¿Por qué Jesús llevó a sus discípulos hasta Cesarea de Filipo para preguntarles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» En esta homilía sobre Mateo 16,13-20 descubrimos cómo el escenario de los palacios, el poder imperial y los cultos paganos convierte la pregunta de Jesús en una elección decisiva: qué lugar ocupa realmente Cristo en nuestra vida y sobre qué modelo de humanidad queremos construirla. La confesión de Pedro —«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo»— abre después el significado de la roca, la Iglesia, las puertas del Hades, las llaves del Reino y el poder de atar y desatar. Un recorrido bíblico para comprender la misión confiada a Pedro y descubrir por qué la autoridad cristiana solo tiene sentido cuando permanece al servicio de Cristo, del Evangelio y de la vida.
Homilía del Domingo XXI del Tiempo
Ordinario,
Ciclo A - Mt 16, 13-20 | «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Escucha aquí el episodio completo:
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Cuando el amor es verdadero,
no deja el corazón repartido.
Hay algo que
comprendemos casi instintivamente cuando hablamos de una relación amorosa
seria: Quien ama de verdad espera ocupar un lugar único en la vida del otro.
Si un muchacho quisiera mantener con otras chicas vínculos que ya no pueden
llamarse simplemente amistad, es fácil imaginar que su novia terminaría
pidiéndole claridad. No porque pretenda adueñarse de él, sino porque llega un
momento en que una relación necesita saber dónde está: «Tendrás que elegir».
Y esa exigencia de
exclusividad pertenece también al amor conyugal. Por eso resulta difícil
conciliar la lógica de la entrega matrimonial con las llamadas relaciones
abiertas o con vínculos en los que la intimidad de la pareja queda compartida
con otras personas. Cuando un hombre y una mujer se entregan mutuamente, lo que
está en juego no es solo estar juntos, sino pertenecerse de una manera que no
deja espacio para amantes.
La Biblia se atreve a explicar la alianza de Dios
hablando de amor esponsal.
Esto nos ayuda a
comprender una de las imágenes más intensas de toda la Escritura. Para
expresar qué clase de relación quiere establecer Dios con Israel, la Biblia
recurre precisamente al lenguaje del amor entre esposos. No se trata de una
relación superficial ni provisional. Es un vínculo que reclama fidelidad, una
entrega que pretende abarcar la vida entera y que, precisamente por eso, no
puede convivir tranquilamente con otros amores que ocupen el mismo lugar.
Desde aquí se
entiende mejor una expresión bíblica que, escuchada fuera de contexto, podría
desconcertarnos: Dios se presenta como un Dios «celoso». Naturalmente,
no estamos hablando de esos celos enfermizos que nacen de la inseguridad o del
deseo de poseer a otra persona. La imagen quiere señalar otra cosa: Dios no
considera indiferente que su pueblo le entregue el corazón y, al mismo tiempo,
lo entregue también a los ídolos.
Con los dioses del
mundo pagano la relación podía funcionar de otro modo. Alguien podía rendir
culto a Júpiter y, sin demasiados problemas, ofrecer también incienso a Marte,
Apolo o Afrodita. Una divinidad no excluía necesariamente a las demás. El Dios
de Israel, en cambio, coloca a su pueblo ante una elección: no acepta ser
simplemente uno más dentro de una colección de dioses.
Hay elecciones que no permiten
vivir eternamente a medio camino.
La escena del
profeta Elías en el monte Carmelo lo expresa con enorme fuerza. Elías reúne al
pueblo y lo obliga a enfrentarse con su propia indecisión: llega el momento de
dejar de oscilar entre dos fidelidades. Si el Señor es Dios, habrá que seguir
al Señor; si Baal es dios, habrá que seguir a Baal (cfr.1 Re 18, 21). Lo que no
tiene sentido es querer caminar simultáneamente en dos direcciones contrarias.
Jesús retomará esa
misma lógica cuando advierta que no es posible servir a Dios y al dinero (cfr. Mt
6, 24). Hay realidades que terminan pidiendo una decisión porque reclaman el
centro de la persona. Podemos intentar durante un tiempo mantenerlas
juntas, negociar con ambas o reservar un rincón para cada una, pero llega un
momento en que descubrimos que las dos están pidiendo el corazón.
Y esto vuelve a
acercarnos a la experiencia del amor humano. En un noviazgo que va madurando
aparece tarde o temprano una pregunta que cambia la relación. Ya no basta
con saber que estamos bien juntos, que nos queremos o que disfrutamos de
nuestra compañía. Llega el momento de preguntarse si queremos realmente unir
nuestras vidas. Es entonces cuando uno puede decirle al otro, de muchas
maneras posibles: «Ya sabes quién soy, conoces lo que deseo para mi vida;
¿quieres caminar conmigo?».
No es extraño que
una pregunta semejante quede asociada para siempre a un lugar concreto. Muchos
enamorados buscan casi espontáneamente un sitio especial para pronunciar esas
palabras, porque intuyen que hay conversaciones que merecen un escenario
distinto. Después pasan los años y aquel lugar continúa guardando la
memoria de una decisión que cambió su historia.
Jesús también escoge un lugar
antes de formular la gran pregunta.
Algo parecido
sucede en el Evangelio que vamos a escrutar. Jesús conduce a sus discípulos
hasta un lugar determinado porque está a punto de plantearles una pregunta que
no será simplemente una cuestión de conocimientos religiosos. No quiere
comprobar cuánto han aprendido ni organizar una especie de examen sobre lo que
la gente piensa de él. Está llevando la relación con sus discípulos hasta un
punto en el que ellos mismos tendrán que tomar posición.
Y esa pregunta
tampoco quedará encerrada en la historia de aquellos primeros discípulos. Al
escuchar el Evangelio, terminará alcanzándonos también a nosotros. Porque
podemos conocer muchas cosas sobre Jesús, escuchar hablar de él durante años,
rezar incluso con sus palabras y, sin embargo, tarde o temprano aparece una
cuestión mucho más personal: ¿Qué lugar ocupa realmente él en nuestra vida?
Quizá por eso
Jesús no plantea la pregunta de cualquier manera ni en cualquier sitio. Como
sucede en esas conversaciones que marcan para siempre una historia de amor,
escoge cuidadosamente el escenario.
Atendamos,
entonces, y descubramos adónde ha llevado a sus discípulos y qué está a punto
de preguntarles.
Jesús no lleva a sus discípulos
allí por casualidad.
«En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de
Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo
del hombre?».
La conversación
que estamos escuchando podría haber tenido lugar perfectamente en Cafarnaúm,
junto al lago de Galilea. Era el ambiente habitual de Jesús y de sus discípulos
y, además, se habrían ahorrado varios días de camino. Sin embargo, Jesús los
conduce bastante más al norte, hasta Cesarea de Filipo. Si ha querido
hacerles recorrer esa distancia antes de plantearles una pregunta tan
importante, conviene mirar alrededor. El lugar no es simplemente el decorado
del episodio; ayuda a comprender lo que Jesús está poniendo delante de sus
discípulos.
Cesarea debía su
nombre a Filipo, uno de los hijos de Herodes el Grande. Después de cambiar
varias veces su testamento, Herodes acabó confiándole una de las zonas más
privilegiadas de sus dominios: la antigua tierra de Basán, aproximadamente
la región del actual Golán, conocida por la riqueza de sus pastos, la
fertilidad de sus tierras y la abundancia del ganado. Todo ello se extendía
a los pies del Hermón, la gran montaña cuyas nieves alimentaban las aguas de
aquella región.
Filipo escogió
precisamente uno de los lugares más hermosos para establecer allí su capital. La ciudad gozaba
de prosperidad, mantenía una intensa actividad comercial y estaba relativamente
próxima a Damasco. Como correspondía a la política de la época, recibió el
nombre de Cesarea en honor del emperador. Pero ciudades llamadas Cesarea había
ya muchas en el Imperio —también la que Herodes el Grande había construido
junto al Mediterráneo—, de modo que aquella terminó siendo conocida como Cesarea
de Filipo.
Ante sus ojos estaba todo aquello
que el mundo llama grande.
Pero lo
verdaderamente impresionante no era solo la ciudad. Cerca de una gran gruta se
extendía un antiguo santuario pagano. Allí se veneraba al dios Pan y, en
diferentes nichos excavados en la roca, aparecían también imágenes relacionadas
con las ninfas. El lugar era de una belleza extraordinaria; tanto, que la
tradición recordada en el relato lo vinculaba precisamente con Pan y con aquel
mundo religioso, de donde procedería el nombre antiguo de Panias y,
posteriormente, el actual Banias.
A todo ello se
añadía una presencia mucho más visible del poder. César Augusto había entregado
aquella región a Herodes el Grande en el año 20 antes de Cristo, y Herodes,
como gesto de agradecimiento, había levantado frente a la gruta un espléndido
templo de mármol blanco dedicado a Augusto y a Roma. En tiempos de Jesús,
por tanto, quien llegara hasta allí podía encontrarse simultáneamente con la
belleza de la naturaleza, el culto a las divinidades paganas y la magnificencia
del poder imperial. Algunos de los otros templos que posteriormente
ocuparían el recinto pertenecen a épocas posteriores; pero el templo dedicado a
Augusto y el santuario de Pan sí formaban parte del paisaje que podían
contemplar Jesús y sus discípulos.
Y todavía había
más. Filipo había construido en aquella zona dos palacios, uno de ellos situado
en una posición privilegiada desde la que se dominaba el valle de Hule. No
resulta difícil imaginar la impresión que aquello podía causar en unos hombres
procedentes, en su mayoría, de ambientes mucho más modestos. Allí había
riqueza, grandes construcciones, comercio, comodidad y una corte capaz de
disfrutar de una vida que estaba muy lejos de la existencia sencilla que ellos
conocían. En pocas palabras; tenían delante uno de esos lugares en los
que parece concentrarse todo lo que suele despertar admiración.
Incluso la vida
privada de aquella corte podía alimentar las conversaciones. La esposa de
Filipo era Salomé, todavía muy joven, relacionada con el episodio de la muerte
de Juan el Bautista: la muchacha que, instigada por su madre Herodías, había
pedido a Herodes Antipas la cabeza del profeta. Mateo y Marcos narran aquel
episodio sin darnos su nombre; es Flavio Josefo quien la identifica como Salomé
en sus Antigüedades judías. Después de enviudar, pocos años más tarde,
se casaría con Aristóbulo, rey de Calcis, con quien tuvo tres hijos;
posteriormente, las noticias sobre su vida se vuelven escasas.
¿Por qué
detenernos en todos estos detalles? Porque nos permiten mirar el lugar
aproximadamente con los ojos de los discípulos. No estaban contemplando unas
ruinas arqueológicas. Ante ellos, ante los discípulos había palacios
habitados, dinero, poder, religión, prestigio, belleza, una corte y hombres
cuya vida podía despertar fácilmente el deseo de llegar algún día a ser como
ellos. Y es precisamente allí donde Jesús comienza a preguntar.
La pregunta no es solo quién es Jesús,
sino qué humanidad representa.
En aquel
escenario, rodeado de tantas imágenes de grandeza, Jesús pregunta a sus
discípulos qué dice la gente acerca del «Hijo
del hombre». La expresión hebrea בֶּן־אָדָם (ben-adám)
significa, literalmente, «hijo de hombre» y puede emplearse para hablar
sencillamente del ser humano. De ahí que la pregunta pueda escucharse también
de esta manera: ¿Qué piensa la gente del modo de ser hombre que descubre en mí?
¿Qué juicio merece la humanidad que yo estoy viviendo delante de ellos?
La pregunta
adquiere una fuerza especial precisamente porque ha sido pronunciada en Cesarea
de Filipo. Los discípulos pueden mirar alrededor y contemplar otros modelos
de humanidad que parecen mucho más atractivos.
Está, en primer
lugar, el propio Filipo. Dentro de la familia de Herodes no parece haber sido
el peor de sus miembros. Gobernó durante muchos años y Flavio Josefo lo
presenta como un hombre moderado en el ejercicio del gobierno, amante de la
tranquilidad y de una cierta sobriedad. Pero había dejado atrás la fe de sus
padres y había dado cabida a los cultos paganos.
Y alrededor de él
estaba todo un mundo de hombres que podían ser considerados afortunados:
personas ricas, comerciantes prósperos, personajes influyentes, gente que había
logrado una posición social elevada. Hombres a los que otros miraban pensando,
quizá sin decirlo: «Así me gustaría vivir a mí».
Entonces
comenzamos a comprender por qué Jesús ha llevado a sus discípulos hasta allí.
La cuestión ya no consiste simplemente en repetir lo que la gente comenta sobre
él. La pregunta llega mucho más lejos: ¿Resulta atractiva la manera de vivir
que Jesús encarna cuando se la coloca al lado de los modelos de éxito que
propone el mundo?
Porque ahí está
Jesús, con las bienaventuranzas; y a pocos metros están los palacios. Ahí está
Jesús, que ha elegido el servicio; y delante de ellos están quienes son
servidos. Ahí está Jesús, que propone una vida entregada; y alrededor aparece
una forma de entender la existencia construida sobre el poder, la riqueza, la
posición y el prestigio. ¿Hacia dónde se dirige espontáneamente nuestra
mirada?
También se puede seguir a Jesús
soñando todavía con los palacios.
El problema es que
los discípulos no contemplan todo aquello desde una distancia espiritual tan
grande como quizá nos gustaría imaginar. Han escuchado las bienaventuranzas.
Las consideran hermosas. Y, sobre todo, las ven encarnadas en Jesús. Pero
todavía no han permitido que esas palabras transformen completamente sus
deseos.
En el fondo siguen
soñando con muchas de las mismas cosas con las que sueñan los demás. Quieren estar
bien, llegar arriba, mandar, tener importancia, imponerse, ocupar un puesto
desde el que otros los sirvan. Los Evangelios dejan ver en distintos momentos
cómo intentan ocultar esas aspiraciones, quizá porque ellos mismos comprenden
que no encajan demasiado bien con lo que escuchan de labios del Maestro. Sin
embargo, continúan ahí. Y, de alguna manera, esperan que seguir a Jesús les
permita realizar aquel proyecto de grandeza que todavía llevan dentro.
Y aquí el
Evangelio deja de permitirnos observar tranquilamente a los Doce desde fuera. Porque
nosotros también podemos parecernos mucho a ellos. Podemos querer sinceramente
a Jesús, escuchar su Palabra, rezar, participar en la vida de la Iglesia y, al
mismo tiempo, conservar prácticamente intacto el catálogo de deseos que ofrece
el mundo. Incluso nuestra oración puede deslizarse poco a poco hacia algo
muy curioso: pedir a Dios que nos ayude a conseguir exactamente aquello que
todos desean conseguir. Que nos vaya bien, que tengamos seguridad,
reconocimiento, influencia, comodidad; en definitiva, que el Señor bendiga
nuestros pequeños sueños de grandeza.
¿Qué modelo de vida está conquistando
realmente nuestro corazón?
No significa que
todo deseo de bienestar sea malo. El punto que Jesús está tocando es más
profundo: ¿Qué modelo de vida está conquistando realmente nuestro corazón? Porque
uno puede admirar las bienaventuranzas y seguir soñando con el palacio de
Filipo.
Puede emocionarse
escuchando a Jesús y continuar pensando que una vida lograda es, en el fondo,
la que nos permite subir, tener más, contar más y depender menos de los demás.
Puede seguir al
Maestro y continuar deseando exactamente lo mismo que quienes nunca han
escuchado el Evangelio.
Y, sin embargo,
Jesús no rechaza a sus discípulos al descubrir esa contradicción. No los
despide, no los humilla ni les dice que vuelvan cuando hayan entendido todo.
Los conoce y continúa caminando con ellos. Los ama tal como son y, desde esa
relación, irá educando poco a poco su mirada y sus deseos.
Quizá por eso los
ha llevado hasta Cesarea de Filipo. Antes de preguntarles quién es él,
quiere que miren bien qué tienen delante. Que contemplen los palacios, el
poder, el prestigio, el bienestar y todos los modelos humanos capaces de
seducir el corazón. Y solo entonces les pregunta para escrutar su corazón.
Lo primero que sorprende es con quién
nadie confunde a Jesús.
«Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que
Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Hay un detalle en
las respuestas de la gente que merece ser saboreado. Nadie, absolutamente
nadie, ha visto en Jesús algo que permita colocarlo junto a los grandes
personajes que dominaban la imaginación de aquel tiempo. No lo comparan con
Alejandro Magno, ni con César Augusto, ni con Herodes el Grande. Y la razón
parece bastante clara: Su manera de estar en el mundo no se parece a la de
quienes construyen su grandeza acumulando poder.
Jesús no vive
entre los muros de un palacio, no se reviste con signos de lujo, no avanza
rodeado de una escolta armada ni dispone de soldados preparados para imponer
sus decisiones. No hay en él nada de esa escenografía con la que el poder suele
recordarnos quién manda. La gente, por tanto, cuando busca alguien con quien
compararlo, mira en otra dirección.
Y entonces aparece
Juan el Bautista.
¿Por qué algunos ven en Jesús algo del Bautista? Porque reconocen en los dos
una misma pasión por la verdad y un profundo sentido de la justicia. Jesús
tampoco es alguien dispuesto a inclinarse cada vez que cambia la dirección del
viento. No acomoda su palabra para agradar a quien tiene poder, ni modifica
sus convicciones según lo que resulte más conveniente en cada momento. No
es uno de esos hombres cuya opinión siempre coincide, curiosamente, con la del
que manda.
En él descubren
una libertad interior que recuerda al Bautista; la de quien puede mantenerse en
pie porque no necesita arrodillarse ante los poderosos.
También recuerdan a Jeremías:
Una fe que no se conforma con las apariencias.
Otros relacionan a
Jesús con el profeta Jeremías. La comparación tampoco es accidental. Jeremías
había cuestionado una manera de vivir la religión que podía conservar intactos
los sacrificios, el culto y el templo mientras se alejaba de aquello que Dios
buscaba realmente: el corazón de su pueblo.
No bastaba con que
todo funcionara exteriormente. Podían multiplicarse las ofrendas y los
holocaustos y, sin embargo, faltar lo esencial. Dios no necesitaba que el
pueblo le ofreciera cosas mientras su vida caminaba en otra dirección.
En Jesús perciben
esa misma libertad profética. También él llegará a enfrentarse con lo que
sucede en el templo y a sacudir una práctica religiosa que corre el riesgo de
conservar los ritos mientras pierde su verdad. Cuando la relación con Dios
se convierte únicamente en representación exterior, puede quedar todo
aparentemente en su sitio y, sin embargo, haberse vaciado por dentro. Por
eso algunas personas, al verlo actuar, recuerdan a Jeremías. Y otras recuerdan
a Elías.
El problema de los ídolos no es solo lo que prometen,
sino lo que terminan exigiendo.
Elías había
defendido la fe en el único Dios sin aceptar componendas con los ídolos. Y
pensemos dónde está Jesús formulando estas preguntas; las está formulando
precisamente en una región llena de cultos paganos, dentro de una sociedad
próspera en la que muchos viven bien, comercian, acumulan riqueza y pueden
fácilmente interpretar esa prosperidad como una especie de bendición de sus
dioses.
Los ídolos son las sirenas
de la Odisea de Homero
Ahí está
precisamente el atractivo de los ídolos; en que los ídolos prometen cosas
que deseamos, pero terminamos naufragando. Prometen bienestar, seguridad,
prosperidad. Y algunas de las realidades que pueden convertirse en ídolos ni
siquiera son malas en sí mismas. El dinero es necesario. La ciencia es buena.
La técnica puede mejorar enormemente nuestra vida. El problema no comienza
cuando las poseemos o las utilizamos, sino cuando les entregamos aquello que
solo corresponde a Dios.
Porque en el
momento en que adoramos algo, dejamos de ser completamente libres ante ello. El dinero, por
ejemplo, puede proporcionarnos muchas cosas. Pero cuando deja de ser un medio y
se convierte en nuestro señor, comienza también a establecer sus condiciones.
Entonces quizá nos pida que mintamos para conservarlo, que explotemos a otros
para aumentarlo o que aceptemos injusticias con tal de no perderlo. Y la lógica
puede llegar todavía más lejos: cuando la riqueza se convierte en absoluto,
incluso la violencia y la guerra pueden terminar justificándose para proteger
intereses económicos.
El ídolo promete
servirnos, pero termina reclamando que seamos nosotros quienes lo sirvamos. Ese es el
peligro. No que el dinero, la ciencia o la técnica sean malos, sino que algo
bueno llegue a ocupar el lugar que no le corresponde. Y cuando eso sucede,
aquello que parecía destinado a ayudarnos a vivir puede terminar deformando
nuestra humanidad.
Frente a todo lo que prometen los ídolos,
aparece una pregunta decisiva: ¿qué ofrece Jesús?
Ahora podemos
comprender mejor por qué Jesús ha querido llevar a sus discípulos precisamente
hasta Cesarea de Filipo.
Allí tienen
delante un escaparate impresionante de lo que el mundo puede ofrecer. Filipo
puede conceder dinero, favorecer carreras, repartir cargos, abrir las puertas
de su corte y permitir a quienes están cerca de él participar de una vida
marcada por el prestigio y el bienestar. Todo eso se puede ver. Y entonces
aparece Jesús. ¿Qué puede ofrecer él?
La pregunta es
inevitable. Los ídolos parecen tener recompensas muy concretas para quienes se
entregan a ellos. El poderoso puede ofrecer influencia. El rico puede abrir
oportunidades. El gobernante puede conceder honores. Pero, si uno decide seguir
a Jesús, ¿qué encontrará al final de ese camino?
Jesús lo explicará
muy pronto. No esconderá a sus discípulos lo que implica caminar detrás de él. Pero
antes de decirles que ofrece quiere asegurarse de algo mucho más importante:
que ellos sepan quién es aquel al que están pensando seguir.
Jesús no busca adhesiones
nacidas de un malentendido.
Esto resulta
especialmente hermoso. Jesús no quiere engañar a sus amigos. No necesita
atraerlos con promesas que después tendrá que corregir. Tampoco pretende
aprovecharse de sus expectativas para conseguir seguidores. Antes de hablar
del camino quiere que conozcan al que los invita a recorrerlo.
Porque sería
posible seguir a Jesús esperando que algún día nos conduzca precisamente al
mismo lugar al que llevan los ídolos: más riqueza, más poder, más prestigio,
una vida más cómoda. Y entonces podríamos pronunciar su nombre mientras, en
realidad, continuamos persiguiendo el sueño de Filipo.
Por eso Jesús los
obliga suavemente a detenerse. Primero les ha preguntado qué dice la gente.
Hasta ahí resulta relativamente fácil responder: basta con repetir opiniones
ajenas. Pero ahora va a desaparecer esa protección.
Ya no podrán
esconderse detrás de lo que dicen unos u otros. Jesús va a dirigirles la
pregunta personalmente, porque ha llegado el momento en que cada discípulo
tiene que descubrir quién es realmente aquel a quien sigue.
Y esa segunda pregunta no quedó reservada a los Doce y también llega hasta nosotros.
Pedro responde bien, pero todavía
no ha comprendido del todo la pregunta.
«Él les preguntó: «Y vosotros,
¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios
vivo».
La respuesta de
Pedro es magnífica ya que reconoce en Jesús al Cristo, al Hijo del Dios que da
la vida (cfr. Mt 16, 16). Y, sin embargo, hay algo que todavía se le escapa. No
porque su respuesta sea falsa, sino porque Jesús no le está pidiendo
simplemente que diga quién es él. La pregunta va mucho más lejos: «¿Quién
soy yo para vosotros?».
¿Qué lugar ocupo en tu corazón?
La diferencia es
enorme. Si alguien pregunta a una persona enamorada: «¿Quién soy yo?»,
la respuesta podría limitarse a una serie de datos: cómo se llama, a qué se
dedica, de dónde viene. Todo correcto, pero todavía no hemos entrado en lo
verdaderamente importante. Otra cosa muy distinta es preguntar: «¿Quién
soy yo para ti?». Ahí ya no basta una ficha biográfica. La pregunta
significa: ¿qué lugar ocupo en tu corazón?, ¿qué peso tiene mi persona en
tu vida?, ¿hasta qué punto cuentas conmigo cuando eliges?
En una relación
amorosa esto se entiende enseguida. La cuestión no es saber muchos datos acerca
del otro, sino descubrir cuánto importa realmente. ¿Importo yo más que
ese concierto o esa final del mundial al que no estarías dispuesto a renunciar?
¿Qué lugar tengo frente a ese equipo al que acompañas a todas partes mientras
yo me quedo sola? Son ejemplos sencillos, incluso un poco domésticos, pero
permiten captar la fuerza de la pregunta.
Jesús no pregunta cuánto sabemos de él,
sino cuánto cuenta en nuestra vida.
Si trasladamos la
pregunta hasta nosotros, adquiere inmediatamente otro tono: ¿cuánto cuenta
Jesús de Nazaret en mi manera concreta de vivir?
¿Tiene algo que
ver con el modo en que ejerzo mi profesión? ¿Entra en mi relación con el
dinero? ¿Escucho su palabra cuando tomo decisiones económicas? ¿Tiene algo que
decir cuando reformo mi casa, cuando elijo qué coche comprar o incluso en la
manera en que conduzco? No se trata de convertir la vida cristiana en una lista
interminable de permisos y prohibiciones. La cuestión es mucho más profunda: Si
nuestra relación con Cristo es realmente una relación de amor, ¿puede quedar
fuera precisamente de aquello con lo que vamos construyendo nuestra existencia?
Jesús, presentado
aquí con la imagen del esposo, quiere compartir nuestras decisiones porque
quiere compartir nuestra vida. Acoger su amor significa aprender poco a poco
a elegir en sintonía con él. Y, sin embargo, quizá tengamos que reconocer
que muchas veces su presencia pesa bastante poco. Podemos participar en la
Eucaristía el domingo y después organizar tranquilamente el resto de la semana
como si Jesús no tuviera demasiado que ver con nuestras decisiones. Está
presente en un espacio religioso de nuestra vida, pero apenas entra en los
demás.
La pregunta de
Jesús podría formularse entonces así: ¿Sobre qué modelo queréis construir
vuestra existencia? ¿Sobre el ideal representado por Herodes Filipo, con su
poder, su prestigio y su forma de entender una vida lograda, o sobre la manera
de ser hombre que descubrís en mí? ¿Habéis comprendido realmente lo que os
estoy proponiendo?
En el fondo, la
pregunta es tremendamente sencilla y tremendamente seria: ¿De quién estamos
enamorados?
Pedro reconoce al Mesías,
pero todavía sueña con otro tipo de Mesías.
Pedro continúa
llevando dentro una imagen muy concreta. Para él, como para los demás
discípulos, el Mesías sigue estando asociado a la tradición del hijo de David,
al rey glorioso cuya grandeza se piensa todavía con categorías humanas.
Imaginan un Mesías ante el que terminarán sometiéndose los pueblos, un rey al
que otros reyes llevarán dones y tributos.
Ese es todavía el
horizonte de Pedro. Más adelante tendrá que descubrir de qué manera
completamente distinta Jesús llevará a cumplimiento las esperanzas mesiánicas.
Porque la grandeza según Dios no coincide con aquello que los seres humanos
solemos llamar grandeza.
Pero Pedro ya
ha dado un paso decisivo; ha comprendido que Jesús es el Mesías y que procede
del Dios que comunica la vida. Y aquí el lenguaje utilizado resulta
especialmente significativo.
El Dios vivo no solo vive:
comunica vida.
Cuando Pedro
confiesa que Jesús es «el Cristo, el Hijo del
Dios vivo» (cfr. Mt 16, 16), el texto griego dice τοῦ θεοῦ τοῦ
ζῶντος (tou theoû tou zôntos), «del Dios viviente». ζῶντος
(zôntos) procede del verbo ζάω (záo), «vivir».
Mateo, por tanto, no pone en labios de Pedro la expresión «Dios de la vida»,
sino «Dios vivo». Conviene
mantener esta precisión.
Pero precisamente
porque es el Dios vivo, es también el Dios del que procede la vida. Y aquí podemos
comprender mejor otra palabra griega muy importante en el Nuevo Testamento: ζωή
(zoé), «vida». No significa siempre y automáticamente «vida
divina»; sin embargo, cuando el Nuevo Testamento habla de la vida que Dios
comunica y, de manera particular, de la vida eterna, ζωή (zoé)
adquiere una profundidad que va mucho más allá del simple hecho de estar
biológicamente vivos.
También existe el
término βίος (bíos), que puede referirse a nuestra existencia
concreta en este mundo, al modo de vivir e incluso a los bienes con los que
sostenemos esa vida. Por eso no conviene oponer mecánicamente βίος (bíos)
y ζωή (zoé) como si una palabra significara únicamente «vida
biológica» y la otra exclusivamente «vida divina». La distinción que nos
interesa aquí es más profunda: Una cosa es la vida que podemos desarrollar
con nuestras capacidades y nuestros recursos, y otra la plenitud de vida que
solo puede venir de Dios.
Podemos avanzar de
manera extraordinaria, desarrollar la ciencia, dominar técnicas cada vez más
sofisticadas y construir máquinas que hace unas generaciones habrían parecido
imposibles. Todo eso muestra la grandeza de la inteligencia humana. Pero
ninguna conquista técnica, por admirable que sea, puede producir por sí misma
aquello que constituye la plenitud última del ser humano.
La plenitud del hombre no se fabrica:
se recibe.
Esa vida que nos
hace participar de la vida de Dios no constituye el último escalón de nuestro
progreso técnico, sino un don. Es la ζωή (zoé) que procede de
Dios y que el Mesías viene a comunicar.
Así entendida, la
confesión de Pedro resulta todavía más profunda de lo que él mismo alcanza a
comprender en ese momento. Ha reconocido a Jesús como «el Cristo, el Hijo del
Dios vivo». Tendrá que descubrir todavía qué significa que Dios sea
verdaderamente el Viviente y, sobre todo, por qué camino su Hijo comunicará esa
vida a los hombres.
Pedro ha acertado la respuesta, pero todavía
tiene que descubrir
todo lo que esa respuesta significa.
Hasta ahora la
gente había intentado comprender a Jesús comparándolo con figuras conocidas:
Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas. Pedro da un paso
nuevo. Ya no dice: «Jesús se parece a…». Se dirige directamente a él y afirma: σὺ
εἶ ὁ Χριστός (sy eî ho Christós), «Tú eres el Cristo» (cfr. Mt 16,
16). Jesús ya no es simplemente un profeta más dentro de la historia de Israel.
Pedro reconoce en él al Mesías esperado.
Pero Mateo añade
algo todavía más profundo: ὁ υἱὸς τοῦ θεοῦ τοῦ ζῶντος (ho hyiós tou
theoû tou zôntos), «el Hijo del Dios vivo». Pedro no está hablando
únicamente de la misión de Jesús —«tú eres el Mesías»—; comienza a rozar el
misterio de su identidad: quién es Jesús en su relación única con Dios.
Y aquí sucede algo
decisivo. Jesús le hará comprender que Pedro no ha llegado a esta confesión
simplemente porque sea más inteligente que los demás o porque haya sabido
interpretar mejor las señales. «Eso no te lo
ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos»
(cfr. Mt 16, 17). Es decir: podemos conocer muchas cosas sobre Jesús desde
fuera, podemos escuchar sus palabras, admirar sus gestos e incluso considerarlo
un hombre extraordinario; pero reconocer verdaderamente quién es requiere
una luz que viene de Dios.
Pedro sabe quién es Jesús; todavía no sabe qué significa que
Jesús sea el Cristo.
Y aquí está quizá
lo más interesante. Pedro acaba de pronunciar la respuesta correcta y, sin
embargo, unos versículos después se enfrentará con Jesús cuando este anuncie el
sufrimiento y la cruz (cfr. Mt 16, 21-23). ¿Cómo es posible? Porque Pedro ha
reconocido correctamente al Mesías, pero sigue imaginando el mesianismo según
sus propias expectativas.
Podríamos decirlo
de una manera muy sencilla: Pedro ha descubierto quién es Jesús, pero
todavía quiere decidir cómo debe ser Jesús.
Lleva todavía
dentro la imagen de un Mesías poderoso, victorioso, glorioso según los
criterios humanos. Ha pronunciado el título correcto, pero todavía tiene que
permitir que sea Jesús quien explique lo que significa ese título.
Y esto enlaza
perfectamente con todo lo que acabamos de contemplar en Cesarea de Filipo.
Pedro ha dejado de mirar a Herodes Filipo para mirar a Jesús, pero el mundo de
Filipo todavía sigue vivo dentro de él. Continúa soñando con poder, triunfo,
grandeza y éxito. Ha elegido a Jesús, sí; pero todavía espera que Jesús realice
los sueños que él ya tenía.
Quizá también
nosotros podemos hacer algo parecido. Podemos confesar correctamente nuestra
fe, llamar a Jesús «Cristo», rezar el Credo y conocer muy bien lo que enseña la
Iglesia; pero todavía queda una pregunta más profunda: ¿dejamos realmente que
sea Jesús quien nos enseñe qué significa vivir, amar, servir, triunfar y salvar
la vida?
Porque la fe
cristiana no consiste únicamente en decirle a Jesús quién creemos que es.
Consiste también en permitir que él cambie nuestra idea de Dios, nuestra idea
del hombre y, poco a poco, incluso nuestros propios sueños.
Pedro ha
descubierto quién es Jesús; ahora tendrá que dejar que Jesús le enseñe qué
significa ser el Cristo.
Hay momentos en que conseguimos
mirar la vida con los ojos de Dios.
«Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!,
porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que
está en los cielos».
La palabra que
Jesús dirige ahora a Pedro es una de las bienaventuranzas que encontramos en el
Nuevo Testamento: «Bienaventurado eres,
Simón, hijo de Jonás» (cfr. Mt 16, 17). Cuando alguien llamaba «bienaventurado»
a otro, estaba reconociendo que algo hermoso le había sucedido. Es como
si Jesús dijera: «Simón, alégrate. Has abierto el corazón a una manera nueva
de mirar».
Porque, si Pedro
hubiera juzgado a Jesús únicamente según «la carne y la sangre», es
decir, según los criterios habituales de los hombres, difícilmente habría
reconocido en él al Mesías. El mundo no suele imaginar al enviado de Dios entre
los humildes, los servidores, los que parecen derrotados. Esperamos más
fácilmente al vencedor, al poderoso, al que se impone y consigue hacerse
admirar.
Y, sin embargo,
durante un instante Pedro ha conseguido desprenderse de esas expectativas. Ha
dejado a un lado sus sueños de grandeza y de gloria, aquellos que habrían
querido encontrar en Jesús al triunfador, al rico, al hombre poderoso. El Padre
le ha permitido entrever que la grandeza y la gloria de Dios son de otra
naturaleza. Por eso Jesús puede llamarlo bienaventurado: por un momento, el
corazón de Simón ha acogido una verdad que no procede de los criterios humanos,
sino de Dios (cfr. Mt 16, 17).
El problema de Pedro no es haber visto mal,
sino no conseguir mantener esa mirada.
Y ahora podemos
hacernos una pregunta: ¿cuánto durará esa sintonía de Pedro con el pensamiento
de Dios? Muy poco.
Bastarán unos
momentos para que vuelva a razonar según sus antiguas categorías. Cuando Jesús
comience a explicar abiertamente lo que le espera en Jerusalén —el rechazo, la
humillación, el sufrimiento y la muerte—, Pedro reaccionará inmediatamente.
Marcos cuenta que lo tomó aparte y comenzó a reprenderlo (cfr. Mc 8, 31-32).
Podemos comprender
lo que sucede dentro de él. Pedro acaba de reconocer a Jesús como Mesías,
pero sigue pensando que sabe cómo debe terminar la historia de un Mesías.
Un elegido de Dios, piensa, no puede acabar derrotado y entregado en manos de
sus enemigos. ¿Cómo va a permitir Dios semejante final?
Ahí descubrimos hasta qué punto era
verdadera, pero todavía incompleta, la confesión que Pedro acababa de
pronunciar. Había reconocido quién era Jesús, pero aún no había aceptado
que fuera Jesús quien le enseñara qué significa ser el Mesías.
Y por eso, aquel
hombre que un momento antes había sido llamado bienaventurado escuchará poco
después una palabra durísima de labios de Jesús: «Ponte detrás de mí,
Satanás», porque está pensando según los hombres y no según Dios (cfr. Mc
8, 33).
También nosotros podemos pensar
como Dios durante un rato… y volver enseguida a pensar como siempre.
Lo que le sucede a
Pedro no nos resulta tan extraño. También nosotros podemos escuchar el
Evangelio y sentir que, durante unos minutos, algo se recoloca por dentro. La
Palabra de Dios nos ofrece otra manera de mirar el éxito, el sufrimiento, el
dinero, el poder, el perdón, la entrega. Incluso podemos pensar: «Es verdad;
así debería entender la vida».
Pero después
salimos de la iglesia y no siempre tarda mucho en volver la lógica de siempre.
El domingo
escuchamos los pensamientos de Dios; el lunes pueden haber recuperado ya todo
el terreno nuestros viejos criterios. Y volvemos a medir la vida por el éxito,
la seguridad, el reconocimiento, la comodidad o el interés personal. Pedro no
está tan lejos de nosotros: también nuestro corazón puede pasar con
sorprendente rapidez de la lógica del Evangelio a la lógica habitual del mundo.
La buena noticia es que nuestras fragilidades
no hacen que Jesús deje de amarnos.
Jesús conoce
perfectamente la inconstancia de Pedro. Sabe que ahora ha sido capaz de abrirse
a la luz del Padre y que, dentro de muy poco, volverá a resistirse al camino de
Dios. Tendrá incluso que corregirlo con una dureza extraordinaria. Y, sin
embargo, no dejará de quererlo ni de caminar con él.
Esa es también
nuestra esperanza. Jesús no ama una versión idealizada de nosotros, la que
siempre comprende el Evangelio y nunca se equivoca. Nos ama en este camino
real, con nuestros momentos de luz y nuestras resistencias, con nuestras
intuiciones verdaderas y nuestros retrocesos.
Y precisamente a
este Simón, que acaba de confesar la verdad y que dentro de poco volverá a
equivocarse, Jesús va a revelarle ahora algo sorprendente: su nueva
identidad.
Aquí comienza uno de los pasajes más discutidos
de todo el Nuevo Testamento.
«Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»
Acabamos de
escuchar unas palabras que han sido estudiadas durante siglos y que también han
ocupado un lugar importante en las controversias entre los cristianos: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
Jesús acaba de llamar a Simón Πέτρος (Pétros) y, acto seguido,
habla de πέτρα (pétra), la roca sobre la que edificará su
comunidad. ¿Qué está queriendo decir?
Lo primero que
conviene evitar es una explicación demasiado simple según la cual Πέτρος (Pétros)
significaría únicamente «una piedrecita» o «un ladrillo», mientras que πέτρα
(pétra) designaría una roca completamente distinta de Pedro. La
frase griega establece deliberadamente un juego entre ambos términos: σὺ εἶ
Πέτρος, καὶ ἐπὶ ταύτῃ τῇ πέτρᾳ (sy eî Pétros, kaì epì táute te pétra),
«tú eres Pedro y sobre esta piedra…». Jesús está vinculando la nueva
identidad de Simón con la misión que le confía.
Benedicto XVI
llamó la atención precisamente sobre este detalle. Jesús no acostumbraba a
cambiar el nombre de sus discípulos y, sin embargo, a Simón le da uno nuevo:
Cefas, Pedro. Ese nuevo nombre no es un simple sobrenombre; expresa una misión.
Pedro será, en palabras de Benedicto XVI, el «cimiento de roca» sobre el que
Cristo edificará su Iglesia. Y el Papa añade inmediatamente una precisión
fundamental: la Iglesia «es y sigue siendo de Cristo». Pedro no
sustituye a Cristo; recibe de Cristo una función dentro de la Iglesia que
Cristo mismo construye.
Pedro no es roca porque nunca tiemble;
es roca porque Cristo lo llama para una misión.
Esto resulta
todavía más sorprendente si recordamos quién es Simón. Acabamos de verlo
abrirse a una luz que viene del Padre y, dentro de muy poco, volverá a pensar
según criterios humanos. Más adelante tendrá miedo, vacilará y llegará incluso
a negar a Jesús. Por tanto, el nombre nuevo no es un premio a una supuesta
fortaleza natural de Pedro. Es una vocación.
Jesús toma a un
hombre que puede temblar y le confía una misión de firmeza para sus hermanos. La
roca no nace de que Simón posea una personalidad inquebrantable, sino de la
palabra de Cristo que lo llama y lo sostiene.
Y aquí hay un
detalle precioso en el propio texto. Jesús dice οἰκοδομήσω (oikodoméso),
«edificaré». No dice que Pedro construirá la Iglesia. Dice: «yo
edificaré mi Iglesia». El constructor continúa siendo Cristo; la
Iglesia continúa siendo suya. Pero ese mismo Cristo ha querido incorporar a
Pedro de una manera singular a la solidez de su edificio.
Por eso quizá la
pregunta no deba plantearse simplemente como una alternativa: «¿La roca es
Cristo o la roca es Pedro?». El Nuevo Testamento puede hablar de Cristo como
fundamento y piedra angular y, al mismo tiempo, presentar aquí a Pedro como
roca dentro de la construcción que Cristo realiza. No son afirmaciones que
necesariamente se excluyan.
La paradoja es
mucho más hermosa: Cristo, que sostiene a su Iglesia, ha querido hacer de un
hombre frágil una roca para sus hermanos.
Antes de hablar de Pedro, la Biblia
nos enseña qué significa llamar a Dios «roca».
La imagen
atraviesa toda la Escritura (cfr. Dt 32, 4.15.18.30-31; Sal 18 [17], 3.32.47;
Sal 28 [27], 1; Sal 31 [30], 3-4; Sal 62 [61], 3.7-8; Sal 71 [70], 3; Sal 89
[88], 27; Sal 92 [91], 16; Sal 94 [93], 22; Sal 95 [94], 1; Sal 144 [143], 1;
Is 17, 10; Is 26, 4; Is 30, 29; Is 44, 8). Los salmos rezan una y otra vez
dirigiéndose al Señor como «mi roca», «mi peña», «la roca de
mi salvación». ¿Qué quieren expresar con ello? Algo muy sencillo y, al
mismo tiempo, muy profundo: de Dios podemos fiarnos.
Él permanece fiel.
Su amor no depende de nuestras oscilaciones ni cambia según las circunstancias.
Es estable, seguro, firme. Podemos apoyar en él nuestras esperanzas sin miedo a
descubrir un día que el suelo ha desaparecido bajo nuestros pies.
Por eso la roca,
en la tradición bíblica, no es simplemente una imagen de fuerza. Es sobre
todo una imagen de confianza. La roca es aquello que sostiene cuando
todo lo demás puede tambalearse.
Y en el Nuevo
Testamento esta imagen se concentra también en Cristo y en su palabra.
Jesús lo había
expresado ya al final del sermón de la montaña. Quien escucha sus palabras y
las lleva a la vida se parece al hombre prudente que construye su casa sobre
roca. Llegan la lluvia, los torrentes y los vientos; la casa es golpeada, pero
permanece en pie porque tiene un fundamento sólido (cfr. Mt 7, 24-25).
La casa representa
nuestra vida. La roca es esa palabra de Jesús que no solamente escuchamos,
sino sobre la que decidimos construir.
Una
vida edificada sobre el Evangelio
puede
ser sacudida, pero no pierde su fundamento.
Eso no significa
que quien construye sobre Cristo quede protegido de cualquier dificultad. La
vida cristiana tendrá que confrontarse continuamente con nuevas maneras de
pensar, nuevas filosofías, nuevas interpretaciones del hombre y nuevos modelos
de vida. Algunas aportarán preguntas legítimas e incluso podrán ayudarnos a
comprender mejor determinados aspectos de la existencia.
Pero el Evangelio
permanecerá sometido a esa prueba una y otra vez. Y la convicción que expresa
esta imagen es que una vida realmente construida sobre la propuesta de Jesús no
termina derrumbándose. Podrá ser cuestionada, probada, incluso sacudida; pero continúa
mostrando una manera profundamente humana y lograda de vivir.
La Primera carta
de Pedro desarrolla esta misma imagen de una manera preciosa. Presenta a Cristo
como «piedra viva», rechazada por los hombres, pero escogida y
preciosa ante Dios. Y añade algo sorprendente: quienes se acercan a él se
convierten también en «piedras vivas» de una construcción espiritual
(cfr. 1 Pe 2, 4-5).
La imagen cambia
nuestra manera de entender la Iglesia. Cristo es la piedra viva a la que nos
acercamos y, unidos a él, también nosotros entramos a formar parte de la
construcción.
Cristo es el fundamento;
nosotros somos piedras de la construcción.
Pablo utiliza una
imagen semejante cuando escribe a los cristianos de Corinto. Se presenta como
un constructor que ha puesto el fundamento y advierte que nadie puede colocar
otro distinto del que ya está puesto: Jesucristo (cfr. 1 Cor 3, 10-11).
Después añade una
advertencia muy concreta. Sobre ese fundamento pueden levantarse construcciones
de calidad muy diferente: oro, plata, piedras preciosas… o madera, heno y paja.
Llegará la prueba y entonces se manifestará qué era verdaderamente sólido y qué
no lo era (cfr. 1 Cor 3, 12-15).
Por tanto, no
basta con decir que Cristo es nuestro fundamento. Importa también preguntarnos qué
estamos construyendo sobre él.
Podemos conservar
el nombre cristiano y, sin embargo, levantar encima una existencia fabricada
con materiales que no resisten demasiado. Podemos hablar de Cristo y construir
según valores completamente distintos de los suyos. La pregunta no es solamente
dónde hemos colocado el fundamento, sino qué clase de edificio está creciendo
sobre él.
Pablo termina
recordando a aquella comunidad algo todavía más grande: «vosotros sois
templo de Dios» (cfr. 1 Cor 3, 16).
Nadie entra en la Iglesia como extranjero
de segunda categoría.
La Carta a los
Efesios vuelve a servirse del lenguaje de la construcción. Se dirige a
cristianos procedentes del paganismo, personas que podrían sentirse recién
llegadas, quizá incluso cristianos de segunda fila, y les dice exactamente lo
contrario: ya no sois extranjeros ni huéspedes; sois conciudadanos de los
santos y miembros de la familia de Dios (cfr. Ef 2, 19).
Y describe después
la Iglesia como un edificio construido sobre el fundamento de los apóstoles y
profetas, teniendo a Cristo Jesús como piedra angular. En él toda la
construcción crece ordenadamente hasta convertirse en templo santo del Señor
(cfr. Ef 2, 20-22).
Aquí podemos
comprender mejor la palabra dirigida a Simón.
Jesús le ha dado
una nueva identidad: Πέτρος (Pétros). Simón va a ocupar un lugar
singular en la construcción de la comunidad que nace de la confesión de fe que
acaba de pronunciar. Es la primera piedra de una comunidad formada por hombres
y mujeres que, como él, reconocerán a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios
vivo.
Pero ninguna
piedra se sostiene por sí sola. Pedro pertenece a la construcción porque él
mismo está apoyado en aquello que acaba de confesar. La solidez de la
Iglesia no procede de la perfección personal de Simón —acabamos de comprobar lo
frágil que puede ser—, sino de Cristo y de la fe que lo reconoce.
La Iglesia puede tener piedras frágiles
sin perder una roca firme.
Y quizá ahí esté
una de las imágenes más hermosas de este pasaje. Jesús conoce perfectamente a
Simón. Sabe que dentro de unos instantes volverá a equivocarse. Sabe que tendrá
miedo, que vacilará y que todavía le queda mucho camino por recorrer. Y, sin embargo,
hace de él una piedra de su construcción.
Eso debería
consolarnos bastante. La Iglesia no está formada por personas que nunca
tiemblan, sino por piedras humanas apoyadas en un fundamento que no tiembla.
Nuestra seguridad última no está en la fuerza de cada una de esas piedras, sino
en Cristo, en su Evangelio y en la fidelidad de Dios.
Y entonces podemos
entender mejor la promesa de Jesús. Si esta construcción está realmente fundada
en Cristo, ¿habrá alguna fuerza capaz de destruirla por completo? ¿Ni siquiera
la muerte?
Las «puertas del Hades»
son las puertas del reino de la muerte.
«(…) y el poder del infierno no la derrotará».
En griego se
expresa así: «καὶ πύλαι ᾅδου οὐ κατισχύσουσιν αὐτῆς» (kaì pýlai hádou
ou katiskhýsousin autês); que traducido significa: «Y las puertas del
Hades no podrán prevalecer contra ella / no pondrán imponerse sobre ella».
¿Qué quiere decir
Jesús cuando afirma que «las puertas del Hades no prevalecerán»? Para
comprender la imagen necesitamos entrar por un momento en la manera antigua de
representar el mundo de los muertos.
Los latinos
hablaban de los inferi (ínferi), «los lugares inferiores». Los
griegos lo llamaban ᾍδης (Háidēs), el Hades, concebido como el
ámbito oscuro e invisible al que llegan los muertos. En el mundo babilónico
encontramos el nombre arallu; y la Biblia hebrea habla del שְׁאוֹל (sheól),
el lugar de los muertos. Cambian los nombres y las culturas, pero permanece una
imagen semejante: después de la muerte, buenos y malos descienden a ese mundo
del que nadie parece capaz de regresar.
Y ese reino era
imaginado como una ciudad inexpugnable. Si allí permanecían encerrados los
muertos, necesariamente debía poseer puertas poderosas, cerradas de tal manera
que ningún ser humano pudiera derribarlas y liberar a quienes estaban dentro.
En algunas representaciones mesopotámicas, el mundo de los muertos aparece
incluso rodeado por sucesivas murallas y puertas custodiadas. También en el
imaginario bíblico encontramos la expresión «puertas» aplicada al ámbito
de la muerte.
Y Jesús pronuncia esas palabras precisamente
delante de una gruta asociada al mundo de los dioses.
Aquí vuelve a adquirir importancia el escenario de Cesarea de Filipo. La gran gruta junto al santuario de Pan estaba cargada de significación religiosa y, en las tradiciones vinculadas al lugar, era contemplada como una abertura relacionada con el mundo subterráneo. La ‘divinidad’ Pan, Πάν (Pan), se representaba habitualmente como una figura híbrida: parte humana y parte caprina. Suele aparecer con torso y rostro humanos —aunque de aspecto agreste, a veces con cuernos— y con patas, pezuñas y rasgos de macho cabrío. Se realizaban sacrificios humanos y de animales y ritos relacionados con la cueva y el agua.
Herodes el Grande
había integrado aquel espacio sagrado en el magnífico complejo dedicado a
Augusto y a Roma.
Imaginemos
entonces la escena. Los discípulos tienen delante aquella enorme cavidad, los
santuarios paganos, el poder imperial y todo un mundo religioso que habla de
divinidades y del reino de los muertos. Y precisamente allí Jesús pronuncia su
promesa: «las puertas del Hades no
prevalecerán».
La imagen puede
entenderse de una manera muy poderosa. Las puertas del reino de la muerte
parecen indestructibles, pero no podrán resistir la fuerza de vida que Jesús ha
introducido en el mundo mediante su palabra y su Espíritu.
La Pascua significa que las puertas de
la muerte han dejado de ser invencibles.
Aquí está el
corazón de la promesa. En la Pascua, Cristo entra en el territorio donde
parecía reinar definitivamente la muerte y rompe su pretensión de tener la
última palabra. Aquellas puertas que nadie podía atravesar para liberar a los
prisioneros ya no son inexpugnables.
Ese es el
verdadero triunfo de Cristo sobre el reino de la muerte.
La imagen es
bellísima: Las puertas han sido derribadas y nadie puede volver a cerrarlas
definitivamente. También nosotros atravesaremos la muerte, porque la condición
humana no nos ahorra ese paso; pero ya no entramos en ella como quienes
penetran en una prisión sin salida. Cristo resucitado ha abierto el camino
hacia la vida de Dios.
La victoria
pascual no consiste, por tanto, en que los cristianos no mueran. Consiste en
algo mucho mayor en que la muerte ya no puede retener definitivamente al ser
humano.
Pero todavía existen muchos
«reinos de muerte» entre nosotros.
Y ahora la imagen
se acerca a nuestra vida. Si la comunidad de Jesús lleva dentro la fuerza del
Evangelio y de su Espíritu, también ella tendrá que encontrarse continuamente
con puertas que parecen imposibles de derribar.
Conocemos esos
reinos de muerte. Son estructuras, intereses y comportamientos que parecen
haber adquirido tal poder que acabamos pensando que nadie podrá cambiarlos.
Podemos pensar en
quienes obtienen beneficio de la fabricación y del comercio de armas y
encuentran ventajas en que los conflictos se prolonguen; en los mecanismos que
alimentan odios y violencias; en dinámicas económicas capaces de condenar al
hambre a poblaciones enteras; en redes de corrupción que parecen protegerse
unas a otras; en la difusión irresponsable de la mentira y en quienes utilizan
los medios de comunicación y el anonimato para erosionar aquello que otros
consideran más valioso.
Son realidades
poderosas. Tienen intereses detrás, encuentran aliados, se protegen de muchas
maneras y saben utilizar todos los recursos disponibles para permanecer en pie.
Y entonces vuelve
la pregunta: ¿de verdad pueden ser vencidas?
El Evangelio no nos permite declarar
invencible a ningún reino de muerte.
Jesús no niega la
fuerza de esas realidades. Las puertas del Hades son resistentes. Los
mecanismos de muerte pueden parecer extraordinariamente sólidos. Sería ingenuo
fingir lo contrario.
Pero la promesa
cristiana afirma que no son más fuertes que el Evangelio y que el Espíritu de
Cristo.
La cuestión,
entonces, nos toca muy de cerca: ¿Creemos realmente en esa promesa?
Porque existe una
forma de resignación que consiste en mirar determinadas injusticias y decir
interiormente: «Esto no cambiará nunca». Quizá seguimos creyendo en
Dios, pero hemos dejado de creer que el Evangelio pueda abrir una brecha en
algunas de las puertas que encontramos cerradas delante de nosotros.
Jesús, en cambio, acaba de decir que las
puertas del reino de la muerte no tendrán la última palabra.
¿Nos fiamos de esa
promesa o, cuando encontramos una puerta demasiado resistente, terminamos
pensando que ni siquiera el Evangelio podrá derribarla?
Las llaves no hablan de un portero del cielo,
sino de una misión.
«Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates
en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará
desatado en los cielos». Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie
que él era el Mesías».
Jesús dirige ahora
a Pedro dos promesas, expresadas mediante dos imágenes de fuerte sabor bíblico.
La primera es la de las llaves: «Te daré las
llaves del reino de los cielos». Esta frase ha alimentado
durante siglos la imagen popular de san Pedro como portero del paraíso, con las
llaves en la mano, decidiendo quién entra y quién se queda fuera. La imagen
puede resultar simpática, pero no es eso lo que está diciendo el texto.
Jesús no habla
aquí del paraíso, sino del reino de los cielos, es decir, del Reino de
Dios, de esa realidad nueva que él ha comenzado a hacer presente en este mundo.
Es el mundo nuevo que nace cuando los hombres acogen el Evangelio y empiezan
a configurar su vida según la humanidad nueva que Jesús propone; cuando las
bienaventuranzas dejan de ser palabras hermosas y comienzan a convertirse en
una manera de vivir.
Significado de la imagen de las llaves
Y de este Reino
Pedro recibe las llaves. ¿Qué significa la imagen? En el mundo antiguo, cuando
un rey confiaba las llaves de su palacio a uno de sus servidores principales,
no le estaba dando simplemente un manojo de llaves sino que le confiaba la
responsabilidad sobre la casa. Aquel hombre que tuviera las llaves actuaba
en nombre del señor del palacio y tenía una función real en la administración
de cuanto sucedía dentro.
Por eso la llave
se convierte en símbolo de una responsabilidad recibida. No es el dueño
de la casa quien recibe las llaves; las recibe alguien a quien el dueño confía
una misión.
Pedro recibe las llaves para servir al Reino
que pertenece a Cristo.
También en el
mundo religioso de Israel la imagen tenía una fuerza particular. Los
maestros de la Ley se consideraban depositarios de la interpretación de la Torá.
Conocían las Escrituras, las explicaban y, mediante sus decisiones,
orientaban la vida del pueblo. De alguna manera, poseían la «llave» que
permitía comprender la Palabra de Dios y discernir lo que estaba de acuerdo con
ella.
Precisamente por
eso Jesús dirige contra algunos de ellos una acusación muy seria: «¡Ay de
vosotros, maestros de la Ley!, porque os habéis apoderado de la llave del
conocimiento; vosotros no habéis entrado y a los que querían entrar se lo
habéis impedido» (cfr. Lc 11, 52).
El problema no era
poseer una llave, sino utilizarla de tal manera que, en vez de abrir el camino
hacia Dios, terminara cerrándolo. Una interpretación de la Escritura puede
acercar a las personas al rostro de Dios, pero también puede deformarlo hasta
hacerlo parecer inaccesible. Puede abrir puertas o levantar barreras.
Ahora Jesús confía
a Pedro las llaves del Reino. Y aquí resulta sugerente incluso la palabra
hebrea para «llave»: מַפְתֵּחַ (maftéaj), relacionada con
la raíz פתח (patáj), «abrir». La imagen orienta
espontáneamente nuestra mirada hacia la apertura.
La misión de Pedro
no consiste, por tanto, en disfrutar del privilegio de poseer una llave, sino
en abrir el acceso al Reino mediante el anuncio del Evangelio y
mediante aquella confesión que él mismo acaba de realizar: Reconocer a
Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios vivo.
Naturalmente, esto
no convierte a Pedro en propietario del Reino. Las llaves le han sido
entregadas. El Reino sigue siendo de Dios; la Iglesia sigue siendo de Cristo.
Precisamente por eso la autoridad recibida solo encuentra su sentido cuando
permanece al servicio de aquel que la ha confiado.
«Atar y desatar» significa también
aprender a discernir según el Evangelio.
Jesús añade una
segunda promesa: «Lo que ates en la tierra
quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en
los cielos».
«Atar» y «desatar»
pertenecían al lenguaje rabínico y remitían, entre otras cosas, a la
capacidad de discernir y decidir acerca de la conducta: qué puede admitirse y
qué debe rechazarse, qué es conforme a la voluntad de Dios y qué se aparta de
ella.
Por eso la misión
confiada a Pedro contiene una enorme responsabilidad: ayudar a distinguir
entre aquello que conduce a la vida y aquello que termina conduciendo a la
muerte; entre lo que construye verdaderamente al ser humano y lo que, aunque
pueda resultar atractivo, acaba destruyéndolo.
Pero Pedro solo
podrá ejercer correctamente ese discernimiento bajo una condición; la de
no volver a pensar simplemente según los criterios de los hombres.
Lo acabamos de
ver. Cuando Pedro se abre a la luz que viene del Padre, reconoce quién es
Jesús. Cuando vuelve a sus propios esquemas, termina queriendo corregir al
Maestro. De modo que el discernimiento de Pedro no será verdadero porque
proceda de Pedro, sino en la medida en que permanezca iluminado por Cristo y
por su Evangelio.
Eso hace
particularmente seria la imagen de las llaves. No basta con tenerlas; es
necesario aprender del dueño de la casa qué puertas deben abrirse y cómo
hacerlo.
Y la cuestión no
pertenece solamente al pasado. También nosotros vivimos dentro de una enorme
confusión acerca de lo que hace bien al ser humano. Se multiplican propuestas,
opiniones y formas de entender la vida; cada uno puede acabar siguiendo
simplemente aquello que le resulta más cómodo o atractivo. En medio de esa
confusión, el Evangelio pretende ofrecer un criterio para reconocer qué caminos
conducen verdaderamente hacia la vida.
La autoridad cristiana no se recibe para dominar,
sino para indicar el camino de la vida.
Hay además un
detalle importante. Aquí Jesús se dirige personalmente a Pedro: A él entrega
las llaves y a él dice «atarás» y «desatarás». Pero más adelante
encontramos la misma expresión, esta vez en plural, dirigida a los discípulos:
«Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que
desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo» (cfr. Mt 18, 18).
La misión singular
confiada a Pedro no elimina, por tanto, la responsabilidad de toda la comunidad
discipular. Cada discípulo está llamado, desde el Evangelio, a ayudar a otros a
reconocer el camino que conduce a la vida.
Por eso sería un
error entender estas palabras únicamente como concesión de un poder para
imponerse sobre los demás. En el Evangelio, toda autoridad recibida se
convierte en responsabilidad. A Pedro se le confía una misión enorme: abrir,
discernir, orientar, mantener visible el camino del Reino. Y todo
discípulo, en la medida que participa de la misión de Cristo, recibe también
una responsabilidad respecto de sus hermanos.
La pregunta,
entonces, puede alcanzarnos personalmente: cuando alguien se cruza con
nuestra vida, ¿encuentra en nosotros una puerta que le ayuda a acercarse al
Evangelio o una barrera que se lo hace más difícil?
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