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domingo, 30 de mayo de 2010

Seminario Menor Diocesano de Palencia: PUERTAS ABIERTAS

12 de junio de 2010
DÍA DE PUERTAS ABIERTAS
EN EL SEMINARIO MENOR DIOCESANO
"SAN JUAN DE ÁVILA" DE PALENCIA (ESPAÑA-SPAIN)


martes, 25 de mayo de 2010

Ovación al Sacerdote D. Jesús Vigo

OVACIÓN AL SACERDOTE DON JESÚS VIGO

15 de mayo, San Isidro, Día del Mundo Rural:
Jóvenes y pueblo: un mismo futuro

Presente, ¿y...?

En el mundo rural, la Iglesia comparte algunos de los retos de las comunidades situadas en ciudades y pueblos más grandes. Por ejemplo, conseguir implicar a niños y jóvenes, más allá de la Primera Comunión. Pero el problema crece cuando esos chicos se cuentan con los dedos de una mano.

Uno de los motivos para marcar la X en la Declaración de la Renta esgrimidos el pasado 5 de mayo en la rueda de prensa de presentación de la Campaña 2010 de la Conferencia Episcopal Española es «que en ámbitos rurales siga habiendo ayuda sacerdotal». Al hablar de la Iglesia y el mundo rural, se suele olvidar, sin embargo, que el esfuerzo del sacerdote que recorre kilómetros de carreteras secundarias para atender pastoralmente pequeños pueblos dispersos será inútil si, en esas poblaciones, llega algún día a faltar la gente. Por eso, el tema del Día del Mundo Rural que, unido a la fiesta de San Isidro, se celebra el próximo domingo -Jóvenes y pueblo: un mismo futuro- subraya la necesidad de un relevo generacional que, en estos momentos, parece casi imposible.
En la diócesis de Palencia, el padre don Jesús Vigo recoge en su propio coche a los adolescentes que se preparan para la Confirmación en la unidad pastoral de la que es sacerdote. Hay dos grupos, los dos de menos de cinco miembros. Lo mismo ocurre con los niños de Primera Comunión. Don Jesús Vigo es responsable de diez parroquias en torno a Bustillo de la Vega, que oscilan entre la veintena y el centenar de habitantes. Don Jesús ha implicado a todos los chicos como monaguillos y, para las chicas, está intentando crear una asociación de la Guardia de Honor del Sagrado Corazón. Con ello, les ha dado «un motivo para que continúen en la parroquia después de la Primera Comunión», y también espera que estas actividades les permitan ampliar horizontes fuera del pueblo. Para esto último, cuenta con la ayuda de la diócesis y de sus actividades para jóvenes y para niños, aunque estas últimas «están aún en los comienzos».

Pocos, y además dispersos

Junto a la falta de jóvenes, la dispersión complica mucho la organización de actividades. Lo sabe bien don Rubén Pulido, que en los concejos asturianos de Ponga, Amieva y Onís, tiene a su cargo 52 aldeas. Su trabajo, que no le falta, se centra sobre todo «en los ritos religiosos y el acompañamiento a los mayores». Los pocos jóvenes que hay, implicados en tareas ganaderas, viven tan separados que es difícil que participen en las actividades de la parroquia, y mucho más en citas para un ámbito más amplio, como el diocesano. Su principal esperanza para que se avive la vivencia de la fe en la zona, que «no es muy profunda», es el testimonio ocasional de misioneros como los de la organización Juventud y Familia Misionera, que visitaron la zona la pasada Semana Santa, y, en el día a día, los niños. Para ellos, además de actividades en las fiestas y alguna excursión, el sacerdote ha ideado un «sistema de puntos por las cosas buenas que hacen, con lo que se logra que buena parte de ellos se mantengan en la parroquia después de la Primera Comunión». Sin embargo, desde Palencia, don Jesús Vigo cree que «nuestra labor pastoral es de presente» y no se hace muchas ilusiones respecto al futuro, pues «la mayoría de los jóvenes piensa en marcharse en cuanto pueda. Quedarse aquí no tiene para ellos ventajas; ni para relacionarse, ni para formarse, ni en la vida cotidiana». Él procede de Galicia, y percibe que la mentalidad de un sitio y otro es distinta: «Allí la gente tiene más gusto por el campo, y viven en él aunque trabajen en núcleos más grandes». Por el contrario, de sus palabras se desprende que, en sus pueblos castellanos, la mentalidad es urbana.

María Martínez López

sábado, 22 de mayo de 2010

Día del Monaguillo en el Seminario Menor de Palencia





Con el lema Habla Señor, que tu siervo escucha” (1 Sm 3, 10) el pasado sábado 22 de mayo acogió el Seminario Menor Diocesano el encuentro de monaguillos. En una jornada festiva se congregaron 21 monaguillos de edades comprendidas de 8 a 14 años. Jugaron, rezaron y renovaron sus compromisos como monaguillos con la alegría característica de aquellos que están dispuestos a servir a Jesús en las celebraciones con responsabilidad, ilusión y cariño. Ellos están dispuestos a ir aprendiendo más para desempeñar su tarea como Jesús espera de ellos.



viernes, 30 de abril de 2010

La alegría del sacerdocio

La alegría del sacerdocio

Mons. Josep Ángel Saiz Meneses, Obispo de Terrassa nos ofrece una bellísima Carta Pastoral en el Adviento 2009 bajo el título

"LA ALEGRÍA DEL SACERDOCIO".

El texto íntegro lo pueden encontrar en el siguiente enlace: www.bisbatdeterrassa.org/archivos_pdf/Carta_Pastoral09_castellano.pdf

El corazón de los jóvenes está sediento de felicidad, y esa sed sólo puede ser saciada por Dios. Está sediento de bondad, de belleza, de autenticidad, en definitiva, de un ideal de altura capaz de colmar su anhelo de infinito. En ese camino de búsqueda de sentido, el encuentro con el Señor provoca un cambio radical porque se ha hallado el tesoro por el que vale la pena darlo todo (cf. Mt 13,44), y ese hallazgo produce plenitud y alegría, y llena de sentido la existencia. Desde este primer momento se puede considerar la posibilidad de una vocación que comporte dejarlo todo por el seguimiento del Señor”.

Continúa diciéndonos Mons. Josep Ángel: “Pero es necesario profundizar en el encuentro con Cristo, y que establezcan con él una relación personal intensa. La vocación al sacerdocio ministerial comienza por un encuentro con el Señor, que llama a dejarlo todo y seguirle, que quiere que su llamamiento se prolongue en una vida de amistad con Él y de misión que compromete toda la existencia. La vocación es un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, porque todo cristiano está llamado a la santidad, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejarlo todo para seguirle compartiendo vida y misión”.

Y continúa aportándonos: “La historia de toda vocación cristiana y particularmente de toda vocación sacerdotal, es la historia de un inefable diálogo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde. Este modelo de llamada y de respuesta, de iniciativa de Dios y de libertad responsable del hombre, aparece siempre en las escenas vocacionales a lo largo de la Sagrada Escritura y de la historia de la Iglesia. Ahora bien, hemos de subrayar que la iniciativa de la llamada pertenece a Dios. Esto queda bien reflejado en las palabras de Jesús a los Apóstoles: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y déis fruto y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16).”

(Los videos son del Seminario de Oviedo tomados de you tube, bajo el título CAMPAÑA DEL SEMINARIO 201O ENTREVISTA)

jueves, 29 de abril de 2010

Sacerdote, testigo de la misericordia (video)

Son seis minutos largos para adentrarse en un ramillete de vidas con las que se cruza el ministerio de un cura hoy. El sacerdote que ha descubierto el regalo de la LLAMADA VOCACIONAL y se ha "embarcado" en esta vida apostólica, dejándolo todo. "Revestirse de Cristo" le ha supuesto tomar en serio la vida de la gente, sufrir y gozar con ellos. Las vidas que se cruzan en el ejercicio de su sacerdocio y su capacidad de acompañar esas vidas, muestran a las claras la necesidad de su ministerio de trabajar en la promoción de las vocaciones.
Producciones CONTRACORRIENTE.

miércoles, 21 de abril de 2010

Gracias a la presencia de los monjes, nadie en el mundo puede decir que está solo.

Rafael Palacios [Bach. Teo 08], monje benedictino: "Gracias a la presencia orante de los monjes, nadie en el mundo puede decir que está solo"

Texto y fotografías Chus Cantalapiedra [Com 02]

Es maestro de novicios del Monasterio de Leyre. Tiene treinta años y desde hace once su vida se ajusta con precisión a la regla de San Benito: ora et labora.


Hay quien sostiene que los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola son uno de los libros que más vidas han cambiado. La de Rafael Palacios dio un quiebro inesperado cuando en 1999 hizo el mes completo de los Ejercicios. Él tenía entonces veinte años y se preparaba para el sacerdocio en el seminario de Toledo. Según cuenta, durante aquellos días en los que se recogió frente a sí mismo y frente a Dios sintió “de modo claro” la llamada a la vida monástica. El 5 de octubre de ese mismo año ingresó en el monasterio de Leyre, donde hoy es maestro de novicios.

Tiene treinta años, es de Teba (Málaga) y ha cursado parte de sus estudios teológicos en la Universidad de Navarra.

¿Cómo descubre uno que su vocación es la de ser monje de clausura?

Yo lo descubrí durante unos ejercicios espirituales, estando ya en un Seminario diocesano. Quizá el problema actual, más que el ajetreo, es que no sabemos o no queremos escuchar. Estoy convencido de que el miedo a estar a solas con uno mismo, y mucho más con Dios, es causa de parte de la vorágine en la que hoy se sumergen las personas.

¿Por qué ser benedictino?

Ya conocía Leyre. Sólo tuve que plantearme responder a la llamada de Cristo y elegir una vida donde toda su estructura favoreciera el dedicarme a Dios. Fue fácil, sólo tuve que decir “sí”.

Los monjes benedictinos se caracterizan entre muchas otras cosas por sus cánticos gregorianos… ¿Por qué cantarle a Dios?

El canto ayuda a manifestar el amor, los deseos y sentimientos que las meras palabras no llegan a expresar. No en vano, muchos dicen cantando lo que no se atreven a comunicar con simples palabras. Una oración que se hace canto facilita su vivencia, la comunicación con Dios y la entrega de la vida. A la vez, el canto ayuda a entrar en un clima de oración, de recogimiento y de contemplación, ya que incita a poner todos los sentidos en Dios.

¿Es necesario saber cantar para ser benedictino?

Ni mucho menos. Yo mismo no sabía cantar. Incluso tengo mal oído. El canto que mejor expresa el amor a Dios es el de la vida. Cuando la boca calla, las buenas obras siguen haciendo de tu vida un canto agradable a Dios que no se silencia con el agotamiento de la garganta. Hacer de toda nuestra vida una alabanza grata a Dios es lo más importante.

¿Cómo es la vida en un monasterio cuando se tienen treinta años?

Mi vida en el monasterio ha sido mucho más intensa de lo que nunca hubiera imaginado. La vida cristiana –y también la monástica– hace que la persona llegue a su plenitud sacando lo mejor de uno mismo para ayudar a los demás. Lo primero a lo que lleva el dinamismo espiritual de la vida monástica es a tomarse en serio la vida y a ser muy realista respecto a uno mismo y a los demás. Uno tiene que reconocer sus debilidades y aprender que éstas son fuente de comunión con Dios y los demás. También hay que descubrir las cualidades que Dios ha puesto en nosotros y saber que lo más propio del ser humano es entregarse.

¿Cómo se traduce este planteamiento en la vida diaria?

Toda esta realidad tiene unas consecuencias prácticas: hay que dar frutos con buenas obras, como nos dice San Benito. En mi caso concreto, en estos últimos años he tenido que llevar un ritmo bastante activo. Me ha tocado organizar, junto con otros tres monjes, la enfermería del monasterio. A lo largo de cuatro años hemos tenido que responsabilizarnos del cuidado integral de tres monjes mayores que estaban encamados y con dependencia total. También teníamos a nuestro a cargo otros monjes mayores a quienes había que atender y acompañar. Durante este tiempo atendía además a algunas personas que pedían una dirección espiritual. He desarrollado un ministerio especial de ayuda a parejas con problemas. Todos estos servicios los tuve que conjugar con el ritmo monástico de la oración, lo que muchas veces exige una verdadera abnegación y entrega desde una profunda caridad cristiana, para poder servir a todos de un modo personalizado. En la actualidad, por encargo del padre abad, mi principal trabajo es la formación de los novicios. En fin, que a los treinta años la vida monástica me ha proporcionado retos intensos y frecuentes.

¿Qué significa vida monástica?

Monje viene del griego monos, uno. Es el que se dedica al Uno, a Dios. La vida monástica es aquella cuyo modus vivendi permite dedicarse a Dios de modo primordial. Mucha gente tiene olvidado a Dios, alguien tendrá que acudir a Él más allá del famoso “Sólo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena”. Para eso estamos los monjes, para hacerle un poco de caso al Jefe.

¿Por qué es necesaria una vida monacal?

La vida en un monasterio tiene un gran sentido de solidaridad para con todos los hombres. Hace que éstos se sientan acompañados en todos los momentos de su vida. Muchos domingos, a las seis de la madrugada, pienso en tanta gente que puede estar pasándolo mal e incluso a punto de suicidarse o terminar con su vida por una sobredosis de droga. Esto, desgraciadamente, acontece en nuestros días. Pues en esos momentos difíciles para tantas personas que creen que su vida no le importa a nadie, que no tiene sentido porque están solos, los monjes estamos rezando e interesándonos por sus vidas con nuestra oración. Lo hacemos desde la madrugada hasta la noche. Gracias a la presencia orante de los monjes, que genera una comunión misteriosa pero verdadera con cada persona que vive en nuestro mundo, nadie tiene derecho a decir que está solo y que su vida no tiene valor para nadie. Dios conoce a cada persona y la vida de sus hijos tiene un valor único para Él y también para nosotros, aunque no hayamos visto la cara de tantos hermanos nuestros.

¿Se puede cambiar el mundo desde un monasterio de clausura?

Sí, y de varios modos. Primero, gracias a la oración de los monjes. Aunque mucha gente no lo crea, la intercesión orante de los monjes hace que se realicen “pequeños milagros cotidianos” que todos atribuyen a la oración de la Iglesia. Otro de los modos visibles de la influencia de los monjes en la sociedad –aparte de ser focos de cultura y civilización– es la de mostrar al ser humano que el hombre, con todos sus buenos ideales, es posible porque Cristo nos ha redimido. Hoy mucha gente no cree en la bondad del corazón humano, por decirlo de alguna manera. Parece que el mal y la corrupción nos superan. En este contexto, los monasterios deben convertirse en lugares de acogida y humanización que ayuden a que las personas crean en la bondad y capacidad del ser humano para hacer el bien, y que éste triunfe sobre el mal que nos envuelve. Esta es la ciencia de la cruz de Cristo: el mal no tiene la última palabra, es la Resurrección Gloriosa la que supera el dolor y el sufrimiento. Así, el hombre o la mujer que centra su fe en Cristo y siente su acción salvadora, recupera la confianza en la bondad de la humanidad redimida y se convierte en fermento para hacer el bien. De este modo callado, los monasterios irradian una humanización que poco a poco va cambiando el mundo. Sólo hay que echar un vistazo a la historia.

¿Y eso se entiende?

Creo que toda persona que se acerque a un monasterio puede constatar esta realidad. Tener esta experiencia vale más que todas las razones que podamos dar.

Estar siempre en el monasterio, ¿puede llevar a la monotonía?

Sí, como todo en la vida. El ser humano está creado para donarse al Otro y a los otros, y si se pierde este sentido de entrega, es fácil caer en la monotonía. Puede afectar a cualquier vocación y estado de vida. Cuando era novicio me enseñaron que, en la oración de la noche, antes de dormir, debíamos revivir nuestro amor a Cristo y nuestro deseo de entrega. Así, al levantarte tienes fresco el sentido de tu vida y puedes vivir tu entrega con una ilusión nueva.

Y levantarse todos los días a las 5.30 de la mañana, ¿no les cuesta?

Depende de los días. Algunos, bastante. Pero, en general, el ritmo del monasterio hace que nuestro reloj biológico se vaya sincronizado con la campana que nos despierta.

¿Han llegado las tecnologías al monasterio?

Sí. La técnica bien usada ahorra mucho tiempo, y en una vida tan regulada como la nuestra, si se quiere vivir con la paz que requiere una vida cuyo centro es la oración, es necesario ahorrar esfuerzos inútiles. Por ejemplo, la informatización de la biblioteca facilita mucho el trabajo de investigación. El uso de las tecnologías en el monasterio no deshumaniza a la persona. Le facilitan el trabajo, no la sustituyen. Esta valoración marca una diferencia fuerte respecto al uso que muchas veces se les da fuera.

¿Ven los partidos de fútbol en la tele?

Eso sí que nos lo perdemos… No solemos ver la televisión. No ayuda para el recogimiento que necesitamos para vivir en un clima de oración. Sí que en ocasiones puntuales hemos visto algún informativo. En los once años que llevo en el monasterio recuerdo haber visto las noticias sobre los atentados del 11 M y 11S, la muerte de Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI, el terremoto de Haití… No recuerdo ahora más. En estas ocasiones de sucesos dramáticos las imágenes nos ayudan a hacernos cargo de las dimensiones de la tragedia. Eso hace que oremos con más intensidad por todas las personas afectadas.

Y la crisis… ¿Ha llegado a Leyre?

También se nota. Sobre todo lo vemos en los transeúntes (peregrinos y personas sintecho). Oramos más que nunca por las familias y personas necesitadas.

¿Cómo se ve la vida de fuera desde Leyre?

Con mucho realismo, aunque suene un poco raro. Una de las notas características del monacato benedictino es la acogida de huéspedes para que puedan pasar unos días de silencio, de oración, de descanso. Suele ser común que estas personas pidan hablar con algún monje para comentar sus situaciones personales. Esto –además de otros contactos personales y de un discreto uso de la prensa– hace que los monjes estemos al día de los anhelos, dificultades y problemas que envuelven a las personas que nos rodean. Es más, en ocasiones, podemos acercarnos a situaciones personales bastante dramáticas, situaciones que no siempre salen con tanta crudeza en los diarios y que afectan a más personas de las que pensamos.

¿Hay algún momento en el que eche de menos la vida fuera del monasterio?

Sí, siempre hay alguno, como estar al lado de algún ser querido en los momentos importantes de su vida. Pero se aprende a acompañar desde la distancia y con la cercanía de la oración. El apoyo que más agradecen muchas personas es que recemos por ellos, más que la compañía física que ya reciben de otros.

Conviviendo una treintena de personas, tendrán que estar bien organizados…

Efectivamente. San Benito conocía bien el Derecho Romano y, cuando escribió su Regla, supo establecer unas directrices que ayudaran a tener una buena organización de la vida del monasterio. De este modo, la vivencia de los puntos fundamentales de la espiritualidad benedictina favorece un orden interno y externo, que ayuda al desarrollo de la persona y del monasterio en su conjunto. Quizá el punto más importante para entender la organización es el concepto de familia. El monasterio constituye una verdadera familia presidida por el padre espiritual, que es el abad. Éste distribuye los diversos oficios (ecónomo, bibliotecario, enfermeros, etcétera.) entre los monjes y vela porque todo funcione correctamente y sirva para el desarrollo personal de cada monje y para el bien del monasterio en su globalidad.

¿Qué caracteriza a un buen monje benedictino?

Si revera Deum quaerit, si verdaderamente busca a Dios. Esta es la primera condición que pone San Benito al que ingresa en un monasterio. El monje que ha hecho de su vida una auténtica búsqueda de Dios es el mejor monje. A Dios se le encuentra en el hermano, en la persona que necesita ayuda, en la liturgia, en la oración, en todo lo que hay de bueno en el mundo. Pero hay que buscarlo.

Hay pocas vocaciones. ¿Por qué?

Por muchas cosas. Entre ellas, porque hay miedo a Dios. Parece que seguir a Dios es perder la vida, la realización, la autonomía. Nada más lejos de la realidad. Justamente, el seguir a Dios da la autenticidad que tantas personas buscan. Puede ser que los mismos consagrados no reflejemos esta realidad, y que eso impida que otros se crean esta verdad. Tampoco se sabe escuchar, orar. Y hay un tremendo egoísmo que dificulta la llamada. Recordemos aquella frase del Señor: “El que quiera guardar su vida la perderá y el que la pierda por mí y el Evangelio…”. Y saquemos las consecuencias.

Lo mejor de ser monje…

Difícil elección. Personalmente, me resulta muy especial el vivir la oración litúrgica. Es muy complicado explicar lo que se vive al indagar sobre los sentimientos de Dios por los hombres, al rezar cantando la oración de la Iglesia. También es importante ayudar con una palabra oportuna a las personas que piden ayuda. Entre aquellos que nos visitan es común la experiencia de sentirse escuchados y acogidos con una profundidad especial.

Lo más complicado para usted…

Humanamente, soportar el sueño. Alguna vez me he quedado dormido de pie. Espiritualmente, dejarse amar totalmente por Dios. A Dios no se le puede pagar con nada sus favores, sólo queda aceptarlos con gratitud. Es como cuando alguien te hace un favor grande que no puedes pagar: uno se siente impotente, y sólo queda el agradecimiento profundo, la entrega total.

Vivir en un monte alto como Leyre, ¿facilita estar más cerca del cielo?

(Se ríe) En parte sí, pues la tranquilidad y la belleza de un paisaje como el nuestro ayuda a acercarse a Dios. Pero lo más importante es crear las disposiciones internas para que sea el cielo el que habite en nosotros.

Fuente: http://www.unav.es/nuestrotiempo/es/alumni/rafael-palacios

viernes, 19 de marzo de 2010

Un fragmento de la película UP que enseña a vivir el matrimonio.

Homilía del DÍA DEL SEMINARIO 2010

Homilía del DÍA DEL SEMINARIO 2010

No hace mucho visitando a una enferma en el hospital me encontré con un adolescente que estaba cuidando de su madre que recobraba las fuerzas después de una delicada operación quirúrgica. El muchacho al ver que yo iba vestido de cura, parece que eso le dio confianza para hablar conmigo. En poco tiempo me contó muchas cosas… que sus padres iban a Misa todos los domingos, que en casa oían la emisora RADIO MARÍA, que le caía genial el profesor de religión de su instituto, que asistía semanalmente a la catequesis de confirmación y que era un incondicional del Real Madrid. Lo más llamativo era la cara de asombro que ponía su madre ya que ella no era capaz de sacarle, ni con sacacorchos, dos palabras seguidas a su hijo.

El muchacho me preguntó que dónde estaba yo de cura, que si atendía alguna parroquia. Le comenté que el Obispo me encomendó una tarea preciosa que era acompañar a muchachos de su edad y que la diócesis tenía un lugar privilegiado que es el Seminario Menor. Me llamó mucho la atención porque el chico sabía donde se encontraba el Seminario Menor, ya que un primo suyo había estado allí hace unos años y me comentaba que su primo hablaba del seminario con gran cariño, como de una etapa importante en su vida y llena de buenos recuerdos.

Sin embargo este adolescente, aunque oía campanas no sabía de qué campanario procedía las campanadas… por eso le pregunté: “Oye chico, ¿sabes lo que es el seminario?”. Él se encogió de hombros y me reconoció que no lo sabía. Y como yo me estaba dando cuenta de que este muchacho contaba con un cierto bagaje de conocimientos de la Biblia y de una cultura general cristiana le comenté lo siguiente: “Sabes que a Jesús le seguía mucha gente, y esos eran los discípulos. Sin embargo Jesús tenía un grupo más reducido, que Él mismo había ido llamando personalmente por su propio nombre, y a este grupo más reducido de los Doce son los Apóstoles”, y continúe comentándole: “Ese pequeño grupo elegido por el Señor fueron acumulando muchas experiencias a cerca de Jesús: Ellos comían con Jesús; ellos escuchaban las parábolas con el resto de la gente y luego, el Maestro, se lo explicaba más detenidamente a ellos; ellos le acompañaban por aquellos caminos y fueron testigos privilegiados de sus milagros; ellos disfrutaron, gozaron de su divina compañía; ellos sufrieron cuando capturaron y crucificaron a Jesús, tuvieron mucho miedo; ellos experimentaron un gozo inenarrable al descubrir, ante sus propios ojos, que Aquel que había sido cosido en el madero de la cruz y que había muerto de una manera tan trágica… pues había resucitado y que está vivo para siempre. En cierto modo, los Doce con Jesús formaron ya el primer seminario de la historia”.

El adolescente, como era lógico, me contestó que los Doce, que los Apóstoles lo tenían mas sencillo que nosotros porque ellos habían visto a Jesucristo. Daba la casualidad que su madre tenía sobre la mesita de su habitación en el hospital una radio de las que uno debe de sintonizar, con los dedos, manualmente, el dial de la cadena radiofónica que uno desee. Yo pedí prestada la radio a su madre y moví, intencionadamente el dial de la radio para que únicamente se oyese ruidos molestos por no estar sintonizada. Yo le comenté que cuando estaba Jesús en esta tierra y cuando caminaba por los senderos de Galilea muchos no le prestaron atención, muchos pasaron totalmente de Él y de su Mensaje de Salvación. Y que incluso le condenaron, sus propios paisanos, a morir en una cruz. Ellos sí lo tenían delante, pero no lo reconocieron porque no sintonizaron el dial correcto de la radio de su corazón para escuchar el mensaje del amor que vino a traernos Jesucristo. Ante esto, me di cuenta que había tirado por tierra su argumentación. Y que el Seminario era un lugar privilegiado para ayudar a los seminaristas para ir sintonizando con el dial de la emisora de Dios. Pero para poder sintonizar en el dial de Jesucristo uno debe de cuidar, con gran esmero, su íntima amistad con el Señor. Y que uno cuida su amistad con Dios confesándose con frecuencia; rezando diariamente; participando de la Eucaristía y comulgando en estado de gracia; leyendo la Biblia; cuidando mucho las miradas… para que no se escapen las miradas y el corazón esté libre para el Señor; y preocupándose de su formación cristiana. El muchacho me contestó que eso era muy costoso, a lo que yo le respondí que si se acordaba de aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena y que vino el viento huracanado, los ríos se desbordaron y su casa terminó siendo una gran ruina. Que él debía de ser listo y edificar su vida sobre roca.

Yo le explicaba al adolescente que el seminario era como “una especie de microclima” en el cual se puede escuchar la voz de Dios que te puede llamar a una vida apasionante, a la vida sacerdotal. El muchacho es cuando me comenta: “Es que las chicas me gustan mucho”, y yo le respondo: “¡Las chicas te gustan porque tú estás bien hecho!, y las chicas tienen esa cualidad de ser atractivas porque Dios así lo quiere. Es algo normal. Lo que sucede es que tú tienes que descubrir en lo profundo de tu corazón el lugar dónde tienes que encontrar el auténtico amor que te haga feliz. Y Dios puede hacerte muy feliz si él te llama al sacerdocio”.

El seminario es un espacio privilegiado para DISCERNIR LA VOCACIÓN. Por eso es muy importante el papel que juega el DIRECTOR ESPIRITUAL que te va guiando por este itinerario de discernimiento vocacional. El muchacho como no entendía que era eso del DIRECTOR ESPIRITUAL le puse este ejemplo: “Tú imagínate que te encuentras bien adentrado en la espesura de la selva tropical. No consigues ver nada porque la maleza y las ramas te impiden poder divisar algo. Sin embargo, en dicha expedición tenéis la suerte de contar con un jefe de expedición que machete en la mano va, poco a poco, abriendo senderos seguros para poder llegar, sin muchos incidentes, al destino deseado. El DIRECTOR ESPIRITUAL sería como ese jefe de la expedición que con tesón y seguridad nos conduce y nos ayuda a discernir lo que Dios quiere de cada uno de nosotros. Y la brújula que tiene el DIRECTOR ESPIRITUAL así como el que está en dicha expedición es una: LA ORACIÓN ANTE EL SAGRARIO”.

Y el muchacho, intrigado me dice: “¿Cuándo uno puede saber si tal vez puede tener vocación sacerdotal?”... Lo cierto es que me alegré de la pregunta en cuestión. Yo le confesé que cuando uno va descubriendo que está mirando el Sagrario con los ojos de un enamorado. Y le comenté que contaban los feligreses del Santo Cura de Ars que él miraba el sagrario con los ojos de un enamorado”.

Muchos padres estáis preocupados por la educación de vuestros hijos. El Seminario Menor es el lugar adecuado que la diócesis os ofrece para vuestros hijos que cursen de primero de ESO hasta segundo de Bachiller. Muchas gracias.
Fdo. Roberto García Villumbrales

martes, 16 de marzo de 2010

Cope Santiago: El Espejo de Santiago: DÍA DEL SEMINARIO

Cope Alicante: El Espejo de Alicante: DÍA DEL SEMINARIO

Cope Valladolid: El Espejo de la Iglesia en Valladolid, DÍA DEL SEMINARIO

Cope Burgos: El Espejo de la Iglesia en Burgos: DÍA DEL SEMINARIO

Cope Palencia, EL ESPEJO DE LA IGLESIA: EL DÍA DEL SEMINARIO

SEMINARISTAS:

INMERSOS EN UNA “GOZOSA AVENTURA”

Cuatro testimonios

de vocación sacerdotal

con motivo del

del Seminario

OrdenacionesG(Vida Nueva) “La confianza y la opción por el camino que Él tenía elegido para mí han resultado ser una gozosa aventura”. Así ve el sacerdocio Santiago Martín Cañizares, un seminarista que está acabando su formación en el Seminario mayor de Zamora. Su testimonio y los de otros tres futuros presbíteros representan distintas formas de sentir la vocación sacerdotal, recogidas esta semana en el ‘Pliego’ de Vida Nueva con motivo de la celebración, el próximo 19 de marzo, del Día del Seminario.

Para Santiago Martín, su opción por al sacerdocio es una aventura: “Porque cada día se despliega ante mí como un abanico de posibilidades de transmitir el Evangelio a los otros, desde la oración, la escucha o la ayuda a los olvidados de la sociedad”. Y es gozosa, ya que “sólo el creador de mi corazón sabe cómo puede llenarlo”. Por tanto, para él, la respuesta a la pregunta de por qué quiso ser sacerdote es clara: “Porque el Señor así lo quiere; yo no he elegido este camino, lo ha decidido el Señor por mí”.

Por su parte, Diego Pastor Perona , del seminario ‘La Inmaculada’ de Valencia, empezó a sentir su vocación al ver a un compañero de parroquia que le anunciaba su partida para ser sacerdote. “Una vez se inicia esto, sólo la oración puede hacer frente a estos sentimientos y dudas. Orar. En la oración lo vi claro: aquél que siempre había estado junto a mí, Jesucristo, me llamaba. No tenía muy claro cómo y de qué manera, pero había una alegría en seguirle”, asegura. Una oración que Pastor reconoce que “también fue el punto fundamental para poder decir sí a la llamada”.

Lo que mueve por encima de todo a Iván Llovet, seminarista de Cádiz, a querer ser sacerdote, es su deseo de “ser un instrumento de Dios para hacerlo conocer y ayudarle a hacerse presente en medio de la sociedad a través del amor y de los sacramentos”. También “ser sus manos que partan y repartan el alimento de vida a todos los hombres y mujeres hambrientas y desilusionadas; y acompañen a personas enfermas”. Así como “ser sus pies, para estar presente entre sus hijos” y “ser su voz, para alentar y animar la esperanza de tantos desesperanzados”.

Por último, Ricardo Sanjurjo, del seminario de Santiago de Compostela, sintió la llamada de Dios cuando tenía encauzada su vida por un camino muy distinto al del sacerdocio: mientras estudiaba Ingeniería en la universidad. “Tenía esa sensación de que sabes que todo va bien, pero que, en el fondo, te falta algo que no sabes qué es. Y me rebelaba contra mí mismo: no podía ser así. Poco a poco, fui comprendiendo eso de la vocación. ¡El Señor tenía un plan para mí!”, explica.

Fuente: Más información en el nº 2.699 de Vida Nueva.

http://www.vidanueva.es/home/seminaristas-inmersos-en-una-%e2%80%9cgozosa-aventura%e2%80%9d/

martes, 2 de marzo de 2010

Reflexión sobre el DÍA DEL SEMINARIO DIOCESANO

RETIRO DEL DÍA DEL SEMINARIO 2010

“Por entonces subió Jesús a la montaña para orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró apóstoles…” (Lc. 6, 12s).

I. Nosotros, los sacerdotes,

hemos sido engendrados en la oración de Jesucristo.

La elección de los discípulos es un ACONTECIMIENTO DE ORACIÓN; ellos son, por decirlo así, ENGENDRADOS en la ORACIÓN, en la familiaridad con el Padre. Así la llamada de los Doce tiene, muy por encima de cualquier otro aspecto funcional, un profundo sentido teológico: su elección nace del diálogo del Hijo con el Padre y está anclada en Él. También se debe partir de ahí para entender las palabras de Jesús cuando nos dice: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 38).

Nuestra vocación sacerdotal ha sido engendrada en ese diálogo fecundo que ha mantenido el Hijo con el Padre. Dios ha pensado en cada uno de nosotros y te ha elegido y me ha elegido porque Él ha querido. A quienes trabajan en la cosecha de Dios no se les puede escoger simplemente como un patrón busca a sus obreros; siempre deben ser pedidos a Dios y elegidos por Él mismo para este servicio. El Evangelista San Marcos nos dice que “Jesús llamó a los que quiso”.

Uno no puede hacerse discípulo por sí mismo, sino que es resultado de una elección, una decisión de la voluntad del Señor basada, a su vez, en su unidad de voluntad con el Padre.

II. Es una CERTEZA INTERIOR que te impulsa a dejarlo todo.

El Santo Padre, Benedicto XVI, en su libro “Jesús de Nazaret” nos instruye muy bien en esta certeza interior que te impulsa a dejarlo todo para seguir a Jesucristo.

Jesucristo instituye a los Doce con una doble misión: para que estuvieran con Él y para enviarlos. Tienen que estar con Él para conocerlo, para tener ese conocimiento de Él que las “gentes” no podían alcanzar porque lo veían desde el exterior y lo tenían por un profeta, un gran personaje, pero la gente no llegaba a percibir su carácter único. Los Doce tienen que estar con Él para conocer a Jesús como el Hijo de Dios encarnado y para irse dejando conquistar por el amor de Dios manifestado en Cristo. El modo de proceder del Señor no es el de la imposición ni el de la conquista: Así es como obran los que tienen una mentalidad belicista que terminan arrollando al personal. El modo de proceder el Señor es la PROPUESTA.

Cristo propone con una mirada que llega al corazón. “Jesús, poniendo los ojos en él, lo amó” nos dice el Evangelista San Marcos refiriéndose al Joven Rico. Jesús, mira “volviéndose a la mujer pecadora” reconociendo el amor y la necesidad del perdón de esta mujer cuando esta mujer lavó sus pies con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos (Lc 7,44). “Jesús levantó los ojos” cuando atravesaba la ciudad de Jericó y subido a una higuera encontró a Zaqueo (Lc 19, 1-10), una mirada que busca salvar lo que estaba perdido. Cristo propone con una mirada que enamora el corazón.

Dios normalmente no suscita en un muchacho la idea del sacerdocio. Dios lo puede hacer, pero normalmente no lo hace. Dios suscita el encuentro de un muchacho con un sacerdote. Un seminarista, en su autobiografía habla así del sacerdote que más ha significado en su infancia:

«Don Isidoro, su figura creo que no me abandonará jamás: encierra al hombre que se entrega totalmente a Cristo, imitándolo en su darse a los otros, hasta dar su vida por ellos. Era un santo: pienso que no fui el único que en los días de su muerte pidió al Señor poder parecerse a él». En otras palabras; la hipótesis del sacerdocio nace en un chico por la fascinación de totalidad que ve vivir en un sacerdote. No se impresiona tanto por las cosas que hace el sacerdote, cuanto por lo que el sacerdote es.

¿Y quién es el sacerdote para un muchacho?. Es un padre. En el sacerdote el chico ve un hombre que, a través de lo que hace, muestra un interés especial por las personas que tiene delante, un interés que no se limita a aspectos particulares o sectoriales de su vida, sino que es un interés desinteresado por la persona, por el destino personal. Esto es lo que fascina y atrae al muchacho; esto es de lo que Dios se sirve para hacer nacer en él la hipótesis de la vocación sacerdotal.

El testimonio de otro seminarista nos cuenta esto:

«Aquel hombre viejo, tan humilde y tan digno a la vez, tan consumido y débil y sin embargo tan fuerte y ardoroso, me conquistaba frase a frase, palabra a palabra. Pensaba en mi padre, de quien no recordaba la cara (había muerto cuando él era muy pequeño) y me llenaba de piedad y de admiración: él me había sido quitado para que pudiera descubrir más dramáticamente y por tanto más profundamente la experiencia totalizante de ser un padre, del Padre».

El chico queda fascinado por la madurez del sacerdote, por la autoridad de su propuesta, por el hecho de que afronta la vida. Viviendo junto a él, el sacerdote tiene algo que él, el chico no tiene y querría tenerlo, que él no es y querría ser. Algunos de los seminaristas que ahora tenemos en el seminario han señalado la presencia del sacerdote que no los a apartaba de su vida cotidiana y normal, sino que los acompañaba, mostrando cómo el estudio, los afectos, las dificultades, los proyectos para el futuro… todo sería más verdadero, más bello y más grandioso siguiendo a Cristo.

Es en el interior de una vida normal donde se capta de extraordinario de Jesús. Esto es lo que impresiona al joven: ver en el sacerdote no a un especialista de la oración o de la liturgia, ni tampoco un mero organizador de juegos y de excursiones, sino un verdadero hombre que ha encontrado en Cristo el desarrollo más auténtico de su inteligencia y la plenitud de su vida afectiva. A este propósito ha escrito otro muchacho:

«Al estar con don Antonio sentía una tensión por entender cómo era posible que un sacerdote pudiera vivir de ese modo, porque también a mí me hubiera gustado vivir así, tratar a las cosas y a las personas como lo hacía él».

Al ser la vida normal el lugar donde se muestra lo excepcional de la vida cristiana y sacerdotal, se comprende entonces qué importante es que la presencia del sacerdote atraviese aquellos ambientes donde los jóvenes pasan la mayoría de su tiempo, como la escuela.

«El aspecto más positivo de los años del Instituto –cuenta un seminarista llamado José- estuvo para mí en el profesor de religión, don Fabio. No tuve nunca con él una relación estrictamente personal o confidencial, pero la autoridad y la credibilidad de la propuesta con que me hablaba de Cristo durante las clases me parecían ofrecerme lo que realmente faltaba a mi experiencia de fe hasta ahora».

Cuando el sacerdote está presente en el ambiente de vida del muchacho, su misma figura se convierte en un signo, un reclamo para la vocación:

«Siguiendo a don Francisco, el sacerdote que estaba en el Instituto, percibí la grandeza de una vida gastada por Cristo, una vida que también yo quería vivir –son las palabras de otro seminarista de España-, y así el último año del Instituto me decidí a decir lo que sentía a un sacerdote y es así como comencé un periodo de verificación de la vocación».

En una frase: Es una certeza interior que te impulsa a dejarlo todo.

III. En un CAMINO DE ENTREGA al estudio, a la oración y al apostolado.

“Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. (…). Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15).

El Seminario es un plantel, un vivero. La cepa vieja es JESUCRISTO. Se han cogido sarmientos y se han injertado en Cristo. Esos sarmientos se aplican a la otra planta, que es Cristo, y se sueldan con Él para que la savia procedente de las raíces vaya fluyendo por los vasos de los nuevos tallos. Los sarmientos son los seminaristas que vienen cada cual con su historia, con su realidad y con sus ilusiones. Los formadores y el director espiritual somos los encargados de irles injertando en Cristo para que la savia de Cristo también vaya circulando por ellos.

Los jóvenes de hoy saben que el sacerdote juega un papel esencial en su crecimiento espiritual. Buscan en el sacerdote no el especialista en pastoral juvenil, sino al pastor bueno y cercano que les muestre a Jesucristo, que sea testigo de la fe y del amor del Señor por su pueblo.

Desde el testimonio orante del sacerdote irá suscitando en el joven el hambre por la experiencia de Dios, la necesidad de la oración diaria, la frecuencia en la participación en la Eucaristía, la práctica habitual de la lectura de la Palabra de Dios y el gusto por el sacramento de la Reconciliación.

El seminarista, como todo sarmiento injertado a la vid, precisa de unos cuidados.

El sarmiento se vuelve más consistente, aumenta en grosor, y empieza a ser una pequeñita cepa y de él van surgiendo otros sarmientos menores. Es entonces cuando hay que empezar a destallar, o sea, quitar tallos para que sólo broten los fuertes. El formador, para ayudar a crecer al chico, debe de corregir los hábitos negativos del muchacho, pedirle que redoble fuerzas en su vida de oración, que no se rinda en el trabajo, que modere su genio, que empiece en pensar en los demás, que cuando peque se confiese con frecuencia, que no busque el placer ni la comodidad, que cuide sus amistades y que sepa rectificar después de sus caídas pidiendo fuerza al Señor para seguir. Dicho con otras palabras: El formador, con la ayuda del Espíritu Santo, va podando aquellos tallos que obstaculizan al seminarista en su camino hacia Cristo. Podando esos sarmientos débiles van adquiriendo mayor consistencia los demás hábitos positivos y robustecer a la nueva y débil cepa.

A las cepas hay que sulfatarlas para librarlas de las plagas de hongos y de insectos. Las plagas de hongos brotan de uno mismo, tan pronto como se despista de la vida de oración y la confesión la va abandonando… espiritual y vocacionalmente uno va enfermando. Pero también puede ser una plaga de insectos la que ataque a la nueva cepa. Insectos como las orugas que vienen de fuera, un grupo de amigos que le perjudican, el no mantener un trato frecuente con el sacerdote de su parroquia, el dejar que la mirada demasiado libre,… entre otras cosas. Por eso es importante sulfatar la cepa con la corrección fraterna, con el acompañamiento y la constante oración por los seminaristas.

Pasa el tiempo y, de suyo, se deja madurar los racimos. Si la cepa tiene muchos racimos, para que la cepa de uva de calidad, se opta por quitar algunos racimos, por eso se seleccionan los racimos mejores y se desechan los peores. Muchas cosas y muy buenas puede estar haciendo el seminarista, pero debe de seleccionar las auténticas motivaciones para hacer lo que hace: La única motivación debe ser Cristo.

Y el último paso a seguir es, cuando la uva ya se encuentra madura es cuando se procede a la vendimia. Y la vendimia es cuando la Iglesia te llama para ser ordenado sacerdote de Cristo.

En todo este camino que recorre el seminarista es fundamental la santidad de vida de los testigos. Sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Animar, sostener y orientar su crecimiento espiritual y su madurez humana; el contrastar desviaciones o equívocos en ese crecimiento espiritual; el abrir nuevos caminos en su forma de orar y de llegar a Dios, así como ayudar a discernir por dónde le quiere el Señor es la tarea que todos los sacerdotes, junto con los formadores, estamos llamados a realizar para que estos chicos tengan toda su vida injertada en la vid verdadera que es Cristo.

IV. SER SACERDOTE es un REGALO que no se puede merecer.

“No os llamo ya siervos… A vosotros os he llamado amigos, porque lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15)

Durante la celebración de la Última Cena Jesucristo pronunció estas palabras, dirigidas a los Apóstoles, al instituir el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, a la vez que les encargaba: «Haced esto en conmemoración mía» (Lc 22,19).

Estas palabras están relacionadas de modo particular con la vocación sacerdotal. Cristo hace sacerdotes a los Apóstoles, confiando en sus manos el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Este Cuerpo que será ofrecido en la cruz, esta Sangre que será derramada (ahora bajo las especies de pan y vino) constituyen la memoria del sacrificio de la cruz de Cristo.

En el Cenáculo, Cristo llama a los Apóstoles amigos porque les ha entregado su Cuerpo y su Sangre. Desde aquel momento, realizando sacramentalmente este sacrificio, debían obrar en su nombre, representándole personalmente, “in persona Christi”.

La vocación es ante todo INICIATIVA DEL MISMO DIOS. Continuamente Dios llama al sacerdocio a personas concretas. Es impresionante la descripción que de esta llamada hace el profeta Jeremías:

«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía» (Jr 1,5). El “conocer” de Dios es elección, llamada a participar en la realización de sus planes salvíficos. El profeta Jeremías sigue refiriéndose a la Palabra de Dios que se le dirigió y que le continuaba diciendo: «Antes que nacieses, te tenía consagrado». La consagración a Dios ES DEDICACIÓN PLENA, TOTAL DE POR VIDA, a un encargo o misión, bajo la acción del Espíritu Santo que unge y envía. Por la ordenación sagrada el sacerdote participa de la unción y misión de Cristo Sacerdote y Buen Pastor, «ungido y enviado por el Espíritu Santo para anunciar a los pobres la Buena Noticia» (Lc 4,18).

De ahí que el compromiso del sacerdocio lleve el sello de lo eterno. Los sacerdotes somos consagrados para siempre. No es una decisión sujeta al vaivén del tiempo ni a las vicisitudes de la vida. Ni tampoco puede fundarse en sentimientos o emociones pasajeras. Implica, como el verdadero amor, la permanencia de la fidelidad. Los sacerdotes somos llamados a estar siempre con el Señor, a perpetuar día a día su amistad para moldearnos en su Corazón. Sólo a la luz de este amor divino comprendemos y vivimos las exigencias evangélicas del sacerdocio ministerial.

En la vocación sacerdotal se experimenta el contraste entre la fuerza y la santidad del Maestro que llama, y la fragilidad y pequeñez de quien es elegido. El temor ante la sublimidad, la excelencia y la magnitud de la misión que se nos encomienda lo estamos experimentando; pero también sentimos la seguridad y la alegría de saber que es Jesús quien nos llama, que Él estará siempre con nosotros y nos da las energías y la alegría para ser fieles a su servicio. Él nunca abandona a los suyos.

Participamos de modo singular en el sacerdocio de Cristo. Aunque «todos hemos recibido de su plenitud» (Jn 1, 16), cada uno participa de este «don de Cristo» (Ef 4,7) según las gracias o carismas particulares, siempre al servicio de la comunidad eclesial que es comunión de hermanos. En la medida en que amamos gozosamente nuestro sacerdocio, nos sentimos llamados a apreciar, respetar, suscitar y cultivar los otros carismas de la comunidad eclesial.

La identidad sacerdotal es pues una realidad gozosa que se experimenta cuando amamos el don recibido para servir mejor a los demás, con la actitud de “dar la vida” como el Buen Pastor (Jn 10,15).

Si la vocación sacerdotal es un don tan grande para la Iglesia, ello quiere decir que los sacerdotes no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos propiedad de Cristo que vive en la Iglesia y que nos espera en los múltiples campos del apostolado. Pertenecemos a Cristo y pertenecemos a la Iglesia, que es su «Esposa inmaculada», «a la que Cristo amó hasta darse en sacrificio por ella» (Ef 5, 25).

El amor a Cristo y el amor al sacerdocio no serían posibles sin amar hondamente a la Iglesia, sintiéndonos en plena comunión con el Obispo y con el Romano Pontífice; una Iglesia que, a pesar de las limitaciones propias de su condición peregrina, no deja de ser el Cuerpo de Cristo, su Esposa y el Pueblo de Dios.

V. Ser sacerdote es REVESTIRSE DE CRISTO.

En la Exhortación Apostólica PASTORES DABO VOBIS, en el número 46 nos ilustra diciendo esto: «En nuestra cultura no falta valores espirituales y religiosos, y el hombre –a pesar de su apariencia contraria- sigue siendo incansablemente un hambriento y sediento de Dios». La Exhortación Apostólica sigue exponiendo lo siguiente: «El Decreto del Concilio Vaticano II sobre la formación sacerdotal OPTATAM TOTIUS, en el número 8, (…) relaciona la íntima comunión de los futuros presbíteros con Jesús con una forma de amistad». Y la Exhortación Apostólica insiste de este modo: «El texto conciliar prosigue indicando un segundo gran valor espiritual: ‘la búsqueda de Jesús’, ‘enséñeseles a buscar a Cristo’. (…)». Ese deseo de búsqueda para que, una vez que tenga un encuentro con Él, una vez que ‘encuentre’ al Maestro pueda mostrarlo a los demás y, mejor aún, para suscitar en los demás el deseo de buscar al Maestro.

El sacerdote es la persona enamorada DE Cristo; el Sacerdote es el que tiene que estar injertado en cristo. El sacerdote se ha encontrado con el Maestro, reconoce todo lo bueno y todo lo que el Maestro le ha aportado… y desea comunicarlo a todos los hombres para que todos los hombres puedan ir adquiriendo ese deseo de buscar a Jesucristo.

La labor de un sacerdote, además de consolar y de ser guía espiritual, es ser alguien que, como decía San Pablo, administra los misterios de Dios. El sacerdote es el que lleva los sacramentos a la vida del pueblo de Dios.

Cuando yo digo «Éste es mi Cuerpo entregado por vosotros», yo me estremezco, ¿quién soy yo para hacer esto?, ¿quién soy yo?. Tener los poderes de Dios de invocar al Espíritu Santo sobre el pan y el vino. Y ofreciendo la Sangre del Hijo de Dios a su Padre, pidiendo misericordia, invocando sobre el mundo la misericordia del Padre, mientras levanto el Cáliz, sabiendo que ese Cáliz está lleno de la sangre que brotó de su Sagrado Corazón.

Ciertamente no falta en los muchachos la fascinación de la celebración de los sacramentos, vistos al principio como algo absolutamente misterioso y extraño, pero atractivo. Esta una de las tantas razones para celebrar la liturgia con la solemnidad que precisa. Esta experiencia vivida en la infancia la testimonia un seminarista de Getafe:

«Me acuerdo que mientras estaba con mi abuela (tenía cuatro años), fuimos a encender una vela en la capilla de la Virgen y vi a un sacerdote que decía Misa en el altar mayor. Aún hoy no sabía explicar la fascinación que experimenté. Solo recuerdo que pregunté a mi abuela quién era ese hombre y qué estaba haciendo. Me respondió que era un sacerdote y que decía Misa. Qué quería decir eso sinceramente no lo sabía, pero dije que de mayor quería ser sacerdote».

Se trata de una experiencia común a muchos que, a menudo desde niños, son alcanzados por la presencia del Señor que parece atraerles a Sí de una manera misteriosa. Por eso es muy importante la figura de los monaguillos en nuestras parroquias. Tener monaguillos que ayuden en el Altar y que sean objeto de una especial tarea pastoral hacia ellos y con sus respectivas familias. Los monaguillos de las parroquias deben ser, como de hecho lo es en muchas diócesis, la cantera para poder luego ir al Seminario Menor.

Un sacerdote ya entrado en años de esta diócesis me contaba lo siguiente:

«Desde pequeño había notado que el sacerdote es el que puede estar más cerca de Jesús durante la Misa. La presencia de Jesús es, en efecto, el primer recuerdo claro y fuerte que tengo de mi infancia. Cuando mi madre volvía al banco después de comulgar, me apoyaba sobre su vientre para estar más cerca de Jesús, aunque no podía todavía comulgar».

Es justamente el guardar esta misteriosidad de lo que el Señor pudo servirse para llamar desde niños, porque los sacramentos son en verdad el descubrimiento cada vez más envolvente y pacificador de Otro que sana nuestra vida atrayéndola a sí.

El sacerdote habla al corazón y al alma de toda sociedad. El sacerdocio es una vida de sacrificio y de servicio porque es la vida de Nuestro Señor. No se trata de estar todo el día en la Iglesia de rodillas y rezar, se trata de ‘remangarse la camisa’ y de hacer cosas por los demás. Y haciendo esas cosas por los demás irles llevando a Cristo. Es una vida de entrega, eso de dar tu tiempo completamente a los demás, escuchando confesiones, celebrando la Eucaristía, llevando retiros y haciéndolo todo con completo gozo.

No puedo ocultar que un niño también es atraído por el MODO DE HABLAR DEL SACERDOTE, por las palabras que usa. No es absolutamente necesario que sea culto en el sentido mundano del término, pero si sus palabras nacen de la profundidad del silencio y de la oración, revelan siempre las cosas en una luz nueva y desconocida.

Francamente, el sacerdote tiene que ser todo para todas las personas. En el momento más importante de sus vidas estás ahí. Un desconocido, pero por ser sacerdote eres parte de sus vidas, eres parte de su familia. Lo que una persona pasa durante toda una vida, los sacerdotes podemos pasarlo durante un solo día: Porque en un momento tienes que alegrarte con la persona que estás casando, en otro momento tienes que tener el gozo de bautizar a un bebé y al siguiente momento tienes que estar preparando a un alma para la muerte.

Lo que acerca a los jóvenes al sacerdocio es el ejemplo del sacerdote, es como un padre para ellos. Porque nosotros los sacerdotes somos el ROSTRO DE CRISTO y cuando nos miran a nosotros, ellos ven a la Iglesia, y cuando ven a la Iglesia ven a Cristo.

Yo creo que todos los jóvenes tienen ese profundo anhelo de hacer algo extraordinario, de ser alguien extraordinario.

VI. El sacerdote es HOMBRE DE ORACIÓN.

La oración como centro de la existencia sacerdotal. Nuestro sacerdocio debe de estar profundamente vinculado a la oración: ENRAIZADO EN LA ORACIÓN. El presbítero debe ser, como el mismo Cristo, hombre de oración.

Jesús es un hombre de oración: comienza su vida pública con cuarenta días en el desierto; se levanta muy de madrugada, cuando todavía no ha salido el sol, para orar en descampado; pasa la noche en oración antes de elegir a los Doce; ora después del milagro de los panes y los peces, retirándose solo, al monte; ora antes de enseñar a sus discípulos a orar; ora antes de la Transfiguración; ora antes de realizar cualquier milagro; ora en la Última Cena para confiar al Padre su futuro y el de su Iglesia. En Getsemaní se entrega por completo a la voluntad del Padre. En la Cruz le dirige las últimas invocaciones, llenas de angustia y de confianza, sucesivamente.

No es posible el ejercicio fecundo del ministerio presbiteral sin la oración. Todos hemos comprobado cómo nos volvemos unos simples palabreros si nuestra jornada no está bañada de intensos momentos de oración para vivir en lo cotidiano lo que decía Santa Teresa: Orar es “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Libro de la vida, 8).

La Exhortación Apostólica, PASTORES DABO VOBIS, en el número 72 nos ilustra con estas palabras:

«La vida de oración debe ser ‘renovada’ constantemente en el sacerdote. En efecto, la experiencia nos enseña que en la oración no se vive de las rentas; cada día es preciso no sólo reconquistar la fidelidad exterior a los momentos de oración, sobre todo los destinados a la celebración de la Liturgia de las Horas y los dejados a la libertad personal y sometidos a tiempos fijos o a horarios de servicio litúrgico, sino que también se necesita, y de modo especial, reanimar la búsqueda continua de un verdadero encuentro personal con Jesús, de un coloquio confiado con el Padre, de una profunda experiencia del Espíritu».

Juan Pablo II, en la Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 1987 nos escribía que La oración nos da una especial sensibilidad hacia los demás, haciéndonos sensibles a sus necesidades, a sus vidas y a sus destinos. La oración permite al sacerdote reconocen los “que el Padre le ha dado”. Estos son, ante todo, los que, por decirlo así, son puestos por el Buen Pastor en nuestro camino sacerdotal. Son los niños, los adultos, los ancianos, son la juventud, las parejas de novios, las familias, los enfermos… Son los que están espiritualmente cercanos, dispuestos a la colaboración apostólica, pero también los lejanos, los ausentes, los indiferentes.

¿Cómo ser sacerdote ‘para’ todos ellos y para cada uno de ellos según el modelo de Cristo?. ¿Cómo ser sacerdote ‘para’ aquellos que “el Padre nos ha dado” confiándonoslos como encargo?. Nuestra prueba será siempre una prueba de amor, una prueba que hemos de aceptar, antes que nada, en el terreno de la oración.

Todos sabemos bien cuánto cuesta esta prueba. ¡Cuánto cuesta a veces los coloquios aparentemente normales con las distintas personas!, ¡cuánto cuesta el servicio a las conciencias en el confesionario!, ¡cuánto cuesta la solicitud por las familias!, ¡cuánto cuesta llegar a tantas personas, que aún siendo cristianas, han dejado arrinconado a Dios!. Todas estas pruebas las debemos de sostener con la ayuda de la oración.

Por lo tanto, la oración nos permitirá, a pesar de muchas contrariedades, dar esa prueba de amor que debe de ofrecer, de un modo especial, el sacerdote.

Los cristianos necesitan al sacerdote como acompañamiento espiritual que los vaya acogiendo, escuchando, orientando, desde la amistad cristiana. Los laicos, que con tantos problemas viven en medio de la sociedad, necesitan ser aconsejados por un sacerdote con honda vida espiritual.

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar. Decía que «no hay necesidad de hablar mucho para orar bien», «sabemos que Jesús está en el sagrario, abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración».

VII. El sacerdote es TESTIGO DE LA MISERICORDIA DE DIOS.

San Juan María Vianney consiguió cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso de Dios. Llegó a decir: «La mayor desgracia para nosotros los párrocos es que el alma se endurezca», refiriéndose al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en el que viven muchos fieles.

Es preciso que nosotros, los sacerdotes, con nuestra vida y con nuestras obras, se nos distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Estamos llamados a asimilar el “nuevo estilo de vida” que el Señor inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.

El Cura de Ars supo vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo con su condición de presbítero:

· Su pobreza fue la que se le pide a un sacerdote, a pesar de manejar mucho dinero por los donativos que recibía, era consciente de que todo era para sus huérfanos, sus familias más necesitadas, sus pobres… (Él explicaba: «Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada»).

· Su castidad también era la que se le pide a un sacerdote, los fieles se daban cuenta de que miraba el sagrario con los ojos de un enamorado.

· La obediencia le hizo permanecer en su puesto ya que le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y deseaba retirarse. Su regla de oro para ser obediente era: «Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al Buen Dios».

El Santo Padre, Benedicto XVI en la Carta para la convocación de un Año Sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del ‘dies natalis’ de Juan María Vianney nos instruye con estas sabias palabras:

«El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del amor. A veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: “la mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el Santo- es que el alma se endurezca”; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas ovejas».

El Santo Padre Benedicto XVI nos sigue diciendo: «Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del “diálogo de salvación” que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesionario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el “torrente de la divina misericordia” que arrastra todo con su fuerza».

Termino este momento de reflexión con la proclamación de la primera carta de San Pedro:

«A los presbíteros de esta comunidad yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a descubrirse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad, no como dominadores sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelo del rebaño. Y cuando aparezca el Supremo Pastor recibiréis la corona de gloria que no se marchita».

PALABRA DE DIOS.