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domingo, 16 de mayo de 2010

Los transexuales no existen

Los transexuales no existen

Para las personas que no están a gusto con su sexo, para aquellas que dicen que están en el cuerpo equivocado, se ofrece la cirugía. Una vez intervenidos quirúrgica y plásticamente, los hombres se vuelven mujeres y viceversa. Pero este cambio es solamente relativo: su real sexo no ha cambiado.

¿Por qué no han cambiado de sexo, si tienen ahora apariencia del otro sexo, y hasta senos y vaginas o penes artificiales? Porque los cambios son estéticos, y en parte hormonales, pero su sexo sigue siendo el mismo. Son personas mutiladas, con implantes, pero esencialmente con el mismo sexo natal.

La esencia de la sexualidad está en los genitales, pero en ellos fundamentalmente en los órganos que producen uno de dos elementos: espermatozoides u óvulos. Mientras un individuo tenga testículos y una próstata que produzcan semen y testosterona, ese individuo seguirá siendo varón. Si le son extirpados los testículos, entonces quedaría relativamente asexuado, pero eso no lo convierte en mujer. ¿Conserva la próstata y/o no tiene ovarios? Es varón, mutilado, pero varón.

Al revés, una mujer a quien le desaparezcan los senos, la vagina y la vulva en particular, aunque le injerten prótesis que simulen dos testículos y un pene, seguirá siendo mujer, en tanto tenga ovarios que producen óvulos y estrógeno. Si éstos le son extirpados, sería también relativamente un ser asexuado, pero eso no la convierte en varón: no tiene testículos, es mujer con apariencia masculina.

Los tratamientos hormonales que reciben los varones que desean ser mujeres, junto con los implantes para hacer crecer los senos y las caderas, redondear las piernas y eliminar vello masculino, no convierten a nadie en mujer. Se trata de un varón con elementos femeninos artificiales. Si le retiran los testículos y el pene, y le hacen un hueco simulando vagina y vulva, seguirá siendo varón con apariencia de mujer: sólo parece mujer.

En resumen de lo anterior: la sexualidad física esencialmente está determinada por la presencia de órganos que producen uno de los dos gametos: espermatozoides u óvulos. La producción de hormonas sexuales puede inhibirse.

Hay otros elementos físicos diferenciales que no se cambian y que difieren entre los sexos, como es la estructura ósea, distinta para hombres y mujeres; un esqueleto puede ser identificado como el de un hombre o de una mujer. No hay cirugía que cambie o modifique esto. Las cuerdas vocales son distintas y cambiarlas de sexo está más que en chino. Esa “manzana de Adán”… delata.

Pero hay algo esencial en la diferencia de sexos, que nadie, ningún cirujano plástico, puede cambiar, y que hace permanente la esencia de ser varón o mujer: el ADN. Veamos una cita del texto “ADN Y MEDICINA FORENSE, Diez años de Experiencia”, escrito por Rosario Alicia Sotelo Lago, Graciela Eleta y Carlos Gatti, de Argentina:

“El ADN es el componente fundamental de los cromosomas y contiene la información hereditaria requerida para transmitir, de padres a hijos, similitudes y diferencias.

“El número de cromosomas de la especie humana es de 46, los cuales se agrupan en 23 pares: 22 de ellos llamados ‘pares autosómicos’ no presentan diferencias de acuerdo al sexo; el restante, el par 23, ‘par sexual’, tiene características diferentes determinadas por cada uno de los sexos. Los 23 pares de cromosomas están contenidos en el interior del núcleo celular”.

Todos sabemos que el ADN, la “huella digital genética” de la persona, se determina en el momento de la concepción y permanece invariable a través de la vida, conservándose en los restos humanos también permanentemente. Por eso, la medicina forense tiene en el método del ADN un aliado excelente.

Supongamos que un cirujano logra implantar funcionalmente a un supuesto transexual los necesarios ovarios o testículos, los del nuevo sexo (que serían ajenos). El testarudo ADN se mantiene en el sexo original. La psique es también muy necia: no cambia, sólo se adapta parcialmente. De hecho, el cerebro tiene algunas características sexuales. Así, el cambio sigue siendo relativo, aunque sea satisfactorio para el paciente y su médico (y su cuenta de cheques).

Bajo estos argumentos, la transexualidad verdadera no existe. Quienes dicen haber cambiado, transmutado su sexo al contrario, de varón a mujer o viceversa, lo han hecho solamente en algunos elementos corporales, pero la esencia de su sexo no ha cambiado; su ADN así lo confirma y su incapacidad de producir los gametos contrarios, espermatozoides u óvulos, les impide cambiar de sexo.

Con un sexo se nace y se muere, aunque se modifiquen las anatomías en buena parte y se produzcan cambios a base de hormonas; las propias, por cierto, seguirán produciéndose en el cuerpo modificado, en tanto permanezcan ovarios o testículos y no sea inhibida su función. La nueva sexualidad relativa solamente puede mantenerse en lo que fue logrado por cirugía, con tratamientos hormonales de por vida (las hormonas naturales son muy tercas).

Quienes se han sometido a las intervenciones plásticas para “cambiar” artificialmente de sexo, pueden estar muy satisfechos(as) con su nueva anatomía, y hasta obtener legalmente su cambio de nombre y sexo, y ser socialmente aceptados(as) en su nueva personalidad, pero no han dejado, esencialmente, de ser lo que nacieron: varones o mujeres.

Todo esto es importante para nuestra sociedad, pues la promoción del argumentado “derecho” a cambiar de sexo, es solamente el apoyo al cambio de partes de la anatomía, sin poder modificar la esencia sexual, con el ADN a la cabeza de todo ello. Hace más o menos felices (¿felices?) a algunos, pero también frustrados de por vida a otros, los tardíamente arrepentidos.
Fuente: Yo influyo.com
Autor: Salvador I. Reding Vidaña

miércoles, 5 de mayo de 2010

El cristiano ante el amor (parte 7)

El cristiano ante el amor (parte 6)

El cristiano ante el amor (parte 5)

El cristiano ante el amor (parte 4)

El cristiano ante el amor (parte 3)

El cristiano ante el amor (parte 2)

LOS DESEOS FUNDAMENTALES DE LOS ADOLESCENTES

El cristiano ante el amor (parte 1)

sábado, 1 de mayo de 2010

El cristiano ante el amor. Parte 1ª

El cristiano ante el amor. PARTE PRIMERA


El cristiano ante el amor...

... Creado por amor y para amar.

Antes de que el lector de este blog se llame a confusión, quisiera despejar un extremo importante. Este documento se ha confeccionado a partir de los materiales entregados en un cursillo de educación afectiva y sexual importida por el COF de la diócesis palentina.
Tanto me aportó este cursillo que me puse manos a la obra y elaboré un total de 14 PowerPoint para poder ayudar a los adolescentes con los que trabajo. Este trabajo está ideado para ser visualizado en una pantalla grande con su correspondiente cañón de video, POR ESO MUCHAS COSAS NO SE PODRÁN VER CON LA CLARIDAD QUE YO DESEARÍA. Por eso les pido disculpas de ante mano.
Este trabajo intenta ayudar a orientar a adolescentes que, mareados por toda la mal información que reciben (métodos anticonceptivos, preservativos, condones, posturas sexuales o técnicas amatorias) les ayude a entender el papel tan importante que desempeña la inteligencia y el corazón en el mundo del sexo. Todo desde un punto de vista cristiano. El chico y la chica tienen corazón e inteligencia, así como el deseo de AMAR Y SER AMADO. La libertad es algo que todos tenemos, pero puede crecer o disminuir. La sexualidad tiene relación con el sentido de la vida. La sexualidad o es un abrazo lleno de ternura que te desea lo mejor en la vida o es algo que daña, una tragedia.
La persona es un SER PARA EL ENCUENTRO. Una relación educativa es mirar a la persona, decirle a lo que él está llamado y saber sacar algo más de él.
En un palabra: Mi cuerpo está diseñado por Dios para salir al encuentro con el otro y también con el Otro.



domingo, 11 de noviembre de 2007

La enseñanza de la Iglesia Católica sobre los métodos naturales de planificación de la familia

Fuente: http://www.vidahumana.org/vidafam/iglesia/ensen_nfp.html
La enseñanza de la Iglesia Católica
sobre los métodos naturales
de planificación de la familia

La diferencia moral entre la anticoncepción y los métodos naturales:

Según la enseñanza de la Encíclica Humanae vitae, número 14, del Papa Pablo VI, publicada el 25 de julio de 1968, la anticoncepción consiste en una acción que le destruye al acto conyugal su natural fuerza procreativa, ya sea que dicha acción se lleve a cabo antes, durante o después del acto conyugal.

Ahora bien, los métodos naturales consisten esencialmente en conocer cuándo la mujer es fértil y cuando no, entonces, si se están espaciando los nacimientos, los esposos evitan las relaciones conyugales durante el tiempo fértil y las tienen durante el tiempo infértil. De esa manera los métodos naturales no le destruyen a ningún acto conyugal su natural fuerza procreativa, sino que respetan los ciclos de fertilidad e infertilidad que Dios mismo ha puesto en la naturaleza femenina para espaciar o buscar los nacimientos. Los métodos naturales son una manera racional de usar lo que Dios ha creado respetándolo al mismo tiempo; mientras que los métodos anticoncepctivos no.
Al destruirle su natural fuerza procreativa al acto conyugal, los anticonceptivos están separando la apertura a la vida de la unión conyugal. Como los métodos naturales no le destruyen a ningún acto conyugal su natural fuerza procreativa, no están separando deliberadamente la apertura a la vida (cuando quiera que esta sea posible) de la unión conyugal.

Sin embargo, alguien podría insistir: "Pero en ambos casos se busca evitar los hijos". El hecho de que en ambos casos se busque el mismo fin no quiere decir que ambas maneras de buscarlo sean buenas. Dos personas pueden decidir conseguir un automóbil, un fin bueno. Pero si una la obtiene por medio de su dinero honestamente ganado y la otra por medio del robo, es evidente que la primera actuó bien; mientras que la segunda no. Un fin bueno no justifica y medio malo, ambos tienen que ser buenos para que la acción sea buena.

"¿Pero - alguien podría objetar - no se supone que el evitar los hijos sea contrario a la voluntad creadora de Dios?" No si los esposos utilizan métodos naturales y tienen motivos serios para usarlos. Dios mismo ha creado tiempos fértiles y tiempos infértiles en el ciclo femenino (de hecho los tiempos infértiles son mucho más largos). Es lógico pensar que Dios no tiene la intención de que el esposo y la esposa tengan hijos todas las veces que se unan, si éstos tienen motivos serios para evitarlos. Lo que Dios sí exige es que se respete la estructura original del acto conyugal, con su doble finalidad de apertura a la vida y unión en el amor conyugal. La clave para evaluar moralmente los métodos naturales se encuentra en la intencionalidad. Es decir, los métodos naturales no son malos en sí mismos (como lo es la anticoncepción). Pero si se llevan a cabo por motivos no serios, sino egoístas, entonces sí son malos. Pero en ese caso lo son por la intención mala y no por los métodos en sí. Mientras que en el caso de la anticoncepción, todos sus métodos son malos en sí mismos, independientemente de la intención, y para que una acción sea buena, ambos, la intención y la acción misma, tienen que ser buenas.

Hoy cuesta mucho entender esto, porque lamentablemente prevalece una mentalidad subjetivista que bloquea psicológicamente la comprensión de la moralidad objetiva de los actos humanos. ¿Qué queremos decir con esto del subjetivismo? Sencillamente que hoy se ha caído en una mentalidad que cree que el bien y el mal dependen de lo que el sujeto sienta u opine, sin importarle lo objetivo, es decir, sin importarle lo que está bien o mal independientemente de lo que uno sienta u opine.

El que determina lo que está bien y lo que está mal no es el sujeto o el individuo, sino Dios mismo, y Él ha inscrito en la naturaleza misma de las personas y de sus actos los valores que el hombre y la mujer deben respetar y promover. Los mandamientos de Dios nos indican la manera de respetar y promover dichos valores, al mismo tiempo que nos indican las acciones que hay que evitar debido a que van en contra de dichos valores. La moral no es arbitraria, sino que está en función del auténtico bien de la persona, y este bien ha sido inscrito en su propio ser por Dios mismo.

FUENTE: Iglesia Católica\Documentos pontificios\Humanae vitae: Plan de Dios para la humanidad.

martes, 3 de julio de 2007

Reflexiones sobre las relaciones matrimoniales

Fuente: www.arvo.net

Parece un hecho frecuente, incluso habitual, que la gente joven manifieste casi con urgencia su amor por el otro, por la otra, llegando a relaciones sexuales íntimas en cuanto se manifiesta la atracción de la una por el otro, de la otra por el uno.
Por Gloria María Tomás y Garrido

Voy a tratar de argumentar esta realidad, a partir de las experiencias globales, que todos tenemos, y que pueden dar lugar a posteriores conversaciones personales, prácticas y profundas, quizás privadas, porque hay asuntos en que la argumentación intelectual no parece suficiente ni completa. De fondo, y sin tapujos, defendería el bien de cada persona, sin componendas, fruto de muchas cosas, entre las que destacaría la amistad, la ciencia, y la experiencia.
El poeta Virgilio dice en La Eneida “¿Son los dioses lo que han puesto este ardor en nuestro espíritu? O por el contrario ¿hace cada uno un dios de su deseo...?
”Cada uno podemos también gritar como Virgilio, o al menos, hemos podido tener ganas de hacerlo; es que la persona humana, con su inteligencia, penetra las posibilidades de la sexualidad, las hambres de afecto... ; los animales no; carecen de imaginación erótica; ni crean, ni recrean, ni autoconstruyen sus placeres, sus deseos y sus amores...
Enamorarse es algo muy grande y resulta difícil ponerle límites. El amor cuenta con ¡tantos ingredientes! tiene de todo un poco; se siente algo, se necesita algo, se tiene que expresar ese algo...; toda la persona, también los gestos corporales, comienzan a actuar y a crecer. Y viene ese runruneo auténtico del «... me siento muy cercano a ti, quiero decir todo eso que quiero sentir; quiero sentir todo eso que quiero decir... ; quiero ya en presente, todo ese proyecto de futuro que estaba buscando y que lo encuentro contigo; mis gestos corporales piden autenticidad, quiero abandonarme en ti, y perder la conciencia, y dejarme llevar, y sentir y amar...»
Todo eso es verdad, y es muy bello, aunque, dichosamente, es sólo la punta del iceberg de todo lo que es el amor humano; el gesto corporal amoroso pide intimidad y la intimidad pide la elocuencia del cuerpo... ; la intimidad corporal es manifestación de amor, mas si reducimos a eso el amor, si centramos los comportamientos humanos en el “adelanto” de mecanismos sexuales, si no está en el marco idóneo, se resquebraja lo genuino de la conyugalidad: la relación de las almas, la concordia de los caracteres, y tantas otras formas de ternura y de compromiso; también ante el dolor y el sufrimiento.
Si la sexualidad se pone como lo único y lo primero en las relaciones amorosas hombre-mujer, la experiencia dicta que nos incapacitamos para lo que justamente buscábamos ¡cuántos matrimonios rotos y desilusionados...!
Pienso que, en parte, se ha reducido la biografía humana a la pura biología; se ha equiparado la calidad biológica a la calidad humana; el amor humano presentido ha quedado opaco; se pierde, por desprotección, la capacidad de ver de modo contemplativo, racional, poético, natural...
Las relaciones sexuales del hombre con la mujer están hechas y llamadas para la exclusividad: ahí la sexualidad manifiesta toda su belleza y su sentido originario; con un amor recíproco, para siempre, que es lo que protege esas relaciones y las fortifica.; la reciprocidad es una intuición muy profunda, es una parte de la vocación interior del ser humano varón hacia el ser humano mujer, el destino a la comunión, “a estar con...”; la sexualidad humana es donación y apertura a la vida... precisamente por ello haya dos cosas integradas en estas relaciones sexuales: el hijo, y las normas.
En la relación esponsal, en el amor que una da al otro, o uno da a la otra, se manifiesta en el hijo. Hijo y Amor. Coinciden el más profundo acto unitivo corporal del amor con el hecho de concebir: intimidad y donación; donación y fruto. Así lo expresa el poeta Miguel Hernández, no precisamente un conservador: “He poblado tu vientre de amor y sementera/ he prolongado el eco de la sangre a que respondo/ y espero sobre el surco como el arado espera:/ he llegado hasta el fondo./
De otra parte, todos comprobamos que lo valioso merece una protección; así lo vivimos tradicionalmente: desde la cajita para guardar una joya, a la funda de un ordenador portátil, pasando por las finísimas membranas que recubren nuestros órganos vitales.
Afirmo que sólo desde la belleza de la sexualidad cabe pensar en una educación en ella; para eso está el matrimonio; como una especie también de marco de protección, de lugar idóneo de amor.Hace ya algún tiempo, en un viaje a Amberes, la tierra de Rubens, aprendí que este genial y prolífico maestro, con toda su fogosidad, en sus numerosas obras, permitía a sus discípulos que pintaran los cuerpos humanos, pero no delegaba en sus discípulos el que pintaran los ojos; eso se lo reservaba a él... ; es que de alguna forma, en el mirar se encuentra algo de lo genuino de la persona, es su inteligencia, y su corazón y...es mirar más adentro.
La vida matrimonial es donación cumplida no prometida; el sentido de la parte se recibe del todo. Acogerse a las reglas naturales, canónicas, civiles, religiosas... no es plantearse que de su observación se deducirá si la sexualidad es mala o buena ¡no!; tenemos reglas porque hay una bondad que pide a la libertad humana saber venerar y respetar esa sexualidad. En resumen, habrá que seguir lo que dijo Cervantes: “ que es de vidrio la mujer/ pero no se ha de probar si se puede o no quebrar/ porque todo podría ser/ y no es cordura ponerse/ a peligro de quebrarse/ lo que después de romperse/ ya no puede soldarse/.
Si el pacto matrimonial queda debilitado u oscurecido por la falta de dominio, por la prisa, por la no coherencia en la identidad relacional, queda, al final, sólo la soledad... ¡que pena!La vida humana, las relaciones con los demás, el amor que podemos dar y recibir es muchísimo más que lo que la apariencia nos muestra, que lo que la fría técnica posibilita, o lo que una opinión pública generalizada y resquebrajada de algunos valores nos ofrece.
El amor entre hombre y mujer tiene su significado en la construcción de la familia, a través del matrimonio. Es la familia una de las sociedades que corresponde más inmediatamente a la naturaleza del hombre; en ella se facilita la consideración de los demás como “otro yo”, se cuida de su vida y de los medios necesarios para vivirla digna y casi siempre felizmente; allí cada miembro brilla con luz propia, es el rostro de alguien amado; con Dante digo y me recuerdo “Un amor che nella mente mi raggiona”.

martes, 26 de junio de 2007

Amor triunfal de dos personas sexuadas

Fuente: http://www.arvo.net/






Hablar de castidad en pleno siglo XXI puede parecer chocante y anacrónico. Tal vez porque, erróneamente, ese término suele aludir a un conjunto de negaciones del todo ajenas al amor, hasta acabar por identificarse con la pura y simple abstención del trato corporal.

Por Tomás Melendo

1. Acrecentar el cariño.
2. Fomentar la atracción.
3. Tú y solo tú.


Hablar de castidad en pleno siglo XXI puede parecer chocante y anacrónico. Tal vez porque, erróneamente, ese término suele aludir a un conjunto de negaciones del todo ajenas al amor, hasta acabar por identificarse con la pura y simple abstención del trato corporal. Para san Josemaría Escrivá, por el contrario, la castidad conyugal era una virtud tremendamente afirmativa, "una triunfante afirmación del amor", como recoge el título de este artículo. Y lo explicaba así: "La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida".

Refiriéndola a los casados, y con palabras que recuerdan las antes citadas, la castidad conyugal sería la virtud que hace posible y facilita que a los quince, veinte, veinticinco o muchos más años de matrimonio, cada esposo se encuentre tan enamorado del otro y éste le resulte tan atractivo, en todos los sentidos del término, como aquel día ya lejano en que los dos quedaron recíprocamente prendados; o mejor, porque es más cierto, mucho más amable y arrebatador que entonces, por cuanto el cariño prolongado le ha conducido a descubrir y ahondar en su riqueza personal y en su hermosura más real y certera.

La castidad, por consiguiente, es algo grande, excelso, positivo, que no se limita o resuelve en un conjunto de prohibiciones y que va mucho más allá de los dominios de la mera genitalidad. Su objeto propio, como el de toda virtud, es el amor: En este caso, el amor de dos personas sexuadas -varón y mujer- y justo en cuanto tales. Y su fin, hacer que se despliegue y fructifique ese cariño en todas y cada una de sus dimensiones, no sólo en las directamente relacionadas con el trato corporal ni genital. De esto continuaré hablando en próximos artículos.

Acrecentar el cariño
Se entiende entonces que el principal y más definitivo acto de esta virtud consista en fomentar positivamente, con las mil y una finuras que el ingenio enamorado descubre, el amor hacia el otro cónyuge.
Por eso, para vivirla en toda su grandeza, es oportuno que cada miembro del matrimonio dedique expresamente todos los días unos minutos a decidir aquel o aquellos detalles de cariño y delicadeza con los que dará una alegría al otro y elevará la calidad y la temperatura del amor mutuo; como también que ponga todos los medios a su alcance para que esas manifestaciones de afecto decidido lleguen a cumplirse, teniendo en cuenta que si no se empeña en darles vida es muy posible que el trabajo y las demás ocupaciones las dejen en simple "buena intención".
De manera similar, un marido enamorado tiene que estar dispuesto a repetir muchas veces al día a su esposa, junto con otras manifestaciones de afecto, que la quiere. ¡Claro que ella ya lo sabe! Pero necesita de forma casi perentoria que semejante confirmación gozosa le entre por los oídos muy a menudo: es una delicadeza aparentemente mínima, pero que la reconforta y le da vigor para seguir en la brega, a veces ingrata, de sacar adelante con bríos renovados el hogar y la familia. Y el varón, por su parte, además de agradecer también en muchos casos la declaración paralela de su esposa, necesita pronunciar esas palabras para reforzar, mediante la afirmación expresa y materializada, los quilates de su amor y de su fidelidad.
Además, y por poner otro ejemplo, marido y mujer han de esforzarse asimismo con frecuencia por sorprender a su pareja con algo que ésta no esperaba y que revela su aprecio e interés por ella. No sólo en los días señalados, en los que esas manifestaciones "ya se suponen", sino justo en aquellos otros en los que no existiría ningún motivo para tener una atención especial... ¡excepto el cariño enamorado de los cónyuges, siempre vivo y siempre creciente! Teniendo en cuenta, por otro lado, que lo importante es ese fijar la mirada en el otro, dedicarle tiempo y atención, y no necesariamente el valor material de lo que se ofrenda.
En la misma línea, para vivir la plenitud del amor que aquí estamos considerando, resulta imprescindible que los cónyuges sepan encontrar ratos para estar, conversar y descansar a solas, en las mejores condiciones posibles, venciendo la pereza inercial que a veces pudiera acosarles. Sin hacer de esto un absoluto, sino a modo de simple sugerencia, una tarde o una noche a la semana dedicada en exclusiva al matrimonio, además de facilitar enormemente la comunicación, constituye uno de los mejores medios para que la vida de familia -y, por tanto, el cariño hacia los hijos- progrese y se consolide, hasta dar frutos sazonados de calidad personal.
Por eso, la solicitud y el mimo a la propia pareja debe anteponerse a las obligaciones laborales y sociales y, si valiera la contraposición un tanto paradójica, incluso al cuidado "directo" de los niños... que quedará potenciado por el amor mutuo de sus padres.
Fomentar la atracción

A la vista de cuanto estamos viendo, resulta fácil comprender que es un acto de virtud -de la virtud de la castidad, en concreto- hacer cuanto esté en nuestras manos para aumentar la atracción, también la estrictamente sexual, a y de nuestro cónyuge.
Particularmente, parece manifestación de buen sentido aprovechar el gozo entrañable que Dios ha unido al abrazo amoroso personal e íntimo para resolver pequeñas discrepancias o desavenencias surgidas durante el día, para poner fin a una situación de tirantez, o para relajarse en momentos en que la vida profesional o familiar de uno u otra generan especiales tensiones. Como consecuencia, entre otras cosas, ambos tendrán que prestar atención a su aspecto físico.
Como también resulta imprescindible, y estamos ahora ante una cuestión más de fondo y de conjunto, que ambos esposos sepan presentarse y contemplarse, a lo largo de toda su vida, por lo menos con el mismo primor y embeleso con que lo hacían en los mejores momentos de su etapa de novios. Obrar de otra manera, dejar que el amor se enfríe o se momifique, equivale a poner al cónyuge en el disparadero, propiciando que busque fuera del hogar el cariño y las atenciones que todo ser humano necesita la cualquier edad!... y que nunca deben darse por supuestos.
Situada en este horizonte vital, la mujer debe estar persuadida de que la fecundidad embellece y de que su marido posee la suficiente calidad humana para apreciar la nueva y gloriosa hermosura derivada de la condición de madre.
Ciertamente, la maternidad reiterada suele "romper las proporciones materiales" que determinados y superficiales cánones de belleza femenina pugnan por imponernos. Pero el menos perspicaz de los maridos, si se encuentra de veras enamorado, advierte el esplendor que esa "desproporción" lleva consigo; reconoce que su mujer es más hermosa -e incluso sexualmente más atractiva- que quienes se pavonean con un remedo de belleza reducido a "centímetros" y "contornos". A poca sensibilidad que posea, un varón descubre embelesado en el cuerpo de su mujer, acaso menos vistoso: I) el paso de su propio amor de marido y padre; II) la huella de los hijos que ese cariño ha engendrado; III) la tarjeta de visita del Amor infinito de todo un Dios creador, que les demos! tró su confianza al dar vida y hacer desarrollarse en el seno de la esposa a cada una de esas criaturas... ¡Cómo no habría de sentirse cautivado por semejantes enriquecimientos!.
Después de bastantes años de casado y de trato con otros matrimonios, en ocasiones experimento la necesidad de pedir a las esposas que se "conformen" con gustar a sus maridos... y gocen plenamente con ello. Que, sobre todo con el correr del tiempo, no pretendan "gustarse a sí mismas" son sus críticas más feroces- ni admitan comparaciones con sus amigas o con otras personas de su mismo sexo... y mucho menos con las más jóvenes. Que crean a pies juntillas a sus esposos cuando éstos le digan que están muy guapas, sin oponer siquiera en su interior la más mínima reserva... Toda mujer entregada -esposa y madre- debe tener la convicción inamovible de que incrementa su hermosura radicalmente humana en la exacta medida en que va haciendo más actual y operativa la donación a su esposo y a sus hijos.
Tú y solo tú
La otra cara de la virtud de la castidad, aparentemente negativa, pero derivada de la misma necesidad de hacer crecer el cariño mutuo, podría concretarse en la obligación gustosa de evitar todo lo que pudiera enfriar ese amor o ponerlo entre paréntesis, aunque fuera por unos minutos. Por tanto, el sentido de esa renuncia es eminentemente positivo: de lo que se trata, también ahora, es de que el amor conyugal madure y alcance su plenitud. No debería olvidarse este extremo si se quiere comprender a fondo el verdadero significado de la virtud de la castidad, su valencia de tremenda afirmación.
Si nos atenemos a quienes se hallan unidos en matrimonio, que son los que aquí estamos contemplando, esa afirmación, tomada en serio, se constituye en criterio claro y delicadísimo de amor al cónyuge. Para el hombre casado no puede existir otra mujer, en cuanto mujer, más que la suya. Obviamente, ese varón (y lo mismo, simétricamente, se podría afirmar de su esposa) se relacionará con personas del sexo complementario: compañeras de trabajo, secretarias, alumnas, coincidencias en viajes... Y la educación y el respeto le llevará comportarse con ellas con delicadeza y deferencia. Pero a ninguna la tratará en cuanto mujer -poniendo en juego su condición de varón, que ya no le pertenece-, sino exquisitamente en cuanto persona.
Y esto, que de entrada podría presentarse como en exceso teórico e incluso artificial y alambicado, tiene una traducción muy clara y operativa: todo lo que yo hago con mi mujer justamente por ser mi mujer debo evitarlo al precio que fuere con cualquier otra: lo que comparto con ella por ser mi esposa no puedo compartirlo con nadie más.
Aunque estemos ante personas aparentemente maduras, en este punto es muy fácil ser ingenuos. Pues, en principio, y después de unos cuantos años de tratar a diario con nuestra pareja en los momentos de alza y en los de bancarrota, cualquier otra mujer o cualquier otro varón se encuentran en mejores condiciones que los propios para presentar ante nosotros "intermitentemente" -en los aislados espacios de trato mutuo- su cara más amable. No nos los encontramos sin arreglar, recién levantados o levantadas, cuando podría incluso decirse que "simplemente no son ellos/as"; ni suelen estar cansados o cansadas, ni tienen que resolver con nosotros los problemas planteados por los hijos o los quebraderos de cabeza de una economía no muy boyante... Arreglado o arreglada, dispuesto casi por instinto y con la más limpia de las intenciones a gustar y caer bien, pueden dar de sí lo mejor que poseen, sin que exista el contrapeso de los momentos duros y de flaqueza que por fuerza se comparten ! en el interior del matrimonio. Además, él o ella suelen ser más jóvenes y más comprensivos (entre otras cosas, porque no nos conocen a fondo), y se encuentran pasajeramente adornados con muchas prendas que, de manera un tanto artificial, engalanan su figura y su personalidad ante nuestra mirada -en esos momentos no del todo perspicaz-... y que el trato continuado y duradero sin duda devolvería a sus auténticas dimensiones.
Para redondear esta idea, y para ir terminando lo que de otro modo resultaría inacabable, añadiré que es bastante difícil que una mujer distinta de la propia deje de comprender los problemas que sufrimos en nuestro hogar y en nuestro matrimonio y de experimentar, al conocerlos, una sincera compasión por nosotros. Como también es improbable -aunque por motivos muy distintos- que un varón deje de entender los de una mujer casada si cede a que se los explique. En los dos casos es menester una categoría hoy por desgracia no muy frecuente para quedar mal y rechazar de manera educada pero decidida ese tipo de confidencias.
Y todo ello resulta, sin embargo, necesario para no enredar con la dicha propia y ajena y poner a nuestros "hijos" en un brete, vendiendo la grandeza profunda de una vida de familia vivida en plenitud por el superficial embeleso de unos momentos de satisfacción egocéntrica. El amor que empapa nuestro hogar nos llevará a eludir esas gratificaciones aparentes, con objeto de robustecer los cimientos de nuestra felicidad en el matrimonio.

sábado, 23 de junio de 2007

Aprender a amar.


Fuente: iglesianavarrajoven.org (Delegación de pastoral de juventud, universitaria y vocacional de la diócesis de Pamplona y Tudela)

Hemos de ser conscientes del contexto en el que nos toca vivir, y del desafío al que os enfrentáis. La humanidad vive un período nuevo de la historia y nos encontramos en una sociedad cuyo talante viene reflejado muy bien en la palabra light. El hombre de hoy es hedonista y consumista, compra cada mañana una cosa nueva y a la tarde la tira porque es vieja. Es relativista y escéptico, prefiere un pensamiento débil que no le comprometa. Nuestra época es la época del feeling, del sentimiento; se vive de impresiones, impactos sensoriales o emocionales, de lo pasajero.

Las relaciones personales afectivas están impregnadas de este modo de concebir la vida. Por ello, este mundo se caracteriza por la manipulación emocional y el manoseo afectivo, en el que se busca entrar en la intimidad del otro para manipularlo y conseguir que el otro sea objeto del propio placer.

Sin embargo, todos somos conscientes de que el ser humano tiene necesidad de vivir el amor, y esto lo experimentamos en una doble vertiente: deseamos recibir amor, es decir cariño, amistad, solidaridad.... pero también deseamos dar amor, la entrega de sí mismo al otro en todo su ser.

La psicología nos enseña que éstos son los rasgos del amor y que forman parte de la vida del hombre de tal modo que son necesarios para su desarrollo y educación. Además, la meta de todo proceso de maduración está en el desarrollo de la capacidad de amar.

Hoy se da por supuesto que todo el mundo sabe amar, y no se dedica tiempo a hablar y cultivar el amor en todas sus dimensiones. Es cierto que en los medios de comunicación se dedica un tiempo a ello, pero en la gran mayoría de las ocasiones haciendo de ello un espectáculo y/o reduccionismo al campo sentimental o biológico.

Hablar de amor es algo que está muy oído, muy usado, es un tema que está repetido en canciones, slogans, televisión...sin embargo, no siempre esto es expresión del amor.

Durante los últimos años hemos asistido a la reducción del amor al sexo, y hoy es una osadía hablar del amor en serio. Todo esto es consecuencia de la Revolución Sexual que comenzó desvinculando la sexualidad de la procreación, posteriormente desvinculó la sexualidad del amor, para acabar finalmente relativizando el cuerpo perdiendo su dignidad y pudiendo ser manipulado. Esto se manifiesta en relaciones sexuales sin compromiso, anticoncepción, post-coitales, aborto, desviaciones sexuales; en definitiva una cultura de soledad y muerte.
Los frutos de esta revolución son el aumento de personas que sufren un proceso de maduración personal deficiente, marcado por profundas carencias afectivas y emotivas; el aumento de matrimonios rotos y el número de amistades o compromisos fracasados. Por ello, hoy más que nunca es necesaria la Revolución del Amor para la cual es necesario aprender a amar, educar el corazón.

Es necesario hablar, dedicar un tiempo al amor, ya que es la única empresa realmente importante nuestra vida: ¡cuánta gente se dedica a grandes empresas y proyectos y al final de su vida se sienten fracasados porque han fracasado en el amor.
Sin embargo, no basta con hablar del amor, hay que aprender a amar. Podemos decir que el amor surge de forma espontánea, y, si esto es cierto, también lo es que para que el amor permanezca requiere un esfuerzo.

Tenemos que aprender a amar como desde pequeños aprendemos a desarrollar el resto de nuestras capacidades: hablar, andar, jugar, pensar.... y también a amar; y, esto lo aprendemos desde niños en la familia donde nos sentimos queridos por nosotros mismos.

Siendo algo tan importante hay que dedicarle tiempo y esfuerzo porque amar es un arte; por eso, quien más sabe de amor no es quien más ha leído sino quien más ha amado. Muchas de nuestras madres son expertas en amar, y si les pidiéramos que nos explicaran como se ama en muchas ocasiones no encontrarían palabras, pero podemos aprender de sus hechos que son los que más hablan y enseñan.

El amor es uno de esos saberes que sólo practicándolo se alcanza y que al practicarlo transforma al propio sujeto.

En esta sociedad se hacen más necesarios que nunca jóvenes capaces de amar con autenticidad, que en su manera de vivir manifiesten una intención limpia al acercarse a los otros y al ofrecer su intimidad. Que garanticen con su vida una acogida libre y sana.

En la adolescencia y juventud es donde se empieza a hacer consciente la vivencia afectiva. Por ello habitualmente es donde empiezan las auténticas amistades. Una verdadera amistad entre chicos-chicas es una escuela de amor.

Educar el corazón, la afectividad, debe ser la médula de toda pedagogía familiar, escolar, de grupos, parroquias... Sin embargo, es un tema que permanece un poco en el olvido. Por eso, muchas personas llegan a la edad adulta sin ese equilibrio afectivo indispensable para vivir la vocación al amor, ya sea en el matrimonio o en la virginidad.
Se suele decir que el hombre es razón, inteligencia, pero la psicología va por otro camino. En la mayoría de las ocasiones, el corazón es el que mueve nuestro entendimiento. Por eso la educación del corazón es tan importante como la de la inteligencia. Sólo al calor de los estados afectivos, las ideas se transforman en actos, se hacen fecundas en la vida... Y si no, pensar por qué estáis aquí, qué es lo que os ha traído a este encuentro. Seguro que ha sido el deseo de amar, la amistad entre vosotros y con Jesús.

En nuestra sociedad, marcada como os decía por el hedonismo y el consumismo, y en la que no se da una auténtica educación del corazón, la afectividad tan imprescindible y decisiva en la vida, muchas veces acaba en dos desviaciones: sentimentalismo y sensualidad.

El sentimientalismo empieza por la sensibleria (necesidad de manifestación externa de afecto, de cariño). Primero te haces sensiblero para acabar siendo un sentimental (las cosas son buenas o malas dependiendo del sentimiento). El sentimentalismo te inutiliza para el auténtico amor.

La inseguridad es otra desviación de la afectividad no controlada. La hipersensibilidad unida a la imaginación exaltada provoca miedo, indecisión. La persona queda bloqueada para la acción. Perpleja, indecisa no acierta a tomar y mantener decisiones. Duda de todo, vive sin paz ni sosiego.

Por ello, para que nazca el amor es necesario encauzar todas nuestras potencias afectivas purificándolas de la sensibleria, del sentimentalismo.

La maduración afectiva estabiliza una vida pero no se consigue en un día. Actos constantes superando la sensibilidad nos conducen a triunfar en el amor. Casi cuarenta años de su vida necesitó Santa Teresa para alcanzar el equilibrio afectivo. Pero es una tarea que merece la pena, porque sólo al calor de los estados afectivos, las ideas se funden en actos, se encarnan fecundas en la vida, dando lugar a una renovación del mundo.

Aprender a amar es la gran tarea de la vida, especialmente en esta edad, porque es el momento en que se configura nuestra personalidad. ¿Pero qué es amar?

Amar es desear el Bien, y procurar el Bien para alguien, es la búsqueda del Bien, la Verdad y la Belleza ( e intentar que las otras personas lo consigan).

Esta búsqueda del Bien, normalmente surge como una necesidad en la adolescencia y lo primero que nos sucede es que nos encontramos con nosotros mismos y nos damos cuenta de que no somos ni todo lo buenos, ni bellos, ni verdaderos como nos gustaría ser. Ante este descubrimiento existe el riesgo de evadirnos: no quiero conocerme para no decepcionarme. Sin embargo, tenemos que conocernos con nuestras virtudes y nuestros defectos, y aceptarnos tal y como somos. Aceptar no significa consentir, por lo que en todo proceso de amor se intenta superar esas limitaciones.

Para que triunfe un proyecto de amor es fundamental amarse a sí mismo; esto quiere decir encontrarse a uno mismo y querer crecer en el Bien, la Verdad y la Belleza.

Para amarnos a nosotros mismos la primera condición es conocer y descubrir que somos únicos e irrepetibles; el día que hacemos ese descubrimiento adquirimos confianza en nosotros mismos.

Sin embargo, no basta con conocernos a nosotros mismos, tenemos que aceptarnos, y esta aceptación ha de ser de toda nuestra persona. Para triunfar en un proyecto de amor hay que aceptar cada una de las parcelas de nuestra vida, también aquellas que generan tensión, sabiendo que las que se puedan cambiar intentaremos cambiarlas, pero siempre habrá aspectos que no podamos transformar y que habremos de aceptar y querer.

La gran pregunta que nos podemos hacer es ¿cómo me puedo aceptar a mí mismo?. Hay una solución que se da con mucha frecuencia en el mundo moderno. “esas ideas olvídalas y en el caso de que surjan dí ¡qué maravilloso soy!. Sin embargo, sólo podemos aceptarnos realmente a nosotros mismos dejándonos amar, con nuestras miserias y nuestras grandezas, dejarnos amar de manera gratuita tal y como somos. De aquí la importancia de una familia en la que los niños crecen siendo queridos por lo que son, los grupos de amigos verdaderos....

Para que haya un auténtico amor hay que entregarse, pero para poder entregarnos primero tenemos que poseernos ya que nadie puede entregar lo que no tiene. Por lo tanto, si no nos poseemos a nosotros mismos, si no somos dueños de nosotros mismos, es muy difícil que podamos hacer un proyecto de amor auténtico.
Es importante que distingamos distintos tipos de amor:
- Amor sensible: supone vivencias en cuyo origen no se produce propiamente una decisión personal y libre, sino que está en función de unas sensaciones producidas por unos estímulos y ajenas a nuestra voluntad. Es algo que nos pasa, que padecemos. Esto sucede en el enamoramiento, donde una fuerza emocional intensa surge entre dos personas, es algo que nos ocurre, nos pasa muchas veces sin premeditación y de lo que en ocasiones no podemos ser dueños.

Hay personas que sienten despertar arrebatos de pasión y con el paso del tiempo ya no sienten lo mismo por esa persona, dejan de experimentar el mismo atractivo, los mismos sentimientos (ya no es como al principio...). Ante esta constatación, con frecuencia se buscan dosis mayores que produzcan la misma sensación y/o cambiamos de persona.

El amor tiene un componente sensible. Pero hay que aprender a ser dueño de los sentimientos para que no nos esclavicen. El amor sensible tiende a alimentarse de ensueños, novelas, fantasías. Puede llevarnos a situaciones en las que nos alejamos de nuestras obligaciones, nos lleva a decepciones, nos encerramos en nosotros mismos incapacitándonos para el amor verdadero. Amar con amor en que predominan los sentidos es tener hambre siempre, no saciarse nunca, pasar la vida sin amar. En el fondo es un amor egoísta y por tanto no es amor.

Nadie puede prometer que sus sentimientos van ser los mismos durante toda la vida porque los sentimientos comienzan e incluso pueden llegar a desaparecer. Los sentimientos no dependen de nosotros.
Por eso el amor es mucho más que un sentimiento.
- Amor verdadero: Amar es desear el Bien y procurar el Bien para alguien, es la búsqueda del Bien, la Verdad y la Belleza.
Amarse no es mirarse el uno al otro como si toda empezara y acabara en nosotros. No es un conjunto de miradas que se reflejan mutuamente. El amor es algo dinámico, creador, por eso aporta algo nuevo al mundo. La mirada amorosa y la vida que se hacen donación de amor, suponen salir de sí mismo. El amor no son dos personas que se miran mutuamente, sino que amante y amado miran juntos en una misma dirección; el amor es una forma de relacionarnos en la que salimos de nosotros mismos para ir al encuentro del otro tras un bien; por eso el amor auténtico es siempre fecundo, busca el bien, la verdad y la belleza.

Pero, ¿cuáles son las características de este amor?
1- En primer lugar he de decir que el amor no es sólo un sentimiento, es también un acto de voluntad, por eso necesita un aprendizaje.

El sentimiento es algo que surge en nosotros y de lo que en cierto modo no somos dueños, sin embargo en el amor la voluntad es la dueña del querer. El amor verdadero es fruto de una decisión libre de un sujeto que elige querer.

Comenta Erich Fromm en El arte de amar “Amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso. Es una decisión, es un juicio, es una promesa. Si el amor no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa de amarse eternamente. Un sentimiento comienza y puede desaparecer. ¿Cómo puedo yo juzgar que durará eternamente, si mi acto no implica juicio y decisión?”.

Por otra parte, el amor verdadero conlleva en muchas ocasiones sufrimientos. Sólo cuando se superan las dificultades, tanto externas como internas que generan sentimientos no siempre agradables, el amor es auténtico. Una prueba que podemos dar a una persona de nuestro amor y afecto es sufrir por ella.

2- En segundo lugar el amor auténtico supone un conocimiento verdadero y una aceptación de sí mismo.
No puede amarse lo que no se conoce y tampoco puede conocerse, de verdad, lo que no se ama.
Un conocimiento auténtico requiere el cultivo de otros hábitos: capacidad de reflexión, auto-análisis, silencio... Sin embargo, hoy en día vivimos en una sociedad llamada de la información, en la que todos éstos hábitos son difíciles de conseguir. Solicitados continuamente por los ruidos, ocupaciones y conocimientos externos no tenemos tiempo para conocernos y muchas veces somos un misterio para nosotros mismos.

3. – La tercera característica es el conocimiento y aceptación del otro: tal y como es, no tal y como nos gustaría que fuera, y esto supone una renuncia a nuestras pretensiones. Muchas veces tenemos la tentación de querer conseguir que el otro sea como yo deseo y esto sería una manipulación, una reducción de su condición personal a objeto deseable por mí. Hay algo personal, irrepetible, sagrado en el otro que me impide convertirlo en algo acomodable a mis sueños. Es alguien y no una cosa manipulable.

4.– En cuarto lugar el amor auténtico es exigente: “el que ama intensamente no admite nada que pueda disminuir su amor” (Santo Tomás).
Hay factores externos, personas, cosas (el juego, las adicciones, la famosa secretaria...) que pueden disminuir el amor; pero no sólo debemos fijarnos en éstos sino que también los factores internos como son los defectos personales, pueden disminuir el amor de la otra persona. Por eso, el verdadero amante exige del amado que corrija sus defectos personales.

¿Cómo puede ser compatible el respeto y la aceptación del otro con la exigencia?. Si amar es querer el bien para el otro, quererle es desear y hacer todo lo que esté en nuestra mano para que desaparezcan todas las limitaciones que pueda tener.

Amor y exigencia no están reñidos. Una cosa es aceptar las debilidades, limitaciones... y otra cosa es pactar con ellos.

Por otra parte, el amado ha de tener una actitud generosa y ha de aceptar las correcciones que el otro le haga; es más, antes incluso, comienza a corregir aquellos defectos que puedan entorpecer el amor.
Si bien el amor surge de forma espontánea, requiere para su crecimiento de un trabajo común, consciente y constante.

5. – Por último, el amor humano puede ser eterno pero no absoluto.
Una de las características del amor auténtico es que puede durar siempre, precisamente porque la persona como tal no tiene límites.
¿De qué depende la permanencia del amor?. De la categoría de los amantes, de la capacidad de sorprenderse y renovarse, de saber exigir y aceptar las limitaciones del otro. De intentar profundizar en el conocimiento y aceptar que nunca tocamos fondo. El amor puede ser eterno en la medida en que se abre a los demás y a valores que trascienden la propia pareja. De otro modo corremos el peligro de encerrarnos en nosotros mismos, cayendo en el egoísmo.

Pero el amor entre dos personas no puede ser absoluto, como nosotros no somos absolutos. Decíamos que amar es querer el bien. Cuando amamos buscamos el bien, el amor al otro es una forma de abrirse al bien. Pero el otro no es el Bien, el otro es bueno.

Sólo en la medida en que ese amor me lleva al Bien absoluto que es Dios, ese amor será auténtico. Juan Pablo II dijo en el Encuentro Mundial de la Juventud celebrado en Santiago de Compostela: “A través de aquél amor que nace en vosotros –y quiere ser esculpido en el proyecto de toda la vida- debéis ver a Dios que es amor. Por lo tanto os pido que no interrumpáis el diálogo con Xto.”

El corazón, nuestra capacidad de amar, es el tesoro más hermoso que Dios nos ha regalado, la fuerza que ha puesto a nuestra disposición y a la del mundo. Sin embargo, muchas veces es difícil lograr el equilibrio afectivo que nos hará amar a los demás con un amor auténtico. Para alcanzar este equilibrio es necesario:
A.-Poseerse: nadie puede dar lo que no tiene (conocerse, aceptarse y quererse)
B.-Amar con amor noble: en las relaciones personales se pueden dar diferentes situaciones.
Hay un atractivo de instinto que no produce verdadera alegría y que no es amor.
Hay un amor sensible que es más elevado, pero que tenemos que saber ser dueños de él para que no nos esclavice.

Tenemos que amar con amor noble, un amor que no se busca, se da. No se preocupa de recibir sino de irradiar. Va al encuentro de los demás para consolarlos, acompañarlos, iluminar su vida. Su dicha es la felicidad del que ama. No es celoso, tiránico, monopolizador. Es generoso para entregarse, tierno para compadecerse. Ama sin exigir retorno aunque lo desea y espera. El amor noble es, sobre todo, fiel hasta la muerte. Amar con un corazón noble, es una grandeza para el que lo tiene, un tesoro para los demás.

C.- Domina tu corazón: Hay que tener cuidado para que dentro de nuestro corazón no entre nada turbio, malsano, novelesco, apasionado. Para ello hay que cuidar la vista, dominar la curiosidad, vencer la vanidad. Si esto sucediera no hay que dudar en extirpar la fibra por doloroso que sea.

Hemos de conservar un corazón de niño, puro y transparente como el agua de un manantial, aunque en muchas ocasiones sufra decepciones. El corazón debe conservar siempre su frescor aunque el cuerpo envejezca con el paso de los años. No hemos de olvidar que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello. Somos templo de Dios, Dios habita en mí y en el otro. Si somos limpios de corazón seremos capaces de ver a Dios habitando en cada ser humano, y nuestro amor será reflejo del amor de Dios.

D.- Amar a la Virgen: que María sea realmente nuestra Madre, levantemos un altar en lo más íntimo del alma y acudamos con frecuencia a ella; María nos consuela de todo. Ella es la que nos ayuda a superar todas las crisis.

Las crisis de confianza. A veces nos sentimos solos, como flotando en el vacío. Experimentamos crisis. Cierto desequilibrio se apodera de nosotros. Hay una tendencia a encerrarse en uno mismo, insistiendo en el auto-análisis.

Crisis de sentidos. El alma se encuentra desconcertada. Experimentamos emociones más intensas que parecen nuevas, desconocidas. Son fruto del pecado original. Nos turba hasta lo más profundo la tentación egoísta que nos aleja del bien, la verdad y la belleza. En estos momentos de intensa lucha María asegura la victoria.

Crisis del corazón. El corazón adolescente despierta hacia el amor humano. Despertar providencial que le prepara a la futura paternidad y maternidad, sea en el matrimonio o en la virginidad. El secreto deseo de amar y ser amado nos conmueve sin poder evitarlo. El amor a la Virgen calma los ardores de un corazón caprichoso y nos ayuda a saber esperar y madurar para ser capaces de amar con un corazón noble.
Entonces tienes que tener cerca a una Madre a quien contar tus más íntimas confidencias, aun aquellas que no contarías a tu madre de la tierra.

E.- Amistad con Jesús: Hemos de tratarle como a un amigo íntimo. Esta amistad empieza por conocerle, reconociendo y adorando en El al Hijo de Dios. Pero todavía queda un paso: este Hijo de Dios es mi amigo, es mi hermano.
Hemos de contarle todo. Que Jesús no ignore nunca nuestras penas, nuestras alegrías; son tan nuestras como suyas.

Jesús está allí cuando creemos estar solos. Dentro de nuestro corazón, en la Eucaristía. El nos contesta cuando nadie nos responde. El nos ama, cuando todos nos abandonan. Sólo en el Corazón de Jesús alcanzamos la madurez afectiva de una vida plenamente humana y cristiana.