domingo, 25 de diciembre de 2022

Homilía de Navidad 2022

 


Navidad 2022

            El transcurso del tiempo y la rutina de las cosas nos han ido deformando el modo de cómo debemos de descubrir la novedad de lo que vamos viviendo. Sin embargo, no olvidemos de un hecho incuestionable: Dios habla en medio de tu historia personal. Hay momentos en los que el Señor permite determinadas cosas, las cuales nos puede desencajar el corazón o generar un sufrimiento que se ancla en el ser y te va rasgando interiormente. Todo esto generaría una profunda desesperación y un deseo de ‘tirar la toalla’, de no seguir luchando porque uno puede considerar que la guerra la tiene uno perdida: Un matrimonio fracasado, un proceso de nulidad matrimonial que revela la realidad de lo que has vivido, un noviazgo roto, un empleo que nunca llega, unos problemas con los hijos de los que uno no sabe ni cómo resolverlos, una enfermedad que limita tus capacidades, una profunda decepción o un severo disgusto del que mana lágrimas... De tal modo que todos o cada uno de estos acontecimientos te van proporcionando la certeza de que lo vivido anteriormente es fruto de un fracaso, de una pérdida de tiempo, de un esfuerzo infructuoso. Por lo menos eso es lo que el Demonio quiere que creas; es más, desea que te convenzas que todo o la mayor parte de las cosas que haces no es más que una sucesión de fracasos y de decepciones. Te hace caer en la convicción de que nadie te quiere, que estas solo en medio de tu pecado, de tu tristeza, de tu angustia, de tu sufrimiento. Esta es la táctica del Demonio; aislarte para demolerte.

Sin embargo, aquel que tiene poder de sacar hijos de Abrahán de las piedras; aquel que creo la luz cuando nada existía; aquel que hizo salir agua de una roca en medio del desierto y que alimentó al pueblo de Israel en el desierto; aquel que es fiel en medio de nuestras infidelidades te dice: «Te quiero». Es entonces cuando eso que antes era imperdonable, dolorosísimo, ese severo disgusto que te arrastraba hacia la oscuridad con la suma violencia de un huracán va perdiendo intensidad y los nubarrones se van retirando permitiendo que los rayos solares lleguen a su destino. Me resuenan aquellas palabras del Papa San Juan Pablo II pronunciadas en 1987 en Chile: «¡Dios siempre puede más!».

            Si este Niño no hubiera nacido, toda nuestra vida se podría reducir a una simple hoja de un árbol caída al suelo, llamada a desaparecer sin importar a nadie: Todo para nada. Sin embargo, hoy celebramos que el Hijo del Altísimo se ha hecho carne y el amor es más fuerte que el odio o el dolor. «Sólo el amor es el que da valor a todas las cosas». Esta frase no es mía, es de Santa Teresa de Jesús. Ella sufrió muchísimo por parte de aquellos que deberían haberla apoyado, experimentó numerosas incomprensiones y persecuciones. Y apoyándose en el que es la Vida, salió triunfante de tales batallas. Y el amor es Cristo, y es Cristo, el mismo que te saca de la fosa de la muerte, te devuelve la dignidad, te seca las lágrimas de tus ojos, te cura la herida y pone a ángeles en tu camino para ayudar a recuperarte.

            Este Niño que hoy ha nacido tiene el poder de reconstruir lo que hemos destruido, de sanar lo que hemos herido, de reparar lo que hemos dañado. Dios siempre pone a ángeles que nos protegen en el camino. Siempre que Cristo ha entrado en escena en la vida de alguien, esa vida se ha recompuesto, se ha regenerado, se ha sanado. De tal modo que de un mal, teniendo a Jesús con nosotros, se revierte en un bien.


sábado, 5 de noviembre de 2022

Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo C -La vida que genera Dios no desaparece-

 


Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo C, 6 noviembre 2022

Lc 20, 27-38 -La vida que genera Dios no desaparece-

 

            Hermanos estamos ya en la conclusión del año litúrgico.

Primero, para poder entenderlo, es preciso contextualizarlo: Éste es el penúltimo domingo. Después tenemos el domingo XXXIII -donde se nos entregará el discurso escatológico, el discurso de los últimos tiempos- y posteriormente la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo con el que se concluye el año litúrgico. Estamos acercándonos a la conclusión del año litúrgico y tenemos que relacionarlo con las celebraciones que hemos tenido últimamente, el día de todos los Santos y los fieles difuntos. Y el evangelio de hoy hay que encuadrarlo en este contexto porque el tema de este domingo es la resurrección. Y hablar de la resurrección al estar concluyendo este tiempo litúrgico es tanto como decir que estamos viviendo en la esperanza de la realidad futura que tiene que venir. Por eso empezaremos el próximo nuevo año litúrgico con el tiempo de adviento que es la invocación del ‘Maranatha’, ‘ven Señor Jesús’.

            Recordemos que habíamos dejado a Jesús en Jericó [Lc 19, 1-10], es decir a las puertas de Jerusalén. En este domingo vemos ya a Jesús en Jerusalén [Lc 20, 27-38]. Semanas antes de la pasión y muerte de Jesucristo tienen lugar las llamadas disputas de Jesús con los fariseos, los saduceos, los herodianos y con algunos otros más. Esas disputas son las que empujan el proceso de capturar a Jesús y de condenarlo a muerte. Tienes disputas Jesús por cuestiones de la Ley, por cuestiones del Templo, de la observancia. Cuando Jesús tiene las disputas con los fariseos. Los fariseos eran la clase judía más observante y eran los mejor vistos por la gente, eran personas que vivían la observancia de la Ley y no pertenecían a la institución sacerdotal. Eran gente honesta y cumplidora, eran escrupulosamente cumplidora, muy diferente de lo que nosotros entendemos por el término ‘fariseo’. Sin embargo, la gente no aguantaba a los saduceos. Los saduceos eran los que formaban parte de la institución sacerdotal, eran de la alta sociedad y eran los que ‘cortaban el bacalao’ de todo el dinero que se recaudaba para el Templo. Los saduceos vivián a costa del dinero del Templo.

            Y Jesús, después de tener disputas con los fariseos tendrá disputas con los saduceos. Cuando Jesús hizo callar a los fariseos, fueron inmediatamente los saduceos para plantearle cuestiones delicadas para ponerlo a prueba. Los saduceos estaban que rabiaban con Jesús, porque Jesús estaba atacando la mamandurria, ya que ellos vivían del cuento, sin hacer nada. Los saduceos se la tenían jurada por todo lo que les hizo en el Templo al volcarles las mesas de los cambistas, hizo un látigo con las cuerdas y les echó a todos [Cfr. Jn 2, 13-17]. Cuando Jesús dijo que ‘habéis convertido mi casa en cueva de ladrones’, pues eso iba dirigido sobre todo a los saduceos que son los recaudadores. Jesús era para ellos un serio problema porque les estaba atacando lo que a ellos les daba de comer.

Y por este motivo los saduceos en una de las disputas que tienen con Jesús le presentan la cuestión de la resurrección. Porque mientras los fariseos habían aceptado la tradición que hacía referencia a los Macabeos, que es el texto de la primera lectura de hoy, [2 Mac 7,1-2,9-14] de la resurrección, el volver otra vez a la Vida. Sin embargo, los saduceos se mofaban de esta creencia de los fariseos. ¿Por qué? Porque se encontraban muy satisfechos de su situación económica, eran los que ‘cortaban el bacalao’ y no les interesaba a ellos la vida de después. A los saduceos les interesaba la vida en el momento presente. Los saduceos querían sobre todo vivir el culto, atraer la bendición de Dios sobre el pueblo y sobre ellos mismos, porque eso les generaba unos ingresos económicos bastante considerables. La bendición de Dios conllevaba la prosperidad material y la abundancia de los hijos, en la línea de lo prometido a Abrahán ‘tu descendencia será tan abundante como las estrellas del cielo’. Por lo tanto, a los saduceos no les importaba, para nada, el más allá. Una vez que se morían se acababa todo. Los saduceos se mofaban abiertamente de esto de la resurrección. ¿En qué se basaban los saduceos para afirmar esto? En el Pentateuco, es decir en la Torah. Los saduceos no hacían tanto caso a los profetas. Mientras que para los fariseos era importante toda la sabiduría y toda la tradición profética, para los saduceos principalmente era la Torah, los cinco libros del Antiguo Testamento, sobre todo el Levítico y el Deuteronomio. Estos eran sus libros de referencia. Y mira por dónde, los saduceos hacen referencia a esos libros cuando hablaban con Jesús en la disputa para argumentar que no existe resurrección: Los saduceos hacen referencia a Moisés diciendo que no existe resurrección. Y los saduceos ponen el ejemplo de la mujer viuda de siete maridos, que al final murió la mujer. Y le preguntan los saduceos a Jesús: «¿de cuál de ellos será la mujer?». Es entonces que ponen ese caso porque tienen presente el caso de Tobías y su mujer, Sara [Tob 7, 6-14]. En ese caso de Sara que había estado casada con siete maridos y los siete murieron en la cámara nupcial durante la noche.

Los saduceos sacan a la luz ese caso y dicen que, si ha tenido siete maridos, en la resurrección de los justos ¿de quién será la esposa? Esta pregunta está haciendo referencia a la ley de Moisés del levirato. Si moría un hombre dejando a la mujer sin descendencia el hermano tenía que casarse con ella para dar descendencia a la familia y sobre todo para los temas de la herencia, para que el dinero no saliera de casa, acumular los capitales.

Y entonces Jesús haciendo referencia al libro del Levítico -libro que los saduceos admitían- les dice que el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob no es Dios de muertos, sino de vivos. La imagen que Dios les trasmite, iluminando e interpretando la imagen que han recibido del Antiguo Testamento, es que en el momento en que Dios es ‘el Dios de Abrahán’, ‘de Isaac’ ‘y de Jacob’, está diciendo que Dios no es el Dios de una nación en el sentido geográfico, sino que es el Dios de un pueblo en el sentido personal. Es un Dios que ama personalmente y que es el Dios quien les da la vida.

Y Jesús da un paso más para clarificar cuando dice que ya no estarán casados ni solteros, sino que serán ‘como los ángeles de Dios’ porque han nacido de Dios.  Aquí está la cuestión: han nacido de Dios. Los ángeles son generados por Dios, no tienen vida biológica, les genera Dios y por lo tanto es el amor. El amor y la elección de Dios va más allá del aspecto biológico, les genera como los ángeles. El amor de Dios no sólo nos ha proporciona una vida biológica, sino que su propio amor nos genera como lo hace con los ángeles. Ese amor hace imposible que mueran. El amor de Dios es lo que nos impide morir, porque el amor no muere. Es el amor de Dios el garante de nuestra vida, hasta el punto que no puede permitir que una cosa amada desaparezca. El amor de Dios genera vida y la vida que genera Dios no desaparece.

No es el dios de las otras civilizaciones como las egipcias o de la civilización griega o romana. No es el dios del panteón. No es un Dios geográfico, es un Dios personal que ama a las personas y a las cuales, aunque parezcan que están muertas, si Dios los ha amado quiere decir que no pueden desaparecer. Por eso hace referencia a los ángeles de Dios porque han sido generados por Él y no biológicamente. No pueden estar muertos porque han vivido en el amor de Dios y el amor de Dios no conduce a la muerte. Y el ejemplo lo tenemos en Cristo que fue entregado a la muerte, pero la muerte no podría tenerlo ni retenerlo como prisionero.

sábado, 11 de junio de 2022

Homilía de la Santísima Trinidad 2022

 

Domingo de la Santísima Trinidad

12 de junio de 2021, Ciclo C

 


            Hoy celebramos a la Santísima Trinidad, que es el misterio de Dios, y el hombre tiene una cierta capacidad de conocer a Dios. Podemos deducir, a través de las obras, de las criaturas de las que estamos rodeados, la existencia de un creador. El hombre tiene una capacidad natural de conocer a Dios. Pero una cosa es conocer la existencia de un ser supremo, infinito, fuente de la creación y origen del mundo; y otra cosa distinta es conocerle en su interioridad, conocerle en su intimidad, el ¿cómo es Dios? Y claro está, el definir el cómo es Dios supera nuestra capacidad natural de conocimiento de Dios, y requiere de la misericordia de Dios el revelarse, y esto es la revelación.

            En la revelación hemos conocido que Dios es el amante, al amado y el amor. Dios Padre el amante; Dios Hijo el amado y Dios Espíritu Santo el amor. Y además, afirmamos que hemos sido creados a su imagen y semejanza; por eso nos importa mucho conocer cómo es Dios, conocer su intimidad, pues dado que hemos sido creados a su imagen y semejanza, difícilmente nos entenderemos a nosotros mismos sin conocer a Dios. Es como una persona que no ha podido conocer a sus padres y quisiera poder conocerlos, porque se da cuenta de que si no ha conocido a sus padres, él no llega a conocerse a sí mismo; su propia personalidad permanece oculta porque si no conozco a mis progenitores, yo mismo no termino de entenderme. Porque de nuestros padres hemos recibido una gran heredad espiritual, no sólo un parecido físico. Por eso aplicando este ejemplo a lo que es nuestra relación con Dios, nosotros queremos conocer a nuestro Padre que es Dios, el cual nos ha hecho a su imagen y semejanza. Y si no le conocemos, nosotros no terminaremos de conocernos porque Él ha puesto su sello en nosotros.

Y ese sello que Dios ha puesto en nosotros tiene una característica muy especial, porque Dios no es un ser solitario, ni un ser aislado ni individual. Dios es un ser comunitario, es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo: es comunión de amor. Y esto que pertenece a la esencia de Dios está marcado, como un sello, en nosotros. El hombre tiene una vocación a la comunión de amor. Y es paradójico observar que en la medida que en nuestra cultura se ha secularizado, precisamente una de las consecuencias de esa secularización ha sido el perder ese sentido comunitario que tenemos. El hombre secularizado se ha aislado y vive mucho más aislado que el hombre religioso. Más aislado de la propia familia, es una familia menos extensa, es más nuclear, tiene menos relaciones familiares; más aislado de la propia Iglesia, el hombre tiene una religiosidad en la que la vida de Iglesia no le identifica; más aislado de la sociedad, donde las relaciones sociales son mínimas y cada uno vive aislado en pequeña burbuja. El hombre secularizado tiende a aislarse porque al alejarse de Dios va perdiendo la huella que Dios ha inscrito en nosotros a vivir en comunión, a ser imagen y semejanza del Dios que es comunión. Vivir menos en familia, vivir menos en Iglesia, vivir menos en sociedad es fruto de la secularización. Dios no ha querido que seamos autosuficientes, no nos ha hecho autosuficientes; nos ha hecho seres en comunión, con una misteriosa relación entre nosotros, muy superior a la que podemos percibir visualmente.

jueves, 14 de abril de 2022

Homilía del Jueves Santo 2022

 


Jueves Santo 2022

            Hoy es Jueves Santo. Nosotros los cristianos tenemos una dificultad que debemos de superar: Estamos acostumbrados a ver las cosas ya sea desde la barrera hasta las gradas más altas, pero evitamos el ruedo, es decir, donde se cuecen los acontecimientos fundamentales, donde los toros salen bravíos por la puerta de los toriles. Luego ¿qué es la Semana Santa para aquellos que la viven desde la barrera hasta las gradas más altas?, no será de ser más que un momento de encuentro emotivo ante los pasos procesionales, un asistir a los cultos y un reunirse con los familiares durante estos días. Y yo os lanzo una cuestión: Esto que estamos celebrando, que es la muerte y resurrección de Cristo, que es lo más importante de nuestra fe y en dónde se juega toda nuestra salvación ¿genera en mí un dinamismo de conversión, de tener sed del Dios vivo, de romper con mis planes para seguir los planes que Dios tiene para mí? Aparte de lo emotivo que puedan tener estos días ¿sientes que Cristo te llama a que entregues toda tu vida por amor a tus hermanos? ¿Te das cuenta si de algún modo Cristo tiene algún tipo de influencia en tu vida? ¿Estás satisfecho con tu vida, con tu familia, con tu trabajo, con tus relaciones personales, familiares, laborales, sociales y eclesiales? Porque si te encuentras satisfecho de lo que eras y de cómo vives es porque aún no te has planteado ni la posibilidad de iniciar un proceso de conversión y te encontrarás muy cómodo en las gradas más altas de esa plaza taurina. Pero te recuerdo, que tu salvación está en juego.

            Pero si optas por estar en el ruedo, donde se cuece estos acontecimientos salvíficos de Jesucristo, todo va cambiando. Nos sucederá como esos pasatiempos de los periódicos donde nos retan a que encontremos las siete diferencias entre dos dibujos muy semejantes o que nos plantean que descubramos los errores en las imágenes para superar los acertijos/retos visuales. Al estar al lado de Cristo, Cristo te pone en la verdad para que descubras cómo tu pecado te está condicionando/perjudicando en todas las facetas de tu vida y tú ni te has percatado de ello, porque el Demonio te ha domesticado con sus constantes mentiras. Por ejemplo, durante esta cuaresma ¿qué grado de generosidad has tenido a la hora de dar limosnas, a la hora ayunar y de hacer oración –sobre todo por tus enemigos? Esta cuaresma ¿te ha servido para amar de corazón a tu esposo o esposa, perdonándole aunque sepas de antemano que la otra persona no tiene la razón? ¿O te has estado moviendo esta cuaresma en un ambiente de confort, de comodidad, sin complicarte la existencia? Porque si has estado viviendo durante estos cuarenta días sin complicarte la vida, se podría entender que ni te planteases estar ahora mismo en el ruedo de la plaza taurina.

            Hoy Cristo nos regala tres dones, totalmente necesarios para nosotros, la institución del Orden Sacerdotal, la institución de la Eucaristía y el mandamiento del Amor fraterno. Y si has vivido estos cuarenta días de preparación para la Pascua con intensidad te estarás dando cuenta que tienes a Jesucristo como tu principal aliado contra tu propio pecado, y que amando sin reservas a los demás es como descubrirás la Vida que sólo Dios te puede conceder.

 

14 de abril de 2022

sábado, 15 de enero de 2022

Homilía del domingo segundo del tiempo ordinario ciclo c

 

El Bautismo del Señor Jesús en el Río Jordán

 9 de enero de 2022

Bautismo del Señor

            Hoy día del bautismo de Jesús en el río Jordán es una buena ocasión para que cada uno de nosotros nos preguntemos sobre cómo va nuestro bautismo. Alguno puede pensar que el bautismo es algo que ya pasó, que fue algo que ya me dieron… pero esto no es cierto. El bautismo no es algo que ya pasó. El bautismo son tres semillas que sembraron dentro de mí, cuando a mí me bautizaron. Son tres semillas que a mi familia, que a mis padres, la Iglesia las pidió que las cuidasen, que las regasen, que abonasen la tierra y así, poco a poco fueran creciendo. Luego esas tres semillas, a estas alturas, a la mayoría de nosotros ya no son semillas, ya son una plantas que han ido poco a poco creciendo. Para algunos esas semillas ya serán árboles robustos, para otros serán unas plantas muy incipientes. Pero son tres semillas las que plantaron en nosotros que son la fe, la esperanza y la caridad. Y viendo cómo van esas tres semillas, cada uno puede examinar cómo va el bautismo que un día me dieron.

            La primera semilla es el de la Fe. El ambiente cultural de nuestra tierra, de nuestra España, de nuestra Europa es un ambiente que tiene una profunda crisis de fe. Sobre todo porque esta cultura está sufriendo el mal del relativismo, la negación de que exista ninguna verdad. Cada uno tiene su verdad a su medida. Occidente está enfermo porque no tiene fe y porque piensa que la única verdad es el dinero, y esto es una gran enfermedad. Pensar que no hay valores por los que merezcan la pena entregar la vida. Por lo que el primer mensaje que os tengo que dar es: ¡Manteneros firmes en la fe! Que no flaquee nuestra fe. La fe es como un testigo que nos entregan que tenemos que asir con fuerza en nuestra mano, correr la carrera de nuestra vida y trasmitirla en nuestra vida. Todos hemos visto las carreras de relevos en las Olimpiadas, en la que no es únicamente importante correr mucho, garra quien más corre habiendo cogido el testigo. Si el testigo se te cae al suelo no vale nada tu carrera. Lo importante es coger el testigo, correr la carrera de tu vida y transmitirlo a la siguiente generación. La fe la recibimos, como dice San Pablo «he recibido una tradición que yo os trasmito a vosotros». La madre Teresa de Calcuta dijo una vez «yo valoro y aprecio todas las religiones, pero estoy enamorada de la mía». Busquemos la verdad que nosotros la reconocemos en Jesucristo. Y en medio de este relativismo, vayamos como los marineros que en medio de la oscuridad buscan la luz. Como aquellos Magos de Oriente que siguieron la estrella de la fe.

            La segunda semilla es el de la Esperanza. También esta cultura nuestra tiene un problema de esperanza muy serio y se nota en muchas cosas. Se nota en la bajísima natalidad. Una sociedad que no tiene hijos es una sociedad que no tiene esperanza. Y no es problema de riqueza, porque las clases sociales más ricas tienen menos hijos en Europa. En la primera audiencia del año 2022 del Papa Francisco nos ha dado una frase muy impactante: «muchas parejas no tienen hijos porque no quieren, o tienen solamente uno porque no quieren otros, pero tienen dos perros o dos gatos, que ocupan el lugar de los hijos», y sigue añadiendo «esto nos quita humanidad». Si no nos abrimos a la vida es porque no tenemos confianza en el futuro. Hay más signos también de que falta la esperanza, por ejemplo la tristeza, hay mucha amargura. Hay un clima donde todo el mundo se queja de todo, uno se queja de su destino, se queja de la vida, se queja de todo el mundo. Es una falta de esperanza muy patente. Un signo de que hay esperanza es la alegría, es la confianza en la vida: Yo confío en la vida porque confío en Dios. Y confío en los demás porque confío en Dios. Por eso la segunda llamada que os hago es ‘cuidad la esperanza’, ‘¿cómo va esa confianza en Dios que tenemos los bautizados?’

            Y en tercer lugar, la tercera semilla que se plantó en el bautismo es el de la Caridad. Y la caridad crece dándola. Si tú te la guardas, la pierdes. Si la compartes, crece. Recuerdo que cuando éramos pequeños había un acertijo que decía: ¿qué cosa es que cuando lo compartes crece?, y el acertijo tenía como resultado el fuego. Si el fuego lo compartes, el fuego crece. También pasa eso con la caridad. La caridad solo crece si la compartes, si la guardas se apaga. Es como el fuego. Estamos llamados a ejercitar la caridad entre nosotros, superando el gran enemigo de la caridad que es el egoísmo, el pensar solamente en nosotros mismos, sabiendo que nuestra felicidad la realizamos haciendo felices a los demás. Este es el secreto del Evangelio: Es feliz el que se olvida de sí mismo; es feliz el que persigue hacer felices a los demás. El que no hace de su ‘yo’ el centro del mundo. Recuerdo que cuando era pequeño se puso de moda el juguete del yoyó. El ‘yoyó’ es ese juego que baja y sube girando y es ‘yo y yo y yo’, ‘y vuelve y vuelve y vuelve’. Y me acuerdo una vez que el párroco de mi pueblo, en la misa de niños, llevó un yoyó a la misa y nos dijo ‘aquí hay muchos que son como un yoyó’. No dijo eso y nos quedó a todos asombrados. Nos dijo ‘aquí hay muchos que son como un yoyó, siempre pensando en sí mismos, en yo, en lo mío, lo mío’…y nos dijo que ‘no vamos a ser felices mientras no juguemos al ‘tu tú’, en vez del ‘yoyó’. Es así las cosas, uno tiene que cambiar el chip. No somos felices si nos buscamos a nosotros mismos. La tercera semilla de la caridad consiste en esto: la gracia de olvidarnos de nosotros mismos y ser felices haciendo felices a los demás. Y esto lo vemos en todos los lados; lo vemos en la familia, la familia es feliz cuando los unos piensan en los otros, porque de otro modo es un tormento. Cuando la familia discute ‘esto te toca a ti’, ‘esto no me lo has hecho’…. es un tormento. Lo normal no suele ser el que discutamos en casa por querer pasar la aspiradora o hacer la colada o fregar. No solemos discutir por conseguir quitar al otro una labor doméstica para hacerla uno, no suele ser lo más normal. Ahora bien, si se discute por que uno quiere fregar y el otro no le deja…. ¡dejad que discutan porque eso va bien! El principio de la caridad es que yo soy feliz haciendo felices a los demás, olvidándome de mi mismo. Porque amando al otro estoy amando a Dios.

            Hoy que es el bautismo de Jesús recordemos nuestro propio bautismo y preguntarnos cada uno ¿yo que he hecho de mi bautismo? ¿Cómo van creciendo en mí cada una de esas tres semillas?