¿Cómo aprender a mirar a otra persona sin reducirla a su cuerpo, a una imagen o a aquello que despierta en nosotros? En esta entrega de Amar sin perderse, una fotografía compartida entre amigos obliga a Rodrigo a descubrir que la mirada también se educa cuando la persona que amamos no está delante: ante una pantalla, en una broma, bajo la presión del grupo o en ese segundo en que podemos reconocer a alguien como persona o consumirlo como objeto. El capítulo aborda el deseo, la comparación, la necesidad de aprobación, las imágenes en redes y el pudor entendido no como vergüenza del cuerpo, sino como protección de una intimidad que no está disponible para cualquiera. Porque mirar mejor comienza cuando detrás de cada imagen volvemos a reconocer una historia, una dignidad y una persona entera.
Amar sin perderse
Madurez, noviazgo y vida compartida en
tiempos líquidos
Capítulo 5ºB | 1/7
Educar la mirada para amar mejor:
No ví la historia. Vi la imagen
Aprender a mirar cuando nadie nos está mirando
Hay miradas que parecen pequeñas. Una foto que alguien enseña en el
móvil. Una broma entre amigos. Una sonrisa para no quedar fuera. Un segundo más
de la cuenta. Nada que parezca grave, nada que uno vaya a recordar dentro de
muchos años, nada que merezca aparentemente una gran conversación.
Y, sin embargo, a veces el corazón se despierta precisamente ahí: en lo
pequeño, en lo casi automático, en lo que todos dan por normal.
Una
broma cualquiera
Rodrigo no pensó en Susana cuando vio la foto. Eso fue lo que más le
molestó después.
La tarde había empezado sin ninguna importancia. Había quedado con Marcos
y Dani para tomar algo después de entrenar. Una mesa alta, tres refrescos, una
ración abundante de patatas bravas en el centro y esa conversación un poco
dispersa que tienen los amigos cuando no quieren hablar de nada serio, pero
tampoco quieren irse todavía a casa. Marcos contaba algo del trabajo con más
gestos que contenido, Dani miraba el móvil cada poco y Rodrigo estaba allí,
cómodo, sin hacerse preguntas, dejándose llevar por la familiaridad de siempre.
A Rodrigo le gustaban esas tardes precisamente porque no pedían nada. No
había que estar a la altura de ninguna conversación importante, ni acertar con
las palabras, ni medir cada gesto. Bastaba con estar, reír, coger otra patata,
protestar porque la salsa picaba poco, discutir sobre una jugada absurda del
entrenamiento y dejar que el tiempo se fuera sin demasiada responsabilidad.
En algún momento, Dani soltó una carcajada y giró el móvil hacia ellos.
—Mirad esto.
Rodrigo miró.
Era una foto de dos chicas jóvenes que habían entrado a comprar en un
supermercado vestidas con bikini. Se notaba que venían de la playa o de la
piscina. Llevaban unas botellas de agua, algo de fruta y una bolsa de patatas.
Nada especialmente llamativo, salvo precisamente eso: que iban en bikini entre
carros de la compra, familias, niños, señoras escogiendo tomates y un hombre
mayor comparando precios de yogures con una paciencia admirable.
Rodrigo recordaba aquella imagen. Había circulado el verano anterior y
había provocado una de esas polémicas rápidas que duran poco, pero dejan ver
mucho. Unos decían que aquello no era manera de entrar a comprar, que una cosa
era la playa y otra un supermercado, que el pudor también tiene que ver con
saber dónde está uno. Otros respondían que cada cual se viste como quiere, que
nadie tiene derecho a juzgar, que el problema no era el bikini sino la mirada
de los demás.
Rodrigo, en aquel momento, no pensó casi nada de eso.
Dani amplió la imagen con dos dedos.
—Madre mía —dijo, entre la risa y esa forma tonta de admiración que
enseguida se vuelve comentario—. Se le marcan los pezones.
Marcos soltó una risa corta. No una carcajada brutal. Algo más pequeño,
más fácil, casi automático.
Rodrigo también sonrió.
No fue una sonrisa grande. Ni siquiera una sonrisa especialmente alegre.
Fue una de esas sonrisas que salen antes de que uno decida nada, como si la
cara quisiera llegar antes que la conciencia. Una sonrisa pequeña, de
pertenencia. La sonrisa de quien no quiere quedarse fuera del tono de los
demás. La sonrisa de quien sabe que, si no sonríe, quizá tendrá que explicar
por qué no sonríe.
Y eso fue lo que más le molestó después.
No porque hubiese dicho una frase especialmente sucia. No llegó a
decirla. Pero sonrió. Y además, aunque le diera vergüenza reconocerlo, también
miró.
No solo vio la foto. Miró. Siguió el gesto de Dani cuando amplió la
imagen. Dejó que sus ojos entraran un instante en esa forma rápida y cómoda de
mirar un cuerpo sin tener que pensar en la persona que lo habita.
Y lo peor era que no se sintió malo mientras lo hacía. Se sintió normal. Eso
fue lo que le incomodó de verdad.
Porque habría sido más fácil descubrir dentro de sí algo claramente
sucio, algo brutal, algo que pudiera rechazar de golpe. Pero no. Había sido una
sonrisa. Una mirada. Una inercia. Un segundo más de la cuenta. Una comodidad
compartida con sus amigos. Y precisamente por eso le costaba tanto ponerle
nombre.
Además, una parte de él había querido mirar. No hacía falta mentirse.
Había una curiosidad rápida, una atracción inmediata, una especie de tirón que
le pedía quedarse un segundo más en la imagen. Y también había otra cosa, más
baja y más incómoda, que no le dejaba estar tranquilo. Algo que todavía no era
una decisión clara, ni una idea ordenada, ni una virtud firme. Era apenas una
resistencia pequeña, casi una protesta interior. Como si dentro de él alguien
dijera: “esto no está bien”. Y otra parte respondiera enseguida: “tampoco
exageres”.
Entonces se acordó de Susana.
No de una frase teórica. No de una norma. De Susana delante del
escaparate, con los ojos clavados en su propio reflejo y aquella voz más
pequeña de lo normal:
—Necesito que me mires entera.
Rodrigo tragó saliva.
Dani seguía con el móvil en la mano. Marcos había pinchado una patata
brava con el tenedor y acababa de hacer otro comentario que Rodrigo ni siquiera
escuchó entero. Notó que, si callaba, nadie lo acusaría de nada. La
conversación seguiría. Comerían las patatas, discutirían si la salsa picaba
poco o mucho, cambiarían de tema. Todo quedaría en una tontería. Y una parte de
él quería exactamente eso. Que todo quedara en una tontería.
Una
frase torpe también puede ser un comienzo
Empezó una pequeña pelea dentro de Rodrigo. No una pelea noble, limpia,
de esas que uno contaría luego con orgullo. Más bien una discusión confusa y
bastante incómoda. Una parte de él quería dejar pasar el comentario, coger otra
patata, reír un poco y seguir dentro de la tarde como si nada. Era lo más
fácil. Lo más normal. Lo que no exigía explicaciones.
Otra parte, sin embargo, no le dejaba volver del todo a la mesa. No le
gritaba. No le acusaba. Solo insistía.
“Di algo.”
“¿Y qué vas a decir?”
“Da igual. Algo.”
“Vas a quedar como un idiota.”
“Puede ser.”
Rodrigo notó calor en la cara antes incluso de abrir la boca. Le molestó
sentirse así. Le molestó que algo tan pequeño le estuviera pidiendo una
decisión. Le molestó descubrir que, en realidad, no solo estaba eligiendo cómo
mirar a aquellas chicas. También estaba eligiendo cuánto necesitaba la
aprobación de Marcos y Dani.
Y quizá precisamente por eso dijo:
—Venga, dejadlas.
Dani levantó la vista.
—¿Qué?
Rodrigo se arrepintió un poco en cuanto empezó a hablar. No porque no
pensara lo que decía, sino porque no sabía sostenerlo.
—Que las dejéis. Ni las conocéis.
Marcos soltó una risa corta.
—Venga, tío, si era una broma.
Rodrigo quiso decir algo inteligente. Algo que sonara tranquilo, claro,
adulto. Algo que no pareciera un discurso ni una rareza. Pero no le salió.
Bastante tenía con no retirarse.
—Ya —respondió—. Pero no hace falta.
Y ahí se quedó.
No sonó heroico. Sonó torpe. Un poco seco. Un poco fuera de sitio.
Rodrigo se sintió ridículo, como si hubiera llevado la conversación a un lugar
al que nadie quería ir. Dani guardó el móvil sin darle demasiada importancia.
Marcos cambió de tema mientras pinchaba otra patata. La tarde continuó.
Pero Rodrigo no volvió del todo a la conversación. Siguió hablando, hizo
alguna broma, discutió con Marcos sobre una tontería del entrenamiento y fingió
bastante bien que todo seguía igual. Sin embargo, algo dentro de él había
perdido una comodidad. No sabía todavía si llamarlo culpa, vergüenza, pudor o simplemente
malestar. Solo sabía que ya no podía reírse igual.
Se preguntó si se había pasado. Se preguntó si ahora Dani pensaría que
iba de santo. Se preguntó si Marcos se reiría de él luego. Se preguntó, sobre
todo, por qué le importaba tanto eso.
Y esa última pregunta le dolió más.
Porque quizá una parte de su mirada no estaba educada solo por el deseo,
sino también por el miedo a no pertenecer.
Esa noche Rodrigo abrió el chat de Susana. Escribió: “Hoy me he
acordado de ti”. Lo borró.
Escribió: “Creo que he entendido una cosa”. También lo borró.
Al final puso: “Hoy he estado un poco tonto. Mañana te cuento.”
Susana respondió casi al momento: “Eso no es novedad. Pero vale.”
Rodrigo sonrió.
La
mirada también se educa cuando ella no está
Dejó el móvil sobre la mesilla y se quedó mirando el techo. No sabía
todavía cómo explicarlo. Y quizá tampoco quería explicarlo demasiado pronto,
porque explicar algo obliga a reconocerlo mejor. Era más cómodo dejarlo como
una incomodidad vaga, como una pequeña mancha del día. Mañana se le pasaría.
Seguro.
Pero no se le pasaba.
Volvía la foto. Volvía la risa de Marcos. Volvía el gesto de Dani
ampliando la imagen. Volvía su propia sonrisa. Volvía también Susana diciendo:
“necesito que me mires entera”.
Rodrigo giró sobre la cama y apagó la luz. A oscuras, la cosa se volvió
más clara y más molesta.
Hasta entonces había pensado que amar mejor a Susana consistía, sobre
todo, en mirarla bien a ella. En no compararla. En no herirla con comentarios
torpes. En hacerle sentir que la veía entera. Pero aquella tarde comprendió que
la mirada no se educa solo cuando está delante la persona que uno ama. También
se educa cuando ella no está. También se educa con los amigos. También se educa
ante una pantalla.
También se educa en esa fracción de segundo en que uno decide si una
persona será mirada como alguien o consumida como algo.
Aquello le fastidiaba un poco. Porque hacía el amor más grande, sí, pero
también más incómodo. Ya no bastaba con portarse bien cuando Susana estaba
delante. Amar a Susana empezaba a pedirle que revisara zonas de sí mismo que
hasta entonces habían vivido bastante tranquilas: las bromas que seguía, las
imágenes que consumía, los silencios que le convenían, la necesidad de no
parecer distinto.
Y Rodrigo no estaba seguro de querer abrir todas esas puertas.
A la mañana siguiente se despertó antes de lo habitual. No por una gran
conversión espiritual, sino porque había dormido regular. Miró el móvil, vio el
mensaje de Susana y sonrió otra vez.
“Eso no es novedad. Pero vale.”
Le gustaba que Susana pudiera reírse de él sin quitar importancia a lo
que importaba. Le gustaba, y al mismo tiempo le daba miedo. Porque contarle lo
de la foto significaba exponerse. No como quien confiesa un crimen, sino como
quien deja ver una zona menos elegante de sí mismo.
Y en el noviazgo hay momentos en que eso cuesta más que decir una frase
bonita.
Al día siguiente quedaron por la tarde, en un banco cerca de la
parroquia. El calor había bajado un poco y en la plaza había niños corriendo,
una señora que llevaba demasiado tiempo llamando a un perro que no tenía
ninguna intención de obedecer y dos ancianos sentados al sol como si
custodiaran el barrio desde siempre.
Rodrigo empezó mal, como casi siempre que quería decir algo serio.
—Ayer vi una foto.
Susana lo miró.
—Ese comienzo puede ir en muchas direcciones.
—Ya. Espera.
Él se frotó las manos contra los pantalones.
—Estaba con Dani y Marcos. Dani enseñó una foto de dos chicas que habían
entrado a un supermercado en bikini. Lo de aquel verano, ¿te acuerdas? Que se
lio una polémica.
Susana se quedó quieta.
—¿La foto era de dos chicas en un supermercado?
Rodrigo la miró.
—Sí.
—¿Una morena, con el pelo recogido?
—Creo que sí.
Susana bajó la mirada.
—La conozco.
Cuando
una imagen recupera su historia
Rodrigo tardó un segundo en reaccionar.
—¿A quién?
—A una de ellas.
—¿De verdad?
Susana asintió despacio.
—Es médica. O al menos estaba en urgencias el día del accidente de la
moto. No sé si era residente, adjunta, no sé. Yo estaba bastante asustada y no
me acuerdo de todo. Pero me acuerdo de ella.
Rodrigo no dijo nada. La conversación cambió de peso.
Hasta ese momento, la foto seguía siendo para él una foto. Incómoda, sí.
Vergonzosa, también. Pero foto. De pronto, Susana acababa de abrirle una puerta
que Rodrigo no esperaba: detrás de aquella imagen había una voz, unas manos,
una sala de urgencias, una tarde concreta, una herida.
Susana no parecía querer dar una lección. Eso lo desarmó más. Si ella
hubiera levantado la voz, si lo hubiera acusado, si le hubiera dicho “¿ves
lo que hacéis?”, quizá Rodrigo habría encontrado antes una defensa. Habría
dicho que él no había sido el peor, que no había dicho casi nada, que al menos
intentó cortar la broma. Pero Susana no hizo eso. Solo recordó. Y recordar fue
mucho más incómodo.
—Me atendió cuando llegué —continuó Susana—. Me limpió la herida de la
pierna, me preguntó si me dolía la cabeza, me pidió que siguiera su dedo con
los ojos… esas cosas. Yo estaba temblando. No fue un accidente gravísimo, pero
en ese momento a mí me pareció enorme. Tenía sangre en la rodilla, el pantalón
roto, las manos sucias, y me daba vergüenza llorar delante de tanta gente.
Rodrigo escuchaba con la cara cada vez más seria.
—Y ella fue muy normal conmigo —dijo Susana—. Eso me ayudó. No fue
dulzona ni dramática. Me habló tranquila. Me dijo: “vamos poco a poco,
¿vale?”. Y me acuerdo de sus manos. Tenía las manos frías. O a mí me lo
parecieron. Me sujetó la pierna para limpiarme la herida y yo pensé: “menos
mal que alguien sabe qué hacer”.
Rodrigo bajó la mirada. La foto volvió a pasarle por dentro, pero ya no
era la misma foto. La imagen ampliada por los dedos de Dani, la frase, la risa,
su propia sonrisa pequeña. Todo aquello se colocó ahora junto a una mujer con
bata, una camilla, una herida, unas manos limpiando sangre, una voz diciendo “vamos
poco a poco”.
—Joder —dijo Rodrigo en voz baja.
Susana lo miró.
—Perdón.
—No, si… —Rodrigo se pasó una mano por la cara—. Es que ahora me siento
peor.
—No te lo digo para eso.
—Ya. Pero me siento peor.
Susana respiró despacio.
—A mí me ha pasado algo raro al acordarme. Porque, mira, igual no era el
sitio para entrar así vestida. No lo sé. A lo mejor venían de la playa, a lo
mejor no pensaron, a lo mejor se equivocaron. Pero esa mujer no es una foto ni es
un comentario ni menos es un cuerpo suelto. Es alguien que un día me cuidó
cuando yo estaba asustada.
Rodrigo se quedó callado.
—Y aunque no me hubiera cuidado —añadió Susana, más bajo—, seguiría
siendo alguien.
Él asintió.
Esa última frase fue la que más le dolió.
Porque la médica de urgencias le ayudaba a verlo, sí. Pero también le
quitaba la excusa. No hacía falta conocer la historia de una persona para
respetarla. No hacía falta saber que había limpiado una herida, hecho una
guardia o calmado a una chica accidentada. La historia estaba, aunque él no la
supiera.
A Rodrigo le vino entonces una defensa pequeña, miserable, pero real: “yo
tampoco hice tanto”.
No la dijo. Pero apareció. Y le dio vergüenza que apareciera.
Porque era verdad que él no había sido el peor. También era verdad que
había dicho algo. También era verdad que Dani había hecho el comentario y
Marcos se había reído primero. Todo eso era verdad. Pero había otra verdad más
honda, y esa era la que no le dejaba tranquilo: él también había entrado. Con
una sonrisa pequeña, con una mirada de más, con un silencio de menos.
No era culpable de todo. Pero no era inocente del todo. Y esa zona intermedia, tan humana y tan incómoda, le pesaba más que una acusación clara.
No
vi historia. Vi imagen
—Creo que eso es lo que no vi —dijo Rodrigo al fin.
—¿Qué?
—La historia. No vi historia. Vi imagen.
Susana no contestó enseguida.
—A veces nos pasa a todos.
—Ya. Pero no quiero que me pase así.
—Entonces habrá que aprender.
Rodrigo soltó una risa triste.
—Eso suena lento.
—Lo es.
—Qué ilusión.
Susana sonrió apenas.
Pero a Rodrigo no se le fue del todo la imagen de aquellas manos. Las
manos de la mujer que Dani había convertido en broma. Las manos que habían
sujetado la pierna herida de Susana. Las manos de alguien.
Y desde ese día entendió un poco mejor que mirar mal no consiste solo en
ver demasiado cuerpo. A veces consiste en no ver suficiente persona.
Rodrigo respiró hondo.
—Y me sentí mal —dijo—. No porque hubiera dicho una barbaridad, que no
llegué a decirla. Pero estuve a punto. Y me di cuenta de que muchas veces uno
entra en esas cosas sin pensar. Como si la foto no fuera de nadie. Como si por
verla en una pantalla ya pudiéramos comentarlo todo.
Susana guardó silencio unos segundos.
—¿Y qué hiciste?
—Nada heroico. Les dije que las dejaran. Y Marcos me dijo que era una
broma.
Susana sonrió apenas.
—Eso suele arreglarlo todo, claro.
—Exacto.
Los dos se rieron un poco.
Después Susana se quedó más seria.
—Gracias por contármelo.
—No sé si tendría que haberlo contado.
—Sí.
—Me da vergüenza.
—A mí también me da vergüenza cuando te cuento cómo me comparo con
Noelia.
Rodrigo asintió despacio.
—Supongo que por eso quería decírtelo. Porque me di cuenta de que no
basta con que yo te mire bien a ti cuando estamos juntos. También importa cómo
miro cuando tú no estás.
Susana levantó la vista.
Esa frase no sonó perfecta. Sonó torpe, pero verdadera. Y quizá por eso
le llegó más.
—Eso es importante —dijo ella.
Rodrigo se quedó un momento mirando la plaza. No estaba buscando una
frase bonita. Buscaba el sitio exacto donde aquella incomodidad le había
dolido.
—Me fastidia reconocerlo —dijo—. Porque queda muy bien decir que te
respeto. Y te respeto. Pero luego hay partes de mí que van a lo fácil. Ves una
foto, te ríes, sigues la broma, no dices nada para no quedar raro… y ni
siquiera piensas que hay alguien al otro lado.
Susana no respondió enseguida.
Había algo en lo que Rodrigo decía que le resultaba incómodo, pero no
porque le pareciera ajeno. Al contrario. Le molestaba precisamente porque lo
entendía demasiado bien. No en la misma forma. No con la misma foto. No con el
mismo tipo de comentario. Pero sí con la misma mezcla de impulso y vergüenza.
Ella también sabía lo que era mirar y no mirar bien. Sabía lo que era ver
a Noelia entrar en una habitación y sentir, antes de poder pensarlo, una
punzada pequeña en el pecho. Sabía lo que era querer alegrarse sinceramente por
la belleza de otra mujer y, al mismo tiempo, notar que algo dentro de ella
empezaba a medirse, a defenderse, a compararse. Sabía lo que era decirse “no
seas ridícula” y, aun así, no poder evitar que el cuerpo se encogiera un
poco.
—A mí me pasa con otras cosas —dijo al fin.
Rodrigo la miró.
—¿Con qué?
—Con Noelia, por ejemplo. La miro y no la miro solo a ella. Miro también
todo lo que me falta a mí, o lo que creo que me falta. La convierto en una
especie de medida. Y ella no me ha pedido eso. No tiene culpa.
Rodrigo se quedó callado.
Susana bajó la mirada.
—Y lo peor es que, a veces, una parte de mí no quiere dejar de hacerlo.
Rodrigo la miró con sorpresa.
—¿Cómo?
—No porque me guste sufrir. Sino porque compararme también me da una
excusa. Si ella es “la guapa”, si ella es “la segura”, si ella es
“la que siempre llama la atención”, entonces yo puedo quedarme en mi
sitio de siempre, quejándome un poco por dentro, sin tener que aprender a
mirarme de otra manera.
La frase le dio vergüenza en cuanto salió.
—Eso suena fatal —añadió.
Rodrigo negó despacio.
—Suena verdadero.
Susana respiró hondo.
—Pues eso. Que mirar mal no es solo mirar con deseo. También puede ser
mirar con envidia. O con miedo. O con comparación. O con ganas de que la otra
sea menos para que tú puedas respirar.
Se quedaron un momento sin hablar.
No estaban sacando una conclusión. No todavía. Más bien estaban
descubriendo que la mirada no sale limpia de los ojos. Sale mezclada con lo que
uno lleva dentro: deseo, miedo, inseguridad, necesidad de pertenecer, ganas de
gustar, heridas antiguas, costumbres que nadie revisó.
Susana fue la primera en decirlo de una manera sencilla:
—Creo que miramos con más cosas que los ojos.
Rodrigo asintió.
—Sí.
—Y algunas no están muy sanas.
—No.
—Pues habrá que ir despertándolas.
Rodrigo hizo una mueca.
—Eso suena lento.
—Lo es.
—Qué ilusión.
Susana sonrió.
—Pero al menos ya no estamos fingiendo que no pasa.
El perro de la señora pasó corriendo delante de ellos con una alegría
completamente irresponsable. La señora volvió a llamarlo, ya sin fe. Susana lo
siguió con la mirada un segundo y luego volvió a Rodrigo.
—A mí lo de las fotos me da vueltas desde hace días. No solo por Noelia.
También por mí. Por cómo una sube una foto esperando que la miren y luego se
asusta de cómo la miran. O necesita que la miren porque si no siente que no
vale. Es como una trampa.
Rodrigo la escuchó con atención.
—¿Te ha pasado?
Susana tardó en responder.
—Alguna vez. No de una forma dramática. Pero sí. Subir algo y estar
pendiente de si gusta. De quién lo ve. De si tú lo verás.
—Yo soy tú, supongo.
—Gracias por la aclaración.
Él sonrió.
—Perdón.
—Quiero decir que a veces no buscas solo compartir una foto. Buscas
sentirte elegida. Confirmada. Deseada. Y eso da miedo, porque entonces tu
cuerpo empieza a depender de una pantalla llena de ojos.
Rodrigo bajó la mirada.
—Nunca lo había pensado así.
—Yo tampoco lo pensaba con palabras. Pero lo hacía.
Susana se quedó callada. Había algo en aquella confesión que le daba
vergüenza. No era una gran culpa. No era un drama. Era peor, en cierto modo:
era una necesidad pequeña, repetida, casi invisible. De esas que no parecen
peligrosas hasta que un día descubres que han empezado a mandarte por dentro.
—Por eso creo que el pudor no es solo “no enseñar” —dijo al fin—. Es algo
más.
Rodrigo hizo una mueca.
—La palabra pudor me suena a abuela cerrando ventanas.
—A mí también me sonaba un poco así.
—O a alguien diciendo: “tápate, hija”.
Susana sonrió.
—Sí. Pero creo que es más hondo. No es esconderse porque el cuerpo sea
malo. Es no dejar que cualquier mirada entre en cualquier sitio.
Rodrigo se quedó serio.
—Eso me gusta.
—¿Lo de las ventanas de la abuela?
—No. Lo otro.
Susana miró sus manos.
—El pudor no es tener vergüenza de tener cuerpo. Es saber que mi cuerpo
no es público. Que mi intimidad no está para cualquiera. Que una cosa es ser
vista y otra ser entregada.
Rodrigo no dijo nada.
Aquel pensamiento parecía sencillo, pero le pesaba. Hasta entonces, la
palabra pudor le había parecido pequeña, casi anticuada. La asociaba a normas
sobre ropa, a caras severas, a una manera un poco triste de hablar del cuerpo.
Pero dicha así, en la voz de Susana, la palabra cambiaba. Ya no sonaba a miedo.
Sonaba a puerta. A umbral. A esa zona de una casa donde uno no deja pasar a
cualquiera, no porque odie a los demás, sino porque ama lo que guarda dentro.
—Entonces una foto también puede ser una puerta —dijo él.
—Sí.
—Y no todo el mundo merece entrar.
Susana lo miró.
—Eso.
Durante un momento se quedaron callados.
A Rodrigo le vino otra vez la foto de la tarde anterior. Las chicas en
bikini dentro del supermercado. Las bromas. Su sonrisa automática. Y entendió
algo que no le gustó demasiado: muchas veces el problema no estaba solo en
quien se expone, sino también en quien se siente con derecho a consumir esa
exposición.
—Que alguien se muestre no significa que se me entregue —dijo, despacio.
Susana asintió.
—Y que alguien pueda verme no significa que pueda quedarse conmigo por
dentro.
Rodrigo la miró.
—Eso es pudor, ¿no?
—Creo que sí.
No lo dijeron como quien acaba de cerrar una definición. Lo dijeron como
dos personas que han encontrado una palabra antigua y empiezan a descubrir que
quizá no estaba tan pasada de moda.
Aquel día no resolvieron nada del todo. Pero la palabra quedó ahí, menos
vieja, menos rígida, más viva.
No
se aprende de golpe
El pequeño retroceso llegó tres días después. Rodrigo estaba en casa,
viendo el móvil antes de dormir, cuando Dani mandó al grupo otra imagen. No era
tan explícita. Ni siquiera era exactamente lo mismo. Una chica en una fiesta,
un vestido muy ajustado, un comentario de Dani con varios emoticonos y una
frase que no llegaba a ser grosera del todo, pero iba en la misma dirección.
Rodrigo lo vio. No respondió. Tampoco dijo nada. Dejó el móvil boca abajo
sobre la cama y se quedó mirando el techo.
Podía haberse dicho que no había participado. Y era verdad. Podía haberse
dicho que no siempre tenía que corregir a sus amigos. También era verdad. Podía
haberse dicho que estaba cansado. Que no era para tanto. Que bastante había
hecho el otro día.
Todo eso tenía algo de razón. Y aun así, se sintió cobarde.
Lo peor no fue solo haberse callado. Lo peor fue que una parte de él
agradeció haberse callado. Porque así no había tensión. Así Dani no lo llamaba
otra vez “padre Rodrigo”. Así Marcos no hacía una broma. Así todo seguía
fácil.
Y, al mismo tiempo, ya no estaba en paz.
Ahí estaba la lucha, aunque nadie la viera. Nadie lo estaba obligando a
mirar. Nadie lo estaba obligando a callar. Nadie lo estaba obligando a hablar.
Todo ocurría dentro, en ese lugar donde el deseo tira, la comodidad aconseja,
la vergüenza pesa y una libertad todavía pequeña intenta abrirse paso.
No escribió a Susana. No quería convertir cada pequeña caída en una
escena importante. Tampoco quería contárselo como quien busca una absolución
inmediata. Se durmió tarde, malhumorado consigo mismo.
A la mañana siguiente, camino de clase, le mandó a Dani un mensaje
privado:
“Tío, lo de esas fotos, mejor no me mandes esas cosas.”
Dani contestó:
“Jajaja vale padre Rodrigo.”
Rodrigo se quedó mirando la pantalla. Le molestó. Luego sonrió un poco, a
pesar de todo.
No había vencido una batalla épica. Solo había enviado una frase torpe,
tarde y con vergüenza. Pero quizá aprender a mirar empezaba también así: no con
una conversión limpia, sino con pequeños actos incómodos que uno habría
preferido no tener que hacer.
Porque Rodrigo seguía notando el tirón. Eso era lo que más le
desconcertaba. Después de haber hablado con Susana, después de haber recordado
a la médica de urgencias, después de haber entendido que una imagen puede
esconder una historia, seguía existiendo dentro de él una parte capaz de mirar
rápido, de callarse por comodidad, de reír para pertenecer, de decirse que no
era para tanto.
Pero ahora había otra parte despierta. Más pequeña, quizá. Menos ruidosa,
pero más libre.
Una parte que no le prometía que todo sería fácil, sino que le pedía no
rendirse a lo primero que tiraba de él. Una parte que empezaba a distinguir
entre el impulso que arrastra y la libertad que discierne; entre la mirada que
consume y la mirada que reconoce; entre hacer lo que apetece en un segundo y
convertirse, poco a poco, en alguien capaz de amar mejor.
Porque mirar bien no empieza cuando uno ya es perfecto. Empieza cuando
una imagen deja de ser solo una imagen. Cuando una broma deja de parecernos
inocente.
Cuando una persona vuelve a tener historia delante de nuestros ojos. Cuando
uno descubre, quizá con vergüenza, que muchas veces no vio historia, sino que solo
vio imagen. Y entonces empieza el aprendizaje. No un aprendizaje tranquilo,
sino una lucha.
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