sábado, 6 de junio de 2026
Corpus Christi - El misterio Eucarístico
martes, 26 de mayo de 2026
Audios de las Catequesis sobre el Espíritu Santo - No estás hecho para vivir a medias.
sábado, 4 de abril de 2026
“¡Ven, Señor Jesús!” — מָרָנָא תָא (Maranathá)
“¡Ven, Señor Jesús!”
— מָרָנָא תָא (Maranathá)
A veces, cuando se
oye hablar del fin de los tiempos, parece que todo se llena de sombras, de
inquietud, de preguntas raras, de imágenes que asustan. Pero yo quisiera
decírselo a los niños, a los jóvenes, a los mayores, con toda sencillez: al
final no viene el caos; al final viene Él. Viene el Señor resucitado. Viene
el que pasó por la cruz, sí, pero la cruz no tuvo la última palabra. Viene el
que venció a la muerte. Viene el que salió vivo del sepulcro. Viene el que nos
ama hasta el extremo.
Y por eso, cuando
yo pienso en su regreso, no pienso primero en el susto. Pienso en una alegría
inmensa. Pienso en la hora en que por fin quedará claro, para siempre, que la
vida ha triunfado y que el amor ha vencido. Pienso en el momento en
que toda lágrima encontrará consuelo, en que toda fidelidad escondida será
iluminada, en que todo lo que aquí vivimos con fe llegará a su plenitud.
A mí me gusta
mucho decir una cosa muy sencilla: nosotros no esperamos “algo”; esperamos a
Alguien. Esperamos a Jesús. No esperamos una fuerza anónima. No esperamos
un destino ciego. No esperamos una especie de final impersonal. Esperamos al
Señor. Al mismo Jesús del Evangelio. Al mismo que abrazaba a los pequeños.
Al mismo que tocaba a los enfermos. Al mismo que levantaba a los caídos. Al
mismo que miraba con ternura. Al mismo que, resucitado, mostró sus llagas y
regaló la paz.
Por eso la
esperanza cristiana no es una teoría. La esperanza cristiana tiene rostro.
Y ese rostro es el de Cristo resucitado.
Y esto, cuando uno
lo explica a los niños, es precioso. Porque los niños entienden muy bien lo que
significa esperar a alguien amado. Entienden lo que es mirar una puerta con
ilusión. Entienden lo que es preparar algo con cariño porque va a venir alguien
importante. Entienden lo que es ponerse contentos antes de tiempo. Y yo
creo que ahí hay una clave muy honda para la catequesis: esperar al Señor no
es vivir asustados, sino vivir deseándolo.
A mí me conmueve
pensar que el corazón cristiano debería parecerse un poco al corazón de un niño
que está pendiente de la puerta. Un niño que no calcula, sino que espera. Un
niño que no se encierra en sus miedos, sino que se abre a la alegría. Un
niño que no dice: “Ojalá no venga”, sino que dice: “¡Ojalá llegue ya!”.
Eso, llevado al alma creyente, es una maravilla. Eso es lo que la Iglesia ha
rezado desde el principio con esa invocación tan breve y tan ardiente: “¡Ven,
Señor Jesús!”. מָרָנָא תָא. Maranathá.
Qué oración tan
pequeña y qué grande es por dentro. Porque cuando yo digo: “Ven, Señor Jesús”,
estoy diciendo mucho más de lo que parece. Estoy diciendo: “Señor, te
necesito”. Estoy diciendo: “Señor, no quiero vivir lejos de Ti”.
Estoy diciendo: “Señor, creo que Tú eres la meta de la historia”. Estoy
diciendo: “Señor, sólo en Ti se cumple del todo mi esperanza”.
Y aquí hay algo
que me parece muy importante subrayar: nosotros no sabemos cuándo va a venir el
Señor. No se nos ha dado esa fecha. No vivimos pendientes de cálculos, ni de
curiosidades, ni de especulaciones. Pero eso no enfría nuestra espera. Al
contrario. No saber el día no apaga el deseo; lo purifica. Nos enseña a
vivir siempre preparados, siempre despiertos, siempre con el corazón en vela.
Por eso yo diría
que la esperanza cristiana no consiste en adivinar el calendario de Dios. La
esperanza cristiana consiste en vivir orientados hacia Cristo. Consiste en
levantarse por la mañana y, en medio de las tareas más normales, seguir
teniendo dentro del alma esa certeza: “Mi vida camina hacia un encuentro”.
Consiste en amar sabiendo que el amor no se pierde. Consiste en sufrir sin
desesperar. Consiste en trabajar, en servir, en cuidar, en rezar, en educar, en
acompañar, en luchar por el bien, y al mismo tiempo seguir diciendo por dentro:
“Señor, cuando quieras, ven”.
Y ahí entra la
Pascua de una manera bellísima. Porque yo no sé cuándo volverá el Señor, pero
sí sé desde dónde lo espero. Yo lo espero desde la Pascua. Lo espero
como Resucitado. Lo espero con luz de Pascua. Lo espero sabiendo que la última
palabra ya empezó a resonar en la mañana de la Resurrección. La piedra
removida, el sepulcro vacío, la victoria sobre la muerte… todo eso no es sólo
un recuerdo del pasado. Es el comienzo del futuro definitivo.
Por eso, cuando
hablo con niños y con familias, me gusta decir: nuestra espera tiene sabor
de Pascua. No es una espera gris. No es una espera tensa. No es una espera
triste. Es una espera luminosa. La Iglesia espera al Señor como una esposa
espera al esposo, como una familia espera a quien ama, como unos hijos esperan
a quien saben que les traerá la plenitud de la alegría.
Y entonces la
catequesis cambia de tono. Ya no se trata de meter miedo. Se trata de
ensanchar el corazón. Ya no se trata de decir: “Cuidado, que viene”. Se
trata de decir: “Qué alegría: el Señor vendrá”. Ya no se trata de vivir
encogidos, sino de vivir despiertos. Ya no se trata de una amenaza, sino de una
promesa.
A mí me gustaría
mucho que los niños crecieran con esta convicción: “Jesús puede venir, y yo
quiero que me encuentre queriéndolo”. Me parece una idea preciosa. Muy
sencilla, muy profunda y muy verdadera. Esperar al Señor es vivir de tal
manera que, si hoy llamara a la puerta, yo pudiera abrirle con alegría. Eso
es lo importante. Que nos encuentre con el corazón encendido. Que nos encuentre
amando. Que nos encuentre con ganas de correr hacia Él.
Porque, en el
fondo, esa es la gran pregunta: si el Señor llamara hoy, ¿cómo querría
encontrarme? Y la respuesta no tiene que ver con cosas espectaculares. Tiene
que ver con lo esencial. Querría que me encontrara rezando. Querría que me
encontrara perdonando. Querría que me encontrara sirviendo. Querría que me
encontrara sin haber endurecido el corazón. Querría que me encontrara con
esa alegría humilde de quien sabe que todo lo espera de Él.
Y aquí, otra vez, los
niños nos enseñan muchísimo. Porque ellos tienen una manera limpia de
desear. Tienen una manera limpia de esperar. Tienen una manera limpia de
alegrarse. Y quizá por eso me parece tan bonito pensar en ellos expectantes,
atentos, casi mirando si Jesús llama. No por nerviosismo, sino por amor. No por
angustia, sino por ansias santas. Qué expresión tan bonita: ansias
santas. El corazón que desea a Cristo. El corazón que dice: “Ven, Señor, porque
contigo todo será plenamente verdad, plenamente bueno, plenamente hermoso”.
Yo creo que eso
hay que enseñarlo mucho: desear a Cristo. No sólo obedecerle. No sólo
saber cosas sobre Él. No sólo repetir fórmulas. También desearlo. También
echarlo de menos. También querer su presencia. También decirle con verdad:
“Señor, yo quiero estar contigo”. Porque un cristiano maduro no es sólo el que
conoce la doctrina; es también el que ha aprendido a amar la venida del Señor.
Y por eso la
historia, para nosotros, no termina en un abismo. La historia termina en
Cristo. No termina en la derrota del bien. No termina en la victoria de la
muerte. No termina en la nada. Termina en el Señor. Termina en la plenitud de
su Reino. Termina en la manifestación definitiva de su amor. Termina en la
Pascua llevada a su cumplimiento total.
Qué consuelo da pensar esto. Qué fuerza
da. Qué paz da. Porque entonces uno entiende que ninguna fidelidad es inútil,
que ninguna lágrima ofrecida se pierde, que ninguna obra de amor cae en el
vacío. Todo camina hacia Él. Todo encuentra en Él su sentido último. Todo
espera su luz definitiva.
Por eso yo hoy querría dejar en el corazón
de todos, de los niños y de los mayores, esta certeza tan sencilla y tan
grande: nosotros vivimos esperando a Jesús. Y lo esperamos con alegría.
Lo esperamos con esperanza. Lo esperamos con el corazón despierto. Lo esperamos
con deseo. Lo esperamos como se espera la plenitud de una promesa largamente
amada.
Y por eso rezamos así, con toda el alma:
¡Ven, Señor Jesús! מָרָנָא תָא Maranathá. Ven, Señor Jesús,
porque esta humanidad te necesita. Ven, Señor Jesús, porque hay muchos
corazones cansados esperando consuelo. Ven, Señor Jesús, porque los niños te
esperan con alegría limpia. Ven, Señor Jesús, porque queremos vivir preparados
para Ti. Ven, Señor Jesús, porque en Ti ha triunfado la vida.
Ven, Señor Jesús, porque en Ti ha
triunfado el amor.
Ven, Señor Jesús, porque nuestra esperanza tiene tu nombre.
Y ojalá, cuando Él
venga, nos encuentre así: no paralizados por el miedo, sino ensanchados por la
esperanza; no escondidos, sino esperándolo; no distraídos, sino vigilantes; no
fríos, sino enamorados.
Porque, al final,
eso es ser cristiano:
vivir con el corazón vuelto hacia Cristo.
jueves, 1 de diciembre de 2011
Sin fe no se construye Europa
2011-12-01 L’Osservatore Romano.
Sin la ayuda de la religión no se construye Europa.
Se reconoce, por lo tanto, la urgencia de escuchar lo que las comunidades religiosas presentes en el continente tienen que decir con respecto al respeto recíproco y a una convivencia fructífera. Un campo en el que los representantes religiosos, principalmente cristianos, y católicos en particular, hacen alarde de una reconocida experiencia, construida a lo largo de décadas de relaciones ecuménicas y entre los diversos credos. «Hay una nueva atención —explica monseñor Aldo Giordano, observador permanente ante el Consejo de Europa— y una mayor conciencia del papel de las religiones. La perspectiva es correcta, también porque aquí no se trata de sustituir al diálogo interreligioso, que obviamente se mantiene desde hace mucho tiempo en otras sedes, ni se pretende afrontar temas teológicos. Se trata de reconocer que la religión es determinante para la identidad cultural que, en Europa, es una identidad evidentemente cristiana. Por lo demás, precisamente en virtud de esta identidad, naturalmente llevada a la apertura hacia el otro, el continente busca afrontar de manera justa los nuevos desafíos que se le presentan».
Entre estos está el tema de la educación. De quienes operan en el mundo de la comunicación, pero también de quien lee o escucha las noticias. Al organizar el encuentro en Luxemburgo, el Consejo de Europa reconoció que el periodismo tradicional y los nuevos medios de comunicación tienen un papel crucial al favorecer actitudes tolerantes o no con respecto a las diversas comunidades religiosas. Aparentemente es una observación que se da casi por descontado. Pero permite afirmar que las diversidades objetivas y no eliminables que existen entre los credos no se pueden evocar siempre como pretexto para que surjan sentimientos de hostilidad, que a menudo son de otra naturaleza: «Las religiones tienen mucho por decir —observa el padre Duarte Da Cunha, secretario del Consejo de las conferencias episcopales europeas— en la construcción de una comunidad multicultural. Estas son interpeladas por los medios de comunicación para contribuir a dicha construcción. Pero, al mismo tiempo, es preciso que los medios de comunicación adquieran mayor conciencia cuando se refieren a la vida religiosa de las comunidades». Estereotipos y sensacionalismos constituyen el peligro más evidente. Además de la falta de competencia profesional y la ignorancia que, como destacó Anne Brasseur, «es el peor enemigo de la tolerancia».
El extremismo, por desgracia, no es un hecho nuevo en el continente. Hoy —dijo el secretario general del Consejo de Europa, Thorbjørn Jagland, presentando el encuentro en Luxemburgo— «Europa se está polarizando, también por los efectos de la crisis económica. Presenciamos el éxito de partidos que se escudan en estos sentimientos, la discriminación en las relaciones con los rom, el antisemitismo, las actitudes hostiles en las relaciones con los musulmanes. Creo que, por ejemplo, los musulmanes se deben conocer mejor. Se reconoce la gran contribución que el islam ha dado también a la cultura europea pero, al mismo tiempo, el rol del cristianismo en la construcción de la identidad de Europa».
Se trata también de compartir aquellos valores comunes que no se interpretan a partir del derecho positivo en base al contexto histórico y cultural sino que asumen un carácter universal porque son inherentes a la naturaleza humana. Derechos fundamentales que —observa el padre Laurent Mazas, del Consejo Pontificio para la Cultura— «son un patrimonio que Europa ha heredado del cristianismo y que no tienen nada que ver con la evolución jurídica que hoy a veces se pretende acreditar». En el momento de identificar una base común de convivencia, los católicos recuerdan que los valores universales son los que Europa deriva precisamente de su identidad cristiana. Por lo demás, quien quiere construir puentes lo hace precisamente sin atravesar las montañas.
Marco Bellizi
miércoles, 2 de marzo de 2011
Los Sacramentos en general
sábado, 6 de octubre de 2007
Me fio de Jesucristo porque me ha dado pruebas de su amor...
No hace mucho un compañero que es profesor de religión en secundaria me contaba que haciendo una encuesta con sus alumnos para conocer en que cosas creían los muchachos y se encontró con una sorpresa. Partiendo de los diversos puntos del Credo, o sea, creo en Dios, que es Padre… etc., les fue poniendo en tres columnas las tres opciones, si creían, si tenían sus dudas o si simplemente no creían. Todo esto de un modo anónimo, para que tuvieran la máxima libertad de expresarse sin temor. Mi compañero se encontró que la mayoría sí creía en Dios Padre, del mismo modo creían en el Hijo, alguno sólo lo concebía como un hombre extraordinario del estilo de los grandes personajes históricos. Ya surgían las dudas con respecto al Espíritu Santo, pero aún así un tanto por ciento elevado creía. Pero donde se dio el desplome casi total fue cuando llegó el apartado de la fe que toca eso de la resurrección de los muertos. Algunos sí que creían que Jesucristo había resucitado pero no tenían tan claro que nosotros también resucitemos. Y otros dudaban sobre la resurrección de Cristo pero creían que sí que habría un más allá después de nuestra muerte. Y me comentaba este compañero profesor de religión que era bastante difícil que entendieran estos muchachos la celebración de la Eucaristía cuando lo que precisamente celebramos es la presencia viva y real de Cristo entre nosotros. ¿Cómo van a celebrar algo de lo que no creen o tienen unas grandes dudas?. Tal vez demos por supuestas cosas que, en realidad no lo están. Es cierto que la fe es un regalo de Dios, pero también es cierto que tenemos la obligación de alimentarla y testimoniarla.
La fe no es un título que adquirimos ni tampoco un producto que podemos comprar en un mercadillo. La fe es algo vivo y a la vez quebradizo, que se muere sino se la alimenta y se quiebra sino se la cuida. Sabemos por experiencia propia que hay altos y bajos en esto de la fe. Y esto es sencillo, porque cualquier circunstancia dolorosa nos hace dudar… pero sobre todo tiene que prevalecer nuestra fidelidad a Jesucristo.
Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar una altísima montaña, inició su travesía después de años de preparación, pero quería la gloria solo para él, por lo tanto subió sin compañeros.
Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió seguir subiendo, y oscureció.
La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, la luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.
Subiendo por un acantilado, a solo unos pocos metros de la cima, se resbaló y se desplomó por el aire, cayendo a velocidad vertiginosa. El alpinista solo podía ver veloces manchas oscuras y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos los episodios gratos y no tan gratos de su vida.
Pensaba en la cercanía de la muerte, sin embargo, de repente, sintió el fortísimo tirón de la larga soga que lo amarraba de la cintura a las estacas clavadas en la roca de la montaña.
En ese momento de quietud, suspendido en el aire, no le quedó más que gritar: AYÚDAME DIOS MIO!!!.
De repente, una voz grave y profunda de los cielos le contestó:
-¿QUE QUIERES QUE HAGA? –a lo que el alpinista atemorizado le contestó:
- Sálvame Dios mío.
Dios le volvió a preguntar -¿REALMENTE CREES QUE YO TE PUEDA SALVAR?.
-Por supuesto Señor. –Dijo el alpinista lleno de miedo.
-ENTONCES CORTA LA CUERDA QUE TE SOSTIENE...
Hubo un momento de silencio; el hombre se aferró más aún a la cuerda....
Cuenta el equipo de rescate, que encontraron a un alpinista colgando muerto, congelado, agarradas sus manos fuertemente a la cuerda... A TAN SOLO DOS METROS DEL SUELO...
¿Y tú?, que tan aferrado estás a tu cuerda queriéndolo tener todo “atado y bien atado”... ¿Te soltarías?.
No dudes nunca de Dios. Nunca debes decir que Él te ha olvidado o abandonado. No pienses jamás que Él no se ocupa de ti. Recuerda siempre que Él te sostiene de su mano.

