Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Ciclo b
viernes, 24 de septiembre de 2021
Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo b
sábado, 18 de septiembre de 2021
Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, ciclo b
Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, Ciclo b
19 de septiembre de 2021
Todo lo que nosotros nos resistimos lo convertimos en
enemigo. Si no me gustan estas manos, estas manos son mis enemigas; si no me
gusta este tipo antipático que vive y trabaja conmigo es mi enemigo; si no me
gusta este frio, esta lluvia, ese sol o esta niebla o granizo, es mi enemigo.
Los enemigos existen dentro de nosotros y nuestros enemigos existen en tanto y
en cuanto nosotros les damos vida con nuestras resistencias mentales. Si
nuestros enemigos están dentro de nosotros, nuestros amigos también están
dentro de nosotros. Si acepto estas manos, estas manos son mis amigas; si
acepto a este tipo antipático que convive conmigo es mi amigo, el problema no
está en él, está en mí. Si acepto este cuerpo, este cuerpo es mi amigo… si
acepto este viento, es el hermano viento; si acepto la enfermedad, es la
hermana enfermedad. Uno de los mayores puntos de sabiduría del cristiano
consiste en hacerse hermano y amigo de la hermana enfermedad. Si acepto la
muerte, es la hermana muerte. En nuestras manos está en trasformar a todos nuestros
enemigos en amigos, todos los males en bienes y todo gracias ‘a la
reconciliación’. ‘Reconciliación’ es que antes era enemigo de algo y ahora no
lo soy; porque antes lo rechazaba y ahora lo acepto. Puedo ser enemigo de mi
nariz, y estar toda la vida pensando mal de mi nariz porque no me gusta y
amargarme la vida por mi nariz, voy a reconciliarme con mi nariz, que es tanto
como decir, voy a aceptar de las manos de Dios el hecho de que tenga esta nariz,
estas manos o aquel tipo tan desagradable y antipático. Este es pues el
concepto de reconciliación: hacer la paz, aceptar. Tantas cosas que nos
resistimos inconscientemente.
La gente vive resentida y desesperada porque aquella cosa
le salió mal y no tuvieron suerte, porque aquí o allí hubo un accidente y que
les destrozó todo lo que se proponían, porque simplemente aquí hubo una
lamentable equivocación en la vida y ahora en este momento ya no se puede hacer
nada, hechos pasados, hechos consumados. Como se podrán darse cuenta, más de un
60, 70, 80 o 90 % de las cosas no tienen solución, o la solución no está en
nuestras manos. ¿Cómo me hubiera gustado haber nacido con un temperamento
alegre y jovial para estar feliz con la gente y nació con un temperamento
desagradable que entristece a los que tiene al lado por ser desaborido,
desagradable y retraído?... pero cada uno es como es. Por lo tanto un tanto por
ciento de las cosas que nos suceden no tienen solución. Si no hay nada que hacer
¿qué se consigue con resistir a realidades que uno no puede cambiar? Las cosas
que tienen solución se solucionan combatiéndolas y las cosas que no tienen
solución se solucionan dejándolas en las manos de Dios. Y las dejamos en las
manos de Dios porque esto de esta manera deja de ser una fuente de amargura
para nosotros. La sabiduría nos dice que los imposibles, lo que no tiene
solución, lo que nos hace sufrir sobremanera, hay que dejarlos en las manos del
Padre. En tus manos lo dejo y haz de mí lo que quieras. Y por todo lo que hayas
permitido de mí en mi vida vengo a decirte que ‘estoy de acuerdo con todo y que
lo acepto todo, con tal que tu voluntad se haga en mi y en todas tus criaturas.
Y no deseo nada más, Dios. Y pongo mi vida entre tus manos, y pongo mi vida
entre tus manos y pongo mi pasado, mi presente y mi futuro entre tus manos,… te
lo doy, Dios mío, incondicionalmente, con todo el ardor de mi corazón, porque
te amo’. Y es una necesidad de amor el darme y entregarme entre tus manos, con
infinita confianza porque tú eres mi Padre.
Y de esta manera la paz ya está tocando la puerta de tu
corazón. De tal manera que lo que tenga solución, combatir ferozmente; pero lo
que no tiene solución, dejadlo en las manos de Dios. Cuando yo dijo ‘dejar’,
cuando yo digo ‘que dejo este reloj encima de la mesa’, significa que yo me
desprendí de este reloj, que ya no lo toco. El reloj está ahí y yo estoy aquí. ‘Dejar
en la manos de Dios’ quiere decir que del mismo modo que yo dejo este reloj en
un lugar y me desvinculo de él, pues ese fracaso, disgusto o problema al
dejarlo en las manos de Dios yo ya me desvinculo de él y libero mi mente, ya lo
dejé. Y pasa que la mente queda en silencio y pasa que automáticamente el
corazón entra en paz. Silencio en la mente y paz en el corazón. Y el abandono
es un homenaje en el silencio a Dios nuestro Dios, a Dios nuestro Padre. Nosotros estamos en una experiencia de Dios y
en este momento estamos afrontando la vida desde el punto de vista de la fe y
de la experiencia de Dios. Por eso dijo que lo dejemos en las manos de Dios. Y
poco a poco, entregando a Dios todo aquello que somos, por lo que luchamos y
por lo que nos desborda en el dolor y en sufrimiento, proclamamos, con plena fe
y convencimiento aquello que recitamos en el Salmo responsorial: «El Señor sostiene mi vida».
sábado, 11 de septiembre de 2021
Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, ciclo b
Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, Ciclo b
12 de septiembre de 2021
Este evangelio de hoy tiene una
pregunta central [Mc 8, 27-35] en Cesarea de Filipo «y vosotros ¿quién decís
que soy yo?». A lo que el apóstol Pedro le responde «tú eres el Mesías», ‘tú
eres el Cristo’. La palabra ‘Cristo’ aparece unas 500 veces en el Nuevo
Testamento, y al comienzo aparece como una expresión clara que dice que ‘Jesús
es el Cristo’, pero con el paso del tiempo llega a formar parte del propio
nombre ‘Jesucristo’. De tal modo que a Jesús se le llama ‘Jesucristo’, o solas ‘Cristo’. Y nosotros hemos pasado a
llamamos ‘cristianos’, los que seguimos a ‘Cristo’.
La palabra ‘Cristo’, en el Antiguo
Testamento que está escrito en hebreo, se decía ‘masías’, que es ‘mesías’. En
el Nuevo Testamento que está escrito en griego, el término hebreo de ‘mesías’,
es traducido por ‘Cristo’, y ‘Cristo’ significa el ungido. Sabemos cómo en el
Antiguo Testamento los reyes, los profetas eran consagrados mediante la unción
de un óleo perfumado en un acto religioso que se llamaba ‘la consagración’, se
les consagraba. Eran instrumentos de Dios, con ese aceite consagrado se
manifestaba que Dios se apoderaba de ellos, se servía de ellos para ser
instrumentos de Dios delante de los demás. Esos eran los ungidos. Con el paso
del tiempo el Pueblo de Israel pide a Dios que envíe un Mesías, que sea el
ungido, que sea no sólo un futuro rey,
sino que sea el Hijo de Dios, el que venga a nosotros consagrado por el
Espíritu Santo. Primero fue Dios el que consagró a los hombres para que ellos
fueran testigos de Dios en medio del pueblo y el culmen es que Dios mismo envía
a su propio Hijo siendo ungido por el Espíritu Santo.
Ahora bien, si era tan importante la
pregunta y era tan importante la respuesta, ¿por qué Jesús les mandó
enérgicamente que no se lo dijeran a nadie?, ¿por qué Jesús pidió ese secreto
mesiánico? Obviamente porque existía un peligro de que fuera mal entendido, que
esta expectativa mesiánica no fuera entendida conforme al designio de Dios. Y
para matizar las cosas, Jesús toma a parte a Pedro y les empieza a enseñar que
el Hijo del Hombre tenía que sufrir mucho, que tenía que padecer, ser desechado
por los hombres…que tenía que ser crucificado y que al tercer día resucitaría.
Y esto suscita un gran escándalo y Pedro intenta apartar a Jesús de tal idea porque
ese no era el mesías que ellos estaban esperando, y la reacción de Jesús es
contundente cuando a Pedro le llega a decir ‘apártate de mi vista Satanás’. La
clave de todo esto es subsanar la idea de pensar en un mesías que venga a
ayudarnos para luchar contra los malos. Hemos pensado que los malos son los de
enfrente y que venga el Mesías en mi ayuda en mi batalla contra los malos. Y en
aquel entonces los malos eran los romanos, pero cada uno de nosotros podemos
pensar que los males de nuestra vida están concretados en determinadas
personas, circunstancias o retos que son los malos a abatir. Y la visión de
Jesús es bien distinta: Jesús no ha venido para luchar contra los malos, sino
que ha venido a redimirnos y hacernos a todos los que somos pecadores que
seamos santos redimiéndonos de nuestro pecado. El Mesías de Dios no ha venido a
luchar contra los malos, sino para hacernos buenos a todos y salvarnos a todos.
Otra cosa es que uno se deje salvar por el Señor. La frontera entre el bien y
el mal no está ahí afuera, no es una trinchera en la que el mal está en el otro
lado y yo estoy en el otro lado; sino que la frontera entre el bien y el mal
pasa por la mitad de mi corazón.
Jesús nos predice que en el plan de
Dios está el de entregar su vida en sacrificio por la transformación del hombre
para que renazcamos a una vida santa. Por eso termina el evangelio diciendo «si
alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me
siga».
Podemos tener un riesgo, porque
podemos pensar como pensaban equivocadamente, pensando que tenemos a Dios de
nuestra parte o de mi parte. La clave está en que yo esté de la parte de Dios. No
pretender traer a Dios a mi servicio. No es el Cielo el que tiene que obedecer
a la tierra, sino la tierra quien tiene que obedecer al Cielo. Jesucristo nos
mete en una dinámica en la que se exige nuestra purificación y nuestra concepción
de Dios. Y es la sabiduría de la cruz y esto supone el dejar de confiar en
nuestra propia voluntad y confiar en la voluntad de Dios.