sábado, 28 de diciembre de 2024
Homilía del Domingo de la Sagrada Familia Lc 2, 41-52 JESÚS PERDIDO Y ENCONTRADO EN EL TEMPLO
Domingo de la
Sagrada Familia 2024, ciclo C
Lc 2, 41-52 (29.12.2024)
El
evangelio de hoy es bellísimo. El evangelista nos da un primer indicio para
interpretar de un modo correcto el texto: No menciona por el nombre ni a María
ni a José. Lo que dice el evangelista es «los
padres de Jesús».
Se habla del padre, la madre; y cuando los semitas hablan así es porque se
refieren a ‘nuestro padre’ o ‘nuestros padres’ sin llamarles por su propio
nombre y se refieren a los primogenitores como los personajes representativos
de una realidad.
El padre en Israel
representa el vínculo con la tradición; el padre es el que tiene la tarea de
educar a los hijos en la fidelidad a lo que le ha sido transmitido desde la
antigüedad. El padre es la conexión con la historia del pasado, de toda la
tradición.
Y la madre de un
israelita es Israel.
Israel es la esposa amada por el Señor su Dios, por Aḏōnāy ( אֲדֹנָי ). Ella
es la madre de cada israelita. Y de aquí de nuevo el enlace con el pasado, con
la historia, con la tradición, como si fueran los eslabones de la cadena entrelazados
los unos a los otros.
En el evangelio de
Lucas presenta a estos padres como representantes de la tradición; son fieles a
la observancia de la tradición. Nos dice el evangelista que «solían ir cada
año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua». La Ley establecía el ir a
Jerusalén tres veces, en tres peregrinaciones al año (cfr. Dt 16, 16; Ex 12 +)
en la Pascua, en Pentecostés y en la Fiesta de las Tiendas. En realidad, por
las dificultades en el desplazamiento y por la distancia se quedó la costumbre
de realizar una sola peregrinación a Jerusalén. Y algunos judíos que vivían en
Roma o en Éfeso era una gran fortuna poder hacer esa peregrinación una sola vez
en la vida, a lo que le llamaban el ‘santo viaje’ para poder ver ‘la casa del
Señor’ en la ciudad santa.
La pregunta
fundamental es: ¿Cómo se comportará el niño Jesús ante esta tradición de
Israel? Si los padres representan la observancia de la tradición ¿cómo se
portará Jesús, el Mesías? ¿aceptará estas tradiciones o entrará en conflicto
con lo que siempre ha sido transmitido y enseñado en Israel? Lucas en su
evangelio ya introdujo una misteriosa profecía cuando sus padres llevaron a
Jesús al Templo para presentarle (cfr. Lc 2, 22-38). Dice el evangelista que «los padres introdujeron al niño Jesús,
para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, (Simeón) lo tomó en brazos y
alabó a Dios» y Simeón se volvió
a María diciéndole «éste está
destinado para la caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de
contradicción- ¡a ti misma una espada te atravesará el alma! -, a fin de que
queden al descubierto las intenciones de muchos corazones». Misteriosa profecía, pero María y José
no lo entendieron. Simeón no anunció una inserción tranquila y pacífica de
Jesús en el ámbito de las tradiciones de su pueblo. Simeón predijo que Jesús
tomaría decisiones sorprendentes para todos y para sus propios padres que habían
creído en este contexto de una observancia de todo lo que había sido enseñado y
recibido. El evangelista ya entonces notó que los padres no lo habían entendido
al señalar que «su padre y su
madre estaban admirados de lo que se decía de él»
(cfr. Lc 2, 33), es decir, ellos no entendían lo que allí se estaba diciendo;
ellos no estaban entendiendo que el Mesías estaba demostrando que las
expectativas de los hombres son erróneas, ya que ellos -como todo el pueblo-
estaban esperando un Mesías glorioso según el criterio de gloria de este mundo.
Jesús no seguirá esta tradición, sino que introducirá una novedad ya que la
gloria de Dios no es el dominio; la gloria de Dios es el amor, el servicio.
«Los padres de Jesús solían ir
cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años,
subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero
el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Estos,
creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se
pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se
volvieron a Jerusalén buscándolo.
Y
sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y
haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban
asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al
verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les
contestó:
«¿Por
qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero
ellos no comprendieron lo que les dijo».
La tradición de ir
a la fiesta de la Pascua se iniciaba a los trece años de edad, sin embargo,
Jesús tenía doce años (cfr. Lc 2, 42). Esto nos dice que estamos ante una
familia observadora de la tradición, al punto que no esperan a que el niño
tenga los trece años para llevarlo a Jerusalén; lo educa a la observancia de lo
que siempre se ha hecho.
El evangelista
Lucas al hacer referencia que el niño tenía doce años cuando fue con sus padres
a Jerusalén está haciendo referencia al profeta Samuel. Según Flavio Josefo en
su obra ‘Las antigüedades judías’, Samuel tenía doce años cuando comenzó a
profetizar (cfr. 1 Sm 3).
La fiesta de la
Pascua comprendía entre los 3 a 7 días. Y cuando llega el momento de abandonar
Jerusalén nos encontramos con que Jesús permanece en la ciudad. El término
griego que se usa no significa que ‘permaneciera en la ciudad’ o que ‘se
quedara en la ciudad’. La forma verbal empleada en griego es ὑπέμεινεν, (ypémeinen)
es decir, ‘él soportó’; ‘él resistió’ en Jerusalén, no sigue a sus padres en el
camino de regreso. El mensaje del evangelista es claro: el Mesías de Dios, en
el adolescente que está a punto de convertirse en adulto, comienza a refutar
las expectativas de los padres que están convencidos de que él les debe de
seguir, pero no les sigue. Seguirá un camino diferente al que ellos se
esperaban. Seguirá el camino trazado, no el de los hombres, sino el del Padre
Dios.
Buscan a Jesús y a
los tres días le encuentran en el Templo. El número tres es una clara
referencia a la búsqueda desesperada. Recordemos que este número tres nos
remite a las mujeres que fueron al sepulcro de Jesús buscándole entre los
muertos, entre los derrotados, entre los condenados de la historia (cfr. Lc 24,
1-4), en cambio se encontraron con la sorpresa de Dios que le vuelven a
encontrar vivo y vencedor de la muerte. Dios les manifiesta que los ganadores
no son los gobernadores poderosos de este mundo, sino los siervos, aquellos que
dan la vida por amor.
Aquí están los dos
caminos que divergen; el camino de los padres de la tradición -que representa a
los vencedores gloriosos de este mundo- y el del nuevo camino que sigue Jesús
que no es el de los padres, sino el de su Padre Celestial; que es el camino que
nos dice que es preciso perder la vida por amor.
En el Templo Jesús
estaba «sentado en medio
de los maestros» y Jesús los
escucha y les pregunta. Naturalmente el rabino o maestro está siempre sentado
en el centro rodeado entre sus discípulos; en cambio aquí es Jesús quien está
sentado en el centro y los rabinos en torno a él. Los alumnos son conocedores
de la Escritura que educan a la gente esperando a un Mesías que no responde, ni
mucho menos, con lo que Cristo viene a traernos. Y ¿cuál es la reacción de
estos escribas o rabinos que estaban alrededor de Jesús? Dice la Palabra: «Todos los que le oían quedaban asombrados
de su talento y de las respuestas que daba».
La traducción nos dice que ‘quedaban asombrados’, pero el término griego usado
es ἐξίσταντο (estaban fuera de sí). Este término griego no significa ‘asombro’
o ‘sorprendidos’. El término griego ἐξίσταντο significa que estos rabinos
estaban ‘fuera de sí’ y esta expresión indica un asombro negativo; los rabinos
están sorprendidos por sus respuestas que no están en sintonía ni de acuerdo con
las suyas, con las interpretaciones tradicionales. Y cuando dice la Palabra que
‘les hacía preguntas’ significa que se dan cuenta de que sólo él puede iluminar
la oscuridad de los textos del Antiguo Testamento. Recordemos que Jesús,
después de la resurrección, abrirá la mente de sus discípulos a la comprensión
de toda la Escritura (cfr. Lc 24, 13-35); toda la Escritura sólo se entiende a
la luz de Cristo. Lucas tira de la ironía al decir que Jesús escuchaba y
preguntaba; realmente cuando Jesús les hacía las preguntas no les dejaba tiempo
para responderlas, sino que él mismo las respondía sin esperar a que ellos le
respondieran.
Nos dice el libro
del Eclesiástico o del Sirácida: «La
sabiduría hace su propio elogio, se gloría en medio de su pueblo» (Eclo 24, 1). Cristo, el que es la Sabiduría
encarnada, estaba en el medio de su pueblo; ya que Jesús es la imagen de la
Sabiduría divina.
Los padres del
niño Jesús nos cuenta la Palabra que «al
verlo, se quedaron atónitos/perplejos».
Sus padres quedaron atónitos, perplejos, maravillados, pero no entendieron la
novedad que les traía su hijo; porque aceptar la novedad es siempre difícil. Si
no nos sorprendemos por lo que nos ha dicho Jesús es una muestra de no haber
entendido su camino. Nos sorprendemos porque nos damos cuenta que el camino que
él nos plantea es muy diferente a nuestro camino, nuestras tradiciones, nuestro
modo de pensar y sobre nuestro propio modo de razonar. María y José se
extrañaron, se quedaron atónitos, sorprendidos o perplejos porque ellos
entendieron que el modo de vivir, de ser, de razonar, de amar que su hijo venía
a traer al mundo era totalmente diferente a todo lo que antes ellos habían
conocido; de ahí su gran sorpresa. Recordemos lo que le dijo el arcángel a
Zacarías: «Tu hijo convertirá
al Señor su Dios a muchos hijos de Israel e irá delante de él con el espíritu y
poder de Elías, para que los corazones de los padres se vuelvan a los hijos» (cfr. Lc 1, 16-17). El corazón de un
israelita es la mente. La tarea del Bautista no será convencer a los niños de
que sigan la tradición; sino que ellos tendrán que liderar y guiar los
corazones de los padres hacia Cristo.
María le dice: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te
buscábamos angustiados». Su madre le dijo ‘hijo’. El término que
emplea Lucas para designar con el término ‘hijo’ es ‘τέκνον’, que señala ‘dado
a luz’, es decir, alguien sobre el que yo tengo un poder sobre él.
La respuesta de
Jesús a sus padres es nueva: «¿Por qué me buscabais?». Mientras a Jesús todos le escuchan, María
y José no le están escuchando. Estas son las primeras palabras que Jesús
pronuncia en el evangelio según san Lucas. Y son palabras muy importantes.
Desde un punto de vista histórico esta pregunta no se puede entender. No hay
una palabra de escusa ni un ‘lo siento’, ni una palabra que indique que se
hubiera dado cuenta de la angustia ocasionada a sus padres. Sin embargo, ese
mensaje es muy claro: Hay padres, hay custodios de la tradición que encarnan el
modo de pensar, de razonar, de juzgar y de hacer lo que siempre se ha hecho y
de lo que siempre se ha considerado justo. Jesús lo que dice es que no le van a
conducir por ese modo de pensar, de lo vivido en la tradición que no entiende
de amor, sino de una justicia entendida como venganza y miedo. ¿Por qué le
buscamos? ¿Porque queremos que él haga lo que nosotros queremos? ¿Porque le
queremos sacar de procesión en las semanas santas y montar todo un negocio en
torno a él en las Navidades y procesiones? ¿Quizás le buscamos para calmar
nuestras conciencias bautizando y casándonos por la Iglesia para luego vivir
como paganos? ¿Acaso le buscamos para que los niños y niñas se vistan de
Primera Comunión, tengan un festín por todo lo alto y luego se olviden de la
vida espiritual? ¿Acaso le buscamos porque nos interesa hacer uso del arte
sacro y así llenar las arcas? ¿Por qué le buscamos? ¿Qué cosa esperamos de
Jesucristo? Tengamos cuidado de no aprovecharnos de Jesús para llevarlo a
nuestro propio terreno y encima le intentemos de convencer que lo que nosotros
le planteamos a él es lo mejor y de mayor provecho. Por eso es tan importante
mantener el corazón abierto ante la novedad evangélica.
La segunda
pregunta que les hace Jesús a sus padres es: «¿No
sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Se usa el verbo
‘deber’ que implica el cumplimiento de la voluntad divina. Jesús sigue al
Padre, él no es el heredero de las tradiciones de Israel transmitido por el
padre humano.
Cada niño tiene su
propio destino y este destino deriva de la identidad con el conocimiento de
Dios. Los padres pueden querer dar continuidad en su hijo de los proyectos que
ellos han tenido o desarrollado: El padre labrador dejar las tierras a sus
hijos; el padre ganadero dejar en herencia el trabajo con los animales o con
una empresa o un mercado… La familia es el ambiente natural donde la persona
está llamada a nacer y a crecer. Pero en un cierto momento el hijo se tiene que
separar de la familia y seguir el camino que el Señor le indica, el cual está
en sintonía con la propia identidad de la persona. Los padres están llamados a
averiguar lo que el Señor quiere de ese hijo para luego lanzarlo a la vida, no
retenerlo.
Esta primera parte
del texto es fundamentalmente teológica. Ahora, hay una breve mención, pero
llena de un mensaje sobre el crecimiento de un hombre llamado Jesús de Nazaret:
«Él bajó con ellos y fue a
Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre
conservaba todo esto en su corazón.
Y Jesús
iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los
hombres».
En esta última
parte del pasaje evangélico ya se refiere directamente a sus padres, a María y
a José. Es decir, ya volvemos a la normalidad. María, José y Jesús después de
haber pasado la semana de Pascua en Jerusalén retornan a su hogar de Nazaret. Lucas
nos da una serie de pautas en esa vida familiar. En primer lugar, la sumisión del
hijo a los padres. “Estar sujeto a
ellos, bajo su sumisión” en Israel significaba dejarse modelar por ellos;
significaba asimilar los valores en los que ellos habían creído y que habían
plasmados en sus vidas. María y José habían asimilado estos valores de la Torá,
de los profetas; y luego han sido llamados a actuar y confrontar con Jesús esta
tarea.
José y María
encarnaban el mensaje de la Torá. Ellos habían hecho suyo lo que se dice en el
libro del Deuteronomio 6 cuando se dice el Shemá (שמע) al pueblo de Israel: «Escucha,
Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu
corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales
de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al
levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como una marca sobre tu
frente» (Dt 6, 4-8). Este
mensaje del Shemá lo han encarnado y hecho propio tanto María como José y
estaba fijado en sus corazones. Estas palabras se las repitieron a su hijo
Jesús y fueron inculcadas en su hijo. La Palabra de Dios ha sido siempre el
punto de referencia y de esta Palabra de Dios ellos le hablaban continuamente. Obedecer
a los padres -aplicado en Jesús- es dar la bienvenida y acoger esta enseñanza de
los labios de José y de María. Y Jesús se daba cuenta como ellos dos encarnaban
en toda su vida la enseñanza de este mensaje de la Torá.
La segunda
observación que nos ofrece el evangelista Lucas se refiere a la madre, a María:
«Su madre conservaba todo esto en
su corazón». Jesús no seguía
a sus padres en el modo tradicional de interpretar la Biblia, y los padres se
sorprendieron de cómo Jesús estaba planteando un camino nuevo. María no entendía,
pero nunca rechazó la novedad. María es la mujer que acoge con agrado la noticia,
aunque ella no lo entendiera. Por esta razón, por la acogida de María, se
inicia en ella un proceso de transformación que lo hará traspasar de madre de
Jesús a discípula de Cristo. Para ella no le fue fácil aceptar ni entender lo
que le pasó a su hijo, ya que el camino que eligió su hijo no fue el del éxito
ni del triunfo, sino el de la entrega de la vida hasta el final.
Nos cuenta el
evangelista el crecimiento humano de Jesús: «Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante
Dios y ante los hombres». Este texto
concluye con una cita del profeta Samuel donde se nos dice que «mientras tanto, el niño Samuel iba
creciendo, y se ganaba el aprecio del Señor y de los hombres» (1 Sm 2, 26). ¿Por qué se hace esta
referencia a Samuel? Porque el evangelista tomó como modelo a la madre Ana, una
mujer estéril que por intervención divina logra convertirse en madre y su canto
de alabanza será la base del canto de alabanza de María en el Magníficat (cfr.
1 Sm 2).
Cuando uno observa
a Jesús en el evangelio y uno percibe los valores de Jesús y de las posiciones
y valoraciones que adopta ante los pecadores, su amor por los pobres, por los
más desvalidos; su rechazo de la hipocresía de los fariseos y su rechazo de la
falsa religión de los ritos y cuando se adhiere al amor a Dios y a los
hermanos… cuando uno le observa de cerca uno se percata que Jesús reproduce
perfectamente el rostro del Padre celeste. Para que Jesús fuera como fue, esa
imagen perfecta del rostro del Padre, se debió a que Dios eligiera
perfectamente a los dos padres que debían de educar a su hijo. Porque María y
José tuvieron que modelar el rostro de Jesús para que reprodujesen
perfectamente el rostro del Padre del cielo. Los niños que serán los futuros
hombre y mujeres no se reducen únicamente a la salud, a la educación, a la alimentación,
sino que también a otros valores que lo caracterizan como hombres y mujeres. El
primero de estos valores es ciertamente la relación con Dios; esta relación con
Dios es el significado que se le debe dar a la vida. Si los padres cristianos
quieren asimilarse a José y a María están llamados a criar a sus hijos
cuidándoles e inculcándoles la vida espiritual, la cual es la única que hace al
hombre plenamente persona.
lunes, 23 de diciembre de 2024
Homilía de Media Noche (Misa del Gallo) CICLO C Lc 2, 1-14
Homilía de la Misa de Medianoche (Gallo), Ciclo C
Lc 2, 1-14
24/25.12.2024
En este momento de la historia el hijo de Dios ha querido ser uno más de los nuestros. El evangelista Lucas nos ofrece una serie de preciosas indicaciones históricas con la finalidad de conocer el contexto donde el Señor ha venido a sumergirse entre nosotros. En las mitologías antiguas los acontecimientos sucedían sin ser contextualizados, sin conocer concretamente dónde acaecieron ni tampoco se sabía el momento histórico en los que ocurrieron: Sólo se decía que aconteció en tiempos pretéritos. En el presente caso el evangelista Lucas nos ofrece estas preciosas indicaciones históricas que hacen disipar cualquier tipo de dudas de lo que ahí se nos cuenta.
Lucas
comienza su evangelio con una indicación histórica que dice que en la época del
rey Herodes había en Jerusalén un sacerdote de Judea llamado Zacarías, el cual
tenía una mujer anciana llamada Isabel. Nos ofrece más datos, incluso íntimos:
Isabel era estéril (cfr. Lc 1, 36) y avanzada en años. Posteriormente Lucas retoma su relato con el
anuncio del nacimiento de Juan el Bautista. Por lo tanto, estamos en la época
de Herodes el Grande: En concreto en los últimos años de este cruel tirano. Es
en aquel entonces cuando María y José se enamoraron y estaban desposados, sin
haber empezado aún la convivencia matrimonial, ya que cada cual estaba en su
propia casa paterna.
En
el capítulo segundo el evangelista nos invita a levantar la mirada hacia un
pueblo muy pequeño de Palestina llamada Nazaret. Y a continuación Lucas nos
hace volver a levantar más la mirada hacia las grandes ciudades del imperio
-Roma y Antioquía de Siria-, en las que se decide el destino de la gente.
«Sucedió
en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se
empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino
gobernador de Siria». Estamos en el año 746 de la fundación de
Roma, que es para nosotros el año 7 a.C. Roma está disfrutando de la época
dorada de su historia. Octavio es emperador desde hace 20 años. Colocó su
palacio en el Monte Palatino donde vivía con su
tercera esposa Livia Drusila o Julia Augusta, madre de Tiberio, quien más tarde
se convertirá en emperador. Bajo el reinado del emperador Tiberio sí se
desarrollará toda la vida pública de Jesús.
Desde el palacio
del Monte Palatino el emperador Octavio dominará el mundo; sin embargo, Lucas
lo llamará César Augusto. El título de Augusto era un título otorgado por el
Senado romano. El título de ‘augusto’, del latín “augustus”, "el sagrado,
el venerable, el divino", le otorgaba el poder de comportarse, como
emperador que era, como un dios y que puede dominar y someter absolutamente a
todos. Como emperador se podía comportar como un dios. Sin embargo, aun siendo
cruel, ha pacificado el imperio poniendo fin a los desórdenes y a las
revoluciones que habían ensangrentado Roma durante un siglo. Con Augusto se
inicia un periodo de prosperidad y de desarrollo social y cultural en toda la
cuenca del Mediterráneo. De tal manera que muchos pensaban que estaban en la
edad de oro que estaba cantada por Virgilio en su cuarta Égloga, donde se
presenta una época gloriosa y un mundo pacífico.
El primer
personaje que Lucas mete en escena es el Augusto Octavio. El segundo personaje
es Cirino gobernador de la provincia de Siria, sobre el cual depende Palestina.
El historiador Flavio Josefo presenta a Cirino como una persona distinguida y
como una persona correcta y eso que formaba parte de esta estructura de poder
divinizado donde uno puede disponer de las personas según la propia voluntad.
El censo, del que
nos habla Lucas, desde el punto de vista histórico presenta mucha dificultad,
pero el evangelista lo ha introducido porque contiene un mensaje teológico muy
importante. La práctica de los censos es conocida en el Antiguo Medio Oriente
desde el cuarto milenio antes de Cristo existen documentos que testimonian la
existencia de censos realizados a la población ya en Mesopotamia y en Egipto. Y
en cada época siempre ha habido oposición a la realización de los censos porque
los ciudadanos no se esperaban nada bueno de los censos porque los principales
objetivos de los censos eran para saber de cuántos soldados se disponía para la
guerra y para la recaudación de los impuestos. Lucas nos presenta la
existencia de este censo porque es la señal de que el poder del emperador puede
dominar a todo su pueblo: Usar a las personas para hacer que las cosas sean
según sus intereses particulares; o sea, la propia imagen del mundo viejo, el
que es el más poderoso y dominador que se sirve de los demás a su antojo.
La religión de
Israel siempre ha considerado como blasfema esta visión de la sociedad en la
que el soberano puede contar a la gente-mediante un censo- para servir a sus
planes. Recordemos lo que dice la Torá que la gente no pertenece al soberano;
el pueblo es de Dios: «Yahvé vuestro Dios
es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, fuerte y
terrible» (cfr. Dt 10, 17);
«Yo soy tu porción y tu heredad entre los
israelitas» (cfr. Num 18,
20). Cuando el rey David se arroga el derecho de realizar un censo porque
quiere saber sobre cuántas personas está ejerciendo su dominio, su propio
general Joab intenta disuadirlo porque era una decisión abominable la del rey (cfr.
2 Sam 24, 1-17; 1 Cro 21) y de hecho este censo sobrevendrá consecuencias
dramáticas; la peste.
En la Torá se
habla de los censos que Dios mandó realizar a Moisés. Dios en el desierto del
Sinaí mandó a Moisés que realizase un censo cuando el pueblo salió de Egipto
(cfr. Num 1, 1-54). Pero la orden venía directamente de Dios. Durante la
peregrinación por el desierto de nuevo se realiza un censo mandado por Dios
(cfr. Ex 30, 11-16). Posteriormente en las Estepas de Moab cuando estaban por
entrar en la Tierra Prometida hay un nuevo censo (cfr. Num 26, 1-4). Los
rabinos no entendían el porqué Dios se empeñaba tantas veces en contar al
pueblo, porque Dios ya sabía cuántos eran, a lo que uno de los grandes rabinos
de la Edad Media llamado Shlomo Itzjak (1040-1105), conocido por el nombre
derivado de sus iniciales ‘Rashi’ decía que ‘Dios contó a su pueblo porque
quería ver si alguno se había perdido’. Sin embargo, este no es el significado
de los censos realizados por los emperadores, ya que ellos quieren dominar al
pueblo, pero el pueblo no es de su propiedad. La gente, los hombres pertenecen
a Dios. En la Biblia cuando se presenta el censo como algo ordenado por Dios
hay muchos verbos en hebreo para decir el verbo ‘contar, enumerar’ (לספור) que
se pronuncia ‘safarm’ o ( מָנָא) que se pronuncia ‘maná’. Pero cuando se habla
del censo ordenado por Dios no se emplea el verbo ‘contar’ se dice ‘nassa et
ros’ (להרים את הראש) que significa ‘alzar la cabeza’,
no simplemente contar. Dice Dios a Moisés ‘levanta las cabezas de la gente’, o
sea, le dice a Moisés que la gente vea un rostro y el rostro que vea la gente
les ha de remitir al mismo Dios. Dios no quiere que tengamos el rostro alicaído
o bajado, sino levantado porque hemos sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Hay
una distancia abismal entre los censos realizados por los hombres y el censo
ordenado por el mismo Dios.
Ésta es la razón teológica por el que Lucas introduce el tema del censo:
Ordenar realizar un censo es la máxima expresión del dominio donde las personas
quedan sometidas totalmente a la disposición del soberano y los soberanos se
arrogan de este poder divino y en manos de los hombres deshumanizan a los
hombres.
«Y todos iban a empadronarse,
cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David,
subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se
llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta.
Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio
a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo
recostó en un pesebre, porque no había sitio para
ellos en la posada». Después
de haber sido presentado a los dominadores del mundo y puestas ‘las cartas
sobre la mesa’ a cerca de sus intenciones manipuladoras, el evangelista
Lucas introduce a los pobres de la tierra, a aquellos que no importan nada.
José pertenece a la dinastía de David, pero se trata de una dinastía que ha
decaído y no tiene relevancia de ningún tipo; y junto a José está una muchacha,
que es su esposa, de unos catorce años, llamada María. El evangelista nos
ofrece una catequesis sobre la escala de valores según los criterios mundanos:
Primero el emperador Augusto, en segundo lugar el gobernador de la región de
Siria llamado Cirino, a continuación pasa a un pobre que es un varón, después
aparece la mujer y en el escalón más bajo está ocupado por un niño. ¿Qué nos
está diciendo el evangelista Lucas con esta escala de valores mundanos? Lo que
nos dice Lucas es que en el Reino de los Cielos esta escala mundana
es dada totalmente la vuelta. Se pondrá en el primer puesto, en la cúspide
de la escala de valores, el que ahora es el último. No en el sentido de que el
niño vaya al palacio en el Monte Palatino para que derroque de su trono a César
Augusto y que se ponga a dominar en su lugar, como diría el refrán castellano ‘el
mismo perro con distinto collar’. No era una intención de derrocar sino de
para demostrar que en esa escala nueva de valores quien es grande no es el que
ordena hacer el censo: La grandeza del mundo nuevo que Cristo ha venido a
introducir y a presentar es de la aquellos que sirven y están atentos de los
demás, no los que se dejan servir. Y este mundo nuevo se iniciará en Belén. Es
en Belén donde se inició la dinastía de David que había sido un fracaso a los
ojos del mundo. El profeta Miqueas nos dice: «En
cuanto a ti, Belén Efratá, la menor entre los clanes de Judá, de ti sacaré al
que ha de ser el gobernador de Israel»
(cfr. Mi 5, 1). Su dominio será sobre el mundo entero, pero su dominio no será
como aquellos que hacen los censos, sino el reino de los que son grandes en el
amor.
Después de
contarnos de un modo detallado el motivo por el cual José y María tenían que ir
a Belén, Lucas nos cuenta el nacimiento de Jesús de una manera muy rápida; sin
embargo, ofrece unas preciosas indicaciones teológicas:
María y José ya
estaban en Belén cuando a María le llegó el momento del parto. El evangelista
no nos dice que el momento del parto llegase de un modo de improviso mientras
ellos estaban llegando a Belén. El evangelista dice que «Y sucedió que, mientras estaban allí, le
llegó a ella el tiempo del parto».
Ellos ya se encontraban en Belén.
Y allí, mientras
estaban en Belén, María «dio a luz a su
hijo primogénito». ¿Por qué se hace
notar que es su hijo primogénito? La razón es porque el primogénito, de todas
las especies del mundo animal tenían que ser sacrificado al Señor. El libro del
Éxodo en el capítulo 13 dice que el primogénito del hombre no debe de ser
sacrificado (cfr Ex 13, 12-13) ya que ha sido redimido recordando cómo
Yahvé les sacó con brazo fuerte de Egipto y que todo es regalo de Dios y todo
ha de ser consagrado al Señor. Ahora bien, los animales debían de ser
sacrificados, pero el hombre primogénito no se sacrificará porque el hombre
pertenece a Dios y aceptan el diseño de Dios para con ellos. Jesús es el
primogénito que pertenece y asume totalmente el plan de Dios en él y lo
realizará en plenitud durante toda su vida.
El evangelista nos
cuenta que María «lo envolvió en
pañales». Es muy
importante este detalle porque es recordado dos veces. Recordemos que cuando el
ángel da el anuncio a los pastores se les dice que: «Esto os servirá de señal: encontraréis un
niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (cfr. Lc 2, 12). Envuelto en pañales.
Esto nos remite a un famoso texto del libro de la Sabiduría en el capítulo 7 en
el que el propio Salomón -el gran rey y el más sabio- nos cuenta cómo fue su
propio nacimiento, el cómo llegó a este mundo nos dice que «también yo soy un hombre mortal como
todos, descendiente del primero formado de la tierra. En el seno materno se
modeló mi carne; durante diez meses lunares fui cuajado en su sangre, a partir
de la simiente viril y del placer unido al sueño. Al nacer también yo respiré
el aire común, caí en la tierra que a todos nos recibe, y mi primera vez, como
la de todos, fue el llanto. Me crie entre pañales y cuidados. Pues ningún rey
comenzó de todo modo su existencia»
(Sb 7, 1-5). ¿Qué se pretende decir con esta reflexión del propio Salomón?
Lucas quiere decirnos que Jesús es un hombre como nosotros, no es un
superhombre, sin embargo, nació uno que siendo el hacedor del hombre se ha
hecho mortal como nosotros.
Las mujeres que
estaban en Belén asistieron a María durante el parto observando que ese recién
nacido es un hombre y que es el Hijo de Dios. Y lo primero que hace, como todo
niño que nace a este mundo, es la de comenzar a llorar. Las mujeres que
asistieron a María no eran conscientes realmente de lo que allí estaba
aconteciendo que la historia del mundo, a partir de este momento, quedó
dividida en dos partes: Antes y después de ese nacimiento. Sabemos que en
Israel las fechas se cuentan desde el inicio del mundo (por ejemplo, al año
2.025 es para ellos el año 5.786 del inicio de los tiempos). El nacimiento de
Jesús es la nueva creación de Dios para su pueblo.
Otro detalle es
que «lo recostó en un pesebre». Esto alude a una profecía de
Isaías del capítulo primero: «Conoce el buey a
su dueño, y el asno el pesebre de su amo; pero Israel no conoce, mi pueblo no
discierne» (cfr. Is 1, 3). Mientras
el buey y el asno reconoce a su señor, el pueblo de Israel no reconoce a su
Señor. Es un recordatorio de lo que el evangelista Juan dice en el prólogo: «En el mundo estaba, y el mundo fue hecha
por ella, pero el mundo no la conoció»
(cfr Jn 1, 10). El pueblo de Israel no le reconoció ni le dio su adhesión al
nuevo reino que él ha venido a traer.
Nos dice el
evangelista que «no había sitio para ellos en la posada». Pero esta traducción es incorrecta
porque han traducido el término griego ‘κατάλυμα’
(katályma) con el término ‘albergue o posada’. El término ‘albergue, posada’ es
‘ξενοδοχείο’ (senodokéio);
luego hay una traducción inadecuada del término griego. ‘κατάλυμα’
(katályma) debemos imaginarlo como una habitación, una sala protegida por un
techo colocada en frente de las cuevas, y en estas cuevas estaban los animales;
de tal manera que frente a la cueva había un techo que ampliaba el espacio y
debajo de este techo se desarrollaba la vida de la familia. No era un ambiente
adecuado ni reservado para un nacimiento. No era normal que una mujer diera a
luz debajo de ese techo, sino que era llevada dentro donde estaban los animales
para tener más privacidad. De ahí entendemos que Jesús esté colocado en un
pesebre.
¿Qué nos quiere
aportar estos detalles? Se nos ha contado desde el inicio de que Jesús había
sido rechazado por los hospederos y por los posaderos en Belén de tal modo que
tuvo que refugiarse en una cueva o en una gruta. Esta historia aparece ya en el
siglo segundo en los Diálogos con Trifón, san Justino Mártir
(100-165) ya comentaba que la Sagrada Familia se había refugiado en una cueva
a las afueras del pueblo: “Pero cuando el Niño nació en Belén, puesto
que José no pudo encontrar un alojamiento en ese pueblo, instaló su morada en
una cueva cerca de la aldea; y mientras ellos estaban allí, María dio a luz al
Cristo y lo puso en un pesebre, y aquí los Reyes Magos que vinieron de Arabia
lo encontraron”. Pero en realidad esta concepción es inconcebible porque
conociendo la atención y acogida tan cuidada en el Antiguo Medio Oriente en
todo lo referente a la hospitalidad es impensable que entre los semitas
pudiesen permitir que no acogieran a una mujer que estaba a punto de dar a luz
a su hijo. Lucas quiere presentarnos al Hijo de Dios que vino a ser uno de
nosotros en la condición más pobre y dolorosa de la humanidad. El Hijo de Dios
podía haber nacido en un palacio, pero eligió el último lugar. Este niño desde
ese pesebre ya nos está hablando de Dios, por eso no podemos perder esta
primera revelación de su rostro.
«En aquella misma región había
unos pastores que pasaban la noche al aire libre,
velando por turno su rebaño.
De
repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de
claridad, y se llenaron de gran temor.
El ángel
les dijo:
«No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran
alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un
Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño
envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»
De
pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que
alababa a Dios, diciendo:
«Gloria
a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
Cuando pensamos en
los pastores nos los imaginamos como personas buenas, con sus corderitos en sus
hombros dirigiéndose hacia la gruta. Pero estos no son los pastores de los que
nos habla el evangelio de hoy. En Israel el pastoreo era estimada y apreciada
cuando eran nómadas en el desierto. Pero cuando se instalaron en la Tierra
Prometida se convirtieron en agricultores y el pastoreo pasó a ser una
actividad marginal y también despreciada. Entre los pastores y agricultores
había gran rivalidad porque los pastores buscaban los pastos y a menudo con sus
rebaños invadían los campos cultivados de los agricultores. En todo el Antiguo
Medio Oriente se despreciaba el trabajo de pastor. En el libro del Génesis se
nos cuenta lo que pensaban los egipcios de los pastores que eran una
abominación: «Así, cuando os llame el faraón y os pregunte cuál es vuestro
oficio, le decís que habéis sido ganaderos desde la mocedad hasta ahora, lo
mismo que vuestros padres. De esta suerte os quedaréis en el país de Gosen. (Y
es que los egipcios detestan a todos los pastores de ovejas)» (Gn 46, 33-34).
Pero no era
únicamente el desprecio social que sufrían los pastores, sino también el
desprecio religioso en Israel. Eran colocados al mismo nivel que los
publicanos, por lo tanto, tenían el máximo de los desprecios. Los pastores
estaban privados de sus derechos civiles ni podían testimoniar porque estaban
consideradas como personas falsas y como ladrones. Por lo tanto ningún rabino
compraría jamás leche de los pastores. Eran personas muy violentas y fácilmente
resolvían sus discusiones con los cuchillos. Y ellos sabían que eran
despreciados por todos.
El Talmud -escrito
por los antiguos estudiosos rabinos- dice que si se te cae una oveja propia en
el pozo hay que sacarla, pero si se cae al pozo un publicano o un pastor
déjalos dentro (cfr. Mt 12, 11-12). ¿Qué cosa nos quiere decir el relato
evangélico de hoy con estos pastores? Nos dice que «pasaban la noche al aire libre,
velando por turno su rebaño». Este dato nos
ofrece otro dato: Jesús no nació en invierno porque los rebaños se quedaban al
aire libre de marzo hasta octubre, ya que cuando hacía frío, en invierno, las
ovejas eran resguardadas por las noches dentro de las grutas. Pero esto es un
detalle marginal.
Lo importante es
que era de noche, al decir que «pasaban la noche». La noche representa la noche de la
humanidad, donde se da toda la violencia, la maldad, donde reina todas nuestras
concepciones falsas del rostro de Dios. Estaban totalmente envueltos por la
obscuridad de la noche. Y es en medio de esta noche cuando brilla una luz inesperada
a los que pasaban la noche haciendo guardia por cuidar a los rebaños. De la
noche nos dice el libro de la Sabiduría; «Cuando
un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su
carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde los cielos» (Sb 18, 14-15). Es esta palabra
omnipotente la que ahora ilumina las tinieblas de nuestro mundo; será la
palabra y la luz del rostro nuevo de Dios y del rostro del hombre auténtico; y
la noche es iluminada. El libro de la Sabiduría dice que la noche estaba a la
mitad, cuando la oscuridad es más espesa, de ahí la tradición de la misa de
medianoche. Y en medio de esta densa oscuridad de la noche un ángel del Señor
se presenta a los pastores y la gloria del Señor les envuelve con su luz. La
gloria del Señor se lo imaginaban como una fuertísima explosión de su potencia
y de la ira divina contra los malvados. Y ellos «se
llenaron de gran temor». El texto
original dice que ‘se asustaron/se espantaron con un enorme susto’. ¿Por qué se
asustan los pastores? Se asustan porque ellos sabían que estaban lejos de Dios
y la catequesis que ellos habían recibido era que ellos era que Dios tenía que
destruirlos. El profeta Malaquías había dicho que cuando venga el Señor «será como fuego de fundidor y lejía de
lavandero. Se sentará para fundir y purgar. Purificará a los hijos de Leví y
los acrisolará como el oro y la plata»
(cfr. Ml 3, 2-3). Los pastores sabían que los primeros que iban a ser
aniquilados y borrados de la faz del mundo con la venida del Señor iban a ser
ellos; lo sabían porque eran gente impura, no podían acudir ni al Templo ni a
la sinagoga. Ellos son conscientes de su propia condición y por esos ellos
estaban ‘asustados con un susto grande’. Sin embargo, el ángel les dice: «No temáis, os anuncio una buena noticia
que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha
nacido un Salvador, el Mesías, el Señor».
Es el anuncio de un Dios que no nos despedaza, sino que es la revelación del
rostro de Dios que es amor y solo amor y que nos ama, así como somos.
La señal que se
les da a los pastores: «Encontraréis un
niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Es un niño como
todos los niños; no es un niño con la aureola en la cabeza. La señal del
verdadero Dios es un niño pobre entre los pobres.
Y una multitud de
ángeles alababan a Dios. Son todos aquellos que han acogido la luz que ha
venido a traer Cristo. Somos la comunidad de discípulos que acogen el verdadero
rostro de Dios y le cantan.
Ahora bien ¿quiénes son esos ‘hombres de buena voluntad’? Son los hombres llenos de la benevolencia, o sea, los pequeños, los que no cuentan. Aquí está el canto de esta comunidad que ha acogido la luz. Ellos han entendido que los hombres de la benevolencia de Dios son los pequeños, los últimos. La gloria está en que Dios te ama tal y como eres; no te ama porque seas bueno, simpático o servicial. Te ama tal y como eres porque eres su hijo.
sábado, 21 de diciembre de 2024
Homilía del Cuarto Domingo de Adviento, Ciclo C; Lc1, 39-45 ; La Visitación de María a Isabel
lunes, 16 de diciembre de 2024
Bodas de Oro del Camino Neocatecumenal en la Archidiócesis de Valladolid 14.12.2024
Galería de fotos de la Eucaristía de Acción de Gracias por los 50 años de la presencia del Camino Neocatecumenal en la archidiócesis vallisoletana; Sábado 14 de diciembre de 2024 a la 6 horas de la tarde en la parroquia de San Ildefonso de Valladolid. Presidida por el arzobispo Mons. Luis Javier Argüello García.
sábado, 14 de diciembre de 2024
Homilía del Domingo Tercero de Adviento, ciclo C Lc 3, 10-18
sábado, 7 de diciembre de 2024
Homilía Solemnidad Inmaculada Concepción de la Virgen María Lc 1, 26-38
sábado, 30 de noviembre de 2024
Homilía del Domingo I del Tiempo de Adviento, Ciclo C Lc 21,25-28.34-36
sábado, 16 de noviembre de 2024
Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, ciclo b Mc 13, 24-32
domingo, 10 de noviembre de 2024
Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo b Mc 12, 38-44 La viuda pobre
sábado, 2 de noviembre de 2024
Homilía del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, Ciclo b Mc 12, 28b-34
viernes, 1 de noviembre de 2024
Homilía de Todos los Santos 2024 Bienaventuranzas
sábado, 19 de octubre de 2024
Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, Ciclo B; Mc 10, 35-45
lunes, 14 de octubre de 2024
Homilía de para los votos temporales de una religiosa
Homilía del día 15.10.2024
(Mt 11, 25-30)
Renovación de los votos
temporales de una religiosa
«Vale más un día en tus atrios que mil fuera
de ellos, y prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados»,
es el versículo 11 del salmo 84. El salmista tenía experiencia de la necesidad
de vivir ese encuentro con Yahvé y desea vivir bajo el calor de su mirada; una
mirada que no juzga ni condena, sino que te ama con intensa ternura. De tal
modo que cuando ha ido adquiriendo/consiguiendo lo que su corazón anhelaba se
encuentra con un Dios que le protege, le cuida, le ama: «Porque el Señor
Dios es sol y escudo, el Señor da la gracia y la gloria; y no niega sus bienes
a los de conducta intachable» (Sal 84, 12).
Dios es su sol, es decir, la fuente de vida, de vitalidad, de sentido, lo
que hace que lo que es cotidiano pueda ser posible; y Dios es su
escudo que hace que las flechas que el mismo demonio le lanza no le
hieran y no le dañen.
Pues
el Evangelio de hoy nos ofrece un montón de pistas al respecto. ¿Qué cosas ha
escondido el Padre Dios a los sabios y entendidos? ¿Desde cuándo Dios se dedica
a esconder cosas a los hombres? Dios no esconde nada a nadie, Dios no se
oculta, es más, toda la creación constantemente nos remite al Creador. Lo que
sucede es que los hombres se ocultan ante la presencia de Dios porque
consideran que su vida es más feliz y sencilla sin él. Y claro está, están
equivocados.
Los
que preferimos ‘estar un día en sus atrios que mil fuera de ellos’, vamos
siguiendo a Cristo muy de cerca, aunque todos nos tropecemos más de una vez y
nuestros cuerpos se resientan con los golpes. Y al seguir a Cristo muy de cerca
descubrimos algo que el mundo no sabe: ‘Que la muerte no me mata; que el miedo a la muerte, con Cristo desaparece’.
Dicho con otras palabras: que el mal, que el daño que me pueda generar una
persona o un colectivo de personas no me mata, porque el Señor como fiel
guerrero está a mi lado en la batalla y me protege con su escudo haciendo que
las flechas no lleguen a clavarse en mi carne. Que la enfermedad que uno tiene
y que le hace llorar a causa del dolor, no me mata, porque al estar Cristo
conmigo ese dolor se torna en purificación y en serenidad porque con Él he
adquirido un sentido tan sobrenatural como real del que brota una bendición al
Señor.
Santa Teresa de
Jesús escribía a sus monjas en su obra ‘Camino de perfección’ les recordaba que
“la vida es una mala noche en una mala
posada” y que en este tratado de obediencia estaban urgidas a aferrarse al
Señor, aunque no entendieran. Con Cristo a nuestro lado, nada ni nadie nos
pueda matar ni hacer daño. ¿Qué el dinero me escasea y el hambre acecha ferozmente?
¿Qué la salud se resiente y la vitalidad desaparece? ¡Claro que nos dará miedo
y claro que seremos tentados en medio de la prueba!, pero si estamos con Cristo
‘nadie nos separará del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús’, y nadie nos
podrá robar la alegría que calienta nuestros corazones.
Sin embargo, la
herida que nos ha dejado a todos el pecado original, la concupiscencia, nos
hace dudar del amor de Dios; nos hace dudar si realmente el Señor sabe lo que
es lo mejor para nosotros; e incluso podemos ir adoptando diariamente pequeñas
acciones u omisiones que incluso nos hagan pensar que es mejor ‘un día en
nuestra casa que mil días en los atrios del Señor’.
Tengamos muy
presentes las palabras de San Pablo en su epístola a la comunidad de los corintios
«el que cree que
esté firme, tenga cuidado, no se caiga» (1 Cor 10, 12).
No sea que nos suceda como la mujer de Lot que por mirar hacia atrás, hacia
Sodoma y Gomorra, por dudar de la palabra de Dios y desobedecerla, se convirtió
en una estatua de sal (Gn 19, 26). Recordemos el salmo 121 que reza así: «El auxilio me
viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra»
(Sal 121, 2) y en el que viene inserta una alentadora promesa «el Señor te guarda
a su sombra», «el Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma».
Con Cristo es posible estar firme en medio de la prueba, porque ya lo dice la
Escritura: «Dios
es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas,
sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla»
(1 Cor 10, 13).
Todo cristiano que
vive conforme a la vocación a la que ha sido llamado es tentado. Muchas veces
no son tentaciones de gran calibre, o profundidad. Puede ser que se trate de
ideas machaconas que se adentran en nuestro subconsciente o en la imaginación
que nos hacen pensar y creer que uno hubiera sido más feliz si hubiese tomado
otra decisión o si contasen para él para hacer otro determinado trabajo, o si
tuviera más posesiones. ¿Y qué es lo que esto genera en el corazón del hombre?
Genera que podamos añorar a aquellas cebollas de Egipto y pensemos que Dios ha
hecho mal nuestra historia y que podíamos haber sido más felices si nos hubiésemos
casado…. Todo esto es un engaño del demonio. Es preciso recordar, volver a
pasar por el corazón las palabras salidas de los labios de Moisés, el gran amigo
de Dios: «Él -Dios-
es la Roca, sus obras son perfectas, sus caminos son justos, es un Dios fiel,
sin maldad; es justo y recto» (Dt 32, 4).
Estimada
hermana Keylín-Lizbeth de la Niña María Figueredo Santanter (Sor Keylín) estás
en España, no por casualidad, sino porque así lo ha querido el Señor. El Señor,
tal y como nos señala el salmo 16 y te dice de un modo más concreto hoy a ti,
Sor Keylín ‘te enseña el sendero de la vida, te
saciarás de gozo en su presencia y de alegría perpetua a su derecha’.
Hermana
Keylín y hermanas todas, no olvidemos que cuando estemos cansados y agobiados
acojamos el consejo cariñoso de Jesucristo: «Venid a mí todos lo que estáis cansados y agobiados, y
yo os aliviaré». No queremos aquellas cebollas de Egipto,
las cuales estarían hasta rancias y llenas de gusanos. Únicamente nuestro
corazón desea una cosa: «Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar
en la casa del Señor por todos los días de mi vida; gozar de la dulzura del
Señor, contemplando su templo» (Salmo 27, 4).
Hermana,
Dios que comenzó en ti esta obra buena, él mismo lo lleve a buen término (cfr.
Fil 1, 6).

























