miércoles, 22 de julio de 2026

Homilía del funeral de Faustino

 

Faustino Lesmes Buzón

+ 06.12.2025 – 08.12.2025

 

Queridos hermanos:

Hoy la Iglesia se reúne para orar por nuestro hermano Faustino Lesmes Buzón y para acompañar con cariño a su esposa Carmen, a sus hijos Carmen y José Miguel, a sus hermanos, a toda la familia y a este pueblo de Villamartín que tanto le ha querido.

Venimos con dolor, porque la muerte hiere. Y muchos quizá traéis en el corazón preguntas, miedo, incluso rebeldía: “¿Por qué se muere? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Dónde está Dios?”

Hoy no anunciamos primero a Faustino, sino a Cristo muerto y resucitado; y desde Él comprendemos la vida y la muerte de Faustino.

La Palabra nos ha dicho: «Las almas de los justos están en las manos de Dios» (Sab 3,1). Con esa fe sencilla pero firme, hoy la Iglesia se atreve a decir: Faustino está en las manos de Dios. No en la nada, no perdido, sino sostenido por el Padre.


1. Jesús llora con nosotros… y vence la muerte

El Evangelio nos mostraba a Jesús ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11). Allí, dice san Juan, «Jesús se echó a llorar». Dios no mira nuestro dolor desde lejos: entra en él, se conmueve, llora.

Hoy podemos imaginar a Jesús aquí, en Villamartín, llorando con Carmen, con sus hijos, con sus hermanos, llorando con tantos que habéis encontrado en esta familia apoyo y consuelo. Él conoce vuestro vacío.

Pero Jesús no se queda en las lágrimas. Allí, ante la tumba, proclama:
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11,25).

Hermano, hermana, esto no es una frase bonita para un funeral: es el anuncio que la Iglesia trae hoy para ti. Cristo ha entrado en la muerte, la ha atravesado y la ha vencido. Por eso la muerte de Faustino, y tu propia muerte, no son un muro, sino una puerta.

Quizá hoy estás aquí lejos de la Iglesia, con dudas o enfado con Dios. Esta Palabra es también para ti: Cristo ha vencido tu muerte, tu pecado, tu historia. Cristo te ama, te comprende y está a tu lado, sin importar cómo eres ni cómo te portas.


2. Un albañil que construyó sobre roca

Jesús habla de un hombre prudente que edifica su casa sobre roca (cf. Mt 7,24). Esa imagen nos lleva enseguida a Faustino.

Como albañil, levantó muchas casas, reformó viviendas, trabajó con esfuerzo y seriedad. Pero lo más importante que construyó no fue de ladrillo: junto a su esposa Carmen edificó un hogar al estilo cristiano.

Un hogar donde se respiraba cariño y fe sencilla, donde Carmen y José Miguel crecieron sabiendo que eran amados, donde Dios tenía su sitio. Un hogar que muchos habéis sentido como refugio, en alegrías y también en profunda tristeza. Sois una familia para muchos.

Permitidme una nota personal: un servidor guarda recuerdos muy vivos de cómo, en medio de la pérdida de seres muy queridos, Faustino y Carmen se portaron como auténticos padres, dando compañía, consuelo y fortaleza cristiana. Abríais vuestra casa y vuestro corazón. Yo he visto con mis propios ojos cómo el Señor ha sostenido a otros a través de vosotros.

San Pablo dice: «Nadie puede poner otro fundamento distinto del ya puesto, que es Jesucristo» (1 Cor 3,11).

En vuestro modo de amar y de estar para los demás se ha visto que Cristo era el fundamento. Faustino no sólo construyó casas: consolidó un hogar con alma, apoyado en el Señor.


3. La enfermedad y la misericordia de Dios

Parte de su vida ha estado tocada por las limitaciones que conlleva una salud delicada. Y ahí se ve de qué está hecho un corazón y de qué está hecha una familia.

Sus hermanos, sus hijos, su esposa Carmen, lo habéis acompañado con un cariño tierno, paciente, constante. Habéis estado a su lado como María al pie de la cruz: muchas veces en silencio, pero presentes. Vuestra presencia ha sido para él rostro concreto del amor de Dios.

San Pablo nos recuerda: «Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se manifestará en nosotros» (Rom 8,18). Dios no siempre nos quita la cruz, pero nunca nos deja solos bajo ella.

Y la Iglesia hoy dice con humildad: «Como toda vida humana, también la de Faustino tiene luces y sombras; por eso hoy ofrecemos por él esta Eucaristía, confiando en la misericordia de Dios que purifica y lleva a plenitud lo que en nosotros está incompleto».

Por eso rezamos por él. Esta Misa es un acto de amor: pedimos que el Señor termine en Faustino la obra buena que empezó, lo purifique y lo introduzca plenamente en su Reino. La muerte no rompe la comunión; la transforma, y nuestra oración le alcanza de verdad.


4. Una palabra para cada uno

Humanamente sentimos que la muerte nos separa de Faustino. Pero si Faustino está en Cristo, y nosotros queremos vivir en Cristo, la comunión no se rompe: cambia la forma de estar, pero no se rompe.

Carmen, el Señor conoce vuestra historia de tantos años de mano a mano. Hoy te parece que esa mano falta, pero Él te dice: «No temas, que yo estoy contigo» (cf. Is 41,10).

Carmen y José Miguel, lo que vuestro padre ha sembrado en vosotros —su fe, su honradez, su modo de estar para los demás— es una herencia que nadie puede quitaros.

– Y a todos vosotros, también si estáis lejos de Dios: la muerte de Faustino es una llamada. La vida no se sostiene sobre el dinero, el éxito o el “ir tirando”; se sostiene sobre una roca, y esa roca es Cristo.

Si hoy estás aquí con miedo, con dudas o cansancio, desde tu banco puedes hacer una oración muy sencilla:
«Señor, aunque tenga dudas, yo sé que sí existes, y que de verdad has vencido la muerte, consuélame como has consolado a esta familia; entra también en mi vida». Dios escucha esa oración humilde.

 

Sabemos que Faustino era hombre de fe y devoto de san Antonio de Padua. Muchos acuden a san Antonio para “encontrar lo perdido”. Hoy podríamos decir: “Hemos perdido a Faustino”. Pero la fe nos dice algo más verdadero: no lo hemos perdido, lo hemos puesto en manos de Dios. Y lo que se pone en manos de Dios no se pierde, se transforma.

Pedimos a san Antonio, tan cercano para él, que lo presente ante el Señor. Pedimos a la Virgen María, hoy que es la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen, y que estuvo al pie de la cruz, que sostenga el corazón de Carmen, de sus hijos, de sus hermanos y de todos los que hoy lloráis.

Dale Señor el descanso eterno…

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