domingo, 30 de noviembre de 2025
Editorial: Amores líquidos, heridas profundas: Cuando el noviazgo se queda en tierra de nadie
viernes, 28 de noviembre de 2025
Homilía del Primer Domingo de Adviento, Ciclo A Mt 24, 37-44 «a una se la llevarán y a otra la dejarán».
Homilía del Primer de Adviento, ciclo A
martes, 25 de noviembre de 2025
Resumen de la Carta Apostólica 'In unitate fidei' - El credo de Nicea y la unidad de la Iglesia hoy
‘In unitate fidei’: El Credo de Nicea y la unidad de la Iglesia hoy
lunes, 24 de noviembre de 2025
Editorial. Intento de desenmascarar la pastoral socializante
Intento de Desenmascarar
la pastoral socializante
1.- Una mentalidad
que nos ha colonizado
En muchas diócesis y parroquias se
percibe algo difícil de nombrar: trabajamos mucho, programamos mucho, nos
organizamos mucho… y sin embargo la evangelización parece avanzar con
dificultad. No faltan planes ni actividades, pero sí la sensación de un
Pueblo de Dios realmente en misión.
Una posible clave de lectura es
esta: nos ha ido colonizando, como un aire que se respira, una lógica
“socializante” de la pastoral. No es que nadie se declare socialista en el
plano político; es que ciertos modos de pensar y organizar la vida eclesial se
parecen a esquemas propios de un Estado moderno más que a la Iglesia-comunión
de Vaticano II.
Y esto no afecta solo a una curia diocesana:
atraviesa despachos, sacristías, parroquias, movimientos, cofradías, grupos
de base. Todos —clérigos y laicos— somos, en parte, hijos de esta
mentalidad.
La tesis es sencilla:
Sin darnos cuenta, hemos empezado a
concebir la vida eclesial más como un sistema gestionado que como un pueblo
guiado por el Espíritu, y eso introduce ciertos reflejos “socializantes”
que dificultan la evangelización.
2.- Cuando la
pastoral se vive como un sistema de gestión
La primera manifestación es casi
invisible porque parece pura profesionalidad: hablamos de planes, proyectos,
servicios, coberturas, usuarios, oferta pastoral. Planificamos cursos,
campañas, itinerarios, memorias.
Todo esto puede ser bueno y necesario. El problema
nace cuando, sin querer, la lógica de gestión desplaza a la lógica de misión:
- Los distintos niveles
(parroquia, arciprestazgo, diócesis, movimiento) se piensan sobre todo
como “estructuras que tienen que llegar a todo”.
- La pregunta de fondo se
convierte en: “¿cómo cubrir este sector, este colectivo, esta
necesidad?” más que “¿cómo respondemos juntos al Espíritu que nos
envía?”.
No es “culpa” de nadie. Es el modo
en que hoy funciona casi todo: escuelas, hospitales, administraciones. Pero en
la Iglesia corremos el riesgo de adaptarnos tanto al lenguaje de la gestión que
olvidemos que el sujeto primero de la misión no es un organigrama, sino un pueblo
convocado por la Palabra y la Eucaristía.
Cómo se nota
esta deriva
- Reuniones muy centradas en la agenda
y poco en la escucha común de la Palabra y la realidad.
- Evaluaciones que se miden casi
solo en números (asistencia, actividades) y no en procesos de conversión y
de discipulado.
- Lenguaje: “oferta pastoral”,
“servicios que damos”, “cobertura de zonas”.
3.- Igualitarismo
nivelador: miedo a que algo sea “demasiado vivo”
Otro rasgo es el miedo a la
diferencia. No solo en las grandes estructuras, también en grupos y
comunidades pequeñas:
- En un presbiterio, puede
incomodar que una parroquia tenga un dinamismo especial.
- En una parroquia, puede
molestar que un grupo concreto (jóvenes, adoración, Carismáticos, Camino
Neocatecumenal, Encuentro Matrimonial, un movimiento…) tenga más fuerza
que otros.
- En un movimiento, puede
molestar que surjan iniciativas nuevas dentro, que no encajan en su estilo
habitual.
Aquí se cuela una especie de igualitarismo
pastoral: todos los grupos, todas las comunidades, todos los carismas
deberían ser más o menos parecidos, para que nadie “desentone”. La diversidad
real se percibe como problema de control o de imagen.
Sin embargo, la imagen bíblica es
otra: un cuerpo con miembros muy distintos. Una diócesis, una parroquia,
un movimiento sano tendría que parecerse más a un bosque que a una plantación
industrial: muchas especies, alturas y ritmos, bajo el mismo cielo y la misma
tierra.
Signos de
este igualitarismo
- Frases
como “aquí todos somos iguales, nada
de grupos raros”, cuando en realidad se está sofocando la riqueza de
carismas.
- Dificultad
para alegrarse sinceramente por los frutos de otros (otra parroquia, otro
movimiento, otro estilo), aunque sean hermanos en la misma Iglesia.
- Tendencia
a “bajar el tono” de aquello que funciona, para que no “haga sombra” a lo
demás.
4.- Asistencialismo:
cuando todos jugamos a “Estado” y “usuarios”
La lógica socializante también
aparece en la relación entre ministros y fieles, y aquí nadie sale bien
parado porque jugamos todos el mismo juego.
En una
parroquia puede suceder que:
- Los
presbíteros y agentes de pastoral se vean a sí mismos como quienes “tienen que proveer” de sacramentos,
catequesis, atención social…
- Muchos
fieles se coloquen espontáneamente en posición de usuarios: “la Iglesia tiene que darme esto, para
eso está”; esto genera que estos ‘usuarios’ no perciben como necesario
el adentrarse en un proceso de redescubrimiento de su propio ser
bautizado, conformándose con una fe estática y de ‘Primera Comunión’.
Nadie lo formula así, pero el
esquema se parece al de un sistema público: hay una “institución” que tiene que
responder a una demanda social. La consecuencia es doble:
- El clero y los agentes se sienten desbordados,
como funcionarios con carga infinita, sobre todo cuando se dispone de menos sacerdotes
para los mismos pueblos.
- El
laicado corre el riesgo de no descubrir nunca su propia vocación
apostólica, porque se acostumbra a recibir más que a ofrecer. A modo
de ejemplo; lo que se pide al sacerdote no es que celebre la Eucaristía
dominical, sino que la celebre en su parroquia, en su pueblo.
La pastoral sacramental corre
entonces el peligro de convertirse en trámite: la catequesis se hace “porque toca”; la boda eclesial es un
servicio cultural; la confirmación, un “título”
más. Se olvida el proceso de conversión personal y el grado de influencia de
Cristo en la vida de cada uno.
Y, sin embargo, el Concilio insiste
en que cada bautizado es sujeto de la misión de la Iglesia. La verdadera
alternativa al asistencialismo no es abandonar a la gente, sino acompañarla
hasta que descubra que también está llamada a dar.
Signos de
asistencialismo
- Gente
que pide sacramentos con total naturalidad… pero se sorprende si se le
propone un camino serio de formación o conversión.
- Equipos
pastorales que, ante cualquier necesidad nueva, miran solo hacia “arriba”
(al párroco, a la diócesis, al movimiento) y no hacia dentro: “¿qué
podemos hacer nosotros?”.
- Lenguaje
de “usuarios satisfechos o no” en vez de discípulos en proceso.
5.- Pastoral social
con riesgo de ideologización
Hay una zona especialmente sensible: la acción
social y caritativa.
Por un lado, es innegable el bien
inmenso que la Iglesia hace en el campo de la caridad. Por otro, la mentalidad
socializante puede infiltrarse cuando:
- leemos
casi toda la realidad solo en clave de conflicto (clases, bloques,
bandos);
- hablamos más de estructuras que
de personas concretas;
- usamos,
sin darnos cuenta, el mismo lenguaje que ciertos discursos ideológicos,
apenas cambiando algunas palabras.
El riesgo entonces es que la
pastoral social se convierta en agenda sociopolítica, a veces de signo
“progresista”, otras veces “conservador”, pero en ambos casos desconectada
del centro cristológico.
Cuando el anuncio de Jesucristo
muerto y resucitado —y la llamada a la conversión, al perdón, a la santidad—
queda discretamente en segundo plano, nos parecemos mucho a cualquier ONG con
raíces religiosas.
Cómo se
detecta
- Homilías
sociales en las que se habla mucho de injusticia, sistema, derechos… y muy
poco de Cristo, del pecado, de la gracia, de la vida eterna.
- Acciones
sociales que no remiten a la comunidad orante, a la Eucaristía, al perdón,
sino solo a la eficacia.
- Dificultad
para decir claramente que la caridad cristiana incluye también anunciar a
Jesús a los pobres, no solo ayudarlos y a ser justos con los trabajadores.
·
Uno de las
tantas consecuencias colaterales de esto es el empleo de folios o cuadernos
elaborados para el uso de la Eucaristía que reemplazan al Misal Romano; quitar
lecturas en la Eucaristía alegando que es un mensaje desconcertante o alejado
para el mundo de hoy, entre otras.
6.- La economía de
subsidio: “que pague otro”
Otro campo donde se nota la mentalidad socializante es
el de los recursos económicos.
En muchos sitios, la costumbre es pensar:
- que las
obras y proyectos “de Iglesia” deberían sostenerse siempre con ayudas
externas (subvenciones, fundaciones, instancias superiores);
- que
hablar de dinero en la comunidad es incómodo, casi indecoroso, y mejor no
hacerlo.
El resultado es una doble dependencia:
- Dependemos de benefactores
lejanos o de ayudas públicas.
- La comunidad local se
acostumbra a no sentir como propia la carga de sostener aquello que dice
apreciar.
Esta lógica de subsidio se parece
bastante a la idea de un Estado que provee y de unos ciudadanos que reclaman
prestaciones. En clave de fe, en cambio, el sostenimiento de la misión forma
parte de la respuesta vocacional del laico: mi bolsillo también se convierte.
Signos
- Proyectos
que se diseñan en función de posibles subvenciones, más que de llamadas
claras del Evangelio.
- Fieles
poco informados sobre ingresos y gastos, y por tanto poco implicados.
- Cierto
fatalismo: “No hacemos más porque no
hay dinero”, cuando en realidad no se ha propuesto seriamente una
corresponsabilidad real.
7.- La raíz: poca
confianza en la libertad tocada por la gracia
En todos estos ámbitos hay un hilo común: una antropología
pobre de la libertad.
La lógica
socializante, traducida a lenguaje eclesial, podría sonar así:
- “Si damos demasiada libertad, se
desmadra todo”.
- “Si dejamos que surjan carismas fuertes,
habrá divisiones”.
- “Si pedimos corresponsabilidad real, la
gente se irá”.
- “Si hablamos demasiado de Cristo y
conversión, pareceremos radicales”.
No es mala intención. Es miedo.
Cansancio. Experiencias de heridas reales. Pero cuando ese miedo se
institucionaliza, vamos apagando, sin darnos cuenta, el espacio donde el
Espíritu quiere sorprendernos.
El Concilio Vaticano
II apostó a lo contrario:
- confió
en que la gracia puede sostener una libertad madura;
- confió
en un laicado capaz de evangelizar el mundo;
- confió
en que la diversidad de carismas, bien discernida, no rompe la unidad,
la enriquece.
Recuperar esta confianza es una forma muy concreta de
conversión pastoral.
8.- Desenmascarar
sin acusar: un examen que nos incluye a todos
El objetivo de este ensayo no es
buscar responsables, ni oponer “centro” y “periferia”, ni “clero” y “laicos”.
Es más bien ofrecer unas gafas para leer la propia realidad pastoral:
- En mi
parroquia, ¿funcionamos más como familia en misión o como oficina de
servicios religiosos?
- En mi
grupo o movimiento, ¿acogemos la diversidad interna o tendemos a
uniformar?
- Como
laico, ¿me vivo más como quien ayuda a la Iglesia… o como quien recibe
servicios de ella?
- En mi
predicación y mi acción social, ¿se ve centralmente a Cristo o se podría
confundir con cualquier discurso bienintencionado?
- En mi
modo de usar el dinero y los recursos, ¿actúo como corresponsable o como usuario
de un sistema?
Cada
uno puede hacerse estas preguntas según su lugar en la Iglesia. La respuesta no
será nunca blanco o negro. Pero el solo hecho de nombrar la mentalidad que
nos coloniza ya es un primer acto de libertad.
9.- Hacia una
pastoral más evangélica y menos “socializante”
No se trata de destruir estructuras
ni de renunciar a la organización. Se trata de dejar que el Evangelio y el
Vaticano II purifiquen nuestra forma de usarlas.
Algunas
líneas de fondo:
- De
sistema a pueblo: menos
obsesión por cubrir todo, más atención a formar comunidades vivas, aunque
sean pequeñas. Recordemos, sobre todo a algunos presbíteros, que la
parroquia está llamada a ser Comunidad de Comunidades cristianas. Y cuando
se dice Comunidad no nos referimos a los grupos de liturgia, el coro
parroquial, de limpieza, de catequesis o de vida ascendente -entre otros-
que están en la parroquia.
- De
uniformidad a cuerpo con muchos miembros: alegrarnos de los carismas que el Espíritu
suscita, aunque no encajen perfectamente en nuestros esquemas.
- De
servicio prestado a discipulado compartido: que nadie se quede solo como
“cliente”; invitar siempre a un camino de seguimiento.
- De
subsidio a corresponsabilidad: hablar sin miedo de recursos, de tiempo, de
talentos, como parte de la vocación de todos.
- Del
análisis ideológico al kerygma: dejar que Cristo y su Evangelio sean
explícitamente el centro de nuestra palabra y nuestra acción.
Si logramos este giro, quizá
descubramos que la “pandemia” no tenía la última palabra. Que bajo capas de
gestión, de miedo y de inercias, el Espíritu sigue trabajando. Y que
bastan algunas decisiones valientes —en lo pequeño y cotidiano— para que vuelva
a respirarse, en nuestras diócesis y parroquias, el aire fresco de una
verdadera evangelización.
Te propongo
un nuevo final para el ensayo, que puedes pegar tal cual sustituyendo la
conclusión que tenía:
10.- Hacia una
pastoral más evangélica: el cambio es posible
Todo lo dicho hasta aquí podría
sonar, si nos quedáramos a medias, como un diagnóstico pesado. Pero no es el
objetivo. El hecho mismo de que hoy podamos poner nombre a esta “lógica
socializante” en la pastoral es ya un signo de esperanza: lo que se reconoce
puede convertirse.
La buena noticia es que no partimos
de cero. En muchos lugares ya se ven brotes de otra manera de hacer pastoral:
- parroquias donde se ora de
verdad antes de programar;
- grupos en los que los laicos
toman responsabilidad con alegría;
- presbíteros que empiezan a
descansar más en la acción del Espíritu que en el control propio;
- comunidades que sostienen con
generosidad la misión común, también con su tiempo y sus bienes.
Son pequeñas semillas, pero el
Evangelio nos asegura que el Reino crece a partir de semillas pequeñas.
No hace falta que esperemos grandes reformas estructurales para empezar: basta
con algunos gestos concretos, allí donde estamos:
- escuchar más y mejor al Pueblo
de Dios antes de decidir;
- alegrarnos sinceramente de los
carismas ajenos;
- proponer procesos de fe más
hondos, aunque sean más exigentes;
- hablar con paz de la
corresponsabilidad, sin miedo a pedir y sin miedo a que algunos digan que
no.
El Vaticano II no es un sueño
irrealizable ni un ideal reservado a otros tiempos o lugares. Es palabra de
la Iglesia para este momento histórico, también para nuestras diócesis
concretas, con sus cansancios y sus límites. Si el Concilio ha sido suscitado
por el Espíritu Santo, entonces la gracia para vivirlo también nos está
siendo dada.
Por eso, más que instalarnos en la
queja, podemos permitir que este diagnóstico despierte de nuevo en nosotros el celo
pastoral: el deseo de ver a nuestras comunidades más libres, más
evangélicas, más misioneras. No se trata de empezar una guerra contra nadie,
sino de iniciar una conversión juntos, con humildad y buen humor,
sabiendo que todos hemos respirado el mismo aire y todos necesitamos el mismo
aire nuevo.
El cambio es posible y viable porque
no depende solo de nuestra capacidad de reforma, sino de la fidelidad de Dios.
Él sigue llamando, sigue enviando, sigue encendiendo el corazón de pastores y
laicos que quieren tomar en serio el Evangelio. Si nos dejamos conducir, poco a
poco nuestras diócesis dejarán de parecer un “sistema que se aguanta” para
parecer cada vez más lo que en verdad son:
Un Pueblo de Dios en marcha, guiado
por el Espíritu, al servicio humilde y alegre de la evangelización.
domingo, 23 de noviembre de 2025
Editorial: Tu libertad interior desata el globo de tu vida
Tu libertad
interior desata el globo de tu vida
(ensayo con ejemplos en la vida eclesial)
Hay etapas de
la vida —también dentro de la vida eclesial— en las que uno vive convencido de
que lo decisivo está siempre fuera: la parroquia “ideal”, la comunidad
perfecta, el obispo que por fin me entienda, el grupo que no dé problemas, la
relación que cure todas mis heridas. Uno busca: cambios, soluciones, personas,
estructuras, afectos.
Y sin embargo,
tal vez el verdadero drama no está tanto en lo que falta fuera, sino en lo que
aún no se ha descubierto dentro.
La tesis de
este ensayo es sencilla y exigente:
La única
realidad absolutamente imprescindible para vivir con dignidad —cristiana y
humanamente— ya está dentro de cada uno: la libertad interior.
Todo lo demás
—destinos, cargos, éxitos pastorales, reconocimiento, relaciones, estabilidad
económica— es relativo. Puede ayudar o estorbar, pero nunca puede sustituir a
la libertad.
1. Libertad: no es tener, es quitar
Normalmente
identificamos libertad con “tener muchas opciones”: más dinero, más tiempo, más
recursos, más posibilidades de elegir. Sin embargo, la libertad de la que
hablamos aquí no se define por lo que se suma, sino por lo que se suelta.
Imagina tu
interior como un globo cargado de piedras. Las piedras son:
- miedos (al rechazo, al fracaso, al qué
dirán),
- complejos,
- inseguridades,
- necesidad compulsiva de aprobación,
- resentimientos,
- victimismos crónicos.
La libertad no
consiste en inflar más el globo —más actividades, más personas a tu alrededor,
más proyectos, más “cosas de Iglesia”—, sino en quitar piedras. No se
trata de acumular, sino de desprenderse.
Ejemplo: un noviazgo tóxico y un noviazgo libre
Aquí conviene
bajar a lo concreto.
Noviazgo
tóxico (sin libertad)
Una persona
entra en una relación porque se siente sola, vacía, con baja autoestima. No
aguanta estar consigo misma. Cuando alguien le presta atención, se agarra a
él/ella como a un salvavidas. La relación se convierte en:
- control constante (“¿dónde estás?”, “mándame
ubicación”, “con quién hablas”),
- necesidad continua de mensajes para sentirse
querido,
- miedo obsesivo a que la otra persona se vaya
o encuentre a alguien “mejor”.
Cede en todo,
calla lo que no le gusta, acepta humillaciones, se justifica: “es que me quiere
mucho, por eso es celoso/a”. Su vida gira alrededor de conservar la relación a
toda costa. No hay libertad: hay miedo a quedarse solo.
Con el tiempo,
esa sumisión se transforma en resentimiento. Empieza a ver al otro como la
causa de su infelicidad; pasa de someterse a intentar someter, a controlar,
incluso a humillar. Pero el problema original no era “la relación” en
abstracto: el problema es que entró en ella cargado de piedras, sin
libertad interior.
Noviazgo sano
(con libertad)
Otra persona,
también con heridas y límites, ha aprendido poco a poco a estar sola, a cuidar
sus amistades, su fe, su trabajo, su cuerpo. No busca una relación para
“salvarse”, sino para compartir lo que ya es. Cuando inicia un noviazgo:
- puede decir “sí” y también “no”,
- puede expresar lo que le duele sin miedo a
que lo abandonen,
- no revisa el móvil del otro, ni se desquicia
si no responde al instante,
- si percibe signos claros de manipulación,
tiene la libertad de plantearlo o de terminar la relación.
Sabe que el
otro puede fallar, incluso serle infiel. Le dolería, pero no lo destruiría,
porque su identidad no está colgada de esa relación. Está ahí por elección,
no por desesperación. Eso es libertad.
2. Cuando hasta las lentejas
cambian de sabor
La experiencia
humana y espiritual lo confirma: con libertad, lo difícil se hace más
llevadero; sin libertad, incluso lo bueno se vuelve insufrible.
Pensemos en
algo tan simple como un plato que de niños odiábamos —por obligación— y que de
adultos llegamos a disfrutar. La lengua es la misma, el sabor casi el mismo; lo
que ha cambiado es la actitud: antes lo comíamos porque nos obligaban, ahora lo
elegimos. La libertad transforma la misma realidad.
Ocurre igual
en la vida eclesial.
Ejemplo: un traslado pastoral
Un sacerdote
pasa de una parroquia viva, con múltiples actividades, a un pueblo pequeño y
aparentemente “sin futuro”. Si por dentro piensa:
“Me han
castigado, aquí no se puede hacer nada, esto es perder el tiempo”,
vivirá el
nuevo destino como un castigo. Obedecerá externamente, pero con un corazón
lleno de queja y tristeza. Las mismas misas, las mismas visitas, los mismos
fieles, le resultarán pesadísimos.
Otro, en
situación parecida, también sufre: deja gente a la que quiere, proyectos que
empezaban a dar fruto. Pero, al final, se pone delante del Señor y dice:
“No he elegido
este lugar, pero elijo estar contigo aquí.”
Poco a poco,
descubre nombres, historias, dolores; aprende a querer ese pueblo concreto. Las
circunstancias objetivas no cambian, pero su libertad interior colorea todo de
otro modo.
La libertad es
eso: no cambiar la realidad exterior de golpe, sino cambiar la manera de
habitarla.
3. Libertad en medio de estructuras
y pobrezas
En la Iglesia,
como en la sociedad, hay condicionamientos reales: falta de vocaciones,
estructuras pesadas, injusticias, pobreza material, conflictos internos,
decisiones de autoridad que no siempre se entienden. Sería absurdo negar todo
eso.
Pero también
es peligroso refugiarse siempre en las estructuras para justificar la propia
parálisis o amargura. La libertad interior no borra la injusticia ni la
precariedad, pero impide que se conviertan en coartada para no crecer.
Ejemplo: vida religiosa entre obediencia y servilismo
Una religiosa,
por miedo a ser vista como “poco dócil”, dice que sí a todo: cargos, tareas,
cambios. No discierne si algo la desborda, si es sano para la comunidad, si
responde al carisma. Sufre en silencio, acumula cansancio, resentimiento,
sensación de injusticia. Exteriormente “obedece”; interiormente está
esclavizada al miedo.
Otra hermana,
igualmente consagrada, ama la obediencia, pero no la confunde con servilismo.
Cuando se le pide algo, lo reza, lo discierne, lo habla con sencillez: es capaz
de decir “sí”, pero también “no puedo”, o “esto me parece que no es bueno por
estos motivos”. No desobedece por capricho; obedece desde la verdad. Su
libertad purifica la obediencia y, a la larga, ayuda a la comunidad a madurar.
Las
constituciones son las mismas, la regla es la misma. Lo distinto es la libertad
interior con la que se asumen.
4. Libertad y relaciones
eclesiales: de la dependencia al amor
La falta de
libertad no sólo afecta al noviazgo. En la vida eclesial aparecen dependencias
afectivas disfrazadas de “caridad”: comunidades que se convierten en “clanes”,
grupos parroquiales cerrados, relaciones paternalistas que anulan.
Ejemplo: parroquia-club y parroquia-cuerpo
En ciertas
parroquias, un pequeño grupo de laicos lo decide y controla todo: fiestas,
horarios, voluntariados, acceso a ministerios. Los nuevos son observados con
recelo. Se habla constantemente de “nuestra parroquia”, como si fuera una
propiedad privada. El miedo a perder el control ahoga cualquier novedad. No hay
libertad, hay posesividad.
En otras,
también hay un núcleo estable de personas, pero viven con otra conciencia: la
parroquia es del Señor y de su pueblo, no de ellos. Se arriesgan a abrir
espacios, a escuchar propuestas, a dejar entrar aire nuevo. Discuten, se
equivocan, rectifican, pero el criterio no es “que salga lo mío”, sino “qué
ayuda más a esta comunidad concreta a encontrarse con Cristo”. Eso es amor
eclesial vivido con libertad.
5. Estudios, trabajo, misión:
complacer o vivir la propia vocación
También en lo
eclesial abundan vidas vividas “para quedar bien”: el cura que intenta ser el
modelo que otros esperaban, la religiosa que ocupa todos los huecos por evitar
conflictos, el laico que se ofrece a todo porque no soporta decir que no.
Ejemplo: el laico hipercomprometido
Un laico “de
Iglesia” está en todas: catequesis, coro, Cáritas, pastoral juvenil, grupos de
oración. La parroquia no podría funcionar sin él, aparentemente. Pero su
familia casi no lo ve, su matrimonio se resiente, sus hijos lo perciben como
ausente.
Cuando alguien
le sugiere que revise su agenda, responde:
“Es lo que
Dios me pide, la Iglesia me necesita.”
Quizá hay una
parte de verdad; pero también puede haber miedo a afrontar su propia casa, a
hablar de temas pendientes, a mirar vacíos personales. “La Iglesia” se
convierte en refugio. No actúa desde la libertad, sino desde la huida.
Otro laico,
igualmente creyente y generoso, se compromete, pero tras un discernimiento
real. Reconoce que su primera misión es su familia, y que su servicio eclesial
tiene que integrarse ahí. Dice “sí” a lo que puede sostener y “no” a lo que le
desborda, sin culpas falsas. Su apostolado nace de la libertad, no del miedo a
ser juzgado como “poco comprometido”.
6. Libertad no es libertinaje
(también en la Iglesia)
En clave
eclesial, a veces se invoca la libertad para justificar actitudes que poco
tienen de evangélicas:
- “Yo celebro la liturgia como quiero, las
normas son esclavitud.”
- “Yo enseño en catequesis lo que yo pienso,
los documentos son opinión.”
- “Yo vivo la pobreza a mi manera, eso de las
cuentas claras es falta de confianza.”
Pero no toda
autonomía es libertad. Una decisión es verdaderamente libre cuando:
- respeta la verdad,
- construye la comunión,
- y amplía la capacidad futura de seguir
siendo fiel.
Lo que
destruye vínculos, lo que esclaviza a los propios caprichos, lo que rompe
sistemáticamente la conciencia, no es libertad, aunque se presente con su
nombre.
7. Devociones, dinero, estilo de
vida: termómetros de libertad
Las
mediaciones —rosarios, novenas, procesiones, economía parroquial, estilo de
vida del clero y de los consagrados— pueden ser lugares de libertad o de
esclavitud.
Devociones
Hay quien vive
atrapado en prácticas piadosas por puro miedo:
“Si hoy no
rezo esto, algo malo pasará; si falto a tal acto, el Señor se enfadará.”
La relación
con Dios se convierte en una especie de contrato nervioso. No hay descanso,
sólo obligación.
Otro reza el
mismo rosario, asiste a la misma adoración, participa en las mismas
procesiones, pero desde otro lugar: sabe que son caminos para abrirse al amor
de Dios, no mecanismos para controlarlo. Si un día no puede, no vive en
angustia. Ama la devoción, pero más aún al Dios al que se dirige. Eso es
libertad.
Economía parroquial
En una
parroquia, el deseo de “quedar bien” puede llevar a obras innecesarias, adornos
excesivos, gastos superfluos, mientras se descuida a los pobres reales de la
comunidad. Se usa el nombre de Dios para justificar la vanidad.
En otra, se
cuida la belleza litúrgica, pero con sobriedad; se rinde cuentas con
transparencia; se prioriza lo necesario; se vive con una cierta austeridad. No
se busca “parecer ricos”, sino ser fieles. Eso libera.
8. Acompañamiento espiritual:
libertad o dependencia
La dirección
espiritual y la confesión son lugares privilegiados para el crecimiento de la
libertad… o para su destrucción.
Un acompañante
que decide por la persona todo —pareja, trabajo, amistades, opciones
políticas—, que se presenta como “voluntad de Dios” sin matices, no forma
conciencias, las sustituye. Genera dependencias malsanas.
Un buen
acompañante, en cambio, ayuda a ver, a discernir, a confrontar; da criterios,
señala peligros, pero siempre devuelve la decisión a la persona:
“Pregúntalo tú
ante el Señor, asume tú la responsabilidad.”
No es dueño de
almas, sino servidor de la libertad de otros.
9. Caminos hacia la libertad
interior
En todos estos
planos —noviazgo, parroquia, comunidad, economía, devociones, acompañamiento—
aparece la misma pregunta:
¿Esto que hago
nace del miedo o de la libertad?
Algunos
caminos para crecer en esa libertad:
1.
Nombrar los miedos. Reconocer qué me mueve: miedo a decepcionar, a estar solo, a perder
prestigio, a ser señalado. Ponerle nombre ya empieza a quitarle poder.
2.
Practicar el silencio orante. Tiempo real, sin móvil, sin ruido, sin “hacer cosas de Iglesia”,
simplemente estar ante Dios con lo que uno es. Ahí se desvelan apegos y
falsedades, pero también se intuye por dónde llama la verdad.
3.
Acepta que la libertad duele. Romper un noviazgo tóxico, renunciar a un cargo que alimenta el ego, decir
que no a un compromiso que te desborda, corregir una devoción mal entendida…
todo eso duele. Pero es un dolor que abre, no que encierra.
4.
Vivir con sobriedad. En el consumo, en las actividades, en los compromisos. La sobriedad libera
de mucha presión innecesaria y deja espacio para lo esencial.
5.
Pedir la gracia. Para el creyente, la libertad no es sólo cuestión de carácter o fuerza de
voluntad: es también don. Se pide humildemente: “Señor, hazme libre para amarte
y amar.”
10. Conclusión: la huella de una
libertad vivida
Al final, en
la vida eclesial, lo decisivo no será:
- cuántos grupos coordinaste,
- cuántas parroquias atendiste,
- cuántos actos organizaste,
- cuántas devociones acumulaste,
sino:
¿qué tipo de
persona fuiste en todo eso? ¿Dejaste una huella de libertad y amor, o de miedo
y control?
La única cosa
verdaderamente imprescindible ya la llevas dentro: la libertad.
Todo lo demás —noviazgos, amistades, ministerios, comunidades, estructuras—
será el escenario en el que esa libertad se despliegue o se pierda.
El desafío es
no llegar al final habiendo “hecho muchas cosas para Dios”, pero sin haberle
permitido a Dios hacernos, de verdad, libres por dentro.