miércoles, 22 de julio de 2026

Homilía de la Boda de Daniel y Marta

 

Queridos Daniel y Marta:

Deteneos un momento y miraos.

Habéis llegado hasta aquí después de muchos años, de conversaciones interminables, de viajes, de esperas, de decisiones importantes y, seguramente, de algún que otro enfado. Hoy habéis entrado en esta iglesia siendo novios y saldréis siendo marido y mujer.

Parece solamente un cambio de palabras, pero no lo es. Hoy comienza algo nuevo.

A partir de ahora, lo que le ocurra a uno tocará profundamente al otro. La alegría de Marta será también alegría para Daniel; el sufrimiento de Daniel entrará también en la vida de Marta. Desde hoy ya no podréis decir tranquilamente: «Ese es tu problema». En el matrimonio, el problema del otro acaba llamando también a tu puerta.

Vuestra historia comenzó de una manera curiosa. Vivíais lejos, en lugares muy distintos. Durante años os fuisteis conociendo mediante mensajes y conversaciones. Hubo que esperar mucho antes de poder compartir una vida cotidiana. En aquel tiempo, seguramente, ninguno de los dos podía imaginar que un día estaríais delante de este altar.

Marta tuvo que descubrir en el mapa dónde estaba aquel pequeño lugar del que Daniel hablaba con tanto entusiasmo. Y Daniel aprendió que decir «no está tan lejos» puede significar cosas muy diferentes según quién tenga que hacer el viaje.

Pero hoy estáis aquí.

¿Casualidad? Quien contempla su vida con fe descubre que Dios actúa muchas veces sin hacer ruido. Dios no ha elegido por vosotros ni ha eliminado vuestra libertad. Vosotros habéis tomado decisiones, habéis arriesgado, habéis esperado y os habéis elegido. Pero, mirando hacia atrás, podéis reconocer una presencia discreta que os ha acompañado.

Ahora bien, no os engañéis: la boda es hermosa; el matrimonio es otra cosa.

Hoy todo está cuidado. Hay flores, música, vestidos elegidos con cariño, familiares emocionados y amigos que os miran con alegría. Pero dentro de unos días llegará la vida normal. Llegarán el trabajo, el cansancio, las prisas, las preocupaciones y esos momentos en los que uno pregunta: «¿Qué te pasa?», y el otro responde: «Nada», cuando hasta los muebles de la casa saben que le pasa algo.

Ahí comenzará de verdad vuestro matrimonio.

Porque amar no consiste solamente en sentir algo hermoso. Los sentimientos cambian. Hay días en los que todo resulta fácil y otros en los que uno no se entiende ni a sí mismo. Amar es aprender a cuidar al otro también cuando está cansado, cuando tiene miedo, cuando no sabe explicar lo que siente o cuando no responde como nosotros esperábamos.

No os casáis porque sepáis amar perfectamente. Os casáis para aprender a amar.

Y aprender a amar significa, muchas veces, aprender a perdonar.

En vuestra casa habrá alegría, ternura y momentos preciosos, pero también aparecerán el egoísmo, la impaciencia y el orgullo. Habrá palabras que no deberían haberse pronunciado y silencios que pesarán demasiado. No porque vuestro matrimonio sea malo, sino porque sois dos personas reales.

La buena noticia de hoy no es que nunca vais a fallar.

La buena noticia es que Jesucristo ha vencido aquello que destruye el amor.

Cristo ha muerto por vuestros pecados y ha resucitado para que podáis comenzar de nuevo. También en el matrimonio existen pequeñas muertes: momentos en que se enfría la conversación, se pierde la ternura, crece la distancia o parece que ya no hay salida. Pero Jesucristo resucitado puede entrar precisamente ahí.

Puede devolver la vida a lo que parecía terminado.

Puede hacer posible que uno dé el primer paso.

Puede poner en vuestros labios una palabra difícil: «Perdóname».

No permitáis que el orgullo duerma entre vosotros. No acumuléis heridas durante semanas esperando que el otro adivine lo que os pasa. Hablad, aunque cueste. Escuchad antes de defenderos. Y no utilicéis nunca, durante una discusión, las heridas que el otro os ha confiado en un momento de intimidad.

El corazón del otro no es un arma. Es tierra sagrada.

Cuando no sepáis qué hacer, rezad. No hace falta pronunciar grandes discursos. Bastará a veces con decir: «Señor, estamos cansados. No sabemos entendernos. Ayúdanos».

La oración no elimina mágicamente las dificultades, pero abre una ventana cuando dentro de la casa comienza a faltar el aire.

Cristo no quiere quedarse en las fotografías de esta boda. Quiere entrar en vuestra vida. Quiere estar en la mesa, en el trabajo, en vuestras decisiones, en la economía de la casa, en la enfermedad y en la manera de educar a los hijos, si Dios os los concede.

Y necesitaréis también a la comunidad cristiana. No intentéis vivir vuestro matrimonio solos. Habrá momentos en los que necesitaréis hermanos que os recuerden que Dios es fiel, precisamente cuando vosotros no consigáis verlo.

Dentro de unos instantes diréis: «Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad».

Son palabras enormes.

No las pronunciáis porque estéis seguros de vuestras fuerzas. Las pronunciáis porque confiáis en la fidelidad de Dios. Vuestro «sí» se apoya en un «sí» mucho más fuerte: el de Jesucristo, que no abandona, que perdona y que vuelve a levantar al que cae.

Daniel, Marta no te pertenece. Dios te la confía para que la cuides.

Marta, Daniel no te pertenece. Dios te lo confía para que lo ayudes a llegar al cielo.

Seguid eligiéndoos en las cosas pequeñas. Preguntaos cómo estáis y escuchad la respuesta. Dad las gracias. Reíos juntos. No convirtáis cada dificultad en una tragedia. Y no deis nunca por supuesto el regalo de tener a vuestro lado a alguien que ha decidido compartir su vida con vosotros.

Que vuestra casa sea un lugar donde se pueda respirar, donde quien llegue cansado encuentre acogida y donde vuestros hijos puedan descubrir quién es Dios viendo cómo sus padres se aman, se perdonan y vuelven a empezar.

Hoy todos deseamos que seáis muy felices. Pero la felicidad cristiana no consiste en que nunca haya problemas. Consiste en descubrir que, incluso dentro de ellos, Cristo permanece con vosotros.

Que Él sea la roca de vuestra casa.

Que cuando llegue el cansancio os conceda paciencia; cuando aparezca el orgullo, humildad; cuando llegue el sufrimiento, esperanza; y cuando falléis, la gracia de comenzar de nuevo.

Y que quien contemple vuestra manera de amar pueda descubrir que Dios existe, que Dios es fiel y que el amor para siempre, con su ayuda, sigue siendo posible.

Amén.       

 

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