Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario,
Ciclo
A - Mt
13, 44-46
«El reino de los
cielos se parece a un tesoro escondido en el campo»
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La verdadera sabiduría
no consiste en saber mucho,
sino en saber vivir.
Entre los pueblos
del antiguo Oriente Próximo, nada era tan estimado como la sabiduría. Un hombre
podía ser rico, ocupar un trono, ejercer un gran poder e incluso ser temido;
pero, si no era sabio, difícilmente llegaba a ser verdaderamente respetado.
Y por sabiduría no
se entendía la simple erudición, la acumulación de conocimientos o la capacidad
de hablar de muchas cosas. Sabio era quien había aprendido a tomar buenas
decisiones, quien sabía distinguir entre lo justo y lo injusto, entre el bien y
el mal. No era una cuestión secundaria, porque en esas elecciones se juega
la vida.
Hay riquezas que brillan;
la sabiduría, en cambio, orienta el camino.
En el Antiguo
Testamento encontramos numerosos elogios de la sabiduría. El libro de Job
afirma que vale más que las piedras preciosas, el berilo o el zafiro, y que
supera incluso al oro de Ofir (cfr. Job 28, 16-19).
También era
célebre la tierra de Temán, situada en Edom y reconocida por la tradición
bíblica como lugar de hombres sabios y prudentes (cfr. Jer 49, 7; Abd 8-9). De
allí procedía Elifaz, uno de los tres amigos de Job (cfr. Job 2, 11) que
acudieron para consolar a Job y que después dialogaron largamente con él sobre
el gran enigma del sufrimiento.
Los ancianos eran
considerados los grandes depositarios de la sabiduría, porque la habían ido
adquiriendo con los años y con la experiencia. Qohelet - el sabio que habla
en el libro del Eclesiastés-, que había abierto en Jerusalén una escuela para
enseñar a los jóvenes el arte de vivir, podía decirles: «Mi corazón ha visto
muchas cosas». Es decir: he acumulado experiencia y por eso podéis confiar
en lo que intento enseñaros (cfr. Qo 1, 16).
El libro del
Sirácida señala cuánto conviene a los ancianos saber aconsejar, porque son
ellos quienes contribuyen a formar a las nuevas generaciones (cfr. Si 25, 4-6).
Y recomienda también no despreciar sus enseñanzas: Ellos aprendieron de sus
padres y, escuchándolos, nosotros podemos adquirir discernimiento para
reconocer lo justo y distinguirlo de lo equivocado (cfr. Si 8, 9).
No todo lo que se presenta como sabiduría
conduce a una vida buena.
Llegados a este
punto, podemos preguntarnos: ¿Basta la sabiduría recibida de la tradición y de
la experiencia de los mayores para estar seguros de no equivocarnos?
También hoy
circulan muchas ideas que los seres humanos consideran sabias. Se nos ofrecen
innumerables maneras de entender la vida, de buscar la felicidad y de orientar
nuestras decisiones. Pero ¿podemos fiarnos de todas ellas? Entre tantas
propuestas, ¿cómo reconocer la que verdaderamente conduce al bien?
Hoy Jesús quiere
mostrarnos el valor de su sabiduría. También él nos propone una manera de mirar
la vida y de tomar nuestras decisiones. Y para ayudarnos a descubrir el
valor incalculable de esa sabiduría, nos presenta dos parábolas.
El tesoro escondido:
La alegría de descubrir el Evangelio
«En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en
el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va
a vender todo lo que tiene y compra el campo».
En tiempos de
Jesús circulaban muchas historias sobre tesoros escondidos que algunas personas
afortunadas habían encontrado. Aquellos relatos no nacían únicamente de la
imaginación; sino que se apoyaban en descubrimientos reales.
La tierra de
Israel había conocido guerras, invasiones y el paso de numerosos pueblos.
Cuando llegaba el peligro, muchas personas no tenían otra posibilidad que
abandonar sus casas para salvar la vida. Antes de huir, escondían cuanto no
podían llevar consigo. Algunos enterraban en sus propios campos verdaderos
tesoros, con la esperanza de recuperarlos cuando hubiera pasado la amenaza.
Los arqueólogos
encontraron en Meguido, una importante ciudad mencionada varias veces en la
Biblia, un edificio conocido actualmente como el «palacio de los marfiles».
Bajo su pavimento apareció un auténtico tesoro compuesto por piezas de marfil
procedentes de Egipto, Siria y Anatolia. Quienes saquearon el lugar no lo
descubrieron, porque había sido cuidadosamente ocultado; muchos siglos después
lo encontraron los arqueólogos. Probablemente, el príncipe que habitaba aquel
palacio tuvo que huir y, antes de marcharse, escondió allí sus riquezas.
También Flavio
Josefo cuenta que, antes de la guerra que culminó con la destrucción de
Jerusalén, cuando algunos comprendieron que la situación comenzaba a volverse
peligrosa, huyeron después de ocultar sus bienes. Sin embargo, sus verdaderos
propietarios no siempre regresaban. Los campos podían permanecer abandonados
durante muchos años y terminar en manos de personas que ignoraban por completo
lo que había sido enterrado en ellos.
Un día, quizá el
jornalero del nuevo propietario o alguien que atravesaba el terreno percibía un
destello extraño. Si era una persona observadora e inteligente, podía intuir: «Aquí
hay un tesoro».
El Evangelio es un tesoro,
pero no se impone a la mirada.
Jesús conocía
seguramente muchas historias semejantes y las utiliza para hablar del tesoro
que él ofrece; la propuesta de una humanidad nueva, lograda y bienaventurada.
Ese tesoro es su Evangelio.
El primer detalle
de la parábola es significativo: El tesoro no llama inmediatamente la
atención, porque está escondido. Hay otras realidades mucho más vistosas,
capaces de atraer enseguida nuestras miradas y nuestros deseos; tales como las
diversiones, las fiestas, las riquezas, el éxito, las vacaciones o los grandes
palacios. Todo eso se deja ver con facilidad. El Evangelio, en cambio,
permanece como un tesoro oculto.
Jesús nos invita a
prestar atención ya que muchas de las cosas que atraen poderosamente nuestra
mirada no son capaces de ofrecernos la plenitud de la alegría. Siempre
terminará faltando algo, porque el ser humano está hecho para un tesoro
mayor. Solo cuando lo descubre puede comenzar a gustar una alegría plena.
El tesoro está
escondido, pero deja señales de su presencia en el campo, y el campo es el
mundo. La cuestión es aprender a reconocer esas señales.
¿Quién no ha
escuchado alguna vez una frase del Evangelio o una palabra del Señor que le ha
sorprendido, le ha obligado a detenerse y le ha hecho pensar? A veces basta una
de esas palabras para intuir que estamos ante una sabiduría distinta, fuera de
lo común, muy alejada de la manera habitual de razonar. Entonces puede surgir
dentro de nosotros una certeza: «Aquí hay un tesoro capaz de dar un sentido
completamente nuevo a mi vida».
Pero, si vivimos
deslumbrados por todo lo aparatoso de este mundo, aturdidos por el ruido y por
cuanto se nos propone continuamente a través de los medios, quizá no lleguemos
siquiera a advertir el tesoro del Evangelio. Y podríamos pasar junto a él sin reconocerlo.
A veces encontramos el tesoro
cuando buscábamos otra cosa.
El segundo detalle
de la parábola es que el hallazgo sucede de manera inesperada. Aquel hombre
no estaba buscando el tesoro; se encontró con él por una fortuna extraordinaria.
Algo parecido
puede ocurrir con el Evangelio. Muchas personas se han encontrado con Cristo
casi por casualidad, cuando sus intereses estaban en otra parte y su vida
discurría lejos de la fe.
Tal vez alguien estuviera preocupado
únicamente por su carrera profesional y un día escuchó a un compañero de
trabajo razonar de un modo diferente. Sorprendido, se preguntó: «¿De dónde
procede esta sabiduría?». Aquella manera de vivir despertó su curiosidad y
quiso comprender mejor esa sabiduría, que era la del Evangelio.
Otro quizá
encontró una página evangélica mientras buscaba algo completamente distinto en Internet.
Se detuvo, reflexionó y comprendió: «Este es un tesoro cuya existencia ni
siquiera conocía».
Alguien pudo
entrar en una iglesia solamente para acompañar a un amigo que estaba de luto.
Allí escuchó una homilía que lo desconcertó y descubrió una propuesta de vida
que jamás había imaginado. Entonces comenzó a excavar, deseoso de encontrar
aquel tesoro.
No basta con admirar una frase:
El tesoro es todo el Evangelio.
La tercera
característica es la inteligencia de quien descubre las primeras señales.
Esa persona comprende que lo que aparece en la superficie es solo una mínima
parte y desea poseer el tesoro entero.
No se conforma con
una página del Evangelio ni con una hermosa frase de Jesús. Podría decir: «No
quiero únicamente una palabra que me emocione durante unos minutos. Quiero todo
el Evangelio». Esto es lo que representa la compra del campo.
El centro de la parábola no es la renuncia,
sino la alegría.
El cuarto detalle
es el más importante: Aquel hombre, lleno de alegría, vende todo cuanto posee y
compra el campo. La alegría del descubrimiento es el corazón de la parábola. Lo
que lo mueve es haber comprendido que tiene ante sí la oportunidad de su vida.
Con frecuencia, al comentar esta parábola
y la siguiente, se ha insistido sobre todo en las renuncias necesarias: para
elegir el reino de Dios es preciso sacrificarse, dejar cosas y pagar un precio.
Todo eso puede ser cierto, pero corremos el riesgo de olvidar lo principal:
aquel hombre vende sus bienes movido por la alegría.
Muchas personas se
mantienen alejadas del Evangelio y de la comunidad cristiana porque temen que
la fe vaya a privarlas de la alegría. Y quizá esa sospecha tenga bastante que
ver con nuestra manera de predicar.
El Evangelio debe
presentarse como una propuesta de vida capaz de conducirnos a la plenitud. No
podemos convertir el cristianismo en la religión de la tristeza, del sacrificio
y de la mortificación entendidos como un precio que se paga ahora para recibir
felicidad únicamente al final. En otros tiempos se insistió tanto en la
renuncia que llegaron a proponerse privaciones sin verdadera finalidad, como si
renunciar fuera valioso por sí mismo.
En esta parábola,
sin embargo, se habla de ganancia, de fortuna y de felicidad. El verdadero
discípulo que ha descubierto el tesoro no pasa el tiempo lamentándose por lo
que ha dejado; habla con alegría de lo que ha encontrado.
Ahora bien, surge
una pregunta inevitable: ¿Cuánto cuesta el campo?
Cuesta mucho;
cuesta todo cuanto tenemos. Al final no queda nada fuera del tesoro del
Evangelio.
Quien desea ese
campo, que representa el reino de Dios, pone en juego la propia vida y
transforma por completo su escala de valores. Tal vez antes situaba en la cima
su cuenta bancaria, de manera que todas sus decisiones quedaban sometidas al
interés económico. Escogía a sus amigos según la utilidad que pudieran tener
para sus negocios; incluso aceptaba a Dios y a los santos mientras favorecieran
sus proyectos. En el último puesto quedaba quizá alguna limosna destinada a los
pobres.
Al descubrir el
tesoro, esa escala se invierte. En lo más alto aparece el amor: la entrega de
cuanto somos y tenemos para hacer feliz al hermano y comunicarle vida. Ese es
el precio: todo.
De lo contrario, podemos limitarnos a ir
tirando hasta que llegue el momento de dejarlo todo. Porque, al atravesar la
última aduana, todos los bienes que no hemos entregado para adquirir el campo
nos serán retirados.
Nuestro temor es
perder, equivocarnos y terminar lamentando no haber disfrutado suficientemente
de nuestros bienes. Pero también podríamos arrepentirnos de no haber tenido el
valor de arriesgarlos para recibir el reino de Dios y poseer aquel tesoro.
La dificultad es
que la promesa de Jesús no puede someterse previamente a una demostración. No
disponemos de pruebas visibles que garanticen de antemano la dicha que
encontraremos al adquirir el campo. Hemos intuido que allí se esconde un tesoro
verdadero, que nadie podrá arrebatarnos y que permanecerá para siempre; pero no
poseemos una evidencia material.
Las cosas
concretas que este mundo presenta como tesoros parecen más seguras, porque
podemos verlas y tocarlas. Sin embargo, no son capaces de colmar nuestra vida
de alegría.
El último detalle
de la parábola es la prisa. Quien desea cerrar un buen negocio no puede perder
el tiempo. Si permanece indeciso, si vacila constantemente o aplaza la decisión
durante años, está perdiendo un tiempo precioso en el que ya podría disfrutar
del tesoro.
Podemos admitir
alguna vacilación. Seguramente también la experimentó aquel campesino, porque
no tenía una prueba definitiva de que bajo la tierra se encontrara realmente un
tesoro tan grande. No pudo comprobarlo todo antes de decidirse: percibió las
señales y se lo jugó todo.
Es comprensible
que aparezcan dudas, pero llega un momento en que debemos tomar una decisión.
De otro modo, seguimos aplazando la posibilidad de disfrutar desde ahora del
tesoro entero, que es el Evangelio.
La perla de gran valor:
La belleza que nunca deja de buscar
«El reino de los cielos se parece también a un comerciante
de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que
tiene y la compra».
¿Por qué presenta
Jesús en esta parábola a un mercader que busca perlas? ¿Qué significado tenía
la perla?
En la cultura
oriental del tiempo de Jesús, pocas cosas eran consideradas tan preciosas como
las perlas. Eran símbolo de belleza.
En hebreo, «perla» se dice פְּנִינָה (peniná), término que también se emplea como nombre femenino. En griego se dice μαργαρίτης (margarítes), palabra de la que, a través del latín margarita, procede el nombre Margarita. La perla evocaba, por tanto, algo precioso y extraordinariamente bello
Quien busca la perla
ya ha aprendido a reconocer la belleza.
En esta segunda
parábola no encontramos a alguien que descubre un tesoro por casualidad. El
protagonista es un experto en perlas, un conocedor de la belleza que lleva
tiempo buscándola. No se encuentra con ella inesperadamente: la desea y sale a
buscarla.
Esto significa que
ya ha descubierto muchas cosas bellas, aunque ninguna haya logrado satisfacerlo
por completo. Continúa buscando porque intuye que todavía existe una belleza
mayor.
En la parábola,
este mercader representa a quien busca una sabiduría capaz de hacer
verdaderamente bella a la persona.
¿Cuándo decimos de
alguien: «¡Qué hermosa persona!»? No nos referimos únicamente a su
aspecto exterior. Lo decimos por los valores que encarna; por su generosidad,
su sabiduría, su rectitud, su disposición para servir y su atención a los
demás.
Nos atraen las
personas interiormente bellas. Y, para llegar a ser así, necesitamos dejarnos
guiar por una sabiduría que transforme nuestra manera de vivir.
Existen muchas perlas de sabiduría,
pero la búsqueda continúa.
Los primeros
lectores del Evangelio de Mateo conocían muchas tradiciones consideradas
auténticas perlas de sabiduría.
Podemos pensar,
por ejemplo, en la sabiduría egipcia. Alejandría de Egipto se había convertido
en uno de los grandes centros culturales del mundo antiguo. Su célebre
biblioteca reunía obras en las que se concentraba buena parte del saber humano
de aquella época.
Entre los textos
sapienciales egipcios se encontraba la Instrucción de Ptahhotep,
atribuida tradicionalmente a un visir del Imperio Antiguo. En ella, un anciano
transmite sus enseñanzas a la siguiente generación y la exhorta a vivir con
sinceridad, honestidad y sabiduría. Es una de esas perlas capaces de embellecer
la vida de quien las acoge.
Había también
otros textos muy conocidos, como la Instrucción para Merikaré, dirigida
a un joven príncipe, en la que se le enseñaba cómo debía comportarse y cómo
gobernar sabiamente: cuándo convenía hablar y cuándo era mejor callar. También
encontramos el Diálogo de un desesperado con su alma o el Canto del
arpista. Todo ello formaba parte del rico patrimonio de la sabiduría
egipcia.
Pero el buscador
de la parábola todavía no está satisfecho. Quizá se haya acercado también a la
sabiduría de los filósofos griegos o a la tradición mesopotámica.
Allí encontramos,
por ejemplo, las Instrucciones de Shuruppak, una antigua colección de
consejos y proverbios destinados a educar al ser humano para que viva con
rectitud y llegue a ser interiormente bello.
La Torá enseñaba a Israel
el camino de una vida hermosa.
El pueblo de
Israel estaba convencido de poseer la perla más preciosa: תּוֹרָה (Torá). Quien
se dejaba guiar por ella podía convertirse en una persona bella.
La Torá enseña: No
matarás, no robarás, no cometerás adulterio, no darás falso testimonio y
reconocerás al único Dios. Quien permite que esta sabiduría oriente su
existencia va adquiriendo una belleza interior hecha de justicia, fidelidad y
verdad (cfr. Ex 20, 2-17).
¿Qué nos comunica
entonces Mateo por medio de esta parábola?
Jesús parece
decirnos: «Todas esas bellezas son verdaderas, pero ninguna de ellas podrá
satisfacer plenamente la búsqueda del corazón».
Hay personas que
no se preocupan por llegar a ser interiormente bellas. Hacen sencillamente lo
que desean y no parecen inquietarse demasiado por la fealdad que sus decisiones
puedan producir en ellas. Pero en lo más profundo de nuestra naturaleza permanece
el deseo de buscar la belleza.
También hoy los
seres humanos buscamos muchas perlas. Algunos se acercan al budismo, al
confucianismo o al islam. En estas tradiciones pueden brillar elementos de
auténtica belleza; negarlo sería injusto. Sin embargo, la parábola afirma que
la búsqueda no alcanza todavía su plenitud si se detiene allí.
La perla definitiva
es la sabiduría del Evangelio.
¿Qué quiere
decirnos Jesús con la parábola del mercader?
Llegaremos a ser
plenamente bellos cuando encarnemos la sabiduría del Evangelio. No basta con
admirarla desde lejos ni con conservarla como una idea interesante: se trata de
permitir que transforme nuestra manera de pensar, amar y vivir.
Como en la
parábola anterior, vuelve a aparecer la urgencia de tomar una decisión. Cuanto
antes acogemos esta sabiduría, antes comenzamos a vivir la belleza para la que
hemos sido creados y antes encontramos la satisfacción profunda que llevamos
dentro.
No es posible ir
más allá de la belleza de una persona que encarna de verdad el Evangelio.
Cuando alguien llega a amar y a entregar su vida incluso por quien le hace
daño, ha alcanzado la cima de la belleza humana. Más allá de ese amor no se
puede llegar.
La red:
Lo bello y lo corrompido que hay en nosotros
«El reino de los cielos se parece también a la red que
echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a
la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo
mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los
malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el
rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?». Ellos le responden: «Sí».
En la tercera
parábola, Jesús nos sitúa ante una escena que seguramente contempló muchas
veces a orillas del lago de Tiberíades. Los pescadores arrastraban las redes
hasta la orilla y, al abrirlas, encontraban de todo: peces, ramas, hojas,
trapos… Probablemente Jesús los oyó incluso protestar, porque limpiar aquellas
redes no debía de ser una tarea precisamente agradable.
¿Qué quiere
decirnos con esta imagen?
Cuando Jesús llamó
a sus apóstoles, los envió a «pescar hombres» (cfr. Mt 4, 19). Su misión
consistía en sacar a las personas de unas aguas contaminadas —las de una vida
guiada por las fuerzas del mal— y conducirlas hacia el agua limpia del
Espíritu, el agua de la vida.
Pero surge una
sorpresa: Dentro de la red hay de todo.
La red recoge lo bello y
también lo corrompido.
El texto griego
dice que en ella aparecen cosas buenas, τὰ καλά (ta kalá), y cosas
corrompidas, τὰ σαπρά (ta saprá). En la red conviven, por tanto, lo
bello y lo podrido, aquello que pertenece a la vida y aquello que lleva dentro
el sabor de la muerte (cfr. Mt 13, 47-50).
Como esa red ha
sido lanzada por los discípulos y los apóstoles, comprendemos que representa a
la comunidad cristiana. Y enseguida podemos sentir la tentación de interpretar
la parábola de este modo: «Es verdad, dentro de la Iglesia hay personas
buenas y personas malas». Naturalmente, las buenas seríamos nosotros; las
malas, en cambio, serían esas otras personas a las que incluso podríamos
señalar con bastante facilidad.
Pero ese no es el
sentido de la parábola.
Lo que Jesús nos
invita a reconocer es que en cada persona, incluso después de haber sido sacada
de las aguas de una vida pagana, permanece una parte muerta y corrompida. Es la
parte de nuestra existencia que construimos cuando nos dejamos llevar por las
semillas de cizaña presentes en nuestro interior.
Pero en cada uno
de nosotros hay también una parte hermosa: La vida que se va formando cuando
escuchamos los impulsos del Espíritu y acogemos la voz del Hijo de Dios que
habita en nosotros.
En todos nosotros están presentes ambas
realidades: lo bello y lo corrompido.
Pertenecer a la comunidad
no significa haber terminado el camino.
El evangelista
Mateo escribe su Evangelio hacia los años ochenta. Han transcurrido
aproximadamente cincuenta años desde la Pascua y, como pastor, se preocupa
profundamente por la vida de sus comunidades.
¿Qué está
observando? El entusiasmo inicial que había animado a aquellas comunidades
comienza a debilitarse. Muchos se sienten tranquilos porque pertenecen a la
comunidad cristiana, han dado su adhesión a Cristo y han recibido el bautismo.
Sin embargo, empiezan a tomarse a la ligera sus compromisos bautismales y se
acomodan poco a poco a la manera de vivir, a los criterios y a los valores del
ambiente pagano.
En ellos comienza
a hacerse más visible la cizaña que el buen trigo.
Mateo siente
entonces la necesidad de sacudir a sus comunidades. Y la situación que
contempla no resulta tan diferente de la que pueden vivir nuestras comunidades
actuales.
¿Cómo intenta
despertarlas? Recurre al lenguaje que tenía a su disposición: las imágenes
apocalípticas.
Habla de ángeles,
de un horno encendido, de llanto y rechinar de dientes. Son imágenes que no
pertenecen a nuestra cultura ni a nuestra manera ordinaria de expresarnos. Por
eso necesitamos interpretarlas y descubrir qué llamada quieren dirigirnos.
Estas imágenes nos
advierten de que es posible construir una vida fracasada, una existencia que
termine en llanto y rechinar de dientes, aun cuando formemos parte de la
comunidad cristiana.
Mateo parece
decirnos: «Prestad atención. Habéis sido sacados de las aguas contaminadas y
habéis tenido la fortuna de entrar en la red del reino de los cielos. Pero
vuestra vida todavía puede corromperse y acabar en el fracaso».
La separación no divide a las personas:
Atraviesa nuestro interior.
La parábola habla
también de los ángeles que separan lo corrompido de lo bello. ¿Quiénes son esos
ángeles?
Son los mediadores
de la salvación, quienes acercan a sus hermanos la Palabra y la ternura de
Dios. Son las personas que se preocupan por los demás y tratan de ayudarlos a
tomar conciencia de su situación, para que puedan limpiar cuanto hay de
corrompido en su vida.
Este es también el
mensaje dirigido a nosotros. Quienes han comprendido la realidad de la
comunidad cristiana y conocen la condición de sus hermanos no pueden permanecer
indiferentes. Están llamados a colaborar para que, dentro de cada persona, se
produzca esa separación entre lo que pertenece a la vida y lo que pertenece a
la muerte.
Cada uno de
nosotros está invitado a convertirse en uno de esos ángeles: un mediador de la
Palabra, de la misericordia y de la ternura de Dios.
Después aparece el
horno encendido, el fuego que consume lo corrompido. Conviene repetirlo: lo que
se quema no son las personas. El fuego destruye aquello que, dentro de
nosotros, se ha vuelto incompatible con la vida.
En el lenguaje de
Mateo hay una seria advertencia. Puede resultar muy doloroso llegar al final de
nuestra existencia, encontrarnos ante el Señor y descubrir que una parte
considerable de nuestra vida y de nuestra persona se había corrompido.
Permanecerá la
persona bella; la parte corrompida, en cambio, será eliminada y consumida.
La última palabra del Evangelio no es la amenaza,
sino la belleza.
La parábola
contiene una advertencia, pero también una buena noticia, porque el Evangelio
siempre es buena noticia.
Nos anuncia que en
cada uno de nosotros permanecerá la parte bella, mientras que todo lo
corrompido será destruido. Al final, en el reino de Dios, quedará únicamente lo
hermoso, lo que pertenece verdaderamente a la vida.
La conclusión del
pasaje evangélico de este domingo nos presenta ahora unas palabras que muchos
biblistas consideran una especie de firma del evangelista.
El Evangelio no destruye lo antiguo:
Revela su plenitud.
«Él les dijo: Pues bien, un escriba que se ha hecho
discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de
su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
En el último
versículo que acabamos de escuchar aparece una especie de autorretrato del
evangelista Mateo: el escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos
(cfr. Mt 13, 52). El autor se presenta como un maestro judío que ha acogido a
Cristo y que sabe sacar de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.
Conviene fijarse
bien: Habla de cosas antiguas, no de cosas viejas. Lo viejo ha perdido su
vitalidad y ya no puede ofrecernos nada. Lo antiguo, en cambio, conserva un
valor que puede seguir iluminando el presente.
¿Qué parece decir
de sí mismo este maestro que ha acogido a Cristo? Que ha sabido reconocer la
belleza contenida en la antigua sabiduría: la sabiduría egipcia, griega y
mesopotámica y, sobre todo, la sabiduría de la תּוֹרָה (Torá). Todo eso
pertenece a lo antiguo y conserva su valor.
Pero, junto a esa riqueza, ha acogido también lo nuevo: el Evangelio de Cristo.
Acoger a Cristo no obliga a despreciar
toda belleza anterior.
Este mensaje sigue
siendo muy actual. Cuando una persona perteneciente a otra cultura o procedente
de otra tradición religiosa acoge a Cristo, no necesita renunciar a todo lo
bello que ha recibido en su historia, en su pueblo o en su experiencia espiritual.
Está llamada a
hacer lo mismo que este sabio escriba: reconocer y conservar la belleza de lo
antiguo y, al mismo tiempo, acoger en plenitud la novedad del Evangelio.
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