sábado, 25 de julio de 2026

Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 13, 44-46

 


Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario,

Ciclo A - Mt 13, 44-46

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo»

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La verdadera sabiduría

no consiste en saber mucho,

sino en saber vivir.

Entre los pueblos del antiguo Oriente Próximo, nada era tan estimado como la sabiduría. Un hombre podía ser rico, ocupar un trono, ejercer un gran poder e incluso ser temido; pero, si no era sabio, difícilmente llegaba a ser verdaderamente respetado.

Y por sabiduría no se entendía la simple erudición, la acumulación de conocimientos o la capacidad de hablar de muchas cosas. Sabio era quien había aprendido a tomar buenas decisiones, quien sabía distinguir entre lo justo y lo injusto, entre el bien y el mal. No era una cuestión secundaria, porque en esas elecciones se juega la vida.

Hay riquezas que brillan;

la sabiduría, en cambio, orienta el camino.

En el Antiguo Testamento encontramos numerosos elogios de la sabiduría. El libro de Job afirma que vale más que las piedras preciosas, el berilo o el zafiro, y que supera incluso al oro de Ofir (cfr. Job 28, 16-19).

También era célebre la tierra de Temán, situada en Edom y reconocida por la tradición bíblica como lugar de hombres sabios y prudentes (cfr. Jer 49, 7; Abd 8-9). De allí procedía Elifaz, uno de los tres amigos de Job (cfr. Job 2, 11) que acudieron para consolar a Job y que después dialogaron largamente con él sobre el gran enigma del sufrimiento.

Los ancianos eran considerados los grandes depositarios de la sabiduría, porque la habían ido adquiriendo con los años y con la experiencia. Qohelet - el sabio que habla en el libro del Eclesiastés-, que había abierto en Jerusalén una escuela para enseñar a los jóvenes el arte de vivir, podía decirles: «Mi corazón ha visto muchas cosas». Es decir: he acumulado experiencia y por eso podéis confiar en lo que intento enseñaros (cfr. Qo 1, 16).

El libro del Sirácida señala cuánto conviene a los ancianos saber aconsejar, porque son ellos quienes contribuyen a formar a las nuevas generaciones (cfr. Si 25, 4-6). Y recomienda también no despreciar sus enseñanzas: Ellos aprendieron de sus padres y, escuchándolos, nosotros podemos adquirir discernimiento para reconocer lo justo y distinguirlo de lo equivocado (cfr. Si 8, 9).

No todo lo que se presenta como sabiduría

conduce a una vida buena.

Llegados a este punto, podemos preguntarnos: ¿Basta la sabiduría recibida de la tradición y de la experiencia de los mayores para estar seguros de no equivocarnos?

También hoy circulan muchas ideas que los seres humanos consideran sabias. Se nos ofrecen innumerables maneras de entender la vida, de buscar la felicidad y de orientar nuestras decisiones. Pero ¿podemos fiarnos de todas ellas? Entre tantas propuestas, ¿cómo reconocer la que verdaderamente conduce al bien?

Hoy Jesús quiere mostrarnos el valor de su sabiduría. También él nos propone una manera de mirar la vida y de tomar nuestras decisiones. Y para ayudarnos a descubrir el valor incalculable de esa sabiduría, nos presenta dos parábolas.

El tesoro escondido:

La alegría de descubrir el Evangelio

«En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo».

En tiempos de Jesús circulaban muchas historias sobre tesoros escondidos que algunas personas afortunadas habían encontrado. Aquellos relatos no nacían únicamente de la imaginación; sino que se apoyaban en descubrimientos reales.

La tierra de Israel había conocido guerras, invasiones y el paso de numerosos pueblos. Cuando llegaba el peligro, muchas personas no tenían otra posibilidad que abandonar sus casas para salvar la vida. Antes de huir, escondían cuanto no podían llevar consigo. Algunos enterraban en sus propios campos verdaderos tesoros, con la esperanza de recuperarlos cuando hubiera pasado la amenaza.

Los arqueólogos encontraron en Meguido, una importante ciudad mencionada varias veces en la Biblia, un edificio conocido actualmente como el «palacio de los marfiles». Bajo su pavimento apareció un auténtico tesoro compuesto por piezas de marfil procedentes de Egipto, Siria y Anatolia. Quienes saquearon el lugar no lo descubrieron, porque había sido cuidadosamente ocultado; muchos siglos después lo encontraron los arqueólogos. Probablemente, el príncipe que habitaba aquel palacio tuvo que huir y, antes de marcharse, escondió allí sus riquezas.

También Flavio Josefo cuenta que, antes de la guerra que culminó con la destrucción de Jerusalén, cuando algunos comprendieron que la situación comenzaba a volverse peligrosa, huyeron después de ocultar sus bienes. Sin embargo, sus verdaderos propietarios no siempre regresaban. Los campos podían permanecer abandonados durante muchos años y terminar en manos de personas que ignoraban por completo lo que había sido enterrado en ellos.

Un día, quizá el jornalero del nuevo propietario o alguien que atravesaba el terreno percibía un destello extraño. Si era una persona observadora e inteligente, podía intuir: «Aquí hay un tesoro».

El Evangelio es un tesoro,

pero no se impone a la mirada.

Jesús conocía seguramente muchas historias semejantes y las utiliza para hablar del tesoro que él ofrece; la propuesta de una humanidad nueva, lograda y bienaventurada. Ese tesoro es su Evangelio.

El primer detalle de la parábola es significativo: El tesoro no llama inmediatamente la atención, porque está escondido. Hay otras realidades mucho más vistosas, capaces de atraer enseguida nuestras miradas y nuestros deseos; tales como las diversiones, las fiestas, las riquezas, el éxito, las vacaciones o los grandes palacios. Todo eso se deja ver con facilidad. El Evangelio, en cambio, permanece como un tesoro oculto.

Jesús nos invita a prestar atención ya que muchas de las cosas que atraen poderosamente nuestra mirada no son capaces de ofrecernos la plenitud de la alegría. Siempre terminará faltando algo, porque el ser humano está hecho para un tesoro mayor. Solo cuando lo descubre puede comenzar a gustar una alegría plena.

El tesoro está escondido, pero deja señales de su presencia en el campo, y el campo es el mundo. La cuestión es aprender a reconocer esas señales.

¿Quién no ha escuchado alguna vez una frase del Evangelio o una palabra del Señor que le ha sorprendido, le ha obligado a detenerse y le ha hecho pensar? A veces basta una de esas palabras para intuir que estamos ante una sabiduría distinta, fuera de lo común, muy alejada de la manera habitual de razonar. Entonces puede surgir dentro de nosotros una certeza: «Aquí hay un tesoro capaz de dar un sentido completamente nuevo a mi vida».

Pero, si vivimos deslumbrados por todo lo aparatoso de este mundo, aturdidos por el ruido y por cuanto se nos propone continuamente a través de los medios, quizá no lleguemos siquiera a advertir el tesoro del Evangelio. Y podríamos pasar junto a él sin reconocerlo.

A veces encontramos el tesoro

cuando buscábamos otra cosa.

El segundo detalle de la parábola es que el hallazgo sucede de manera inesperada. Aquel hombre no estaba buscando el tesoro; se encontró con él por una fortuna extraordinaria.

Algo parecido puede ocurrir con el Evangelio. Muchas personas se han encontrado con Cristo casi por casualidad, cuando sus intereses estaban en otra parte y su vida discurría lejos de la fe.

Tal vez alguien estuviera preocupado únicamente por su carrera profesional y un día escuchó a un compañero de trabajo razonar de un modo diferente. Sorprendido, se preguntó: «¿De dónde procede esta sabiduría?». Aquella manera de vivir despertó su curiosidad y quiso comprender mejor esa sabiduría, que era la del Evangelio.

Otro quizá encontró una página evangélica mientras buscaba algo completamente distinto en Internet. Se detuvo, reflexionó y comprendió: «Este es un tesoro cuya existencia ni siquiera conocía».

Alguien pudo entrar en una iglesia solamente para acompañar a un amigo que estaba de luto. Allí escuchó una homilía que lo desconcertó y descubrió una propuesta de vida que jamás había imaginado. Entonces comenzó a excavar, deseoso de encontrar aquel tesoro.

No basta con admirar una frase:

El tesoro es todo el Evangelio.

La tercera característica es la inteligencia de quien descubre las primeras señales. Esa persona comprende que lo que aparece en la superficie es solo una mínima parte y desea poseer el tesoro entero.

No se conforma con una página del Evangelio ni con una hermosa frase de Jesús. Podría decir: «No quiero únicamente una palabra que me emocione durante unos minutos. Quiero todo el Evangelio». Esto es lo que representa la compra del campo.

El centro de la parábola no es la renuncia,

sino la alegría.

El cuarto detalle es el más importante: Aquel hombre, lleno de alegría, vende todo cuanto posee y compra el campo. La alegría del descubrimiento es el corazón de la parábola. Lo que lo mueve es haber comprendido que tiene ante sí la oportunidad de su vida.

Con frecuencia, al comentar esta parábola y la siguiente, se ha insistido sobre todo en las renuncias necesarias: para elegir el reino de Dios es preciso sacrificarse, dejar cosas y pagar un precio. Todo eso puede ser cierto, pero corremos el riesgo de olvidar lo principal: aquel hombre vende sus bienes movido por la alegría.

Muchas personas se mantienen alejadas del Evangelio y de la comunidad cristiana porque temen que la fe vaya a privarlas de la alegría. Y quizá esa sospecha tenga bastante que ver con nuestra manera de predicar.

El Evangelio debe presentarse como una propuesta de vida capaz de conducirnos a la plenitud. No podemos convertir el cristianismo en la religión de la tristeza, del sacrificio y de la mortificación entendidos como un precio que se paga ahora para recibir felicidad únicamente al final. En otros tiempos se insistió tanto en la renuncia que llegaron a proponerse privaciones sin verdadera finalidad, como si renunciar fuera valioso por sí mismo.

En esta parábola, sin embargo, se habla de ganancia, de fortuna y de felicidad. El verdadero discípulo que ha descubierto el tesoro no pasa el tiempo lamentándose por lo que ha dejado; habla con alegría de lo que ha encontrado.

Ahora bien, surge una pregunta inevitable: ¿Cuánto cuesta el campo?

Cuesta mucho; cuesta todo cuanto tenemos. Al final no queda nada fuera del tesoro del Evangelio.

Quien desea ese campo, que representa el reino de Dios, pone en juego la propia vida y transforma por completo su escala de valores. Tal vez antes situaba en la cima su cuenta bancaria, de manera que todas sus decisiones quedaban sometidas al interés económico. Escogía a sus amigos según la utilidad que pudieran tener para sus negocios; incluso aceptaba a Dios y a los santos mientras favorecieran sus proyectos. En el último puesto quedaba quizá alguna limosna destinada a los pobres.

Al descubrir el tesoro, esa escala se invierte. En lo más alto aparece el amor: la entrega de cuanto somos y tenemos para hacer feliz al hermano y comunicarle vida. Ese es el precio: todo.

De lo contrario, podemos limitarnos a ir tirando hasta que llegue el momento de dejarlo todo. Porque, al atravesar la última aduana, todos los bienes que no hemos entregado para adquirir el campo nos serán retirados.

Nuestro temor es perder, equivocarnos y terminar lamentando no haber disfrutado suficientemente de nuestros bienes. Pero también podríamos arrepentirnos de no haber tenido el valor de arriesgarlos para recibir el reino de Dios y poseer aquel tesoro.

La dificultad es que la promesa de Jesús no puede someterse previamente a una demostración. No disponemos de pruebas visibles que garanticen de antemano la dicha que encontraremos al adquirir el campo. Hemos intuido que allí se esconde un tesoro verdadero, que nadie podrá arrebatarnos y que permanecerá para siempre; pero no poseemos una evidencia material.

Las cosas concretas que este mundo presenta como tesoros parecen más seguras, porque podemos verlas y tocarlas. Sin embargo, no son capaces de colmar nuestra vida de alegría.

El último detalle de la parábola es la prisa. Quien desea cerrar un buen negocio no puede perder el tiempo. Si permanece indeciso, si vacila constantemente o aplaza la decisión durante años, está perdiendo un tiempo precioso en el que ya podría disfrutar del tesoro.

Podemos admitir alguna vacilación. Seguramente también la experimentó aquel campesino, porque no tenía una prueba definitiva de que bajo la tierra se encontrara realmente un tesoro tan grande. No pudo comprobarlo todo antes de decidirse: percibió las señales y se lo jugó todo.

Es comprensible que aparezcan dudas, pero llega un momento en que debemos tomar una decisión. De otro modo, seguimos aplazando la posibilidad de disfrutar desde ahora del tesoro entero, que es el Evangelio.

La perla de gran valor:

La belleza que nunca deja de buscar

«El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra».

¿Por qué presenta Jesús en esta parábola a un mercader que busca perlas? ¿Qué significado tenía la perla?

En la cultura oriental del tiempo de Jesús, pocas cosas eran consideradas tan preciosas como las perlas. Eran símbolo de belleza.

En hebreo, «perla» se dice פְּנִינָה (peniná), término que también se emplea como nombre femenino. En griego se dice μαργαρίτης (margarítes), palabra de la que, a través del latín margarita, procede el nombre Margarita. La perla evocaba, por tanto, algo precioso y extraordinariamente bello  

Quien busca la perla

ya ha aprendido a reconocer la belleza.

En esta segunda parábola no encontramos a alguien que descubre un tesoro por casualidad. El protagonista es un experto en perlas, un conocedor de la belleza que lleva tiempo buscándola. No se encuentra con ella inesperadamente: la desea y sale a buscarla.

Esto significa que ya ha descubierto muchas cosas bellas, aunque ninguna haya logrado satisfacerlo por completo. Continúa buscando porque intuye que todavía existe una belleza mayor.

En la parábola, este mercader representa a quien busca una sabiduría capaz de hacer verdaderamente bella a la persona.

¿Cuándo decimos de alguien: «¡Qué hermosa persona!»? No nos referimos únicamente a su aspecto exterior. Lo decimos por los valores que encarna; por su generosidad, su sabiduría, su rectitud, su disposición para servir y su atención a los demás.

Nos atraen las personas interiormente bellas. Y, para llegar a ser así, necesitamos dejarnos guiar por una sabiduría que transforme nuestra manera de vivir.

Existen muchas perlas de sabiduría,

pero la búsqueda continúa.

Los primeros lectores del Evangelio de Mateo conocían muchas tradiciones consideradas auténticas perlas de sabiduría.

Podemos pensar, por ejemplo, en la sabiduría egipcia. Alejandría de Egipto se había convertido en uno de los grandes centros culturales del mundo antiguo. Su célebre biblioteca reunía obras en las que se concentraba buena parte del saber humano de aquella época.

Entre los textos sapienciales egipcios se encontraba la Instrucción de Ptahhotep, atribuida tradicionalmente a un visir del Imperio Antiguo. En ella, un anciano transmite sus enseñanzas a la siguiente generación y la exhorta a vivir con sinceridad, honestidad y sabiduría. Es una de esas perlas capaces de embellecer la vida de quien las acoge.

Había también otros textos muy conocidos, como la Instrucción para Merikaré, dirigida a un joven príncipe, en la que se le enseñaba cómo debía comportarse y cómo gobernar sabiamente: cuándo convenía hablar y cuándo era mejor callar. También encontramos el Diálogo de un desesperado con su alma o el Canto del arpista. Todo ello formaba parte del rico patrimonio de la sabiduría egipcia.

Pero el buscador de la parábola todavía no está satisfecho. Quizá se haya acercado también a la sabiduría de los filósofos griegos o a la tradición mesopotámica.

Allí encontramos, por ejemplo, las Instrucciones de Shuruppak, una antigua colección de consejos y proverbios destinados a educar al ser humano para que viva con rectitud y llegue a ser interiormente bello.

La Torá enseñaba a Israel

el camino de una vida hermosa.

El pueblo de Israel estaba convencido de poseer la perla más preciosa: תּוֹרָה (Torá). Quien se dejaba guiar por ella podía convertirse en una persona bella.

La Torá enseña: No matarás, no robarás, no cometerás adulterio, no darás falso testimonio y reconocerás al único Dios. Quien permite que esta sabiduría oriente su existencia va adquiriendo una belleza interior hecha de justicia, fidelidad y verdad (cfr. Ex 20, 2-17).

¿Qué nos comunica entonces Mateo por medio de esta parábola?

Jesús parece decirnos: «Todas esas bellezas son verdaderas, pero ninguna de ellas podrá satisfacer plenamente la búsqueda del corazón».

Hay personas que no se preocupan por llegar a ser interiormente bellas. Hacen sencillamente lo que desean y no parecen inquietarse demasiado por la fealdad que sus decisiones puedan producir en ellas. Pero en lo más profundo de nuestra naturaleza permanece el deseo de buscar la belleza.

También hoy los seres humanos buscamos muchas perlas. Algunos se acercan al budismo, al confucianismo o al islam. En estas tradiciones pueden brillar elementos de auténtica belleza; negarlo sería injusto. Sin embargo, la parábola afirma que la búsqueda no alcanza todavía su plenitud si se detiene allí.

La perla definitiva

es la sabiduría del Evangelio.

¿Qué quiere decirnos Jesús con la parábola del mercader?

Llegaremos a ser plenamente bellos cuando encarnemos la sabiduría del Evangelio. No basta con admirarla desde lejos ni con conservarla como una idea interesante: se trata de permitir que transforme nuestra manera de pensar, amar y vivir.

Como en la parábola anterior, vuelve a aparecer la urgencia de tomar una decisión. Cuanto antes acogemos esta sabiduría, antes comenzamos a vivir la belleza para la que hemos sido creados y antes encontramos la satisfacción profunda que llevamos dentro.

No es posible ir más allá de la belleza de una persona que encarna de verdad el Evangelio. Cuando alguien llega a amar y a entregar su vida incluso por quien le hace daño, ha alcanzado la cima de la belleza humana. Más allá de ese amor no se puede llegar.

La red:

Lo bello y lo corrompido que hay en nosotros

 

«El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?». Ellos le responden: «Sí».

En la tercera parábola, Jesús nos sitúa ante una escena que seguramente contempló muchas veces a orillas del lago de Tiberíades. Los pescadores arrastraban las redes hasta la orilla y, al abrirlas, encontraban de todo: peces, ramas, hojas, trapos… Probablemente Jesús los oyó incluso protestar, porque limpiar aquellas redes no debía de ser una tarea precisamente agradable.

¿Qué quiere decirnos con esta imagen?

Cuando Jesús llamó a sus apóstoles, los envió a «pescar hombres» (cfr. Mt 4, 19). Su misión consistía en sacar a las personas de unas aguas contaminadas —las de una vida guiada por las fuerzas del mal— y conducirlas hacia el agua limpia del Espíritu, el agua de la vida.

Pero surge una sorpresa: Dentro de la red hay de todo.

La red recoge lo bello y

también lo corrompido.

El texto griego dice que en ella aparecen cosas buenas, τὰ καλά (ta kalá), y cosas corrompidas, τὰ σαπρά (ta saprá). En la red conviven, por tanto, lo bello y lo podrido, aquello que pertenece a la vida y aquello que lleva dentro el sabor de la muerte (cfr. Mt 13, 47-50).

Como esa red ha sido lanzada por los discípulos y los apóstoles, comprendemos que representa a la comunidad cristiana. Y enseguida podemos sentir la tentación de interpretar la parábola de este modo: «Es verdad, dentro de la Iglesia hay personas buenas y personas malas». Naturalmente, las buenas seríamos nosotros; las malas, en cambio, serían esas otras personas a las que incluso podríamos señalar con bastante facilidad.

Pero ese no es el sentido de la parábola.

Lo que Jesús nos invita a reconocer es que en cada persona, incluso después de haber sido sacada de las aguas de una vida pagana, permanece una parte muerta y corrompida. Es la parte de nuestra existencia que construimos cuando nos dejamos llevar por las semillas de cizaña presentes en nuestro interior.

Pero en cada uno de nosotros hay también una parte hermosa: La vida que se va formando cuando escuchamos los impulsos del Espíritu y acogemos la voz del Hijo de Dios que habita en nosotros.

En todos nosotros están presentes ambas realidades: lo bello y lo corrompido.

Pertenecer a la comunidad

no significa haber terminado el camino.

El evangelista Mateo escribe su Evangelio hacia los años ochenta. Han transcurrido aproximadamente cincuenta años desde la Pascua y, como pastor, se preocupa profundamente por la vida de sus comunidades.

¿Qué está observando? El entusiasmo inicial que había animado a aquellas comunidades comienza a debilitarse. Muchos se sienten tranquilos porque pertenecen a la comunidad cristiana, han dado su adhesión a Cristo y han recibido el bautismo. Sin embargo, empiezan a tomarse a la ligera sus compromisos bautismales y se acomodan poco a poco a la manera de vivir, a los criterios y a los valores del ambiente pagano.

En ellos comienza a hacerse más visible la cizaña que el buen trigo.

Mateo siente entonces la necesidad de sacudir a sus comunidades. Y la situación que contempla no resulta tan diferente de la que pueden vivir nuestras comunidades actuales.

¿Cómo intenta despertarlas? Recurre al lenguaje que tenía a su disposición: las imágenes apocalípticas.

Habla de ángeles, de un horno encendido, de llanto y rechinar de dientes. Son imágenes que no pertenecen a nuestra cultura ni a nuestra manera ordinaria de expresarnos. Por eso necesitamos interpretarlas y descubrir qué llamada quieren dirigirnos.

Estas imágenes nos advierten de que es posible construir una vida fracasada, una existencia que termine en llanto y rechinar de dientes, aun cuando formemos parte de la comunidad cristiana.

Mateo parece decirnos: «Prestad atención. Habéis sido sacados de las aguas contaminadas y habéis tenido la fortuna de entrar en la red del reino de los cielos. Pero vuestra vida todavía puede corromperse y acabar en el fracaso».

La separación no divide a las personas:

Atraviesa nuestro interior.

La parábola habla también de los ángeles que separan lo corrompido de lo bello. ¿Quiénes son esos ángeles?

Son los mediadores de la salvación, quienes acercan a sus hermanos la Palabra y la ternura de Dios. Son las personas que se preocupan por los demás y tratan de ayudarlos a tomar conciencia de su situación, para que puedan limpiar cuanto hay de corrompido en su vida.

Este es también el mensaje dirigido a nosotros. Quienes han comprendido la realidad de la comunidad cristiana y conocen la condición de sus hermanos no pueden permanecer indiferentes. Están llamados a colaborar para que, dentro de cada persona, se produzca esa separación entre lo que pertenece a la vida y lo que pertenece a la muerte.

Cada uno de nosotros está invitado a convertirse en uno de esos ángeles: un mediador de la Palabra, de la misericordia y de la ternura de Dios.

Después aparece el horno encendido, el fuego que consume lo corrompido. Conviene repetirlo: lo que se quema no son las personas. El fuego destruye aquello que, dentro de nosotros, se ha vuelto incompatible con la vida.

En el lenguaje de Mateo hay una seria advertencia. Puede resultar muy doloroso llegar al final de nuestra existencia, encontrarnos ante el Señor y descubrir que una parte considerable de nuestra vida y de nuestra persona se había corrompido.

Permanecerá la persona bella; la parte corrompida, en cambio, será eliminada y consumida.

La última palabra del Evangelio no es la amenaza,

sino la belleza.

La parábola contiene una advertencia, pero también una buena noticia, porque el Evangelio siempre es buena noticia.

Nos anuncia que en cada uno de nosotros permanecerá la parte bella, mientras que todo lo corrompido será destruido. Al final, en el reino de Dios, quedará únicamente lo hermoso, lo que pertenece verdaderamente a la vida.

La conclusión del pasaje evangélico de este domingo nos presenta ahora unas palabras que muchos biblistas consideran una especie de firma del evangelista.

El Evangelio no destruye lo antiguo:

Revela su plenitud.

«Él les dijo: Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

En el último versículo que acabamos de escuchar aparece una especie de autorretrato del evangelista Mateo: el escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos (cfr. Mt 13, 52). El autor se presenta como un maestro judío que ha acogido a Cristo y que sabe sacar de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.

Conviene fijarse bien: Habla de cosas antiguas, no de cosas viejas. Lo viejo ha perdido su vitalidad y ya no puede ofrecernos nada. Lo antiguo, en cambio, conserva un valor que puede seguir iluminando el presente.

¿Qué parece decir de sí mismo este maestro que ha acogido a Cristo? Que ha sabido reconocer la belleza contenida en la antigua sabiduría: la sabiduría egipcia, griega y mesopotámica y, sobre todo, la sabiduría de la תּוֹרָה (Torá). Todo eso pertenece a lo antiguo y conserva su valor.

Pero, junto a esa riqueza, ha acogido también lo nuevo: el Evangelio de Cristo.  

Acoger a Cristo no obliga a despreciar

toda belleza anterior.

Este mensaje sigue siendo muy actual. Cuando una persona perteneciente a otra cultura o procedente de otra tradición religiosa acoge a Cristo, no necesita renunciar a todo lo bello que ha recibido en su historia, en su pueblo o en su experiencia espiritual.

Está llamada a hacer lo mismo que este sabio escriba: reconocer y conservar la belleza de lo antiguo y, al mismo tiempo, acoger en plenitud la novedad del Evangelio.

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