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sábado, 6 de noviembre de 2010

Benedicto XVI:

“La santidad,

imprimir a Cristo en uno mismo”


Intervención con motivo del Ángelus


CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 1 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que dirigió Benedicto XVI este lunes, solemnidad de todos los santos, al rezar a mediodía el Ángelus junto a varios miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro.


* * *

Queridos hermanos y hermanas:

La solemnidad de todos los santos, que hoy celebramos, nos invita a elevar la mirada al Cielo y a meditar en la plenitud de la vida divina que nos espera. "Somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía" (1Juan 3, 2): con estas palabras el apóstol Juan nos asegura la realidad de nuestra futura relación con Dios, así como la certeza de nuestro destino futuro. Como hijos amados, por este motivo, recibimos también la gracia para soportar las pruebas de esta existencia terrena, el hambre y la sed de justicia, las incomprensiones, las persecuciones (Cf. Mateo 5, 3-11), y al mismo tiempo heredamos ya desde ahora lo que se promete en las bienaventuranzas evangélicas, "en las cuales resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que inaugura Jesús" (Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, Milán 2007, 95; Jesús de Nazaret). La santidad, imprimir a Cristo en uno mismo, es el objetivo de la vida del cristiano. El beato Antonio Rosmini escribe: "El Verbo se había impreso a sí mismo en las almas de sus discípulos con su aspecto sensible... y con sus palabras... había dado a los suyos esa gracia... con la que el alma percibe inmediatamente al Verbo" (Antropologia soprannaturale, Roma 1983, 265-266, Antropología sobrenatural). Y nosotros experimentamos con antelación el don de la belleza de la santidad cada vez que participamos en la Liturgia eucarística, en comunión con la "multitud inmensa" de los bienaventurados, que en el Cielo aclaman eternamente la salvación de Dios y del Cordero (Cf. Apocalipsis 7, 9-10). "La vida de los Santos no comprende sólo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los santos es evidente que, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos" (encíclica Deus caritas est, 42).

Consolados por esta comunión de la gran familia de los santos, mañana conmemoraremos todos los fieles difuntos. La liturgia del 2 de noviembre y el piadoso ejercicio de visitar los cementerios nos recuerdan que la muerte cristiana forma parte del camino de asimilación a Dios y que desaparecerá cuando Dios será todo en todos. Si bien la separación de los afectos terrenales es ciertamente dolorosa, no debemos tener miedo de ella, porque cuando está acompañada por la oración de sufragio de la Iglesia, no puede quebrar los profundos lazos que nos unen en Cristo. En este sentido, san Gregorio de Niza afirmaba: "Quien ha creado todo con la sabiduría, ha dado esta disposición dolorosa como instrumento de liberación del mal y posibilidad para participar en los bienes esperados (De mortuis oratio, IX, 1, Leiden 1967, 68).


Queridos amigos, la eternidad no es "un continuo sucederse de días del calendario, sino algo así como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad" (encíclica Spe Salvi, 12) del ser, de la verdad, del amor. Encomendemos a la virgen María, guía segura hacia la santidad, nuestra peregrinación hacia la patria celestial, mientras invocamos su maternal intercesión por el descanso eterno de todos nuestros hermanos y hermanas, que se han dormido en la esperanza de la resurrección.

[Tras rezar el Ángelus, el Papa añadió en italiano:]

Ayer por la tarde, en un gravísimo atentado en la catedral siro-católica de Bagdad, decenas de personas murieron y quedaron heridas, entre las cuales dos sacerdotes y un grupo de fieles reunidos con motivo de la santa misa dominical. Rezo por las víctimas de esta absurda violencia, que es aún más feroz pues ha golpeado a personas inermes, reunidas en la casa de Dios, que es casa de amor y reconciliación. Expreso, además, mi afectuosa cercanía a la comunidad cristiana, que ha vuelto a ser golpeada, y aliento a todos los pastores y fieles a perseverar en la fortaleza y en la firmeza de la esperanza. Ante los crueles episodios de violencia que siguen destrozando a las poblaciones de Oriente Medio, quisiera renovar por último mi apremiante llamamiento a la paz: es don de Dios, pero es también el resultado de los esfuerzos de los hombres de buena voluntad, de las instituciones nacionales e internacionales. ¡Que todos unan sus fuerzas para que termine toda violencia!

[A continuación, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas, en español, dijo:]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana. Hoy celebramos la fiesta de Todos los Santos, la multitud de hermanos nuestros en la fe que, a lo largo de todos los siglos, han llegado a la casa del Padre e interceden por nosotros. Ellos nos recuerdan que Dios nos mira con amor y nos llama también a nosotros a una vida de santidad, a la plenitud de la caridad, a vivir completamente identificados con Cristo. Que la intercesión de la Virgen María y el ejemplo de los santos nos ayuden a recorrer con alegría el camino que lleva a la bienaventuranza eterna. Feliz Fiesta.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina

©Libreria Editrice Vaticana]

viernes, 11 de junio de 2010

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS AÑO 2010

La palabra CORAZÓN despierta en nosotros, antes que nada, la idea del órgano vital que palpita en nuestro pecho y del que sabemos, aunque quizás vagamente, que está íntimamente conectado no sólo con nuestra vida física, sino también con nuestra vida moral y emocional. Pensemos, por ejemplo, en expresiones como "abrir nuestro corazón", "entregar el corazón", etc.

Cuando nosotros hablamos del Sagrado Corazón de Jesús no nos estamos refiriendo a la anatomía de éste órgano muscular fundamental del aparato circulatorio; nos estamos refiriendo a la persona de Jesucristo, y en concreto nos referimos a ese manantial de amor inagotable que Jesucristo nos da a cada uno de nosotros. El Corazón de Cristo es, antes que nada, el emblema del amor, el lema, el estandarte o bandera que está bien izada en lo alto para que todos caigamos en la cuenta del amor que Jesucristo nos tiene a cada uno.

El Director de una Orquesta, al igual que los músicos profesionales especializados en un instrumento determinado han ido adquiriendo un oído muy fino; una especial sensibilidad hacia la música que, incluso, la sienten con tal pasión que cualquier equívoco que se produzca a la hora de interpretar la partitura musical les genera malestar, desagrado. Es como si en un lienzo limpísimo y espléndido alguien dejase caer un borrón de tinta negra. Pues bien, nosotros los cristianos, los que nos estamos esforzando en cultivar una especial amistad con Jesucristo, deseamos acoger el amor que Él mismo nos da. Acoger ese amor, de tal manera que, cualquier falta de respuesta por nuestra parte, a ese amor, nos debería de doler profundamente.

Y ahora doy un paso más, subo un peldaño más: todos vosotros sois seminaristas y estáis llamados, de un modo muy particular, a ir adquiriendo esa capacidad de recogimiento interior así como del deseo de estar con Aquel que sabemos que nos ama: es decir, alimentándonos de la oración personal ante el Sagrario. Todos los días, todos las horas, todos los minutos y segundos de nuestra existencia pertenecen al Señor, por lo tanto cualquier acto de oración que se haga tanto personalmente como en comunidad es un acto de amor y de reconocimiento al Señor Jesús. Todo el trabajo que realicemos debe de ser una ofrenda que agrade al Señor.

Sin embargo no hay cosa más amarga que el amor no correspondido. Y nosotros, muchas veces, no correspondemos al amor de Jesucristo. Damos más prioridad a estar todo el tiempo de recreo viendo la televisión o dando un paseo antes que estar con el Señor en la Capilla; entramos en la Capilla sin darnos cuenta que aquí está Él; en el estudio no le ofrecemos la tarea ni tampoco rendimos como se debería. Seminaristas, son muchos los actos de amor no correspondidos. Cada vez que Cristo nos ama y nosotros no correspondemos a su amor es como si le clavásemos una espina en su Sagrado Corazón. Y cada vez que veamos las espinas que hieren el Corazón de Cristo, caigamos en la cuenta que nuestro amor no correspondido se tiene que transformar en una oportunidad para amar. Así sea.

viernes, 30 de abril de 2010

La ilusión de sentirse llamado por Jesucristo: El Seminario Menor

Una pequeña visita a una realidad cotidiana: El Seminario Menor

La ilusión de sentirse llamado por Jesucristo: Parte Primera

El Seminario Menor acoge y acampaña a chicos comprendidos entre los doce y dieciocho años que, con cierta inquietud vocacional pretenden descubrir qué quiere Dios de ellos, en actitud de apertura al sacerdocio ministerial.


La ilusión de sentirse llamado por Jesucristo: Parte Segunda
Cuidar la formación integral de los seminaristas menores; favorecer que el Seminario sea una experiencia religiosa intensa; animar y provocar el compromiso en la vida ordinaria de los seminaristas menores; que la experiencia de discernimiento vocacional del Seminario Menor, sea progresiva y que se intensifique en trabajo y relaciones a partir de 4º ESO, y expecialmente en el bachillerato; crear un ambiente de alegría y de trabajo, de elegancia y sencillez, de responsabilidad y dinamismo entre los seminaristas; favorecer el acompañamiento personal de los seminaristas con el diálogo personal y atendiendo a sus propias situaciones... son algunos de los medios que tenemos para ayudar a estos chicos.

La alegría del sacerdocio

La alegría del sacerdocio

Mons. Josep Ángel Saiz Meneses, Obispo de Terrassa nos ofrece una bellísima Carta Pastoral en el Adviento 2009 bajo el título

"LA ALEGRÍA DEL SACERDOCIO".

El texto íntegro lo pueden encontrar en el siguiente enlace: www.bisbatdeterrassa.org/archivos_pdf/Carta_Pastoral09_castellano.pdf

El corazón de los jóvenes está sediento de felicidad, y esa sed sólo puede ser saciada por Dios. Está sediento de bondad, de belleza, de autenticidad, en definitiva, de un ideal de altura capaz de colmar su anhelo de infinito. En ese camino de búsqueda de sentido, el encuentro con el Señor provoca un cambio radical porque se ha hallado el tesoro por el que vale la pena darlo todo (cf. Mt 13,44), y ese hallazgo produce plenitud y alegría, y llena de sentido la existencia. Desde este primer momento se puede considerar la posibilidad de una vocación que comporte dejarlo todo por el seguimiento del Señor”.

Continúa diciéndonos Mons. Josep Ángel: “Pero es necesario profundizar en el encuentro con Cristo, y que establezcan con él una relación personal intensa. La vocación al sacerdocio ministerial comienza por un encuentro con el Señor, que llama a dejarlo todo y seguirle, que quiere que su llamamiento se prolongue en una vida de amistad con Él y de misión que compromete toda la existencia. La vocación es un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, porque todo cristiano está llamado a la santidad, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejarlo todo para seguirle compartiendo vida y misión”.

Y continúa aportándonos: “La historia de toda vocación cristiana y particularmente de toda vocación sacerdotal, es la historia de un inefable diálogo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde. Este modelo de llamada y de respuesta, de iniciativa de Dios y de libertad responsable del hombre, aparece siempre en las escenas vocacionales a lo largo de la Sagrada Escritura y de la historia de la Iglesia. Ahora bien, hemos de subrayar que la iniciativa de la llamada pertenece a Dios. Esto queda bien reflejado en las palabras de Jesús a los Apóstoles: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y déis fruto y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16).”

(Los videos son del Seminario de Oviedo tomados de you tube, bajo el título CAMPAÑA DEL SEMINARIO 201O ENTREVISTA)

domingo, 25 de abril de 2010

Jesús de Nazaret (Resurrección 1ª parte)

Jesús de Nazaret (Parte II, Resurrección)

Homilía para los niños en el 4º domingo de Pascua

25 de abril de 2010, IV domingo de Pascua.


¿Sabéis lo que es el eco?. ¿Alguno de vosotros me podría decir que es eso del ‘eco’?. (El eco es la repetición de un sonido, ya que las ondas del sonido chocan contra una superficie dura y dichas ondas retornan a uno). Uno sube a una montaña y allí grita algo, enseguida vuelves a escuchar lo gritado al aire, hasta que, poco a poco, el sonido desaparece. Nosotros los cristianos, en este tiempo Pascual estamos escuchando los ecos del anuncio de la Resurrección del Señor. Jesucristo ha resucitado y este acontecimiento lo estamos escuchando, una y otra vez, como si de un ‘eco’ se tratase, pero con la diferencia que ‘este eco’ en vez de perderse y de ir desapareciendo el sonido, se va fortaleciendo y reforzando.


Jesús al resucitar abrió las puertas del Cielo. Y yo os pregunto: ¿cómo os imagináis vosotros el Cielo?, ¿os imagináis el Cielo como una gran tienda de regalos y de dulces que podéis coger sin pagar?, ¿os imagináis el Cielo como un gran parque de atracciones?. El Cielo no es un lugar donde uno pueda tener muchos regalos o dulces ni tampoco miles de tiques para subir a la montaña rusa o a la noria. El Cielo es otra cosa más bella. ¿Cómo poder explicaros a vosotros lo que es el Cielo?. A ver: ¿Vosotros alguna vez habéis sentido la alegría de encontraros con un abuelo u otro familiar que queréis mucho y que hacía mucho tiempo que no lo abrazabais?, o ¿vosotros habéis experimentado la alegría de poder ver por primera vez al hermanito recién nacido?, ¿vosotros no habéis tenido nunca la sensación gozosa de llegar a casa porque la profesora os ha felicitado por un trabajo de clase o por el buen resultado de un examen?, ¿vosotros cuando celebráis vuestros cumpleaños con los amigos y con la familia no sentís la alegría de sentiros queridos y de que se acuerden de vosotros?. Yo estoy seguro que sí tenéis estas experiencias gozosas, positivas y que alegran el corazón. Pues el Cielo sería estas sensaciones buenas multiplicadas infinitamente porque estaremos gozando de la presencia de Dios, estaremos con Dios y Él es el que llena de alegría y de satisfacción nuestro corazón.


San Juan, en el libro de la Apocalipsis, o sea, en la segunda lectura que hoy se ha proclamado, nos cuenta de que mucha gente, una gran multitud vestida con vestiduras blancas estaban delante de Dios, contemplando a Dios y de este modo estaban siendo totalmente felices: O sea, que toda esa multitud estaban en el Cielo. Y yo os pregunto: ¿Por qué van vestidos con vestiduras blancas?, ¿qué representa el color blanco? (la pureza). Esto quiere decirnos que únicamente podremos gozar de la dulzura de la visión de Dios cuando nuestra alma esté totalmente pura, sin pecado, totalmente purificada. Y os pregunto: ¿Cómo podemos nosotros purificar nuestra alma y volver a estar en plena amistad con Dios? (confesándonos).

Os explico: Hay una única Iglesia, pero hay tres estados distintos: Una es la Iglesia peregrina, o sea, los que aún vivimos en este mundo; hay otra que es la Iglesia Purgante, o sea, la que está en el purgatorio purificándose para poder hacer acto de presencia ante Dios, y por eso nosotros rezamos por las almas del purgatorio para que se purifiquen lo antes posible y puedan gozar de Dios lo antes posible; y luego está la Iglesia triunfante, que es la que está ya con Dios y son estos que tienen estas vestiduras blancas que nos habla el evangelista san Juan.


Y Jesús desea conducirnos, llevarnos a todos al Cielo. Nos dice con cariño que nosotros somos sus ovejas y que Él es… ¿quién es Él? (El Buen Pastor). Jesús es el Buen Pastor que da la vida por nosotros, que somos sus ovejas. Y yo os pregunto: ¿Qué cuidados tiene que tener el pastor para que las ovejas estén bien sanas? (llevarlas a pastar por los verdes prados; ordeñar; darlas de beber y darlas abundante comida; mantener limpios las cuadras…). Y Jesús, que es el Buen Pastor que cuida de nosotros ¿cómo nos alimenta para que caminemos y pensemos como cristianos? (con el pan de la Eucaristía que es su Cuerpo y con el vino de la Eucaristía que es su Sangre). Nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre y a la vez hace otra cosa muy importante: Nosotros al recibir su Cuerpo y su Sangre hace que dentro de nuestro cuerpo, ya resida en germen, como en una semilla, la esperanza cierta y segura de poder resucitar algún día y poder estar con Dios, con Nuestra Madre, la Virgen Santa María y con todos aquellos santos que, como nos dice el Evangelista San Juan, están vestidos con aquellas vestiduras blancas. Así sea.




domingo, 11 de abril de 2010

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana
Sábado Santo 3 de abril de 2010

Queridos hermanos y hermanas

Una antigua leyenda judía tomada del libro apócrifo «La vida de Adán y Eva» cuenta que Adán, en la enfermedad que le llevaría a la muerte, mandó a su hijo Set, junto con Eva, a la región del Paraíso para traer el aceite de la misericordia, de modo que le ungiesen con él y sanara. Después de tantas oraciones y llanto de los dos en busca del árbol de la vida, se les apareció el arcángel Miguel para decirles que no conseguirían el óleo del árbol de la misericordia, y que Adán tendría que morir. Algunos lectores cristianos han añadido posteriormente a esta comunicación del arcángel una palabra de consuelo. El arcángel habría dicho que, después de 5.500 años, vendría el Rey bondadoso, Cristo, el Hijo de Dios, y ungiría con el óleo de su misericordia a todos los que creyeran en él: «El óleo de la misericordia se dará de eternidad en eternidad a cuantos renaciesen por el agua y el Espíritu Santo. Entonces, el Hijo de Dios, rico en amor, Cristo, descenderá en las profundidades de la tierra y llevará a tu padre al Paraíso, junto al árbol de la misericordia». En esta leyenda puede verse toda la aflicción del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que se le ha impuesto. Se pone en evidencia la resistencia que el hombre opone a la muerte. En alguna parte —han pensado repetidamente los hombres— deberá haber una hierba medicinal contra la muerte. Antes o después, se deberá poder encontrar una medicina, no sólo contra esta o aquella enfermedad, sino contra la verdadera fatalidad, contra la muerte. En suma, debería existir la medicina de la inmortalidad. También hoy los hombres están buscando una sustancia curativa de este tipo. También la ciencia médica actual está tratando, si no de evitar propiamente la muerte, sí de eliminar el mayor número posible de sus causas, de posponerla cada vez más, de ofrecer una vida cada vez mejor y más longeva. Pero, reflexionemos un momento: ¿qué ocurriría realmente si se lograra, tal vez no evitar la muerte, pero sí retrasarla indefinidamente y alcanzar una edad de varios cientos de años? ¿Sería bueno esto? La humanidad envejecería de manera extraordinaria, y ya no habría espacio para la juventud. Se apagaría la capacidad de innovación y una vida interminable, en vez de un paraíso, sería más bien una condena. La verdadera hierba medicinal contra la muerte debería ser diversa. No debería llevar sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual. Debería más bien transformar nuestra vida desde dentro. Crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud sólo con ella. Lo nuevo y emocionante del mensaje cristiano, del Evangelio de Jesucristo era, y lo es aún, esto que se nos dice: sí, esta hierba medicinal contra la muerte, este fármaco de inmortalidad existe. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz.

Ante esto, algunos, tal vez muchos, responderán: ciertamente oigo el mensaje, sólo que me falta la fe. Y también quien desea creer preguntará: ¿Es realmente así? ¿Cómo nos lo podemos imaginar? ¿Cómo se desarrolla esta transformación de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte? Una vez más, un antiguo escrito judío puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo. En él, se cuenta cómo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. «Entonces — prosigue el libro de Henoc — Dios dijo a Miguel: “Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria”. Y Miguel quitó mis vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante... Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos» (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524).

Precisamente esto, el ser revestido con los nuevos indumentos de Dios, es lo que sucede en el Bautismo; así nos dice la fe cristiana. Naturalmente, este cambio de vestidura es un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él.

En el rito del Bautismo hay dos elementos en los que se expresa este acontecimiento, y en los que se pone también de manifiesto su necesidad para el transcurso de nuestra vida. Ante todo, tenemos el rito de las renuncias y promesas. En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía hacia el occidente, símbolo de las tinieblas, del ocaso del sol, de la muerte y, por tanto, del dominio del pecado. Miraba en esa dirección y pronunciaba un triple «no»: al demonio, a sus pompas y al pecado. Con esta extraña palabra, «pompas», es decir, la suntuosidad del diablo, se indicaba el esplendor del antiguo culto de los dioses y del antiguo teatro, en el que se sentía gusto viendo a personas vivas desgarradas por bestias feroces. Con este «no» se rechazaba un tipo de cultura que encadenaba al hombre a la adoración del poder, al mundo de la codicia, a la mentira, a la crueldad. Era un acto de liberación respecto a la imposición de una forma de vida, que se presentaba como placer y que, sin embargo, impulsaba a la destrucción de lo mejor que tiene el hombre. Esta renuncia —sin tantos gestos externos— sigue siendo también hoy una parte esencial del Bautismo. En él, quitamos las «viejas vestiduras» con las que no se puede estar ante Dios. Dicho mejor aún, empezamos a despojarnos de ellas. En efecto, esta renuncia es una promesa en la cual damos la mano a Cristo, para que Él nos guíe y nos revista. Lo que son estas «vestiduras» que dejamos y la promesa que hacemos, lo vemos claramente cuando leemos, en el quinto capítulo de la Carta a los Gálatas, lo que Pablo llama «obras de la carne», término que significa precisamente las viejas vestiduras que se han de abandonar. Pablo las llama así: «fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo» (Ga 5,19ss.). Estas son las vestiduras que dejamos; son vestiduras de la muerte.

En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía después hacia el oriente, símbolo de la luz, símbolo del nuevo sol de la historia, del nuevo sol que surge, símbolo de Cristo. El bautizando determina la nueva orientación de su vida: la fe en el Dios trinitario al que él se entrega. Así, Dios mismo nos viste con indumentos de luz, con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas «vestiduras» «fruto del Espíritu» y las describe con las siguientes palabras: «Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí» (Ga 5, 22).

En la Iglesia antigua, el bautizando era a continuación desvestido realmente de sus ropas. Descendía en la fuente bautismal y se le sumergía tres veces; era un símbolo de la muerte que expresa toda la radicalidad de dicho despojo y del cambio de vestiduras. Esta vida, que en todo caso está destinada a la muerte, el bautizando la entrega a la muerte, junto con Cristo, y se deja llevar y levantar por Él a la vida nueva que lo transforma para la eternidad. Luego, al salir de las aguas bautismales, los neófitos eran revestidos de blanco, el vestido de luz de Dios, y recibían una vela encendida como signo de la vida nueva en la luz, que Dios mismo había encendido en ellos. Lo sabían, habían obtenido el fármaco de la inmortalidad, que ahora, en el momento de recibir la santa comunión, tomaba plenamente forma. En ella recibimos el Cuerpo del Señor resucitado y nosotros mismos somos incorporados a este Cuerpo, de manera que estamos ya resguardados en Aquel que ha vencido a la muerte y nos guía a través de la muerte.

En el curso de los siglos, los símbolos se han ido haciendo más escasos, pero lo que acontece esencialmente en el Bautismo ha permanecido igual. No es solamente un lavacro, y menos aún una acogida un tanto compleja en una nueva asociación. Es muerte y resurrección, renacimiento a la vida nueva.

Sí, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrección, de todo corazón, el aleluya, el canto de la alegría que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres» (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oración sobre las ofrendas que la Iglesia eleva en esta noche: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad. Amén.

Fuente:http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2010/documents/hf_ben-xvi_hom_20100403_veglia-pasquale_sp.html

Segundo domingo de Pascua de la Divina Misericordia

Segundo domingo de Pascua de la Divina Misericordia.

11 de abril de 2010 (Homilía con los niños y niñas)

La semana pasada hemos celebrado el acontecimiento más importante de nuestra fe: la Muerte y la Resurrección de Jesucristo. El Jueves Santo, el Señor nos hizo tres regalos, ¿qué regalos fueron los que Él nos hizo el día del Jueves Santo?: (la institución de la Eucaristía, la institución del Orden Sacerdotal y nos entregó el mandamiento del amor fraterno, “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”); el Viernes Santo contemplamos cómo a Jesús le juzgan dos veces, la primera vez el Sanedrín Judío, que es el juicio religioso y le condenan a muerte acusándole de blasfemo y el segundo juicio que fue el juicio político ante Pilatos acusándole de revolucionario contra Roma y contra el Cesar. Contemplamos como Jesús llevó su cruz ayudado por un cirineo y cómo murió crucificado en medio de las burlas de los soldados romanos. Fuimos testigos de cómo le taladraban sus manos y sus pies y cómo una lanza traspasó su costado; en la Vigilia Pascual del Sábado Santo por la noche nos encontramos que el sepulcro está vacío y que Él había resucitado de entre los muertos.

Ahora os pregunto yo: Jesús murió realmente crucificado, pero ¿qué hizo Jesús durante el tiempo que estuvo muerto?. ¿Hizo algo o no hizo nada?. Niños y niñas, en las catequesis habéis aprendido el Credo, o sea, la profesión de fe. En el Credo decimos lo siguiente: “Jesucristo descendió a los infiernos”. Os lo explico: Jesús, estando muerto, bajó a los infiernos. Pero atención, aquí la palabra “infierno” quiere decir “morada de los muertos” y bajó allí porque los muertos se encontraban privados de la visión de Dios. Los muertos estaban a la espera, estaban esperando la visita salvadora de Jesucristo. Ahora bien, únicamente las almas de los santos que estaban en el seno de Abrahám fue a los que liberó de aquel lugar y los condujo ante la presencia de Dios, o sea, les llevó al Cielo. Y los que habían vivido con pecados y haciendo el mal les quedó en el infierno de la condenación. Dicho con otras palabras: Jesús abrió las puertas del Cielo a todas las personas justas que le habían precedido, que habían vivido antes que Él.

Y luego, en el tercer día, Jesús resucita, pero ahora os pregunto yo: ¿Qué es eso de resucitar?, ¿qué queremos dar a entender cuando decimos el verbo ‘resucitar’?. Os lo voy a explicar: Cuando una persona muere ocurre lo siguiente; el cuerpo cae en la corrupción, se corrompe, se va descomponiendo, pero el alma va al encuentro de Dios. Esa alma, que va al encuentro de Dios, espera reunirse de nuevo con su cuerpo glorificado. Dios unirá nuestros cuerpos glorificados con nuestras almas. Pero esos cuerpos ya no sufrirán enfermedades, no tendrán dolores, no sufrirán el achaque del paso de los años… lo cierto es que es algo que supera toda nuestra imaginación. Y esto de resucitar es posible gracias a la resurrección de Jesucristo. ¿No os habéis preguntado alguna vez por qué en la Misa pedimos por los difuntos y por qué aplicamos alguna Misa por algún difunto en particular?, pues lo hacemos para pedir a Dios que el alma de esa persona esté, lo antes posible, gozando de la dulzura del rostro de Dios.

Hoy hemos escuchado en la proclamación del Evangelio que Jesús Resucitado se apareció a los Apóstoles. Y cómo Jesús les enseñó sus manos taladradas por los clavos y su costado traspasado por la lanza. Pero resulta que hubo uno de los Apóstoles que no estuvo presente en la primera aparición de Jesús Resucitado y no se lo creía. ¿Quién era el Apóstol que no se creía eso de que Jesús había resucitado? (Santo Tomás). Y al final Santo Tomás se dio cuenta de que realmente había resucitado Jesús. Le costó creer, pero al final creyó. Al principio no se fiaba de la palabra de los Apóstoles que le decían que Jesús había resucitado de entre los muertos.

Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué hubiera sucedido si Jesús no hubiera resucitado?, ¿qué hubiera sucedido si hubieran encontrado el cuerpo muerto de Jesús en el sepulcro?. (Que nuestra fe no tendría sentido; que Jesús habría sido un farsante; que las puertas del Cielo seguirían cerradas). Sin embargo, CRISTO REALMENTE SÍ RESUCITÓ. Y al resucitar Jesucristo todo adquiere sentido y estamos llamados a SER CIUDADANOS DEL CIELO.

Supongo que muchas veces habréis visto arcos de piedra, en las Iglesias antiguas, en el acueducto de Segovia, en las entradas de muchas Iglesias románicas, en los puentes romanos. Pues hay una piedra que es clave, fundamental para que el arco pueda mantenerse y no destruirse: es la piedra central del arco. En esta piedra central es en la que convergen las fuerzas de las demás piedras, permitiendo la estabilidad del arco y sin la cual el arco se derrumbaría. Pues Jesús es esa piedra central que hace que toda nuestra vida adquiera sentido y se mantenga en pie.

Y si Jesús está vivo ¿dónde se encuentra ahora?. (Está a la Derecha de Dios Padre Todopoderoso). ¿Y me podéis decir alguna consecuencia positiva de la Resurrección de Jesús?. Y una consecuencia, de las tantas consecuencias positivas de la Resurrección de Jesús es que Él mismo se nos hace presente, de un modo real y auténtico, en la Eucaristía. Los sentidos nos engañan, porque únicamente vemos pan y vino, pero nosotros sabemos y creemos que después de las palabras de la consagración ya se transforman en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús. Y esto es posible porque Jesús realmente resucitó.

Roberto García Villumbrales

sábado, 3 de abril de 2010

Galería de Semana Santa en Palencia (Parte 5)






Paso del Santísimo Cristo del Otero de San Pablo, Escuela Palentina, siglo XVII


Fotos publicadas en: http://www.villaluengadelavega.com/

martes, 30 de marzo de 2010

Jueves Santo


JUEVES SANTO:


Durante la Semana Santa la Iglesia celebra los misterios de la salvación actuados por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por su entrada mesiánica en Jerusalén.


Hoy, Jueves Santo, la Iglesia Católica y todos nosotros, damos gracias a Jesucristo por habernos entregado tres regalos: la institución de la Eucaristía, la institución del Orden Sacerdotal y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna.

Suele suceder que únicamente valoramos las cosas y a las personas cuando las terminamos perdiendo. Lo más importante que tenemos los cristianos es la Eucaristía, es el centro y cumbre de la vida cristiana, sin embargo no somos capaces ni de intuir el gran misterio que encierra y vivirlo con la intensidad que se precisa.


Sin embargo, a pesar de nuestras limitaciones, Dios sigue apostando por nosotros, nos sigue amando y desea que demos pasos en nuestra vida espiritual. Por eso, el Señor nos ofrece el ejemplo de algunos testigos para que caigamos en la cuenta de la grandeza del don de la Eucaristía para nuestras comunidades cristianas y para nuestro propio crecimiento espiritual. El Cardenal vietnamita Van Thuan pertenece a ese grupo de enamorados de Cristo Eucaristía.


El 24 de abril de 1975, pocos días antes de que el régimen comunista se hiciera del poder, Pablo VI lo nombró arzobispo coadjutor de Saigón (Hochiminh Ville). Pocas semanas después era arrestado y luego encarcelado. Una larguísima noche que duró trece años, sin juicio ni sentencia, nueve de los cuales los pasó incomunicado. Salió el 21 de noviembre de 1988. A pesar de la situación de extrema precariedad en que se encontró, no se dejó vencer por la resignación ni el desaliento.


El Cardenal Van Thuan, prisionero por Cristo, muchas veces estaba totalmente incomunicado y vigilado día y noche por dos guardias. Juntando cualquier trozo de papel que llegara a sus manos se creó una minúscula Biblia personal, en la que escribió más de 300 frases del Evangelio que recordaba de memoria. Fue su tesoro más preciado. Pero el momento central de su jornada era la celebración de la Eucaristía con: tres gotas de vino y una de agua en la palma de la mano. Lo hacía de un modo totalmente clandestino, a escondidas, ya que de otro modo, las autoridades comunistas se lo hubiesen impedido empleando métodos más represivos. La celebración diaria de la Eucaristía fue la verdadera medicina para su cuerpo y su alma. Van Thuan, en sus memorias nos dice: «Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida!. Quien come de mí vivirá por mí. Así me alimenté durante años con el pan de la vida y el cáliz de la salvación.»


Incluso fabricaron bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento y llevarlo a los demás. Jesús Eucaristía estaba siempre con el Van Thuan, en el bolsillo de la camisa.


Una vez por semana había una sesión de adoctrinamiento en la que tenían que participar todo el campo. En el momento de la pausa, sus compañeros católicos y él aprovechaban para pasar un saquito que contenía a Jesús Eucaristía a cada uno de los otros cuatro grupos de prisioneros: todos sabían que Jesús estaba en medio de ellos. Por la noche, los prisioneros se alternaban en turnos de adoración. Jesús eucarístico ayudaba de un modo inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos volvían al fervor de la fe. Su testimonio de servicio y de amor producía un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible.


Así la oscuridad de la cárcel se hizo luz pascual, y la semilla germinó bajo tierra, durante la tempestad. La prisión se transformó en escuela de catecismo. Los católicos bautizaron a sus compañeros; eran sus padrinos. Así Cristo Eucaristía les alentó y alimentó en aquel campo de concentración.



Eusebio de Cesarea recuerda que los cristianos no dejaban de celebrar la Eucaristía ni siquiera en medio de las persecuciones: Cada lugar donde se sufría era para nosotros un sitio para celebrar..., ya fuese un campo, un desierto, un barco, una posada, una prisión... El Martirologio del siglo XX está lleno de narraciones conmovedoras de celebraciones clandestinas de la Eucaristía en campos de concentración. ¡Porque sin la Eucaristía no podemos vivir la vida de Dios!.


Otro de los regalos que Jesucristo nos ha dado en el jueves santo es la institución del Orden Sacerdotal. Ser sacerdote es un REGALO que no se puede merecer. Los sacerdotes somos consagrados para siempre, somos llamados a ESTAR SIEMPRE CON EL SEÑOR, a perpetuar día a día su amistad para moldearnos según su corazón. La vocación sacerdotal es un DON TAN GRANDE PARA LA IGLESIA que los sacerdotes no nos pertenecemos a nosotros mismos, SINO QUE SOMOS PROPIEDAD DE CRISTO que vive en la Iglesia y pertenecemos a la Iglesia. El sacerdote es la persona enamorada de Cristo; el sacerdote es que tiene que estar injertado en Cristo. El sacerdote se ha encontrado con el Maestro, con el Señor, reconoce todo lo bueno y todo lo que el Maestro le ha aportado… y DESEA COMUNICARLO a todos los hombres PARA QUE TODOS PUEDAN IR ADQUIRIENDO ESE DESEO DE BUSCAR A JESUCRISTO.


San Juan Crisóstomo exhorta a estar atentos a la presencia de Cristo en el hermano cuando celebramos la Eucaristía: Aquel que dijo: «Esto es mi cuerpo»... y que os ha garantizado con su palabra la verdad de las cosas, ha dicho también: lo que os hayáis negado a hacerle al más pequeño, me lo habéis negado a mí. Consciente de ello, Agustín había construido en Hipona una “domus caritatis” cerca de su Catedral. Y san Basilio había creado una ciudadela de la caridad en Cesarea. Por eso Eucaristía y el Mandamiento del amor van entrelazados con gran firmeza. Y el mandamiento del amor fue el tercer gran regalo que nos hizo Jesucristo.