miércoles, 28 de diciembre de 2016

Aniversario de la fundación de Palencia, 29 de diciembre de 1580 - 29 de diciembre de 2016

Aniversario de la fundación en Palencia
29 de diciembre de 1580 - 29 de diciembre 2016

            El día 29 de diciembre de 1580, "día del rey David", Teresa de Jesús (con sesenta y cinco años de edad) establecía en Palencia el Carmelo de San José, su decimo cuarta fundación. En el capítulo 29 del Libro de las Fundaciones ya nos lo dice: «Habiendo venido de la fundación de Villanueva de la Jara, mandóme ir a Valladolid, a petición del obispo de Palencia, que es don Álvaro de Mendoza, que el primer monasterio, que fue San José en Ávila, admitió y favoreció, y siempre, en todo lo que toca a esta orden, favorece; y, como había dejado el obispado de Ávila y pasádome a Palencia, púsole nuestro Señor en voluntad que allí hiciese otro de esta sagrada orden».
            Los entendidos en la materia suelen manifestar que sorprende la facilidad con que se concluyó esta fundación, teniendo en cuenta que la ciudad vivía en aquellos momentos transformaciones importantes tanto en lo político como en lo eclesiástico. Recordemos que por aquel entonces, en el terreno propiamente religioso, aún estaba pendiente de introducir la reforma del clero aprobada por el Concilio de Trento. Los canónigos palentinos se mostraban reticentes a todo cambio, parapetándose en el antiguo privilegio de no ser visitados por el Obispo sin jueces adjuntos, ni permitir visitar a los curas de sus parroquias. No es extraño que al año de llegar a la mitra, don Álvaro de Mendoza mostrase sumo interés en traer a Palencia el Carmelo Descalzo como ejemplo de reforma, favoreciéndole desde el comienzo.
            Santa Teresa de Jesús nos cuenta: «Tomé dos monjas para comprar la casa. Ya, aunque me decían no era posible vivir de limosna en Palencia, era como no me lo decir; porque, haciéndola de renta, ya veía yo que por entonces no podía ser, y pues Dios decía que se hiciese, que su Majestad lo proveería».
            Igualmente sorprende que en una ciudad con recursos muy escasos, no surgieran inconvenientes para la fundación de un monasterio sin rentas, que tendría que vivir por tanto de limosnas. La Santa lo atribuyó en gran medida a la condición generosa de los palentinos: «Yo no querría dejar de decir muchos loores de la caridad que hallé en Palencia, en particular y general. Es verdad que me parecía cosa de la primitiva Iglesia, al menos no muy usada ahora en el mundo, ver que no llevábamos renta, y que nos habían de dar de comer, y no sólo lo defenderlo -no estorbarlo-, sino decir que les hacía Dios merced grandísima». No faltaron tampoco personas estimadas en la ciudad por su nobleza y virtudes que la ayudaron decididamente. El sobrino de don Francisco Reinoso, llamado Jerónimo -"el santo canónigo"-, muy querido por el pueblo por sus constantes obras de caridad, fue quién recibió el encargo de Santa Teresa de preparar la casa que ya había tomado prestada el padre Gracián  en la calle Mazorqueros (la actual Colón nº 22). En la casa alquilada, donde se alojaron nada más llegar a Palencia, Teresa de Jesús y las carmelitas, recibieron una gran acogida y apoyo. Ella misma nos lo describe: «Es la cosa más extraña que he visto; ninguna persona hubo que le pareciera mal. Mucho ayudó saber lo que quería el obispo, por ser allí muy amado. Más toda la gente es de la mejor masa y nobleza que yo he visto, y así cada día me alegro más de haber fundado allí».
            Tal día como hoy hace 436 años se celebró la primera Misa en aquella casa alquilada del Monasterio fundacional en la actual calle Colón nº 22. Dos días después se puso y tañeron la campanilla. Santa Teresa de Jesús y las carmelitas permanecieron en esta casa alquilada hasta el 26 de mayo de 1581 día de la Traslación del Santísimo, saliendo de esta casa en solemne procesión.

            Ustedes, en el Carmelo están siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, y entregadas por entero a Cristo, edifican la Iglesia y colaboran en la salvación del mundo. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

Homilía de la Natividad del Señor 2016

HOMILÍA DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR 2016
            En la lectura del profeta Isaías nos habla de un mensajero que trae los pies cansados que anuncia la paz, que trae la Buena Noticia. De un mensajero que es guía y compañero de los hermanos que viven el sufrimiento y la incredulidad. Sólo aquellas personas que son capaces de reconocer que Dios les puede aportar algo extraordinario a su existencia que de otro modo no podrían alcanzar. Esas personas que viven el trascurso de sus días como una sucesión pero que empiezan a intuir que hay algo que les está faltando, que existe una inquietud dentro de su corazón que no está cuajando y por mucho que beban en otras fuentes -en la bebida, en los afectos desordenados, en las drogas, en el juego, etc.- no consiguen sofocarla, sino que se incrementa quedando aún más reseca la garganta de su alma.
            Esos pies benditos y hermosos que traen la Buena Noticia desean acompañarnos durante la trama de nuestra vida, ya sea en el júbilo de la fiesta, en el silencio de la plegaria, en la preocupación por la enfermedad de un ser querido que está lejos de uno o en lo más cotidiano que nos haga sufrir.
            Como creyentes que somos, como consagrados por el mismo Creador de todo cuanto existe, como pobres pastorcitos que adoramos al Niño Dios recién nacido, estamos llamados a ser sus antorchas llameantes que acompañen a los hombres de nuestra época a redescubrir el sentido de su ser. Ahora está muy visible en ese Niño indefenso  envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Muchos no estarán dispuestos a escuchar una voz distinta de la que ellos están ya acostumbrados. Dirán que ya son viejos para cambiar o simplemente a la mediocridad se han acostumbrado: «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron». ¿Y cuál es su casa?¿dónde está la casa del Señor? Todo bautizado es templo del Espíritu donde puede morar el Hijo del Altísimo. De muchas de esas casas el Señor no recibe el alojamiento.
            Nosotros tenemos la vocación de ser mensajeros de la Buena Noticia y acompañar en la fe a los que se dicen bautizados participando del sufrimiento que supone que no respondan, que se muestren indiferentes o molestos por escuchar lo que no quieren ni oír. Es participar en la prueba de la fe por ardor, donde no cabe en el mensajero ni la tibieza en la fe ni la incredulidad. Sabiendo que tiene asegurado la incomprensión de muchos, la indiferencia de la mayoría y la burla de algunos. De este modo ese mensajero «que pregona la victoria, que dice a Sión: "Tu Dios es rey"» será probado en la fe y se convierte en compañero de sufrimiento de quienes no creen. Compañero de sufrimiento porque sabrá que los demás no comprenderán las razones de fondo de por qué actúa o siente de un modo determinado. Compañero de sufrimiento porque en aquellos que ama ese Niño Dios no ocupa el lugar que debería.

            Es la fe ardiente probada la que permite la compasión, porque se nos hace entrar personalmente en la sequedad, en la soledad, en la amargura, en la falta de sentido de la vida de quien no cree. Y entonces cuando ese mensajero redescubre que en ese mensaje que él mismo anuncia, recibe ese impulso que procede de lo sobrenatural que le hace levantarse, alzar la mirada, reconfortar en el gozo su corazón y obtener la certeza moral de la existencia de ese Dios que enjuga las propias lágrimas, que nos reconforta en el duelo y nos infunde esa esperanza que nos permite ver, a través de la densa niebla, el rostro tierno e inconfundible de aquel que nació del seno de la Virgen María. 

martes, 20 de diciembre de 2016

Homilía para la Noche Buena 2016

NOCHE BUENA 2016
            Hace unos días, en nuestra ciudad, organizaron una cabalgata a un personaje bien entrado en kilos, gordinflón, vestido de rojo y además con unas papadas coloradas que daba la impresión de estar dando, de vez en cuando, algún lingotazo a la botella de whisky. En otra carroza, no se si era la anterior o la posterior a de este barrigudo colorado, había una serie de personas caracterizadas, vestidas como los personajes de fantasía de Disney. Y lo más curioso es que esos personajes de fantasía, sin darse cuanta nos estaban dando un mensaje claro, que todo eso es fantasía, que es falso, que es inconsistente, que es un espejismo en medio de nuestro particular desierto y que por mucho que vayamos corriendo hacia ese espejismo creyendo que es verdad y que podemos hallar ese oasis, terminamos muriendo en el intento de la manera más absurda.
Durante el recorrido de esta carroza, a ambos lados, abarrotado de personal, niños, adultos y mayores. Ese personaje, Papa Noël, muchos niños le adoran porque le relacionan con los regalos que esperan tener. El barrigudo este se dedica a dar cosas, a dar regalos, a satisfacer el ansia de los demás para tener cosas.
            Según el Instituto Nacional de Estadística, en el año 2015 el total de procesos de disolución de matrimonios fueron 101.357. De ellos 96.562 fueron divorcios; siendo la duración media de los matrimonios de unos 16 años con dos meses. Aquí, en nuestra Comunidad Autónoma, en Castilla y León, durante el año 2015,  fueron 4.063 rupturas de matrimonios, siendo 3.865 los divorcios. Cataluña se lleva la palma. En el año 2014 se suicidaron en España 3.914 personas. Estos datos hacen pensar. ¿Cómo es posible que esta sociedad nuestra esté bajo los efectos de unos densos nubarrones de oscuridad? ¿Podemos satisfacer nuestra alma teniendo cosas? ¿Acaso tener cosas y amontonar cosas aportan algo de sentido a la vida de uno? Pues parece que el gordo barrigudo dice que sí, mientras que los personajes de ficción de Disney le hacen la contra –quitándole la razón- sin que ellos lo lleguen a saber: Ya que son espejismos y en espejismos se quedan.
            En medio de aquel gentío que se amontonaba para ver pasar la cabalgata de este personaje tan poco frecuentador de gimnasios, con unas temperaturas típicas de un invierno castellano, estaba viendo cómo un muchacho, sorteando a la gente allí plantada, venía caminando con paso ligero sujetando un farol y dentro, protegida para no apagarse, una vela encendida. Resulta que el Obispo había entregado la Luz de la paz de Belén. De allá viene, del lugar del nacimiento del Salvador. En medio de todo aquel jolgorio la luz de Belén estaba pasando y muy pocos se percataron de su paso. Por donde pasaba generaba claridad, pero muchos ojos preferían ver otras cosas. Tenían sus ojos en la cabalgata y sus corazones esperando ser saciados de consumismo y más consumismo. Mientras unos dan cosas, hay otro que es Dios que se da a sí mismo en su Hijo, en ese pobre portal en Belén. Y aquel que experimente la acogida de la misma persona de Cristo empezará a adquirir un sentido nuevo y con consistencia en su existencia.
Lo mismo le pasó a San José. Él desesperado por encontrar un lugar digno para que su esposa diera a luz al que es la Luz, y llamó a muchas puertas, pero sus moradores prefirieron sus comodidades y sus minucias. Su egoísmo y sus pecados personales impidieron que pudieran disfrutar de un acontecimiento que hubiera supuesto para ellos una causa de salvación.
            El profeta Isaías nos dice: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló». ¿Cuántas personas están bajo la sumisión de la oscuridad de su pecado viéndose privado del amor auténtico? Muchas. Cristo nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos para esperar una gran dicha, una gran alegría, una gran recompensa: Estar con Él.
            Mucha gente había en Belén en aquellos días cuando Jesús nació. Era mucho el alboroto de las personas que iban y venían a causa del famoso edicto del emperador Augusto mandando que cada cual se empadronase. Y aún así cada cual iba a lo suyo, intentando siempre vivir un poco mejor, con más comodidades, con mayor calidad de vida, etc. Sólo los pobres de corazón pudieron ver a Dios en ese pobre portal y adorarlo con todo el corazón.
            Recordemos, pasemos por el corazón aquellas palabras de Jesucristo en el Sermón del monte: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8). Sólo los pobres de corazón pudieron ver cómo esa luz de Belén, llevada en ese farol, iba paseando entre el gentío, sorteando los obstáculos y ante la indiferencia de la mayoría. Sólo los pobres de corazón pudieron entender que «sólo Dios basta» y que ese Niño era ya el supremo regalo. Dios no nos da cosas, Dios se nos entrega a nosotros. Y de experiencia tenemos todos de esto: en la Santa Eucaristía. ¡Que fácil es dar cosas y qué exigente es darse a sí mismo!, ¡qué fácil es ser un Papa Noël y que duro es ser ese Niño Dios que se da a sí mismo! Y si por lo menos uno se diera a alguien que le cayese bien, sería algo más gratificante. Pero como tengas que darte por entero a tu enemigo –o a aquel que sabes de antemano que ha hablado largo y tendido mal de ti-, eso es insufrible si se piensa hacer sin la gracia de Dios.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Homilía del Cuarto Domingo de Adviento, ciclo a

HOMILÍA DEL DOMINGO CUARTO DE ADVIENTO, CICLO A
            Nos enseña San Juan de la Cruz: «Mira que tu ángel custodio no siempre mueve el apetito a obrar, aunque siempre alumbra la razón; por tanto, para obrar virtud no esperes al gusto, que bástate la razón y entendimiento» (Escritos breves, Dichos de luz y amor, 36). El Señor, cuando interviene en nuestra historia, tal vez no nos dice lo que esperamos oír. Es más, cuando su voluntad no coincide con la propia nos hacemos los remolones porque queremos evitar cargar sobre nosotros el peso de la cruz. Y cuando uno no carga con su cruz se convierte en una tortura y un ser insoportable para los demás. Un profesional de cualquier campo –de la medicina, de la educación, de la banca, del campo empresarial, etc.- que desea promocionar en su puesto de trabajo para así ganar más dinero y estar mejor en dicho empleo y mencionada promoción no termina de llegar. Es más, se lo conceden a otro que, a opinión del interesado, no se lo merecía. Como no acepta su realidad y no es capaz ni de dar gracias a Dios por mantener su puesto de trabajo, va reventando en críticas, malos humos, un genio que lo termina pagando con la esposa y los hijos, etc. O ese chico que va viendo cómo el tiempo trascurre y no encuentra a ‘su media naranja’ porque siempre encuentra ‘pegas’ en las chicas que el Señor le va presentando. Y como no cumple con ‘sus expectativas’ las rechaza y se lamenta por su situación de soltería y le brota comportamientos de envidia ante todos aquellos que sí han encontrado a su pareja. Ya nos lo recuerda San Juan de la Cruz: «El que no busca la cruz de Cristo no busca la gloria de Cristo» (Escritos breves, Dichos de luz y amor, 101). Sin embargo el Señor sí nos alumbra la mente y nos regala el ejercicio del discernimiento. Muchas cosas las tenemos que hacer, no porque lo deseemos, sino porque es lo que debemos de hacer. Porque no queremos buscarnos a nosotros mismos, sino cumplir con la voluntad divina.
            Ÿ Recordemos a Abrahán. Él que moraba en Ur de los Caldeos con su esposa y todas sus posesiones. Y Abrahán escucha una voz que antes nadie había escuchado que le dice que salga de su tierra, de su patria y que vaya a un lugar indeterminado que ya se le irá indicando. Abrahán, bien entrado en años, obedeció e hizo lo que Dios le dijo. ¿Acaso Dios defraudó a Abrahán? ¿Acaso Dios no cumplió sus promesas con Abrahán? Su mujer no había experimentado esa teofanía –esa manifestación divina- y no asumía la cruz que le suponía dejar todo para ir a un lugar que ni Abrahán ni sabía ni conocía. Y como consecuencia de no asumir su propia cruz trajo de cabeza al pobre Abrahán.
            Ÿ Recordemos a Lot, sobrino de Abrahán (cf. Gn 12,5): Cómo esos dos ángeles llegaron a Sodoma, que era donde moraba, y le dicen que ese lugar va a ser destruido y salgan de allí con presteza, con gran diligencia. Lot obedeció e hizo lo que Dios le dijo. Sin embargo la mujer de Lot  no asumió la cruz de tener que dejar su casa y posesiones simplemente porque unos mensajeros le habían dado esa noticia, dudó de la Palabra de Dios y desobedeció. Y como consecuencia de no asumir su propia cruz fue convertirse en estatua de sal (cf. Gn 19).
            Ÿ Recordemos a José, el hijo de Israel (cf. Gn 37), que acepto la cruz de un futuro injusto al ser vendido, por envidia, por sus hermanos a aquellos comerciantes ismaelitas para luego ser vendido en Egipto a Putifar, cortesano del faraón y jefe de la guardia. Sin embargo sus hermanos, estaban sumidos y sufriendo los profundos remordimientos de conciencia por ocultar a su padre lo que habían hecho con su hermano. Y José fue altamente recompensado por Dios.  JOSÉ OBEDECIÓ E HIZO LO QUE DIOS LE DIJO.
Ÿ Recordemos a Moisés, que escuchando el mandato dado por Dios fue el instrumento puesto por Dios para que sacara a su pueblo de la esclavitud del faraón. Moisés que aceptó la cruz de hacer frente al faraón, que aceptó la cruz de tener a Aarón para que hablase a la gente por Moisés, asimilando así Moisés su limitación y  aceptando su humillación al ser torpe de boca y de lengua (cf. Ex 4, 10). MOISÉS OBEDECIÓ E HIZO LO QUE DIOS LE DIJO.
Ÿ Recordemos a José de Nazaret, el carpintero. Desposado con María de Nazaret, que resulta que ella regresa de visitar a su prima Isabel y está en cinta sin haber hecho nada con ella el pobre José. Su prometida siendo objeto de rechazo y de insultos por parte de sus conciudadanos al estar embarazada antes de estar casada. La cruz de José de Nazaret era muy pesada. Pero en sueños se le apareció un ángel del Señor que se lo explicó y él, lejos de renegarse, hizo lo que le mandó el ángel del Señor: José de Nazaret obedeció e hizo lo que dios le dijo. Y esa cruz dolorosa se tornó en cruz gloriosa al ser el fiel custodio del Hijo de Dios y de su esposa y Madre de Dios.
            San Pablo en su carta a los Romanos nos habla de ‘suscitar la obediencia de la fe’. El Espíritu Santo nos alumbra la razón y abre el entendimiento. Sin embargo el hombre viejo, el pecado reside en nosotros y nos renegamos porque queremos deshacernos de nuestras cruces, porque no las queremos aceptar. No queremos obedecer a Dios porque no queremos sufrir. Y alguna vez el demonio se frota las manos y ese pecado nos gana la partida y sale de nosotros ese genio insoportable, esos ataques de cólera, ese acto de soberbia y esa crítica ácida.
            Recordemos las palabras de Santa Teresa de Jesús al respecto: «Yo creo que, como el demonio ve que no hay camino que más presto lleve a la suma perfección que el de la obediencia, pone tantos disgustos y dificultades debajo de color de bien. Y esto se note bien, y verán claro que digo verdad. En lo que está la suma perfección, claro está que no es en regalos interiores ni en grandes arrobamientos ni visiones ni en espíritu de profecía, sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra voluntad, y tan alegremente tomemos lo sabroso como lo amargo, entendiendo que lo quiere su Majestad» (F 5, 10).

            Lo nuestro es buscar el rostro de Dios haciendo su voluntad, tal y como lo hizo San José obedeciendo al ángel del Señor. 

sábado, 10 de diciembre de 2016

La muerte explicada por una niña con cáncer terminal

Fuente: http://www.alfayomega.es/32695/la-muerte-explicada-por-una-nina-con-cancer-terminal

La muerte explicada por una niña con cáncer terminal 
La muerte explicada por una niña con cáncer terminal
«Cuando yo muera, creo que mi madre sentirá nostalgia. Pero yo no tengo miedo a morir. ¡Yo no nací para esta vida!»
Como médico oncólogo, ya endurecido con largos 29 años de actuación profesional, puedo afirmar que he crecido y he cambiado con los dramas vividos por mis pacientes. No conocemos nuestra verdadera dimensión hasta que, golpeados por la adversidad, descubrimos que somos capaces de ir mucho más allá.
Me acuerdo con emoción del Hospital del Cáncer de Pernambuco, donde di mis primeros pasos como profesional… Empecé a frecuentar la enfermería infantil y me apasioné por la oncopediatría.
Viví los dramas de mis pacientes, niños víctimas inocentes del cáncer. Con el nacimiento de mi primera hija, comencé a asustarme al ver el sufrimiento de los niños.
¡Hasta el día en que un ángel pasó a por mí! Mi ángel vino en forma de una niña de 11 años de edad, ya probada por dos largos años de tratamientos diversos, manipulaciones, inyecciones y todas las incomodidades que provocan los programas químicos y las radioterapias.
Pero nunca vi a este pequeño ángel flaquear. La vi llorar muchas veces; también vi miedo en sus pequeños ojos; al fin y al cabo, ¡esto es humano!
Un día llegué al hospital muy temprano y encontré a mi pequeña ángel sola en la habitación. Pregunté por su madre. La respuesta que recibí, aún hoy, no consigo contarla sin experimentar una profunda emoción.
— Tío —me dijo ella— a veces mi madre sale del cuarto para llorar a escondidas en el pasillo… Cuando yo muera, creo que ella va a sentir mucha nostalgia. Pero, yo no tengo miedo a morir, tío. ¡Yo no nací para esta vida!
Le pregunté: — ¿Y qué es la muerte para ti, querida mía?
– Escucha, tío, cuando la gente es pequeña, a veces, nos vamos a dormir a la cama de nuestro padre, y al día siguiente nos despertamos en nuestra propia cama, ¿a que sí? (Recordé a mis hijas, en la época en que eran niñas de 6 y 2 años, con ellas yo hacía exactamente igual). Esto mismo es.
– Un día yo me dormiré y mi Padre vendrá a buscarme. Me despertaré en la casa de Él, ¡en mi verdadera vida!
Me quedé estupefacto, no sabía qué decir. Me impactó la madurez con que el sufrimiento había acelerado la visión y la espiritualidad de aquella niña.
– Y mi madre me recordará con nostalgia – añadió ella.
Emocionado, conteniendo una lágrima y un sollozo, le pregunté:
– ¿Y qué significa la nostalgia para ti, querida mía?
– ¡La nostalgia es el amor que permanece!
Hoy, a los 53 años de edad, desafío a quien quiera a dar una definición mejor, más directa y simple de la palabra nostalgia: ¡es el amor que permanece!
Mi angelito ya se fue hace muchos años. Pero me dejó una gran lección que ayudó a mejorar mi vida, a intentar ser más humano y cariñoso con mis pacientes, a revisar mis valores. Cuando la noche llega, si el cielo está limpio y veo una estrella, para mí es «mi ángel», que brilla y resplandece en el cielo.
Imagino que ella es una estrella fulgurante en su nueva y eterna casa.
Gracias angelito, por la vida bonita que tuve, por las lecciones que me enseñaste, por la ayuda que me diste. ¡Qué bueno que existe la nostalgia! El amor que queda es eterno.
Por el Dr. Rogério Brandão, oncólogo brasileño
Artículo publicado en el blog Pensador, y traducido por Aleteia
Pensador/Aleteia



Fecha de Publicación: 15 de Octubre de 2015

Homilía del Tercer Domingo de Adviento,ciclo a

domingo, 4 de diciembre de 2016

Homilía del Segundo domingo de adviento, ciclo a

DOMINGO II DE ADVIENTO, CICLO A
            La Palabra de Dios, tanto la de hoy como la de estos días, me trae a la memoria aquellos campamentos de verano que –ya fuera como acampado o como monitor- tanto disfrutaba tanto en la preparación como en el desarrollo de las gymkanas. Algunas de esas gymkanas consistían en superar una serie de pruebas de las mas variopintas –una adivinanza, el buscar un objeto, pintar o escenificar algo, etc.- para que así pudieran conseguir esas pistas para poder acceder a la siguiente prueba, y superadas todas poder ser los ganadores obteniendo lo que se podía. Lo mismo nos está sucediendo estos días de adviento tanto con los textos litúrgicos como con la Palabra. Día a día el Señor nos va presentando una serie de pruebas para que, cada cual, ponga en juego su inteligencia, voluntad y libertad, y así poder obtener una pista de cómo se está andando por la vida. Recordemos lo que nos dice San Pablo en su epístola a los de Éfeso: «Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados» (Ef 4,1).
            Y en esta particular gymkana con las diversas pruebas a superar y así obtener la pista para realizar la siguiente prueba nos encontramos cómo la Palabra, el otro domingo, ya nos dejaba un mensaje muy claro: ¡Velad! Y la Palabra nos avisaba que estamos acostumbrados a un progreso horizontal: mirar y el día a día, el preocuparnos por la economía doméstica, el sacar unos estudios, el conseguir y conservar un puesto de trabajo, el hacer frente al pago de la hipoteca, etc., y olvidándonos que es Dios quien nos sostiene y nos da las cosas que tenemos y somos. De tal forma que cuando apostamos por el progreso no horizontal, sino el vertical, todo cambia, ya que la fe entra en escena. Ya que Dios ilumina lo que se vive y lo da un sentido sobrenatural.
            Una de las pruebas que el Señor nos ha puesto en nuestra particular gymkana está precisamente en la oración colecta del pasado jueves que rezaba así: «Despierta tu poder, Señor, y ven a socorrernos con tu fuerza; que tu amor y tu perdón apresuren la salvación que nuestros pecados retardan». O sea, que el pecado personal es un obstáculo que dificulta la salvación. Cuando una persona, pensando en sí misma no tiene en cuenta las necesidades que surgen en una comunidad cristiana, está viviendo para sí misma y está retardando la llegada de la salvación de Dios. En gran parte porque ese modo de comportarse no ayuda ni estimula a seguir y a enamorarse de Cristo.
            El viernes, la oración colecta, también se las trae, ya que es otra de las pruebas planteadas por el Señor: «Despierta tu poder y ven, Señor; que tu brazo liberador nos salve  de los peligros que nos amenazan a causa de nuestros pecados». A lo que el Señor nos dice que cuidado con lo que hacemos porque nuestro mal comportamiento, nuestra soberbia, y demás pecados que nos afectan a nosotros, a los demás y a Dios impiden que la gracia de Dios pueda fluir como debiera. Ya que mi malas palabras, mi enfado, mi deseo de llevarme siempre la razón… dificultan que el rostro de Cristo sea visualizado, dificultan que el amor de Cristo sea sentido y perjudican, sobre todo, a los que tienen su fe más débil. Esa armonía de la que nos habla el profeta Isaías de que «Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente», esto que nos habla de armonía queda hecha añicos cuando nuestro pecado entra en escena.
            Por eso tan importante hacer caso a lo que nos dice San Pablo hoy: «Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza». La Palabra es como un escaner que nos permite detectar nuestro pecado personal  y así poder poner la sanación oportuna.
            La oración después de comunión tanto del viernes de la primera semana como la del domingo de la segunda semana nos vuelve a poner otra prueba el Señor para esta particular gymkana: «Alimentados con esta Eucaristía , te pedimos, Señor, que, por la comunión de tu sacramento, nos des sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo».  Y claro está, ni yo ni nadie podremos amar intensamente los bienes del cielo si previamente no nos ponemos en un proceso de conversión. De ahí la urgente necesidad de hacer caso a Juan el Bautista: ¡Convertíos!, mejor dicho, Roberto -si soy yo, él que os habla y  a mí me lo digo-  ¡conviértete! porque quiero ser guiado hasta Cristo con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida. Todo para ganar esa gymcana y poder disfrutar del premio de estar con Cristo.

Lecturas:
Lectura del libro de Isaías 11,1-10:
Sal 71,1-2.7-8.12-13.17 R/. Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 15,4-9:

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3,1-12:

sábado, 26 de noviembre de 2016

Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo a

DOMINGO PRIMERO DE ADVIENTO, CICLO A
            La Palabra de Dios es como la tela de araña. Como te dejes atrapar por ella, te da una serie de meneos en tu vida que te marea, porque no te deja ‘títere con cabeza’. Estamos ahora aquí, en esta celebración, no para cumplir con el precepto dominical, sino porque queremos tener un encuentro personal y comunitario con nuestro Divino Salvador: Jesucristo. Y los encuentros con el Señor no son de esos que se componen de un ‘hola, o un buenos días’ y un ‘adiós, o un hasta luego’. Sino que se asemeja más bien a esos tipos de encuentros de los que la madre ‘te llama al orden’ y te dice: « ¿dónde te has metido que vas hecho un guarro, con una mancha de tomate en toda la camisa y además recién planchada de esta misma tarde? ¿Y esos zapatos? ¿No había más charcos para meterte en ellos para pringarlos de barro? ¿De qué me ha servido estar limpiándolos con betún esta tarde?». Es más, la misma Palabra cuando habla de sí misma ya nos lo avisa en el libro del Apocalipsis: «El ángel me dijo: ‘Toma y devora el libro; te amargará en el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel’. Tomé el librillo de la mano del ángel  y lo devoré; en mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor» (Ap 10, 10). Recordemos lo que nos dice el libro de los Proverbios al respecto: «El Señor corrige a los que ama, como un padre al hijo preferido» (Prov 3, 12). También es cierto que el Señor reconoce el buen obrar y lo premia generosamente: «Venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y  me disteis de beber, (...) y éstos heredarán la vida eterna».
Podemos decir, «el Señor es bueno y siempre nos perdona, ¿cómo va a permitir que su Palabra nos intranquilice o nos genere desasosiego?». Que sí, que coincido, que el Señor ese bueno y rico en misericordia, pero el Señor no es ni tonto ni bobo. Ese «Jesusito de mi vida, que eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón (...)» ya no nos vale a nosotros que ya somos hombres y mujeres hechos y derechos.
            Cristo te pone su Palabra en tus oídos y te dice: «¿Sigues igual de amodorrado como de costumbre o has conseguido entender algo?». Y claro, nosotros nos quedamos con la boca abierta, ‘como las vacas ante el tren que pasa’ porque ni nos enteramos de dónde nos vienen los tiros, ni entendemos ‘de lo que va la fiesta’. A lo que Jesucristo te grita a pleno pulmón: «Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor». Y como aún estamos en un estado perplejo porque no entendemos a qué refiere Jesucristo con eso de «¡estad en vela!» nos genera un cabreo interno. ¿Por qué tengo yo que estar en vela, y encima ‘morirme de sueño’ al día siguiente por no dormir? ¿Por qué tengo que estar en vela yo? ¿Es que acaso no cumplo con mi deber diario con mi familia, con mi trabajo, con mi comunidad cristiana y con mis amistades? Si yo hago lo que tengo que hacer, ¿por qué hoy esta Palabra me está incomodando?
E incluso te enfadas aún más porque buscas justificarte y te dices: ‘Encima que vengo a misa y cumplo con el precepto dominical, mientras podría estar ahora mismo haciendo lo mismo que mi vecino, allí tumbado viendo la tele,.... se me dice que estoy mal espiritualmente hablando y que estoy amodorrado, que no me entero de las cosas... ¡Suficiente es que encima vengo a misa!’ Es que resulta que ésta es la Palabra que Dios te ha entregado hoy a tí. Y si te ha hecho pupa, ¡enhorabuena!, porque has dejado de oír para empezar a escucharla. Y si ahora es empezado, ¡por fin!, a escuchar la Palabra, ¿cómo has ido dirigiéndote en tu vida hasta ahora? Si no escuchabas ni interiorizabas la Palabra, entonces ¿quien o que cosa te dirigía y orientaba tu existencia? Me puedes argumentar que siempre has obrado con buena fe. Eso nadie lo niega. Pero de lo que sí te puedes estar dando cuenta que la Palabra no ha estado orientando tu existencia porque no la escuchabas, a lo más, la oías. La Santísima Virgen María, nos dice la Sagrada Escritura, que meditaba todas estas cosas –la Palabra- en su corazón.
Y esto no acaba aquí, sino que San Pablo nos hace un anuncio muy importante: «Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertarnos del sueño». Uno que ha empezado a abrir el oído y ha dejado de oír para empezar a escuchar se pregunta: “¿Por qué dice San Pablo que nos demos cuenta del momento en que vivimos? ¿No es acaso hoy domingo 27 de noviembre de 2016, primer domingo de adviento?” Efectivamente, ese es el día del calendario que corresponde al día de  hoy. Pero San Pablo no se refiere ni mucho menos a eso. ¿A que se refiere entonces con eso de que nos demos cuenta del momento en que vivimos? Lo explicaré para que cada cual pueda abrir el oído y aplicarlo a su vida: Imagínense que nos encontramos con una canoa en un río con un potente caudal, en medio de una violenta corriente. Vamos a toda velocidad arrastrados. Ese río simboliza el desarrollo del progreso horizontal. O sea, todo lo que implica y supone el trabajar para llevar el dinero a casa; la preocupación de educar y cuidar a los hijos, llevarlos al colegio y a las actividades extra escolares que sean precisas; el cumplir con la esposa o el esposo; el afrontar los pagos de las diversas facturas y de las hipotecas del piso o del coche; el poder conseguir un estatus de vida más alto con mayor confort y comodidad, etc. Es verdad que todo esto está bien y hay que hacerlo, pero este ajetreo no permite al hombre meterse en su profundidad misma. Hay una euforia por el progreso: terminar de pagar la hipoteca; que los hijos saquen las asignaturas; que en el trabajo yo sea promocionado, cada cual las suyas. Pero ¿dónde queda la dimensión de profundidad donde se da la fe? Dice la Palabra: «Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán» Las cosas y las personas pasan, mas Dios permanece. Jesucristo nos exhorta: ¡Velad! ¡Estad en vela!. Ahora vamos a introducir en nuestra vida una de esas enormes y potentes taladradoras que se emplean para poder extraer el petróleo: Uno razona así en su particular progreso horizontal; los hijos son míos, son un derecho de los padres, yo les educo como me da la gana. Ahora metamos la taladradora: Estos hijos me les ha entregado Dios para que se los custodie y sean educados conforme a su voluntad divina. ¿A que cambia las cosas? Desde las categorías del progreso horizontal uno dice: no aguanto a mi esposa porque siempre me incordia y no siento nada por ella porque no me da lo que quiero. Pero si metemos la taladradora diremos: Dios me ha puesto a esta esposa o esposo para que amándola, que me cuesta, me pueda salvar gracias a ella o a él y viendo sus defectos yo mismo reconozco los míos y eso me ayuda a amarla más.  
Nadie dijo que ser cristiano fuera sencillo, pero tenemos una promesa: Jesucristo estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. ¡Velad!

Lecturas:
Is 2, 1-5
Sal 121
Rom 13, 11-14a
Mt 24, 37-44

                                                                                              27 de noviembre de 2016 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Homilía de JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO, ciclo C

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO Ciclo c
JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
            Todos los presentes estamos bautizados, pero ¿todos los que estamos aquí notamos que el reinado de Cristo en nuestra vida nos ocasiona 'conflictos internos'? Si se pudiera hablar de la pureza de la vida cristiana con las mismas categorías con las que se habla de la pureza del agua de los manantiales ¿cómo creen ustedes que estaríamos?
            San Pablo en su epístola a los colosenses nos recuerda que «Cristo nos ha sacado del dominio de las tinieblas». Para entendernos: Cuando decimos que «Cristo nos ha sacado del dominio de las tinieblas» estamos afirmando que si Él no lo hubiera hecho -si  estaríamos totalmente condenados porque ese mega combate contra Satanás sólo nos lo podía ganar Él. Ganado ese combate por nuestro Salvador, ahora sí que podemos afrontar otros combates -que no superan nuestra capacidad- y que sí los podemos ganar siempre que estemos unidos al Señor.
            Y esto es muy cierto porque gracias al infinito amor de Cristo que murió por cada uno de nosotros se pudo volver a abrir aquella puerta hacia la vida que había sido tapiada por culpa del pecado del hombre. Pero ¿acaso Cristo nos ha salvado enviando a todo el ejercito de ángeles y arcángeles, con espada en mano para salvarnos de Satanás? No. Jesucristo nos ha salvado entregándose por amor, es más, Jesucristo nos dijo «yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22, 27b). Cristo reina sirviendo. Y la Cruz es su trono, la máxima manifestación de entrega por amor. Por lo tanto, si Cristo ha abierto el camino de cómo nos hemos de salvar para ser sacados del dominio de las tinieblas, eso nos lleva a obedecer a la Palabra -aquella que ofreció Jesucristo al joven rico-: «Una cosa te falta: vete, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme» (Mc 10, 21b). Y la pregunta que yo lanzo es ¿por qué? Porque el Señor nos quiere libres de todas nuestras ataduras. ¿Puede acaso zarpar un barco teniendo echada el ancla?, pues no. Cada cual sabrá cuáles son sus bienes, o sea aquellas cosas en las que uno tiene puesto su corazón y no le deja progresar en el seguimiento de Cristo porque actúan como si fueran ese ancla.
            Sin embargo el Demonio, que es el maestro de la mentira, nos susurra al oído que las cosas en nuestra vida va «viento en popa, a toda vela», y que todo genial. Y necesitamos a ese ladrón arrepentido crucificado al lado de Cristo que interpela al otro ladrón para mostrar ante sus ojos la verdad de su vida como malhechor y desenmascararle su pecado.  El buen ladrón estaba ayudando al otro, y a sí mismo, a descubrir que lo único que les ha movido en la vida ha sido el acaparar, en tener más y más cosas, de tal modo que todo ha girado en torno a eso. El tener cosas y más cosas, y para adquirirlas usar incluso el robo, eso ha sido para ellos su gran ídolo. Otra cosa es que el mal ladrón no le hizo caso y murió perdiéndose su alma. Gracias al discernimiento de los presbíteros, de los catequistas y de los hermanos vamos descubriendo cuáles son nuestros ídolos que nos impiden seguir a Cristo con determinación. Y seguiremos diciendo que yo no me encuentro atado a nada ni a nadie. A modo de ejemplo: ¿no te encuentras atado a tu cochazo que únicamente le sacas de la cochera para cosas muy importantes y concretas y jamás lo dejas aparcado en la calle? Un cochazo que has depositado gran parte de tus ahorros y que ni permites que entre uno en él con ropa deportiva y mucho menos con algo de barro en los zapatos? Y esa persona me dirá que él no está atado a ese coche, que ese coche no es para él un ídolo, simplemente una cosa que él tiene. ¿Creen ustedes que prescindiría de ese automóvil? No, porque en ese coche tiene puesto su corazón. Quien dice coche se puede poner unos afectos, un perro, etc. Algo que provoque quela vida de uno gire en torno a ello en vez de en torno a Cristo.
            Cristo nos ha sacado del dominio de las tinieblas, es decir, Cristo ha hecho por nosotros lo que nosotros no podíamos haber hecho. Ahora que cada cual puede afrontar las particulares batallas con posibilidad de poderlas vencer.
             

LECTURAS
Lectura del segundo libro de Samuel 5,1-3:
Sal 121,1-2.4-5 R/. Vamos alegres a la casa del Señor
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1,12-20:
Lectura del santo evangelio según san Lucas 23,35-43:



20 de noviembre de 2016 

sábado, 12 de noviembre de 2016

Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
            Hoy al escrutar la Palabra para poder hacer esta homilía me ha venido al a mente a aquellas personas que son referentes en nuestras vidas. Personas, mejor dicho, cristianos que no solamente dicen que se fían de Jesucristo, sino que con su modo de actuar lo van demostrando.
            Nos dice San Pablo en su carta a la Comunidad de Tesalónica que «ya sabéis vosotros cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo» y lo hacen «para darnos un modelo que imitar». Pero claro, cuando uno está en un colegio interno, en un campamento o en una institución o colectivo donde todos sienten o piensan más o menos parecido, te sientes integrado en esa forma de pensar o sentir. Se encuentra uno muy a gusto cuando se está al calorcito de la lumbre de esa particular ‘chimenea’. Hay temas importantes donde no solamente hay consenso, sino que hay firme convicción: el estar abierto a la vida, un noviazgo en castidad, el no apego ni a las riquezas ni a los afectos, la importancia de ir dando pasos para ‘morir a uno mismo’, la necesidad de celebrar la Eucaristía semanalmente con los hermanos, etc. Hay cosas que no se discuten, porque se ven como buenas, necesarias y deseadas.
Pero, ¿y qué pasa con aquellos jóvenes, y no tan jóvenes, que aún viviendo como Cristo desea que vivamos, están sufriendo las fuertes heladas de la secularización? Porque puede ser que influenciados por lo que ellos vean fuera, empiecen a surgir dudas y a cuestionar lo que en un primer momento era una fuerte convicción. El Demonio actúa como las heladas en las hendiduras de las rocas. El agua se cuela por esas hendiduras y al helarse genera una fractura interna mayor en la roca. Porque ya a uno le empieza a costar –dar pereza- ir a la Eucaristía, empiezan a aparecen excusas más o menos elaboradas para ausentarse de la comunidad cristiana y no digamos nada para acudir al sacramento del perdón, etc.
Aparece un chico o una chica que ‘hace tilín’ y resulta que todas las cosas que antes has oído del noviazgo cristiano y de las que estaba más o menos de acuerdo, ahora se pone en crisis absoluta. Es que resulta que en mi matrimonio siempre hemos inculcado principios cristianos y ahora mi hijo o mi hija quiere estar en nuestra casa, con nosotros, pero no acepta los principios cristianos y desea vivir al estilo pagano ‘bajo nuestra techo’. Y ante esto ¿la firme determinación de vivir la fe en el hogar tiene que doblegarse ante la voluntad del hijo o de la hija? ¿No deberíamos de posicionarnos firmemente aunque esto suponga  una salida ‘un poco traumática’ de ese hijo de esa casa? Cuando uno no se encuentra en esa tesitura o en esas situaciones tan delicadas, uno es tan ingenuo ‘de sacar pecho’ y de decir, como dijo San Pedro: «Aunque todos te abandonen, yo  no te abandonaré»; pero claro, cuando uno ve cómo su persona corre peligro, uno ‘cambia de camisa’ tan rápido que se lo saca sin quitar ni los botones.
Es que una cosa es lo que uno cree y otra cosa es ser consecuente con lo que se cree. Y lo que nos pasa es lo mismo que al pueblo judío cuando estaba atravesando el desierto durante esos cuarenta años: muchos esfuerzos y muy pocas gratificaciones inmediatas nos desalientan. Y es aquí cuando entra en escena el Demonio: «¿Cómo es que Dios no os permite comer de ningún árbol del paraíso?» (cf. Gn 3,2); ¿cómo es que Dios permite que lo estés pasando tan mal? ¿Por qué permites que te roben tiempo con esas oraciones y esas reuniones mientras tú podrías hacer otras cosas? ¿Es que acaso necesitas que aún te estén tutelando? Esta es la forma de actuar del Demonio. Sin embargo nosotros tenemos en la mente a aquellos que sí son modelos a imitar, tal y como nos recuerda el apóstol san Pablo: al mismo Cristo, a los Apóstoles, a los catequistas, a los presbíteros (si son fieles a lo que tienen que serlo).
Y estos modelos a imitar nos enseñan a vivir en la verdad, a no contentarnos con admirar la calidad de la piedra y los exvotos del templo. Nos enseñan a no contentarnos o ensimismarnos con los ingresos mensuales que entran en la cartilla de ahorros fruto del trabajo; nos enseñan a no contentarnos con los éxitos profesionales o estudiantiles que uno pueda experimentar; nos enseñan a no sentirnos satisfechos por sentirnos afectivamente correspondidos; etc., sino que seamos capaces de reconocer que si no lo hacemos todo por amor a Dios, todo lo conseguido o adquirido se derrumbará como un castillo de arena en la playa.  
Ese modo de vivir a ser imitado nos remite a una realidad que a pesar de no ser percibida, realmente existe. Fiándonos de esos modelos de vida nos vamos encaminando por las sendas del Espíritu y, poco a poco, Dios nos va desvelando realidades ocultas y vamos adquiriendo tanto las fuerzas como las razones que el mundo ni capta, ni desea aceptar, viéndose privados de la Sabiduría infinita de Dios.

Lecturas:
Mal 3, 19-20ª
Sal 97
2 Tes 3,7-12
Lc 21, 5-19

13 de noviembre 2016 

domingo, 6 de noviembre de 2016

Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
Hermanos, nos vamos a ir encontrando con muchas personas que se van a mofar de nuestra fe. E incluso esas personas, viendo cómo actuamos los creyentes, nos lleguen a llamar irresponsables por nuestro modo de proceder. No entienden cómo es posible que un matrimonio tenga más de dos hijos, y no digamos si se tiene diez u once. No se entiende cómo un chico con un futuro prometedor se levante para poder discernir su vocación en un seminario o una chica que se levante para poder discernir su vocación en un convento. No se entiende cómo alguien puede protestar porque en el colegio concertado –para recibir una formación religiosa católica- donde acuden sus hijos de primaria, con el beneplácito de las religiosas, se estén dando sesiones de mindfulness (técnicas de meditación para buscar la felicidad, la armonía, la tranquilidad) y se estén dando con una caña de bambú en la frente para hacer meditación budista. Es decir, que les hay tan tontos que les engañan y encima se sienten satisfechos, mientras que los timadores ‘se mueven como pez en el agua’. Quitan a Cristo y ponen a un Buda. ¡Increíble! Y nadie dice nada, porque lo ven normal. Y el que protesta se tiene que armar de paciencia porque le llaman de ‘bicho raro’ para arriba.
Aquella burla que Jesús soportó de los saduceos, también la soportamos aquellos que le seguimos - o por lo menos intentamos- seguirle de cerca. Nosotros no hacemos las cosas por que sí, sino que las hacemos porque nos fiamos de una persona: Jesucristo, el cual está vivo. ¿Y cómo sé que está vivo? Porque tengo experiencia de cómo actúa en mi vida. Nos dice San Pablo en su carta a la comunidad de Tesalónica: «Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada». Y además nos sigue diciendo: «El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno». Cada uno de los presentes sabemos que ‘Dios es un Dios de vivos’ y  no de muertos porque la Palabra se cumple en cada uno. Nos cuenta la Sagrada Escritura cómo Dios sacó con brazo fuerte al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto. Cómo le condujo por el desierto aquellos cuarenta años. Y sabemos que cuando el Señor le introdujo en aquella tierra prometida para que tomasen posesión de ella, no estaban solos. Había siete naciones más poderosas que los hebreos (cf. Dt 7, 1-2): hititas, guirgasitas, amorreos, cananeos, perizitas, heveos y jebuseos. Cada cual más grande, poderosos y fuertes. Cuando el Pueblo de la promesa llegó a esa tierra prometida no se encontró paz y alegría sin fin. Tuvieron que luchar y bastante, en primer lugar contra las fieras salvajes que les atacaban y después con aquellos pueblos que les daban mil vueltas en poder y dominio. Sin embargo el pueblo judío, con la ayuda de Dios, les fueron venciendo uno a uno. Esos pueblos numerosos y peligrosos tienen para nosotros unos nombres y realidades concretas: la hipoteca del banco, el mantener el puesto de trabajo, la educación de los hijos, esa enfermedad que me está atormentando, esos exámenes duros de la carrera, esa oposición que no termina de salir adelante, etc. Sin embargo, Dios va proveyendo para que salgan las cosas como tienen que salir y salir así victoriosos ante tales feroces enemigos. El pueblo de Israel antes de reconocer a Dios como el creador le entendió primero como el Dios salvador. Y un  muerto no provee, sólo proveen los que están vivos, luego Dios está vivo. Durante el tiempo de la batalla muchos, alentados por el Demonio, intentarán que nosotros ‘tiremos la toalla’. Y cuando un creyente es consciente de la cantidad de cosas que Dios ha hecho por él es entonces cuando tiene fortaleza para testimoniar ante los demás lo que Dios ha hecho con él, y ya no tendrá miedo –o por lo menos tanto miedo- porque sabrá que Dios no es un producto de su mente, sino que es alguien vivo y que actúa, aunque con los ojos de la cara no se le vea. De tal modo que ese cristiano no te responderá la pregunta sobre qué es la fe con el catecismo –modo de preguntas y respuestas-, sino que manifestando su propia vida podrá adquirir una mayor certeza de la existencia de Dios y así poder recobrar las fuerzas ante los ataques que nos vengan del mundo.

Lecturas:
2 Mac 7, 1-2.9-14
Sal 16
2 Tes 2,16-3,5

Lc 20, 27-38

martes, 1 de noviembre de 2016

Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos, año 2016

DÍA DE TODOS LOS SANTOS 2016

Homilía del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

            No se si a ustedes le sucederá, pero a mí a veces. Hay días que cuando escruto –rezo con la Biblia- la Palabra me sucede como aquel que ha quedado en parada cardio-respiratoria y es sometido a una reanimación. Sólo consigo entender lo que significan las palabras pero no puedo ir más allá, no consigo sacar nada. Quedo como en parada cardio respiratoria. Y muchas veces gracias a la constancia y lucha por la vida de ese paciente se le consigue traer de nuevo al mundo de los vivos; pues conmigo tienen que insistir mucho porque la lectura del electrocardiograma a veces es plana cuando escucho la Palabra. ¿No les sucede a ustedes que escuchan la Palabra de Dios y a veces no les dice ‘ni fu ni fa’? Y muchos hermanos suelen decir que la Palabra ‘no les dice nada’ porque ‘están fríos en la fe’ o ‘débiles en la fe’. Aunque lo más sorprendente –por lo decepcionante que puede llegar a ser- es cuando uno se encuentra algún cristiano, que con cara de profunda extrañeza va y te pregunta: «¿Que me estas contando? ¿Te has fumado algún porro? ¿O es que has saqueado el mini bar del salón de tu casa? ¿Dices que la Palabra de Dios tiene algo de especial para decirte algo personalmente a ti? ¿Y que más? ¿Por qué no me cuentas las conversaciones nocturnas que mantienes con tu gato?». A lo que ya uno ‘se corta’ y ya tienes cierto temor de decirle: «Yo, a veces hablo con Dios y me responde a su modo, ¿a ti Él no te dice nada?», porque se corre el alto riesgo de ‘tener que echar patas’ delante de la furgoneta de los enfermeros del manicomio.   
            Lo que pasa es que cuando uno nace en un contexto social y cultural donde muchas cosas que son pecado son percibidas como cotidianas, nuestra sensibilidad hacia las cosas de Dios queda notablemente eclipsada. E incluso aquellos que deberíamos ir por delante planteando una lectura creyente de la realidad, hacemos una lectura meramente horizontal, pobrísima. Nos encontramos hoy a Jesús que propicia un encuentro con Zaqueo. Nos cuenta el Evangelio  que Jesús al llegar a la altura de la higuera donde se encontraba subido Zaqueo, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». A lo que él responde con gran alegría. Pero todos aquellos que lo estaban presenciando ya estaban haciendo su lectura horizontal, extremadamente pobre y decepcionante hasta decir basta, totalmente plana: nos cuenta la Palabra que todos murmuraban diciendo que «ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». El caso es que esos judíos se consideraban justos y cumplidores con la Ley, pero Dios no estaba ni en su pensamiento ni en su corazón. Se cumple las palabras del profeta Isaías: «Este pueblo me alaba con la boca, y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí y el culto que me rinden es puro precepto humano, simple rutina» (Is 29, 13).
            Y es que resulta que esto también nos pasa a nosotros, por eso la Palabra nos interpela y nos obliga a estar vigilantes. Resulta que un muchacho está pidiendo al Señor que le regale una novia porque cree que su vocación en la Iglesia es al matrimonio. Y el Señor tiene a bien el concedérselo. Pero cuando está con ella se olvida que esa chica es un don dado por Dios y empieza a vivir un noviazgo mundano, lejos de aquel prometido noviazgo cristiano. Y como las personas que le rodean no le plantean la enorme falsedad que está acarreando en su noviazgo, sino que comparten con él esos criterios mundanos y así se van propiciando a que se vaya olvidando totalmente la originaria intervención divina. O ese matrimonio que se casan por la Iglesia y que piden a Dios el don de los hijos. Dios se les concede, pero tan pronto como los tienen empiezan a actuar como si ellos fueran suyos, no transmitiéndoles la fe, dando siempre prioridad a todas las cosas antes que todo lo que afecte a la educación como cristianos. Se olvidan que esos padres meramente son los custodios de esos hijos dados por Dios para que les cuiden, protejan y eduquen.
            O el caso de ese joven que pide a Dios un trabajo para poder sentirse útil y así poder ejercer en lo que se había preparado. Dios se lo concede, pero tan pronto como siente que tiene que dejar un día sin acudir al trabajo por anunciar el Evangelio o para nutrirse en su vida espiritual, tiende a prevalecer los criterios del miedo antes que los de la confianza en Dios. Y uno se dice: no sea que por no acudir ese día al trabajo me vayan a despedir o me empiecen a mirar mal. Pero vamos a ver, ¿quién te ha dado ese trabajo?, ¿no ha sido Dios?; por lo tanto, si ese trabajo es fruto de lo que lo que tú pedías a Dios, ¿por qué no se va a ser agradecido al Señor dando testimonio de nuestra fe ante los compañeros de trabajo? ¿Es que acaso tienes miedo a ser despedido? ¿No será que digas que «el Señor tu Dios es tu único Señor y le amarás con todas tus fuerzas, con todo tu ser»,… pero realmente eres tú el primero en vez de Dios?
            Cuando se hacen lecturas horizontales nos olvidamos de la real existencia de lo sobrenatural que sostiene y alienta todo lo cotidiano. Y la historia se vuelve a repetir: porque nuestros becerros de oro, a los cuales tributamos culto ya que son nuestros ídolos, aunque no lo queramos reconocer, es esa novia, son esos hijos o es ese trabajo. Y lo que resulta más sorprendente es que estamos tan engañados que llegamos a negar de la existencia de nuestros ídolos.
            Sin embargo Jesucristo hace añicos esa lectura horizontal de la vida. Inyecta una dosis de espiritualidad en ese encuentro con Zaqueo.  Ante las palabras de arrepentimiento de Zaqueo, Jesús no se queda con una valoración meramente moral, sino que le invita a orientar toda su existencia desde la fe que tuvo Abrahán. Que fiarse de Dios es lo que conduce a la salvación. Le invita a que su espiritualidad renazca del agua y del Espíritu de Dios. Jesucristo no se queda en la mera religiosidad natural que tenía Zaqueo, sino que por medio de su encuentro con este recaudador de impuestos le ha abierto el oído para que escuche la Palabra y vaya dando pasos hacia la conversión personal. De tal modo que según vaya avanzando irá reconociendo cómo el Señor ha ido haciendo obras grandes en él, de las que ahora empieza a ser consciente y a brotar el agradecimiento sincero. Y según se va avanzando en esa lucha interna que es la conversión, se va descubriendo de un modo más nítido, que el mundo con sus cosas son ceniza, mientras que estar con Cristo es, sin duda, lo mejor.
30 de octubre de 2016
Lecturas:
Sab 11,22-12,2
Sal 144
2 Tes 1,11-2,2

Lc 19, 1-10

sábado, 22 de octubre de 2016

Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo C

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
            «Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha», con esta certeza hemos respondido al Salmo Responsorial de hoy. Lo que seguramente ha podido pasar desapercibido es la historia bellísima que nos narra este salmo. Este salmo nos manifiesta la superación de un terrible conflicto.
            Este salmo, en unos de sus primeros versículos (cf. Sal 33, 5) usa la expresión «consulté al Señor» (o también, «busqué al Señor») se refiere a un acontecimiento en concreto. ¿Qué acontecimiento es? ¿De qué se trata? Las personas acusadas injustamente y, a consecuencia de ello, perseguidas, iban a refugiarse al Templo de Jerusalén. Allí pasaban toda la noche a la espera de una sentencia. Por la mañana, un sacerdote echaba las suertes para determinar si la persona acusada era culpable o inocente. Este fue el caso de quien compuso este salmo. Pasó la noche en el Templo, confiado, y por la mañana fue declarado inocente. Entonces decide dar gracias al Señor, manifestando ante los demás pobres que estaban allí las maravillas que Dios había hecho en su favor.
            Además el salmo, en el que nos relata su experiencia -habla de él mismo- nos da información acerca de su situación socioeconómica. Es pobre: «Cuando el pobre clama al Señor, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias» (v.7). Y pobres son también las personas que rodean el Templo, en el momento de su acción de gracias: «Mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren» (v. 3). Y el salmista da un paso más: Invita a los empobrecidos a que proclamen su profesión de fe: «Ensalzad conmigo a Yahvé, exaltemos juntos su nombre» (v.4).
            ¿Qué es lo que había pasado a esta persona pobre? Antes de ser declarada inocente, había pasado por momentos difíciles. Nos habla de que tenía temores y angustias. Y con su forma de actuar da una catequesis práctica a todos aquellos que están sufriendo, que tienen el corazón herido y andan desanimados. Les enseña a gritar a Dios, a refugiarse en el Señor, consultándolo para ser declarados inocentes y así obtener la salvación.
            ¿Quiénes son los enemigos del salmista? Son ricos. Son personas retorcidas que no dudan en mentir para destruir al débil. Son personas con maldad en su corazón que se sienten denunciados por aquellos que se esfuerzan en ser fieles a Dios. Entonces lo odian, lo insultan, lo calumnian, lo persiguen y buscan el modo de arrancarle la vida. Estas personas perversas se oponen a la felicidad del salmista. De tal modo que la mentira de los injustos ha ocasionado la pérdida de los bienes que tenía el salmista, nos dice: «¿A qué hombre no le gusta la vida, no anhela de días para gozar de bienes?» (v. 13). ¿Os acordáis de la historia de la casta Susana y de los dos viejos verdes?, pues por el estilo.
            Hermanos, los creyentes estamos soportando la arrogancia y tiranía del laicismo. No nos van a faltar la discriminaciones ni las marginaciones. Tenemos que irnos preparando para vivir tiempos de adversidad. No importa que llegue a ser más débil en su influencia social, con menos edificios, menos dinero, menos personas y menos protección de los poderosos de este mundo. Dios ha escogido lo necio y lo débil de este mundo para confundir a los que se creen fuertes y para iluminar y salvar a los que buscan la verdad con humildad y sinceridad. Tenemos un valioso tesoro: la Verdad de Jesucristo que ilumina los corazones y ha vencido con la fuerza de su amor a los poderes de este mundo. No tengamos miedo. Pongamos nuestra confianza en la autenticidad más que en el número. Vivamos de verdad «como ciudadanos del cielo» y lo demás vendrá por añadidura.

Lecturas:
Lectura del libro del Eclesiástico 35, 15b-17. 20-22a
Sal 33
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 4, 6-8. 16-18

Lectura del santo evangelio según San Lucas 18, 9-14

viernes, 14 de octubre de 2016

Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, Ciclo C

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
            Hermanos, sucede que muchas veces cuando escuchamos la Palabra de Dios ya la damos 'como por sabida'. Nos sucede cómo cuando empieza la publicidad cuando vemos una película, que aunque esté encendida el aparato de la televisión, no le prestamos atención. De fondo escuchamos la musiquita del anuncio publicitario, pero no atendemos.
            El serio problema está en que cada cual quiere vivir su vida y cuando se escucha la Palabra -la cual nos pone en la Verdad- nos hacemos 'los locos' porque no nos interesa que algo nos intranquilice o nos incordie, aunque esto sea para colaborar en nuestra propia salvación.
            San Pablo en su segunda carta a Timoteo nos dice: «Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado». Timoteo conocía las Sagradas Escrituras desde la infancia y además había sido testigo de muchos milagros que el Señor había realizado en él y en muchos hermanos de la comunidad. Ese 'permanece' que emplea San Pablo para alentar en la fe a Timoteo tiene mucha importancia. Y además, tiene su aplicación práctica en ti y en mí.
            Me explico. Hace poco un gran amigo me ayudó a entender la realidad de unas personas a las que tengo en gran estima. Es decir, me ayudó a entender esa realidad a la luz de la fe.  Resulta que un matrimonio de mi pueblo, los dos de Misa dominical, habían tenido a un hijo que les 'había salido rana'. Tenían unas expectativas altas sobre él, estaba estudiando una carrera universitaria, pero era un auténtico desastre. Dando disgustos a sus padres, llegando tardísimo a casa por las noches, cada fin de semana con una chica distinta. Es decir, que sus padres sufrían mucho por él. Incluso el propio matrimonio estuvo al borde de romper por los constantes disgustos que sufrían y por el modo diferente que tenían ambos de afrontar el serio problema. Resulta que un amigo de su hijo le invita a un campamento de verano organizado por la parroquia y este hecho marca un antes y un después en este muchacho. Escucha unas catequesis que le cuestiona toda su vida y empieza a centrarse en los estudios, en el trato con las chicas e incluso con sus padres. Saca los estudios y Dios le regala un trabajo en lo que se había preparado. Se empieza a implicar en la vida parroquial, y sus padres, que reconocen que el cambio operado en su hijo era fruto de un milagro del Señor, también se implicaron considerablemente en la vida parroquial, en señal de profundo agradecimiento.
            Pero el tiempo trascurre y como le sucedía a Moisés le pesaban las manos que estaban alzadas para que el ejército de Israel venciese. Moisés tenía que permanecer con las manos alzadas para alcanzar la victoria. Pero a nosotros, eso de permanecer lo tenemos más complicado porque nuestra fe está muy debilitada. Al principio este matrimonio entendió como un milagro el cambio de su hijo. Era algo sorprendente, algo milagroso. Y relacionaban directamente este milagro con su enriquecimiento en la vida espiritual. Pasó el tiempo y empezaron a desviarse en su planteamiento original. Lo que era en un primer momento un milagro de Dios en su hijo pasó a ser que le fue entrando el sentido común, que fue asentando la cabeza y que había alcanzado un grado de madurez adecuado. Esto se fue plasmando en un enfriamiento en la vida de oración del matrimonio y del hijo; un distanciamiento de la parroquia y un olvido de lo que Dios había realizado en esa familia. Moisés permanecía con las manos alzadas y este matrimonio e hijo -donde todos podemos estar perfectamente retratados- ya las habíamos bajado, olvidando la oración y congelándonos en la vida de fe. Por eso me resuena tanto en mi interior esas palabras de San Pablo: «Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado». ¿Y qué cosa has podido aprender? El modo de cómo Dios se ha portado contigo y te sigue mimando.
            Dios nos regala un novio, unos estudios, un trabajo, una gran sorpresa… y no somos capaces de vivir desde el agradecimiento al Señor. Somos inconstantes en la oración y en la acción de gracias. Y en todo esto ¿qué papel desempeña la pobre viuda de la parábola? Imagínense a una mujer, no necesariamente anciana, que se ha quedado viuda. Recordemos que la edad de casamiento para las muchachas normalmente era entre los trece y catorce años. Luego, probablemente fuera una viuda muy joven. Una viuda, que como todas las viudas de aquel entonces, eran pobres mendigando un churrusco de pan. Y la parábola nos comenta que ella presenta su demanda ante un juez, no ante un tribunal; lo que significa que se trata de una cuestión de dinero: una deuda, de una parte de la herencia que se le retiene a la pobre viuda… ¿Os acordáis de aquel pasaje del evangelio de Lucas cuando uno entre la gente le pide a Jesucristo que dijese a su hermano que repartiera con él la parte de la herencia? (cf. Lc 12, 13-14). Pues ahora es esta viuda que acude a este juez injusto. Ella era pobre y no podía hacer ningún regalo al juez para que su demanda fuera aceptada. Es que en aquel entonces, y en muchos casos ahora, los más sagaces cuchicheaban su asunto a los secretarios y les daban 'sus derechos' -o sea que 'les untaban de dinero'- para que sus asuntos fueran atendidos los primeros delante de toda la gente que se agolpaba en la sala de espera. Las viudas eran prototipos de desamparo y de falta de defensa. A todo esto hay que sumar que el adversario en el proceso sería un hombre rico, considerado. La pobre viuda de la parábola acudía muchas veces ante el juez inicuo, llevando consigo su única arma: la constancia, el permanecer allí insistiendo.
            Nos dice la parábola que «el juez se negó durante algún tiempo», pero con el matiz de "no se atrevía" a dar la razón a la viuda porque tenía sus miedos a la reacción del otro litigante en el proceso, que con toda seguridad era alguien rico y con prestigio. El juez era un cobarde. Tan cobarde como Herodes que mandó decapitar a Juan el Bautista para no desairar a la joven Salomé ante los invitados por su cumpleaños. Y mientras la pobre viuda sufriendo las consecuencias de una gran injusticia. Jugaba con clara desventaja. Pero ella como Moisés seguía manteniendo los brazos bien alzados hacia Dios.
            Finalmente el juez cede. No tanto porque ella le hubiera atacado los nervios, ni tampoco por una explosión de enojo de la mujer, sino que lo que le hace ceder es su constancia. El juez quería que le dejase en paz. Ustedes imagínense al juez siendo constantemente interrumpido, por las mañanas y por las tardes, mientras estaba atendiendo otros procesos y demandas de otras personas. Algo agotador. Y por mucho que se la reprendía, era algo inútil. Ella seguía gritando y gritando. Este es el mismo caso de la otra parábola del amigo al que se le pida ayuda por la noche (cf. Lc 11, 5-7). Jesucristo nos quiere decir que las necesidades que le pedimos a Dios le llegan al corazón. Nuestra respuesta más honrada es la constante acción de gracias. Y el modo de dar las gracias a Dios es estar dispuesto a hacer las cosas pensando primero en los demás antes que en uno mismo. Y esto en la vida de comunidad se ve muy claramente. Aquel que se muestra disponible en colaborar es aquel que más agradecido está a Dios, y aquellos que no colaboran es porque han olvidado muy pronto el milagro que Dios ha obrado en medio de ellos.

Lecturas:
Lectura del libro del Exodo 17, 8-13
Sal 120, 1-2, 3-4, 5-6, 7-8 R. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 3, 14-4, 2
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 18, 1-8


Domingo 16 de octubre 2016