¿Cómo aprender a mirar y amar el cuerpo —propio y del otro— sin convertirlo en comparación, examen o simple objeto de deseo? En este capítulo de Amar sin perderse abordamos la imagen corporal, la inseguridad física, la comparación con otras personas y el deseo dentro del noviazgo, pero también los cambios que llegan con la enfermedad, la maternidad y la vida compartida. Porque amar no consiste solamente en encontrar atractivo un cuerpo, sino en aprender a mirar a la persona entera, con su historia, sus heridas, su fragilidad y sus transformaciones. Una reflexión sobre cuerpo, deseo y ternura para descubrir por qué una relación madura necesita aprender a mirar como quien cuida una vida, no como quien contempla un escaparate.
Amar sin perderse
Madurez, noviazgo y vida compartida en
tiempos líquidos
Capítulo 5ºA
Aprender a mirar de verdad:
Cuerpo, deseo y ternura en una relación que quiere crecer
1.- Cuando una foto deja de ser una foto
A Susana se le cambió la cara al ver la foto. Al principio sonrió. Era
una imagen normal, de esas que se hacen al final de una tarde cualquiera,
cuando alguien dice “¡foto!” y todos obedecen sin saber muy bien dónde
ponerse. Uno salió con los ojos cerrados, otra riéndose, Rodrigo puso una cara
absurda porque, según él, “si uno va a salir mal, al menos debe hacerlo con
personalidad”, y Susana apareció en medio, sonriendo sin haberlo preparado.
Durante unos segundos le gustó. No mucho, pero le gustó. Le recordó una
tarde sencilla, amigos alrededor, una conversación agradable, la risa de
Rodrigo haciendo el tonto, esa clase de momentos que no parecen importantes y
luego, cuando uno los mira con calma, tienen más vida de la que parecía.
Después hizo zoom. Y ahí empezó otra cosa. Primero se miró la cara. Luego
el pelo, el brazo, la postura, las caderas, las piernas, la ropa. No había nada terrible, pero cuando una persona se
mira con dureza siempre encuentra material para acusarse. Después, casi sin darse cuenta, dejó de mirarse solo a ella y empezó a
mirar a la otra chica: la cara, el pelo, el brazo, las caderas, las piernas, el
escote, la ropa, la manera de estar allí, como si todo en ella resultara más
natural, más seguro, más fácil.
Susana sabía que aquello no era justo. Lo sabía perfectamente. Sabía que
una foto no cuenta toda una vida, que una postura engaña, que una luz favorece,
que nadie es exactamente como aparece en una imagen de grupo, que compararse
así era absurdo. Pero hay comparaciones que no necesitan convencer a la
inteligencia para hacer daño. Entran por los ojos y se sientan dentro antes de
que uno pueda echarlas.
Volvió a mirar la foto. Lo que hacía un minuto era el recuerdo de una
tarde bonita se había convertido, sin pedir permiso, en una especie de examen.
Y ella, como tantas otras veces, estaba corrigiéndose por dentro con un
bolígrafo rojo que nadie le había puesto en la mano.
No pensó una frase profunda. Cuando una persona se juzga cruelmente no
suele hacerlo con palabras ordenadas. Pensó algo mucho más sencillo: “No
salgo bien”.
Y debajo, casi escondida, apareció otra frase más honda y más injusta: “No
soy suficiente”.
Rodrigo, que la conocía mejor de lo que a veces parecía, notó enseguida
el cambio de cara.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Cuando dices “nada” es que algo serio ocurre. Y normalmente yo ya
llego tarde.
Susana le enseñó la foto sin muchas ganas.
—Salgo fatal.
Rodrigo miró la imagen. Luego la miró a ella. Y, como tantas veces,
intentó arreglar una herida con una broma.
—Susana, por favor. Tú me pones tan caliente que podrías deshacer un saco
de hielos en menos de un minuto.
Ella lo miró muy despacio.
—¡Rodrigo!
—¿Demasiado poético?
—Demasiado troglodita.
—Vale. Perdona.
Él se rascó la nuca, incómodo. Porque había querido ayudarla, pero
empezaba a entender que no había acertado del todo. A Susana le hizo gracia,
sí; incluso se le escapó una sonrisa. Pero la frase no llegaba al fondo de lo
que le dolía.
—No es eso —dijo ella.
—¿No es qué?
—No necesito solo que me digas que te atraigo.
Rodrigo guardó silencio.
—Eso me gusta, claro —continuó Susana—. No soy de piedra. Pero ahora
mismo no me duele solo pensar que no soy atractiva. Me duele sentir que tengo
que competir. Que mi cuerpo es un examen. Que siempre hay alguien más guapa,
más segura, más… no sé.
Rodrigo bajó la mirada hacia la foto.
—Entonces mi comentario del saco de hielos quizá no ha sido la cumbre de
la delicadeza.
—No exactamente.
—Pero conste que era sincero.
—No lo dudo —dijo Susana, ya sonriendo un poco—. Solo que a veces no
necesito que me mires con más deseo. Necesito que me mires entera.
Aquello lo desarmó más que cualquier reproche.
Porque Rodrigo la deseaba, claro que la deseaba. Y no había nada malo en
eso. Pero estaba empezando a comprender que el deseo, si no aprende a mirar a
la persona entera, puede quedarse corto incluso cuando quiere consolar.
Cerraron la foto. Pero la conversación no se cerró.
2.-
El cuerpo no es un examen
Durante los días siguientes, Susana volvió varias veces a aquella imagen.
No siempre la abría en el móvil, pero la foto regresaba de otras maneras. Al
pasar delante de un escaparate. Al vestirse para salir. Al ver a otra chica con
una seguridad que a ella le parecía imposible. Al notar que Rodrigo la miraba
con cariño y, aun así, sentir dentro una pregunta absurda: “¿Y si un día
deja de gustarle lo que ve?”.
Le daba rabia reconocerlo. Porque Susana no era ingenua. Sabía que las
redes recortan, editan, iluminan, disimulan y convierten cinco segundos
aceptables en una supuesta vida perfecta. Sabía que una foto no explica una
historia, que una postura favorece, que una sonrisa también puede ocultar
tristeza, que nadie vive siempre con filtro incorporado desde que se levanta
hasta que se acuesta. Lo sabía. Pero saber algo no siempre basta para quedar
libre de ello.
3.- El
vestido para las bodas de oro
El asunto del vestido no había empezado aquella tarde. Venía de antes. Los
abuelos maternos de Susana celebraban sus bodas de diamante, y la familia
llevaba semanas organizando la comida como si se tratara de una pequeña cumbre
internacional: horarios, menú, invitados, primos que confirmaban tarde, tíos
que preguntaban por el aparcamiento, alguien que proponía hacer un vídeo con
fotos antiguas y una tía que cada dos días recordaba en el grupo familiar que,
por favor, nadie se olvidara de avisar si tenía alguna intolerancia
alimentaria.
Susana quería mucho a sus abuelos. Le hacía ilusión la celebración. Sesenta
años juntos le parecían algo enorme, casi imposible de imaginar desde sus
veinticinco años, donde tantas cosas parecían empezar y romperse con una
rapidez desconcertante. Pero, junto con la ilusión, se le había colado otra
cosa más pequeña y más incómoda: la ropa.
No quería ir exagerada. Tampoco quería ir cualquiera. Iba a haber fotos,
muchas fotos: con los abuelos, con los primos, por mesas, de grupo, de esas
espontáneas que luego alguien sube al chat familiar sin preguntar y en las que
siempre hay alguien que sale con los ojos cerrados, hablando o arrepintiéndose
de haber nacido justo en ese ángulo.
Y además estaba Noelia. Noelia era su prima. No era mala. No era una
enemiga. Ni siquiera era de esas personas que necesitan ocupar todo el sitio
para sentirse importantes. Al contrario, podía ser simpática, cariñosa y
bastante divertida cuando no estaba pendiente del móvil. Pero tenía algo que a
Susana le removía por dentro: una seguridad física que parecía salirle sin
esfuerzo.
El día anterior, Noelia había mandado al grupo una foto del vestido que
se había comprado para la celebración. Era un vestido bonito, llamativo,
elegante, ajustado, con un escote tan pronunciado como provocativo. En otra
persona quizá habría parecido excesivo. En Noelia, sin embargo, parecía
colocado con una naturalidad insultante, como si ese vestido hubiera estado
esperando precisamente ese cuerpo. Susana miró la foto más tiempo del
necesario.
Noelia no le robaba nada. No le quitaba belleza, ni amor, ni sitio en la
familia, ni valor delante de Rodrigo, ni dignidad delante de nadie. Pero al
verla, Susana sintió que algo suyo se hacía más pequeño.
“Claro, ella puede ponerse eso”, pensó. Y enseguida se odió un
poco por pensarlo.
Porque Noelia no tenía la culpa de tener ese cuerpo. Ni de estar segura.
Ni de llevar bien un vestido difícil. Ni siquiera tenía la culpa de haber
mandado la foto. Pero aquella imagen bastó para que Susana empezara con lo de
siempre: imaginarse ropa, verse rara, pensar que algo le marcaría demasiado,
que otro corte la haría más ancha, que en las fotos saldría peor, que al lado
de Noelia parecería menos guapa, menos segura, menos mujer.
Por eso, cuando Rodrigo la acompañó al centro a mirar ropa, Susana ya no
iba solo a comprarse un vestido. Iba a examinarse.
Pasaron delante de una tienda de ropa de fiesta. En el escaparate había
varios vestidos colocados sobre maniquíes delgados, inmóviles, perfectamente
iluminados. Susana se detuvo. Miró primero uno verde oscuro, largo, sencillo,
muy bonito. Después miró otro más ajustado, con un escote parecido al de
Noelia, y sintió que el cuerpo se le llenaba de defensas.
Rodrigo siguió dos pasos más y se volvió.
—¿Te gusta alguno?
—No sé.
—Ese verde está bien.
—Sí. Es bonito.
Pero Susana no estaba mirando solo el vestido. Rodrigo lo notó tarde,
como casi siempre que se trataba de algo delicado.
Ella se acercó un poco más al cristal. En el reflejo del escaparate vio
su propia cara mezclada con los vestidos, con los maniquíes, con las luces de
la tienda y con una fotografía enorme de una modelo que parecía llevar la ropa
sin esfuerzo, como si hubiera nacido sabiendo estar guapa.
—Es que Noelia se puede poner cualquier cosa —dijo de pronto.
Rodrigo la miró.
—¿Tu prima Noelia?
—Sí.
Él volvió la vista hacia el escaparate, como si necesitara elegir muy
bien las palabras.
—Bueno… el vestido que se ha comprado tampoco venía precisamente a pasar
desapercibido.
A Susana se le escapó una sonrisa pequeña.
—No.
—Digamos que, si entra en una sala, el vestido llega cinco segundos antes
que ella.
—¡Rodrigo!
—Lo digo con respeto textil.
—¿Respeto textil?
—Muchísimo. Ese escote tiene más valentía que yo en una entrevista de
trabajo.
Susana se rió, a pesar de todo.
—Eres tonto.
—Sí, pero estoy intentando ser un tonto útil.
Ella siguió mirando el cristal, ya un poco menos sola dentro de su
tristeza.
Ella siguió mirando el cristal.
Durante unos segundos no dijo nada. Rodrigo notó que la broma sobre el
vestido de Noelia había aflojado un poco la tensión, pero no había llegado al
sitio. Susana seguía allí, delante del escaparate, con los ojos puestos en los
vestidos y la cabeza en otra parte.
—No es solo el vestido —dijo al fin.
Rodrigo la miró, esta vez sin interrumpir.
—Es verla a ella con ese vestido. Cómo le queda. Cómo se pone delante del
espejo. Cómo manda la foto al grupo como si fuera lo más normal del mundo.
Hizo una pausa. Le costaba seguir.
—Y seguramente para ella lo es. Seguramente no está pensando todo lo que
yo pensaría.
—Igual también tiene sus cosas —dijo Rodrigo, con cuidado.
—Sí. Seguro. No digo que no. Pero no se le nota.
Susana bajó la mirada hacia su propio reflejo. En el cristal aparecía
mezclada con los maniquíes, con las luces de la tienda y con vestidos que
parecían hechos para cuerpos que no dudaban nunca.
—A mí se me nota todo por dentro —dijo más bajo—. Aunque no se vea. Me
pruebo algo y ya empiezo: que si me marca aquí, que si me hace más ancha, que
si los brazos, que si las piernas, que si de lado salgo fatal, que si en las
fotos se me va a ver rara la cara… Y me canso, Rodrigo. Me canso antes de
entrar en la tienda.
Él no dijo nada.
Susana tragó saliva.
—Y me da rabia, porque no quiero ser así. De verdad que no quiero. No
quiero estar pensando en mi cuerpo todo el rato. No quiero ir a las bodas de
oro de mis abuelos pendiente de si salgo peor que Noelia en las fotos. Quiero
ir contenta, abrazar a mis abuelos, reírme con mis primos, estar contigo… Pero
luego veo esa foto, veo ese vestido, veo cómo le queda, y algo se me cae por
dentro.
Rodrigo dejó de mirar el escaparate y la miró a ella.
—Susana…
—No, espera. Déjame decirlo, porque si no luego hago como que no era para
tanto.
Él asintió.
Ella habló más despacio, casi con pudor.
—Noelia no me ha hecho nada. Es mi prima. La quiero. No me ha quitado
nada. Ni tu cariño, ni mi sitio en la familia, ni nada. Lo sé. Pero cuando la
veo así, tan segura, tan guapa, tan… hecha, no sé cómo decirlo, siento que yo
valgo menos. Como si al lado de ella yo fuera menos mujer. Menos bonita. Menos
deseable. Menos suficiente.
Rodrigo bajó la mirada. Esta vez no encontró ninguna broma. Y fue mejor
así.
Susana siguió mirando el cristal.
—Y creo que eso viene de antes.
Rodrigo no se movió.
—¿De antes?
—Del instituto.
La palabra salió pequeña, pero trajo mucho detrás.
—Había unas chicas de mi clase… No eran amigas, pero estaban siempre
cerca. Ya sabes, ese tipo de gente que no te pega ni te insulta todos los días,
pero te va dejando frases. Frases pequeñas. Como migas de pan, pero al revés:
en vez de ayudarte a volver a casa, te van perdiendo.
Rodrigo apretó un poco la mandíbula.
—¿Qué te decían?
Susana tardó en contestar.
—Tonterías. Bueno, no sé si eran tonterías. En ese momento dolían mucho.
Yo me desarrollé más tarde que otras chicas. Ellas ya tenían cuerpo de mujer, o
eso me parecía a mí. Yo seguía con un cuerpo más de niña, más plano, más… no
sé. Y empezaron los comentarios. Que si parecía más pequeña, que si a mí no me
hacía falta sujetador, que si con esa ropa no había nada que enseñar, que si
cuando creciera avisara.
Rodrigo cerró los ojos un instante.
—Qué crueles.
—Sí. Pero lo peor es que lo decían riéndose. Como si fuera una broma. Y
claro, si te duele, parece que la exagerada eres tú.
Susana tragó saliva.
—Luego cambié. Mi cuerpo cambió. Pero yo creo que algo se quedó allí.
Como si una parte de mí siguiera intentando demostrar que ya no era aquella
niña a la que podían señalar. Y al mismo tiempo, cuando veo a alguien como
Noelia, tan segura en su cuerpo, con ese vestido, con ese escote, con esa forma
de estar, vuelvo un poco a sentirme igual. Como si otra vez hubiera llegado
tarde.
Rodrigo la miraba con una seriedad limpia, sin prisa.
—No sabía eso.
—No lo cuento mucho.
—Gracias por contármelo.
Susana bajó la mirada.
—Me da vergüenza.
—No debería darte vergüenza a ti.
Ella sonrió apenas, pero los ojos se le habían humedecido.
—Ya. Eso también lo sé. Como sé que una foto no es una vida. Como sé que
un vestido no dice lo que vale una persona. Como sé que Noelia no tiene la
culpa de tener ese cuerpo ni de estar contenta con cómo le queda. Me sé todas
las razones. Pero me comparo igual. Primero me duele. Luego intento convencerme
de que no debería dolerme. Y al final me siento mal dos veces: por compararme y
por no saber dejar de hacerlo.
Rodrigo respiró despacio.
—Entonces no es que te falten razones.
Susana negó con la cabeza.
—Razones tengo muchas. Me las sé todas.
—Es que llegan tarde.
Ella lo miró por fin.
—Sí.
—Cuando llegan, tú ya te has hecho daño.
Susana se quedó callada. Aquello era exactamente lo que pasaba. No era
que no supiera pensar. Era que el dolor llegaba antes que el pensamiento.
—Eso —dijo—. Me duele antes. Y después intento arreglarlo por dentro,
pero ya está hecho.
Rodrigo metió las manos en los bolsillos. Volvió a mirar el escaparate.
El vestido verde seguía allí, impecable, sin cuerpo real dentro, sin miedo, sin
historia, sin tener que sentarse en una mesa familiar ni salir en veinte fotos.
—Cuando yo te digo que estás preciosa… —empezó él.
Susana sonrió un poco, triste.
—Me gusta.
—Pero no basta.
—No siempre.
Él asintió despacio.
—Yo pensaba que ayudarte era recordarte que me gustas.
—Y me ayuda, Rodrigo. No creas que no. Me ayuda mucho saber que me
deseas, que te atraigo, que te gusto. No soy de piedra.
Él sonrió apenas.
—Ya.
—Pero hay días en que necesito algo más. Porque no me duele solo pensar
que no soy guapa. Me duele sentir que tengo que demostrarlo. Como si mi cuerpo
estuviera siempre a prueba. Como si cualquier chica más guapa pudiera dejarme
sin sitio.
Rodrigo la escuchaba con una seriedad poco habitual en él.
—Y ahí —continuó Susana— no necesito solo que me digas que estoy bien.
Necesito que me mires entera. Que no me mires solo para tranquilizarme. Ni solo
porque te gusto. Necesito sentir que ves más que esto.
Se señaló a sí misma sin terminar el gesto, como si le diera vergüenza
señalar su propio cuerpo.
—Más que mis brazos, mis caderas, mi ropa, si salgo bien o mal, si estoy
mejor o peor que otra. Necesito que me mires como alguien que no tiene que
ganarse el sitio cada vez.
Rodrigo bajó la cabeza. Aquello le pesó, pero no como reproche. Le pesó
como una verdad que uno recibe y no quiere estropear.
—No sé hacerlo siempre bien —dijo.
—Ya lo sé.
—A veces me sale intentar arreglarlo rápido.
—Lo sé.
—O decir una burrada del saco de hielos.
Susana soltó una risa pequeña, mezclada todavía con tristeza.
—Eso también lo sé.
Rodrigo se acercó un poco, sin invadirla.
—Pero quiero aprender.
Susana lo miró.
—¿A qué?
—A darme cuenta de cuándo estás mirando un vestido y cuándo estás
sufriendo delante de un vestido.
Ella respiró hondo.
—Eso estaría bien.
—Y a no llegar siempre tarde.
—Llegarás tarde muchas veces.
—Ya. Pero intentaré llegar mejor.
Susana se apoyó un momento en su hombro. No había comprado nada todavía.
No había desaparecido la inseguridad. Noelia seguía teniendo su vestido, las
bodas de oro seguían acercándose y el escaparate seguía lleno de cuerpos
imposibles.
Pero algo había cambiado un poco.
No porque Rodrigo hubiera encontrado la frase perfecta.
Sino porque, por un momento, Susana no había tenido que pelearse sola con
su propio reflejo.
4.-
El cuerpo también puede dar miedo
Caminaron un rato sin decir mucho. Rodrigo no quiso forzar la
conversación. Susana tampoco sabía cómo seguir. Había dicho demasiado y, al
mismo tiempo, sentía que todavía quedaba algo debajo, algo que no se arreglaba
con elegir un vestido ni con que Rodrigo le dijera que estaba preciosa.
Se alejaron de la tienda despacio. El escaparate quedó atrás con sus
luces, sus maniquíes y sus vestidos impecables, quietos, sin cuerpo real
dentro.
Entonces vibró el móvil de Susana. Lo miró casi sin ganas. Era un mensaje
de Clara, una compañera de la universidad.
“¿Te has enterado de lo de Mónica? Le han confirmado que el tumor es
maligno. Es en el pecho izquierdo. Esta semana empiezan con más pruebas. Está
muy asustada.”
Susana se detuvo. Rodrigo dio un paso más y volvió hacia ella.
—¿Qué pasa?
Ella no contestó enseguida. Leyó el mensaje otra vez, como si la segunda
lectura pudiera cambiar algo.
—Es Mónica.
—¿La de la universidad?
Susana asintió.
—Le han confirmado que el tumor es maligno. En el pecho.
Rodrigo se quedó serio. Durante unos segundos, el ruido de la calle
siguió igual: coches, gente entrando y saliendo de tiendas, una niña llorando
porque no quería soltar un globo, dos adolescentes riéndose demasiado alto, una
moto arrancando en la esquina. Todo seguía igual, pero para Susana algo se
había movido.
Miró hacia atrás. Desde donde estaban aún se veía parte del escaparate.
Los vestidos seguían allí, perfectos, iluminados, sin miedo, sin dolor, sin
médicos, sin pruebas, sin una llamada capaz de partir una tarde por la mitad.
Susana apretó el móvil con la mano.
—Hace un momento estaba enfadada con mi cuerpo porque no sé si me quedará
bien un vestido.
Rodrigo no dijo nada.
—Y Mónica ahora mismo estará mirando el suyo con miedo.
La frase no convirtió de repente la herida de Susana en una tontería. No
hizo desaparecer su inseguridad, ni borró lo que le habían hecho aquellas
chicas del instituto, ni anuló la comparación con Noelia. El dolor de una persona no queda cancelado porque otra
sufra más. No se trataba de comparar heridas, como si la vida repartiera
permisos para sufrir según la gravedad de cada caso. Pero algo se movió dentro de ella.
El cuerpo no era solo eso que una juzga delante de un cristal. No era
solo lo que gusta, lo que no gusta, lo que se enseña, lo que se oculta, lo que
parece suficiente o insuficiente en una foto. El cuerpo era también fragilidad.
Era miedo. Era hospital. Era una prueba pendiente. Era una mujer joven mirando
una parte de sí misma con angustia y preguntándose qué iba a pasar.
Susana tragó saliva.
—No sé qué decirle.
Rodrigo la miró con cuidado.
—Quizá no tienes que decirle algo perfecto.
—Ya.
—Quizá basta con no desaparecer.
Ella levantó la mirada.
Rodrigo se encogió un poco de hombros, incómodo por haber dicho algo
serio sin haberlo protegido antes con una broma.
—Quiero decir… que igual ahora necesita saber que estáis.
Susana volvió al mensaje. Se quedó unos segundos con el móvil en la mano.
Después escribió a Clara:
“Gracias por avisarme. Voy a escribirle. Y si vais a verla o necesita
algo, cuenta conmigo.”
Luego abrió el chat de Mónica. Tardó. Escribió una frase, la borró.
Escribió otra, también la borró. Todo le parecía poco, torpe, insuficiente. Al
final dejó algo sencillo: “Mónica, me acabo de enterar. No sé muy bien qué
decirte, pero no quiero quedarme callada. Estoy contigo. Si te apetece hablar,
llorar, distraerte o no decir nada, cuenta conmigo.”
Leyó el mensaje antes de enviarlo.
—¿Está bien? —preguntó.
Rodrigo lo miró.
—Sí.
—¿No suena pobre?
—Suena a que estás.
Susana lo envió.
Se quedaron ambos un momento quietos en medio de la acera. Rodrigo no la
abrazó enseguida. Esperó, como si empezara a entender que no todos los
silencios piden ser tapados deprisa. Luego le rozó la mano con la suya.
Susana se la cogió.
—Qué raro es todo —dijo.
—Sí.
—Hace un minuto estaba pensando en escotes, vestidos, fotos, Noelia… Y
ahora esto.
Rodrigo miró hacia el escaparate, ya más lejos. No contestó enseguida.
Susana seguía con el móvil en la mano, como si no supiera dónde ponerlo.
—Me siento fatal —dijo ella.
—¿Por Mónica?
—Por Mónica, sí. Y por mí. Por todo.
Rodrigo la miró con cuidado.
—Susana…
—No, es que… —tragó saliva—. Hace nada estaba allí, delante de un
vestido, sintiéndome mal porque no sé si me quedará bien, porque Noelia está
guapísima, porque yo no sé qué… Y ahora pienso en Mónica, en lo que le acaban
de decir, en que estará muerta de miedo, en que se mirará al espejo y no estará
pensando si un escote le queda mejor o peor, sino qué va a pasar con su cuerpo.
Se le quebró un poco la voz al decirlo.
—Y me da vergüenza. Me da vergüenza haber estado peleándome conmigo por
una foto, por un vestido, por una comparación.
Rodrigo negó despacio.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Machacarte ahora por haberlo pasado mal antes.
Susana bajó la mirada.
—Pero parece tan pequeño…
—A mí no me parecía pequeño cuando me lo estabas contando.
Ella no respondió.
—Y lo de Mónica es muy fuerte —añadió él—. Mucho. Pero no creo que eso
convierta lo tuyo en mentira.
Susana apretó el móvil con los dedos.
—No es mentira. Me sigue doliendo. Eso es lo que me desconcierta. Me
duele lo mío y me duele lo de ella, y ahora me siento como… no sé, como egoísta
por seguir sintiendo lo mío.
—No eres egoísta.
—No lo sé.
—Estás removida.
Susana respiró hondo. Miró otra vez hacia el escaparate, que ya quedaba a
unos metros. Los vestidos seguían allí, perfectos, quietos, sin miedo, sin
enfermedad, sin cuerpo real dentro.
—Es que de pronto el cuerpo me parece otra cosa —dijo muy bajo.
Rodrigo esperó.
—Hace un momento lo estaba mirando como si fuera un problema que tengo
que corregir. Y ahora pienso en Mónica… y me da pena. No pena de lástima. Pena
de… no sé. De ternura. De miedo. Como si el cuerpo fuera mucho más frágil de lo
que yo estaba mirando.
Rodrigo le rozó la mano, sin apretarla todavía.
—Sí.
Susana se quedó callada unos segundos.
—No quiero usar lo de Mónica para decirme que soy tonta.
—No lo hagas.
—Pero tampoco quiero seguir mirando mi cuerpo solo como si fuera una foto
mala.
Rodrigo asintió despacio.
—Eso sí.
Ella lo miró, con los ojos húmedos.
—No sé hacerlo.
—Ya.
—No sé salir de ahí tan fácil.
—No tienes que salir ahora.
Susana cerró un momento los ojos. Cuando los abrió, la voz le salió más
pequeña.
—Solo… me gustaría mirarme con menos crueldad. Y mirar a Mónica sin
miedo. Y mirar a Noelia sin sentir que yo desaparezco a su lado.
Rodrigo no dijo nada durante un instante. Luego le cogió la mano.
—Pues empezamos por no dejarte sola con todo eso.
Susana lo miró.
—¿Con todo eso?
—Con Noelia, con el vestido, con Mónica, contigo.
A Susana se le humedecieron más los ojos. No era una solución, pero sí
era una compañía. Y en aquel momento, quizá, era lo único que podía sostenerla
sin mentir.
Siguieron caminando despacio. No habían comprado el vestido. Mónica
seguía enferma. Noelia seguía teniendo aquel vestido. Las bodas de diamante
seguían acercándose. La inseguridad de Susana no había desaparecido como
desaparece una notificación de la pantalla.
Pero algo había cambiado un poco. No porque el dolor se hubiera ordenado
de golpe. Sino porque, por primera vez en aquella tarde, Susana empezó a comprender que su cuerpo no podía
seguir siendo tratado como un enemigo, como una prueba o como una fotografía
mala. Era algo mucho más delicado. Y necesitaba menos juicio. Y más cuidado.
5.-
El cuerpo no es una fotografía
Aquella semana Susana fue a ver a Cristina. En realidad, no iba “a hablar”. Eso se dijo mientras subía las escaleras con una bolsa en la mano. Llevaba unas cosas del niño que se habían quedado en casa de su madre y pensaba pasar un rato, tomar un café, hacerle cuatro carantoñas al bebé y volver. Pero hay días en que una va a casa de una amiga con una excusa sencilla y una conversación entera atravesada en la garganta.
Cristina abrió la
puerta con el niño en brazos, el pelo recogido de cualquier manera y una
camiseta clara con una mancha cerca del hombro. Tenía esa cara de cansancio
luminoso que tienen algunas madres recientes, como si hubieran dormido poco,
llorado algo, reído bastante y aprendido en seis meses más de lo que una vida
normal enseña en años.
—Pasa, que justo acabo de dormirlo. A ver
lo que dura el milagro.
Susana se rió bajito y la besó en la
mejilla. El niño dormía contra Cristina con una seriedad casi solemne, como si
acabara de resolver un asunto importante. Cristina lo llevó a la cuna del salón
despacio, casi sin respirar, con la concentración de quien sabe que un crujido
del suelo puede destruir una paz conseguida a pulso.
Luego volvieron a la cocina.
—Café tengo —dijo Cristina, abriendo un
armario—. Galletas creo que también, aunque no respondo de su fecha de caducidad.
—Con café me vale.
—Eso dice la gente educada cuando todavía
no ha visto las galletas.
Sacó dos tazas, puso la cafetera al fuego
y miró a Susana de reojo. No la miró mucho, solo lo suficiente.
—Tienes cara.
—¿Cara de qué?
—De haber venido a traerme una bolsa y de
paso algo que no cabe en la bolsa.
Susana sonrió,
pero la sonrisa le salió débil.
—No sé ni por dónde empezar.
Cristina dejó las tazas sobre la mesa y se
sentó.
—Empieza fatal. Total, somos amigas.
Aquello le quitó a
Susana un peso pequeño. No el dolor, pero sí la obligación de contarlo con
orden.
Empezó por la
foto. Después habló de Noelia, del vestido que había enviado al grupo familiar,
de las bodas de diamante de sus abuelos, del escaparate, de Rodrigo intentando
ayudarla con aquella frase imposible del saco de hielos, de las chicas del
instituto, de aquellos comentarios pequeños que no parecían gran cosa y, sin
embargo, se le habían quedado dentro como astillas. Luego, casi al final, contó
lo de Mónica. Lo contó más bajo, como si la enfermedad de su amiga obligara
también a bajar la voz.
No lo contó bien.
Lo contó como se cuentan las cosas cuando duelen: saltando de un sitio a otro,
justificándose, quitándole importancia y, al mismo tiempo, notando que se le
humedecían los ojos justo cuando decía que era una tontería. Cristina no la
interrumpió. Solo se levantó una vez para mirar al niño desde la puerta del
salón. Volvió de puntillas, se sentó otra vez y esperó.
Cuando Susana
terminó, se quedó con las manos alrededor de la taza.
—Me da vergüenza haberte contado todo
esto.
—¿Por qué?
—Porque suena horrible. Estoy hablando de
un vestido, de una foto, de Noelia, de si salgo bien o mal… y Mónica acaba de
enterarse de que tiene un tumor maligno. Me siento ridícula.
Cristina la miró
sin contestar deprisa. Esa era una de las cosas que Susana agradecía de ella:
no llenaba todos los huecos con frases rápidas.
—Susana —dijo al fin—, lo de Mónica es
tremendo. Claro que sí. Y claro que hay que estar con ella. Pero eso no
convierte en mentira lo que a ti te dolió el otro día.
Susana bajó la mirada.
—Ya, pero me da rabia. Me comparo con
Noelia, me miro fatal, me enfado conmigo, luego me siento culpable… Es como si
no pudiera salir de ahí.
—A mí me parece que no estás presumiendo
de eso precisamente.
Susana soltó una risa mínima.
—No.
—Pues ya está. No lo estás justificando.
Lo estás contando.
Aquella frase hizo algo muy pequeño y muy
importante: le dio permiso para no defenderse.
Susana pasó el dedo por el borde de la
taza.
—Es que me sentí tan poca cosa delante del
escaparate…
Cristina no dijo nada.
—Y luego lo de Mónica… —Susana tragó
saliva—. Pensé: “ella ahora estará mirando su cuerpo con miedo”. Y yo
hacía un rato estaba odiando el mío porque no sé si me quedará bien un vestido.
Me dio vergüenza. Pero no se me quitó el dolor. Eso es lo que peor llevo. Que
me sigue doliendo lo mío.
Cristina apoyó los codos en la mesa.
—El corazón no funciona tan limpio,
Susana.
—Ya.
—Ojalá. Sería comodísimo. Una carpeta para
cada cosa, todo archivado, nada mezclado. Pero no. Una sufre por una amiga
enferma y, al mismo tiempo, puede seguir con su propia herida abierta. Y eso no
te hace mala.
Susana se quedó callada.
Cristina bajó un poco la voz.
—Además, te entiendo más de lo que crees.
Susana la miró.
—¿Por qué?
Cristina sonrió, pero no era una sonrisa
del todo alegre.
—Porque a mí también me ha costado
mirarme. De otra manera, claro. Pero me ha costado.
En ese momento, el
niño hizo un ruidito en el salón. Las dos se quedaron inmóviles unos segundos.
No volvió a sonar nada.
—Sigue vivo el milagro —susurró Cristina.
Susana sonrió. Cristina se miró la
camiseta manchada y suspiró.
—Voy a cambiarme. Esta mancha ya ha
decidido quedarse a vivir, pero yo todavía no estoy preparada para formalizar
la relación.
Susana se rió y la siguió al dormitorio.
La habitación no
tenía nada de revista. Había ropa doblada a medias sobre una silla, una manta
pequeña sobre la cama, un paquete de pañales abierto junto a la cómoda, un bote
de crema cerca del espejo y dos calcetines del niño en lugares donde ningún calcetín
debería estar. Era una habitación vivida. Tierna y cansada. Un poco vencida por
la realidad.
Cristina abrió un
cajón, sacó una camiseta limpia y, antes de ponérsela, se quedó quieta un
momento. No hizo un gesto teatral ni buscó efecto. Fue más sencillo que eso.
Fue esa confianza rara y preciosa que solo aparece cuando dos amigas se fían de
verdad.
—Mira.
Susana miró con
pudor. Cristina le enseñó un lado del vientre y parte de la cadera. La piel
tenía estrías claras, algunas más recientes, otras ya más suaves. También había
una blandura nueva alrededor del abdomen, una forma distinta, una señal humilde
de que aquel cuerpo había pasado por algo grande.
Cristina bajó la
vista hacia sí misma y luego miró a Susana.
—Esto también soy yo ahora.
Susana no dijo
nada. No porque no le importara, sino porque entendió que había cosas que se
reciben mejor en silencio.
Cristina se puso la camiseta limpia, se
sentó en el borde de la cama y dio una palmada suave a su lado.
—Ven.
Susana se sentó junto a ella.
—Después del parto yo pensaba que iba a
reconocerme antes —dijo Cristina—. No sé si me explico. Una sabe que el cuerpo
cambia. Te lo dicen. Lo lees. Lo oyes. Pero una cosa es saberlo y otra
levantarte un día, mirarte al espejo y pensar: “¿y esta soy yo?”.
Susana la escuchaba con los ojos fijos en
ella.
—Yo quería al niño con locura. Lo quiero.
De una manera que a veces hasta me asusta. Pero había días en que me miraba y
no me encontraba. Y entonces me sentía fatal por pensarlo. Porque claro, tenía
al niño conmigo. Y me acordaba de los dos que perdimos. Y me decía: “Cristina,
cállate. Tienes a tu hijo aquí. ¿Cómo vas a quejarte?”. Pero no era tan
sencillo.
Se quedó un
momento callada.
—Yo estaba agradecida. Estaba feliz. Y
también estaba rara dentro de mi propio cuerpo. Las dos cosas. A la vez.
Susana bajó la
mirada.
—Eso no se dice mucho.
—No. Porque enseguida parece que si lo
dices quieres menos a tu hijo. Y no tiene nada que ver. Yo lo quería más que a
mi vida. Pero también estaba yo ahí. Con mi barriga, mis estrías, mi pecho
distinto, mis caderas raras, mi ropa que no entraba, mi cara de no dormir y una
sensación… no sé… como de haber vuelto a casa y que alguien hubiera cambiado
los muebles de sitio.
Susana respiró despacio.
—Qué fuerte eso.
—Y luego la gente, con toda la buena
intención del mundo, te dice: “pero qué guapa estás”, “lo importante
es que el niño esté bien”, “el cuerpo es sabio”, “has dado vida”.
Y todo eso es verdad. Pero por dentro a veces piensas: “sí, pero yo también
estoy aquí”. No solo el bebé. Yo también estoy aquí.
Hubo un silencio
largo. No era incómodo. Era de esos silencios que hacen que una conversación se
vuelva más verdadera.
—¿Y Guillermo? —preguntó Susana.
A Cristina se le cambió la cara. Se le
suavizó entera.
—Guillermo ha sido muy bueno conmigo.
Lo dijo sin adornos. Precisamente por eso
sonó más hondo.
—Muy bueno. Y desde que nació el niño he
descubierto algo en él que no había visto así. Estaba, claro que estaba, pero
como dormido. Se le ha despertado algo de padre.
Susana sonrió.
—¿Sí?
—Sí. No solo porque cambie pañales o
porque lo coja en brazos. Es la manera de mirarlo cuando cree que nadie lo ve.
Cómo le habla bajito, como si el niño entendiera perfectamente sus teorías
sobre la vida. Cómo se le cambia la cara cuando se le queda dormido encima.
Cómo está pendiente de si he comido, de si necesito ducharme, de si me puede
traer agua, sin hacer de eso una heroicidad.
Cristina se quedó mirando la cómoda, como
si allí estuviera viendo una escena reciente.
—El otro día lo encontré de madrugada en
el salón. El niño no se calmaba y Guillermo lo tenía contra el pecho, medio
despeinado, con una camiseta vieja y una cara de sueño tremenda. Le estaba
cantando una canción inventada, pero inventada de verdad, una cosa espantosa. Y
el niño, no sé cómo, se fue calmando. Guillermo lo miraba como si tuviera en
brazos algo sagrado y, al mismo tiempo, como si no supiera qué hacer con tanto
amor. Y yo lo vi desde la puerta y pensé: “Dios mío, cuánto quiero a este
hombre”.
Susana sonrió con ternura.
—Te vuelve loca.
Cristina se rió bajito.
—Me vuelve loca de amor. Pero no como
antes. No sé explicarlo. Yo ya lo quería como esposo. Claro que lo quería. Pero
verlo como padre me ha abierto otra manera de quererlo. Como si el amor hubiera
encontrado una habitación más dentro de la misma casa.
Susana se quedó con aquella imagen.
Cristina, quizá
para no dejar la emoción demasiado expuesta, cambió el tono.
—Aunque también te digo que su estreno
como padre no fue precisamente digno de una estampa.
—¿Qué pasó?
—El primer pañal que cambió fue histórico.
Yo estaba agotada, el niño lloraba, Guillermo se puso en modo héroe y dijo: “tranquila,
esto lo hago yo”. Lo dijo con una seguridad tan grande que ya me dio miedo.
Susana empezó a reírse.
—Pobre.
—Pobre yo. A los dos minutos estaba delante del cambiador con el pañal sucio en una mano, el limpio en la otra y una cara de concentración como si estuviera desactivando una bomba. No sabía dónde poner el sucio. No sabía abrir bien el limpio. El niño movía las piernas como si quisiera sabotear la operación. Y Guillermo intentaba que nada tocara nada, que es una idea preciosa hasta que cambias un pañal de verdad.
Susana se tapó la boca para no reír
demasiado alto.
—No puedo.
—Pues espera. En medio de aquel desastre,
para hacerme reír, se puso el pañal limpio en la cabeza como si fuera un
sombrero y dijo: “señora, su mayordomo está preparado para cualquier
emergencia”.
Susana soltó una carcajada.
—No me digas.
—Te lo juro. Yo estaba tan cansada que no
sabía si reírme o llorar. Hice las dos cosas. Y él, con el pañal limpio en la
cabeza, el sucio en la mano y el niño pataleando, me miró muy serio y dijo:
—Vale. Creo que esto no se me da tan bien
como yo pensaba.
Cristina se rió todavía al recordarlo.
—Fue absurdo. Muy Guillermo. Pero a mí se
me quedó dentro. Porque estaba allí. Torpe, nervioso, queriendo ayudar,
queriendo hacerme reír, queriendo aprender. Y pensé: esto también es amor. No
el amor bonito de las fotos. El amor de quedarse. El amor de estar.
Susana repitió casi sin voz:
—El amor de estar.
Cristina asintió.
—Sí. Ese.
Se quedaron un
momento en silencio. Luego Cristina volvió a hablar más bajo, como quien entra
en una zona más delicada.
—Y aun así, incluso con todo eso, incluso
con Guillermo siendo bueno, hubo una parte difícil.
Susana la miró.
—¿Por tu cuerpo?
—Por mi cuerpo. Por cómo me veía. Por cómo
me sentía. Por el cansancio. Por el miedo a que me doliera. Por no saber si
quería cercanía o si solo quería dormir tres días seguidos. Por tener la cabeza
llena del niño, de si comía, de si dormía, de si respiraba bien, de si yo había
comido, de si había ropa limpia, de las revisiones, de la herida del parto… Y
luego esa pregunta que da vergüenza decir, pero aparece: “¿me seguirá
deseando igual?”.
Susana no apartó
la mirada.
Cristina jugó un
momento con el borde de la camiseta.
—Me daba vergüenza preguntármelo. Porque
Guillermo no me estaba rechazando. Al contrario. Me miraba con cariño. Con
deseo también. Pero yo no sabía dónde poner esa mirada. Había días en que
quería que me abrazara y, a la vez, no quería que me tocara demasiado. Días en
que necesitaba ternura, pero me sentía cerrada por dentro. Días en que me daba
rabia estar tan cansada. Días en que me sentía mala esposa por no poder
responder como antes.
Susana habló casi en un susurro.
—Eso debe doler mucho.
Cristina asintió.
—Duele. Y confunde. Porque cuando el otro
te quiere bien, parece que todo tendría que ser fácil. Pero no siempre. A veces
el otro te quiere bien y tú no sabes dejarte querer. O no puedes. O necesitas
tiempo.
Desde el salón
llegó otro quejido pequeño. Cristina escuchó. El niño no lloró.
—Lo íntimo después del parto no vuelve
como quien coloca una silla en su sitio —dijo—. No es: “ya han pasado unas
semanas, todo vuelve a ser igual”. No. El cuerpo va por un lado, la cabeza
por otro, el corazón por otro, y tú intentas que todo vuelva a encontrarse sin
romper nada.
Susana estaba muy seria.
—¿Y lo hablasteis?
Cristina hizo una mueca.
—Como pudimos. Mal algunas veces. Mejor
otras. Hubo noches en que le dije: “hoy no puedo”, y lo dije con miedo,
como si estuviera fallándole. Y hubo noches en que él se quedó callado, no
porque se enfadara, sino porque tampoco sabía dónde ponerse. También él estaba
aprendiendo. No quería presionarme, pero no siempre sabía cómo acercarse. Yo
necesitaba que me deseara, pero también necesitaba que no me empujara.
Necesitaba sentir que seguía siendo su mujer, pero también que podía estar
frágil sin tener que actuar como si ya estuviera bien.
Susana respiró hondo.
—Eso es muy delicado.
—Mucho.
Cristina bajó un poco la voz.
—Y ahí Guillermo fue aprendiendo. No
perfecto, ¿eh? Aprendiendo. Fue entendiendo que desearme no era empujarme a
estar bien antes de tiempo. Y yo fui entendiendo que dejarme cuidar no era
fallarle. Hubo conversaciones incómodas. Alguna lágrima. Algún silencio
raro. Algún perdón. Y también algún “no pasa nada, estoy aquí” dicho de
verdad.
Susana tenía los ojos brillantes.
—Nunca había oído hablar así de estas
cosas.
—Porque se habla poco. O se habla como si
todo tuviera que ser precioso. Y hay cosas preciosas, claro. Pero mezcladas con
sueño, miedo, torpeza, cuerpo, pañales, heridas y amor. Todo junto.
Cristina se
levantó un momento, fue hasta la puerta y miró al niño. Volvió enseguida.
—Ahora estoy mejor —dijo—. No perfecta.
Mejor. Hay días en que miro las estrías y no me parecen símbolo de nada. Me
parecen rayas y punto. Y otros días miro al niño y pienso: “este cuerpo ha
sido casa”. Las dos cosas son mías.
Susana bajó la
mirada hacia sus propias manos.
—A mí Rodrigo me dijo una burrada el otro
día.
Cristina cambió la cara al instante.
—Rodrigo diciendo una burrada. ¡Qué
sorpresa tan inesperada!
Susana se rió.
—Me dijo que yo le ponía tan caliente que
podría deshacer un saco de hielos en menos de un minuto.
Cristina cerró los
ojos y respiró hondo, como si necesitara pedir paciencia al cielo.
—Ese chico necesita ayuda.
—Lo sé.
—Pero seguro que lo dijo con toda su alma.
—Sí. Y me hizo gracia. Y me ayudó un poco.
Pero no me bastó.
Cristina la miró con ternura.
—Claro.
Susana tardó unos segundos en seguir.
—Porque no necesito solo saber que me
desea.
Cristina esperó.
—Necesito saber que me ve.
—Entera —dijo Cristina.
Susana asintió.
—Entera.
Cristina se quedó
pensativa. No parecía estar buscando una frase bonita, sino recordando algo
suyo.
—Mira, que Rodrigo te desee es bueno. No
tengas miedo de eso. Ojalá le gustes. Ojalá se le note. Con un poquito menos de
lenguaje de almacén de hielo, pero ojalá se le note.
Susana sonrió entre lágrimas.
—Sí, por favor.
—Pero una cosa es que un hombre te
desee y otra que aprenda a mirarte con historia. No solo este cuerpo de
ahora, joven, bonito, inseguro a veces. También el cuerpo cansado. El cuerpo
que cambie. El cuerpo que quizá un día dé vida, o quizá no. El cuerpo que
enferme. El cuerpo que envejezca. El cuerpo que no siempre se parezca a una foto
buena.
Susana no dijo nada.
Cristina habló muy despacio:
—Yo necesitaba que Guillermo no mirara
solo mi cuerpo cambiado, sino toda la historia que ese cuerpo llevaba encima.
La frase quedó en la habitación sin
hacerse grande. Precisamente por eso entró más hondo.
Cristina miró a Susana.
—Y creo que tú necesitas algo parecido.
Que Rodrigo no mire solo si estás guapa, si le atraes, si sales bien, si ese
vestido te queda de una manera u otra. Necesitas que aprenda a mirarte como
casa, no como escaparate.
Susana cerró un
momento los ojos. Como casa, no como escaparate. No sonó a lección. Sonó
a confidencia. A algo que Cristina no había aprendido leyendo, sino viviendo:
frente al espejo, junto a una cuna, en una cama matrimonial donde el amor
también había tenido que aprender a esperar, en una casa donde el cuerpo ya no
era una imagen sino una historia compartida.
—Y tú también tienes que empezar a mirarte
así —añadió Cristina—. Te lo digo porque yo estoy en ello. No porque me salga.
Hay días en que me hablo fatal. Pero luego pienso: “Cristina, no puedes
vivir toda la vida dándote golpes en el mismo sitio”.
Susana bajó la mirada.
—Yo me hablo fatal muchas veces.
—Ya lo sé.
—Y me canso.
—Claro que te cansas.
El niño empezó a
moverse en el salón, esta vez con más claridad. Cristina se levantó.
—Se acabó la paz mundial.
Volvió con el bebé
en brazos. El niño tenía la cara arrugada y seria de quien ha despertado
decepcionado con la realidad. Susana se rió bajito.
Cristina se sentó
otra vez y lo acomodó contra su pecho.
—No te digo todo esto para que idealices
el matrimonio —dijo—. Ni para que tengas prisa por nada. El matrimonio no
convierte el cuerpo en un poema todos los días. A veces lo convierte en
sueño acumulado, revisiones médicas, ropa por lavar, heridas que tardan,
horarios raros y dos personas intentando quererse sin hacerse daño.
Susana miró al
niño dormido contra Cristina.
—Pero cuando hay amor de verdad —continuó
ella—, el cuerpo deja de ser solo algo que se mira desde fuera. Se convierte en
alguien a quien se cuida.
Susana notó que se le llenaban los ojos.
—Me da miedo no ser suficiente.
Cristina no le corrigió la frase. No le
dijo “no digas eso”, ni “claro que lo eres”, ni “tienes que
quererte más”. Solo puso una mano sobre la suya.
—Ya lo sé.
Y aquella respuesta, precisamente por no
estar preparada, la consoló más.
—Pero no eres valiosa porque salgas mejor
que Noelia en una foto —dijo Cristina—. Ni porque un vestido te quede de una
manera u otra. Ni porque Rodrigo te mire con deseo. Eso está bien, claro que
está bien. Pero no es lo que te da valor. Tú vales porque eres tú. Porque eres
persona. Porque Dios no te mira por partes.
Susana se secó una lágrima.
—Eso me cuesta creerlo algunos días.
—A mí también me cuesta creer cosas que
son verdad.
Cristina miró al niño y sonrió apenas.
—Por eso necesitamos amigas. Y esposos
torpes. Y niños que no dejan terminar ninguna frase importante.
Susana se rió entre lágrimas. Cristina
volvió a mirarla.
—No le declares la guerra a tu cuerpo,
Susana. Te va a acompañar toda la vida. No lo trates como si fuera una enemiga
que tienes que corregir todos los días.
Susana respiró hondo.
—No sé cómo se hace eso.
—Yo tampoco del todo. Pero podemos empezar
por no hablarle con desprecio.
El niño se movió
sobre el hombro de Cristina. Susana la miró: la camiseta limpia pero ya
arrugada, el pelo mal recogido, el cuerpo cansado, el bebé apoyado contra su
pecho, la paz imperfecta de aquella habitación.
Y pensó, sin
decirlo todavía, que quizá la belleza real no era esa cosa lisa y segura que
aparece en algunas fotos. Quizá tenía más historia. Más cansancio. Más cuerpo.
Más verdad.
Cristina, con el
niño medio dormido sobre el hombro, le dijo casi en voz baja:
—Y deja que Dios también te mire ahí. No
solo cuando te ves bien. También cuando no te encuentras.
Susana no
respondió enseguida.
Pero aquella noche, al volver a casa, no abrió la foto. Se miró un momento en el espejo. No con entusiasmo. Tampoco con crueldad. Solo un momento. Y por primera vez en varios días no se corrigió por dentro. No fue una victoria espectacular. Pero fue una manera pequeña de empezar a volver a casa.
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