Homilía para Radio María - 05.08.2026
Casa Provincial-Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados (Palencia -España) - Mt 15, 21-28
Una
migaja de Evangelio puede cambiar una vida
El Evangelio de
hoy nos presenta dos curaciones. Jesús libera a la hija de una mujer pagana y,
al mismo tiempo, comienza a liberar a sus discípulos de los prejuicios que
llevan dentro.
Poco antes, Jesús
había enseñado que la verdadera impureza no viene de fuera. Nace en el corazón
y se manifiesta en violencia, engaño, codicia, desprecio e injusticia (cfr. Mt
15, 1-20).
Después conduce a
sus discípulos hacia Tiro y Sidón, una región pagana. No cambia solamente de
lugar: quiere sacarlos también de sus fronteras interiores.
Allí aparece una
mujer cananea que grita:
—Ten misericordia
de mí, Señor; mi hija está terriblemente atormentada (cfr. Mt 15, 22).
Aquella muchacha
representa también a una humanidad dominada por fuerzas que la destruyen. También hoy
existen «demonios» que deshumanizan; tales como la obsesión por el
dinero, la ambición de poder, el orgullo, la violencia y el egoísmo.
Cuando la Palabra
de Dios no entra en nuestra vida, o la escuchamos sin acogerla, otras voces
terminan gobernando el corazón. Y las reconocemos por sus frutos:
dividen, esclavizan y hacen sufrir.
Jesús guarda
silencio. Los discípulos le piden que despida a la mujer. No parece
preocuparles el dolor de la hija; les molesta el grito de la madre.
Así queda al
descubierto su propia enfermedad. Ellos creían que la impureza estaba en los
paganos, pero Jesús les muestra que también puede estar dentro de un corazón
religioso, en forma de indiferencia y desprecio.
La muchacha
necesita ser liberada, pero los discípulos también.
Jesús emplea
entonces una imagen muy dura: No está bien tomar el pan de los hijos y
echárselo a los perros de la casa (cfr. Mt 15, 24-26).
La mujer no se
marcha ofendida. Responde:
—Sí, Señor; pero
también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños (cfr. Mt
15, 27).
Ella no pretende
quitarles el pan a los hijos. Confía en que la mesa de Dios es tan abundante
que una sola migaja puede salvar.
Ha comprendido lo
que los discípulos todavía no entendían: Israel había recibido primero el pan
de la Palabra, pero no para guardarlo como un privilegio, sino para compartirlo
con todos los pueblos. Dios elige para servir y bendice para que su bendición alcance
a todos.
Entonces Jesús le
dice:
—Mujer, ¡qué
grande es tu fe! Que se cumpla como deseas.
Y en aquel momento
su hija quedó curada (cfr. Mt 15, 28).
La Palabra de
Jesús libera a la muchacha y comienza también a curar el corazón de los
discípulos. Allí donde el Evangelio es acogido con fe, retrocede lo que
esclaviza, divide y deshumaniza.
Quizá hoy podamos
preguntarnos: ¿Qué voz está gobernando nuestro corazón? ¿La Palabra de Cristo,
que libera y nos acerca a los demás, o esas otras voces que nos llevan a
dominar, acumular y despreciar?
Una sola migaja de
Evangelio, acogida de verdad, puede comenzar una vida nueva.

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