CARTA ENCÍCLICA
MAGNIFICA HUMANITAS
DEL SANTO
PADRE
LEÓN XIV
SOBRE LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANA
EN EL TIEMPO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
___Resumen (Parte 5 de 7)________________________
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CAPÍTULO CUARTO:
CUSTODIAR LO HUMANO EN LA TRANSFORMACIÓN, VERDAD, TRABAJO, LIBERTAD
Custodiar lo humano
en la transformación digital
El cuarto capítulo
de Magnifica Humanitas lleva por título: “Custodiar lo humano en
la transformación. Verdad, trabajo, libertad”. Después de haber
presentado el reto de la transformación tecnológica, especialmente el vinculado
con la inteligencia artificial y con las corrientes transhumanistas y
posthumanistas, el Papa León XIV afirma que no podemos limitarnos a análisis
generales.
Cuando cambian los
lenguajes y las herramientas, cambian también los gestos cotidianos y las
relaciones sociales. Por eso el Papa se detiene en algunos ámbitos donde estas
transformaciones tienen repercusiones concretas, a veces dramáticas.
A la luz de la
Doctrina Social de la Iglesia, la transformación digital nos pide tres tareas
fundamentales: Redescubrir la verdad como bien común, proteger la dignidad
del trabajo y salvaguardar la libertad frente a toda dependencia y
mercantilización (n. 131).
Este es el hilo
que atraviesa todo el capítulo: Si la técnica se convierte en criterio
absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje
o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte
de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y
fraternidad (n. 180).
La verdad como bien común
El Papa comienza
hablando de la verdad porque la transformación digital afecta de lleno a la
comunicación pública y política. Las plataformas digitales y los sistemas de
inteligencia artificial podrían favorecer el debate y la participación; sin
embargo, a menudo son utilizados para construir narrativas sesgadas, mezclar
datos y opiniones, manipular contenidos, imágenes y vídeos, y difuminar los
límites entre lo verdadero y lo falso (n. 132).
La desinformación
no nace con la inteligencia artificial, pero encuentra hoy en ella un potente
multiplicador.
El problema no es solo técnico. Es cultural y moral, porque la calidad de la
comunicación pública depende de la confianza social y, al mismo tiempo,
repercute en ella.
La Encíclica
explica que una información veraz no surge de un control centralizado o
automatizado. La verdad de los hechos tiene una dimensión racional; requiere
verificación, cotejo de fuentes y responsabilidad argumentativa. Pero tiene
también una dimensión relacional: se construye a través de vínculos de
confianza, prácticas compartidas y diálogo honesto con los demás y con el mundo
(n. 132).
La verdad no es
propiedad de quienes tienen más poder, más visibilidad o más recursos técnicos.
La verdad es un bien común.
El Papa advierte
que quienes disponen de poderosos recursos técnicos, económicos y humanos
tienen una gran capacidad para provocar cambios culturales y convencer a muchas
personas acerca de cuál es la verdad sobre el ser humano, el mundo, el sentido
de la existencia, la familia e incluso Dios (n. 133).
Aquí el capítulo
se apoya en una línea doctrinal muy clara. Benedicto XVI, en Caritas in
veritate, advertía sobre la errónea convicción del hombre moderno de ser el
único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. San Juan Pablo II, en Veritatis
splendor, mostraba que, si se abandona la idea de una verdad universal
sobre el bien que la razón humana puede conocer, cambia también la concepción
misma de la conciencia. Francisco, en Fratelli tutti, recordaba que una
sociedad necesita asumir el respeto hacia la verdad de la dignidad humana,
reconocida por la razón y aceptada por la conciencia (n. 133).
De este modo, el
Papa muestra que la verdad no es un adorno de la vida social. Sin verdad se
debilita la conciencia, y cuando se debilita la conciencia también se debilita
la convivencia.
Verdad y democracia
La búsqueda de la
verdad es esencial para la democracia, porque la democracia es instrumento de
participación en el bien común (n. 134).
Cuando la pregunta
por lo verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con
lo útil o eficaz, la vida democrática se debilita. La democracia no se sostiene
únicamente con normas y procedimientos. Necesita, ante todo, una relación leal
con los hechos y una orientación real hacia el bien de las personas y del
conjunto de la sociedad (n. 134).
El Papa cita a
Hannah Arendt para recordar que el totalitarismo no necesita solo personas
ideológicamente convencidas. Encuentra terreno fértil cuando las personas ya no
distinguen entre hecho y ficción, entre verdadero y falso (n. 134).
Esta advertencia
es especialmente actual en una cultura marcada por imágenes manipuladas,
relatos virales, titulares rápidos, vídeos editados y contenidos que apelan más
a la reacción inmediata que a la búsqueda honesta de la verdad. Una sociedad
que deja de interesarse por la verdad se vuelve más frágil ante la
manipulación.
Comunicación
e imaginario colectivo
La Encíclica
recuerda que la comunicación “no es sólo transmisión de informaciones,
sino creación de una cultura” (n. 135). Los contenidos que circulan en
los entornos digitales influyen en la forma en que las personas perciben el
mundo. Introducen en la conciencia colectiva imágenes y relatos que orientan
los deseos e influyen en las decisiones cotidianas. Además, lo que sucede
en internet no es un mundo paralelo o puramente virtual, porque pasa a formar
parte de la vida de las personas, sobre todo de los más jóvenes (n. 135).
Por eso quienes
controlan las plataformas digitales y los medios de comunicación tienen una
notable capacidad para influir en el imaginario colectivo y presentar como
deseable una determinada visión de la realidad (n. 136).
El Papa no propone
demonizar los medios ni idolatrarlos. Pide que ese poder sea continuamente
iluminado por la búsqueda de la verdad y el respeto de la dignidad humana.
Solo así la cultura que se genera en la red podrá ser un espacio donde maduren
la libertad interior y el pensamiento crítico, y no un instrumento de
distracción excesiva, homogeneización y dominio (n. 136).
Por una ecología
de la comunicación
La primera tarea
consiste en no demonizar ni idolatrar los medios, sino gestionarlos desde un
punto fijo; la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen
poder o visibilidad (n. 137).
Por eso el Papa
habla de una ecología de la comunicación. En el ámbito de las normas
públicas, esto implica reglas que hagan más transparentes los criterios con los
que se seleccionan y amplifican los contenidos, y que protejan los datos
personales.
En el ámbito
social y cultural, pide fortalecer los organismos intermedios, el periodismo
serio y los espacios de debate donde primen la argumentación y la verificación
por encima de la reacción inmediata.
En la escuela y la
familia, reclama una nueva conciencia educativa y formación en el uso correcto
y crítico de las herramientas digitales, la inteligencia artificial y las
plataformas de compra e inversión.
En la universidad,
plantea el reto de integrar conocimientos: conectar saberes para interpretar la
complejidad y formar también en técnicas de verificación de los hechos (n.
137).
El Papa dirige
también una palabra exigente a las comunidades cristianas. Deben
comprometerse con una comunicación transparente y con la búsqueda honesta de
los hechos. Reconoce que no siempre ha sido así y recuerda, con vergüenza,
el descubrimiento de verdades dolorosas sobre miembros de la Iglesia y
realidades eclesiales. También agradece el papel de periodistas que han ayudado
a sacar a la luz injusticias y abusos (n. 138).
La vigilancia y la
transparencia son responsabilidad grave de la propia Iglesia. No debemos
esperar a que otros nos obliguen a afrontar verdades incómodas sobre nosotros
mismos
(n. 138).
Una alianza educativa
para la era digital
En una época en la
que la verdad suele quedar supeditada a intereses y estrategias comunicativas,
el mundo de la educación adquiere una importancia decisiva (n. 139).
La omnipresencia
de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la
sobreestimulación. Esa cultura puede alimentar cansancio, aburrimiento y apatía
ante el esfuerzo que supone buscar la verdad (n. 139).
Los procesos
educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar. Necesitan confrontarse
con la realidad más allá de las apariencias y recorrer un camino paciente (n. 140).
La Encíclica
formula aquí una idea central: “toda tecnología educa a quien la utiliza”
(n. 140). No solo usamos herramientas; también somos formados por ellas en
nuestra atención, nuestro modo de esperar, de preguntar, de recordar y de
comprender.
Por eso educar en
el uso de la inteligencia artificial implica educar para decidir cuándo y para
qué no utilizarla
(n. 140). Esta afirmación es clave. No se trata de rechazar la inteligencia
artificial, sino de formar una libertad capaz de discernir cuándo una
herramienta ayuda y cuándo empieza a sustituir el pensamiento humano.
La rapidez con la
que se obtiene una respuesta o una síntesis puede apagar el deseo de plantear
preguntas, que solo da fruto con el tiempo (n. 140). Por eso el Papa recurre a
Platón para recordar que las cosas más profundas se aprenden tras mucho tiempo y
esfuerzo, dialogando con otros, “frotando” conceptos y experiencias como
pedernal hasta que salta la chispa de la comprensión (n. 140). La educación
debe proteger el deseo de preguntar, porque sin preguntas profundas no hay
verdadera maduración humana.
Proteger a los menores
El Papa aborda con
claridad los riesgos de una exposición precoz y sin supervisión a dispositivos
digitales y redes sociales. Recoge que puede afectar al sueño, la atención, la
regulación emocional y las relaciones, especialmente en las edades más vulnerables
(n. 141).
A esto se suma el
acceso a escenas violentas o crueles, contenidos pornográficos e
hipersexualizados, mensajes que banalizan el cuerpo y la afectividad, y
propuestas que normalizan comportamientos de riesgo. El Papa menciona
también captación, chantaje, explotación sexual de menores, perfiles falsos,
algoritmos que amplifican contactos peligrosos y herramientas de inteligencia
artificial capaces de manipular imágenes y vídeos (n. 141).
Tener un teléfono
móvil personal demasiado pronto y utilizarlo sin control adulto puede acentuar
la fragilidad, favorecer adicciones, aislamiento, acoso, ciberacoso y presión
para compartir imágenes íntimas o datos sensibles (n. 141).
El Papa no
descarga todo el peso sobre las familias. Reconoce que a los padres les resulta
difícil resistir por sí solos al condicionamiento de modelos de negocio que
monetizan la atención y el tiempo (n. 142).
Por eso pide una
alianza entre política, instituciones educativas y familias, capaz de sostener
de manera concreta a los adultos en su tarea. Son necesarias decisiones
públicas de largo alcance, límites de edad, responsabilidad de los proveedores
de servicios y protecciones específicas contra toda forma de explotación y
violencia sexual en internet (n. 142).
Al mismo tiempo,
hay que educar a niños, adolescentes y jóvenes para reconocer manipulaciones,
defender su dignidad y respetar la dignidad de los demás también en los
entornos digitales (n. 142). La infancia y la adolescencia deben ser
custodiadas como bienes preciosos confiados a nuestro cuidado (n. 142).
El papel central
de la escuela
La escuela es el
lugar donde las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad,
cuestionarse el sentido de la vida y reconocer la dignidad de cada persona (n.
143).
Muchos padres
depositan en ella grandes esperanzas, porque desean que sus hijos crezcan
siendo capaces de relacionarse, pensar con espíritu crítico y tener valores
sólidos. El Papa recuerda además el derecho primario e inalienable de los
padres a elegir el tipo de educación y formación que se imparte a sus hijos, en
coherencia con sus convicciones morales, culturales y religiosas (n. 143).
El mundo educativo
afronta tres grandes retos: El primero es sociopolítico; persisten
fuertes desigualdades en el acceso a la educación básica y a los estudios
superiores. El Estado debe invertir recursos para garantizar una educación de
calidad para todos, apoyando adecuadamente el sistema escolar público y
sosteniendo también a instituciones privadas que ofrecen este servicio
fundamental. El Papa reconoce en particular la contribución de muchas obras
educativas católicas que, aun siendo privadas, garantizan una acogida inclusiva
a niños y jóvenes de todas las procedencias (n. 144).
El segundo reto es
pedagógico.
Las tecnologías de la información y la inteligencia artificial hacen que planes
de estudio concebidos para otra época queden rápidamente obsoletos. Es
necesario repensar organización escolar, espacios, métodos de evaluación y
figura del docente, con vistas a una educación verdaderamente integral. También
se necesita formación continua de los docentes, para que ayuden a los alumnos a
usar las nuevas tecnologías de manera responsable, crítica y creativa, y a no
sufrir pasivamente su influencia (n. 145).
El tercer reto es
intelectual y sapiencial. Puede surgir un sistema educativo sin amor por la
verdad, donde el flujo incesante de información sustituya a la investigación,
la reflexión y el discernimiento. Se multiplican los conocimientos
fragmentarios, pero se hace más difícil captar la realidad en su conjunto,
preguntar por el sentido de las cosas y desarrollar pensamiento crítico y
creativo (n. 146).
Por eso el Papa
pide una verdadera higiene de la atención: Ritmos que incluyan silencio,
estudio reflexivo, lectura y análisis ponderado. Sin estos elementos, la
libertad interior puede verse comprometida (n. 146).
La escuela no está
llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que
lo digital por sí solo no puede dar; tiempo compartido para aprender y
relaciones fiables (n. 147).
La dignidad del trabajo
en la transición digital
Desde el
nacimiento de la Doctrina Social de la Iglesia, con Rerum novarum, la
Iglesia ha llamado la atención sobre la protección de los trabajadores y la
necesidad de combatir toda forma de explotación. Pero el Magisterio ha
reconocido también en el trabajo “la clave esencial” para comprender la
cuestión social en su totalidad (n. 148).
El trabajo no es
solo ingreso. A través de él la persona desarrolla muchas dimensiones de su
existencia. Desde esta perspectiva se comprende la gran intuición de san
Benito, que unió oración y trabajo, señalando la actividad cotidiana como parte
de la respuesta de la persona a la llamada de Dios (n. 148).
Creados a imagen
del Creador, mediante nuestras obras prolongamos de algún modo la suya;
contribuimos al progreso de la sociedad y al bien común, ponemos en práctica
las capacidades recibidas, mejoramos y embellecemos el mundo, sostenemos a
nuestras familias, entablamos relaciones de cooperación y aprendemos a
construir juntos, en escucha y diálogo, algo que nadie podría realizar por sí
solo (n. 148).
El trabajo no es
un simple instrumento; expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida (n. 149). Las
ayudas económicas a los pobres pueden ser necesarias en situaciones de
emergencia, pero no pueden convertirse en la única respuesta. El objetivo es
ofrecer a cada persona condiciones para vivir dignamente a través de su propio
trabajo (n. 149).
Automatización,
inteligencia artificial y desempleo
La automatización,
la robótica y la inteligencia artificial están transformando rápidamente la
estructura misma del trabajo. Se dice que esto traerá grandes mejoras para
todos. Pero el Papa advierte que los “nuevos modos” de trabajar no son
necesariamente mejores (n. 150).
La Encíclica
recoge la advertencia de Antiqua et nova; aunque la inteligencia
artificial promete impulsar la productividad haciéndose cargo de tareas
ordinarias, a menudo los trabajadores se ven obligados a adaptarse a la
velocidad y exigencias de las máquinas, en vez de que estas sean diseñadas para
ayudar a quienes trabajan. Los enfoques actuales pueden desespecializar a
los trabajadores, someterlos a vigilancia automatizada, relegarlos a tareas
rígidas y repetitivas, erosionar su capacidad de obrar y ahogar sus capacidades
innovadoras (n. 150). Por eso es necesario diseñar sistemas centrados en la
persona y no solo en el rendimiento (n. 150).
San Juan Pablo II
recordó que el desempleo es un mal grave y que, cuando adquiere proporciones
masivas, puede convertirse en una verdadera calamidad social, lo que subraya
especialmente la responsabilidad del Estado (n. 151).
Hoy esta
preocupación se agudiza porque la innovación suele acogerse con el fin de
reducir costes y aumentar beneficios. En algunos contextos, es realista temer
una reducción significativa y rápida de puestos de trabajo, con efectos
profundos sobre familias, jóvenes y economías locales. También aparecen nuevas
formas de precariedad y desigualdad, con remuneraciones elevadas para una
minoría especializada y salarios cada vez más bajos para buena parte de la
población activa (n. 151).
Es deseable que la
tecnología libere al ser humano de trabajos pesados, repetitivos o peligrosos y
ofrezca apoyo inteligente a la actividad humana. Pero la norma general debe
seguir siendo la protección de los puestos de trabajo y del papel insustituible
de la persona (n. 152).
El objetivo de
obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen
sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio (n. 152).
El Papa León XIV subraya
que toda transición real es desigual, fragmentaria y, a veces, conflictiva. No
existe un modelo único ni una solución global. Las sociedades ricas pueden
automatizarse rápidamente y de forma caótica, reduciendo la necesidad de mano
de obra y generando desempleo y fricciones institucionales. Otras regiones
quedan atrapadas en economías híbridas, donde trabajo humano mal remunerado y
tecnologías parciales conviven sin verdadera transformación, convirtiéndose en
reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad y migraciones
forzadas (n. 153).
Las soluciones
deben buscarse a nivel nacional y local, involucrando a las comunidades
intermedias. No se trata de perseguir una armonía abstracta, sino de construir
formas concretas de convivencia humana en la transformación (n. 153).
El trabajo sigue
siendo una dimensión fundamental de la experiencia humana. No es solo medio de
subsistencia, sino espacio de expresión, relaciones y contribución a la
comunidad. Una sociedad que garantizara trabajo solo a una pequeña parte de la
población expondría a muchos a inactividad forzada, ausencia de
responsabilidades y empobrecimiento humano y cultural. Sería una paradoja de
progreso material y regresión antropológica (n. 154). Por eso el acceso al
trabajo para todos debe seguir siendo objetivo prioritario de las políticas
públicas y criterio de juicio para evaluar la calidad humana de un modelo de
desarrollo (n. 154).
La historia de la
Doctrina Social muestra que asociaciones, sindicatos, cooperativas y obras de
asistencia social contribuyeron decisivamente a mejorar la legislación laboral,
proteger a los vulnerables y promover condiciones más humanas (n. 155). Hoy esos
instrumentos deben abrirse a nuevas formas de trabajo y nuevos trabajadores, en
un contexto en el que, sin decisiones valientes, pueden crecer pobreza,
desigualdad y exclusión (n. 155).
La Encíclica pide
gestionar la transformación de manera proactiva con criterios sociales para la
innovación, medidas verificables de protección del empleo, recualificación,
participación de los trabajadores, formación continua accesible y
responsabilidad empresarial que incluya la calidad y dignidad del trabajo entre
sus indicadores de éxito (n. 156).
Cuando estas
condiciones se cumplen, la innovación puede convertirse en aliada de un trabajo
más seguro, creativo y digno. Cuando faltan, tiende a transformarse en
aceleración de la injusticia (n. 156).
Una economía
que valore la dignidad
El mercado laboral
es uno de los ámbitos donde los riesgos de las nuevas tecnologías se
manifiestan con mayor claridad. Por eso el Papa recuerda que la libertad
económica no es absoluta y debe medirse siempre en función del bien común y de
la dignidad de cada persona (n. 157).
La iniciativa
empresarial puede ser una verdadera vocación, capaz de generar riqueza y
mejorar la vida de todos, siempre que reconozca la creación de empleo digno y
de valor como parte esencial de su servicio a la sociedad, y no como una
variable dependiente únicamente del beneficio (n. 157).
El Papa advierte
contra modelos económicos que resaltan la eficiencia y el éxito individual
hasta considerar inútil o poco rentable invertir en personas que parten de
situaciones de desventaja o que siguen trayectorias de crecimiento más lentas (n. 158). Una
sociedad justa necesita un Estado presente e instituciones civiles capaces de
superar la mera lógica de la eficiencia y orientar recursos, creatividad y
normas a favor de los más vulnerables (n. 158).
No basta esperar
que los beneficios del crecimiento lleguen “al final” también a los
pobres. Se necesitan decisiones que hagan que el crecimiento sea inclusivo
desde el principio. Las crisis económicas y financieras muestran que los
pobres pagan siempre el precio más alto, mientras las teorías de bienestar
general automático suelen resultar ilusorias (n. 158).
El Santo Padre señala
también la necesidad de superar parámetros de medición del desarrollo anclados
casi exclusivamente en el Producto Interno Bruto. Ese criterio pasa por alto
aspectos esenciales para el bienestar de las personas y del medioambiente. Por
eso se necesitan parámetros complementarios que permitan valorar la dignidad
del trabajo, la prosperidad compartida, la reducción de desigualdades y la
protección ambiental (n. 159).
Las finanzas han
adquirido creciente importancia. La Encíclica recuerda que, cuando la
intermediación financiera se desvincula de fundamentos antropológicos y
morales, puede producir abusos, injusticias y crisis sistémicas (n. 160).
Sin embargo, el ahorro que se transforma en crédito para la economía real y
para crear empleo sigue siendo fundamental. La función social del crédito es
insustituible. Una cosa es la financiación para el desarrollo y para la
creación y evolución del trabajo; otra muy distinta es la financiación por la
financiación misma (n. 160).
La riqueza mundial
ha crecido en términos absolutos, pero su concentración en pocas manos ha
aumentado: “pocos tienen demasiado y demasiados tienen poco” (n.
161). Los avances científicos y tecnológicos no son fácilmente accesibles para
la gran mayoría de la población. Pensar que las nuevas tecnologías beneficiarán
automáticamente a todos significa ignorar una evidencia; si no se gestionan
desde la planificación para prevenir nuevas desigualdades, el progreso
tecnológico genera desigualdades estructurales (n. 161).
La justicia pasa
también por el acceso a los beneficios de la innovación: cuidados,
conocimiento, herramientas y oportunidades (n. 161). La justicia social no
puede considerarse un tema separado y posterior a la producción de riqueza. No
es que la economía cree valor y la política intervenga después para
distribuirlo. La justicia afecta a todas las fases de la actividad económica ya
sea obtención de recursos, financiación, producción y consumo. Cada elección
tiene consecuencias morales (n. 162).
En la era de la
inteligencia artificial y la robótica ya no es posible confiar únicamente en la
“mano invisible” del mercado. La política debe orientar las dinámicas
económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo trabajo digno,
inclusión social y distribución equitativa de los beneficios de la innovación.
También se necesita cooperación internacional, sobre todo en favor de países y
grupos más vulnerables (n. 163).
La prosperidad
puede contribuir a construir y fortalecer la paz solo si es generalizada,
inclusiva y sostenible (n. 163).
En concreto, orientar
la economía hacia la dignidad exige tres criterios estables. Primero,
transparencia y responsabilidad: Cuando datos y algoritmos influyen en
créditos, selección de personal o acceso a servicios y oportunidades, las
decisiones deben ser comprensibles, cuestionables y sometidas a control, para
que la persona no quede reducida a un perfil. Segundo, inclusión y acceso:
Los beneficios de la innovación deben ir acompañados de inversiones en
competencias, infraestructuras y servicios esenciales. Tercero, equidad:
Fiscalidad, protecciones sociales y políticas industriales deben corregir
desequilibrios creados por la concentración de riqueza y poder (n. 164). Estos
criterios no son un freno a la innovación; en realidad, la hacen viable y
humana (n. 164).
Familia y jóvenes:
Condiciones sociales de la esperanza
La familia es un
bien social primario. Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer,
es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma
conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad (n.
165).
La familia es la
primera sociedad natural, dotada de derechos originales, célula fundamental e
insustituible de toda organización comunitaria. Cuando los proyectos
políticos y las decisiones económicas importantes la relegan a un papel
marginal, se compromete el crecimiento auténtico de todo el cuerpo social
(n. 165).
Sin embargo, la
familia es un bien social frágil. Las transformaciones económicas y
tecnológicas que cambian el mundo laboral afectan a la familia de manera
inmediata. El desempleo y la precariedad tienen un impacto devastador en el
tejido familiar. A corto plazo puede parecer ventajoso reducir el coste
laboral o maximizar la eficiencia financiera, pero a largo plazo se socavan los
cimientos de la convivencia, mientras la estructura social se erosiona como por
un virus silencioso (n. 166).
Para los jóvenes,
la precariedad laboral es especialmente grave. El trabajo no es solo fuente de
ingresos, sino ámbito decisivo donde se forma la identidad, se tejen amistades
y relaciones, se aprenden responsabilidades concretas y se discierne la propia
vocación (n. 167).
Cuando el acceso
al empleo se ve obstaculizado por desocupación, formación inadecuada o barreras
estructurales, muchos jóvenes ven bloqueado su camino hacia la realización
personal y profesional. Además, la necesidad de cambiar de trabajo varias veces
a lo largo de la vida exige itinerarios permanentes de actualización y
recualificación (n. 167).
El Estado tiene el
deber de apoyar la actividad de las empresas creando condiciones favorables
para el empleo, fomentándolo donde escasea y defendiéndolo en tiempos de
crisis, porque el trabajo es un bien primario para las familias y para la
sociedad
(n. 168).
Especialmente en
una época de profundos cambios tecnológicos, se necesita una creatividad
política “a favor del empleo” que sitúe en el centro a la familia y a
las nuevas generaciones, para que los avances económicos no se traduzcan en
nuevas formas de inseguridad y exclusión (n. 168).
Sostener a
familias y jóvenes exige medidas que hagan posible la estabilidad; políticas
laborales que favorezcan continuidad y calidad del empleo; lucha contra la
precariedad como condición normal de vida; ritmos humanos que equilibren
trabajo, servicios y descanso; formación y capacitación profesional accesibles;
y redes y comunidades educativas que acompañen las elecciones de vida e impidan
que la incertidumbre genere soledad y dependencias (n. 169).
Así, la
transformación tecnológica puede atravesarse sin romper aquello que hace
generativa una sociedad: La capacidad de construir el futuro (n. 169).
Custodiar la libertad frente
a dependencia y mercantilización
Después de
analizar la verdad, la educación, el trabajo y las familias, el Papa aborda el
efecto de la revolución digital sobre la libertad humana (n. 170).
No deben
subestimarse las formas sutiles de dependencia vinculadas a la economía digital
de la atención.
Plataformas y servicios están diseñados para captar el tiempo y la mirada de
los usuarios, explotando sus fragilidades y debilitando la libertad interior (n.
170).
Cuando los modelos
de negocio prosperan a costa de la debilidad humana, la persona es tratada como
un medio y no como un fin. Quienes diseñan o financian estos sistemas asumen
una responsabilidad moral de la que no pueden eximirse (n. 170).
Por eso es urgente
promover un uso de las tecnologías que refuerce la libertad interior tales
como la educación en la sobriedad digital, la protección de menores y la lucha
contra modelos que prosperan a costa de la vulnerabilidad (n. 170).
El Papa señala
también el riesgo del control social por recopilación masiva de datos y
sistemas algorítmicos. Cada gesto deja huellas; desplazamientos, compras,
relaciones, preferencias. Con ellas se crea un poder nuevo que es
perfilar, prever y orientar comportamientos, a menudo sin plena conciencia de
las personas (n. 171).
Si estos datos se
usan para tomar decisiones que afectan oportunidades concretas —crédito,
selección de personal, servicios— existe el riesgo de socavar la libertad y
discriminar a los más vulnerables (n. 171).
Además, el control
no actúa solo por prohibiciones explícitas. También puede actuar por la
arquitectura de la visibilidad, lo que se amplifica o se vuelve invisible, lo
que se recompensa o penaliza, termina moldeando opiniones y elecciones,
generando conformismo y autocensura (n. 171).
Por eso la
libertad en la era digital no es solo una cuestión interior. Es también un
asunto público, que exige normas claras, transparencia, vías de recurso y
límites proporcionados al uso de tecnologías invasivas, para que la tecnología
siga al servicio de la persona y no se convierta en una forma de dominio de las
conciencias (n. 171).
La raíz de estos
problemas es una mentalidad tecnocrática y post-humanista que tiende a
considerar a la persona como objeto manipulable o recurso para optimizar,
eliminando todo lo que pone límites a la maximización del beneficio. Lo que
importa entonces es la eficiencia, no el respeto a la libertad y a la dignidad
humana (n. 172).
El Papa advierte
además que ciertas corrientes post-humanistas llegan a plantear seres humanos “de
segunda clase”, al servicio de élites que se consideran superiores. Es una
perspectiva inquietante, más grave aún si se combina con instrumentos
tecnológicos que aumentan el poder de control y selección. También ciertas
lógicas de endeudamiento estructural mantienen a pueblos enteros en relaciones
de dependencia cercanas a la esclavitud (n. 172).
Romper las cadenas
de las nuevas esclavitudes
Esta visión
distorsionada del ser humano se traduce hoy en diversas formas de sometimiento
vinculadas directamente a la economía digital (n. 173). En el mundo de la
inteligencia artificial nada es inmaterial o mágico. Cada respuesta que parece
inmediata y perfecta proviene de una larga cadena de mediaciones, tanto de
recursos naturales, infraestructuras energéticas y, sobre todo, personas
(n. 173).
Una parte
significativa de la economía digital se sostiene en el trabajo silencioso de
millones de seres humanos empleados en actividades poco visibles pero
esenciales:
Etiquetado de datos, moderación de contenidos —a menudo dañinos— y
entrenamiento de modelos. En muchos casos son jóvenes, en su mayoría mujeres,
que trabajan duramente por remuneraciones mínimas (n. 173).
A este trabajo
invisible se suma la extracción de recursos necesarios para dispositivos y
microprocesadores. En algunas regiones del mundo, adolescentes y niños trabajan
en condiciones peligrosas en la trituración de materiales de los que se
obtienen tierras raras. El Papa habla de cuerpos marcados, mutilados y
consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa (n. 173).
Además, redes
criminales utilizan plataformas en Internet, sistemas de mensajería, pagos
anónimos y técnicas de perfilado para reclutar, controlar y trasladar víctimas
de trata, muchas veces menores de edad. Hombres y mujeres son convertidos en “datos”
que rastrear y “paquetes” que transferir dentro de los circuitos
digitales de la economía global (n. 173).
Esta realidad
interpela profundamente la conciencia moral de nuestro tiempo. No basta invocar
la eficiencia ni alabar los beneficios de la innovación si se sostienen sobre
una cadena de explotación deliberadamente oculta. Si una tecnología promete
emancipación, pero produce nuevas formas de subordinación global, contradice la
dignidad de la persona (n. 173).
La lucha contra
las nuevas formas de esclavitud constituye una prueba de fuego decisiva para el
discernimiento ético de la inteligencia artificial y la transformación digital.
Siguiendo la tradición iniciada por León XIII, la Iglesia renueva su condena de
toda esclavitud, trata y mercantilización de personas, y recuerda la urgencia
de un amplio movimiento de reflexión y acción que sitúe en el centro la
dignidad inalienable de todo ser humano y el bien común (n. 174).
La trata debe
reconocerse como forma contemporánea de esclavitud y grave violación de la
dignidad humana. No reaccionar con firmeza, o tolerar estas prácticas,
significa hacerse en cierta medida cómplice hoy de culpas cometidas ayer,
cuando la esclavitud se justificaba o se silenciaba (n. 175).
Memoria herida
y vigilancia presente
El Papa aborda
después el retraso con que la Iglesia y la sociedad condenaron el flagelo de la
esclavitud. Afirma que los acontecimientos del pasado no pueden juzgarse de
manera ahistórica, como si todos los criterios madurados con el tiempo hubieran
estado siempre disponibles. Pero añade que no se puede negar ni minimizar
ese retraso (n. 176).
El Papa mantiene
juntas dos afirmaciones: Por un lado, existe continuidad a lo largo de la
historia en la convicción acerca de la dignidad de todo ser humano creado a
imagen de Dios; por otro, durante siglos no se explicitó oficialmente la total
incompatibilidad de la esclavitud con esa dignidad (n. 176).
Esto constituye
una herida en la memoria cristiana. Por eso, al considerar el enorme
sufrimiento y humillación que la esclavitud ha significado para tantas
personas, en contraste con la dignidad sin límites de cada una de ellas, amadas
infinitamente por el Señor, el Papa pide sinceramente perdón en nombre de la
Iglesia (n. 176).
La memoria de la
complicidad y la ceguera del pasado se convierte ahora en llamada a la
vigilancia.
Lo aprendido debe traducirse en discernimiento y responsabilidad en el
presente. Si no queremos pedir perdón en el futuro por no haber sido fieles
al tesoro de la dignidad humana que contiene nuestra fe, hoy corresponde
denunciar la trata en sus múltiples manifestaciones y apoyar caminos reales de
prevención, protección, liberación y rehabilitación (n. 177).
Colonialismo de datos
El Papa denuncia
también un rostro nuevo del colonialismo. No solo domina cuerpos, sino que se
apropia de datos, transformando vidas personales en información explotable (n.
178).
Territorios con
menor relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural pueden quedar
atravesados por una nueva lógica de extracción: Flujos sanitarios, perfiles
epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos. Estos datos son las
nuevas “tierras raras” del poder (n. 178).
Quien posee datos sanitarios de
poblaciones enteras, recopilados a menudo bajo pretexto de ayuda, investigación
o innovación, posee una palanca estructural sobre el futuro. Puede moldear
necesidades y mercados, y decidir antes que otros a quién destinar medicamentos,
inversiones y protecciones (n. 178).
Aquí se juega una
de las cuestiones morales más urgentes de nuestro tiempo: transformar el
conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio; devolver
a los pueblos no solo los datos que los describen, sino también la posibilidad
de decidir cómo se utilizarán, quién los utilizará y para quién (n. 178). De
lo contrario, la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra
forma (n. 178).
Las nuevas
esclavitudes se alimentan de cadenas económicas e infraestructuras digitales.
Por eso hay que actuar en varios frentes: Exigir transparencia en las cadenas
de suministro de la industria tecnológica y la economía digital; pedir a
empresas e inversores criterios claros de verificación ética preventiva;
incluir entre las prioridades la protección de trabajadores, la lucha contra el
trabajo forzoso y el impacto social de modelos de negocio basados en datos; y
exigir a las plataformas cooperación responsable con autoridades y sociedad
civil para impedir que herramientas de comunicación, pago y perfilado se
conviertan en canales de captación y control de víctimas (n. 179).
Cuando estas
decisiones convergen, el entorno digital puede transformarse de espacio de
depredación en espacio de protección, prevención y promoción de la dignidad (n.
179).
Una responsabilidad compartida
El Papa concluye
afirmando que los distintos ámbitos tratados —búsqueda de la verdad en la vida
pública, educación digital, transformaciones del trabajo, fragilidad de las
familias y nuevas formas de esclavitud— no son fenómenos aislados (n. 180).
Todos ponen en
juego lo mismo: Si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona
corre el riesgo de ser tratada como dato, engranaje o mercancía; si, por el
contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede ser
oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad (n. 180).
Desde esta
perspectiva, la Doctrina Social de la Iglesia propone una responsabilidad
compartida. Pide que estos procesos sean gestionados con visión de futuro (n.
181).
Instituciones
capaces de regular sin asfixiar y proteger sin suplantar. Empresas que
reconozcan en el trabajo y en la dignidad un criterio de éxito. Organismos
intermedios y comunidades educativas que reconstruyan la confianza y los
vínculos. Ciudadanos que cultiven responsabilidad, sobriedad, discernimiento y
sentido de la verdad (n. 181).
Solo así la
innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en
factor de exclusión y dominio. Solo así la promesa del progreso podrá ser
reconocida como verdadera, porque estará medida en función de la dignidad
inviolable de cada hombre y cada mujer (n. 181).
Para pensar personalmente
¿Busco la verdad o
solo comparto lo que confirma mis gustos? ¿Verifico antes de difundir? ¿Uso la
inteligencia artificial para pensar mejor o para evitar el esfuerzo de pensar? ¿Qué
tecnología me educa cada día sin que yo lo note? ¿Mi relación con las pantallas
fortalece mi libertad interior o alimenta dependencia? ¿Veo el trabajo solo
como ingreso o también como dignidad, vocación y servicio? ¿Me preocupa que
haya personas invisibles sosteniendo la economía digital que consumo? ¿Acepto
mirar las heridas de la historia con verdad, sin excusas y sin cinismo? ¿Qué
puedo hacer para que la técnica no reduzca a nadie a dato, engranaje o
mercancía?
Conclusión:
La dignidad como medida del progreso
El cuarto capítulo
de Magnifica Humanitas no condena la tecnología, pero tampoco la celebra
ingenuamente. Invita a discernir.
La inteligencia
artificial y la transformación digital pueden ayudar mucho; mejorar servicios,
facilitar aprendizajes, liberar de trabajos duros y abrir posibilidades nuevas.
Pero, si se separan de la verdad, de la dignidad del trabajo, de la libertad,
de la educación, de la familia, del bien común y de la justicia, pueden convertirse
en instrumentos de exclusión y dominio.
El Papa no pide miedo. Pide
responsabilidad.
La técnica debe
permanecer al servicio de la persona. La verdad debe ser bien común. El trabajo
debe ser digno. La economía debe orientarse al bien común. La familia y los
jóvenes deben ser sostenidos. La libertad debe ser protegida. Y toda forma de
esclavitud, trata, explotación o colonialismo de datos debe ser denunciada y
combatida.
Custodiar lo
humano en la transformación digital significa medir la promesa del progreso por
la dignidad inviolable de cada hombre y cada mujer.

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