Santa María, Madre de Dios, Solemnidad
sábado, 31 de diciembre de 2022
Solemnidad Santa María, Madre de Dios, 2023 Ciclo A
domingo, 25 de diciembre de 2022
Homilía de Navidad 2022
Navidad 2022
El transcurso del tiempo y la rutina
de las cosas nos han ido deformando el modo de cómo debemos de descubrir la
novedad de lo que vamos viviendo. Sin embargo, no olvidemos de un hecho incuestionable:
Dios habla en medio de tu historia
personal. Hay momentos en los que el Señor permite determinadas cosas,
las cuales nos puede desencajar el corazón o generar un sufrimiento que se ancla
en el ser y te va rasgando interiormente. Todo esto generaría una profunda
desesperación y un deseo de ‘tirar la toalla’, de no seguir luchando porque uno puede considerar que la guerra la tiene uno perdida: Un matrimonio fracasado, un
proceso de nulidad matrimonial que revela la realidad de lo que has vivido, un
noviazgo roto, un empleo que nunca llega, unos problemas con los hijos de los
que uno no sabe ni cómo resolverlos, una enfermedad que limita tus capacidades,
una profunda decepción o un severo disgusto del que mana lágrimas... De tal modo
que todos o cada uno de estos acontecimientos te van proporcionando la certeza
de que lo vivido anteriormente es fruto de un fracaso, de una pérdida de
tiempo, de un esfuerzo infructuoso. Por lo menos eso es lo que el Demonio
quiere que creas; es más, desea que te convenzas que todo o la mayor parte de
las cosas que haces no es más que una sucesión de fracasos y de decepciones. Te
hace caer en la convicción de que nadie te quiere, que estas solo en medio de
tu pecado, de tu tristeza, de tu angustia, de tu sufrimiento. Esta es la
táctica del Demonio; aislarte para demolerte.
Sin embargo, aquel que tiene poder de sacar hijos de
Abrahán de las piedras; aquel que creo la luz cuando nada existía; aquel que
hizo salir agua de una roca en medio del desierto y que alimentó al pueblo de
Israel en el desierto; aquel que es fiel en medio de nuestras infidelidades te
dice: «Te
quiero». Es entonces
cuando eso que antes era imperdonable, dolorosísimo, ese severo disgusto que te
arrastraba hacia la oscuridad con la suma violencia de un huracán va perdiendo
intensidad y los nubarrones se van retirando permitiendo que los rayos solares
lleguen a su destino. Me resuenan aquellas palabras del Papa San Juan Pablo II pronunciadas
en 1987 en Chile: «¡Dios
siempre puede más!».
Si este Niño no hubiera nacido, toda
nuestra vida se podría reducir a una simple hoja de un árbol caída al suelo,
llamada a desaparecer sin importar a nadie: Todo para nada. Sin embargo, hoy
celebramos que el Hijo del Altísimo se ha hecho carne y el amor es más fuerte
que el odio o el dolor. «Sólo el amor es el que da
valor a todas las cosas». Esta frase no es mía, es de Santa Teresa de Jesús. Ella
sufrió muchísimo por parte de aquellos que deberían haberla apoyado,
experimentó numerosas incomprensiones y persecuciones. Y apoyándose en el que
es la Vida, salió triunfante de tales batallas. Y el amor es Cristo, y es
Cristo, el mismo que te saca de la fosa de la muerte, te devuelve la dignidad,
te seca las lágrimas de tus ojos, te cura la herida y pone a ángeles en tu
camino para ayudar a recuperarte.
Este Niño que hoy ha nacido tiene el
poder de reconstruir lo que hemos destruido, de sanar lo que hemos herido, de
reparar lo que hemos dañado. Dios siempre pone a ángeles que nos protegen en el
camino. Siempre que Cristo ha entrado en escena en la vida de alguien, esa vida
se ha recompuesto, se ha regenerado, se ha sanado. De tal modo que de un mal,
teniendo a Jesús con nosotros, se revierte en un bien.
sábado, 26 de noviembre de 2022
Homilía / Comentario del Domingo Primero del Tiempo de Adviento, Ciclo A
domingo, 20 de noviembre de 2022
Homilía del Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, ciclo C, CRISTO REY DEL UNIVERSO
sábado, 5 de noviembre de 2022
Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo C -La vida que genera Dios no desaparece-
Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo C, 6 noviembre 2022
Lc
20, 27-38 -La vida que genera Dios no desaparece-
Hermanos estamos ya en la conclusión
del año litúrgico.
Primero, para poder entenderlo, es preciso
contextualizarlo: Éste es el penúltimo domingo. Después tenemos el domingo
XXXIII -donde se nos entregará el discurso escatológico, el discurso de los
últimos tiempos- y posteriormente la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo
con el que se concluye el año litúrgico. Estamos acercándonos a la conclusión
del año litúrgico y tenemos que relacionarlo con las celebraciones que hemos
tenido últimamente, el día de todos los Santos y los fieles difuntos. Y el
evangelio de hoy hay que encuadrarlo en este contexto porque el tema de este
domingo es la resurrección. Y hablar de la resurrección al estar
concluyendo este tiempo litúrgico es tanto como decir que estamos viviendo
en la esperanza de la realidad futura que tiene que venir. Por eso empezaremos
el próximo nuevo año litúrgico con el tiempo de adviento que es la invocación
del ‘Maranatha’, ‘ven Señor Jesús’.
Recordemos que habíamos dejado a
Jesús en Jericó [Lc 19, 1-10], es decir a las puertas de Jerusalén. En este
domingo vemos ya a Jesús en Jerusalén [Lc 20, 27-38]. Semanas antes de la
pasión y muerte de Jesucristo tienen lugar las llamadas disputas de Jesús
con los fariseos, los saduceos, los herodianos y con algunos otros más. Esas
disputas son las que empujan el proceso de capturar a Jesús y de condenarlo a
muerte. Tienes disputas Jesús por cuestiones de la Ley, por cuestiones del
Templo, de la observancia. Cuando Jesús tiene las disputas con los fariseos. Los
fariseos eran la clase judía más observante y eran los mejor vistos por la
gente, eran personas que vivían la observancia de la Ley y no pertenecían a la institución
sacerdotal. Eran gente honesta y cumplidora, eran escrupulosamente cumplidora, muy
diferente de lo que nosotros entendemos por el término ‘fariseo’. Sin embargo, la
gente no aguantaba a los saduceos. Los saduceos eran los que formaban parte
de la institución sacerdotal, eran de la alta sociedad y eran los que ‘cortaban
el bacalao’ de todo el dinero que se recaudaba para el Templo. Los saduceos
vivián a costa del dinero del Templo.
Y Jesús, después de tener disputas
con los fariseos tendrá disputas con los saduceos. Cuando Jesús hizo callar a los
fariseos, fueron inmediatamente los saduceos para plantearle cuestiones
delicadas para ponerlo a prueba. Los saduceos estaban que rabiaban con Jesús,
porque Jesús estaba atacando la mamandurria, ya que ellos vivían del
cuento, sin hacer nada. Los saduceos se la tenían jurada por todo lo que les
hizo en el Templo al volcarles las mesas de los cambistas, hizo un látigo con
las cuerdas y les echó a todos [Cfr. Jn 2, 13-17]. Cuando Jesús dijo que ‘habéis
convertido mi casa en cueva de ladrones’, pues eso iba dirigido sobre todo a
los saduceos que son los recaudadores. Jesús era para ellos un serio
problema porque les estaba atacando lo que a ellos les daba de comer.
Y por este motivo los saduceos en una de las disputas que
tienen con Jesús le presentan la cuestión de la resurrección. Porque mientras
los fariseos habían aceptado la tradición que hacía referencia a los Macabeos, que
es el texto de la primera lectura de hoy, [2 Mac 7,1-2,9-14] de la
resurrección, el volver otra vez a la Vida. Sin embargo, los saduceos se
mofaban de esta creencia de los fariseos. ¿Por qué? Porque se encontraban
muy satisfechos de su situación económica, eran los que ‘cortaban el
bacalao’ y no les interesaba a ellos la vida de después. A los saduceos les
interesaba la vida en el momento presente. Los saduceos querían sobre todo
vivir el culto, atraer la bendición de Dios sobre el pueblo y sobre ellos
mismos, porque eso les generaba unos ingresos económicos bastante
considerables. La bendición de Dios conllevaba la prosperidad material y la
abundancia de los hijos, en la línea de lo prometido a Abrahán ‘tu descendencia
será tan abundante como las estrellas del cielo’. Por lo tanto, a los saduceos
no les importaba, para nada, el más allá. Una vez que se morían se acababa
todo. Los saduceos se mofaban abiertamente de esto de la resurrección. ¿En qué
se basaban los saduceos para afirmar esto? En el Pentateuco, es decir en la Torah.
Los saduceos no hacían tanto caso a los profetas. Mientras que para los
fariseos era importante toda la sabiduría y toda la tradición profética, para
los saduceos principalmente era la Torah, los cinco libros del Antiguo
Testamento, sobre todo el Levítico y el Deuteronomio. Estos eran sus libros de
referencia. Y mira por dónde, los saduceos hacen referencia a esos libros
cuando hablaban con Jesús en la disputa para argumentar que no existe
resurrección: Los saduceos hacen referencia a Moisés diciendo que no existe resurrección.
Y los saduceos ponen el ejemplo de la mujer viuda de siete maridos, que
al final murió la mujer. Y le preguntan los saduceos a Jesús: «¿de cuál de ellos será la mujer?». Es entonces que ponen ese caso porque tienen
presente el caso de Tobías y su mujer, Sara [Tob 7, 6-14]. En ese caso de
Sara que había estado casada con siete maridos y los siete murieron en la cámara
nupcial durante la noche.
Los saduceos sacan a la luz ese caso y dicen que, si
ha tenido siete maridos, en la resurrección de los justos ¿de quién será la esposa?
Esta pregunta está haciendo referencia a la ley de Moisés del levirato. Si
moría un hombre dejando a la mujer sin descendencia el hermano tenía que casarse
con ella para dar descendencia a la familia y sobre todo para los temas de
la herencia, para que el dinero no saliera de casa, acumular los capitales.
Y entonces Jesús haciendo referencia al libro del
Levítico -libro que los saduceos admitían- les dice que el Dios de Abrahán,
el Dios de Isaac, el Dios de Jacob no es Dios de muertos, sino de vivos.
La imagen que Dios les trasmite, iluminando e interpretando la imagen que han
recibido del Antiguo Testamento, es que en el momento en que Dios es ‘el Dios
de Abrahán’, ‘de Isaac’ ‘y de Jacob’, está diciendo que Dios no es el Dios
de una nación en el sentido geográfico, sino que es el Dios de un pueblo
en el sentido personal. Es un Dios que ama personalmente y que es el Dios
quien les da la vida.
Y Jesús da un paso más para clarificar cuando dice que
ya no estarán casados ni solteros, sino que serán ‘como los ángeles de Dios’ porque
han nacido de Dios. Aquí está la
cuestión: han nacido de Dios. Los ángeles son generados por Dios,
no tienen vida biológica, les genera Dios y por lo tanto es el amor. El amor y
la elección de Dios va más allá del aspecto biológico, les genera como los ángeles.
El amor de Dios no sólo nos ha proporciona una vida biológica, sino que su propio
amor nos genera como lo hace con los ángeles. Ese amor hace imposible que
mueran. El amor de Dios es lo que nos impide morir, porque el amor no muere.
Es el amor de Dios el garante de nuestra vida, hasta el punto que no puede
permitir que una cosa amada desaparezca. El amor de Dios genera vida y la
vida que genera Dios no desaparece.
No es el dios de las otras civilizaciones como las egipcias
o de la civilización griega o romana. No es el dios del panteón. No es un Dios
geográfico, es un Dios personal que ama a las personas y a las cuales, aunque
parezcan que están muertas, si Dios los ha amado quiere decir que no pueden
desaparecer. Por eso hace referencia a los ángeles de Dios porque han sido
generados por Él y no biológicamente. No pueden estar muertos porque han vivido
en el amor de Dios y el amor de Dios no conduce a la muerte. Y el ejemplo lo
tenemos en Cristo que fue entregado a la muerte, pero la muerte no podría tenerlo
ni retenerlo como prisionero.
domingo, 30 de octubre de 2022
Homilía/Comentario del Evangelio del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, ciclo C
sábado, 22 de octubre de 2022
Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo C
sábado, 13 de agosto de 2022
sábado, 9 de julio de 2022
Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario, ciclo C
Domingo XV del Tiempo Ordinario, ciclo C
sábado, 25 de junio de 2022
Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C
sábado, 11 de junio de 2022
Homilía de la Santísima Trinidad 2022
Domingo de la Santísima Trinidad
12
de junio de 2021, Ciclo C
Hoy celebramos a la Santísima
Trinidad, que es el misterio de Dios, y el hombre tiene una cierta capacidad de
conocer a Dios. Podemos deducir, a través de las obras, de las criaturas de las
que estamos rodeados, la existencia de un creador. El hombre tiene una
capacidad natural de conocer a Dios. Pero una cosa es conocer la existencia de
un ser supremo, infinito, fuente de la creación y origen del mundo; y otra cosa
distinta es conocerle en su interioridad, conocerle en su intimidad, el ¿cómo
es Dios? Y claro está, el definir el cómo es Dios supera nuestra capacidad
natural de conocimiento de Dios, y requiere de la misericordia de Dios el
revelarse, y esto es la revelación.
En la revelación hemos conocido que
Dios es el amante, al amado y el amor. Dios Padre el amante; Dios Hijo el amado
y Dios Espíritu Santo el amor. Y además, afirmamos que hemos sido creados a su
imagen y semejanza; por eso nos importa mucho conocer cómo es Dios, conocer su
intimidad, pues dado que hemos sido creados a su imagen y semejanza,
difícilmente nos entenderemos a nosotros mismos sin conocer a Dios. Es como una
persona que no ha podido conocer a sus padres y quisiera poder conocerlos,
porque se da cuenta de que si no ha conocido a sus padres, él no llega a
conocerse a sí mismo; su propia personalidad permanece oculta porque si no
conozco a mis progenitores, yo mismo no termino de entenderme. Porque de
nuestros padres hemos recibido una gran heredad espiritual, no sólo un parecido
físico. Por eso aplicando este ejemplo a lo que es nuestra relación con Dios,
nosotros queremos conocer a nuestro Padre que es Dios, el cual nos ha hecho a
su imagen y semejanza. Y si no le conocemos, nosotros no terminaremos de
conocernos porque Él ha puesto su sello en nosotros.
Y ese sello que Dios ha puesto en nosotros tiene una
característica muy especial, porque Dios no es un ser solitario, ni un ser
aislado ni individual. Dios es un ser comunitario, es Padre, es Hijo y es
Espíritu Santo: es comunión de amor. Y esto que pertenece a la esencia de Dios
está marcado, como un sello, en nosotros. El hombre tiene una vocación a la
comunión de amor. Y es paradójico observar que en la medida que en nuestra
cultura se ha secularizado, precisamente una de las consecuencias de esa
secularización ha sido el perder ese sentido comunitario que tenemos. El hombre
secularizado se ha aislado y vive mucho más aislado que el hombre religioso.
Más aislado de la propia familia, es una familia menos extensa, es más nuclear,
tiene menos relaciones familiares; más aislado de la propia Iglesia, el hombre
tiene una religiosidad en la que la vida de Iglesia no le identifica; más
aislado de la sociedad, donde las relaciones sociales son mínimas y cada uno
vive aislado en pequeña burbuja. El hombre secularizado tiende a aislarse
porque al alejarse de Dios va perdiendo la huella que Dios ha inscrito en
nosotros a vivir en comunión, a ser imagen y semejanza del Dios que es
comunión. Vivir menos en familia, vivir menos en Iglesia, vivir menos en
sociedad es fruto de la secularización. Dios no ha querido que seamos
autosuficientes, no nos ha hecho autosuficientes; nos ha hecho seres en
comunión, con una misteriosa relación entre nosotros, muy superior a la que
podemos percibir visualmente.
sábado, 21 de mayo de 2022
Homilía del Domingo VI del Tiempo Pascual, Ciclo C
sábado, 14 de mayo de 2022
Homilía del Domingo V del tiempo de Pascua, ciclo C [Jn 13,31-33a.34-35]
Domingo 5º de Pascua, ciclo C
domingo, 8 de mayo de 2022
Homilía del Cuarto Domingo de Pascua, ciclo C
Domingo IV del tiempo Pascual
jueves, 14 de abril de 2022
Homilía del Jueves Santo 2022
Hoy es Jueves Santo. Nosotros los
cristianos tenemos una dificultad que debemos de superar: Estamos acostumbrados
a ver las cosas ya sea desde la barrera hasta las gradas más altas, pero evitamos el ruedo, es decir, donde
se cuecen los acontecimientos fundamentales, donde los toros salen bravíos por la
puerta de los toriles. Luego ¿qué es la Semana Santa para aquellos que la viven
desde la barrera hasta las gradas más altas?, no será de ser más que un momento
de encuentro emotivo ante los pasos procesionales, un asistir a los cultos y un
reunirse con los familiares durante estos días. Y yo os lanzo una cuestión:
Esto que estamos celebrando, que es la muerte y resurrección de Cristo, que es
lo más importante de nuestra fe y en dónde se juega toda nuestra salvación
¿genera en mí un dinamismo de conversión, de tener sed del Dios vivo, de romper
con mis planes para seguir los planes que Dios tiene para mí? Aparte de lo
emotivo que puedan tener estos días ¿sientes que Cristo te llama a que entregues
toda tu vida por amor a tus hermanos? ¿Te das cuenta si de algún modo Cristo
tiene algún tipo de influencia en tu vida? ¿Estás satisfecho con tu vida, con
tu familia, con tu trabajo, con tus relaciones personales, familiares, laborales,
sociales y eclesiales? Porque si te encuentras satisfecho de lo que eras y de
cómo vives es porque aún no te has planteado ni la posibilidad de iniciar un
proceso de conversión y te encontrarás muy cómodo en las gradas más altas de
esa plaza taurina. Pero te recuerdo, que tu salvación está en juego.
Pero
si optas por estar en el ruedo, donde se cuece estos acontecimientos
salvíficos de Jesucristo, todo va cambiando. Nos sucederá como esos pasatiempos
de los periódicos donde nos retan a que encontremos las siete diferencias entre
dos dibujos muy semejantes o que nos plantean que descubramos los errores en
las imágenes para superar los acertijos/retos visuales. Al estar al lado de
Cristo, Cristo te pone en la verdad
para que descubras cómo tu pecado te está condicionando/perjudicando en todas
las facetas de tu vida y tú ni te has percatado de ello, porque el Demonio te
ha domesticado con sus constantes mentiras. Por ejemplo, durante esta cuaresma ¿qué
grado de generosidad has tenido a la hora de dar limosnas, a la hora ayunar y
de hacer oración –sobre todo por tus enemigos? Esta cuaresma ¿te ha servido
para amar de corazón a tu esposo o esposa, perdonándole aunque sepas de
antemano que la otra persona no tiene la razón? ¿O te has estado moviendo esta
cuaresma en un ambiente de confort, de comodidad, sin complicarte la
existencia? Porque si has estado viviendo durante estos cuarenta días sin
complicarte la vida, se podría entender que ni te planteases estar ahora mismo
en el ruedo de la plaza taurina.
Hoy Cristo nos regala tres dones,
totalmente necesarios para nosotros, la institución del Orden Sacerdotal, la institución
de la Eucaristía y el mandamiento del Amor fraterno. Y si has vivido estos
cuarenta días de preparación para la Pascua con intensidad te estarás dando
cuenta que tienes a Jesucristo como tu principal aliado contra tu propio
pecado, y que amando sin reservas a los demás es como descubrirás la Vida que
sólo Dios te puede conceder.
14 de abril de 2022
viernes, 1 de abril de 2022
Prevención abuso infantil
domingo, 27 de febrero de 2022
Ucrania en guerra, atacada por Rusia
Homilía del Domingo VIII del Tiempo Ordinario, ciclo C
VIII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo c
sábado, 15 de enero de 2022
Homilía del domingo segundo del tiempo ordinario ciclo c
El Bautismo del Señor Jesús en el Río Jordán
9 de enero de 2022
Bautismo del
Señor
Hoy
día del bautismo de Jesús en el río Jordán es una buena ocasión para que cada
uno de nosotros nos preguntemos sobre cómo va nuestro bautismo. Alguno puede
pensar que el bautismo es algo que ya pasó, que fue algo que ya me dieron… pero
esto no es cierto. El bautismo no es algo que ya pasó. El bautismo son tres
semillas que sembraron dentro de mí, cuando a mí me bautizaron. Son tres
semillas que a mi familia, que a mis padres, la Iglesia las pidió que las
cuidasen, que las regasen, que abonasen la tierra y así, poco a poco fueran
creciendo. Luego esas tres semillas, a estas alturas, a la mayoría de nosotros
ya no son semillas, ya son una plantas que han ido poco a poco creciendo. Para
algunos esas semillas ya serán árboles robustos, para otros serán unas plantas
muy incipientes. Pero son tres semillas las que plantaron en nosotros que son la fe, la esperanza y la caridad. Y
viendo cómo van esas tres semillas, cada uno puede examinar cómo va el bautismo
que un día me dieron.
La primera semilla es el de la Fe.
El ambiente cultural de nuestra tierra, de nuestra España, de nuestra Europa es
un ambiente que tiene una profunda crisis de fe. Sobre todo porque esta cultura
está sufriendo el mal del relativismo, la negación de que exista ninguna verdad.
Cada uno tiene su verdad a su medida. Occidente está enfermo porque no tiene fe
y porque piensa que la única verdad es el dinero, y esto es una gran
enfermedad. Pensar que no hay valores por los que merezcan la pena entregar la
vida. Por lo que el primer mensaje que os tengo que dar es: ¡Manteneros firmes
en la fe! Que no flaquee nuestra fe. La fe es como un testigo que nos entregan
que tenemos que asir con fuerza en nuestra mano, correr la carrera de nuestra
vida y trasmitirla en nuestra vida. Todos hemos visto las carreras de relevos
en las Olimpiadas, en la que no es únicamente importante correr mucho, garra
quien más corre habiendo cogido el testigo. Si el testigo se te cae al suelo no
vale nada tu carrera. Lo importante es coger el testigo, correr la carrera de tu
vida y transmitirlo a la siguiente generación. La fe la recibimos, como dice
San Pablo «he recibido una tradición que yo os
trasmito a vosotros». La madre Teresa de Calcuta dijo una vez «yo valoro y
aprecio todas las religiones, pero estoy enamorada de la mía». Busquemos la
verdad que nosotros la reconocemos en Jesucristo. Y en medio de este
relativismo, vayamos como los marineros que en medio de la oscuridad buscan la
luz. Como aquellos Magos de Oriente que siguieron la estrella de la fe.
La segunda semilla es el de la Esperanza.
También esta cultura nuestra tiene un problema de esperanza muy serio y se nota
en muchas cosas. Se nota en la bajísima natalidad. Una sociedad que no tiene
hijos es una sociedad que no tiene esperanza. Y no es problema de riqueza,
porque las clases sociales más ricas tienen menos hijos en Europa. En la
primera audiencia del año 2022 del Papa Francisco nos ha dado una frase muy
impactante: «muchas
parejas no tienen hijos porque no quieren, o tienen solamente uno porque no
quieren otros, pero tienen dos perros o dos gatos, que ocupan el lugar de los
hijos»,
y sigue añadiendo «esto
nos quita humanidad».
Si no nos abrimos a la vida es porque no tenemos confianza en el futuro. Hay
más signos también de que falta la esperanza, por ejemplo la tristeza, hay
mucha amargura. Hay un clima donde todo el mundo se queja de todo, uno se queja
de su destino, se queja de la vida, se queja de todo el mundo. Es una falta de
esperanza muy patente. Un signo de que hay esperanza es la alegría, es la
confianza en la vida: Yo confío en la vida porque confío en Dios. Y confío en
los demás porque confío en Dios. Por eso la segunda llamada que os hago es
‘cuidad la esperanza’, ‘¿cómo va esa confianza en Dios que tenemos los
bautizados?’
Y en tercer lugar, la tercera semilla que se
plantó en el bautismo es el de la Caridad. Y la caridad crece
dándola. Si tú te la guardas, la pierdes. Si la compartes, crece. Recuerdo que
cuando éramos pequeños había un acertijo que decía: ¿qué cosa es que cuando lo
compartes crece?, y el acertijo tenía como resultado el fuego. Si el fuego lo
compartes, el fuego crece. También pasa eso con la caridad. La caridad solo
crece si la compartes, si la guardas se apaga. Es como el fuego. Estamos
llamados a ejercitar la caridad entre nosotros, superando el gran enemigo de la
caridad que es el egoísmo, el pensar solamente en nosotros mismos, sabiendo que
nuestra felicidad la realizamos haciendo felices a los demás. Este es el
secreto del Evangelio: Es feliz el que se olvida de sí mismo; es feliz el que
persigue hacer felices a los demás. El que no hace de su ‘yo’ el centro del
mundo. Recuerdo que cuando era pequeño se puso de moda el juguete del yoyó. El
‘yoyó’ es ese juego que baja y sube girando y es ‘yo y yo y yo’, ‘y vuelve y
vuelve y vuelve’. Y me acuerdo una vez que el párroco de mi pueblo, en la misa
de niños, llevó un yoyó a la misa y nos dijo ‘aquí hay muchos que son como un
yoyó’. No dijo eso y nos quedó a todos asombrados. Nos dijo ‘aquí hay muchos
que son como un yoyó, siempre pensando en sí mismos, en yo, en lo mío, lo
mío’…y nos dijo que ‘no vamos a ser felices mientras no juguemos al ‘tu tú’, en
vez del ‘yoyó’. Es así las cosas, uno tiene que cambiar el chip. No somos
felices si nos buscamos a nosotros mismos. La tercera semilla de la caridad
consiste en esto: la gracia de olvidarnos de nosotros mismos y ser felices
haciendo felices a los demás. Y esto lo vemos en todos los lados; lo vemos en
la familia, la familia es feliz cuando los unos piensan en los otros, porque de
otro modo es un tormento. Cuando la familia discute ‘esto te toca a ti’, ‘esto
no me lo has hecho’…. es un tormento. Lo normal no suele ser el que discutamos
en casa por querer pasar la aspiradora o hacer la colada o fregar. No solemos
discutir por conseguir quitar al otro una labor doméstica para hacerla uno, no
suele ser lo más normal. Ahora bien, si se discute por que uno quiere fregar y
el otro no le deja…. ¡dejad que discutan porque eso va bien! El principio de la
caridad es que yo soy feliz haciendo felices a los demás, olvidándome de mi
mismo. Porque amando al otro estoy amando a Dios.
Hoy que es el bautismo de Jesús
recordemos nuestro propio bautismo y preguntarnos cada uno ¿yo que he hecho de
mi bautismo? ¿Cómo van creciendo en mí cada una de esas tres semillas?










