Homilía
de funeral de un hombre fiel y bueno
(82 años de vida)
Nuestro hermano Ricardo está vivo.
Alguien me dirá: “Pero
¿no ves lo evidente? ¿Acaso eres el único que no se da cuenta de que tienes el
ataúd delante de ti?”. Sí, veo lo evidente. Veo el ataúd. Veo el dolor. Veo
las lágrimas. Veo la ausencia que deja Ricardo entre nosotros. La fe cristiana
no nos pide cerrar los ojos ante la muerte ni maquillar el sufrimiento con
frases bonitas.
Y, sin embargo, yo
sigo sosteniendo que Ricardo está vivo. No vivo como antes. No vivo a nuestro
modo. No vivo simplemente en el recuerdo de quienes le quisieron. Decimos
que Ricardo vive en Cristo, confiado a la misericordia del Padre, dentro de
la comunión de los santos.
Y esto lo podemos proclamar
porque Cristo vive. Porque Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado y Cristo
está vivo. Esta es la noticia que sostiene hoy nuestra esperanza. Esta es la
verdad que nos permite llorar sin desesperación. Esta es la alegría interna que
el mundo no siempre entiende: que la muerte es real, pero no es eterna;
que el dolor es verdadero, pero no tiene la última palabra; que el ataúd está
delante de nosotros, pero Cristo resucitado está en medio de nosotros.
Despedir a un
hermano que, según iba creciendo en la fe y descubriendo nuevas cosas como
cristiano, las iba incorporando a su vida personal, familiar y comunitaria,
genera una paz en el corazón. No una paz superficial. No una paz de
escaparate. No una paz que niega el dolor. Sino esa paz pascual que nace
cuando uno ha visto cómo Jesucristo ha acompañado, fortalecido y sostenido una
vida en medio de muchas pruebas.
Ricardo fue
descubriendo que la fe no es una teoría bonita ni un barniz religioso para
momentos solemnes. Fue descubriendo que Jesucristo acompaña de verdad,
fortalece de verdad, corrige de verdad, consuela de verdad y salva de verdad. Y
cuando uno ha tenido experiencia del Dios vivo, empieza a mirar incluso la
muerte de otro modo. No como un muro cerrado, sino como un paso; no como la
desaparición en la nada, sino como un nuevo nacimiento hacia Aquel que nos ama
infinitamente.
Por eso hoy no
venimos sólo a despedir. Venimos a proclamar. Venimos a anunciar el corazón de
nuestra fe: Cristo ha muerto y ha resucitado. Cristo ha vencido a la muerte.
Cristo vive. Y porque Cristo vive, Ricardo vive en Él.
Estamos inmersos
muchas veces en una dinámica eclesial en la que parece que, con la simple
administración de los sacramentos, ya está todo hecho. Bautizamos, confirmamos,
casamos, ordenamos, celebramos, despedimos… y, sin embargo, el sacramento no es
un punto final. El sacramento es una semilla de vida eterna. Es un don que hay
que aprender a vivir. Es una gracia que necesita ser acompañada, educada,
cuidada y desplegada en la vida concreta.
Porque uno se casa
y sale de la Iglesia contento con su esposa o con su esposo. Pero después
vienen las complicaciones. Llegan las decepciones. Aparecen las heridas. La
vida se vuelve cuesta arriba. Y entonces uno puede preguntarse: ¿quién me
acompaña? ¿Quién me da una palabra desde la fe cuando las cosas se complican?
¿Dónde busco refugio cuando me siento arrojado en medio de una sociedad
secularizada, sin saber bien a dónde acudir?
Y esto no vale
sólo para el Matrimonio. Vale para el Bautismo, para la vida consagrada, para
el Orden sacerdotal, para toda vocación cristiana. Realmente, ¿quién me
educa a concebir mi vida cristiana como una dinámica que me ayude a responder a
la vocación que el Señor me ha regalado? ¿Cómo voy incorporando las
desazones, las decepciones, las heridas de mi historia y el dolor que voy
sufriendo dentro de la gracia que he recibido? ¿Cómo voy adquiriendo
experiencia del Dios vivo si sólo encuentro palabras y no testigos que me
orienten, como esos hombres que en las pistas de aterrizaje ayudan a los
aviones a encontrar el camino seguro?
La vida cristiana
no es algo estático. No basta decir: “Estoy bautizado”, como si eso
fuera una etiqueta guardada en un cajón. El Bautismo es una vida nueva. La
Eucaristía es alimento para el camino. La Penitencia es medicina y
resurrección. El Matrimonio es camino de santidad en medio de la vida real. El
Orden sacerdotal es entrega diaria. La vida consagrada es profecía del Reino.
Todo sacramento recibido nos pone en camino.
Por eso la
parroquia no puede reducirse a una suma de actividades controladas desde fuera,
sino que está llamada a ser una verdadera Comunidad de Comunidades, donde la fe
recibida se acompaña, se educa y se hace camino compartido.
Ricardo entendió esto.
Ricardo no quiso vivir una fe de escaparate. No se conformó con mirar el traje
cristiano desde fuera, como si estuviera detrás de un cristal, sin poder
probárselo, sin poder ajustarlo a la vida concreta, sin poder caminar con él.
Ricardo quiso una fe de camino real. Una fe que se mancha con el polvo de la
historia. Una fe que entra en casa. Una fe que pasa por la familia, por la
comunidad, por las pruebas, por las crisis, por la enfermedad, por las
preguntas y también por las esperanzas.
Ser cristiano es
cosa de valientes; y valiente fue nuestro hermano Ricardo.
Ricardo está vivo.
Y está vivo porque Cristo vive. Pero también podemos decir que, mientras
peregrinó entre nosotros, se atrevió a vivir como cristiano, no de escaparate,
sino de camino real.
Nos dice Jesús que
“nada hay encubierto que no llegue a descubrirse, ni nada oculto que no
llegue a saberse” (cfr. Mt 10, 26). Y es muy cierto. Porque cuando se
apaguen las luces del escenario de este mundo, entonces se verá quién ha
acertado con la vida y quién la ha malgastado. Jesús nos invita a apostar
por su propuesta sin miedo, porque el teatro de lo efímero se cierra, la
comedia de las glorias mundanas termina, y al final permanece la verdad.
Y cuando uno se
encuentra a un hermano que puede decir con san Pablo: “He combatido el buen
combate, he terminado la carrera, he conservado la fe” (2 Tim 4, 7), tiene
la certeza de que la brújula que ha orientado su vida ha apuntado a Cristo, y
hacia ese Cristo camina ahora.
Ricardo Miguel es
de aquellos cristianos que se creyeron el kerigma: Que Cristo ha
muerto, que Cristo ha resucitado y que Cristo está vivo. Y descubrió que, para
entrar en el dinamismo genuino de la fe —esa fe que enriquece, sostiene y da
fundamento—, necesitaba hacerlo dentro de una comunidad cristiana concreta.
En esa búsqueda,
Ricardo encontró una comunidad concreta, el Camino Neocatecumenal, donde fue
aprendiendo a escuchar la Palabra, a dejarse corregir, a caminar con hermanos y
a descubrir que la fe no se vive en solitario.
Porque nadie llega
solo al Cielo. Caminamos como pueblo. Caminamos con hermanos. Caminamos
sostenidos por la Palabra, por la Eucaristía, por la oración, por la corrección
fraterna, por el perdón, por la paciencia y por la misericordia de Dios.
Caminamos con quienes están a nuestro lado y también con quienes nos han
precedido en la fe y duermen el sueño de la paz.
Estoy hablando de
un hermano que, junto con los hermanos que nos han precedido en la fe y duermen
el sueño de la paz, está unido a los hermanos que aún peregrinamos por esta
tierra. Todos estamos embarcados. Todos vamos en la misma barca. Todos
necesitamos poner el timón de nuestra vida hacia el Señor.
Y también
nosotros, muchas veces, nos agitamos por tempestades tan fuertes que parece que
la barca va a desaparecer entre las olas de los problemas. Nos zarandean los
desafíos de este mundo, los dolores, las crisis, los pecados, las decepciones,
las enfermedades, las rupturas, los miedos. Y llega un momento en que uno puede
pensar: “Señor, ¿no te importa que perezcamos?” (cfr. Mt 8, 23-27).
Pero Cristo
está en la barca. A veces parece dormido, pero no está ausente. A veces
calla, pero no abandona. A veces permite que la tempestad nos muestre nuestra
fragilidad, pero no deja que la muerte tenga la última palabra. Dios, como fiel
guerrero, lucha a nuestro lado: “El Señor combatirá por vosotros” (cfr.
Ex 14, 14); “el Señor es un guerrero” (cfr. Ex 15, 3). Él rescata
nuestra vida de la fosa (cfr. Sal 103, 4) y nos muestra que somos un pueblo
distinto, elegido y adquirido por Él (cfr. Ex 33, 16; 1 Pe 2, 9).
Por eso hoy,
delante del ataúd de Ricardo, podemos llorar. Claro que podemos llorar. Ser
cristiano no consiste en tener el corazón de piedra. Pero no lloramos como
quienes no tienen esperanza (cfr. 1 Tes 4, 13). Lloramos con esperanza.
Lloramos mirando a Cristo. Lloramos sabiendo que el amor no queda destruido
por la muerte cuando ha sido sostenido por Dios.
Y cuando uno opta
por vivir “modo cristiano”, descubre algo que el mundo no entiende
fácilmente; que estar en el Cielo y con Cristo es, sin lugar a dudas, lo
mejor. San Pablo lo decía con una expresión preciosa: “deseo partir y
estar con Cristo, pues es con mucho lo mejor” (cfr. Flp 1, 23).
No porque
despreciemos esta vida. No porque no amemos a nuestra familia. No porque no
valoremos los días compartidos, los abrazos, la mesa, la amistad, la comunidad,
el trabajo y la historia vivida. Precisamente porque todo eso es valioso,
creemos que Dios no lo tira a la basura. Dios no crea para destruir. Dios no
ama para abandonar. Dios no llama por el nombre en el Bautismo para dejar luego
a sus hijos en la nada.
La vida de
Ricardo, con sus luces, sus luchas, sus pobrezas, su fe y su camino, está ahora
en manos de Dios. Y no hay manos mejores que las del Padre.
A su familia, a
quienes le habéis querido, a quienes hoy sentís el golpe de su ausencia, la
Iglesia no os ofrece una frase bonita. Os ofrece a Cristo resucitado. Os ofrece
la esperanza de la vida eterna. Os ofrece la certeza de que el amor vivido en
Dios no se pierde. Os ofrece la comunión de los santos, esa misteriosa y
real unión en Cristo entre quienes peregrinamos en la tierra, quienes se
purifican en la misericordia de Dios y quienes ya gozan de la gloria del Cielo.
Ricardo está vivo.
Está vivo en
Cristo. Está vivo confiado a la misericordia del Padre. Está vivo dentro de la
comunión de los santos. Está vivo en esa Pascua eterna donde ya no hay muerte,
ni luto, ni llanto, ni dolor, porque el mundo viejo ha pasado.
Y hoy, mientras lo
entregamos confiadamente al Padre, pedimos también por nosotros. Pedimos no
vivir una fe de escaparate, sino de camino real. Pedimos no conformarnos con
frases hechas, sino buscar la experiencia del Dios vivo. Pedimos no
reducir los sacramentos a momentos bonitos, sino dejarnos transformar por la
gracia que en ellos hemos recibido. Pedimos comunidades cristianas que
acompañen, que sostengan, que eduquen, que abran caminos, que no apaguen el
deseo de crecer, sino que ayuden a cada hermano a poner la brújula de su vida
mirando a Cristo.
Señor Jesús,
recibe a Ricardo. Tú que lo llamaste por su nombre en el Bautismo, condúcelo
ahora a la casa del Padre. Y a nosotros danos la gracia de seguir caminando,
con la brújula orientada hacia Ti.
Ricardo, hermano
nuestro, hoy te despedimos con lágrimas, pero también con esperanza. Te
entregamos al Señor en quien creíste, al Cristo vivo que te acompañó, al Padre
que te ama infinitamente, al Espíritu Santo que fue haciendo camino en tu
historia.
Y nosotros
seguimos navegando. Seguimos en la barca. Seguimos en la tempestad de este
mundo, pero no solos. Cristo está con nosotros. Cristo vive.
Cristo vence. Cristo resucita a los suyos.
Por eso hoy, con dolor real y con
esperanza pascual, volvemos a proclamarlo: Ricardo está vivo, porque Cristo
vive.

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