lunes, 25 de diciembre de 2017

La Natividad de Nuestro Señor Jesucristo 2017

25 de diciembre de 2017 
LA NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
            Hoy la Palabra se ha hecho carne. Aquel que tiene poder de perdonar nuestros pecados y de levantarnos del sepulcro acaba de nacer en Belén de Judá. Aquel que te mira a los ojos para amarte y que te calienta de ternura hasta lo profundo del alma, ese hoy ha nacido en Belén de Judá. Aquel que es luz en medio de nuestras tinieblas y que enjuga las amargas lágrimas de nuestro dolor hoy ha nacido en Belén de Judá. Aquel que se nos entrega como pan de Vida y como bebida de Salvación en la Eucaristía, hoy ha nacido en Belén de Judá.
            «Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho» (EVANGELIO Jn 1,1-18). Que cierto es esto. ¿Qué hubiera sido de mí y de nosotros si Dios no nos hubiera tenido en cuenta? Si Él no nos hubiera llamado por nuestro nombre, no hubiésemos sido llamados a la vida, no hubiéramos existido. Si Él no nos hubiera rescatado del dominio del pecado, seríamos siervos de la muerte y todos los frutos que hubiéramos dado serían frutos podridos, putrefactos, de muerte. Nunca hubiéramos descubierto el amor ni tampoco la experiencia de sentirnos auténticamente amados. El demonio constantemente nos habría enviado malos pensamientos, pensamientos muchos de ellos inconfesables, siguiendo las apetencias desordenadas y siendo blanco de la cólera y de la perdición más absoluta. El castigo terrible se habría desencadenado por todas las cosas horribles, infames causados por nuestros innumerables pecados. Nadie hubiera podido pagar nuestras deudas, nuestros pecados serían losas insoportables de poder sobrellevar. Todo lo bueno y noble sería derruido, siendo pasto de la más absoluta desolación. No merecía la pena ni formar una familia, ni ser honrado, ni luchar por la justicia ni por la paz, los ideales nobles serían desechados por ineficaces e inservibles en una sociedad donde lo único que podría prevalecer es la lucha por la supervivencia del más fuerte y poderoso. En este contexto, ¿sería posible crear algo? A todas luces, imposible. Es como si únicamente se tirase de un lado de una soga y nadie tirase del otro lado para tensarla generando resistencia; ya que no habría guerra, ni lucha interna, porque el único ejército que existiría sería el de las tinieblas.
            Sin embargo el Hijo de Dios se encarnó y la hegemonía del mal llegó a su fin. Es impresionante cómo Dios nos protege. El profeta Isaías nos anuncia que este Niño, que hoy ha nacido, nos lanza el pregón de la victoria. (PRIMERA LECTURA, Is 52, 7-10) Este Niño que nos ha nacido se compadece de nosotros y nos restaura. De tal modo que el poder de Dios es capaz de hacer frente y de derrotar totalmente a la muerte y al pecado.
El salmo responsorial nos lo recalca diciéndonos que la verdad de Dios y la justicia de Dios es nuestra victoria (SALMO 97, 1-6). Nos dice que nuestros pecados, por mucho daño que nos hayamos podido generar y hacer a los demás, es posible sanarlo. Que se puede revertir todo el sufrimiento ocasionado y reconstruir lo que estaba derruido. Es impresionante cómo Dios nos protege. Consecuencia de tener esta experiencia de sanación y de reconstrucción de la propia vida surge el cántico al Señor y el aclamar al Señor como rey de nuestra existencia.

¿Sabemos o somos conscientes de cómo el mal ha ejercido su hegemonía o lo sigue ejerciendo en nosotros? Ese mal puede tener muchos nombres: la bebida, el mal uso del dinero, la mentira, el desordenado apetito de nuestros deseos, el dominio de los bajos instintos en nuestra vida personal… Recordemos que quien sostiene todas las cosas mediante su palabra es el Hijo, Jesucristo. La mentira no puede sostener nada, todo se derrumba. Ya lo dice la sabiduría popular ‘se coge antes al mentiroso que al cojo’ y ‘en la boca del mentiroso, lo cierto se hace más que dudoso’. En esta particular guerra contra el mal y contra el pecado personal tenemos a un importante aliado, Jesucristo. Nos dice la Palabra (SEGUNDA LECTURA Hb 1,1-6) que Jesucristo ha venido a ser nuestro valedor, un valedor poderoso, el mejor de los protectores y el mejor de los aliados contra el mal que nos purifica de nuestro pecado. De tal modo que el Señor quiere que nos fiemos de Él porque Él desea que nos adentremos en una nueva gestación; una gestación a una vida nueva que rompa con todos los apetitos que nos corrompen y todos los deseos de la carne. Para que vayamos descubriendo la insondable riqueza de estar bautizados y de poder adentrarnos de esa vida inmortal de la que Dios nos invita a participar. 

sábado, 23 de diciembre de 2017

Homilía del Cuarto Domingo de Adviento, ciclo b

HOMILÍA DEL CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO ciclo b
Palencia, ESPAÑA ,24 de diciembre 2017
            Hoy en la primera lectura despunta un personaje bastante importante en la vida del rey David: el profeta Natán (PRIMERA LECTURA,  2 Sam 7, 1-5. 8b-12.14a.16). El profeta Natán aconsejó al rey David durante gran parte de su vida. Este profeta actuó con gran libertad de espíritu ya que lo único que le movía era su profundo amor a Yahvé. Yahvé puso en sus labios tanto las promesas para animar al rey David como las denuncias que le hacía cuando sus acciones no eran justas y que no estaban en el plan de Dios. No se dejó manipular por los afectos, sino que fue claro porque su único amor verdadero era Dios.
            El rey David le tenía gran estima porque se daba cuenta de que el profeta Natán gozaba del don del discernimiento. Natán era libre de todo lo que le retenía para seguir los deseos de Dios. Si el profeta, antes de abrir la boca -para hablar ante el rey David- hubiera pensado en las consecuencias de decirle las cosas para que el rey viviera en la Verdad, no hubiera sido libre. No hubiera sido libre porque hubiera valorado más que su cabeza siguiera estando donde debía de estar que el hecho de que el propio rey se salvase y salvaguardara su amistad con Yahvé.
            ¿Acaso se creen que el profeta Natán no las tuvo muy gordas con el rey David con lo de Betsabé (cfr. 2 Sam 11 y 2 Sam 12 –lo de la parábola de la cordera del pobre) y con lo del censo del pueblo (cfr. 2 Sam 24)? Sin embargo lo que se estila entre nosotros es ‘el ser políticamente correcto’, porque prevalece más la imagen que yo quiero dar a los demás más que el amor que yo debo de manifestar a mi hermano.
            El profeta Natán pedía constantemente ayuda a Dios para escoger el camino correcto. Nosotros hemos de partir de la base de la Palabra y de las enseñanzas de la Iglesia, éstos son nuestros puntos de partida.
Del mismo modo, el propio profeta Natán también nos enseña a sopesar los movimientos internos del alma, para poder examinar cuáles se originan en Dios y cuáles no. Cuando uno decide perdonar a un hermano y decide romper con ese odio anidado dentro de su corazón, uno siente una paz interior. El mal espíritu te genera desasosiego que te impide progresar en la vida del espíritu haciéndote creer que es preferible no ceder para no mostrar debilidad ante el otro y nos seguirá dando razones para seguir obrando en el mal. El profeta Natán está diciendo con toda la claridad al rey David que Dios no va a permitir que le construya una casa para que allí resida. Cuando uno hace un favor a alguien es porque –de algún modo- se tendrá que amortizar/compensar. El rey David quería hacer construir una casa para Dios, pero ¿qué podría pretender conseguir de Dios al hacerle este regalo/favor? ¿Acaso que Dios se olvidara de lo que hizo a Urías, el hitita cuando se encaprichó con su esposa Betsabé? ¿Acaso ponerse a bien con Yahvé por todo lo que armó con el censo que el mismo rey mandó hacer al creerse que todo lo que tenía en su territorio era de su propiedad en vez de ser de Yahvé? El profeta Natán le está diciendo al rey David que si desea tener esa paz en su alma se ha dejar de trapicheos y de chantajes con Yahvé. Que a Yahvé no se le puede comprar con favores ni a golpe de talonario. Natán muestra al rey David cómo se ha comportado Dios con él. Dice el Señor: «Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel». Y le sigue diciendo que Dios siempre le ha acompañado, que ha suprimido a sus enemigos y que le ha dado la fama de la que ahora disfruta, que le otorga la paz a su pueblo y que su trono perdurará. Por lo que el profeta Natán le está diciendo al rey David que lo único que le puede dar la paz en su alma es vivir en la presencia de Dios, sin reservarse nada para sí, ya que todo lo que tiene y es lo ha recibido de Yahvé. Y que siempre que desee hacer lo que él quiera al margen de la voluntad divina será un claro suicidio ya que se adentrará en un profundo desasosiego que le hará sufrir sobremanera.
            El profeta Natán le ayuda a discernir al rey David para que sepa priorizar sobre lo que es lo importante en su vida. Natán le pone ante la tesitura de su muerte: «Y, cuando tus días se hayan cumplido, y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza». Natán es claro: El rey David se tendrá que morir. Es tanto como decir al rey David sobre lo que le gustaría argumentar ante Dios cuando esté declarando ante su propio juicio y así no dejarse influir por aquellos deseos desordenados. De tal manera que pensando en el lecho de su muerte sea capaz de juzgar rectamente las decisiones que tenga que ir adoptando.

            De ahí que el Salmo Responsorial vuelva a incidir en los mismos puntos que en la primera de las lecturas: la alianza sellada con David, el propósito de Yahvé de fundarle un linaje perpetuo, mantenerle perpetuamente su favor… (SALMO RESPONSORIAL, Sal 88,2-3.4-5.27 y 29). Aquel que es capaz de cantar y de dar gracias por el abundante amor que recibe de Dios demuestra que goza del discernimiento necesario para andar por la vida con dignidad. Un discernimiento que se va forjando cuando uno se va consolidando en el Evangelio (SEGUNDA LECTURA, Rom 16, 25-27), o sea que uno va adquiriendo en la escuela de Jesucristo, que es la Iglesia.  En este discernimiento que se encuentra erizado de dificultades nos encontramos a la Virgen María que nos indica que fiándonos de la Palabra de Dios podremos alcanzar aquello que sería impensable con nuestras propias fuerzas (EVANGELIO, Lc 1, 26-38): Que el mismo Dios nos tome como templos santos y que ponga su morada en nuestro ser.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Homilía del Domingo Segundo de Adviento, ciclo b

HOMILÍA DEL DOMINGO SEGUNDO DE ADVIENTO, ciclo b
            Hermanos, vivimos en un periodo duro para la fe. Ya en el sacramento de la Confirmación somos ungidos como soldados de Cristo para afrontar la guerra contra Satanás. Y Satanás nos irá poniendo contantemente a prueba para comprobar hasta qué punto somos fieles a Dios. Y tan pronto como caigamos en el pecado, ya se encargará el Maligno de mofarse de nosotros y de recordarnos constantemente nuestra infidelidad. Satanás es el acusador ante nuestros hermanos, tal y como nos le llama el libro del Apocalipsis «el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios» (cfr. Ap 12, 10).  
            Y cuando uno constata la propia debilidad se llega a preguntar si realmente merece la pena vivir en cristiano. ¿Apostar por un matrimonio que desea hacer la voluntad de Dios y estar abierto a la vida o hacernos los remolones y los tontos siguiendo los criterios mundanos? ¿Luchar por un noviazgo cristiano con todo lo que esto supone –que precisamente no es poco- o dejarnos arrastrar por nuestras apetencias e ídolos? ¿Estar con el corazón alzado y ardiendo para discernir la vocación que Dios nos regala o no plantearnos nada y afrontar las cosas según se vayan presentando y nos vayan agradando? La cruz que tenemos que cargar -si optamos por ser consecuentes con nuestro bautismo- es pesada. ¡Y dichosa cruz porque nosotros morimos para que el mundo reciba la vida! ¡Dichosa cruz porque como grano de trigo que cae en tierra y muere, Cristo nos dará la vida abundante! Y en medio de esta particular guerra, donde estamos siendo torpedeados y nos atacan por todos los frentes, el mismo Dios nos ofrece una Palabra de aliento: «Consolad, consolad a mi pueblo» [PRIMERA LECTURA Isaías 40, 1-5. 9-11] «Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres».
Y precisamente cuando se lucha por cumplir la voluntad de Dios es cuando uno se da cuenta de cómo Cristo te ha ido protegiendo y se hace realidad en tu vida la Palabra: «Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, que lo diga Israel, si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos atacaron los hombres, nos habrían devorados vivos en el volcán de su ira; nos habrían tragado las aguas, el aluvión que nos arrastraba; nos habrían arrastrado las aguas turbulentas» (Sal 123, 1-5).  
            ¿Acaso somos masocas y nos gusta sufrir mientras el mundo parece que lo está gozando? Los cristianos no buscamos el sufrimiento, pero si éste nos acerca a Dios, ¡bienvenido sea! Nosotros apostamos por lo eterno, lo que perdura, aquello que el tiempo no podrá jamás borrar de la memoria. Las letras de las lápidas de los cementerios se borrarán pero los nombres escritos en el corazón de Cristo siguen intensamente escritos con letras de fuego y oro. San Pedro también nos da una palabra de aliento: «Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos.
Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia
» [SEGUNDA LECTURA segunda carta del apóstol san Pedro 3, 8-14]. Nosotros esperamos ese cielo nuevo y esa tierra nueva en donde esperamos entrar.

            Realmente merece la pena vivir en cristiano porque, tal y como dice la Palabra «el mundo pasa con sus pasiones» (1 Jn 2, 17). Y vivir en cristiano es un estar constantemente acogiendo a Cristo que viene a tu vida –en Palabra que escuchas, en un gesto de cariño y de perdón que se hace presente, en los sacramentos que nos alimentan y reconfortan, en los infinitos gestos de amor y en el amor que ponemos en lo que hacemos…- es preparar el camino al Señor [EVANGELIO san Marcos 1, 1-8]. Y cuando nosotros ponemos en juego/activamos nuestra fe en lo que hacemos, tenemos y somos, nos convertimos en ese Juan el Bautista que señala a los hombres con el dedo a Cristo. 

domingo, 22 de octubre de 2017

¿Está bien para un católico celebrar Halloween?

¿Qué es la fiesta Holywins?

Charla sobre Halloween

Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, ciclo a

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a
            Realmente un pequeñito destello de la sabiduría divina ensombrece a toda la sabiduría humana.  Recuerdo cuando era niño que en el colegio, cuando había que hacer los equipos para jugar al baloncesto, los dos que mejor jugaban iban eligiendo, uno a uno, de entre todos los que allí estábamos presentes. Y nosotros no nos quedábamos en silencio, sino que constantemente les decíamos ‘a mí’, ‘a mí’ para ser seleccionados para ese equipo. Cuanto antes te elegían, más orgulloso te encontrabas porque siempre se peleaban por los mejores y dejaban para lo último a los peores jugadores. Luego uno descubre –por desgracia- que esa competitividad se arrastra en el instituto, en la universidad, en todos los ámbitos de la vida.
            Pero hoy Dios no sé cómo lo ha hecho pero me ha sorprendido. Mira que había gente muy buena, excelente, cumplidora, judíos fieles y amantes de Yahvé…porque en medio del pueblo hebreo había mucha gente y muchos de ellos con Matrículas de Honor en la vida religiosa…, que va Dios –y para seleccionar a su equipo- elige únicamente a uno, y encima no era ni judío, un extranjero que no creía ni en Yahvé. Desconcertante. Y por lo visto no se equivocó Yahvé al elegirle, porque el profeta Isaías se ha deshecho en elogios con este extranjero por nombre Ciro, rey de Persia.
            Resulta que el pueblo judío ha visto en Ciro a un liberador porque con su nueva política trae la libertad a Israel. Es poder de liberación para los desterrados en Babilonia. Ciro no conocía a Yahvé, pero Yahvé sí que conocía a Ciro, al rey de Persia. En la historia humana podemos ver la mano de Dios en la bondad o en los principios éticos y sociales de pueblos y de gobernantes que anteponen el bien a todos los otros valores. Por eso rezamos por aquellos que nos gobiernan, para que Dios pueda hablar por medio de sus decisiones y actuaciones…aunque muchas veces nos decepcionen por sus pecados de egoísmo.
            Si teníamos a Ciro –del cual el profeta Isaías se deshace en elogios y en piropos en la primera de las lecturas (PRIMERA LECTURA: Isaías 45,1.4-6), en la segunda de las lectura es una acción de gracias que San Pablo hace a la comunidad de Tesalónica. Y hace esta acción de gracias porque esa comunidad aceptó el Evangelio que se le predicó. Y eso que era un Evangelio y un mensaje que les acarrearía dificultades y desventajas frente a la sociedad e incluso frente a la sinagoga (SEGUNDA LECTURA: 1ª Tesalonicenses 1,1-5a), pero ellos demostraron que las fuerzas que tuvieron para afrontar los serios problemas veía de lo alto, de Dios.
            Y si decíamos que Isaías había hablado maravillas de Ciro, el rey de Persia, ahora vemos cómo otro gobernante –cuyo nombre no aparece directamente- es cruel e insensible. Vienen a Jesús con una pregunta capciosa y con una gran ‘mala leche’ al pedirle su opinión de si es lícito o no pagar el impuesto al César (EVANGELIO: Mateo 22, 15-21). Con esta pregunta ponían a Jesús en todo el centro de la diana. Y es curioso que se lo preguntaran a él cuando estos judíos –los fariseos y los partidarios de Herodes- estaban muy molesto con Poncio Pilato. Poncio Pilato hacía que el reinado de Roma fuera cruel, pesado y sumamente molesto para los judíos. El prefecto romano Poncio Pilato era un gobernante de una crueldad sin miramientos, vengativo y arbitario. Los judíos lo odiaban porque había introducido en Jerusalén bustos e insignias del César, además de haber usado el dinero sagrado del templo para construir un acueducto que llevara el agua a Jerusalén. Y hacen esta trampa  a Jesús de si se tiene que pagar el impuesto al Cesar sí o no.  La trampa la resuelve Jesús, no solamente con inteligencia, sino con sabiduría, donde salta por los aires la legalidad con la que pretenden acusarlo en su caso. La respuesta de Jesús no es evasiva, sino profética; porque a trampas legales no valen más que respuestas proféticas. El tributo de hacienda es socialmente necesario; el corazón, no obstante, lleva la imagen de Dios donde el hombre recobra toda su dignidad, aunque pierda el “dinero” o la imagen del césar de turno que no valen nada.

            He empezado diciendo que Dios –como si se tratara de un seleccionador para hacer un equipo de baloncesto o de futbol- elige a quien quiere para las grandes misiones, nos hace pensar que tal vez, aún no nos elija para sus cometido porque Dios sigue sin ser la columna fundamental de nuestra vida, porque aún el ahorro, la comodidad, el dinero y el bienestar usurpen el puesto que le corresponde a Él en nuestras vidas. 

domingo, 8 de octubre de 2017

Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, ciclo a

Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario,ciclo a

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo a
            Esta parábola de los viñadores homicidas nos interpela seriamente a cada uno. Es la historia de nuestra propia vida. El pueblo de Israel, era un pueblo de origen pastoril, errante, esclavo. Podía perfectamente existir y pasar desapercibidos e ignorados por todos. No eran nada, no valían nada, a nadie le importaba su posible exterminio. Sus decisiones a nadie importaba y sus aportaciones eran ignoradas por la multitud de pueblos. ¿Dónde residía su valor? ¿Por qué ese pueblo debía de ser respetado y tenido en cuenta? Simplemente no eran nada.
            Pero Dios todopoderoso pone sus ojos en ellos y aquellos que antes ‘nadie daba ni un duro por ellos’, ahora son plenamente valiosos. Israel es valioso porque cuando está con Dios es cuando es fuerte. Israel, fuerte con Dios. Y Dios les mima, les cuida sobremanera dándoles una tierra. Ellos dejan de ser nómadas para establecerse en un lugar fijo. Esta tierra, que es un don, plantan viñas y huertas.
            Empiezan a tener posesiones, dinero, comodidades, lujos, seguridades… y buscan la felicidad en todo menos en Dios. Buscan otros dioses, empiezan a tener actitudes idólatras con su claro reflejo en las injusticias sociales, las peleas frecuentes, poniendo sus ojos en todo menos en Dios. De tal manera que la bendición divina ya no recae sobre ellos y ellos van adquiriendo una mentalidad alejada de los mandamientos y designios divinos.
Se creen algo, cuando únicamente son polvo y ceniza. Dice el profeta Isaías: «Esperó que diera uvas, pero solo crió agraces» (PRIMERA LECTURA, Is 5, 1-7). En el momento que nos apartamos de Dios el derecho y la justicia brillan por su ausencia. Llega un momento en que uno no posee el dinero, sino que el dinero le posee a uno; que uno no tiene afectos, sino que los afectos han colonizado su corazón; que uno no tiene sus deseos sino que los deseos atormentan a la mente. Los demonios empiezan a ‘campar a sus anchas’ por nuestra existencia encadenándonos con multitud de esclavitudes. Por eso es tan importante escuchar, atender y hacer caso a la Palabra: «Nada debe de angustiaros; al contrario, en cualquier situación, presentad a Dios vuestros deseos, acompañando vuestras oraciones y súplicas con un corazón agradecido» (SEGUNDA LECTURA, Fil 4, 6-9). Lo que nos interesa es que la paz de Dios esté anidada en nuestro corazón. Que nada ni nadie aprese nuestro corazón, sólo Dios.
            De tal manera que cuando uno está en ese trato de cercanía con Dios podemos hacer caso a las palabras del apóstol: «Apreciad todo lo que sea verdadero, noble, recto, limpio y amable». Cuando uno está apresado por los ídolos a los que uno mismo da culto, pierde la libertad interior y exterior, y al mismo tiempo pervierte el razonamiento y el sentido de las cosas. Es cierto que todo aparece como más fácil y más cómodo, pero es un claro engaño ya que nos conduce irremediablemente a la perdición y a la muerte eterna. Para poder luchar en la fidelidad al Señor y poder plantar cara al Diablo es preciso atender a las palabras del apóstol en la segunda de las lecturas de hoy: «Poned en práctica lo que habéis aprendido y recibido: lo que en mí habéis visto y oído, ponedlo por práctica. Y el Dios de la paz estará con vosotros». Sin embargo este cometido es difícil, implica una guerra sin cuartel contra Satanás. Satanás no descansa y constantemente nos está atacando sin piedad. Es cruel en niveles insospechados. Desea llevarnos con él, allá al infierno. De ahí el grito de socorro que lanzamos a Dios para que nos sostenga en la lucha contra nuestro propio pecado: «¡Oh Señor, Dios del universo, renuévanos, que ilumina tu rostro y estaremos salvados!» (SALMO RESPONSORIAL, Sal 79, 9.12-16.19-20).   
            Israel fue elegido por Dios y en Dios reside su dignidad y fortaleza. Cada uno de nosotros somos fuertes cuando estamos con Dios, ya que –tal y como nos exhorta Nehemías- «No estéis tristes: la alegría de Yahvé es vuestra fortaleza» (Nehemías 8, 10b). Nosotros no somos dueños de la viña, el dueño es Dios. Nosotros únicamente somos los administradores. El Señor nos ha arrendado su viña (EVANGELIO, Mt 21, 33-43) para que le demos sus frutos a sus horas. Satanás nos engaña diciéndonos que no nos preocupemos ya que el dueño de la viña está lejos, que se ha ido de viaje al extranjero y ¡vete a saber si va a regresar de nuevo!
            Llama poderosamente la atención el incremento de rebeldía de estos viñadores homicidas. Cuando uno permite que Satanás te pervierta la mente y el corazón, se cometen pecados que antes jamás se nos hubiera pasado ni por la mente. De ahí que se incremente notablemente el grado de rebeldía de estos viñadores. Ellos al ver que se trataba el hijo del amo se dijeron «éste es el heredero, matémoslo y apoderémonos de su herencia». Daban por sentado que el dueño de la viña estaba muerto y que la herencia ya recaía sobre su hijo. La depravación de estos viñadores está pintada muy intensamente.
            En el fondo esta parábola nos evoca el estado real de las cosas para que luchemos contra nuestras propias rebeldías y dejemos a Cristo que sea el único que tome el timón de nuestra existencia.


Palencia (España), 8 de octubre de 2017

domingo, 1 de octubre de 2017

Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo a

Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, ciclo a

Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo a

HOMILÍA DEL DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a
Palencia, 01 de octubre 2017

         Un pequeño gesto puede cambiar el mundo. Hay un anuncio en la televisión que nos asegura que el ahorro del agua caliente, aunque sea sólo cerrar el grifo cuando uno se está enjabonando, supone una gran ayuda para luchar contra el cambio climático. Hace poco Manos Unidas sacó adelante una campaña de concienciación sobre la comida que se desperdiciaba con el lema ‘el mundo no necesita más comida, necesita más gente comprometida’. Hay una cita que creo que es de un pastor luterano alemán que dice así: «Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a por los sindicalistas, no protesté, porque no era sindicalista. Cuando vinieron a por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío. Cuando finalmente vinieron a por mí, no había nadie más que pudiera protestar».
            El profeta Ezequiel ya nos lo dice: «Esto dice el Señor. Insistís “no es gusto el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel, ¿es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?» (PRIMERA LECTURA, Ez 18, 25-28). Ezequiel se encuentra al pueblo destruido, se había producido la catástrofe del destierro de Babilonia (587 a.C.) y todos pensaban que esta situación era la consecuencia de cómo el pueblo había actuado contra Dios. El profeta, que es muy listo, se da cuenta de que ‘uno por otro la casa sin barrer’. Que la responsabilidad de lo acaecido nadie la asume, sino que es como disuelta en la masa de la gente y donde casi nadie se siente culpable. Por eso mismo el profeta Ezequiel da un paso clave para que crezcamos en la responsabilidad personal, donde cada uno da cuentas a Dios de sus obras. No pueden ‘pagar justos por pecadores’. Es verdad que siempre existe una responsabilidad global, colectiva y solidaria como también hay una situación de maldad que afecta más a unos que a otros. A lo que nos recuerda que Dios nos ha hecho libres para decidir moralmente. De tal manera que el futuro se construye desde esta opción personal de acoger a Dios.
            Me acuerdo que no hace mucho se tuvo que cerrar un comedor social al no poder hacer frente a las diversas facturas. Todos estábamos informados de cómo estaban de mal económicamente este comedor social, pero ¿acaso nos importaba? Hay una responsabilidad colectiva por pecado de omisión. ¿Se trataría acaso de hacer una división matemática para ver qué parte de culpa tenemos cada uno? El resultado sería tan pequeño que pasaría totalmente desapercibido mientras que familias y personas necesitadas se ven privadas del alimento allí recibido. Cada uno ha de dar cuentas a Dios de las consecuencias negativas que acarrean nuestros pecados de omisión, de aquel bien que deberíamos de haber hecho y no lo hicimos.
            De ahí la importancia de hacer nuestras las palabras del salmista: «El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes» (SALMO RESPONSORIAL, Sal 24, 4-5.6-7.8-9). El Señor nos enseña el camino a aquellos que estamos andando errados por la vida. Y ¿cómo se yo si estoy andando errado por la vida y estoy cayendo en esos pecados de omisión? La Palabra vuelve a salir a nuestro paso para darnos luz al respecto de la pluma de San Pablo: «No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás» (SEGUNDA LECTURA, Flp 2, 1-11). El Señor nos ofrece los criterios muy claramente para saber el grado de responsabilidad que cada uno tiene y el daño que ocasiona el pecado personal para el resto. Si el ‘otro es Cristo’, ¿le he atendido como se merece? ¿O acaso mi bajo nivel de fe tiene una repercusión directa en mi modo de comportarme de un modo tan egoísta?

            Sea de una manera o de la contraria, lo que está en juego es el grado de seriedad que cada cual adopte en su proceso de conversión personal hacia el Señor. Porque podemos decir ‘sí Señor’, y ser un ‘no’ rotundo y cobarde. Dice la Palabra que «un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: ‘Hijo, ve hoy a trabajar en la viña’. Él le contestó ‘no quiero’. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y  le dijo lo mismo. Él le contestó, ‘voy, señor’, pero no fue» (TERCERA LECTURA, Mt 21, 28-32). Aquí el acento se pone en el arrepentimiento y se refiere esta parábola, especialmente, a aquellos que siempre hablan de lo religioso, de la fe, de Dios, pero en el fondo su corazón no cambia, no se inmuta, no se abren a la gracia. Pueden tener religión, pero carecen de auténtica fe. Lo que cuenta para Dios es la capacidad de volver, de arrepentirse. 

Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, ciclo a

HOMILÍA DEL DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a
Palencia, 24 de septiembre 2017

         Estoy convencido que mas terminar de proclamar el Evangelio de hoy (EVANGELIO: Mt 20, 1-16) habrán pensado: El Señor no es justo. ¿A quién se le ocurre dar el mismo salario a unos y a otros? El que fue a trabajar al amanecer ha tenido que soportar el sol abrasador, la sed torturadora, estará con los riñones doloridos, alguna ampolla le habrá salido en las manos...y está ahora para el arrastre por el cansancio acumulado a lo largo de toda la jornada. En cambio el que fue a la viña al atardecer están más frescos que una rosa. ¿No creen ustedes que es normal que le armen el pitote, con caceroladas incluidas, a este amo? Humanamente hablando no se entiende.
            Y la respuesta que nos ofrece el Señor es desconcertante: «Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que yo quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». Es una interpelación en toda regla. Es una corrección seria. ¿Y por qué se me corrige? ¿Que hago de mal quejándome de ese comportamiento que me parece altamente injusto?
            Jesucristo te dice y me dice que es precisamente el pecado, que anida en nosotros, el que nos impide ver las cosas en su verdad. Esos jornaleros estaban en aquella plaza de pie dispuestos a trabajar y así poder llevar pan a casa y su familia poder comer. Día que no eran contratados, día que pasaban más penurias y hambre de la cuenta. Nuestro pecado nos hace pensar solamente en nosotros mismos y en nuestras cosas y comodidades, de tal modo que si el otro gana mucho menos o no gana nada nos da igual, actuamos con indiferencia y pasamos de su dolor. Pensamos...si ha trabajado menos, pues que reciba menos. Pero... ¿hemos pensado en esos niños hambrientos, en esa esposa apurada por no tener nada en la olla, en esas medicinas que tendrán que comprar para sanarse, en esas primeras necesidades que tienen que asegurarse? No lo pensamos porque sólo nos vemos nuestro ombligo. Y esto es precisamente el Señor lo que nos denuncia. El versículo del aleluya de hoy ‘nos viene como anillo al dedo’: «Abre, Señor, nuestro corazón para que aceptemos la palabra de tu Hijo» (Hch 16, 14b). Cuando aceptamos la palabra de Jesucristo plantamos cara al Diablo y luchamos contra el pecado y empezamos a andar en la Verdad.
            Llama poderosamente la atención de que el propietario de la viña salga a buscar jornaleros tantas veces: al amanecer, a media mañana, hacia mediodía, a media tarde y al caer la tarde. ¿Por qué sale tantas veces a buscar jornaleros? ¿Acaso no hay más días? Pues no, no hay más días. Y no los hay porque ¡hoy es tiempo de conversión! Como dice la Sagrada Escritura, «necio, esta noche te van a reclamar el alma» (cfr. Lc 12, 13-21). El propietario sabía que el granizo o la piedra, las fuertes heladas y las lluvias torrenciales, los huracanes y los ríos desbordados, la plaga de la langosta o un incendio provocado por los enemigos iba a ser algo inminente e irremediable. ¡Que el fin llega y el juicio final se está anunciando! Que la muerte nos llama y que todo se acaba. De ahí la urgencia de salir a buscar una y otra vez a los jornaleros, para poder recoger la uva y así salvar a los máximos hombres y mujeres posibles del caos, de la destrucción y de la muerte eterna.  El propietario de la viña quiere recoger toda la cosecha, quiere que cuantas más almas sean salvadas para Cristo mucho mejor, y por eso busca y rebusca a jornaleros para este fin salvador.
            Este propietario de la viña, que es Señor que está en la Iglesia, nos recuerda por medio del apóstol San Pablo que «lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo» (SEGUNDA LECTURA: Flp 1, 20c-24.27a), o sea vosotros y nosotros, todos podamos tener esa gozosa experiencia que nos dice el apóstol: «Para mí la vida es Cristo».

               ¿Seguimos pensando que el propietario de la viña actuó de un modo injusto dando al último igual que al primero al darles un denario a cada uno? Razón tiene el profeta Isaías al exclamar «que el malvado abandone su camino» (PRIMERA LECTURA: Is 55, 6-9) porque como no nos pongamos ya y ahora en este proceso de conversión, el Diablo nos pervertirá la mente, el sentido y el corazón y nos veremos privados de sentir el cariño que tiene Dios para con sus criaturas (SALMO RESPONSORIAL: Sal 144, 2-3.8-9.17-18)

domingo, 17 de septiembre de 2017

3MC - 3 Minute Catechism - 41. ¿Qué es el pecado?

El pecado es como el queso

Primera Confesión 2016

Homilía del Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo a

HOMILÍA DEL DOMINGO  XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a

            La Palabra de hoy es muy clara. Quien no quiere perdonar, quien se obsesiona en la venganza no puede pensar que sea sabio ni religioso. Porque el sabio, en todo momento, pone a Dios en medio. ¿Cómo es posible que alguien se considere religioso cuando le carcome por dentro el odio y el rencor? Cristo es la medida de todas las cosas. A más odio, menos de Cristo;  a más perdón, más del Señor. El rencor y la ira nos conduce a la perdición porque deforma nuestra alma buscando las cosas humanas, y lo nuestro es buscar las cosas del cielo, y no las de la tierra.
            Muchas realidades que vivimos o situaciones delicadas de conflicto son oportunidades que el Señor permite para calibrar la calidad de nuestra fe. Cuando uno cae en la cuenta de que en esto el Señor está en medio, todo cambia. Nos dice el libro del Eclesiástico: «Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados?». Hace poco leí esta leyenda que decía: «No basta con ser sincero, hay que ser verdadero». Si yo quiero realmente y valoro de verdad el amor de Dios, Jesucristo me pide que ponga todas las cartas descubiertas sobre la mesa. Y cuando lo hacemos nos damos cuenta de la tarea que tenemos por delante, que el amor hay que trabajarlo y hay que emprender una guerra interna contra todo aquello que me impide amar al hermano. Porque el hermano que tengo en frente es mi espejo. Si el otro me pone enfermo de los nervios es porque interiormente la soberbia y la ira me dominan, y se manifiestan en el exterior con mis manifestaciones o comentarios. Cristo es la Verdad y estando más cerca de Él sabremos cómo vivir en la verdad. Porque cuando vivamos en la verdad sabremos ayudar incluso a aquellos que nos calumnian, nos atacan y desean nuestro mal.  Recordemos que el perdón no tiene medida.
            Si aceptamos que hemos sido redimidos por Cristo, sabemos que le pertenecemos. Que somos soldados de Cristo y debemos de tomar las armas de la luz para afrontar las tentaciones y acechanzas del único enemigo que es Satanás. La muerte y la resurrección es algo que acontece en cada uno de nosotros. Siempre que vivimos y nos desvivimos por los demás luchando contra el egoísmo radical lo pasamos mal, porque es algo que implica renuncia, negación de uno mismo. Pero al mismo tiempo somos luz de Cristo para nuestros hermanos y esperanza de una vida mejor para aquellos que estén con nosotros. No se trata de ser solidarios, aquí lo que se proclama es una donación absoluta.
            Ser solidarios para ‘llevarnos bien y sentirnos como buenas personitas’ es muy sencillo, consiste en organizar festivales solidarios, teatros y demás actividades para poder recaudar dinero... o colaborar en una ONG o algo por el estilo. Es verdad que esto es lo que realmente vende a la gente y algunos tienden a calibrar la eficacia de la pastoral por el nivel de participación solidaria que se dé en una parroquia. Pero no duden que apenas salten algunas chispas, al carecer de espiritualidad, esto prende y genera un incendio sin precedentes.
            Y digo que esto de ser ‘solidario’ vende porque se ve. Se puede contar el dinero recaudado para una causa justa, se puede contar la gente involucrada en la participación y organización… hay números y se hacen fotos, entrevistas, se redactan artículos, se saca en la radio y televisiones locales…. O sea, vende. Sin embargo la oración silenciosa, las horas de confesionario escuchando y reconciliando penitentes, la oración contemplativa ante la Custodia, la lectura atenta y pausada de la Palabra de Dios, el esfuerzo de acompañamiento diario y constante a las familias y a los consagrados y consagradas, etc…., eso no se ve y nadie lo saca en los medios…. Y ya se sabe, lo que no sale en los medios no existe.
Lo nuestro es la donación absoluta y esto solamente se puede hacer cuando hay una relación de amistad íntima con Cristo. Por que solamente Él te irá dando razones del por qué e irá conquistando tu alma para vivir para Él. Porque vivir para Dios es, de algún modo, destruir la espiral del mal.  


Lecturas del domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo a, 17/09/2017
-Lectura del libro del Eclesiástico 27, 33-28, 9
-Sal 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12 R. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
-Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9

-Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

sábado, 9 de septiembre de 2017

Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, ciclo a

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO a
            «Hijo de hombre, te he nombrado centinela de Israel». Así empieza la primera lectura de hoy tomada del profeta Ezequiel. Un centinela, que guarda la ciudad, que emplazado en su puesto de observación descubre quienes están por la inmediaciones, quien entra y sale. Los demás pueden descansar, relajarse, trabajar, hacer lo que hagan con normalidad, pero cuando escuchen la voz del centinela, todos deben de acudir para salvar la ciudad, y si alguien no lo hace está perdido. Ese centinela militar es el encargado de dar la alarma ante el peligro.
            El profeta Ezequiel se siente responsable de la suerte espiritual de su pueblo, y por eso se cree en la obligación de mantenerse vigilante frente a los peligros que sobre él se ciernen. El profeta Ezequiel ha anunciado primero la destrucción de Jerusalén en castigo de los pecados acumulados durante generaciones por la comunidad israelita. Ahora tiene que anunciar los nuevos peligros para la vida religiosa de todos aquellos que se exiliaron y formar la conciencia de éstos para restaurar la nación.
            En esta misma línea de ser centinela que vigila por dónde acecha el enemigo nos lo planteaba esta semana el apóstol San Pablo. El apóstol nos ofrecía criterios de discernimiento para nuestra vida cristiana diciéndonos que nuestras malas acciones van engendrando una mentalidad que nos aleja de Dios (cfr. Col 1, 21-23). Una persona podría pensar que un pecado muy grave jamás lo llegaría a cometer. Pero si uno van dando de paso a una, a otra y a otra acción… que no son adecuadas ni cristianas, poco a poco se va adentrando en una oscuridad en su conciencia, y al darse cuenta de que –por lo menos aparentemente- no acarrea consecuencias, puede llegar a realizar pecados o acciones perjudiciales de un nivel tan serio que antes, en un principio, eran impensables de realizar.
            El profeta, como centinela espiritual del pueblo, anuncia los peligros que nos acechan. Si no quieren oírle, no tendrá responsabilidad alguna sobre la muerte de ellos, como en el caso del centinela militar. Al contrario, si éste no cumple su misión de anunciar el peligro de la invasión del enemigo, será responsable de lo que pasare y pagará con su vida su falta en el cumplimiento del deber.
            Ahora bien, nosotros que estamos en la iglesia y vivimos nuestro ser iglesia católica en una comunidad cristiana concreta, ¿percibimos – a la luz de la Palabra y en el ejercicio de la corrección fraterna- por dónde nos acecha el enemigo y no nos deja crecer? Quizá pueda ser la indiferencia, o la frialdad, o la comodidad o pereza, o el egoísmo y los propios intereses los enemigos que pueden estar atacando a las comunidades cristianas. De ahí que escuchemos y atendamos a la voz de alerta del centinela.
            Cuando el amor disminuye, se nota las consecuencias. Esto es igual que el tema del agua: Cuando muchos a la vez hacen uso de los grifos del agua, la presión disminuye, tanto que a veces el propio calentador de gas no enciende. El Demonio ya se preocupa de que tengamos fugas de agua, porque él ya sabe ‘dónde nos aprieta el zapato’. Dice la Palabra: «Si con alguno tenéis deudas, que sean de amor, pues quien ama al prójimo ha cumplido la ley» (Rom 13,8). Seamos claros, cualquier excusa es buena para no amar al hermano. Cualquier excusa es buena para que la presión del agua del amor sea inferior o salga como un inservible hilito de agua.
¿Por qué tengo yo que preocuparme de esta persona cuando es un egoísta y un egocéntrico insoportable? ¿Por qué tengo yo que visitar en el hospital o en su casa a este hermano enfermo cuando me molesta por lo que dice o hace? Además, ¡con las cosas que he hecho yo –que han sido muchas- jamás me lo han agradecido y por algo que les pido que hagan o me apoyen me dejan en la estacada! A lo que la Palabra, como centinela de nuestras vidas, nos dice: «Si con alguno tenéis deudas, que sean de amor».
            La comunidad cristiana nos tiene que ayudar a ponernos las pilas, los unos a los otros. Que esos centinelas nos digan cuáles son nuestras faltas, eso, con toda garantía nos van a molestar y nos enfadaremos…, de eso estoy totalmente seguro (si te pinchan, saltas y sangras), pero ayudaremos y nos ayudaran a ir actuando contra los enemigos que acechan la ciudad, a cerrando esos grifos y arreglando esas fugas de amor para podernos salvar y gozar del abrazo del Padre Eterno.

10 de septiembre 2017
Ezequiel 33, 7-9
Salmo 94, 1-2.6-9
Romanos 13, 8-10
Mateo 18,15-20


sábado, 26 de agosto de 2017

Homilía del domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo a

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A
            Hoy somos testigos de un fuerte tirón de orejas que Dios da a un alto funcionario de palacio llamado Sobná. Y me podéis decir, ¿pero Dios no es misericordioso lento a la cólera y rico en piedad? Pues sí, así es, pero también dice la Sagrada Escritura en el canto del Magníficat que «Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos».
            Entonces ¿por qué Dios ‘le canta las cuarenta’ a este cortesano llamado Sobná? Sobná era un soberbio de corazón. Este funcionario de la corte defendía abiertamente una política de alianzas con Egipto. Sobná llevaba la contraria abiertamente al profeta Isaías. El profeta Isaías apoyaba una política basada en confiar ciegamente en Yahvé y dejarse de alianzas extranjeras que no hacían más que perjudicar los intereses religiosos de Judá. Sobná, aprovechándose descaradamente de su status de privilegio en la corte, movía todos los hilos e influía en las personas que tomaban las decisiones para que fueran contra los intereses planteados por el profeta Isaías. Sobná maquinaba las cosas contra el profeta.
Y me pueden preguntar, ¿qué tiene de malo que Sobná –este alto funcionario real- apoyase la política de alianzas con Egipto?, ¿es que acaso no es una opción tan legítima y buena como la del profeta Isaías? ¿Por qué esta intolerancia? ¿Acaso no nos dicen que hay que ser tolerante y solidario con el que es distinto a nosotros o que todas las opiniones son válidas? ¿A qué viene entonces este ramalazo de intolerancia hacia Egipto? Es decir, si se dan cuenta, a los ojos y criterios mundanos, el mismo profeta Isaías pasaría por un intolerante, un tirano, un fanático, un xenófobo. ¿Qué tiene Isaías contra Egipto?
Isaías, que está lleno del Espíritu de Dios, tiene el don de discernimiento y sabe entender la voluntad de Dios en todo lo que ocurre. Sobná quiere hacer pactos con Egipto, para buscar las fuerzas y la estabilidad en todas las cosas que Egipto le proporciona. Egipto le proporciona comida, seguridad, estabilidad, diversión, comercio… cosas que hacen que el pueblo se olvide de Dios porque no le sienten como necesario. Pero se olvidan que los placeres de Egipto son efímeros, caducos, perecederos. Se olvidan que cimentando su vida en esas cosas que Egipto les proporciona van construyendo su convivencia diaria sobre terreno inseguro, movedizo. Egipto, con su faraón al frente, nos catequiza para llevarnos a su terreno, haciendo pasar al profeta Isaías como un impostor, intolerante e intransigente. Egipto te dice que todo es bueno y que todo es válido. Egipto usa de cosas, aparentemente inocentes y que pueden pasar desapercibidas por ser ‘normales’ pero que son muy corrosivas. Como muestra un botón:
En la actualidad hay un spot publicitario de un refresco muy conocido en el que aparece un chico joven, musculoso, con el torso desnudo y sudando por estar regando el jardín de una casa. Desde las habitaciones de la primera planta se encuentran un hermano y una hermana, ambos adolescentes, que desde la ventana están mirándolo con una lujuria descarada. Ambos y a la vez salen corriendo al frigorífico para ofrecer ese refresco al chico musculoso y de buen ver. Se pelean el hermano y la hermana para llegar el primero y así ofrecérselo. Y al llegar a su destino se encuentran que su madre se lo estaba ofreciendo en ese mismo momento al muchacho sudoroso disfrutando con una mirada poco casta. A lo que el funcionario real Sobná nos diría retando al profeta Isaías que qué tiene de malo este spot publicitario. A lo que el profeta Isaías le podría responder que cuando uno hace una alianza con Egipto y el pecado que conlleva nos olvidamos de Dios y damos por bueno y correcto cosas que nos llevarían derechitos al infierno. Porque ese hermano pone sus ojos en otro de su mismo sexo y se ve como normal. Porque esa hermana pone sus ojos con lujuria en ese muchacho y se ve como normal. Porque esa madre tontea con ese chico y se ve como normal en una mujer casada. Sobná siendo partidario de la alianza con Egipto ve esto como normal y como producto de una normal evolución social y cultural del pueblo y de la sociedad.
            El profeta Isaías sostiene que la única política que tenemos que sostener y apoyar es confiar ciegamente en Yahvé. Sobná se cree que con mentiras y comportándose buscando su propio interés va a alcanzar la misma meta que esperan tener lo que son fieles a Yahvé. Sobná se aprovecha de su situación de privilegio –al ser cortesano- y se pone a escavar su sepulcro en una zona recosa reservada para los ciudadanos de alta posición. Se piensa que haciendo trampas y comportándose de una manera deleznable iba a adelantar en la carrera a aquellos que han sido fieles a Yahvé. Y además quiere labrarse el sepulcro en la parte más saliente, en la zona más elevada, estando esta zona reservada a la nobleza judía para que mencionado mausoleo fuera por todos admirado desde la distancia. Sobná no tenía derecho a este tipo de sepulturas de privilegio, sino que se tenía que conformar con la común de la gente, ser enterrado como uno más, a una especie de fosa común (cfr. Jer 26, 23). Dios no se lo va a permitir, le echa de su puesto y le destituye de su cargo y le expulsa a Asiria, y allí las cosas le pintan muy mal, tan mal que él mismo es capturado como botín de los asirios acabando con sus huesos en la miseria y en la dura esclavitud. El desenlace de la vida de este antiguo alto cortesano es la consecuencia lógica de aquellos que no confían en Yahvé.
            Por eso mismo, en el Evangelio Jesucristo pronuncia una sentencia trascendente henchida de importancia y colmada de seriedad: « ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo». Sólo aquellos que como el profeta Isaías confían ciegamente en Yahvé y en su Hijo Jesucristo, podrán adquirir un discernimiento y unas energías sobrenaturales para afrontar el invierno glaciar de la secularización planteada por el Egipto seductor y por su maquiavélico faraón.



Lectura del libro de Isaías 22, 19-23
Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 6 y 8bc R. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36
Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20
27 de agosto de 2017


La Trasverberación de Santa Teresa de Jesús, año 2017

LA TRASVERBERACIÓN  DE SANTA TERESA DE JESÚS 2017

lunes, 14 de agosto de 2017

Homilía de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA, año 2017

María, pequeña María

Homilía del domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo a

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a

Homilía del domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo a

HOMILÍA DEL DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

          Esta Palabra proclamada hoy en toda la iglesia católica no es para todos. No es para todos porque muchos no la van a querer ni escuchar y menos acoger. ¿Y esto por qué? Porque el mundo nos seduce y cada día intenta conquistarnos cada vez más... el mundo con sus pasiones entontece la mente y encapricha el corazón con cosas efímeras que se nos venden como eternas. Y uno cuando tiene la cabeza atontada y se olvida de que hay un Dios, hace cosas que no tiene que hacer y piensa como no tiene que pensar y ama como no tiene que amar.... en otras palabras: mucho ponemos ‘verdes’ y criticamos a aquellos israelitas que esculpieron aquel becerro de oro, y nosotros, con nuestras inconsciencia y necedad, somos capaces de cambiar a Dios por una simple baratija. A lo que el Señor nos dirá «uno de vosotros me traicionará» y nosotros diremos «¿cómo?, ¿yo traicionarte a tí?, ¡ni harto de chupitos!». A lo que el apóstol San Pablo nos recuerda: «Por tanto, el que crea estar firme, tenga cuidado de no caer» (1 Cor 10, 12).
          Recuerdo que una vez mi abuela Engracia, la de Paredes de Nava, me comentó que, cuando ella era jovencita, en una boda mataron a unos conejos para celebrarla. Y muy pocas veces se comía este manjar, sólo en situaciones muy selectas. Pues sucedió que uno que estaba convidado se llenó el estómago de patatas asadas y del vino cosechero. Y cuando se dio cuenta de que tenían conejo para comer ‘se tiraba de los pelos’ de rabia porque no le cabía más en el estómago y no podía comerlo. Y no acaba aquí, ya que de postre tenían flan de huevo casero, y como estaba inflado de comer patatas asadas y de beber vino cosechero, pues ni lo pudo probar.
Nos dice el profeta Isaías: «Vosotros, sedientos, venid a por agua; venid vosotros también los que no tenéis dinero. Comprad grano y comed de balde, leche y vino que no cuestan nada» (Isaías 55, 1-3). Y ahora digo yo, y si ya estamos satisfechos de las cosas de este mundo y creemos que así nos podemos mantener porque responde a lo que nos apetece, aunque no nos convenga, pero nos apetece, ya que lo importante es disfrutar del momento presente y poderse auto-realizar, ¿para qué voy a acudir a por ese agua y a por esa comida de la que nos habla el profeta? Además, Dios nos dice por medio del profeta lo siguiente: «Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis manjares deliciosos; prestad atención e id tras de mí». A lo que nosotros le podríamos replicar: ¿Por qué me tengo que someter a hacer lo que me dices? ¿Por qué tengo que hacer el ejercicio de escuchar a Dios y de prestarle atención? ¿Por qué tengo que ir detrás de él si todo en mi vida va perfectamente y puedo hacer lo que me venga en gana?  Y la respuesta nos lo ofrece la misma Palabra en el Salmo responsorial: «su amor llega a todas sus obras (...) y todos te miran con esperanza». Porque podremos tener muchas cosas, placeres, comodidades, todo lo que nos venga en gana, pero no podríamos tener la esperanza. Nunca podríamos progresar en las cosas imperecederas, en las que nunca caducan. Sin Dios seríamos como una vela que mientras está prendida y hay cera, sirve, ¿pero luego que es de ella?, nada, ya no es nada, ni nadie se acuerda de ella. Por eso la Palabra sale en nuestro auxilio y nos lo recuerda: «Escuchad y vuestra vida prosperará. Pactaré con vosotros una alianza eterna». Además, y si esto no ha quedado claro, San Pablo nos lo repite: «Estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni potestades cósmicas, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes sobrenaturales, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni ningún otra criatura será capaz de arrebatarnos este amor que Dios nos tiene en Cristo Jesús, Señor nuestro». El mundo y sus pasiones son como esas patatas asadas y ese vino cosechero de los cuales uno abusa y se llena el buche...y luego todos sabemos donde acaba todo esto. Nosotros, aunque, como dice la Palabra «por tu causa estamos en trance de muerte cada día; nos tratan como a ovejas destinadas al matadero», preferimos pasar hambre de patatas asadas y preferimos tener sed de vino cosechero, ¡porque lo nuestro es disfrutar de lo eterno!
       

Isaías 55, 1-3
Salmo 144,8.9.15-18
Romanos 8,35.37-39
Mateo 14,13-21
6 de agosto de 2017




sábado, 29 de julio de 2017

Homilía del Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo a

HOMILÍA DEL DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a
           
Salomón lo que le pedía a Dios era “un corazón que escuche”, como escuchan los sabios a Dios, para hacer justicia al pueblo. Después de todas las guerras y batallas de su padre, el rey David, era necesaria una “etapa de sabiduría”, una etapa donde se hiciera el serio ejercicio del discernimiento a la luz de la fe, para atender al pueblo a él encomendado. Salomón pide a Dios un corazón sabio para gobernar al pueblo porque él sabe que el poder auténtico reside en la sabiduría.
Salomón pide al Dios un corazón que escuche para poder discernir lo bueno de lo malo. Para no dejarse engañar por lo malo cuando esté revestido con apariencia de bueno. Para no dejarse arrastrar por lo que pudiera pedir una mayoría de personas o por aquellos que tuviese como personas de confianza, «sino que pone su gozo en la ley del Señor, meditándola día y noche» (Sal 1, 2). Como el profeta que está abierto a la voz del Señor; como los matrimonios que unidos rezan y meditan la Palabra; como los presbíteros que se alimentan espiritualmente de lo que Dios les proporciona a semejanza del pueblo hebreo en el desierto; como las consagradas que afinan el oído para escuchar y poder entender lo que Dios las pide…
Muchas veces rezamos de este modo: Señor, que esté abierto a tu voluntad; que se haga en mí lo que tú quieras. Deseo adentrarme en tu divina voluntad. Santa Teresa de Jesús, en Camino de perfección (cap.32): «Y así como en nuestro Bien y Señor no puede haber cosa que no sea cabal, como es sólo de él darnos esta agua, da la que hemos menester y, por mucha que sea no puede haber demasía en cosa suya. Porque, si da mucho, hace hábil el alma para que sea capaz de beber mucho. Como el vidriero que hace la vasija del tamaño que ve es menester para que quepa lo que ha de echar en ella».
Muchas veces nuestra pequeñez, nuestros razonamientos… nos juegan malas pasadas, porque pensamos con criterios del mundo y no con los de Dios. Por eso es fundamental pedir a Dios un corazón sabio, un corazón que le escuche. Y en la medida que le vamos escuchando, Él nos va asistiendo y capacitando para llevar a cabo lo que Él desea de nosotros. Dios es el alfarero y nosotros esa vasija que ahora mismo estamos siendo moldeados en su taller personal. Con sus pies, estando sentado, van moviendo el volante que hace girar y girar la platina, y va tomando más arcilla depositada en el caballete para que tengamos mayor capacidad. Y para moldear nuestra particular vasija se toma de tiempo todo lo que pueda durar nuestra vida mortal.
Según nuestros propios razonamientos humanos, ¿qué sentido tiene que uno vaya y venda todo lo que tiene para poder adquirir un campo sólo porque allí hay un tesoro del cual uno no va a poder disfrutar? Destaco que ese hombre, el cual es un jornalero que trabaja en campo ajeno –porque si el campo fuera suyo ¿para qué lo iba ya a comprar?-, este jornalero descubre ese tesoro. Ese tesoro estaba escondido allí, como se solía enterrar las cosas valiosas, para garantizar la protección segura contra los ladrones. Por lo tanto, el nuevo dueño de ese campo mantendría enterrado el tesoro para evitar robos y los saqueos. Ese jornalero, y ahora nuevo dueño, actúa desde la más absoluta legalidad. El oyente de la historia del tesoro en el campo espera que se le cuente algo de lo que hizo con ese tesoro, por ejemplo del magnífico palacio que se edificó, o del cortejo de esclavos que adquirió o de las nuevas relaciones que fue adquiriendo con la alta clase social reinante en aquel entonces… Pero Jesús de esto no dice nada. ¿Entonces? La clave de interpretación nos lo proporciona ese «lleno de alegría». Es esa alegría la que supera a toda medida (es esa esposa que el Señor te ha puesto en el camino de tu vida para «ser una sola carne» y poder dar pasos en el camino de la salvación; es esa vocación consagrada que el Señor te regala para gozar de su divina presencia de un modo más cercano y privilegiado; es esa actuación divina que Dios ha hecho en tu vida y te ha dado un vuelco al darte cuenta de que Dios no es un personaje mitológico ni fantástico, sino alguien que realmente existe y se interesa por ti…). Es esa alegría que supera toda medida, que abarca lo más íntimo y con lo cual todo palidece ante el brillo de lo encontrado.

Lo decisivo los dos personajes de la parábola no es la entrega o el sacrificio que hicieron para adquirir ese campo o esa perla.  Lo decisivo es el motivo de esa decisión, el ser subyugados por la grandeza de su hallazgo. Se dieron cuenta de que lo que habían descubierto les proporcionaba una gran alegría, una alegría desbordante, sin límites..., conduce a la comunión con Dios y que impulsa con convicción y gran gozo hacia la entrega más apasionada por anunciar el Evangelio. Nos está hablando del seguimiento de Jesús. Cuando uno descubre la riqueza de ser cristiano es entonces cuando se da cuenta de que sólo teniendo al Señor como constante modelo uno puede brillar con plenitud. Este amor descubierto se puede dar en silencio, sin tocar trompetas. Uno no piensa ya en reunir tesoros en la tierra, sino en poner sus bienes en las manos de Dios. Salomón pidió a Dios “un corazón que escuche” para discernir lo bueno de lo malo, nosotros tenemos un regalo aún más importante: la presencia del Espíritu que pone su morada en nuestra alma generándonos una alegría desbordante y ofreciéndonos razones, más que de sobra, para entregarnos por amor, aunque el mundo no lo llegue a entender.

sábado, 8 de julio de 2017

Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, ciclo a

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a
            Dentro de la comunidad de los cristianos en Roma se daban ciertas tensiones y divisiones: Que esa tierra es mía; ya no te hablo porque aquella vez me dijiste esto; como no me fío de ti me reservo esta información aun sabiendo que te podría ayudar; me voy a casar pero el tema de los hijos es algo que únicamente forma parte de la decisión de la pareja; niego que tengo rencor en el corazón a un hermano para ahorrarme en tener que acercarme a él y pedirle perdón; me toca preparar la liturgia –con todo lo que ello acarrea de tiempo y dedicación- pues lo hago rápidamente porque creo que a Dios no le importará que se lo haga pronto y mal ya que tengo muchas cosas que hacer; no me atrevo a decir nada a esta persona porque o bien le tengo miedo o bien puedo perder la amistad con ella, y al estar hipotecado por los afectos callo aun sabiendo que debería de hablar para corregirla y ayudarla, etc…
Mencionadas tensiones que se manifestaban en el exterior procedían y proceden del interior del corazón humano. El ‘vivir según la carne’ es tanto como existir dentro de las coordenadas de latitud y de longitud de todo lo pequeño y caduco que tenemos cada uno de nosotros. Es decir, todas aquellas pasiones, pretensiones humanas, o cualquier planteamiento del tipo que sea, que nos ayude a ‘sentirnos alguien’. Cada cual sabe dónde le aprieta el zapato. Pero, ¿en estas coordinadas ‘según la carne’ encontraremos la felicidad? No. Podemos encontrar reconocimiento y aplausos humanos, envidias y ‘diles y diretes’, pero, como dice la Escritura –en la primera carta de San Juan-: «El mundo y todos sus atractivos pasan. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2,17).
            San Pablo en su carta a los Romanos nos dice que alcemos la mirada a lo alto, tal y como hicieron los israelitas en el desierto al clavar su mirada en aquel estandarte con forma de serpiente de bronce. Nos dice que ‘estamos sujetos al Espíritu’, al mismo Espíritu del que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, y de ese modo, ese mismo Espíritu Santo nos vivifique. San Pablo cambia totalmente nuestras coordenadas para reubicarnos en la latitud y longitud de lo imperecedero y de todo aquello que tenemos en nuestra alma y que participa del mismo ser divino. Cuando uno se encuentra en esas coordenadas ‘según el Espíritu’, va descubriendo las cosas de Dios. La Palabra nos enseña: «El Espíritu, en efecto, lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios. (…). No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios gratuitamente nos ha dado» (1 Cor 2, 10-12).

            Poder descubrir, escuchar y entender el lenguaje del Espíritu es una gracia divina, ya que Él nos ha de abrir el oído para que arda nuestro corazón, abra nuestro entendimiento y procedamos en nuestra vida a fijarnos horizontes y coordenadas existenciales movidos únicamente por el discernimiento procedente de Aquel que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.