Homilía
del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 10, 37-42 «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí,
Escucha aquí el episodio completo:
Escucha aquí el episodio completo:
no es digno de mí»
El Evangelio no llega
con alfombra roja.
En los domingos
anteriores hemos escuchado ya una parte del discurso que Jesús dirige no a la
multitud, sino al grupo más cercano de sus discípulos, antes de enviarlos a
anunciar que el reino de Dios, tan esperado, había llegado. Dicho con
otras palabras: el mundo nuevo había comenzado.
Jesús no les
endulza la misión. No les dice: “Id tranquilos, os recibirán con flores,
aplausos y quizá una merienda al final”. Más bien les advierte: No
esperéis acogidas triunfales, porque el mensaje que vais a anunciar inquietará
a quienes se aferran al poder, tanto civil como religioso. Se sentirán
tocados en sus intereses, y algunos reaccionarán incluso con violencia.
Y Jesús termina
con unas palabras que, a primera vista, nos desconciertan. Dice: «No penséis
que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada.
He venido a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de
su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia casa» (cfr. Mt
10, 34-36). ¿Qué quiere decir Jesús con esto?
La espada de Jesús no hiere cuerpos:
Desnuda decisiones.
Jesús no ha
venido, desde luego, a desatar guerras ni cruzadas. La violencia no encaja
con su Evangelio. Él la rechaza de raíz. El mundo nuevo no se construye
a golpe de espada. Jesús proclama dichosos a los que trabajan por la paz
(cfr. Mt 5, 9), y a sus discípulos les pide amar a los enemigos, hacer
el bien a quienes los odian y poner la otra mejilla cuando reciben una bofetada
(cfr. Mt 5, 39.44). Su postura, por tanto, no deja demasiado margen a
malentendidos.
Entonces, ¿de qué
espada habla? Está claro que no se refiere a la espada que llevaban los
legionarios romanos. Jesús toma una imagen que ya habíamos escuchado en
labios del anciano Simeón cuando, al encontrarse con María, le anuncia: «También
a ti una espada te traspasará el alma» (cfr. Lc 2, 35). Aquella espada no
era un arma de metal, sino el símbolo de una división dolorosa, de una
prueba interior. También María tendría que atravesar el desconcierto ante
el mensaje y las opciones de vida de su Hijo, que no comprendería plenamente
desde el primer momento. Solo después de la Pascua entendería de verdad el
sentido de aquel camino.
Con la imagen de
la espada, Jesús se refiere a los conflictos que su mensaje provocaría
inevitablemente, incluso dentro de una misma familia.
Cuando Cristo entra en casa,
todo queda al descubierto.
Cuando Mateo
escribe su Evangelio, hacia los años ochenta del siglo I, aquellas divisiones
anunciadas por Jesús ya se habían manifestado de manera dramática. Eran años de
una fractura muy dolorosa dentro del pueblo de Israel: Por una parte,
estaban quienes permanecían fieles a las tradiciones enseñadas por los rabinos;
por otra, quienes habían reconocido en Cristo al Mesías y se habían unido a Él.
En ese contexto,
los rabinos llegaron a decidir la expulsión de las sinagogas de aquellos judíos
que se convertían a Cristo. Los llamaban נוֹצְרִים (notzrím), “los
nazarenos”; es decir, los discípulos de Jesús de Nazaret. También hoy, en
el hebreo moderno, los cristianos son llamados con ese mismo término: notzrim.
Aquellos creyentes eran considerados minim, “herejes” o “sectarios”,
y por eso se les apartaba de la comunidad de la sinagoga.
En aquellos mismos
años, para subrayar todavía más esa separación, se incorporó a la gran oración
diaria de Israel —la שְׁמוֹנֶה עֶשְׂרֵה (shemóneh esréh), conocida como
la oración de las “dieciocho bendiciones”— una fórmula especialmente
dura contra los מִינִים (miním), es decir, contra los considerados
“herejes” o “sectarios”.
Esta oración,
también llamada עֲמִידָה (‘amidá), sigue ocupando un lugar central en la
plegaria judía. Y aquí aparece un detalle muy significativo: aunque conserva el
nombre tradicional de שְׁמוֹנֶה עֶשְׂרֵה (shemóneh esréh), “dieciocho”,
con el tiempo llegó a contener diecinueve bendiciones. La historia religiosa
tiene estas cosas: hasta los números, a veces, guardan la cicatriz de una
división.
Esa fórmula
añadida es conocida como בִּרְכַּת הַמִּינִים (birkat ha-miním), la
“bendición contra los מִינִים (miním)”. En su formulación, se bendice al
Señor como aquel que quebranta a los enemigos y abate a los malvados. En aquel
contexto de tensión, los discípulos de Cristo podían quedar incluidos entre
esos grupos rechazados.
Así se entiende
mejor la división que Jesús había anunciado. La espada de la que hablaba no
era una espada de hierro, sino la fuerza incómoda del Evangelio: una Palabra
capaz de poner al descubierto las fidelidades, los miedos y las heridas más
profundas, incluso dentro de una misma casa.
El Evangelio puede costar familia,
seguridad y afecto.
Ahí está la
división que Jesús había anunciado. Y la espada que la provocaba no era una
espada material: Era su Evangelio.
Las consecuencias
para quien se adhería a Cristo podían ser muy dolorosas. Jesús lo había
previsto. Quien se unía a Él era considerado un renegado y, como tal,
podía ser rechazado incluso por su propia familia. De un día para otro, aquella
persona se encontraba en una situación durísima; no solo desde el punto de
vista afectivo, porque sus familiares dejaban de dirigirle la palabra, sino
también desde el punto de vista social y económico, porque perdía las
seguridades que la familia le ofrecía. Incluso podía perder el derecho a la
herencia.
Esto era lo que
podía sufrir quien decidía seguir a Cristo. Y Jesús no lo ocultó. El
fragmento del discurso que escucharemos ahora constituye la última parte de
estas palabras dirigidas por Jesús a sus discípulos. Por eso conviene situarlas
en ese contexto dramático que hemos recordado. No son frases sueltas ni
amenazas oscuras. Son palabras nacidas de una misión exigente, de un
Evangelio que trae vida, pero que también obliga a tomar postura.
Y quizá también
nosotros podemos preguntarnos: Cuando el Evangelio toca de verdad nuestra
vida, nuestras relaciones, nuestros intereses y nuestras seguridades, ¿qué
queda al descubierto en nuestro corazón?
Cristo no pide un rincón:
Pide el corazón entero.
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es
digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno
de mí».
También aquí, como
siempre, Jesús habla con una claridad que no deja muchas escapatorias. No
intenta maquillar ni suavizar los problemas que sus discípulos tendrían que
afrontar para permanecer fieles al Evangelio que Él anunciaba. Jesús no vende
humo espiritual. No dice: “Seguidme, que todo será cómodo, bonito y sin
rozaduras”. Al contrario; avisa desde el principio de que amar de verdad
implica decisiones, y que algunas decisiones duelen.
Cuando uno une el
corazón a una persona, inevitablemente aparecen cortes, renuncias,
desprendimientos.
A veces se dejan lugares, amistades, costumbres; y llega también el momento de
dejar al padre y a la madre, porque el amor entre los esposos pasa a ocupar un
lugar nuevo y decisivo. No se trata de despreciar a los padres, sino de
reconocer que el amor maduro siempre ordena la vida de otra manera.
Nosotros, muchas
veces, por mantener la paz —o lo que llamamos paz, que a veces es solo “que
no se mueva nadie, que bastante tenemos”— aceptamos situaciones de
compromiso. Jesús, en cambio, se presenta como un enamorado exigente y
no acepta medias tintas. Acabamos de escuchar las dos peticiones que dirige a
quien quiere unir su vida a la suya, y las acompaña con una advertencia seria: “Quien
no acepta esta propuesta no es digno de mí” (cfr. Mt 10, 37).
Ningún rabino
había pedido nunca tanto a sus discípulos. Quizá por eso, en algún momento,
algunos judíos le preguntaron con desconcierto: “Pero ¿tú quién te crees que
eres?”. Entremos, entonces, en esas dos exigencias de Jesús.
La primera va
dirigida a los hijos: «El que quiere a su
padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». La segunda
va dirigida a los padres: «El que quiere a su
hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí».
Jesús no destruye la familia:
La libera de ser un absoluto.
Jesús no pretende
romper los vínculos familiares. La familia es sagrada, querida por Dios.
De hecho, recordamos cómo un día tuvo una fuerte discusión con los fariseos,
porque ellos, con razonamientos muy hábiles —de esos que parecen piadosos, pero
huelen un poco a escapatoria— encontraban la manera de eludir el deber de
cuidar a sus propios padres (cfr. Mc 7, 9-13).
En aquel tiempo,
los ancianos no tenían pensión. Dependían totalmente de sus hijos. Por eso la
Biblia insiste tanto en el deber de asistir y honrar a los padres. El verbo
hebreo que se emplea es כַּבֵּד (kabbéd), “honrar”, pero
no significa solo tratar con respeto externo. Viene de la raíz כבד (k-v-d),
relacionada con la idea de “peso”, “valor”, “importancia”.
Honrar al padre y a la madre significa, por tanto, darles el peso que
merecen en la propia vida: Reconocer su valor, cuidarlos, sostenerlos y no
dejarlos solos cuando llega la fragilidad.
El libro del
Sirácida lo expresa con una ternura muy concreta: El hijo está llamado a
socorrer a su padre en la vejez, a no entristecerlo durante su vida, a ser
paciente incluso cuando pierda la lucidez, y a no despreciarlo cuando él mismo
está en pleno vigor (cfr. Eclo 3, 12-13).
Jesús, por tanto,
no relativiza la familia como si fuera algo secundario. Para Jesús, la
familia es un lugar sagrado, allí donde la vida se construye sobre la gratuidad
del amor. En una familia verdadera, los servicios no se calculan ni se
pagan. Nadie pasa factura por poner la mesa, cuidar al enfermo, escuchar al que
llega cansado o sostener al que se viene abajo. Todo se recibe y se entrega
gratuitamente.
Cada uno intenta
dar lo mejor de sí para que los demás puedan estar bien, vivir, crecer, ser
felices. Por eso la familia, cuando vive según el sueño de Dios, se convierte
en imagen del mundo nuevo que Jesús anuncia: Una humanidad que se sabe hija de
un único Padre y que, por eso, aprende a mirarse como una familia de hermanos.
Hay cortes que duelen,
pero hacen posible la vida.
Ahora bien, dentro
de la familia llega también un momento en que ciertos desprendimientos tienen
que producirse. Es el momento en que el hombre deja a su padre y a su madre
para unirse a su mujer, de modo que pueda nacer una nueva familia (cfr. Gn 2,
24). Ese corte puede doler, pero es necesario para que la vida avance.
Quien se casa no
reniega de su familia de origen. No borra su historia ni deja de amar a sus
padres. Pero el centro de sus decisiones ya no puede estar en el padre o en la
madre, sino en el amor recíproco entre el esposo y la esposa, y después en los
hijos que nacen de ese amor.
Sabemos bien
cuántos problemas aparecen en una pareja cuando este corte necesario no se
realiza. Cuando uno de los dos sigue teniendo como referencia principal a sus
padres, y prefiere disgustar al esposo o a la esposa antes que contrariar a la
familia de origen, la vida matrimonial empieza a caminar con una piedra en el
zapato. Y al principio uno dice: “Bueno, no pasa nada”. Pero después de
unos kilómetros, esa piedrecita se convierte en penitencia cuaresmal de larga
duración.
Algo semejante
sucede con quien se enamora de Cristo. Quien elige a Cristo no reniega de la
familia en la que ha nacido, pero ya no la coloca en el primer lugar absoluto. Cristo
pasa a ser el centro desde el que se ordenan todos los demás amores.
Jesús también dejó una casa
para abrir una familia nueva.
También Jesús,
para ser fiel a la misión que había recibido, tuvo que dejar su propia familia.
Durante años había vivido en Nazaret con María. Pero un día dejó Nazaret, fue
al Jordán, recibió el bautismo de Juan y ya no volvió a instalarse en su
antigua vida. Se fue a Cafarnaúm, donde comenzó a predicar el Evangelio.
Aquella separación
de María debió de ser dolorosa. Un día, su madre fue a Cafarnaúm con algunos
familiares porque querían llevarlo de vuelta a casa. Entonces Jesús preguntó: «¿Quién
es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos?». Y mirando a quienes estaban
sentados alrededor de Él, dijo que su madre y sus hermanos eran aquellos que
escuchan la Palabra de Dios y la encarnan en la vida (cfr. Mc 3, 31-35).
Ahí aparece la
nueva familia inaugurada por Jesús. Él no rechazaba la familia de Nazaret; más
bien la invitaba a entrar en una familia más amplia, la de quienes se reconocen
hijos del único Padre y aprenden a mirar a los que tienen al lado como hermanos
a quienes servir, cuidar y hacer felices.
A quien quiere
seguirle, Jesús le pide la misma decisión que Él tomó: El valor de levantar el
vuelo hacia una casa nueva, la familia del Reino, donde no cuentan las
diferencias de raza o cultura, donde nadie se coloca por encima de los demás, y
donde todos estamos llamados a reconocernos hermanos.
Con Jesús no hay amores a medias.
Ahora entendemos
mejor por qué Jesús añade aquella frase tan exigente: “quien no acepta esto
no es digno de mí”. Jesús quiere implicar al discípulo en una relación de
amor exclusiva e incondicional. No acepta que su propuesta de vida se abrace
solo a medias, como quien deja una puerta abierta “por si acaso”.
Si alguien piensa
que esta propuesta es demasiado alta, demasiado comprometida, demasiado
exigente, Jesús no lo obliga. Nadie es forzado a seguirle. Él hace su propuesta
con libertad y espera una respuesta libre. Como sucede entre dos enamorados que
no logran entenderse; cada uno sigue su camino.
Con Jesús no
funcionan los enamoramientos a medio gas. O el corazón se entrega entero, o quizá
es mejor reconocer que todavía no estamos dispuestos. Porque seguirle no
consiste en añadir una devoción más a la agenda, sino en dejar que Él sea el
amor que ordena todos los demás amores.
Y aquí podemos preguntarnos con
sinceridad: ¿Cristo ocupa de verdad el centro de nuestros amores, o le hemos
reservado solo un rincón cómodo donde no moleste demasiado?
La cruz no se sufre sin más:
Se elige por amor.
«Y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de
mí».
¿Qué quiere decir
Jesús cuando pide al discípulo que tome su cruz? Conocemos bien la
interpretación más extendida de esta frase. Normalmente se entiende como una
invitación a soportar con paciencia las pequeñas o grandes contrariedades de la
vida: Los disgustos, las enfermedades, los achaques de la edad, esas piedras
del camino que nadie ha pedido y que, sin embargo, aparecen. A veces se dice: “Jesús
llevó su cruz; yo también tengo que resignarme y llevar la mía”. Incluso se
oye decir que Dios da a cada uno una cruz para cargar con ella. Pero esa
interpretación, tal como suele presentarse, es engañosa y no hace justicia al
Evangelio.
No hacía falta que
el Hijo de Dios viniera del cielo para decirnos que debemos soportar con
paciencia el mal que hemos intentado evitar por todos los medios y que, aun
así, nos ha caído encima. La cruz de la que habla Jesús es otra cosa. Conviene
entenderlo bien.
La cruz de Jesús no cae encima:
Se toma.
Ante todo, la cruz
no llega como un accidente desagradable. No es simplemente una desgracia que se
nos viene encima sin más. Es una elección a la que Jesús invita: “toma tu
cruz”. Podríamos dejarla; podríamos apartarnos. Pero Él invita a tomarla.
¿Qué significa
esto? ¿Quién acababa en una cruz? No eran los amos, ni los poderosos, ni
quienes mandaban. En la cruz terminaban los esclavos. Y Jesús acabó en la
cruz precisamente porque nunca se comportó como un amo. Toda su vida fue la
vida de un servidor, de un esclavo, de alguien que no vivió para dominar, sino
para entregarse.
Por eso, abrazar
la cruz, elegir la propia cruz, significa hacer la misma elección que hizo
Jesús: convertirse en servidor de quien necesita de nosotros.
Tomar la cruz es dejar de vivir como dueño.
El esclavo no se
pertenece a sí mismo; pertenece a su amo. Pues bien, en la lógica del
Evangelio, quien puede “mandar” al discípulo de Cristo es cualquiera
que necesita de él. El que sufre, el que está solo, el que pide ayuda, el
que no puede devolvernos nada: ese se convierte, de algún modo, en llamada de
Dios para nosotros.
Para los hombres,
esta elección parece un fracaso. Porque todos, seamos sinceros, llevamos dentro
una pequeña oficina de reclamaciones donde nos gustaría ser servidos antes que
servir. Queremos que nos tengan en cuenta, que nos faciliten la vida, que nos
reconozcan. Pero Jesús nos propone otro camino: “abraza la elección del
servidor, como hice yo. Si no lo haces, no eres digno de mí”.
Entonces, basta
sustituir la palabra “cruz” por el verbo “servir”, y la petición
de Jesús se vuelve mucho más clara: Quien no acepta servir no está entrando
en el camino de Cristo.
Y fijémonos en un
detalle importante: Jesús no dice que tomemos una cruz cualquiera. Dice que
cada uno tome su propia cruz. Es decir, no se trata de buscar
sufrimientos extraños ni de inventarse penitencias raras, como si el
cristianismo fuera una competición de caras largas. Se trata de reconocer
cuál es el servicio concreto que la vida, el Evangelio y los hermanos ponen hoy
delante de nosotros.
Porque quizá la
pregunta no sea: “¿Qué desgracia tengo que soportar?”, sino otra mucho
más evangélica: ¿A quién estoy llamado a servir por amor, aquí y ahora?
No se carga la cruz de otro:
Se sirve con los propios dones.
«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su
vida por mí, la encontrará».
Jesús no nos llama
a llevar la cruz de otro, es decir, a realizar el servicio que corresponde a
otra persona. La disponibilidad para servir es la exigencia básica del
discípulo. Sin ella, no hay seguimiento real. Si uno no acepta servir, no
es digno de Él.
Ahora bien, cada
persona está llamada a expresar esa disponibilidad en un servicio concreto,
propio, único. Ese servicio depende de las aptitudes, de las capacidades y de
los dones que cada uno ha recibido de Dios. No todos servimos de la misma
manera, ni todos estamos llamados a hacer lo mismo. Pero todos estamos llamados
a servir.
Pongamos un
ejemplo sencillo, para entenderlo mejor. A todos nos gusta colocar delante de
nuestro nombre los títulos que nos identifican. Los ponemos en la placa de la
puerta, en la tarjeta de visita, en el correo electrónico, en el despacho. Nos
presentamos como doctor, profesor, ingeniero, abogado… Y, claro, uno piensa: “Después
de lo que me ha costado conseguir ese título, que se sepa un poco, ¿no?”.
Hemos trabajado mucho para obtener esa bendita licenciatura, ese grado, ese
doctorado, y queremos que los demás sepan que no somos cualquiera; que tenemos
preparación, méritos, experiencia, y que también merecemos reconocimiento y una
justa retribución.
El título cristiano más alto
es estar disponible.
¿Qué nos diría
Jesús? Tal vez algo así: “Muy bien. Pon tus títulos bien visibles, para que
todos sepan cuáles son tus capacidades, cuál es tu formación, qué sabes hacer.
Así podrán contar contigo como con un servidor, como con alguien disponible a
quien pueden acudir cuando necesiten ayuda”. Esto ya no nos gusta tanto,
¿verdad?
Pero ahí se juega
el sentido de la propia cruz. Los dones recibidos, la preparación, la
profesión, la inteligencia, la experiencia, no son una tarima desde la que
mirar a los demás por encima del hombro. Son una llamada a servir mejor. Si
no nos gusta este camino, si queremos los títulos solo para ser admirados y no
para estar más disponibles, entonces no hemos entendido todavía la cruz de
Cristo.
La cruz se reconoce
en una vida sin superioridad.
Abrazar la propia
cruz significa precisamente esto, en poner lo que uno es y lo que uno sabe al
servicio de los demás.
Por eso el discípulo de Cristo debería ser reconocible también cuando ejerce
una profesión muy cualificada. No porque presuma de superioridad, ni porque
reclame honores, ni porque vaya por la vida con aire de “permítanme, que ha
llegado alguien importante”. Se le reconoce porque, aun teniendo
preparación y responsabilidad, se comporta siempre como un servidor humilde.
Y ahora Jesús se dirige precisamente a quienes han aceptado tomar la cruz, a quienes han elegido servir. A ellos les dirige unas palabras dulces, consoladoras, llenas de ánimo.
Acoger al discípulo
es acoger a Cristo.
«El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me
recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es
profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es
justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un
vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en
verdad os digo que no perderá su recompensa».
Jesús dice que
quien acoge a sus discípulos lo acoge a Él mismo. Pero conviene preguntarnos:
¿quiénes son esos “vosotros” a los que se refiere? ¿A quién invita Jesús
a acoger?
Se trata de
aquellos discípulos que han aceptado tomar la cruz, es decir, que han decidido
poner su vida al servicio de los hermanos. Acoger a estas personas no
significa simplemente abrirles la puerta de casa o tratarlas con simpatía. Significa
acoger la propuesta de vida evangélica que ellas encarnan. Significa, en el
fondo, acoger a Cristo.
El profeta no adivina el futuro:
Escucha a Dios.
Jesús habla
después de acoger a un profeta y de participar en la recompensa del profeta.
Pero sabemos bien quiénes son los profetas. No son adivinos ni videntes que
predicen el futuro, como si llevaran una bola de cristal escondida bajo el
manto. El profeta es una persona con una sensibilidad espiritual muy
afinada; alguien que, en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios, va
asimilando los pensamientos del Señor.
Después, el
profeta comunica ese pensamiento de Dios a los hermanos, especialmente cuando
estos viven sumergidos en la mentalidad del mundo. Su misión consiste en
llevar una palabra que no nace de los cálculos humanos, sino de la sabiduría de
Dios.
Naturalmente, no
todos tienen esta sensibilidad espiritual. Y tampoco todos tienen la fuerza o
el valor de decir ciertas cosas que resultan incómodas a los oídos de la gente.
Porque lo que anuncia el profeta no suele coincidir con la mentalidad dominante.
Por eso, muchas veces, el profeta es rechazado.
Acoger al profeta
es dejar entrar su luz.
¿Qué significa,
entonces, acoger a un profeta? En primer lugar, significa acoger su mensaje.
Es decir, abrirse a esa luz que viene de Dios, pasa a través del profeta y
llega hasta nosotros. No se acoge al profeta solo cuando se le aplaude; se le
acoge de verdad cuando se deja que su palabra nos ilumine, nos cuestione y nos
ponga en camino.
En segundo lugar, acoger
al profeta significa darle el apoyo moral que necesita. Los profetas suelen
ser incómodos. Muchas veces son combatidos, malinterpretados, arrinconados,
incluso dentro de la propia institución religiosa. Precisamente por eso
necesitan ser sostenidos con valentía.
Y hay todavía una
tercera forma de acoger al profeta: Ayudarlo concretamente en su misión.
No basta con decir: “Qué bien habla”, “qué claro lo tiene”, “qué
necesario es lo que dice”. A veces la verdadera acogida empieza cuando uno
se pregunta: ¿Cómo puedo ayudar para que esta palabra llegue, sostenga,
despierte y consuele?
¿En qué consiste
la recompensa de quienes acogen al profeta? Consiste en participar de la obra
que el profeta realiza. Quien acoge al profeta participa también de las
bendiciones, de la vida y de la fecundidad que su palabra lleva allí donde
llega. Dicho de otro modo: quien acoge al profeta se convierte, con él, en
constructor del mundo nuevo.
El justo predica
sin necesidad de micrófono.
Jesús habla
también de acoger al justo y de recibir la recompensa del justo. El profeta se
reconoce por la palabra que anuncia, una palabra pronunciada en nombre de Dios.
El justo, en cambio, no predica necesariamente con discursos. Predica con su
vida.
El justo encarna
la palabra del profeta. San Francisco decía a sus frailes que predicaran
siempre el Evangelio y, si fuera necesario, también con palabras. Ahí está el
justo: alguien que no necesita grandes declaraciones para mostrar qué significa
vivir según Dios. Su manera de actuar habla.
Acoger al justo
significa entrar en sintonía con su vida. Significa reconocer que su modo de
vivir nos está mostrando un camino. A veces una persona justa no da una
conferencia, no escribe un tratado, no levanta la voz; simplemente vive de tal
modo que uno, al verla, piensa: “Ahí hay algo del Evangelio”.
Un vaso de agua
también construye el Reino.
Por último, Jesús
habla de quien ofrece incluso un simple vaso de agua a uno de sus pequeños, y
asegura que ese gesto no quedará sin recompensa.
El discípulo de Cristo es alguien
que se juega la vida de verdad. No vive a medias, no calcula siempre
hasta dónde le conviene llegar, no se queda en una fe cómoda y decorativa. Precisamente
por eso, en su camino, necesitará muchas veces que alguien le tienda una mano.
Quien se da cuenta
de que un discípulo de Cristo, aunque sea pequeño, débil o poco reconocido,
está en necesidad, y le ofrece ayuda —aunque sea algo tan sencillo como un vaso
de agua—, entra también en la lógica del Evangelio. Porque para Jesús no cuenta
solo el gran gesto heroico. Cuenta también esa ayuda humilde, concreta, casi
escondida, que sostiene al hermano en el momento justo.
Y quizá aquí
podemos preguntarnos: ¿Sabemos reconocer a los discípulos que hoy necesitan
nuestro “vaso de agua”, o esperamos siempre una ocasión más brillante
para empezar a servir?



