domingo, 5 de abril de 2026
Feliz Pascua de Resurrección del Señor
sábado, 4 de abril de 2026
“¡Ven, Señor Jesús!” — מָרָנָא תָא (Maranathá)
“¡Ven, Señor Jesús!”
— מָרָנָא תָא (Maranathá)
A veces, cuando se
oye hablar del fin de los tiempos, parece que todo se llena de sombras, de
inquietud, de preguntas raras, de imágenes que asustan. Pero yo quisiera
decírselo a los niños, a los jóvenes, a los mayores, con toda sencillez: al
final no viene el caos; al final viene Él. Viene el Señor resucitado. Viene
el que pasó por la cruz, sí, pero la cruz no tuvo la última palabra. Viene el
que venció a la muerte. Viene el que salió vivo del sepulcro. Viene el que nos
ama hasta el extremo.
Y por eso, cuando
yo pienso en su regreso, no pienso primero en el susto. Pienso en una alegría
inmensa. Pienso en la hora en que por fin quedará claro, para siempre, que la
vida ha triunfado y que el amor ha vencido. Pienso en el momento en
que toda lágrima encontrará consuelo, en que toda fidelidad escondida será
iluminada, en que todo lo que aquí vivimos con fe llegará a su plenitud.
A mí me gusta
mucho decir una cosa muy sencilla: nosotros no esperamos “algo”; esperamos a
Alguien. Esperamos a Jesús. No esperamos una fuerza anónima. No esperamos
un destino ciego. No esperamos una especie de final impersonal. Esperamos al
Señor. Al mismo Jesús del Evangelio. Al mismo que abrazaba a los pequeños.
Al mismo que tocaba a los enfermos. Al mismo que levantaba a los caídos. Al
mismo que miraba con ternura. Al mismo que, resucitado, mostró sus llagas y
regaló la paz.
Por eso la
esperanza cristiana no es una teoría. La esperanza cristiana tiene rostro.
Y ese rostro es el de Cristo resucitado.
Y esto, cuando uno
lo explica a los niños, es precioso. Porque los niños entienden muy bien lo que
significa esperar a alguien amado. Entienden lo que es mirar una puerta con
ilusión. Entienden lo que es preparar algo con cariño porque va a venir alguien
importante. Entienden lo que es ponerse contentos antes de tiempo. Y yo
creo que ahí hay una clave muy honda para la catequesis: esperar al Señor no
es vivir asustados, sino vivir deseándolo.
A mí me conmueve
pensar que el corazón cristiano debería parecerse un poco al corazón de un niño
que está pendiente de la puerta. Un niño que no calcula, sino que espera. Un
niño que no se encierra en sus miedos, sino que se abre a la alegría. Un
niño que no dice: “Ojalá no venga”, sino que dice: “¡Ojalá llegue ya!”.
Eso, llevado al alma creyente, es una maravilla. Eso es lo que la Iglesia ha
rezado desde el principio con esa invocación tan breve y tan ardiente: “¡Ven,
Señor Jesús!”. מָרָנָא תָא. Maranathá.
Qué oración tan
pequeña y qué grande es por dentro. Porque cuando yo digo: “Ven, Señor Jesús”,
estoy diciendo mucho más de lo que parece. Estoy diciendo: “Señor, te
necesito”. Estoy diciendo: “Señor, no quiero vivir lejos de Ti”.
Estoy diciendo: “Señor, creo que Tú eres la meta de la historia”. Estoy
diciendo: “Señor, sólo en Ti se cumple del todo mi esperanza”.
Y aquí hay algo
que me parece muy importante subrayar: nosotros no sabemos cuándo va a venir el
Señor. No se nos ha dado esa fecha. No vivimos pendientes de cálculos, ni de
curiosidades, ni de especulaciones. Pero eso no enfría nuestra espera. Al
contrario. No saber el día no apaga el deseo; lo purifica. Nos enseña a
vivir siempre preparados, siempre despiertos, siempre con el corazón en vela.
Por eso yo diría
que la esperanza cristiana no consiste en adivinar el calendario de Dios. La
esperanza cristiana consiste en vivir orientados hacia Cristo. Consiste en
levantarse por la mañana y, en medio de las tareas más normales, seguir
teniendo dentro del alma esa certeza: “Mi vida camina hacia un encuentro”.
Consiste en amar sabiendo que el amor no se pierde. Consiste en sufrir sin
desesperar. Consiste en trabajar, en servir, en cuidar, en rezar, en educar, en
acompañar, en luchar por el bien, y al mismo tiempo seguir diciendo por dentro:
“Señor, cuando quieras, ven”.
Y ahí entra la
Pascua de una manera bellísima. Porque yo no sé cuándo volverá el Señor, pero
sí sé desde dónde lo espero. Yo lo espero desde la Pascua. Lo espero
como Resucitado. Lo espero con luz de Pascua. Lo espero sabiendo que la última
palabra ya empezó a resonar en la mañana de la Resurrección. La piedra
removida, el sepulcro vacío, la victoria sobre la muerte… todo eso no es sólo
un recuerdo del pasado. Es el comienzo del futuro definitivo.
Por eso, cuando
hablo con niños y con familias, me gusta decir: nuestra espera tiene sabor
de Pascua. No es una espera gris. No es una espera tensa. No es una espera
triste. Es una espera luminosa. La Iglesia espera al Señor como una esposa
espera al esposo, como una familia espera a quien ama, como unos hijos esperan
a quien saben que les traerá la plenitud de la alegría.
Y entonces la
catequesis cambia de tono. Ya no se trata de meter miedo. Se trata de
ensanchar el corazón. Ya no se trata de decir: “Cuidado, que viene”. Se
trata de decir: “Qué alegría: el Señor vendrá”. Ya no se trata de vivir
encogidos, sino de vivir despiertos. Ya no se trata de una amenaza, sino de una
promesa.
A mí me gustaría
mucho que los niños crecieran con esta convicción: “Jesús puede venir, y yo
quiero que me encuentre queriéndolo”. Me parece una idea preciosa. Muy
sencilla, muy profunda y muy verdadera. Esperar al Señor es vivir de tal
manera que, si hoy llamara a la puerta, yo pudiera abrirle con alegría. Eso
es lo importante. Que nos encuentre con el corazón encendido. Que nos encuentre
amando. Que nos encuentre con ganas de correr hacia Él.
Porque, en el
fondo, esa es la gran pregunta: si el Señor llamara hoy, ¿cómo querría
encontrarme? Y la respuesta no tiene que ver con cosas espectaculares. Tiene
que ver con lo esencial. Querría que me encontrara rezando. Querría que me
encontrara perdonando. Querría que me encontrara sirviendo. Querría que me
encontrara sin haber endurecido el corazón. Querría que me encontrara con
esa alegría humilde de quien sabe que todo lo espera de Él.
Y aquí, otra vez, los
niños nos enseñan muchísimo. Porque ellos tienen una manera limpia de
desear. Tienen una manera limpia de esperar. Tienen una manera limpia de
alegrarse. Y quizá por eso me parece tan bonito pensar en ellos expectantes,
atentos, casi mirando si Jesús llama. No por nerviosismo, sino por amor. No por
angustia, sino por ansias santas. Qué expresión tan bonita: ansias
santas. El corazón que desea a Cristo. El corazón que dice: “Ven, Señor, porque
contigo todo será plenamente verdad, plenamente bueno, plenamente hermoso”.
Yo creo que eso
hay que enseñarlo mucho: desear a Cristo. No sólo obedecerle. No sólo
saber cosas sobre Él. No sólo repetir fórmulas. También desearlo. También
echarlo de menos. También querer su presencia. También decirle con verdad:
“Señor, yo quiero estar contigo”. Porque un cristiano maduro no es sólo el que
conoce la doctrina; es también el que ha aprendido a amar la venida del Señor.
Y por eso la
historia, para nosotros, no termina en un abismo. La historia termina en
Cristo. No termina en la derrota del bien. No termina en la victoria de la
muerte. No termina en la nada. Termina en el Señor. Termina en la plenitud de
su Reino. Termina en la manifestación definitiva de su amor. Termina en la
Pascua llevada a su cumplimiento total.
Qué consuelo da pensar esto. Qué fuerza
da. Qué paz da. Porque entonces uno entiende que ninguna fidelidad es inútil,
que ninguna lágrima ofrecida se pierde, que ninguna obra de amor cae en el
vacío. Todo camina hacia Él. Todo encuentra en Él su sentido último. Todo
espera su luz definitiva.
Por eso yo hoy querría dejar en el corazón
de todos, de los niños y de los mayores, esta certeza tan sencilla y tan
grande: nosotros vivimos esperando a Jesús. Y lo esperamos con alegría.
Lo esperamos con esperanza. Lo esperamos con el corazón despierto. Lo esperamos
con deseo. Lo esperamos como se espera la plenitud de una promesa largamente
amada.
Y por eso rezamos así, con toda el alma:
¡Ven, Señor Jesús! מָרָנָא תָא Maranathá. Ven, Señor Jesús,
porque esta humanidad te necesita. Ven, Señor Jesús, porque hay muchos
corazones cansados esperando consuelo. Ven, Señor Jesús, porque los niños te
esperan con alegría limpia. Ven, Señor Jesús, porque queremos vivir preparados
para Ti. Ven, Señor Jesús, porque en Ti ha triunfado la vida.
Ven, Señor Jesús, porque en Ti ha
triunfado el amor.
Ven, Señor Jesús, porque nuestra esperanza tiene tu nombre.
Y ojalá, cuando Él
venga, nos encuentre así: no paralizados por el miedo, sino ensanchados por la
esperanza; no escondidos, sino esperándolo; no distraídos, sino vigilantes; no
fríos, sino enamorados.
Porque, al final,
eso es ser cristiano:
vivir con el corazón vuelto hacia Cristo.
Homilía del Domingo de Resurrección del Señor - Homilía del Domingo de Resurrección del Señor
Homilía
del Domingo de Resurrección del Señor
Jn 20, 1-9
Si María Magdalena
hubiera ido al sepulcro un día antes, también habríamos celebrado la Pascua un
día antes.
Juan sitúa la
escena con un detalle que no es simplemente cronológico: «el primer día de
la semana», literalmente, el primero después del sábado, María Magdalena
fue al sepulcro (cfr. Jn 20,1). Ese apunte, en realidad, ya está diciendo
mucho. María no va enseguida, no corre inmediatamente después de la sepultura
de Jesús. Espera a que pase el sábado. Espera porque todavía está dentro del
horizonte de la observancia, todavía marcada por la ley, por el descanso
sabático, por una forma de fidelidad religiosa que aún no ha dado el paso hacia
la novedad plena.
La observancia puede retrasar
lo que Dios ya está haciendo nacer.
Eso es lo que el
evangelista quiere hacer percibir. La observancia de la ley retrasa la
experiencia de la nueva creación inaugurada por Jesús. No la anula, pero sí
puede demorarnos. Y aquí el texto toca algo muy nuestro. También nosotros
podemos permanecer aferrados a formas correctas, a costumbres buenas, a
seguridades respetables, y sin embargo llegar tarde a la vida. Porque la
novedad de Dios no siempre entra por los caminos que nosotros habíamos dejado
bien ordenados.
Cuando Juan habla
del «primer día de la semana», no se limita a señalar una fecha. Está
evocando el primer día de la creación. Está diciendo que, en Jesús,
comienza una creación nueva. Y lo que verdaderamente nace de Dios no conoce la
muerte ni tiene en la muerte su última palabra. Pero la comunidad, representada
aquí por María Magdalena, sigue todavía condicionada por la lógica antigua y
por eso tarda en entrar en la experiencia de la resurrección.
María llega al
sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Y en Juan la oscuridad
nunca es un mero detalle ambiental. Es imagen de la incomprensión de la
comunidad, que aún no ha comprendido de verdad a Jesús, el que se había
presentado como «luz del mundo» (cfr. Jn 8,12), ni ha dejado que su
palabra ilumine hasta el fondo la mirada. A veces no estamos en tinieblas
porque falte luz, sino porque seguimos mirando con los ojos de antes.
Ve que la piedra
ha sido quitada del sepulcro. Y su primera reacción es correr adonde están
Simón Pedro y el otro discípulo. Jesús había dicho que llegaría la hora en que
cada uno se dispersaría por su lado (cfr. Jn 16,32). Pues bien, ahora el
evangelista le confía precisamente a esta mujer una tarea hermosa: María
Magdalena aparece como la que vuelve a reunir a los dispersos, la que pone de
nuevo en movimiento a las ovejas que se habían desperdigado.
Y el anuncio que lleva tiene un peso
particular: “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han
puesto” (cfr. Jn 20,2). No dice “el cuerpo”, sino “el Señor”. Incluso en
medio de su desconcierto, sus palabras dejan asomar algo más hondo. Jesús no es
nombrado como un simple cadáver ausente. Hay ya, incluso sin saberlo, una
rendija abierta hacia la fe.
Al Viviente no se le encuentra
en el lugar de la muerte.
Pedro y el otro
discípulo salen corriendo hacia el sepulcro. Pero van justamente al único lugar
donde no debían buscarlo. Lucas lo expresará con una claridad luminosa: “¿Por
qué buscáis entre los muertos al que vive?” (cfr. Lc 24,5). La pregunta no
vale solo para aquellas mujeres ni solo para aquellos discípulos. Vale también
para nosotros.
Porque nosotros
también buscamos al Señor donde ya no está. Lo buscamos en lo acabado, en lo
cerrado, en aquello que ya hemos dado por perdido. Lo buscamos en nuestras
nostalgias, en nuestras heridas, en nuestras culpas, en nuestros pequeños
sepulcros interiores. Y el sepulcro puede guardar un recuerdo, pero no puede
retener al Resucitado. Jesús no puede ser aprisionado en el lugar de la
muerte. Él es el Viviente.
Por eso, cuando uno se relaciona con alguien o con algo solo desde la pérdida, solo desde la ausencia, solo desde lo que terminó, acaba sin poder experimentar una presencia viva y vivificante. Es una observación muy sencilla y, al mismo tiempo, muy seria. Si seguimos mirando solo la tumba, no aprenderemos a reconocer la vida nueva. Dicho de otro modo: el sepulcro vacío no sirve para instalarnos allí, sino para obligarnos a salir de allí.
Corren los dos
discípulos. Llega primero el discípulo amado, el que ha hecho experiencia del
amor de Jesús. Pedro llega más tarde. Y tampoco este detalle parece casual.
Pedro había rechazado dejarse lavar los pies; no había aceptado del todo el
amor de Jesús expresado en el servicio. No había comprendido todavía que el
Señor se revela precisamente abajándose. Y a veces uno llega más tarde no
porque tenga menos fuerza, sino porque le ha costado más dejarse amar.
Sin embargo, el
otro discípulo no entra enseguida. Se detiene y deja que Pedro pase primero. Y
este gesto tiene una profundidad muy grande. Es importante que el discípulo
que traicionó a Jesús, el discípulo para quien la muerte parecía el final de
todo, sea el primero en asomarse a la experiencia de una vida que va más allá
de la muerte. El Evangelio tiene esta delicadeza: no humilla al que cayó,
sino que le abre camino para que vuelva a empezar.
Luego entra
también el otro discípulo. Y Juan lo dice con una sobriedad inmensa: «vio y
creyó» (cfr. Jn 20,8).
La Pascua no se entiende
solo mirando un sepulcro vacío.
Pero el evangelista añade enseguida una
advertencia decisiva: «todavía no habían comprendido la Escritura», es
decir, «que él debía resucitar de entre los muertos» (cfr. Jn 20,9). Y
aquí está uno de los centros del pasaje. La fe en la resurrección no nace
simplemente de constatar una ausencia dentro de la tumba. No basta ver un
signo. No basta comprobar que la piedra ha sido corrida o que el sepulcro está
vacío. Todo eso puede sacudir, puede inquietar, puede abrir preguntas. Pero no
basta para creer de verdad.
Juan quiere
impedir una comprensión superficial de la Pascua. La resurrección de Jesús no
es un privilegio concedido a un personaje admirable de hace dos mil años. No es
un recuerdo extraordinario que contemplamos desde lejos. Es una posibilidad
abierta a los creyentes. Es la irrupción de una vida nueva que empieza ya
ahora allí donde la Palabra es acogida de verdad.
La Escritura,
recibida en el corazón del discípulo, no sirve solo para informar ni para
adornar una idea religiosa. La Palabra del Señor, cuando encuentra espacio
en nosotros y se vuelve carne en nuestra vida, transforma. Y esa transformación
hace nacer una calidad nueva de existencia. Es ahí, en una vida tocada y
renovada por la Palabra, donde el Resucitado se deja reconocer.
No creemos que
Jesús ha resucitado solo porque haya un sepulcro vacío. Creemos cuando lo
encontramos vivo y vivificante en nuestra propia vida. Cuando algo que estaba
apagado vuelve a encenderse. Cuando una herida deja de ser solo herida y
comienza a convertirse en lugar de compasión. Cuando donde veíamos cierre
empieza a abrirse un camino. Cuando la oscuridad no desaparece de golpe, pero
ya no tiene la última palabra.
Quizá ahí se nos
abre hoy una pregunta sencilla y verdadera: ¿seguimos buscando al Señor en
nuestros sepulcros, o nos atrevemos a reconocerlo allí donde ya está haciendo
nueva la vida?
viernes, 3 de abril de 2026
Homilía de la Vigilia Pascual - Mt 28, 1-10 «id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Homilía
de la Vigilia Pascual
Mt 28, 1-10 «id a comunicar a mis hermanos
que vayan a Galilea;
allí me verán».
Durante estos días
estamos rezando y meditando sobre la pasión de amor de Jesús, tal como nos la
narró el evangelista Mateo. Allí aparecía el procurador romano, Poncio Pilato,
que en dos ocasiones hizo salir a Jesús del palacio y lo presentó ante los
sumos sacerdotes y ante la multitud de judíos, azuzada por ellos para pedir su
condena a muerte.
He aquí el hombre:
y nadie quiere mirarlo.
Pilato sacó fuera
a Jesús vestido con un manto escarlata y con la corona de espinas sobre la
cabeza, y exclamó: «Aquí tenéis al hombre». Era como si dijera: aquí
está una manera de ser hombre; decidme, ¿os gusta este hombre? Pero aparece
como un derrotado, humillado, ridiculizado, como un rey de burla. Y todos, al
verlo, gritan: «¡Quitadlo de en medio! ¡No queremos verlo! ¡Crucifícalo!».
He aquí vuestro rey:
y preferimos otro reino.
La misma reacción
tuvo la multitud cuando Pilato dijo: «Aquí tenéis a vuestro rey». Y la
gente respondió: «No lo queremos ver. Nosotros ya tenemos un rey, y es el
César». Querían ese reino construido según los criterios de este mundo.
¿Qué clase de rey es este? Les parecía ridículo. Y conviene notarlo bien.
Se puede ser muy religioso
y no acoger a Jesús.
Los que piden la
condena a muerte de Jesús son personas muy religiosas; todos son
creyentes. Están los sumos sacerdotes y están también esos judíos que
frecuentan el Templo. Uno puede ser muy religioso y, sin embargo, rechazar
la propuesta del hombre nuevo que trae Jesús y el reino nuevo que él inaugura:
un reino de amor y de paz.
Lo rechazaron
porque no les agradaba alguien que, según sus criterios, era un fracasado, un
vencido. Y, en cierto sentido, era verdad: según los criterios de este mundo, Jesús
no es un hombre de éxito, no es uno que domina; es un siervo por amor.
Lo que el mundo llama fracaso,
Dios lo llama verdad.
Y este hombre, y
este reino, no agradan a quien piensa con la lógica de este mundo. La pregunta
entonces es inevitable: ¿Dios estaba de acuerdo con ese juicio de los hombres?
La respuesta la dio en la mañana de Pascua.
El octavo día:
la Pascua que inaugura la vida nueva
«Pasado el sábado, al alborear el
primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el
sepulcro»
El relato comienza
con una indicación de tiempo muy precisa; «al
alborear el primer día de la semana», es decir, el día
siguiente al sábado. Aquel año, además, la Pascua judía coincidía con el
sábado; por eso ese día había quedado revestido de una santidad especial: era
sábado y era Pascua. Todos habían guardado escrupulosamente el descanso. Pero
ese primer día, que llega después del séptimo, para los cristianos se
convertirá en el octavo día: el día nuevo, el día de Pascua.
La Pascua inaugura un tiempo nuevo.
Por eso, en la
tradición cristiana, el número ocho adquirió un valor singular. Muchos
baptisterios antiguos eran octogonales: quien descendía a aquellas aguas
renacía a una vida nueva, a la vida inmortal manifestada en la Pascua. También
hoy encontramos iglesias con cúpula octogonal. No es un capricho
arquitectónico; es una confesión de fe. El pueblo que allí se reúne es el
pueblo de los bautizados, el pueblo de los resucitados. Para Israel, el ocho no
tenía este significado; para los cristianos, en cambio, se volvió un número
cargado de esperanza.
Las primeras en
ponerse en camino son dos mujeres. Sabemos incluso sus nombres: las dos se
llaman María. Una es María Magdalena; la otra, probablemente, María, la madre
de Santiago y de José, parientes de Jesús. Ellas habían asistido a la
crucifixión desde lejos. Mateo lo recuerda con sobriedad; estaban allí,
pero a distancia. No les permitían acercarse. Después de la muerte de Jesús sí
pudieron aproximarse, cuando José de Arimatea lo bajó de la cruz. Y ahora
vuelven de nuevo. ¿A qué? A ver el sepulcro. Es el afecto el que las mueve. El
amor, aun cuando ya no sabe qué hacer, sigue yendo al lugar donde descansan los
restos del amado.
El amor vuelve incluso
donde ya no espera nada.
Existía la
costumbre de visitar la tumba durante tres días, porque se pensaba que quizá
aún podía quedar algún signo de vida. Pero si en ese tiempo no ocurría nada,
entonces se aceptaba que la muerte había sellado definitivamente su victoria.
Estas mujeres llevan todavía dentro la escena de la sepultura: el cuerpo de
Jesús envuelto por José de Arimatea en una sábana limpia, depositado en el
sepulcro, la gran piedra rodada a la entrada, y después el silencio. Todo
parecía cerrado. Todo concluido.
El evangelista
dice que fueron a ver la tumba. En griego se expresa así: «ἦλθεν Μαριὰμ ἡ Μαγδαληνὴ
καὶ ἡ ἄλλη Μαρία θεωρῆσαι τὸν τάφον»; que traducido es; «Vino María
Magdalena y la otra María a contemplar / observar atentamente (incluso
con el matiz de ponerse ante algo para mirarlo con detenimiento) el sepulcro». Pero
aquí Mateo no emplea el verbo griego más común para indicar una simple mirada. En
griego hay una diferencia muy hermosa. No se dice βλέπειν (blépein),
que sería “mirar” en el sentido más inmediato, como quien ve algo y sigue de
largo. Mateo usa θεωρεῖν (theoreîn), aquí θεωρῆσαι (theorêsai):
una mirada que permanece, que contempla, que piensa, que busca sentido.
Es decir, aquellas mujeres no llegan al sepulcro como turistas del dolor;
llegan con el corazón herido, intentando comprender qué ha sucedido. No van
solo a constatar un hecho. Van a quedarse ante un misterio que todavía no
saben nombrar.
No miran solo una tumba;
intentan entender una derrota.
Están dolidas, sin
duda. Pero también necesitan hacer lo que hacemos todos cuando la vida nos
hiere: hablar, volver sobre lo ocurrido, intentar recoger los pedazos.
Quizá se dijeron cosas muy parecidas a las que nosotros mismos decimos cuando
nos topamos con un sufrimiento incomprensible: esto no tenía que pasar; ¿cómo
ha podido Dios permitir algo así? El justo ha sido eliminado. El santo ha sido
apartado. Los violentos se han impuesto. No era este el final que esperábamos.
Y poco a poco,
conversando entre ellas, tal vez fueron llegando a una conclusión amarga: ha
vencido lo de siempre.
El poder, el dinero, el interés, la mentira. Lo que tantas veces aplasta al
débil también ha aplastado a Jesús. ¿Qué queda entonces? Bajar los brazos.
Resignarse. Aceptar que el mal tiene la última palabra. El justo ha sido
vencido. El liberador ha sido silenciado. El sepulcro se ha convertido en su
última morada.
Entonces el hombre
nuevo habría perdido. Y el mundo nuevo, el reino de Dios del que Jesús hablaba,
no habría pasado de ser un hermoso sueño. Porque, claro, si no ha conseguido
realizarlo él, ¿quién lo va a realizar? Es la lógica más inmediata. Y también
la más triste.
Sin la Pascua,
la vida termina en una piedra cerrada.
Quien no ha
recibido todavía la luz de la Pascua sigue yendo al sepulcro como aquellas dos
mujeres: con amor, sí, pero sin esperanza. Y cuando uno llega a la tumba sin
esa luz, solo le queda llorar. Nada más. Porque, si todo termina ahí, tarde o
temprano aparece una pregunta que no es irreverente, sino profundamente humana:
¿vale la pena nacer, si al final nuestro destino es una tumba?
La piedra removida:
el lenguaje pascual de Mateo
«Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel
del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima.
Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve».
El evangelista
Mateo cuenta de un modo distinto a Marcos, a Lucas y a Juan lo que las mujeres
encontraron al llegar al sepulcro. Los otros evangelistas coinciden en decir
que, cuando llegaron, hallaron la piedra ya removida y la entrada del sepulcro
abierta de par en par. Mateo, en cambio, dice que las mujeres asistieron a una
escena grandiosa: un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, removió la
piedra y luego se sentó sobre ella. Ahora bien, quien toma al pie de la letra
lo que Mateo está narrando se pregunta enseguida: entonces, ¿qué nos han
contado los otros evangelistas? La respuesta es sencilla. Solo quien no
comprende el lenguaje y las imágenes bíblicas que emplea Mateo puede pensar que
está describiendo un hecho material. Lo que las mujeres encontraron al llegar
ya lo han contado los otros tres evangelistas. Mateo quiere ayudarnos a
captar el sentido de esa piedra removida. Dios había vencido a la muerte, y
para expresar esta verdad recurrió al lenguaje y a las imágenes que tenía a su
alcance, las mismas que sus lectores conocían bien porque las encontraban en la
Escritura.
El terremoto;
Irrupción de la potencia divina en el mundo.
La primera imagen
es esta: hubo un gran terremoto en la Pascua. El mayor terremoto de la
historia del mundo. El terremoto es una explosión impresionante de las fuerzas
de la naturaleza. Cuando hay un terremoto, nada queda como antes: todo se
sacude. Y esta es una imagen muy eficaz para expresar lo que sucede cuando Dios
interviene en la historia. Siempre hay un terremoto. De hecho, en la Biblia
esta imagen aparece muchas veces. Cuando Dios comunica su palabra a Moisés, el
monte Sinaí tiembla con fuerza (cfr. Ex 19, 18). También Elías, en el monte,
antes de la revelación del Señor, asiste a un terremoto (cfr. 1 Re 19, 11-12).
Y cuando Dios decide intervenir para cambiar la historia, emplea esa misma
imagen: «Yo haré temblar la tierra y el cielo» (cfr. Ag 2, 6-7). Si
además nos acercamos al Apocalipsis, vemos que esta imagen vuelve una y otra
vez (cfr. Ap 6, 12-14; 8, 5; 11, 13; 11, 19; 16, 18)».
Nadie, al leer
esos textos, pensaba en terremotos materiales. Y también quienes escuchaban este
pasaje del Evangelio de Mateo comprendían muy bien de qué terremoto estaba
hablando. Se trataba de la irrupción de la potencia de vida divina en el
mundo. Una fuerza de vida inmortal había entrado en los abismos de la
tierra, en el שְׁאוֹל (Sheol), en los infiernos, en el mundo de los
muertos, y allí había provocado el terremoto; lo había sacudido todo.
Esta verdad
aparece expresada de un modo muy bello en los iconos. Cristo, al concluir su
vida en este mundo, entró en el mundo de los muertos. Derribó las
puertas de la prisión en la que la muerte retenía a sus víctimas. Entró y los
liberó a todos. Los llevó a la casa del Padre, al mundo de la vida eterna. Y
ved también la otra imagen: ha roto las cadenas, los cerrojos de la muerte, los
de aquella prisión; y ha puesto en fuga para siempre a la muerte, nuestro gran
enemigo. La muerte aparece acorralada, despojada de todo poder. Fue
precisamente en los abismos de la tierra, en los infiernos, donde tuvo lugar el
mayor terremoto de la historia de la humanidad.
Antes de Jesús
habían entrado allí los patriarcas, David, Moisés, los profetas, el Bautista.
¿Y qué había sucedido? Nada. Todos habían quedado prisioneros de la muerte. Pero
cuando Jesús de Nazaret entró en el mundo de los muertos, entonces sí se
produjo el terremoto. Allí entró la vida que venció para siempre a la
muerte.
El ángel del Señor:
Dios mismo interviene.
La segunda imagen es
la del ángel del Señor aparece con frecuencia en la Biblia, pero no se trata
del ángel tal como nosotros solemos imaginarlo. Es una expresión que los
autores sagrados emplean cuando quieren presentar una intervención del Señor.
En vez de decir «el Señor hizo» o «el Señor dijo», dicen «el
ángel del Señor hizo» o «el ángel del Señor dijo». Por ejemplo: es
el Señor quien habla a Moisés en la zarza ardiente, pero el autor sagrado dice
que el ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego en medio de la
zarza. En nuestro pasaje, ese ángel que desciende y hace rodar la piedra es
Dios mismo que ha intervenido.
Ha retirado para
siempre esa piedra que separaba el mundo de los vivos del mundo de los muertos. Ya no existen
los muertos. Se pasa de la vida a la vida. «Quien cree en mí no muere, no
puede morir», porque a cada hombre le ha sido dada la vida del Dios
inmortal. Esta es la victoria sobre la muerte.
A veces los
médicos vencen a la muerte, pero no es una victoria definitiva; es aplazar la
derrota, porque al final la muerte vuelve a reclamar su presa. El verdadero
terremoto ocurrió cuando Dios entró en el mundo de los muertos y llevó allí su
vida en Jesús de Nazaret.
El ángel removió la piedra
Después de
decirnos que el ángel removió la piedra, quizá nosotros esperaríamos que
el evangelista contara que Jesús salió del sepulcro. Pero eso no podía
narrarse así, porque Jesús no volvió de allí. Hay un evangelio apócrifo del
siglo II, el llamado Evangelio de Pedro, que dice que Jesús salió del sepulcro.
No. No podía salir, porque él no regresó a esta vida: entró en la casa del
Padre. Esa es la resurrección. Resucitó en el mismo momento en que, en el
Calvario, exhaló el último aliento y nos entregó su Espíritu.
Los hombres habían
puesto la piedra como signo definitivo de su victoria. También nosotros lo
decimos: «poner una piedra encima», como diciendo: aquí ya no cambia
nada. Parecía que la muerte había pronunciado la última palabra. Y, sin
embargo, la que venció fue la vida.
El ángel sentado sobre la piedra.
La tercera imagen es la del ángel,
sentado victorioso sobre la piedra, es Dios celebrando el triunfo de la vida.
Recordemos que aquella piedra había sido sellada y custodiada por soldados. Nadie
debía moverla. Jesús tenía que permanecer allí para siempre: había
molestado demasiado. Todas estas imágenes expresan lo que los hombres habían
intentado hacer con Jesús: encerrarlo definitivamente en el sepulcro, dejarlo
prisionero de la muerte. Pero Dios intervino y rompió los sellos de la
muerte, esos sellos puestos por los poderosos que querían perpetuar el mundo
del mal, de la injusticia y de la violencia.
Romper los sellos
significaba desafiar la autoridad de quien los había puesto; en este caso,
desafiar al emperador de Roma, del que Pilato era representante. Era el símbolo
mismo de los poderes de este mundo. Y Dios no tuvo miedo de quebrar los sellos
de la autoridad imperial. Este es el significado de la imagen. Dios rompe sus
sellos, no teme a los reinos de este mundo, y nos invita también a nosotros a
cultivar ese mismo valor frente a la prepotencia del mal con la que tantas
veces nos encontramos en la vida.
El mal del mundo
no es invencible.
Es verdad que resulta invencible con las solas fuerzas naturales, pero hoy
nosotros hemos recibido una fuerza que viene del cielo. El ángel, en efecto,
desafía a los poderes de este mundo, a los dominadores opresores que ya no
querían ni oír hablar del reino de Dios introducido por Jesús.
El ángel con aspecto como de un relámpago
y vestido blanco
La última imagen
es el aspecto del ángel era como un relámpago y su vestido blanco como la nieve. El relámpago es
el máximo resplandor de la luz y de la potencia. ¿Cuándo brilló la luz de Dios
con toda su fuerza y toda su gloria? Cuando venció a la muerte. También el
blanco es símbolo de la luz. Juan, al comienzo de su primera carta, dice: «Dios
es luz y en él no hay tiniebla alguna» (cfr. 1 Jn 1, 5).
Con todas estas
imágenes, Mateo está diciendo que el mensaje que las mujeres han recibido,
como enseguida escucharemos, viene de Dios.
Y ahora entran en
escena los que se sienten incómodos ante la luz del cielo, porque se han puesto
del lado de la tiniebla y de la muerte.
Quienes sirven al mal
no resisten la Pascua
«los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos»
Los guardias
puestos para custodiar el sepulcro representan a todos aquellos que, por
interés o por servilismo, se ponen al servicio del mal; a quienes se venden al
poderoso de turno por amor al dinero. Los sorprende el terremoto. No lo
esperaban. Estaban convencidos de que el reino que defendían era invencible,
inamovible, pero la intervención de Dios lo ha sacudido todo. Y la
consecuencia es inmediata; quedan sobrecogidos de espanto y caen en tierra como
muertos.
Quien sirve al mal termina derribado
por su propia mentira.
¿Qué quieren decir
estas imágenes? Que quien se pone del lado del mal queda desarmado ante la
intervención de Dios. Ahí está también la invitación que se nos hace: no
tener miedo a las fuerzas del mal. Se nos ha dado una fuerza divina que vence a
la muerte.
El ángel del Señor
no dirige su palabra a los guardias. Ellos tienen que darse cuenta por sí
mismos de que su vida está al servicio del mal, del reino de la injusticia, de
la mentira y de la muerte. Y una vida así está destinada al fracaso.
El dinero puede comprar silencios,
pero no la verdad.
Por desgracia, no
aceptarán cambiar ya que seguirán pensando solo en su propio interés. De
hecho, el relato continuará diciendo que aceptarán mentir por amor al dinero.
Su elección es una imagen muy elocuente de lo que sucede también hoy tantas
veces: que con dinero se compran con facilidad muchas conciencias.
El ángel, como decía, no habla a los guardias; habla a las mujeres.
«No tengáis miedo vosotras».
Los guardias, sí; vosotras, no.
«El ángel habló a las mujeres: «Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí:
¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id
aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad,
os lo he anunciado».
Cuando un ángel
anuncia la palabra del cielo a una persona de este mundo, aparece siempre la
imagen del temor. También cuando el ángel habla a María le dice: «No temas,
María». Y en la noche de Navidad, cuando los pastores se ven envueltos por
la luz del cielo, quedan llenos de un gran espanto. Entonces el ángel del Señor
les dice: «No temáis; os anuncio una gran alegría».
El miedo no aleja a Dios:
revela su grandeza.
Ese temor es una
imagen de la toma de conciencia, de la distancia infinita que existe entre
nosotros, que vivimos en esta condición de criaturas frágiles y mortales, y el
mundo de Dios, del que procede esa voz.
Después de invitar
a no tener miedo, el ángel explica el significado de aquella piedra removida
del sepulcro. Dice: «ya sé que buscáis a
Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!». Ha
pasado por el mundo de los muertos, pero no se ha quedado allí; al contrario,
lo ha vaciado.
El sepulcro vacío no es la meta:
es una señal.
El sepulcro vacío
es solo el signo material que prepara a las mujeres para el encuentro con el
Resucitado.
No será un encuentro verificable con nuestros sentidos, porque el Resucitado ya
no tiene un cuerpo compuesto de átomos. Es él, verdaderamente él, pero
revestido de incorruptibilidad.
El encuentro con
el Resucitado, que primero tendrán las mujeres y después los discípulos, será
contado por los evangelistas con imágenes tomadas de nuestro mundo material:
ver, tocar, abrazar al Resucitado. Lucas llegará incluso a decir que comen con
el Resucitado. Son imágenes con las que los evangelistas narran una experiencia
verdadera, real, aunque no material: el encuentro del hombre con el mundo de
Dios.
«Ha resucitado, como había dicho», dice el
ángel. Es el recuerdo de lo que Jesús había anunciado lo que abre los ojos
de las mujeres y las prepara para ver al Resucitado.
Para ver al Resucitado,
hay que volver a Galilea.
Y el ángel
continúa: «y va por delante de vosotros a
Galilea. Allí lo veréis”». Esta invitación a volver a Galilea
tiene algo de enigmático. Pero está dirigida también a nosotros, si queremos
ver al Resucitado. El anuncio del Evangelio, lo recordamos, había comenzado en
Galilea. ¿Qué está diciendo el ángel? Está invitando a recorrer de nuevo el
camino que hicieron los apóstoles junto al Maestro, y promete que, al final de
ese recorrido, sus ojos se abrirán de par en par y verán el destino de quien ha
entregado la vida por amor: un destino que no es el sepulcro, sino la casa del
Padre.
Pero Galilea tiene
también otro significado. Sabemos que estaba habitada por judíos mezclados con
paganos. Los habitantes de Jerusalén los consideraban casi medio paganos. En
Galilea convivían con toda naturalidad judíos y paganos. Era una región donde la
fidelidad religiosa y la práctica dejaban bastante que desear.
Galilea es nuestro mundo cotidiano.
Galilea es
justamente la imagen de nuestro mundo. Es el mundo en el que vivimos
nosotros, al lado de personas que buscan a Dios y de otras a las que Dios no
les interesa en absoluto; al lado de personas que nos resultan simpáticas y
de otras que quizá no soportamos demasiado. Y es precisamente en esta realidad
donde se nos invita a recordar lo que él dijo. Y cuando nosotros escuchamos lo
que él dijo, entonces lo vemos. Él es el Viviente.
Cuando Cristo sale al encuentro
de quienes lo buscan
«Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de
miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús
les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron
los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me
verán».
Las mujeres, dice el evangelista, dejaron deprisa el sepulcro y corrieron a anunciar a los hermanos la experiencia que habían vivido. Todavía no han visto al Resucitado, pero ya están preparadas para el encuentro. El ángel las había dispuesto para ello cuando les dijo: recordad lo que él había dicho. Y entonces Jesús sale a su encuentro y les dice: «Alegraos».
Las mujeres se echan a los pies de Jesús:
el sentido de toda su vida es un camino
La alegría que
trae el Resucitado al mundo es inmensa. Las mujeres se acercan y le abrazan los
pies. Y este detalle sorprende, porque uno esperaría que se echaran a sus
brazos. Pero el evangelio llama la atención justamente sobre los pies, ellas se
echan a sus pies: «le abrazaron los pies y se
postraron ante él». Las mujeres han comprendido el sentido de
toda la vida de Jesús: ha sido un camino, un camino recorrido desde el Padre
hasta nosotros y, atravesando la muerte, de regreso al Padre, entregando la
vida. Él nos ha precedido en el reino de la inmortalidad.
Es decisivo para nosotros entender adónde conduce el camino de Jesús. El evangelista Marcos presenta toda la vida pública del Señor como un camino que avanza hasta Jerusalén, donde entrega la vida. Pero ese camino no se detiene en el Calvario.
Recorrer los pasos de los pies de Jesús
Por eso es tan
importante contemplar esos pies, porque han ido mucho más lejos. Hay que
contemplar el destino último de esos pies; solo entonces tendremos también
nosotros el valor de recorrer su mismo camino.
Las palabras que
el Resucitado dirige a las mujeres son las mismas que había pronunciado el
ángel: «No temáis: id a comunicar a mis
hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Es hermoso ese «hermanos». Después de que lo abandonaron,
lo negaron y lo entregaron, él sigue llamándolos así: hermanos.
El Resucitado no reprocha:
reúne de nuevo a los suyos.
Y es a esos
hermanos a quienes les confía un mensaje de alegría y de esperanza, un anuncio
destinado a toda la humanidad: la victoria de la vida sobre la muerte.
Homilía del Viernes Santo - Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 — 19, 42
Homilía del Viernes Santo
Pasión de nuestro Señor Jesucristo
según san Juan 18, 1 — 19, 42
La pasión según san Juan
El rostro de Dios revelado en Jesús
Qué hermoso y qué
serio es detenernos una y otra vez en el relato de la pasión de Jesús según san
Juan.
El cuarto
evangelio se abre con una afirmación decisiva: “A Dios nadie lo ha visto
jamás; solo el Hijo lo ha revelado” (cfr. Jn 1, 18). Ahí está la clave de
lectura de todo el Evangelio. Juan invita al lector, y con él a la comunidad
creyente, a poner la mirada en Jesús y a revisar allí, a la luz de su
vida, de sus gestos y de su palabra, la imagen que nos hemos hecho de Dios.
No Jesús como Dios, sino Dios como Jesús
Aquí conviene
afinar mucho. No se trata simplemente de decir que Jesús se parece a Dios. La
novedad del Evangelio de Juan es mucho más radical: no es Jesús el que se
parece a Dios; es Dios el que se parece a Jesús. Y la diferencia no es
pequeña. Porque si yo digo que Jesús es “como Dios”, corro el riesgo de suponer
que ya sé quién es Dios, de dar por buena una idea previa nacida de la
tradición, de la costumbre religiosa, de ciertos esquemas heredados, o incluso
de alguna superstición piadosa que se nos ha pegado sin pedir permiso.
Juan, en cambio,
nos obliga a una especie de ayuno interior: suspender durante un momento todo
lo que creemos saber sobre Dios y verificarlo todo en Jesús. Lo que
coincide con él, permanece. Lo que no coincide, lo que se aleja de él o lo
contradice, sobra.
El Evangelio entero mira hacia esta revelación
Todo el Evangelio
de Juan camina en esa dirección. Quiere hacernos comprender quién es Dios
mirando a Jesús. Y el Dios que aparece en Jesús no es un soberano que
aplasta, ni un juez que disfruta condenando, ni una divinidad necesitada de
homenajes. Es un Dios-amor, un Dios que se pone al servicio del ser
humano, un Dios que no domina, sino que sirve; un Dios que no condena, sino que
perdona.
Por eso la pasión,
en Juan, no es solo la narración dolorosa de unos hechos ocurridos hace dos mil
años. No es una simple crónica. Es una revelación teológica, una palabra
de verdad para la vida creyente de todos los tiempos. Juan no nos cuenta la
pasión únicamente para que nos conmovamos; nos la cuenta para que entendamos
mejor quién es Dios y qué significa ser hombre según el corazón de Dios.
Antes de la pasión
El nombre del Padre dado a conocer
Antes de entrar en la pasión, Jesús
concluye la cena con unas palabras que enmarcan todo lo que vendrá después: «Yo
les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer» (cfr. Jn
17, 26). En la Biblia, el nombre no es una etiqueta; es la identidad misma
de la persona.
Jesús ha dado a
conocer el nombre del Padre, es decir, ha revelado quién es Dios. ¿Y cómo lo ha
hecho? Lavando los pies a sus discípulos. Ahí ya queda dicho todo. Jesús
revela a Dios sirviendo.
La grandeza de un Dios que se inclina
Al lavar los pies,
Jesús no se degrada.
Levanta a los suyos. Eleva a quienes eran tratados como siervos a la
dignidad de señores. Por eso, cuando afirma que seguirá dando a conocer el
nombre del Padre, los capítulos 18 y 19 no son un simple descenso a la
tragedia. Son todavía revelación.
También ahí, en la
noche del arresto, en el tribunal, en la humillación y en la cruz, Jesús sigue
diciendo quién es Dios. Y lo sigue diciendo del mismo modo: con respuestas
de amor.
El arresto
Una operación desmesurada
Naturalmente, de
unos capítulos tan densos solo se pueden recoger algunos momentos. Pero esos
momentos bastan para dejarnos tocados por dentro.
El escenario
inicial es dramático. Jesús está con sus discípulos al pie del monte de los
Olivos. Desde lejos se ve venir una expedición enorme, desproporcionada, casi
grotesca. Juan presenta una operación inmensa para detener a un hombre que
nunca ha ejercido violencia ni ha encendido a la gente con palabras
violentas. Sin embargo, avanzan antorchas, linternas, guardias del Templo y
cohorte romana. La imagen es deliberadamente exagerada para subrayar una
verdad: Jesús es peligrosísimo para el sistema.
Cuando el poder se siente amenazado
No solo es un
problema para el sistema religioso, que él desmonta desde la raíz; también es
una amenaza para el sistema político. Cuando el poder detecta un peligro
verdadero, las diferencias se olvidan pronto y las fuerzas se alían. En ese
sentido, el Evangelio es de una lucidez incómoda: cuando hay que defender el
poder, los adversarios saben colaborar admirablemente.
Jesús ve venir a
esa multitud desde lejos. Habría tenido tiempo de sobra para escapar. Bastaba
internarse en el monte, perderse entre las hendiduras del terreno y
desaparecer. Además, los discípulos estaban dispuestos a defenderlo. Pedro lo
había dicho con una mezcla de valentía y de inconsciencia: estaba dispuesto a
dar la vida por él.
El pastor no huye
Pero Jesús no
acepta ese juego. Él no quiere que los suyos mueran por él; quiere, si llega
el caso, que aprendan a vivir y a darse con él y como él.
Y entonces hace un
gesto de pastor verdadero. No huye. Se queda. Sale al encuentro de quienes
vienen a prenderlo y, en el fondo, realiza un intercambio: «Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos»
(cfr. Jn 18, 8). El buen pastor pone por delante la vida de los suyos.
No solo persiguen a Jesús, persiguen su mensaje
Aquí Juan deja
entrever algo más. La orden de captura no iba dirigida solo contra Jesús en
sentido aislado. También su mensaje es peligroso. Por eso, cuando lo llevan
ante el sumo sacerdote, no le preguntan solamente por él, sino «por sus discípulos y por su doctrina»
(cfr. Jn 18, 19). Lo que molesta no es una persona privada; lo que resulta
insoportable es una palabra que libera.
El conflicto de fondo
La religión como sistema de control
Y ahí entramos en
un punto decisivo del evangelista. El mensaje de Jesús desmantela la
religión entendida como sistema de control. No la fe viva, no la alianza
con Dios, no la escucha de la Palabra, sino ese entramado de mediaciones,
dependencias y miedos que termina colocando a Dios lejos del hombre y al hombre
lejos de Dios.
Jesús presenta una
imagen de Dios completamente distinta. No un Dios que pide, sino un Dios que
da. No un Dios que absorbe las energías del hombre, sino un Dios que le
comunica su propia vida. No un Dios sentado en el trono esperando
homenajes, sino un Dios que se pone de rodillas para servir. Y esto, ayer como
hoy, tiene una fuerza explosiva.
Un Dios que habita en el hombre
La religión había
situado a Dios en la distancia: inaccesible, remoto, casi administrado por
especialistas. Para acercarse a él parecía indispensable pasar por mediadores,
lugares sagrados, tiempos sagrados, ritos sagrados, ofrendas, normas,
purificaciones.
Pero en el mismo
Evangelio Jesús dice: «Vendremos a él y haremos morada en él» (cfr. Jn
14, 23). Eso no es un pequeño matiz espiritual. Eso es un terremoto.
Cuando el puente se vuelve barrera
Si Dios no está
simplemente fuera de nosotros, sino que quiere habitar en nosotros; si la
persona humana es llamada a ser morada de Dios, entonces muchas de las
mediaciones que el sistema religioso había absolutizado quedan radicalmente
cuestionadas. Lo que se presentaba como puente puede convertirse en
barrera.
Y por eso Jesús
resulta tan peligroso: porque devuelve al hombre una dignidad y una cercanía de
Dios que ya no pueden ser administradas desde arriba.
Ante el sumo sacerdote
Atado, pero libre
Cuando lo llevan
ante el sumo sacerdote, Jesús aparece atado, pero sigue siendo libre. Ni
siquiera atado deja de ser peligroso. Basta una respuesta suya para que una
guardia lo abofetee.
Y la reacción de
Jesús no es ni resentimiento ni sumisión servil. Responde con una
serenidad que desconcierta: «Si he hablado
mal, muestra en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»
(cfr. Jn 18, 23). Es una frase inmensa.
El amor que hace pensar
Jesús no busca
humillar al guardia, sino despertarlo. El amor verdadero no aplasta a la
persona; trata de hacerla pensar.
Eso aterra al sumo
sacerdote. Porque si Jesús logra que una guardia piense con cabeza propia,
el sistema entero tiembla. Ya había pasado antes: enviaron guardias a
detenerlo y regresaron sin cumplir la orden, diciendo: «Jamás ha hablado
nadie como este hombre» (cfr. Jn 7, 46). Ahí está el verdadero miedo del
poder. No teme solo al rebelde. Teme mucho más al que despierta
conciencias.
El amanecer del último día
Una pureza que ya no reconoce al inocente
Juan presenta el
último día de la vida de Jesús con una lentitud deliberada. Todo adquiere
densidad. Todo pesa.
Los jefes
religiosos lo llevan al pretorio, pero ellos no entran. No quieren contaminarse
entrando en casa de un pagano, para poder comer la Pascua. La escena tiene una
ironía que corta como cuchillo. Van a hacer matar a un inocente y, al mismo
tiempo, se preocupan por no rozar una impureza legal.
Filtrar el mosquito y tragar el camello
Eso ya lo había
desenmascarado Jesús en otro evangelio: filtran el mosquito y se tragan el
camello (cfr. Mt 23, 24). Hay escrúpulos que no nacen del amor a Dios, sino del
miedo a manchar la propia imagen religiosa.
Pilato sale y pregunta qué acusación traen
contra ese hombre. La pregunta les molesta. No soportan que se les pida
razón de sus actos.
El desprecio que borra el nombre
Contestan con
desprecio: «Si este no fuera un malhechor, no
te lo habríamos entregado» (cfr. Jn 18, 30). Ni siquiera
pronuncian su nombre. En el relato se percibe un odio tan ácido que evita
hasta el nombre de Jesús. No es un detalle menor. Cuando alguien se
vuelve insoportable para el poder, primero se le niega el nombre y luego se le
niega la dignidad.
El delito de Jesús
Haber hecho crecer a los demás
Y lo llaman
malhechor.
Aquí el relato se vuelve particularmente duro y luminoso a la vez. Jesús,
que ha pasado haciendo el bien, es declarado malhechor por quienes viven del
mal disfrazado de bien.
¿Qué ha hecho Jesús
para merecer ese título? Ha hecho crecer a las personas. Les ha devuelto la
capacidad de pensar, de caminar, de decidir, de escuchar la propia conciencia.
Y eso es intolerable para un poder religioso que necesita súbditos infantiles,
dependientes, permanentemente autorizados desde fuera.
El proyecto de Dios convertido en blasfemia
Por eso la acción
de Jesús aparece como una amenaza. Ya en el capítulo 10, en pleno conflicto con
las autoridades, se escucha la acusación: «No te apedreamos por una obra
buena, sino por blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios» (cfr.
Jn 10, 33). La paradoja es brutal. Lo que para el Evangelio es el gran
proyecto de Dios, para el sistema religioso resulta un crimen.
Hijos de Dios: lo insoportable para el poder
Porque Juan lo ha
dicho desde el prólogo: «A cuantos lo recibieron, les dio poder para llegar
a ser hijos de Dios» (cfr. Jn 1, 12). Eso quiere Dios para la humanidad: que
el hombre llegue a ser hijo en el Hijo, que entre en su intimidad, que viva de
su misma vida.
Pero precisamente eso es lo que vuelve insoportable a Jesús para quienes han construido su poder sobre la distancia entre Dios y el pueblo. Si el hombre puede ser hijo, el mediador absoluto se queda sin trono.
La ley y su manipulación
Un pagano recordando la ley
Pilato, con una
ironía involuntaria, les responde: «Tomadlo
vosotros y juzgadlo según vuestra ley» (cfr. Jn 18, 31). Resulta
casi cómico, si no fuera trágico, que un pagano termine recordando a los jefes
religiosos el valor de la ley que ellos invocan constantemente.
Porque su propia
ley no permitía condenar a nadie sin escucharlo. Pero ya se sabe: cuando la
ley sirve al poder, se la invoca; cuando lo incomoda, se la acomoda.
No basta matarlo: hay que desacreditarlo
Entonces
responden: «A nosotros no nos está permitido
dar muerte a nadie» (cfr. Jn 18, 31). La frase tiene algo de
máscara. No es que no quieran la muerte de Jesús. La quieren. Lo que buscan
ahora es otra cosa: una muerte políticamente útil, una ejecución que
desacredite para siempre a Jesús ante el pueblo.
No basta con
quitarlo de en medio. Hay que evitar que se convierta en mártir. Hay que
manchar su memoria.
El primer interrogatorio de Pilato
“¿Eres tú el rey de los judíos?”
Pilato vuelve a
entrar en el pretorio y pregunta: «¿Eres tú
el rey de los judíos?» (cfr. Jn 18, 33). La acusación, ahora,
es política. “Rey de los judíos” significa agitador, aspirante mesiánico,
amenaza contra Roma.
Pero Jesús no entra en el juego del poder.
No responde de inmediato. Devuelve la pregunta: «¿Dices eso por tu cuenta, o te lo han dicho otros de mí?»
(cfr. Jn 18, 34).
Jesús no solo responde: despierta
Ese gesto es muy
característico de Jesús en este relato. No se limita a defenderse; intenta
despertar a quien lo interroga. Lo había hecho con el guardia. Lo hace
ahora con Pilato. Jesús no quiere solo salvarse; quiere, incluso en ese
momento, liberar.
Pilato responde
con fastidio: «¿Acaso soy yo judío? Tu nación
y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?»
(cfr. Jn 18, 35). La frase es gravísima.
No solo lo rechazan los que mandan
No solo las
autoridades religiosas están contra Jesús; aparece también “su nación”. Todos
parecen alineados contra él. Es la imagen de una victoria del poder.
Y aquí el
Evangelio toca una fibra muy humana. No solo detestan a Jesús los que
mandan; también les incomoda a veces a los que obedecen. ¿Por qué? Porque
Jesús hace libres, y la libertad no seduce siempre.
La tentación de cambiar libertad por seguridad
La religión,
cuando degenera en sistema, ofrece una ventaja inquietante: te quita libertad,
pero te da seguridad.
Basta obedecer. Basta no pensar demasiado. Basta dejar la conciencia en
consigna. Es cómodo. Asusta menos. La libertad es hermosa, sí, pero no viene
con barandillas.
La verdadera realeza
“Mi reino no es de este mundo”
Entonces Jesús
responde con una de las frases más mal entendidas del Evangelio: «Mi reino no es de este mundo» (cfr. Jn 18,
36). No está hablando de un reino celeste, etéreo, de otro planeta o reservado
para después de la muerte. Está diciendo algo mucho más exigente: su modo de
reinar no nace de la lógica de este mundo. No se sostiene en la fuerza, ni
en la imposición, ni en el miedo, ni en la violencia. Es otro origen y, por
eso, otra práctica.
Tener, subir, mandar… o compartir, bajar, servir
Si su reino fuera
de este mundo, sus servidores habrían combatido para impedir su entrega. Pero
no. Su reino no se defiende golpeando.
El reino de Dios
no es un decorado piadoso añadido al mundo; es una sociedad
alternativa, donde los verbos que rigen la vida dejan de ser tener, subir y
mandar, y pasan a ser compartir, bajar y servir. Son dos universos
incompatibles. De un lado, dominio, mentira y violencia. Del otro, servicio,
verdad y amor.
La verdad
“Para esto he venido al mundo”
Pilato, perplejo,
insiste: «Entonces, ¿tú eres rey?»
(cfr. Jn 18, 37). Pero a Jesús no le interesa quedar atrapado en el vocabulario
del poder. Corta por lo esencial: «Yo para
esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la
verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (cfr. Jn 18,
37).
Aquí el Evangelio
pide una escucha muy fina. Nosotros esperaríamos lo contrario: que Jesús dijera
“quien escucha mi voz está en la verdad”. Pero no.
Antes de escuchar a Jesús, hay que elegir la verdad
Jesús dice: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
Eso significa que, para escuchar de verdad a Jesús, no basta con oír
palabras religiosas. Hace falta una disposición previa del corazón y de la vida.
Hay que ponerse de parte de la verdad.
La verdad no se posee
Y en san Juan la
verdad no es, ante todo, una doctrina que uno posee. Es una manera de estar
en la vida. Más adelante Jesús dirá: «Yo soy la verdad» (cfr. Jn 14,
6). No dirá: “yo tengo la verdad”. Y eso es importantísimo.
Las personas más
peligrosas no son siempre las más malvadas; a veces son las que creen poseer la
verdad.
Porque quien cree tenerla se siente con derecho a juzgar, a condenar, a
separar, a mirar como enemigo al que no coincide con su idea.
Hacer la verdad
Quien “tiene” la
verdad se distancia. Quien “hace” la verdad se acerca. Por eso, en el diálogo
con Nicodemo, Jesús no contrapone hacer el mal a hacer el bien, sino hacer el
mal a “hacer la verdad” (cfr. Jn 3, 21).
La verdad, en
Juan, no es un objeto que uno guarda en el bolsillo ni una doctrina que uno
blandiera como espada. La verdad es algo que se vive. Se camina en la
verdad. Se hace la verdad. Y hacer la verdad significa hacer el bien.
El bien del hombre como criterio
Esa distinción
cambia muchas cosas. Quien se cree dueño de la verdad termina separándose de
los demás. Quien vive en la verdad se acerca a todos para hacer el bien. No
pregunta primero qué piensa el otro, qué cree, qué vota, en qué tradición se
sitúa. El bien se vuelve prioritario.
Cuando una doctrina se coloca por encima del bien concreto de la persona, tarde o temprano se hace sufrir en nombre de esa doctrina. Jesús no acepta eso. El bien del hombre es el valor absoluto.
«¿Qué es la verdad?»
Pilato entonces
formula la pregunta que atraviesa los siglos: «¿Qué
es la verdad?» (cfr. Jn 18, 38). No es una pregunta filosófica
serena; suena más bien a cansancio, a escepticismo, a incapacidad de
comprender. Y Juan la coloca en labios del hombre del poder.
Es muy
significativo. Quien vive dentro de la lógica del poder rara vez entiende la
verdad, porque la verdad no se domina.
La inocencia de Jesús y la cobardía de Pilato
“Yo no encuentro en él ninguna culpa”
Pilato sale otra
vez y declara: «Yo no encuentro en él ninguna
culpa» (cfr. Jn 18, 38). Lo dirá tres veces en total. Y
precisamente ahí queda retratado. Porque la triple afirmación de la inocencia
de Jesús no absuelve a Pilato; lo desenmascara. Sabe que es inocente, y aun
así lo dejará condenar.
Barrabás o Jesús
La elección del sistema
Pilato intenta una
salida política: aprovechar la costumbre de soltar a un preso por Pascua. Les
propone liberar al «rey de los judíos»
(cfr. Jn 18, 39). La respuesta es inmediata: «No
a este, sino a Barrabás» (cfr. Jn 18, 40). Y Juan añade: «Barrabás era un bandido» (cfr. Jn 18, 40).
Más peligroso que un bandido
El contraste es
estremecedor. Barrabás, “hijo del padre”, aparece como la figura de la
violencia, de la muerte, del desorden. Jesús, en cambio, es el Hijo que
comunica vida. Y, sin embargo, el sistema prefiere al bandido. ¿Por qué?
Porque para los bandidos del poder resulta más peligroso uno que hace libres
a las personas que uno que simplemente ejerce violencia. La violencia se
puede usar; la libertad no se deja domesticar.
La burla de los soldados
Una falsa entronización
Entonces Pilato
manda azotar a Jesús. La escena es espantosa. Los soldados le ponen una corona
de espinas, lo envuelven con un manto de púrpura, se acercan a él diciendo: «Salve, rey de los judíos» (cfr. Jn 19, 3),
y lo abofetean.
Hacen una parodia
de entronización. Se burlan del rey precisamente como lo hacen los poderes
cuando se sienten amenazados: ridiculizando.
La humillación convertida en revelación
Y, sin embargo,
aquí Juan introduce uno de esos giros que solo él sabe hacer. Lo que parece
humillación empieza a convertirse en revelación. Pilato sale otra vez y
declara por segunda vez que no encuentra en Jesús culpa alguna. Dice que lo
saca para que lo vean. Pero el evangelista deja sentir que, en realidad, no
es Pilato quien domina la escena.
«Aquí tenéis al hombre»
El hombre según Dios
Entonces Jesús
sale. No aparece como una víctima arrastrada sin conciencia. Sale llevando la
corona de espinas y el manto de púrpura, signos pensados para humillarlo, pero
que Juan transforma en signos de una realeza paradójica. Y resuena la frase: «Aquí
tenéis al hombre» (cfr. Jn 19, 5).
La verdadera gloria del hombre
Esta palabra es
una cumbre del relato. «Aquí tenéis al hombre».
No es una invitación a la lástima
barata. No es una escena construida para enternecernos. Es una proclamación.
Cuando la gloria
humana ha sido triturada, cuando el cuerpo está llagado y el poder parece haber
vencido, ahí mismo brilla otra gloria. Brilla el hombre verdadero, el hombre
según Dios.
Amar hasta el extremo
Jesús aparece como
el proyecto realizado de la creación: el hombre capaz de responder con amor
incluso en medio del odio, el hombre que no devuelve violencia, el hombre
que no pierde su verdad cuando todo alrededor se ha vuelto mentira.
Por eso esta
escena no es, en el fondo, de derrota. Es de revelación. La grandeza del
hombre no consiste en dominar, sino en amar hasta el extremo.
El grito de las autoridades
«¡Crucifícalo, crucifícalo!»
Los sumos
sacerdotes y los guardias gritan: «¡Crucifícalo,
crucifícalo!» (cfr. Jn 19, 6). El odio llega a su desnudez
completa.
Al ver a Jesús no
ven simplemente a un reo. Ven el proyecto de Dios realizado en un
hombre. Y ese proyecto los descoloca, porque si se impone, ellos pierden
prestigio, control, dominio.
No solo matarlo: desacreditarlo para siempre
Y aquí se entiende
por qué la muerte de Jesús debe ser una crucifixión. No cualquier muerte. No
basta matarlo. Hace falta una muerte infamante, deshonrosa, inequívoca.
La cruz, en aquel mundo, era una ejecución abyecta. Además, el libro del Deuteronomio decía que «maldito el que cuelga de un madero» (cfr. Dt 21, 23). Ahí está la operación completa: si Jesús muere así, podrán presentarlo como alguien rechazado por Dios. No quieren solo acabar con él; quieren que su final sirva como argumento contra él.
La ley contra el Hijo
«Nosotros tenemos una ley»
Pilato responde: «Tomadlo vosotros y crucificadlo; yo no encuentro en él
ninguna culpa» (cfr. Jn 19, 6). Es la tercera vez. Entonces las
autoridades se descubren del todo: «Nosotros
tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios»
(cfr. Jn 19, 7).
Cuando la ley mata
La frase es
tremenda. La ley aparece aquí enfrentada a la voluntad de Dios. Lo que
Dios quiere para el hombre —que llegue a ser hijo— es declarado crimen por el
sistema religioso.
En nombre de la
ley se mata.
En nombre de Dios se condena al inocente. Y así se verifica lo que Jesús había
advertido: «Llega la hora en que quien os dé muerte pensará que da culto a
Dios» (cfr. Jn 16, 2).
El miedo del juez
Pilato empieza a temer a Jesús
Al oír esto,
Pilato «tuvo todavía más miedo» (cfr. Jn 19, 8). Es un proceso
extrañísimo: el juez tiene miedo del acusado. Primero le habían hablado
de un rey. Ahora le hablan de alguien que se ha hecho Hijo de Dios.
Y en la mentalidad de la época no era raro
pensar en seres semidivinos, hijos de un dios y de una mujer. Pilato empieza a
sospechar que tal vez tiene delante a alguien cuyo origen lo supera.
“¿De
dónde eres tú?”
Vuelve a entrar y
pregunta: «¿De dónde eres tú?»
(cfr. Jn 19, 9). Jesús no responde. Y su silencio no es vacío. Es un silencio
cargado de sentido. Podría salvarse usando el miedo de Pilato, pero no lo
hace. No va a ganar el juicio jugando la carta del prodigio o del misterio
divino. Pilato debe enfrentarse al hombre que tiene delante. Ahí está la verdad
del juicio.
El poder desnudo
«Tengo
poder para soltarte y poder para crucificarte»
Pilato se irrita: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para
soltarte y poder para crucificarte?» (cfr. Jn 19, 10). Es la
confesión desnuda del poder. La inocencia ya no cuenta. La vida y la muerte
dependen del que manda. No de la justicia, sino del poder.
La libertad respetada por Dios
Y Jesús le
responde con una claridad impresionante: «No
tendrías ningún poder sobre mí si no te lo hubieran dado de lo alto»
(cfr. Jn 19, 11). No significa que Dios conceda a Pilato permiso para la
injusticia. Significa algo más serio: Dios respeta hasta el fondo la
libertad humana, incluso cuando esa libertad se vuelve contra el justo.
Dios no maneja
marionetas sino que deja al hombre la gravedad de sus decisiones.
Mayor pecado en quien debía reconocerlo
Y añade Jesús: «Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado
mayor» (cfr. Jn 19, 11). Aquí el evangelista contrapone dos
figuras: el pagano, considerado lejano de Dios, y el sumo sacerdote,
considerado el más cercano. ¿Quién tiene mayor responsabilidad? No el que
estaba más lejos, sino el que debía reconocer mejor la verdad y no quiso
hacerlo.
Lo mata la alianza entre interés y miedo
Esto obliga a
decir algo con claridad. Muere por la conveniencia del poder religioso y por la
cobardía del poder político. La voluntad de Dios es la plenitud del hombre. Lo
que mata a Jesús no es un plan cruel de Dios, sino la alianza entre interés,
miedo y cálculo.
La última carta
«Si sueltas a este, no eres amigo del César»
Desde ese momento,
Pilato busca soltarlo. Pero las autoridades juegan su última carta, la
decisiva: «Si sueltas a este, no eres amigo
del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César» (cfr.
Jn 19, 12). Ahí tocan la fibra más vulnerable del procurador: su carrera, su
futuro, su posición.
La conciencia o la carrera
Pilato sabe que
Jesús es inocente. Lo sabe. Y, sin embargo, entra en el dilema que tantas veces
se repite en la historia: ¿salvar la conciencia o salvar la carrera? La
tragedia del poder es esta; casi nunca se presenta diciendo “quiero hacer el
mal”. Se presenta diciendo: “no puedo arriesgarme”, “no me conviene”, “hay
demasiado en juego”. El mal, muchas veces, llega con traje de prudencia.
“Aquí tenéis a vuestro rey”
El rechazo del rey verdadero
Pilato saca a
Jesús y lo presenta de nuevo: «Aquí tenéis a
vuestro rey» (cfr. Jn 19, 14). Antes había resonado «Aquí tenéis al hombre»; ahora, «Aquí tenéis a vuestro rey». Y la reacción
es salvaje: «Fuera, fuera; crucifícalo»
(cfr. Jn 19, 15).
El Cordero rechazado
por el pecado del mundo
Aquí aparece una
ironía todavía más profunda. Al comienzo del Evangelio, Jesús había sido
presentado como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»
(cfr. Jn 1, 29). Ahora, quienes encarnan ese pecado del mundo son los que
gritan: “quítalo”. No soportan la presencia del hombre verdadero ni del rey
verdadero.
La gran apostasía
«No tenemos más rey que el César»
Pilato todavía
pregunta: «¿A vuestro rey voy a crucificar?»
(cfr. Jn 19, 15). Y entonces cae una de las frases más terribles de todo el
relato: «No tenemos más rey que el César»
(cfr. Jn 19, 15). Esa frase es una apostasía en toda regla. Es el renegar del
propio centro.
El poder elegido por encima de Dios
Las autoridades
religiosas, con tal de conservar su poder, aceptan someterse al dominador
pagano antes que perder el dominio sobre el pueblo. Prefieren el César a
Jesús. Prefieren el poder a la verdad. Prefieren la seguridad del control a la
libertad de los hijos de Dios.
Una denuncia que no envejece
Y aquí Juan lanza
una denuncia que no envejece. Toda institución religiosa corre el riesgo de
prostituirse cuando antepone su poder al proyecto de Dios. Y ese riesgo no
desaparece porque llevemos lenguaje piadoso, ropajes sagrados o muchas fórmulas
venerables. El problema no es el lenguaje; el problema es el corazón. Cuando
lo primero pasa a ser conservar el prestigio, el espacio, la influencia,
entonces el César ya ha entrado hace rato, aunque sigamos pronunciando el
nombre de Dios.
Hacia la cruz
No una víctima arrastrada, sino el Hijo fiel
Entonces Pilato se
lo entrega para que sea crucificado. A partir de aquí, Juan narrará la
crucifixión con una sobriedad impresionante. No busca arrancar lágrimas
fáciles. No quiere sentimentalismo. Quiere que entendamos el significado. Jesús
no va hacia la cruz como una víctima arrastrada sin sentido; va como quien
lleva hasta el extremo su fidelidad al amor.
La cruz como gloria
Por eso, en san
Juan, la muerte de Jesús no es presentada como derrota. Está cargada de signos
nupciales, de fecundidad, de vida. No es el hundimiento de una esperanza; es la
revelación suprema del amor de Dios. La cruz no será el fracaso de Jesús,
sino la manifestación de su gloria.
Para
nosotros hoy la pregunta que permanece
Y quizá aquí
conviene que nosotros mismos nos dejemos interrogar sin escondernos detrás de
respuestas rápidas. ¿Qué imagen de Dios queda desmentida cuando miramos a
Jesús? ¿Qué formas de religión seguimos prefiriendo porque nos aseguran
orden, aunque nos quiten libertad? ¿Qué verdades decimos poseer, mientras nos
falta la humilde verdad de hacer el bien? ¿Qué César seguimos obedeciendo
por dentro, aunque por fuera pronunciemos palabras santas?
Porque el Evangelio de Juan no se contenta con contarnos una pasión. Nos pone delante a Jesús para que, mirándolo, entendamos quién es Dios y quién puede llegar a ser el hombre.
La mirada decisiva












