hoy no nos presenta, al menos de entrada, esa escena apacible. El Buen Pastor de este pasaje no entra con dulzura bucólica, sino con palabras que desconciertan. Y eso nos obliga a dejar a un lado, por un momento, la imagen más tierna a la que estamos acostumbrados, para abrirnos a una revelación más exigente y más profunda.

Jesús no siempre responde a nuestras expectativas:

a veces las rompe para abrirnos los ojos.

En el pasaje que vamos a escuchar, Jesús no cuenta la parábola de la oveja perdida. Más bien plantea un enigma. Habla con imágenes densas, misteriosas, nada fáciles de descifrar. El mismo evangelista observa que, al principio, quienes lo escuchaban no entendieron de qué estaba hablando ni a quién se refería.

Y cuando finalmente comprendieron que Jesús estaba hablando precisamente de ellos, no reaccionaron con docilidad, sino con escándalo. Se sintieron heridos, se indignaron y llegaron a decir: «Está loco. ¿Por qué seguimos escuchándolo?». Si provocó una reacción así, es porque sus palabras tocaron un punto muy sensible. La verdad, cuando nos alcanza de lleno, no siempre consuela primero: a veces primero desinstala.

Conviene entonces preguntarnos: ¿quiénes son esos oyentes? No es la multitud en general. Son los fariseos, los sacerdotes del templo, las guías espirituales del pueblo. Es decir, precisamente aquellos que tenían la responsabilidad de orientar, enseñar y acompañar la vida de fe de Israel.

El problema no es solo no ver:

es creerse guía cuando uno sigue a oscuras.

También importa mucho el lugar donde sucede esta discusión. Todo ocurre en el entorno del Templo. Y no es un detalle secundario. Jesús está cuestionando una forma de vivir la relación con Dios encerrada en una institución religiosa que, en lugar de transparentar el rostro del Señor, había terminado por cubrirlo con la hipocresía. No es una polémica superficial ni una provocación gratuita. Es una llamada severa, sí, pero medicinal. Como cuando se abre una ventana en una habitación cerrada desde hace demasiado tiempo: entra aire, pero también se levanta el polvo.

Y hay todavía otro dato decisivo para entender el Evangelio: todo esto sucede durante la Fiesta de las Tiendas, la celebración más solemne de Israel, la fiesta de la luz y de la alegría. Es precisamente en ese contexto donde Jesús se ha presentado como la luz que vence la oscuridad del mundo. Y es también en ese marco donde ha curado al ciego de nacimiento, devolviéndole la vista.

Cuando el ciego empezó a ver,

los supuestos videntes quedaron al descubierto.

Y ahí aparece la gran paradoja del relato. El ciego, que antes vivía en la oscuridad, comienza a ver. En cambio, quienes estaban convencidos de poseer la luz se revelan como ciegos. Eso es lo que irrita a la autoridad religiosa. No soportan que quede al descubierto que su seguridad espiritual era, en el fondo, una ceguera disfrazada de certeza. Creían ver con claridad, pero eran ciegos y guías de ciegos.

Este es el contexto en el que debemos escuchar las palabras de Jesús. Por eso empleará imágenes fuertes, incluso duras. Pero no para humillar, ni para herir por herir, ni para ganar una discusión. Jesús habla así porque quiere abrir los ojos. Quiere arrancar a aquellos hombres de su ceguera, aunque sea al precio de incomodarlos.

Y quizá también nosotros podemos preguntarnos, con sencillez y sin miedo: ¿en qué cosas creemos ver con claridad y, sin embargo, seguimos necesitando que el Señor nos abra los ojos? Porque el verdadero Buen Pastor no solo nos consuela; también nos conduce a la verdad. Y a veces esa verdad, antes de darnos paz, nos sacude.

Jesús hiere las falsas seguridades

para abrir los ojos.

«En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido».

«Ladrones», «salteadores», «trepadores». No son palabras suaves, ni casuales. Jesús las elige con toda intención. Y, al escucharlas, surge inmediatamente la pregunta: ¿de quién está hablando?, ¿a quién está señalando? Además, habla de un recinto donde las ovejas han sido encerradas por quienes no entran por la puerta, sino que trepan por otro lado. La escena es inquietante. Y precisamente por eso obliga a pensar.

Jesús recurre de propósito a imágenes enigmáticas, porque sabe que una verdad dicha de frente a veces se rechaza enseguida, mientras que una imagen desconcertante se queda trabajando por dentro. No quiere solo dar una respuesta; quiere provocar una toma de conciencia. Sus oyentes tienen que llegar por sí mismos a comprender a quién se refiere.

Comencemos por el recinto. Y aquí conviene detenernos, porque muchas veces una mala traducción estropea la comprensión del texto. El término que se emplea en griego es αὐλή (aulé), que con frecuencia se traduce como «redil de ovejas u ovil», y eso nos lleva inmediatamente a una escena apacible: el pastor, las ovejas a salvo, el cuidado, la ternura, la salida al campo y el regreso al atardecer. Pero esa no es la imagen de este pasaje. Hoy no estamos ante una estampa serena, sino ante una denuncia profética.

No es un redil que protege:

es un recinto que aprisiona.

Jesús está hablando de personas que encierran a las ovejas para servirse de ellas. Por eso, el recinto del que habla no es un lugar de descanso, sino de explotación. Ese recinto es el Templo, entendido no como casa de Dios en su verdad más honda, sino como institución religiosa convertida en sistema de control.

Allí había sido encerrado el pueblo sencillo, el pueblo de buena fe, por guías astutas que no buscaban conducirlo a la libertad de Dios, sino mantenerlo dentro de una estructura de dependencia. Los que Jesús llama ladrones y salteadores son precisamente esas autoridades religiosas que tiene delante. Y la acusación es gravísima, porque no se refiere solo a un error doctrinal o a una incoherencia moral: se refiere a una deformación radical de la relación con Dios.

¿Qué habían hecho esas guías?

Esas guías habían grabado en la mente y en el corazón del pueblo una imagen falsa de Dios. Y Jesús ha venido precisamente a borrar esa imagen, a desmontarla, a arrancarla de raíz. Y lo hará hasta el extremo de entregar la vida.

Ellos enseñaban que, si uno quería recibir bendiciones del Señor, tenía que ofrecer algo a cambio: oraciones, sacrificios, holocaustos, cantos, liturgias solemnes, observancias minuciosas. Según esa lógica, si tú dabas, Dios te daba; si no dabas, no recibías nada. Y si además eras pecador, entonces entraban en escena el castigo, la maldición, la pena. Y para salir de esa situación había que recurrir a los sacerdotes, que indicaban qué sacrificios ofrecer, qué purificaciones realizar y qué mediaciones pagar.

Todo terminaba girando en torno

a un intercambio interesado.

Habían convertido la fe

en un negocio y a Dios en un acreedor.

Sobre esa imagen falsa se sostenía buena parte de la práctica religiosa en tiempos de Jesús. Los sumos sacerdotes del Templo se presentaban como mediadores indispensables. Nadie podía acercarse directamente al Señor: había que pasar por ellos. Si una familia buscaba bendición, si alguien quería presentar al Señor su necesidad, si pedía fecundidad para sus campos, protección para su casa o paz para su vida, tenía que recurrir a quienes administraban el sistema sagrado.

Así, la relación con Dios quedaba atrapada en una lógica comercial. No era la respuesta confiada de un hijo, sino la negociación temerosa de quien cree que debe comprar el favor divino. Y Jesús viene a darle la vuelta a todo eso. Viene a anunciar al verdadero Dios: el Dios que ama gratuitamente, que no espera pagos, que no mercadea con su misericordia, que no reserva su amor para quienes pueden presentarle méritos.

Más aún: ama de manera especial a quienes no tienen nada que ofrecerle, porque son precisamente los que más necesitan ser alcanzados por su compasión. Hay personas que al Señor solo pueden presentarle su pobreza y su pecado; y justamente por eso no quedan fuera de su amor.

Jesús murió para borrar esa mentira sobre Dios y para destruir ese modo falso de vivir la fe. Y, mientras tanto, ¿qué obtenían quienes sostenían ese sistema? Honores, reverencias, prestigio y abundantes ofrendas de parte de devotos sinceros, pero engañados por una catequesis falsa. Por eso quisieron quitar de en medio a Jesús: porque su palabra desenmascaraba el mecanismo y hacía tambalearse todo su poder.

Y las ovejas ¿quiénes eran?

Las ovejas encerradas en el recinto son, por tanto, esas personas humildes y religiosas que habían sido aprisionadas dentro de convicciones falsas. No eran rebeldes ni malintencionadas. Eran personas sencillas, pero atrapadas dentro de una imagen deformada de Dios. Y eso hace todavía más dura la denuncia de Jesús.

Lo más grave no es solo explotar la fe:

es hacerlo con personas buenas.

Hay una escena evangélica que expresa de forma dramática este abuso de la institución religiosa sobre la ingenuidad del pueblo: la ofrenda de la pobre viuda (cfr. Mc 12, 41-44; Lc 21, 1-4). Muchas veces se la interpreta mal, como si Jesús alabara simplemente que también ella da lo poco que tiene y, por tanto, nosotros debiéramos hacer lo mismo en favor de la institución. Pero el acento no está ahí.

Antes aparecen los que echan mucho, los ricos que sostienen ese sistema y conviven sin problema con él. Y, en contraste, aparece una viuda pobre que entrega lo que necesita para vivir. La mirada de Jesús no pretende idealizar el mecanismo, sino desenmascararlo. Está mostrando hasta qué punto llega la explotación: llega a quitarle el pan de la boca a una mujer indefensa. Esa es la dureza del Evangelio.

Flavio Josefo cuenta en La guerra judía que, cuando los romanos destruyeron el Templo y lo saquearon, la cantidad de oro acumulada allí era tan enorme que, en toda la provincia romana de Siria, el oro perdió la mitad de su valor. La observación impresiona, pero aquí no se cita como curiosidad histórica, sino como confirmación de algo más profundo: aquel sistema religioso había acumulado una riqueza inmensa mientras el pueblo cargaba con el peso de una falsa devoción.

Y, en realidad, Jesús no está diciendo nada aislado. Está en continuidad con la gran voz de los profetas. Isaías, al comienzo de su libro, pone en boca de Dios una protesta tremenda contra un culto que ha perdido la verdad: «¿Para qué venís a pisotear mis atrios?» (cfr. Is 1). Aquellos sacrificios, aquellas ofrendas, aquel incienso, aquellas solemnidades, lejos de agradar a Dios, se habían vuelto insoportables, porque estaban mezclados con injusticia. 

Cuando el culto no va unido a la verdad y a la justicia,

deja de honrar a Dios.

Por eso Jesús retoma el lenguaje profético. No habla así por agresividad, ni por gusto de la confrontación, ni por desprecio a lo sagrado. Habla así porque ama demasiado al pueblo como para callar. Habla así porque no acepta que el nombre de Dios sea utilizado para oprimir. Habla así porque quiere sacar a las ovejas de ese encierro.

Los recintos de los que habla, entonces, no son apriscos campestres, sino los cercados de una institución religiosa que había terminado por aprisionar en vez de conducir. Jesús quiere sacar a todos de esos recintos, no para dejarlos perdidos, sino para abrirles un camino de libertad y de verdad.

Y ahora, dentro de ese enigma, introduce dos figuras nuevas: el pastor y el guardián.

 

La conciencia sabe reconocer la voz que da vida.

«Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera».

Dos personajes entran ahora en escena dentro del enigma que Jesús está planteando: el guarda/vigilante (θυρωρός – thurorós) y el pastor (ποιμήν – poimén). ¿Quiénes son?

El guarda tiene una tarea decisiva: vigilar. Debe dejar entrar a quien reconoce como verdadero, y mantener fuera a quien no tiene derecho a entrar. A los ladrones y salteadores hay que dejarlos fuera. Pero, ¿cómo distingue quién es pastor y quién es un ladrón? Lo reconoce por la voz, por lo que dice, por lo que propone, por lo que realmente busca.

¿Y quién es ese guarda capaz de hacer ese discernimiento? Dios nos ha hecho bien. Nos ha dado una conciencia, ese guarda. Y la conciencia sabe velar, sabe discernir a quién se le debe abrir la puerta y a quién se le debe cerrar el paso.

Cuando escuchamos la palabra de Jesús de Nazaret, su Evangelio, la conciencia nos dice enseguida: «Escúchalo. Deja entrar esta palabra, porque es una palabra de vida». En cambio, cuando llega una palabra que viene de los ladrones y salteadores, la conciencia nos advierte: «No la dejes entrar, porque esa propuesta te deshumaniza».

La voz de Cristo no aplasta:

despierta lo mejor de nosotros.

La voz del pastor es reconocida inmediatamente por la conciencia. Pensemos en lo que sucede cuando escuchamos sus bienaventuranzas, cuando acogemos su propuesta de amor, cuando nos dice que amemos incluso al enemigo. Entonces la conciencia nos dice por dentro: «Déjala entrar, porque esta palabra es verdadera». Hay en ella una verdad que no esclaviza ni manipula. Él es el pastor que quiere nuestra vida; no viene a explotarnos ni a oprimirnos.

La conciencia también nos ayuda a reconocer las voces de los salteadores: quien propone la droga, la corrupción, la deshonestidad, la inmoralidad. Si no ha sido deformada, la conciencia sabe mantener fuera a los ladrones y a los salteadores.

Cristo conoce a cada uno

y nos saca de los encierros.

Y después aparece otra imagen preciosa: la del pastor que conoce a cada una de sus ovejas. Es bella esta intimidad de Cristo con cada ser humano. No trata a nadie en masa, no mira a nadie desde lejos, no confunde a unos con otros. Nos conoce personalmente.

¿Y qué hace este pastor? Saca fuera a las ovejas de todos los recintos. Ya hemos hablado del recinto de la institución religiosa, que retiene dentro a las personas, mientras que Jesús quiere conducirlas fuera para introducirlas en una realidad nueva, en una relación nueva con el Señor.

Esa relación nueva no se apoya en el cálculo ni en el miedo, sino en el amor gratuito, en el Dios que ama de modo incondicional, también a quien no tiene nada que ofrecerle. Este es el primer recinto del que el pastor quiere sacarnos: el de una religión vivida como encierro, como dependencia, como comercio espiritual.

Dios no nos saca para perdernos,

sino para llevarnos a la libertad.

El verbo que aquí se emplea es muy significativo. En griego se dice así: «καὶ τὰ ἴδια πρόβατα φωνεῖ κατ’ ὄνομα καὶ ἐξάγει αὐτά». Se emplea el verbo griego ἐξάγω (exágo) que significa «conducir, guiar, sacar, hacer salir»; En hebreo, el verbo que expresa esta misma idea es הוֹצִיא (hotsí), del verbo יָצָא (yatsá), y es precisamente el que usa la Biblia para hablar de Dios cuando saca a su pueblo de la esclavitud de Egipto (cfr. Ex 6, 6; Ex 20, 2). Por tanto, Jesús no aparece aquí simplemente como un pastor que acompaña, sino como el Dios que libera, el que hace salir a los suyos de los recintos de la opresión, del miedo y de la falsa imagen de Dios, para introducirlos en una relación nueva, marcada no por el comercio religioso, sino por la gratuidad del amor. De este modo, Jesús aparece como el nuevo liberador, el que hace salir a los suyos de toda esclavitud para introducirlos en una relación nueva con Dios.

El pastor verdadero hace lo mismo: nos conduce fuera de la esclavitud. No nos deja encerrados en estructuras que asfixian, ni en imágenes falsas de Dios, ni en vínculos religiosos marcados por el temor.

Dios hizo salir a los hijos de Israel de Egipto. Y ahora, en Jesús, sigue realizando ese mismo éxodo: saca a sus ovejas de todo lo que las somete, para abrirles un camino de vida nueva.

A continuación, seremos testigos de lo que hace el pastor después de haber sacado a sus ovejas de los recintos.

El Pastor no tolera nuestros encierros:

quiere liberarnos.

«Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz»

El pastor no soporta que sus ovejas permanezcan encerradas dentro de recintos. Quiere liberarlas. Y el verbo griego que aquí se emplea es muy fuerte, es ἐκβάλλω (ekbálo) que significa precisamente «echar fuera», «sacar fuera, expulsar». No se trata, por tanto, de una simple invitación amable a dar un paseo. Se trata de una verdadera liberación.

Intentemos identificar algunos de esos recintos. Uno ya lo hemos encontrado: es el recinto al que se refería Jesús, el de la religión predicada por las guías espirituales de su pueblo, una religión que ya no expresaba una relación auténtica con el Señor.

Pero quizá también nosotros podríamos preguntarnos si hoy no existen todavía recintos religiosos de los que el Pastor quiere sacarnos. Es delicado aludir a situaciones concretas de la religiosidad actual, pero conviene reflexionar. ¿Tienen realmente algo que ver con el Evangelio ciertas devociones a reliquias, a imágenes consideradas milagrosas, o determinadas credulidades en torno a estatuas que lloran? El Pastor quiere sacarnos de los recintos de la credulidad y de la superstición. Estas cosas no tienen nada que ver con la fe en Cristo; a veces, incluso, resultan incompatibles con el Evangelio.

No todo lo que emociona alimenta la fe.

¿Tenemos el valor de salir de recintos formados por prácticas a las que quizá estamos muy apegados, que gustan a la gente, pero que, a la luz del Evangelio, muestran toda su fragilidad y su inconsistencia?

Pero no existe solo ese recinto de las falsas prácticas religiosas. Hay otro recinto en el que todavía hoy muchos cristianos permanecen encerrados y del que el Pastor quiere liberarlos. Jesús entregó toda su vida y murió en la cruz para sacar a la humanidad de la adoración de una falsa imagen de Dios.

¿De qué dios se trata? Del dios de los fariseos: señor, amo, legislador, que al final se convierte en un juez severo, siempre dispuesto a castigar duramente a quien se ha atrevido a transgredir sus órdenes. Entonces, quien no tiene buenas obras que presentarle está perdido. Y, sin embargo, es un dios al que muchos cristianos siguen teniendo gran apego. Nos gusta porque se nos parece: piensa como nosotros, reacciona como nosotros, se comporta como nosotros. ¡Ay de quien toque ese ídolo! Pero Jesús murió precisamente para eliminar para siempre esa imagen de Dios. Cuando le decían: «Baja de la cruz», ese era el dios en el que ellos creían: el dios que baja, responde, se venga y hace pagar a quien lo insulta. Pero Jesús permaneció en la cruz precisamente para desmentir para siempre la imagen del Dios justiciero.

Cristo permaneció en la cruz

para revelar que Dios no se venga.

Quien está encerrado en el recinto de esa falsa imagen de Dios acaba convencido de que se ha ganado el amor del Padre porque se ha portado bien. Son personas buenas, no se niega. Pero hay un problema: no soportan que se les hable de la gratuidad del amor del Padre del cielo, del amor del que habló Jesús de Nazaret. Y el drama es que, a veces, ni siquiera la palabra de Jesús logra sacarlas de ese recinto.

Ya al comienzo de su vida pública, Jesús presentó en Nazaret el programa de lo que venía a realizar. Dijo que anunciaría a los pobres la Buena Noticia, un año de gracia, el jubileo de la gratuidad del amor de Dios. Todos los pobres debían alegrarse. Y pobre no es solo quien no tiene dinero; pobre es también quien no tiene nada que ofrecer a Dios, salvo sus propias miserias y su propio pecado.

Pues bien, Jesús vino a decirnos que también estos deben saberse envueltos por el amor incondicional del Padre. Y ese Dios sigue sin ser aceptado hoy por muchos que se dicen cristianos.

El modo de relacionarse con Dios de quien vive dentro de este recinto es el de quien se encuentra ante un dios contable, que reparte premios y castigos. Y ese dios tiene cierto atractivo, porque da seguridad: basta obedecer y ya está todo en orden. Pero esa imagen termina convirtiéndose en la del dios colérico y vengativo, del que uno debe protegerse.

Por eso, algunas confesiones se vivían como un intento de defenderse de la ira de Dios, que iba a castigar al pecador. No eran la expresión gozosa de quien desea escuchar que es amado por Dios incluso siendo pecador. Esa manera de imaginar a Dios envenena la vida.

La catequesis más urgente

es liberar del miedo a Dios.

Una de las catequesis más urgentes hoy es precisamente esta: liberar a los cristianos del recinto de la falsa imagen farisaica de Dios.

¿Y qué ocurre con quienes no se dejan sacar de ese recinto? La palabra del Evangelio libera. Pero, si no es acogida, tarde o temprano esas personas terminan escapando, porque llega un momento en que ya no se puede soportar cierta predicación del Dios justiciero. El problema es adónde van a parar después. Y muchas veces caen en recintos todavía peores.

Está, por ejemplo, el recinto de quienes ya no encuentran sentido a su vida; el recinto de los nihilistas; el recinto de quienes buscan evasión en el desenfreno, en la disolución. Y está también el recinto de los ídolos.

Los ídolos no siempre son cosas malas:

a veces son bienes convertidos en absolutos.

El dinero, la profesión, el éxito… son cosas buenas. Pero se convierten en un recinto que nos aprisiona cuando pasan a ser el objetivo único y último de la existencia. Entonces uno se vuelve esclavo, ya no levanta la cabeza, no ve más que eso. Y al final deja de ver incluso al amigo, al pobre, al necesitado, a quien está sufriendo. Quizá ya no ve ni siquiera a su propia esposa y a sus hijos, porque todo su corazón ha quedado absorbido por los ídolos.

Cuando uno se encuentra en esa situación y escucha una voz que le dice: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?», entonces el guardián, que es la conciencia, dice enseguida: «Escúchala. Esa es la voz del Pastor Es él quien viene a sacarte del recinto de los ídolos. Porque, al final, ¿de qué te sirven todas las cosas si tu vida no ha tenido sentido?

Luego está también el recinto de la mentalidad dominante, el del «así hace todo el mundo», el del «así piensa todo el mundo». Todos razonan de ese modo, todos hablan de esa manera, y quien no se adapta es tenido por atrasado, por alguien que no va con los tiempos.

Dentro de ese recinto se termina aceptando cualquier compromiso; todo se justifica; verdad y mentira, luz y tiniebla acaban pareciendo lo mismo. Y al final, como ya no se sabe qué es bueno y qué es malo, se acaba identificando el bien con lo que agrada.

No todo lo que se normaliza es verdadero.

Y, sin embargo, quien se encuentra en ese recinto y escucha una voz que le dice: «Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición» (cfr. Mt 7, 13), y también: «elige la puerta estrecha» (cfr. Mt 7, 14), ¿qué siente en el fondo de su conciencia? Siente que esa voz merece ser escuchada. «Escúchalo, es el Pastor. Abre la puerta de tu corazón Él quiere sacarte del recinto del conformismo, del pensamiento uniforme, de la obediencia ciega a lo que todos hacen.

Y existen también los recintos de los miedos y de los remordimientos. Has cometido un error: reconócelo, sí, pero no vivas angustiado. Mira hacia delante, porque Dios te ama como eres, no porque seas bueno, sino como eres. Una madre ama a su hijo no porque sea bueno, sino porque es su hijo.

Los remordimientos y el miedo al castigo impiden gozar, impiden mirar hacia delante. Cuando Jesús se encuentra con personas que han fallado, nunca se queda fijado en su pasado; siempre mira al futuro de su vida. Si tú escuchas una voz que te repite: «Vete en paz. No repitas el mismo error», o bien: «He encontrado la oveja: hagamos fiesta», esa es la voz del Pastor que te saca fuera del recinto.

Jesús no humilla al que cayó:

lo devuelve a la vida.

En cambio, si escuchas una voz que no deja de recordarte tus errores, que te hace sentir malo, equivocado, indigno; una voz que te dice: «Mira lo que has hecho. ¿No te da vergüenza? Lo tuyo es imperdonable», no escuches esa voz. Esa es la voz del ladrón y del salteador, la voz que te roba la alegría de construir el futuro.

¿Y qué hace el Pastor después de haber logrado liberar a sus ovejas de todos esos recintos?

El Pastor no nos saca

para encerrarnos de nuevo.

«a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba».

¿Y qué hace Jesús después de haber logrado sacar a sus ovejas de los recintos? Ya hemos aludido a algunos de ellos. ¿Las conduce acaso a otro redil, quizá más sagrado, más bello, más religioso? No. El Pastor camina delante de sus ovejas, ya liberadas, y las conduce hacia los espacios de la libertad más amplia. Las lleva a experimentar la alegría de vivir en libertad.

Pero no confundamos la libertad con hacer lo que a uno le apetece. No es libre el disoluto, ni el esclavo del alcohol, ni el avaro, ni quien vive movido por el odio o por el rencor. Esas personas no son libres; son esclavas de impulsos que no saben gobernar.

Libre es quien llega a ser

plenamente persona.

Es libre quien está realizando en plenitud su propia identidad. En cambio, quien se deja arrastrar por lo que Pablo llama los impulsos de la carne, es decir, ese repliegue sobre uno mismo, esa búsqueda del propio interés, del propio provecho, del propio egoísmo, no realiza su humanidad: vive en esclavitud.

Libre es el que ama. Ese sí se convierte en un hombre verdadero.

Y ¿cómo guía el Pastor a sus ovejas? Lo hace con su voz. Y esa voz es la que resuena en el Evangelio. Todos pueden reconocerla, si saben distinguirla de la voz engañosa de los extraños, de quienes confunden, seducen y no conducen a la vida.

Podemos distinguirla porque, en lo más hondo, todo ser humano prefiere la verdad a la mentira, la libertad a la esclavitud, la vida a la muerte. Por eso, cuando escuchas una voz que te dice: «ama a tu enemigo», «presenta la otra mejilla», reconoces enseguida que esa es la voz del Pastor.

En cambio, si oyes una voz que te susurra: «véngate», «haz que lo pague», «devuélvele el golpe a quien te ha herido», entonces lo percibes de inmediato: esa no es la voz del Pastor. Es la voz de quien quiere encerrarte otra vez en un recinto, para convertirte de nuevo en esclavo.

La voz de Cristo siempre abre;

la del extraño siempre encierra.

Este es, pues, el enigma que Jesús ha propuesto y que nosotros hemos intentado descifrar. Y creo que ya podemos comprender lo que estaba diciendo. Pero sus oyentes, dice el evangelista, no captaron el sentido del enigma.

¿Y qué hace entonces Jesús? No corta la conversación ni renuncia a hacerse entender. Quiere que sigan reflexionando. Y por eso les propone otra imagen, otro enigma.

Cristo no nos ofrece otro encierro:

nos abre un camino.

«Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Notemos un detalle importante: Jesús no dice: «Yo soy la puerta del redil» o «la puerta del recinto». Ya no hay rediles ni recintos. Las ovejas están fuera, han sido liberadas. Ahora la cuestión es otra: cómo orientarse en esa libertad. Y Jesús responde diciendo que hay que pasar por la puerta.

¿De qué puerta está hablando? Está hablando de sí mismo. Porque el discípulo, el que de verdad quiere vivir en libertad, tiene que pasar por él. Él es la persona plenamente realizada, porque nadie ha amado como él ha amado. Pero amar exige dar la vida. Y esa es una puerta estrecha por la que hay que pasar.

La puerta estrecha no empequeñece la vida:

la hace verdadera.

Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por él; en cambio, estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que lo encuentran (cfr. Mt 7, 13-14). Esa puerta es Jesús mismo, que nos pide la renuncia a nosotros mismos, el amor desinteresado, incluso el don de la vida por el enemigo. Pero es la única puerta que nos permite llegar a ser hombres verdaderamente libres, porque plenamente hombre es solo quien ama, quien se parece al Pastor bello que ha dado la vida.

Todas las demás propuestas de humanidad son trampas, engaños tendidos por extraños, no por el Pastor. Y esas propuestas acaban precipitándonos de nuevo en la esclavitud de los recintos.

Todo lo que no conduce al amor

termina encerrándonos.

Jesús sigue diciendo que «todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon». ¿Qué está diciendo? Que todas las propuestas de vida que se habían presentado antes que la suya estaban marcadas por la violencia y la rapiña. Toda la historia pasada aparece como un relato de violencias y de saqueos, porque estaba regida por el principio de la competencia.

El más fuerte se cree con derecho a imponerse y a dominar. Basta mirar los imperios: todos se levantan sobre esa lógica. Y el קֹהֶלֶת (Qohélet) lo había dicho con lucidez: observó que todo esfuerzo y toda habilidad en el trabajo no son muchas veces más que rivalidad entre unos y otros; y eso también es vanidad, correr tras el viento (cfr. Qo 4, 4).

Frente a todo eso, Jesús dice: «Yo soy la puerta». Y añade: «quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos». ¿Qué significa esto? A veces se interpreta como si Jesús sacara a las ovejas del redil y luego las volviera a meter dentro. Pero no es eso. Jesús está diciendo que quien pasa por esa puerta y entra en comunión de vida con él sale definitivamente de todos los recintos, sale de las falsas imágenes de hombre que propone el mundo pagano, abandona para siempre todas las propuestas inhumanas. 

Entrar en Cristo

es salir de todo lo que deshumaniza.

Y al final Jesús nos dice con claridad cuál es la diferencia entre su propuesta de vida y la de los salteadores. El ladrón y el salteador vienen solo para robar, sacrificar y destruir. Él, en cambio nos dice «yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Ahí está la diferencia decisiva. La voz del extraño quita vida; la de Cristo la ensancha. El extraño promete mucho, pero al final roba, sacrifica y destruye. Jesús no viene a aplastar, ni a manipular, ni a servirse de nosotros. Viene para que vivamos de verdad. Solo Cristo abre la puerta de la vida plena.