Homilía
de Santa Marta 29.07.2026
Lc 10, 38-42
Santa Marta: Abrir la casa,
escuchar la llamada y volver a servir
Marta
abre la puerta al Amigo
Queridas
Hermanitas de los Ancianos Desamparados:
Betania se
encontraba a unos tres kilómetros de Jerusalén, en la vertiente oriental del
monte de los Olivos. Era una distancia breve, pero quizá Jesús sentía que
entre ambos lugares había mucho más que unos pocos kilómetros. Jerusalén
era la ciudad santa, la ciudad del templo y de las grandes celebraciones
religiosas; pero también era el lugar donde crecía la oposición contra él,
donde algunos escuchaban sus palabras no para dejarse transformar, sino para
encontrar motivos con los que acusarlo. Betania, en cambio, era una
casa amiga. No una casa perfecta, porque en ella también habría cansancio,
discusiones, enfermedad, lágrimas y muerte, sino un lugar donde Jesús sabía
que era querido y donde podía sentarse a la mesa sin necesidad de defenderse.
En Jerusalén
discutían acerca de Jesús; en Betania conversaban con él. En Jerusalén muchos
examinaban sus gestos; en Betania había personas que se preocupaban por su
cansancio. Después de recorrer caminos, atender enfermos, escuchar sufrimientos
y enfrentarse a una religiosidad que muchas veces había perdido la
misericordia, el Señor encontraba allí algo profundamente humano: una puerta
que se abría, una mesa preparada y la amistad de quienes lo esperaban.
Y la primera
persona a la que el Evangelio presenta abriendo aquella puerta es Marta. Cuando pensamos
en ella, solemos recordar inmediatamente sus muchas tareas, su nerviosismo y la
corrección que recibió de Jesús. Sin embargo, el relato comienza con un gesto
anterior y decisivo: «Una mujer llamada Marta
lo recibió en su casa» (cfr. Lc 10,38). Si olvidamos estas
palabras, seremos injustos con la santa. Antes de verla dispersa, debemos
contemplarla generosa; antes de escuchar su protesta, hemos de reconocer la
valentía con la que recibe al Maestro. Jesús está dentro de aquella casa
porque Marta le ha hecho sitio.
Marta posee una
forma de amar muy concreta. Advierte que Jesús llega cansado y comprende que
necesita alimento, descanso y un lugar donde conversar. Su cariño encuentra
rápidamente el camino de las manos. No se limita a conmoverse ante las
necesidades; se pone en movimiento, prepara, ordena, organiza y procura que el
huésped se sienta esperado. Hay personas que aman así. Quizá no pronuncian
grandes discursos, pero saben acercar una silla, preparar una habitación,
recordar lo que falta y hacer comprender al que llega que su presencia no es
una molestia. Marta pertenece a esa clase de personas: Su amor tiene
iniciativa, responsabilidad y capacidad para convertir un espacio en hogar.
En Marta
descubrimos también algo conmovedor acerca del misterio de Dios. Estamos
acostumbrados a pensar que somos nosotros quienes necesitamos ser acogidos por
él, y es verdad, ya que necesitamos su perdón, su consuelo y su gracia. Pero el
Evangelio nos revela el movimiento contrario. El Hijo eterno, al hacerse
verdaderamente hombre, aceptó necesitar una casa, un alimento, un tiempo de
descanso y la amistad de unas personas concretas. El que sostiene el
universo se dejó cuidar por Marta. El que alimenta a las multitudes aceptó
sentarse ante la mesa preparada por ella. Cristo no salvó al mundo desde una
distancia fría e inaccesible; se acercó tanto que pudo ser recibido o
rechazado, escuchado o ignorado, amado o abandonado.
La belleza de la
vocación cristiana comienza aquí. Jesús no se acerca únicamente para
encomendarnos trabajos; busca amistad. Antes de decirnos lo que debemos hacer,
llama a nuestra puerta y pregunta si puede entrar. Marta tuvo la gracia de
abrirle. Y quizá el primer secreto de su santidad no consiste en haber
comprendido todo desde el principio, sino en haber dado cabida en su vida a una
Persona que terminaría transformándola.
Esta escena posee
una especial resonancia para vosotras. La vocación de las Hermanitas de los
Ancianos Desamparados consiste también en abrir una casa y hacer de ella un
hogar. No habéis elegido solamente una tarea socialmente valiosa; habéis
sido llamadas por Cristo, y él os ha confiado personas. Cada anciano que llega
lleva consigo mucho más que una maleta, unos documentos o unas necesidades
clínicas. Entra una vida entera; años de trabajo, vínculos, pérdidas,
recuerdos, heridas, alegrías y quizá el dolor de haber dejado atrás la casa
donde creía que viviría hasta el final.
Marta enseña que
recibir a alguien significa algo más que asignarle un lugar físico. Acoger es
hacerle comprender: «Aquí no eres una carga; tu historia importa; hay un
sitio para ti». También muchas de vosotras habéis sido ya esa puerta de
Betania. Lo habéis sido para quien llegó asustado, para quien no comprendía por
qué debía abandonar su hogar, para quien se mostró agradecido desde el primer
día y para quien solo supo expresar su miedo mediante la protesta. Tal vez
algunas personas olvidaron después vuestros nombres, pero Dios no ha olvidado
ninguno de aquellos gestos. Hay cuidados que desaparecen de la memoria de
quienes los recibieron y permanecen, sin embargo, para siempre en la memoria
del Señor.
Marta
se pierde entre las muchas cosas
Marta tiene una
hermana llamada María, y Lucas nos dice que permanecía sentada a los pies de
Jesús escuchando su palabra. La expresión «sentarse a los pies» no
indica únicamente una postura corporal. Era una manera de decir que alguien se
había convertido en discípulo de un maestro. Al admitir a María junto a sí,
Jesús atraviesa una frontera cultural: Acepta que una mujer escuche, aprenda y
ocupe el lugar de la discípula. Allí donde Cristo es verdaderamente recibido,
los prejuicios que menosprecian la dignidad de las personas comienzan a perder
su poder.
Mientras María
escucha, Marta sirve. El evangelista habla de διακονία (diakonía),
una palabra noble que la Iglesia utilizará para expresar el servicio realizado
según el espíritu de Jesús. El problema del relato no consiste, por tanto, en
que Marta trabaje, prepare el alimento o procure atender bien a sus invitados.
Cristo no enfrenta oración y servicio, escucha y acción, contemplación y
cuidado. Lo que comienza a desordenarse no son las manos de Marta, sino su
corazón mientras sus manos trabajan.
El texto dice que
estaba περιεσπᾶτο (periespáto), absorbida y arrastrada en
distintas direcciones por las muchas tareas. Probablemente había comenzado a
preparar todo con alegría: Jesús estaba en casa y ella deseaba ofrecerle lo
mejor. Pero las ocupaciones se multiplicaron, aparecieron detalles que nadie
más parecía advertir y la atención de Marta dejó poco a poco de descansar en la
alegría de tener al Señor bajo su techo. Comenzó a fijarse en lo que faltaba,
en lo que podía salir mal y, especialmente, en lo que María no estaba haciendo.
Entonces cambia su manera de mirar. María ya no aparece ante ella como hermana y discípula; se convierte en quien la ha dejado sola. Incluso Jesús, el Amigo al que había deseado recibir, empieza a parecerle alguien indiferente a su cansancio. La realidad exterior quizá no ha cambiado demasiado, pero el agotamiento ha ido estrechando el campo de su atención. Cuando el corazón queda atrapado en el agravio, en la comparación o en la falta de reconocimiento, terminamos interpretando todo desde ese punto dolorido.
Finalmente, Marta
se acerca y dice: «Señor, ¿no te importa que
mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano»
(cfr. Lc 10,40). No deberíamos escuchar esta frase con una sonrisa de
superioridad. Marta no está hablando únicamente de comida, platos o trabajos
pendientes. En el fondo está preguntando: «Señor, ¿me ves? ¿Te das cuenta de
todo lo que estoy haciendo? ¿No percibes que estoy cansada y que siento que
todo recae sobre mí?».
Quienes se
entregan mucho pueden comprenderla. Se prevén necesidades que otros no
advierten, se resuelven problemas que quizá nadie llegue a conocer y se procura
que todo funcione. Durante mucho tiempo se hace con alegría. Pero cuando el
cansancio no encuentra un lugar donde descansar y el servicio deja de
alimentarse de la fuente que le dio origen, puede aparecer una contabilidad
interior casi imperceptible: «Yo siempre estoy disponible»; «nadie se da
cuenta de lo que hago»; «los demás no se esfuerzan tanto»; «si faltara,
comprenderían lo necesaria que soy».
No siempre existe
mala voluntad en estos pensamientos. Muchas veces revelan que una persona
generosa ha llegado al límite y no ha encontrado otro modo de expresarlo. Hay
cansancios que se manifiestan como irritación, heridas que hablan mediante una
respuesta brusca y necesidades legítimas de afecto o reconocimiento que, al
permanecer demasiado tiempo escondidas, terminan deformando nuestra mirada.
También puede
ocurrir en el servicio de los ancianos. La persona que antes era contemplada
como alguien confiado a nuestro cuidado puede acabar apareciendo únicamente
como «la que llama constantemente», «el que protesta», «la que nunca
agradece» o «el que vuelve a preguntar lo mismo». A Marta le sucedió algo
parecido: María dejó de ser su hermana para convertirse en el problema que
impedía que la jornada saliera según sus planes. El Evangelio no cuenta esto
para condenarla, sino para mostrarnos que incluso el amor verdadero necesita
ser continuamente devuelto a su centro.
Jesús no desprecia
a Marta por encontrarse así. Tampoco se limita a confirmar su enfado. Llega
mucho más hondo.
«Marta,
Marta»:
Cristo
vuelve a pronunciar la vocación
La respuesta del
Señor comienza diciendo dos veces su nombre: «Marta,
Marta».
Antes de hablar de
María, de la organización de la casa o de las tareas pendientes, Jesús
reclama a la persona que corre el peligro de desaparecer detrás de todo lo que
hace. Marta ha pedido que alguien reconozca su esfuerzo, y Cristo responde
haciéndole saber que la ve, no solamente en su trabajo, sino en lo más profundo
de su cansancio y de su vocación.
La repetición del
nombre tiene en la Sagrada Escritura una resonancia especial. Dios no repite un
nombre porque la persona no haya escuchado bien. Lo pronuncia dos veces en
momentos decisivos, cuando desea detener un camino, confiar una misión,
sostener una debilidad o abrir una nueva etapa de la relación.
Junto a la zarza
ardiente, el Señor dice: «¡Moisés, Moisés!» (cfr. Ex 3,4). Aquel hombre
que había huido de Egipto descubre que su historia no ha terminado en el
fracaso ni en el destierro; Dios lo conoce por su nombre y lo envía para
liberar al pueblo. En el santuario de Siló, el joven Samuel escucha: «¡Samuel,
Samuel!» (cfr. 1 Sam 3,10), y comprende que la voz que interrumpía su sueño
era la llamada de Dios que quería confiarle una palabra.
Jesús dice
también: «Simón, Simón» (cfr. Lc 22,31). Conoce la debilidad del
apóstol, sabe que negará haberlo conocido y, sin embargo, no retira la
elección; lo advierte, intercede por él y mantiene viva su misión. En el camino
de Damasco, el Resucitado pregunta: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»
(cfr. Hch 9,4). La doble llamada detiene una vida que avanzaba con enorme
energía en una dirección equivocada y transforma su celo violento en misión
apostólica.
Estos relatos no
tienen todos exactamente el mismo sentido, pero comparten algo esencial: Cuando
Dios repite un nombre, reclama a la persona entera y la coloca nuevamente ante
él. La llama a regresar a la verdad de su camino.
Por eso, «Marta, Marta» puede entenderse como una
auténtica palabra vocacional. No es probablemente una primera llamada, como
la de Moisés o Samuel. Marta ya había abierto la puerta, había acogido al
Maestro y había comenzado a seguirlo. Estamos ante algo especialmente cercano a
la experiencia de la vida consagrada: Una llamada dentro de la llamada.
Cristo vuelve a
pronunciar el nombre de quien ya le ha respondido porque las muchas cosas
amenazan con ocultar la amistad que dio origen al servicio. Es como si dijera:
«Marta, no te pierdas dentro de todo lo que haces por mí. Yo no he venido
únicamente para recibir una comida bien preparada. He venido a encontrarme
contigo. Antes que responsable de la casa, eres mi amiga y mi discípula».
La vocación no
queda encerrada en el primer «sí». Jesús no pronuncia nuestro nombre una
sola vez, al comienzo del camino, para dejarnos después a solas con las
responsabilidades. Vuelve a llamarnos cuando la novedad inicial se ha
convertido en vida cotidiana, cuando llegan el cansancio y la rutina, cuando
cambian los destinos o las tareas, cuando la vida comunitaria pone a prueba la
paciencia, cuando el servicio no recibe agradecimiento o cuando la edad obliga
a dejar responsabilidades que durante años parecieron inseparables de la propia
identidad.
Una Hermanita
puede continuar cumpliendo todo lo que corresponde y, sin embargo, necesitar
escuchar nuevamente de quién es y para quién vive. Porque vosotras no sois
únicamente lo que hacéis. No sois solamente la función que desempeñáis, la
responsabilidad que se os ha confiado o la capacidad de resolver necesidades.
Cristo pronunció vuestro nombre antes de confiaros una tarea, y seguirá
pronunciándolo cuando ya no podáis realizarla como antes.
«Marta, Marta» significa: «Sigues siendo
mía cuando puedes servir mucho y cuando necesitas que otros te sirvan; cuando
sostienes a los demás y cuando llega el momento de dejarte sostener; cuando tu
trabajo es visible y cuando tu fidelidad queda escondida».
Esta llamada no
humilla a Marta. La rescata. Jesús no quiere que deje de ser ella misma. No le pide que
se transforme en María ni que abandone la capacidad de trabajo que la
caracteriza. Quiere devolver su servicio a la amistad de la que había nacido.
Una
presencia que devuelve hogar
Después de llamar
a Marta por su nombre, Jesús le dice la verdad acerca de su agitación: «Andas inquieta y preocupada por muchas cosas».
Pero se la dice sin dureza, sin avergonzarla delante de su hermana y sin
reducirla a su peor momento. Cristo no ignora su cansancio, pero tampoco
permite que el cansancio dicte el sentido de toda la escena. Su manera de
tratarla ya contiene una enseñanza sobre la calidad cristiana de la presencia.
En nuestro
lenguaje contemporáneo se habla de «personas vitamina» para referirse a
quienes, por su manera de estar, fortalecen, serenan y ayudan a sacar a la luz
lo mejor de los demás. La expresión es moderna, pero la experiencia humana que
intenta nombrar es mucho más antigua y aparece, con una profundidad singular,
en la casa de Betania. Marta había querido ofrecer a Jesús un lugar donde
pudiera descansar después de jornadas de cansancio, incomprensión y conflicto. Su
hospitalidad hizo más respirable el camino del Señor: no lo recibió como una
carga ni como una visita inoportuna, sino como al Amigo cuya llegada llenaba de
sentido la casa.
Cuando el
cansancio desordena después el corazón de Marta, es Jesús quien se convierte
para ella en una presencia que no añade más peso. Podría haber
reaccionado con impaciencia, avergonzarla delante de María o reducirla a su
enfado. Sin embargo, pronuncia dos veces su nombre, reconoce lo que está
ocurriendo en su interior y la devuelve a la verdad de su llamada. La
expresión «persona vitamina» puede ayudarnos a percibir esta calidad
humana del encuentro, aunque no agota el misterio de Cristo: Jesús no se
limita a tranquilizar a Marta, sino que la llama, la forma como discípula y
terminará revelándose ante ella como la resurrección y la vida.
Para el carisma de
las Hermanitas, quizá haya una expresión todavía más profunda: Ser una
presencia que devuelve hogar. Una Hermanita hace más respirable la
fragilidad del anciano cuando no aumenta su miedo, no ridiculiza sus
limitaciones y no lo hace sentirse culpable por necesitar ayuda; cuando su
manera de cuidar le comunica que sigue siendo alguien, que su historia continúa
siendo valiosa y que no tendrá que atravesar solo el último tramo de su vida.
También conviene
evitar que «persona vitamina» se convierta en una nueva exigencia
agotadora. Una Hermanita no está obligada a mostrarse siempre alegre, enérgica
o capaz de resolverlo todo. La verdadera presencia buena no consiste en llevar
una sonrisa artificial ni en tener una frase optimista para cada sufrimiento.
Hay momentos en los que la persona anciana no necesita que alguien la anime,
sino que alguien permanezca; que no se impaciente con su lentitud; que respete
su silencio; que soporte una pregunta repetida sin hacerla sentir torpe; que
continúe tratándola con ternura, aunque ya no pueda agradecer ni recordar.
Por eso, quizá la expresión más adecuada
para vuestro carisma sea esta: Una presencia que devuelve hogar.
Una Hermanita
ofrece algo verdaderamente «vitamínico» —si queremos utilizar esta
palabra— cuando su manera de estar hace más respirable la fragilidad de la
persona anciana. Cuando no aumenta su miedo, no ridiculiza sus limitaciones y
no la hace sentir culpable por necesitar ayuda. Cuando comunica mediante gestos
sencillos: «Puede descansar; aquí sigue siendo alguien; no está solo».
Pero nadie puede
ofrecer durante mucho tiempo una presencia semejante si no permite primero que
Cristo sea esa presencia para ella. Solo quien escucha nuevamente su nombre
puede llamar al otro por el suyo sin convertirlo en un número. Solo quien deja
que el Señor reciba su cansancio puede evitar descargarlo continuamente sobre
quienes tiene cerca. Solo quien se sabe acogida puede construir un hogar para
los demás.
Betania nos
muestra, por tanto, una hermosa reciprocidad. Marta ofrece descanso a Jesús;
Jesús devuelve a Marta el hogar interior que estaba perdiendo. Y, renovada por
la Palabra, ella podrá volver al servicio sin que las muchas cosas ocupen el
lugar del Amigo.
Marta
lleva a Jesús su dolor
Lucas deja abierta
la escena. No sabemos qué respondió Marta ni cómo maduraron en ella las
palabras del Señor. El Evangelio respeta su proceso. Para conocer mejor su
figura necesitamos acudir también a Juan, que vuelve a presentarla cuando la
enfermedad y la muerte han entrado en Betania. Lázaro ha muerto. Cuando Marta
sabe que Jesús se aproxima, sale a su encuentro y le dice: «Señor, si
hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (cfr. Jn 11,21). La
frase contiene fe, porque está convencida de que Jesús podía haberlo salvado,
pero contiene también dolor, desconcierto y una cierta protesta. Marta no
entiende por qué el Amigo que amaba a su familia no llegó antes.
Existe una
profunda continuidad entre esta escena y la narrada por Lucas. En la casa había
preguntado: «Señor, ¿no te importa?». Ante la tumba parece preguntar de
nuevo: «Señor, ¿dónde estabas? ¿Por qué has permitido que llegáramos hasta
aquí?».
Marta no posee una
fe decorativa, formada por palabras correctas que ocultan lo que sucede
realmente en el corazón. Se atreve a hablar con Jesús desde su herida. Y, sin embargo,
no rompe la relación. Sale a buscarlo. Esta es una de las manifestaciones
más hermosas de su seguimiento: Cuando no comprende al Señor, no huye de él;
lleva hasta él aquello que no comprende.
La confianza de
Marta no consiste en no tener preguntas. Consiste en saber a quién llevarlas.
También vosotras
conocéis esta experiencia. En el acompañamiento de la ancianidad aparecen
situaciones que no pueden solucionarse: enfermedades que avanzan, memorias que
se debilitan, heridas familiares que quizá nunca terminen de cerrarse y
despedidas para las que nadie se encuentra plenamente preparado. Puede brotar
la misma pregunta de Marta: «Señor, si hubieras estado aquí… Si hubieras
intervenido antes… Si esta persona no hubiera tenido que sufrir de este modo…».
El Evangelio no
obliga a silenciar esas preguntas. Marta muestra que se pueden llevar hasta
Jesús. La amistad verdadera con Cristo incluye la libertad de decirle que
estamos cansados, que algo nos desconcierta o que no comprendemos su aparente
demora. Dios no necesita que finjamos serenidad para amarnos.
Jesús no responde
a Marta ofreciéndole una explicación teórica acerca del sufrimiento o de la
muerte. La conduce a una revelación sobre su propia persona: «Yo soy la
resurrección y la vida» (cfr. Jn 11,25). Cuando ella busca una
respuesta, Cristo se entrega a sí mismo. La esperanza cristiana no descansa
finalmente en comprender todo lo que sucede, sino en conocer a Aquel que
permanece con nosotros dentro de lo que no comprendemos.
Entonces, la mujer
tantas veces recordada solamente por sus muchas ocupaciones pronuncia una de
las confesiones de fe más altas de todo el Evangelio de Juan: «Sí, Señor,
yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo»
(cfr. Jn 11,27).
Santa Marta no es
únicamente una mujer práctica, una buena organizadora o una servidora generosa.
Es discípula, interlocutora de Jesús y confesora de su identidad. Su fe ha
crecido en medio de la amistad, la corrección y el duelo. Y pronuncia esas
palabras cuando Lázaro todavía se encuentra dentro del sepulcro. Cree antes de
ver abierto el camino.
Marta es
especialmente cercana a quienes acompañan a otros en el último tramo de la vida. Conoció la
enfermedad de una persona amada, la aparente demora del Señor, las lágrimas y
la muerte. Por eso puede acompañar a cada Hermanita que permanece junto a un
anciano cuya vida se apaga. En esos momentos no estáis solamente ante una
necesidad asistencial. Estáis ante el misterio de una persona que se aproxima
al encuentro definitivo con Dios.
Quizá ya no haya
mucho que hacer en el sentido habitual de la palabra. Pero queda algo inmenso;
permanecer, sostener una mano, rezar, respetar los silencios, permitir que la
persona no atraviese sola sus últimas horas. La presencia que devuelve hogar
alcanza aquí una profundidad especial. No promete que todo va a continuar como
antes; testimonia que ni la enfermedad ni la muerte podrán expulsarnos de la
casa del Padre.
La verdadera «persona vitamina» no anestesia el sufrimiento ni promete soluciones que no puede ofrecer. Permanece junto a quien sufre. Y la esperanza cristiana lleva esta presencia hasta una afirmación que ninguna técnica psicológica puede producir por sí sola: «Cristo es la resurrección y la vida».
«Marta
servía»: la fe convertida en cuidado
El Evangelio de
Juan nos conduce más adelante a otra cena en Betania. Después de la enfermedad
de Lázaro, del duelo, de aquella conversación y de la confesión de fe de Marta,
el evangelista escribe con una sobriedad admirable: «Marta servía» (cfr.
Jn 12,2).
No conocemos con
detalle el proceso interior de la santa ni debemos afirmar que Juan esté
describiendo expresamente la consecuencia psicológica de la corrección narrada
por Lucas. Los Evangelios no nos ofrecen una biografía lineal. Pero,
contemplada a la luz del conjunto de su camino, aquella frase posee una fuerza
extraordinaria.
Marta sigue
sirviendo.
Cristo no ha
apagado su iniciativa, ni ha desacreditado sus manos trabajadoras, ni la ha
convertido en otra persona. Marta continúa siendo quien prepara, atiende y hace
posible la mesa compartida. La Palabra no ha destruido su modo de amar; lo
ha introducido dentro de una historia más profunda de amistad, llamada, dolor y
fe.
La santidad de
Marta no consiste en haberse convertido en María. Cristo no uniforma a sus
discípulos. Pedro seguirá siendo apasionado, Tomás continuará buscando
comprender y Pablo pondrá su energía inmensa al servicio del Evangelio. También
Marta seguirá sirviendo. El Señor quiere que llegue a ser plenamente ella
misma, pero con un corazón unificado por la relación con él.
«Marta servía». Quizá no hagan falta muchas
explicaciones. Después de abrir la puerta, de perder momentáneamente el centro,
de escuchar dos veces su nombre, de llevar a Jesús su dolor y de confesarlo
como Hijo de Dios, vuelve a encontrarse en el lugar cotidiano donde su amor
adquiere forma.
Escuchar primero
transforma el trabajo en servicio, y el servicio en amor.
También muchas
vidas de Hermanitas podrían resumirse con la misma sobriedad: «Servía».
Dentro de ese verbo caben años enteros de existencia: puertas abiertas, mesas
preparadas, medicamentos administrados, cuerpos frágiles tratados con dignidad,
historias escuchadas, noches de vela, oraciones pronunciadas al oído de quien
apenas podía responder y despedidas acompañadas en la esperanza.
Quizá una crónica
no recogerá cada uno de esos gestos. El anciano que los recibió pudo olvidar el
rostro o el nombre de quien estuvo junto a él. Pero Dios conoce todo lo que
cabe dentro de ese sencillo verbo.
Muchas veces
habéis sido ya Marta en Betania. Habéis sido la mujer que abrió la puerta,
la que advirtió una necesidad y la atendió, la que preparó una casa para que
Cristo pudiera descansar bajo el rostro de una persona anciana. La fiesta
de santa Marta no viene solamente a preguntaros si vuestro servicio conserva su
centro. Viene también a revelar la belleza de lo que el Señor ha recibido
durante años a través de vuestras manos.
Y llegará quizá un
momento en que las manos ya no puedan hacer lo mismo. La edad o la enfermedad
podrán reducir la actividad y será necesario dejar responsabilidades. Entonces
la frase «Marta servía» no
deberá entenderse únicamente en pasado, como si la vocación hubiera concluido. La
consagración no pierde su valor cuando disminuye la capacidad de trabajar. Se
puede seguir perteneciendo a Cristo, sosteniendo a la comunidad mediante la
oración, ofreciendo la fragilidad y aprendiendo a recibir el cuidado de otras
hermanas.
Esta verdad está
en el corazón de vuestra misión: La dignidad de una persona no disminuye cuando
disminuyen sus fuerzas, su memoria o su autonomía. Y lo que proclamáis acerca
de los ancianos debéis poder recibirlo también para vosotras mismas. Cristo no
os ama por la cantidad de tareas que podéis realizar. Pronuncia vuestro nombre
y os llama suyas.
Las
Hermanitas: Betanias donde Cristo descansa
Las casas de las
Hermanitas están llamadas a ser Betanias de nuestro tiempo. No porque en
ellas no existan problemas, sino porque Cristo puede entrar en todo lo que
sucede. Llegará bajo rostros muy diferentes. Algunas veces será fácil
reconocerlo: Vendrá en una persona agradecida, serena y afectuosa. Otras veces
se presentará confundido, impaciente, herido o incapaz de valorar el cuidado
recibido. Habrá jornadas en las que su presencia sea consoladora y otras en las
que será necesario creer que está escondido bajo una fragilidad que pone a
prueba la paciencia.
Marta enseña a
abrir la puerta. Jesús enseña a reconocer al huésped. Y quienes
parecían llegar únicamente para recibir terminan ofreciendo también dones
inesperados. Los ancianos recuerdan que la vida no permanecerá siempre bajo
nuestro control; enseñan que un día necesitaremos ser ayudados y que aprender a
recibir es una forma profunda de humildad. Algunos transmiten gratitud,
sabiduría y ternura. Otros, mediante sus dificultades, sacan a la luz rincones
de nuestro corazón que necesitaban ser conocidos y entregados al Señor.
Betania no fue una
casa en la que Marta daba continuamente y Jesús se limitaba a recibir. Él
aceptó su hospitalidad, pero al mismo tiempo transformó a quien lo acogía. Esta
reciprocidad pertenece al misterio de toda vocación: abrimos la puerta a Cristo
en el hermano y descubrimos que él ya estaba esperándonos para entrar más
profundamente en nuestra propia vida.
Al celebrar a
santa Marta damos gracias por la mujer concreta que aparece en los Evangelios;
por su decisión para abrir una casa; por su amor convertido en trabajo; por su
cansancio expresado con poca diplomacia, pero con sinceridad; por haber
permitido que Jesús volviera a pronunciar su nombre; por salir a buscarlo
cuando el dolor entró en Betania; por confesarlo como Cristo e Hijo de Dios; y
porque, después de todo, continuó sirviendo.
Su vida no es
hermosa porque nunca se equivocara ni porque alcanzara una serenidad
inaccesible. Es hermosa porque dejó que Cristo entrara en su casa y también
en su agitación, en sus preguntas y en su duelo. Jesús la corrigió sin
humillarla, recibió su protesta, fortaleció su fe y no destruyó aquello que
había de más verdadero en ella.
Quizá hoy vuelve a
pronunciar también nuestros nombres: «Marta,
Marta». No viene a añadir una nueva carga. Viene a renovar la
llamada. Nos recuerda que somos amados antes de ser útiles; que la amistad con
él precede a las tareas y permanece cuando las tareas cambian; que podemos
llevarle el cansancio y las preguntas; que la escucha no nos aparta del
servicio, sino que nos devuelve a él con una libertad nueva.
Santa Marta, mujer
de Betania, enséñanos a abrir la puerta al Señor y a reconocerlo cuando llega
con el rostro frágil de quien necesita cuidado. Ayúdanos a escuchar nuevamente
nuestro nombre cuando las muchas cosas dispersen el corazón; a llevar hasta Cristo
nuestras preguntas y nuestros duelos; a creer, aun antes de ver el desenlace,
que él es la resurrección y la vida; y a volver después, como tú, al servicio
cotidiano, con las manos ocupadas y el corazón descansando en el Amigo.
Escucha aquí el episodio completo:
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