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viernes, 13 de febrero de 2026

Cuaresma con la mirada de Jesús: Un encuentro que te abraza en tu caos

 

Cuaresma con la mirada de Jesús:

Un encuentro que te abraza en tu caos

 

Aunque hoy te cueste quererte,

a Jesús no se le quita de la cabeza amarte.

 

Cuaresma y la mirada de Jesús:

un encuentro que te abraza

incluso cuando tú no te aguantas

Si vienes con el corazón hecho polvo (rupturas, casa partida, ansiedad): esto es para ti.

Antes de empezar, una pregunta muy de hoy: ¿cuántas veces en un día te miran… y cuántas veces te sientes visto de verdad? Vivimos rodeados de pantallas, fotos, historias, miradas rápidas. Pero a veces por dentro seguimos con esa sensación rara de “nadie me termina de entender”.

Si alguna vez te has sentido juzgado en la Iglesia, o invisible, o como “otro problema más” … respira. Jesús no te mira así. Él no te etiqueta. Te mira y te levanta. Y eso lo cambia todo.

Hay rupturas que te rompen por dentro y encima te dejan pensando: “igual es que no valgo”. La mirada de Jesús no viene a darte un sermón; viene a devolverte el valor que tú has perdido.

A veces no es que “te guste el desorden”: es que te duele algo y no sabes qué hacer con ello. Y entonces anestesias. Jesús no te humilla por eso. Te ofrece otra salida: ser mirado con amor, sin máscara, y empezar de nuevo.

Por eso este tema es oro: la mirada de Jesús. No es una mirada de “te estoy vigilando” (que bastante tenemos ya con las cámaras del supermercado), sino una mirada que te coloca en tu sitio: amado, conocido, llamado.

Para entrar en materia, nos apoyamos en tres frases de una mujer que sabía de esto más que cualquiera: Santa Teresa de Jesús. Ella lo dice con una sencillez que desarma.

 

«No os pido ahora que penséis en él, ni que saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más de que le miréis (…). Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa (Cant 2, 14), sino que le miremos; como le quisiereis, le hallaréis» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 26, 3).

 

Traducción al idioma de hoy: no hace falta “hacer cosas raras” para orar. Empieza por mirarle. Así, sin filtros.

«Si hablas, procura acordarte que dentro de ti está Jesús, con quien puedes hablar. Si oyes, acuérdate que dentro de ti está Quien más cerca te habla» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 29, 7).

Sí: dentro. No es poesía bonita. Es presencia real. Y cuando lo recuerdas, cambia el tono de todo.

«Si estás alegre, mírale resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro te alegrará. ¡Con qué claridad y con qué hermosura! ¡Con qué majestad, qué victorioso, qué alegre!… Si estás con trabajos o triste, mírale camino del huerto: ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma, pues con ser el mismo sufrimiento la dice y se queja de ella! Te mirará Él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los tuyos, sólo porque te vayas con Él a consolar y vuelvas la cabeza a mirarle» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 26,4-5).

 

Antes que nada:

Jesús no te juzga, te mira y te quiere (sí, a ti)

Aquí está el corazón del asunto: Jesús no sólo te “aguanta”. Te mira con ternura, justo ahí donde tú te miras con dureza.

1) Orar no es postureo: es quedar con Él

Orar = apagar el ruido un momento… y dejarte querer. En la oración, lo más importante no es lo que decimos, sino darnos cuenta de con quién estamos. Piensa en un amigo de verdad: a veces no habláis de nada “profundo”, pero estar juntos ya descansa. Con Dios pasa algo parecido (y más).

El problema es que muchas veces llegamos a la oración como llegamos al móvil: con veinte cosas abiertas a la vez. Y claro, así no hay quien escuche ni quien se deje mirar.

 

2) Sosegar la casa por dentro (sí: tu cabeza también necesita paz)

Tu cabeza no es un “feed” infinito:

ordena la casa para que entre la paz.

San Juan de la Cruz usa una imagen preciosa: “sosegar la casa”. Dicho en sencillo: poner orden por dentro. Porque cuando el interior está en modo caos, aparecen tres señales muy típicas: ceguera (no veo claro), suciedad (me siento “manchado”) y debilidad (me falta fuerza).

Es lo que pasa cuando llevas semanas a tope y tu cabeza parece una pestaña del navegador con 25 ventanas abiertas: estudias, trabajas, contestas mensajes, te comparas en redes, te comes lo que pillas, duermes poco… y te preguntas por qué estás apagado. No es magia: es agotamiento interior.

San Juan lo canta así (y ojo con la frase final):

«En una noche oscura,
con ansia, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

A oscuras y segura
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a escuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada».

En la Biblia, la montaña aparece una y otra vez como lugar de encuentro con Dios: allí habla con Moisés y con Elías; Jesús se transfigura, enseña, se retira a orar… La montaña no es sólo un paisaje. Es un símbolo: subir es dejar peso atrás, ganar perspectiva, respirar mejor.

Y aquí viene una clave que a veces asusta: vaciarse de uno mismo. Tranquilo, no es “anularte”. Es quitar del centro lo que no puede estar en el centro. Es pasar del “yo, yo, yo” al “Señor, aquí estoy”. Eso no te apaga: te ordena.

3) Dopamina barata:

cuando lo que “engancha” manda… y tú te quedas vacío

Cuando estamos desordenados, lo notamos. San Juan lo describe con una precisión que parece escrita ayer: los apetitos desordenados atormentan, cansan, ciegan, ensucian y enflaquecen.

Ejemplos muy reales: te comes media nevera “porque sí” y a los diez minutos te sientes peor; te metes una maratón de series hasta las tres de la mañana y al día siguiente no eres persona; te enganchas a contenidos que te dejan la cabeza turbia; o te enredas en relaciones que prometen mucho y por dentro te vacían. En el momento parece que calma, pero después el corazón paga la factura.

Por eso necesitamos espacios para “acomodar el corazón”. Y aquí entra Elías, que no era precisamente un influencer del relax: venía de persecución, de amenazas, de miedo… y se esconde en una cueva en el Horeb.

Y entonces Dios le enseña algo impresionante: Él no siempre se manifiesta en el ruido. A veces Dios llega en “brisa suave”. Justo lo que hoy nos cuesta: silencio, pausa, atención.

«Cuando Elías llegó al monte, entró en una gruta y pasó allí la noche. El Señor le dirigió la Palabra.

El Señor le dijo: "¿Qué haces aquí, Elías?". Él respondió: "Me consumo de celo por el Señor, el Dios de los ejércitos, porque los israelitas abandonaron tu alianza, derribaron tus altares y mataron a tus profetas con la espada. He quedado yo solo y tratan de quitarme la vida".

El Señor le dijo: "Sal y quédate de pie en la montaña, delante del Señor". Y en ese momento el Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, hubo un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto.

Después del terremoto, se encendió un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave.

Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta. Entonces le llegó una voz, que decía: "¿Qué haces aquí, Elías?». (1 Re 19,9-13).

Dios habla en modo “brisa suave”:

baja el volumen (y las notificaciones)

Elías siente tormenta, terremoto, fuego… pero Dios elige la suavidad. Eso es una invitación directa: si todo dentro de ti es tormenta, no decidas a lo loco. Primero serena. Luego mira.

San Ignacio de Loyola lo diría así: en tiempo de tribulación, no cambies las grandes decisiones. Traducido a tu vida: no mandes ese mensaje hiriente a las dos de la mañana, no rompas una amistad por un calentón, no tires tu vocación por un día negro. Descansa. Reza. Pide luz. Y al día siguiente, con la cabeza más clara, vuelves a mirar.

Por eso la tarde y la noche son momentos clave. Es como “desandar” el ajetreo del día. En la tradición cristiana existen las vísperas y las completas: un modo precioso de decirle al Señor: “aquí termina mi ruido; aquí empieza tu paz”.

4) Cansancio: cuando por fuera tiras…

pero por dentro vas en reserva

Si estás al 1%: no te machaques; vuelve a lo esencial

El cansancio no es sólo físico. A veces lo que está agotado es el corazón. Tras una pérdida, una ruptura, una desilusión, un duelo… el alma se apaga. Y ahí hace falta tiempo, cuidado, compañía. Dios no tiene prisa contigo.

También el gozo cansa si no lo sabemos encauzar: tanta emoción, tanta intensidad, tanta prisa por “aprovecharlo todo”… y al final acabas vacío. El Señor no te pide vivir acelerado, sino vivir con sentido.

Por eso la Palabra nos pone los pies en la tierra con una frase que suena a entrenamiento espiritual:

«Hijo, si te acercas a servir al Señor,

prepárate para la prueba;

orienta bien tu corazón, mantente firme,

y en el tiempo del infortunio no te turbes.

Pégate a Él y no te alejes,

para que al final te veas enaltecido.

Acepta lo que venga,

y sé paciente en dolores y humillaciones.

Porque en el fuego se prueba el oro,

y los que agradan al Señor en el horno de la humillación.

Pon en Él tu confianza, que Él vendrá en tu ayuda,

procede con rectitud y espera en Él». (Eclo 2,1-6).

Esto no es para asustar, sino para madurar. Es como cuando te apuntas al gimnasio: si quieres avanzar, habrá agujetas. Pero esas agujetas son señal de crecimiento, no de fracaso.

 

5) Poner orden en lo básico:

cuerpo, alcohol, pantallas y afectos

Templanza: poner límites a lo que te controla

Hay una palabra poco popular pero muy liberadora: templanza. Es la virtud de aprender a decir “hasta aquí” para poder decir “sí” a lo que vale de verdad.

Cuando no hay templanza, lo básico se desordena: comida, bebida, sexualidad, afectos. No porque esas cosas sean malas, sino porque son potentes. Y lo potente, si no se ordena, manda. Y cuando manda, te roba libertad.

Un ejemplo muy de hoy: si cada vez que estás triste te refugias en el scroll infinito, en el picoteo, en el ligoteo sin alma o en el alcohol, al principio parece anestesia, pero después te deja más solo. Jesús no viene a quitarte la alegría. Viene a devolverte el mando de tu vida.

Cuando andamos débiles por esos lados, el mal espíritu ronda (lo dice San Ignacio con toda claridad). Por eso necesitamos pedir a Dios serenidad frente a nuestras tormentas y fuerza para sostener decisiones pequeñas, pero constantes.

 

6) Déjate mirar: el Sagrario como “lugar seguro”

Aquí no tienes que fingir:

Jesús te mira sin sarcasmo y sin escáner

Lo principal del rato de oración es su presencia. Y la mirada es una de las formas más profundas de percibir una presencia. Aunque no sepamos el color de los ojos de Jesús, el Evangelio sí nos habla de cómo mira.

Hay un dicho que lo clava: “los ojos son el espejo del alma”. Con Jesús pasa algo aún más fuerte: su mirada revela su corazón. Y cuando tú te dejas mirar, empiezas a descubrir el tuyo.

Una imagen cinematográfica ayuda. Hay una película clásica, Ben-Hur, donde nunca se ve el rostro de Jesús: se le ve de espaldas. Pero hay un momento en el que su gesto y su mirada desarman a un soldado. Eso es: no tanto “cómo es” Jesús, sino qué provoca en ti cuando te mira.

En algunas culturas orientales, ser mirado por un hombre santo se entiende casi como recibir una bendición. Se cuenta que en el viaje de Pablo VI a Bombay (1964) mucha gente no fue sólo a verle, sino a “ser vista” por él. Porque el corazón humano tiene hambre de una mirada limpia.

La mirada de Jesús: no te analiza… te rescata

Y aquí está lo grande: en los Evangelios, Jesús mira a los pecadores antes de perdonar y a los enfermos antes de curar. Su mirada no es curiosidad: es salvación en acto. Sus ojos van más allá de la piel.

 

7) Miradas de Jesús que te devuelven la vida

(hoy, en tu vida real)

El joven rico: cuando lo tienes todo…

y te falta el “para qué”

Cuando dices “todo bien” pero por dentro no:

Jesús lo nota

Este chico llega con una pregunta que podríamos firmar muchos: quiere vida plena, quiere sentido, quiere eternidad… pero también tiene apegos. Y ahí aparece el detalle precioso: Jesús lo mira con cariño. Antes de pedir, ama. Antes de corregir, abraza.

«¿qué debo hacer para heredar la vida eterna» (Mc 10, 17-31).

Y Jesús no le hace un discurso abstracto. Le toca el punto sensible: el apego. Porque el apego es eso que te promete seguridad, pero te ata. A veces es el dinero; otras veces es la imagen, la necesidad de gustar, el control, el miedo a perder. Jesús no quiere dejarte sin nada: quiere darte libertad.

«vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres» (Mc 10, 21).

¿Y por qué se va triste? Porque hay cosas que soñamos, pero no terminamos de querer. La mirada de Jesús es esperanza, pero también es verdad: es como una radiografía del corazón. No para humillarte, sino para curarte.

 

Cuando le taparon los ojos:

la burla que duele

Taparte los ojos a Dios no te protege: te deja más solo

Hay un texto durísimo: en la pasión a Jesús le tapan los ojos y se ríen. Es la escena de la “gallinita ciega”, pero en versión cruel. Y, sin embargo, ahí aparece una idea tremenda: a veces tapamos los ojos de Jesús en nuestra vida no para burlarnos, sino para no sentirnos interpelados.

«Y los hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes. Y, tapándole los ojos, le preguntaban, diciendo: Haz de profeta, ¿quién te ha pegado?» (Lc 22, 63-64).

¿Cómo se hace eso hoy? Muy fácil: cuando voy tirando con doble vida; cuando hago ver que todo bien, pero por dentro estoy fatal; cuando mi conciencia me habla y yo la silencio con ruido; cuando digo “Dios, no te metas aquí”. Tapar los ojos de Jesús es intentar que su mirada no me revele la verdad. Pero esa verdad, tarde o temprano, es el camino de la paz.

 

La mirada a Pedro: llamado, caído… y amado

Si te has fallado: Jesús no te cancela, te reconstruye

Con Pedro hay dos miradas que son como dos abrazos: una para llamarle, otra para levantarle.

«Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: Tu nombre es Simón hijo de Juan, pero te llamarás Cefas, que se traduce ‘Pedro» (Jn 1, 42).

Jesús no sólo le mira: le cambia el nombre. Le da identidad. Le dice, en el fondo: “no te reduzcas a lo que has sido; yo te muestro lo que puedes llegar a ser”.

 

«El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que Jesús le había dicho: antes de cante hoy el gallo, me negarás tres veces» (Lc 22, 61).

Esta mirada no es reproche. Es recreación. Es como decir: “Sí, has fallado. Pero no se ha roto lo nuestro. Yo sigo aquí”. Si alguna vez te has sentido indigno por haber caído en lo de siempre, aquí tienes una noticia: la misericordia de Jesús no te aplasta; te rehace.

 

Una mirada que salva cuando ya no te aguantas

Si te estás hundiendo: no te aísles; deja que te encuentren

Hay una anécdota preciosa: en una representación de la pasión, cuando Judas se desespera, una niña suelta en voz alta: «¿Y por qué no va donde la Virgen María?». Media sala se queda en shock. Y tiene razón.

En los momentos de desesperación solemos cerrar la puerta justo a la mirada que podría salvarnos. El mal te susurra: “quédate solo, no lo cuentes, apáñatelas”. Pero el cielo te ofrece compañía: Jesús, María, la Iglesia, personas concretas. No te encierres cuando más necesitas ser mirado con amor.


 

La compasión de Jesús: “me importas” de verdad

Jesús no se cansa de ti (aunque tú te canses de ti)

Hay miradas que son puro corazón. Jesús mira a la multitud y le duele. No le molesta. Le conmueve.

«Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6, 34).

Cuando alguien ha descubierto que es amado por Dios, empieza a mirar de otra manera. Incluso a quien le ha hecho daño. No es ingenuidad: es libertad. Es haber salido del rencor.

«¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios envía! ¡Cuántas veces ha querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y no has querido!» (Mt 23, 37).

Jesús mira con dolor cuando rechazamos la gracia. No con desprecio, sino con esa pena de quien sabe que podríamos vivir mejor.

 

8) Para terminar:

una propuesta sencilla (pero que funciona)

Plan Cuaresma realista: 5 minutos al día para volver a casa

Te propongo algo muy concreto para estos días:

1) Busca un rato corto (cinco minutos sirven). Móvil en silencio, de verdad.

2) Ponte delante del Señor (si puedes, ante el Sagrario).

3) Dile con honestidad: “Jesús, mírame. Y enséñame a mirarte”.

Y luego quédate. Sin prisas. Deja que su mirada haga su trabajo.

Estos textos sobre la mirada de Jesús están para eso: para dejarnos mirar por Él y que nos interpelen.

Concluyo con las palabras de Santa Teresa de Jesús:

«No estés sin tan buen amigo» (Camino de perfección, autógrafo de Valladolid 26, 1).

martes, 21 de febrero de 2012

¿Por qué y para qué rezar por las almas benditas del Purgatorio?

¿Por qué y para qué rezar por las almas benditas del Purgatorio?

El gran Mandamiento de Nuestro Señor Jesucristo es que nos amemos los unos a los otros, genuina y sinceramente. El Primer Gran Mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas. El Segundo, o mejor dicho el corolario del Primero, es amar al prójimo como a nosotros mismos. No es un consejo o un mero deseo del Todopoderoso. Es Su Gran Mandamiento, la base y esencia de Su Ley. Es tanta la verdad encerrada en esto que El toma como donación todo aquello que hacemos por nuestro prójimo, y como un rechazo hacia El cuando rechazamos a nuestro prójimo.

Leemos en el Evangelio de San Mateo (Mt 25:34-46), las palabras de Cristo que dirijirá a cada uno en el Día del Juicio Final.

Algunos católicos parecen pensar que su Ley ha caído en desuso, pues en estos días existe el egoísmo, el amor a sí mismo, y cada uno piensa en sí mismo y en su engrandecimiento personal.

"Es inútil observar la Ley de Dios en estos días", dicen, "cada uno debe mirar por sí mismo, o te hundes".

No hay tal cosa! La ley de Dios es grandiosa y todavía y por siempre tendrá fuerza de ley. Por eso, es mas que nunca necesaria, mas que nunca nuestro deber y por nuestro mayor interés.

Estamos moralmente obligados a rogar por las animas benditas

Siempre estamos obligados a amar y ayudar al otro, pero cuanto mayor es la necesidad de nuestro prójimo, mayor y mas estricta es nuestra obligación. No es un favor que podemos o no hacer, es nuestro deber; debemos ayudarnos unos a otros.

Sería un monstruoso crimen, por caso, rehusar al poder y desposeído el alimento necesario para mantenerse vivo. Sería espantoso rehusar la ayuda a alguien en una gran necesidad, pasar de largo y no extender la mano para salvar a un hombre que se está hundiendo. No solamente debemos ayudar cuando es fácil y conveniente, sino que debemos hacer cualquier sacrificio para socorrer a nuestro hermano en dificultades.

Ahora, qué puede estar más urgido de caridad que las almas del Purgatorio? Qué hambre o sed o sufrimiento en esta Tierra puede compararse con sus mas terribles sufrimientos? Ni el pobre, ni el enfermo, ni el sufriente que vemos a nuestro alrededor necesitan de tal urgente socorro. Aún encontramos gente de buen corazón que se interesa en los sufrientes de esta vida, pero, escasamente encontramos a gente que trabaja por las Almas del Purgatorio!

Y ¿quién puede necesitarnos más? Entre ellos, además, pueden estar nuestras madres, nuestros padres, amigos y seres queridos.

Dios desea que las ayudemos

Ellas son los amigos más queridos. El desea ayudarlos; El desea mucho tenerlos cerca de Él en el Cielo. Ellas nunca más lo ofenderán, y están destinadas a estar con Él por toda la Eternidad. Verdad, la Justicia de Dios demanda expiación por los pecados, pero por una asombrosa dispensación de Su Providencia El pone en nuestras manos la posibilidad de asistirlos, El nos da el poder de aliviarlas y aún de liberarlas. Nada le place más a Dios que les ayudemos. El está tan agradecido como si le ayudáramos a El.

Nuestra Señora quiere que los ayudemos

Nunca, nunca una madre de esta tierra amó tan tiernamente a sus hijos fallecidos, nunca nadie consuela como María busca consolar sus sufrientes niños en el Purgatorio, y tenerlos con Ella en el Cielo. Le daremos gran regocijo cada vez que llevamos fuera del Purgatorio a un alma.

Las benditas animas del purgatorio nos devuelven el mil por uno

Pero qué podremos decir de los sentimientos de las Santas Almas? Sería prácticamente imposible de describir su ilimitada gratitud con para aquellos que las ayudan! Llenas de un inmenso deseo de pagar los favores hechos por ellas, ruegan por sus benefactores con un fervor tan grande, tan intenso, tan constante, que Dios no les puede negar nada. Santa Catalina de Bologna dice :"He recibido muchos y grandes favores de los Santos, pero mucho mas grandes de las Santas Almas (del Purgatorio)".

Cuando finalmente son liberadas de sus penas y disfrutan de la beatitud del Cielo, lejos de olvidar a sus amigos de la Tierrra, su gratitud no conoce límites. Postradas frente al Trono de Dios, no cesan de orar por aquellos que los ayudaron. Por sus oraciones ellas protegen a sus amigos de los peligros y los protegen de los demonios que los asechan.

No cesan de orar hasta ver a sus benefactores seguros en el Cielo, y serán por siempre sus más queridos, sinceros y mejores amigos.

Si los católicos solamente supieran cuan poderosos protectores se aseguran con sólo ayudar a las Animas benditas, no serían tan remisos de orar por ellos.

Las animas benditas del purgatorio pueden acortar nuestro propio purgatorio

Otra gran gracia que obtenemos por orar por ellas es un corto y fácil Purgatorio, o su completa remisión!

San Juan Masías, sacerdote dominicano, tenía una maravillosa devoción a las Almas del Purgatorio. El obtuvo por sus oraciones (principalmente por la recitación del Santo Rosario) la liberación de ¡un millón cuatrocientas mil almas! En retribución, el obtuvo para sí mismo las más abundantes y extraordinarias gracias y esas almas vinieron a consolarlo en su lecho de muerte, y a acompañarlo hasta el Cielo.

Este hecho es tan cierto que fue insertado por la Iglesia en la bula de decretaba su beatificación.

El Cardenal Baronio recuerda un evento similar.

Fue llamado a asistir a un moribundo. De repente, un ejército de espíritus benditos aparecieron en el lecho de muerte, consolaron al moribundo, y disiparon a los demonios que gemían, en un desesperado intento por lograr su ruina. Cuando el cardenal les preguntó quiénes eran, le respondieron que eran ocho mil almas que este hombre había liberado del Purgatorio gracias a sus oraciones y buenas obras. Fueron enviadas por Dios, según explicaron, para llevarlo al Cielo sin pasar un solo momento en el Purgatorio.

Santa Gertrudis fue ferozmente tentada por el demonio cuando estaba por morir. El espíritu demoníaco nos reserva una peligrosa y sutil tentación para nuestros últimos minutos. Como no pudo encontrar un asalto lo suficientemente inteligente para esta Santa, el pensó en molestarla su beatífica paz sugiriéndole que iba a pasar larguísimo tiempo en el Purgatorio puesto que ella desperdició sus propias indulgencias y sufragios en favor de otras almas. Pero Nuestro Señor, no contento con enviar sus Ángeles y las miles de almas que ella había liberado, fue en Persona para alejar a Satanás y confortar a su querida Santa. El le dijo a Santa Gertrudis que a cambio de lo que ella había hecho por las ánimas benditas, le llevaría directo al Cielo y multiplicaría cientos de veces todos sus méritos.

El Beato Enrique Suso, de la Orden Dominicana, hizo un pacto con otro hermano de la Orden por el cual, cuando el primero de ellos muriera, el sobreviviente ofrecería dos Misas cada semana por su alma, y otras oraciones también. Sucedió que su compañero murió primero, y el Beato Enrique comenzó inmediatamente a ofrecer las prometidas Misas. Continuó diciéndolas por un largo tiempo. Al final, suficientemente seguro que su santamente muerto amigo había alcanzado el Cielo, cesó de ofrecer las Misas. Grande fue su arrepentimiento y consternación cuando el hermano muerto apareció frente a él sufriendo intensamente y reclamándole que no hubo celebrado las Misas prometidas. El Beato Enrique replicó con gran arrepentimiento que no continuó con las Misas, creyendo que su amigo seguramente estaría disfrutando de la Visión Beatífica pero agregó que siempre lo recordaba en sus oraciones. "Oh hermano Enrique, por favor dame las Misas, pues es la Preciosísima Sangre de Jesús lo que yo más necesito" lloraba la sufriente alma. El Beato recomenzó a ofrecerlas, y con redoblado fervor, ofreció Misas y ruegos por su amigo hasta que recibió absoluta certeza de su liberación. Luego fue su turno de recibir gracias y bendiciones de toda clase por parte de su querido hermano liberado, y muchas más veces que las que hubiera esperado.


Fuente : www.infocatolicos.cjb.net


miércoles, 4 de julio de 2007

El sexo como juego

Fuente: abc. 29/01/05


ENRIQUE ROJAS
Catedrático de Psiquiatría


La sexualidad es parte del amor. Y el amor debe conducir a la mejora personal y aproximarnos a mayores gradientes de felicidad.


El tema del preservativo está coleando. Hoy mi articulo no va a referirse a ese artilugio, sino a la antropología de la sexualidad.
Hay una sexualidad animal y otra humana. Las diferencias son de largo alcance, aunque en ambos se da la unión sexual (apareamiento y relación íntima completa).

Hay tres teorías especialmente vigentes en estos momentos sobre el tema:
1) el agnosticismo en el campo teórico, que declara que el conocimiento humano no puede conocer todo lo que aquí reside e ignora una antropología sexual;
2) el utilitarismo, que considera a la utilidad como principio básico de la conducta;
y 3) la visión integral de la sexualidad, que subraya que la sexualidad es un componente fundamental de la persona y que ésta no es algo puramente físico (genital), sino que mira al núcleo íntimo de la persona. Aquí se mezclan conartey armonía lo físico, lo psicológico, lo espiritual y lo biográfico.

La sexualidad humana es un bien. Podemos definirla como un lenguaje del amor. La separación entre sexo y amor es un defecto grave, porque limita y empobrece ese encuentro, ambos deben formar un binomio irrenunciable. Si nos preguntamos donde debe estar ubicado el mundo sexual, en qué parcela debemos encuadrarlo, la respuesta según los criterios de una antropología sólida y positiva es: dentro de la afectividad.

Es en el espacio de los sentimientos donde debe alojarse. La sexualidad es parte del amor. Y el
amor debe conducir a la mejora personal y aproximarnos a mayores gradientes de felicidad. El sexo con amor es el mejor camino para el desarrollo armónico de la pareja.

El ser humano es su cuerpo, pero no se agota en él. Sus principales dimensiones son cuatro:
1. El plano físico: es la base material de nuestro cuerpo. Ahí está la genitalidad, que conduce al final del acto sexual, con la penetración del pene en la vagina. De aquí emerge el orgasmo, la vivencia placentera que acompaña a ese unión sexual.
2. El plano psicológico: es la mente, los sentimientos, la sinfonía de ingredientes diversos que se hospedan dentro de nuestro patrimonio psicológico y que van desde la percepción a la memoria,
pasando por la inteligencia, la voluntad y los deseos. Toda una rica geografía de elementos diversos, que forman el mapa del mundo personal. Debe darse un encuentro de dos realidades
que se enriquecen recíprocamente, mucho mas que meros objetos.
3. El plano espiritual: es quizá el más complicado de definir, ya que es una esencia interior que no puede ser contemplada empíricamente. Lo espiritual hace más humano al hombre y lo eleva
de nivel y lo mueve hacia la trascendencia.
Es el paso de lo natural a lo sobrenatural, de la física a la metafísica, de la inmanencia a la trascendencia. Es la aspiración a lo absoluto.
4. El plano biográfico: en la relación sexual, dos personan se cruzan cada uno con su historia particular, con toda la grandeza y profundidad que ello significa.

Hay dos modos contrapuestos de relación sexual que quiero dejar claros.
Uno es la relación sexual sin amor verdadero: es preindividal y anónima, es más bien una relación genital en la que se usa el cuerpo del otro como objeto. Puede ser con el consentimiento de los dos (los dos se utilizan) ó a sabiendas sólo de uno de ellos. El sexo sin amor es algo animal, es lo que hacen los animales cuando se aparean y el acto se convierte en una reacción institiva, primaria, quese dispara ante el estímulo erótico.

Esta es una sociedad obsesionada con lo sexual, que lo ha convertido en objeto de consumo. Hay, simultáneamente, una divinización del sexo (sexo a todas horas, sobre todo en los medios de comunicación social, especialmente la televisión) y a la vez, una trivialización (como algo divertido, de usar y tirar, intrascendente, como pasatiempo). Se trata por tanto de una relación cuerpo a cuerpo, esta es una sociedad en donde con alguna frecuencia las personas son utilizadas como si fueran cosas. En esas circunstancias está en primer plano el concepto de desechable, tiplo kleenex, de uso sin más, son contactos sin vínculos, una apoteosis de los superficial y epidérmico, en donde uno se busca más a si mismo que al otro, en una actitud claramente egoísta y narcisista. Por eso la expresión «hacer el amor» me parece desafortunada e inexacta, pero se ha popularizado. No eres mas libre cuando haces lo que te apetece y te pide el cuerpo, sino cuando eliges aquello que te hace más persona.
Hoy en día vemos, a menudo, lo siguiente: el hombre fingiendo amor lo que busca es sexo, mientras que la mujer fingiendo sexo lo que busca es amor.
Lo dejo ahí, para que el lector extraiga las conclusiones que le parezcan.

En el otro extremo está la relación sexual con amor autentico y comprometido, cuya principal característica es que se trata de una relación integral, tomando esta palabra en toda la riqueza
de su expresión: es un encuentro íntimo que no es solo físico (genital), no solo psicológico (dos estilos y formas de ser), ni solo espiritual (espiritualista, algo propio de gentes «especiales»), ni solo biográfico... sino que es todo es a la vez y al mismo tiempo, formando una espléndida sinfonía de belleza que es capaz de ensamblar armónicamente todos los componentes que tiene el ser humano.
El que así actúa se puede decir que es íntegro y esa es una relación persona a persona. Se trata de una creación brillante, que redescubre la dignidad de la relación hombre-mujer, que tiene el coraje y la grandeza de ir contra corriente en una sociedad consumista de sexo desvinculado, tirando por la borda la relación puramente genital (sexo sin más).
La sexualidad con amor de verdad es un universo simbólico construido sobre los cuatro pilares claves: físico, psicológico, espiritual y biográfico. Las raíces son físicas; las ramas son psicológicas
y biográficas; la sabia es espiritual.
Hoy se ha instalado en el corazón de nuestra sociedad el sexo a todas horas como divertimento, como pasatiempo sin más referentes. Es una cosificación degradante, con dos notas paradójicas:
el sexo convertido en religión y el sexo trivial. El serhumano banalizado, encanallado, insignificante para lomás grande e íntimo, que reduce la sexualidad al placer genital y alorgasmosu icono definitivo.
Nos sumergimos así en la sexual performance: las marcas ó retos sexuales. Un sexo que se vuelve mentira y niega lo mejor la persona. La moral sexual no es un corsé que aprisiona, sino el arte de usar de forma correcta la libertad, la aspiración a lo mejor, a la excelencia. La obra bien hecha permanecerá.

lunes, 2 de julio de 2007

El verdadero rostro del amor

Fuente: arvo.net




Un libro de Tomás Melendo que es bueno conocer. El autor ha consagrado más de 20 años a desentrañar, cincelar y perfilar - desbrozando las innumerables falsificaciones que encontramos en el mundo de ayer y de hoy -, el verdadero «rostro del amor».


«Engañarse respecto al amor es la pérdida más espantosa, es una pérdida eterna, para la que no existe compensación ni en el tiempo ni en la eternidad: la privación más horrorosa, que no puede resarcirse ni en esta vida... ¡ni en la futura!»


Con estas palabras de Kierkegaard, redactadas ya hace más de siglo y medio, comienza el nuevo libro de Tomás Melendo titulado El verdadero rostro del amor [1]. La rotunda afirmación de Kierkegaard impresionó tanto al autor que ha consagrado más de 20 años a desentrañar, cincelar y perfilar, desbrozando las innumerables falsificaciones que encontramos en el mundo de ayer y de hoy, el verdadero «rostro del amor».

En esta obra -que continúa su Introducción a la antropología -publicada en la misma colección-, lo dibuja en forma breve, clara y progresiva, profunda y sugerente. «Amar es decir que sí desde el fondo del propio ser y con todas sus consecuencias, a la persona querida; ayudar a descubrir y conquistar la plenitud que la hará feliz; y todo, mediante la entrega de todo lo que cada uno es, puede, tiene, anhela, sueña… y necesita».

En la actualidad sobreabundan los «fracasos» en el amor. Melendo apunta en la Introducción, deficiencias que constituyen como su caldo de cultivo:

- incapacidad de compromiso, infidelidades o falta de lealtad entre esposos, novios, amigos, colegas, vecinos, compañeros, profesionales de muy distinto tipo...;
- indiferencia, mutuo soportarse, divorcios, separaciones...;
- abandono de los abuelos en lugares donde «se les cuidará mejor que en la familia»; despego y desatención de los hijos hacia los padres y viceversa, y de los hermanos entre sí...; además, y esto resulta más determinante, en nuestros días parece haberse perdido el sentido mismo del amor, en su acepción más alta.

No sabemos lo que es amar. El propio término ha sido desvirtuado, prostituido. Hoy, aquello que se designa con el vocablo «amor» tiene a menudo como punto de referencia (y esto en los casos en que no debe hablarse de auténtica perversión):

* una suerte de sentimentalismo difuso y blando, incapaz de colmar siquiera las nobles ansias de un adolescente,
* o la pura biología, el trato meramente físico, como en la envilecida y desgraciada frase de «hacer el amor»... tan lejana de su significado primitivo de conquistar a una persona o cortejarla noblemente, o del maravilloso y más profundo sentido de edificar juntos y a diario -por ejemplo, en el matrimonio- el amor de toda una vida.

Semejante olvido de lo que el amor lleva consigo compone sin duda uno de los males más de fondo de nuestra cultura. Por eso, si aspiramos a construir la civilización del amor a la que nos impelen desde hace lustros las instancias más autorizadas, hemos de empezar por elevar la categoría humana del conjunto de la sociedad, aprendiendo nosotros mismos y cada uno de los restantes miembros, en la teoría y en la práctica, lo que significa amar.

Todos habremos de tener claro que,

* lejos de difuminarse en esos efluvios sentimentaloides a los que antes me refería,
* lejos de consistir tan solo en una función de pura fisiología o incluso de mera «química» (que sin duda intervienen a menudo en lo que hoy viene llamándose relación «de pareja», así como en las de amistad),
* lejos de reducirse a un mero estímulo para el placer o la autorrealización egocéntrica, en una suerte de «egoísmo a dos» aparentemente compartido,
* el amor está esencial (aunque no exclusivamente) constituido por un acto de la voluntad, hondo, recio y estable,
* que pone en fecunda tensión a la persona entera,
* y gracias al cual se descubre, elige, persigue, realiza y entrega el bien del ser querido.
* Tranquilidad.


Al final de cada capítulo y a pesar de la claridad de la exposición, el autor nos alienta sin cansancio con la siguiente consideración, muy de agradecer:


El conocimiento humano es progresivo. Normalmente no se comprende del todo lo que se lee por primera vez. Lo medio-entendido entonces prepara para estudiar lo que sigue, y el nuevo conocimiento aclara lo ya aprendido. A menudo es preciso «ir y venir», leer más de una vez lo mismo. Pero el resultado final suele provocar una notable satisfacción.
Ánimo.

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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN
1. QUERER EL BIEN PARA OTRO
1. Querer
a) La voluntad... y más
b) Querer querer
2. Querer el bien
a) Enseñar y facilitar el amor
b) La brújula de todo acto educativo
3. Querer el bien para otro... en cuanto otro
II. CORROBORAR EN EL SER
1. Que exista
a) Decir que sí
b) Y decirlo de manera absoluta
2. Comprobación positiva
a) «Quando m imnamoro...»
b) Los defectos del cónyuge
c) Nuestra propia mejora
3. Comprobación negativa
a) Amar es decir: «no morirás»
b) Una «fractura» en el ser
111. DESEOS DE PLENITUD
1. La aspiración esencial del amor
a) Querer a alguien es siempre querer-que-mejore
b) Ser, para el hombre, es vivir y perfeccionarse
2. ¿Es el amor ciego?
a) Descubrir la actual riqueza interior del amado
b) Y entrever la futura
3. Las amables exigencias del cariño
a) Avivar el proceso de mejora
b) Con manifestaciones muy concretas
c) Y el esfuerzo de la propia entrega
IV. ENTREGA
1. Donación personal y gratuita
a) «Tú, solo tú»
b) El sentido del regalo
2. La inclinación personal a darse
a) El hombre, un ser para el amor (y la felicidad como
consecuencia)
b) La fecundidad característica de la persona
c) La absoluta prioridad del otro
3. Fecundidad... de por vida

Tomás Melendo Granados es Catedrático de Filosofía (Metafísica) Director Académicos de los Estudios Universitarios sobre la Familia. Universidad de Málaga (UMA), España


tmelendo@eresmas.netwww.masterenfamilias.com

martes, 26 de junio de 2007

Amor triunfal de dos personas sexuadas

Fuente: http://www.arvo.net/






Hablar de castidad en pleno siglo XXI puede parecer chocante y anacrónico. Tal vez porque, erróneamente, ese término suele aludir a un conjunto de negaciones del todo ajenas al amor, hasta acabar por identificarse con la pura y simple abstención del trato corporal.

Por Tomás Melendo

1. Acrecentar el cariño.
2. Fomentar la atracción.
3. Tú y solo tú.


Hablar de castidad en pleno siglo XXI puede parecer chocante y anacrónico. Tal vez porque, erróneamente, ese término suele aludir a un conjunto de negaciones del todo ajenas al amor, hasta acabar por identificarse con la pura y simple abstención del trato corporal. Para san Josemaría Escrivá, por el contrario, la castidad conyugal era una virtud tremendamente afirmativa, "una triunfante afirmación del amor", como recoge el título de este artículo. Y lo explicaba así: "La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida".

Refiriéndola a los casados, y con palabras que recuerdan las antes citadas, la castidad conyugal sería la virtud que hace posible y facilita que a los quince, veinte, veinticinco o muchos más años de matrimonio, cada esposo se encuentre tan enamorado del otro y éste le resulte tan atractivo, en todos los sentidos del término, como aquel día ya lejano en que los dos quedaron recíprocamente prendados; o mejor, porque es más cierto, mucho más amable y arrebatador que entonces, por cuanto el cariño prolongado le ha conducido a descubrir y ahondar en su riqueza personal y en su hermosura más real y certera.

La castidad, por consiguiente, es algo grande, excelso, positivo, que no se limita o resuelve en un conjunto de prohibiciones y que va mucho más allá de los dominios de la mera genitalidad. Su objeto propio, como el de toda virtud, es el amor: En este caso, el amor de dos personas sexuadas -varón y mujer- y justo en cuanto tales. Y su fin, hacer que se despliegue y fructifique ese cariño en todas y cada una de sus dimensiones, no sólo en las directamente relacionadas con el trato corporal ni genital. De esto continuaré hablando en próximos artículos.

Acrecentar el cariño
Se entiende entonces que el principal y más definitivo acto de esta virtud consista en fomentar positivamente, con las mil y una finuras que el ingenio enamorado descubre, el amor hacia el otro cónyuge.
Por eso, para vivirla en toda su grandeza, es oportuno que cada miembro del matrimonio dedique expresamente todos los días unos minutos a decidir aquel o aquellos detalles de cariño y delicadeza con los que dará una alegría al otro y elevará la calidad y la temperatura del amor mutuo; como también que ponga todos los medios a su alcance para que esas manifestaciones de afecto decidido lleguen a cumplirse, teniendo en cuenta que si no se empeña en darles vida es muy posible que el trabajo y las demás ocupaciones las dejen en simple "buena intención".
De manera similar, un marido enamorado tiene que estar dispuesto a repetir muchas veces al día a su esposa, junto con otras manifestaciones de afecto, que la quiere. ¡Claro que ella ya lo sabe! Pero necesita de forma casi perentoria que semejante confirmación gozosa le entre por los oídos muy a menudo: es una delicadeza aparentemente mínima, pero que la reconforta y le da vigor para seguir en la brega, a veces ingrata, de sacar adelante con bríos renovados el hogar y la familia. Y el varón, por su parte, además de agradecer también en muchos casos la declaración paralela de su esposa, necesita pronunciar esas palabras para reforzar, mediante la afirmación expresa y materializada, los quilates de su amor y de su fidelidad.
Además, y por poner otro ejemplo, marido y mujer han de esforzarse asimismo con frecuencia por sorprender a su pareja con algo que ésta no esperaba y que revela su aprecio e interés por ella. No sólo en los días señalados, en los que esas manifestaciones "ya se suponen", sino justo en aquellos otros en los que no existiría ningún motivo para tener una atención especial... ¡excepto el cariño enamorado de los cónyuges, siempre vivo y siempre creciente! Teniendo en cuenta, por otro lado, que lo importante es ese fijar la mirada en el otro, dedicarle tiempo y atención, y no necesariamente el valor material de lo que se ofrenda.
En la misma línea, para vivir la plenitud del amor que aquí estamos considerando, resulta imprescindible que los cónyuges sepan encontrar ratos para estar, conversar y descansar a solas, en las mejores condiciones posibles, venciendo la pereza inercial que a veces pudiera acosarles. Sin hacer de esto un absoluto, sino a modo de simple sugerencia, una tarde o una noche a la semana dedicada en exclusiva al matrimonio, además de facilitar enormemente la comunicación, constituye uno de los mejores medios para que la vida de familia -y, por tanto, el cariño hacia los hijos- progrese y se consolide, hasta dar frutos sazonados de calidad personal.
Por eso, la solicitud y el mimo a la propia pareja debe anteponerse a las obligaciones laborales y sociales y, si valiera la contraposición un tanto paradójica, incluso al cuidado "directo" de los niños... que quedará potenciado por el amor mutuo de sus padres.
Fomentar la atracción

A la vista de cuanto estamos viendo, resulta fácil comprender que es un acto de virtud -de la virtud de la castidad, en concreto- hacer cuanto esté en nuestras manos para aumentar la atracción, también la estrictamente sexual, a y de nuestro cónyuge.
Particularmente, parece manifestación de buen sentido aprovechar el gozo entrañable que Dios ha unido al abrazo amoroso personal e íntimo para resolver pequeñas discrepancias o desavenencias surgidas durante el día, para poner fin a una situación de tirantez, o para relajarse en momentos en que la vida profesional o familiar de uno u otra generan especiales tensiones. Como consecuencia, entre otras cosas, ambos tendrán que prestar atención a su aspecto físico.
Como también resulta imprescindible, y estamos ahora ante una cuestión más de fondo y de conjunto, que ambos esposos sepan presentarse y contemplarse, a lo largo de toda su vida, por lo menos con el mismo primor y embeleso con que lo hacían en los mejores momentos de su etapa de novios. Obrar de otra manera, dejar que el amor se enfríe o se momifique, equivale a poner al cónyuge en el disparadero, propiciando que busque fuera del hogar el cariño y las atenciones que todo ser humano necesita la cualquier edad!... y que nunca deben darse por supuestos.
Situada en este horizonte vital, la mujer debe estar persuadida de que la fecundidad embellece y de que su marido posee la suficiente calidad humana para apreciar la nueva y gloriosa hermosura derivada de la condición de madre.
Ciertamente, la maternidad reiterada suele "romper las proporciones materiales" que determinados y superficiales cánones de belleza femenina pugnan por imponernos. Pero el menos perspicaz de los maridos, si se encuentra de veras enamorado, advierte el esplendor que esa "desproporción" lleva consigo; reconoce que su mujer es más hermosa -e incluso sexualmente más atractiva- que quienes se pavonean con un remedo de belleza reducido a "centímetros" y "contornos". A poca sensibilidad que posea, un varón descubre embelesado en el cuerpo de su mujer, acaso menos vistoso: I) el paso de su propio amor de marido y padre; II) la huella de los hijos que ese cariño ha engendrado; III) la tarjeta de visita del Amor infinito de todo un Dios creador, que les demos! tró su confianza al dar vida y hacer desarrollarse en el seno de la esposa a cada una de esas criaturas... ¡Cómo no habría de sentirse cautivado por semejantes enriquecimientos!.
Después de bastantes años de casado y de trato con otros matrimonios, en ocasiones experimento la necesidad de pedir a las esposas que se "conformen" con gustar a sus maridos... y gocen plenamente con ello. Que, sobre todo con el correr del tiempo, no pretendan "gustarse a sí mismas" son sus críticas más feroces- ni admitan comparaciones con sus amigas o con otras personas de su mismo sexo... y mucho menos con las más jóvenes. Que crean a pies juntillas a sus esposos cuando éstos le digan que están muy guapas, sin oponer siquiera en su interior la más mínima reserva... Toda mujer entregada -esposa y madre- debe tener la convicción inamovible de que incrementa su hermosura radicalmente humana en la exacta medida en que va haciendo más actual y operativa la donación a su esposo y a sus hijos.
Tú y solo tú
La otra cara de la virtud de la castidad, aparentemente negativa, pero derivada de la misma necesidad de hacer crecer el cariño mutuo, podría concretarse en la obligación gustosa de evitar todo lo que pudiera enfriar ese amor o ponerlo entre paréntesis, aunque fuera por unos minutos. Por tanto, el sentido de esa renuncia es eminentemente positivo: de lo que se trata, también ahora, es de que el amor conyugal madure y alcance su plenitud. No debería olvidarse este extremo si se quiere comprender a fondo el verdadero significado de la virtud de la castidad, su valencia de tremenda afirmación.
Si nos atenemos a quienes se hallan unidos en matrimonio, que son los que aquí estamos contemplando, esa afirmación, tomada en serio, se constituye en criterio claro y delicadísimo de amor al cónyuge. Para el hombre casado no puede existir otra mujer, en cuanto mujer, más que la suya. Obviamente, ese varón (y lo mismo, simétricamente, se podría afirmar de su esposa) se relacionará con personas del sexo complementario: compañeras de trabajo, secretarias, alumnas, coincidencias en viajes... Y la educación y el respeto le llevará comportarse con ellas con delicadeza y deferencia. Pero a ninguna la tratará en cuanto mujer -poniendo en juego su condición de varón, que ya no le pertenece-, sino exquisitamente en cuanto persona.
Y esto, que de entrada podría presentarse como en exceso teórico e incluso artificial y alambicado, tiene una traducción muy clara y operativa: todo lo que yo hago con mi mujer justamente por ser mi mujer debo evitarlo al precio que fuere con cualquier otra: lo que comparto con ella por ser mi esposa no puedo compartirlo con nadie más.
Aunque estemos ante personas aparentemente maduras, en este punto es muy fácil ser ingenuos. Pues, en principio, y después de unos cuantos años de tratar a diario con nuestra pareja en los momentos de alza y en los de bancarrota, cualquier otra mujer o cualquier otro varón se encuentran en mejores condiciones que los propios para presentar ante nosotros "intermitentemente" -en los aislados espacios de trato mutuo- su cara más amable. No nos los encontramos sin arreglar, recién levantados o levantadas, cuando podría incluso decirse que "simplemente no son ellos/as"; ni suelen estar cansados o cansadas, ni tienen que resolver con nosotros los problemas planteados por los hijos o los quebraderos de cabeza de una economía no muy boyante... Arreglado o arreglada, dispuesto casi por instinto y con la más limpia de las intenciones a gustar y caer bien, pueden dar de sí lo mejor que poseen, sin que exista el contrapeso de los momentos duros y de flaqueza que por fuerza se comparten ! en el interior del matrimonio. Además, él o ella suelen ser más jóvenes y más comprensivos (entre otras cosas, porque no nos conocen a fondo), y se encuentran pasajeramente adornados con muchas prendas que, de manera un tanto artificial, engalanan su figura y su personalidad ante nuestra mirada -en esos momentos no del todo perspicaz-... y que el trato continuado y duradero sin duda devolvería a sus auténticas dimensiones.
Para redondear esta idea, y para ir terminando lo que de otro modo resultaría inacabable, añadiré que es bastante difícil que una mujer distinta de la propia deje de comprender los problemas que sufrimos en nuestro hogar y en nuestro matrimonio y de experimentar, al conocerlos, una sincera compasión por nosotros. Como también es improbable -aunque por motivos muy distintos- que un varón deje de entender los de una mujer casada si cede a que se los explique. En los dos casos es menester una categoría hoy por desgracia no muy frecuente para quedar mal y rechazar de manera educada pero decidida ese tipo de confidencias.
Y todo ello resulta, sin embargo, necesario para no enredar con la dicha propia y ajena y poner a nuestros "hijos" en un brete, vendiendo la grandeza profunda de una vida de familia vivida en plenitud por el superficial embeleso de unos momentos de satisfacción egocéntrica. El amor que empapa nuestro hogar nos llevará a eludir esas gratificaciones aparentes, con objeto de robustecer los cimientos de nuestra felicidad en el matrimonio.