Homilía
del Quinto Domingo de Cuaresma, Ciclo a
Jn 11, 1-45 «¡Lázaro,
sal afuera!».
Cuando la vida pregunta por su final
Quien se ha
encontrado de verdad con Cristo y ha dejado que su Evangelio le abra los ojos,
ya no mira la vida como antes. No porque desaparezcan las pruebas ni
porque el dolor se vuelva menos real, sino porque todo empieza a quedar
iluminado de otra manera. La salud y la enfermedad, la juventud y la vejez,
los días de fiesta y las horas de duelo, los éxitos y los fracasos, siguen
estando ahí, pero ya no ocupan el mismo lugar. El creyente aprende a
atravesarlo todo desde otra luz, porque en Jesús descubre no solo unas
palabras sabias sobre la existencia, sino una manera concreta de vivirla: amar.
En Jesucristo se nos muestra, con rostro humano, qué significa vivir de
verdad.
El Evangelio nos despierta
Pero esa luz no
elimina todas las preguntas; más bien las vuelve más serias. El Evangelio no
nos adormece, sino que nos despierta. Y entonces, también el creyente,
tarde o temprano, se encuentra con una pregunta que no se deja apartar con
facilidad. La luz de Cristo, ¿sirve solo para orientarnos en este mundo o nos
deja ver también algo más allá de esta vida tan breve, tan frágil, tan expuesta
a escapársenos de las manos? Aquí vuelve a resonar el Salmo 90: «Setenta
años dura nuestra vida, y hasta ochenta llegan los más fuertes; pero sus afanes
son fatiga inútil, pues pasan pronto, y nosotros nos desvanecemos» (cfr.
Sal 90, 10).
La Escritura no
endulza la condición humana. La nombra con verdad. La vida es preciosa, sí,
pero no la retenemos. Es bella, pero no la poseemos.
Si todo acabara en la tumba,
la herida sería demasiado honda.
Surge la pregunta
decisiva: si todo termina en un sepulcro, ¿qué sentido tiene el camino? Si
el final fuera solamente la tumba la inquietud del corazón humano sería
perfectamente comprensible. ¿Ha valido la pena nacer? ¿Ha sido todo un
instante fugaz entre dos silencios?
La sabiduría
griega afrontó este interrogante sin rodeos en el célebre mito de Midas. Aquel
rey riquísimo busca a Sileno, el preceptor de Dioniso, para hacerle la gran
pregunta: ¿qué es lo mejor y más deseable para el hombre? Quizá esperaba oír
hablar de poder, de riqueza, de gloria. Pero la respuesta que recibe es amarga:
lo mejor sería no haber nacido; y, puesto que eso ya no es posible, lo segundo
mejor sería morir pronto.
Si la muerte tiene la última palabra,
la vida entera es un absurdo
Es una respuesta
dura, casi insoportable, pero conviene escucharla porque pone al descubierto
una tentación muy antigua, que pensar que, si la muerte tiene la última
palabra, entonces la vida entera queda herida de absurdo. Y aquí nuestra
cultura no siempre ayuda. Más bien nos empuja a distraernos, a esquivar la
pregunta, a comportarnos como si el silencio sobre la muerte pudiera resolver
algo.
También los
cristianos, muchas veces, respiramos ese mismo clima. Nos parece de mal gusto
hablar del destino último del hombre, incluso en Pascua, justamente el día en
que celebramos la victoria de Cristo sobre la muerte. Y así acabamos haciendo
una cosa curiosa: el día de la gran noticia, preferimos no tocar la gran
pregunta.
Con frecuencia la
fe queda reducida a una ayuda para vivir un poco mejor aquí, a un recurso para
pedir a Dios y a los santos salud, protección, alivio y, si es posible, una
prórroga larga.
Y cuando no llega lo que esperábamos, asoma la decepción: entonces, ¿para qué
creer? ¿Qué sentido tiene la fe si no resuelve lo que a nosotros más nos
preocupa en esta vida? Por eso conviene volver al centro y no maquillarlo: ¿cuál
es mi destino último? ¿Me espera la nada? ¿La oscuridad de la tumba? ¿El
silencio del sepulcro? ¿O hay otra cosa? No es una curiosidad de personas
complicadas; es una pregunta profundamente humana. Y no es lo mismo acabar en
la oscuridad que ser llamado a una fiesta.
El Evangelio no esquiva esta pregunta:
la toma en serio.
Precisamente para
responder a este interrogante, Juan compone la página del Evangelio sobre la
que hoy se nos invita a meditar: el relato de lo que solemos llamar, quizá con
poca precisión, la resurrección de Lázaro (cfr. Jn 11, 1-45).
Conviene afinar
bien las palabras, porque aquí no se trata de un matiz secundario. Más que
de resurrección, habría que hablar de reanimación. No es lo mismo. Y si no
distinguimos una cosa de la otra, corremos el riesgo de empobrecer justamente
la esperanza que el Evangelio quiere abrir.
1-
El mundo de
nuestra historia
Para entenderlo,
puede ayudarnos imaginar tres mundos.
El primero es el
nuestro, el mundo en el que vivimos. Este es el que conocemos bien: el mundo
del tiempo, de los vínculos, del trabajo, de las lágrimas y de las alegrías. Es
el mundo de nuestra historia. Pero en este mundo no permanecemos para
siempre. Llega un momento en que tenemos que dejarlo, porque somos mortales.
No se trata de un accidente extraño, sino de nuestra misma condición humana. Somos
criaturas, no dioses; y la Biblia no nos humilla al recordárnoslo, sino que
nos sitúa en la verdad.
2-
El mundo de los
muertos
Cuando se deja
este primer mundo, se entra en el mundo de los muertos. Las distintas
culturas le dieron nombres diversos, pero la experiencia de fondo era muy
semejante. Los hebreos lo llamaban שְׁאוֹל (sheol), el lugar al
que descienden los muertos. Los griegos lo llamaban ᾅδης (hades),
el mundo de abajo, el lugar de la oscuridad. Los latinos hablaban de los
infiernos, es decir, de lo que está debajo, no todavía del infierno en el
sentido posterior de condenación.
En Mesopotamia
aparecían otros nombres, como Arali o Kur, el país del no retorno. Cambian las
palabras, pero la imagen de fondo era común en muchos pueblos del Mediterráneo
y del antiguo Oriente Próximo: el hombre, precisamente por ser hombre, es
mortal y se dirige a ese segundo ámbito.
Y entonces aparece
la pregunta más seria de todas: ¿termina todo ahí? ¿Se reduce el destino humano
a pasar de este mundo al mundo de los muertos? Porque, si fuera así, habría que
decir que la existencia queda suspendida sobre una oscuridad difícil de aceptar.
Y entonces, con toda razón, uno podría pensar que un Dios que crea para ver
desaparecer sería un Dios cruel. La fe bíblica no puede contentarse con esa
imagen de Dios.
Imaginemos los tres mundos.
3-
El mundo de Dios
Resucitar no es
volver aquí, es entrar en la vida de Dios. Por eso la fe de los
creyentes habla de un tercer mundo, por decirlo así: el mundo de Dios. Y
aquí está el punto decisivo. Resucitar no significa regresar a este primer
mundo para continuar unos años más y volver después a morir. Eso sería revivir,
no resucitar. Resucitar significa entrar definitivamente en la vida de Dios,
en una comunión con Él de la que ya no se vuelve atrás. La resurrección no
es una prolongación de esta vida; es otra condición de existencia. No es
simplemente más tiempo, sino una vida transformada.
Desde ahí se
entiende mejor lo que ocurre con Lázaro. Jesús no lo introduce todavía a
Lázaro en esa condición definitiva del Resucitado, sino que lo hace volver a
esta vida, a este mundo nuestro. Por eso conviene hablar de reanimación
y no, propiamente, de resurrección. Lázaro vuelve a vivir en este mundo, pero
tendrá que morir otra vez. En cambio, entrar en la vida de Dios es otra
cosa. Es eso lo que el Evangelio quiere empezar a dejarnos entrever, con
delicadeza y con una fuerza inmensa.
Y aquí la
Palabra de Dios no viene a aplastar la pregunta humana, sino a
iluminarla desde dentro. No nos dice que no preguntemos; nos enseña a
preguntar bien. No nos invita a cerrar los ojos ante la muerte; nos invita
a mirarla a la luz de Cristo. Y quizá nosotros, antes de seguir adelante,
podríamos dejarnos tocar por esta pregunta sin anestesiarla demasiado deprisa:
al final de la vida, ¿nos espera solo la tumba o nos espera Dios?
Una casa sencilla que encierra un misterio
«Había un enfermo llamado Lázaro. Era de Betania, pueblo
de María y de su hermana Marta. María es la que ungió
al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano
Lázaro era el enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a
quien tú quieres está enfermo». Al oírlo Jesús, comentó: «Esta enfermedad no es
de muerte; es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado
por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro».
El relato comienza
llevándonos a una familia extraña por su misma sencillez. En esa casa solo
hay hermanas y hermano, es decir, no aparecen padres ni madres, no se habla de
esposos ni de hijos, no hay abuelos ni nietos. El evangelista ha dejado
fuera todo lo accesorio para que miremos lo decisivo. No quiere entretenernos
en la descripción de una familia completa según nuestros esquemas; quiere
ponernos delante de una casa que, ya desde el comienzo, parece remitir a
algo más grande que ella misma. Por eso la pregunta surge casi sola: ¿a
quién representa esta familia?
Una casa unida a Jesús por el amor
Hay un segundo
rasgo que el texto subraya con insistencia: entre esa familia y Jesús existe
un vínculo de amor especialmente hondo. Cuando mandan a avisarle de la
enfermedad de Lázaro, no le dicen simplemente: “Lázaro está enfermo”, sino: «Señor, aquel a quien tú quieres está enfermo».
La noticia no se
formula como un dato frío, sino como una apelación al corazón. Poco después, el
evangelista lo repite con toda claridad: «Jesús
amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Y cuando el Señor llora
delante del sepulcro, los presentes no hacen un razonamiento complicado; dicen
algo inmediato y verdadero: «Mirad cómo le
quería» (cfr. Jn 11, 36). Todo el relato está atravesado por
esta certeza: antes que el drama, está el amor; antes que el signo, está la
relación.
María encarna un amor sin medida
El nardo es perfume de amor
En esa misma línea
se comprende el gesto de María, recordado aquí por anticipado. María rompe
el frasco de alabastro, derrama todo el nardo sobre los pies de Jesús y los
seca con sus cabellos. No es un gesto decorativo, sino una acción cargada
de sentido. El nardo es perfume de amor, pero aquí no aparece administrado
con prudencia ni repartido con cálculo. El frasco se rompe. Todo se
derrama. Es un amor que no se reserva nada.
Y con una resonancia nupcial:
secar los pies con sus cabellos
Y el gesto de
María de secar los pies del Señor con sus cabellos no es un detalle ornamental
del relato, sino una clave espiritual de gran hondura. San Juan
identifica a María precisamente por ese gesto —«es
la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos»—
y, cuando lo narra, vuelve a subrayarlo con solemnidad. Eso significa que no
estamos ante un rasgo accesorio, sino ante una acción que revela quién es
María y cómo ama. Ella no le ofrece solo un perfume precioso: se
ofrece a sí misma. Pone a los pies de Jesús algo profundamente suyo,
algo unido a su persona, a su intimidad, a su dignidad visible. (cfr. Jn
11, 2; 12, 3).
El Evangelio,
además, deja claro que el cabello no es algo banal. Jesús dice que «hasta
los cabellos de vuestra cabeza están todos contados». Es una manera
conmovedora de afirmar que, ante Dios, nada de nosotros es indiferente; ni lo
pequeño, ni lo exterior, ni lo que parece apenas un detalle. Todo es conocido,
todo es mirado, todo entra en el ámbito de su amor providente. Por eso, cuando
María seca los pies de Cristo con sus cabellos, el signo se vuelve todavía
más expresivo: deposita ante Jesús no una cosa cualquiera, sino algo que el
Evangelio presenta como contado, conocido y personalmente propio. Lo que
ella pone a los pies del Señor no es simplemente belleza; es la persona
misma en actitud de entrega. (cfr. Mt 10, 30; Lc 12, 7).
Y ahí aparece la resonancia
nupcial. No porque el texto diga de modo explícito: “María es la esposa”,
sino porque el propio Evangelio de Juan nos ha enseñado ya a reconocer a
Jesús en clave esponsal: «el que tiene a la esposa es el esposo». Y
esa misma autocomprensión de Jesús resuena también en los sinópticos, cuando se
presenta como el Esposo cuya presencia hace imposible el ayuno. En un
Evangelio que ha comenzado con una boda en Caná y que deja asomar desde
temprano el misterio del Esposo, el gesto de María adquiere una
tonalidad particularmente intensa: ella ama a Jesús no desde la distancia, sino
desde una cercanía total, confiada, desbordante, propia de quien ha
reconocido en Él al Esposo esperado. (cfr. Jn 2, 1-11; 3, 29; Mc 2, 19; Lc
5, 34).
Por eso María
aparece aquí como figura de la comunidad creyente cuando ama de verdad. La
Iglesia auténtica no ama a Cristo con una devoción medida, fría o protocolaria;
no le ofrece sobras ni le reserva solo una parte de sí. Lo ama con un corazón
entero. Lo ama abajándose. Lo ama exponiéndose. Lo ama con una entrega que
no calcula. Hay un eco evidente de aquella mujer del Evangelio que,
llorando a los pies de Jesús, se los enjugaba también con sus cabellos; pero en
Juan el gesto da un paso todavía más hondo, porque queda envuelto en la
inminencia de la Pascua: María unge al Señor para su sepultura y ama, por
tanto, con un amor que ya presiente la hora suprema. Es amor adorante, amor
pascual, amor de esposa fiel junto al umbral del sacrificio. (cfr. Lc 7,
38; Jn 12, 3.7).
Así, secar los
pies del Señor con los cabellos significa, en el fondo, esto: poner a los
pies de Cristo la propia honra, la propia belleza, la propia intimidad, la
propia vida. Significa decirle con el cuerpo: nada en mí quiero guardar
lejos de Ti. María representa así a la Iglesia esposa, la comunidad que
reconoce a su Señor, se inclina ante Él y se le entrega sin reserva. Y cuando
eso ocurre, ya no hay gesto exagerado: todo lo más precioso encuentra su verdad
cuando es derramado a los pies del Esposo. Y el gesto de María de soltarse el
cabello para secar los pies del Señor añade esa resonancia nupcial muy fuerte:
es intimidad, entrega, pertenencia. María aparece así como figura de la
comunidad creyente cuando ama de verdad: no a distancia, no con sobras, no con
una devoción medida, sino con un corazón entero. Ella representa a la
comunidad cristiana auténtica, la que reconoce en Jesús a su Esposo y se
entrega a Él sin reserva.
Lázaro ocupa poco espacio,
pero concentra toda la escena
Lázaro, en cambio,
podría parecer el protagonista del relato y, sin embargo, permanece casi
siempre en segundo plano. Es recordado sobre todo como el hermano de Marta
y de María. No pronuncia una sola palabra. Su presencia es casi silenciosa,
y el momento en que reaparece queda resumido en una sola acción decisiva: el
muerto salió. Es un personaje marginal en apariencia, pero justamente ahí está
su fuerza. Sobre él recae la gran pregunta que el relato quiere abrir. No se
nos invita primero a fijarnos en su psicología, ni en su carácter, ni en su
historia personal. Se nos invita a mirarlo como hermano, como miembro de una
casa amada por Jesús, como aquel en cuya enfermedad y en cuya muerte se pone a
prueba la esperanza de todos.
Cuando un hermano enferma,
toda la comunidad queda interpelada
En esa familia,
que representa a la comunidad cristiana, sucede lo que tarde o temprano sucede
también en la nuestra:
un hermano enferma y muere. Y entonces la herida no es solo afectiva; es
también espiritual. La pregunta no brota de la curiosidad, sino del amor
herido.
¿Qué puede hacer
Jesús por un hermano al que ama cuando la enfermedad avanza? Y si ese hermano
muere, ¿queda roto para siempre el vínculo? ¿Termina ahí el amor de Jesús por
él, el amor de ese hermano por Jesús y el amor de la comunidad por quien ha
perdido? Esa es la verdadera cuestión. No estamos simplemente ante el problema
del dolor humano, sino ante una pregunta más honda: si el amor de Cristo es
verdadero, ¿qué sucede con él cuando llega la muerte?
El mensaje llega desde una casa cercana y herida
Jesús está en Betábara —בֵּית עֲבָרָה (Bet avará)—, el lugar
donde Juan bautizaba y donde Él mismo fue bautizado. Betania, en cambio, está
cerca de Jerusalén, en la ladera oriental del monte de los Olivos. Allí solía
retirarse Jesús cuando estaba en la ciudad. De modo que la noticia recorre una
distancia real, pero sobre todo lleva dentro una urgencia afectiva. No le están
enviando solo información. Le están diciendo, en el fondo: ven, haz algo, no
permanezcas lejos de quien tú amas. El mensaje lleva dentro el desgarro de
una casa que sabe que sola no basta.
Jesús no responde con prisa,
sino con una palabra que abre horizonte
Y, sin embargo,
Jesús no parte enseguida. Su primera reacción desconcierta: «Esta enfermedad no es de muerte». Nosotros
sabemos que Lázaro va a morir, y precisamente por eso la frase nos deja
perplejos. Pero Jesús no está negando el hecho biológico de la muerte.
Está enseñando a leerlo de otro modo. Para Jesús, esa muerte no es la meta
final, no es la última verdad sobre Lázaro, no es la última palabra sobre el
hombre. La enfermedad desembocará en una muerte visible, sí; pero no quedará
encerrada en ella. Lo que para nosotros parece un final sellado, para Jesús
se convierte en el lugar donde va a revelarse algo mayor.
La gloria de Dios no brilla en el poder,
sino en el amor
Aquí conviene
detenerse un momento, porque la palabra «gloria»
puede engañarnos. En el Evangelio, la gloria de Dios no consiste en
exhibirse, en imponerse o en provocar admiración. Dios es glorificado
cuando muestra quién es. Y lo que Él es, en lo más hondo, es amor. Su gloria no
se parece al aplauso de los hombres; se parece más bien a la revelación de
una fidelidad que no se retira. Por eso el momento en que esta gloria puede
manifestarse de manera suprema no es necesariamente el del éxito visible, sino
precisamente aquel en que la vida parece apagarse. Allí donde nosotros vemos
una puerta cerrada, Jesús empieza a hablar de revelación.
En la frontera de la muerte,
Dios prepara su respuesta
Por eso Jesús
no actúa movido por la precipitación, sino por una mirada más profunda. No
está desentendiéndose del dolor de aquella casa, ni retrasando fríamente su
ayuda. Está conduciendo a sus discípulos, y con ellos a toda la comunidad, a
comprender que la muerte no puede leerse solo con los ojos de la carne.
También allí, precisamente allí, en el borde donde el hombre siente que ya no
puede hacer nada, se prepara la manifestación de quién es Dios para nosotros. Y
esa será la gran sorpresa del relato: no solo que Jesús ama a los suyos,
sino que su amor entra justamente donde parecía que ya no quedaba nada por
hacer.
Ahora estemos
atentos a ver qué hace Jesús después de haber recibido la noticia de la
enfermedad de ese hermano al que ama.
Cuando Jesús no llega a tiempo,
nuestra fe queda al descubierto.
«Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos
días más en el lugar donde se encontraba. Al cabo de ellos, dijo a sus
discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea». Replicaron
los discípulos: «Rabbí, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves
allí?». Jesús respondió: «¿No tiene el día doce horas? Si uno anda de día, no
tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza,
porque no hay luz en él». Tras decir esto, añadió: «Nuestro
amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle». Le dijeron sus discípulos:
«Señor, si duerme, ya se curará». Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos
creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo
abiertamente: «Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros de no haber estado
allí, para que creáis. Pero vayamos allá». Entonces Tomás, llamado el Mellizo,
dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él».
Nosotros habríamos
esperado otra reacción. Al recibir la noticia, lo normal habría sido que
Jesús partiera enseguida hacia Betania. Es lo que habríamos hecho cualquiera de
nosotros: si un amigo está mal y todavía podemos hacer algo por él, salimos sin
perder tiempo. Sin embargo, Jesús se queda dos días más en Betábara —בֵּית עֲבָרָה (Bet avará)—. Y ahí
nace el desconcierto. Si ama de verdad a Lázaro, ¿cómo puede dejarlo morir sin
intervenir? Esa será precisamente la queja de las dos hermanas. Y, a decir
verdad, no solo de ellas. También nosotros conocemos esa herida: la del
Señor ausente cuando más se le necesita.
Porque cuando
alguien enferma, cuando la situación se complica, cuando aparece el dolor o el
peligro, nosotros rezamos para que Él haga algo. Y no pocas veces parece que no
lo hace. Aquí da la impresión de que a Jesús no le importa la vida de su amigo.
Marta y María esperan de Él lo mismo que esperamos también nosotros: que se
mueva, que intervenga, que responda a la súplica. Cuando eso no sucede, la fe
se tambalea y empieza a asomar una sospecha amarga: si realmente nos quiere,
¿por qué no actúa?
Jesús no ha venido a impedir la muerte,
sino a atravesarla con nosotros.
Ahí es donde Juan
quiere llevarnos con mucho cuidado. Si no entendemos esto, alimentaremos
esperanzas equivocadas. Jesús no ha venido a impedir la muerte biológica.
No ha venido a interrumpir el curso natural de una vida humana que,
precisamente por ser humana, termina en la muerte. No ha venido a darnos una
especie de inmortalidad corporal indefinida. Eso no sería salvar al hombre,
sino arrancarlo de su condición. En el fondo, nos deshumanizaría un poco; y
no deja de tener su gracia pensarlo: eternamente aquí, con nuestros achaques,
nuestras prisas y nuestras manías… no parece exactamente el paraíso. El hombre
es mortal. Esa es su condición. Y por eso Jesús deja morir a Lázaro.
Después dice a los
discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea».
Y entonces aparece en ellos el miedo. Volver a Judea es exponerse a la
muerte, porque ya han decidido acabar con Jesús, y con Él también corren
peligro quienes lo acompañan. Por eso intentan disuadirlo. Su reacción no
es extraña. El miedo a la muerte es comprensible en quien todavía no ha
recibido la luz de la Pascua. Quien no tiene esa luz, después de la muerte
no ve más que la oscuridad del sepulcro.
Antes de Pascua,
los discípulos ven la muerte desde abajo.
Jesús no cede ante
el temor de los suyos. Les dice: «¿No tiene
el día doce horas?». Es una imagen que habla de su propia
vida. Su jornada está llegando a su fin. El tiempo de caminar con la luz
visible se acorta. Por eso les advierte que hay que caminar mientras hay luz,
porque cuando llega la noche, el que anda a oscuras tropieza. No se trata
solo de una observación sobre el día y la noche. Jesús está diciendo que hay
una manera de vivir orientados por la luz de Dios y otra de quedarse encerrados
en la lógica del miedo.
La muerte se asemeja al sueño:
también se despierta.
Luego añade con
toda claridad: «Nuestro amigo Lázaro duerme;
pero voy a despertarle». Jesús emplea una imagen que, aunque
insuficiente, resulta preciosa. Para Él, la muerte se parece al sueño.
No porque la rebaje ni porque la convierta en algo banal, sino porque el
sueño no es definitivo: uno se duerme para despertar. Es verdad que toda
imagen se queda corta cuando intentamos hablar de la muerte, pero esta tiene
una fuerza especial. Y por eso, más tarde, será una imagen habitual entre los
cristianos.
Pablo, en la
primera carta a los Tesalonicenses, escribe: «No queremos que ignoréis lo
referente a los que han muerto» —literalmente, a “los que se han dormido”—
(cfr. 1 Tes 4, 13).
La palabra cementerio
viene del latín tardío coemeterium, que a su vez procede del griego
κοιμητήριον (koimētḗrion), es decir, “dormitorio”, “lugar
donde se duerme”. Y ese término está emparentado con el verbo κοιμάομαι
(koimáomai), “dormirse”. No es un detalle menor. Los primeros cristianos
quisieron llamar así al lugar de los muertos porque, a la luz de la Pascua, no
lo veían solo como un lugar de ausencia, sino como el sitio donde los hermanos
descansan en espera del despertar definitivo.
Los cristianos no
pensaron el lugar de los muertos como un depósito de ausencia, sino como el
lugar donde los hermanos descansan a la espera del despertar. Hemos vivido
como familia, nos hemos amado como en Betania, y por eso esperamos también
juntos el día en que Dios nos llame a la vida plena.
La gran pregunta no es si morimos,
sino qué hace Dios con nuestra muerte.
Los discípulos,
sin embargo, no entienden la imagen. Piensan en el descanso del enfermo, en
ese sueño que suele anunciar mejoría. Entonces Jesús habla sin rodeos: «Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros de no haber
estado allí». La frase desconcierta. Jesús ha dejado morir a
Lázaro y, además, dice que se alegra. Solo se puede entender si captamos desde
dónde está mirando Él. La muerte, en sí misma, no es un mal añadido desde
fuera, como si fuera un accidente extraño a la vida humana. Forma parte de
nuestra condición. La cuestión decisiva no es esa. La cuestión es qué hay
después. ¿Se permanece para siempre en el שְׁאוֹל (sheol), en los
infiernos, en ese segundo mundo del que hablábamos? ¿O Dios tiene
preparada una sorpresa que no cabe en nuestras previsiones, una plenitud de
vida y de alegría, ese tercer mundo que es su propio mundo?
Tomás toma
entonces la palabra en nombre de todos: «Vayamos
también nosotros a morir con él». Habla como quien todavía no ha
visto al Resucitado. Y, por eso, habla como hablamos tantas veces nosotros
cuando la muerte ocupa todo el horizonte: para él, morir sigue siendo el final
de todo. Todavía no puede imaginar otra cosa. Aún no ha pasado por la Pascua.
Quien escucha de verdad a Jesús
empieza a perder el miedo a la muerte.
Y el relato
continúa precisamente para mostrarnos qué hace Jesús ante la muerte de un
hermano, y qué descubre quien se toma en serio su palabra. El dolor seguirá
existiendo, y no se nos promete anestesia. El llanto no desaparece. La
herida tampoco. Pero el miedo cambia de sitio. Habrá miedo al
sufrimiento, sí; miedo a la separación, al vacío, al desgarro. Pero ya no
miedo a la muerte como última palabra.
Jesús se pone en
camino hacia Betania. Y aquí aparece un detalle extraño, pero muy importante,
que habrá que tener en cuenta. No entra en el pueblo. Se queda fuera. Y
hará, además, que los demás salgan de allí. No quiere que nadie permanezca
dentro de aquella aldea. Habrá que entender bien por qué actúa así. También ese
gesto forma parte del signo que está a punto de realizar.
Marta ante la muerte del hermano
Cuatro días en el sepulcro y una pregunta decisiva
«Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María se quedó en casa. Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora yo sé que Dios te concederá cuanto le pidas». Jesús replicó: «Tu hermano resucitará». Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día». Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección. El que crea en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto? Respondió ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo».
Lázaro lleva ya
cuatro días en el sepulcro. El evangelista no pretende darnos simplemente
la fecha exacta de la muerte. Ese número quiere subrayar que estamos ante
una muerte definitiva. Según la manera de pensar de aquel tiempo, durante tres
días todavía se podía imaginar un retorno del alma al cadáver; al cuarto día,
la muerte era ya irreversible. Por eso la pregunta se vuelve más aguda:
¿puede Jesús hacer algo por un muerto?
En Betania está
sucediendo lo que sucede también hoy en una casa de duelo. Muchos han acudido a
consolar a Marta y a María por su hermano (cfr. Jn 11, 19). Se repiten las
frases acostumbradas, las palabras de circunstancia, esas expresiones que
muchas veces se dicen con buena intención, pero que apenas alcanzan a tocar el
dolor verdadero: ánimo, la vida sigue, siempre se van los mejores, permanecerá
en nuestro recuerdo. Quizá, en ciertos momentos, sería más humano guardar
silencio. Hay dolores que se acompañan mejor con una presencia callada, con
un rostro serio, con unas lágrimas compartidas, que con explicaciones demasiado
rápidas.
Luego vienen los
ritos de despedida. También quien no cree necesita algún gesto, alguna palabra,
alguna forma de atravesar ese momento. Música, poemas, discursos, recuerdos en
voz alta. Son intentos de no dejar que la muerte tenga la última palabra sobre
la memoria del que se ha ido. También algunos cristianos se sienten atraídos
por esas formas, quizá porque a veces la vivencia creyente de ese momento se
empobrece y parece reducirse a una repetición monótona de fórmulas. Pero la
fe podría habitar ese dolor de otro modo: sin menos lágrimas, pero con más
hondura; sin menos verdad, pero con más esperanza.
Marta sale al encuentro de Jesús
con la herida abierta
A Betania llega la
noticia de que Jesús ha llegado, pero no ha entrado en la aldea ni se ha
dirigido al sepulcro. Entonces las dos hermanas reaccionan de manera
distinta. María permanece sentada en la casa. Marta, en cambio, sale. Marta
deja atrás la casa del duelo, deja el pueblo y va al encuentro de Jesús. Y
cuando lo encuentra, no cae a sus pies ni rompe a llorar de inmediato. Lo
enfrenta. Le echa en cara su ausencia: «Señor,
si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano».
En esa frase se
concentra todo: el dolor, la rabia, la decepción, la impotencia acumulada en
esos días. Marta no habla con calma teológica; habla como habla un corazón
herido. Y, en realidad, habla también por nosotros. Cuántas veces ha
brotado la misma protesta en labios creyentes: si Dios existe, ¿por qué ocurren
estas cosas? En el fondo, querríamos un Dios que corrigiera el mundo a
nuestra medida, que eliminara el mal, el sufrimiento y la muerte.
Pero el Evangelio
nos obliga a aceptar algo mucho más sobrio: Dios no actúa según nuestra idea de
omnipotencia. Y eso conviene aprenderlo bien, porque es justamente en esa
condición humana, sin maquillajes, donde la palabra de Jesús quiere enseñarnos
a comprender y a vivir.
La esperanza de Marta
todavía mira al último día
Después del
reproche, Marta añade: «Pero aún ahora yo sé
que Dios te concederá cuanto le pidas». Probablemente está
pensando en los grandes profetas, en Elías y Eliseo, que devolvieron la vida a
muertos recientes. Pero aquí la situación es otra. No se trata de alguien que
acaba de expirar. Estamos ante una muerte definitiva. De esa muerte no se vuelve
atrás.
Jesús le responde:
«Tu hermano resucitará». Y
Marta contesta enseguida: «Ya sé que
resucitará en la resurrección, el último día». Ella
interpreta las palabras de Jesús según la esperanza farisea de su tiempo.
Entre los grupos religiosos de Israel, los fariseos eran prácticamente los
únicos que mantenían una fe más definida en una vida futura. Los
sacerdotes del Templo, en cambio, no querían ni oír hablar de eso; su oración
estaba centrada en pedir a Dios bienestar para esta vida. Los fariseos, en
cambio, esperaban que, cuando Dios instaurara su Reino, los justos muertos
resucitarían para participar también de esa alegría.
Eso es lo que
Marta tiene en la cabeza. Pero esa idea no la consuela. Pensar que su hermano,
por haber sido justo, resucitará al final de los tiempos no alivia todavía la
herida de este momento. No es esa la palabra que ella necesita escuchar. Y, de
hecho, tampoco es eso exactamente lo que Jesús quiere decirle.
Jesús no ofrece una teoría:
se ofrece a sí mismo
Entonces llega el
centro del relato. Jesús le dice: «Yo soy la
resurrección. El que crea en mí, aunque muera, vivirá». La
muerte biológica llegará, y no es un mal en sí misma, porque forma parte de
nuestra condición humana. Pero la muerte biológica no tiene poder para
destruir la vida que Dios comunica. Quien cree en Jesús seguirá viviendo.
Jesús ya lo había
dicho en Cafarnaúm: «El que cree, tiene vida eterna» (cfr. Jn 6, 47). No
dice: la tendrá un día, como premio al final del camino. Dice: la tiene. Y
vuelve a insistir: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna»
(cfr. Jn 6, 54). Tampoco aquí dice “tendrá”. La vida eterna no aparece solo
al final, como una recompensa para quienes se portaron bien. Es un don gratuito
que Dios da desde ahora.
Dentro de esa vida biológica va creciendo otra:
la vida misma de Dios
La vida del Eterno
empieza ya en nosotros. No depende de la biología, no camina al ritmo de
nuestros años, no se agota cuando el cuerpo llega a su término. La vida
biológica sigue su curso; nace, madura, se desgasta y concluye. Pero dentro
de esa vida biológica va creciendo otra: la vida misma de Dios, que es amor,
que es Espíritu, que madura en nosotros como una criatura en el seno materno.
Esta existencia nuestra tiene algo de gestación. Aquí se forma en nosotros una
vida que un día se manifestará plenamente.
Jesús no ha venido
a resucitar cadáveres, sino a dar a los vivos una vida que no muere. Y lo dice de
nuevo con una frase deslumbrante: «y todo el
que vive y cree en mí no morirá jamás». Luego mira a Marta y le
pregunta: «¿Crees esto?».
La muerte, para el creyente,
es un nacimiento
Lo que nosotros
llamamos muerte, Jesús lo mira de otra manera. Ya que la muerte es la
segunda gran entrada en la vida. La primera, cuando venimos a este mundo.
La segunda, la definitiva, cuando entramos en el mundo de Dios. La
muerte es un paso doloroso, dramático, pero bendito, porque nos abre a la
contemplación de Dios, nuestro padre y nuestra madre. Nadie puede ver el
rostro de su padre y de su madre antes de nacer. Del mismo modo, solo al
atravesar el final de esta vida biológica llegamos a esa visión plena de Dios.
Y entonces Marta
responde con una de las confesiones de fe más hermosas del cuarto evangelio: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios, el que iba a venir al mundo». Jesús la ha conducido a
comprender qué sentido tiene, para quien cree en Él, la muerte de un hermano.
El dolor no ha desaparecido. La ausencia sigue doliendo. Pero Marta empieza a
mirar ese momento con otra luz.
María, mientras
tanto, permanece todavía en la aldea. Ahora será Marta quien invite a María
a salir de la casa del duelo para ir al encuentro de Jesús, como ella misma
acaba de hacer.
Marta ha salido
de la oscuridad del duelo
«Dicho esto, fue a llamar a su hermana María, y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama». Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús todavía no había llegado al pueblo; seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí. Cuando María llegó donde estaba Jesús y lo vio, cayó a sus pies y dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Viéndola llorar Jesús y observando que también los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y preguntó: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le respondieron: «Señor, ven y lo verás». Jesús se conmovió entre lágrimas. Los judíos comentaron entonces: «Mirad cómo le quería». Pero algunos de ellos dijeron: «Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?».
Al escuchar este
relato, quizá nos da la impresión de que algunos detalles no resultan del todo
verosímiles si se leen como simple crónica. Jesús se queda fuera. Marta vuelve
sola a Betania. Le dice a su hermana: «El
Maestro está ahí y te llama». Pero Jesús no le había dicho
nada. Ha sido ella quien ha tomado la iniciativa de ir a buscar a María,
de sacarla de la casa del duelo y de llevarla hasta Él. Y además se lo dice
en voz baja.
Tampoco conduce a
Jesús de nuevo a la casa que Él conocía tan bien. Como crónica, hay detalles
que desconciertan; como catequesis, en cambio, todo resulta luminoso.
Marta ha hecho un
camino interior,
ella antes estaba sumergida en el dolor de Betania, compartiendo el llanto de
quienes no tienen otra luz que la de una muerte definitiva, la de un hermano
perdido para siempre, la de unos vínculos de amor que parecen truncados sin
remedio. Pero en un momento dado ha salido de esa casa del duelo, de ese
espacio donde se repiten palabras que no logran consolar a nadie, y ha ido al
encuentro de Jesús. Allí ha recibido una luz nueva. Y esa luz le ha cambiado
la mirada: ha comprendido que su hermano no ha sido aniquilado, que sigue vivo,
y que el amor que los unía no ha quedado roto, sino llevado a una hondura que
ella antes no podía imaginar. Ha comprendido que quien cree en Cristo no
muere para siempre.
La luz recibida
no se guarda para uno mismo
Eso es
precisamente lo que hace el verdadero creyente cuando ha sido iluminado por
Cristo: no se queda la luz para sí. Siente el deseo de que también el otro
haga la misma experiencia. Por eso Marta sale corriendo a buscar a su hermana. Quiere
que el hermano, o la hermana, salga también de la casa del duelo y vaya al
encuentro del Señor. No porque vaya a dejar de llorar sin más. Las lágrimas
seguirán cayendo, porque la separación física duele, y duele de verdad. Pero
ya no serán las lágrimas desesperadas de quien piensa que todo ha terminado.
Serán lágrimas atravesadas por otra esperanza.
Marta, por tanto,
no vuelve a Betania simplemente para informar. Vuelve para llamar. Quiere
que también María salga de allí y reciba la misma luz que ella ha recibido.
Ese es el movimiento del creyente: después de haber sido alcanzado por la
palabra de Cristo, desea que otros puedan escucharla también.
Las cosas decisivas se dicen en voz baja
El evangelista Juan
subraya que Marta habla a María en voz baja. Ese detalle es muy hermoso.
Hay experiencias espirituales que no se pueden gritar. Hay palabras que
no se pueden lanzar desde lejos, ni convertir en eslogan, ni discutir como si
fueran un tema de plató o de tertulia. El sentido de la vida, el misterio de
la muerte, la esperanza última del hombre, son realidades que se comunican casi
siempre en voz baja, en el diálogo personal, en el clima del silencio, cuando
el corazón está herido y a la vez disponible.
La fe no se impone
a voces. Se susurra muchas veces como una invitación. Y así es como Marta llama
a María: no la arrastra, no la sacude, no la corrige. La invita. La
despierta suavemente para que salga al encuentro del Maestro.
No todos llegan a la luz del mismo modo
ni al mismo tiempo
También aquí el
relato es profundamente verdadero. Las dos hermanas no han salido juntas de
Betania. Primero una, después la otra. Cada una tiene su tiempo, su herida, su
ritmo, su manera de llegar hasta Jesús. No todos hacemos el mismo camino
interior al mismo tiempo. Uno recibe antes una palabra que lo sostiene;
otro necesita todavía permanecer un rato más en el llanto. Uno sale primero;
otro lo hará después, quizá precisamente porque ha sido llamado por quien ya ha
recibido luz.
Y eso también
forma parte de la pedagogía de Dios. No nos conduce a todos por el mismo
sendero ni con la misma velocidad. Nos acompaña personalmente, y a menudo
se sirve de la fe ya iluminada de un hermano para llamar a otro.
La casa del duelo empieza a vaciarse
María, cuando
escucha la invitación, se levanta y va enseguida hacia Jesús. Los judíos que
estaban con ella, al verla levantarse con tanta rapidez y salir, la siguen.
Piensan que va al sepulcro a llorar. Pero, en realidad, el relato sugiere algo
más hondo: la casa del duelo empieza a vaciarse. Todos acaban yendo hacia el
lugar donde está Jesús. Todos, de un modo u otro, se ponen en camino hacia
la luz que ha consolado a Marta.
Es una imagen muy
bella. La casa del duelo no es el lugar donde el Evangelio quiere dejarnos
instalados. El dolor existe, la muerte hiere, el llanto es verdadero; pero
la comunidad está llamada a salir de ahí y a ir hacia Cristo. No para negar
la herida, sino para que esa herida sea mirada desde otra luz.
María
llora,
pero
Marta ya no llora igual
Cuando María llega
a donde está Jesús, repite las mismas palabras que había dicho su hermana: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría
muerto». Son las palabras de todos nosotros. Expresan el
deseo de un Dios que intervenga cuando se lo pedimos y cambie las cosas según
nuestra necesidad. Pero, a diferencia de Marta, María rompe a llorar a los
pies de Jesús. Y con ella lloran también los judíos que la habían seguido. Marta,
en cambio, ya no aparece llorando. El dolor sigue en ella, pero ya no está
encerrada en la misma oscuridad.
La razón por la que Jesús se estremece
Al ver ese llanto,
Jesús se estremece profundamente. ¿Por qué? Porque esa manera de entender la
muerte es peligrosísima. Si uno piensa que la muerte es el final de todo,
que con ella se derrumba todo el sentido de la vida y que todo el amor
construido queda definitivamente aniquilado, entonces ya no puede vivir de
verdad como creyente. No puede entregarse plenamente al amor si sabe —o
cree saber— que al final todo será tragado por la nada.
Jesús pregunta dónde lo han puesto
Entonces Jesús
dice: «¿Dónde lo habéis puesto?».
La pregunta va más allá del lugar físico. En el fondo está preguntando:
¿dónde pensáis que ha terminado Lázaro? ¿Creéis que su historia ha quedado
encerrada para siempre en el sepulcro? ¿Pensáis que todo termina ahí? Ellos le
responden: «Señor, ven y lo verás».
No todos lloran del mismo modo
Y entonces Jesús
llora. El evangelista distingue aquí el llanto de Jesús del llanto de María y
de los judíos. No es el mismo verbo. Cuando se refiere a Jesús el texto griego
lo expresa así: «ἐδάκρυσεν ὁ Ἰησοῦς»; se emplea el verbo griego δακρύω
(dakrýō) significa “derramar lágrimas”, son lágrimas que
brotan silenciosas, no son un grito desesperado, son lágrimas silenciosas,
no es un lamento ruidoso. Las lágrimas de Jesús son lágrimas que caen porque el
dolor existe, porque la muerte hiere, porque el amor verdadero sufre ante la
separación. Son lágrimas contenidas, hondas, solidarias. Mientras que el llanto
de María y de los judíos se emplea este otro verbo κλαίω (klaíō)
que significa ‘llorar a gritos’, aparece el llanto desgarrado de
quien todavía no ha recibido la luz (cfr. Mc 5, 38-40; Lc 8, 52-53; Mt 9,
23-24).
Las lágrimas de Jesús
no nacen de la desesperación
Es importante
detenerse aquí. Jesús no reprime las lágrimas. Tampoco las convierte
en espectáculo. Llora. Y al hacerlo nos enseña que la fe no elimina el
dolor ni nos vuelve de piedra. La muerte sigue siendo un acontecimiento
dramático, y por eso pide respeto, compasión, cercanía, silencio, lágrimas
compartidas. A veces las palabras sobran. Las lágrimas, en cambio, dicen la
verdad del amor.
Por eso, cuando
Jesús llora, los presentes interpretan bien ese gesto: «Mirad cómo le quería». Han entendido
que esas lágrimas no son debilidad, sino amor.
Sin embargo,
enseguida vuelven a su manera habitual de pensar: «Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho
que éste no muriera?». Siguen imaginando a Dios solo como
quien puede prolongar la vida biológica. Pero no consiste en eso la
victoria sobre la muerte. No sería verdadera victoria estirar indefinidamente
una vejez interminable. No es eso lo que Jesús ha venido a traer.
La victoria de Cristo
no consiste en alargar esta vida
El relato nos está
conduciendo con mucha delicadeza hacia el centro. Jesús no ha venido
simplemente a evitar que muramos. Ha venido a revelar que la muerte no tiene
la última palabra sobre quien vive unido a Él. Por eso llora con nosotros,
pero no como quien se rinde ante el sepulcro. Ama, sufre, comparte nuestras
lágrimas, y al mismo tiempo prepara una revelación más grande.
Atendamos ahora para darnos cuenta qué hace Jesús cuando llega a la tumba de Lázaro.
Quitar la piedra
La piedra no puede seguir separando dos mundos.
«Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue
al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dijo Jesús: «Quitad
la piedra». Marta, la hermana del muerto, le advirtió: «Señor, ya huele; es el
cuarto día». Replicó Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de
Dios?». Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y
dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Bien sé que tú siempre me
escuchas; pero lo he dicho por éstos que me rodean, para que crean que tú me has
enviado». Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro,
sal afuera!». El muerto salió, atado de pies y
manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo
y dejadle andar».
Cuando Jesús llega
al sepulcro, da una orden: «Quitad la piedra».
Esa piedra separa, a los ojos de todos, el mundo de los vivos y el mundo de los
muertos. Y Jesús quiere que esa separación ya no sea pensada como un muro
definitivo. Porque Dios ha dado al hombre su misma vida, y por eso, ante Él, no
hay seres cancelados para siempre, sino vivientes llamados a plenitud. Lo
que nosotros llamamos muerte, para Jesús, no es un final cerrado, sino un paso
de la vida a la vida.
Quitar la piedra para aprender
a mirar de otra manera
La reacción de
Marta vuelve a ser la nuestra: «Señor, ya huele;
es el cuarto día». Es como si dijera: no idealicemos las cosas;
Lázaro está verdaderamente muerto. Y, sin embargo, precisamente ahí está la
dificultad. Cuesta mucho quitar esa piedra. Cuesta dejar de pensar en el
hermano como en alguien perdido, encerrado para siempre en el sepulcro. Pero,
si no se retira esa piedra, uno corre el riesgo de seguir hablando con un
muerto, de seguir buscándolo donde ya no está, de seguir llorando como si todo
hubiera terminado. Jesús quiere llevar a Marta a una mirada nueva: no estás
ante un ausente absoluto; estás ante un viviente en Dios.
«¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». Marta cree, sí, pero su fe todavía vacila. Como la nuestra. Cree, pero se pregunta si será verdad, si podrá realmente fiarse de esa palabra. También nosotros vivimos muchas veces en esa frontera: creemos, pero con un temblor dentro; confiamos, pero sin acabar de soltar la piedra. Y, sin embargo, Jesús insiste: «Quitad la piedra». Porque solo quien se atreve a retirarla empieza a entrever la gloria de Dios, es decir, el destino de vida que Él ha preparado para sus hijos.
La voz de Jesús no llama a un cadáver:
llama a un hombre a la vida.
Entonces retiran
la piedra. Jesús levanta los ojos al Padre y grita con voz fuerte: «¡Lázaro, sal afuera!». No se trata de
imaginar un grito material, casi teatral. El evangelista está expresando con
esa imagen la fuerza victoriosa de la palabra de Cristo. Es la voz del Señor
que irrumpe allí donde parecía reinar definitivamente la muerte.
Y el texto dice
algo muy significativo: no dice “Lázaro salió vivo”, sino «el muerto salió». Sale todavía con
todos los signos de la muerte: las manos y los pies atados, el rostro cubierto
con el sudario (cfr. 2 Sm 22, 5-6; Sal 18, 4-6; Sal 116, 3; Hch 2, 24).
Si esto fuera una
simple crónica, nos fijaríamos enseguida en detalles que aquí no interesan: cómo
pudo moverse estando atado, qué dijo Lázaro, cómo reaccionó la gente, qué
sintió al volver, qué había visto en aquellos cuatro días. Pero Juan no
está escribiendo un reportaje. Está comunicando la verdad central de nuestra
fe: en Cristo, la muerte ha sido vencida.
Por eso Lázaro
sale en silencio. No dice nada. No explica nada. No se convierte en el centro
de la escena. El centro sigue siendo la palabra de Jesús, la única capaz de
llamar fuera del sepulcro.
Soltar al hermano
El amor verdadero no retiene: confía y deja ir.
Jesús añade: «Desatadlo y dejadle andar». Esta palabra
va dirigida a la comunidad, representada en las dos hermanas. Es la
comunidad la que tiene que desatar al hermano y dejarlo ir. No debe seguir
reteniéndolo como si todavía fuera un muerto atrapado aquí abajo. Tiene que
entregarlo a Dios.
Y hay muchas
formas de retener al difunto. Algunas parecen normales, incluso nobles, pero
pueden esconder una dificultad profunda para creer lo que el Señor nos ha
dicho. Está bien conservar algún recuerdo de la persona amada. El amor necesita
memoria. Pero no es lo mismo guardar un signo que quedar encerrados en un
culto doloroso a lo que ya pasó: abrir una y otra vez los armarios,
aferrarse a cada objeto, volver una y otra vez al llanto como si la vida
hubiera quedado detenida allí. A veces también eso es no soltar. Y el Evangelio
nos dice con delicadeza, pero con firmeza: desátalo, déjalo ir.
Otra forma de
retenerlo puede ser un apego desordenado al cuerpo, como si la
verdad última de la persona siguiera ahí. El cadáver merece respeto, bendición,
incienso, gratitud. Pero no adoración encubierta ni una especie de culto que
confunda las cosas. Las reliquias de los santos pertenecen a otra lógica
muy distinta; no tienen nada que ver con un intento de retener a quien amamos
como si aún pudiéramos poseerlo.
También se puede
retener a un difunto guardando en el corazón un agravio que nunca fue entregado. Seguir
alimentando una herida, seguir conversando interiormente con el reproche,
seguir dejando al hermano atrapado en el recuerdo de lo que nos hizo. También
ahí el Señor dice: desátalo. Déjalo ir. No lo sujetes ni siquiera con la cadena
de tu resentimiento.
Y hay modos
todavía más dolorosos de no soltar: buscar al difunto por caminos que no son
de Dios, como ocurre cuando se recurre a médiums o a prácticas semejantes,
tantas veces movidas por un amor herido que no sabe dónde apoyarse. El
Evangelio invita a otra cosa: entrégalo al Padre. Está en manos mejores que las
nuestras.
No se encuentra al hermano en la tumba,
sino en Dios.
También conviene
purificar nuestra relación con el cementerio. El cementerio es un lugar digno,
santo incluso en cierto sentido, porque allí reposan unos restos humanos que la
Iglesia ha bendecido y honrado. Merece respeto, silencio y oración. Pero la persona
amada no queda reducida a ese lugar. No la encontramos de verdad quedándonos
allí como si todo dependiera de esa presencia física. La encontramos en
Dios, y de un modo altísimo en la comunión eucarística, donde la Iglesia se
reúne como familia de vivos.
Hay, además, otra
manera muy sutil de retener al difunto: dejar de vivir. Algunas personas lo
expresan con una sinceridad desgarradora: “¿Cómo voy a volver a alegrarme?
¿Cómo voy a participar en una fiesta si mi esposo, mi hijo, mi madre, ya no
están?”. Y, sin embargo, también ahí el Señor nos pide un acto de fe.
Continúa viviendo. No traicionas al que amas por seguir adelante. Al
contrario: el amor verdadero se alegra de tu vida. Quien está en Dios no
desea verte hundido, sino de pie.
Cuando el final cambia de sentido
Quiero terminar
evocando una losa funeraria que hoy se conserva en el Lapidario Cristiano de
los Museos Vaticanos. Cierra la tumba de un niño llamado Siddi, sepultado en el
año 431, y lleva una inscripción breve, torpe incluso en su factura, pero de
una fuerza conmovedora: aquel niño fue “llamado en paz”. La piedra
muestra la cruz con el monograma de Cristo, ΧΡ (ji-ró), una corona de laurel y
dos palomas; y, en los extremos, aparecen Α (alfa) y Ω (ómega) en orden
invertido. No es un capricho decorativo. Es una confesión de fe: donde
nosotros tendemos a ver un final, los primeros cristianos aprendieron a
reconocer un comienzo. Por eso invierten el orden. Porque, a la luz de
Cristo, Ω (ómega) puede convertirse en Α (alfa): el término de esta vida no
como caída en la nada, sino como ingreso en la paz del Señor. Aquellos
padres no negaron el desgarro de perder a un hijo; lo atravesaron confesando
que su pequeño no había sido tragado por el sepulcro, sino acogido por Cristo.
Y quizá eso sea también lo que el Evangelio quiere enseñarnos, muy despacio y
entre lágrimas: que la fe no borra el dolor, pero nos permite mirar la
muerte sin entregarle la última palabra.





