jueves, 2 de julio de 2026

Homilía de funeral de un hombre fiel y bueno

 

Homilía de funeral de un hombre fiel y bueno

(82 años de vida)

 

Nuestro hermano Ricardo está vivo.

Alguien me dirá: “Pero ¿no ves lo evidente? ¿Acaso eres el único que no se da cuenta de que tienes el ataúd delante de ti?”. Sí, veo lo evidente. Veo el ataúd. Veo el dolor. Veo las lágrimas. Veo la ausencia que deja Ricardo entre nosotros. La fe cristiana no nos pide cerrar los ojos ante la muerte ni maquillar el sufrimiento con frases bonitas.

Y, sin embargo, yo sigo sosteniendo que Ricardo está vivo. No vivo como antes. No vivo a nuestro modo. No vivo simplemente en el recuerdo de quienes le quisieron. Decimos que Ricardo vive en Cristo, confiado a la misericordia del Padre, dentro de la comunión de los santos.

Y esto lo podemos proclamar porque Cristo vive. Porque Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado y Cristo está vivo. Esta es la noticia que sostiene hoy nuestra esperanza. Esta es la verdad que nos permite llorar sin desesperación. Esta es la alegría interna que el mundo no siempre entiende: que la muerte es real, pero no es eterna; que el dolor es verdadero, pero no tiene la última palabra; que el ataúd está delante de nosotros, pero Cristo resucitado está en medio de nosotros.

Despedir a un hermano que, según iba creciendo en la fe y descubriendo nuevas cosas como cristiano, las iba incorporando a su vida personal, familiar y comunitaria, genera una paz en el corazón. No una paz superficial. No una paz de escaparate. No una paz que niega el dolor. Sino esa paz pascual que nace cuando uno ha visto cómo Jesucristo ha acompañado, fortalecido y sostenido una vida en medio de muchas pruebas.

Ricardo fue descubriendo que la fe no es una teoría bonita ni un barniz religioso para momentos solemnes. Fue descubriendo que Jesucristo acompaña de verdad, fortalece de verdad, corrige de verdad, consuela de verdad y salva de verdad. Y cuando uno ha tenido experiencia del Dios vivo, empieza a mirar incluso la muerte de otro modo. No como un muro cerrado, sino como un paso; no como la desaparición en la nada, sino como un nuevo nacimiento hacia Aquel que nos ama infinitamente.

Por eso hoy no venimos sólo a despedir. Venimos a proclamar. Venimos a anunciar el corazón de nuestra fe: Cristo ha muerto y ha resucitado. Cristo ha vencido a la muerte. Cristo vive. Y porque Cristo vive, Ricardo vive en Él.

Estamos inmersos muchas veces en una dinámica eclesial en la que parece que, con la simple administración de los sacramentos, ya está todo hecho. Bautizamos, confirmamos, casamos, ordenamos, celebramos, despedimos… y, sin embargo, el sacramento no es un punto final. El sacramento es una semilla de vida eterna. Es un don que hay que aprender a vivir. Es una gracia que necesita ser acompañada, educada, cuidada y desplegada en la vida concreta.

Porque uno se casa y sale de la Iglesia contento con su esposa o con su esposo. Pero después vienen las complicaciones. Llegan las decepciones. Aparecen las heridas. La vida se vuelve cuesta arriba. Y entonces uno puede preguntarse: ¿quién me acompaña? ¿Quién me da una palabra desde la fe cuando las cosas se complican? ¿Dónde busco refugio cuando me siento arrojado en medio de una sociedad secularizada, sin saber bien a dónde acudir?

Y esto no vale sólo para el Matrimonio. Vale para el Bautismo, para la vida consagrada, para el Orden sacerdotal, para toda vocación cristiana. Realmente, ¿quién me educa a concebir mi vida cristiana como una dinámica que me ayude a responder a la vocación que el Señor me ha regalado? ¿Cómo voy incorporando las desazones, las decepciones, las heridas de mi historia y el dolor que voy sufriendo dentro de la gracia que he recibido? ¿Cómo voy adquiriendo experiencia del Dios vivo si sólo encuentro palabras y no testigos que me orienten, como esos hombres que en las pistas de aterrizaje ayudan a los aviones a encontrar el camino seguro?

La vida cristiana no es algo estático. No basta decir: “Estoy bautizado”, como si eso fuera una etiqueta guardada en un cajón. El Bautismo es una vida nueva. La Eucaristía es alimento para el camino. La Penitencia es medicina y resurrección. El Matrimonio es camino de santidad en medio de la vida real. El Orden sacerdotal es entrega diaria. La vida consagrada es profecía del Reino. Todo sacramento recibido nos pone en camino.

Por eso la parroquia no puede reducirse a una suma de actividades controladas desde fuera, sino que está llamada a ser una verdadera Comunidad de Comunidades, donde la fe recibida se acompaña, se educa y se hace camino compartido.

Ricardo entendió esto. Ricardo no quiso vivir una fe de escaparate. No se conformó con mirar el traje cristiano desde fuera, como si estuviera detrás de un cristal, sin poder probárselo, sin poder ajustarlo a la vida concreta, sin poder caminar con él. Ricardo quiso una fe de camino real. Una fe que se mancha con el polvo de la historia. Una fe que entra en casa. Una fe que pasa por la familia, por la comunidad, por las pruebas, por las crisis, por la enfermedad, por las preguntas y también por las esperanzas.

Ser cristiano es cosa de valientes; y valiente fue nuestro hermano Ricardo.

Ricardo está vivo. Y está vivo porque Cristo vive. Pero también podemos decir que, mientras peregrinó entre nosotros, se atrevió a vivir como cristiano, no de escaparate, sino de camino real.

Nos dice Jesús que “nada hay encubierto que no llegue a descubrirse, ni nada oculto que no llegue a saberse” (cfr. Mt 10, 26). Y es muy cierto. Porque cuando se apaguen las luces del escenario de este mundo, entonces se verá quién ha acertado con la vida y quién la ha malgastado. Jesús nos invita a apostar por su propuesta sin miedo, porque el teatro de lo efímero se cierra, la comedia de las glorias mundanas termina, y al final permanece la verdad.

Y cuando uno se encuentra a un hermano que puede decir con san Pablo: “He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe” (2 Tim 4, 7), tiene la certeza de que la brújula que ha orientado su vida ha apuntado a Cristo, y hacia ese Cristo camina ahora.

Ricardo Miguel es de aquellos cristianos que se creyeron el kerigma: Que Cristo ha muerto, que Cristo ha resucitado y que Cristo está vivo. Y descubrió que, para entrar en el dinamismo genuino de la fe —esa fe que enriquece, sostiene y da fundamento—, necesitaba hacerlo dentro de una comunidad cristiana concreta.

En esa búsqueda, Ricardo encontró una comunidad concreta, el Camino Neocatecumenal, donde fue aprendiendo a escuchar la Palabra, a dejarse corregir, a caminar con hermanos y a descubrir que la fe no se vive en solitario.

Porque nadie llega solo al Cielo. Caminamos como pueblo. Caminamos con hermanos. Caminamos sostenidos por la Palabra, por la Eucaristía, por la oración, por la corrección fraterna, por el perdón, por la paciencia y por la misericordia de Dios. Caminamos con quienes están a nuestro lado y también con quienes nos han precedido en la fe y duermen el sueño de la paz.

Estoy hablando de un hermano que, junto con los hermanos que nos han precedido en la fe y duermen el sueño de la paz, está unido a los hermanos que aún peregrinamos por esta tierra. Todos estamos embarcados. Todos vamos en la misma barca. Todos necesitamos poner el timón de nuestra vida hacia el Señor.

Y también nosotros, muchas veces, nos agitamos por tempestades tan fuertes que parece que la barca va a desaparecer entre las olas de los problemas. Nos zarandean los desafíos de este mundo, los dolores, las crisis, los pecados, las decepciones, las enfermedades, las rupturas, los miedos. Y llega un momento en que uno puede pensar: “Señor, ¿no te importa que perezcamos?” (cfr. Mt 8, 23-27).

Pero Cristo está en la barca. A veces parece dormido, pero no está ausente. A veces calla, pero no abandona. A veces permite que la tempestad nos muestre nuestra fragilidad, pero no deja que la muerte tenga la última palabra. Dios, como fiel guerrero, lucha a nuestro lado: “El Señor combatirá por vosotros” (cfr. Ex 14, 14); “el Señor es un guerrero” (cfr. Ex 15, 3). Él rescata nuestra vida de la fosa (cfr. Sal 103, 4) y nos muestra que somos un pueblo distinto, elegido y adquirido por Él (cfr. Ex 33, 16; 1 Pe 2, 9).

Por eso hoy, delante del ataúd de Ricardo, podemos llorar. Claro que podemos llorar. Ser cristiano no consiste en tener el corazón de piedra. Pero no lloramos como quienes no tienen esperanza (cfr. 1 Tes 4, 13). Lloramos con esperanza. Lloramos mirando a Cristo. Lloramos sabiendo que el amor no queda destruido por la muerte cuando ha sido sostenido por Dios.

Y cuando uno opta por vivir “modo cristiano”, descubre algo que el mundo no entiende fácilmente; que estar en el Cielo y con Cristo es, sin lugar a dudas, lo mejor. San Pablo lo decía con una expresión preciosa: “deseo partir y estar con Cristo, pues es con mucho lo mejor” (cfr. Flp 1, 23).

No porque despreciemos esta vida. No porque no amemos a nuestra familia. No porque no valoremos los días compartidos, los abrazos, la mesa, la amistad, la comunidad, el trabajo y la historia vivida. Precisamente porque todo eso es valioso, creemos que Dios no lo tira a la basura. Dios no crea para destruir. Dios no ama para abandonar. Dios no llama por el nombre en el Bautismo para dejar luego a sus hijos en la nada.

La vida de Ricardo, con sus luces, sus luchas, sus pobrezas, su fe y su camino, está ahora en manos de Dios. Y no hay manos mejores que las del Padre.

A su familia, a quienes le habéis querido, a quienes hoy sentís el golpe de su ausencia, la Iglesia no os ofrece una frase bonita. Os ofrece a Cristo resucitado. Os ofrece la esperanza de la vida eterna. Os ofrece la certeza de que el amor vivido en Dios no se pierde. Os ofrece la comunión de los santos, esa misteriosa y real unión en Cristo entre quienes peregrinamos en la tierra, quienes se purifican en la misericordia de Dios y quienes ya gozan de la gloria del Cielo.

Ricardo está vivo.

Está vivo en Cristo. Está vivo confiado a la misericordia del Padre. Está vivo dentro de la comunión de los santos. Está vivo en esa Pascua eterna donde ya no hay muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque el mundo viejo ha pasado.

Y hoy, mientras lo entregamos confiadamente al Padre, pedimos también por nosotros. Pedimos no vivir una fe de escaparate, sino de camino real. Pedimos no conformarnos con frases hechas, sino buscar la experiencia del Dios vivo. Pedimos no reducir los sacramentos a momentos bonitos, sino dejarnos transformar por la gracia que en ellos hemos recibido. Pedimos comunidades cristianas que acompañen, que sostengan, que eduquen, que abran caminos, que no apaguen el deseo de crecer, sino que ayuden a cada hermano a poner la brújula de su vida mirando a Cristo.

Señor Jesús, recibe a Ricardo. Tú que lo llamaste por su nombre en el Bautismo, condúcelo ahora a la casa del Padre. Y a nosotros danos la gracia de seguir caminando, con la brújula orientada hacia Ti.

Ricardo, hermano nuestro, hoy te despedimos con lágrimas, pero también con esperanza. Te entregamos al Señor en quien creíste, al Cristo vivo que te acompañó, al Padre que te ama infinitamente, al Espíritu Santo que fue haciendo camino en tu historia.

Y nosotros seguimos navegando. Seguimos en la barca. Seguimos en la tempestad de este mundo, pero no solos. Cristo está con nosotros. Cristo vive. Cristo vence. Cristo resucita a los suyos.

Por eso hoy, con dolor real y con esperanza pascual, volvemos a proclamarlo: Ricardo está vivo, porque Cristo vive.