Amar sin perderse
Madurez, noviazgo y vida compartida en
tiempos líquidos
Capítulo 3ºA
La voluntad:
Aprender a elegir el bien cuando no apetece
Escucha aquí el episodio completo:
Susana tiene
veinticinco años y ha decidido levantarse pronto.
No es una decisión
pequeña, ni una de esas frases que uno se dice para quedar bien consigo mismo
mientras, en el fondo, sabe que no piensa cambiar gran cosa. Es una decisión
tomada por la noche, con esa lucidez tan particular que aparece cuando el día
ya ha terminado, la habitación está en silencio y la vida, vista desde la
almohada, parece mucho más fácil de ordenar que cuando uno tiene frío, sueño y
una alarma sonando cerca de la oreja.
A las once y
media, Susana ve clarísimo que al día siguiente empezará una etapa nueva. Se
levantará antes, rezará diez minutos, desayunará sin mirar el móvil, estudiará
con calma, llegará puntual, no vivirá tan pendiente de Rodrigo y, si el día
acompaña, incluso hará algo con esa silla de su habitación que hace tiempo dejó
de ser silla para convertirse en una montaña textil con aspiraciones de
cordillera.
Para reforzar el
propósito pone tres alarmas. A la primera la llama: “Levántate”. A la
segunda: “No negocies”. A la tercera, con un realismo admirable: “Susana,
por favor”.
El plan parece
serio. El problema de los planes nocturnos es que tienen que enfrentarse a una
criatura poco dada a la mística, el del despertador de las siete de la mañana.
Cuando suena la
primera alarma, Susana abre un ojo y descubre que la mujer decidida de la noche
anterior ha desaparecido sin dejar instrucciones. La cama, que a las once era
simplemente una cama, a las siete se ha convertido en una institución de
beneficencia. Suena la segunda alarma, “No negocies”, pero Susana ya
está negociando. Cuando llega la tercera, “Susana, por favor”, tiene un
instante de lucidez, de esos que duran poco, pero dicen mucho: “Qué bien me
conocía anoche”.
Cinco minutos más.
Luego otros cinco. Después una mirada rápida al móvil, solo para ver la hora.
Ya que está, ve un mensaje. Ya que ha visto un mensaje, abre una aplicación. Ya
que ha abierto una aplicación, mira dos cosas. Cuando quiere darse cuenta, no
está descansando ni levantándose; está perdiendo la mañana con una mezcla de
sueño, culpa y promesas de empezar mañana.
El mañana, pobre,
lleva años cargando con conversiones que no le pertenecen.
Rodrigo, que tiene
veinticuatro, vive esa misma tarde su propia versión de la alarma aplazada. No
suena ningún despertador, pero sí una conversación pendiente. Susana le ha
pedido hablar con calma sobre ellos: ¿Cómo están?, ¿hacia dónde van?, ¿qué
lugar tiene la fe en la relación?, ¿cómo quieren cuidar los límites?, ¿si lo
suyo camina hacia algo serio o si simplemente se quieren mucho mientras evitan
mirar las preguntas importantes?
Rodrigo no es un
irresponsable. Él quiere a Susana. De hecho, ha preparado mentalmente varias
frases. Algunas incluso suenan bastante maduras. El problema es que, cuando
llega la hora, la madurez mental no le baja a los pies. Se sirve agua. Mira el
móvil. Responde a un amigo. Abre una red social. La cierra. La vuelve a abrir.
Y en algún lugar de dentro aparece una frase prudente, muy presentable, casi
elegante:
“¿Lo dejamos
para otro día? Hoy estoy un poco saturado”.
A veces es verdad.
Hay días en que conviene descansar antes de hablar, porque abrir una
conversación delicada con el corazón lleno de ruido puede convertir una
pregunta sencilla en un incendio. Pero Rodrigo empieza a sospechar que su “hoy
estoy saturado” se parece demasiado a otras frases que lleva usando desde
hace tiempo: “ahora no es buen momento”, “ya hablaremos”, “no
quiero forzar nada”, “me agobia poner etiquetas”, “vamos viendo”.
Y sin ninguna
aparición luminosa, sin música de fondo y sin que se abra el cielo, entiende
algo muy sencillo: Quizá no está siendo prudente; quizá está huyendo.
Susana no se
levanta. Rodrigo no habla.
No ha ocurrido una
tragedia. Nadie tiene que convocar una rueda de prensa. Pero en esos dos gestos
pequeños se esconde una lección enorme: Muchas veces no nos falta saber qué
conviene; nos falta libertad interior para hacerlo.
Uno puede saber
que necesita rezar y dejar la oración para un momento ideal que nunca llega.
Puede saber que debe pedir perdón y seguir esperando a que el otro dé el primer
paso. Puede saber que una conversación pendiente está dañando una relación y
posponerla con una habilidad casi artística. Puede saber que una costumbre le
esclaviza, que una pantalla le roba descanso, que una mentira pequeña está
creciendo, que una mirada le ensucia por dentro, que una excusa se ha
convertido en refugio, y aun así continuar igual. No siempre falta luz.
Muchas veces falta voluntad.
Y la voluntad,
cuando se entiende bien, no es una palabra triste ni una especie de policía
interior empeñada en quitarle alegría a la vida. No es rigidez, voluntarismo,
dureza de carácter ni cara de pocos amigos. La voluntad es la capacidad de
orientar la libertad hacia el bien cuando el cansancio, el miedo, la comodidad
o el deseo inmediato tiran en otra dirección. Es esa fuerza humilde que
permite pasar del “sé que esto sería bueno” al “voy a hacerlo”,
aunque no me apetezca, aunque me cueste, aunque tenga que empezar pequeño.
Sin voluntad, el
amor se queda en intención. Con voluntad, el amor empieza a tomar cuerpo.
1.-
La libertad no es obedecer
todo
lo que siento
Pocas palabras se
usan tanto y se piensan tan poco como la palabra libertad. La pronunciamos con
seguridad, como si bastara decir “soy libre” para que cualquier decisión
quedara automáticamente justificada. A veces llamamos libertad a no dar
explicaciones, a no comprometernos, a seguir el impulso, a romper cuando algo
incomoda, a vivir sin límites o a no permitir que nadie cuestione lo que
sentimos.
Pero hay una
libertad que parece libertad y no lo es. Es la libertad del impulso. La libertad de “hago
lo que me apetece”. La libertad de “si lo siento, será verdadero”. La
libertad de “nadie me dice nada”. Vista de lejos parece independencia;
vista de cerca, muchas veces, es esclavitud.
Susana
dice ser libre con el móvil…
Susana se siente
libre cuando mira si Rodrigo ha contestado. Nadie la obliga, nadie la vigila,
nadie le impide dejar el móvil encima de la mesa. Pero en el fondo Susana sabe
que no lo hace desde la paz, sino desde una inquietud que le exige comprobar,
revisar, asegurarse, volver a mirar. Cada mirada la tranquiliza durante
unos segundos y luego la deja peor, como beber agua salada: Alivia un
instante y aumenta la sed.
Rodrigo
dice ser libre aplazando conversaciones…
Rodrigo se siente
libre cuando aplaza una conversación. Nadie le impide hablar, nadie le obliga
a huir. Pero si cada vez que aparece una pregunta seria él desaparece,
cambia de tema o se refugia en una broma, quizá no está eligiendo libremente;
quizá está obedeciendo al miedo.
La
verdadera libertad es…
La verdadera
libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino la verdadera libertad
consiste en poder elegir el bien. Si cada vez que me enfado digo lo primero
que se me ocurre, no soy libre; estoy en manos de mi ira. Si cada vez que me
siento solo me agarro a cualquiera, no soy libre; estoy en manos de mi miedo.
Si cada vez que deseo algo lo tomo sin preguntarme si es bueno, verdadero o
respetuoso, no soy libre; estoy en manos de mi deseo. Si cada vez que tengo que
pedir perdón espero a que el otro dé el primer paso, no soy libre; estoy en
manos del orgullo.
Susana empieza a
entenderlo una noche en la que Rodrigo tarda en responder. Antes habría mirado
veinte veces el móvil, habría interpretado el silencio como abandono y habría
escrito un mensaje con más reproche que verdad. Esa noche lo coge, lo
desbloquea, ve que no hay respuesta y siente la punzada de siempre. Pero Susana
en vez de escribir, deja el móvil en la cocina. No lo hace con serenidad de
santa de vidriera. Lo hace casi enfadada, como quien deja una tentación lejos
porque sabe que, cerca, gana ella. Vuelve a su habitación. A los diez
minutos sale al pasillo. Se detiene. Se ríe un poco de sí misma. Regresa. Reza
un Avemaría distraída. No siente una paz espectacular, pero no mira.
A la mañana
siguiente Rodrigo responde con normalidad. No había pasado nada. Susana
descubre algo pequeño y enorme, que no todo silencio es abandono, aunque su
herida lo sienta así.
Rodrigo aprende
algo parecido una tarde en la que Susana le pregunta si pueden hablar de los
límites en su relación. No lo hace para ponerle un examen, sino porque
quiere que el cariño, el deseo, el cuerpo y la fe caminen juntos, sin
engañarse. Rodrigo siente vergüenza. También siente la tentación de quitar
hierro con una broma: “¡Uf!, ¡qué intensa te pones!”. La frase ya está
en la puerta de salida. Pero no la deja salir. Bebe agua, mira a Susana y
dice algo menos brillante, pero más verdadero: “Me cuesta hablar de esto,
pero creo que tenemos que hacerlo bien”. Esa pequeña pausa es libertad.
La libertad madura
no pregunta solo qué me apetece, sino qué me construye, qué me hace más
verdadero, qué me permite amar mejor, qué me acerca a Dios, qué cuida mi
dignidad y la dignidad del otro. Esa pregunta no apaga la vida; la
despierta. No mata la espontaneidad; la purifica. No convierte a la persona en
una estatua; la hace más dueña de sí.
La voluntad
introduce una novedad sencilla y revolucionaria: Permite no responder como
siempre.
2.-
Las pequeñas promesas
también
educan el amor
La voluntad
trabaja en lugares poco vistosos. No suele aparecer en las fotos, no
recibe muchos aplausos y rara vez tiene la emoción de los grandes momentos. Se
parece más a una llave pequeña que a una puerta monumental, pero sin esa llave
muchas puertas importantes no se abren.
Está en levantarse
cuando uno había decidido levantarse. En cerrar una aplicación cuando todavía
apetece otro vídeo. En no mandar un mensaje escrito desde la herida. En llegar
puntual no por obsesión, sino por respeto. En estudiar cuando no hay inspiración.
En cumplir una palabra, aunque nadie esté mirando. En pedir perdón antes de que
el orgullo haya terminado de preparar su defensa. En ir a misa sin una emoción
especial, no por rutina vacía, sino porque uno sabe que la fidelidad también se
alimenta en días secos. En no usar el cansancio como permiso para tratar mal.
En volver a empezar después de caer.
Susana lo descubre
una tarde cualquiera. Ha quedado con Rodrigo para tomar café después del
trabajo. Ella llega cansada, con la cabeza llena y con ganas de que él esté
especialmente atento. Rodrigo llega diez minutos tarde. No media hora, no una
catástrofe, solo diez minutos. Viene acelerado, pide perdón y explica que se le
ha alargado una gestión. Además, mientras pide los cafés, recuerda cómo le
gusta a ella; con leche, poco azúcar y sin esa espuma que Susana siempre aparta
como si fuera una amenaza.
Ese detalle la
enternece. Pero la herida no desaparece tan rápido. Mientras Rodrigo está en la
barra, Susana escribe en el móvil: “Da igual, total, siempre hay algo
antes que yo”. Lo lee. Se escucha por dentro. Sabe que ese mensaje no busca
explicar; busca cobrar una deuda emocional. No lo envía, sino que lo borra.
Respira. Cuando Rodrigo vuelve a la mesa, le dice con menos elegancia de la que
le habría gustado, pero con más verdad: “Sé que has pedido perdón y que no
ha sido para tanto, pero me ha tocado una inseguridad. Necesito decirlo sin
montarte un juicio”.
Rodrigo no
responde perfecto. Al principio se defiende un poco, porque el orgullo suele
llegar antes que la humildad. Pero se detiene y dice: “Tienes razón. No
quiero que sientas que eres lo último. Y también necesito que no todo retraso
se convierta en prueba contra mí”.
Hablan. No
resuelven toda su vida, pero no se hieren. Eso fue voluntad. En los dos.
No una voluntad de
mármol, no una escena ideal, no una conversación de manual. La voluntad real
suele tener torpezas, pausas, frases a medio mejorar y alguna defensa que se
escapa. Pero allí, en esa mesa de cafetería, los dos eligieron no dejar que
la herida dirigiera sola.
Rodrigo vive su
propia lección unos días después. Había prometido a Susana que esa noche
hablarían un rato por teléfono, no para controlarse ni para vivir pegados, sino
porque llevaban días cruzándose mensajes rápidos y los dos notaban que
necesitaban una conversación real. A las diez y media está cansado. Muy
cansado. Ve una llamada perdida de un amigo, entra en una conversación, se
tumba un momento y piensa: “Bueno, tampoco pasa nada si lo dejo para mañana”.
Entonces ve el
mensaje de Susana: “Cuando puedas, hablamos un rato”.
Se queda mirando
la pantalla. No tiene ganas. Pero recuerda que no es la primera vez que pospone
algo pequeño. Llama. No es una conversación larguísima ni profunda. Hablan
quince minutos. Ella le cuenta algo del día. Él le dice que está cansado, pero
que quería cumplir lo que había dicho. Susana lo agradece. No con una frase
solemne, sino con un “gracias por llamar, sé que hoy te costaba”. Puede
parecer poco. No lo es.
Muchas relaciones
no se rompen solo por grandes traiciones, sino por pequeñas promesas
descuidadas que van enseñando al otro a no esperar demasiado. Y muchas
relaciones se fortalecen por lo contrario: Por pequeñas promesas cumplidas
cuando no apetecía.
La voluntad no
siempre hace cosas grandes. Muchas veces salva lo pequeño antes de que lo
pequeño se convierta en distancia.
3.-
Deseo, impulso y decisión:
No
todo lo que pide paso debe mandar
Una parte
importante de la madurez consiste en distinguir lo que dentro de nosotros
aparece mezclado. No todo lo que sentimos tiene el mismo valor, ni todo lo
que deseamos debe convertirse inmediatamente en acción. Hay deseos buenos
que necesitan educación, impulsos que piden freno y decisiones que requieren
luz.
El deseo forma
parte de nuestra humanidad. Deseamos amor, compañía, intimidad, reconocimiento,
descanso, belleza, hogar, sentido. No hay que mirar el deseo como si fuera un
enemigo. Dios no nos ha creado de piedra. El deseo habla de nuestra apertura
a algo más grande, de nuestra necesidad de plenitud, de nuestra capacidad de
ser atraídos por el bien. El problema comienza cuando el deseo deja de ser
escuchado y pasa a ser obedecido sin discernimiento.
El impulso, en
cambio, tiene prisa. No suele preguntar demasiado. Empuja: escribe ya, contesta
ya, mira ya, compra ya, toca ya, huye ya, vuelve ya, corta ya, promete ya. El
impulso busca alivio inmediato, no necesariamente bien verdadero.
Susana desea
sentirse segura con Rodrigo. Ese deseo es legítimo. Quiere saber que él está,
que la quiere, que no juega con ella, que la relación tiene dirección. Pero
el impulso le dice que mida el amor de Rodrigo por la rapidez de una respuesta,
por el tono exacto de un mensaje, por la cantidad de veces que él toma la
iniciativa.
Rodrigo desea
conservar su libertad, algo bueno y necesario. Pero el impulso le empuja a
confundir libertad con distancia, prudencia con evasión y discernimiento con
aplazamiento indefinido.
Una noche, después
de una pequeña discusión, Susana escribe un mensaje larguísimo. No es un
mensaje; es una tesis doctoral del reproche, con introducción, antecedentes,
pruebas documentales, interpretación psicológica y conclusiones demoledoras. Lo
lee entero antes de enviarlo. Al llegar al final, se da cuenta de que aquel
texto no busca dialogar, sino vencer. No quiere que Rodrigo entienda; quiere
que se sienta culpable. No lo envía.
Lo copia en una
nota privada y, debajo, escribe:
“Esto es lo que
siento cuando estoy herida. Mañana tengo que hablar, pero no así”.
Al día siguiente,
después de rezar mal —porque reza mal, distraída y con pocas ganas—, le dice a
Rodrigo algo más sencillo: “Anoche estaba muy enfadada y quería hacerte daño
con palabras. No quiero hablar así. Pero sí necesito que hablemos de lo que
pasó”.
Esa distancia
entre impulso y decisión fue un acto de libertad.
Rodrigo tiene que
aprender algo parecido. En una conversación sobre el futuro, cuando Susana
menciona la palabra matrimonio, siente una oleada de agobio y está a punto de
bromear: “Bueno, tranquila, que tampoco estamos comprando ya las servilletas”.
La frase le parece
ingeniosa durante medio segundo. Después entiende que habría herido. Se calla,
bebe agua y dice: “Me cuesta hablar de esto, pero no quiero escaparme con
bromas”. No es una respuesta perfecta, pero es verdadera.
La vida cambia
cuando aparece una pausa entre lo que siento y lo que hago. En esa pausa
entra la inteligencia, respira la conciencia, se despierta la voluntad y puede
actuar la gracia.
4.-
La voluntad se entrena
también
fuera del noviazgo
Sería un error
pensar que la voluntad solo se educa en los temas de pareja. En realidad, la
manera de amar se prepara en muchos lugares que parecen no tener relación
directa con el amor. Una persona no se vuelve fiel, paciente, ordenada,
generosa y capaz de compromiso únicamente cuando empieza una relación; llega
a la relación con una libertad que ya ha sido entrenada o descuidada en otros
terrenos.
Susana lo entiende
un sábado por la mañana. Tiene que estudiar porque se acerca un examen
importante, pero Rodrigo le propone improvisar un plan con unos amigos. El plan
no es malo; de hecho, le apetece mucho. La dificultad está en que lleva toda la
semana diciendo que necesita concentrarse y, si vuelve a aplazarlo, terminará
estudiando con ansiedad, durmiendo mal y pagando el precio el lunes.
Está a punto de
decir que sí por miedo a quedarse fuera, a que Rodrigo piense que es aburrida,
a perderse algo. Pero se escucha por dentro y responde: “Me encantaría ir,
pero hoy necesito cumplir lo que me había propuesto. Si termino pronto, os veo
un rato”. No es una renuncia heroica. Nadie compone un himno. Pero Susana
se acuesta esa noche con una paz distinta, la paz de quien por una vez no se ha
traicionado a sí misma para agradar.
Rodrigo tiene una
experiencia parecida con su familia. Su madre le ha pedido ayuda para llevar
unas cajas a casa de su abuela. Él ha dicho que sí. El sábado, cuando llega la
hora, no tiene ninguna gana. Tiene sueño, quiere descansar y le parece que
aquello puede esperar. Ya está preparando la frase: “Mamá, es que hoy estoy
reventado”. Y lo está, en parte. Pero también sabe que ha dado su
palabra, que su abuela lleva días esperando y que a veces su libertad se llena
de palabras grandes mientras falla en servicios pequeños. Va. Tardan menos
de una hora. Su abuela le da un beso, le ofrece galletas como si acabara de
cruzar el Atlántico y le dice: “Gracias, hijo, me has quitado un peso”.
Rodrigo vuelve a
casa cansado, pero más entero. Por la noche se lo cuenta a Susana, y ella se
ríe porque le imagina saliendo de casa de su abuela con una bolsa de galletas y
una dignidad nueva.
Hay bienes que al
principio no apetecen y después dan fruto. Hay conversaciones que cuestan y
sanan. Hay renuncias que duelen un poco y liberan mucho. Hay oraciones secas
que sostienen más que algunos momentos de emoción. Hay fidelidades pequeñas que
no lucen, pero levantan la casa por dentro.
Quien no entrena
la voluntad en lo ordinario tendrá más dificultad para sostener el amor cuando
lo ordinario se vuelva exigente.
5.-
Disciplina: Un cauce, no una jaula
La palabra
disciplina suele caer mal porque muchas personas la asocian con dureza,
castigo, frialdad o falta de espontaneidad. Sin embargo, la disciplina bien
entendida no es una jaula para la vida, sino un cauce que le permite llegar
lejos. Un río sin cauce no es más libre; se desborda, hace ruido y puede
terminar destruyendo lo que toca. El cauce no mata el río, sino que lo orienta.
Susana y Rodrigo
lo descubren de una forma sencilla. Muchas de sus conversaciones importantes
terminan ocurriendo en el peor momento; de noche, con sueño, por mensajes,
después de un malentendido o cuando uno de los dos ya está herido. Entonces
deciden algo poco romántico en apariencia y muy sano en el fondo: Una vez a la
semana tomarán café sin pantallas para hablar de cómo están.
La primera vez es
rara. Dejan los móviles en silencio, boca abajo, en una esquina de la mesa, y
durante los primeros minutos los dos miran los aparatos como si fueran dos
mascotas abandonadas. Rodrigo empieza con un “bueno, pues aquí estamos”,
que no pasará a la historia de la literatura amorosa. Susana se ríe. Esa risa
ayuda. Hablan torpemente, con pausas, con alguna defensa, con alguna frase
mejorable. Pero hablan.
La tercera semana
ya no es tan raro. La quinta, Rodrigo reconoce algo que lleva tiempo evitando.
La sexta, Susana puede decir una inseguridad sin convertirla en reproche. Al
cabo de dos meses, aquel café semanal no soluciona todo, pero ha creado un
lugar. Y las relaciones necesitan lugares donde la verdad pueda salir sin
tener que abrirse paso a golpes.
También en la vida
espiritual ocurre lo mismo. Rezar a una hora concreta, confesarse con cierta
regularidad, cuidar el domingo, hacer examen de conciencia, leer algo que forme
el corazón, ayunar de aquello que nos domina, no son costumbres para personas rígidas,
sino cauces por los que la gracia entra en la vida real. El corazón humano,
dejado solo a la improvisación, promete mucho y persevera poco. La
disciplina, cuando nace del amor, no estrecha la vida; la cuida.
6.-
Lo que repetimos nos va haciendo
Los hábitos son
maestros silenciosos.
No levantan la voz, no suelen anunciarse, pero trabajan cada día sobre nuestra
manera de mirar, de desear, de esperar, de hablar, de reaccionar, de amar y de
rezar. Muchas veces pensamos que somos principalmente lo que decidimos en
los momentos grandes, cuando en realidad estamos siendo formados, casi sin
darnos cuenta, por lo que repetimos en los momentos pequeños.
Susana empieza a
notar que mirar el móvil nada más despertar le deja el corazón revuelto antes
incluso de poner los pies en el suelo. No siempre ve nada importante; a veces
solo ve mensajes, noticias, imágenes de otros, vidas ajenas empezadas antes que
la suya. Pero ese primer gesto le roba silencio.
Así que hace algo
muy humilde como es dejar el móvil apagado fuera del dormitorio y comprar un
despertador sencillo. El primer día se siente extraña, como si hubiera dejado
una parte de sí misma en otra habitación. El tercero sigue costando. A la
semana descubre que los primeros minutos del día pueden pertenecerle a Dios y
no a la ansiedad.
Rodrigo tiene otro
hábito menos visible. Cuando una conversación le incomoda, responde con humor.
No un humor malo; de hecho, es gracioso. Pero lo usa como humo. Susana se lo
dice una tarde con cariño: “Me haces reír, y eso me encanta, pero a veces me
haces reír justo cuando necesito que me respondas”.
Rodrigo se queda
tocado. No enfadado, sino tocado. Empieza a darse cuenta de que su simpatía
puede ser una manera de esconderse. Desde entonces, cuando le sale la broma
automática, intenta preguntarse: “¿Estoy aligerando la conversación o estoy
escapando?”. Eso también es voluntad.
Los buenos hábitos
no hacen ruido, pero construyen cimientos. Y los malos hábitos también
construyen, aunque construyen cárceles. La mentira pequeña repetida vuelve más
fácil la mentira grande. La mirada desordenada consentida va deformando el
deseo. La queja constante termina convirtiéndose en una manera de interpretar
la realidad. La evasión continua hace cada vez más difícil el silencio. La
falta de oración no suele destruir la fe de golpe; simplemente va empujando a
Dios a los márgenes de la vida, hasta convertirlo en una idea respetable pero
poco decisiva.
Por eso la
tradición cristiana ha cuidado tanto los ritmos: El domingo, la oración diaria,
el examen de conciencia, la confesión, la Eucaristía, los tiempos litúrgicos,
el ayuno, la limosna, las obras de misericordia. No son adornos
piadosos para personas con mucho tiempo libre. Son pedagogía del corazón.
Una voluntad sin
hábitos se cansa pronto. Una voluntad sostenida por hábitos humildes puede
llegar muy lejos.
7.-
Decir ‘no’ para custodiar un ‘sí’
La voluntad se
reconoce mucho en la capacidad de decir ‘no’. Esto cuesta, porque vivimos
rodeados de invitaciones a decir ‘sí’ a todo: A todos los planes, a todas las
opiniones, a todos los estímulos, a todas las conversaciones, a todas las
imágenes, a todas las posibilidades. Decir no parece perder algo, e incluso
a veces incluso parece fallar a alguien.
Pero muchos ‘noes’
son en realidad una manera adulta de proteger un sí más grande.
Susana tiene que
aprender a decir ‘no’ a algo que parece pequeño: Revisar si Rodrigo está
conectado o en línea.
No porque mirar una conexión sea el pecado del siglo, sino porque en ella ese
gesto alimenta una ansiedad concreta. Cada vez que lo hace, cree buscar
tranquilidad, pero en realidad entrena la sospecha. Su ‘no’ no es
contra Rodrigo, ni contra el móvil, ni contra la comunicación; es un sí a la
confianza, al descanso, a su propia libertad interior.
Rodrigo tiene que
aprender otro ‘no’; ‘No’ a desaparecer cuando algo le incomoda. La tarde en que
Susana le pregunta si pueden hablar de cómo vivir mejor la castidad en su
relación, no lo hace con tono de examen, sino con cierto temblor. Le dice que
no quiere vivir el cuerpo como moneda de afecto ni como prueba de amor, y que
necesita que los dos hablen de esto sin miedo, pero también sin engañarse.
Rodrigo siente
vergüenza. También siente ganas de quitar hierro. La frase “¡uf!, ¡qué
intensa te pones!” se le queda en la boca. No la dice. Dice otra cosa, más
torpe pero más noble: “Me cuesta hablar de esto, pero creo que tenemos que
hacerlo bien”. Ese ‘no’ a la broma fácil es un ‘sí’ al
respeto.
La castidad no
consiste en tener miedo al cuerpo, sino en no separar el cuerpo de la verdad
del amor. Susana y Rodrigo no hablan de límites porque quieran apagar el deseo,
sino porque han comprendido que el deseo, cuando no se educa, puede empezar a
pedir pruebas de amor en vez de aprender a expresar amor. La voluntad no
aparece aquí como enemiga de la ternura, sino como guardiana de una ternura más
verdadera.
El ‘no’
cristiano no debería nacer del miedo ni de una obsesión por prohibir, sino del
amor a un bien más grande. Digo ‘no’ a una conversación que me intoxica porque
quiero decir ‘sí’ a la limpieza del corazón. Digo ‘no’ a usar al otro porque
quiero decir ‘sí’ a su dignidad. Digo ‘no’ a la mentira porque quiero decir ‘sí’
a la confianza. Digo ‘no’ a quedar bien con todo el mundo porque quiero decir ‘sí’
a la verdad de mi vocación. Digo ‘no’ a vivir pegado a una pantalla porque
quiero decir ‘sí’ a la presencia.
Cuando un ‘no’
no protege ningún ‘sí’, puede volverse seco y amargo. Pero cuando un ‘no’
guarda una promesa, una dignidad, una conciencia, una vocación o una comunión,
se convierte en un acto profundamente positivo.
8.-
Esperar sin dormirse
La voluntad
también se educa en la espera, y quizá por eso hoy le cuesta tanto
crecer. Vivimos acostumbrados a la respuesta inmediata, al entretenimiento
inmediato, al alivio inmediato, a la compra inmediata, a la opinión inmediata.
Casi todo parece diseñado para que entre el deseo y la satisfacción haya el
menor espacio posible. Pero lo más importante de la vida no madura así.
Susana necesita
aprender a esperar sin destruirse. Esperar una respuesta sin inventar una
tragedia, esperar una conversación sin preparar una acusación, esperar a que
Rodrigo haga su camino sin convertirse ella en su salvadora. Una noche, después
de escribirle y ver que no contesta, deja el móvil en el salón y se va a su
habitación. No es una escena limpia. A los diez minutos vuelve al pasillo. Se
detiene. Se ríe de sí misma, un poco avergonzada. Vuelve a la habitación. Reza
un Avemaría bastante distraída. Al final no mira.
A la mañana
siguiente Rodrigo responde con normalidad. Susana entiende algo: no todo
silencio es abandono, aunque su herida lo sienta así.
Rodrigo tiene que
aprender otra espera, casi contraria. Él usa a veces la palabra discernir como
refugio cómodo. “Tengo que discernir”, dice, y la frase es buena,
incluso espiritual. Pero si discernir significa no poner medios, no hablar con
nadie, no rezar en serio, no tomar decisiones, no mirar la verdad y dejar que
el otro espere indefinidamente, entonces ya no es discernimiento; es
aplazamiento con vocabulario elegante.
La espera madura
tiene dirección, busca luz, pone medios, acepta acompañamiento, se deja
contrastar, reza, escucha, se mueve. La espera inmadura solo pospone.
También con Dios
ocurre algo parecido. A veces pedimos claridad inmediata, paz inmediata, una
señal inmediata, una solución inmediata. Pero Dios no funciona al ritmo de
nuestra ansiedad. Hay silencios que no son abandono, sino educación. Hay
procesos que no son castigo, sino maduración. Hay demoras que nos enseñan a
desear mejor.
La voluntad crece
cuando aprende a esperar lo que debe esperar y a decidir lo que ya no debe
aplazar.
9.-
Cierre:
La
primera libertad empieza en lo pequeño
Susana no ha
resuelto toda su ansiedad por haber dejado una noche el móvil en la cocina.
Rodrigo no se ha convertido en un hombre plenamente maduro por haber evitado
una broma y haber dicho una frase verdadera. Ninguno de los dos ha llegado al
final del camino. Pero ambos han descubierto algo decisivo: La
libertad no empieza en las grandes promesas, sino en los pequeños actos donde
uno deja de obedecer siempre al primer impulso.
A veces la
voluntad comienza en una alarma que suena y en unos pies que tocan el suelo. A
veces, en un mensaje que se borra antes de hacer daño. A veces, en una llamada
que se cumple, aunque haya cansancio. A veces, en un café sin pantallas. A
veces, en un no dicho a tiempo para proteger un sí más grande. A veces, en una
espera que no controla, en un deseo que no manda, en una conversación que ya no
se aplaza.
Esta primera parte
del camino nos deja una certeza sencilla: La voluntad no es enemiga del amor.
Es una de sus condiciones más humildes. Porque quien no aprende a gobernarse
un poco por dentro termina pidiendo al otro que cargue con todo lo que él no
quiere ordenar. Y quien empieza a educar su libertad descubre, poco a poco,
que amar no consiste solo en sentir algo hermoso, sino en poder elegir el bien
cuando el bien no viene envuelto en ganas.
Pero todavía queda
una pregunta más profunda.
¿Por qué, incluso
sabiendo esto, seguimos cayendo tantas veces en lo mismo? ¿Por qué nos cuesta
tanto sostener el bien que reconocemos? ¿Por qué algunas resistencias
interiores parecen más fuertes que nuestros propósitos? ¿Y qué ocurre cuando la
voluntad, por mucho que lo intente, descubre que necesita una fuerza que no
puede darse a sí misma?
Ahí comienza la
segunda parte del capítulo.
Porque la voluntad
se entrena en lo cotidiano, sí; pero también necesita ser despertada, sanada y
sostenida por la gracia.
Continuará: Capítulo 3ºB —
Cuando Dios despierta la libertad: Voluntad, gracia y amor concreto.

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