Breve
Homilía de Santa Marta 29.07.2026
Lc 10, 38-42
Santa Marta: Abrir la casa,
escuchar la llamada y seguir sirviendo
Queridas
Hermanitas:
Betania estaba muy
cerca de Jerusalén, pero para Jesús debía de ser un lugar muy distinto. En
Jerusalén encontraba discusiones, sospechas y una oposición cada vez mayor. En
Betania encontraba una casa amiga, una mesa compartida y unas personas entre
las que podía descansar.
El Evangelio
comienza diciendo: «Una mujer llamada
Marta lo recibió en su casa» (cfr. Lc 10,38). Antes de recordar su
agitación, conviene detenernos en este gesto: Marta fue la mujer que abrió
la puerta. Jesús entró en aquella casa porque ella le hizo sitio.
Marta tenía una
forma muy concreta de amar. Su cariño encontraba rápidamente el camino de las
manos: preparaba, organizaba y procuraba que quien llegaba dejara de sentirse
extraño. No se limitaba a tener buenos sentimientos; convertía una vivienda en
hogar.
Marta y
las Hermanitas:
abrir
una casa y devolver hogar
Aquí aparece una
relación muy profunda entre santa Marta y las Hermanitas de los Ancianos
Desamparados. También vuestra vocación comienza abriendo una puerta.
Cuando una persona
anciana llega a una de vuestras casas, quizá trae pocas pertenencias, pero
llega con una vida entera: recuerdos, trabajos, afectos, pérdidas, heridas y
temores. Puede haber dejado atrás la casa donde vivió durante muchos años y
sentir que ya no pertenece a ningún lugar.
Acogerla significa
hacerle comprender: «Aquí no eres una
carga. Tu historia importa. Hay un sitio para ti».
Marta acogió a
Jesús como al Amigo. Las Hermanitas acogéis a Cristo en la fragilidad del
anciano. No habéis elegido solamente una tarea buena; habéis sido llamadas por
una Persona que os confía personas.
Cuando
el servicio pierde su centro
Mientras María
permanece a los pies de Jesús escuchando su palabra, Marta se ocupa del
servicio. Jesús no la reprende porque trabaje. Servir pertenece al corazón
mismo del Evangelio.
El problema
comienza cuando las tareas dejan de estar en sus manos y se apoderan de su
corazón. Marta había empezado mirando a Jesús como al huésped amado y a María
como a su hermana. Pero el cansancio va cambiando su mirada. María se convierte
en la que no ayuda y Jesús parece alguien que no se da cuenta de su esfuerzo.
Entonces protesta:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me
haya dejado sola con el servicio?» (cfr. Lc 10,40).
Detrás de esas
palabras hay una pregunta muy humana: «Señor,
¿me ves? ¿Te das cuenta de todo lo que estoy haciendo?».
Quien cuida mucho
puede comprender a Marta. Cuando el cansancio se acumula, la persona confiada a
nuestro amor puede comenzar a parecernos solamente «la que vuelve a llamar», «el que protesta» o «la que pregunta siempre
lo mismo». El servicio continúa, pero corre el peligro de perder su alma.
Santa Marta no
aparece aquí para que la juzguemos, sino para enseñarnos que incluso una
entrega generosa necesita regresar continuamente a su fuente.
«Marta,
Marta»: Cristo vuelve a llamar
Jesús responde
pronunciando dos veces su nombre: «Marta, Marta».
En la Escritura,
Dios repite el nombre cuando sucede algo decisivo: «Moisés, Moisés» junto a la zarza; «Samuel, Samuel» durante la noche; «Simón, Simón» antes de la pasión; «Saulo, Saulo» en el camino de Damasco.
Cuando Dios repite
un nombre, reclama a la persona entera. La detiene, la despierta y la coloca
nuevamente ante su vocación.
Por eso, «Marta,
Marta» es una llamada dentro de la llamada. Marta ya había acogido a
Jesús y había comenzado a seguirlo, pero las muchas tareas amenazaban con
hacerle olvidar la amistad de la que había nacido todo.
Jesús parece
decirle: «No te pierdas en lo que haces por mí. Antes de ser responsable de
esta casa, eres mi amiga y mi discípula. Yo no quiero solamente tu trabajo;
quiero encontrarte a ti».
Esta palabra toca
el corazón de la vida consagrada. Cristo no pronunció vuestro nombre una sola
vez, al comienzo de la vocación. Vuelve a pronunciarlo cuando llega la rutina,
cuando el servicio pesa, cuando falta el agradecimiento o cuando la edad obliga
a dejar responsabilidades.
«Marta, Marta» significa también: «Sigues siendo mía cuando puedes cuidar a
muchos y cuando llega el momento de dejarte cuidar».
La tarea puede
cambiar. La llamada permanece.
Una
presencia que devuelve hogar
Hoy se habla de
«personas vitamina»: personas cuya cercanía fortalece, serena y hace más
respirable la vida de los demás. Esta experiencia aparece ya en Betania.
Marta quiso
ofrecer a Jesús una casa donde pudiera descansar. Y cuando ella perdió la paz,
Jesús no añadió más peso. No la humilló ni la redujo a su enfado. Pronunció su
nombre y la devolvió al centro de su vocación.
Para vuestro
carisma, quizá exista una expresión todavía más profunda: ser una presencia
que devuelve hogar.
Una Hermanita lo
es cuando el anciano no se siente culpable por necesitar ayuda; cuando su
lentitud no provoca desprecio; cuando una pregunta repetida no lo hace sentirse
torpe; cuando se respeta su silencio y se conserva su dignidad aunque ya no
pueda agradecer ni recordar.
No se trata de
estar siempre alegre ni de tener una respuesta para todo. Muchas veces el
anciano necesita, sencillamente, que alguien permanezca.
Pero nadie puede
ofrecer esa presencia durante mucho tiempo si antes no permite que Cristo
pronuncie nuevamente su nombre, reciba su cansancio y vuelva a ordenar su
corazón.
Marta
ante el dolor
El Evangelio de
Juan nos presenta después a Marta ante la muerte de Lázaro. Cuando Jesús llega,
ella sale a su encuentro y le dice: «Señor,
si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (cfr. Jn 11,21).
Marta no oculta su
dolor. Se atreve a preguntar. Pero no rompe la relación: sale a buscar a Jesús.
La confianza de
Marta no consiste en no tener preguntas, sino en saber a quién llevarlas.
Jesús no le ofrece
una explicación teórica sobre la muerte. Le dice: «Yo soy la resurrección y la vida» (cfr. Jn 11,25). Y Marta
responde: «Sí, Señor, yo creo que tú eres
el Cristo, el Hijo de Dios» (cfr. Jn 11,27).
Esta escena acerca
especialmente a santa Marta a las Hermanitas. Vosotras acompañáis muchas veces
a personas que se encuentran en el último tramo de su existencia. Cuando ya no
es posible curar, el amor adopta la forma de permanecer: sostener una mano, rezar,
cuidar con delicadeza y evitar que alguien muera sintiéndose abandonado.
Marta conoce la
enfermedad, las lágrimas y el sepulcro. Por eso puede caminar junto a vosotras
y escuchar con la Iglesia: «Yo soy la resurrección y la vida».
«Marta
servía»
Más adelante, Juan
vuelve a situarnos en Betania y escribe sencillamente: «Marta servía» (cfr. Jn 12,2).
Marta sigue siendo
Marta. Cristo no ha apagado sus manos trabajadoras. Continúa sirviendo, pero
ahora contemplamos su servicio dentro de una historia de amistad, llamada,
dolor y fe.
También muchas
vidas de Hermanitas podrían resumirse así: «Servía».
Dentro de ese verbo caben años de puertas abiertas, cuerpos frágiles tratados
con dignidad, noches de vela, historias escuchadas, oraciones junto a una cama
y despedidas acompañadas con esperanza.
Quizá algunos de
esos gestos fueron olvidados por quienes los recibieron. Dios no los ha
olvidado.
Santa Marta nos
enseña que escuchar la Palabra no aparta del servicio. Lo devuelve a su verdad.
Escuchar primero transforma el trabajo en servicio, y el servicio en amor.
Que ella ayude a cada Hermanita a abrir una casa al anciano, a no perder a la persona entre las tareas, a escuchar nuevamente la llamada cuando el corazón se disperse y a seguir sirviendo con las manos ocupadas, pero con el corazón descansando en el Amigo.
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