Queridos Daniel y Marta:
Deteneos un
momento y miraos.
Habéis llegado
hasta aquí después de muchos años, de conversaciones interminables, de viajes,
de esperas, de decisiones importantes y, seguramente, de algún que otro enfado.
Hoy habéis entrado en esta iglesia siendo novios y saldréis siendo marido y
mujer.
Parece solamente
un cambio de palabras, pero no lo es. Hoy comienza algo nuevo.
A partir de ahora,
lo que le ocurra a uno tocará profundamente al otro. La alegría de Marta será
también alegría para Daniel; el sufrimiento de Daniel entrará también en la
vida de Marta. Desde hoy ya no podréis decir tranquilamente: «Ese es tu
problema». En el matrimonio, el problema del otro acaba llamando también a tu
puerta.
Vuestra historia
comenzó de una manera curiosa. Vivíais lejos, en lugares muy distintos. Durante
años os fuisteis conociendo mediante mensajes y conversaciones. Hubo que
esperar mucho antes de poder compartir una vida cotidiana. En aquel tiempo,
seguramente, ninguno de los dos podía imaginar que un día estaríais delante de
este altar.
Marta tuvo que
descubrir en el mapa dónde estaba aquel pequeño lugar del que Daniel hablaba
con tanto entusiasmo. Y Daniel aprendió que decir «no está tan lejos» puede
significar cosas muy diferentes según quién tenga que hacer el viaje.
Pero hoy estáis
aquí.
¿Casualidad? Quien
contempla su vida con fe descubre que Dios actúa muchas veces sin hacer ruido.
Dios no ha elegido por vosotros ni ha eliminado vuestra libertad. Vosotros
habéis tomado decisiones, habéis arriesgado, habéis esperado y os habéis
elegido. Pero, mirando hacia atrás, podéis reconocer una presencia discreta que
os ha acompañado.
Ahora bien, no os
engañéis: la boda es hermosa; el matrimonio es otra cosa.
Hoy todo está
cuidado. Hay flores, música, vestidos elegidos con cariño, familiares
emocionados y amigos que os miran con alegría. Pero dentro de unos días llegará
la vida normal. Llegarán el trabajo, el cansancio, las prisas, las
preocupaciones y esos momentos en los que uno pregunta: «¿Qué te pasa?», y el
otro responde: «Nada», cuando hasta los muebles de la casa saben que le pasa
algo.
Ahí comenzará de
verdad vuestro matrimonio.
Porque amar no
consiste solamente en sentir algo hermoso. Los sentimientos cambian. Hay días
en los que todo resulta fácil y otros en los que uno no se entiende ni a sí
mismo. Amar es aprender a cuidar al otro también cuando está cansado, cuando
tiene miedo, cuando no sabe explicar lo que siente o cuando no responde como
nosotros esperábamos.
No os casáis
porque sepáis amar perfectamente. Os casáis para aprender a amar.
Y aprender a amar
significa, muchas veces, aprender a perdonar.
En vuestra casa
habrá alegría, ternura y momentos preciosos, pero también aparecerán el
egoísmo, la impaciencia y el orgullo. Habrá palabras que no deberían haberse
pronunciado y silencios que pesarán demasiado. No porque vuestro matrimonio sea
malo, sino porque sois dos personas reales.
La buena noticia
de hoy no es que nunca vais a fallar.
La buena noticia
es que Jesucristo ha vencido aquello que destruye el amor.
Cristo ha muerto
por vuestros pecados y ha resucitado para que podáis comenzar de nuevo. También
en el matrimonio existen pequeñas muertes: momentos en que se enfría la
conversación, se pierde la ternura, crece la distancia o parece que ya no hay
salida. Pero Jesucristo resucitado puede entrar precisamente ahí.
Puede devolver la
vida a lo que parecía terminado.
Puede hacer
posible que uno dé el primer paso.
Puede poner en
vuestros labios una palabra difícil: «Perdóname».
No permitáis que
el orgullo duerma entre vosotros. No acumuléis heridas durante semanas
esperando que el otro adivine lo que os pasa. Hablad, aunque cueste. Escuchad
antes de defenderos. Y no utilicéis nunca, durante una discusión, las heridas
que el otro os ha confiado en un momento de intimidad.
El corazón del
otro no es un arma. Es tierra sagrada.
Cuando no sepáis
qué hacer, rezad. No hace falta pronunciar grandes discursos. Bastará a veces
con decir: «Señor, estamos cansados. No sabemos entendernos. Ayúdanos».
La oración no
elimina mágicamente las dificultades, pero abre una ventana cuando dentro de la
casa comienza a faltar el aire.
Cristo no quiere quedarse en las
fotografías de esta boda. Quiere entrar en vuestra vida. Quiere estar en la
mesa, en el trabajo, en vuestras decisiones, en la economía de la casa, en la
enfermedad y en la manera de educar a los hijos, si Dios os los concede.
Y necesitaréis
también a la comunidad cristiana. No intentéis vivir vuestro matrimonio solos.
Habrá momentos en los que necesitaréis hermanos que os recuerden que Dios es
fiel, precisamente cuando vosotros no consigáis verlo.
Dentro de unos
instantes diréis: «Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en
la salud y en la enfermedad».
Son palabras enormes.
No las pronunciáis
porque estéis seguros de vuestras fuerzas. Las pronunciáis porque confiáis en
la fidelidad de Dios. Vuestro «sí» se apoya en un «sí» mucho más fuerte: el de
Jesucristo, que no abandona, que perdona y que vuelve a levantar al que cae.
Daniel, Marta no te pertenece. Dios te la
confía para que la cuides.
Marta, Daniel no te pertenece. Dios te lo
confía para que lo ayudes a llegar al cielo.
Seguid eligiéndoos
en las cosas pequeñas. Preguntaos cómo estáis y escuchad la respuesta. Dad las
gracias. Reíos juntos. No convirtáis cada dificultad en una tragedia. Y no deis
nunca por supuesto el regalo de tener a vuestro lado a alguien que ha decidido
compartir su vida con vosotros.
Que vuestra casa
sea un lugar donde se pueda respirar, donde quien llegue cansado encuentre
acogida y donde vuestros hijos puedan descubrir quién es Dios viendo cómo sus
padres se aman, se perdonan y vuelven a empezar.
Hoy todos deseamos
que seáis muy felices. Pero la felicidad cristiana no consiste en que nunca
haya problemas. Consiste en descubrir que, incluso dentro de ellos, Cristo
permanece con vosotros.
Que Él sea la roca
de vuestra casa.
Que cuando llegue
el cansancio os conceda paciencia; cuando aparezca el orgullo, humildad; cuando
llegue el sufrimiento, esperanza; y cuando falléis, la gracia de comenzar de
nuevo.
Y que quien
contemple vuestra manera de amar pueda descubrir que Dios existe, que Dios es
fiel y que el amor para siempre, con su ayuda, sigue siendo posible.
Amén.
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