Homilía
del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario,
Ciclo
A – Mt 14, 13-21
«Si aquí no tenemos
más que cinco panes y dos peces».
Un título equivocado
puede desviar nuestra lectura.
En el Evangelio de
hoy escucharemos el relato de un episodio muy conocido. Su importancia queda
patente en el hecho de que lo recogen los cuatro evangelistas y de que Marcos y
Mateo lo narran en dos ocasiones, modificando algunos detalles para transmitir
un mensaje particular.
En nuestras
Biblias, este pasaje suele aparecer bajo títulos como «Milagro de los panes
y los peces» o «Multiplicación de los panes y los peces». Sin embargo, esos
títulos no son adecuados, porque pueden conducirnos desde el principio por un
camino distinto del que propone el evangelista. Por eso, lo primero sería
borrarlos, incluso materialmente, para acercarnos al relato sin ideas
preconcebidas.
El Evangelio no habla de multiplicar,
sino de compartir.
En realidad, el
texto no menciona ningún milagro ni habla de una multiplicación. Sencillamente,
Jesús ordena a los discípulos que le entreguen todo el alimento que tienen
disponible. Después de dar gracias, se lo devuelve para que ellos mismos lo
distribuyan.
Y sucede algo
decisivo: El alimento que ha pasado por las manos de Jesús no solo resulta
suficiente, sino incluso abundante; alcanza para saciar el hambre de toda
aquella multitud.
Por tanto, el
pasaje no pretende demostrarnos que Jesús es Dios porque habría creado panes y
peces de la nada. El mensaje que el evangelista desea comunicarnos es muy
distinto, y tendremos que escucharlo con atención.
Para comprenderlo,
veamos primero el marco en el que Mateo sitúa este episodio: Jesús acaba de
recibir la noticia de la muerte de Juan el Bautista.
Los detalles del relato
son puertas hacia su mensaje.
«En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan
Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto.
Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.
Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los
enfermos».
Prestemos mucha
atención al escenario en el que se desarrolla este episodio. El evangelista
introduce algunos detalles que, si los tomamos como una simple crónica, apenas
tendrían interés. Sin embargo, cuando los interpretamos como él pretende, es
decir, como imágenes bíblicas, descubrimos que están cargados de significado.
El primero es que
Jesús pasa a la otra orilla. Como dato geográfico, puede parecer bastante
irrelevante: Poco nos importaría que el episodio hubiera sucedido en una orilla
o en la contraria. Pero, cuando un judío habla de atravesar el mar, está
evocando inmediatamente el éxodo; la salida de una tierra de esclavitud y
el comienzo del camino hacia la libertad.
El evangelista
parece decirnos: «Prestad mucha atención, porque Jesús está a punto de
iniciar un nuevo éxodo». Nos invita a seguirlo, quiere sacarnos de un mundo
viejo e inhabitable y conducirnos hacia una realidad completamente nueva.
Seguir a Jesús es ponerse
en camino hacia la libertad.
El segundo detalle
es que la gente sigue a Jesús a pie. Aquí encontramos una nueva alusión al
éxodo, aunque no resulta fácil advertirla a primera vista. Los estudiosos de la
Biblia reconocen en estas palabras el recuerdo de la salida del pueblo de
Israel de Egipto, donde se había establecido en la región de Gosén. El relato
sitúa concretamente la partida en Ramsés, camino de Sucot (cfr. Ex 12, 37).
El versículo de
Mateo retoma la descripción del libro del Éxodo: Se habla de los israelitas
que se ponen en camino, se indica su número y se aclara que se contaban
solamente los varones, sin incluir a los niños (cfr. Ex 12, 37). Es la
misma manera de expresarse que encontraremos después en el relato evangélico.
El tercer detalle
es el lugar desierto.
Alrededor del lago de Tiberíades no existe propiamente un desierto; hay, más
bien, tres hermosas llanuras muy fértiles. Por tanto, la expresión no pretende
ofrecernos una indicación geográfica exacta. Es una nueva referencia al
éxodo, al camino que conduce hacia una tierra nueva.
En la otra orilla,
Jesús se encuentra ante una gran multitud. Más adelante se hablará de cinco mil
hombres (cfr. Mt 14, 21). El número cinco evoca simbólicamente al pueblo de
Israel y, al convertirse en cinco mil, representa su totalidad. Esa
multitud se convierte así en imagen de toda la humanidad que sale al encuentro
de Jesús.
El Evangelio nos muestra al ser humano real,
no al de los anuncios.
Es una humanidad
enferma, herida, debilitada y con dificultades para caminar. En el Evangelio
encontramos al ser humano concreto, al verdadero; no al personaje impecable de
la publicidad, que siempre sonríe, nunca se cansa y parece despertarse cada
mañana perfectamente peinado.
Cuando observamos
a las personas con las que Jesús se encuentra durante su vida pública, vemos
casi siempre hombres y mujeres enfermos: unas veces en el cuerpo y otras en lo
más profundo de su espíritu. La humanidad que Jesús encuentra lleva las
marcas del sufrimiento.
Y enseguida surge
una pregunta: ¿quién ha dejado así a la humanidad? ¿Acaso Dios la creó herida y
sufriente? La respuesta es no.
Nosotros mismos
hemos contribuido a construir este mundo cuando nos dejamos guiar por nuestros
impulsos egoístas, entramos en competición, intentamos imponernos y dominar, y
comenzamos a mirar al otro como a un rival peligroso. El resultado es esa
humanidad herida que todavía hoy tenemos ante nuestros ojos, porque el
Evangelio aún no la ha transformado por completo. La transformación ha
comenzado, ciertamente, pero la humanidad nueva todavía está por construir.
La compasión de Jesús abre el camino
hacia un mundo nuevo.
Ante aquella humanidad, Jesús sintió compasión. «Καὶ ἐξελθὼν εἶδεν πολὺν ὄχλον, καὶ ἐσπλαγχνίσθη ἐπ’ αὐτοῖς καὶ ἐθεράπευσεν τοὺς ἀρρώστους αὐτῶν»; que traducido es; «Y, al salir, vio una gran multitud; se conmovió profundamente por ellos y curó a los enfermos que había entre ellos».
El verbo empleado
es σπλαγχνίζομαι (splangjnízomai): Expresa una conmoción que
brota de lo más profundo de las entrañas. El Dios que se nos revela en
Jesús siente un amor visceral por esta humanidad herida, que se ha causado daño
a sí misma, y quiere curarla.
El relato de hoy
nos anuncia que, si seguimos a Jesús y confiamos en su propuesta, podremos
contemplar un prodigio. Pero será un prodigio que él no realizará en nuestro
lugar: Jesús nos enseñará a realizarlo.
No es él quien
multiplica los panes y los peces. Somos nosotros quienes estamos llamados a
dejarnos guiar por su propuesta de un mundo nuevo. Entonces sí podremos
asistir al verdadero milagro: el nacimiento de un mundo hermoso, el mundo
querido por Dios.
Mateo va a
presentarnos ahora esa humanidad nueva. Y no lo hará mediante razonamientos
abstractos, sino por medio de un relato, casi como quien nos ofrece una
parábola.
Cuando cae la tarde,
puede comenzar un día nuevo.
«Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a
decirle:
«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a
las aldeas y se compren comida».
En griego lo expresa de este modo: Ὀψίας δὲ γενομένης, προσῆλθον αὐτῷ οἱ μαθηταὶ λέγοντες· «Ἔρημός ἐστιν ὁ τόπος, καὶ ἡ ὥρα παρῆλθεν ἤδη· ἀπόλυσον οὖν τοὺς ὄχλους, ἵνα ἀπελθόντες εἰς τὰς κώμας ἀγοράσωσιν ἑαυτοῖς βρώματα»; que traducido significa: «El lugar está despoblado y la hora ya ha pasado/ya se ha hecho tarde/al caer la tarde; despide, por tanto, a las multitudes, para que, yendo a las aldeas, compren alimentos para sí mismas».
La expresión «al caer la tarde» es un detalle cargado de significado. La jornada ha terminado y comienza un día nuevo. Cuando Jesús se acerca a esta humanidad enferma y herida, cuando la toca y la cura, amanece una realidad distinta: el día nuevo, iluminado para siempre por su luz.
Los discípulos se
acercan entonces a Jesús y le dicen: «Estamos
en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas
y se compren comida».
Aparece de nuevo
la imagen del éxodo. El desierto representa el camino de nuestra vida,
un recorrido en el que surgen muchas necesidades que reclaman una respuesta. El
relato las presenta mediante la imagen del hambre, de la necesidad de un
alimento que nos sostenga.
El desierto es el lugar donde
salen a la luz nuestras hambres.
El lugar desierto
evoca todo el camino del éxodo. Israel había salido de la esclavitud de Egipto,
pero todavía tenía que aprender a vivir como un pueblo libre y a confiar en el
Dios que lo acompañaba. En aquel camino aparecieron el cansancio, el miedo, el
hambre y la sed; y, con ellos, también la murmuración. En Mará, después de
caminar durante tres días sin encontrar agua, el pueblo protestó contra Moisés
porque las aguas eran amargas (cfr. Ex 15, 22-25). Más tarde, en el desierto de
Sin, toda la comunidad murmuró contra Moisés y Aarón por falta de alimento,
llegando incluso a recordar con nostalgia las ollas de carne de Egipto. Dios
respondió dando las codornices y el maná, el pan que cada familia debía recoger
según sus necesidades, de manera que no sobrara al que había recogido mucho ni
faltara al que había recogido poco (cfr. Ex 16, 1-18).
Dios no ignora el hambre del pueblo,
pero educa su manera de saciarla.
En Refidín, al no
encontrar agua, el pueblo volvió a enfrentarse con Moisés y le reprochó haberlo
sacado de Egipto para dejarlo morir de sed. Moisés clamó al Señor y el agua
brotó de la roca de Horeb. Aquel lugar recibió los nombres de Masá y Meribá,
porque allí Israel puso a prueba al Señor y discutió con él preguntándose si
realmente permanecía en medio de su pueblo (cfr. Ex 17, 1-7).
Las protestas no
terminaron allí. En otra etapa del camino, algunos comenzaron a añorar los
alimentos de Egipto y se quejaron de no tener más que maná, reclamando carne
para comer (cfr. Nm 11, 4-6). En Cadés, la falta de agua provocó una nueva
rebelión contra Moisés y Aarón; el pueblo lamentó haber sido conducido a un
lugar sin grano, higueras, viñas, granados ni agua para beber, y nuevamente
Dios hizo brotar agua de la roca (cfr. Nm 20, 2-13). Más adelante, cansados del
camino, los israelitas hablaron contra Dios y contra Moisés, protestando porque
no tenían pan ni agua y manifestando su hastío por el alimento recibido en el
desierto (cfr. Nm 21, 4-5).
El desierto revela tanto la fragilidad humana
como la fidelidad de Dios.
El Deuteronomio
relee esta experiencia y explica que el camino del desierto fue también un
tiempo de aprendizaje: Dios permitió que el pueblo experimentara el hambre y
después lo alimentó con el maná, para enseñarle que la vida humana no depende
solamente del pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. También le
recuerda que el Señor lo condujo por aquel desierto inmenso y terrible, sacó
agua de la roca y le dio un alimento que sus padres no habían conocido (cfr. Dt
8, 2-3.14-16).
Los salmos
conservarán esta memoria. Recordarán cómo Dios abrió la roca y ofreció agua
abundante, mientras el pueblo continuaba preguntándose si sería capaz de
preparar una mesa en pleno desierto; y narrarán cómo abrió las puertas del
cielo, hizo descender el maná y sació a Israel con pan celestial (cfr. Sal 78,
13-29). También celebrarán al Dios que cubrió a su pueblo con la nube, lo
iluminó durante la noche, le dio codornices, lo sació con pan del cielo y
convirtió la roca en una corriente de agua que atravesó el desierto (cfr. Sal
105, 39-41).
Toda esta memoria
bíblica se encuentra detrás de la escena evangélica. La multitud está en un
lugar desierto y tiene hambre. Los discípulos ven el problema y proponen que
cada uno se marche y compre lo necesario. Jesús, en cambio, va a mostrar una
lógica nueva: la necesidad de los demás no puede dejarnos indiferentes ni
resolverse simplemente diciendo que cada uno se las arregle como pueda. En el
desierto del éxodo, Dios respondió al hambre de su pueblo; ahora, Jesús invita
a sus discípulos a participar activamente en esa respuesta.
Pero nuestra
hambre no se reduce al pan que llena el estómago. También tenemos
hambre de afecto, de amistad, de conocimiento, de justicia, de reconocimiento y
de salud. Sentimos la necesidad de una casa donde vivir. Necesitamos agua no
solo para beber, sino también para cuidar nuestro cuerpo.
El evangelista
Lucas pone además en boca de los discípulos la petición de que la gente vaya a
buscar comida y alojamiento. Aquellas personas necesitan también un techo bajo
el que resguardarse y una cama en la que descansar.
La verdadera cuestión es
cómo respondemos a las necesidades humanas.
Este es el
problema que plantea el relato: ¿Cómo podemos obtener todo aquello que
necesitamos para que nuestra vida sea verdaderamente humana? Precisamente
en la búsqueda de una respuesta entra en escena la propuesta de los discípulos.
En la parábola que
Mateo nos está narrando, ellos representan una manera de pensar que a todos
puede parecernos razonable y lógica, pero que termina sosteniendo ese mundo
viejo al que Jesús quiere poner fin.
Los
discípulos están en la lógica
que
construye el mundo viejo
¿Qué proponen los
discípulos? Expresado con palabras sencillas, vienen a decirle: «Esta gente
ya ha escuchado tu palabra y tu Evangelio. A partir de ahora, nosotros ya no
tenemos nada que ver. Que cada uno se las arregle para resolver sus necesidades
concretas». Esta es la lógica que construye el mundo viejo.
Pensemos qué
ocurriría si aceptáramos sin más su propuesta. Quien tiene dinero podría
comprar comida y conseguir lo que necesita. Pero ¿qué sucedería con
quien no tiene recursos? Quien conserva unas piernas fuertes podría llegar
hasta el lugar donde se vende el alimento. Y ¿qué pasa con el que está enfermo
o no tiene dinero? Algunos llegarían antes porque son más ágiles. Otros,
porque tienen más dinero, podrían comprar no solo lo necesario, sino también lo
superfluo, dejando a los demás sin aquello que necesitan para vivir. ¿Se
acuerdan ustedes cuando sufrimos la pandemia del COVID-19 que las personas
entraban en tropel y arramplaban con toda la comida y el papel higiénico
dejando las estanterías más limpias que una patena a las pocas horas de abrir
los supermercados? Recuerdo a una señora que llevaba el carro del supermercado
tan lleno de yogures que si una mosca se hubiera posado en uno de ellos toda la
torreta de yogures hubieran acabado en el suelo. Unos sabrían adónde dirigirse
porque disponen de contactos e información; otros, al no contar con esas
relaciones, se perderían por el camino.
En las palabras de
los discípulos encontramos resumida una respuesta equivocada que los seres
humanos hemos dado con frecuencia a nuestras necesidades: la lógica de comprar
y vender.
El intercambio es necesario;
la cuestión es qué lógica lo gobierna.
El intercambio de
bienes forma parte de nuestra vida. Dios no nos ha creado autosuficientes,
sino necesitados de unos bienes que, muchas veces, se encuentran en manos de
quienes viven a nuestro lado. Por eso necesitamos intercambiar, colaborar y
recibir unos de otros.
La pregunta
decisiva es: ¿Con qué lógica debe realizarse ese intercambio? En las palabras
de los discípulos aparece la lógica propia del mundo viejo, un mundo marcado
por la muerte. Los seres humanos se consideran propietarios absolutos de los
bienes que tienen en sus manos. Entonces comienzan a comerciar con ellos:
compran, venden y buscan obtener beneficios.
Además, observan
atentamente las necesidades de quienes los rodean. Cuando aumenta la
necesidad, pueden subir los precios y enriquecerse todavía más. Dentro de
esa lógica, incluso el hambre ajena puede convertirse en una oportunidad de
negocio: cuanto mayor es la necesidad, mayor puede llegar a ser el precio de
los bienes.
Cuando la necesidad ajena se convierte en negocio,
el mundo se deshumaniza.
¿Qué produce esta
lógica? ¿Construye el paraíso o convierte la vida en un valle de lágrimas?
Una sociedad
gobernada únicamente por la ley del mercado termina generando el mundo que
conocemos: un mundo de miseria, abusos, violencia, crueldad y guerras. Un mundo
en el que conviven, unos junto a otros, los ricos epulones que banquetean y
derrochan, y quienes reciben una y otra vez los golpes de la historia.
Ese no es el
banquete del reino de Dios. Es el mundo del llanto y del rechinar de dientes.
Este es el mundo
que nace de la lógica que el evangelista ha puesto en boca de los discípulos. Escuchemos ahora
qué piensa Jesús de la propuesta que le han presentado.
El intercambio es necesario;
lo decisivo es su lógica.
«Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles
vosotros de comer». Ellos le replicaron: «Si aquí no
tenemos más que cinco panes y dos peces». Les dijo: «Traédmelos».
El intercambio de
bienes es necesario para nuestra vida, porque nadie es autosuficiente ni posee
todo cuanto necesita. El verdadero problema es otro: ¿Qué lógica debe regular
ese intercambio?
Los Doce ya han
presentado su propuesta, la que todos suelen considerar normal y justa: Acudir
a quien vende y comprar. Jesús, sin embargo, no acepta que esa sea la lógica
que gobierne las relaciones entre nosotros. Frente a los verbos «comprar»
y «vender», introduce otros dos: «dar» y «entregar».
¿Por qué Jesús no
acepta la lógica del libre mercado como criterio último? Porque, según el
planteamiento de este relato, se apoya en una falsedad: Solo puede vender
legítimamente quien es propietario de aquello que vende.
La Primera carta a
Timoteo nos invita a reflexionar: Nada trajimos a este mundo y nada podremos
llevarnos de él. Por eso, teniendo alimento y vestido, podemos aprender a vivir
con lo necesario. Cuando el deseo de poseer y enriquecerse no encuentra límite,
termina provocando muchos males, porque el amor al dinero es raíz de toda clase
de males (cfr. 1 Tim 6, 7-10).
De esa falsedad
nacen tantas guerras e injusticias; alguien se considera dueño absoluto de los
bienes que han llegado a sus manos y, por ello, cree tener derecho a venderlos
al mejor postor.
El salmo lo
expresa con claridad: «del Señor es la tierra y cuanto la llena, el mundo y
todos sus habitantes» (cfr. Sal 24, 1). Por tanto, nuestros adjetivos
posesivos pueden resultar engañosos: Nada es absolutamente mío, tuyo o
nuestro. Tenemos entre las manos unos bienes que están destinados a alguien.
Los bienes no son solo posesiones:
tienen destinatarios.
Jesús nos dice que
la lógica adecuada no es simplemente comprar y vender, sino entregar y
compartir.
Sin embargo, la
lógica propuesta por los discípulos puede desembocar en la limosna. En la
versión de Marcos, ellos llegan a preguntar a Jesús si deben ir a comprar pan
por doscientos denarios para dar de comer a aquella gente (cfr. Mc 6, 37).
La limosna y la
asistencia no son algo malo. Más aún, resultan necesarias dentro de un mundo
viejo gobernado por la compraventa. Pero puede ocurrir que alguien acumule
grandes riquezas dentro de una lógica aceptada por todos y después intente
resolver mediante la limosna algunos de los problemas que encuentra a su
alrededor.
La limosna, por sí
sola, no crea el mundo nuevo querido por Dios. Es necesario transformar la
lógica que dirige el intercambio.
Jesús dice a los
discípulos: «Dadles vosotros de comer».
Pero ellos no comprenden y responden: «Si
aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».
Surge entonces la
duda: Lo que tenemos a nuestra disposición no basta; los bienes de este mundo
son escasos. Y, cuando se instala en nuestra mente la pregunta; «¿tendré
bastante para mí?», fácilmente respondemos que nunca será suficiente.
Entonces comenzamos a apoderarnos de cuanto podemos.
Cuántas veces
escuchamos: «Nunca se sabe qué puede suceder; puede pasar de todo». Y de
ahí nace la decisión de pensar primero en nosotros mismos, después en nuestra
familia y, finalmente, acumular cada vez más.
El miedo a no tener suficiente
alimenta la acumulación.
Esta fue también
la tentación de los israelitas en el desierto. No se conformaban con recoger el
maná necesario para aquel día, sino que intentaban guardarlo para las jornadas
siguientes. Pero el maná acumulado criaba gusanos y se corrompía (cfr. Ex 16, 19-20).
Con profunda
coherencia, Jesús nos enseña a pedir en el Padrenuestro el pan de cada día
(cfr. Mt 6, 11; Lc 11, 3). Porque, si comenzamos a acumular movidos por el
temor a lo que pueda ocurrir, terminaremos apropiándonos de numerosos bienes y
privando de ellos a quienes los necesitan.
¿Qué dice entonces
Jesús a los Doce? «Traédmelos»;
los cinco panes y los dos peces. En griego lo expresa así: «Ὁ δὲ εἶπεν· «Φέρετέ
μοι ὧδε αὐτούς»; que significa: «Él, por su parte, dijo: “Traédmelos aquí”».
La fuerza
del imperativo es clara: Jesús no formula una sugerencia ni pregunta si desean
entregárselos. Les ordena que pongan en sus manos todo lo que tienen
disponible. Es un imperativo. Y cuando Jesús da una orden es porque
encuentra resistencia al otro lado. No tenemos demasiadas ganas de
entregar nuestros bienes a su proyecto. Preferimos administrarlos según
nuestros propios criterios, que suelen ser los de comprar, vender y conservar.
Nuestro instinto
nos impulsa a retener.
Jesús, en cambio, nos dice: «Entregadme los bienes que tenéis en vuestras
manos y dejad que yo los administre conforme a una lógica nueva».
Cuando todo se entrega,
puede comenzar el prodigio.
«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».
¿Qué representan los cinco panes y los dos peces? Son una parábola de todos los
bienes que tenemos. Cinco más dos suman siete, y el número siete simboliza
en la Biblia la totalidad.
Cuando todos los
bienes son entregados a la lógica nueva de Jesús, sucede el verdadero prodigio:
Comienza a nacer el mundo querido por el Creador.
Jesús no explica el mundo nuevo:
Lo pone en escena.
«Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición,
partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a
la gente».
Jesús no
desarrolla mediante razonamientos la lógica nueva que quiere introducir en el
mundo para que germine el reino de Dios. En lugar de ofrecer una teoría,
realiza una serie de gestos profundamente significativos. Conviene
detenernos en ellos, porque cada uno encierra un mensaje precioso.
En primer lugar,
ordena a la multitud que se recueste sobre la hierba. El verbo griego
empleado, ἀνακλίνω (anaklíno), no significa simplemente «sentarse»,
sino «reclinarse», «tenderse para comer». El versículo en
griego lo expresa así: «Καὶ κελεύσας τοὺς ὄχλους ἀνακλιθῆναι ἐπὶ τοῦ
χόρτου, λαβὼν τοὺς πέντε ἄρτους καὶ τοὺς δύο ἰχθύας, ἀναβλέψας εἰς τὸν οὐρανὸν
εὐλόγησεν, καὶ κλάσας ἔδωκεν τοῖς μαθηταῖς τοὺς ἄρτους, οἱ δὲ μαθηταὶ τοῖς ὄχλοις»;
que traducido es: «Y, habiendo ordenado a las multitudes reclinarse
sobre la hierba, habiendo tomado los cinco panes y los dos peces y habiendo
alzado los ojos al cielo, bendijo; y, habiendo partido los panes, se los dio a
los discípulos, y los discípulos a las multitudes».
Las sorpresas
Y aquí aparece la
primera sorpresa: El desierto ha desaparecido. Ya no estamos en un lugar árido,
sino en una pradera cubierta de hierba verde sobre la que todos pueden
recostarse.
También parece
haber desaparecido la tarde. No llega la oscuridad; todo cuanto sucede se
desarrolla como si estuviera iluminado por la luz del día.
Estamos ante un
relato de carácter parabólico: Allí donde llega Jesús con su Evangelio,
comienza a aparecer el jardín querido por Dios. El relato del Edén no
expresa únicamente la nostalgia de un paraíso perdido; muestra el proyecto que
Dios desea realizar en el mundo y que nosotros estamos llamados a llevar a
término (cfr. Gn 2, 8-15).
Este proyecto no
es un sueño imposible. Si el mal consigue convencernos de que Jesús era
solamente un soñador ingenuo, habrá vencido. El verdadero creyente, en cambio,
confía en que Jesús tiene razón y en que el designio de Dios sobre el mundo
llegará a realizarse. Cuando damos crédito a su propuesta, comienza el
prodigio.
En la mesa de Jesús, los necesitados
ocupan el lugar de honor.
¿Por qué Jesús
hace que todos se recuesten sobre la hierba? ¿Por qué no pueden comer como
prefieran, sentados o de pie? Este detalle de estar recostados es importante
porque, en tiempos de Jesús, quienes comían reclinados eran los señores, los
hombres libres.
Durante la cena
pascual, los israelitas se recostaban precisamente para manifestar que ya no
eran esclavos. Los siervos, por el contrario, permanecían en pie, siempre
dispuestos a acudir en cuanto el dueño, recostado a la mesa, reclamara algún
servicio.
En la última cena,
Jesús pregunta a sus discípulos quién es mayor: el que está sentado a la mesa o
el que sirve. La respuesta parece evidente: el que ocupa la mesa. Sin embargo,
Jesús se presenta en medio de ellos como quien sirve (cfr. Lc 22, 27).
Aquí se produce
una inversión radical de las grandezas. ¿Quién es ahora el señor? Jesús nos
responde: El necesitado, el pobre, el hambriento. Ellos son quienes deben ser
atendidos.
Los discípulos de
Cristo son los servidores que reciben órdenes de las necesidades de sus
hermanos.
Antes se consideraba grande a quien estaba reclinado a la mesa y era servido;
ahora, quienes ocupan el lugar de honor son los pobres. Sus necesidades
interpelan al discípulo, que se hace verdaderamente grande cuando se convierte
en servidor.
Los bienes dejan de ser propiedad
cuando miramos al cielo.
Una vez que la
gente se ha recostado, Jesús realiza otros gestos llenos de significado. Primero
dice la Palabra que «tomando los cinco panes
y los dos peces», los cuales representan en el relato todos
los bienes que el Padre ha puesto a disposición de sus hijos.
Después «alzando la mirada al cielo», es decir, dirigir la mirada hacia Dios
significa reconocer que el alimento que sostiene nuestra vida procede de él.
Nosotros no somos sus dueños absolutos. Por tanto, no podemos comerciar con
esos bienes para enriquecernos aprovechándonos del hambre de quien los necesita.
Jesús pronuncia
entonces la bendición. Con este gesto reconoce que Dios es la fuente de la
vida. Nosotros no somos quienes organizamos la fiesta ni quienes se han
adueñado del banquete: somos comensales invitados.
Levantar los ojos
al cielo y bendecir significa reconocer que todos los bienes de los que
disponemos no son objetos destinados a la posesión egoísta, sino dones del
Creador puestos en nuestras manos para construir fraternidad y amor.
Podemos
preguntarnos qué sucede cuando eliminamos a Dios y dejamos de mirar al cielo,
como algunos proclaman al afirmar su ateísmo. Si desaparece toda referencia al
Creador, ¿sobre qué fundamento podemos sostener que nadie tiene derecho a
apropiarse de los bienes de este mundo y utilizarlos a su antojo, incluso
explotando las necesidades del pobre?
¿Quién podría
impedirlo si consideramos que esos bienes nos pertenecen de manera absoluta? Si
son exclusivamente nuestros, parecería lógico hacer con ellos cuanto deseemos.
Pero, si pertenecen a Dios y cada vez que miramos al cielo recordamos que no
somos sus propietarios, entonces todo cambia.
El pan se parte porque ha nacido
para ser compartido.
Después, Jesús
parte los panes. Partir el pan significa estar dispuesto a compartirlo y
distribuirlo. El pan se rompe para que pueda llegar a todos. Quien lo
parte declara que su corazón se ha abierto al don, al amor gratuito y a la
comunión.
Finalmente, Jesús
entrega los panes a los discípulos. Ellos son los servidores encargados de
alimentar a los necesitados, que ocupan ahora el lugar de los señores.
Cuando se acepta
la lógica del Evangelio, las leyes implacables del provecho y del interés dejan
de gobernar la escena, y entra en la historia la lógica de Dios. Entonces cada
persona puede participar de los bienes que el Padre del cielo ha preparado para
todos sus hijos.
Los bienes de Dios bastan
cuando aprendemos a compartirlos.
«Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos
llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños».
¿Qué sucede en el
mundo cuando acogemos la propuesta de Jesús de Nazaret? La parábola nos
responde: Sucede un prodigio. Las necesidades de la humanidad pueden ser
atendidas porque los bienes de Dios son más que suficientes para que cada
persona disponga de cuanto necesita para vivir dignamente.
Todos buscamos la
alegría. Dios ha puesto en nosotros ese deseo profundo. El error consiste en
imaginar que alcanzaremos la felicidad atiborrándonos de bienes. No estamos
hechos para eso. Hemos sido creados para experimentar la alegría más grande
haciéndonos felices unos a otros y compartiendo los dones recibidos del
Creador.
Después llega la
recogida de lo que ha sobrado. En la lógica del Evangelio nada debe
desperdiciarse, porque todo es don de Dios. Desaprovechar sus dones es una
manera de menospreciar a quien los ha puesto a nuestra disposición.
Lo
que unos desperdician
puede
ser lo que otros necesitan.
Sabemos bien lo
que ocurre en nuestra sociedad. Se desperdicia una parte enorme de los
alimentos producidos. Empleamos recursos en fabricar objetos perfectamente
prescindibles, impuestos muchas veces por las modas, no para responder a
necesidades reales y primarias, sino a deseos artificialmente provocados.
Administramos mal los dones de Dios y, mientras tanto, muchas personas carecen
de lo necesario.
Desperdiciamos
alimentos, agua y energía. Tenemos armarios llenos de ropa que quizá utilizamos
una o dos veces al año. Cambiamos de teléfono no porque haya dejado de
funcionar, sino porque alguien puede preguntarnos con cierta sorna: «¿Todavía
tienes un móvil de hace tres años?». Parece que las modas, además de
vestirnos, quieren administrar también nuestra conciencia.
Utilizamos solo
una pequeña parte de cuanto compramos y después desechamos el resto. Vamos al
supermercado buscando algo que realmente necesitamos, pero los productos están
colocados de tal modo que acabamos regresando a casa con otras cosas cuya
utilidad ni siquiera sabríamos explicar.
Entremos, por
ejemplo, en la habitación de un niño. Encontraremos numerosos juguetes que
apenas ha utilizado dos o tres veces y de los que pronto se ha cansado.
Pensemos también en los montones de residuos que nos cuesta eliminar; están
llenos de objetos que todavía funcionan, pero que tienen un defecto
imperdonable para nuestra sociedad de consumo: han pasado de moda.
La Eucaristía nos enseña a
mirar, bendecir, partir y dar.
El evangelista ha
presentado con mucho cuidado los gestos realizados por Jesús: levantó los ojos
al cielo, pronunció la bendición, partió el pan y lo entregó. Enseguida
advertimos que son los mismos gestos que Jesús realizará al instituir la
Eucaristía.
Mateo los destaca
deliberadamente para recordar a los cristianos de sus comunidades que solo una
celebración eucarística auténtica puede enseñarles a administrar los bienes
como desea el Creador y a convertirse en servidores de quienes los necesitan.
En el relato
desapareció primero el desierto, después la noche y ahora desaparecen también
los peces. Solo queda el pan. Mateo quiere que relacionemos claramente el
compartir el alimento material con la celebración de la Eucaristía.
Si no compartimos
el pan de cada día y no nos hacemos servidores de nuestros hermanos
necesitados, nuestras celebraciones eucarísticas corren el peligro de
convertirse en ritos vacíos e incoherentes.
¿Qué hizo Jesús
durante la última cena? Tomó el pan de la mesa y se identificó con él: aquel
pan expresaba toda su persona y toda su vida entregada. Jesús se había
convertido en alimento para cuantos lo necesitaban. Después invitó a sus
discípulos a tomarlo y comerlo (cfr. Mt 26, 26).
Con esas palabras les estaba diciendo: «Acoged este pan, que representa toda mi historia de amor; asimilad esa historia y hacedla vuestra».
Comulgar es aceptar la lógica
de una vida entregada.
Cuando nos
acercamos al banquete eucarístico, acogemos la propuesta de Jesús: una vida que
se entrega.
Queremos unir nuestra existencia a la suya, como la esposa une su vida a la del
esposo. Comulgar significa aceptar su proyecto para el mundo y
comprometernos a introducir en él una lógica nueva: la del compartir y la del
servicio. Podemos preguntarnos, entonces, qué significa acercarnos a la
Eucaristía y recibir aquel pan. Significa renunciar a la lógica del interés
como criterio absoluto y acoger la lógica del amor, la misma que contemplamos
encarnada en Jesús, que hizo de toda su vida un pan partido para los demás.
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