miércoles, 18 de febrero de 2026

Mucho clic, poco abrazo: el antídoto del vínculo

 

Mucho clic, poco abrazo: el antídoto del vínculo.

Cuando el día empieza y tú ya vas con la alarma puesta

Suena el despertador. Lo apagas. Miras el móvil “un segundo” y, sin darte cuenta, ya te has metido dos noticias, una comparación absurda y un mensaje que te deja el pecho un poco más apretado. Te tomas el café de pie, buscas las llaves, sales… y por dentro ya vas tarde. No ha pasado nada grave, pero te notas distinto: más seco, más sensible, menos paciente. Y te preguntas: “¿Qué me pasa?”. Muchas veces pasa esto: vas sin margen.

No es que seas peor: es que estás en modo alerta

Cuando el cuerpo interpreta amenaza (dinero, presión, heridas antiguas, miedo a fallar), activa alarma. Esa alarma tiene nombre químico: cortisol. Es útil para sobrevivir, pero no para vivir todo el día. Con la alarma encendida, te vuelves reactivo: interpretas mal, respondes peor, te defiendes antes. Y después, como somos buena gente, encima nos culpamos. Cansancio más culpa: combinación peligrosa.

El clic rápido alivia, pero no sostiene

La dopamina no es “mala”. Es necesaria: te motiva, te empuja, te hace disfrutar. El problema es cuando la usamos como sustituto de lo real. Un vídeo, otro, otro… un chute rápido para no sentir el peso de la vida. Funciona un rato, sí, pero luego llega el vacío. Porque el clic entretiene, pero no abraza. Y el corazón no se llena con picos: se llena con vínculos y sentido.

La medicina más simple y más difícil: vínculos que den seguridad

Aquí entra la palabra que parece blandita, pero es potente: oxitocina. Dicho en cristiano y en lenguaje de calle: abrazo, confianza, conversación sin pantallas, mirada que no examina. Eso baja la alarma por dentro. Eso te vuelve más fuerte. No te salva “ser duro”; te salva sentirte querido y acompañado de verdad.

    Manuel: oposición, renta y una relación que paga el precio del agotamiento 

Manuel tiene 25 años y oposita a Policía Nacional. Su vida es temario, test, entreno. Y la renta, que llega como un reloj suizo con mala leche. Un martes le escribe el casero: “El mes que viene sube un poco el alquiler”. Manuel lee el mensaje, abre la app del banco y hace cuentas como quien hace malabares: alquiler, luz, transporte, comida, gimnasio, ese gasto sorpresa que siempre aparece cuando menos te apetece. Se dice: “Vale, recorto de aquí”. Pero el cuerpo ya ha entendido: amenaza. Y la mandíbula se le pone dura.

Ese día hace un simulacro y le sale peor. Sale de la biblioteca con la idea clavada: “Voy tarde”. En el gimnasio aprieta más de la cuenta, como si pudiera correr más rápido que su miedo. Por la tarde queda con su novia, Laura.

Laura también llega cansada. Tiene su trabajo, su día, sus prisas. Y últimamente lleva otra carga: siente que compite con un temario. No lo dice así porque no quiere parecer injusta, pero por dentro le duele.

Le escribe: “¿Nos vemos? Me apetece verte”. Manuel contesta con un audio cortito: “Sí, ahora salgo”. No es frialdad. Es modo automático.

En la cafetería, Laura intenta entrar suave:
—¿Cómo estás de verdad?
Manuel suelta el “bien” de manual.
Laura se ríe un poquito:
—Ese “bien” tuyo es “no me da la vida”.
Manuel se pica, no por ella, por él:
—Estoy cansado, ya está.
Laura baja el tono, pero va al grano:
—Yo también… pero necesito sentirte cerca, aunque estés cansado.

Y ahí Manuel se queda sin margen. Mira el vaso, aprieta la mandíbula y suelta la frase típica del modo alerta:
—Es que no entiendes lo que tengo encima.

Laura respira y responde sin atacar:
—Manuel, no quiero entender tu temario. Quiero entenderte a ti.

Modo rojo: cuando la batería cae al 20% sale tu peor versión

Cuando vas al límite, se te apaga lo mejor de ti. Biológicamente, el estrés bloquea la parte del cerebro que más ayuda a amar bien: la corteza prefrontal, la de la empatía, la comunicación, la capacidad de leer al otro. Por eso en modo rojo te vuelves literal, impaciente, y parece que “no hay manera de hablar contigo”. No es excusa: es explicación. Y entenderlo evita que conviertas cada discusión en un juicio moral de “ya no me quieres”.

A Manuel se le nota hasta en el cuerpo: le duele todo, le molestan ruidos, le arde el estómago, se le carga el cuello. En algunos, el estrés se traduce en inflamación, en boca o encías que se resienten, en dolores que no sabes ni de dónde salen. El cuerpo avisa. Siempre avisa.

WhatsApp: cómo se lía todo en diez segundos
Laura: “¿Te pasa algo?”
Manuel: “Nada”
Laura: “Te noto seco”
Manuel: “Estoy cansado”
Laura: “Ok”

Ese “ok” no es un arma. Es un “me ha dolido”. Pero Manuel lo lee como reproche. Y Laura lee su sequedad como distancia. Si tuvieran margen lo traducirían. Pero cuando vas al 20%, no traduces: reaccionas.

Persona vitamina: no te arregla, pero te devuelve al centro

Aquí es donde aparece algo decisivo: la “persona vitamina”. No es la que te soluciona la vida. Es la que, sin hacer ruido, te baja la alarma.

Después de la cafetería, Manuel y Laura salen a caminar. Semáforo. Silencio. Manuel mira al suelo. Laura podría apretar. Pero elige otra cosa.

—Ven, mírame un segundo.

Manuel levanta la cara. Laura no le suelta un sermón. Le suelta verdad:

—Yo sé que me quieres. Lo que pasa es que estás con la cabeza en guerra. Y yo, cuando te siento lejos, me pongo nerviosa. No quiero pelear contigo. Quiero estar de tu lado.

Eso le baja el cortisol más que cien consejos. No por magia: por seguridad. Laura sigue:

—Dime solo una cosa: ¿qué te está pesando más esta semana?

Y ahí Manuel suelta lo que llevaba apretado:

—Me da miedo no llegar… y me da vergüenza decirlo.

Laura no le promete milagros. No le hace de entrenadora. Hace algo mejor: se queda. Le aprieta la mano:

—Gracias por decírmelo. Hoy no necesito que estés brillante. Necesito que estés conmigo.

Eso es vitamina.

El miedo prudente protege; el miedo limitante encierra

Hay un miedo sano: el que te hace prudente. Y hay otro miedo más fino y traicionero: el que se apodera de ti. Miedo a fallar, a decepcionar, a no ser importante, a perder el control, a sufrir otra vez. Ese miedo no te cuida: te encierra. Y te convierte en alguien que no quieres ser. Manuel no discute por un café: discute por el miedo que trae en la mochila.

Autoconocimiento: ponerle nombre a tu patrón es media cura

Hay una verdad sencilla: cuando entiendes por qué reaccionas como reaccionas, ya has hecho la mitad del camino. “Me cierro cuando me siento exigido”, “me pongo duro cuando tengo miedo”, “me desconecto cuando estoy agotado”. Poner nombre baja el poder del miedo. Y te devuelve un poquito de libertad.

Noelia: vida religiosa, costumbres de siempre y un cansancio que da vergüenza

Noelia tiene 29 años, es religiosa de vida activa, y vive con hermanas mayores. Son buenas, fieles, de otra época. Noelia no las desprecia; se siente descolocada.

Un jueves propone algo muy normal: “¿Y si cambiamos esto para acoger mejor a la gente?”. Una hermana le responde con una sonrisa amable que, sin querer, le corta el vuelo:

—Hija, aquí siempre se ha hecho así. No compliques.

En la comida alguien suelta una broma generacional:

—Las jóvenes hoy queréis cambiarlo todo.

Noelia sonríe por fuera. Por dentro piensa: “No quiero cambiarlo todo. Quiero que esto tenga vida”. Luego se culpa por pensarlo. Y esa culpa le roba el doble de energía. Se va a fregar, el agua caliente le cae en las manos, y se le escapa una oración sin maquillaje:

—Jesús, hoy no puedo con todo.

Una hermana mayor vitamina y un café que también cura

Esa tarde una hermana mayor la ve callada y no le suelta un discurso. Le dice:

—Ven, siéntate un minuto.

Le pone un café (sí, el café también es pastoral) y le suelta una frase de vida:

—Yo también tuve épocas de “no puedo”. No te asustes de ti.

Noelia no se cura de golpe, pero respira. Porque alguien la mira con misericordia y no con examen. Eso es oxitocina en forma de presencia.

Una escena luminosa: cuando vuelve el sentido

El sábado sale al apostolado. Acompaña a una mujer que está destrozada. Noelia no hace grandes discursos. Escucha. Sostiene. Al final la mujer le dice:

—Gracias, hermana. Hoy me he sentido acompañada.

Noelia vuelve a casa con el corazón más ligero. No ha cambiado la comunidad. Pero ha vuelto el porqué. Y cuando vuelve el porqué, el cómo se soporta mejor.

Ester: talento, ciudad nueva, soledad y alta sensibilidad

Ester tiene 22 años, deportista, brillante en electrónica. Las empresas la buscan, el trabajo le va bien, vive lejos de sus padres y hermanos por trabajo. Y hay una cosa que no te cuentan cuando te mudas: que la ciudad puede estar llena y tú sentirte solo igual.

Un domingo llueve. Baja al supermercado, compra lo justo, vuelve con una bolsa pequeña. Come algo rápido. Hace videollamada con su madre y sonríe para que no se preocupen. Cuelga y se queda un rato mirando la pantalla en negro. Dentro, eco.

Comparte piso con dos chicas simpáticas y muy liberales con chicos y relaciones. Ester no las juzga. Simplemente no comparte ese estilo. No es superioridad. Es diferencia de valores y también de heridas. Y además, Ester capta mucho: tonos, ambientes, silencios. Si es una persona de alta sensibilidad, cuando va sin margen, el ruido del piso, un portazo, un comentario con doble filo o un ambiente cargado se le hacen amenaza. Y el cuerpo reacciona: tensión, irritación, ganas de encerrarse.

El dolor social no es “cuento”: duele de verdad

Cuando uno se siente humillado, juzgado o abandonado, el cerebro lo vive como dolor real. Por eso un rechazo, un “visto” sin respuesta o una frialdad en casa te deja el cuerpo raro. No eres “dramático”: eres humano. La soledad no es solo tristeza; es desgaste.

La tentación de encajar traicionándote

Un viernes las compañeras dicen:

—¡Ester, vente!

Ester duda. No por ganas, por miedo a quedarse fuera. Y esa es la presión real: a veces uno cede no por deseo, sino por no cenar solo.

Se mete en su cuarto y piensa: “No quiero vivir así… pero tampoco quiero estar sola”. Ese nudo lo llevan muchos jóvenes hoy.

Persona vitamina: a veces llega en un café tonto

Ester empieza a entrenar con un grupo nuevo. No conoce a nadie. Termina y una chica del grupo le dice:

—Oye, ¿te apetece un café? Siempre te vas volando.

Ester duda un segundo (porque cuando has tenido desengaños, dudas de todo). Pero acepta. Hablan de trabajo, ciudad, familia. Y Ester suelta, casi sin querer:

—A veces me siento bastante sola aquí.

La otra chica no dramatiza ni le suelta frases de póster:

—Normal. A mí me pasó. El domingo algunos vamos a comer. Vente.

Ester sale con algo nuevo: no un plan, un hilo. Un hilo que te saca del cuarto en silencio. Un hilo que, poco a poco, se convierte en pertenencia. Eso es vitamina.

Solidaridad: salir de ti te cura más de lo que crees

Hay algo que corta el bucle del yo: servir. Voluntariado, ayudar en algo concreto, acompañar a alguien, echar una mano en lo que sea real. No para sentirte superior, sino para recolocarte. Te saca del scroll mental. Te da sentido. Y también te da vínculos.

Estrategias de reparación: lo básico también es espiritual

Dormir ocho horas no es lujo: es higiene del alma y del cerebro. Si duermes poco, la batería empieza el día ya bajada, y el modo rojo llega antes. El alcohol parece descanso y a veces te deja arrancando al 50%. No es moralina: es física. Si quieres amar mejor, empieza por dormir. Suena poco épico, pero funciona.

Y cuando notes que estás en modo rojo, no te exijas conversaciones perfectas. Primero repara: come, descansa, camina, respira, baja pantallas. Luego habla.

Si estás muy bloqueado, no lo pelees solo

Hay semanas en que pequeños cambios ayudan. Y hay momentos en que no. Si te ves en modo rojo constante, si la ansiedad te come, si hay heridas profundas, busca ayuda profesional o acompañamiento serio. No es falta de fe. Es sensatez. La gracia no compite con los medios; los ilumina.

La fe en Jesucristo: suelo cuando tú no te sostienes

Aquí la fe no entra como adorno. Entra como ayuda insustituible. Jesús no te ama por rendimiento. Te ama porque eres suyo.

Manuel, antes del simulacro, en el coche:
—Señor, que mi vida no sea una nota.

Noelia, en el pasillo, bajito:
—Jesús, dame paz.

Ester, en una ciudad donde no conoce a nadie, al entrar en misa un domingo:
—Señor, acompáñame.

No siempre sientes fuegos artificiales. Pero se te recoloca el suelo. Jesús no suele decir “espabila”. Suele decir “venid a mí” (cfr. Mt 11,28). Y ese “venid” es descanso real para gente con la cabeza llena.

A modo de cierre…

Esta semana no te pido heroísmo. Te pido algo más humano: margen. Dormir un poco mejor. Una conversación sin pantallas. Nombrar tu miedo sutil. Buscar una persona vitamina y ser vitamina para alguien. Un gesto de servicio que te saque de ti. Y volver a Cristo como quien vuelve a casa: sin teatro, con verdad.

Dios no te ama más cuando rindes más. Te ama. Y desde ese amor, incluso cuando vas justo, se vuelve posible volver a empezar.

lunes, 16 de febrero de 2026

Homilía del Miércoles de ceniza - Mt 6, 1-6. 16-18 «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos»

 

Homilía del Miércoles de ceniza

Mt 6, 1-6. 16-18 «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos»

 

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.

Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

 

 

Comienza la Cuaresma

Con el rito de la imposición de la ceniza comienza la Cuaresma. Para comprender bien este tiempo, ayuda fijarse en un cambio de acento en la liturgia. Durante años, al imponer la ceniza se pronunciaba sobre todo la frase del Génesis: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” (cfr. Gn 3, 19). Es verdad, pero puede dejar un ambiente sombrío si se escucha como una sentencia que aplasta. En la liturgia más reciente se propone también una fórmula evangélica: “Conviértete y cree en el Evangelio”. No niega la fragilidad, la orienta; no suena a maldición, sino a invitación a una vida plena.

No es un funeral, es un comienzo

La Cuaresma no es un apagón:

es un reencendido.

         Al iniciar este camino resuenan palabras bíblicas intensas: ayuno, llanto, lamento. El Señor las pone en nuestros labios por medio del profeta Joel: “Volved a mí con todo el corazón, con ayunos, con llantos y lamentos” (cfr. Jl 2). Si se juntan estas palabras con la ceniza, es fácil asociar Cuaresma con cara larga, como si la santidad consistiera en llevar el gesto serio “por si acaso”. Pero el objetivo es otro: Dios no quiere que vivamos tristes; quiere que vivamos felices. Por eso la Cuaresma no conduce al Viernes Santo como meta final, sino a la Resurrección. No es un tiempo de mortificación, sino de vivificación.

La ceniza como abono del Evangelio

La ceniza no es derrota:

es abono de vida.

Hay una imagen sencilla que lo explica. En el campo, durante el invierno se acumulaba la ceniza de madera y, hacia el final, se esparcía sobre los campos porque contenía elementos capaces de vivificar la tierra, de abonarla. La ceniza no era solo “resto”: podía ser fuerza para que la tierra volviera a dar fruto. Así puede leerse este gesto sobre la cabeza: acoge el Evangelio como energía vital, como “abono” que despierta capacidades nuevas. Este tiempo se vuelve ocasión de descubrir posibilidades que quizá estaban dormidas: perdonar antes de que nos lo pidan, compartir con más libertad, servir sin necesitar aplauso, amar con menos cálculo.

Alegría no es placer

Hay que decirlo con claridad: no confundamos alegría con placer. Muchas veces el placer no nos ha llevado a la alegría; incluso nos ha alejado de ella. La Cuaresma es el tiempo de revisar decisiones, de mirar con sinceridad qué caminos no nos han hecho felices, aunque por fuera parecían brillantes. Volver al Señor es retomar la dirección buena, aunque cueste esfuerzo y alguna renuncia; no para sufrir, sino para vivir mejor. Como cuando uno ordena por fin una habitación que llevaba meses hecha un caos: cuesta, sí, pero después se respira.

Para bautizados con la fe dormida

Quizá alguien está bautizado, pero la fe apenas cuenta en su vida. Esta Cuaresma no viene a acusar, viene a despertar.

¿En qué se te está yendo la vida de verdad? ¿Qué te gobierna por dentro cuando nadie te mira? ¿Qué te promete felicidad y, sin embargo, te deja más vacío cada vez? ¿Qué estás aplazando desde hace años con la excusa de “ya lo haré”, como si el tiempo fuera infinito? Si hoy tuvieras que explicar por qué vives como vives, ¿te convencería tu propia explicación?

Y una pregunta todavía más seria: si te miras por dentro con honestidad, ¿dirías que estás viviendo o que estás sobreviviendo?

La primera conversión: cambiar de mirada

El Evangelio comienza con una advertencia muy concreta: cuidado con hacer el bien “delante de los hombres” para ser vistos. Aquí se toca un nervio profundamente humano. Todos necesitamos sentirnos valorados. Esa pulsión puede ser un estímulo precioso: cuando hacemos algo bueno, nos nace querer que alguien lo vea, que lo reconozca.

El problema no es que exista esa necesidad; el problema es convertirla en el criterio supremo, hasta vivir condicionados por la mirada de los demás. Entonces aparece un ídolo: el ídolo de la visibilidad. Promete éxito y aprobación, pero a veces exige un precio: mentir, disimular, entrar en compromisos, vivir a base de apariencias. Y así, poco a poco, el corazón se va apagando.

La mirada de los demás tiene su valor: también corrige y ayuda a discernir si un comportamiento es justo o no. Pero no puede ser la mirada decisiva. Hay otra mirada que debe sostener la vida: la del Señor.

Una imagen que lo aterriza

Quien se sabe bajo la mirada de la persona amada da lo mejor de sí. La imagen es sencilla: un futbolista, si sabe que su novia está en la grada, se esfuerza más. La vida funciona así: la mirada que más importa orienta la existencia. Vivir bajo la mirada de Dios no aplasta; mejora. Nos saca del teatro y nos coloca en la verdad.

Y aquí conviene hacerse preguntas sin maquillaje religioso:

¿A quién intento agradar en realidad? ¿Quién decide mis elecciones: ¿la verdad o el aplauso? ¿Cuánto de lo que hago es convicción y cuánto es escaparate? Si nadie me aplaudiera, ¿seguiría haciendo el bien? ¿Soy libre por dentro o dependo de que me miren?

La recompensa: no se cobra, se recibe como restitución

Dios no nos paga:

nos devuelve el rostro de hijos.

El Evangelio usa un lenguaje que suena a salario: μισθός (mistós). En una religiosidad marcada por el mérito, era fácil imaginar la fe como una contabilidad: hago esto, y Dios me debe aquello. Pero el amor no respira en un corazón calculador, y el cielo no es una cuenta bancaria.

La clave es otra: aparece un verbo decisivo, ἀποδώσει (apodósei), “te devolverá”. No es un pago externo, es una restitución interior. El Padre devuelve la semejanza, devuelve libertad, devuelve el rostro de hijo. Esa es la recompensa más bella: la alegría de parecernos cada vez más al Padre del cielo, hasta que de la vida empiece a salir luz y amor.


Tres prácticas, una sola dirección

Desde ahí se entiende el modo nuevo de vivir tres prácticas: limosna, oración y ayuno. No se eliminan, se purifican. No se hacen para exhibirse, se viven para convertirse. Y aquí aparece una llamada decisiva: estas prácticas no sirven para mantener una forma religiosa; sirven para evangelizar la vida.

Limosna: justicia, no espectáculo

Cuando se da limosna para ser visto, ya se ha recibido el “salario”: el aplauso. Y el aplauso, seamos sinceros, dura lo que dura una palmada: suena y se va. La perspectiva bíblica es más profunda. La palabra clave es צְדָקָה (tzedaká), que significa “justicia”. No se trata de dejar caer unas monedas “desde arriba”, sino de vivir la justicia de Dios.

Hay un horizonte exigente: la limosna es buena, pero es provisional. El sueño de Dios es un mundo en el que no haya necesidad de limosna porque haya justicia. Y esa justicia no se reduce a “a cada uno lo suyo” en clave humana. Nace de reconocer que el Señor es dueño de todo y nosotros somos administradores. Los bienes no son una fortaleza privada; tienen una destinación, y esa destinación alcanza al pobre.

Se describe una escena elocuente: cuando alguien hacía una ofrenda grande, se le llamaba delante de todos, se proclamaba su obra y se le sentaba en un lugar de honor. El gesto podía ser bueno, pero quedaba vaciado por dentro. Por eso la consigna es finísima: que la izquierda no sepa lo que hace la derecha. El ideal es hacer el bien de tal modo que no humille al pobre y que ni siquiera se sepa de dónde vino el don. Hay personas que donan cuadros, cálices, imágenes u otras cosas de valor para que todo el mundo lo sepa y de este modo todo el mundo actúe como si se les debiera la propia vida; si uno entrega el dinero, de un modo anónimo, al servicio de la comunidad cristiana, tal vez ese dinero no sea para el fin que uno pretendía, pero siempre edificará porque ayuda tanto al que no tiene como al que se ha desprendido de ello.

Y aquí vuelve ἀποδώσει (apodósei): el Padre devuelve la semejanza filial cuando el corazón se desengancha de acumular para sí. A veces uno se priva de algo superfluo, y en ese gesto Dios devuelve lo esencial: un corazón más libre, más de hijo.

Oración: no obligación fría,

sino encuentro que transforma

Se denuncia la oración hecha para ser vista, como un escaparate espiritual. Y también se toca una crisis real: cuando la oración se predica como obligación fría, la gente se cansa. No se puede obligar a una persona a dialogar con quien ama.

De ahí preguntas honestas que mucha gente tiene: si Dios ya sabe lo que necesito, ¿para qué rezar? Si Dios ya quiere mi bien, ¿por qué insistir como si hubiera que torcerle el brazo? Si rezo para forzar a Dios a cambiar de idea, la oración se vuelve fea, porque retrata a Dios como reticente al bien, cuando es Padre.

Oración comunitaria:

¿transforma o tranquiliza?

La oración comunitaria debería sacarnos del repliegue sobre nosotros mismos. Pero puede suceder algo muy actual: participar, cumplir, salir tranquilo, como si la liturgia fuera un justificante. Si la oración no abre el corazón al hermano, si no hace más sensible al pobre, entonces no evangeliza; anestesia.

¿Salimos de la oración más disponibles para amar o solo más “en paz con nosotros mismos”? ¿Nos reúne para convertirnos o para sentir que “ya hicimos lo nuestro”?

Oración personal:

El secreto que devuelve la luz

Jesús señala lo escondido. Se nombra el lugar más reservado, el ταμεῖον (taméion), ese espacio sin ventanas, sin ruido, donde se acoge una sola luz y una sola voz. Ese “lugar interior” puede encontrarse incluso en un trayecto cotidiano si uno aprende a hacer silencio por dentro.

La oración auténtica no es solo hablar, es escuchar. Uno entra con decisiones, angustias, rencores, deseos de “justicia”, y deja que el pensamiento de Dios reordene por dentro. Quizá no sucede el milagro que uno imaginaba, pero sucede uno mayor: empezar a ver como Dios ve y elegir lo que da vida. Y vuelve ἀποδώσει (apodósei): el Padre devuelve su imagen en nosotros, un rostro transformado.

Ayuno: no chantaje, sino amor que alimenta

El ayuno existe en muchas religiones y, en tiempos de Jesús, podía entenderse como un modo de “convencer” a Dios: mostrar sufrimiento para arrancarle ayuda. De ahí signos externos de dureza y tristeza. Jesús lo reorienta con una sorpresa: no cara sombría, sino dignidad, incluso alegría. Dios no se alegra del dolor por el dolor. No se ofrece el dolor a Dios. En el reino de Dios no habrá ayuno.

El ayuno que agrada a Dios

se convierte en pan para otro.

Entonces, ¿qué ayuno agrada a Dios? Solo el que nace del amor: estar dispuesto incluso a renunciar al pan para que otro no tenga hambre. No se ofrece el dolor; se ofrece la alegría de un hermano que finalmente tiene algo que comer.

Isaías lo dice con fuerza: el ayuno verdadero rompe cadenas injustas, libera oprimidos, comparte el pan con el hambriento, acoge al sin techo, viste al desnudo, y no se desentiende del que es “tu propia carne” (cfr. Is 58). El necesitado no es un extraño: es carne tuya, hermano. Por eso el ayuno verdadero desemboca en gestos concretos. Lo ahorrado no vuelve a la despensa para mañana; se comparte de inmediato.

La enseñanza del Pastor de Hermas

Hay un texto cristiano muy antiguo, del siglo II, que lo expresa con una claridad desarmante: el Pastor de Hermas. Propone un ayuno sin teatro y con destino concreto. Durante el día de ayuno, se toma solo pan y agua. Y luego viene lo decisivo: calcula cuánto habrías gastado en tu comida ese día y ofrece ese dinero a una viuda, a un huérfano o a un pobre. Te privas de algo para que otro se sacie.

Y añade un detalle precioso: esa persona, al ser atendida, rezará por ti. Tu ayuno no se queda en disciplina ni en gesto de fuerza de voluntad; se convierte en caridad real, crea comunión y rompe el círculo del propio interés. Por eso ese ayuno “obtiene su recompensa”: no porque Dios pague una penitencia, sino porque, al abrir el corazón al hermano, el Padre devuelve la identidad de hijo.

Cuando la fe se queda en mantenimiento

Aquí la Cuaresma se vuelve una llamada seria a evangelización. No basta con conservar. No basta con mantener. No basta con “que se siga haciendo”.

¿Nuestras novenas nos convierten o solo nos tranquilizan? ¿Nuestras cofradías empujan a amar más o se han convertido en identidad social y costumbre? ¿Nuestros grupos son hogar que envía o “estufa” que adormece? ¿En ellos se habla de conversión real o solo de actividades, calendarios y pequeños equilibrios para que nadie se moleste?

¿Estamos formando discípulos o gestionando socios? ¿Estamos ayudando a que la gente ore de verdad o solo a que “cumpla” prácticas? ¿Estamos cuidando el encuentro con Cristo o solo sosteniendo estructuras por inercia?

Y una pregunta todavía más incisiva: cuando hablamos de cambiar estructuras, ¿lo hacemos porque el Evangelio nos ha cambiado primero por dentro o porque es más fácil hacer campaña que convertirse? ¿No estaremos defendiendo causas sin permitir que el Señor toque nuestras heridas, nuestra forma de tratar a los de casa, nuestro modo de usar el dinero, nuestra manera de mirar al pobre?

Si en una comunidad hay mucha actividad pero poca conversión, ¿no será que lo que falta no es agenda, sino Evangelio vivo?

Una Cuaresma seria, una evangelización renovada

La Cuaresma no propone maquillaje religioso. Propone una conversión concreta: cambiar de mirada, pasar de vivir para el aplauso a vivir bajo la mirada del Padre. Propone tres prácticas que no sirven para “mantener” una forma, sino para evangelizar la vida: una limosna que sea justicia (צְדָקָה (tzedaká)) sin humillar; una oración verdadera, en comunidad y en lo secreto del ταμεῖον (taméion), que transforme; un ayuno que termine en pan compartido, porque el amor es el único ayuno que agrada a Dios.

Y queda una pregunta final, abierta y seria: ¿qué mirada va a guiar de verdad esta Cuaresma, la de los hombres o la del Padre que ve en lo secreto y ἀποδώσει (apodósei), devuelve el rostro de hijos?

sábado, 14 de febrero de 2026

Homilía del Domingo VI del Tiempo Ordinario, ciclo a - «En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».

 

Homilía del Domingo VI del Tiempo Ordinario, ciclo a

Mt 5, 17-37 «En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».

  

Hay una pregunta que aparece muchísimo —en creyentes y en no creyentes— cuando se asoman al Antiguo Testamento: “Pero… ¿cómo pueden ser Palabra de Dios ciertas páginas?”. Páginas donde asoma la violencia, donde se respira dureza, donde incluso parece que a Dios se le cuelgan acciones u órdenes que no encajan con lo que después veremos en Jesús de Nazaret. Y entonces viene el impulso de borrón y cuenta nueva: “Esto habría que quitarlo”. Como si por un lado estuviera Moisés con la Torá y, por otro, Jesús viniendo a desmentirlo todo. Pero así lo entendemos mal.

 

La Biblia no es un bloque caído del cielo:

Es un camino de Dios con su pueblo.

Para algunos —y así lo vive el judaísmo— el Antiguo Testamento es la última palabra definitiva que Dios dijo a su pueblo: “Ya está todo dicho; no hay nada que añadir”. Y desde esa lógica se tiende a leerlo de modo literal, como quien dice: “Aquí pone esto, pues se hace esto”. No puedo comerme unas buenas morcillas de Burgos porque el alma del cerdo (que está en la sangre) entraría dentro de mí; dicho en broma, en algunos no se les notaría mucho. Algo parecido —solo como comparación— a la idea de un texto definitivo que no necesita interpretación, sino cumplimiento.

 

El Antiguo Testamento no es un “código penal”:

Es una historia de maduración.

Los cristianos nos acercamos de otro modo. Para nosotros, el Antiguo Testamento no es, ante todo, un “código cerrado” para cumplirlo al milímetro, como si fuera el manual de instrucciones de un electrodoméstico (y aun así, reconozcámoslo, a veces ni el manual lo entendemos a la primera). Es el relato de un camino; el recorrido largo y trabajoso de maduración espiritual de Israel. Dios fue educando a su pueblo con los patriarcas, con la palabra de los profetas, con la oración de los salmistas, con la sabiduría de quienes fueron acompañando al pueblo a lo largo de los siglos.

Y lo educó también en la vida real; en una historia con guerras, injusticias, tentaciones e infidelidades. Estos libros nos cuentan cómo Israel fue descubriendo, paso a paso, el verdadero rostro de Dios, y al mismo tiempo cómo fue comprendiendo qué significa ser un hombre auténtico.

Por eso no nos debería sorprender la “progresividad”. Al inicio, Israel atribuye a Dios rasgos que se parecen a los de otras divinidades del antiguo Oriente: un Dios guerrero que pelea al lado de su pueblo, un aliado fuerte, un legislador, un juez severo que castiga al que rompe la norma. Esa era la manera de pensar de la época, el lenguaje religioso con el que se movían. Pero Israel no se queda ahí: poco a poco va descubriendo un rostro más tierno. Lo reconoce como pastor, como enamorado, como esposo, como padre. Es un descubrimiento gradual del Dios vivo.

 

Jesús no viene a tachar páginas:

Viene a encender la luz plena.

Y aquí está lo decisivo: Jesús no vino a desmentir el camino espiritual de su pueblo, como si dijera “todo eso estaba mal”. Vino a llevarlo a su cumplimiento, a encender la luz plena sobre el rostro de Dios y sobre el rostro del hombre verdadero. En el Calvario aparece con claridad total la belleza de Dios: Dios es amor y solo amor. Más grande que esa revelación ya no se puede ir: no existe un amor mayor que el de quien entrega la vida.

Y lo mismo sucede con la imagen del hombre. En la Biblia aparecen comportamientos morales que, al comienzo, se parecen a los de otros pueblos. Pero hay maduración. La Torá señala una dirección justa: no matar, no robar, no cometer adulterio, honrar al padre y a la madre. Son indicaciones bellas y verdaderas. Jesús no podía desmentirlas, claro. Pero tampoco se detuvo ahí: nos mostró el horizonte último, que es el amor sin condiciones, la disponibilidad a dar la vida incluso por el enemigo. Más allá de ese amor no se puede ir.

 

De “no hagas esto” a “ama así”:

El salto cristiano.

Pensemos en un ejemplo sencillo: Cuando uno es pequeño, aprende reglas básicas para no hacerse daño y no dañar a los demás: “no cruces en rojo”, “no metas los dedos en el enchufe”, “no pegues”. Es bueno y necesario. Pero, si ya somos adultos, no nos basta con “no hacer el mal”: se nos invita a dar un paso más, a aprender a amar de verdad, a elegir el bien, a cuidar, a perdonar. No es que lo primero estuviera mal; es que era el comienzo de un camino. Algo parecido pasa con la pedagogía de Dios en la historia.

Así que el Antiguo Testamento tiene un objetivo que es ser una preparación necesaria para comprender y acoger la luz plena que trae Jesús de Nazaret. Y ahora podemos preguntarnos, con sinceridad: cuando leemos esas páginas difíciles, ¿las usamos como excusa para “tachar” la Biblia… o nos dejamos educar por el camino que conduce a la plenitud del amor? Aún recuerdo lo que me decía un amigo: Si tuviéramos que arrancar hojas de la Biblia porque nos resultasen molestas o incomprensibles, nos quedaríamos únicamente con las cubiertas.

 

Jesús no viene con una excavadora:

Viene con una lámpara.

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos»

 

En un momento decisivo de su vida pública, Jesús sintió la necesidad de poner las cartas sobre la mesa respecto al Antiguo Testamento. Y lo dijo con una frase que corta el aire: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud».

¿Por qué algunos pensaban que él estaba “demoliendo” las Escrituras? La razón es sencilla: Jesús empezó a hablar del Reino de Dios de una forma que descolocaba a muchos. Lo habíamos oído estas semanas: “Felices los pobres, los mansos, los que lloran, los perseguidos…” (cfr. Mt 5, 3-12). Y, claro, eso no era lo que gran parte de Israel esperaba escuchar.

         Ellos aguardaban un reino glorioso, un Israel rico, fuerte, poderoso, por encima de los demás pueblos. Y lo importante es esto: no era una fantasía improvisada. Esas esperanzas se habían alimentado durante siglos con textos que hablaban de pueblos y reyes trayendo regalos y tributos, como signo de reconocimiento y grandeza (cfr. Sal 72). También Isaías imagina a Jerusalén con las puertas abiertas “día y noche” para que entren las riquezas de las naciones, con reyes extranjeros al servicio de ese plan (cfr. Is 60). Con ese horizonte en la cabeza, cuando llega Jesús diciendo “grande es el que sirve”, es normal que a muchos les saltaran las alarmas.

 

Dios cumple sus promesas…

pero suele romper nuestros cálculos.

Parecía que Jesús les estaba dando la vuelta a sus expectativas: grande no es el que domina, sino el que sirve; no el que sube aplastando, sino el que baja para levantar. Y los primeros en quedarse escandalizados —casi siempre pasa así— no fueron “los de fuera”, sino los de casa: sus propios discípulos. Incluso Juan el Bautista, que lo había anunciado, llega a quedarse desconcertado. Jesús le manda un mensaje, como diciendo: “No te tropieces conmigo; hay que entender bien estas Escrituras”. Dios cumple sus promesas, sí… pero con una profundidad que desborda lo que nosotros imaginábamos.

         Es como cuando tú te montas una película mental perfecta y la realidad no sigue tu guion. Y descubres que el problema no era la realidad: era tu guion. Con Dios pasa mucho: no es que no cumpla; es que cumple “más grande” y “más hondo”.

 

Ni una yota se pierde:

el cumplimiento sorprende.

Por eso Jesús insiste con una imagen contundente: «En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley».

Y aquí conviene entender bien la expresión: la palabra yota alude a la letra griega ιώτα (ióta), famosa por su tamaño diminuto. Y, en el trasfondo hebreo, la idea se comprende también en referencia a la י (yod), la letra más pequeña del alfabeto hebreo. Luego Jesús añade “ni un trazo” (a veces traducido como “tilde” o “apéndice”): ese pequeño rasgo gráfico que, siendo mínimo, distingue una letra de otra. Es decir, la Palabra de Dios no se anula, no se borra, no se cancela: ni lo más pequeño queda en el aire. Todo se realiza… pero de un modo que no esperábamos.

         Y, a la vez, Jesús afirma algo que puede sonar provocador: llama “mínimos” a los preceptos del Antiguo Testamento. No porque sean falsos, sino porque son mínimos comparados con lo que él está a punto de proponer. Reconoce que existe una justicia real y buena: la de los escribas y fariseos, la de quienes practican con sinceridad los mandamientos. Pero añade: hace falta ir más allá.

 

Lo mínimo te hace correcto;

el Reino te hace nuevo.

Jesús viene a decirlo sin anestesia: “Si os quedáis en esa justicia, os quedaréis siendo buenos judíos… pero no habréis puesto ni un pie en el mundo nuevo, en el Reino de Dios que yo inauguro”. Es fuerte, sí, pero es clarísimo: no basta con “cumplir”; hay que entrar en una vida transformada.

Pensemos en un ejemplo sencillo. Es como conformarse con “no suspender” una amistad: no insulto, no traiciono, no hago daño… perfecto. Pero una amistad verdadera no se sostiene solo con “no hacer el mal”. Vive de un paso más: cuidar, escuchar, perdonar, ponerse en el lugar del otro. Eso no contradice lo primero; lo lleva a su plenitud. Pues así plantea Jesús el salto: del mínimo correcto al horizonte último del amor.

         Entonces introduce seis ejemplos concretos de ese “salto hacia delante” que es necesario dar: el Antiguo Testamento señaló la dirección, y ahora Jesús va a mostrarnos el horizonte final, más allá del cual ya no se puede ir. ¿Estamos listos para aceptar el primer paso?

 

La vida no se negocia:

“no matarás” sin letra pequeña.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego».

         «No matarás». Este es uno de los Diez Mandamientos. Y tal como está formulado este mandamiento en hebreo, no admite excepciones.

En hebreo bíblico hay dos partículas muy frecuentes para negar, y no suenan igual: אַל (ál) y לֹא (ló).

Dicho sin tecnicismos: אַל (ál) suele aparecer en prohibiciones más exhortativas o puntuales, del tipo “no lo hagas ahora”, “no te metas ahí”, “no vayas por ese camino… en este momento”. Suena a advertencia inmediata, como cuando estás a punto de contestar con el calentón a un mensaje y alguien te frena: “¡No, no respondas así ahora! Respira y luego hablamos”. Es un “no” que te protege del impulso.

En cambio, לֹא (ló) es la negación del lenguaje más estable y normativo: marca un “no” de fondo, sin fecha de caducidad. No es “no lo hagas hoy”; es “esto no se hace”. Sería como esos límites que definen una vida humana: “no se roba”, “no se traiciona”, “no se juega con la dignidad del otro”. No dependen del día que tengas ni de cómo te hayan hablado.

         Por eso, cuando el mandamiento dice “no matarás”, la fórmula hebrea es לֹא תִּרְצָח (ló tirtsáḥ). Es decir: “tú no matarás” sin letra pequeña, sin “salvo en tal caso”, sin “depende del contexto”. Es un límite absoluto.

 

La vida del hermano es sagrada:

Es la imagen de Dios.

Este mandamiento se recuerda varias veces en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en el Génesis, después del diluvio, Dios dice que pedirá cuentas de nuestra sangre, es decir, de nuestra vida: pedirá cuentas a todo ser viviente y pedirá cuentas al hombre por la vida del hombre, a cada uno por su hermano, porque el ser humano ha sido hecho a imagen de Dios (cfr. Gn 9).

La imagen es potentísima: como un alfarero, Dios, con el polvo de la tierra, se ha “hecho” su estatua. En el mundo, la “estatua” de Dios es el ser humano. No hay otra imagen más sagrada. Por eso —viene a decir el texto— esa estatua no se toca. Hasta ahí ha llegado el Antiguo Testamento: a proteger la vida con una seriedad total.

 

Jesús no contradice:

te muestra el salto del Reino.

Y entonces Jesús introduce su palabra: «Pero yo os digo». En griego lo expresa así: «ἐγὼ δὲ λέγω ὑμῖν»; “ahora bien, yo os digo a vosotros…”

 

Atención, porque si lo traducimos mal puede parecer que Jesús está enfrentando su palabra a la Escritura. Pero el sentido no es “yo contra la Ley”, sino “ahora os muestro el paso adelante”. No viene a demoler lo anterior, sino a llevarlo a plenitud: a enseñarnos qué significa de verdad vivir según el Reino.

Y aquí viene el salto: Jesús presenta dos ejemplos de cosas que quizá no se consideraban “homicidio” según una lectura mínima, pero que para él ya lo son.

Hay homicidios sin sangre:

La ira también mata por dentro.

El primero es la ira: quien se irrita contra su hermano. Eso, para Jesús, puede ser ya una forma de homicidio. ¿Qué entiende por ira? La conocemos bien. Es una pulsión que Dios ha puesto en nosotros y puede ser valiosa: ante el mal y la injusticia, despierta rechazo, protesta, energía para defender el bien. De hecho, quien nunca se indigna ante el mal… quizá debería preguntarse si todavía ama de verdad.

La ira divina y la ira humana.

En la Biblia se habla muchas veces de la ira de Dios. Eso significa que Dios no es indiferente frente al mal: si lo fuera, no amaría. También el Bautista menciona esa ira. Pero la ira de Dios no es capricho ni violencia: es su amor actuando para salvar.

¿Cuál es el problema? Que nuestra ira se nos escapa con facilidad. Se transforma en odio y desemboca en agresión, en violencia contra el hermano. Esto a Dios no le sucede: su “ira” es el impulso que lo mueve a intervenir para rescatar al hombre del mal. Nosotros, en cambio, desde pequeños tenemos que aprender a gobernar esa fuerza. Es muy bello lo que dice la carta a los Efesios: «Si os dejáis llevar de la ira, que no sea hasta el punto de pecar y que vuestro enojo no dure más allá de la puesta de sol» (cfr. Ef 4, 26).

La ira debería dirigirse contra el mal, no contra la persona. Pero nosotros caemos muchas veces en el error de identificar el mal con quien lo comete. Pensamos que eliminamos el mal eliminando a la persona. Y a veces ni siquiera hace falta tocarla físicamente: en el corazón ya la hemos “matado”. “Qué bien estaría el mundo si esta persona no existiera…”. Eso ya es homicidio interior, porque por dentro hemos querido borrarla. Por eso dice Jesús: vigila la ira, porque puede llevarte al homicidio.

 

La lengua también mata:

insultar es “borrar” al hermano.

El segundo ejemplo es el insulto: quien le dice a su hermano רֵיקָא (reqá), “cabeza vacía”; quien lo llama נָבָל (navál), “necio”, “idiota”. Son homicidios con la lengua. Porque se mata con la lengua: con chismes, maledicencias, calumnias, inventando cosas contra el hermano… y a veces incluso diciendo verdades que no construyen. Hay verdades que, dichas sin amor, no curan: hieren.

Por eso hay que vigilar la lengua, porque también con la lengua se mata. Lo decimos incluso nosotros: mata más la lengua que la espada. Y, por desgracia, cedemos a menudo a estas pulsiones homicidas.

De ahí la necesidad de la reconciliación con el hermano. Y para Jesús esa reconciliación tiene prioridad absoluta. Para que nos entre de verdad, recurre a una imagen paradójica.

 

La reconciliación no se deja para después:

va primero.

«Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo». 

Los rabinos habían llegado a fijar que la oración no podía interrumpirse… ni siquiera si una serpiente se te enroscaba en la pierna. Imagínatelo: tú rezando con toda devoción y la serpiente haciendo de “tobillera” viva. Pues bien: Jesús usa una imagen todavía más paradójica para que entendamos la prioridad absoluta de la reconciliación.

Dice, en esencia: “No solo puedes interrumpir la oración: debes interrumpir incluso el sacrificio que estás ofreciendo en el templo para ir primero a reconciliarte con tu hermano”. Es como si dijera: “Detén lo más sagrado que estás haciendo, porque hay algo sagrado que no puedes pisotear: la comunión con el hermano”.

 

No es “tengo algo contra ti”:

es “tú tienes algo contra mí”.

Ahora bien, conviene entender con precisión qué está pidiendo Jesús. No dice: “si tú tienes algo contra tu hermano”. Porque puede pasar que alguien me haya hecho daño; yo no debo guardar rencor, y si un día necesita ayuda, yo estoy llamado a ayudarle… aunque por dentro todavía me cueste y “algo” me quede.

Jesús apunta a otra situación más exigente: «de que tu hermano tiene quejas contra ti», es decir, si has sido tú quien le ha hecho un agravio. Entonces no hay escapatoria piadosa: debes interrumpir incluso el sacrificio del Templo y salir al encuentro para reconciliarte. En otras palabras; no se trata de poner buena cara a la liturgia mientras dejamos una herida abierta que nosotros mismos causamos.

 

La vida es camino:

Reconcíliate mientras hay tiempo.

Y por eso añade la urgencia: «Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida». Fíjate en la palabra: un hermano que, por los daños y las heridas, se ha convertido en “adversario”. Y Jesús remacha; «mientras vais todavía de camino».

El “camino” es nuestra vida. El Nuevo Testamento insiste en que aquí estamos de paso: esta no es una morada definitiva; somos peregrinos. Y, en ese peregrinar, puede suceder lo más triste y lo más común: que el hermano termine siendo rival. Jesús dice: “no esperes”. No lo dejes para “cuando se me pase”, para “cuando haya un momento”, para “cuando el otro cambie”. Hazlo pronto, mientras todavía estás a tiempo de caminar hacia el otro.

Para que nadie piense que esto es solo una frase bonita, basta mirar a los primeros cristianos. En la comunidad de Antioquía de Siria circulaba un librito muy antiguo, la Διδαχή (didajé), que lo dice sin rodeos: si el domingo estás en discordia con alguien, no te unas a la comunidad hasta haberte reconciliado, para que el sacrificio no quede “contaminado”. Si hay rencor entre hermanos, algo se ensucia en la ofrenda de todos.

Y dos siglos después, por aquella misma zona, un obispo daba a sus compañeros un consejo muy práctico. Como ellos eran quienes solucionaban los conflictos de la comunidad, les decía: “pronunciad las sentencias el lunes; así tendréis hasta el sábado para arreglar los desacuerdos, y el domingo podréis reuniros reconciliados para la Eucaristía”.

En el fondo, Jesús nos está diciendo esto: no me traigas un culto impecable con relaciones rotas. Primero el hermano. Primero la paz. Y entonces, sí: la celebración respira de verdad.

 

El adulterio no empieza en la cama,

empieza en el corazón.

«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”».

Jesús da un segundo paso, muy incómodo y muy liberador. «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”». La Torá llamó adulterio a toda relación sexual fuera del vínculo conyugal, y no por puritanismo, sino por una convicción grande.

Dios quiso que el amor entre esposo y esposa tuviera el sello de lo único, lo total, lo fiel, lo definitivo. No es un capricho divino ni una norma para fastidiarnos la vida. Es que el amor, si es amor, tiende a ser entero. Cuando se parte, cuando se negocia a trozos, no “madura”. Se encoge. El adulterio no hace crecer. Hace retroceder. Deshumaniza.

La pregunta, entonces, nos pone nerviosos. ¿Basta con “no hacerlo” para quedarnos tranquilos? Para quien se contenta con lo mínimo, sí. Para Jesús, no.

«Pero yo os digo». Y aquí conviene respirar, porque Jesús no vive una santidad de cuello rígido, como si la pureza consistiera en caminar por la vida mirando al suelo para no “ver a nadie”. Él se relaciona con las mujeres con libertad, con respeto, con cercanía, y con un corazón limpio. El problema no es mirar. El problema es el “para qué” de la mirada.

 

El problema no es el deseo,

es la posesión.

Cuando Jesús habla de mirar para desear, no está demonizando el deseo humano como si fuera sucio. Señala otra cosa, mucho más fina. Señala el deseo como posesión. Esa mirada que, sin decirlo, piensa “esto me lo quedo”, “esto lo consumo”, “esto me lo merezco”. La mirada que reduce a la persona a objeto, como si el otro fuese un producto y no un rostro. Ahí empieza el adulterio, en la conciencia, antes de cualquier gesto exterior. Esa es la justicia superior del Reino. No se queda en la letra. Llega al corazón. Porque el Reino no se construye solo con manos correctas, sino con corazones verdaderos.

 

El ojo, la mano y el pie.

Tres lugares donde se decide si amamos

o nos apropiamos.

El ojo.

La pureza de la mirada no es “no mirar”,

es mirar sin poseer.

Jesús no nos pide una vida con los ojos cerrados, como si la santidad fuera ir por el mundo como un GPS averiado que solo dice “recalculando”. Lo que Jesús quiere es pureza en la mirada. Y pureza no significa falta de deseo, sino libertad interior.

Porque “ver” puede convertirse en otra manera de poseer. Y esto se nota especialmente en el campo de la sexualidad. Hay miradas que no contemplan, sino que devoran, y hay otras miradas “que matan”. Porque hay francotiradores que no precisan de un rifle de precisión. No se acercan a una persona como a un misterio sagrado, sino como a un objeto disponible. La persona deja de ser “tú” para convertirse en “algo para mí”. Por eso Jesús va a la raíz y sitúa el adulterio en el corazón antes de cualquier gesto exterior.

«Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón». Y cuando habla del “ojo que escandaliza”, no está invitando a la mutilación, sino a sanar el criterio interior que nos hace tropezar.

Y cuando especifica «ojo derecho», no está haciendo anatomía, está haciendo teología con una imagen. En la Biblia, la “derecha” suele simbolizar fuerza, primacía y honor. La “diestra” es lo más valioso, lo más eficaz, lo que uno considera imprescindible (cfr. Ex 15, 6; Sal 118, 16; Mt 25, 33). Jesús está diciendo que, si incluso lo que tú consideras tu punto fuerte se convierte en tropiezo, tendrás que soltarlo. El Reino vale más que nuestras “ventajas”.

 

La mano.

Fue hecha para servir,

no para agarrar.

La mano, en el lenguaje bíblico, representa lo que hacemos. Y aquí Jesús nos coloca delante una verdad muy concreta. La mano está hecha para ayudar al hermano, no para aprovecharse del hermano. Para sostener, no para manipular. Para entregar, no para retener. Por eso la Escritura pide trabajar «para tener qué compartir con el necesitado» (cfr. Ef 4, 28), y por eso Jesús habla de cortar lo que conduce al mal como un modo de proteger la vida entera.

Y aquí viene una frase que resume mucho. Todo aquello que no entregamos al Señor termina pudriéndose. No porque Dios sea vengativo, sino porque cuando retenemos lo que debía circular, se corrompe. Es como el agua estancada. No hace falta que nadie la maldiga. Se pudre sola.

Por eso el desierto es una escuela brutalmente pedagógica. El maná se recibía día a día. Y algunos israelitas, por miedo o avaricia, quisieron guardar más de la cuenta, como si Dios fuera a fallarles mañana. ¿Qué pasó? Que lo acumulado se llenó de gusanos y se pudrió (cfr. Ex 16, 19-20). No fue un “castigo teatral”. Fue una lección espiritual. Cuando conviertes el don en posesión, el don pierde su sabor, su frescura, su vida. Lo que debía ser alimento se vuelve basura.

 

El pie.

La conducta marca el rumbo

y la comunidad paga el precio.

Aquí conviene precisar un detalle. Es Mateo quien no menciona el pie en este punto. Quien sí lo menciona es Marcos, y lo hace con fuerza, porque el pie representa el rumbo de la vida, por dónde caminamos y hacia dónde nos están llevando nuestros pasos (cfr. Mc 9, 45).

Y aquí la Biblia nos da un ejemplo muy serio. Israel perdió la batalla en Ay no porque Dios se “enfadase” como un niño, sino porque alguien había tomado para sí lo que estaba destinado al anatema. Fue un gesto privado y escondido, pero con consecuencias comunitarias. La Escritura lo cuenta con crudeza. Aquello “contaminó” al pueblo y trajo derrota hasta que se afrontó la verdad (cfr. Jos 7, 1.11-12). Recordemos cómo Acán, hijo de Karmí, hijo de Zabdí, hijo de Zeraj, de la tribu de Judá, se apropió de lo consagrado al exterminio y las cosas se le torcieron a él y a toda la comunidad del Pueblo de Israel ya que, a causa de esto, los israelitas perdieron una batalla -la cual era sencilla de vencer- y terminaron una derrota sin precedentes. Y Acán terminó apedreado, quemado y cubierto de piedras. Acán tomó el rumbo de enriquecerse y de apropiarse de lo que no era suyo.

Y Acán hay muchos, son aquellos que se enriquecen, roban, se aprovechan de altas comisiones, cuando hay malversación de fondos públicos, se mueven por favoritismos e influencias… y las infraestructuras de ferrocarriles, carreteras, cauces de ríos, así como toda la sanidad pública, el campo… quedan desamparadas. Alguno ha dicho que la corrupción mata, y es cierto, que se lo digan a esos «treinta y seis mil hombres» israelitas y a aquellos que han perdido la vida hace pocos días en esta única gran nación española, a los tractoristas -el campo- que está en pie de guerra por medidas políticas injustas, a la sanidad pública que se manifiesta con huelgas por la mala administración de sus altos responsables… Y recordemos que Acán no tuvo una amnistía. Los ‘Acán’ salen mucho en las noticias del parte -telediario-. No olvidemos que todos podemos llegar a degradarnos y ser como Acán.

Este detalle es importantísimo para la vida cristiana. El pecado no es solo “mi asunto”. Hay decisiones que parecen pequeñas y secretas, pero rompen por dentro el aire común. La comunidad se debilita cuando alguien vive con doble fondo. Y lo dramático es que, muchas veces, el que se apropia de lo que no es suyo se convence de que “no pasa nada” porque nadie lo sabe. Pero el daño ya está hecho. El pie ha salido del camino y el pueblo entero tropieza.


La gehenna es la imagen de

una vida tirada al vertedero.

Jesús usa una imagen cruda. Habla de la gehenna (γέεννα) (géenna) como advertencia sobre la ruina total a la que conduce un camino no corregido (cfr. Mc 9, 43-48). La γέεννα remite al “valle de Hinón”, גֵּי־הִנֹּם (gê hinnóm), asociado al lugar de desechos donde lo inútil se amontonaba y se quemaba para eliminarlo completamente. Jesús no quiere una vida tirada al vertedero. Por eso dice que es preferible perder lo que te impide vivir de verdad antes que perderte a ti mismo.

Y remacha con el final de Isaías, con una frase que no se olvida: «Donde el gusano no muere y el fuego no se apaga» (cfr. Is 66, 24). Isaías describe la destrucción total con dos figuras, la putrefacción y la cremación.

Jesús no está montando un espectáculo para asustar con un castigo caprichoso después de la muerte. Está poniendo delante una alternativa real. O entramos con él en la vida plena, o terminamos en la ruina total, en una existencia desperdiciada por no haber sabido renunciar a tiempo a lo que la degradaba.

Y aquí la pregunta deja de ser teórica. ¿Qué mirada necesito purificar para dejar de poseer? ¿Qué cosas tengo en la mano que deberían estar en las manos del Señor? ¿Qué pasos estoy dando que no solo me desvían a mí, sino que debilitan también a los míos? Ahí se juega la libertad. Y ahí es donde Jesús nos quiere enteros.

 

El repudio no es un “derecho”,

es una herida que Dios no quiere.

«Se dijo: “El que se repudie a su mujer, que le dé acta de repudio.” Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio».

         En el capítulo 24 del Deuteronomio se contempla el caso del divorcio. Un hombre quiere repudiar a su mujer porque ya no le gusta, porque ha encontrado en ella “algo indecoroso”. Y Moisés intervino para regular esa situación. Dijo que el marido debía escribir el documento de repudio, el סֵפֶר כְּרִיתֻת (sēfer keritút), es decir, un escrito que certificaba que en esa historia de amor había habido un corte, y debía entregarlo a la esposa.

Y aquí conviene entender bien dos cosas. Primero, qué significa esa expresión “algo indecoroso”. En hebreo, el texto habla de una “cosa vergonzosa” o “algo reprochable” en ella. No describe un caso preciso, y precisamente por eso se prestaba a abusos. Podía convertirse en una excusa amplia, una puerta abierta para repudiar por motivos muy pobres, incluso por puro capricho. O sea, no estamos ante una causa objetivamente clara, sino ante una fórmula que podía usarse de forma interesada.

Segundo, que esto no era un “permiso divino” para repudiar, como si Dios dijera “adelante, separaos sin problema”. No. El divorcio ya existía. Como dirá Jesús, nace de la dureza del corazón humano, no entra en el designio de Dios. Moisés simplemente reguló una realidad ya presente, y lo hizo para proteger a la mujer. Si ella no tenía en la mano ese documento, quedaba atrapada. No podía rehacer su vida. Quedaba socialmente bloqueada. Moisés no está diciendo “divorciarse está bien”. Lo que hace es poner orden en una práctica que ya existía para que la mujer no quedara desamparada. Por eso manda que el marido escriba un documento y se lo entregue en la mano (cfr. Dt 24, 1). Ese papel era, por así decir, su “prueba” oficial de que ya no estaba bajo ese marido y podía empezar de nuevo (cfr. Dt 24, 2).

¿Para qué le servía a ella? Para cosas muy concretas y muy humanas.
Sin ese documento, podía quedarse atrapada en un limbo. Él la echaba de casa, pero ella seguía siendo “la mujer de…” a ojos de los demás.
Sin ese documento, podía ser acusada fácilmente de adulterio si intentaba rehacer su vida.

Sin ese documento, le podía resultar casi imposible volver a casarse, encontrar protección o simplemente recuperar un lugar en la comunidad.
Y además, el texto impide que el primer marido la “recupere” después como si fuera un objeto que se devuelve cuando conviene (cfr. Dt 24, 4).

Y Jesús pone la explicación de fondo. Moisés reguló eso “por la dureza del corazón”, no porque sea el sueño de Dios para el amor (cfr. Mt 19, 8; cfr. Mc 10, 5).

 

Una alianza bella y abierta.

Un papel oscuro que rompe.


        Para que lo entendamos, el predicador pone imágenes muy expresivas. Por un lado, está el documento del matrimonio, la כְּתוּבָּה (ketubá), el contrato conyugal. Es hermoso. Se firma bajo la חֻפָּה (jupá), un baldaquino. Y aquí vale la pena explicarlo. Un baldaquino es una especie de “techo” o dosel sostenido por varas, como una estructura ligera que crea un espacio simbólico. No es una tienda cerrada, es un marco visible. En la tradición judía, la jupá representa la casa nueva que los esposos empiezan a construir.

      Y fíjate en los detalles. La jupá se coloca al aire libre para recordar la bendición de Dios a Abraham. “Mira las estrellas del cielo”, así de numerosa será tu descendencia. Y además está abierta por los cuatro lados. Eso significa que el hogar de los esposos no es un búnker, es una casa hospitalaria. Quien necesite entrar, tendrá acceso. Es una imagen preciosa de un amor que no se encierra, que ensancha la vida.

En cambio, el documento del repudio es otra historia. El סֵפֶר כְּרִיתֻת (sēfer keritút) aparece como una hoja fea, oscura, sin alegría, sin color. Y aparece también una palabra hebrea breve y dura, גֵּט (guét), compuesta por dos letras, ג (guímel) y ט (tet). Este término no aparece en la Biblia, como si fuera una palabra que Dios no quisiera ni oír. Y el profeta Malaquías, hablando en nombre de Dios, lo dice sin rodeos. «Yo detesto el repudio» (cfr. Mal 2, 16). Incluso los rabinos más sabios decían que cuando se rompe un vínculo de amor entre esposo y esposa, también Dios llora.

 

Jesús llama a las cosas por su nombre,

sin jugar con el amor.

Entonces Jesús se pronuncia sobre esa práctica existente y regulada por Moisés. Lo dice con claridad: «Si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio». Es un lenguaje directo, sin maquillaje. Jesús habla poco de sexualidad, pero cuando lo hace, lo hace con luz.

Aterricemos a nuestra cultura. A veces se oye decir que los tiempos han cambiado, que ahora todo vale, que cada uno decide lo que le apetece. Pero la pregunta de Jesús no es “qué está permitido”, sino otra mucho más seria: ¿Esto te hace más humano o te deshumaniza? Te ayuda a crecer o te hace retroceder.

Porque el permisivismo y la banalización de la sexualidad pueden anestesiarnos. Acabamos llamando “normal y liberador” a lo que en realidad es solo un parche, un sucedáneo, un apaño dictado por la “sabiduría” de este mundo. Jesús propone el proyecto de Dios sobre el amor esponsal. Y para encarnarlo hace falta esfuerzo, compromiso, incluso sacrificio y abnegación. Y también es verdad que no todos logran vivirlo plenamente. La realidad está ahí, no hace falta hacerse el sorprendido.

Jesús nos da criterios para distinguir lo que humaniza de lo que destruye. La disolución, el libertinaje, la inmoralidad y la violencia deshumanizan. Por eso, en los principios, los cristianos debemos ser claros. No por gusto de llevar la contraria, sino por honestidad con el Evangelio. No sería amar a las personas decirles que todo da igual.

 

Claros en los principios,

cercanos con las personas.

Jesús no permite que nadie se erija en juez de las personas. Podemos desaprobar elecciones y comportamientos que son errados, pero nunca condenar a quien se equivoca. La comunidad cristiana debe hacer sentir cercanía, comprensión, acompañamiento. Hay cosas que se deben desautorizar como caminos equivocados, sí. Pero a quienes las realizan hay que comprenderlos y ayudarles siempre. Porque el Evangelio no es un martillo para aplastar, es una mano para levantar.

Y ahora viene el cuarto ejemplo del paso adelante que Jesús pide a quienes quieren entrar en el Reino de Dios.

 

La palabra cristiana

no necesita fuegos artificiales.

«También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

En el Antiguo Testamento, el juramento estaba previsto en algunos casos como recurso excepcional, sobre todo cuando no había testigos ni pruebas y el conflicto debía ponerse “delante de Dios”. Por ejemplo, en pleitos sobre depósitos o bienes confiados, cuando no se podía demostrar lo ocurrido, se pedía un juramento para asumir la responsabilidad ante el Señor (cfr. Ex 22, 10-11). También aparece en contextos más solemnes o rituales, donde la persona queda comprometida con una declaración ante Dios (cfr. Nm 5, 19-22).

Pero con el tiempo se desvió. Tras la deportación a Babilonia (cfr. 2 Re 24–25), se fue extendiendo el uso torcido del juramento, una práctica que los profetas denunciaron con fuerza (cfr. Jr 7, 9; Os 4, 2). Y en tiempos de Jesús se llegó a un punto absurdo. Ya no se podía hacer una afirmación sin acompañarla de juramentos e imprecaciones. Era como si la palabra sola ya no valiera “en garantía” y hubiera que ampliarla con mil sellos, como esos contratos que te piden firmar hasta el alma.

Tenemos una prueba clara en Pedro. Cuando la portera lo acorraló, empezó a jurar y a maldecir que no conocía a Jesús (cfr. Mt 26, 69-74; cfr. Mc 14, 66-71). Era el lenguaje de una sociedad enferma, donde la palabra ya no bastaba.

Y como no se debía pronunciar el nombre de Dios, la gente buscaba fórmulas “menos comprometidas”. Juraban por el cielo, por la tierra, por el templo, por sus padres; incluso juraban por su propia cabeza. Dicho en versión actual, era el “te lo juro por lo más sagrado” repetido cada dos frases. Mucho juramento, poca confianza. En el fondo, una manera elegante de decir “créeme… aunque yo mismo no me fiaría”.

 

En el Reino,

la confianza es el aire que se respira.

Jesús lo corta de raíz: «Pero yo os digo que no juréis en absoluto». ¿Por qué? Porque Jesús ha inaugurado una sociedad nueva, y en esa sociedad no puede vivir la desconfianza crónica. No puede existir la sospecha permanente, la deslealtad, el “a ver si me engañas”. Eso pertenece al mundo viejo, al mundo enfermo del que Jesús quiere sacar a sus discípulos. Si vivimos en el mundo nuevo, donde no debe haber mentira, el juramento pierde sentido. Si en casa hay luz, ¿para qué andar con linterna?

Y esto, además, no era una rareza solo de Jesús. Ya los esenios evitaban jurar. Se decía de ellos que lo que afirmaban tenía más fuerza que un juramento, y que consideraban el jurar como algo peor que el perjurio. También Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús, afirmaba que si una persona ha aprendido a ser leal y sincera en todo lo que dice, sus palabras valen como un juramento.

Jesús está en esa línea y la remacha con una frase de una claridad tremenda: «Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno». En otras palabras, no hinches la frase, no la disfraces, no la protejas con cien capas. Aprende a hablar con verdad.

Pensemos en un ejemplo sencillo. Si alguien necesita jurar cada dos frases “te lo juro, te lo juro”, ¿no será que el problema no es que sea muy apasionado, sino que su palabra ya no inspira confianza? Es como cuando alguien empieza una historia con “yo no soy de criticar, pero…”. Ya sabes que viene crítica y de las buenas. Jesús no quiere una comunidad de gente que se sospecha. Quiere una comunidad donde la palabra sea limpia y fiable, como el pan de cada día.

 

No jurar también es una forma

de confesar al verdadero Dios.

Pero Jesús da todavía una razón más grave. El juramento, tal como se había convertido en costumbre, presuponía una idea pagana de Dios. Un dios castigador, listo para fulminar al mentiroso; un dios vengador que lanza rayos contra quien viola un juramento. Ese dios no existe. Es un ídolo. Y por eso el juramento, usado de ese modo, no solo es inútil, sino que alimenta una imagen falsa de Dios.

Jesús nos libera de ese fantasma. Dios no es el policía del cielo esperando el fallo para sancionar. Dios es Padre, y su verdad no se impone con amenazas, se acoge con un corazón sincero. Por eso Jesús insiste: «Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello»; “No juréis en absoluto

Y así, sin fuegos artificiales ni sellos extra, la palabra del discípulo se vuelve creíble. Porque la verdad no necesita gritar, solo necesita existir.