martes, 28 de julio de 2026

Breve Homilía de Santa Marta 29.07.2026 -Lc 10, 38-42

 

Breve Homilía de Santa Marta 29.07.2026

Lc 10, 38-42

 

Santa Marta: Abrir la casa,

escuchar la llamada y seguir sirviendo  

Queridas Hermanitas:

Betania estaba muy cerca de Jerusalén, pero para Jesús debía de ser un lugar muy distinto. En Jerusalén encontraba discusiones, sospechas y una oposición cada vez mayor. En Betania encontraba una casa amiga, una mesa compartida y unas personas entre las que podía descansar.

El Evangelio comienza diciendo: «Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa» (cfr. Lc 10,38). Antes de recordar su agitación, conviene detenernos en este gesto: Marta fue la mujer que abrió la puerta. Jesús entró en aquella casa porque ella le hizo sitio.

Marta tenía una forma muy concreta de amar. Su cariño encontraba rápidamente el camino de las manos: preparaba, organizaba y procuraba que quien llegaba dejara de sentirse extraño. No se limitaba a tener buenos sentimientos; convertía una vivienda en hogar.

Marta y las Hermanitas:

abrir una casa y devolver hogar

Aquí aparece una relación muy profunda entre santa Marta y las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. También vuestra vocación comienza abriendo una puerta.

Cuando una persona anciana llega a una de vuestras casas, quizá trae pocas pertenencias, pero llega con una vida entera: recuerdos, trabajos, afectos, pérdidas, heridas y temores. Puede haber dejado atrás la casa donde vivió durante muchos años y sentir que ya no pertenece a ningún lugar.

Acogerla significa hacerle comprender: «Aquí no eres una carga. Tu historia importa. Hay un sitio para ti».

Marta acogió a Jesús como al Amigo. Las Hermanitas acogéis a Cristo en la fragilidad del anciano. No habéis elegido solamente una tarea buena; habéis sido llamadas por una Persona que os confía personas.

Cuando el servicio pierde su centro

Mientras María permanece a los pies de Jesús escuchando su palabra, Marta se ocupa del servicio. Jesús no la reprende porque trabaje. Servir pertenece al corazón mismo del Evangelio.

El problema comienza cuando las tareas dejan de estar en sus manos y se apoderan de su corazón. Marta había empezado mirando a Jesús como al huésped amado y a María como a su hermana. Pero el cansancio va cambiando su mirada. María se convierte en la que no ayuda y Jesús parece alguien que no se da cuenta de su esfuerzo.

Entonces protesta: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio?» (cfr. Lc 10,40).

Detrás de esas palabras hay una pregunta muy humana: «Señor, ¿me ves? ¿Te das cuenta de todo lo que estoy haciendo?».

Quien cuida mucho puede comprender a Marta. Cuando el cansancio se acumula, la persona confiada a nuestro amor puede comenzar a parecernos solamente «la que vuelve a llamar», «el que protesta» o «la que pregunta siempre lo mismo». El servicio continúa, pero corre el peligro de perder su alma.

Santa Marta no aparece aquí para que la juzguemos, sino para enseñarnos que incluso una entrega generosa necesita regresar continuamente a su fuente.

«Marta, Marta»: Cristo vuelve a llamar

Jesús responde pronunciando dos veces su nombre: «Marta, Marta».

En la Escritura, Dios repite el nombre cuando sucede algo decisivo: «Moisés, Moisés» junto a la zarza; «Samuel, Samuel» durante la noche; «Simón, Simón» antes de la pasión; «Saulo, Saulo» en el camino de Damasco.

Cuando Dios repite un nombre, reclama a la persona entera. La detiene, la despierta y la coloca nuevamente ante su vocación.

Por eso, «Marta, Marta» es una llamada dentro de la llamada. Marta ya había acogido a Jesús y había comenzado a seguirlo, pero las muchas tareas amenazaban con hacerle olvidar la amistad de la que había nacido todo.

Jesús parece decirle: «No te pierdas en lo que haces por mí. Antes de ser responsable de esta casa, eres mi amiga y mi discípula. Yo no quiero solamente tu trabajo; quiero encontrarte a ti».

Esta palabra toca el corazón de la vida consagrada. Cristo no pronunció vuestro nombre una sola vez, al comienzo de la vocación. Vuelve a pronunciarlo cuando llega la rutina, cuando el servicio pesa, cuando falta el agradecimiento o cuando la edad obliga a dejar responsabilidades.

«Marta, Marta» significa también: «Sigues siendo mía cuando puedes cuidar a muchos y cuando llega el momento de dejarte cuidar».

La tarea puede cambiar. La llamada permanece.

Una presencia que devuelve hogar

Hoy se habla de «personas vitamina»: personas cuya cercanía fortalece, serena y hace más respirable la vida de los demás. Esta experiencia aparece ya en Betania.

Marta quiso ofrecer a Jesús una casa donde pudiera descansar. Y cuando ella perdió la paz, Jesús no añadió más peso. No la humilló ni la redujo a su enfado. Pronunció su nombre y la devolvió al centro de su vocación.

Para vuestro carisma, quizá exista una expresión todavía más profunda: ser una presencia que devuelve hogar.

Una Hermanita lo es cuando el anciano no se siente culpable por necesitar ayuda; cuando su lentitud no provoca desprecio; cuando una pregunta repetida no lo hace sentirse torpe; cuando se respeta su silencio y se conserva su dignidad aunque ya no pueda agradecer ni recordar.

No se trata de estar siempre alegre ni de tener una respuesta para todo. Muchas veces el anciano necesita, sencillamente, que alguien permanezca.

Pero nadie puede ofrecer esa presencia durante mucho tiempo si antes no permite que Cristo pronuncie nuevamente su nombre, reciba su cansancio y vuelva a ordenar su corazón.

Marta ante el dolor

El Evangelio de Juan nos presenta después a Marta ante la muerte de Lázaro. Cuando Jesús llega, ella sale a su encuentro y le dice: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (cfr. Jn 11,21).

Marta no oculta su dolor. Se atreve a preguntar. Pero no rompe la relación: sale a buscar a Jesús.

La confianza de Marta no consiste en no tener preguntas, sino en saber a quién llevarlas.

Jesús no le ofrece una explicación teórica sobre la muerte. Le dice: «Yo soy la resurrección y la vida» (cfr. Jn 11,25). Y Marta responde: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (cfr. Jn 11,27).

Esta escena acerca especialmente a santa Marta a las Hermanitas. Vosotras acompañáis muchas veces a personas que se encuentran en el último tramo de su existencia. Cuando ya no es posible curar, el amor adopta la forma de permanecer: sostener una mano, rezar, cuidar con delicadeza y evitar que alguien muera sintiéndose abandonado.

Marta conoce la enfermedad, las lágrimas y el sepulcro. Por eso puede caminar junto a vosotras y escuchar con la Iglesia: «Yo soy la resurrección y la vida».

«Marta servía»

Más adelante, Juan vuelve a situarnos en Betania y escribe sencillamente: «Marta servía» (cfr. Jn 12,2).

Marta sigue siendo Marta. Cristo no ha apagado sus manos trabajadoras. Continúa sirviendo, pero ahora contemplamos su servicio dentro de una historia de amistad, llamada, dolor y fe.

También muchas vidas de Hermanitas podrían resumirse así: «Servía». Dentro de ese verbo caben años de puertas abiertas, cuerpos frágiles tratados con dignidad, noches de vela, historias escuchadas, oraciones junto a una cama y despedidas acompañadas con esperanza.

Quizá algunos de esos gestos fueron olvidados por quienes los recibieron. Dios no los ha olvidado.

Santa Marta nos enseña que escuchar la Palabra no aparta del servicio. Lo devuelve a su verdad. Escuchar primero transforma el trabajo en servicio, y el servicio en amor.

Que ella ayude a cada Hermanita a abrir una casa al anciano, a no perder a la persona entre las tareas, a escuchar nuevamente la llamada cuando el corazón se disperse y a seguir sirviendo con las manos ocupadas, pero con el corazón descansando en el Amigo. 

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