sábado, 24 de octubre de 2020
Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, ciclo A
sábado, 17 de octubre de 2020
Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Homilía XXIX Domingo del
tiempo ordinario
Año litúrgico 2019 - 2020 -
(Ciclo A) 18/10/2020
Isaías 45, 1. 4-6
Sal 95, 1 y 3. 4-5. 7-8a. 9-10ac
Tesalonicenses 1, 1-5b
Mateo 22, 15-21
Hermanas, el hombre moderno descuida tanto su interioridad que ya no sabe lo que significa. Vive sumergido en el lodo de sus pasiones, centrado en divertirse y en disfrutar de todos los placeres de este mundo. Le da igual vivir en un mundo dominado por el mal, la violencia, la corrupción, la relajación de las costumbres, la perversión, la indiferencia ante Dios o incluso el desprecio de Dios. Ese hombre tiene una brújula que no indica hacia el norte, sino hacia sus apetencias y sensualidades. Pero lo más inquietante de todo esto es que a Dios se le quiere quitar de la esfera social, cultural, política, educativa, eclesial y personal. Esta gran ausencia representa la peor de las amenazas para la humanidad.
Los creyentes tenemos la obligación
grave de anunciar a Dios conforme a la vocación que el Señor nos haya
entregado. Cuando estamos lejos de Dios el hombre se dispersa en vanos
placeres. San Pablo, cuando escribe a la comunidad de Tesalónica es muy
consciente de cómo muchos de los hermanos que forman parte de esa comunidad
antes estaban dominados por sus pasiones y totalmente dispersos en placeres; eran
un desastre de persona, con la brújula de su vida totalmente averiada, pero
ahora todo ha ido cambiando. San Pablo les fue enseñando a recuperar la vida
interior digna al cultivar en ellos el silencio. El silencio cuesta, porque hay
mucho ruido y dispersión, se escuchan muchos ‘cantos de sirena’ y el demonio
quiere que nos sumerjamos en el bullicio. El silencio cuesta, pero hace al hombre capaz de dejarse guiar por
Dios. San Pablo les anuncia el kerigma, les habla con sus palabras y su
propia vida del amor de su vida: les
habla de Jesucristo. Es cierto que él no conoció personalmente al Señor,
tal y como lo hicieron los otros apóstoles, pero él tiene una fuerte
experiencia de cómo Jesucristo le dio un vuelco total a su vida. Pablo, que
conoce a los hermanos de esa comunidad y sabe de sus historias de pecado y de
miseria, se alegra profundamente porque al acoger a Cristo en sus vidas esas
familias enfrentadas se han reconciliado, porque ese mujeriego se ha reformado,
porque ese rico avaro ha aprendido a compartir, porque esa mujer perdida en los
afectos ha encontrado a Cristo como su único amor, … porque la fe al ponerla en
práctica no tiene hermanos en la comunidad que pasan hambre o que están solos
por la enfermedad o ancianidad. Porque
han descubierto que tener a Cristo entre ellos es lo mejor que les ha podido
pasar en la vida. Dice San Pablo: «En todo momento damos gracias a Dios por todos
vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones, pues sin cesar
recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de
vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor».
Cuando esos herodianos y fariseos se
acercan a Jesús para hacerle esa pregunta capciosa de ‘si es lícito de pagar
impuesto al César o no’, esos herodianos y fariseos están dispersos en vanos placeres
y en el fango del pecado. Ellos están cegados por el dinero, el poder y el odio.
El dinero no es de Dios, sino que de Dios
somos nosotros mismos, y por lo mismo nosotros
solamente debemos estar sometidos a Dios. Ya San Agustín, que afirmaba:
“El César busca su imagen, dádsela. Dios
busca la suya: devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no
pierda Dios la suya en vosotros” (Com. Ps 57,11). La trampa la resuelve
Jesús, no solamente con inteligencia, sino con sabiduría, donde salta por los
aires la legalidad con la que pretenden acusarlo en su caso. La respuesta de
Jesús no es evasiva, sino profética; porque a trampas legales no valen más que
respuestas proféticas. El tributo de hacienda es socialmente necesario; el corazón, no obstante, lleva la imagen de
Dios donde el hombre recobra toda su dignidad, aunque pierda el “dinero”
o la imagen del césar de turno que no valen nada.
El hombre moderno, como esos
herodianos y fariseos, actúa inconscientemente. No miden todas las
consecuencias de sus actos. Prefiere la ilusión a la realidad. Mas cuando uno
se encuentra con Cristo, como le pasó a la comunidad de los tesalonicenses y al
propio Pablo, va y vende todo lo que tiene para comprar ese campo y puede decir
con plena convicción: «Para mí la vida es Cristo y el morir una
ganancia» (Filp
1,21).
sábado, 10 de octubre de 2020
Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A
11 de octubre de 2020 Mateo 22, 1-14
Acaba de ser proclamada la parábola de los convidados a la boda del hijo del rey. Un rey que convida al banquete de su hijo y que recibe un gran rechazo, un gran menosprecio, una gran indiferencia. Se había invitado a los principales de la sociedad y han sido éstos quienes han rechazo mencionada invitación. Pero hay una gran paradoja, porque es un gran honor recibir la invitación para participar de las bodas del hijo del rey y lo han despreciado. El rey, que es imagen de Dios, que nos lo quiere dar todo participando de las bodas de su Hijo y nosotros en vez de sentirnos agraciados y agradecidos y en vez de sentirnos elegidos, tenemos un gran rechazo. Y aquí sale una idea clave de esta parábola: La esencia del pecado es no dejarse amar por Dios.
Es instructivo ver los motivos por
los que los invitados se han excusado: no hicieron caso de la invitación, el
uno se fue a su campo, el otro a su negocio, el otro va a probar sus yuntas de
bueyes, etc. Hay una serie de motivos por los que se rechaza esa gran
invitación del rey. Pero si nos damos cuenta no se tratan de motivos, sino de excusas para no acudir. No hay
motivo alguno para rechazar ese gran regalo de Dios. Cuando anteponemos cosas
ante la invitación de Dios se tratan de excusas, dejando a Dios en segundo
lugar. Cuando colocamos nuestras cosas en primer lugar relegando a Dios en
segundo o tercer lugar, estamos cayendo en un pecado de minusvaloración, de
menos precio, de indiferencia ante Dios. Y esto es muy grave, es tan grave que dice
la parábola que la reacción del rey fue
tremenda, «el rey montó en cólera, envió sus
tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad». Y todo por desagradecidos. Es algo que nos debe de
hacer meditar porque también nosotros, a nuestra medida y a nuestro nivel, vivimos también esa tentación de anteponer
otras cosas a la llamada de Dios o de dejar en segundo lugar esa
llamada.
Hay un dicho que dice «si estás tan ocupado como para no poder orar,
es que estás más ocupado de lo que Dios quiere». ¿Cómo es posible que no
tengamos tiempo para Dios? ¿Cómo es posible que no tengamos tiempo para
priorizar en la invitación que el Señor nos hace para participar en su
intimidad? Dios no quiere que estés tan apegado a las cosas. Podemos tener el
riesgo de tener apegos que se convierten en excusas para dejar la llamada de
Dios en segundo o tercer lugar.
Hay una viñeta en la que aparece un
niño y debajo ponía «demasiado joven para pensar en Dios». Al lado aparecía a
ese mismo niño pero ya en la edad adolescente con sus novias que ponía «demasiado
feliz para pensar en Dios»; luego se le veía en la siguiente viñeta cuando ya
había conseguido comprar su primer coche y su casa y se sentía muy orgulloso y
decía «demasiado autosuficiente para pensar en Dios»; en la siguiente viñeta se
le veía demasiado enfrascado en la vida laboral y ocupado, y decía: «demasiado
ocupado para pensar en Dios»; en la siguiente viñeta se le veía cansadísimo e
intentando descansar y decía: «demasiado cansado para pensar en Dios»; y en la
última se le ve en la tumba y dice: «demasiado tarde para pensar en Dios». Y es
verdad que se nos puede pasar la vida anteponiendo todas las cosas a esa
invitación que nos hace Dios a participar en el banquete de su Hijo.
Que el Señor nos de la gracia de
priorizar esa llamada del Señor y a participar en esa intimidad con el Señor.
Pero hay una
segunda parte en esta parábola: visto ese rechazo, el rey convidó, no ya
a los principales, sino a todos, a los más humildes, a buenos y malos. La invitación no nace de nuestro mérito.
Dios no nos quiere porque seamos buenos; Dios
nos quiere para que podamos ser buenos. Y la paradoja es que uno de esos
invitados entró sin traje de fiesta. Y entonces le dice el rey «amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido
de boda?», y es expulsado con indignación porque tampoco este ha entendido
que tenía que responder con gratitud como les había ocurrido a los principales,
éste tampoco lo había entendido. ¿Cómo te has atrevido a entrar sin el traje de
fiesta? La Tradición de la Iglesia ha
entendido este texto como la importancia de acercarse a Dios en gracia, en
estado de gracia. Vivir en gracia de Dios no es la condición que Dios
pone para querernos, sino que es la
consecuencia lógica del habernos abierto al amor de Dios. Lo lógico es que
de ese agradecimiento de ser invitado al banquete se derive una conversión y el
vivir en gracia, el vestirnos el traje de fiesta. De otro modo seríamos una
ingratos como los primeros. El amor de Dios es gratuito, pero no es barato; requiere de nosotros una respuesta de totalidad.
Ojalá nos sintamos agraciados de estar sentados en
este banquete, porque ésta Eucaristía que
celebramos es el banquete de bodas del Hijo del Rey. Que la Virgen María
nos conceda ser muy humildes y muy agradecidos.
sábado, 3 de octubre de 2020
Homilía del Domingo XXVII del tiempo ordinario, ciclo a
Homilía XXVII Domingo del tiempo ordinario
Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A) 04/10/2020; Mateo 21,33-43
Hoy se acaba de proclamar el
evangelio de los viñadores homicidas que acabamos de escuchar. El contexto
inmediato de esta parábola se refiere a la relación entre Dios y el Pueblo de
Israel: primero fueron enviados los profetas, que no fueron acogidos y
finalmente fue enviado el Hijo que no fue acogido mayoritariamente. Pero como
todas las parábolas de Jesús esta es una
historia abierta que estamos invitados a aplicar en nuestras vidas, ya
que en esta historia abierta está aconteciendo toda la historia de la
salvación. Porque todo esto también acontece en nuestra sociedad, en nuestros
días cuando construimos un mundo a espaldas a Dios, olvidando nuestras raíces
cristianas. Porque estamos construyendo un mundo teniendo en cuenta sólo la
economía sin tener en cuenta el patrimonio espiritual. Un hombre secularizado
que pretende ser el heredero, el dueño de la cultura.
Pero también sucede que en la vida
de la Iglesia Dios envía a sus santos, a los profetas y resultan molestos, no
son bien acogidos. Tal vez porque esperamos que los profetas nos alaguen los
oídos, que vengan a firmar lo que pensamos…, pero como vienen en nombre de Dios
y traen la Palabra de Dios, esa Palabra entra hasta el interior y nos ponen en
crisis porque estamos instalados en la mediocridad, en la comodidad, en las
ideologías. Y claro, esta palabra de los profetas y de los santos suele
resultar molestos por aquellos que no se quieren dejar cuestionar por los
enviados del Señor. Por lo tanto, aquello que aconteció entre Jesús e Israel
sigue aconteciendo también entre nosotros actualmente.
Hay una frase sorprendente en este
evangelio que retrata cómo es el corazón de Dios: «Por último, les mandó a su
hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’». Es la solución dramática que sale del corazón de
Dios; Dios que arriesga en lo más querido que tiene, en su propio hijo. Se arriesga por nuestra salvación. Y se
ha arriesgado mucho poniendo a su Hijo en manos de quienes conformamos su
Iglesia que somos muy limitados y pecadores.
Y supongo que le daremos muchos disgustos, aunque
alguna alegría supongo que de vez en cuando. Y además se nos queda en la Eucaristía y no siempre
recibimos la Eucaristía con la debida preparación, conciencia y gratitud. Y no
siempre esa presencia eucarística del Señor la cuidamos como debiéramos. Y se queda en el perdón de los pecados
que muchas veces lo recibimos de una forma superficial sin la verdadera
conversión. Y se queda con
nosotros llamándonos a la oración y resulta que priorizamos por nuestra
pereza queriendo otra cosa antes que orar. Y nos anuncia que está presente en los débiles y en los sufrientes de
este mundo y sin embargo nosotros permanecemos indiferentes ante esta
presencia de Jesús. Y Él sigue diciéndonos «y tuve hambre y no me disteis de comer y tuve sed y no
me disteis de beber…».
Es decir, resuena de forma dramática esa apuesta tan arriesgada que hace el
Señor: “A mí hijo, por lo menos lo respetarán… a mí hijo lo tratarán de otra
manera”.
Pues el Señor se ha arriesgado y ha
sido dramática su apuesta. Y Él no da por perdida nuestra situación y sigue arriesgando. Y si el Señor sigue
arriesgando y sigue poniendo a su Hijo en nuestras manos, sigue enviando
labradores a esa viña, y sigue enviando enviados y profetas, obviamente es
porque Él tiene esperanza. Y nosotros no tenemos derecho a desesperar cuando
vemos al Señor apostar de una forma tan fuerte en favor de su viña, y no se arrepiente de haber enviado a su Hijo.
Y aun sabiendo cómo iba a ser tratado su Hijo lo envió. Dios lo arriesga todo por ti.