viernes, 14 de agosto de 2026

Homilía de la Asunción de la Virgen María, Ciclo A - Lc 1, 39-56 «…saltó la criatura en su vientre»

 ¿Qué celebramos realmente en la Asunción de la Virgen María y qué nos revela el Evangelio de la Visitación sobre su destino y el nuestro? En esta homilía sobre Lucas 1, 39-56, descubrimos a María como la nueva Arca de la Alianza, la mujer que lleva en su seno a Cristo y que, movida por la Palabra de Dios, lleva consigo paz, alegría y vida. Los ecos del Antiguo Testamento permiten comprender por qué Juan Bautista salta de gozo ante su llegada y cómo el Magníficat anuncia la victoria de Dios sobre todo poder de muerte. La Asunción de María aparece así no solo como una verdad sobre ella, sino como una promesa para todos nosotros: en María contemplamos anticipadamente la vida definitiva a la que Dios llama al ser humano.

Homilía de la Asunción de la Virgen María, Ciclo A

Lc 1, 39-56 «…saltó la criatura en su vientre»

Escucha aquí el episodio completo:

 

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Mucho más que una visita de cortesía

El evangelio de hoy nos presenta un episodio de la vida de María: su visita a Isabel. Tradicionalmente, esta escena se ha leído de una manera muy sencilla, como la narración de un acontecimiento sucedido en la vida de María y de su hijo Jesús.

María, después de conocer por el anuncio del arcángel san Gabriel que Isabel esperaba un hijo, se habría puesto inmediatamente en camino para visitarla y ayudarla, pensando que, por su avanzada edad, necesitaría especialmente de su cercanía. Habitualmente hablamos de Isabel como «prima» de María; sin embargo, el término empleado por el texto griego es συγγενής (synguenés), que significa sencillamente «pariente», sin precisar cuál era exactamente el grado de parentesco. De hecho, resulta difícil imaginar a María, una muchacha todavía muy joven, como prima de Isabel, de quien el Evangelio afirma que era de edad avanzada (cfr. Lc 1, 18). Isabel podría haber sido una tía o incluso una abuela de María. Pero todos estos son, en realidad, detalles secundarios.

Si nos quedáramos únicamente con esta lectura, la Visitación sería poco más que el hermoso gesto de una joven que acude a prestar ayuda a una pariente que la necesita. Y, siendo ciertamente un gesto valioso, todavía no habríamos descubierto la profundidad del mensaje que el evangelista quiere transmitirnos, ni todo lo que esta página puede decirnos hoy, en nuestra situación humana, social, cultural y religiosa.

He hecho aquí un cambio que considero importante: no decir todavía que una lectura sencilla «tiene poco que decirnos», porque podría parecer que estamos despreciando la interpretación tradicional de María que va a ayudar a Isabel. Es mejor reconocer que esa lectura es verdadera y hermosa, pero insuficiente para agotar el sentido del texto. Así abrimos mucho mejor la puerta a lo que viene después: «¿Qué es lo que realmente quiere comunicarnos el evangelista...?».

 

Una lectura que deja demasiadas preguntas

La historia, entendida únicamente de este modo, presenta una serie de dificultades. ¿Cómo imaginar que el padre o el marido permitieran a una muchacha de trece o catorce años emprender sola semejante viaje? En aquella época, desplazarse suponía afrontar peligros de toda clase, y un viaje así, realizado por una joven sin compañía, resultaría difícilmente comprensible dentro de la sociedad y la cultura de aquel tiempo. Podría pensarse que María estuvo acompañada por José; sin embargo, el Evangelio no lo menciona en ningún momento en este episodio.

También resulta sorprendente que una muchacha tan joven se pusiera en camino «de prisa hacia la montaña», recorriendo desde Nazaret hasta aquella región montañosa de Judá una distancia considerable, de unos 130 kilómetros. La tradición identifica ese lugar con Ain Karim, donde habría estado la casa de Isabel y Zacarías. Además, difícilmente le faltarían a Isabel mujeres cercanas y experimentadas en el parto y en la crianza de los hijos, dispuestas a prestarle la ayuda necesaria. Cuesta pensar, por tanto, que una joven como María fuera precisamente la persona cuya presencia resultara imprescindible para atenderla.

Y hay todavía un detalle que llama la atención. María permaneció unos tres meses con sus parientes (cfr. Lc 1, 56) y después regresó a su casa. Si interpretamos su viaje exclusivamente como una ayuda prestada a Isabel con motivo del embarazo y del parto, resulta llamativo que se marchara precisamente cuando Isabel podía necesitar mayores cuidados para recuperarse.

Todas estas dificultades no pretenden negar que María pudiera haber acudido también movida por el deseo de ayudar a Isabel. Pero sí nos invitan a preguntarnos si Lucas quiere decirnos algo mucho más profundo. Porque, si nos quedáramos únicamente en la imagen de una joven que recorre un largo camino para prestar ayuda a una pariente, todavía no habríamos penetrado en el verdadero corazón de esta página evangélica.

 

Una página de teología, no una crónica

¿Qué es lo que realmente quiere comunicarnos el evangelista con este episodio de la Visitación? Lucas, partiendo de este acontecimiento y sirviéndose de imágenes bíblicas y de episodios bien conocidos de la historia de Israel, ha compuesto una página de teología, no una simple crónica de acontecimientos. Por eso, para comprender lo que verdaderamente quiere transmitirnos, es necesario reconocer esos ecos del Antiguo Testamento y descubrir el significado que adquieren ahora a la luz de lo que está sucediendo en María.

La voz del Amado pone a María en camino

«En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a un a ciudad de Judá». Este texto donde se nos cuenta que «María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña» nos remite a un texto nupcial entre el amado y la amada recogido en el libro del Cantar de los Cantares: 

«Habla mi amado y me dice:

Levántate, amada mía,

hermosa mía y ven.

Mira, el invierno ya ha pasado,

las lluvias cesaron, se han ido.

Brotan las flores en el campo,

llega la estación de la poda,

el arrullo de la tórtola

se oye en nuestra tierra.

En la higuera despuntan las yemas,

las viñas en flor exhalan su perfume.

Levántate, amada mía,

hermosa mía, y vente.

Paloma mía, en las oquedades de la roca,

en el escondrijo escarpado,

déjame ver tu figura,

déjame escuchar tu voz:

es muy dulce tu voz

y fascinante tu figura». (Ct 2, 10-14)

 

El amado es Dios y la amada es el pueblo de Israel. Nos encontramos, por tanto, en un contexto nupcial: ha llegado el tiempo de la Nueva Alianza, una alianza esponsal, y María aparece dentro de este horizonte. Lucas no pretende desmentir la historia, sino mostrarnos su profundidad. Al narrar la Visitación compone un cuadro teológico muy preciso que nos permitirá descubrir quién es verdaderamente María: la nueva Arca de la Alianza, la mujer que, después del anuncio del arcángel, lleva en su seno a Cristo, la Palabra.

María ha escuchado, por así decirlo, «la voz de su amado» y esa voz la pone inmediatamente en movimiento. Se levanta, «se puso en camino de prisa» y marcha por los montes, «hacia la montaña». La Palabra que ha recibido no la deja encerrada en sí misma: la pone en camino.

¿Y qué hace María en ese camino? Va en busca del Amado cuya Palabra ha escuchado y que ahora lleva dentro de sí. Al llegar junto a Isabel se encuentran dos mujeres alcanzadas por una misma iniciativa de Dios: Isabel ha recibido también el anuncio de que será madre y lleva en su seno a Juan el Bautista, que será el nuevo Elías; María, por su parte, lleva consigo la Palabra recibida y comienza un camino que ya no se detendrá.

Y así será María a lo largo de toda su vida: una mujer puesta en camino por la Palabra y detrás de su Amado. La veremos junto a Jesús en las bodas de Caná, siguiendo sus pasos hasta Cafarnaúm, cercana a él durante su ministerio y, finalmente, junto a él en el Calvario. Hasta la cruz llegará María, porque también allí continuará siguiendo a su Amado, Jesucristo.

La sombra del Altísimo:

Dios está presente

El episodio inmediatamente anterior es el de la anunciación del arcángel san Gabriel a María, cuando le dice: «el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (cfr. Lc 1, 35). Esta imagen de «la sombra» es muy importante, porque nos está diciendo algo acerca de lo que sucede en María: desde ese momento lleva en su seno al Hijo de Dios.

En el Antiguo Testamento, la sombra y la nube son imágenes que expresan la presencia del Señor (cfr. Ex 13, 22; Ex 19, 16; Ex 24, 16; Sal 17, 8; Sal 57, 2; Sal 140, 8). Y esa presencia de Dios es, al mismo tiempo, presencia que protege. El Salmo 121 nos dice: «Es tu guardián, Yahvé, Yahvé tu sombra a tu diestra. De día el sol no te herirá, tampoco la luna de noche». La imagen resulta especialmente expresiva en una tierra donde el calor puede ser abrasador: la sombra es refugio, alivio y protección. Decir que el Señor cubre con su sombra significa afirmar que envuelve a la persona con su presencia protectora.

Por eso encontramos también al salmista suplicando a Dios que lo esconda a la sombra de sus alas. El salmo 67 nos lo expresa con otras palabras: «Si acostado me vienes a la mente, quedo en vela meditando en ti, porque tú me sirves de auxilio y exulto a la sombra de tus alas; mi ser se aprieta contra ti, tu diestra me sostiene».

La nube: signo de una presencia que guía

La imagen de la nube expresa el mismo significado: indica la presencia del Señor, nos dice que Dios está presente. Cuando Moisés sube a la montaña para encontrarse con el Señor, una nube desciende y cubre el monte (cfr. Ex 24, 15-16). Del mismo modo, el libro del Éxodo nos cuenta que, mientras el pueblo de Israel caminaba por el desierto, era precedido por la nube, signo de la presencia de Dios que acompaña y guía a su pueblo (cfr. Ex 13, 21; Dt 1, 33).

La sombra y la nube son, por tanto, dos grandes imágenes bíblicas para expresar la presencia del Señor. Y este lenguaje no queda limitado al Antiguo Testamento. También aparece en el Nuevo Testamento, por ejemplo, en la transfiguración, cuando el evangelista nos dice que «una nube luminosa los cubrió con su sombra» (cfr. Mt 17, 5) a Jesús y a sus tres discípulos.

 

María, la nueva Arca de la Alianza

Cuando Lucas dice que «el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» pretende comunicarnos una verdad sublime: Dios está presente en el seno de María. En el relato de la Visitación, el evangelista desarrolla este mensaje acerca de la divinidad del Hijo que María lleva en su seno sirviéndose de otra gran imagen bíblica: el Arca de la Alianza. María es la nueva Arca de la Alianza. Para Israel, el Arca era el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Según el libro del Éxodo, el Arca de la Alianza contenía las dos tablas de piedra en las que Dios había escrito los Diez Mandamientos (cfr. Ex 40, 20). Por tanto, en el Arca estaba la Palabra que Dios había revelado a su pueblo. Durante el éxodo, una nube cubría la tienda en la que estaba guardada el Arca, porque aquella nube era signo de la presencia de Dios. Y cuando el pueblo de Israel cruzó el río Jordán para entrar en la Tierra Prometida, el libro de Josué nos cuenta que, al entrar en el agua los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza, las aguas del Jordán se separaron y todo el pueblo pudo atravesar el río a pie firme y en seco (cfr. Jos 3, 14-17).

El pueblo de Israel llevaba también el Arca de la Alianza —la presencia de Dios— al campo de batalla cuando salía a luchar contra sus enemigos. Sin embargo, en una de aquellas ocasiones las cosas no fueron bien frente a los filisteos, que consiguieron capturar el Arca (cfr. 1 Sam 4), aunque posteriormente fue recuperada por Israel (cfr. 1 Sam 6). Los filisteos terminaron teniendo miedo de conservar entre ellos algo tan santo como el Arca. Eran además muy supersticiosos y estaban convencidos de que aquella presencia no iba a favorecerles. Se dieron cuenta de que, coincidiendo con la estancia del Arca en territorio filisteo, sufrieron mucho a causa de hemorroides, o bien de abscesos provocados por la disentería. Llegaron, por tanto, a querer quitarse de en medio el Arca, hasta el punto de que el relato bíblico afirma que «los alaridos de angustia de la ciudad subieron hasta el cielo» (cfr. 1 Sam 5, 6-12). Por eso, finalmente, devolvieron el Arca a los hebreos. 

María recorre el camino del Arca

Lucas presenta a María como la verdadera Arca de la Alianza, porque lleva en su seno al Hijo del Altísimo. Para los israelitas, el Arca de la Alianza era un objeto material (cfr. Ex 25, 10-22), signo de la presencia del Señor; no era Dios mismo, sino el signo de su presencia en medio del pueblo. En María, en cambio, verdadera Arca de la Alianza, Dios está realmente presente. Y Lucas va a presentar a María recorriendo, de algún modo, el mismo camino que había recorrido antiguamente el Arca hasta llegar a las montañas de Judá, hacia Jerusalén.

El Arca de la Alianza había sido capturada por los filisteos —como hemos recordado anteriormente— y, una vez devuelta a los israelitas, fue colocada en una ciudad situada sobre una colina, llamada Quiriat Yearin, a unos 15 kilómetros al oeste de Jerusalén (cfr. 1 Sam 6, 21). Allí permaneció el Arca después de haber sido recuperada por el pueblo de Israel.

Posteriormente, el rey David quiso llevar el Arca de la Alianza hasta Jerusalén y, antes de hacerlo, la colocó provisionalmente durante tres meses en la casa de Obededón, el de Gat (cfr. 2 Sam 6, 10). Y aquí encontramos un detalle especialmente significativo: tres meses es también el tiempo que María, verdadera Arca de la Alianza, permaneció en casa de Zacarías e Isabel (cfr. Lc 1, 56).

Recordemos que los cristianos leemos e interpretamos el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo Testamento. Por eso, este detalle de los tres meses no pasa inadvertido: Lucas presenta la estancia de María en casa de Isabel sobre el trasfondo del antiguo viaje del Arca. Aquellos tres meses del Arca en casa de Obededón encuentran ahora su correspondencia en los tres meses que María, verdadera Arca de la Alianza, permanece en casa de Zacarías e Isabel.

Donde llega María, llega la alegría

La Biblia nos cuenta que, cuando el Arca entró en la casa de Obededón, toda su familia quedó colmada de bendiciones del Señor (cfr. 2 Sam 6, 11). Aquella familia gozó de paz, quedó libre de enfermedades y recibió abundante fecundidad, hasta el punto de que noticias tan favorables llegaron a oídos del propio rey David (cfr. 2 Sam 6, 12).

Y algo semejante sucede ahora con María, la verdadera Arca de la Alianza: allí donde ella llega, se difunde y se contagia la alegría. Con María llega también la paz. Basta escuchar lo que sucede cuando entra en la casa de Zacarías: «En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno».   


El saludo que lleva la paz

«Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». María, al decir «» a Dios, quedó plenamente involucrada en su proyecto. Y sentía el deseo de compartir aquella gozosa experiencia divina con alguien que pudiera comprenderla. Por eso decidió ir al encuentro de Isabel, porque también ella estaba implicada en ese designio de amor del Señor.

Cuando María llega a la casa de Zacarías, no saluda al dueño de la casa, que permanece mudo —no podía hablar— porque no había creído en el proyecto de Dios. Zacarías no podía comprender plenamente lo que estaba sucediendo en María ni reconocer que aquella joven llevaba en su seno al Hijo del Dios Altísimo. Estaba allí, por así decirlo, solo «de cuerpo presente». Por eso María no se dirige a Zacarías, sino a Isabel, porque ella sí ha comprendido que Dios está llevando a cumplimiento las promesas anunciadas por boca de los profetas.

El diálogo entre estas dos mujeres comienza con un saludo. Pero, si se hubiera tratado de un saludo cualquiera, difícilmente el evangelista habría insistido tanto en él. Lucas lo recoge porque, precisamente al escucharlo, el propio Bautista salta de alegría en el vientre de Isabel. ¿Qué sucede en ese saludo entre las dos mujeres para que Juan salte de alegría en el seno de su madre?

Cuando los judíos se encuentran se desean una sola cosa: Shalom (שָׁלוֹם), paz. Y ese saludo significa mucho más que la simple ausencia de conflictos: expresa el deseo de que la otra persona reciba toda bendición, que el Señor le conceda vida y alegría. El saludo de María a Isabel contiene así todas aquellas promesas de paz que atravesaban el Antiguo Testamento: el Mesías prometido traería al mundo la paz, el Shalom. El Salmo 72 vers.7 reza diciendo «florecerá en sus días la justicia, prosperidad hasta que falte la luna». El profeta Isaías llama al Mesías con el título de ‘Príncipe de Paz’ (cfr. Is 9, 5). El profeta Zacarías en el capítulo 9 dice: «¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría Jerusalén! Que viene a ti tu rey: justo y victorioso, humilde y montado en un asno, en una cría de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de guerra, y él proclamará la paz a las naciones» (cfr. Zac 9, 9-10).

Cuando María dice a Isabel Shalom, le está anunciando que el Mesías esperado ha llegado y trae consigo la paz.

Quien acoge la Palabra de Dios y la encarna en su propia vida se convierte también, de algún modo, en arca de la alianza, porque se hace portador y embajador del Hijo de Dios en medio de los suyos. Allí donde entra María, entra con ella la paz. Jesús se lo dirá después a sus discípulos: «Si entráis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiera allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él» (cfr. Lc 10, 5). Cristo ha venido a traernos la paz.

Cuando llega el Arca, comienza la alegría

«Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre». En el segundo libro de Samuel, en el capítulo seis, se nos cuenta lo que sucedió cuando llegó el Arca de la Alianza: fue una verdadera explosión de alegría, entre cantos y danzas. Incluso el propio rey David se puso a danzar delante del Arca, algo que podía resultar impropio de la dignidad de un rey: «David danzaba girando con todas sus fuerzas delante de Yahvé, ceñido de un Efod de lino» (un vestido sacerdotal), (cfr. 2 Sam 6, 14). Aquellos saltos y danzas del rey David expresan la alegría desbordante de quien celebra la presencia del Señor.

¿Y qué sucede cuando Isabel escucha el saludo de María? El Bautista, que lleva en su vientre, comienza también a saltar de alegría, como si danzara, del mismo modo que David danzó al ver llegar el Arca del Señor. Juan el Bautista «saltó de alegría en su vientre» porque el Arca del Señor ha llegado. Lucas recoge así y vuelve a hacer resonar en su relato una imagen profundamente arraigada en la tradición bíblica de Israel.

¿Cuál es entonces el mensaje para nosotros? Allí donde hay alguien que, como María, lleva consigo al Señor, lleva también consigo la alegría. La alegría es uno de los frutos del Espíritu Santo: comienza la fiesta y se inicia la danza. La alegría es señal de que en una casa ha entrado el Señor. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación» (…)!» (Is 52, 7). La paz y la alegría son como la firma que el Señor deja y que nos permite reconocer que aquello viene de Dios.

Un grito de guerra y de alegría

«Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

El evangelista nos dice que Isabel, «levantando la voz, exclamó»; es decir, Isabel grita. Y es un grito de alegría, porque el Arca del Señor está ya en el campamento, en medio del pueblo de Israel, y su presencia anuncia que la victoria está asegurada. Pero, al mismo tiempo, es también un grito de guerra, un aviso serio dirigido a los enemigos para que no se acerquen. Cuando estos escuchaban aquellos gritos, huían despavoridos, porque sabían que iban a enfrentarse a un pueblo que contaba con la presencia del Arca en medio de ellos.

Recordemos que el pueblo de Israel llevaba el Arca a la guerra: «Cuando el arca de la alianza de Yahvé llegó al campamento, todos los israelitas lanzaron un gran grito que hizo retumbar las tierras» (cfr. 1 Sam 4, 5). Este grito religioso y guerrero formaba parte del ritual relacionado con el Arca, tal y como nos lo cuenta también el libro de los Números 10, 5 y siguientes.

Por eso, el grito o clamor de Isabel es verdaderamente un grito de guerra, porque anuncia que el mal va a ser vencido; y es, al mismo tiempo, un grito de alegría, porque esa victoria contra el mal está ya asegurada y garantizada totalmente por el Señor, al que María lleva consigo como Arca de la Nueva Alianza. Porque la nueva Eva, María, pisará la cabeza de la serpiente.

María, portadora de la Vida

Isabel bendice a María. En la Biblia, bendecir significa desear fecundidad, desear vida. Y María no es solamente bendita entre todas las mujeres, sino bendita por encima de todas las demás mujeres. Con ello se quiere expresar que no ha habido nadie como María ni lo habrá, porque ella es la portadora de la Vida. La mujer es imagen de la vida, e Isabel manifiesta abiertamente que el fruto del vientre de María lleva consigo la verdadera Vida, aquella que no procede de la tierra, sino del cielo.

De Judit se dice: «hija, que te bendiga el Dios Altísimo entre todas las mujeres de la tierra» (cfr. Jdt 13, 18). Judit y María son prototipos de oración y de fidelidad. Judit representa a Israel y María a la Iglesia. Judit —la viuda de Manasés (cfr. Jdt 8, 2)— cortó la cabeza del cruel tirano Holofernes en un contexto de persecución y hostilidad. Judit encarna las más destacadas virtudes de su pueblo y, con ellas, se enfrenta al prepotente agresor —el general Holofernes—, convirtiéndose en mediadora de la salvación de Dios. María es la nueva y más potente mediadora de todas las gracias, después de Jesucristo.

¿Quién soy yo para que venga a mí el Arca del Señor?

En las palabras de Isabel encontramos una nueva referencia al Arca de la Alianza: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?». Esta expresión evoca las palabras del rey David cuando el Arca de la Alianza llegó hasta él. David exclamó: «¿cómo voy a llevar a mi casa el arca de Yahvé?» (cfr. 2 Sam 6, 9); es decir: «¿Quién soy yo para que venga a mí el Arca del Señor?».

Por tanto, cuando Isabel pregunta: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?», vuelve a resonar aquella pregunta de David ante el Arca de la Alianza. El paralelismo continúa: David irá delante del Arca bailando y saltando, revestido con las vestiduras religiosas; y, ante María, verdadera Arca de la Nueva Alianza, Juan también ha saltado de alegría en el seno de Isabel.

Bienaventurada la que ha creído

Isabel, dirigiéndose a María, le dice: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá». Estas palabras de Isabel tienen también como trasfondo la actitud de su esposo Zacarías, que estaba allí mudo, sin poder hablar, escuchando y contemplando toda la escena. Era como si Isabel le estuviera diciendo: «¡Tú, que eres sacerdote y perteneces además a un elevado linaje sacerdotal, no has creído y por eso estás mudo!».

Pero cuando Isabel proclama: «Bienaventurada la que ha creído», Lucas no quiere referirse únicamente a María. El evangelista desea involucrar e incluir a todos aquellos creyentes que, como ella, confían en las promesas de Dios y se muestran dóciles a su Palabra. Es una invitación a ser como María: personas que confían, que creen en la Palabra y que, precisamente por haber creído, pueden ser declaradas también bienaventuradas.

Recordemos aquella escena evangélica en la que una mujer, fascinada al escuchar a Jesús, exclama en cierto momento: «Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron»; a lo que Jesús le contestó: «Más bien, dichosos/bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (cfr. Lc 11, 27-28). De nuevo, Jesús desea involucrarnos a todos en esta dicha, en esta bienaventuranza.

Si quieres ser bienaventurada como María, escucha la Palabra de Dios y obedécela. De este modo, como María, mantendrás una relación esponsal con el Amado.

El dramático duelo entre la vida y la muerte

«María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava”. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mi: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia” - como lo había prometido a “nuestros padres” - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».  

En nuestro mundo se libra un dramático duelo entre las fuerzas de la vida y las fuerzas de la muerte. Los dolores, las enfermedades y los achaques de la vejez son como pequeñas escaramuzas que anuncian el último asalto de ese terrible dragón que es la muerte. Y llega un momento en que la lucha parece volverse desigual. La presa puede conseguir escapar todavía durante algunos años, pero, antes o después, la muerte termina por alcanzarla.

Y entonces surge inevitablemente una pregunta, quizá una de las más inquietantes que podamos hacernos: Dios, que ama la vida, ¿permanece impasible ante la derrota de esas criaturas que llevan impresa en su rostro su propia imagen?

Precisamente a esta pregunta responde hoy María. En ella somos invitados a contemplar el triunfo del Dios de la vida. Porque frente a la evidencia de la muerte, frente incluso a la corrupción de un cuerpo en el sepulcro, hace falta mucho valor para continuar creyendo que el Señor es verdaderamente el Dios de la vida y para esperar en una vida que no termina cuando concluye nuestra existencia biológica.

En la fiesta de hoy, María se nos presenta como aquella que siempre se fio de Dios. Y en ella contemplamos también el destino de quien cree que las palabras del Señor llegarán a cumplirse. De ahí brota su grito de júbilo: «Grandes cosas ha hecho en mí el Poderoso». La expresión «grandes cosas» aparece en la Biblia para referirse a las intervenciones extraordinarias de Dios en favor de su pueblo.

Dios no es simplemente «el omnipotente» entendido a nuestra manera, como alguien que puede hacer arbitrariamente cuanto desea. María lo proclama el Poderoso: aquel que posee una fuerza que nadie más posee, porque es el único capaz de derrotar a la muerte. Y precisamente esta intervención prodigiosa de Dios es la que hoy contemplamos realizada en María.

Quien ama no abandona a la persona amada

en poder de la muerte

Quien ama no puede abandonar a la persona amada en los abismos, en el reino de la muerte. Algo de esto habían comenzado ya a intuir los salmistas. El autor del Salmo 16, por ejemplo, termina dirigiéndose a Dios como si le dijera: «Tú, Dios mío, no puedes permitir que tu fiel permanezca como presa de la muerte».

El texto hebreo utiliza la palabra חָסִיד (jasíd), que aquí expresa esa relación de amor: «tu amante». Es como si el salmista se atreviera a decirle a Dios: «Nos hemos amado. ¿Cómo puedes permitir tú, que eres el Dios de la vida, que aquel que ha sido tu compañero en el amor desaparezca ahora para siempre? Tú me mostrarás el sendero de la vida y habrá alegría sin fin en tu presencia».

El salmista todavía no posee la luz de la Pascua. Sin embargo, ha intuido algo extraordinario: un enamorado no puede abandonar a la persona amada como presa de la muerte. Por eso puede dirigirse al Señor diciéndole: «Tú me mostrarás el camino para salir del Sheol, porque tú no puedes estar sin mí, como yo no puedo estar sin ti».

Se comenzaban así a intuir las razones profundas de aquella afirmación que, muchos siglos después, expresaría Dostoyevski: «si Dios existe, yo soy inmortal».

La misericordia:

Dios se implica hasta las entrañas

En su cántico, María atribuye esta obra extraordinaria de Dios a su misericordia. Pero quizá nuestra palabra «misericordia» no alcance a expresar toda la riqueza que este término posee en el lenguaje bíblico. Se trata de una implicación visceral del amor de Dios por la humanidad; un amor que compromete, por así decirlo, hasta las entrañas mismas de Dios y que lo lleva a regalar al ser humano su propia vida inmortal.

Y el cántico de María continúa enumerando siete intervenciones de este Dios enamorado de la vida del ser humano.

«Ha mostrado la fuerza de su brazo». Porque solo su brazo podía vencer a ese monstruo que es la muerte.

Después, ha dispersado a los arrogantes. ¿Quiénes son esos arrogantes? Son quienes miran a los demás desde arriba, quienes se colocan por encima de ellos y, de ese modo, terminan construyendo un mundo de muerte.

¿Y qué hace Dios, que es el Dios de la vida? Los dispersa. Pero esto no significa que los humille o que los aplaste. Significa que hace desaparecer la arrogancia, convirtiéndolos a todos a su amor. Aquellos que antes miraban a los demás desde arriba quedan transformados en humildes servidores de sus hermanos. Desaparecen los arrogantes porque la arrogancia pertenece al reino de la muerte.

Dios es el Dios de la vida, y el cántico de María es precisamente un himno que ella eleva al Señor para alabarlo por cuanto ha realizado. Y María puede cantarlo porque ella misma ha experimentado en su propia existencia la acción de este Dios.

Dios pone fin al reino de la muerte

Los poderosos son derribados de sus tronos y los pobres, los últimos, son levantados. De este modo, el Señor de la vida pone fin a esa triste comedia en la que los seres humanos luchan continuamente por subir, por ocupar los primeros puestos, por imponerse y dominar a los demás, construyendo así el reino de la muerte.

Ha colmado de bienes a los hambrientos y ha despedido a los ricos con las manos vacías. No se trata de una amenaza de castigo, sino de un anuncio de salvación. El mundo antiguo, el reino de la muerte, queda reducido a la nada. El brazo poderoso del Señor hace surgir un mundo nuevo en el que toda forma de muerte es eliminada.

En María contemplamos nuestro propio destino

Esta es la victoria total del amor del Señor que hoy celebramos en María. Pero esta victoria no se ha realizado solamente en ella. Es la victoria destinada a todo ser humano, porque Dios no puede abandonar a ninguno de sus hijos como presa de la muerte. A todos los acoge en su gloria, como sucedió con María, en el mismo momento en que concluye nuestra peregrinación por este mundo.

En María hemos contemplado nuestro propio destino: La vida definitiva que nos espera en el mundo de Dios.


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