sábado, 15 de agosto de 2026

Homilía Breve del Domingo XX | Mt 15, 21-28

 ¿Qué nos enseña la mujer cananea sobre la fe, la misericordia de Dios y nuestra manera de mirar a quienes consideramos “de fuera”? En esta homilía breve sobre Mateo 15,21-28, Jesús conduce a sus discípulos hasta el encuentro con una madre extranjera que suplica por su hija y se niega a perder la esperanza, incluso cuando parece encontrar silencio y rechazo. Su perseverancia termina revelando una fe extraordinaria, mientras deja al descubierto los prejuicios de quienes querían despedirla. El Evangelio nos recuerda así que Dios no elige a unos frente a los demás, sino para los demás, y que quien ha recibido gratuitamente el pan de la Palabra y la misericordia de Cristo está llamado a compartirlos con quien sufre.

Homilía Breve del Domingo XX del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 15, 21-28  

Hay una frase que puede ayudarnos a comprender el Evangelio de hoy: Dios no elige a unos frente a los demás, sino para los demás. En la Biblia, ser elegido por Dios no significa ser superior ni recibir privilegios. Significa recibir una misión.

Israel fue elegido no porque fuera el pueblo más numeroso o poderoso, sino porque Dios lo amó gratuitamente. Lo llamó para que viviera unido a él y para que, por medio de ese pueblo, su bendición llegara a todas las naciones. Una lámpara no se enciende para que admire su propia luz, sino para que ilumine la casa. La elección de Dios nunca es una invitación a encerrarse, sino una llamada a servir.

Sin embargo, todos podemos caer en el mismo peligro: convertir el don recibido en una frontera. Podemos pensar que nosotros somos los de dentro y los demás los de fuera; que nosotros somos los puros y los otros los impuros; que nosotros merecemos ser escuchados y los demás solo vienen a molestarnos.

El Evangelio de hoy nos ofrece tres enseñanzas muy claras.

La primera es que Jesús quiere curar

también el corazón de sus discípulos.

Poco antes de este encuentro, Jesús les había explicado que la verdadera impureza no procede de lo que entra en la persona, sino de lo que sale de su corazón: la violencia, el engaño, la ambición y el desprecio. Se pueden tener las manos muy limpias y conservar, sin embargo, un corazón lleno de prejuicios.

Después, Jesús se retira con ellos hacia la región de Tiro y Sidón, territorio pagano. Allí aparece una mujer cananea que grita: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Es conmovedor que no diga solamente: «Ten compasión de mi hija», sino: «Ten compasión de mí». El dolor de la hija se ha convertido en el dolor de su madre. Quien ama de verdad no contempla desde fuera el sufrimiento de la persona amada: lo lleva dentro de sí.

Pero Jesús guarda silencio. La mujer pide ayuda y Jesús no responde. Entonces los discípulos le dicen: «Despídela, que viene detrás gritando».

Para ellos, aquella madre herida se ha convertido en una molestia. Ya no ven su sufrimiento; solo escuchan unos gritos que perturban su tranquilidad. En el desarrollo de la escena, el silencio de Jesús termina sacando a la luz lo que hay en el corazón de los discípulos. Antes de enviarlos a anunciar el Evangelio a todos los pueblos, Jesús tiene que enseñarles a mirar de otra manera.

La muchacha necesita ser liberada de la fuerza que la atormenta; pero también los discípulos necesitan ser liberados de una mentalidad que les impide reconocer el sufrimiento de quien no pertenece a su pueblo.

La segunda enseñanza es que

la fe verdadera persevera y confía.

Jesús dice: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». La misión comienza por Israel, el pueblo de la promesa. Pero aquella prioridad no significa que la misericordia de Dios quede encerrada dentro de unas fronteras.

La mujer no se marcha. Se acerca, se postra ante Jesús y pronuncia una de las oraciones más breves y hermosas del Evangelio: «Señor, ayúdame».

Jesús le responde con una imagen dura: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». La mujer podría haberse sentido humillada y haber abandonado su petición. Pero no se ofende ni abandona a su hija. Acepta la imagen y descubre dentro de ella una puerta para la esperanza: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Esta respuesta revela la grandeza de su fe. La mujer no pretende quitar el pan a nadie. Confía en que en Jesús hay tanta abundancia de vida que una sola migaja es suficiente para liberar a su hija. No reclama un privilegio; confía en la sobreabundancia de la misericordia.

Entonces Jesús le dice: «Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas». Y en aquel momento quedó curada su hija.

El domingo pasado escuchábamos que Jesús llamaba a Pedro «hombre de poca fe». Hoy, en cambio, presenta como ejemplo de fe a una mujer extranjera y pagana. Los discípulos creen conocer a Dios, pero esta mujer les enseña a confiar: no se rinde ante el silencio, persevera en la dificultad y está convencida de que la misericordia de Jesús es más grande que cualquier frontera.

La tercera enseñanza es que quien ha recibido

el pan está llamado a compartirlo.

También nosotros hemos sido elegidos. Hemos recibido el Evangelio, hemos conocido a Cristo y somos invitados a su mesa. Pero no hemos recibido el pan de la Palabra para guardarlo celosamente. Lo hemos recibido para compartirlo, para llevar esperanza a quien sufre y para hacer visible la misericordia de Dios.

Por eso debemos preguntarnos: ¿a quién estamos tentados de decir «despídelo»? Tal vez no pronunciemos esa palabra, pero la decimos interiormente cuando pensamos: «Que se arregle solo; no es de los nuestros; su problema no me corresponde».

Puede tratarse de una persona que nos resulta incómoda, de alguien que piensa de manera distinta, de quien se encuentra solo, de una familia que atraviesa dificultades o de alguien cuyo sufrimiento interrumpe nuestros planes. Quizá esa persona sea precisamente quien Dios pone en nuestro camino para ensanchar nuestro corazón.

Y no debemos pensar que nuestra ayuda es demasiado pequeña. La mujer cananea nos recuerda que una sola migaja puede comenzar una transformación. Una palabra pronunciada con amor, un gesto de acogida, una visita, una llamada o un perdón sincero pueden convertirse, en las manos de Dios, en el comienzo de una vida nueva.

Pidamos hoy al Señor dos gracias: La fe de aquella mujer y un corazón libre de fronteras. La fe para no rendirnos cuando Dios parece guardar silencio; y un corazón abierto para no considerar una molestia el dolor de los demás.

Quienes nos acercamos a la mesa del Señor no venimos porque seamos mejores, sino porque hemos sido alcanzados por su gracia. Y quien vive del pan recibido gratuitamente ya no puede decir ante el sufrimiento de un hermano: «Despídelo». Está llamado a hacerle sitio, a escuchar su clamor y a compartir con él la misericordia que primero ha recibido.


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