sábado, 22 de agosto de 2026

Homilía del Domingo XXI del Tiempo Ordinario | Mt 16, 13-20

 ¿Por qué Jesús llevó a sus discípulos hasta Cesarea de Filipo para preguntarles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» En esta homilía sobre Mateo 16,13-20 descubrimos cómo el escenario de los palacios, el poder imperial y los cultos paganos convierte la pregunta de Jesús en una elección decisiva: qué lugar ocupa realmente Cristo en nuestra vida y sobre qué modelo de humanidad queremos construirla. La confesión de Pedro —«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo»— abre después el significado de la roca, la Iglesia, las puertas del Hades, las llaves del Reino y el poder de atar y desatar. Un recorrido bíblico para comprender la misión confiada a Pedro y descubrir por qué la autoridad cristiana solo tiene sentido cuando permanece al servicio de Cristo, del Evangelio y de la vida.


Homilía del Domingo XXI del Tiempo Ordinario,

Ciclo A - Mt 16, 13-20 | «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Escucha aquí el episodio completo:

Escucha aquí el episodio completo:

 

Cuando el amor es verdadero,

no deja el corazón repartido.

Hay algo que comprendemos casi instintivamente cuando hablamos de una relación amorosa seria: Quien ama de verdad espera ocupar un lugar único en la vida del otro. Si un muchacho quisiera mantener con otras chicas vínculos que ya no pueden llamarse simplemente amistad, es fácil imaginar que su novia terminaría pidiéndole claridad. No porque pretenda adueñarse de él, sino porque llega un momento en que una relación necesita saber dónde está: «Tendrás que elegir».

Y esa exigencia de exclusividad pertenece también al amor conyugal. Por eso resulta difícil conciliar la lógica de la entrega matrimonial con las llamadas relaciones abiertas o con vínculos en los que la intimidad de la pareja queda compartida con otras personas. Cuando un hombre y una mujer se entregan mutuamente, lo que está en juego no es solo estar juntos, sino pertenecerse de una manera que no deja espacio para amantes.

La Biblia se atreve a explicar la alianza de Dios

hablando de amor esponsal.

Esto nos ayuda a comprender una de las imágenes más intensas de toda la Escritura. Para expresar qué clase de relación quiere establecer Dios con Israel, la Biblia recurre precisamente al lenguaje del amor entre esposos. No se trata de una relación superficial ni provisional. Es un vínculo que reclama fidelidad, una entrega que pretende abarcar la vida entera y que, precisamente por eso, no puede convivir tranquilamente con otros amores que ocupen el mismo lugar.

Desde aquí se entiende mejor una expresión bíblica que, escuchada fuera de contexto, podría desconcertarnos: Dios se presenta como un Dios «celoso». Naturalmente, no estamos hablando de esos celos enfermizos que nacen de la inseguridad o del deseo de poseer a otra persona. La imagen quiere señalar otra cosa: Dios no considera indiferente que su pueblo le entregue el corazón y, al mismo tiempo, lo entregue también a los ídolos.

Con los dioses del mundo pagano la relación podía funcionar de otro modo. Alguien podía rendir culto a Júpiter y, sin demasiados problemas, ofrecer también incienso a Marte, Apolo o Afrodita. Una divinidad no excluía necesariamente a las demás. El Dios de Israel, en cambio, coloca a su pueblo ante una elección: no acepta ser simplemente uno más dentro de una colección de dioses.

Hay elecciones que no permiten

vivir eternamente a medio camino.

La escena del profeta Elías en el monte Carmelo lo expresa con enorme fuerza. Elías reúne al pueblo y lo obliga a enfrentarse con su propia indecisión: llega el momento de dejar de oscilar entre dos fidelidades. Si el Señor es Dios, habrá que seguir al Señor; si Baal es dios, habrá que seguir a Baal (cfr.1 Re 18, 21). Lo que no tiene sentido es querer caminar simultáneamente en dos direcciones contrarias.

Jesús retomará esa misma lógica cuando advierta que no es posible servir a Dios y al dinero (cfr. Mt 6, 24). Hay realidades que terminan pidiendo una decisión porque reclaman el centro de la persona. Podemos intentar durante un tiempo mantenerlas juntas, negociar con ambas o reservar un rincón para cada una, pero llega un momento en que descubrimos que las dos están pidiendo el corazón.

Y esto vuelve a acercarnos a la experiencia del amor humano. En un noviazgo que va madurando aparece tarde o temprano una pregunta que cambia la relación. Ya no basta con saber que estamos bien juntos, que nos queremos o que disfrutamos de nuestra compañía. Llega el momento de preguntarse si queremos realmente unir nuestras vidas. Es entonces cuando uno puede decirle al otro, de muchas maneras posibles: «Ya sabes quién soy, conoces lo que deseo para mi vida; ¿quieres caminar conmigo?».

No es extraño que una pregunta semejante quede asociada para siempre a un lugar concreto. Muchos enamorados buscan casi espontáneamente un sitio especial para pronunciar esas palabras, porque intuyen que hay conversaciones que merecen un escenario distinto. Después pasan los años y aquel lugar continúa guardando la memoria de una decisión que cambió su historia.

Jesús también escoge un lugar

antes de formular la gran pregunta.

Algo parecido sucede en el Evangelio que vamos a escrutar. Jesús conduce a sus discípulos hasta un lugar determinado porque está a punto de plantearles una pregunta que no será simplemente una cuestión de conocimientos religiosos. No quiere comprobar cuánto han aprendido ni organizar una especie de examen sobre lo que la gente piensa de él. Está llevando la relación con sus discípulos hasta un punto en el que ellos mismos tendrán que tomar posición.

Y esa pregunta tampoco quedará encerrada en la historia de aquellos primeros discípulos. Al escuchar el Evangelio, terminará alcanzándonos también a nosotros. Porque podemos conocer muchas cosas sobre Jesús, escuchar hablar de él durante años, rezar incluso con sus palabras y, sin embargo, tarde o temprano aparece una cuestión mucho más personal: ¿Qué lugar ocupa realmente él en nuestra vida?

Quizá por eso Jesús no plantea la pregunta de cualquier manera ni en cualquier sitio. Como sucede en esas conversaciones que marcan para siempre una historia de amor, escoge cuidadosamente el escenario.

Atendamos, entonces, y descubramos adónde ha llevado a sus discípulos y qué está a punto de preguntarles.

Jesús no lleva a sus discípulos

allí por casualidad.

«En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».

La conversación que estamos escuchando podría haber tenido lugar perfectamente en Cafarnaúm, junto al lago de Galilea. Era el ambiente habitual de Jesús y de sus discípulos y, además, se habrían ahorrado varios días de camino. Sin embargo, Jesús los conduce bastante más al norte, hasta Cesarea de Filipo. Si ha querido hacerles recorrer esa distancia antes de plantearles una pregunta tan importante, conviene mirar alrededor. El lugar no es simplemente el decorado del episodio; ayuda a comprender lo que Jesús está poniendo delante de sus discípulos.

Cesarea debía su nombre a Filipo, uno de los hijos de Herodes el Grande. Después de cambiar varias veces su testamento, Herodes acabó confiándole una de las zonas más privilegiadas de sus dominios: la antigua tierra de Basán, aproximadamente la región del actual Golán, conocida por la riqueza de sus pastos, la fertilidad de sus tierras y la abundancia del ganado. Todo ello se extendía a los pies del Hermón, la gran montaña cuyas nieves alimentaban las aguas de aquella región.

Filipo escogió precisamente uno de los lugares más hermosos para establecer allí su capital. La ciudad gozaba de prosperidad, mantenía una intensa actividad comercial y estaba relativamente próxima a Damasco. Como correspondía a la política de la época, recibió el nombre de Cesarea en honor del emperador. Pero ciudades llamadas Cesarea había ya muchas en el Imperio —también la que Herodes el Grande había construido junto al Mediterráneo—, de modo que aquella terminó siendo conocida como Cesarea de Filipo.

Ante sus ojos estaba todo aquello

que el mundo llama grande.

Pero lo verdaderamente impresionante no era solo la ciudad. Cerca de una gran gruta se extendía un antiguo santuario pagano. Allí se veneraba al dios Pan y, en diferentes nichos excavados en la roca, aparecían también imágenes relacionadas con las ninfas. El lugar era de una belleza extraordinaria; tanto, que la tradición recordada en el relato lo vinculaba precisamente con Pan y con aquel mundo religioso, de donde procedería el nombre antiguo de Panias y, posteriormente, el actual Banias.

A todo ello se añadía una presencia mucho más visible del poder. César Augusto había entregado aquella región a Herodes el Grande en el año 20 antes de Cristo, y Herodes, como gesto de agradecimiento, había levantado frente a la gruta un espléndido templo de mármol blanco dedicado a Augusto y a Roma. En tiempos de Jesús, por tanto, quien llegara hasta allí podía encontrarse simultáneamente con la belleza de la naturaleza, el culto a las divinidades paganas y la magnificencia del poder imperial. Algunos de los otros templos que posteriormente ocuparían el recinto pertenecen a épocas posteriores; pero el templo dedicado a Augusto y el santuario de Pan sí formaban parte del paisaje que podían contemplar Jesús y sus discípulos.

Y todavía había más. Filipo había construido en aquella zona dos palacios, uno de ellos situado en una posición privilegiada desde la que se dominaba el valle de Hule. No resulta difícil imaginar la impresión que aquello podía causar en unos hombres procedentes, en su mayoría, de ambientes mucho más modestos. Allí había riqueza, grandes construcciones, comercio, comodidad y una corte capaz de disfrutar de una vida que estaba muy lejos de la existencia sencilla que ellos conocían. En pocas palabras; tenían delante uno de esos lugares en los que parece concentrarse todo lo que suele despertar admiración.

Incluso la vida privada de aquella corte podía alimentar las conversaciones. La esposa de Filipo era Salomé, todavía muy joven, relacionada con el episodio de la muerte de Juan el Bautista: la muchacha que, instigada por su madre Herodías, había pedido a Herodes Antipas la cabeza del profeta. Mateo y Marcos narran aquel episodio sin darnos su nombre; es Flavio Josefo quien la identifica como Salomé en sus Antigüedades judías. Después de enviudar, pocos años más tarde, se casaría con Aristóbulo, rey de Calcis, con quien tuvo tres hijos; posteriormente, las noticias sobre su vida se vuelven escasas.

¿Por qué detenernos en todos estos detalles? Porque nos permiten mirar el lugar aproximadamente con los ojos de los discípulos. No estaban contemplando unas ruinas arqueológicas. Ante ellos, ante los discípulos había palacios habitados, dinero, poder, religión, prestigio, belleza, una corte y hombres cuya vida podía despertar fácilmente el deseo de llegar algún día a ser como ellos. Y es precisamente allí donde Jesús comienza a preguntar.

La pregunta no es solo quién es Jesús,

sino qué humanidad representa.

En aquel escenario, rodeado de tantas imágenes de grandeza, Jesús pregunta a sus discípulos qué dice la gente acerca del «Hijo del hombre». La expresión hebrea בֶּן־אָדָם (ben-adám) significa, literalmente, «hijo de hombre» y puede emplearse para hablar sencillamente del ser humano. De ahí que la pregunta pueda escucharse también de esta manera: ¿Qué piensa la gente del modo de ser hombre que descubre en mí? ¿Qué juicio merece la humanidad que yo estoy viviendo delante de ellos?

La pregunta adquiere una fuerza especial precisamente porque ha sido pronunciada en Cesarea de Filipo. Los discípulos pueden mirar alrededor y contemplar otros modelos de humanidad que parecen mucho más atractivos.

Está, en primer lugar, el propio Filipo. Dentro de la familia de Herodes no parece haber sido el peor de sus miembros. Gobernó durante muchos años y Flavio Josefo lo presenta como un hombre moderado en el ejercicio del gobierno, amante de la tranquilidad y de una cierta sobriedad. Pero había dejado atrás la fe de sus padres y había dado cabida a los cultos paganos.

Y alrededor de él estaba todo un mundo de hombres que podían ser considerados afortunados: personas ricas, comerciantes prósperos, personajes influyentes, gente que había logrado una posición social elevada. Hombres a los que otros miraban pensando, quizá sin decirlo: «Así me gustaría vivir a mí».

Entonces comenzamos a comprender por qué Jesús ha llevado a sus discípulos hasta allí. La cuestión ya no consiste simplemente en repetir lo que la gente comenta sobre él. La pregunta llega mucho más lejos: ¿Resulta atractiva la manera de vivir que Jesús encarna cuando se la coloca al lado de los modelos de éxito que propone el mundo?

Porque ahí está Jesús, con las bienaventuranzas; y a pocos metros están los palacios. Ahí está Jesús, que ha elegido el servicio; y delante de ellos están quienes son servidos. Ahí está Jesús, que propone una vida entregada; y alrededor aparece una forma de entender la existencia construida sobre el poder, la riqueza, la posición y el prestigio. ¿Hacia dónde se dirige espontáneamente nuestra mirada?

También se puede seguir a Jesús

soñando todavía con los palacios.

El problema es que los discípulos no contemplan todo aquello desde una distancia espiritual tan grande como quizá nos gustaría imaginar. Han escuchado las bienaventuranzas. Las consideran hermosas. Y, sobre todo, las ven encarnadas en Jesús. Pero todavía no han permitido que esas palabras transformen completamente sus deseos.

En el fondo siguen soñando con muchas de las mismas cosas con las que sueñan los demás. Quieren estar bien, llegar arriba, mandar, tener importancia, imponerse, ocupar un puesto desde el que otros los sirvan. Los Evangelios dejan ver en distintos momentos cómo intentan ocultar esas aspiraciones, quizá porque ellos mismos comprenden que no encajan demasiado bien con lo que escuchan de labios del Maestro. Sin embargo, continúan ahí. Y, de alguna manera, esperan que seguir a Jesús les permita realizar aquel proyecto de grandeza que todavía llevan dentro.

Y aquí el Evangelio deja de permitirnos observar tranquilamente a los Doce desde fuera. Porque nosotros también podemos parecernos mucho a ellos. Podemos querer sinceramente a Jesús, escuchar su Palabra, rezar, participar en la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, conservar prácticamente intacto el catálogo de deseos que ofrece el mundo. Incluso nuestra oración puede deslizarse poco a poco hacia algo muy curioso: pedir a Dios que nos ayude a conseguir exactamente aquello que todos desean conseguir. Que nos vaya bien, que tengamos seguridad, reconocimiento, influencia, comodidad; en definitiva, que el Señor bendiga nuestros pequeños sueños de grandeza.

¿Qué modelo de vida está conquistando

realmente nuestro corazón?

No significa que todo deseo de bienestar sea malo. El punto que Jesús está tocando es más profundo: ¿Qué modelo de vida está conquistando realmente nuestro corazón? Porque uno puede admirar las bienaventuranzas y seguir soñando con el palacio de Filipo.

Puede emocionarse escuchando a Jesús y continuar pensando que una vida lograda es, en el fondo, la que nos permite subir, tener más, contar más y depender menos de los demás.

Puede seguir al Maestro y continuar deseando exactamente lo mismo que quienes nunca han escuchado el Evangelio.

Y, sin embargo, Jesús no rechaza a sus discípulos al descubrir esa contradicción. No los despide, no los humilla ni les dice que vuelvan cuando hayan entendido todo. Los conoce y continúa caminando con ellos. Los ama tal como son y, desde esa relación, irá educando poco a poco su mirada y sus deseos.

Quizá por eso los ha llevado hasta Cesarea de Filipo. Antes de preguntarles quién es él, quiere que miren bien qué tienen delante. Que contemplen los palacios, el poder, el prestigio, el bienestar y todos los modelos humanos capaces de seducir el corazón. Y solo entonces les pregunta para escrutar su corazón.

Lo primero que sorprende es con quién

nadie confunde a Jesús.

«Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».

Hay un detalle en las respuestas de la gente que merece ser saboreado. Nadie, absolutamente nadie, ha visto en Jesús algo que permita colocarlo junto a los grandes personajes que dominaban la imaginación de aquel tiempo. No lo comparan con Alejandro Magno, ni con César Augusto, ni con Herodes el Grande. Y la razón parece bastante clara: Su manera de estar en el mundo no se parece a la de quienes construyen su grandeza acumulando poder.

Jesús no vive entre los muros de un palacio, no se reviste con signos de lujo, no avanza rodeado de una escolta armada ni dispone de soldados preparados para imponer sus decisiones. No hay en él nada de esa escenografía con la que el poder suele recordarnos quién manda. La gente, por tanto, cuando busca alguien con quien compararlo, mira en otra dirección.

Y entonces aparece Juan el Bautista. ¿Por qué algunos ven en Jesús algo del Bautista? Porque reconocen en los dos una misma pasión por la verdad y un profundo sentido de la justicia. Jesús tampoco es alguien dispuesto a inclinarse cada vez que cambia la dirección del viento. No acomoda su palabra para agradar a quien tiene poder, ni modifica sus convicciones según lo que resulte más conveniente en cada momento. No es uno de esos hombres cuya opinión siempre coincide, curiosamente, con la del que manda.

En él descubren una libertad interior que recuerda al Bautista; la de quien puede mantenerse en pie porque no necesita arrodillarse ante los poderosos.

También recuerdan a Jeremías:

Una fe que no se conforma con las apariencias.

Otros relacionan a Jesús con el profeta Jeremías. La comparación tampoco es accidental. Jeremías había cuestionado una manera de vivir la religión que podía conservar intactos los sacrificios, el culto y el templo mientras se alejaba de aquello que Dios buscaba realmente: el corazón de su pueblo.

No bastaba con que todo funcionara exteriormente. Podían multiplicarse las ofrendas y los holocaustos y, sin embargo, faltar lo esencial. Dios no necesitaba que el pueblo le ofreciera cosas mientras su vida caminaba en otra dirección.

En Jesús perciben esa misma libertad profética. También él llegará a enfrentarse con lo que sucede en el templo y a sacudir una práctica religiosa que corre el riesgo de conservar los ritos mientras pierde su verdad. Cuando la relación con Dios se convierte únicamente en representación exterior, puede quedar todo aparentemente en su sitio y, sin embargo, haberse vaciado por dentro. Por eso algunas personas, al verlo actuar, recuerdan a Jeremías. Y otras recuerdan a Elías.

El problema de los ídolos no es solo lo que prometen,

sino lo que terminan exigiendo.

Elías había defendido la fe en el único Dios sin aceptar componendas con los ídolos. Y pensemos dónde está Jesús formulando estas preguntas; las está formulando precisamente en una región llena de cultos paganos, dentro de una sociedad próspera en la que muchos viven bien, comercian, acumulan riqueza y pueden fácilmente interpretar esa prosperidad como una especie de bendición de sus dioses.

Los ídolos son las sirenas

de la Odisea de Homero

Ahí está precisamente el atractivo de los ídolos; en que los ídolos prometen cosas que deseamos, pero terminamos naufragando. Prometen bienestar, seguridad, prosperidad. Y algunas de las realidades que pueden convertirse en ídolos ni siquiera son malas en sí mismas. El dinero es necesario. La ciencia es buena. La técnica puede mejorar enormemente nuestra vida. El problema no comienza cuando las poseemos o las utilizamos, sino cuando les entregamos aquello que solo corresponde a Dios.

Porque en el momento en que adoramos algo, dejamos de ser completamente libres ante ello. El dinero, por ejemplo, puede proporcionarnos muchas cosas. Pero cuando deja de ser un medio y se convierte en nuestro señor, comienza también a establecer sus condiciones. Entonces quizá nos pida que mintamos para conservarlo, que explotemos a otros para aumentarlo o que aceptemos injusticias con tal de no perderlo. Y la lógica puede llegar todavía más lejos: cuando la riqueza se convierte en absoluto, incluso la violencia y la guerra pueden terminar justificándose para proteger intereses económicos.

El ídolo promete servirnos, pero termina reclamando que seamos nosotros quienes lo sirvamos. Ese es el peligro. No que el dinero, la ciencia o la técnica sean malos, sino que algo bueno llegue a ocupar el lugar que no le corresponde. Y cuando eso sucede, aquello que parecía destinado a ayudarnos a vivir puede terminar deformando nuestra humanidad.

Frente a todo lo que prometen los ídolos,

aparece una pregunta decisiva: ¿qué ofrece Jesús?

Ahora podemos comprender mejor por qué Jesús ha querido llevar a sus discípulos precisamente hasta Cesarea de Filipo.

Allí tienen delante un escaparate impresionante de lo que el mundo puede ofrecer. Filipo puede conceder dinero, favorecer carreras, repartir cargos, abrir las puertas de su corte y permitir a quienes están cerca de él participar de una vida marcada por el prestigio y el bienestar. Todo eso se puede ver. Y entonces aparece Jesús. ¿Qué puede ofrecer él?

La pregunta es inevitable. Los ídolos parecen tener recompensas muy concretas para quienes se entregan a ellos. El poderoso puede ofrecer influencia. El rico puede abrir oportunidades. El gobernante puede conceder honores. Pero, si uno decide seguir a Jesús, ¿qué encontrará al final de ese camino?

Jesús lo explicará muy pronto. No esconderá a sus discípulos lo que implica caminar detrás de él. Pero antes de decirles que ofrece quiere asegurarse de algo mucho más importante: que ellos sepan quién es aquel al que están pensando seguir.

Jesús no busca adhesiones

nacidas de un malentendido.

Esto resulta especialmente hermoso. Jesús no quiere engañar a sus amigos. No necesita atraerlos con promesas que después tendrá que corregir. Tampoco pretende aprovecharse de sus expectativas para conseguir seguidores. Antes de hablar del camino quiere que conozcan al que los invita a recorrerlo.

Porque sería posible seguir a Jesús esperando que algún día nos conduzca precisamente al mismo lugar al que llevan los ídolos: más riqueza, más poder, más prestigio, una vida más cómoda. Y entonces podríamos pronunciar su nombre mientras, en realidad, continuamos persiguiendo el sueño de Filipo.

Por eso Jesús los obliga suavemente a detenerse. Primero les ha preguntado qué dice la gente. Hasta ahí resulta relativamente fácil responder: basta con repetir opiniones ajenas. Pero ahora va a desaparecer esa protección.

Ya no podrán esconderse detrás de lo que dicen unos u otros. Jesús va a dirigirles la pregunta personalmente, porque ha llegado el momento en que cada discípulo tiene que descubrir quién es realmente aquel a quien sigue.

Y esa segunda pregunta no quedó reservada a los Doce y también llega hasta nosotros. 

Pedro responde bien, pero todavía

no ha comprendido del todo la pregunta.

«Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo
».

La respuesta de Pedro es magnífica ya que reconoce en Jesús al Cristo, al Hijo del Dios que da la vida (cfr. Mt 16, 16). Y, sin embargo, hay algo que todavía se le escapa. No porque su respuesta sea falsa, sino porque Jesús no le está pidiendo simplemente que diga quién es él. La pregunta va mucho más lejos: «¿Quién soy yo para vosotros?».

¿Qué lugar ocupo en tu corazón?

La diferencia es enorme. Si alguien pregunta a una persona enamorada: «¿Quién soy yo?», la respuesta podría limitarse a una serie de datos: cómo se llama, a qué se dedica, de dónde viene. Todo correcto, pero todavía no hemos entrado en lo verdaderamente importante. Otra cosa muy distinta es preguntar: «¿Quién soy yo para ti?». Ahí ya no basta una ficha biográfica. La pregunta significa: ¿qué lugar ocupo en tu corazón?, ¿qué peso tiene mi persona en tu vida?, ¿hasta qué punto cuentas conmigo cuando eliges?

En una relación amorosa esto se entiende enseguida. La cuestión no es saber muchos datos acerca del otro, sino descubrir cuánto importa realmente. ¿Importo yo más que ese concierto o esa final del mundial al que no estarías dispuesto a renunciar? ¿Qué lugar tengo frente a ese equipo al que acompañas a todas partes mientras yo me quedo sola? Son ejemplos sencillos, incluso un poco domésticos, pero permiten captar la fuerza de la pregunta.

Jesús no pregunta cuánto sabemos de él,

sino cuánto cuenta en nuestra vida.

Si trasladamos la pregunta hasta nosotros, adquiere inmediatamente otro tono: ¿cuánto cuenta Jesús de Nazaret en mi manera concreta de vivir?

¿Tiene algo que ver con el modo en que ejerzo mi profesión? ¿Entra en mi relación con el dinero? ¿Escucho su palabra cuando tomo decisiones económicas? ¿Tiene algo que decir cuando reformo mi casa, cuando elijo qué coche comprar o incluso en la manera en que conduzco? No se trata de convertir la vida cristiana en una lista interminable de permisos y prohibiciones. La cuestión es mucho más profunda: Si nuestra relación con Cristo es realmente una relación de amor, ¿puede quedar fuera precisamente de aquello con lo que vamos construyendo nuestra existencia?

Jesús, presentado aquí con la imagen del esposo, quiere compartir nuestras decisiones porque quiere compartir nuestra vida. Acoger su amor significa aprender poco a poco a elegir en sintonía con él. Y, sin embargo, quizá tengamos que reconocer que muchas veces su presencia pesa bastante poco. Podemos participar en la Eucaristía el domingo y después organizar tranquilamente el resto de la semana como si Jesús no tuviera demasiado que ver con nuestras decisiones. Está presente en un espacio religioso de nuestra vida, pero apenas entra en los demás.

La pregunta de Jesús podría formularse entonces así: ¿Sobre qué modelo queréis construir vuestra existencia? ¿Sobre el ideal representado por Herodes Filipo, con su poder, su prestigio y su forma de entender una vida lograda, o sobre la manera de ser hombre que descubrís en mí? ¿Habéis comprendido realmente lo que os estoy proponiendo?

En el fondo, la pregunta es tremendamente sencilla y tremendamente seria: ¿De quién estamos enamorados?

Pedro reconoce al Mesías,

pero todavía sueña con otro tipo de Mesías.

Pedro continúa llevando dentro una imagen muy concreta. Para él, como para los demás discípulos, el Mesías sigue estando asociado a la tradición del hijo de David, al rey glorioso cuya grandeza se piensa todavía con categorías humanas. Imaginan un Mesías ante el que terminarán sometiéndose los pueblos, un rey al que otros reyes llevarán dones y tributos.

Ese es todavía el horizonte de Pedro. Más adelante tendrá que descubrir de qué manera completamente distinta Jesús llevará a cumplimiento las esperanzas mesiánicas. Porque la grandeza según Dios no coincide con aquello que los seres humanos solemos llamar grandeza.

Pero Pedro ya ha dado un paso decisivo; ha comprendido que Jesús es el Mesías y que procede del Dios que comunica la vida. Y aquí el lenguaje utilizado resulta especialmente significativo.

El Dios vivo no solo vive:

comunica vida.

Cuando Pedro confiesa que Jesús es «el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (cfr. Mt 16, 16), el texto griego dice τοῦ θεοῦ τοῦ ζῶντος (tou theoû tou zôntos), «del Dios viviente». ζῶντος (zôntos) procede del verbo ζάω (záo), «vivir». Mateo, por tanto, no pone en labios de Pedro la expresión «Dios de la vida», sino «Dios vivo». Conviene mantener esta precisión.

Pero precisamente porque es el Dios vivo, es también el Dios del que procede la vida. Y aquí podemos comprender mejor otra palabra griega muy importante en el Nuevo Testamento: ζωή (zoé), «vida». No significa siempre y automáticamente «vida divina»; sin embargo, cuando el Nuevo Testamento habla de la vida que Dios comunica y, de manera particular, de la vida eterna, ζωή (zoé) adquiere una profundidad que va mucho más allá del simple hecho de estar biológicamente vivos.

También existe el término βίος (bíos), que puede referirse a nuestra existencia concreta en este mundo, al modo de vivir e incluso a los bienes con los que sostenemos esa vida. Por eso no conviene oponer mecánicamente βίος (bíos) y ζωή (zoé) como si una palabra significara únicamente «vida biológica» y la otra exclusivamente «vida divina». La distinción que nos interesa aquí es más profunda: Una cosa es la vida que podemos desarrollar con nuestras capacidades y nuestros recursos, y otra la plenitud de vida que solo puede venir de Dios.

Podemos avanzar de manera extraordinaria, desarrollar la ciencia, dominar técnicas cada vez más sofisticadas y construir máquinas que hace unas generaciones habrían parecido imposibles. Todo eso muestra la grandeza de la inteligencia humana. Pero ninguna conquista técnica, por admirable que sea, puede producir por sí misma aquello que constituye la plenitud última del ser humano.

La plenitud del hombre no se fabrica:

se recibe.

Esa vida que nos hace participar de la vida de Dios no constituye el último escalón de nuestro progreso técnico, sino un don. Es la ζωή (zoé) que procede de Dios y que el Mesías viene a comunicar.

Así entendida, la confesión de Pedro resulta todavía más profunda de lo que él mismo alcanza a comprender en ese momento. Ha reconocido a Jesús como «el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Tendrá que descubrir todavía qué significa que Dios sea verdaderamente el Viviente y, sobre todo, por qué camino su Hijo comunicará esa vida a los hombres.

Pedro ha acertado la respuesta, pero todavía

tiene que descubrir

todo lo que esa respuesta significa.

Hasta ahora la gente había intentado comprender a Jesús comparándolo con figuras conocidas: Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas. Pedro da un paso nuevo. Ya no dice: «Jesús se parece a…». Se dirige directamente a él y afirma: σὺ εἶ ὁ Χριστός (sy eî ho Christós), «Tú eres el Cristo» (cfr. Mt 16, 16). Jesús ya no es simplemente un profeta más dentro de la historia de Israel. Pedro reconoce en él al Mesías esperado.

Pero Mateo añade algo todavía más profundo: ὁ υἱὸς τοῦ θεοῦ τοῦ ζῶντος (ho hyiós tou theoû tou zôntos), «el Hijo del Dios vivo». Pedro no está hablando únicamente de la misión de Jesús —«tú eres el Mesías»—; comienza a rozar el misterio de su identidad: quién es Jesús en su relación única con Dios.

Y aquí sucede algo decisivo. Jesús le hará comprender que Pedro no ha llegado a esta confesión simplemente porque sea más inteligente que los demás o porque haya sabido interpretar mejor las señales. «Eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (cfr. Mt 16, 17). Es decir: podemos conocer muchas cosas sobre Jesús desde fuera, podemos escuchar sus palabras, admirar sus gestos e incluso considerarlo un hombre extraordinario; pero reconocer verdaderamente quién es requiere una luz que viene de Dios.

Pedro sabe quién es Jesús; todavía no sabe qué significa que Jesús sea el Cristo.

Y aquí está quizá lo más interesante. Pedro acaba de pronunciar la respuesta correcta y, sin embargo, unos versículos después se enfrentará con Jesús cuando este anuncie el sufrimiento y la cruz (cfr. Mt 16, 21-23). ¿Cómo es posible? Porque Pedro ha reconocido correctamente al Mesías, pero sigue imaginando el mesianismo según sus propias expectativas.

Podríamos decirlo de una manera muy sencilla: Pedro ha descubierto quién es Jesús, pero todavía quiere decidir cómo debe ser Jesús.

Lleva todavía dentro la imagen de un Mesías poderoso, victorioso, glorioso según los criterios humanos. Ha pronunciado el título correcto, pero todavía tiene que permitir que sea Jesús quien explique lo que significa ese título.

Y esto enlaza perfectamente con todo lo que acabamos de contemplar en Cesarea de Filipo. Pedro ha dejado de mirar a Herodes Filipo para mirar a Jesús, pero el mundo de Filipo todavía sigue vivo dentro de él. Continúa soñando con poder, triunfo, grandeza y éxito. Ha elegido a Jesús, sí; pero todavía espera que Jesús realice los sueños que él ya tenía.

Quizá también nosotros podemos hacer algo parecido. Podemos confesar correctamente nuestra fe, llamar a Jesús «Cristo», rezar el Credo y conocer muy bien lo que enseña la Iglesia; pero todavía queda una pregunta más profunda: ¿dejamos realmente que sea Jesús quien nos enseñe qué significa vivir, amar, servir, triunfar y salvar la vida?

Porque la fe cristiana no consiste únicamente en decirle a Jesús quién creemos que es. Consiste también en permitir que él cambie nuestra idea de Dios, nuestra idea del hombre y, poco a poco, incluso nuestros propios sueños.

Pedro ha descubierto quién es Jesús; ahora tendrá que dejar que Jesús le enseñe qué significa ser el Cristo.

Hay momentos en que conseguimos

mirar la vida con los ojos de Dios.

«Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».

La palabra que Jesús dirige ahora a Pedro es una de las bienaventuranzas que encontramos en el Nuevo Testamento: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás» (cfr. Mt 16, 17). Cuando alguien llamaba «bienaventurado» a otro, estaba reconociendo que algo hermoso le había sucedido. Es como si Jesús dijera: «Simón, alégrate. Has abierto el corazón a una manera nueva de mirar».

Porque, si Pedro hubiera juzgado a Jesús únicamente según «la carne y la sangre», es decir, según los criterios habituales de los hombres, difícilmente habría reconocido en él al Mesías. El mundo no suele imaginar al enviado de Dios entre los humildes, los servidores, los que parecen derrotados. Esperamos más fácilmente al vencedor, al poderoso, al que se impone y consigue hacerse admirar.

Y, sin embargo, durante un instante Pedro ha conseguido desprenderse de esas expectativas. Ha dejado a un lado sus sueños de grandeza y de gloria, aquellos que habrían querido encontrar en Jesús al triunfador, al rico, al hombre poderoso. El Padre le ha permitido entrever que la grandeza y la gloria de Dios son de otra naturaleza. Por eso Jesús puede llamarlo bienaventurado: por un momento, el corazón de Simón ha acogido una verdad que no procede de los criterios humanos, sino de Dios (cfr. Mt 16, 17).

El problema de Pedro no es haber visto mal,

sino no conseguir mantener esa mirada.

Y ahora podemos hacernos una pregunta: ¿cuánto durará esa sintonía de Pedro con el pensamiento de Dios? Muy poco.

Bastarán unos momentos para que vuelva a razonar según sus antiguas categorías. Cuando Jesús comience a explicar abiertamente lo que le espera en Jerusalén —el rechazo, la humillación, el sufrimiento y la muerte—, Pedro reaccionará inmediatamente. Marcos cuenta que lo tomó aparte y comenzó a reprenderlo (cfr. Mc 8, 31-32).

Podemos comprender lo que sucede dentro de él. Pedro acaba de reconocer a Jesús como Mesías, pero sigue pensando que sabe cómo debe terminar la historia de un Mesías. Un elegido de Dios, piensa, no puede acabar derrotado y entregado en manos de sus enemigos. ¿Cómo va a permitir Dios semejante final?

Ahí descubrimos hasta qué punto era verdadera, pero todavía incompleta, la confesión que Pedro acababa de pronunciar. Había reconocido quién era Jesús, pero aún no había aceptado que fuera Jesús quien le enseñara qué significa ser el Mesías.

Y por eso, aquel hombre que un momento antes había sido llamado bienaventurado escuchará poco después una palabra durísima de labios de Jesús: «Ponte detrás de mí, Satanás», porque está pensando según los hombres y no según Dios (cfr. Mc 8, 33).

También nosotros podemos pensar como Dios durante un rato… y volver enseguida a pensar como siempre.

Lo que le sucede a Pedro no nos resulta tan extraño. También nosotros podemos escuchar el Evangelio y sentir que, durante unos minutos, algo se recoloca por dentro. La Palabra de Dios nos ofrece otra manera de mirar el éxito, el sufrimiento, el dinero, el poder, el perdón, la entrega. Incluso podemos pensar: «Es verdad; así debería entender la vida».

Pero después salimos de la iglesia y no siempre tarda mucho en volver la lógica de siempre.

El domingo escuchamos los pensamientos de Dios; el lunes pueden haber recuperado ya todo el terreno nuestros viejos criterios. Y volvemos a medir la vida por el éxito, la seguridad, el reconocimiento, la comodidad o el interés personal. Pedro no está tan lejos de nosotros: también nuestro corazón puede pasar con sorprendente rapidez de la lógica del Evangelio a la lógica habitual del mundo.

La buena noticia es que nuestras fragilidades

no hacen que Jesús deje de amarnos.

Jesús conoce perfectamente la inconstancia de Pedro. Sabe que ahora ha sido capaz de abrirse a la luz del Padre y que, dentro de muy poco, volverá a resistirse al camino de Dios. Tendrá incluso que corregirlo con una dureza extraordinaria. Y, sin embargo, no dejará de quererlo ni de caminar con él.

Esa es también nuestra esperanza. Jesús no ama una versión idealizada de nosotros, la que siempre comprende el Evangelio y nunca se equivoca. Nos ama en este camino real, con nuestros momentos de luz y nuestras resistencias, con nuestras intuiciones verdaderas y nuestros retrocesos.

Y precisamente a este Simón, que acaba de confesar la verdad y que dentro de poco volverá a equivocarse, Jesús va a revelarle ahora algo sorprendente: su nueva identidad.

Aquí comienza uno de los pasajes más discutidos

de todo el Nuevo Testamento.

«Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» 

Acabamos de escuchar unas palabras que han sido estudiadas durante siglos y que también han ocupado un lugar importante en las controversias entre los cristianos: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Jesús acaba de llamar a Simón Πέτρος (Pétros) y, acto seguido, habla de πέτρα (pétra), la roca sobre la que edificará su comunidad. ¿Qué está queriendo decir?

Lo primero que conviene evitar es una explicación demasiado simple según la cual Πέτρος (Pétros) significaría únicamente «una piedrecita» o «un ladrillo», mientras que πέτρα (pétra) designaría una roca completamente distinta de Pedro. La frase griega establece deliberadamente un juego entre ambos términos: σὺ εἶ Πέτρος, καὶ ἐπὶ ταύτῃ τῇ πέτρᾳ (sy eî Pétros, kaì epì táute te pétra), «tú eres Pedro y sobre esta piedra…». Jesús está vinculando la nueva identidad de Simón con la misión que le confía.

Benedicto XVI llamó la atención precisamente sobre este detalle. Jesús no acostumbraba a cambiar el nombre de sus discípulos y, sin embargo, a Simón le da uno nuevo: Cefas, Pedro. Ese nuevo nombre no es un simple sobrenombre; expresa una misión. Pedro será, en palabras de Benedicto XVI, el «cimiento de roca» sobre el que Cristo edificará su Iglesia. Y el Papa añade inmediatamente una precisión fundamental: la Iglesia «es y sigue siendo de Cristo». Pedro no sustituye a Cristo; recibe de Cristo una función dentro de la Iglesia que Cristo mismo construye.

Pedro no es roca porque nunca tiemble;

es roca porque Cristo lo llama para una misión.

Esto resulta todavía más sorprendente si recordamos quién es Simón. Acabamos de verlo abrirse a una luz que viene del Padre y, dentro de muy poco, volverá a pensar según criterios humanos. Más adelante tendrá miedo, vacilará y llegará incluso a negar a Jesús. Por tanto, el nombre nuevo no es un premio a una supuesta fortaleza natural de Pedro. Es una vocación.

Jesús toma a un hombre que puede temblar y le confía una misión de firmeza para sus hermanos. La roca no nace de que Simón posea una personalidad inquebrantable, sino de la palabra de Cristo que lo llama y lo sostiene.

Y aquí hay un detalle precioso en el propio texto. Jesús dice οἰκοδομήσω (oikodoméso), «edificaré». No dice que Pedro construirá la Iglesia. Dice: «yo edificaré mi Iglesia». El constructor continúa siendo Cristo; la Iglesia continúa siendo suya. Pero ese mismo Cristo ha querido incorporar a Pedro de una manera singular a la solidez de su edificio.

Por eso quizá la pregunta no deba plantearse simplemente como una alternativa: «¿La roca es Cristo o la roca es Pedro?». El Nuevo Testamento puede hablar de Cristo como fundamento y piedra angular y, al mismo tiempo, presentar aquí a Pedro como roca dentro de la construcción que Cristo realiza. No son afirmaciones que necesariamente se excluyan.

La paradoja es mucho más hermosa: Cristo, que sostiene a su Iglesia, ha querido hacer de un hombre frágil una roca para sus hermanos.

Antes de hablar de Pedro, la Biblia

nos enseña qué significa llamar a Dios «roca».

La imagen atraviesa toda la Escritura (cfr. Dt 32, 4.15.18.30-31; Sal 18 [17], 3.32.47; Sal 28 [27], 1; Sal 31 [30], 3-4; Sal 62 [61], 3.7-8; Sal 71 [70], 3; Sal 89 [88], 27; Sal 92 [91], 16; Sal 94 [93], 22; Sal 95 [94], 1; Sal 144 [143], 1; Is 17, 10; Is 26, 4; Is 30, 29; Is 44, 8). Los salmos rezan una y otra vez dirigiéndose al Señor como «mi roca», «mi peña», «la roca de mi salvación». ¿Qué quieren expresar con ello? Algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy profundo: de Dios podemos fiarnos.

Él permanece fiel. Su amor no depende de nuestras oscilaciones ni cambia según las circunstancias. Es estable, seguro, firme. Podemos apoyar en él nuestras esperanzas sin miedo a descubrir un día que el suelo ha desaparecido bajo nuestros pies.

Por eso la roca, en la tradición bíblica, no es simplemente una imagen de fuerza. Es sobre todo una imagen de confianza. La roca es aquello que sostiene cuando todo lo demás puede tambalearse.

Y en el Nuevo Testamento esta imagen se concentra también en Cristo y en su palabra.

Jesús lo había expresado ya al final del sermón de la montaña. Quien escucha sus palabras y las lleva a la vida se parece al hombre prudente que construye su casa sobre roca. Llegan la lluvia, los torrentes y los vientos; la casa es golpeada, pero permanece en pie porque tiene un fundamento sólido (cfr. Mt 7, 24-25).

La casa representa nuestra vida. La roca es esa palabra de Jesús que no solamente escuchamos, sino sobre la que decidimos construir.

Una vida edificada sobre el Evangelio

puede ser sacudida, pero no pierde su fundamento.

Eso no significa que quien construye sobre Cristo quede protegido de cualquier dificultad. La vida cristiana tendrá que confrontarse continuamente con nuevas maneras de pensar, nuevas filosofías, nuevas interpretaciones del hombre y nuevos modelos de vida. Algunas aportarán preguntas legítimas e incluso podrán ayudarnos a comprender mejor determinados aspectos de la existencia.

Pero el Evangelio permanecerá sometido a esa prueba una y otra vez. Y la convicción que expresa esta imagen es que una vida realmente construida sobre la propuesta de Jesús no termina derrumbándose. Podrá ser cuestionada, probada, incluso sacudida; pero continúa mostrando una manera profundamente humana y lograda de vivir.

La Primera carta de Pedro desarrolla esta misma imagen de una manera preciosa. Presenta a Cristo como «piedra viva», rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios. Y añade algo sorprendente: quienes se acercan a él se convierten también en «piedras vivas» de una construcción espiritual (cfr. 1 Pe 2, 4-5).

La imagen cambia nuestra manera de entender la Iglesia. Cristo es la piedra viva a la que nos acercamos y, unidos a él, también nosotros entramos a formar parte de la construcción.

Cristo es el fundamento;

nosotros somos piedras de la construcción.

Pablo utiliza una imagen semejante cuando escribe a los cristianos de Corinto. Se presenta como un constructor que ha puesto el fundamento y advierte que nadie puede colocar otro distinto del que ya está puesto: Jesucristo (cfr. 1 Cor 3, 10-11).

Después añade una advertencia muy concreta. Sobre ese fundamento pueden levantarse construcciones de calidad muy diferente: oro, plata, piedras preciosas… o madera, heno y paja. Llegará la prueba y entonces se manifestará qué era verdaderamente sólido y qué no lo era (cfr. 1 Cor 3, 12-15).

Por tanto, no basta con decir que Cristo es nuestro fundamento. Importa también preguntarnos qué estamos construyendo sobre él.

Podemos conservar el nombre cristiano y, sin embargo, levantar encima una existencia fabricada con materiales que no resisten demasiado. Podemos hablar de Cristo y construir según valores completamente distintos de los suyos. La pregunta no es solamente dónde hemos colocado el fundamento, sino qué clase de edificio está creciendo sobre él.

Pablo termina recordando a aquella comunidad algo todavía más grande: «vosotros sois templo de Dios» (cfr. 1 Cor 3, 16).

Nadie entra en la Iglesia como extranjero

de segunda categoría.

La Carta a los Efesios vuelve a servirse del lenguaje de la construcción. Se dirige a cristianos procedentes del paganismo, personas que podrían sentirse recién llegadas, quizá incluso cristianos de segunda fila, y les dice exactamente lo contrario: ya no sois extranjeros ni huéspedes; sois conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (cfr. Ef 2, 19).

Y describe después la Iglesia como un edificio construido sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, teniendo a Cristo Jesús como piedra angular. En él toda la construcción crece ordenadamente hasta convertirse en templo santo del Señor (cfr. Ef 2, 20-22).

Aquí podemos comprender mejor la palabra dirigida a Simón.

Jesús le ha dado una nueva identidad: Πέτρος (Pétros). Simón va a ocupar un lugar singular en la construcción de la comunidad que nace de la confesión de fe que acaba de pronunciar. Es la primera piedra de una comunidad formada por hombres y mujeres que, como él, reconocerán a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios vivo.

Pero ninguna piedra se sostiene por sí sola. Pedro pertenece a la construcción porque él mismo está apoyado en aquello que acaba de confesar. La solidez de la Iglesia no procede de la perfección personal de Simón —acabamos de comprobar lo frágil que puede ser—, sino de Cristo y de la fe que lo reconoce.

La Iglesia puede tener piedras frágiles

sin perder una roca firme.

Y quizá ahí esté una de las imágenes más hermosas de este pasaje. Jesús conoce perfectamente a Simón. Sabe que dentro de unos instantes volverá a equivocarse. Sabe que tendrá miedo, que vacilará y que todavía le queda mucho camino por recorrer. Y, sin embargo, hace de él una piedra de su construcción.

Eso debería consolarnos bastante. La Iglesia no está formada por personas que nunca tiemblan, sino por piedras humanas apoyadas en un fundamento que no tiembla. Nuestra seguridad última no está en la fuerza de cada una de esas piedras, sino en Cristo, en su Evangelio y en la fidelidad de Dios.

Y entonces podemos entender mejor la promesa de Jesús. Si esta construcción está realmente fundada en Cristo, ¿habrá alguna fuerza capaz de destruirla por completo? ¿Ni siquiera la muerte?

Las «puertas del Hades»

son las puertas del reino de la muerte.

         «(…) y el poder del infierno no la derrotará».

En griego se expresa así: «καὶ πύλαι ᾅδου οὐ κατισχύσουσιν αὐτῆς» (kaì pýlai hádou ou katiskhýsousin autês); que traducido significa: «Y las puertas del Hades no podrán prevalecer contra ella / no pondrán imponerse sobre ella».

¿Qué quiere decir Jesús cuando afirma que «las puertas del Hades no prevalecerán»? Para comprender la imagen necesitamos entrar por un momento en la manera antigua de representar el mundo de los muertos.

Los latinos hablaban de los inferi (ínferi), «los lugares inferiores». Los griegos lo llamaban ᾍδης (Háidēs), el Hades, concebido como el ámbito oscuro e invisible al que llegan los muertos. En el mundo babilónico encontramos el nombre arallu; y la Biblia hebrea habla del שְׁאוֹל (sheól), el lugar de los muertos. Cambian los nombres y las culturas, pero permanece una imagen semejante: después de la muerte, buenos y malos descienden a ese mundo del que nadie parece capaz de regresar.

Y ese reino era imaginado como una ciudad inexpugnable. Si allí permanecían encerrados los muertos, necesariamente debía poseer puertas poderosas, cerradas de tal manera que ningún ser humano pudiera derribarlas y liberar a quienes estaban dentro. En algunas representaciones mesopotámicas, el mundo de los muertos aparece incluso rodeado por sucesivas murallas y puertas custodiadas. También en el imaginario bíblico encontramos la expresión «puertas» aplicada al ámbito de la muerte.

Y Jesús pronuncia esas palabras precisamente

delante de una gruta asociada al mundo de los dioses.

Aquí vuelve a adquirir importancia el escenario de Cesarea de Filipo. La gran gruta junto al santuario de Pan estaba cargada de significación religiosa y, en las tradiciones vinculadas al lugar, era contemplada como una abertura relacionada con el mundo subterráneo. La ‘divinidad’ Pan, Πάν (Pan), se representaba habitualmente como una figura híbrida: parte humana y parte caprina. Suele aparecer con torso y rostro humanos —aunque de aspecto agreste, a veces con cuernos— y con patas, pezuñas y rasgos de macho cabrío. Se realizaban sacrificios humanos y de animales y ritos relacionados con la cueva y el agua.  

Herodes el Grande había integrado aquel espacio sagrado en el magnífico complejo dedicado a Augusto y a Roma.

Imaginemos entonces la escena. Los discípulos tienen delante aquella enorme cavidad, los santuarios paganos, el poder imperial y todo un mundo religioso que habla de divinidades y del reino de los muertos. Y precisamente allí Jesús pronuncia su promesa: «las puertas del Hades no prevalecerán».

La imagen puede entenderse de una manera muy poderosa. Las puertas del reino de la muerte parecen indestructibles, pero no podrán resistir la fuerza de vida que Jesús ha introducido en el mundo mediante su palabra y su Espíritu.

La Pascua significa que las puertas de

la muerte han dejado de ser invencibles.

Aquí está el corazón de la promesa. En la Pascua, Cristo entra en el territorio donde parecía reinar definitivamente la muerte y rompe su pretensión de tener la última palabra. Aquellas puertas que nadie podía atravesar para liberar a los prisioneros ya no son inexpugnables.

Ese es el verdadero triunfo de Cristo sobre el reino de la muerte.

La imagen es bellísima: Las puertas han sido derribadas y nadie puede volver a cerrarlas definitivamente. También nosotros atravesaremos la muerte, porque la condición humana no nos ahorra ese paso; pero ya no entramos en ella como quienes penetran en una prisión sin salida. Cristo resucitado ha abierto el camino hacia la vida de Dios.

La victoria pascual no consiste, por tanto, en que los cristianos no mueran. Consiste en algo mucho mayor en que la muerte ya no puede retener definitivamente al ser humano.

Pero todavía existen muchos

«reinos de muerte» entre nosotros.

Y ahora la imagen se acerca a nuestra vida. Si la comunidad de Jesús lleva dentro la fuerza del Evangelio y de su Espíritu, también ella tendrá que encontrarse continuamente con puertas que parecen imposibles de derribar.

Conocemos esos reinos de muerte. Son estructuras, intereses y comportamientos que parecen haber adquirido tal poder que acabamos pensando que nadie podrá cambiarlos.

Podemos pensar en quienes obtienen beneficio de la fabricación y del comercio de armas y encuentran ventajas en que los conflictos se prolonguen; en los mecanismos que alimentan odios y violencias; en dinámicas económicas capaces de condenar al hambre a poblaciones enteras; en redes de corrupción que parecen protegerse unas a otras; en la difusión irresponsable de la mentira y en quienes utilizan los medios de comunicación y el anonimato para erosionar aquello que otros consideran más valioso.

Son realidades poderosas. Tienen intereses detrás, encuentran aliados, se protegen de muchas maneras y saben utilizar todos los recursos disponibles para permanecer en pie.

Y entonces vuelve la pregunta: ¿de verdad pueden ser vencidas?

El Evangelio no nos permite declarar

invencible a ningún reino de muerte.

Jesús no niega la fuerza de esas realidades. Las puertas del Hades son resistentes. Los mecanismos de muerte pueden parecer extraordinariamente sólidos. Sería ingenuo fingir lo contrario.

Pero la promesa cristiana afirma que no son más fuertes que el Evangelio y que el Espíritu de Cristo.

La cuestión, entonces, nos toca muy de cerca: ¿Creemos realmente en esa promesa?

Porque existe una forma de resignación que consiste en mirar determinadas injusticias y decir interiormente: «Esto no cambiará nunca». Quizá seguimos creyendo en Dios, pero hemos dejado de creer que el Evangelio pueda abrir una brecha en algunas de las puertas que encontramos cerradas delante de nosotros.

Jesús, en cambio, acaba de decir que las puertas del reino de la muerte no tendrán la última palabra.

¿Nos fiamos de esa promesa o, cuando encontramos una puerta demasiado resistente, terminamos pensando que ni siquiera el Evangelio podrá derribarla?

Las llaves no hablan de un portero del cielo,

sino de una misión.

«Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías».

Jesús dirige ahora a Pedro dos promesas, expresadas mediante dos imágenes de fuerte sabor bíblico. La primera es la de las llaves: «Te daré las llaves del reino de los cielos». Esta frase ha alimentado durante siglos la imagen popular de san Pedro como portero del paraíso, con las llaves en la mano, decidiendo quién entra y quién se queda fuera. La imagen puede resultar simpática, pero no es eso lo que está diciendo el texto.

Jesús no habla aquí del paraíso, sino del reino de los cielos, es decir, del Reino de Dios, de esa realidad nueva que él ha comenzado a hacer presente en este mundo. Es el mundo nuevo que nace cuando los hombres acogen el Evangelio y empiezan a configurar su vida según la humanidad nueva que Jesús propone; cuando las bienaventuranzas dejan de ser palabras hermosas y comienzan a convertirse en una manera de vivir.

Significado de la imagen de las llaves

Y de este Reino Pedro recibe las llaves. ¿Qué significa la imagen? En el mundo antiguo, cuando un rey confiaba las llaves de su palacio a uno de sus servidores principales, no le estaba dando simplemente un manojo de llaves sino que le confiaba la responsabilidad sobre la casa. Aquel hombre que tuviera las llaves actuaba en nombre del señor del palacio y tenía una función real en la administración de cuanto sucedía dentro.

Por eso la llave se convierte en símbolo de una responsabilidad recibida. No es el dueño de la casa quien recibe las llaves; las recibe alguien a quien el dueño confía una misión.

Pedro recibe las llaves para servir al Reino

que pertenece a Cristo.

También en el mundo religioso de Israel la imagen tenía una fuerza particular. Los maestros de la Ley se consideraban depositarios de la interpretación de la Torá. Conocían las Escrituras, las explicaban y, mediante sus decisiones, orientaban la vida del pueblo. De alguna manera, poseían la «llave» que permitía comprender la Palabra de Dios y discernir lo que estaba de acuerdo con ella.

Precisamente por eso Jesús dirige contra algunos de ellos una acusación muy seria: «¡Ay de vosotros, maestros de la Ley!, porque os habéis apoderado de la llave del conocimiento; vosotros no habéis entrado y a los que querían entrar se lo habéis impedido» (cfr. Lc 11, 52).

El problema no era poseer una llave, sino utilizarla de tal manera que, en vez de abrir el camino hacia Dios, terminara cerrándolo. Una interpretación de la Escritura puede acercar a las personas al rostro de Dios, pero también puede deformarlo hasta hacerlo parecer inaccesible. Puede abrir puertas o levantar barreras.

Ahora Jesús confía a Pedro las llaves del Reino. Y aquí resulta sugerente incluso la palabra hebrea para «llave»: מַפְתֵּחַ (maftéaj), relacionada con la raíz פתח (patáj), «abrir». La imagen orienta espontáneamente nuestra mirada hacia la apertura.

La misión de Pedro no consiste, por tanto, en disfrutar del privilegio de poseer una llave, sino en abrir el acceso al Reino mediante el anuncio del Evangelio y mediante aquella confesión que él mismo acaba de realizar: Reconocer a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios vivo.

Naturalmente, esto no convierte a Pedro en propietario del Reino. Las llaves le han sido entregadas. El Reino sigue siendo de Dios; la Iglesia sigue siendo de Cristo. Precisamente por eso la autoridad recibida solo encuentra su sentido cuando permanece al servicio de aquel que la ha confiado.

«Atar y desatar» significa también

aprender a discernir según el Evangelio.

Jesús añade una segunda promesa: «Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

«Atar» y «desatar» pertenecían al lenguaje rabínico y remitían, entre otras cosas, a la capacidad de discernir y decidir acerca de la conducta: qué puede admitirse y qué debe rechazarse, qué es conforme a la voluntad de Dios y qué se aparta de ella.

Por eso la misión confiada a Pedro contiene una enorme responsabilidad: ayudar a distinguir entre aquello que conduce a la vida y aquello que termina conduciendo a la muerte; entre lo que construye verdaderamente al ser humano y lo que, aunque pueda resultar atractivo, acaba destruyéndolo.

Pero Pedro solo podrá ejercer correctamente ese discernimiento bajo una condición; la de no volver a pensar simplemente según los criterios de los hombres.

Lo acabamos de ver. Cuando Pedro se abre a la luz que viene del Padre, reconoce quién es Jesús. Cuando vuelve a sus propios esquemas, termina queriendo corregir al Maestro. De modo que el discernimiento de Pedro no será verdadero porque proceda de Pedro, sino en la medida en que permanezca iluminado por Cristo y por su Evangelio.

Eso hace particularmente seria la imagen de las llaves. No basta con tenerlas; es necesario aprender del dueño de la casa qué puertas deben abrirse y cómo hacerlo.

Y la cuestión no pertenece solamente al pasado. También nosotros vivimos dentro de una enorme confusión acerca de lo que hace bien al ser humano. Se multiplican propuestas, opiniones y formas de entender la vida; cada uno puede acabar siguiendo simplemente aquello que le resulta más cómodo o atractivo. En medio de esa confusión, el Evangelio pretende ofrecer un criterio para reconocer qué caminos conducen verdaderamente hacia la vida.

La autoridad cristiana no se recibe para dominar,

sino para indicar el camino de la vida.

Hay además un detalle importante. Aquí Jesús se dirige personalmente a Pedro: A él entrega las llaves y a él dice «atarás» y «desatarás». Pero más adelante encontramos la misma expresión, esta vez en plural, dirigida a los discípulos: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo» (cfr. Mt 18, 18).

La misión singular confiada a Pedro no elimina, por tanto, la responsabilidad de toda la comunidad discipular. Cada discípulo está llamado, desde el Evangelio, a ayudar a otros a reconocer el camino que conduce a la vida.

Por eso sería un error entender estas palabras únicamente como concesión de un poder para imponerse sobre los demás. En el Evangelio, toda autoridad recibida se convierte en responsabilidad. A Pedro se le confía una misión enorme: abrir, discernir, orientar, mantener visible el camino del Reino. Y todo discípulo, en la medida que participa de la misión de Cristo, recibe también una responsabilidad respecto de sus hermanos.

La pregunta, entonces, puede alcanzarnos personalmente: cuando alguien se cruza con nuestra vida, ¿encuentra en nosotros una puerta que le ayuda a acercarse al Evangelio o una barrera que se lo hace más difícil? 


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