miércoles, 31 de diciembre de 2025

Homilía del II domingo de Navidad - Ciclo A; Jn 1, 1-18 «Por medio de él se hizo todo» - 4 de enero de 2026

Homilía del II domingo de Navidad

Ciclo A; Jn 1, 1-18 «Por medio de él se hizo todo»

4 de enero de 2026

 

Aquí empieza todo:

El Verbo, comunión, origen.

El Prólogo de Juan no es un preámbulo educado, es el umbral de todo el Evangelio. En estos versículos el evangelista lo concentra todo, como quien pone el mapa sobre la mesa antes de salir de viaje, y además te mira con cara de “luego no digas que no te avisé”. Y lo primero que hace es llevarnos al origen, no para darnos información, sino para enseñarnos a mirar a Dios con ojos limpios.

«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios». Juan no empieza con un “había una vez”, empieza con un “ya estaba”. Y por si aún creemos que se trata de una idea abstracta, insiste. «Él estaba en el principio junto a Dios».  En el principio no hay soledad, hay comunión. Lo primero no es el “yo”, lo primero es la relación. Y eso, dicho con calma, es una noticia inmensa para un mundo que a veces se nos vuelve puro esfuerzo y pura supervivencia.

Y si hoy vienes con dudas, con cansancio o medio desconectado, también es un buen lugar para empezar. Paremos un segundo. Solo con esto ya hay Evangelio, y además nos ahorra muchos discursos.


Todo existe por Él:

La Palabra crea vida.

Juan continúa y nos pone un suelo firme bajo los pies. «Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho». La realidad no nace del absurdo ni del capricho, nace de una Palabra creadora. Y esa Palabra no trae un código para aplastarnos, trae vida para levantarnos. «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres». Verbo, es decir, la Palabra viva de Dios que crea y sostiene. Aquí Juan nos da un criterio precioso y nada moralista. La luz se reconoce donde la vida crece. No es un foco externo que nos vigila desde fuera, es una vida que ilumina por dentro. Y para que no confundamos luz con simple gusto personal, basta mirar el fruto. Si una “luz” me vuelve más humano, más libre, más capaz de amar con verdad, probablemente viene de Dios; si me encoge, me endurece y me pone a la defensiva, aunque se presente con palabras religiosas, algo se ha torcido. Imaginemos una escena mínima, sin épica. Una conversación tensa en casa o en el trabajo, cada uno con su argumento bien planchado y con su “yo tengo razón” recién sacado del armario, y de pronto alguien afloja el tono, escucha de verdad, pide perdón sin teatro o deja de “ganar” para cuidar la relación. No ha sonado música celestial, pero el ambiente respira. Eso es luz cuando se vuelve vida.


La luz no discute:

Brilla y abre camino.


         «Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió». Juan no dice que la tiniebla destruya la luz, dice que no la recibe, pero muestra una refinada hostilidad a la hora de no recibir esa luz. Es un matiz finísimo. Muchas veces el problema no es que falte luz, es que cuesta abrirle la puerta. La tiniebla, cuando llega la luz, suele hacer lo suyo: esconderse, justificarse, blindarse. Y nosotros, a veces, hacemos lo mismo con una elegancia admirable: no decimos “no”, solo decimos “ahora no”, que es una forma de dejarlo para la eternidad sin sentirse culpable. Pero la luz no entra a golpes, ni necesita imitar a la oscuridad. Brilla. Y en la medida en que brilla, va quitando espacio a lo que nos apaga. No hay belicismo en el proyecto de Dios; hay perseverancia de amor, que es mucho más incómoda porque no se cansa.

Juan señala la Luz:

Testigo, no protagonista.

En medio del Prólogo aparece Juan el Bautista, y aparece como medicina contra el ego espiritual. «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él». Un testigo no es un foco, es una señal. Y el evangelista lo subraya con una frase que conviene grabar en la memoria. «No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz».  El testigo es como el dedo que señala el amanecer: útil, necesario, pero si te quedas mirando el dedo, te pierdes el sol. El testigo puede orientar; la Luz verdadera es la que transforma por dentro, la que te hace ver y vivir distinto. Por eso Juan remata. «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo». No es luz de unos pocos, no es premio para los mejores. Alumbra a todo ser humano. Y esto nos pone en guardia contra convertir la fe en un podio, porque en cuanto hay podio alguien queda abajo, alguien se queda sin sitio… y el Evangelio no vino a organizar gradas.

Dios pasa cerca:

Sabemos de Él, no lo reconocemos.

Aquí Juan abre un abismo, pero lo abre para despertarnos, no para hundirnos. «En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció». Podemos tener datos, costumbre, incluso vocabulario, y aun así no reconocerlo. Porque Dios no siempre llega con el estilo que nosotros esperaríamos. Nosotros solemos reconocer lo grande, lo ruidoso, lo que impone. Dios, en cambio, entra muchas veces por lo pequeño: una carne humilde, un gesto de servicio, una palabra que no humilla, una presencia que acompaña. Lo pequeño de Dios desconcierta nuestras categorías, porque preferimos un Dios espectacular que nos quite trabajo. Y Él nos ofrece una luz que no nos sustituye, sino que nos despierta. A veces esperamos a Dios con capa, y viene con delantal. Y ahí es donde se nos escapa.

El drama es este:

No lo recibimos en casa.

«Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron». Aquí el Prólogo se vuelve espejo. Una cosa es no reconocer por cegueras y prisas; otra es no recibir, cerrar. Lo familiar puede convertirse en el lugar del rechazo. Nos acostumbramos a hablar de Dios, a manejar sus ideas, y cuando Dios se presenta vivo, concreto, encarnado en un amor que descoloca, nos entra la tentación de decirle “un momento”. Es curioso: a veces nos resulta más fácil buscar a Dios lejos que acogerlo cerca. Más fácil imaginarlo en lo extraordinario que recibirlo en lo cotidiano. Y sin embargo, la gran novedad del Evangelio es que Dios no viene a controlarnos; viene a servir y a dar vida. Y eso desmonta cualquier fe usada para tener el mando o para quedarnos tranquilos sin cambiar nada. Porque Dios, cuando entra, no suele pedir permiso a nuestras excusas, y eso siempre nos pilla con la casa interior “en obras”.


La gran noticia:

Hijos por acogida y fe.

Juan no se queda en el rechazo. Abre una puerta inmensa. «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre». Recibirlo no es solo estar de acuerdo, es dejar que su vida entre en la nuestra. Y el evangelista corta de raíz el orgullo de las pertenencias. «Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios». Hijos no por apellido ni por currículum, sino por don acogido. Y un nacimiento inaugura un camino: se nace y se crece, se recibe y se aprende. Ser hijo no es una etiqueta para sentirse por encima; es una libertad nueva para vivir con confianza y con corazón abierto, como quien deja de respirar a medias. Dicho a lo llano: Dios no nos invita a “portarnos bien para que nos quiera”, sino a dejarnos querer para aprender a vivir bien.

Navidad real:

El Verbo se hizo carne.

«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». “Carne” no es un detalle técnico; es nuestra condición frágil, concreta, real. El proyecto de Dios no se realiza en un superhombre para admirar desde lejos, sino en la debilidad humana. Y su gloria no es exhibición de poder; es amor fiel. Aquí conviene, incluso en la lectura, dejar un instante de silencio.

Dejemos que esta frase nos haga espacio. Porque si Dios se hace carne, entonces lo humano no es un estorbo para lo divino; es el lugar donde lo divino quiere brillar. El Bautista vuelve a señalarlo con fuerza. «Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Jesús llega “después” en el calendario, pero es “antes” en el misterio. No estamos ante una idea que nos consuela, sino ante una Presencia que nos precede.

Gracia tras gracia:

Una fuente que se desborda.

«Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia». No una vez y ya está, sino una y otra. La gracia no es un aplauso desde el cielo, es una vida que se comunica. Y cuanto más se comparte, más espacio abre, como una fuente que, cuando le quitas piedras del cauce, no se agota: corre mejor. De ahí el contraste final, dicho sin despreciar la historia, pero mostrando la plenitud. «Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo». La Ley fue don y camino, una pedagogía que ayudó a caminar. Pero ahora la gracia y la verdad tienen rostro, historia, manos. La relación con Dios se vuelve filial: no se sostiene primero en méritos, sino en acogida, y esa acogida nos vuelve semejantes en el amor.

Clave final:

Dios se entiende mirando a Jesús.

«A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Esto no es una frase para ganar un debate, es una llave para vivir. Todo lo que pensemos de Dios merece pasar por Jesús. Lo que se parece a su amor fiel, permanece; lo que no encaja con Él no se defiende a golpes, se deja revisar y purificar a su luz, hasta que quede lo verdadero.

Cierre sencillo:

Abrir la puerta hoy.

Y recibirlo suele empezar por cosas pequeñas, casi domésticas, de esas que no salen en los titulares: Una palabra que hoy sí pronunciamos con calma, una escucha que no interrumpimos, un gesto de paciencia cuando íbamos a ir en automático. La luz no pide permiso para ser luz, solo llama. Menos ideas en el aire: más Jesús delante. Así que la pregunta final no pone peso, abre una posibilidad.

Si el Verbo viene a casa y llama, qué puerta concreta de mi vida está todavía cerrada, y qué gesto pequeño pero real puedo hacer hoy para abrir, aunque me desordene un poco el día, que a veces lo tenemos tan planificado que ni Dios encuentra hueco para sentarse a la mesa. Y aquí queda una frase para llevarnos en el bolsillo: no se trata de conquistar a Dios, sino de dejarnos alcanzar por su luz. 


domingo, 28 de diciembre de 2025

El Belén te está hablando...y la mula lo sabe

 


El belén te está hablando…

                                                        y la mula lo sabe


Hay dos figuritas en el belén que suelen vivir en la periferia emocional de nuestra mirada. Están ahí, sí. Pero nosotros, muy dignos, nos entretenemos con lo importante: el río de papel de aluminio (porque si no brilla, no es río), la bombillita del fuego (que “parece de verdad” aunque lleve tres Navidades parpadeando como si pidiera jubilación) y la oveja kamikaze que cada año aparece boca abajo, como diciendo: “He venido a darlo todo”.

Y, mientras tú estás a esas cosas —que también tienen su encanto, no te juzgo—, la mula y el buey te miran. No para criticarte (no tienen WhatsApp). Te miran para recordarte algo enorme:

No están en el belén por costumbre: están como señal. Como mensaje. Como profecía en miniatura.

Benedicto XVI lo subrayó en La infancia de Jesús: en los evangelios no aparecen ni la mula ni el buey. Y aquí viene lo interesante: si no salen en el texto, ¿por qué han entrado en nuestra tradición? Porque el belén no es un adorno mono. El belén es un acto de fe. Y la fe, cuando es fe de verdad, no se queda en “qué bonito”: te recoloca.

Dos animales y una frase que te desnuda el corazón

Estos dos “extras” del portal apuntan, sin decir ni mu, a Isaías:

«El buey conoce a su señor

y el asno, el pesebre de su dueño;

¡pero Israel no conoce,

mi pueblo no entiende!» (Is 1,3).

 

Traducción al castellano cotidiano (con un pellizco de ternura): hasta un animal reconoce a su dueño… y tú, a veces, pasas por delante de Dios como quien pasa delante de un escaparate sin mirar.

Y aquí la cosa se pone seria, pero con una seriedad que cura. Porque en Cristo se cumple el plan de Dios. Toda la historia anterior —patriarcas, profetas, reyes, sabios— estaba mirando hacia Él. Y la mula y el buey, sin discursos ni PowerPoint, te susurran: La historia tiene un centro. Y no eres tú.

No es el progreso, ni la ciencia, ni los poderosos, ni el dinero, ni la ecología como “religión alternativa”, ni la buena voluntad humana como si bastara sola. El eje es un Niño. Dios hecho carne. Amor gratuito que entra en tu vida sin pedir permiso (y menos mal).

El belén te baja del pedestal (con cariño)

Seamos honestos: tenemos una tendencia natural a vivir como si el universo tuviera nuestro nombre en el centro. Y lo notas cuando todo se ordena según “lo mío”: mi prisa, mi agenda, mi imagen, mi control, mi paz (cuando todo el mundo colabora, claro).

Y entonces están ellos, la mula y el buey, tozudos como buenos profesionales del pesebre, repitiéndote lo mismo cada año: El centro no eres tú: es ese Niño.

Puedes intentarlo veinte veces: “este año sí que voy a estar centrado”. Y, aun así, acabar centrado… en el turrón, el ticket regalo y el grupo de WhatsApp familiar que resucita en Adviento como una tradición penitencial. Y ahí siguen ellos, sin moverse, diciéndote: “Mira. Mira bien”.

Te manifestarás en medio de dos animales” (cfr. Hab 3,2). O sea: el sentido de tu vida se te revela en lo sencillo, en lo pequeño, en lo que no presume.

Una pregunta incómoda (pero necesaria) para esta Navidad

Que no te engañe lo apacible del portal. Porque Isaías lanza un contraste duro: el pueblo de Dios no reconoce… y los animales sí.

Y esto va a ti y a mí, no “a la gente en general” (esa gente que siempre tiene la culpa). Así que pregunto suave, pero claro: ¿Esta Navidad está centrada para ti en Jesucristo… o en la logística? ¿Vas a lo esencial… o tu cabeza está en “qué compro”, “qué cocino”, “quién viene”, “quién no viene”, “qué me pongo”, “qué digo” y “por qué nadie valora lo que hago”?

Si vives la Navidad como si Cristo fuera un detalle decorativo, la mula y el buey te dejan en evidencia: ellos reconocen el pesebre de su Señor… y tú puedes pasar sin mirar, con el piloto automático puesto.

Pobreza realista:

lo que Dios te pide sí lo puedes hacer

San Francisco de Asís, con su realismo precioso, lo explicaría así: la misión de esos animales es mínima y a la vez enorme: dar calor. Calentar el pesebre con su aliento. Eso lo puede hacer cualquiera. Hasta el más pobre.

¿Y qué te pide Dios? No te está pidiendo hazañas heroicas de película. No te exige que arregles tu vida en 24 horas ni que seas un santo con agenda de ‘influencer’.

A veces, seamos sinceros, de nuestra boca sale más “rebuzno emocional” que discurso perfecto. Y Dios lo sabe.

Lo primero que quiere Dios de ti

es que te dejes querer.

Que recibas el amor del Niño. Que aprendas a amarle desde ahí. Que te alegres de pertenecer a su familia, la Iglesia. Dios no viene a quitarte cosas: viene a por ti. Y por eso puedes saborear: “siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos con su riqueza” (cfr. 2 Co 8,9). Ya habrá tiempo para grandes cosas. Ahora, lo esencial.

Contemplar: lo más “productivo” de estos días

Y, por último, la mula y el buey hacen lo que mejor nos viene en Navidad: contemplar. Mirar al Niño. Estar. Sin prisa. Sin postureo. Sin “a ver si me sale una foto bonita para subir”.

Leí que san Josemaría tenía una imagen del Niño Jesús de tamaño natural para que, en Navidad, sus sacerdotes lo tomaran en brazos un rato: contemplarlo, hablarle, quererlo… y quedarse ahí.

Y aquí va la frase final, con sonrisa y verdad: La mula y el buey no tienen nada mejor que hacer estos días. Y tú tampoco.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Homilía del domingo de la Sagrada Familia; Mt 2, 13-15.19-23; «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto»

Homilía del domingo de la Sagrada Familia

28.12.2025 «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto»

Mt 2, 13-15.19-23

 


La página evangélica de hoy nos pone delante a la Sagrada Familia en un momento especialmente agitado de su historia: primero tiene que huir a Egipto y, después, es el Señor quien la llama a regresar a la tierra de Israel. Mirando cómo la Sagrada Familia atravesó ese tramo nada fácil, intentaremos descubrir algunos mensajes para nuestras familias de hoy.

Una huida real,

leída como Palabra para nuestras familias.

Conviene ir más allá de lo que podría parecer una simple crónica de un acontecimiento doloroso que afectó a la familia de Nazaret. No estamos ante un reportaje periodístico… y mucho menos ante una fábula.

El Evangelio no vive de adornos:

busca el sentido profundo.

Sabemos que, cuando se ha contado esta huida a Egipto, los evangelios apócrifos se han permitido muchas licencias: dejan volar la imaginación y en cada momento aparecen milagros, leones y leopardos escoltando a la Sagrada Familia, palmeras que se inclinan para ofrecer dátiles a María; incluso se dice que Jesús acelera el viaje por temor a que sus padres sufran demasiado el calor. Y, además, curaciones espectaculares, ángeles que acompañan y consuelan a José y a María en las fatigas del camino.

Si no entendemos el género,

se nos escapa lo que Mateo quiere decir.

Si no identificamos el género literario que emplea el evangelista Mateo, corremos el riesgo de perder el mensaje más importante, aquello que a él más le urge comunicar. Los biblistas señalan que aquí no estamos ante una crónica, sino ante un relato de tipo hagádico, una Haggadá הַגָּדָה (haggadá), es decir, una enseñanza transmitida en forma de narración. En el mundo rabínico, este modo de comunicar no busca dar definiciones abstractas o fórmulas, sino contar un relato que, al releer y actualizar la Escritura, nos hace captar el sentido profundo de lo que Dios está haciendo.

Mateo relee la historia de Israel

para mostrarnos quién es Jesús.

La página de hoy es uno de esos relatos rabínicos; se apoya en episodios del Antiguo Testamento y los hace actuales. Mateo compone este relato tomando como punto de partida lo que le ocurrió al pueblo de Israel en Egipto. Su objetivo no es simplemente contarnos un episodio de la vida de Jesús, sino ayudarnos a comprender quién es Jesús y cuál es la misión a la que ha sido llamado. Y nos lo comunica a través del relato que ahora nos iremos aproximando. ¿Lo escuchamos como quien oye una anécdota… o como quien busca, de verdad, dejarse iluminar por Dios en lo concreto de la vida familiar?

Dios guía a José con su Palabra,

no con “magia”.

«Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel».

Es el Señor mismo quien se comunica

Un ángel del Señor habla a José y le indica qué debe hacer. ¿Quién es ese “ángel del Señor”? Es una figura frecuente en la Biblia, pero no se refiere necesariamente a un personaje que baja del cielo como solemos imaginar. “Ángel del Señor” es una fórmula fija para expresar que es el Señor mismo quien se revela y actúa en favor de las personas. Es Dios quien comunica a José sus designios, su voluntad, y la Escritura lo expresa con esa fórmula.

El sueño, momento de revelaciones divinas

Además, el sueño es otra imagen bíblica para hablar de la revelación de la voluntad del Señor. La Biblia está llena de manifestaciones de este tipo en el Antiguo Testamento. Recordamos a Abraham (cfr. Gn 15, 1-21), a Jacob (cfr. Gn 28, 10-22; Gn 31, 10-13), a José —el que fue a Egipto y llegó a ser el segundo del faraón— (cfr. Gn 37, 5-11; Gn 41, 39-44) y, de modo especial, el sueño de Salomón en Gabaón (cfr. 1 Re 3, 5-15; 2 Cr 1, 7-12).

Dios comunica sus proyectos

Todo esto nos ayuda a entender que no se trata de “fantasías nocturnas”, sino de un modo simbólico de decir que Dios comunica su querer y sus proyectos a alguien que está bien despierto por dentro.

También en el Nuevo Testamento aparece esta imagen y, en el Evangelio según san Mateo, se menciona hasta seis veces. Solo uno de esos sueños no es metafórico, el de la esposa de Pilato, que manda decir a su marido que esa noche ha tenido pesadillas por causa de Jesús de Nazaret, y le advierte que no se meta en problemas ni se enrede en el asunto de ese hombre (cfr. Mt 1, 20; 2, 12-13.19.22; 27, 19).

José destaca por su disposición interior

Los paganos seguían creyendo en revelaciones a través de sueños, mientras que en Israel esa práctica estaba ya en desuso e incluso era rechazada. El modo habitual de conocer la voluntad del Señor era acudir al profeta. Por eso, en nuestro pasaje, la imagen del sueño se introduce para subrayar la disposición interior de José, siempre disponible para pedir al Señor que le muestre lo que debe hacer. Mateo lo presenta como alguien que camina en plena sintonía no con “sus” sueños, sino con los sueños de Dios.

La oración afina el corazón

para reconocer la voluntad de Dios.

Podríamos decirlo con un lenguaje más claro. Eso que el Evangelio llama “sueño” es el momento en que José, en la oración, se deja iluminar por el Señor y entiende lo que se le pide. Es un modo de hablar de cómo Dios puede hablar también hoy a cada uno de nosotros. Cuando abrimos el corazón, nos hacemos disponibles para acoger su luz y, al mismo tiempo, intentamos apagar otras “luces” y otros impulsos que nos distraen, para seguir lo que Él nos indica.

Aprendamos de la actitud interna de José

Aquí aparece un primer mensaje para todos nosotros y, de modo particular, para nuestras familias. Esta actitud interior de José es la que se nos pide cuando deseamos construir la vida no solo según nuestros planes, sino según lo que Dios quiere. Así vive el creyente los momentos alegres y también los dolorosos, incluso lo imprevisto. Todo puede convertirse en ocasión para buscar la luz del Señor y ponernos en sintonía con su voluntad.

Cuando Dios habla,

José no discute, se pone en camino.

Hay un segundo mensaje muy concreto para nuestras familias. Mateo repite varias veces la misma frase, como para que se nos quede grabada. «El ángel del Señor» le dice a José: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto». Y el evangelio añade enseguida que José hizo justamente eso: «José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto»; tomó al niño y a su madre y partió. La repetición no es casual. Nos muestra a un hombre que escucha a Dios y se pone en camino, cuidando de los suyos sin perderse en excusas.


José escucha a Dios obedece

tal y como lo hizo Abrahán

José no pronuncia ni una palabra. Escucha la voz del Señor y de inmediato pone en práctica lo que se le ha pedido. Su actitud está modelada sobre la de Abrahán. También a él el Señor le dijo que dejara su tierra, su parentela y la casa de su padre para ir hacia la tierra que le mostraría. Y Abrahán no respondió con discursos. La Escritura dice, sencillamente, que partió (cfr. Gn 12, 1-4).

Así hace José. No habla, actúa. Es la misma disponibilidad, la misma fe que Dios encontró en Abraham y en José.

¿Con qué imagen de familia nos quedamos al escuchar este relato? A muchos nos ha fascinado el clima de armonía que se percibe entre María y José. Caminan juntos, de acuerdo en las decisiones, y cuesta imaginar que se les escapara una queja amarga contra el destino o contra los responsables de sus desventuras.

María y José buscan lo sueños de Dios

¿Cuál es el secreto de esa serenidad y de esa unidad familiar, la que, en el fondo, todos desearíamos para nuestras casas? El secreto es sencillo. María y José permanecen unidos y serenos en medio de las dificultades porque comparten el mismo punto de referencia para sus opciones. Buscan los sueños de Dios, quieren reconocerlos y seguirlos. En cada momento escuchan la voz del Señor y se dejan guiar por ella.

Tuvieron que afrontar adversidades que podrían haber deshecho a cualquier familia, como sucede tantas veces cuando los problemas, en vez de unir, terminan separando. Con María y José ocurre lo contrario. Las dificultades, vividas juntos a la luz de Dios, no los desunen, sino que consolidan y fortalecen su comunión.

Y hay también un mensaje para cada papá en esta figura preciosa de José. En todo lo que el Evangelio cuenta de él no aparece nada hecho pensando en sí mismo. Cada gesto está orientado al bien, a la vida y a la salvación de los demás. Es un hombre que se olvida de su propio interés, atento al otro, silencioso, siempre disponible para servir a quien necesita su ayuda y su presencia.

Jesús entra en nuestra esclavitud

para abrir un nuevo éxodo.

Llegamos al mensaje más importante, el motivo por el que el evangelista compone este relato. Los dos “cuadros” del pasaje, la huida a Egipto y el regreso a la tierra de Israel, concluyen ambos con una cita bíblica. Su sentido más profundo se descubre precisamente en el cumplimiento de esas palabras.

La primera dice: «De Egipto llamé a mi hijo» (cfr. Os 11, 1). Es una cita del profeta Oseas. Hacia el final de su libro, Oseas presenta una escena de enorme ternura. Habla del cuidado de Dios por su pueblo y lo describe como un padre que colma de cariño a Israel, su hijo primogénito. Le enseña a caminar tomándolo de la mano con delicadeza, lo acerca a su mejilla como quien acaricia con amor, se inclina para darle de comer. Y cuando lo ve reducido a esclavitud, lo hace salir de Egipto y lo conduce hacia la tierra de la libertad.

El Israel del que salen es ese Egipto

Pero el Evangelio de hoy nos obliga a hacernos una pregunta incómoda. Al llegar a la tierra prometida, ¿era Israel verdaderamente libre? Mateo nos sugiere que no. De hecho, la Sagrada Familia se ve obligada a huir. Esta vez no huyen de Egipto, sino que huyen de Israel. Allí reina Herodes, un tirano que se parece al faraón. Sigue los mismos principios, alimenta los mismos ideales de grandeza y de poder.

La “tierra de la libertad” no es simplemente un lugar en el mapa. La tierra de esclavitud estaba en Egipto, puede estar también en Israel y puede aparecer en cualquier parte del mundo. Por eso hace falta un nuevo éxodo, una salida real de tantas esclavitudes.

El Hijo de Dios entra en ese Egipto

para liberarnos.

Y ahí está lo decisivo. Mateo nos dice que el Hijo de Dios ha entrado en ese “Egipto”, ha querido meterse hasta el fondo en nuestra condición de esclavitud, para salvarnos, para sacarnos fuera, para hacernos verdaderamente libres. No es el simple relato de un viaje material. Con esa cita bíblica, Mateo ofrece a sus lectores una primera gran clave para entender todo su Evangelio.

Jesús es el nuevo Moisés que

nos acaudillará hacia la libertad

 Presenta a Jesús como el nuevo Moisés que quiere conducirnos a la verdadera tierra de la libertad, que es el reino de Dios, el pueblo de quienes acogen sus bienaventuranzas y, con Él, construyen un mundo nuevo, por fin más humano.

¿Dónde sentimos hoy que necesitamos hacer ese “éxodo” para vivir en la libertad que Dios sueña para nosotros?

 

Nazaret suena a “brote / retoño” y

Mateo nos invita a mirar con ojos nuevos.

«Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno».

El evangelista Mateo concluye su relato citando una segunda profecía: «que se llamaría nazareno». Mateo afirma que Jesús se estableció en Nazaret «para que se cumpliera lo dicho por los profetas: «que se llamaría nazareno». Y aquí conviene fijarse bien, porque si recorremos el Antiguo Testamento no encontraremos esa frase literal. Mateo no está citando un versículo concreto, sino haciendo una alusión global, como cuando decimos “esto está en la línea de los profetas”.

Una interpretación muy extendida relaciona “Nazaret” con el hebreo נֵצֶר (né·tser), “brote” o “retoño”, y entonces el eco va hacia Isaías, que anunciaba que del tronco casi apagado de la dinastía de David brotaría un retoño nuevo; lo dice así Isaías: «Dará un vástago el tronco de Jesé, un retoño de sus raíces brotará» (cfr. Is 11, 1).

No es lo mismo ser de Nazaret

que ser consagrado o apartado para Dios

Conviene evitar una confusión bastante común, porque suenan parecido y, sin embargo, no dicen lo mismo. “Nazareno” se refiere a Jesús por su procedencia de Nazaret. Distinto es “nazareo”, que en la Biblia designa al que vive una consagración especial por voto, en hebreo נָזִיר (nāzír), “consagrado” o “apartado” para Dios (cfr. Nm 6, 1-21). Sansón, por ejemplo, es presentado precisamente como nazareo desde el seno materno (cfr. Jc 13, 5). Dicho con delicadeza, no es lo mismo que “nazareno” indique un lugar de procedencia que “nazareo” hable de una consagración por voto, aunque el parecido de las palabras pueda confundirnos.

En el fondo, Mateo parece decirnos dos cosas a la vez: por un lado, que en Jesús comienza a germinar el brote esperado; y, por otro, que Dios elige lo pequeño y lo humilde, porque “Nazaret” no sonaba precisamente a escaparate de grandeza. Dicho con una sonrisa respetuosa: Dios, cuando quiere empezar algo grande, a veces no abre una oficina en la avenida principal, sino en una callecita de pueblo.

Quien visita Nazaret contempla desde lo alto las montañas que rodean la pequeña elevación donde hoy se alza la basílica de la Anunciación. Y queda una impresión nítida. Es como estar ante una flor abierta. Las montañas, dispuestas a modo de anfiteatro, parecen pétalos; en el centro, como un pistilo, el poblado que existía en tiempos de Jesús. Tal vez esa misma forma del terreno fue la que dio nombre a aquel lugar. Un “brote” que florece, un pueblo que se abre como una flor.

Jesús es ese brote del que

surgirá algo totalmente nuevo

Cuando Jesús vuelve de Egipto y se instala en Nazaret, Mateo dice que por eso se le llamó “nazareno”. Y muchos han visto aquí un juego de resonancias con el hebreo נֵצֶר (né·tser), que significa “brote” o “retoño”. Si es así, el pensamiento se nos va enseguida a Isaías, que anunciaba que del tronco casi apagado de la dinastía de David volvería a nacer vida, como un retoño que sale de sus raíces (cfr. Is 11, 1). Mateo, al sugerir este eco, nos invita a mirar a Jesús como el comienzo de algo nuevo que Dios hace germinar desde lo pequeño. Es el inicio del verdadero Reino, el que no tendrá fin, nacido como un brote humilde en la familia de David.

José no “parece” padre,

es padre de verdad.

Quisiera terminar con una última reflexión sobre José. Yo he usado para él la palabra “padre”, sin añadir “putativo”. En esta tierra, él es verdaderamente el padre de Jesús. Porque, junto con María, fue él quien hizo “humano” a Jesús. Fue él quien lo ayudó a crecer, comunicándole los valores que caracterizan al verdadero hombre.

No identifiquemos la paternidad solo con la transmisión biológica de la vida. Padre es quien hace crecer a un niño como hombre, aunque no le haya dado la vida biológica.

Padre es quien enseña a vivir como persona, quien transmite lo humano, los valores con los que un hijo aprende a ser hombre de verdad. Ese es el verdadero padre

José precisamente sembró en Jesús esos valores que lo caracterizan. La capacidad de amar, la atención al otro, el olvido de uno mismo por el bien de los demás, la honestidad, la rectitud, la sensibilidad hacia el pobre. Eso es lo que dibuja al verdadero hombre.


José le educó en los auténticos valores

de la Alianza de Dios

con el Pueblo de Israel

Recordemos, además, que Jesús era “alérgico” a toda hipocresía. ¿Dónde aprendió todo esto? ¿Quién le ayudó a interiorizar esos valores, si no el padre? Jesús creció educado en la atención a los últimos, en ser amigo de quien se ha equivocado en la vida, en amar y valorar a los extranjeros, a los samaritanos.

José no llegó a escuchar a Jesús predicar. Pero en las palabras de Jesús, en el mensaje de amor que anunció, podemos leer como en filigrana los valores que aprendió observando la vida de sus padres. Ese padre y esa madre que el Padre del cielo puso a su lado para que creciera con valores capaces de reflejar el rostro del Padre celestial.

Si el Padre quiso mostrar en Jesús de Nazaret su propio rostro, dispuso que fuera esta pareja de esposos la que educara a su Hijo unigénito, para que pudiera parecerse plenamente a Él. Y mirando cómo hicieron crecer a este hombre, Jesús de Nazaret, podemos decir que el Padre del Cielo eligió a las personas adecuadas.


jueves, 25 de diciembre de 2025

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MENSAJE NAVIDEÑO Y BENDICIÓN “URBI ET ORBI, “a la ciudad de Roma y al mundo” 25 DE DICIEMBRE DE 2025- PAPA LEÓN XIV

 

Mensaje Navideño y bendición “Urbi et Orbi, “a la ciudad de Roma y al mundo” 25 de diciembre de 2025- Papa León XIV 


FELICITACIÓN DE NAVIDAD DE MONS. MIKEL GARCIANDÍA GOÑI - OBISPO DE PALENCIA

 Felicitación de Navidad de Mons. Mikel Garciandía Goñi 

- Obispo de Palencia-  

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Mensaje de Navidad de Mons. Luis Argüello - Presidente de la Conferencia Episcopal Española

 Mensaje de Navidad de Mons. Luis Argüello

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martes, 23 de diciembre de 2025

Homilía de la Misa de Medianoche; Lc 2, 1-14; «Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre»

 Homilía de la Misa de Medianoche

Lc 2, 1-14; blog: capillaargaray.blogspot.com

«Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre»

 


Feliz Navidad a todos. Y dejemos que nazca una pregunta muy sencilla, pero decisiva: ¿en qué punto concreto de nuestra historia quiso el Hijo de Dios hacerse realmente uno de nosotros?

Lucas nos da pistas históricas muy concretas. Pero no lo hace para ofrecernos una cronología fría, como si estuviera redactando un expediente. Su propósito es otro: a través de nombres, lugares y acontecimientos reales, nos hace llegar un mensaje, porque es dentro de esa historia —la nuestra— donde el Hijo de Dios ha querido entrar y quedarse.

 

Dios no visita ideas:

Se mete en nuestra historia.

El Evangelio se abre con una referencia precisa: «en tiempos de Herodes, rey de Judea». Y enseguida nos sitúa en Jerusalén, con un sacerdote llamado Zacarías. Está casado con Isabel, ya anciana, y marcada por la esterilidad. Desde ahí Lucas continúa con el anuncio del nacimiento del Bautista.

 

La luz puede nacer incluso en tiempos oscuros.

Aquellos eran, en concreto, los últimos años de Herodes el Grande: un gobernante cruel, un auténtico tirano. Y, sin embargo, en medio de ese escenario, sucede algo tan humano y tan hermoso como esto: José y María se enamoran… y luego se casan.

 

El Evangelio ensancha el plano:

de Nazaret al imperio.

Después, al llegar al capítulo segundo, Lucas nos invita a ampliar la mirada. Ya no quedamos fijados solo en Palestina y en el pequeño Nazaret: el foco se desplaza hacia las grandes ciudades del imperio, allí donde se toman decisiones que afectan al mundo. Roma. Antioquía de Siria.

 

 

Cuando el poder se llama “divino”,

conviene escuchar con lupa.

«Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria».

En aquellos días estamos en el año 746 desde la fundación de Roma, un año que para nosotros hoy sería el 7 a. C. Roma atraviesa la edad de oro de su historia. Octaviano es emperador: ha instalado su residencia en el Palatino, donde vive con Livia, su tercera esposa, la madre de Tiberio, quien después llegará a ser emperador y bajo cuyo gobierno se desarrollará toda la vida pública de Jesús. Desde el Palatino, Octaviano se siente —y es celebrado— como quien domina el mundo.

 

Pero Lucas no lo llama Octaviano: lo nombra “César Augusto”. Es decir, lo presenta con el título con el que el Senado lo ha revestido: Augusto, Sebastosi (sebastósi), “el sublime”, “el divino”. Porque, a partir de Augusto, el emperador puede comportarse como si fuera un dios: puede imponerse sobre el mundo. Y todos lo exaltan como modelo de mansedumbre y de justicia… aunque haya cometido crueldades inauditas. Eso sí, ha “pacificado” el imperio. Ha sofocado desórdenes y revoluciones que habían ensangrentado Roma durante un siglo.

Se cuenta, por ejemplo, que al volver de España mandó cerrar las puertas del templo de Jano, que permanecían abiertas mientras duraba la guerra. Y luego hizo construir el Ara Pacis, el templo y altar dedicado a la diosa Paz, que inauguró en el 9 a. C., es decir, dos años antes del nacimiento de Jesús. Así vamos situando, aunque sea a grandes rasgos, el contexto histórico en el que nace Jesús.

Con Augusto comienza un tiempo de prosperidad, de paz y de desarrollo social y cultural en toda la cuenca del Mediterráneo. Muchos llegan a pensar que se ha inaugurado una nueva “edad de oro”, la que Virgilio cantó en su cuarta égloga: un mundo glorioso, un mundo en paz. También un poeta de su tiempo, Propercio, lo expresa con una imagen sugerente: la Roma de su esplendor “te llena los ojos” como extranjero.

 

El primer personaje que Lucas pone en escena, por tanto, es Augusto-Octaviano. El segundo es Quirino, gobernador de la provincia de Siria, de la que dependía también Palestina. Flavio Josefo nos lo presenta como una persona distinguida en todos los sentidos, correcta. Y, sin embargo, él también forma parte de esa estructura de poder “divinizado” que puede hacer lo que quiera, disponer de las personas según su propia voluntad.

 

El censo revela el mundo viejo:

Contar para dominar.

El censo del que habla Lucas plantea muchas dificultades desde el punto de vista histórico, pero el evangelista lo introduce porque encierra un mensaje teológico de enorme importancia. Vale la pena detenernos para captar cuál es ese mensaje.

La práctica de los censos es muy antigua: en el Oriente Próximo se conocen desde el cuarto milenio a. C.; hay documentos que lo atestiguan en Mesopotamia y en Egipto. Y, sin embargo, en todas las épocas ha existido resistencia a los censos, porque la gente no esperaba nada bueno de ellos: casi siempre iban unidos a la guerra y a los impuestos.

Ese es el significado que Lucas quiere poner sobre la mesa. El censo aparece como el signo de que el poder del emperador puede imponerse al pueblo, usar a las personas para alimentar sus sueños de dominio y de gloria. Es la imagen del mundo viejo: ese mundo en el que “grande” es quien consigue someter y servirse de los demás.

 

El pueblo no es propiedad del soberano:

Es de Dios.

Por eso la fe de Israel ha rechazado como blasfema esta visión de la sociedad: un rey que “cuenta” al pueblo para ponerlo a su servicio. La palabra de la Torá lo dice con claridad: el pueblo no pertenece al soberano; el pueblo es de Dios [(cfr. Ex 6, 7); (cfr. Ex 19, 5); (cfr. Lv 20, 26); (cfr. Lv 25, 42); (cfr. Lv 25, 55); (cfr. Nm 3, 12); (cfr. Dt 4, 20); (cfr. Dt 7, 6); (cfr. Dt 9, 29); (cfr. Dt 14, 2); (cfr. Dt 26, 18); (cfr. Dt 32, 9); (cfr. Ex 13, 2); (cfr. Ex 13, 12); (cfr. Ex 22, 29); (cfr. Nm 3, 13); (cfr. Lv 27, 26)].

Y cuando David, en la cima de su poder, se arroga el derecho de hacer un censo —como quien quiere medir cuántos están bajo su mano—, sus generales, empezando por Joab, intentan disuadirlo: les parecía una decisión abominable. Y ese censo, en efecto, tendrá consecuencias dramáticas. (cfr. 2 Sam 24, 1-17; 1 Cr 21, 1-17).

 

Dios contaba a su pueblo para comprobar

si se había perdido alguno

En la Biblia, en la Torá, también se habla de censos que Dios manda realizar a Moisés: cuando el pueblo sale de Egipto, Moisés lo cuenta por orden de Dios; luego vuelve a contarlo durante el camino por el desierto; y de nuevo en las estepas de Moab, cuando está a punto de entrar en la tierra prometida. Los rabinos se preguntaban: “¿Por qué Dios sigue contando al pueblo, si ya sabe cuántos son?”. Y responde uno de los grandes rabinos medievales, Rashi: Dios contaba a su pueblo para comprobar si se había perdido alguno. No es ese el sentido de los censos de los emperadores, de los soberanos de este mundo: ellos quieren dominar a un pueblo que no les pertenece. Porque el pueblo, los seres humanos, pertenecen a Dios.

 

Dios no “cuenta” cifras:

Levanta rostros.

Es muy significativo incluso un detalle lingüístico con el que se presenta el censo ordenado por Dios. En hebreo hay varios verbos para decir “contar” —por ejemplo, סָפַר (sáfar) מָנָה (maná)—, pero cuando se habla del censo mandado por Dios a Moisés (cfr. Nm 1–4) no se utiliza simplemente “contar”: se dice נָשָׂא אֶת־רֹאשׁ (nasá et-rósh), que significa “levantar la cabeza”, no “contabilizar” (cfr. Ex 30, 12; Nm 1, 2; Nm 4, 2; Nm 4, 22; Nm 26, 2).

Dios le dice a Moisés: levanta la cabeza” de las personas. Es decir: Tú tienes un rostro, un rostro que Dios contempla; muéstralo. No lo lleves agachado, humillado: alza la cabeza, porque eres imagen de Dios. ¡Qué diferencia tan grande entre el censo de Dios y el censo de los hombres!

 

Ahí está la razón teológica por la que Lucas introduce el tema del censo: el poder de censar al pueblo por parte de los hombres es la expresión máxima del dominio. Las personas quedan sometidas, totalmente disponibles para el soberano. Los poderes absolutos se arrogan ese poder “divino” … y esos poderes terminan siendo inhumanos.

Y el Hijo de Dios está a punto de venir al mundo precisamente para poner fin al sometimiento del ser humano a estos poderes dominadores.

Hemos escuchado dos nombres que pertenecen al reino de este mundo, el de los que dominan y censan. Ahora entran en escena los que son censados: gente pobre, gente que no cuenta nada, gente a la que “cuentan”. Y será desde ellos desde donde comenzará el mundo nuevo.

 

El Reino invierte la escalera de valores

que el mundo aplaude.

«Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada».

Después de presentar a los dominadores del mundo —los que sostienen el imperio, los que todos admiran—, ahora Lucas introduce a los pobres de la tierra, a los que no cuentan para nadie.

José pertenece a la familia de David, sí, pero se trata de una dinastía venida a menos, sin peso ni relevancia. Y, bajando un peldaño más en esa escala, aparece una mujer: María, una muchacha de catorce o quince años.

Fijémonos cómo el evangelista va recorriendo la jerarquía de valores según los criterios de este mundo. Augusto, Quirino… y ya entre los pobres, primero el varón; después la mujer… hasta el último escalón, que lo ocupará un niño.

Ahora llega un Reino con otra

escala de valores muy diferente

¿Qué nos está diciendo Lucas? Que llega ahora un Reino en el que esa escala se da la vuelta. En el primer puesto estará el que hoy es el último. Y no en el sentido de que ese niño vaya al Palatino para desalojar del trono a César Augusto y ocupar su sitio, dominando y “censando” él. No. La inversión es más profunda; la escala nueva muestra que grande no es quien censa, sino quien es censado; grande es quien decide quedarse en el último lugar. Y se queda ahí para siempre, porque la grandeza del mundo nuevo que él viene a inaugurar es la de los que sirven, no la de los que se hacen servir; la de los que, desde el último puesto, están atentos a cómo pueden hacer feliz a alguien. Ese es el mundo nuevo, esa es la nueva grandeza: un Reino al que pertenecen quienes aceptan permanecer abajo, porque esos son los grandes a los ojos de Dios.

 

Belén:

Lo pequeño donde empieza lo decisivo.

Y este mundo nuevo comenzará desde Belén. Justo desde donde había comenzado la dinastía davídica, que después, a los ojos del mundo, resultó fallida. El profeta Miqueas había dicho: «Tú, Belén, eres un pueblo pequeño; ni siquiera puedes contarte entre las capitales de Judá, pero de ti saldrá quien llegará a ser el dominador de Israel; extenderá su dominio al mundo entero». Pero no será el dominio de los que hacen censos: será el reino de los que son grandes en el amor (cfr. Mi 5, 1-3).

 

Después de explicar con detalle por qué María y José se encuentran ahora en Belén, Lucas nos narra el nacimiento de Jesús con rapidez, pero dejando indicaciones teológicas muy preciosas, que conviene recoger.

Cuando llega el momento del parto, María ya está en Belén. El evangelista no sugiere un parto “sorpresa” al llegar a la ciudad: no. Están allí, y María da a luz a su hijo primogénito.

 

Primogénito:

Todo pertenece a Dios y es don de Dios

¿Por qué subraya “primogénito”? Porque el primogénito de los animales debía ser ofrecido al Señor; pero el libro del Éxodo, en el capítulo 13, recuerda que el primogénito humano no se sacrificaba, sino que se rescataba. ¿Qué significaba esto? Tomar conciencia de que todo es don de Dios y todo debe serle entregado. Los animales se ofrecían; el ser humano se “rescataba”, pero reconociendo que pertenece a Dios, a sus designios (cfr. Ex 13, 1-2.11-15). Y Jesús es el primogénito: el que pertenece totalmente al plan de Dios y lo realizará plenamente con su vida.

 

Pañales:

Jesús es también realmente hombre

Lucas añade otro detalle: María «lo envolvió en pañales». Y es importante porque lo repite dos veces: también cuando se anuncia a los pastores, uno de los signos será precisamente este: “está envuelto en pañales”. ¿Qué sugiere esa alusión? Remite a un texto famoso del libro de la Sabiduría. En el capítulo 7, Salomón —el gran rey, el sabio por excelencia— cuenta su propio nacimiento y viene a decir: «Yo también nací como todos; soy mortal; estuve en el seno de mi madre diez lunas; mi primera voz fue el llanto; me envolvieron en pañales y me cuidaron. Ningún rey ha tenido un comienzo distinto» (cfr. Sab 7, 1-6).

¿Qué quiere decir Lucas con esos pañales y con esta evocación de Salomón? Que Jesús es verdaderamente uno de nosotros: no es un “superhombre”; al hacerse hombre, se ha hecho también mortal como nosotros (cfr. Sab 7, 1-6).

Las mujeres de Belén que, con toda probabilidad, asistieron a María durante el parto miraban a aquel niño —un verdadero ser humano— sin saber que era el Hijo de Dios. No podían imaginarlo. Y tampoco se dieron cuenta de que la historia del mundo quedaría dividida en dos: antes y después de ese nacimiento.

 

En Israel, por ejemplo, las fechas se cuentan desde el comienzo del mundo. Así, lo que para nosotros sería el año 2000, para ellos era el 5760. En los cheques pueden escribir 5760, pero prefieren que figure “2000”: desde el año en que nació ese niño que marcó el vuelco de la historia.

 

Lo acostó en un pesebre:

El buey y el asno reconocen a su Señor,

más Israel no lo reconoce.

Luego Lucas añade otro detalle: «lo recostó en un pesebre». Aquí hay una alusión a la profecía de Isaías, que en el capítulo primero dice: «El buey conoce a su dueño, y el asno la pesebrera de su señor; pero Israel no conoce, mi pueblo no comprende» (cfr. Is 1, 3). Ahora entendemos incluso de dónde nace la tradición del buey y el asno en el pesebre: es un guiño a ese texto. Mientras el buey y el asno reconocen a su dueño, Israel no reconoce a su Señor. Y es un eco, también, de lo que el evangelista Juan afirma en el prólogo: «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron» (cfr. Jn 1, 11). Aceptar este Reino nuevo, dar la adhesión a esta propuesta de mundo, no es fácil: no se le reconoce como el Rey del Reino que permanece.

 

Lucas dice además que «porque no había sitio para ellos en la posada». Y aquí aparece un punto importante: esa traducción nace de entender mal el término κατάλυμα (katáluma), como si fuera “albergue”. Si Lucas hubiera querido decir ‘albergue’ hubiera empleado el término griegoξενοδοχεῖον (xenodokheîon).

¿Cómo entender el término Κάταλυμα (katáluma)?

Conviene imaginarlo como un espacio resguardado por un tejadillo, colocado delante de unas cuevas. Quien visita Nazaret puede ver una de esas cuevas: allí se alojaban los animales. Delante había un cobertizo que ampliaba el espacio y bajo esa techumbre transcurría la vida cotidiana de la familia.

Sin embargo, ese lugar no era adecuado ni reservado para un parto. Lo normal era que la mujer no diera a luz allí, en el κατάλυμα (katáluma), sino que la llevaran al interior, donde estaban los animales. Y así se comprende también que Jesús fuera colocado en un pesebre.

Atentos a los que surgió ya en el siglo II

¿Qué significan estos detalles? Muy pronto empezó a circular la historia de que Jesús habría sido rechazado por las posadas de Belén y tuvo que refugiarse en una cueva; esa tradición aparece ya en el siglo II, recordada por Justino. Pero, si pensamos en la atención que siempre ha existido en el antiguo Oriente Próximo hacia la hospitalidad, resulta impensable que entre semitas no se acogiera a una mujer a punto de dar a luz. No es eso lo que Lucas quiere decir.

 

El Dios verdadero se revela en la vulnerabilidad,

no en el miedo.

El evangelista Lucas quiere presentarnos al Hijo de Dios que se hace uno de nosotros en la condición más pobre, más penosa de la humanidad. Podría haber nacido en un palacio, pero eligió el último lugar. Y ese Dios sigue costándonos aceptarlo, porque a menudo seguimos imaginando un dios fuerte y terrible, que viene a sembrar pánico para hacerse respetar. Ese no es el Dios verdadero: ese es el ídolo que nos fabricamos. El Dios en quien creemos es el que se nos muestra en ese niño: un niño que necesita besos y caricias, porque si no, llora; ha venido a revelarnos todo su amor.

Se nos presenta en forma humana para que podamos verlo.

Ese niño es nuestro Dios, que se nos presenta en forma humana para que podamos verlo. Y conviene tenerlo muy presente: no es un “momento de paso” poco glorioso, como si después ya manifestara por fin su poder y su gloria. No es un paréntesis desgraciado. Ese niño ya nos está hablando de Dios, y debemos cuidar de no perder esta primera revelación de su rostro. No es todo lo que dirá —lo dirá plenamente en el Calvario—, porque más amor que el que mostrará allí no cabe: llegará a decir, en la práctica, “os quiero incluso si me matáis”. Pero ya ese niño nos habla de amor, solo de amor; y cuando crezca, jamás desmentirá lo que Dios nos dijo cuando era niño.

 

Los pastores reales,

no los del belén de postal

«En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».


Cuando escuchamos este pasaje del Evangelio, enseguida imaginamos a los pastores como los del belén: buenos, con el corderito a hombros, camino de la gruta, quizá con un hijo de la mano para ir a ver a Jesús recién nacido. Pero no eran así los pastores en tiempos de Jesús, ni son esos los pastores de los que habla el Evangelio de Lucas.

El pastoreo, profesión marginada y despreciada

En Israel, el pastoreo / ganadería pastoril fue apreciada cuando todos eran pastores, es decir, cuando vivían como beduinos nómadas en el desierto. Pero, una vez establecidos en la tierra prometida y convertidos en agricultores, el pastoreo se volvió una actividad marginal y despreciada. Además, había rivalidad: los pastores buscaban pastos y con frecuencia sus rebaños invadían campos cultivados (cfr. Gn 13, 2-7; Gn 46, 32-34; Ex 3, 1; Nm 32, 1-4; Dt 26, 5; Dt 6, 10-11; Dt 8, 7-10; Dt 11, 10-12; Jos 5, 11-12; Ex 22, 5; Gn 26, 12-14.19-22; Gn 4, 2-8).

De hecho, en todo el antiguo Oriente Próximo existía desprecio hacia los pastores. En Mesopotamia los llamaban “la nada que viene de la estepa”. Los sumerios decían que los pastores “tienen apariencia de hombres, pero su voz es la del perro de la pradera”. Y el Génesis recoge lo que pensaban los egipcios: “todos los pastores de rebaños son una abominación para los egipcios” (cfr. Gn 46, 34).

Eran privados de derechos civiles,

eran percibidos como mala gente.

Pero no era solo desprecio social, sino que también desprecio religioso en Israel. Los ponían al nivel de los publicanos, es decir, en lo más bajo. Eran privados de derechos civiles; no podían dar testimonio en un juicio porque se los consideraba gente falsa, ladrones; ningún rabino habría comprado leche a los pastores. Se los veía como violentos: en los montes, decían, arreglaban sus disputas con el cuchillo. Y ellos sabían que eran despreciados por todos. Unos comentarios sobre el Talmud llegan a formularlo de forma brutal: ‘si una oveja cae en un pozo, sácala; pero si cae un publicano o un pastor, déjalos dentro’. La idea es: si están en un hoyo, no tienes obligación de sacarlos, pero tampoco está permitido empujarlos dentro.

 

Dios empieza por los últimos,

no por los “respetables”.

¿Y qué nos cuenta el Evangelio de hoy sobre esos pastores? Dice que «había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño».  (Por cierto: si esto fuera un dato estrictamente “meteorológico”, entonces Jesús no habría nacido en invierno, porque el rebaño solía permanecer al aire libre de marzo a octubre; cuando llegaba el frío, se recogía en las grutas. Pero ese detalle es marginal).

En medio de la noche,

envueltos en obscuridad.

Lo importante es la noche. La noche representa la noche de la humanidad: nuestras maldades, violencias, guerras, y también nuestra idea equivocada sobre el rostro de Dios. Estábamos como envueltos por esa oscuridad. Y precisamente en esa noche empieza a brillar una luz inesperada.

 

La noche en la que desciende la Palabra

En la oscuridad más espesa, Dios enciende una luz. El Evangelio insiste: era de noche. Y esa noche remite a lo que dice el libro de la Sabiduría: «Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde los cielos, desde el trono real, cual guerrero implacable, sobre la tierra condenada» (cfr. Sab 18, 14-15). Como en la Pascua de Egipto, cuando “a medianoche” el Señor intervino para liberar a su pueblo, también aquí, en plena noche, Dios se manifiesta y abre un camino nuevo de salvación (cfr. Ex 11, 4-5; Ex 12, 29-31).

El texto griego lo recoge así: «καὶ φυλάσσοντες φυλακὰς τῆς νυκτὸς ἐπὶ τὴν ποίμνην αὐτῶν», que traducido es; “vigilando con guardias nocturnas sobre su rebaño”, en mitad de la noche más obscura.

Esa Palabra es la que ahora ilumina la tiniebla de nuestro mundo la cual será la luz del rostro nuevo de Dios y del rostro auténtico del hombre, el Hijo de Dios.

Y como Sabiduría habla de la noche «a mitad de su carrera», en el momento de oscuridad más densa, de ahí nació la tradición de la Misa de medianoche.

 

“No tengáis miedo”:

La alegría para quienes no “merecen”

En esa noche sucede esto: «De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad». Ellos imaginaban la “gloria” como estallido de poder… e incluso como ira contra los malvados. Por eso quedan sobrecogidos.

Los pastores habían recibido una catequesis que les condicionaba

Y el texto —tal como suena— es muy expresivo: «y se llenaron de gran temor». En griego se dice del siguiente modo: «καὶ ἐφοβήθησαν φόβον μέγαν», que traducido es “se atemorizaron / tuvieron miedo (reacción puntual, irrumpe de golpe) intensísimo”.  

¿Por qué tenían ese miedo tan intensísimo? Porque sabían que estaban lejos de Dios. Pensaban que Dios debía aniquilarlos: esa era la catequesis que habían recibido. El profeta Malaquías había anunciado la venida del Señor como “fuego del fundidor” y “lejía del lavandero” (cfr. Mal 3, 2). Los pastores creían que los primeros en ser barridos por la venida del Señor serían ellos, los “impuros”. Eran conscientes de su condición. Por eso se asustan con un miedo grande.

 

El anuncio no trae amenazas:

Dios no nos ama porque seamos buenos,

sino porque Él es bueno

Pero el ángel les dice: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor».

La gran alegría no es el anuncio de un dios que viene a hacerte pedazos. La luz que ahora los envuelve es la revelación del rostro de Dios: amor, solo amor, y precisamente para ellos. No porque ya estén “arreglados” o “arrepentidos”, sino porque son amados por Dios tal como están.

Y es “Cristo Señor” (cfr. Lc 2, 11). “Cristo” significa el Ungido del Señor: lleno del Espíritu, de la vida divina que posee en plenitud. Esa vida divina viene ahora a comunicarla al mundo empezando justamente por los últimos, por los que no “merecen” —porque, si lo pensamos bien, no lo merece nadie—: es un don totalmente gratuito.

Este es el Señor que ahora se revela: no el dios que nos habíamos imaginado, sino el Dios que disuelve todas las tinieblas que nosotros mismos habíamos construido sobre Él y sobre su identidad.

 

El signo:

pañales y pobreza

El ángel les da un signo: «encontraréis un niño envuelto en pañales». Es un niño como todos, no un niño con aureola haciendo prodigios. Es uno como ellos, pobre entre los pobres. Ese es el signo del Dios verdadero: el que ha comenzado a revelarse así, desde el último lugar.

 

La comunidad que han acogido la luz venida de Dios.

Y a ese ángel se une «una legión del ejército celestial». Hemos oído hablar de legiones que oprimen y ejercen violencia. Aquí aparece otro “ejército”, el del cielo. Es la comunidad de los que han acogido la luz venida de Dios, se han dejado envolver por su amor, y ese amor empieza a manifestarse entre ellos. Ahí sucede la salvación en el corazón de los pastores: reciben la luz.

La gloria de Dios se llama amor;

y su fruto es paz.

Y entonces cantan: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». Hemos visto esa gloria revelada en el niño es su amor incondicional. Y la paz en la tierra es “para los hombres de la benevolencia”. La traducción literal sería precisamente esa: “los hombres de la benevolencia”, εὐδοκίας (eudokías).

Los hombres de la benevolencia

¿Quiénes son esos “hombres de la benevolencia”? Si buscamos εὐδοκία (eudokía), aparece de nuevo en el Evangelio de Lucas en el capítulo 10, cuando Jesús deja claro quiénes son los preferidos de esa benevolencia, son los pequeños, los que no cuentan (cfr. Lc 10, 21).

Este es el canto de la comunidad que ha acogido la luz y ha entendido quiénes son los “hombres de la benevolencia” de Dios: los pequeños, los últimos.

Esta es la invitación a la alegría que se nos hace en esta noche: la alegría de quien ha comprendido que Dios te ama tal como eres. No porque seas bueno, bello o simpático, sino porque eres su hijo.