¿Es posible reconocer a Jesús como Mesías y, sin embargo, resistirse al camino que Él propone? En esta homilía sobre Mateo 16,21-27, Pedro pasa de confesar «Tú eres el Mesías» a intentar convencer a Jesús de que abandone el camino de la entrega, el rechazo y la cruz. Su reacción descubre un conflicto que también puede habitar en nosotros: creer en Cristo y, al mismo tiempo, querer que Cristo encaje en nuestros criterios de éxito, seguridad y realización personal. Por eso Jesús le dice: «Ponte detrás de mí, Satanás»: no lo expulsa, sino que lo devuelve al lugar del discípulo que necesita aprender a seguir. Desde ahí adquieren su verdadero sentido negarse a uno mismo, tomar la cruz y perder la vida para encontrarla: no buscar el sufrimiento, sino dejar que Jesús transforme nuestra manera de comprender qué significa ganar, vivir y amar.
Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 16, 21-27
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No basta con decir que Jesús es el Mesías:
importa qué Mesías esperamos.
La semana pasada
recordábamos cómo Jesús había llamado dichoso a Pedro porque había sabido
reconocer en él al Mesías (cfr. Mt 16, 13-20). Y, después de una confesión así,
lo más lógico habría sido esperar que Jesús dijera a Pedro y a los demás
discípulos: «Ahora id y contádselo a todos. Decidles que yo soy el Mesías
que estaban esperando». Pero ocurre exactamente lo contrario. Jesús les
manda que no se lo digan a nadie. ¿Por qué? Porque Pedro y los demás
discípulos, como buena parte de la gente de su tiempo, esperaban un Mesías muy
distinto del que Dios había enviado. Utilizaban la misma palabra —«Mesías»—,
pero no estaban pensando en la misma realidad.
Y eso es
precisamente lo que va a quedar al descubierto en el Evangelio de hoy. Vamos a
escuchar un diálogo entre Jesús y Pedro. Los dos hablan del Mesías, pero muy
pronto descubriremos que cada uno lleva dentro una imagen completamente
distinta. Y conviene que no nos apresuremos a colocarnos del lado de Jesús,
mirando a Pedro casi con cierta superioridad, porque quizá Pedro esté mucho más
cerca de nosotros de lo que imaginamos.
El Mesías que desea Pedro es también
el que muchas veces desearíamos nosotros.
Si somos sinceros,
el Mesías que Pedro tiene en la cabeza resulta bastante atractivo. Es un Mesías
fuerte, poderoso, victorioso; alguien capaz de asegurar gloria y éxito a
quienes están de su parte.
Un Mesías al que
podemos acudir cuando las cosas se complican y que interviene con su poder para
sacarnos del apuro. Un Mesías que, puesto que somos de los suyos, termina
poniendo las cosas en su sitio y haciendo realidad aquello que esperábamos.
¿Quién no querría un Mesías así?
El problema es que
Jesús no ha venido a ofrecer eso. Y quien se acerque a él esperando ese tipo de
Mesías acabará, tarde o temprano, decepcionado.
De hecho, no es
difícil encontrar cristianos buenos, sinceros, devotos, que viven con una
cierta decepción interior porque no reciben de Jesús aquello que esperaban: una
gracia concreta, un éxito profesional, la curación de una enfermedad. Y
entonces puede aparecer una pregunta que conocemos bien: «¿Para qué sirve
creer, si después el Señor no hace lo que le pedimos?».
No estamos
hablando necesariamente de personas con poca fe. Muchas veces son personas
buenas. El problema es otro: quizá esperan de Jesús algo que Jesús nunca
prometió.
Hay realidades que
podemos esperar legítimamente de la ciencia, de la técnica, del esfuerzo
humano, de los medios que tenemos a nuestra disposición. Pero Jesús nunca se
presentó como alguien que viniera a garantizar que nuestros planes salgan
adelante simplemente porque creemos en él.
Jesús no quiere que lo sigamos
movidos por falsas esperanzas.
Por eso, en el
Evangelio de hoy, Jesús va a aclarar con enorme franqueza quién es y cuál es su
camino. No quiere discípulos que lo sigan esperando otra cosa. No quiere
alimentar ilusiones que después inevitablemente terminarán rompiéndose. Y aquí
empieza la parte difícil.
Porque entender
quién es Jesús no resulta sencillo. Pero aceptarlo puede resultar todavía más
difícil. Lo que está a punto de decir a sus discípulos es desconcertante. Choca
con lo que ellos esperaban. Y probablemente también choca con algo muy profundo
dentro de nosotros.
Por eso sería
bueno no responder demasiado deprisa: «Sí, Señor, claro, yo te sigo».
Quizá una respuesta demasiado rápida pueda significar que todavía no hemos
comprendido del todo lo que está diciendo. Antes de llegar al «sí» puede
aparecer dentro de nosotros una resistencia. Incluso un rechazo. Algo parecido
a lo que va a experimentar Pedro.
Y no tendríamos
por qué escandalizarnos de ello. Tal vez nuestra primera reacción tenga que
parecerse precisamente a la suya. Porque, en ocasiones, el rechazo inicial es
la señal de que hemos comprendido la seriedad de la propuesta.
Hay palabras de Jesús que primero incomodan
y solo después se comprenden.
Podemos recordarlo
con aquella parábola de los dos hijos a quienes el padre manda a trabajar a la
viña (cfr. Mt 21, 28-31). El primero responde inmediatamente que no. Después lo
piensa, cambia de actitud y termina yendo. Su primera negativa es comprensible:
ha entendido que ir a la viña significa trabajar, cansarse, sudar, soportar el
calor y la sed. Ha entendido que aquello cuesta.
El segundo, en
cambio, responde enseguida que sí. Pero cuando llega el momento de afrontar el
esfuerzo, se queda en casa.
Algo parecido puede ocurrirnos con Jesús.
Él no se sorprende
de nuestra resistencia inicial. No se escandaliza de que algunas de sus
palabras nos cuesten. Sabe perfectamente lo exigente que puede resultar
seguirlo. Lo importante es no cerrar el corazón demasiado pronto.
Ahora vamos a
escuchar cómo Jesús presenta, por primera vez y con toda claridad, el destino
que le espera. No quiere dejar lugar a equívocos. Quiere que Pedro y los demás
sepan quién es realmente el Mesías al que están siguiendo.
Todo cambia cuando Pedro
llama a Jesús «Mesías».
«En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus
discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí
mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía
que ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Mateo comienza
esta nueva etapa con unas palabras que conviene no pasar por alto: Ἀπὸ τότε (apó
tóte), «a partir de aquel momento». ¿De qué momento? Del momento en
que Pedro acaba de proclamar en Cesarea de Filipo que Jesús es el Mesías. Desde
ese instante Jesús comienza a explicar a sus discípulos qué significa realmente
ser el Mesías, porque la imagen que Pedro lleva en la cabeza y el camino que
Jesús está dispuesto a recorrer son profundamente distintos.
Podemos imaginar
lo que empieza a pasar entonces por la cabeza de Pedro: «Ahora sí. Ha
llegado el momento». Jesús irá a Jerusalén, se presentará ante todos como
el Mesías y dará comienzo, por fin, al reino de Dios que todos estaban
esperando. Y, naturalmente, quienes han permanecido a su lado también saldrán
beneficiados de ese viaje a Jerusalén.
Solo hay un
pequeño problema; ese es el sueño de Pedro, no el de Jesús.
Jesús entiende las
cosas de una manera completamente distinta. Y precisamente por eso el
evangelista nos dice que, desde aquel momento, tuvo que comenzar a explicar
a sus discípulos por qué iba realmente a Jerusalén. La razón no tenía nada
que ver con lo que ellos imaginaban.
Jesús va a Jerusalén
porque el amor lo lleva allí.
El Evangelio
utiliza aquí una palabra muy importante: δεῖ (dei), «es
necesario», «debe». Jesús debe ir a Jerusalén. Pero enseguida
surge una pregunta: ¿quién se lo impone?, ¿quién le está dando órdenes? Nadie
desde fuera. Ese δεῖ (dei) no habla de una obligación que alguien
carga sobre sus hombros, sino de una necesidad que nace de lo más profundo
de su camino. Jesús se deja conducir por el Espíritu; y puesto que Dios es
amor, ese camino termina llevándolo siempre hacia allí donde alguien necesita
ser amado. Por eso Jerusalén no es simplemente un destino geográfico. Es el
lugar hacia el que lo conduce su fidelidad al amor, aunque él sabe
perfectamente lo que allí le espera.
Eso es lo que
contemplamos a lo largo de toda su vida. Jesús no puede pasar de largo cuando
encuentra a alguien que necesita ser amado. Es algo que brota de lo más
profundo de él.
Por eso, cuando
alguien intenta apartarlo de ese camino, Jesús lo llamará «Satanás», es
decir, adversario: alguien que se interpone, que coloca un obstáculo delante de
él y pretende desviarlo de aquello que constituye precisamente su camino, amar
y seguir amando.
Y Jesús tiene que
ir a Jerusalén porque allí hay personas que necesitan ser liberadas.
Puede
sorprendernos la expresión, porque precisamente quienes necesitan esa
liberación son personas que poseen poder, tanto religioso como social.
Quieren conservar la posición que ocupan, pero Jesús descubre que también ellos
viven esclavizados: se dejan conducir por impulsos que no nacen del amor, sino
del deseo de dominar en lugar de servir. El Evangelio va señalando quiénes son.
También quienes parecen tenerlo todo
pueden necesitar ser liberados.
Jesús explica que
tendrá que «sufrir mucho por parte de los
ancianos», καὶ πολλὰ παθεῖν ἀπὸ τῶν πρεσβυτέρων (kaí
pollá patheín apó ton presbytéron). Y conviene entender bien quiénes son
esos πρεσβύτεροι (presbýteroi), esos «ancianos». No se
trata simplemente de hombres mayores, sino de quienes formaban parte de los
grupos dirigentes y se consideraban custodios de la tradición. Son los primeros
que Mateo menciona entre aquellos con quienes Jesús entrará en conflicto.
Son quienes
repiten una y otra vez: «Siempre se ha pensado así. Siempre se ha hecho así».
Y de ahí pasan fácilmente a una conclusión todavía más peligrosa: «Por
tanto, así debe continuar siendo, porque eso es lo que Dios quiere».
¿Y qué enseñaban
los ancianos? Presentaban a Dios como alguien que colma de bienes solamente
a los justos y retira sus favores a los pecadores, a quienes no cumplen sus
mandamientos. Si una persona disfruta de riqueza, salud y prosperidad, eso
significaría que Dios la bendice. Si, por el contrario, enferma o sufre
desgracias, habría que interpretar esas desgracias como castigo por sus
pecados.
Además, consideraban
que las diferencias de rango entre las personas respondían a la voluntad misma
de Dios. Quien ocupaba una posición elevada y ejercía poder debía ser
respetado, honrado y colocado en los primeros lugares, tanto en las sinagogas
como en los banquetes. Los enfermos, en cambio, no merecían esos honores
porque su situación parecía demostrar que no gozaban de la bendición divina.
De ese modo enseñaban los custodios de la tradición. Y también ellos
necesitaban ser liberados por Jesús.
Era inevitable que
Jesús entrara en conflicto con una manera de pensar así, porque Jesús
anunciaba un Dios que trastoca esos criterios de grandeza. El Dios que
revela Jesús no coloca arriba al rico por ser rico: levanta al pobre, se acerca
al necesitado y devuelve dignidad a quien los demás dejan abajo.
Y en ese
enfrentamiento Jesús sabe que, humanamente hablando, será derrotado. Porque
cuando un cordero se enfrenta a los lobos, sabemos quién parece llevar todas
las de perder.
Con Dios no existe el comercio religioso.
Los siguientes que
aparecen son los ἀρχιερεῖς (archiereís), los «sumos sacerdotes». No estamos ante
cualquier sacerdote del pueblo, sino ante quienes ocupaban las posiciones
más altas dentro de la estructura sacerdotal vinculada al Templo. Mateo los
coloca junto a los ancianos entre aquellos con quienes Jesús entrará en
conflicto. Ellos enseñaban que, para recibir los favores de Dios, era
necesario ofrecerle algo: sacrificios, incienso, oraciones, holocaustos,
cantos, obras buenas, cumplimiento de los preceptos. En el fondo se
terminaba transmitiendo una idea muy concreta: si quieres recibir algo de
Dios, primero tendrás que darle algo tú.
La relación con
Dios terminaba pareciéndose demasiado a un intercambio comercial, en un
trueque. Y Jesús no podía aceptar esa imagen, porque tocaba el corazón mismo de
la identidad del Padre. Dios es amor, y el amor verdadero es gratuito. En el
momento en que el amor se compra, deja de ser amor.
También estas
personas, los sumos sacerdotes, necesitan ser liberadas de una imagen
equivocada de Dios.
Jesús va a mostrar
algo muy distinto. Ciertamente Dios se alegra cuando acogemos su Palabra, pero no
nos ama porque seamos buenos. Nos ama porque somos sus hijos. Una madre no
ama a su hijo únicamente cuando se porta bien. Lo ama porque es su hijo,
incluso cuando se equivoca. Así es el Dios que Jesús revela: ama gratuitamente.
No está esperando
que acumulemos méritos para convencernos de que merecemos sus dones. Lo que desea es
encontrarnos abiertos para recibirlos. Y aquello que hemos recibido
gratuitamente estamos llamados después a derramarlo también gratuitamente sobre
nuestros hermanos.
Por eso la carta
de Santiago puede decir que la religión pura y sin mancha no consiste
simplemente en multiplicar actos religiosos, sino en cuidar a los huérfanos y a
las viudas y mantener el corazón libre de la seducción de los bienes de este
mundo (cfr. Sant 1, 27).
Jesús viene también a liberarnos
de imágenes deformadas de Dios.
Y ahí resulta
especialmente sugerente el contraste: Jesús no entra en conflicto con ellos
porque desprecie la tradición, el culto o la Escritura, sino porque su
manera de revelar a Dios pone en cuestión determinadas imágenes de Dios que
esos grupos habían terminado sosteniendo.
Habían llegado a
sentirse casi propietarios de la Ley de las Escrituras. Nadie parecía tener
derecho a interpretarla fuera de ellos. Y, sin embargo, habían olvidado algo
esencial del mensaje de los profetas: aquel Dios presentado como amor, como
padre y como esposo.
En su lugar los
escribas habían ido imponiendo otra imagen: la de un Dios legislador y juez
riguroso, severo, que recompensa a cada uno según sus méritos y castiga en
proporción a sus pecados. Jesús viene a desmontar definitivamente esa
imagen.
El Padre del cielo
rechaza el mal, pero no por ello deja de amar a los hijos que lo cometen.
Quiere por todos los medios que quien se ha equivocado vuelva al camino porque
lo quiere feliz. Pero incluso mientras está recorriendo un camino equivocado,
el Padre del que habla Jesús de Nazaret continúa amándolo.
Y precisamente el
anuncio de un Dios así llevará a Jesús al conflicto. Jesús se lo dice
claramente a sus discípulos: en el enfrentamiento con estas fuerzas terminará
siendo derrotado. Lo matarán. Pero la frase no termina ahí.
La muerte no es la última palabra
sobre quien ama.
Jesús anuncia con
toda claridad que será ἀποκτανθῆναι (apoktanthénai), «matado».
Y es precisamente ahí donde Pedro y los demás discípulos se quedan bloqueados.
Escuchan la derrota, el fracaso, la muerte. Pero Jesús continúa: καὶ τῇ τρίτῃ
ἡμέρᾳ ἐγερθῆναι (kaí tē trítē hēméra egerthénai), «y al tercer
día ser resucitado». Hay una palabra decisiva: ἐγερθῆναι
(egerthénai), «ser levantado», «ser resucitado». Los hombres
podrán llevarlo a la muerte, pero no serán ellos quienes escriban el final de
su historia. La última palabra pertenece a Dios.
Hay una promesa en
las palabras de Jesús que los discípulos, sin embargo, parecen olvidar
inmediatamente. Ellos se quedan detenidos en una frase: «será matado».
Y ya no escuchan lo demás. Jesús está diciendo también: esto no terminará
así.
La muerte no será
el destino definitivo de mi vida. El final de quien entrega su vida por amor no
es el sepulcro, sino la luz de la resurrección. El Mesías resucitará «al
tercer día».
¿Y qué significa ese «tercer día»?
Conviene entender
bien la expresión. No se trata simplemente de una predicción cronológica, como
si Jesús estuviera dando una indicación de calendario: pasarán tres días y
después ocurrirá esto.
La expresión «al
tercer día» aparece varias veces en la Biblia y apunta hacia algo
más profundo: indica cómo terminará finalmente la historia.
En el caso de
Jesús significa esto: la tumba no será su destino definitivo. La muerte no
tendrá la última palabra. Su vida no acabará encerrada en un sepulcro, sino
en la gloria del Padre. El «tercer día»
nos dice, por así decirlo, cómo termina realmente la historia.
Los discípulos
quedan tan impresionados por el anuncio de la derrota que ya no son capaces de
escuchar el final. Su pensamiento queda atrapado en la muerte y pierden de
vista la conclusión anunciada por Jesús. Y precisamente ahí podemos cometer
nosotros el mismo error.
No podemos juzgar una vida
antes de llegar al «tercer día».
No valoremos una
existencia mirando únicamente lo que ocurre antes del sepulcro.
Para comprender el
camino de Jesús necesitamos mantener delante de los ojos el «tercer día», es decir, cómo termina la vida
de quien ama y entrega su existencia. Si no llegamos a creer que la gloria
es el destino último de quien ama, difícilmente encontraremos el valor para
seguir a Jesús.
Porque si lo vemos
caminar hacia Jerusalén, ser derrotado, acabar en una tumba y todo concluye
allí, ¿qué sentido tendría seguir sus pasos? La fe se juega precisamente en
esta promesa del «tercer día».
Y es una promesa
misteriosa, porque no podemos someterla a una comprobación. Nadie ha podido ir
más allá de la muerte, examinar lo que hay allí y regresar después con una
prueba en la mano. Todo descansa en la palabra de Jesús.
Y entonces aparece
la verdadera pregunta: ¿nos fiamos de su palabra o no? Quizá incluso nosotros,
sacerdotes, sentimos a veces cierta timidez a la hora de hablar de la victoria
sobre la muerte. Nos cuesta decir con claridad que el amor de Jesús vence a la
muerte, quizá porque tememos la reacción de quienes exigen una demostración.
No es algo nuevo.
Pablo experimentó algo semejante en el Areópago de Atenas: cuando habló de la
resurrección, algunos se burlaron de él (cfr. Hch 17, 32).
Pero el creyente
contempla siempre el final de la historia. A los ojos de los hombres, Jesús
aparecerá como un derrotado. A los ojos de Dios, precisamente él será el
vencedor.
Y si todo esto no nos desconcierta un poco, quizá todavía no hayamos comprendido del todo hacia dónde camina Jesús y hacia dónde quiere conducirnos. Pedro, en cambio, lo ha entendido perfectamente. Y precisamente por eso reacciona.
Pedro ha
entendido perfectamente lo que
Jesús acaba de decir. Y por eso reacciona.
«Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Conviene
detenernos ahora en su reacción y seguirla casi palabra por palabra. El
evangelista cuenta que Pedro tomó a Jesús aparte. En griego lo dice de este
modo: «καὶ προσλαβόμενος αὐτὸν ὁ Πέτρος ἤρξατο ἐπιτιμᾶν αὐτῷ
λέγων» (kaí proslabómenos autón ho Pétros ḗrxato epitimân autō légōn);
que traducido significa «Y, habiéndolo tomado consigo, Pedro comenzó a
reprenderlo, diciendo…»; Mateo no dice simplemente que Pedro habló con
Jesús. Dice: καὶ προσλαβόμενος αὐτὸν ὁ Πέτρος ἤρξατο ἐπιτιμᾶν αὐτῷ λέγων (kaí
proslabómenos autón ho Pétros ḗrxato epitimân autō légōn): “Pedro, después
de tomarlo aparte, comenzó a reprenderlo, diciendo…”. Primero lo toma
consigo y lo aparta; después se pone a increparlo. Pedro no está
haciendo una pregunta a Jesús: está tratando de corregirlo.
Y este último
matiz me parece exegéticamente decisivo: la gramática de Mateo construye una
pequeña escena en tres movimientos: Pedro toma a Jesús aparte → comienza a
reprenderlo → expresa verbalmente esa reprensión. Eso da mucha más fuerza
al enfrentamiento que una traducción plana como «Pedro le dijo».
Pedro llega a ponerse delante de Jesús
para corregirlo.
Fijémonos bien en
cómo cuenta Mateo la reacción de Pedro. Utiliza primero el verbo προσλαβόμενος
(proslabómenos), «tomándolo consigo», «llevándolo aparte».
Pedro separa a Jesús de los demás. Quiere hablar con él en privado. La escena
casi puede verse: acaba de escuchar algo que le parece tan inadmisible que
siente la necesidad de intervenir inmediatamente.
Pedro no está corrigiendo un detalle:
intenta arrancar de Jesús
una idea que considera diabólica.
Pero Mateo añade
después un verbo todavía más fuerte: ἐπιτιμᾶν (epitimân), «reprender»,
«increpar». Pedro no se limita a decirle a Jesús que no está de acuerdo.
Lo reprende.
Resulta muy
llamativo el verbo que Mateo utiliza: ἐπιτιμᾶν (epitimân), «reprender»,
«increpar». No es una palabra cualquiera. Es el mismo verbo ἐπιτιμάω (epitimáō)
que los evangelistas emplean varias veces cuando Jesús increpa a los espíritus
impuros y les ordena salir. En Mateo mismo lo encontramos poco después, cuando
Jesús increpa al demonio y este abandona al muchacho (cfr. Mt 17,18); y aparece
igualmente en Marcos y Lucas en escenas de liberación de espíritus impuros
(cfr. Mc 1,25; 9,25; Lc 4,35; 9,42). La ironía narrativa es formidable: Pedro
está tratando a Jesús como si fuera él quien necesitara ser liberado de una
influencia maligna.
De ahí la fuerza
casi paradójica de la escena: Pedro parece querer arrancar de Jesús una idea
que considera incompatible con Dios. Ha escuchado que el Mesías sufrirá, será
rechazado y morirá, y piensa que una idea semejante no puede venir de Dios.
Para Pedro, el
problema no es pequeño. Está convencido de que está defendiendo la verdadera
imagen del Mesías frente a algo que considera absurdo.
Y precisamente ahí
comienza a revelarse la tragedia de su error: Pedro cree estar defendiendo a
Dios mientras intenta apartar a Jesús del camino de Dios.
No estamos ante
una conversación tranquila entre dos amigos que discrepan educadamente. Pedro
acaba de escuchar que Jesús irá a Jerusalén, sufrirá y será matado, y aquello
le resulta sencillamente intolerable. Ese no puede ser el destino del Mesías.
La escena adquiere
así una fuerza extraordinaria. Es como si Pedro estuviera intentando hacerle
un exorcismo a Jesús. Desde su manera de pensar, una idea tan absurda como
aquella —que el Mesías pudiera ser derrotado y acabar muerto— solo podía
proceder de una fuerza maligna.
Podemos casi
escuchar lo que pasa por su cabeza: «Pero ¿qué estás diciendo, Jesús? Dios
conduce al Mesías a la victoria, no al fracaso. Dios no abandona a sus fieles
en manos de los malvados. ¿Cómo puedes decir semejante cosa?».
Pedro está
convencido de estar defendiendo a Dios. Si Jesús anuncia un Mesías derrotado,
entonces, a sus ojos, algo terrible se ha introducido en su pensamiento.
Pedro no está simplemente deseando
que aquello no ocurra:
está convencido de que no puede ocurrir.
Sus palabras son
muy fuertes: ἵλεώς σοι, κύριε· οὐ μὴ ἔσται σοι τοῦτο (híleōs soi,
kýrie; ou mē éstai soi toûto). La expresión ἵλεώς σοι (híleōs soi)
puede traducirse como «¡Que Dios te sea propicio!» y, en un castellano
más natural, «¡Dios no lo quiera!» o «¡Que Dios te libre de eso!» o
«¡Que Dios te perdone por semejante barbaridad!». Pedro reacciona con
rechazo ante lo que Jesús acaba de anunciar: ese destino de sufrimiento y
muerte le parece incompatible con lo que él espera del Mesías.
Pero la fuerza
mayor está en lo que sigue: οὐ μὴ ἔσται σοι τοῦτο (ou mē éstai soi
toûto). La combinación οὐ μή (ou mē) constituye una negación
enfática: «de ningún modo», «en absoluto», «jamás». Pedro
no dice simplemente: «Ojalá no te suceda». Dice, con toda seguridad: «¡Eso
no te sucederá de ninguna manera!»; que en los leccionarios en castellanos
lo han traducido así: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Y hay un detalle
especialmente significativo: se dirige a Jesús llamándolo κύριε (kýrie),
«Señor». Lo reconoce como Señor y, sin embargo, está convencido de que
aquello que Jesús acaba de anunciar no puede ser su camino. Ahí se percibe ya
toda la tensión de la escena: Pedro confiesa quién es Jesús, pero todavía no
acepta cómo entiende Jesús su propia misión.
Pedro tiene la Biblia de su parte.
O, al menos, cree tenerla.
Y aquí está
precisamente la fuerza de su reacción. Pedro podría haberle dicho a Jesús: «¿Pero
es que no conoces las Escrituras? ¿Qué te enseñaban en la sinagoga de
Nazaret?».
Porque existen
textos bíblicos que hablan de un Mesías glorioso y victorioso, textos que
cualquier israelita conocía bien.
Pensemos, por
ejemplo, en el salmo que describe al rey dominando «de mar a mar», desde
el gran río hasta los confines de la tierra; un rey ante quien se inclinan las
tribus del desierto, cuyos enemigos muerden el polvo, mientras los reyes de
Tarsis y de las islas le presentan tributo, los reyes de Arabia y de Sabá le
ofrecen dones y todos los pueblos terminan postrándose ante él (cfr. Sal 72).
Desde esa imagen,
la pregunta de Pedro parece completamente razonable: ¿cómo puede Jesús hablar
de un Mesías vencido?
Y no es el único
texto. También Isaías anuncia una Jerusalén hacia la que llegan caravanas de
camellos y dromedarios procedentes de Madián y Efá; vienen desde Sabá trayendo
oro e incienso y proclamando las glorias del Señor. Los reyes extranjeros
aparecen puestos al servicio de ese futuro glorioso (cfr. Is 60).
¿Cómo encaja todo
eso con un Mesías humillado y asesinado? También el Deuteronomio conserva la
promesa hecha a Israel de ocupar el primer lugar y no el último, de estar
arriba y no abajo. Pedro podría apoyarse perfectamente en esa tradición para
pensar: «Si Dios está con su pueblo, lo conduce a la victoria. Si Jesús es
realmente el Mesías, ¿cómo puede anunciar su propia derrota?».
El problema de Pedro
no es que desconozca la Escritura,
sino cómo la está leyendo.
Pedro no era
rabino. No era un especialista en Biblia. Pero aquellos textos que alimentaban
la esperanza de un Mesías glorioso formaban parte de la memoria de todo el
pueblo.
Precisamente por
eso su reacción resulta tan comprensible. Él no cree estar oponiéndose a Dios.
Todo lo contrario: piensa que está defendiendo a Dios frente a una idea que
considera inadmisible. Está convencido de que las Escrituras garantizan el
triunfo del Mesías y, por tanto, no puede aceptar que Jesús hable de
sufrimiento, derrota y muerte.
Y aquí la escena
se vuelve todavía más seria. Pedro acaba de intentar «exorcizar» a Jesús,
convencido de que una idea maligna se ha introducido en su cabeza. Ahora vamos
a escuchar la respuesta de Jesús a ese extraño exorcismo.
Jesús no se detiene:
continúa por el camino al que lo conduce el amor.
«Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Ponte detrás de mí,
Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres,
no como Dios».
Pedro
acaba de intentar apartarlo de ese camino, pero Jesús sigue adelante. Se vuelve
hacia él y, en el fondo, le dice: «Ponte
detrás de mí». Ven también tú por donde yo estoy caminando. Si
quieres ser discípulo mío, tendrás que aprender a ir no hacia donde se
conquistan los reinos de este mundo, sino hacia donde hay alguien que necesita
ser amado.
Jesús le dice a
Pedro: ὕπαγε ὀπίσω μου (hýpage opísō mou), literalmente, «ponte detrás de mí». Y esto es muy
importante. Jesús no le está diciendo simplemente: «¡Vete de aquí!». Le está
devolviendo al lugar que corresponde al discípulo: detrás del Maestro.
Pedro había dejado
de seguir a Jesús y había intentado ponerse delante de él para indicarle qué
camino debía tomar. Jesús invierte de nuevo las posiciones: «No eres tú
quien tiene que mostrarme el camino. Ponte detrás de mí. Vuelve a ser
discípulo. Aprende a caminar por donde camino yo».
Y entonces lo
llama Σατανᾶ (Satanâ), «Satanás», es decir, ‘adversario’.
No está identificando sin más a Pedro con el demonio; está desenmascarando el
papel que, sin darse cuenta, Pedro acaba de asumir. Pedro se ha convertido,
sin darse cuenta, en alguien que pretende desviarlo del camino que ha elegido.
Jesús ha tomado la
senda del servicio; Pedro quiere conducirlo por la del poder y el dominio.
Y aquí se
comprende mejor la dureza de aquella palabra. Porque la propuesta que Pedro
está haciendo a Jesús se parece extraordinariamente a la que ya le había hecho
el diablo al comienzo de su misión: llevarlo a lo alto, mostrarle los reinos de
este mundo y ofrecerle el poder sobre ellos (cfr. Mt 4, 8-10).
Eso es
precisamente lo que Jesús ha rechazado desde el principio.
Por eso ahora
llama a Pedro por su verdadero nombre en esta escena: «Satanás»,
adversario. No porque Pedro se haya convertido en el demonio, sino porque está
proponiéndole el mismo camino: utilizar el poder, imponerse, dominar, triunfar.
Pedro cree estar librando
a Jesús de un pensamiento equivocado;
Jesús le muestra que
el verdadero obstáculo está en Pedro.
La inversión es
impresionante. Hace un momento Pedro reprendía a Jesús, convencido de que
aquella idea de un Mesías sufriente no podía venir de Dios. Ahora Jesús le hace
comprender que es precisamente él quien está intentando apartar al Mesías del
camino de Dios.
Y Jesús añade: σκάνδαλον
εἶ ἐμοῦ (skándalon eî emoû), «eres
para mí una piedra de tropiezo». La palabra σκάνδαλον (skándalon)
no significa aquí simplemente «escándalo» en nuestro sentido habitual,
sino aquello que se coloca en el camino y hace tropezar, un obstáculo.
La imagen resulta
extraordinariamente expresiva. Pedro debería estar detrás de Jesús,
siguiéndolo. Sin embargo, ha pretendido ponerse delante para mostrarle por
dónde tendría que ir. Y así, el discípulo que debía seguir al Maestro termina
convertido en una piedra colocada en su camino. Jesús va hacia la entrega de la
vida, que es la manifestación extrema del amor; Pedro intenta desviarlo hacia
otro sendero, el del poder y la gloria humana.
Jesús le explica
entonces dónde está el verdadero problema: οὐ φρονεῖς τὰ τοῦ θεοῦ ἀλλὰ τὰ τῶν
ἀνθρώπων (ou phroneîs tà toû theoû allà tà tôn anthrṓpōn), que
traducido es; «No tienes tu manera de pensar orientada hacia las cosas de
Dios, sino hacia las de los seres humanos»; «No tienes la mente puesta
en las cosas de Dios, sino en las de los seres humanos». Ese es el golpe
de la frase: Se puede estar hablando de Dios y, sin embargo, pensar a
Dios desde criterios que no son los suyos. Ahí está buena parte de la
profundidad teológica del enfrentamiento entre Jesús y Pedro.
El verbo φρονεῖς
(phroneîs) significa algo más que simplemente «pensar». Habla de
una manera de mirar, de razonar, de orientar la mente y los criterios.
Jesús no está reprochando a Pedro una equivocación puntual. Le está mostrando
que todavía contempla al Mesías desde una lógica profundamente humana: poder,
victoria, prestigio, dominio.
Ahí está el
verdadero problema: Pedro no está pensando según Dios, sino según los
criterios de los hombres.
Pedro sigue
soñando con una grandeza que consiste en imponerse, vencer y ocupar los
primeros lugares. Para los hombres, grande es quien domina; para Dios, grande
es quien sirve. Y esto es precisamente lo que Pedro todavía no consigue
aceptar.
¿Logró Jesús
hacérselo comprender en aquel momento? Parece que no. Pedro seguirá razonando
durante bastante tiempo con los mismos criterios. Lucas cuenta que incluso
durante la última cena los Doce todavía discutían entre ellos quién debía ser
considerado el más grande (cfr. Lc 22, 24).
Podemos
ser discípulos de Jesús
y
seguir pensando con los criterios del mundo.
Asimilar la
propuesta del Maestro no resulta fácil para nadie. Cuesta caminar detrás de él.
Cuesta aprender a escuchar, como él, la voz del Espíritu que conduce hacia la
entrega de la propia vida por amor.
Por eso quizá este
Evangelio nos invite también a examinarnos. Nosotros, como Pedro, somos
discípulos. Pero ¿estamos tan seguros de pensar siempre según Dios y no según
la lógica de este mundo? ¿Estamos seguros de que, alguna vez, no podemos
convertirnos también nosotros en una piedra de tropiezo para quien intenta
recorrer los caminos del Señor?
Basta recorrer
algunas páginas de la historia de la Iglesia para descubrir que, incluso con
buena intención y pensando que se estaba defendiendo la causa de Dios, no
siempre se ha razonado según sus criterios. También los cristianos hemos podido
dejarnos seducir por la grandeza, el poder, el prestigio y la gloria de este
mundo: exactamente aquello con lo que soñaba Pedro.
Y la cuestión no
pertenece solamente al pasado. La pregunta continúa abierta para nosotros: ¿qué
entendemos por grandeza? ¿La capacidad de imponernos o la capacidad de servir?
¿La gloria que procede del reconocimiento de los hombres o esa otra gloria,
mucho menos vistosa, que consiste en entregar la vida por amor?
Pedro habló; los demás callaron.
Pero todos pensaban de la misma manera.
Solo Pedro se
atrevió a tomar la palabra para reprender a Jesús. Los demás permanecieron
en silencio, pero compartían su misma manera de pensar.
Todos se
consideraban auténticos discípulos. Sin embargo, seguían llevando dentro los
criterios del mundo: la fascinación por el poder, la grandeza, el prestigio, el
deseo de ocupar un lugar importante.
Por eso Jesús no
va a dirigirse solamente a Pedro. Ahora hablará a todos y les explicará con
claridad qué significa verdaderamente ser discípulo suyo. Porque no basta con
caminar físicamente detrás de Jesús. Podemos seguirlo y, al mismo tiempo,
continuar soñando con todo aquello que él ha rechazado.
Jesús no obliga a nadie:
propone un camino y deja libre la respuesta.
«Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir
en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».
Jesús está a punto
de hacer una propuesta desconcertante, capaz incluso de dejar perplejos a sus
discípulos. Y sabe que algunos, al escucharla, pueden echarse atrás, como
ocurrió en Cafarnaúm, cuando varios de los que lo escuchaban consideraron
demasiado duras sus palabras y decidieron no seguir caminando con él.
Pero Jesús nunca
parece preocupado por el número de quienes lo siguen. Tampoco aquí suaviza su
propuesta para conseguir más adhesiones. Al contrario, comienza diciendo: «Si
alguno quiere seguirme…».
Fijémonos en ese «si alguno quiere». Jesús dice: εἴ τις
θέλει ὀπίσω μου ἐλθεῖν (eí tis thélei opísō mou eltheîn), «si
alguien quiere venir detrás de mí».
Conviene fijarse
en cómo comienza la frase: εἴ τις θέλει (eí tis thélei), «si
alguien quiere». Jesús no impone, no amenaza, no fuerza a nadie. La llamada
al discipulado se presenta como una propuesta que reclama una respuesta libre.
Se puede aceptar o rechazar. No hay una orden impuesta desde fuera, ni amenaza,
ni coacción. Jesús hace una propuesta de amor. Es como si dijera: «Si
alguien quiere unir su vida a la mía, que sepa primero cómo he decidido vivir
yo». Y su vida está enteramente entregada, sin reservarse nada, por amor.
Pero lo más
significativo quizá sea lo que viene después: ὀπίσω μου (opísō mou),
«detrás de mí». Es exactamente la misma expresión que Jesús acaba de
utilizar con Pedro: ὕπαγε ὀπίσω μου (hýpage opísō mou), «ponte
detrás de mí». Pedro había intentado colocarse delante de Jesús para
indicarle qué camino debía seguir. Jesús lo devuelve a su sitio: detrás.
Y ahora,
inmediatamente después, explica que ese es precisamente el lugar de todo
discípulo.
Seguir a Jesús
significa aceptar que él vaya delante. No consiste en pedirle que bendiga el
camino que nosotros ya hemos decidido recorrer, ni en intentar llevarlo hacia
donde nos gustaría que fuese. El discípulo aprende a caminar detrás, a dejar
que sea Jesús quien marque la dirección.
Por eso ἐλθεῖν (eltheîn),
«venir», expresa mucho más que una cercanía sentimental con Jesús. Se trata
de entrar en su camino, ponerse en movimiento detrás de él y aceptar poco a
poco la dirección que él va mostrando.
Pedro tiene que
aprender justamente esto. Acaba de confesar quién es Jesús, pero todavía
pretende decidir por él cómo debe ser el Mesías. Jesús le está enseñando algo
mucho más difícil: reconocerlo como Mesías significa también permitirle que sea
él quien vaya delante.
Además, ἐλθεῖν (eltheîn) es un
infinitivo aoristo. Aquí el aoristo no expresa pasado; presenta la acción de
manera global, como una decisión asumida en su conjunto. Jesús no está
invitando simplemente a sentir simpatía por él o a mantener una cierta cercanía
religiosa, sino a decidirse a entrar en su camino y ponerse a caminar detrás
de él.
Negarse a uno mismo no significa
convertirse en enemigo de la alegría.
El primero es: «Niégate
a ti mismo». El verbo griego que aparece en el texto, «ἀπαρνησάσθω ἑαυτόν»
(aparnēsásthō heautón). El primer imperativo es muy fuerte: ἀπαρνησάσθω
ἑαυτόν (aparnēsásthō heautón), «que
se niegue a sí mismo».
Conviene fijarse
en algo importante: Jesús no dice «que renuncie a algunas cosas», sino «que
renuncie a sí mismo». El objeto del verbo es ἑαυτόν (heautón),
«a sí mismo».
Y el verbo ἀπαρνησάσθω
(aparnēsásthō) está en aoristo: no habla de una pequeña renuncia
ocasional, sino que presenta la acción como una decisión asumida en su
conjunto. Es como si Jesús invitara a cambiar el centro desde el que
organizamos la vida. Negarse a uno mismo, por tanto, no significa
despreciarse, hacerse daño o convertirse en enemigo de todo lo que produce
alegría. Significa dejar de hacer del propio yo, del propio interés y de la
propia ventaja el criterio último de nuestras decisiones.
Pero ¿qué quiere
decir Jesús con una expresión tan desconcertante? Durante mucho tiempo, cierta
espiritualidad entendió estas palabras como una invitación a renunciar a todo
aquello que nos gusta y a ofrecer a Dios penitencias, mortificaciones y
sacrificios. De ahí pudo surgir incluso una imagen triste de la fe, como si el
buen cristiano tuviera que mirar con sospecha cualquier alegría.
Pero la propuesta
de Jesús apunta en otra dirección. Jesús quiere nuestra felicidad. Precisamente
por eso nos indica un camino hacia la alegría, aunque sea muy distinto del que
suele proponernos la lógica del mundo.
¿Y qué nos dice
esa lógica? Algo bastante conocido: «Piensa primero en ti. Colócate en el
centro. Haz el bien, si quieres, pero procura que también tú saques algún
beneficio».
Jesús sostiene
exactamente lo contrario. No hemos sido hechos para vivir encerrados sobre
nosotros mismos. Cuando todo termina girando alrededor de nuestro interés, de
nuestra ventaja, de nuestro pequeño mundo, quizá podamos rodearnos de placeres
y satisfacciones, pero difícilmente encontraremos verdadera paz, porque
terminaremos viviendo en conflicto con lo más profundo de nosotros mismos.
Por eso la
propuesta que Jesús encarnó durante toda su vida podría expresarse así: «Cuando
hagas el bien, olvídate de calcular qué vas a recibir a cambio. Piensa en dar
vida, en llevar alegría, en hacer feliz al hermano. Ama gratuitamente».
La gente que
vieron tiempos más duros pasados me repeten muchas veces: «Haz el bien y
olvídalo. Tu alegría será ver feliz a alguien y saber que tú has contribuido a
hacerlo feliz».
Y aquí conviene
vigilar incluso una forma aparentemente piadosa de egoísmo: hacer el bien
pensando únicamente en acumular méritos para el cielo. Si al final todo
continúa girando alrededor de lo que yo voy a obtener, seguimos encerrados en
nosotros mismos.
Jesús propone algo
mucho más libre: ama. Ama sencillamente. Haz el bien incluso al enemigo. Porque
hay algo en nuestra condición de hijos de Dios que nos impulsa precisamente
hacia esa manera gratuita de amar.
Cuando elegimos vivir así, estamos diciendo sí a la propuesta de Jesús. Estamos uniendo nuestra vida a la suya. Estamos comenzando a vivir como él.
Tomar la cruz no es resignarse
ante las desgracias de la vida.
El segundo
imperativo es καὶ ἀράτω τὸν σταυρὸν αὐτοῦ (kaì arátō tòn stauròn
autoû), «y que tome su cruz».
Conviene fijarse
especialmente en el verbo ἀράτω (arátō), de αἴρω (aírō).
Jesús no dice «que soporte su cruz», como si estuviera invitándonos
simplemente a resignarnos ante las desgracias que inevitablemente aparecen en
la vida. Dice «que la tome», «que la levante», «que cargue con
ella». Es un verbo de acción, no de resignación.
Además, ἀράτω
(arátō) es un imperativo aoristo: presenta la acción globalmente, como una
decisión que se asume. La cruz, en estas palabras de Jesús, no aparece primero
como algo que nos cae encima y no tenemos más remedio que aguantar, sino como
una elección ligada al modo de vivir del discípulo.
Y Mateo añade un
detalle que tampoco deberíamos pasar por alto: τὸν σταυρὸν αὐτοῦ (tòn
stauròn autoû), «su cruz». No una cruz cualquiera, sino la suya:
la forma concreta que la entrega, el servicio y la fidelidad al camino de Jesús
irán tomando en la vida de cada uno.
Probablemente sea
una de las frases más conocidas del Evangelio y, al mismo tiempo, una de las
más malinterpretadas.
Con frecuencia se
ha entendido como una invitación a resignarnos ante las «cruces» que
aparecen inevitablemente en la vida: una enfermedad, una contrariedad, una
desgracia. Como no podemos evitarlas, habría que soportarlas pacientemente.
Pero Jesús no dice
«soporta tu cruz». Dice: «tómala». El verbo griego αἴρω (aíro),
no significa simplemente «aguantar», sino «tomar sobre sí».
Jesús está
invitando a hacer la elección de quien termina en una cruz. Y conviene recordar
quiénes acababan crucificados en aquel mundo. No eran normalmente los
ciudadanos romanos. La cruz estaba vinculada sobre todo a quienes ocupaban los
lugares más bajos de la sociedad, particularmente los esclavos.
El esclavo era
aquel que no organizaba su existencia alrededor de sí mismo. Estaba disponible
para servir cuando su señor lo necesitaba. Y es precisamente esa
disponibilidad para servir la que Jesús propone a sus discípulos: considerarse
servidores de quien necesite de ellos. Una disponibilidad que, llevada
hasta sus últimas consecuencias, puede llegar incluso a la entrega de la vida
por el enemigo.
Difícilmente
podría imaginarse una propuesta de amor mayor. Pero Jesús añade algo
importante: no se trata de abrazar una cruz cualquiera, sino la propia cruz.
Es decir, cada uno
está llamado a una forma concreta de servicio, aquella que puede realizar según
sus capacidades, sus aptitudes y los dones que ha recibido de Dios. Nuestra
profesión, nuestro trabajo, nuestras posibilidades personales pueden
convertirse así en el lugar donde aprendemos a vivir de otra manera. No
utilizándolos exclusivamente para sobresalir, enriquecernos o asegurarnos una
vida cómoda, sino poniéndolos también al servicio de quienes nos necesitan.
Y conviene saber
que esa elección tiene un precio. Quien escoge la cruz puede dejar de
pertenecer a la élite de quienes triunfan según los criterios de este mundo.
Incluso puede parecer anticuado por continuar creyendo en valores que nuestra
sociedad considera superados: la mansedumbre, el perdón, el dominio de uno
mismo, la fidelidad matrimonial.
Elegir la cruz
puede significar también colocarse activamente junto a los últimos,
comprometerse frente a la injusticia y aceptar que esa opción tenga
consecuencias.
Puede incluso
significar soportar la burla y el desprecio, como sucedía con quienes eran
conducidos al suplicio llevando la cruz sobre sus hombros.
Jesús mismo
recorrió ese camino hacia el Calvario entre insultos y burlas. Quien toma su
propia cruz debe contar también con esta posibilidad.
Seguir a Jesús exige
no perderlo de vista.
El tercer
imperativo es καὶ ἀκολουθείτω μοι (kaì akoloutheítō moi), «y
que me siga». Aquí aparece un matiz muy hermoso. Los dos imperativos
anteriores —«niéguese a sí mismo» y «tome su cruz»— están en
aoristo y presentan esas acciones como decisiones asumidas en su conjunto. Pero
ἀκολουθείτω (akoloutheítō) está en presente. Jesús no habla ahora
de una decisión puntual, tomada una vez y ya concluida, sino de algo que tiene
que continuar: «que siga siguiéndome», «que permanezca caminando
detrás de mí».
El seguimiento
cristiano no consiste, por tanto, en haber dicho una vez «sí» a Jesús. Ese sí
tiene que convertirse en camino. Hay que volver a mirarlo, volver a escuchar su
manera de pensar y dejar que siga siendo él quien vaya delante.
Y el pronombre μοι
(moi) está en dativo porque el verbo ἀκολουθέω (akolouthéō)
indica precisamente a la persona a quien se sigue. Jesús no propone simplemente
adoptar unas ideas o unos valores: dice «sígueme a mí». El
centro del discipulado no es una teoría, sino una persona.
Si queremos seguir
a una persona, necesitamos mantenerla a la vista. Y en el caso de Jesús esto
resulta todavía más importante, porque los caminos que él elige suelen ser
bastante distintos de los que espontáneamente nos propone la lógica humana.
Si dejamos de
mantenernos cerca, es muy fácil perderlo de vista.
¿Cómo permanecer
entonces en el camino que él va abriendo delante de nosotros? Podríamos decirlo
con una imagen muy sencilla: conviene llevar siempre el teléfono encendido y
conectado con el suyo. Naturalmente, estamos hablando de la oración.
Pero no de la
oración entendida simplemente como repetición de fórmulas, sino como un diálogo
constante con el Señor, una relación que nos permite ir descubriendo cómo
piensa él y qué elecciones nos va sugiriendo.
A veces alguien
dice: «Yo hablo con él, pero él nunca me responde». Y eso debería
hacernos pensar. Quien está enamorado termina conociendo la manera de pensar de
la persona amada incluso cuando no está físicamente presente. Una esposa puede
intuir cómo vería su marido determinada decisión porque lo conoce, porque ha
compartido con él la vida y ha aprendido su manera de mirar las cosas.
Algo semejante
sucede en nuestra relación con el Señor. Él continúa orientándonos. Pero si
hemos dejado de escucharlo quizá el problema sea que la batería de nuestro
«teléfono» se ha quedado sin carga.
¿Y cómo volver a
cargarla? Volviendo al Evangelio. Tomando nuevamente en nuestras manos su
Palabra, escuchándola, meditándola, dejando que vuelva a entrar en nosotros.
Así recuperamos poco a poco la sintonía con Jesús, con su manera de pensar, de
juzgar y de actuar. Y cuando volvemos a esa sintonía, resulta mucho más difícil
confundir el camino.
Ahora Jesús va a
proponernos cuatro razonamientos llenos de sabiduría para ayudarnos a
comprender por qué merece la pena hacer estas elecciones y orientar así nuestra
vida.
La vida se pierde cuando intentamos guardarla
solo para nosotros.
«Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el
que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le
servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá
dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su
Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta».
Jesús acaba de
proponernos cuatro razonamientos sapienciales, tomados de la sabiduría
tradicional de su pueblo y, de manera especial, del Salmo 49 (cfr. Sal 49).
El primero dice
así: «Porque quien quiera salvar su vida, la
perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará». ¿Qué
quiere decirnos? Cada instante que pasa es un fragmento de vida que se nos va.
Quisiéramos retenerlo, conservarlo, impedir que escape, pero no podemos: la
vida sigue avanzando.
Entonces, ¿cómo
salvarla? ¿Cómo conseguir que no termine simplemente desapareciendo? El mundo
tiene su propia respuesta: «Disfrútala. Aprovéchala mientras puedas». Es el
conocido carpe diem que podía encontrarse en ambientes romanos
acompañado incluso de la imagen de una calavera: recuerda que acabarás así; por
tanto, disfruta ahora, no desperdicies ningún instante, exprime la vida
mientras la tienes.
Jesús propone una
lógica completamente distinta: «Si haces de eso el criterio de tu
existencia, terminarás perdiéndola. ¿Quieres que tu vida no se pierda? Entonces
entrégala. Conviértela en amor. Lo que hayas transformado en amor no habrá
desaparecido».
Ahí está la
paradoja: Intentando conservar la vida únicamente para nosotros, se nos escapa;
entregándola por amor, la encontramos.
Podemos ganar muchas cosas y,
sin embargo, malgastar la vida.
El segundo
razonamiento plantea una pregunta: ¿qué ventaja obtiene una persona si llega a
ganar el mundo entero, pero termina perdiendo su propia vida? «¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo
entero, si pierde su alma?».
Podemos conquistar
muchas cosas. Podemos alcanzar reconocimiento en la ciencia o en la técnica,
acumular dinero, conseguir poder, prestigio, éxito, incluso sentir que hemos
llegado muy lejos. Pero ¿de qué sirve todo eso si, mientras lo conseguíamos,
hemos desperdiciado la propia existencia?
Porque todas esas
conquistas son frágiles. Todos nuestros éxitos tienen fecha de caducidad.
Podríamos imaginar
la muerte como una especie de aduana ante la que termina llegando todo lo que
hemos acumulado. Y allí ocurre algo inevitable: todo aquello que no hemos
transformado en amor queda atrás.
El tercer
razonamiento continúa en la misma dirección: ¿qué podrá dar una persona a
cambio de su propia vida? «¿O qué podrá dar
para recobrarla?».
Es una invitación
a preguntarnos si merece realmente la pena convertir en absolutos las
realidades de este mundo, cuando sabemos que son pasajeras. ¿Tiene sentido
vivir como si fueran eternas?
Hay quien acumula
dinero como si pudiera conservarlo para siempre. Pero no es así. Llegará un
momento en que se apagarán los focos de este escenario en el que ahora vivimos
y quedará solamente la luz de Dios. ¿Qué valor tendrán entonces los bienes
acumulados, los títulos académicos, los honores, las distinciones, los
reconocimientos, todo aquello por lo que quizá luchamos durante tantos años? Todo
habrá perdido su cotización.
Entonces quedará un valor que no se
devalúa: el amor que hayamos construido con nuestra vida.
Al final, nuestra vida
será contemplada a la luz de Jesús.
Y llegamos al
cuarto razonamiento. Jesús habla del Hijo del hombre que vendrá en su gloria
con sus ángeles y dará a cada uno según su obra. «Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus
ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta».
A primera vista
podríamos escuchar estas palabras de una manera bastante inmediata: «Cuidado,
porque al final los buenos recibirán su premio y los malos su castigo; Dios
examinará las obras de cada uno».
Pero el
razonamiento que se nos propone invita a detenernos en la expresión «según
su obra». Esa «obra» es contemplada aquí como la gran obra de Dios, su obra
maestra: Jesucristo. En él Dios nos ha mostrado hasta dónde puede llegar el
amor; en la vida de su Hijo nos ha revelado su obra más hermosa.
De este modo, la
vida de cada uno será contemplada a la luz de esa obra maestra que es Jesús de
Nazaret.
Y entonces aparece
una manera muy sugerente de pensar el juicio sobre nuestra existencia: una
vida estará más o menos lograda según cuánto haya llegado a parecerse a la vida
de Jesús.
No se trata de
pensar que una existencia pueda ser simplemente arrojada a la basura, como si
no hubiera tenido ningún valor. Toda vida posee su valor. Pero también es
verdad que hay semejanzas y semejanzas.
Al final, la
pregunta será muy sencilla y, quizá por eso mismo, muy seria: ¿en qué se ha
ido pareciendo nuestra vida a la de Jesús de Nazaret?
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