sábado, 29 de agosto de 2026

Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario, ciclo a | Mt 16, 21-27

 ¿Es posible reconocer a Jesús como Mesías y, sin embargo, resistirse al camino que Él propone? En esta homilía sobre Mateo 16,21-27, Pedro pasa de confesar «Tú eres el Mesías» a intentar convencer a Jesús de que abandone el camino de la entrega, el rechazo y la cruz. Su reacción descubre un conflicto que también puede habitar en nosotros: creer en Cristo y, al mismo tiempo, querer que Cristo encaje en nuestros criterios de éxito, seguridad y realización personal. Por eso Jesús le dice: «Ponte detrás de mí, Satanás»: no lo expulsa, sino que lo devuelve al lugar del discípulo que necesita aprender a seguir. Desde ahí adquieren su verdadero sentido negarse a uno mismo, tomar la cruz y perder la vida para encontrarla: no buscar el sufrimiento, sino dejar que Jesús transforme nuestra manera de comprender qué significa ganar, vivir y amar.

Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 16, 21-27

Escucha aquí el episodio completo:

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No basta con decir que Jesús es el Mesías:

importa qué Mesías esperamos.

La semana pasada recordábamos cómo Jesús había llamado dichoso a Pedro porque había sabido reconocer en él al Mesías (cfr. Mt 16, 13-20). Y, después de una confesión así, lo más lógico habría sido esperar que Jesús dijera a Pedro y a los demás discípulos: «Ahora id y contádselo a todos. Decidles que yo soy el Mesías que estaban esperando». Pero ocurre exactamente lo contrario. Jesús les manda que no se lo digan a nadie. ¿Por qué? Porque Pedro y los demás discípulos, como buena parte de la gente de su tiempo, esperaban un Mesías muy distinto del que Dios había enviado. Utilizaban la misma palabra —«Mesías»—, pero no estaban pensando en la misma realidad.

Y eso es precisamente lo que va a quedar al descubierto en el Evangelio de hoy. Vamos a escuchar un diálogo entre Jesús y Pedro. Los dos hablan del Mesías, pero muy pronto descubriremos que cada uno lleva dentro una imagen completamente distinta. Y conviene que no nos apresuremos a colocarnos del lado de Jesús, mirando a Pedro casi con cierta superioridad, porque quizá Pedro esté mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos.

El Mesías que desea Pedro es también

el que muchas veces desearíamos nosotros.

Si somos sinceros, el Mesías que Pedro tiene en la cabeza resulta bastante atractivo. Es un Mesías fuerte, poderoso, victorioso; alguien capaz de asegurar gloria y éxito a quienes están de su parte.

Un Mesías al que podemos acudir cuando las cosas se complican y que interviene con su poder para sacarnos del apuro. Un Mesías que, puesto que somos de los suyos, termina poniendo las cosas en su sitio y haciendo realidad aquello que esperábamos.

¿Quién no querría un Mesías así?

El problema es que Jesús no ha venido a ofrecer eso. Y quien se acerque a él esperando ese tipo de Mesías acabará, tarde o temprano, decepcionado.

De hecho, no es difícil encontrar cristianos buenos, sinceros, devotos, que viven con una cierta decepción interior porque no reciben de Jesús aquello que esperaban: una gracia concreta, un éxito profesional, la curación de una enfermedad. Y entonces puede aparecer una pregunta que conocemos bien: «¿Para qué sirve creer, si después el Señor no hace lo que le pedimos?».

No estamos hablando necesariamente de personas con poca fe. Muchas veces son personas buenas. El problema es otro: quizá esperan de Jesús algo que Jesús nunca prometió.

Hay realidades que podemos esperar legítimamente de la ciencia, de la técnica, del esfuerzo humano, de los medios que tenemos a nuestra disposición. Pero Jesús nunca se presentó como alguien que viniera a garantizar que nuestros planes salgan adelante simplemente porque creemos en él.

Jesús no quiere que lo sigamos

movidos por falsas esperanzas.

Por eso, en el Evangelio de hoy, Jesús va a aclarar con enorme franqueza quién es y cuál es su camino. No quiere discípulos que lo sigan esperando otra cosa. No quiere alimentar ilusiones que después inevitablemente terminarán rompiéndose. Y aquí empieza la parte difícil.

Porque entender quién es Jesús no resulta sencillo. Pero aceptarlo puede resultar todavía más difícil. Lo que está a punto de decir a sus discípulos es desconcertante. Choca con lo que ellos esperaban. Y probablemente también choca con algo muy profundo dentro de nosotros.

Por eso sería bueno no responder demasiado deprisa: «Sí, Señor, claro, yo te sigo». Quizá una respuesta demasiado rápida pueda significar que todavía no hemos comprendido del todo lo que está diciendo. Antes de llegar al «sí» puede aparecer dentro de nosotros una resistencia. Incluso un rechazo. Algo parecido a lo que va a experimentar Pedro.

Y no tendríamos por qué escandalizarnos de ello. Tal vez nuestra primera reacción tenga que parecerse precisamente a la suya. Porque, en ocasiones, el rechazo inicial es la señal de que hemos comprendido la seriedad de la propuesta.

Hay palabras de Jesús que primero incomodan

y solo después se comprenden.

Podemos recordarlo con aquella parábola de los dos hijos a quienes el padre manda a trabajar a la viña (cfr. Mt 21, 28-31). El primero responde inmediatamente que no. Después lo piensa, cambia de actitud y termina yendo. Su primera negativa es comprensible: ha entendido que ir a la viña significa trabajar, cansarse, sudar, soportar el calor y la sed. Ha entendido que aquello cuesta.

El segundo, en cambio, responde enseguida que sí. Pero cuando llega el momento de afrontar el esfuerzo, se queda en casa.

Algo parecido puede ocurrirnos con Jesús.

Él no se sorprende de nuestra resistencia inicial. No se escandaliza de que algunas de sus palabras nos cuesten. Sabe perfectamente lo exigente que puede resultar seguirlo. Lo importante es no cerrar el corazón demasiado pronto.

Ahora vamos a escuchar cómo Jesús presenta, por primera vez y con toda claridad, el destino que le espera. No quiere dejar lugar a equívocos. Quiere que Pedro y los demás sepan quién es realmente el Mesías al que están siguiendo.

Todo cambia cuando Pedro

llama a Jesús «Mesías».

«En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Mateo comienza esta nueva etapa con unas palabras que conviene no pasar por alto: Ἀπὸ τότε (apó tóte), «a partir de aquel momento». ¿De qué momento? Del momento en que Pedro acaba de proclamar en Cesarea de Filipo que Jesús es el Mesías. Desde ese instante Jesús comienza a explicar a sus discípulos qué significa realmente ser el Mesías, porque la imagen que Pedro lleva en la cabeza y el camino que Jesús está dispuesto a recorrer son profundamente distintos.

Podemos imaginar lo que empieza a pasar entonces por la cabeza de Pedro: «Ahora sí. Ha llegado el momento». Jesús irá a Jerusalén, se presentará ante todos como el Mesías y dará comienzo, por fin, al reino de Dios que todos estaban esperando. Y, naturalmente, quienes han permanecido a su lado también saldrán beneficiados de ese viaje a Jerusalén.

Solo hay un pequeño problema; ese es el sueño de Pedro, no el de Jesús.

Jesús entiende las cosas de una manera completamente distinta. Y precisamente por eso el evangelista nos dice que, desde aquel momento, tuvo que comenzar a explicar a sus discípulos por qué iba realmente a Jerusalén. La razón no tenía nada que ver con lo que ellos imaginaban.

Jesús va a Jerusalén

porque el amor lo lleva allí.

El Evangelio utiliza aquí una palabra muy importante: δεῖ (dei), «es necesario», «debe». Jesús debe ir a Jerusalén. Pero enseguida surge una pregunta: ¿quién se lo impone?, ¿quién le está dando órdenes? Nadie desde fuera. Ese δεῖ (dei) no habla de una obligación que alguien carga sobre sus hombros, sino de una necesidad que nace de lo más profundo de su camino. Jesús se deja conducir por el Espíritu; y puesto que Dios es amor, ese camino termina llevándolo siempre hacia allí donde alguien necesita ser amado. Por eso Jerusalén no es simplemente un destino geográfico. Es el lugar hacia el que lo conduce su fidelidad al amor, aunque él sabe perfectamente lo que allí le espera.

Eso es lo que contemplamos a lo largo de toda su vida. Jesús no puede pasar de largo cuando encuentra a alguien que necesita ser amado. Es algo que brota de lo más profundo de él.

Por eso, cuando alguien intenta apartarlo de ese camino, Jesús lo llamará «Satanás», es decir, adversario: alguien que se interpone, que coloca un obstáculo delante de él y pretende desviarlo de aquello que constituye precisamente su camino, amar y seguir amando.

Y Jesús tiene que ir a Jerusalén porque allí hay personas que necesitan ser liberadas.

Puede sorprendernos la expresión, porque precisamente quienes necesitan esa liberación son personas que poseen poder, tanto religioso como social. Quieren conservar la posición que ocupan, pero Jesús descubre que también ellos viven esclavizados: se dejan conducir por impulsos que no nacen del amor, sino del deseo de dominar en lugar de servir. El Evangelio va señalando quiénes son.

 

También quienes parecen tenerlo todo

pueden necesitar ser liberados.

Jesús explica que tendrá que «sufrir mucho por parte de los ancianos», καὶ πολλὰ παθεῖν ἀπὸ τῶν πρεσβυτέρων (kaí pollá patheín apó ton presbytéron). Y conviene entender bien quiénes son esos πρεσβύτεροι (presbýteroi), esos «ancianos». No se trata simplemente de hombres mayores, sino de quienes formaban parte de los grupos dirigentes y se consideraban custodios de la tradición. Son los primeros que Mateo menciona entre aquellos con quienes Jesús entrará en conflicto.

Son quienes repiten una y otra vez: «Siempre se ha pensado así. Siempre se ha hecho así». Y de ahí pasan fácilmente a una conclusión todavía más peligrosa: «Por tanto, así debe continuar siendo, porque eso es lo que Dios quiere».

¿Y qué enseñaban los ancianos? Presentaban a Dios como alguien que colma de bienes solamente a los justos y retira sus favores a los pecadores, a quienes no cumplen sus mandamientos. Si una persona disfruta de riqueza, salud y prosperidad, eso significaría que Dios la bendice. Si, por el contrario, enferma o sufre desgracias, habría que interpretar esas desgracias como castigo por sus pecados.

Además, consideraban que las diferencias de rango entre las personas respondían a la voluntad misma de Dios. Quien ocupaba una posición elevada y ejercía poder debía ser respetado, honrado y colocado en los primeros lugares, tanto en las sinagogas como en los banquetes. Los enfermos, en cambio, no merecían esos honores porque su situación parecía demostrar que no gozaban de la bendición divina. De ese modo enseñaban los custodios de la tradición. Y también ellos necesitaban ser liberados por Jesús.

Era inevitable que Jesús entrara en conflicto con una manera de pensar así, porque Jesús anunciaba un Dios que trastoca esos criterios de grandeza. El Dios que revela Jesús no coloca arriba al rico por ser rico: levanta al pobre, se acerca al necesitado y devuelve dignidad a quien los demás dejan abajo.

Y en ese enfrentamiento Jesús sabe que, humanamente hablando, será derrotado. Porque cuando un cordero se enfrenta a los lobos, sabemos quién parece llevar todas las de perder.

Con Dios no existe el comercio religioso.

Los siguientes que aparecen son los ἀρχιερεῖς (archiereís), los «sumos sacerdotes». No estamos ante cualquier sacerdote del pueblo, sino ante quienes ocupaban las posiciones más altas dentro de la estructura sacerdotal vinculada al Templo. Mateo los coloca junto a los ancianos entre aquellos con quienes Jesús entrará en conflicto. Ellos enseñaban que, para recibir los favores de Dios, era necesario ofrecerle algo: sacrificios, incienso, oraciones, holocaustos, cantos, obras buenas, cumplimiento de los preceptos. En el fondo se terminaba transmitiendo una idea muy concreta: si quieres recibir algo de Dios, primero tendrás que darle algo tú.

La relación con Dios terminaba pareciéndose demasiado a un intercambio comercial, en un trueque. Y Jesús no podía aceptar esa imagen, porque tocaba el corazón mismo de la identidad del Padre. Dios es amor, y el amor verdadero es gratuito. En el momento en que el amor se compra, deja de ser amor.

También estas personas, los sumos sacerdotes, necesitan ser liberadas de una imagen equivocada de Dios.

Jesús va a mostrar algo muy distinto. Ciertamente Dios se alegra cuando acogemos su Palabra, pero no nos ama porque seamos buenos. Nos ama porque somos sus hijos. Una madre no ama a su hijo únicamente cuando se porta bien. Lo ama porque es su hijo, incluso cuando se equivoca. Así es el Dios que Jesús revela: ama gratuitamente.

No está esperando que acumulemos méritos para convencernos de que merecemos sus dones. Lo que desea es encontrarnos abiertos para recibirlos. Y aquello que hemos recibido gratuitamente estamos llamados después a derramarlo también gratuitamente sobre nuestros hermanos.

Por eso la carta de Santiago puede decir que la religión pura y sin mancha no consiste simplemente en multiplicar actos religiosos, sino en cuidar a los huérfanos y a las viudas y mantener el corazón libre de la seducción de los bienes de este mundo (cfr. Sant 1, 27).

Jesús viene también a liberarnos

de imágenes deformadas de Dios.

 Los terceros que Mateo menciona son los γραμματεῖς (grammateís), los «escribas». Eran hombres vinculados al conocimiento, estudio e interpretación de la Ley y de las Escrituras. Por eso, cuando el Evangelio los coloca junto a los ancianos y los sumos sacerdotes, nos está presentando tres ámbitos especialmente significativos: la tradición, el Templo y la interpretación de la Palabra.

Y ahí resulta especialmente sugerente el contraste: Jesús no entra en conflicto con ellos porque desprecie la tradición, el culto o la Escritura, sino porque su manera de revelar a Dios pone en cuestión determinadas imágenes de Dios que esos grupos habían terminado sosteniendo.

Habían llegado a sentirse casi propietarios de la Ley de las Escrituras. Nadie parecía tener derecho a interpretarla fuera de ellos. Y, sin embargo, habían olvidado algo esencial del mensaje de los profetas: aquel Dios presentado como amor, como padre y como esposo.

En su lugar los escribas habían ido imponiendo otra imagen: la de un Dios legislador y juez riguroso, severo, que recompensa a cada uno según sus méritos y castiga en proporción a sus pecados. Jesús viene a desmontar definitivamente esa imagen.

El Padre del cielo rechaza el mal, pero no por ello deja de amar a los hijos que lo cometen. Quiere por todos los medios que quien se ha equivocado vuelva al camino porque lo quiere feliz. Pero incluso mientras está recorriendo un camino equivocado, el Padre del que habla Jesús de Nazaret continúa amándolo.

Y precisamente el anuncio de un Dios así llevará a Jesús al conflicto. Jesús se lo dice claramente a sus discípulos: en el enfrentamiento con estas fuerzas terminará siendo derrotado. Lo matarán. Pero la frase no termina ahí.

La muerte no es la última palabra

sobre quien ama.

Jesús anuncia con toda claridad que será ἀποκτανθῆναι (apoktanthénai), «matado». Y es precisamente ahí donde Pedro y los demás discípulos se quedan bloqueados. Escuchan la derrota, el fracaso, la muerte. Pero Jesús continúa: καὶ τῇ τρίτῃ ἡμέρᾳ ἐγερθῆναι (kaí tē trítē hēméra egerthénai), «y al tercer día ser resucitado». Hay una palabra decisiva: ἐγερθῆναι (egerthénai), «ser levantado», «ser resucitado». Los hombres podrán llevarlo a la muerte, pero no serán ellos quienes escriban el final de su historia. La última palabra pertenece a Dios.

Hay una promesa en las palabras de Jesús que los discípulos, sin embargo, parecen olvidar inmediatamente. Ellos se quedan detenidos en una frase: «será matado». Y ya no escuchan lo demás. Jesús está diciendo también: esto no terminará así.

La muerte no será el destino definitivo de mi vida. El final de quien entrega su vida por amor no es el sepulcro, sino la luz de la resurrección. El Mesías resucitará «al tercer día».

¿Y qué significa ese «tercer día»?

Conviene entender bien la expresión. No se trata simplemente de una predicción cronológica, como si Jesús estuviera dando una indicación de calendario: pasarán tres días y después ocurrirá esto.

La expresión «al tercer día» aparece varias veces en la Biblia y apunta hacia algo más profundo: indica cómo terminará finalmente la historia.

En el caso de Jesús significa esto: la tumba no será su destino definitivo. La muerte no tendrá la última palabra. Su vida no acabará encerrada en un sepulcro, sino en la gloria del Padre. El «tercer día» nos dice, por así decirlo, cómo termina realmente la historia.

Los discípulos quedan tan impresionados por el anuncio de la derrota que ya no son capaces de escuchar el final. Su pensamiento queda atrapado en la muerte y pierden de vista la conclusión anunciada por Jesús. Y precisamente ahí podemos cometer nosotros el mismo error.

No podemos juzgar una vida

antes de llegar al «tercer día».

No valoremos una existencia mirando únicamente lo que ocurre antes del sepulcro.

Para comprender el camino de Jesús necesitamos mantener delante de los ojos el «tercer día», es decir, cómo termina la vida de quien ama y entrega su existencia. Si no llegamos a creer que la gloria es el destino último de quien ama, difícilmente encontraremos el valor para seguir a Jesús.

Porque si lo vemos caminar hacia Jerusalén, ser derrotado, acabar en una tumba y todo concluye allí, ¿qué sentido tendría seguir sus pasos? La fe se juega precisamente en esta promesa del «tercer día».

Y es una promesa misteriosa, porque no podemos someterla a una comprobación. Nadie ha podido ir más allá de la muerte, examinar lo que hay allí y regresar después con una prueba en la mano. Todo descansa en la palabra de Jesús.

Y entonces aparece la verdadera pregunta: ¿nos fiamos de su palabra o no? Quizá incluso nosotros, sacerdotes, sentimos a veces cierta timidez a la hora de hablar de la victoria sobre la muerte. Nos cuesta decir con claridad que el amor de Jesús vence a la muerte, quizá porque tememos la reacción de quienes exigen una demostración.

No es algo nuevo. Pablo experimentó algo semejante en el Areópago de Atenas: cuando habló de la resurrección, algunos se burlaron de él (cfr. Hch 17, 32).

Pero el creyente contempla siempre el final de la historia. A los ojos de los hombres, Jesús aparecerá como un derrotado. A los ojos de Dios, precisamente él será el vencedor.

Y si todo esto no nos desconcierta un poco, quizá todavía no hayamos comprendido del todo hacia dónde camina Jesús y hacia dónde quiere conducirnos. Pedro, en cambio, lo ha entendido perfectamente. Y precisamente por eso reacciona. 

         Pedro ha entendido perfectamente lo que

Jesús acaba de decir. Y por eso reacciona.

«Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte
».

Conviene detenernos ahora en su reacción y seguirla casi palabra por palabra. El evangelista cuenta que Pedro tomó a Jesús aparte. En griego lo dice de este modo: «καὶ προσλαβόμενος αὐτὸν ὁ Πέτρος ἤρξατο ἐπιτιμᾶν αὐτῷ λέγων» (kaí proslabómenos autón ho Pétros ḗrxato epitimân autō légōn); que traducido significa «Y, habiéndolo tomado consigo, Pedro comenzó a reprenderlo, diciendo…»; Mateo no dice simplemente que Pedro habló con Jesús. Dice: καὶ προσλαβόμενος αὐτὸν ὁ Πέτρος ἤρξατο ἐπιτιμᾶν αὐτῷ λέγων (kaí proslabómenos autón ho Pétros ḗrxato epitimân autō légōn): “Pedro, después de tomarlo aparte, comenzó a reprenderlo, diciendo…”. Primero lo toma consigo y lo aparta; después se pone a increparlo. Pedro no está haciendo una pregunta a Jesús: está tratando de corregirlo.

Y este último matiz me parece exegéticamente decisivo: la gramática de Mateo construye una pequeña escena en tres movimientos: Pedro toma a Jesús aparte → comienza a reprenderlo → expresa verbalmente esa reprensión. Eso da mucha más fuerza al enfrentamiento que una traducción plana como «Pedro le dijo».

Pedro llega a ponerse delante de Jesús

para corregirlo.

Fijémonos bien en cómo cuenta Mateo la reacción de Pedro. Utiliza primero el verbo προσλαβόμενος (proslabómenos), «tomándolo consigo», «llevándolo aparte». Pedro separa a Jesús de los demás. Quiere hablar con él en privado. La escena casi puede verse: acaba de escuchar algo que le parece tan inadmisible que siente la necesidad de intervenir inmediatamente.

Pedro no está corrigiendo un detalle:

intenta arrancar de Jesús

una idea que considera diabólica.

Pero Mateo añade después un verbo todavía más fuerte: ἐπιτιμᾶν (epitimân), «reprender», «increpar». Pedro no se limita a decirle a Jesús que no está de acuerdo. Lo reprende.

Resulta muy llamativo el verbo que Mateo utiliza: ἐπιτιμᾶν (epitimân), «reprender», «increpar». No es una palabra cualquiera. Es el mismo verbo ἐπιτιμάω (epitimáō) que los evangelistas emplean varias veces cuando Jesús increpa a los espíritus impuros y les ordena salir. En Mateo mismo lo encontramos poco después, cuando Jesús increpa al demonio y este abandona al muchacho (cfr. Mt 17,18); y aparece igualmente en Marcos y Lucas en escenas de liberación de espíritus impuros (cfr. Mc 1,25; 9,25; Lc 4,35; 9,42). La ironía narrativa es formidable: Pedro está tratando a Jesús como si fuera él quien necesitara ser liberado de una influencia maligna.

De ahí la fuerza casi paradójica de la escena: Pedro parece querer arrancar de Jesús una idea que considera incompatible con Dios. Ha escuchado que el Mesías sufrirá, será rechazado y morirá, y piensa que una idea semejante no puede venir de Dios.

Para Pedro, el problema no es pequeño. Está convencido de que está defendiendo la verdadera imagen del Mesías frente a algo que considera absurdo.

Y precisamente ahí comienza a revelarse la tragedia de su error: Pedro cree estar defendiendo a Dios mientras intenta apartar a Jesús del camino de Dios.

No estamos ante una conversación tranquila entre dos amigos que discrepan educadamente. Pedro acaba de escuchar que Jesús irá a Jerusalén, sufrirá y será matado, y aquello le resulta sencillamente intolerable. Ese no puede ser el destino del Mesías.

La escena adquiere así una fuerza extraordinaria. Es como si Pedro estuviera intentando hacerle un exorcismo a Jesús. Desde su manera de pensar, una idea tan absurda como aquella —que el Mesías pudiera ser derrotado y acabar muerto— solo podía proceder de una fuerza maligna.

Podemos casi escuchar lo que pasa por su cabeza: «Pero ¿qué estás diciendo, Jesús? Dios conduce al Mesías a la victoria, no al fracaso. Dios no abandona a sus fieles en manos de los malvados. ¿Cómo puedes decir semejante cosa?».

Pedro está convencido de estar defendiendo a Dios. Si Jesús anuncia un Mesías derrotado, entonces, a sus ojos, algo terrible se ha introducido en su pensamiento.

Pedro no está simplemente deseando

que aquello no ocurra:

está convencido de que no puede ocurrir.

Sus palabras son muy fuertes: ἵλεώς σοι, κύριε· οὐ μὴ ἔσται σοι τοῦτο (híleōs soi, kýrie; ou mē éstai soi toûto). La expresión ἵλεώς σοι (híleōs soi) puede traducirse como «¡Que Dios te sea propicio!» y, en un castellano más natural, «¡Dios no lo quiera!» o «¡Que Dios te libre de eso!» o «¡Que Dios te perdone por semejante barbaridad!». Pedro reacciona con rechazo ante lo que Jesús acaba de anunciar: ese destino de sufrimiento y muerte le parece incompatible con lo que él espera del Mesías.

Pero la fuerza mayor está en lo que sigue: οὐ μὴ ἔσται σοι τοῦτο (ou mē éstai soi toûto). La combinación οὐ μή (ou mē) constituye una negación enfática: «de ningún modo», «en absoluto», «jamás». Pedro no dice simplemente: «Ojalá no te suceda». Dice, con toda seguridad: «¡Eso no te sucederá de ninguna manera!»; que en los leccionarios en castellanos lo han traducido así: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Y hay un detalle especialmente significativo: se dirige a Jesús llamándolo κύριε (kýrie), «Señor». Lo reconoce como Señor y, sin embargo, está convencido de que aquello que Jesús acaba de anunciar no puede ser su camino. Ahí se percibe ya toda la tensión de la escena: Pedro confiesa quién es Jesús, pero todavía no acepta cómo entiende Jesús su propia misión.

Pedro tiene la Biblia de su parte.

O, al menos, cree tenerla.

Y aquí está precisamente la fuerza de su reacción. Pedro podría haberle dicho a Jesús: «¿Pero es que no conoces las Escrituras? ¿Qué te enseñaban en la sinagoga de Nazaret?».

Porque existen textos bíblicos que hablan de un Mesías glorioso y victorioso, textos que cualquier israelita conocía bien.

Pensemos, por ejemplo, en el salmo que describe al rey dominando «de mar a mar», desde el gran río hasta los confines de la tierra; un rey ante quien se inclinan las tribus del desierto, cuyos enemigos muerden el polvo, mientras los reyes de Tarsis y de las islas le presentan tributo, los reyes de Arabia y de Sabá le ofrecen dones y todos los pueblos terminan postrándose ante él (cfr. Sal 72).

Desde esa imagen, la pregunta de Pedro parece completamente razonable: ¿cómo puede Jesús hablar de un Mesías vencido?

Y no es el único texto. También Isaías anuncia una Jerusalén hacia la que llegan caravanas de camellos y dromedarios procedentes de Madián y Efá; vienen desde Sabá trayendo oro e incienso y proclamando las glorias del Señor. Los reyes extranjeros aparecen puestos al servicio de ese futuro glorioso (cfr. Is 60).

¿Cómo encaja todo eso con un Mesías humillado y asesinado? También el Deuteronomio conserva la promesa hecha a Israel de ocupar el primer lugar y no el último, de estar arriba y no abajo. Pedro podría apoyarse perfectamente en esa tradición para pensar: «Si Dios está con su pueblo, lo conduce a la victoria. Si Jesús es realmente el Mesías, ¿cómo puede anunciar su propia derrota?».

El problema de Pedro

no es que desconozca la Escritura,

sino cómo la está leyendo.

Pedro no era rabino. No era un especialista en Biblia. Pero aquellos textos que alimentaban la esperanza de un Mesías glorioso formaban parte de la memoria de todo el pueblo.

Precisamente por eso su reacción resulta tan comprensible. Él no cree estar oponiéndose a Dios. Todo lo contrario: piensa que está defendiendo a Dios frente a una idea que considera inadmisible. Está convencido de que las Escrituras garantizan el triunfo del Mesías y, por tanto, no puede aceptar que Jesús hable de sufrimiento, derrota y muerte.

Y aquí la escena se vuelve todavía más seria. Pedro acaba de intentar «exorcizar» a Jesús, convencido de que una idea maligna se ha introducido en su cabeza. Ahora vamos a escuchar la respuesta de Jesús a ese extraño exorcismo.

Jesús no se detiene:

continúa por el camino al que lo conduce el amor.

«Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

         Pedro acaba de intentar apartarlo de ese camino, pero Jesús sigue adelante. Se vuelve hacia él y, en el fondo, le dice: «Ponte detrás de mí». Ven también tú por donde yo estoy caminando. Si quieres ser discípulo mío, tendrás que aprender a ir no hacia donde se conquistan los reinos de este mundo, sino hacia donde hay alguien que necesita ser amado.

Jesús le dice a Pedro: ὕπαγε ὀπίσω μου (hýpage opísō mou), literalmente, «ponte detrás de mí». Y esto es muy importante. Jesús no le está diciendo simplemente: «¡Vete de aquí!». Le está devolviendo al lugar que corresponde al discípulo: detrás del Maestro.

Pedro había dejado de seguir a Jesús y había intentado ponerse delante de él para indicarle qué camino debía tomar. Jesús invierte de nuevo las posiciones: «No eres tú quien tiene que mostrarme el camino. Ponte detrás de mí. Vuelve a ser discípulo. Aprende a caminar por donde camino yo».

 

Y entonces lo llama Σατανᾶ (Satanâ), «Satanás», es decir, ‘adversario’. No está identificando sin más a Pedro con el demonio; está desenmascarando el papel que, sin darse cuenta, Pedro acaba de asumir. Pedro se ha convertido, sin darse cuenta, en alguien que pretende desviarlo del camino que ha elegido.

Jesús ha tomado la senda del servicio; Pedro quiere conducirlo por la del poder y el dominio.

Y aquí se comprende mejor la dureza de aquella palabra. Porque la propuesta que Pedro está haciendo a Jesús se parece extraordinariamente a la que ya le había hecho el diablo al comienzo de su misión: llevarlo a lo alto, mostrarle los reinos de este mundo y ofrecerle el poder sobre ellos (cfr. Mt 4, 8-10).

Eso es precisamente lo que Jesús ha rechazado desde el principio.

Por eso ahora llama a Pedro por su verdadero nombre en esta escena: «Satanás», adversario. No porque Pedro se haya convertido en el demonio, sino porque está proponiéndole el mismo camino: utilizar el poder, imponerse, dominar, triunfar.

Pedro cree estar librando

a Jesús de un pensamiento equivocado;

Jesús le muestra que

el verdadero obstáculo está en Pedro.

La inversión es impresionante. Hace un momento Pedro reprendía a Jesús, convencido de que aquella idea de un Mesías sufriente no podía venir de Dios. Ahora Jesús le hace comprender que es precisamente él quien está intentando apartar al Mesías del camino de Dios.

Y Jesús añade: σκάνδαλον εἶ ἐμοῦ (skándalon eî emoû), «eres para mí una piedra de tropiezo». La palabra σκάνδαλον (skándalon) no significa aquí simplemente «escándalo» en nuestro sentido habitual, sino aquello que se coloca en el camino y hace tropezar, un obstáculo.

La imagen resulta extraordinariamente expresiva. Pedro debería estar detrás de Jesús, siguiéndolo. Sin embargo, ha pretendido ponerse delante para mostrarle por dónde tendría que ir. Y así, el discípulo que debía seguir al Maestro termina convertido en una piedra colocada en su camino. Jesús va hacia la entrega de la vida, que es la manifestación extrema del amor; Pedro intenta desviarlo hacia otro sendero, el del poder y la gloria humana.

Jesús le explica entonces dónde está el verdadero problema: οὐ φρονεῖς τὰ τοῦ θεοῦ ἀλλὰ τὰ τῶν ἀνθρώπων (ou phroneîs tà toû theoû allà tà tôn anthrṓpōn), que traducido es; «No tienes tu manera de pensar orientada hacia las cosas de Dios, sino hacia las de los seres humanos»; «No tienes la mente puesta en las cosas de Dios, sino en las de los seres humanos». Ese es el golpe de la frase: Se puede estar hablando de Dios y, sin embargo, pensar a Dios desde criterios que no son los suyos. Ahí está buena parte de la profundidad teológica del enfrentamiento entre Jesús y Pedro.

El verbo φρονεῖς (phroneîs) significa algo más que simplemente «pensar». Habla de una manera de mirar, de razonar, de orientar la mente y los criterios. Jesús no está reprochando a Pedro una equivocación puntual. Le está mostrando que todavía contempla al Mesías desde una lógica profundamente humana: poder, victoria, prestigio, dominio.

Ahí está el verdadero problema: Pedro no está pensando según Dios, sino según los criterios de los hombres.

Pedro sigue soñando con una grandeza que consiste en imponerse, vencer y ocupar los primeros lugares. Para los hombres, grande es quien domina; para Dios, grande es quien sirve. Y esto es precisamente lo que Pedro todavía no consigue aceptar.

¿Logró Jesús hacérselo comprender en aquel momento? Parece que no. Pedro seguirá razonando durante bastante tiempo con los mismos criterios. Lucas cuenta que incluso durante la última cena los Doce todavía discutían entre ellos quién debía ser considerado el más grande (cfr. Lc 22, 24).

Podemos ser discípulos de Jesús

y seguir pensando con los criterios del mundo.

Asimilar la propuesta del Maestro no resulta fácil para nadie. Cuesta caminar detrás de él. Cuesta aprender a escuchar, como él, la voz del Espíritu que conduce hacia la entrega de la propia vida por amor.

Por eso quizá este Evangelio nos invite también a examinarnos. Nosotros, como Pedro, somos discípulos. Pero ¿estamos tan seguros de pensar siempre según Dios y no según la lógica de este mundo? ¿Estamos seguros de que, alguna vez, no podemos convertirnos también nosotros en una piedra de tropiezo para quien intenta recorrer los caminos del Señor?

Basta recorrer algunas páginas de la historia de la Iglesia para descubrir que, incluso con buena intención y pensando que se estaba defendiendo la causa de Dios, no siempre se ha razonado según sus criterios. También los cristianos hemos podido dejarnos seducir por la grandeza, el poder, el prestigio y la gloria de este mundo: exactamente aquello con lo que soñaba Pedro.

Y la cuestión no pertenece solamente al pasado. La pregunta continúa abierta para nosotros: ¿qué entendemos por grandeza? ¿La capacidad de imponernos o la capacidad de servir? ¿La gloria que procede del reconocimiento de los hombres o esa otra gloria, mucho menos vistosa, que consiste en entregar la vida por amor?

Pedro habló; los demás callaron.

Pero todos pensaban de la misma manera.

Solo Pedro se atrevió a tomar la palabra para reprender a Jesús. Los demás permanecieron en silencio, pero compartían su misma manera de pensar.

Todos se consideraban auténticos discípulos. Sin embargo, seguían llevando dentro los criterios del mundo: la fascinación por el poder, la grandeza, el prestigio, el deseo de ocupar un lugar importante.

Por eso Jesús no va a dirigirse solamente a Pedro. Ahora hablará a todos y les explicará con claridad qué significa verdaderamente ser discípulo suyo. Porque no basta con caminar físicamente detrás de Jesús. Podemos seguirlo y, al mismo tiempo, continuar soñando con todo aquello que él ha rechazado.

Jesús no obliga a nadie:

propone un camino y deja libre la respuesta.

«Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Jesús está a punto de hacer una propuesta desconcertante, capaz incluso de dejar perplejos a sus discípulos. Y sabe que algunos, al escucharla, pueden echarse atrás, como ocurrió en Cafarnaúm, cuando varios de los que lo escuchaban consideraron demasiado duras sus palabras y decidieron no seguir caminando con él.

Pero Jesús nunca parece preocupado por el número de quienes lo siguen. Tampoco aquí suaviza su propuesta para conseguir más adhesiones. Al contrario, comienza diciendo: «Si alguno quiere seguirme…».

Fijémonos en ese «si alguno quiere». Jesús dice: εἴ τις θέλει ὀπίσω μου ἐλθεῖν (eí tis thélei opísō mou eltheîn), «si alguien quiere venir detrás de mí».

Conviene fijarse en cómo comienza la frase: εἴ τις θέλει (eí tis thélei), «si alguien quiere». Jesús no impone, no amenaza, no fuerza a nadie. La llamada al discipulado se presenta como una propuesta que reclama una respuesta libre. Se puede aceptar o rechazar. No hay una orden impuesta desde fuera, ni amenaza, ni coacción. Jesús hace una propuesta de amor. Es como si dijera: «Si alguien quiere unir su vida a la mía, que sepa primero cómo he decidido vivir yo». Y su vida está enteramente entregada, sin reservarse nada, por amor.

Pero lo más significativo quizá sea lo que viene después: ὀπίσω μου (opísō mou), «detrás de mí». Es exactamente la misma expresión que Jesús acaba de utilizar con Pedro: ὕπαγε ὀπίσω μου (hýpage opísō mou), «ponte detrás de mí». Pedro había intentado colocarse delante de Jesús para indicarle qué camino debía seguir. Jesús lo devuelve a su sitio: detrás.

Y ahora, inmediatamente después, explica que ese es precisamente el lugar de todo discípulo.

Seguir a Jesús significa aceptar que él vaya delante. No consiste en pedirle que bendiga el camino que nosotros ya hemos decidido recorrer, ni en intentar llevarlo hacia donde nos gustaría que fuese. El discípulo aprende a caminar detrás, a dejar que sea Jesús quien marque la dirección.

Por eso ἐλθεῖν (eltheîn), «venir», expresa mucho más que una cercanía sentimental con Jesús. Se trata de entrar en su camino, ponerse en movimiento detrás de él y aceptar poco a poco la dirección que él va mostrando.

Pedro tiene que aprender justamente esto. Acaba de confesar quién es Jesús, pero todavía pretende decidir por él cómo debe ser el Mesías. Jesús le está enseñando algo mucho más difícil: reconocerlo como Mesías significa también permitirle que sea él quien vaya delante.

Además, ἐλθεῖν (eltheîn) es un infinitivo aoristo. Aquí el aoristo no expresa pasado; presenta la acción de manera global, como una decisión asumida en su conjunto. Jesús no está invitando simplemente a sentir simpatía por él o a mantener una cierta cercanía religiosa, sino a decidirse a entrar en su camino y ponerse a caminar detrás de él.

Negarse a uno mismo no significa

convertirse en enemigo de la alegría.

El primero es: «Niégate a ti mismo». El verbo griego que aparece en el texto, «ἀπαρνησάσθω ἑαυτόν» (aparnēsásthō heautón). El primer imperativo es muy fuerte: ἀπαρνησάσθω ἑαυτόν (aparnēsásthō heautón), «que se niegue a sí mismo».

Conviene fijarse en algo importante: Jesús no dice «que renuncie a algunas cosas», sino «que renuncie a sí mismo». El objeto del verbo es ἑαυτόν (heautón), «a sí mismo».

Y el verbo ἀπαρνησάσθω (aparnēsásthō) está en aoristo: no habla de una pequeña renuncia ocasional, sino que presenta la acción como una decisión asumida en su conjunto. Es como si Jesús invitara a cambiar el centro desde el que organizamos la vida. Negarse a uno mismo, por tanto, no significa despreciarse, hacerse daño o convertirse en enemigo de todo lo que produce alegría. Significa dejar de hacer del propio yo, del propio interés y de la propia ventaja el criterio último de nuestras decisiones.

Pero ¿qué quiere decir Jesús con una expresión tan desconcertante? Durante mucho tiempo, cierta espiritualidad entendió estas palabras como una invitación a renunciar a todo aquello que nos gusta y a ofrecer a Dios penitencias, mortificaciones y sacrificios. De ahí pudo surgir incluso una imagen triste de la fe, como si el buen cristiano tuviera que mirar con sospecha cualquier alegría.

Pero la propuesta de Jesús apunta en otra dirección. Jesús quiere nuestra felicidad. Precisamente por eso nos indica un camino hacia la alegría, aunque sea muy distinto del que suele proponernos la lógica del mundo.

¿Y qué nos dice esa lógica? Algo bastante conocido: «Piensa primero en ti. Colócate en el centro. Haz el bien, si quieres, pero procura que también tú saques algún beneficio».

Jesús sostiene exactamente lo contrario. No hemos sido hechos para vivir encerrados sobre nosotros mismos. Cuando todo termina girando alrededor de nuestro interés, de nuestra ventaja, de nuestro pequeño mundo, quizá podamos rodearnos de placeres y satisfacciones, pero difícilmente encontraremos verdadera paz, porque terminaremos viviendo en conflicto con lo más profundo de nosotros mismos.

Por eso la propuesta que Jesús encarnó durante toda su vida podría expresarse así: «Cuando hagas el bien, olvídate de calcular qué vas a recibir a cambio. Piensa en dar vida, en llevar alegría, en hacer feliz al hermano. Ama gratuitamente».

La gente que vieron tiempos más duros pasados me repeten muchas veces: «Haz el bien y olvídalo. Tu alegría será ver feliz a alguien y saber que tú has contribuido a hacerlo feliz».

Y aquí conviene vigilar incluso una forma aparentemente piadosa de egoísmo: hacer el bien pensando únicamente en acumular méritos para el cielo. Si al final todo continúa girando alrededor de lo que yo voy a obtener, seguimos encerrados en nosotros mismos.

Jesús propone algo mucho más libre: ama. Ama sencillamente. Haz el bien incluso al enemigo. Porque hay algo en nuestra condición de hijos de Dios que nos impulsa precisamente hacia esa manera gratuita de amar.

Cuando elegimos vivir así, estamos diciendo sí a la propuesta de Jesús. Estamos uniendo nuestra vida a la suya. Estamos comenzando a vivir como él. 

Tomar la cruz no es resignarse

ante las desgracias de la vida.

El segundo imperativo es καὶ ἀράτω τὸν σταυρὸν αὐτοῦ (kaì arátō tòn stauròn autoû), «y que tome su cruz».

Conviene fijarse especialmente en el verbo ἀράτω (arátō), de αἴρω (aírō). Jesús no dice «que soporte su cruz», como si estuviera invitándonos simplemente a resignarnos ante las desgracias que inevitablemente aparecen en la vida. Dice «que la tome», «que la levante», «que cargue con ella». Es un verbo de acción, no de resignación.

Además, ἀράτω (arátō) es un imperativo aoristo: presenta la acción globalmente, como una decisión que se asume. La cruz, en estas palabras de Jesús, no aparece primero como algo que nos cae encima y no tenemos más remedio que aguantar, sino como una elección ligada al modo de vivir del discípulo.

Y Mateo añade un detalle que tampoco deberíamos pasar por alto: τὸν σταυρὸν αὐτοῦ (tòn stauròn autoû), «su cruz». No una cruz cualquiera, sino la suya: la forma concreta que la entrega, el servicio y la fidelidad al camino de Jesús irán tomando en la vida de cada uno.

Probablemente sea una de las frases más conocidas del Evangelio y, al mismo tiempo, una de las más malinterpretadas.

Con frecuencia se ha entendido como una invitación a resignarnos ante las «cruces» que aparecen inevitablemente en la vida: una enfermedad, una contrariedad, una desgracia. Como no podemos evitarlas, habría que soportarlas pacientemente.

Pero Jesús no dice «soporta tu cruz». Dice: «tómala». El verbo griego αἴρω (aíro), no significa simplemente «aguantar», sino «tomar sobre sí».

Jesús está invitando a hacer la elección de quien termina en una cruz. Y conviene recordar quiénes acababan crucificados en aquel mundo. No eran normalmente los ciudadanos romanos. La cruz estaba vinculada sobre todo a quienes ocupaban los lugares más bajos de la sociedad, particularmente los esclavos.

El esclavo era aquel que no organizaba su existencia alrededor de sí mismo. Estaba disponible para servir cuando su señor lo necesitaba. Y es precisamente esa disponibilidad para servir la que Jesús propone a sus discípulos: considerarse servidores de quien necesite de ellos. Una disponibilidad que, llevada hasta sus últimas consecuencias, puede llegar incluso a la entrega de la vida por el enemigo.

Difícilmente podría imaginarse una propuesta de amor mayor. Pero Jesús añade algo importante: no se trata de abrazar una cruz cualquiera, sino la propia cruz.

Es decir, cada uno está llamado a una forma concreta de servicio, aquella que puede realizar según sus capacidades, sus aptitudes y los dones que ha recibido de Dios. Nuestra profesión, nuestro trabajo, nuestras posibilidades personales pueden convertirse así en el lugar donde aprendemos a vivir de otra manera. No utilizándolos exclusivamente para sobresalir, enriquecernos o asegurarnos una vida cómoda, sino poniéndolos también al servicio de quienes nos necesitan.

Y conviene saber que esa elección tiene un precio. Quien escoge la cruz puede dejar de pertenecer a la élite de quienes triunfan según los criterios de este mundo. Incluso puede parecer anticuado por continuar creyendo en valores que nuestra sociedad considera superados: la mansedumbre, el perdón, el dominio de uno mismo, la fidelidad matrimonial.

Elegir la cruz puede significar también colocarse activamente junto a los últimos, comprometerse frente a la injusticia y aceptar que esa opción tenga consecuencias.

Puede incluso significar soportar la burla y el desprecio, como sucedía con quienes eran conducidos al suplicio llevando la cruz sobre sus hombros.

Jesús mismo recorrió ese camino hacia el Calvario entre insultos y burlas. Quien toma su propia cruz debe contar también con esta posibilidad.

Seguir a Jesús exige

no perderlo de vista.

El tercer imperativo es καὶ ἀκολουθείτω μοι (kaì akoloutheítō moi), «y que me siga». Aquí aparece un matiz muy hermoso. Los dos imperativos anteriores —«niéguese a sí mismo» y «tome su cruz»— están en aoristo y presentan esas acciones como decisiones asumidas en su conjunto. Pero ἀκολουθείτω (akoloutheítō) está en presente. Jesús no habla ahora de una decisión puntual, tomada una vez y ya concluida, sino de algo que tiene que continuar: «que siga siguiéndome», «que permanezca caminando detrás de mí».

El seguimiento cristiano no consiste, por tanto, en haber dicho una vez «sí» a Jesús. Ese sí tiene que convertirse en camino. Hay que volver a mirarlo, volver a escuchar su manera de pensar y dejar que siga siendo él quien vaya delante.

Y el pronombre μοι (moi) está en dativo porque el verbo ἀκολουθέω (akolouthéō) indica precisamente a la persona a quien se sigue. Jesús no propone simplemente adoptar unas ideas o unos valores: dice «sígueme a mí». El centro del discipulado no es una teoría, sino una persona.

 

Si queremos seguir a una persona, necesitamos mantenerla a la vista. Y en el caso de Jesús esto resulta todavía más importante, porque los caminos que él elige suelen ser bastante distintos de los que espontáneamente nos propone la lógica humana.

Si dejamos de mantenernos cerca, es muy fácil perderlo de vista.

¿Cómo permanecer entonces en el camino que él va abriendo delante de nosotros? Podríamos decirlo con una imagen muy sencilla: conviene llevar siempre el teléfono encendido y conectado con el suyo. Naturalmente, estamos hablando de la oración.

Pero no de la oración entendida simplemente como repetición de fórmulas, sino como un diálogo constante con el Señor, una relación que nos permite ir descubriendo cómo piensa él y qué elecciones nos va sugiriendo.

A veces alguien dice: «Yo hablo con él, pero él nunca me responde». Y eso debería hacernos pensar. Quien está enamorado termina conociendo la manera de pensar de la persona amada incluso cuando no está físicamente presente. Una esposa puede intuir cómo vería su marido determinada decisión porque lo conoce, porque ha compartido con él la vida y ha aprendido su manera de mirar las cosas.

Algo semejante sucede en nuestra relación con el Señor. Él continúa orientándonos. Pero si hemos dejado de escucharlo quizá el problema sea que la batería de nuestro «teléfono» se ha quedado sin carga.

¿Y cómo volver a cargarla? Volviendo al Evangelio. Tomando nuevamente en nuestras manos su Palabra, escuchándola, meditándola, dejando que vuelva a entrar en nosotros. Así recuperamos poco a poco la sintonía con Jesús, con su manera de pensar, de juzgar y de actuar. Y cuando volvemos a esa sintonía, resulta mucho más difícil confundir el camino.

Ahora Jesús va a proponernos cuatro razonamientos llenos de sabiduría para ayudarnos a comprender por qué merece la pena hacer estas elecciones y orientar así nuestra vida.

La vida se pierde cuando intentamos guardarla

solo para nosotros.

«Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta».

Jesús acaba de proponernos cuatro razonamientos sapienciales, tomados de la sabiduría tradicional de su pueblo y, de manera especial, del Salmo 49 (cfr. Sal 49).

El primero dice así: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará». ¿Qué quiere decirnos? Cada instante que pasa es un fragmento de vida que se nos va. Quisiéramos retenerlo, conservarlo, impedir que escape, pero no podemos: la vida sigue avanzando.

Entonces, ¿cómo salvarla? ¿Cómo conseguir que no termine simplemente desapareciendo? El mundo tiene su propia respuesta: «Disfrútala. Aprovéchala mientras puedas». Es el conocido carpe diem que podía encontrarse en ambientes romanos acompañado incluso de la imagen de una calavera: recuerda que acabarás así; por tanto, disfruta ahora, no desperdicies ningún instante, exprime la vida mientras la tienes.

Jesús propone una lógica completamente distinta: «Si haces de eso el criterio de tu existencia, terminarás perdiéndola. ¿Quieres que tu vida no se pierda? Entonces entrégala. Conviértela en amor. Lo que hayas transformado en amor no habrá desaparecido».

Ahí está la paradoja: Intentando conservar la vida únicamente para nosotros, se nos escapa; entregándola por amor, la encontramos.

Podemos ganar muchas cosas y,

sin embargo, malgastar la vida.

El segundo razonamiento plantea una pregunta: ¿qué ventaja obtiene una persona si llega a ganar el mundo entero, pero termina perdiendo su propia vida? «¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?».

Podemos conquistar muchas cosas. Podemos alcanzar reconocimiento en la ciencia o en la técnica, acumular dinero, conseguir poder, prestigio, éxito, incluso sentir que hemos llegado muy lejos. Pero ¿de qué sirve todo eso si, mientras lo conseguíamos, hemos desperdiciado la propia existencia?

Porque todas esas conquistas son frágiles. Todos nuestros éxitos tienen fecha de caducidad.

Podríamos imaginar la muerte como una especie de aduana ante la que termina llegando todo lo que hemos acumulado. Y allí ocurre algo inevitable: todo aquello que no hemos transformado en amor queda atrás.

El tercer razonamiento continúa en la misma dirección: ¿qué podrá dar una persona a cambio de su propia vida? «¿O qué podrá dar para recobrarla?».

Es una invitación a preguntarnos si merece realmente la pena convertir en absolutos las realidades de este mundo, cuando sabemos que son pasajeras. ¿Tiene sentido vivir como si fueran eternas?

Hay quien acumula dinero como si pudiera conservarlo para siempre. Pero no es así. Llegará un momento en que se apagarán los focos de este escenario en el que ahora vivimos y quedará solamente la luz de Dios. ¿Qué valor tendrán entonces los bienes acumulados, los títulos académicos, los honores, las distinciones, los reconocimientos, todo aquello por lo que quizá luchamos durante tantos años? Todo habrá perdido su cotización.

Entonces quedará un valor que no se devalúa: el amor que hayamos construido con nuestra vida.

Al final, nuestra vida

será contemplada a la luz de Jesús.

Y llegamos al cuarto razonamiento. Jesús habla del Hijo del hombre que vendrá en su gloria con sus ángeles y dará a cada uno según su obra. «Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta».

A primera vista podríamos escuchar estas palabras de una manera bastante inmediata: «Cuidado, porque al final los buenos recibirán su premio y los malos su castigo; Dios examinará las obras de cada uno».

Pero el razonamiento que se nos propone invita a detenernos en la expresión «según su obra». Esa «obra» es contemplada aquí como la gran obra de Dios, su obra maestra: Jesucristo. En él Dios nos ha mostrado hasta dónde puede llegar el amor; en la vida de su Hijo nos ha revelado su obra más hermosa.

De este modo, la vida de cada uno será contemplada a la luz de esa obra maestra que es Jesús de Nazaret.

Y entonces aparece una manera muy sugerente de pensar el juicio sobre nuestra existencia: una vida estará más o menos lograda según cuánto haya llegado a parecerse a la vida de Jesús.

No se trata de pensar que una existencia pueda ser simplemente arrojada a la basura, como si no hubiera tenido ningún valor. Toda vida posee su valor. Pero también es verdad que hay semejanzas y semejanzas.

Al final, la pregunta será muy sencilla y, quizá por eso mismo, muy seria: ¿en qué se ha ido pareciendo nuestra vida a la de Jesús de Nazaret?


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