domingo, 12 de julio de 2026

Capítulo 3ºA -Amar sin perderse; Madurez, Noviazgo y Vida Compartida en tiempos líquidos

 

Amar sin perderse

Madurez, noviazgo y vida compartida en tiempos líquidos

Capítulo 3ºA

La voluntad:

Aprender a elegir el bien cuando no apetece

Escucha aquí el episodio completo:

 

Susana tiene veinticinco años y ha decidido levantarse pronto.

No es una decisión pequeña, ni una de esas frases que uno se dice para quedar bien consigo mismo mientras, en el fondo, sabe que no piensa cambiar gran cosa. Es una decisión tomada por la noche, con esa lucidez tan particular que aparece cuando el día ya ha terminado, la habitación está en silencio y la vida, vista desde la almohada, parece mucho más fácil de ordenar que cuando uno tiene frío, sueño y una alarma sonando cerca de la oreja.

A las once y media, Susana ve clarísimo que al día siguiente empezará una etapa nueva. Se levantará antes, rezará diez minutos, desayunará sin mirar el móvil, estudiará con calma, llegará puntual, no vivirá tan pendiente de Rodrigo y, si el día acompaña, incluso hará algo con esa silla de su habitación que hace tiempo dejó de ser silla para convertirse en una montaña textil con aspiraciones de cordillera.

Para reforzar el propósito pone tres alarmas. A la primera la llama: “Levántate”. A la segunda: “No negocies”. A la tercera, con un realismo admirable: “Susana, por favor”.

El plan parece serio. El problema de los planes nocturnos es que tienen que enfrentarse a una criatura poco dada a la mística, el del despertador de las siete de la mañana.

Cuando suena la primera alarma, Susana abre un ojo y descubre que la mujer decidida de la noche anterior ha desaparecido sin dejar instrucciones. La cama, que a las once era simplemente una cama, a las siete se ha convertido en una institución de beneficencia. Suena la segunda alarma, “No negocies”, pero Susana ya está negociando. Cuando llega la tercera, “Susana, por favor”, tiene un instante de lucidez, de esos que duran poco, pero dicen mucho: “Qué bien me conocía anoche”.

Cinco minutos más. Luego otros cinco. Después una mirada rápida al móvil, solo para ver la hora. Ya que está, ve un mensaje. Ya que ha visto un mensaje, abre una aplicación. Ya que ha abierto una aplicación, mira dos cosas. Cuando quiere darse cuenta, no está descansando ni levantándose; está perdiendo la mañana con una mezcla de sueño, culpa y promesas de empezar mañana.

El mañana, pobre, lleva años cargando con conversiones que no le pertenecen.

Rodrigo, que tiene veinticuatro, vive esa misma tarde su propia versión de la alarma aplazada. No suena ningún despertador, pero sí una conversación pendiente. Susana le ha pedido hablar con calma sobre ellos: ¿Cómo están?, ¿hacia dónde van?, ¿qué lugar tiene la fe en la relación?, ¿cómo quieren cuidar los límites?, ¿si lo suyo camina hacia algo serio o si simplemente se quieren mucho mientras evitan mirar las preguntas importantes?

Rodrigo no es un irresponsable. Él quiere a Susana. De hecho, ha preparado mentalmente varias frases. Algunas incluso suenan bastante maduras. El problema es que, cuando llega la hora, la madurez mental no le baja a los pies. Se sirve agua. Mira el móvil. Responde a un amigo. Abre una red social. La cierra. La vuelve a abrir. Y en algún lugar de dentro aparece una frase prudente, muy presentable, casi elegante:

¿Lo dejamos para otro día? Hoy estoy un poco saturado”.

A veces es verdad. Hay días en que conviene descansar antes de hablar, porque abrir una conversación delicada con el corazón lleno de ruido puede convertir una pregunta sencilla en un incendio. Pero Rodrigo empieza a sospechar que su “hoy estoy saturado” se parece demasiado a otras frases que lleva usando desde hace tiempo: “ahora no es buen momento”, “ya hablaremos”, “no quiero forzar nada”, “me agobia poner etiquetas”, “vamos viendo”.

Y sin ninguna aparición luminosa, sin música de fondo y sin que se abra el cielo, entiende algo muy sencillo: Quizá no está siendo prudente; quizá está huyendo.

Susana no se levanta. Rodrigo no habla.

No ha ocurrido una tragedia. Nadie tiene que convocar una rueda de prensa. Pero en esos dos gestos pequeños se esconde una lección enorme: Muchas veces no nos falta saber qué conviene; nos falta libertad interior para hacerlo.

Uno puede saber que necesita rezar y dejar la oración para un momento ideal que nunca llega. Puede saber que debe pedir perdón y seguir esperando a que el otro dé el primer paso. Puede saber que una conversación pendiente está dañando una relación y posponerla con una habilidad casi artística. Puede saber que una costumbre le esclaviza, que una pantalla le roba descanso, que una mentira pequeña está creciendo, que una mirada le ensucia por dentro, que una excusa se ha convertido en refugio, y aun así continuar igual. No siempre falta luz. Muchas veces falta voluntad.

Y la voluntad, cuando se entiende bien, no es una palabra triste ni una especie de policía interior empeñada en quitarle alegría a la vida. No es rigidez, voluntarismo, dureza de carácter ni cara de pocos amigos. La voluntad es la capacidad de orientar la libertad hacia el bien cuando el cansancio, el miedo, la comodidad o el deseo inmediato tiran en otra dirección. Es esa fuerza humilde que permite pasar del “sé que esto sería bueno” al “voy a hacerlo”, aunque no me apetezca, aunque me cueste, aunque tenga que empezar pequeño.

Sin voluntad, el amor se queda en intención. Con voluntad, el amor empieza a tomar cuerpo.

1.- La libertad no es obedecer

todo lo que siento

Pocas palabras se usan tanto y se piensan tan poco como la palabra libertad. La pronunciamos con seguridad, como si bastara decir “soy libre” para que cualquier decisión quedara automáticamente justificada. A veces llamamos libertad a no dar explicaciones, a no comprometernos, a seguir el impulso, a romper cuando algo incomoda, a vivir sin límites o a no permitir que nadie cuestione lo que sentimos.

Pero hay una libertad que parece libertad y no lo es. Es la libertad del impulso. La libertad de “hago lo que me apetece”. La libertad de “si lo siento, será verdadero”. La libertad de “nadie me dice nada”. Vista de lejos parece independencia; vista de cerca, muchas veces, es esclavitud.

Susana dice ser libre con el móvil…

Susana se siente libre cuando mira si Rodrigo ha contestado. Nadie la obliga, nadie la vigila, nadie le impide dejar el móvil encima de la mesa. Pero en el fondo Susana sabe que no lo hace desde la paz, sino desde una inquietud que le exige comprobar, revisar, asegurarse, volver a mirar. Cada mirada la tranquiliza durante unos segundos y luego la deja peor, como beber agua salada: Alivia un instante y aumenta la sed.

Rodrigo dice ser libre aplazando conversaciones…

Rodrigo se siente libre cuando aplaza una conversación. Nadie le impide hablar, nadie le obliga a huir. Pero si cada vez que aparece una pregunta seria él desaparece, cambia de tema o se refugia en una broma, quizá no está eligiendo libremente; quizá está obedeciendo al miedo.

La verdadera libertad es…

La verdadera libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino la verdadera libertad consiste en poder elegir el bien. Si cada vez que me enfado digo lo primero que se me ocurre, no soy libre; estoy en manos de mi ira. Si cada vez que me siento solo me agarro a cualquiera, no soy libre; estoy en manos de mi miedo. Si cada vez que deseo algo lo tomo sin preguntarme si es bueno, verdadero o respetuoso, no soy libre; estoy en manos de mi deseo. Si cada vez que tengo que pedir perdón espero a que el otro dé el primer paso, no soy libre; estoy en manos del orgullo.

Susana empieza a entenderlo una noche en la que Rodrigo tarda en responder. Antes habría mirado veinte veces el móvil, habría interpretado el silencio como abandono y habría escrito un mensaje con más reproche que verdad. Esa noche lo coge, lo desbloquea, ve que no hay respuesta y siente la punzada de siempre. Pero Susana en vez de escribir, deja el móvil en la cocina. No lo hace con serenidad de santa de vidriera. Lo hace casi enfadada, como quien deja una tentación lejos porque sabe que, cerca, gana ella. Vuelve a su habitación. A los diez minutos sale al pasillo. Se detiene. Se ríe un poco de sí misma. Regresa. Reza un Avemaría distraída. No siente una paz espectacular, pero no mira.

A la mañana siguiente Rodrigo responde con normalidad. No había pasado nada. Susana descubre algo pequeño y enorme, que no todo silencio es abandono, aunque su herida lo sienta así.

Rodrigo aprende algo parecido una tarde en la que Susana le pregunta si pueden hablar de los límites en su relación. No lo hace para ponerle un examen, sino porque quiere que el cariño, el deseo, el cuerpo y la fe caminen juntos, sin engañarse. Rodrigo siente vergüenza. También siente la tentación de quitar hierro con una broma: “¡Uf!, ¡qué intensa te pones!”. La frase ya está en la puerta de salida. Pero no la deja salir. Bebe agua, mira a Susana y dice algo menos brillante, pero más verdadero: Me cuesta hablar de esto, pero creo que tenemos que hacerlo bien”. Esa pequeña pausa es libertad.

La libertad madura no pregunta solo qué me apetece, sino qué me construye, qué me hace más verdadero, qué me permite amar mejor, qué me acerca a Dios, qué cuida mi dignidad y la dignidad del otro. Esa pregunta no apaga la vida; la despierta. No mata la espontaneidad; la purifica. No convierte a la persona en una estatua; la hace más dueña de sí.

La voluntad introduce una novedad sencilla y revolucionaria: Permite no responder como siempre.

2.- Las pequeñas promesas

también educan el amor

La voluntad trabaja en lugares poco vistosos. No suele aparecer en las fotos, no recibe muchos aplausos y rara vez tiene la emoción de los grandes momentos. Se parece más a una llave pequeña que a una puerta monumental, pero sin esa llave muchas puertas importantes no se abren.

Está en levantarse cuando uno había decidido levantarse. En cerrar una aplicación cuando todavía apetece otro vídeo. En no mandar un mensaje escrito desde la herida. En llegar puntual no por obsesión, sino por respeto. En estudiar cuando no hay inspiración. En cumplir una palabra, aunque nadie esté mirando. En pedir perdón antes de que el orgullo haya terminado de preparar su defensa. En ir a misa sin una emoción especial, no por rutina vacía, sino porque uno sabe que la fidelidad también se alimenta en días secos. En no usar el cansancio como permiso para tratar mal. En volver a empezar después de caer.

Susana lo descubre una tarde cualquiera. Ha quedado con Rodrigo para tomar café después del trabajo. Ella llega cansada, con la cabeza llena y con ganas de que él esté especialmente atento. Rodrigo llega diez minutos tarde. No media hora, no una catástrofe, solo diez minutos. Viene acelerado, pide perdón y explica que se le ha alargado una gestión. Además, mientras pide los cafés, recuerda cómo le gusta a ella; con leche, poco azúcar y sin esa espuma que Susana siempre aparta como si fuera una amenaza.

Ese detalle la enternece. Pero la herida no desaparece tan rápido. Mientras Rodrigo está en la barra, Susana escribe en el móvil: “Da igual, total, siempre hay algo antes que yo”. Lo lee. Se escucha por dentro. Sabe que ese mensaje no busca explicar; busca cobrar una deuda emocional. No lo envía, sino que lo borra. Respira. Cuando Rodrigo vuelve a la mesa, le dice con menos elegancia de la que le habría gustado, pero con más verdad: “Sé que has pedido perdón y que no ha sido para tanto, pero me ha tocado una inseguridad. Necesito decirlo sin montarte un juicio”.

Rodrigo no responde perfecto. Al principio se defiende un poco, porque el orgullo suele llegar antes que la humildad. Pero se detiene y dice: “Tienes razón. No quiero que sientas que eres lo último. Y también necesito que no todo retraso se convierta en prueba contra mí”.

Hablan. No resuelven toda su vida, pero no se hieren. Eso fue voluntad. En los dos.

No una voluntad de mármol, no una escena ideal, no una conversación de manual. La voluntad real suele tener torpezas, pausas, frases a medio mejorar y alguna defensa que se escapa. Pero allí, en esa mesa de cafetería, los dos eligieron no dejar que la herida dirigiera sola.

Rodrigo vive su propia lección unos días después. Había prometido a Susana que esa noche hablarían un rato por teléfono, no para controlarse ni para vivir pegados, sino porque llevaban días cruzándose mensajes rápidos y los dos notaban que necesitaban una conversación real. A las diez y media está cansado. Muy cansado. Ve una llamada perdida de un amigo, entra en una conversación, se tumba un momento y piensa: “Bueno, tampoco pasa nada si lo dejo para mañana”.

Entonces ve el mensaje de Susana: “Cuando puedas, hablamos un rato”.

Se queda mirando la pantalla. No tiene ganas. Pero recuerda que no es la primera vez que pospone algo pequeño. Llama. No es una conversación larguísima ni profunda. Hablan quince minutos. Ella le cuenta algo del día. Él le dice que está cansado, pero que quería cumplir lo que había dicho. Susana lo agradece. No con una frase solemne, sino con un “gracias por llamar, sé que hoy te costaba”. Puede parecer poco. No lo es.

Muchas relaciones no se rompen solo por grandes traiciones, sino por pequeñas promesas descuidadas que van enseñando al otro a no esperar demasiado. Y muchas relaciones se fortalecen por lo contrario: Por pequeñas promesas cumplidas cuando no apetecía.

La voluntad no siempre hace cosas grandes. Muchas veces salva lo pequeño antes de que lo pequeño se convierta en distancia.

3.- Deseo, impulso y decisión:

No todo lo que pide paso debe mandar

Una parte importante de la madurez consiste en distinguir lo que dentro de nosotros aparece mezclado. No todo lo que sentimos tiene el mismo valor, ni todo lo que deseamos debe convertirse inmediatamente en acción. Hay deseos buenos que necesitan educación, impulsos que piden freno y decisiones que requieren luz.

El deseo forma parte de nuestra humanidad. Deseamos amor, compañía, intimidad, reconocimiento, descanso, belleza, hogar, sentido. No hay que mirar el deseo como si fuera un enemigo. Dios no nos ha creado de piedra. El deseo habla de nuestra apertura a algo más grande, de nuestra necesidad de plenitud, de nuestra capacidad de ser atraídos por el bien. El problema comienza cuando el deseo deja de ser escuchado y pasa a ser obedecido sin discernimiento.

El impulso, en cambio, tiene prisa. No suele preguntar demasiado. Empuja: escribe ya, contesta ya, mira ya, compra ya, toca ya, huye ya, vuelve ya, corta ya, promete ya. El impulso busca alivio inmediato, no necesariamente bien verdadero.

Susana desea sentirse segura con Rodrigo. Ese deseo es legítimo. Quiere saber que él está, que la quiere, que no juega con ella, que la relación tiene dirección. Pero el impulso le dice que mida el amor de Rodrigo por la rapidez de una respuesta, por el tono exacto de un mensaje, por la cantidad de veces que él toma la iniciativa.

Rodrigo desea conservar su libertad, algo bueno y necesario. Pero el impulso le empuja a confundir libertad con distancia, prudencia con evasión y discernimiento con aplazamiento indefinido.

Una noche, después de una pequeña discusión, Susana escribe un mensaje larguísimo. No es un mensaje; es una tesis doctoral del reproche, con introducción, antecedentes, pruebas documentales, interpretación psicológica y conclusiones demoledoras. Lo lee entero antes de enviarlo. Al llegar al final, se da cuenta de que aquel texto no busca dialogar, sino vencer. No quiere que Rodrigo entienda; quiere que se sienta culpable. No lo envía.

Lo copia en una nota privada y, debajo, escribe:

Esto es lo que siento cuando estoy herida. Mañana tengo que hablar, pero no así”.

Al día siguiente, después de rezar mal —porque reza mal, distraída y con pocas ganas—, le dice a Rodrigo algo más sencillo: “Anoche estaba muy enfadada y quería hacerte daño con palabras. No quiero hablar así. Pero sí necesito que hablemos de lo que pasó”.

Esa distancia entre impulso y decisión fue un acto de libertad.

Rodrigo tiene que aprender algo parecido. En una conversación sobre el futuro, cuando Susana menciona la palabra matrimonio, siente una oleada de agobio y está a punto de bromear: “Bueno, tranquila, que tampoco estamos comprando ya las servilletas”.

La frase le parece ingeniosa durante medio segundo. Después entiende que habría herido. Se calla, bebe agua y dice: “Me cuesta hablar de esto, pero no quiero escaparme con bromas”. No es una respuesta perfecta, pero es verdadera.

La vida cambia cuando aparece una pausa entre lo que siento y lo que hago. En esa pausa entra la inteligencia, respira la conciencia, se despierta la voluntad y puede actuar la gracia.

4.- La voluntad se entrena

también fuera del noviazgo

Sería un error pensar que la voluntad solo se educa en los temas de pareja. En realidad, la manera de amar se prepara en muchos lugares que parecen no tener relación directa con el amor. Una persona no se vuelve fiel, paciente, ordenada, generosa y capaz de compromiso únicamente cuando empieza una relación; llega a la relación con una libertad que ya ha sido entrenada o descuidada en otros terrenos.

Susana lo entiende un sábado por la mañana. Tiene que estudiar porque se acerca un examen importante, pero Rodrigo le propone improvisar un plan con unos amigos. El plan no es malo; de hecho, le apetece mucho. La dificultad está en que lleva toda la semana diciendo que necesita concentrarse y, si vuelve a aplazarlo, terminará estudiando con ansiedad, durmiendo mal y pagando el precio el lunes.

Está a punto de decir que sí por miedo a quedarse fuera, a que Rodrigo piense que es aburrida, a perderse algo. Pero se escucha por dentro y responde: “Me encantaría ir, pero hoy necesito cumplir lo que me había propuesto. Si termino pronto, os veo un rato”. No es una renuncia heroica. Nadie compone un himno. Pero Susana se acuesta esa noche con una paz distinta, la paz de quien por una vez no se ha traicionado a sí misma para agradar.

Rodrigo tiene una experiencia parecida con su familia. Su madre le ha pedido ayuda para llevar unas cajas a casa de su abuela. Él ha dicho que sí. El sábado, cuando llega la hora, no tiene ninguna gana. Tiene sueño, quiere descansar y le parece que aquello puede esperar. Ya está preparando la frase: “Mamá, es que hoy estoy reventado”. Y lo está, en parte. Pero también sabe que ha dado su palabra, que su abuela lleva días esperando y que a veces su libertad se llena de palabras grandes mientras falla en servicios pequeños. Va. Tardan menos de una hora. Su abuela le da un beso, le ofrece galletas como si acabara de cruzar el Atlántico y le dice: “Gracias, hijo, me has quitado un peso”.

Rodrigo vuelve a casa cansado, pero más entero. Por la noche se lo cuenta a Susana, y ella se ríe porque le imagina saliendo de casa de su abuela con una bolsa de galletas y una dignidad nueva.

Hay bienes que al principio no apetecen y después dan fruto. Hay conversaciones que cuestan y sanan. Hay renuncias que duelen un poco y liberan mucho. Hay oraciones secas que sostienen más que algunos momentos de emoción. Hay fidelidades pequeñas que no lucen, pero levantan la casa por dentro.

Quien no entrena la voluntad en lo ordinario tendrá más dificultad para sostener el amor cuando lo ordinario se vuelva exigente.

5.- Disciplina: Un cauce, no una jaula

La palabra disciplina suele caer mal porque muchas personas la asocian con dureza, castigo, frialdad o falta de espontaneidad. Sin embargo, la disciplina bien entendida no es una jaula para la vida, sino un cauce que le permite llegar lejos. Un río sin cauce no es más libre; se desborda, hace ruido y puede terminar destruyendo lo que toca. El cauce no mata el río, sino que lo orienta.

Susana y Rodrigo lo descubren de una forma sencilla. Muchas de sus conversaciones importantes terminan ocurriendo en el peor momento; de noche, con sueño, por mensajes, después de un malentendido o cuando uno de los dos ya está herido. Entonces deciden algo poco romántico en apariencia y muy sano en el fondo: Una vez a la semana tomarán café sin pantallas para hablar de cómo están.

La primera vez es rara. Dejan los móviles en silencio, boca abajo, en una esquina de la mesa, y durante los primeros minutos los dos miran los aparatos como si fueran dos mascotas abandonadas. Rodrigo empieza con un “bueno, pues aquí estamos”, que no pasará a la historia de la literatura amorosa. Susana se ríe. Esa risa ayuda. Hablan torpemente, con pausas, con alguna defensa, con alguna frase mejorable. Pero hablan.

La tercera semana ya no es tan raro. La quinta, Rodrigo reconoce algo que lleva tiempo evitando. La sexta, Susana puede decir una inseguridad sin convertirla en reproche. Al cabo de dos meses, aquel café semanal no soluciona todo, pero ha creado un lugar. Y las relaciones necesitan lugares donde la verdad pueda salir sin tener que abrirse paso a golpes.

También en la vida espiritual ocurre lo mismo. Rezar a una hora concreta, confesarse con cierta regularidad, cuidar el domingo, hacer examen de conciencia, leer algo que forme el corazón, ayunar de aquello que nos domina, no son costumbres para personas rígidas, sino cauces por los que la gracia entra en la vida real. El corazón humano, dejado solo a la improvisación, promete mucho y persevera poco. La disciplina, cuando nace del amor, no estrecha la vida; la cuida.

6.- Lo que repetimos nos va haciendo

Los hábitos son maestros silenciosos. No levantan la voz, no suelen anunciarse, pero trabajan cada día sobre nuestra manera de mirar, de desear, de esperar, de hablar, de reaccionar, de amar y de rezar. Muchas veces pensamos que somos principalmente lo que decidimos en los momentos grandes, cuando en realidad estamos siendo formados, casi sin darnos cuenta, por lo que repetimos en los momentos pequeños.

Susana empieza a notar que mirar el móvil nada más despertar le deja el corazón revuelto antes incluso de poner los pies en el suelo. No siempre ve nada importante; a veces solo ve mensajes, noticias, imágenes de otros, vidas ajenas empezadas antes que la suya. Pero ese primer gesto le roba silencio.

Así que hace algo muy humilde como es dejar el móvil apagado fuera del dormitorio y comprar un despertador sencillo. El primer día se siente extraña, como si hubiera dejado una parte de sí misma en otra habitación. El tercero sigue costando. A la semana descubre que los primeros minutos del día pueden pertenecerle a Dios y no a la ansiedad.

Rodrigo tiene otro hábito menos visible. Cuando una conversación le incomoda, responde con humor. No un humor malo; de hecho, es gracioso. Pero lo usa como humo. Susana se lo dice una tarde con cariño: “Me haces reír, y eso me encanta, pero a veces me haces reír justo cuando necesito que me respondas”.

Rodrigo se queda tocado. No enfadado, sino tocado. Empieza a darse cuenta de que su simpatía puede ser una manera de esconderse. Desde entonces, cuando le sale la broma automática, intenta preguntarse: “¿Estoy aligerando la conversación o estoy escapando?”. Eso también es voluntad.

Los buenos hábitos no hacen ruido, pero construyen cimientos. Y los malos hábitos también construyen, aunque construyen cárceles. La mentira pequeña repetida vuelve más fácil la mentira grande. La mirada desordenada consentida va deformando el deseo. La queja constante termina convirtiéndose en una manera de interpretar la realidad. La evasión continua hace cada vez más difícil el silencio. La falta de oración no suele destruir la fe de golpe; simplemente va empujando a Dios a los márgenes de la vida, hasta convertirlo en una idea respetable pero poco decisiva.

Por eso la tradición cristiana ha cuidado tanto los ritmos: El domingo, la oración diaria, el examen de conciencia, la confesión, la Eucaristía, los tiempos litúrgicos, el ayuno, la limosna, las obras de misericordia. No son adornos piadosos para personas con mucho tiempo libre. Son pedagogía del corazón.

Una voluntad sin hábitos se cansa pronto. Una voluntad sostenida por hábitos humildes puede llegar muy lejos.

7.- Decir ‘no’ para custodiar un ‘sí’

La voluntad se reconoce mucho en la capacidad de decir ‘no’. Esto cuesta, porque vivimos rodeados de invitaciones a decir ‘sí’ a todo: A todos los planes, a todas las opiniones, a todos los estímulos, a todas las conversaciones, a todas las imágenes, a todas las posibilidades. Decir no parece perder algo, e incluso a veces incluso parece fallar a alguien.

Pero muchos ‘noes’ son en realidad una manera adulta de proteger un sí más grande.

Susana tiene que aprender a decir ‘no’ a algo que parece pequeño: Revisar si Rodrigo está conectado o en línea. No porque mirar una conexión sea el pecado del siglo, sino porque en ella ese gesto alimenta una ansiedad concreta. Cada vez que lo hace, cree buscar tranquilidad, pero en realidad entrena la sospecha. Su ‘no’ no es contra Rodrigo, ni contra el móvil, ni contra la comunicación; es un sí a la confianza, al descanso, a su propia libertad interior.

Rodrigo tiene que aprender otro ‘no’; ‘No’ a desaparecer cuando algo le incomoda. La tarde en que Susana le pregunta si pueden hablar de cómo vivir mejor la castidad en su relación, no lo hace con tono de examen, sino con cierto temblor. Le dice que no quiere vivir el cuerpo como moneda de afecto ni como prueba de amor, y que necesita que los dos hablen de esto sin miedo, pero también sin engañarse.

Rodrigo siente vergüenza. También siente ganas de quitar hierro. La frase “¡uf!, ¡qué intensa te pones!” se le queda en la boca. No la dice. Dice otra cosa, más torpe pero más noble: “Me cuesta hablar de esto, pero creo que tenemos que hacerlo bien”. Ese ‘no’ a la broma fácil es un ‘’ al respeto.

La castidad no consiste en tener miedo al cuerpo, sino en no separar el cuerpo de la verdad del amor. Susana y Rodrigo no hablan de límites porque quieran apagar el deseo, sino porque han comprendido que el deseo, cuando no se educa, puede empezar a pedir pruebas de amor en vez de aprender a expresar amor. La voluntad no aparece aquí como enemiga de la ternura, sino como guardiana de una ternura más verdadera.

El ‘no’ cristiano no debería nacer del miedo ni de una obsesión por prohibir, sino del amor a un bien más grande. Digo ‘no’ a una conversación que me intoxica porque quiero decir ‘sí’ a la limpieza del corazón. Digo ‘no’ a usar al otro porque quiero decir ‘sí’ a su dignidad. Digo ‘no’ a la mentira porque quiero decir ‘sí’ a la confianza. Digo ‘no’ a quedar bien con todo el mundo porque quiero decir ‘sí’ a la verdad de mi vocación. Digo ‘no’ a vivir pegado a una pantalla porque quiero decir ‘sí’ a la presencia.

Cuando un ‘no’ no protege ningún ‘sí’, puede volverse seco y amargo. Pero cuando un ‘no’ guarda una promesa, una dignidad, una conciencia, una vocación o una comunión, se convierte en un acto profundamente positivo.

8.- Esperar sin dormirse

La voluntad también se educa en la espera, y quizá por eso hoy le cuesta tanto crecer. Vivimos acostumbrados a la respuesta inmediata, al entretenimiento inmediato, al alivio inmediato, a la compra inmediata, a la opinión inmediata. Casi todo parece diseñado para que entre el deseo y la satisfacción haya el menor espacio posible. Pero lo más importante de la vida no madura así.

Susana necesita aprender a esperar sin destruirse. Esperar una respuesta sin inventar una tragedia, esperar una conversación sin preparar una acusación, esperar a que Rodrigo haga su camino sin convertirse ella en su salvadora. Una noche, después de escribirle y ver que no contesta, deja el móvil en el salón y se va a su habitación. No es una escena limpia. A los diez minutos vuelve al pasillo. Se detiene. Se ríe de sí misma, un poco avergonzada. Vuelve a la habitación. Reza un Avemaría bastante distraída. Al final no mira.

A la mañana siguiente Rodrigo responde con normalidad. Susana entiende algo: no todo silencio es abandono, aunque su herida lo sienta así.

Rodrigo tiene que aprender otra espera, casi contraria. Él usa a veces la palabra discernir como refugio cómodo. “Tengo que discernir”, dice, y la frase es buena, incluso espiritual. Pero si discernir significa no poner medios, no hablar con nadie, no rezar en serio, no tomar decisiones, no mirar la verdad y dejar que el otro espere indefinidamente, entonces ya no es discernimiento; es aplazamiento con vocabulario elegante.

La espera madura tiene dirección, busca luz, pone medios, acepta acompañamiento, se deja contrastar, reza, escucha, se mueve. La espera inmadura solo pospone.

También con Dios ocurre algo parecido. A veces pedimos claridad inmediata, paz inmediata, una señal inmediata, una solución inmediata. Pero Dios no funciona al ritmo de nuestra ansiedad. Hay silencios que no son abandono, sino educación. Hay procesos que no son castigo, sino maduración. Hay demoras que nos enseñan a desear mejor.

La voluntad crece cuando aprende a esperar lo que debe esperar y a decidir lo que ya no debe aplazar.

9.- Cierre:

La primera libertad empieza en lo pequeño

Susana no ha resuelto toda su ansiedad por haber dejado una noche el móvil en la cocina. Rodrigo no se ha convertido en un hombre plenamente maduro por haber evitado una broma y haber dicho una frase verdadera. Ninguno de los dos ha llegado al final del camino. Pero ambos han descubierto algo decisivo: La libertad no empieza en las grandes promesas, sino en los pequeños actos donde uno deja de obedecer siempre al primer impulso.

A veces la voluntad comienza en una alarma que suena y en unos pies que tocan el suelo. A veces, en un mensaje que se borra antes de hacer daño. A veces, en una llamada que se cumple, aunque haya cansancio. A veces, en un café sin pantallas. A veces, en un no dicho a tiempo para proteger un sí más grande. A veces, en una espera que no controla, en un deseo que no manda, en una conversación que ya no se aplaza.

Esta primera parte del camino nos deja una certeza sencilla: La voluntad no es enemiga del amor. Es una de sus condiciones más humildes. Porque quien no aprende a gobernarse un poco por dentro termina pidiendo al otro que cargue con todo lo que él no quiere ordenar. Y quien empieza a educar su libertad descubre, poco a poco, que amar no consiste solo en sentir algo hermoso, sino en poder elegir el bien cuando el bien no viene envuelto en ganas.

Pero todavía queda una pregunta más profunda.

¿Por qué, incluso sabiendo esto, seguimos cayendo tantas veces en lo mismo? ¿Por qué nos cuesta tanto sostener el bien que reconocemos? ¿Por qué algunas resistencias interiores parecen más fuertes que nuestros propósitos? ¿Y qué ocurre cuando la voluntad, por mucho que lo intente, descubre que necesita una fuerza que no puede darse a sí misma?

Ahí comienza la segunda parte del capítulo.

Porque la voluntad se entrena en lo cotidiano, sí; pero también necesita ser despertada, sanada y sostenida por la gracia.

Continuará: Capítulo 3ºB — Cuando Dios despierta la libertad: Voluntad, gracia y amor concreto.

sábado, 11 de julio de 2026

Interactivo- Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 13, 1-23


 

Domingo XV del Tiempo Ordinario · Ciclo A

Cuando la semilla parece perderse

Una lectura interactiva de Mt 13,1-23 sobre el aparente fracaso, la fuerza de las parábolas, los cuatro terrenos del corazón y la llamada a seguir sembrando.

«El que tenga oídos, que oiga».
La semilla conserva su fuerza; la pregunta es qué tierra encuentra en nosotros.

Explorar ideas clave

La homilía responde a una pregunta muy concreta: ¿merece la pena seguir anunciando el Evangelio cuando parece que apenas produce frutos? Jesús no niega las dificultades; enseña a mirar de otro modo la semilla, el terreno y la misión.

1. Jesús no se rinde ante el rechazo

Cuando la misión parece debilitarse, Jesús no abandona. Su relación con el Padre le permite recomenzar y buscar un lenguaje nuevo.

La oración no lo aparta de la misión: lo devuelve a ella.

2. La parábola no acorrala

Una historia permite que el oyente observe, juzgue y termine reconociéndose. La verdad no cae como una imposición, sino que despierta desde dentro.

Jesús cuenta historias para que nos encontremos en ellas.

3. La semilla no ha perdido su fuerza

El aparente fracaso no demuestra que el Evangelio sea débil. La misma semilla encuentra respuestas diferentes según el terreno.

El problema no está en la Palabra, sino en cómo la acogemos.

4. Los cuatro terrenos están dentro

No son etiquetas para clasificar a otros. En cada corazón hay zonas endurecidas, entusiasmos sin raíz, preocupaciones invasoras y tierra fecunda.

La parábola no pregunta quiénes son los malos terrenos, sino qué necesita ser trabajado en mí.

5. Cada terreno puede cultivarse

El camino necesita silencio; la roca, raíces y comunidad; los espinos, oración y orden interior; la tierra buena, cuidado y perseverancia.

Ningún terreno está condenado a permanecer igual.

6. La fe es don, no privilegio

Haber descubierto el Evangelio no convierte a nadie en superior. La gracia recibida conduce al agradecimiento, la humildad y la misión.

Lo recibido como regalo se ofrece sin orgullo.

7. La tierra buena puede ser bella

Καλή (kalḗ) significa buena, noble y apropiada; también puede evocar belleza. La vida se vuelve bella cuando la Palabra produce frutos de amor.

La fecundidad es la verdadera belleza del terreno.

8. Si se pierde semilla, sembremos más

El sembrador no calcula con mezquindad. Sigue sembrando porque sabe que siempre existe una tierra capaz de ofrecer una cosecha inesperada.

La falta de resultados inmediatos no autoriza a abandonar.
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Mapa de lectura espiritual

El recorrido de la homilía conduce del desaliento del sembrador a la transformación paciente del terreno.

Reconocer el cansancio

El rechazo, la poca participación y los frutos escasos pueden llevar a pensar que ya no merece la pena continuar.

Volver al Padre

Jesús encuentra en la oración la libertad necesaria para no quedar prisionero del fracaso aparente.

Escuchar una parábola

La historia no obliga, pero coloca al oyente delante de sí mismo y le permite descubrir su propia respuesta.

Dejar de culpar a la semilla

La Palabra conserva su fecundidad. La atención se desplaza hacia la manera concreta de recibirla.

Reconocer los cuatro suelos

Camino, roca, espinos y tierra buena no son personas separadas, sino zonas que conviven dentro de nosotros.

Trabajar el terreno

Silencio, Palabra, Eucaristía, comunidad, oración y discernimiento remueven, profundizan y desbrozan el corazón.

Dar fruto y seguir sembrando

La vida transformada manifiesta la belleza de Cristo y se convierte, a su vez, en semilla para otros.

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Escuchar y profundizar

Tres maneras de volver sobre la homilía. Los reproductores son compactos para que funcionen bien tanto en ordenador como en móvil.

Comentario de la homilía en español

Escucha aquí el episodio completo:

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Segundo audio en español

Escucha aquí el episodio completo:

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Homilía en lengua inglesa

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Claves bíblicas para profundizar

Estas claves distinguen entre lo que afirma directamente el texto y las aplicaciones espirituales que la homilía desarrolla.

Las parábolas no son cuentos decorativos

Jesús utiliza escenas de la vida cotidiana para provocar una decisión. La parábola revela, pero también pone de manifiesto la disposición del oyente: quien se abre descubre más; quien se cierra permanece fuera.

Mateo 13 forma una unidad de enseñanza

Mateo reúne siete parábolas sobre el reino de los cielos. La barca, la orilla y la casa forman un marco narrativo que organiza el discurso; no es necesario convertir cada detalle en una reconstrucción cronológica exacta.

El mar, la casa y la barca

El lago recibe el nombre de «mar», palabra cargada de resonancias bíblicas. La barca puede leerse espiritualmente como imagen de la comunidad, pero el texto solo afirma expresamente que Jesús se sentó en ella para enseñar.

Isaías y el corazón endurecido

La cita de Is 6,9-10 no presenta a un Dios que excluye caprichosamente. Describe el drama de escuchar sin dejarse convertir. Las parábolas ofrecen una nueva oportunidad y, al mismo tiempo, revelan la resistencia del corazón.

Los cuatro terrenos no son etiquetas

La explicación de Jesús distingue cuatro respuestas reales a la Palabra. La aplicación pastoral puede reconocerlas dentro de una misma persona: la parábola invita a examinar y cultivar el propio corazón, no a clasificar a los demás.

καλὴ γῆ (kalḗ gê): tierra buena, noble y fecunda

La traducción «tierra buena» es correcta. El adjetivo καλή (kalḗ) puede sugerir también nobleza y belleza. No se trata de una apariencia agradable, sino de la belleza de una vida que escucha, comprende y produce fruto.

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Preguntas para rumiar la Palabra

La parábola comienza a actuar cuando dejamos de utilizarla para describir a otros y permitimos que nombre lo que sucede dentro de nosotros.

  • ¿Qué fracaso aparente me está tentando a dejar de sembrar?
  • ¿Qué palabra del Evangelio he comprendido, pero sigo evitando porque cuestiona una decisión concreta?
  • ¿Qué voces, hábitos o prisas pisan continuamente mi corazón y no dejan que la Palabra penetre?
  • ¿Mi fe tiene raíces para atravesar la vida ordinaria o depende demasiado de momentos intensos?
  • ¿Qué preocupación legítima ha terminado ocupando un lugar que solo corresponde a Dios?
  • ¿Qué fruto visible está produciendo hoy el Evangelio en mi manera de hablar, perdonar y servir?
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Quiz interactivo

Quince preguntas para comprender el recorrido completo de la homilía. No basta con recordar datos: cada cuestión ayuda a distinguir la lógica de Jesús, reconocer los terrenos del corazón y descubrir cómo se cultiva una fe capaz de dar fruto.

Cómo aprovecharlo: lee todas las opciones con calma. Las respuestas incorrectas representan errores frecuentes de interpretación; por eso también están explicadas. Cuando falles, el quiz marcará la respuesta adecuada y razonará por qué expresa mejor el sentido bíblico y catequético de la homilía. Puedes cambiar la elección y repetir el recorrido.
Resultado provisional: 0 de 15 · Respondidas: 0

Pregunta 1 de 15
¿Qué hace Jesús cuando su anuncio parece perder fuerza y aumenta el rechazo?

Pregunta 2 de 15
¿Qué diferencia principal existe entre una parábola y un argumento que acorrala?

Pregunta 3 de 15
¿Qué muestra el relato de Natán y David sobre la fuerza de una historia?

Pregunta 4 de 15
¿Cómo debe entenderse la gran escena de las parábolas reunidas en Mateo 13?

Pregunta 5 de 15
¿Qué lectura propone la homilía de la casa, la barca y la orilla?

Pregunta 6 de 15
¿A quién remite ante todo la figura del sembrador?

Pregunta 7 de 15
Según la parábola, ¿dónde está el problema cuando la cosecha parece escasa?

Pregunta 8 de 15
¿Qué significa que a los discípulos “se les han dado” los secretos del Reino?

Pregunta 9 de 15
¿Qué enseña la cita de Isaías sobre quienes miran sin ver y oyen sin entender?

Pregunta 10 de 15
¿Cómo invita la homilía a leer los cuatro terrenos?

Pregunta 11 de 15
¿Qué puede trabajar el terreno endurecido del camino?

Pregunta 12 de 15
¿Qué necesita la semilla que brota con entusiasmo pero carece de profundidad?

Pregunta 13 de 15
¿Qué representan los espinos y cómo se desbroza ese terreno?

Pregunta 14 de 15
¿Qué precisión conviene hacer sobre la expresión griega καλὴ γῆ (kalḗ gê)?

Pregunta 15 de 15
¿Cuál es la conclusión misionera de la homilía?

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Versión breve de la homilía

Una síntesis ágil de la homilía para quienes desean recoger su mensaje esencial: la semilla conserva toda su fuerza, los cuatro terrenos atraviesan nuestro corazón y ninguna dificultad justifica dejar de sembrar.

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Domingo XV del Tiempo Ordinario, ciclo A
Mt 13,1-23 — «Oíd lo que significa la parábola del sembrador».

La semilla es buena: ¿cómo está nuestra tierra?

Hay momentos en los que parece que el Evangelio no interesa. Se prepara una catequesis, se organiza un encuentro, se invita a los jóvenes… y llegan cuatro. A veces tres, porque uno se confundió de día. Entonces aparece el desánimo: «¿Merece la pena seguir?».

Jesús también conoció esa experiencia. Al principio mucha gente lo escuchaba con entusiasmo, pero después algunos se alejaron y otros comenzaron a atacarlo. Sin embargo, Jesús no abandonó. No dejó de sembrar la Palabra. Cambió su manera de anunciarla y comenzó a hablar mediante parábolas.

Una parábola no te entrega una conclusión cerrada: te introduce en una historia

Una parábola es un relato sencillo que contiene una verdad profunda. Jesús no la utiliza para decorar sus discursos ni para entretener al público. La parábola sirve para que el oyente piense, tome partido y acabe descubriendo algo sobre su propia vida.

Cuando alguien nos acusa directamente, solemos defendernos. Buscamos una excusa, cambiamos de tema o pensamos que el problema lo tienen los demás. Pero una historia entra sin hacer ruido. Al principio creemos que habla de otros y, cuando nos damos cuenta, nos está poniendo delante de un espejo.

Por eso Jesús cuenta la parábola del sembrador. No quiere que clasifiquemos a la gente diciendo: «Este es terreno pedregoso; aquella es un auténtico zarzal». Los cuatro terrenos están dentro de cada uno de nosotros.

Hay días en los que somos tierra abierta y días en los que parece que llevamos una autopista dentro del corazón.

La semilla no falla: la diferencia está en cómo la acogemos

El sembrador es Jesús y la semilla es la Palabra de Dios. La semilla es buena, tiene fuerza y puede producir vida. Pero no siempre encuentra el mismo terreno.

El primer terreno es el camino endurecido. La semilla cae, pero no puede penetrar. El suelo ha sido pisado tantas veces que se ha vuelto impermeable.

También nuestro corazón puede endurecerse. Sucede cuando vivimos saturados de ruido, opiniones, prisas y mensajes que entran sin que los pensemos. Escuchamos el Evangelio, pero enseguida aparece otra cosa que se lleva nuestra atención.

Podemos estar en misa y, al mismo tiempo, pensando en un mensaje, un partido, una discusión o lo que haremos después. El cuerpo ha llegado; el corazón todavía está aparcando.

Este terreno necesita silencio, escucha y un poco de preparación. Leer antes el Evangelio del domingo puede abrir una grieta por la que entre la semilla.

La emoción enciende la chispa, pero las raíces sostienen la fe

El segundo terreno es el suelo pedregoso. Tiene una capa fina de tierra. La semilla brota rápidamente, pero no puede echar raíces y termina secándose.

Es la imagen del entusiasmo que dura poco. Un encuentro, una canción, una experiencia o una palabra pueden emocionarnos mucho. Eso no es malo. La emoción puede abrir una puerta.

Pero después llega el lunes.

La fe no puede sostenerse solamente con momentos intensos. Necesita raíces: oración, comunidad, Eucaristía, escucha de la Palabra y perseverancia. Nadie vive siempre emocionado. Tampoco una amistad verdadera depende de sentir mariposas las veinticuatro horas del día.

La cuestión no es solo si algo nos ha conmovido, sino si está cambiando nuestras decisiones, nuestra forma de tratar a los demás y nuestra manera de afrontar las dificultades.

Los espinos no siempre parecen malos

El tercer terreno es la tierra cubierta de espinos. La semilla empieza a crecer, pero otras plantas terminan ahogándola.

Los espinos representan las preocupaciones, la búsqueda del éxito, el deseo de gustar a todos, el miedo al futuro y la obsesión por conseguir cosas. Muchas de esas preocupaciones son normales. El problema aparece cuando ocupan todo nuestro interior.

No rechazamos a Dios; simplemente no le dejamos espacio.

La oración ayuda a limpiar ese terreno. Orar no consiste en huir de los problemas, sino en ponerlos delante del Señor para que no se conviertan en dueños de nuestra vida.

La tierra bella es una vida que da fruto

Finalmente aparece la tierra buena. El texto griego la llama καλὴν γῆν (kalḕn gên), expresión que se traduce correctamente como «tierra buena» y que puede evocar también una tierra noble y bella.

Es bello el corazón que escucha, comprende y permite que la Palabra dé fruto. No porque sea perfecto, sino porque se deja trabajar.

¿Y cuáles son esos frutos? Una vida más capaz de amar, perdonar, ayudar, escuchar y sostener a quien lo necesita. El Evangelio no busca fabricar personas impecables, rígidas o con cara de haber mordido un limón. Quiere hacer nacer vidas humanas, libres y luminosas.

La tierra bella ya existe en nosotros, aunque quizá esté escondida bajo piedras, durezas o espinos. Jesús no se cansa de sembrar porque sabe que siempre hay en cada persona una zona capaz de recibir la Palabra.

Seguir sembrando

Por eso, cuando parece que la semilla se pierde, la respuesta no es sembrar menos. Es sembrar más y trabajar mejor la tierra.

Podemos terminar preguntándonos: ¿cómo está hoy nuestro corazón? ¿Endurecido por el ruido, poco profundo, lleno de preocupaciones o dispuesto a dejar que el Evangelio lo convierta en una tierra bella?

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Texto completo revisado de la homilía

Se han corregido algunas formulaciones exegéticas y lingüísticas para distinguir mejor el texto bíblico de sus aplicaciones espirituales, manteniendo el contenido y el tono pastoral de la homilía.

Abrir o cerrar la homilía completa

Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario, ciclo A

Mt 13,1-23 — «Oíd lo que significa la parábola del sembrador».

Cuando todo parece perder fuerza, Jesús no abandona.

La semana pasada contemplábamos a Jesús en uno de los momentos más delicados de su misión. La gente, que al comienzo lo había acogido con entusiasmo, empezó a distanciarse. Mientras tanto, sus adversarios —especialmente los escribas y los fariseos— parecían haber logrado lo que buscaban: sembrar la sospecha, desacreditarlo y convencer a muchos de que no era digno de confianza.

No resulta difícil imaginar lo que pudo significar aquel rechazo. Tampoco nos queda tan lejos. En nuestras comunidades vemos cómo disminuye la participación, cómo algunos se alejan y cómo el Evangelio despierta cada vez menos interés en ciertos ambientes.

Basta pensar en tantos catequistas que entregan su tiempo con generosidad y que, sin embargo, se encuentran a veces con familias poco interesadas en la formación cristiana de sus hijos. No es raro escuchar frases como: «A ver cuándo termina ya el catecismo, porque los niños tienen demasiadas cosas». Y si además coincide con un partido de fútbol, la situación se complica todavía más. Parece que la catequesis tiene que abrirse paso entre entrenamientos, deberes y agendas familiares que ya no admiten ni un alfiler.

Ante esto, es comprensible que aparezca el cansancio. También puede surgir la tentación de pensar: «¿Para qué seguir? Mejor dejarlo y volver cada uno a sus cosas».

La oración permitió a Jesús comenzar de nuevo.

Jesús, sin embargo, no respondió así. Jesús no se dejó vencer por el fracaso aparente ni aceptó que el rechazo tuviera la última palabra. ¿Qué sostuvo su ánimo? Lo que sostuvo su ánimo fue su relación con el Padre. Jesús oraba. Nosotros, en cambio, muchas veces intentamos resistir únicamente con nuestras fuerzas y quizá por eso nos desalentamos con tanta facilidad.

Él sabía que llevaba consigo un tesoro que debía entregar: el Evangelio. Y amaba demasiado a la humanidad como para retirarse ante la primera resistencia. Aunque no fuera comprendido, aunque encontrara oposición, volvía a ponerse en camino.

Eso es precisamente lo que nos muestra el pasaje de hoy. Jesús retoma el anuncio, pero cambia su manera de comunicarlo. Busca un lenguaje capaz de alcanzar el corazón de quienes no habían acogido sus palabras anteriores. Y entonces comienza a hablar en parábolas.

La parábola no acorrala: Despierta.

Un razonamiento puede ser impecable y, aun así, no transformar a nadie. Puede presentar argumentos tan sólidos que la otra persona se sienta sin salida, como si la verdad le hubiera sido colocada delante por la fuerza. Pero cuando esa verdad cuestiona convicciones profundas o exige modificar la propia vida, lo habitual es que aparezcan las defensas.

Nos justificamos, desviamos la conversación, buscamos una excusa o sencillamente dejamos de escuchar. El problema no siempre está en la claridad del argumento, sino en que nadie cambia de vida solo porque lo hayan arrinconado dialécticamente.

La parábola sigue otro camino. No entrega una conclusión ya cerrada, sino que introduce al oyente en una historia. Quien escucha observa a los personajes, toma partido, se indigna, se alegra o se reconoce en alguno de ellos. Al final, la enseñanza no llega como una orden impuesta desde fuera; nace dentro de la propia conciencia.

Por eso resulta tan eficaz. Cuando uno mismo ha llegado a la conclusión, ya no puede rechazarla con tanta facilidad.

A veces comprendemos la verdad cuando creemos estar juzgando a otro.

El episodio del profeta Natán y el rey David lo muestra con especial fuerza. David había cometido un pecado grave con Betsabé y había provocado la muerte de Urías, su marido. Natán no entró en palacio lanzando acusaciones. Le contó una historia.

Había un hombre pobre que poseía una sola oveja. La cuidaba con cariño y era para él algo muy querido. Cerca vivía un hombre rico, dueño de numerosos animales. Un día, el rico recibió a un huésped y, en vez de tomar una oveja de su propio rebaño, se apoderó de la única que tenía el pobre y la mandó preparar para la comida (cfr. 2 Sam 12, 1-7).

David, al escuchar aquello, se indignó. Consideró intolerable semejante injusticia y reclamó un castigo para el culpable. Solo entonces Natán le hizo ver que aquel hombre del relato era él mismo.

La parábola había conseguido abrir una brecha en sus defensas. David había emitido el juicio antes de descubrir que ese juicio recaía sobre su propia conducta.

Si Natán hubiera comenzado llamándolo adúltero, asesino y criminal, David habría podido reaccionar de otra manera. Tal vez se habría justificado, habría culpado a otros o habría expulsado al profeta por insolente. Cuando nos sentimos atacados, nuestra imaginación trabaja a toda velocidad para fabricar excusas; en eso solemos ser sorprendentemente creativos.

Pero la historia no le permitió escapar. La verdad había brotado desde dentro.

Jesús cuenta historias para que nos encontremos en ellas.

Jesús pertenece a una cultura que ama expresar la sabiduría mediante imágenes, proverbios, comparaciones, enigmas y relatos. Por eso las parábolas no son simples adornos ni cuentos agradables. Son una manera de conducir al oyente hasta una verdad que quizá habría rechazado si se le hubiera presentado de forma directa.

Una parábola comienza de verdad cuando dejamos de escucharla como una historia sobre otros y permitimos que hable de nosotros.

Mateo reúne las parábolas para ofrecernos una enseñanza unitaria.

«Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas».

Jesús empleó muchas parábolas a lo largo de su vida pública. Mateo reúne siete de ellas en el capítulo 13 y las ordena como una gran unidad de enseñanza sobre el reino de los cielos.

La escena del Maestro sentado en una barca y de la multitud en la orilla funciona como un marco literario y teológico. Más que reconstruir minuto a minuto una sola jornada, el evangelista dispone los relatos para ayudarnos a escuchar su mensaje de manera unitaria.

El mar que no es mar y evoca al éxodo.

El relato comienza diciendo que «aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla».

Aunque se trata del lago de Galilea, el relato utiliza la palabra «mar». En el lenguaje bíblico, el mar puede evocar tanto las fuerzas del caos como el camino del éxodo, cuando Dios abre para su pueblo una salida hacia la libertad. Esa resonancia ayuda a escuchar las parábolas como una invitación a dejar atrás nuestras esclavitudes interiores.

Jesús se sienta frente a esas aguas y ofrece una palabra capaz de abrir camino. Hay esclavitudes que no llevan cadenas visibles, pero nos impiden vivir con libertad. Su enseñanza quiere ayudarnos a reconocerlas y a salir de ellas.

La comunidad no puede quedarse encerrada en casa.

El texto dice que Jesús sale de casa y se sienta junto al mar. En los Evangelios, la casa aparece con frecuencia como el lugar donde el Maestro se reúne con sus discípulos, les explica su enseñanza y va formando la comunidad.

Pero la palabra escuchada en casa no puede permanecer encerrada entre cuatro paredes. Fuera hay una multitud que espera una palabra de salvación. El movimiento de Jesús hacia la orilla sugiere una comunidad que aprende de su Maestro a acercarse a quienes todavía están fuera.

La escena puede leerse, por tanto, como una llamada a salir. El Evangelio no es una propiedad reservada a quienes ya están dentro, sino una semilla destinada a ser esparcida con generosidad.

La barca representa a quienes han comenzado a seguir al Maestro.

Jesús se sienta en una barca y enseña desde ella. Desde los primeros siglos cristianos, la barca se convirtió en una imagen de la Iglesia: una comunidad que atraviesa las aguas sostenida por la presencia del Señor. Esta es una lectura espiritual de la escena, no una afirmación de que todos los discípulos estuvieran físicamente dentro de la barca en ese momento.

La barca puede representar así a quienes han comenzado a confiar en Jesús y a compartir su travesía. Eso no significa que lo hayan comprendido todo ni que su fe sea perfecta. Los Evangelios muestran sus dudas y resistencias, pero también su decisión de permanecer cerca del Maestro.

En la orilla se encuentra la multitud: personas que escuchan, se interesan y se acercan, aunque todavía deben decidir qué harán con la palabra recibida.

Las parábolas quieren movernos de la orilla.

Ese es precisamente el objetivo de las parábolas: Ayudar a quienes permanecen en la ribera a tomar una decisión. Jesús no pretende vencerlos con una demostración ni obligarlos a aceptar una conclusión. Les cuenta historias para que la verdad vaya naciendo dentro de ellos.

La parábola abre un espacio de libertad. Cada oyente puede reconocerse, reaccionar, tomar postura y descubrir qué respuesta está dispuesto a dar. Jesús no empuja a nadie a la barca; muestra un camino y espera una adhesión que brote de una convicción personal.

Podemos escuchar el Evangelio durante años y continuar cómodamente en la orilla, quizá incluso comentando desde allí cómo navegan los demás. Pero las parábolas de Jesús no fueron pronunciadas para entretener a espectadores. Nos preguntan, con delicadeza y firmeza, si estamos dispuestos a emprender la travesía con él.

El sembrador viene de Dios y trae una vida nueva.

«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga».

El primer personaje de la parábola resulta fácil de reconocer: el sembrador remite, ante todo, a Jesús. Él viene del Padre y esparce la Palabra capaz de hacer nacer una humanidad nueva. Después, todo discípulo enviado a anunciar el Evangelio participa de esa misma siembra.

Jesús ya ha sembrado abundantemente. Sin embargo, al contemplar los resultados, parece que la cosecha es muy pobre. Muchos de quienes al principio lo escuchaban con entusiasmo comienzan a alejarse. ¿Cómo se explica este aparente fracaso?

La parábola responde precisamente a esa inquietud. Y no habla solo de lo que ocurrió entonces; se dirige también a nosotros, que podemos desanimarnos cuando no vemos los frutos que esperábamos.

Sembramos mucho, pero a veces apenas vemos frutos.

Podemos preguntarnos si merece la pena continuar anunciando el Evangelio cuando tantas personas parecen haber perdido el interés. ¿Tiene verdadera fuerza la semilla de la Palabra? ¿Es capaz de transformar la vida?

La duda aumenta cuando observamos los resultados en quienes ya la han recibido. Hay personas que participan en la vida de la Iglesia, pero después no consiguen entenderse en su propia familia. Otras se enfadan con los vecinos por cuestiones insignificantes; los vecinos responden con otra ofensa y, curiosamente, también ellos van a la iglesia. A veces parece que todos escuchamos el Evangelio, pero cada uno conserva cuidadosamente su pequeña colección de enfados.

Si ampliamos la mirada, la pregunta se vuelve todavía más incómoda. El Evangelio lleva dos mil años siendo anunciado y, sin embargo, continúan las guerras, la violencia, las injusticias y la miseria. No podemos negar que, a primera vista, los frutos parecen bastante decepcionantes.

¿No era esta Palabra la que debía alumbrar una humanidad renovada? ¿Por qué sus efectos parecen tan limitados?

El problema no está en la semilla.

Ante unos resultados tan pobres, podríamos sospechar que la semilla carece de fuerza. Quizá otras propuestas, otras ideologías o determinados proyectos humanos produzcan efectos más rápidos y visibles. Entonces surge la tentación de abandonar esta siembra y buscar algo que parezca más eficaz.

También podríamos responsabilizar al sembrador que tal vez no eligió bien el momento, calculó mal las condiciones o empleó un método poco adecuado.

La parábola quiere responder a estas preguntas, que siguen siendo las nuestras. Los escasos frutos no proceden de un defecto de la semilla, cuya calidad es excelente, ni se explican por una equivocación del sembrador. La diferencia está en los terrenos que reciben la simiente.

La cosecha depende de cómo acogemos la Palabra.

Por eso la parábola dirige nuestra atención hacia los distintos tipos de suelo. Es allí donde se decide el resultado de la siembra. La misma semilla puede quedar perdida, brotar solo durante un tiempo o llegar a producir una cosecha abundante. Todo depende del terreno que la acoge.

Esos suelos, sin embargo, no están condenados a permanecer siempre como son. Pueden ser trabajados para que lleguen a ser fecundos. La cuestión decisiva será descubrir cómo se cultiva cada terreno y qué transformación necesita para recibir la Palabra y permitirle dar fruto.

El Evangelio explicará más adelante cómo puede realizarse ese trabajo. Antes, los discípulos interrumpen el relato con una pregunta dirigida a Jesús.

La misma Palabra no encuentra la misma respuesta.

«Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. Él les contestó: “A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron”».

Los discípulos plantean a Jesús una pregunta que podría expresarse así: «Aquí, en Cafarnaúm, todos hemos escuchado el mismo anuncio. Nosotros hemos comprendido la belleza de tu propuesta y hemos decidido seguirte, porque quien acoge este mensaje ve transformada su vida. ¿Por qué, entonces, otros no se han dejado tocar por tus palabras?».

Mateo pone esta pregunta en labios de los discípulos porque desea que también nosotros escuchemos la respuesta de Jesús. Es una inquietud que sigue muy presente en nuestras comunidades.

Los sacerdotes escuchamos con frecuencia a madres, algunas de ellas catequistas, que preguntan: «Mi marido es una buena persona, pero ¿por qué no quiere participar en estos encuentros sobre el Evangelio? Son tan enriquecedores… ¿Por qué no descubre la belleza de la Palabra de Dios?». Otras se preguntan por qué sus hijos no acuden a las reuniones de la comunidad, donde podrían aprender tantas cosas y encontrar estímulos para hacer el bien.

En el fondo, la cuestión es siempre la misma: ¿Por qué unas personas dicen sí al Evangelio mientras otras permanecen indiferentes o lo rechazan?

La fe es un regalo, no un privilegio reservado a unos pocos.

La respuesta de Jesús necesita ser comprendida con cuidado: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no». Estas palabras podrían interpretarse equivocadamente, como si Dios favoreciera a determinadas personas y excluyera de antemano a las demás; como si unos estuvieran destinados a la salvación y otros quedaran privados de ella. Pero Jesús no está defendiendo esa idea.

Cuando dice «se os han concedido», recuerda ante todo que la fe es un don. Quienes hemos conocido el Evangelio y hemos descubierto en él una palabra capaz de orientar nuestra vida no podemos considerarnos superiores a nadie. Lo primero es reconocer el regalo recibido y dar gracias al Señor.

Y ese don no está reservado a un grupo escogido. Se ofrece a todos, porque Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (cfr. 1 Tim 2, 4).

Cada persona recorre su propio camino hacia Cristo.

Por razones que pertenecen al misterio y a la libertad de cada ser humano, no todos llegan a pronunciar su sí a Cristo del mismo modo ni en el mismo momento. Algunos responden pronto; otros necesitan un camino más largo. Hay quienes nunca tuvieron la posibilidad real de escuchar el Evangelio y quienes, por elección propia, prefirieron orientar su atención hacia otros intereses.

Aquí aparecen de nuevo los distintos terrenos de la parábola. La acogida de la Palabra y los frutos que produce no dependen de la calidad de la semilla ni de Cristo, que la ha traído al mundo. Dependen de la tierra que la recibe; una tierra más o menos preparada, disponible o endurecida.

Esto no significa que debamos clasificar rápidamente a las personas, como quien coloca etiquetas en cuatro macetas. La parábola nos invita, más bien, a reconocer que la respuesta humana es compleja y que cada corazón puede encontrarse en un momento diferente de su camino.

¿Debe sorprendernos que suceda así? Jesús responde que no. También los profetas del Antiguo Testamento anunciaron la Palabra de Dios y, sin embargo, pocas veces fueron verdaderamente escuchados.

No siempre falta comprensión; a veces sobra resistencia.

Jesús recuerda las palabras del profeta Isaías. Su lenguaje describe el drama de un pueblo que oye la llamada de Dios, pero va endureciendo el corazón y cerrándose a una palabra que le pide conversión (cfr. Is 6, 9-10; Mt 13, 13-15).

No se trata simplemente de sordera física o falta de inteligencia. En ocasiones la dificultad está en la resistencia interior: se percibe lo que la Palabra está pidiendo, pero se evita dejarla entrar porque cuestiona decisiones, seguridades o costumbres.

También hoy puede suceder algo semejante. A veces el Evangelio no es rechazado porque resulte incomprensible, sino porque ha tocado con demasiada claridad un punto de nuestra vida que preferiríamos mantener cerrado.

Por tanto, en ciertos rechazos puede existir también una responsabilidad personal. La semilla se ofrece, pero el terreno puede resistirse a recibirla.

Ante esta resistencia, Jesús no abandona el anuncio ni intenta imponerlo por la fuerza. Recurre a las parábolas, relatos que respetan la libertad del oyente y lo ayudan a descubrir desde dentro la verdad que necesita acoger.

Ahora podremos contemplar qué representan los cuatro terrenos y cómo puede trabajarse cada uno de ellos para que llegue a producir fruto.

La semilla es fecunda: El terreno decide la cosecha

«Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

El profeta Isaías recurre a una imagen especialmente hermosa para expresar la fuerza de la Palabra de Dios. La compara con la lluvia y la nieve que descienden del cielo, empapan la tierra, la fecundan y hacen germinar la semilla. No regresan sin haber cumplido su misión. Del mismo modo, la Palabra que procede de Dios nunca queda completamente estéril cuando logra entrar en el corazón humano (cfr. Is 55, 10-11).

Jesús parte de esta misma certeza. Si la cosecha resulta escasa, el problema no está en la semilla. La Palabra conserva toda su capacidad de generar vida. La diferencia se encuentra en el terreno que la recibe.

Antes de contemplar los cuatro terrenos de la parábola, conviene tener presentes dos observaciones:

La primera observación se refiere al paisaje de aquella región. En muchos campos había piedras, matorrales y pequeños senderos endurecidos por el paso. La imagen de Jesús nace, por tanto, de una realidad agrícola fácilmente reconocible por sus oyentes.

Cuando un terreno se limpia, se remueve y se cuida, puede llegar a ser muy fecundo. Esta posibilidad es importante: la parábola no solo describe obstáculos, sino que invita a trabajar la tierra.

La siembra se realizaba esparciendo la semilla con amplitud. En un terreno todavía no preparado de manera uniforme, parte de la semilla podía caer en el sendero, sobre una capa poco profunda de tierra, entre espinos o en suelo fértil.

Los cuatro terrenos están dentro de nosotros.

Esta es la segunda observación y quizá la más importante. Jesús no pretende dividir a la humanidad en cuatro grupos perfectamente identificables. La parábola no nos entrega un catálogo para clasificar a familiares, vecinos o compañeros: «Este es terreno pedregoso; aquella, tierra buena; el de más allá, un auténtico zarzal».

Los cuatro terrenos conviven en cada uno de nosotros. En nuestro corazón existen zonas abiertas a la Palabra y otras endurecidas; entusiasmos generosos que duran poco; preocupaciones que terminan ocupándolo todo y, afortunadamente, espacios capaces de producir una cosecha abundante.

La pregunta, por tanto, no es a qué grupo pertenecemos, sino qué partes de nuestra vida necesitan ser trabajadas para que el Evangelio pueda entrar, arraigar y transformarnos.

El camino endurecido

El primer terreno es el sendero. La tierra ha sido pisada tantas veces que se ha vuelto compacta e impenetrable. Cuando la semilla cae allí, permanece en la superficie. No llega a introducirse en el suelo y enseguida vienen los pájaros y se la llevan.

Jesús mismo interpreta las aves como la acción del Maligno, que intenta arrebatar la Palabra antes de que sea comprendida y acogida. La imagen muestra una semilla que permanece en la superficie y queda expuesta a desaparecer.

Eso es lo que sucede cuando la Palabra alcanza un corazón endurecido: antes de penetrar, otras voces, hábitos o prejuicios la hacen desaparecer.

Un corazón muy transitado termina volviéndose impermeable.

¿Qué endurece nuestra tierra interior? Lo endurece todo aquello que aceptamos sin reflexión simplemente porque «lo hace todo el mundo». El permisivismo, las conversaciones vacías o vulgares, determinadas propuestas que reducen la vida a lo inmediato, la fascinación por las modas y una mentalidad centrada únicamente en el placer, el éxito o la apariencia van pasando una y otra vez sobre el corazón.

Al final se forma un camino tan pisado que el Evangelio ya no encuentra una grieta por la que entrar.

La Palabra necesita escucha, silencio y reflexión. Si llegamos a la celebración dominical saturados de ruido, cansancio y estímulos, resultará difícil sintonizar interiormente con ella. El cuerpo puede estar sentado en el banco mientras la mente continúa todavía en otra parte.

No se trata de condenar la diversión ni de vivir alejados del mundo. Se trata de reconocer que el corazón necesita tiempo para cambiar de frecuencia. La Palabra no suele gritar para imponerse; espera encontrar un espacio donde pueda ser escuchada.

¿Cómo se trabaja este terreno? Podemos comenzar acercándonos al Evangelio durante la semana. Bastaría con leer serenamente un pequeño fragmento antes de acostarnos o preparar con antelación el pasaje que se proclamará el domingo. De ese modo llegaremos a la celebración con la tierra removida y podremos escuchar la homilía tratando de descubrir qué quiere decirnos aquel texto.

También conviene proteger la víspera del domingo. Tal vez algunos programas, conversaciones o entretenimientos no merezcan ocupar toda nuestra atención hasta altas horas de la noche. Descansar y preparar el corazón puede ayudarnos a recibir la Palabra con mayor lucidez.

Y podemos preguntarnos: ¿Cuáles son esas aves que se llevan rápidamente lo que acabamos de escuchar? ¿Qué ideas, hábitos o distracciones consiguen que el Evangelio desaparezca de nosotros antes incluso de salir de la iglesia?

La tierra poco profunda

El segundo terreno posee una capa superficial de tierra, pero debajo se encuentra la roca. La semilla germina enseguida porque encuentra algo de humedad y calor. Sin embargo, las raíces no pueden profundizar. Cuando llega el sol, la planta se seca.

Jesús describe así a quienes reciben el Evangelio con entusiasmo inmediato. Se emocionan, se sienten atraídos y responden con generosidad. Pero aquella adhesión no dispone todavía de profundidad suficiente para resistir las dificultades.

También hoy contemplamos grandes celebraciones o encuentros religiosos capaces de reunir a multitudes y despertar una intensa emoción. Los medios de comunicación incluso pueden interesarse por ellos. La experiencia puede ser sincera y valiosa. La cuestión es qué sucede después.

¿Ha nacido una verdadera experiencia espiritual que dejará huella en la vida cotidiana? ¿O todo desaparecerá en cuanto termine el encuentro y regresemos a nuestras obligaciones habituales?

El profeta Oseas emplea una imagen muy expresiva: Un amor semejante a la nube de la mañana o al rocío que se evapora en cuanto aparece el sol (cfr. Os 6, 4).

La emoción puede iniciar el camino, pero no puede sostenerlo sola.

No debemos despreciar el entusiasmo. También los sentimientos forman parte de nuestra relación con Dios. Una celebración intensa, una palabra que conmueve o un encuentro que nos devuelve la esperanza pueden ser el comienzo de algo importante.

Pero después llega la vida ordinaria, con su cansancio, sus dificultades y sus exigencias. Entonces la fe necesita raíces. Si no las tiene, el entusiasmo se marchita.

¿Cómo añadir profundidad a esta tierra? Manteniéndonos unidos a la comunidad y alimentándonos de la Palabra. La fe cristiana difícilmente se conserva aislada. Necesitamos la celebración del día del Señor, el testimonio de otros creyentes, sus consejos, sus correcciones y su apoyo.

Cuando nos alejamos durante semanas de la comunidad y de la Eucaristía, otras preocupaciones vuelven a atravesar el corazón hasta endurecerlo. Quizá pensemos que podemos sostener la fe por nuestra cuenta, pero pronto descubrimos que la tierra se ha quedado sin espesor.

Podemos comprobarlo con una pregunta sencilla: ¿Qué ocurre en nosotros cuando pasamos mucho tiempo sin escuchar el Evangelio, sin celebrar la Eucaristía y sin compartir la fe con otros? Con frecuencia se seca la vida interior casi sin que lo advirtamos.

La tierra cubierta de espinos

El tercer terreno permite que la semilla germine, pero está ocupado también por espinos. Estos crecen con mayor fuerza, rodean la planta y terminan asfixiándola.

Los espinos representan las múltiples preocupaciones que acompañan la vida diaria, tales como la salud, el trabajo, la familia, las amistades y tantos asuntos legítimos. No son realidades malas. Muchas de ellas son buenas y necesarias.

El problema comienza cuando absorben toda nuestra atención y todas nuestras energías. Entonces ya no queda espacio interior para la Palabra.

El activismo frenético, la preocupación obsesiva por los bienes materiales, la carrera profesional o la búsqueda constante de reconocimiento pueden apoderarse del corazón. Poco a poco, el interés por el Evangelio queda arrinconado.

No rechazamos expresamente a Dios; simplemente estamos demasiado ocupados para escucharlo. Y los espinos no suelen avisar de que están creciendo.

Lo que ocupa todo nuestro corazón termina convirtiéndose en un ídolo.

¿Cómo mantener libre este terreno? Mediante la oración, entendida como un diálogo constante con el Señor.

La fe es una relación de amor con Cristo. Quien decide unir su vida a la suya entra en una alianza que necesita comunicación, escucha y presencia. Algo semejante sucede en el matrimonio: Cuando el diálogo disminuye, desaparece el interés mutuo y cada uno comienza a vivir encerrado en su propio mundo, la relación se debilita.

También nuestra unión con Cristo puede deteriorarse cuando interrumpimos el diálogo con él. Si la oración desaparece, quedamos más expuestos a los ídolos, las ansiedades y los problemas de cada día. No hace falta renunciar formalmente a la fe. Basta con dejar de cuidar la relación.

La oración desbroza el terreno porque devuelve a cada cosa su lugar. Las preocupaciones siguen existiendo, pero ya no gobiernan solas nuestra vida.

La tierra bella

Finalmente aparece el cuarto terreno; es la tierra capaz de acoger la semilla y producir fruto: «ciento o sesenta o treinta por uno».

El texto griego dice: «ὁ δὲ ἐπὶ τὴν καλὴν γῆν σπαρείς» (ho dè epí ten kalén guen sparéis), es decir, «el que fue sembrado en la tierra buena». El adjetivo καλή (kalḗ) significa propiamente «buena», «noble», «excelente» o «adecuada» y puede contener también un matiz de belleza.

La tierra buena puede escucharse también como una tierra noble y bella.

Traducir καλή (kalḗ) como «buena» es exacto. Sin embargo, la palabra posee una riqueza mayor: puede expresar lo bello, noble, valioso y apropiado para cumplir bien su finalidad. La tierra es buena —y en ese sentido bella— porque acoge la semilla, permite que eche raíces y ofrece fruto.

Jesús no está hablando de un suelo bonito a la vista, sino de un corazón que permite actuar a la Palabra. La tierra se vuelve bella cuando escucha, comprende y deja que el Evangelio transforme la existencia.

Aquí podemos percibir una resonancia con otra expresión evangélica. En san Juan, Jesús se presenta diciendo: «ἐγώ εἰμι ὁ ποιμὴν ὁ καλός» (egó eimi ho poimén ho kalós), «Yo soy el Pastor bueno» (cfr. Jn 10, 11).

El mismo adjetivo καλός (kalós) puede expresar bondad, nobleza y belleza. No significa que Mateo esté remitiendo directamente al discurso del Buen Pastor, pero la coincidencia permite una aplicación espiritual fecunda.

Los contextos son distintos y conviene no confundirlos. Aun así, ambos textos permiten contemplar una bondad que no es fría ni meramente correcta, sino luminosa y capaz de atraer.

Cristo es el Pastor bello porque su amor es verdadero, noble y entregado. No abandona a las ovejas, no las utiliza ni busca su propio interés: da la vida por ellas. La suya es la belleza de un amor que se entrega hasta el final.

Y la tierra es bella cuando acoge esa manera de amar y comienza a reproducirla en sus frutos.

El Pastor bello hace nacer vidas bellas. Cuando el Evangelio arraiga, no produce solamente personas formalmente correctas. Hace surgir hombres y mujeres cuya vida comienza a adquirir la forma de Cristo: personas capaces de escuchar, servir, perdonar, sostener al débil y ofrecer esperanza.

La belleza cristiana no consiste en aparentar perfección. Se manifiesta cuando el amor de Cristo va transformando nuestras relaciones, nuestras decisiones y nuestra manera de afrontar el sufrimiento.

Un árbol bello se reconoce por sus frutos bellos. Del mismo modo, la Palabra acogida se reconoce en una vida que hace el bien de una manera humana, humilde y luminosa.

Quizá podríamos preguntarnos: ¿qué frutos está haciendo nacer el Evangelio en nosotros? ¿Nuestra manera de hablar, de tratar a los demás y de afrontar los conflictos refleja algo de la belleza del Pastor?

La tierra bella ya está presente en cada corazón, aunque a veces aparezca cubierta de piedras o espinos. Necesita ser cuidada, ensanchada y trabajada. Cuanto más espacio concedemos a la Palabra, más puede Cristo reproducir en nosotros la belleza de su amor.

El Pastor es bello porque entrega la vida; la tierra es bella cuando la acoge y da fruto.

Cuando el Evangelio arraiga, embellece la vida.

Esta belleza puede comprobarse allí donde la Palabra es acogida con seriedad. Surgen personas capaces de amar, perdonar, servir y vivir con esperanza. No son perfectas, pero su manera de relacionarse, afrontar el sufrimiento y entregarse a los demás deja entrever algo nuevo.

El adjetivo καλός (kalós), traducido habitualmente como «bueno», puede expresar también lo noble y bello. Cuando los discípulos dan frutos de amor, servicio, perdón y esperanza, dejan entrever algo de la belleza de Cristo.

Esta tierra fecunda también está presente en cada uno de nosotros. Necesita ser cuidada, ampliada y trabajada. Cuanto más espacio encuentre la Palabra, más podrá transformar nuestra manera de pensar, elegir y vivir.

Seguir sembrando

Al contemplar la parábola, advertimos que una gran cantidad de semilla parece perderse. Parte cae sobre el camino, otra entre las piedras y otra queda ahogada por los espinos.

Ante este resultado, alguien podría desanimarse y decidir que ya no merece la pena continuar. Es la tentación de muchos catequistas y anunciadores del Evangelio: «La gente no muestra interés; por tanto, dejaré de sembrar». Pero esa conclusión es precisamente el error que la parábola quiere evitar.

Si mucha semilla se pierde, sembremos todavía con mayor abundancia.

El sembrador no reduce la siembra por miedo al fracaso. Al contrario, continúa arrojando la semilla generosamente. Sabe que, entre tantos terrenos difíciles, siempre existe una porción de tierra capaz de acogerla y producir una cosecha inesperada.

Esa tierra buena —esa tierra bella— se encuentra en todos. Quizá esté escondida bajo las piedras, endurecida por el paso de muchas voces o cubierta de espinos. Pero existe.

La misión no consiste en calcular con mezquindad dónde merece la pena sembrar. Consiste en ofrecer la Palabra con confianza y, al mismo tiempo, ayudar a trabajar los terrenos.

También nosotros podemos preguntarnos: ¿Qué parte de nuestro corazón necesita hoy ser removida, profundizada o liberada para que la Palabra produzca en nosotros una vida verdaderamente bella?

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