martes, 28 de enero de 2025
Homilía de la fiesta de la Presentación del Señor y Purificación de su Santísima Madre Lc 2, 22-40
viernes, 24 de enero de 2025
Homilía del Domingo III del Tiempo Ordinario, Ciclo C Lc 1,1-4; 4, 14-21
jueves, 16 de enero de 2025
Homilía del Domingo II del Tiempo Ordinario, Ciclo C La boda de Caná Jn 2, 1-11
domingo, 12 de enero de 2025
Homilía del Domingo del Bautismo del Señor, Ciclo C; Lc 3,15-16.21-22
Domingo del
Bautismo del Señor, Ciclo C
Lc 3, 15-16.21-22
El
evangelista san Lucas nos habla del bautismo de Jesús hablándonos de una
expectativa del pueblo: «el pueblo estaba
expectante». ¿Qué estaba
esperando el pueblo de Israel? Israel ha sido y es un pueblo que siempre ha
estado sufriendo a través de la historia. Caná y Palestina siempre ha sido una
tierra de paso siempre invadida por otros pueblos; en Oriente estaban los
grandes imperios, los asirios, los babilónicos, los persas; en Occidente tenían
el gran imperio del faraón. De tal modo que el pueblo de Israel ha estado
aplastado por estas grandes potencias. Y a nivel internacional Israel no había
contado nunca en este gran tablero de ajedrez. Y en toda esta situación de
hostilidad y de dureza, el pueblo de Israel siempre ha seguido cultivando la
esperanza de un futuro glorioso. Una esperanza iniciada con la esperanza hecha
por el profeta Natán a David, el cual le prometió a su descendencia un reino
eterno.
Y
en los momentos de prueba la promesa de la venida del salvador revivía; ya que
con él se esperaba el inicio de un reino de paz, de justicia, de estabilidad y
de bienestar. Y esta esperanza se acrecentó, sobre todo, en los dos siglos
antes de Cristo; era un tiempo de una profunda crisis económica y política. Los
judíos que vivían en Palestina estaban expuestos al arbitrio de grandes
latifundistas griegos y romanos. En cambio, muchos de los judíos que estaban
viviendo en ciudades del imperio romano les iba mucho mejor, teniendo gran
poder económico y comercial.
En
Palestina tenían, no sólo una crisis económica y política, sino también sufrían
una crisis religiosa, porque ellos habían entrado en contacto con la gran
cultura grecorromana y muchos judíos se sintieron seducidos y abandonaron la fe
de sus padres.
En
este clima surgieron varios grupos religiosos y políticos, los cuales
cultivaban de diferentes maneras y de diferentes expectativas de un Mesías,
cada cual con una concepción muy diferente. Los saduceos, la gente rica
que gozaban de una buena situación social, los sacerdotes del Templo esperaban
a un Mesías que fuera un Sumo Sacerdote que practicase una religión, un culto y
unos sacrificios de forma perfecta; esto generaría un nuevo modo de relación
con Dios que sería comercial, en el que uno le ofrecía sacrificios a fin de que
le concediera sus favores divinos. Ésta era la expectativa de los saduceos; el
Mesías que fuera un Sumo Sacerdote. Los fariseos se esperaban a un
Mesías que interpretase perfectamente la Torá y que asegurase que fuera
observada por todo el mundo. Los esenios esperaban a un Mesías que
liderase la lucha de los hijos de la luz contra los hijos de las tinieblas, y
hacer uso de la espada para conseguir ese fin. Los celotes esperaban un
nacionalismo exacerbado y esperaban al Mesías como un líder militar, un
verdadero hijo de David que iba a aniquilar a todos los conquistadores paganos
y llevar al pueblo judío al dominio de todas las naciones de la tierra. También
les había quienes esperaban en lo que decían las profecías: que Dios
mismo iba a intervenir a reinar a Israel. El profeta Ezequiel en el capítulo 20
nos dice: «Os juro, oráculo
del Señor, que seré yo quien reine desplegando mi poder con furor incontenible» (cfr. Ez 20, 34). Esperaban una
intervención directa de Dios. Éstas eran las expectativas del pueblo de Israel
cuando Jesús llegó al río Jordán.
El
bautismo que planteaba Juan era un signo de conversión, de cambio de vida para
el perdón de los pecados. Y con lo que decía y cómo se comportaba Juan el
Bautista hizo que el pueblo entendiera que el perdón de los pecados no podía
proceder del Templo con un acto litúrgico, un holocausto o sacrificios. Implicaba
un cambio más profundo y este tipo de cambio era rechazado por las autoridades
religiosas porque percibían que la gente se ‘les escapaba’ del Templo.
El
pueblo creyó encontrar en el desierto, en Juan el Bautista, al Mesías, el
deseado liberador de Israel. Y el evangelista Juan deja claro que el Bautista
no lo es. El Bautista dice «yo os bautizo con
agua», o sea con un
líquido externo al hombre, que sirve para limpiar externamente y que es un
signo de cambio de vida para obtener el perdón de los pecados.
Y
sigue diciendo que «pero viene el que
es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la
correa de sus sandalias». El evangelista emplea una expresión que
se ubica en el contexto cultural de la época: «no
merezco desatarle la correa de sus sandalias».
¿Qué quiere decir Juan el Bautista con esta expresión de las sandalias? Se
trata de una ley en la institución matrimonial que se llamaba del levirato.
Esta ley establecía que cuando una mujer quedaba viuda, pero sin hijos/sin
descendencia, su cuñado tenía la obligación de dejarla embarazada. El niño que
naciera de esa unión carnal llevaría el nombre del marido difunto. Era una
manera de perpetuar el nombre de la persona (cfr. Gn 38; la historia de
Tamar) y de garantizar la estabilidad de los bienes familiares (cfr. Rt 4; la
historia de Rut- En el libro de Rut, Booz adquiere el derecho de redimir a
Ruth, la viuda de un pariente cercano, y casarse con ella. Recibe la sandalia
del difunto como credencial; la sandalia de Elimélec, el esposo de Noemí).
Cuando
el cuñado se negaba a tener relaciones carnales para dejar encinta a esta mujer
-y se podía negar por motivos de interés, porque deseaba enviarla a su clan
familiar o por otros motivos-, y no desea tomar a su cuñada como mujer, «irá la cuñada a la donde los ancianos, y
dirá: “Mi cuñado se niega a perpetuar el nombre de su hermano en Israel; no
quiere cumplir conmigo como cuñado”. Los ancianos de su ciudad lo llamarán y le
hablarán. Si al compadecer dice que no quiere tomarla por mujer, su cuñada se acercará
a él en presencia de los ancianos, le quitará la sandalia de su pie, le
escupirá a la cara y pronunciará estas palabras: “Así se hace con el hombre que
no edifica la casa de su hermano”; y se le llamará en Israel “Casa del
descalzado”»; y es probable
que en este caso la mujer continuara en posesión de los bienes de su marido
(cfr. Dt 26, 5-10). Era un gesto que significaba que el derecho que tenía su
cuñado de quedarla embarazada esta mujer viuda le pertenecía. La sandalia es un
signo del derecho a casarse con una novia.
Aquí
el significado de la esta expresión de «no
merezco desatarle la correa de sus sandalias»
de Juan el Bautista significa que no soy yo quien tiene que fecundar a esta
viuda -que representa al pueblo de Israel, ya que era considerado como la
viuda-, porque mientras Juan el Bautista únicamente sumerge en el agua, símbolo
de un cambio de vida, Jesús nos sumergirá y nos involucrará de la misma vida
divina. Juan el Bautista ni siquiera se merece desatar la sandalia, por lo que
no se acredita como novio. Es Jesús quien nos engendra en la vida del Espíritu
del que surge una vida nueva: la vida de la Iglesia, la vida de la Comunidad.
Los
poderosos nunca querrán la conversión ni el cambio de vida porque están muy
contentos con su poder. Y en cambio la persecución hace siempre florecer la
vida y no la extingue. Cuando los poderosos hacen callar a una voz, surge otra
voz más poderosa aún. A Juan le cortaron la cabeza y de ese modo le hicieron
callar, pero surgió una voz que «bautiza
con Espíritu Santo y fuego».
En
el evangelio de Lucas presenta a Jesús siendo bautizado como uno mas de entre
la multitud. Nos dice el evangelio que «todo
el pueblo era bautizado» por Juan. Todo el
pueblo ha entendido que Juan el Bautista, en el desierto, a través del rito de
inmersión dice la verdad. Dice la verdad en oposición a los ritos que se hacían
en el Templo, ya que en el Templo se creía que a través de un sacrificio al Señor
se obtenía el perdón de los pecados. La gente ha entendido que las palabras de
orientación en la vida proclamadas por Juan el Bautista son auténticas y
conducen a una auténtica purificación de los pecados.
El
bautismo era un símbolo de muerte para la gente; era un morir al pasado, a lo
que uno fue, para iniciar una vida nueva. Pero para Jesús el bautismo es un
signo de muerte, pero no de un pasado de pecado -ya que él no tiene pecado-,
sino de la aceptación de muerte en el futuro. El mismo Jesús dirá más adelante
en este mismo evangelio: «¡He venido a
arrojar un fuego sobre la tierra, ¡y cuánto desearía que ya hubiera prendido!
Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia estoy hasta que se
cumpla!» (cfr. Lc 12,
49-50). Ese bautizo de fuego del que habla el Bautista se trata de la muerte de
Jesús. Ese bautismo de Jesús significa la fidelidad al amor de Dios y el
aceptar la persecución y también la muerte.
Nos
dice que «mientras oraba, se
abrieron los cielos». ¿Qué significa
este cielo que se abre? Es la comunicación permanente y definitiva del hombre
con Dios. El Cielo indica la realidad divina. Cuando un hombre se empeña en
manifestar el amor de Dios es donde se da la comunicación entre Dios y los
hombres es continua. Con Jesús esta comunicación con Dios Padre será
ininterrumpida.
Sigue
diciéndonos el evangelio que «bajó el Espíritu
Santo»; bajo toda la
fuerza y la energía del amor de Dios que desciende sobre Jesús con la forma
corpórea de una paloma. La imagen de la paloma nos remite a la creación cuando
el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas (cfr. Gn 1, 2); en la
interpretación rabínica se decía que era ‘como una paloma’ porque en Jesús
se genera una nueva creación.
Del
mismo modo nos remite a la paloma saliendo del arca de Noé después del diluvio
en señal del perdón; Jesús es el perdón de Dios. Hay un proverbio
palestinense que dice ‘como el amor de una paloma en su nido’. La paloma
es un animal que se queda muy apegado a su nido original. Pueden cambiar de
nido o hacer otro nuevo, pero no es algo que la paloma lo desee. Por lo tanto, Jesús
es el nido del espíritu y donde se manifiesta la plenitud del amor de Dios.
Y sigue diciéndonos el texto: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco». El amado significa el heredero, el que hereda todo del Padre. Y que en Jesús se manifiesta toda la verdad de Dios y todo el pueblo lo tiene que aprovechar.
miércoles, 8 de enero de 2025
Jesús en la vida oculta en su hogar
lunes, 6 de enero de 2025
Homilía de la Epifanía del Señor, Ciclo C Mt 2, 1-12
Epifanía del
Señor, 06.01.2025
Ciclo C (Mt 2, 1-12)
Hoy
es la fiesta de la epifanía. Pero ¿por qué celebramos esta fiesta el día 6 de
enero? Epifanía (ἐπιφάνεια 'aparición', 'manifestación') deriva
del verbo griego ἐπιφαίνω, que significa ‘mostrar’,
‘aparecer’ (ἐπί 'sobre' + φαίνω 'mostrar’, ‘aparecer', en la forma φαν- +
-ης; etimología en ἐπί, φαίνω). ¿Por qué en esta fecha? En el
origen de esta fiesta se celebraba la manifestación, la epifanía de la luz. En
Oriente, ya en el siglo tercero antes de Cristo existía la fiesta del solsticio
de invierno: Una fiesta dedicada al triunfo de la luz sobre las tinieblas. En
toda la antigüedad se recoge y era bien conocida la escena de Apolo, el dios
sol, con su cuadriga llevando al sol que triunfa sobre la oscuridad de la
noche. Era como si el sol recomenzara a tener la energía, como comenzando un
nuevo ciclo con nueva fuerza; la victoria de la luz sobre las tinieblas. Este
solsticio en la antigüedad era calculado de un modo aproximado en torno al 21
de diciembre, pero cuando en la antigüedad se dieron cuenta realmente que las
cortinas de las tinieblas eran derrotadas por la luz era el 6 de enero. De
hecho, bajo el reinado de Tiberio, en la época de Jesús, el solsticio era
celebrado tanto en Alejandría como en todo el Próximo Oriente en torno al 6 de
enero. Incluso el propio refranero popular castellano lo recoge: «Por los Reyes, ven el alba los bueyes. Por
los Reyes, un paso de bueyes»; «El día de la Epifanía se ven las
estrellas al medio día»; «Por Reyes, aumenta el día la pata de una
gallina —de hora más de día»; «Ya
estamos en Reyes, ya lo notan hasta los bueyes».
Este sol material que
en la antigüedad era considerado como un dios (esta religión del dios sol fue
lo introdujeron los emperadores romanos Heliogábalo y Aureliano). Fue Aureliano
quien estableció la fecha pagana el día 6 de enero. Cuando llegó el emperador
Constantino esta fiesta continuó como la manifestación de la luz sobre las
tinieblas/obscuridad, pero ya no era la celebración de la victoria del dios sol
sobre la oscuridad de la noche. Sino que ahora es la victoria de la luz del
cielo, que es Cristo, que ha iluminado las tinieblas de nuestra mente, de
nuestro ser, de nuestras vidas y de todos nuestros corazones: Este es el
sentido actual de lo que hoy estamos celebrando; la epifanía del Señor. El
propio Zacarías nos lo expresa en su cántico:
«Bendito
el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y nos ha
suscitado una fuerza salvadora (lit. ‘un cuerno de poderío y vigor’;
cfr. Sal 18, 3; Sal 75, 5; Dt 33, 17; 1 R 22, 11; Za 2, 4) en la casa de
David, su siervo, como había prometido desde antiguo por boca de sus santos
profetas (…). Por las entrañas (sentimientos) de misericordia de nuestro
Dios, que harán que nos visite (que hicieron que nos visitara) una
Luz de lo alto (estrella de la luz, ver Nm 24, 17; Ml 3, 20; Is
60, 1 y germen que retoña del tronco de David, ver. Jr 23, 5; 33, 15; Za 3, 8;
6, 12), a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de
muerte, y de guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (cfr. Lc 1, 67-79).
La
Luz es la manifestación del amor de Dios; esta ha sido y es la luz que ilumina
a todo el mundo. En Israel poco a poco fueron descubriendo de un modo
progresivo el rostro del Dios amor, y esta preparación dada al pueblo de Israel
era precisa y necesaria para que posteriormente acoger a esta luz que revelaba el
amor incondicional del amor por el hombre que llegaría al mundo con Cristo.
Con
Cristo ha empezado a brillar la nueva luz, la cual ilumina y elimina todas las
tinieblas del mundo. Algunos se han dejado iluminar por esta luz y otros se
están empeñando en apagar esta luz. San Mateo desea acercarnos a todos nosotros
a esta luz, para que la acojamos en su plenitud.
«Habiendo nacido Jesús en Belén
de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en
Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de
los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a
adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó
y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas
del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron:
«En Belén de Judea,
porque así lo ha escrito el profeta:
“Y tú, Belén, tierra de
Judá,
no eres ni mucho menos la
última
de las poblaciones de
Judá,
pues de ti saldrá un jefe
que pastoreará a mi
pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le
precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén,
diciéndoles:
«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo
encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
El
pasaje evangélico empieza metiendo en escena personajes enigmáticos, los magos
venidos del Oriente que van tras la luz que han visto brillar en una estrella
que ellos han identificado como el nacimiento de un nuevo rey. Una de las
leyendas eleva a la dignidad de reyes a estos magos de Oriente. Esto está
animado por la alusión implícita que hace Mateo al Salmo 72: «(…) los reyes de Tarsis y de las islas
traerán consigo tributo. Los reyes de Sabá y de Seba todos pagarán tributos,
ante él se postrarán los reyes, le servirán todas las naciones (…) que viva y
le den el oro de Sabá. Sin cesar rogarán por él, todo el día lo bendecirán» (Sal 72, 10-15). Por esto inmediatamente
ese pensó que aquellos que trajeron los regalos y que se postraron y le
adoraron haciendo homenaje a Jesús recién nacido se les tomó como reyes de
naciones del Oriente, tal y como rezaba el Salmo 72.
El
segundo paso a dar es el de precisar el número de estos magos. En un primer
momento el número variaba de dos a doce magos. Posteriormente se estabilizó en
tres porque eran tres los regalos que ofrecieron a Jesús recién nacido: Oro,
incienso y mirra.
El
tercer paso fue el darles nombre a estos tres magos de Oriente: Melchor, Gaspar
y Baltasar. La tradición nos cuenta que ellos después de muchas vicisitudes y
peripecias en sus vidas ocasionadas por la fe en este nuevo rey al cual le han
rendido sincera y eterna pleitesía, abandonaron aquellos reinos del mundo para
seguir al nuevo rey que ellos habían encontrado. Se cuenta que 60 años después
de este acontecimiento se volvieron a reunir los magos para celebrar la fiesta
del nacimiento en Sebaste, en Armenia. Y posteriormente uno tras otro fueron
muriendo; Melchor con 116 años, luego Baltasar con 112 y por último Gaspar con
109 años. Después en el año 1164, el emperador alemán Federico Barbarroja
regaló a la ciudad de Colonia las reliquias de los Reyes Magos, mismas que
fueron trasladadas desde la Tierra Santa a Milán, y desde ahí a Colonia. La
devoción cristiana se ha aficionado y apegado a estos personajes.
El
evangelista Mateo les llama ‘magos’, pero no hacen referencia a la magia. Ese
tipo de ‘magos’ de la magia eran considerados por los romanos y por los judíos
como charlatanes. Mateo les llama magos y la razón es que está aludiendo a una
profecía de Antiguo Testamento que está hablando de un mago del Oriente que se
llamaba Balaán (en hebreo: בִּלְעָם) (cfr. Nm 22-24). La historia de este mago,
Balaán, está relatada en el libro de los Números. Balaán había sido llamado por
el rey Balac, el rey de Moab, el cual visto cómo los israelitas estaban
atravesando sus tierras y le estaban causando problemas. Entonces el rey de
Moab, Balac, quería combatir contra los israelitas pero los israelitas eran
fuertes y numerosos; además los israelitas tenían la fama de que tener a un
dios de parte, el cual era un dios invencible; tan invencible que había
derrotado incluso al ejército de los Egipcios. Entonces el rey de Moab llama a
Balaán, el cual era un mago, para que maldijera a ese pueblo israelita. Y ¿qué
es lo que pasa? Que este mago es llevado a una montaña (con toda la peripecia
que le sucedió con la burra, la cual incluso le llegó a hablar [cfr. 22,
22-35]) y en vez de maldecir a Israel lo bendijo «postrándose
rostro en tierra». De nuevo Balac
hace subir a Balaán a la montaña desde el cual se divisaba un extremo del
campamento de los israelitas porque el rey le había pagado a Balaán por
maldecir a Israel. El propio Balaán llega a pronunciar un oráculo de gran
interés:
«Entonces
Balac, enfurecido contra Balaam golpeó las manos y le dijo: «Yo te llamé para
que maldijeras a mis enemigos, y tú ya los has bendecido tres veces. Huye a tu
patria cuanto antes. Estaba dispuesto a colmarte de honores, pero el Señor te
ha privado de ellos».
Balaam le respondió: «Ya le había
anticipado a los mensajeros que me enviaste: «Aunque Balac me diera su casa
llena de plata y oro, yo no podría transgredir una orden del Señor, haciendo
algo por mi cuenta, ni bueno ni malo. Yo debo decir únicamente lo que dice el
Señor». Y ahora que regreso a mi cada, déjame anunciarte lo que este pueblo
hará con el tuyo en los días que vendrán». Entonces pronunció su poema,
diciendo: «Oráculo de Balaam, hijo de Beor, oráculo del hombre de mirada
penetrante; oráculo del que oye las palabras de Dios y conoce el pensamiento
del Altísimo; del recibe visiones del Todopoderoso, en éxtasis, pero con los
ojos abiertos. Lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca: una
estrella se alza desde Jacob, un cetro surge de Israel» (Nm 24, 10-17).
El
mago Balaán se refiere a una estrella que surge en la dinastía de David. Esta
estrella se refería a la profecía. Surge una nueva estrella la cual eclipsa a
todas las estrellas anteriores a ella. Mateo introduce a los magos de Oriente
que han visto la estrella, porque esa estrella era la estrella anunciada por el
mago Balaán era la de un rey como Josías. Pero Mateo dice que la estrella
nacida en la dinastía de David, la cual dará inicio a un reino que no tendrá
fin, es Jesucristo. Mateo quiere decir que los magos reconocieron en Jesús la
estrella anunciada por Balaán.
Es
Jesús la estrella. Jesús es la estrella porque él es la luz que guía a cada
hombre. Y el que siga a esta estrella ha de saber que no seguirá a una persona
con éxito en este mundo. Esta luz, que es Cristo, nos trae y nos hace ver los
valores más auténticos que realmente cuentan para edificar al hombre como
hombre y a la mujer como auténtica mujer. Si seguimos a otras estrellas nos
terminaremos estrellando y caeremos en la más profunda decadencia moral y
ética.
Jesús
es presentado en el Nuevo Testamento como la entrada de la luz, como la
epifanía; la manifestación de la luz venida del Cielo. El propio Simeón
reconoce a Jesús como la luz: «(…) porque han
visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los
pueblos, luz para alumbrar a las gentes y gloria de tu pueblo Israel» (cfr. Lc 2, 31-32). En el mismo prólogo
del evangelio de San Juan, cuando habla del Bautista nos dice: «Éste vino para un testimonio, para dar
testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino
quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que
ilumina a todo hombre, cuando viene a este mundo» (cfr. Jn 1, 7-9). No obstante, el mundo
ha preferido vivir en la oscuridad antes que la luz, siendo ésta la gran
tragedia de los hombres. Lo que sucede es que la luz me deja bien en claro
cuando uno se sale del camino o de la senda. Si amas las cosas o a las personas
de un modo equivocado, la luz te lo muestra para que corrijas los pasos mal
dados. En el capítulo 8 de san Juan, el mismo Jesús se presenta como la Luz: «Yo soy la luz del mundo, la persona que me
siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12).
Con
Jesús ha llegado la luz al mundo y esta luz se manifiesta a todos los pueblos;
se realizar la epifanía de esta luz. Ante esta luz, que es Cristo, hay dos
actitudes, y estas dos actitudes se reflejan en dos grupos de personas: El primer grupo son los magos. Frente
a esta luz, que es el mismo Cristo, los magos de Oriente se caracterizan porque
ellos levantan los ojos y miran a esta estrella. Ellos no se contentan con
mirar hacia la tierra, ellos no se contentan con las comodidades o necesidades
ya cubiertas en la tierra, pero es una vida que termina. Los magos de
Oriente anhelan una vida que nunca termina. Esta vida que no termina sólo
puede proceder de lo alto, y ésta es la luz que brilla en Jesús de Nazaret. Mirar
hacia lo alto es lo propio del hombre que se cuestiona sobre el sentido de su
existencia y de su destino. Y este sentido de la vida nos lo entrega la suprema
luz que es Cristo. Ellos vislumbraron una luz que les daba un sentido a sus
vidas. Esos magos nos representan en la búsqueda de la estrella que guía
nuestras vidas y nuestros pasos. Y la tradición ha identificado
inteligentemente a estos personajes: Melchor, el viejo, el más mayor, con el
pelo blanco, de larga barba y que ofrece el oro que representan a todos
aquellos mayores que tienen una mirada cansada por el peso de la historia y de
la sabiduría acumulada; Baltasar con la piel oscura, el hombre maduro y que
ofrece la mirra; y luego Gaspar, el más joven, sin barba con la piel rosada,
que ofrece el incienso. En estos tres están representados todas las razas y
todas las edades. Y Mateo nos hace la invitación a ser como ellos; a ser
personas que alzan la mirada a lo alto y que se dejan envolver por esta luz del
Cielo que es Cristo.
Entra
en escena un segundo grupo, un segundo grupo que no acoge en absoluto a
esta luz. Es el rey Herodes que se encuentra muy perturbado y enfadado. Aquellos
que se oponen a la luz son todos aquellos que se han instalado en su ubicación
de poder, ya sea político o religioso. Y si se tienen que subir los impuestos y
oprimir a los más desfavorecidos o a todo el pueblo para conseguir sus propios
fines, pues lo hacen sin problema. Y ese reino de los poderosos continua porque
a ellos les interesa. No sirven al pueblo, sino que se sirven del pueblo. Y
claro está, los poderosos no quieren hacer cambios; no cuestionan nada; no
sienten ninguna preocupación por los demás porque están drogados y son adictos
del tener y del poder.
El
evangelista nos dice que «el rey Herodes se
sobresaltó». La forma verbal
griega que emplea el evangelista Mateo es ἐταράχθη (ser agitado). Que nos
remite a la agitación del agua del mar, de las olas embravecidas. Es el mismo
verbo que emplea Flavio Josefo cuando habla del terror del faraón y de todos
los egipcios cuando se enteraron del nacimiento -procedencia- de Moisés (cfr.
Ex 2, 15). Cuando se enteran del que va a venir a cambiar el mundo les entra el
pánico a todos los faraones.
De
hecho, Herodes ya había matado a una docena de familiares por temor a que ellos
le usurpasen el trono. Y era normal que tuviera miedo porque era un rey
ilegítimo. Y nos cuenta Mateo que «se
sobresaltó y toda Jerusalén con él».
Mateo presenta a toda Jerusalén como la ciudad rodeada de tinieblas, de
oscuridad; si permaneces en Jerusalén no vas a poder ver esta luz brillar. Esta
Jerusalén indica el mundo antiguo, la forma antigua de concebir a Dios y la
relación con él. La religión del Templo de Jerusalén era un comercio con Dios
en el que uno ofrecía alguna cosa a Dios para que Dios se mostrase con uno con
benevolencia. Y este tipo de relación tenebrosa y oscura con Dios quedará
disuelta con la luz que viene a traernos Cristo. Y toda Jerusalén queda
sobresaltada, turbada, queda agitada por esta luz, por este nuevo modo de
entender y concebir esta nueva relación con Dios. Herodes está agitado porque
Jesús ha venido a derribar los reinos de este mundo, los reinos de la opresión
y de la tiranía. El reino que Jesús nos trae no es el de los dominadores o de
los faraones, sino el reino de los siervos. El que gobierna, gobierna
sirviendo. El que es grande no es el que está en el trono, sino el que se
rodilla para lavar los pies al hermano. Los que están siempre en la esfera del
poder viven en la mentira, traman las cosas desde el secreto ya que temen
perder el poder y las influencias que tienen. Herodes no quiere cambiar y hará
todo lo posible para mantenerse en el puesto que está.
«Ellos, después de oír al rey, se
pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a
guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron
en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo
adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y
mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no
volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro
camino».
La
estrella no se ve estando en Jerusalén. Sólo cuando están los magos lejos de la
capital donde dominan la oscuridad y las tinieblas que indican el poder de la
religión mal entendida como comercio con Dios, la religión inventada por el
hombre, allí no brilla la luz de la estrella. Cuando salen de Jerusalén es
cuando ellos ven de nuevo la luz de esta estrella que es Cristo. Salir de
Jerusalén es una invitación a salir del modo tradicional de justificar todo lo
que sucede, salir del modo de pensar común, salir del modo de razonar y de
evaluación común de todos, el no actuar en forma de manada, sino razonar y
penar como personas con criterios elaborados con firmeza evangélica. Salir de
Jerusalén para poder ver de nuevo la luz de la estrella es salir del reino de
la lógica del mundo que nos enseña que el hombre con éxito es el que acumula
bienes, que alcanza muchos reconocimientos, que le dedican calles, plazas y
puentes y que disfruta del poder. Es necesario salir de Jerusalén para poder
contemplar la luz de la estrella ya que si tenemos un embotamiento mental nuestro
corazón estaría petrificado.
Esta
Jerusalén que ‘se agita’ y en el que no se puede ver la luz de la estrella
representa el reino de la religión que no establece ni desea instaurar una
relación de amor libre y gratuito con Dios, sino que únicamente desean y
apuestan por una relación comercial como ocurría en el Templo de Jerusalén.
Recordemos cómo Jesús volcó las mesas de los cambistas e hizo un látigo para
expulsar a los vendedores del Templo (cfr. Mt 21, 12-13). Es necesario salir de
esta ciudad para poder ver la luz de la estrella que es Cristo.
Una
de las señales que nos muestra que no brilla la luz es la tristeza. Apenas
salen de Jerusalén y ellos vuelven a ver de nuevo la luz de la estrella y se
llenaron de una gran alegría e inmensa. Ese viaje hacia la luz es lo que nos
conduce a la alegría. Y nos conduce esa luz a la alegría porque cuando uno
responde a la propuesta del hombre que nos hace Cristo uno descubre la propia
identidad; sabe quién es uno, sabe para que trabaja, sabe para qué vive, y sabe
para quién ama. Es entonces cuando uno encuentra la paz y la armonía con uno
mismo y con los demás.
El
camino tras esta luz no es sencillo, porque de vez en cuando esta luz
desaparece y nosotros nos sentimos desorientados y nos podemos sentir sumidos
en la niebla y tinieblas de este mundo. ¿Qué hacer en estos momentos de
dificultad que se nos presenta en nuestro camino tras la luz de la estrella? Porque
son momentos de duda, de incertidumbre, de miedo. Ante esto uno no debe de
cambiar de dirección, sino sigue confiando sin alterar trascurso del camino. Los
magos no han abandonado la dirección al dejar de ver la luz de la estrella, sino
que continuaron buscando esta luz.
Los
magos cuando se encuentran con la luz que es Cristo lo que hacen es presentar
sus regalos. Mateo concreta los regalos en oro, incienso y mirra. Estos dones
(oro, incienso y mirra) nos remiten a la profecía de Isaías donde se nos dice
que Jerusalén ante la luz del Señor «al verlo te pondrás radiante, tu
corazón se ensanchará estremecido, pues vendrán a ti los tesoros del mar, te
traerán las riquezas de los pueblos. Un sinfín de camellos te cubrirá, jóvenes
dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos vienen de Sabá trayendo oro e incienso
y pregonando alabanzas a Yahvé»
(Is 60, 5-6). De aquí -de este texto del profeta Isaías- entendemos que en
nuestra tradición los magos vengan en camellos y en dromedarios.
El
simbolismo de los regalos (oro, incienso y mirra) ha sido variado. El oro hace referencia al pago de un
tributo al soberano y aquellos que han visto la luz del nuevo rey le presentan
el tributo; es decir, reconocen en Jesús que él es el rey y ellos quieren
pertenecer a ese nuevo reinado.
El
incienso es un elemento específico del servicio sacerdotal; sólo los
sacerdotes pueden hacer la ofrenda del incienso. Estas personas que han visto
la luz y han mostrado su total adhesión a Jesús como nuevo rey también ellos
son constituidos sacerdotes. Ofrecen a Dios el culto de toda su vida, y ese
ofrecer la propia vida a Dios es el único incienso que le place, que le gusta,
que disfruta el propio Dios. Es el incienso del amor, del servicio al hermano.
Aquel que entra en este nuevo reino ofrece a Dios el culto que a él le gusta.
Y
al final está la mirra. Si nos acercamos al Cantar de los Cantares
continuamente la mirra nos remite al símbolo del amor. Ya en el capitulo
primero dice la esposa que casarse con su amado es para ella como una bolsa de
mirra: «Mi amado es para
mí una bolsita de mirra que descansa entre mis pechos» (cfr. Ct 1, 13). Y más adelante dice el
esposo a la esposa «eres huerto
cerrado, hermana, esposa mía, huerto cerrado, fuente sellada. Jardín de
granados tus brotes, con exquisitos frutos: nardo, azafrán, canela y cinamomo,
mirra, áloe y los mejores bálsamos»
(cfr. Ct 4, 13-14). La mirra remite siempre al amor; la mirra es el amor de la
esposa. Los magos representan a todos aquellos que han mostrado su total
adhesión al nuevo reino instaurado por Cristo, lo cuales se han constituido
sacerdotes y tienen una relación esponsal/matrimonial con Dios. Dios no es el
patrón o el legislador, ni el verdugo ni el justiciero; Dios es el que ama
incondicionalmente al hombre y el hombre se siente tan involucrado en ese amor
como la esposa con el esposo en este amor.
Y los magos «se retiraron a su tierra por otro camino». Regresan por otra ruta. Ya no retornan por el mismo camino, sino por otro distinto porque han descubierto la nueva luz y ahora ellos inician una nueva relación con Dios, consigo mismos y con los hermanos. Todo completamente nuevo, y van por otro camino a la hora de regresar a su tierra. Si nos dejamos guiar por la luz de esta estrella toda la historia de nuestra vida adquirirá todo su sentido.
sábado, 4 de enero de 2025
Homilía del Domingo II después de Navidad Jn 1, 1-18
Domingo II después de Navidad, Ciclo C
05.01.2025
Jn
1, 1-18
En
el prólogo el evangelista anticipa todo su evangelio; lo cual posteriormente lo
irá desarrollando.
«En el principio existía el Verbo», el Verbo, la Palabra,
la cual es creadora y que realiza el proyecto de Dios. «Y el Verbo estaba junto a Dios,
y el Verbo era Dios».
El evangelista corrige lo que se dice en el libro del Génesis donde está
escrito «en el principio
creó Dios el cielo y la tierra»,
porque incluso antes de crear el cielo y la tierra ya tenía este proyecto para
realizar. Primero estaba el proyecto de realizarlo y lo hizo junto al Verbo. Y
todo lo hizo por medio de la Palabra, del Verbo: «Dijo
Dios: “Haya luz”, y hubo luz»
(cfr. Gn 1, 3). El evangelista destaca el papel que desempeña Cristo en la
creación. En un primer momento la tradición bíblica sostenía que el mundo había
sido creado con vistas o respondiendo a las Diez Palabras, a los Diez
Mandamientos, es decir el decálogo. Será una única Palabra la que se manifestará
en este evangelio en un único Mandamiento Nuevo, el de Jesús: «que os améis los unos a los otros; que,
como yo os he amado, así os améis así entre vosotros» (cfr. Jn 13, 34).
«Él
estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no
se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la
vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la
tiniebla no lo recibió».
El
evangelista llama a Jesús con el título ‘Verbo’. Nosotros estamos más
acostumbrados a llamarle ‘Cristo’, ‘Señor’, ‘Mesías’, ‘hijo de Dios’,
‘Salvador’, etc.; lo llama ‘Verbo’ y sólo el evangelista Juan lo llama así. Lo
emplea en su primera carta y también en el Apocalipsis. ¿Por qué el evangelista
Juan lo llama así? ‘Verbo’ es una palabra que deriva del latino ‘verbum’
que significa ‘palabra’; la traducción del término griego ‘logos’ (λóγος). Jesús es llamado ‘Verbo’ o ‘Λóγος’
o Palabra porque es el modo de cómo nos comunicamos con las personas, con los
demás. Cuando uno está con alguien que desea estar y está expectante se
pregunta: ¿Qué cosa querrá decirme? Es el Eterno, el Inmortal el que tiene algo
muy importante que comunicarnos.
Dios
siempre ha hablado a los hombres; primero con la Creación. Recordemos cómo
empieza el Salmo 19: «Los cielos cuentan
la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos, el día al día
comunica el mensaje, la noche a la noche le pasa la noticia» (Sal 19, 2-3). Hay muchos que ven la Creación,
pero no escucha lo que dice el Creador en su creación. El contemplativo capta
este mensaje y escucha la Palabra del Creador. Dios nos envía su mensaje de
amor a través de la Creación. El contemplativo contempla las estrellas, pero no
las ve únicamente como cuerpos celestes regulados por una estupenda armonía,
sino que los capta como el signo de un cuidado infinito de Dios hacia el
hombre. Los campos repletos de grano para ser cosechados son entendidos como un
especial mimo de Dios Padre hacia sus hijos que quiere que prosperen en todos
los aspectos de la vida, y sobre todo en el amor.
Dios
ha hablado a los hombres a través de los profetas; esas personas sensibles
capaces de entrar en sintonía y de conectar con los pensamientos de Dios y que
luego se lo comunicaban a sus hermanos los hombres. Y ahora en el hijo de María
esta revelación de Dios llega a su plenitud. Porque el hijo de María es el hijo
de Dios que ha venido a hacerse uno de nosotros. Ese niño que ahora mismo sólo
sabe reír y llorar, ahora en su fragilidad nos está hablando de Dios; en su
rostro brilla la belleza de Dios. Es razonable pensar que existe un creador del
universo porque el mundo no tiene en sí mismo la razón de su existencia.
Parménides de Elea (Παρμενίδης), el filósofo griego presocrático nos decía con
mucha sabiduría que del no ser no puede llegar o venir el ser. Que esta
creación no tiene en sí misma la razón de su existencia. Tiene que haber un ser
superior que le da el ser a todo lo creado.
Creer
que Dios se ha hecho uno de nosotros para encontrarse con nosotros, para
mostrarnos su rostro y decirnos cuánto nos ama y para revelarnos nuestro
destino; creer en este amor infinito es realmente difícil y sólo los cristianos
creemos en un Dios que nos ha amado así.
Ese
niño, el hijo de María e hijo de Dios es el Verbo, porque toda su persona nos
habla y nos muestra la belleza de Dios. Es toda nuestra persona la que habla,
no sólo con los labios, sino con todo nuestro comportamiento, nuestra mirada,
con nuestro modo de vestir. Incluso se habla con los tatuajes, con los
piercings con los cuales queremos llamar la atención sobre nosotros. También
nos comunicamos con el silencio. El niño Jesús comienza ya a hablar. Ese niño
crecerá y se manifestará y hablará con toda su persona sobre quién es Dios. Ese
Dios que él llamará padre, ‘abba’ (אבא ).
El
evangelista sigue diciendo que «en él estaba la
vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la
tiniebla no lo recibió». Ese niño es la luz que ha venido a disolver la
oscuridad de la humanidad. La tiniebla pretendió sofocar y apagar agresivamente
la luz. Han intentado apagar esta luz sin éxito. Esa luz continúa encendida en
la comunidad cristiana y los enemigos han intentado, por todos los medios,
sofocarla; pero la luz que trae el hijo de María nadie jamás podrá apagarla.
¿Qué
oscuridad ha concedido disolver esta luz del Señor? En primer lugar, toda la
oscuridad que nublaba el verdadero rostro de Dios. Todas las religiones
se imaginaban a un señor, un caballero, un maestro que daba órdenes y que
exigía ser obedecido y servido; como contraprestación concedía favores y
bendiciones a los que le ofrecían sacrificios, holocaustos, incienso…, y
mandaba pestes y plagas a todos aquellos que no se sometían a su voluntad u
osaban transgredir sus órdenes. Incluso los pueblos, que se sentían elegidos y
protegidos por dios o los dioses hacían la guerra a otros pueblos. Todo esto
era oscuridad sobre Dios. El Dios manifestado en Jesucristo es un Dios que no
da miedo, sino que nos entrega amor.
Luego
hay otra oscuridad que disuelve esta luz: Es la oscuridad que nos impide
percibir la dignidad del hombre. Cuando la oscuridad está en las mentes,
cuando la oscuridad del egoísmo, de la codicia de dominar está hace confundir
al hombre con las cosas: se instrumentaliza, se utiliza, se manipula al hombre
y se trata a los hombres como bestias. Y la dignidad del hombre no se respeta.
Tal y como dice el profeta Amós que «porque venden al justo por dinero y al
pobre por un par de sandalias; pisan contra el polvo de la tierra la cabeza de
los débiles» (Am 2, 6-7). Este
es el niño que con su luz disuelve esta oscuridad y nos dice cuánto vale un
hombre para Dios.
A
esta altura del prólogo el evangelista interrumpe e introduce un personaje, el
Bautista.
«Surgió
un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para
dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la
luz, sino el que daba testimonio de la luz».
Llegará
un día en que Jesús dirá a sus discípulos «vosotros
sois la luz del mundo» (cfr. Mt 5,
14-16); no quiere decir que estemos brillando con nuestra luz, sino que se
volverán transparentes y así transparentarán la luz de Cristo. No tendrás que
luchar contra la oscuridad; te bastará que estés envuelto en la luz del Señor
como si se tratase de un extenso y magnífico manto. Y a través de uno -que deja
transparentar la luz de Cristo- los demás podrán ver la luz del hijo de Dios. El
Bautista ha encontrado esta luz y se ha dejado envolver por ese manto de luz. Y
está iluminado hasta tal punto que su rostro se ha vuelto tan brillante que
incluso alguno ha llegado a pensar que el Bautista fuera él mismo la propia Luz.
Esa es la razón por la que el evangelista Juan se adelanta a precisa diciendo
que Juan el Bautista no era él la luz, sino testigo de la luz. El propio
Bautista lo ha dejado muy claro: «Yo
no soy el Mesías» (cfr. Jn 1,
19-28); el Bautista siempre se ha presentado como el testigo de la luz. Juan el
Bautista no sólo anunciaba a la Luz con sus palabras, sino que también daba
testimonio con sus actuaciones; de este modo la luz de Cristo brilla en la
propia persona. Juan el Bautista nos urge a todos a hacer apostolado, a llevar
a Cristo allá en donde nos encontremos. De ese modo la luz de Dios podrá llegar
a todos los rincones del mundo. Y los efectos directos de esa luz es que el
amor empezará a reinar y nuestra relación tanto con Dios como con los hermanos
será auténtica y edificante. Ya no cabrá la manipulación, ni el despotismo, ni
el abuso de autoridad, ni el aprovecharse del cargo para el propio beneficio,
ni el entender a Dios como aquel que tengo que actuar por miedo ni actuando con
Dios como si estuviera haciendo trueques o chantajes para obtener lo que uno
desea, etc.
«El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre,
viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el
mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos
de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de
sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios».
Las
palabras de los hombres pueden ser luz y pueden ser tinieblas, verdaderas o
falsas; pueden construir amor o generar odio; ser fuente de vida o causa de
muerte. Cristo es una palabra que sólo dice la verdad; nos dice la verdad de
Dios porque él mismo ha venido a manifestarse. Por lo tanto, todas las palabras
sobre Dios que no estén en sintonía con lo que nos dice Jesús de Nazaret son
mentiras. Si deseamos saber la verdad del hombre es preciso escuchar y atender
la verdad que nos dice Jesús.
El
hombre descubre su auténtica verdad cuando escucha la verdad que Jesús nos
regala. El hombre si apuesta por el odio, por construir bombas nucleares, en
torturar o aprovecharse de los demás, de este modo no somos ni seriamos hombres
verdaderos, sino bestias. Jesús de Nazaret nos dice toda la verdad sobre el
hombre. El hombre auténtico, verdadero es aquel que ama, que llega a amar
incluso a aquellos que nos quieren mal. Uno es verdadero en la medida en que se
asimila o parece a Jesús.
El
mundo ha sido hecho con sabiduría, que el mundo está bien hecho. Todas las
criaturas están hechas con un diseño de Dios; y este diseño o plan de Dios
estamos urgidos a respetarlo y no a desfigurarlo: Las criaturas deben de ser
empleadas según el diseño o plan del Creador para que las podemos entender y
amar correctamente. Pero el mundo no ha aceptado este plan o proyecto de su
Creador: No lo recibieron.
El
mundo no lo conoció. En el evangelista Juan la palabra ‘mundo’ tiene varios significados:
Puede indicar el mundo como la creación como nosotros lo entendemos. También
puede indicar toda la humanidad; el hijo de Dios ha venido a salvar el mundo,
salvar a toda la humanidad. En el presente caso la palabra ‘mundo’ indica la
parte de la humanidad que ha preferido la tiniebla a la luz, la mentira a la
verdad. Este término ‘mundo’ no es una ofensiva o polémica contra los que han
preferido las tinieblas a la luz, sino que es principalmente una clara
advertencia para todos los cristianos que también deben de tener bastante cuidado
para no dejarse seducir por las luces engañosas, ya que son únicamente
destellos efímeros que engañan ya que no son estrellas. Son meramente simples
espejismos. Y este peligro también se cierne/se filtra sobre los que son
llamados cristianos.
Y
en el centro del prólogo de san Juan viene el versículo más importante: «Pero a cuantos lo recibieron, les dio
poder de ser hijos de Dios». Aceptar esta
palabra no significa adherirse a una doctrina; lo que significa es aceptar su
propuesta sobre Dios y sobre el hombre. Y quien acoge con agrado esta palabra
recibe como regalo de Dios su propia vida. Esta vida que es dada por Dios no
viene ni deriva de lo biológico ni de la tierra; no viene «de sangre, ni de deseo de carne, ni de
deseo de varón», proviene de
Dios. En nuestro mundo ya tenemos el germen de la vida divina que se dona a
cada hombre. Y gracias a este don los hombres no estamos destinados a la muerte
como todas las criaturas animales. La suerte de los hombres no es la misma que
la suerte de las bestias. El hijo de María nos dice que Dios nos dona de su
propia vida, la cual no puede ser tocada por la muerte biológica.
«Y el
Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria:
gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». El Verbo se hizo carne. En la Biblia
cuando se dice la palabra ‘carne’ no se refieren a los músculos, tendones y
demás partes. Se refiere a todo el hombre. Cuando se dice que el hombre es
carne es para resaltar que el hombre es una criatura frágil, débil y sobre todo
mortal. El salmo 78 que nos cuenta la infidelidad del pueblo de Israel dice que
Dios tiene compasión de este pueblo porque «se
acordaba de que sólo eran carne»
(Sal 78, 39), son frágiles y mortales. El Verbo asume nuestra condición humana
de mortal, de frágil, se hizo carne. No es una apariencia de hombre como si
fuera revestido de un hábito; sino que se hizo hombre en todo como nosotros
menos en el pecado, pero incluido la mortalidad. Y no solo se hizo hombre, sino
que asumió el último eslabón, se puso a servir como sirven los esclavos. La
identidad del hijo de Dios es la del siervo que se abaja para lavar los pies al
hombre.
«Juan da
testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí,
porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia
tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad
nos ha llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios
Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». A Dios no lo podemos ver porque nuestros
ojos materiales no pueden captar lo invisible. Sin embargo, aquellos que han
tenido la fortuna y la gloria de encontrar a Jesús de Nazaret, de caminar con
él por aquellos caminos de Palestina vieron en él el rostro de Dios. Juan, el
hijo de Zebedeo, uno de los Doce que estuvieron tres años juntos con Jesús experimentó
esta gloria. Y a finales del siglo primero en su primera carta recuerda con
emoción la maravillosa experiencia que tuvo: «Lo
que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con
nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la
Palabra de vida, os lo anunciamos»
(1 Jn 1, 1). Estas palabras las escribe san Juan a su comunidad que está
atravesando un momento muy difícil, un momento de persecución: Son los
cristianos de la tercera generación que no tuvieron la fortuna de encontrar, de
ver y de tocar a Jesús de Nazaret. Esta experiencia de Juan no se la cuenta
sólo a los cristianos de su comunidad, sino principalmente a los cristianos de
hoy.


