Faustino Lesmes Buzón
+ 06.12.2025 – 08.12.2025
Queridos hermanos:
Hoy la Iglesia se
reúne para orar por nuestro hermano Faustino Lesmes Buzón y para
acompañar con cariño a su esposa Carmen, a sus hijos Carmen y José
Miguel, a sus hermanos, a toda la familia y a este pueblo de Villamartín
que tanto le ha querido.
Venimos con dolor,
porque la muerte hiere. Y muchos quizá traéis en el corazón preguntas, miedo,
incluso rebeldía: “¿Por qué se muere? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Dónde
está Dios?”
Hoy no anunciamos
primero a Faustino, sino a Cristo muerto y resucitado; y desde Él comprendemos
la vida y la muerte de Faustino.
La Palabra nos ha
dicho: «Las almas de los justos están en las manos de Dios» (Sab 3,1).
Con esa fe sencilla pero firme, hoy la Iglesia se atreve a decir: Faustino
está en las manos de Dios. No en la nada, no perdido, sino sostenido por el
Padre.
1.
Jesús llora con nosotros… y vence la muerte
El Evangelio nos
mostraba a Jesús ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11). Allí, dice san Juan,
«Jesús se echó a llorar». Dios no mira nuestro dolor desde lejos: entra
en él, se conmueve, llora.
Hoy podemos
imaginar a Jesús aquí, en Villamartín, llorando con Carmen, con sus
hijos, con sus hermanos, llorando con tantos que habéis encontrado en esta
familia apoyo y consuelo. Él conoce vuestro vacío.
Pero Jesús no se queda en las lágrimas.
Allí, ante la tumba, proclama:
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto,
vivirá» (Jn 11,25).
Hermano, hermana,
esto no es una frase bonita para un funeral: es el anuncio que la
Iglesia trae hoy para ti. Cristo ha entrado en la muerte, la ha atravesado y
la ha vencido. Por eso la muerte de Faustino, y tu propia muerte, no son un
muro, sino una puerta.
Quizá hoy estás
aquí lejos de la Iglesia, con dudas o enfado con Dios. Esta Palabra es también
para ti: Cristo ha vencido tu muerte, tu pecado, tu historia. Cristo te ama,
te comprende y está a tu lado, sin importar cómo eres ni cómo te portas.
2.
Un albañil que construyó sobre roca
Jesús habla de un
hombre prudente que edifica su casa sobre roca (cf. Mt 7,24). Esa imagen
nos lleva enseguida a Faustino.
Como albañil,
levantó muchas casas, reformó viviendas, trabajó con esfuerzo y seriedad. Pero
lo más importante que construyó no fue de ladrillo: junto a su esposa Carmen
edificó un hogar al estilo cristiano.
Un hogar donde se
respiraba cariño y fe sencilla, donde Carmen y José Miguel crecieron
sabiendo que eran amados, donde Dios tenía su sitio. Un hogar que muchos habéis
sentido como refugio, en alegrías y también en profunda tristeza. Sois una
familia para muchos.
Permitidme una
nota personal: un servidor guarda recuerdos muy vivos de cómo, en medio
de la pérdida de seres muy queridos, Faustino y Carmen se portaron como
auténticos padres, dando compañía, consuelo y fortaleza cristiana. Abríais
vuestra casa y vuestro corazón. Yo he visto con mis propios ojos cómo el Señor
ha sostenido a otros a través de vosotros.
San Pablo dice: «Nadie puede poner otro
fundamento distinto del ya puesto, que es Jesucristo» (1 Cor 3,11).
En vuestro modo de
amar y de estar para los demás se ha visto que Cristo era el fundamento.
Faustino no sólo construyó casas: consolidó un hogar con alma, apoyado en el
Señor.
3.
La enfermedad y la misericordia de Dios
Parte de su vida
ha estado tocada por las limitaciones que conlleva una salud delicada. Y
ahí se ve de qué está hecho un corazón y de qué está hecha una familia.
Sus hermanos,
sus hijos, su esposa Carmen, lo habéis acompañado con un cariño
tierno, paciente, constante. Habéis estado a su lado como María al pie de la
cruz: muchas veces en silencio, pero presentes. Vuestra presencia ha sido para
él rostro concreto del amor de Dios.
San Pablo nos
recuerda: «Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se
manifestará en nosotros» (Rom 8,18). Dios no siempre nos quita la cruz,
pero nunca nos deja solos bajo ella.
Y la Iglesia hoy
dice con humildad: «Como toda vida humana, también la de Faustino tiene
luces y sombras; por eso hoy ofrecemos por él esta Eucaristía, confiando en la
misericordia de Dios que purifica y lleva a plenitud lo que en nosotros está
incompleto».
Por eso rezamos
por él. Esta Misa es un acto de amor: pedimos que el Señor termine en
Faustino la obra buena que empezó, lo purifique y lo introduzca plenamente en
su Reino. La muerte no rompe la comunión; la transforma, y nuestra oración le
alcanza de verdad.
4. Una palabra para cada uno
Humanamente
sentimos que la muerte nos separa de Faustino. Pero si Faustino está en Cristo,
y nosotros queremos vivir en Cristo, la comunión no se rompe: cambia la
forma de estar, pero no se rompe.
– Carmen, el Señor conoce vuestra
historia de tantos años de mano a mano. Hoy te parece que esa mano falta, pero
Él te dice: «No temas, que yo estoy contigo» (cf. Is 41,10).
– Carmen y José Miguel, lo que
vuestro padre ha sembrado en vosotros —su fe, su honradez, su modo de estar
para los demás— es una herencia que nadie puede quitaros.
– Y a todos vosotros, también si estáis
lejos de Dios: la muerte de Faustino es una llamada. La vida no se sostiene
sobre el dinero, el éxito o el “ir tirando”; se sostiene sobre una roca, y esa
roca es Cristo.
Si hoy estás aquí
con miedo, con dudas o cansancio, desde tu banco puedes hacer una oración muy
sencilla:
«Señor, aunque tenga dudas, yo sé que sí existes, y que de verdad has
vencido la muerte, consuélame como has consolado a esta familia; entra también
en mi vida». Dios escucha esa oración humilde.
Sabemos que
Faustino era hombre de fe y devoto de san Antonio de Padua. Muchos
acuden a san Antonio para “encontrar lo perdido”. Hoy podríamos decir: “Hemos
perdido a Faustino”. Pero la fe nos dice algo más verdadero: no lo hemos
perdido, lo hemos puesto en manos de Dios. Y lo que se pone en manos de
Dios no se pierde, se transforma.
Pedimos a san
Antonio, tan cercano para él, que lo presente ante el Señor. Pedimos a la Virgen
María, hoy que es la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen, y
que estuvo al pie de la cruz, que sostenga el corazón de Carmen, de sus hijos,
de sus hermanos y de todos los que hoy lloráis.
Dale Señor el
descanso eterno…
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