sábado, 25 de julio de 2026

Breve Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 13, 44-46

 

Breve Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario,

Ciclo A - Mt 13, 44-46

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo»

 

El tesoro por el que merece la pena vivir

Hermanos:

Todos queremos acertar en la vida. Hay equivocaciones pequeñas: tomar una calle incorrecta, comprar algo que luego no usamos o preparar una receta que termina necesitando bastante misericordia. Pero existen decisiones mucho más importantes: a quién entregamos nuestra confianza, qué lugar ocupa el dinero, cómo reaccionamos ante el mal, para qué empleamos nuestros dones y qué sentido damos a nuestra existencia.

Por eso, en el mundo antiguo se estimaba tanto la sabiduría. Una persona podía ser rica, poderosa e incluso temida; pero, si no sabía vivir, no era considerada verdaderamente sabia.

Saber muchas cosas no es lo mismo que saber vivir

La sabiduría bíblica no consiste simplemente en acumular conocimientos. Se puede tener una gran memoria, conocer muchos datos y, sin embargo, equivocarse en lo esencial.

Sabio es quien aprende a distinguir entre lo que da vida y lo que termina destruyéndola; entre lo que resulta agradable durante un momento y lo que conduce al bien; entre aquello que brilla mucho y aquello que de verdad merece nuestra confianza.

Las parábolas de este domingo nos ayudan precisamente a desarrollar esa sabiduría. Jesús nos pregunta con sencillez: ¿sabemos reconocer lo verdaderamente valioso?

El tesoro estaba allí, pero había que descubrirlo

Jesús habla primero de un tesoro escondido en un campo. Un hombre lo encuentra, vuelve a ocultarlo y, lleno de alegría, vende todo cuanto posee para comprar aquel terreno.

Conviene fijarse en un detalle: el tesoro estaba allí, pero permanecía escondido. No se encontraba expuesto en un escaparate ni llevaba un cartel que dijera: «La felicidad está aquí». Era necesario descubrirlo.

Así sucede también con el Evangelio.

Las cosas que más llaman nuestra atención no siempre son las que más bien nos hacen. El éxito se exhibe. El dinero se cuenta. La popularidad se anuncia. Las apariencias encuentran espectadores con bastante facilidad. El Evangelio, en cambio, suele entrar en nuestra vida de manera discreta.

Puede comenzar con una palabra de Jesús que un día nos toca de una forma especial. Puede aparecer en una persona que vive con una paz que no sabemos explicar. Quizá lo percibimos en alguien capaz de perdonar, de servir sin hacerse propaganda o de permanecer junto a quien sufre cuando otros ya se han marchado.

Entonces intuimos que allí hay algo diferente. Como si, en medio de la tierra, apareciera un pequeño destello.

Podemos haber escuchado muchas veces el mismo Evangelio y, sin embargo, descubrirlo verdaderamente un día concreto. No porque sus palabras hayan cambiado, sino porque quizá nosotros hemos comenzado a escucharlas de otra manera.

El tesoro estaba allí. Faltaba detenerse, mirar y empezar a cavar.

La fe comienza con una alegría, no con una pérdida

El hombre de la parábola vende todo cuanto tiene. Pero no lo hace llorando ni arrastrando los pies. Jesús dice que actúa lleno de alegría.

Este detalle cambia por completo la parábola.

A veces hemos presentado la vida cristiana empezando por lo que cuesta: las renuncias, los sacrificios, las obligaciones y las prohibiciones. Sin embargo, Jesús comienza por un descubrimiento.

Aquel hombre no deja sus bienes porque todo le parezca malo. Los deja porque ha encontrado algo mucho mejor. No se siente empobrecido: sabe que está realizando la mejor inversión de su vida.

El discípulo verdadero no habla continuamente de lo que ha perdido. Habla, sobre todo, de lo que ha encontrado.

Ha encontrado una manera nueva de vivir. Ha descubierto que amar llena más que utilizar a los demás; que compartir libera más que acumular; que perdonar puede cerrar heridas que el resentimiento mantiene abiertas; que servir no empequeñece, sino que ensancha el corazón.

Cuando uno descubre esto, cambia su escala de valores. No porque alguien lo obligue desde fuera, sino porque comienza a mirar la vida con otros ojos.

Por eso, la primera pregunta no es: «¿A qué tengo que renunciar?». Hay otra anterior y más importante: «¿He descubierto realmente el tesoro?»

Mientras no se descubre, cualquier renuncia parece insoportable. Cuando se comprende lo que se ha encontrado, muchas cosas dejan de parecer imprescindibles.

La perla: en qué clase de persona nos convertimos

La segunda parábola habla de un comerciante que buscaba perlas finas. Este hombre es distinto del anterior. El primero encontró el tesoro de manera inesperada; el mercader, en cambio, llevaba mucho tiempo buscando.

Conocía las perlas. Había visto muchas y sabía reconocer su valor. Ya había encontrado cosas hermosas, pero ninguna conseguía satisfacer por completo su búsqueda. Hasta que un día encuentra una perla incomparable.

También nosotros buscamos belleza. No solamente belleza exterior.

A veces decimos de alguien: «Es una persona preciosa». Quizá no destaca por su apariencia, pero tiene una manera de escuchar, de tratar a los débiles, de acompañar, de servir o de perdonar que la hace verdaderamente hermosa.

La belleza más profunda de una persona está en los valores que encarna.

Hay personas que, cuando llegan, hacen que el ambiente sea más humano. No necesitan colocarse en el centro; saben dejar espacio a los demás. No van dando lecciones continuamente, pero a su lado uno aprende. No esconden los problemas, aunque tampoco siembran desesperanza.

El Evangelio quiere formar en nosotros esa belleza interior.

No basta con admirar las palabras de Jesús como quien contempla una joya detrás de un cristal. Su sabiduría quiere entrar en nuestra vida: en nuestra manera de hablar, de gastar, de elegir, de mirar a los demás y de reaccionar cuando alguien nos hiere.

La belleza cristiana alcanza su cima en el amor, especialmente en el amor que no responde al mal con más mal.

Esto no significa justificar la injusticia ni permitir que alguien nos destruya. Significa negarnos a que el daño recibido decida en qué clase de persona vamos a convertirnos.

La perla de gran valor es una vida que aprende a amar al estilo de Jesús.

La red pasa por el interior de cada uno

Después aparece la parábola de la red. Los pescadores la sacan del agua y encuentran de todo: peces aprovechables y cosas que no sirven.

Al escucharla, podemos caer rápidamente en una interpretación muy cómoda: dentro de la red están los buenos y los malos. Y, curiosamente, nosotros solemos colocarnos entre los buenos. Para los malos, en cambio, casi siempre tenemos algún candidato disponible.

Pero la parábola nos invita a mirar más adentro.

La separación entre lo bueno y lo corrompido no pasa solamente entre unas personas y otras. Pasa por el interior de cada uno de nosotros.

En todos hay algo hermoso y algo que necesita ser purificado. Podemos ser generosos y, al mismo tiempo, necesitar que todo el mundo lo sepa. Podemos defender la verdad, pero hacerlo sin caridad. Podemos ayudar mucho fuera de casa y ser bastante difíciles de soportar dentro de ella.

Nuestro corazón es complejo. En esa red interior aparecen peces buenos, ramas, hojas y algún trapo del que ni siquiera recordamos cómo llegó hasta allí.

Pertenecer a la comunidad cristiana no significa haber terminado el camino. El bautismo no nos convierte automáticamente en una obra acabada. Dios continúa trabajando en nosotros con paciencia.

Dios no quiere destruirnos, sino liberarnos

Las imágenes del fuego y del juicio pueden asustarnos si las interpretamos como si Dios disfrutara castigando. Pero la buena noticia es otra: Dios quiere destruir aquello que nos destruye.

Quiere quemar el egoísmo, la mentira, la crueldad, el rencor y todo lo que nos impide vivir plenamente. No quiere perder a la persona; quiere salvar todo lo bello, verdadero y bueno que hay en ella.

La última palabra, por tanto, no es la amenaza. Es la esperanza.

Dios no se resigna a que permanezca para siempre en nosotros aquello que nos desfigura. Su obra consiste en purificarnos para que aparezca con mayor claridad la persona que estamos llamados a ser.

Lo nuevo no desprecia todo lo antiguo

Al final del pasaje, Jesús habla de un escriba que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas.

No dice «cosas nuevas y cosas viejas». Lo viejo puede haber quedado vacío y sin vida. Lo antiguo, en cambio, puede conservar una sabiduría preciosa.

El discípulo de Jesús no necesita despreciar todo lo recibido anteriormente. Puede reconocer la verdad aprendida de sus padres, la experiencia de los ancianos, los valores de su cultura y cuanto de bueno ha encontrado a lo largo de su camino.

Cristo no viene a destruir la belleza verdadera. Viene a recogerla, purificarla y llevarla a plenitud.

Tres imágenes para revisar nuestra vida

Hoy el Evangelio nos deja delante de tres imágenes: un tesoro, una perla y una red.

El tesoro nos pregunta: ¿qué ocupa realmente el centro de mi vida?

La perla nos pregunta: ¿en qué clase de persona me estoy convirtiendo?

La red nos recuerda: todos necesitamos ser purificados y ninguno puede vivir señalando desde fuera el mal de los demás.

Pidamos al Señor la verdadera sabiduría: la capacidad de reconocer lo que merece la pena.

Que sepamos descubrir el tesoro, incluso cuando aparezca escondido.

Que el Evangelio no sea para nosotros una idea conocida, sino una alegría encontrada.

Que su Palabra vaya haciendo nuestra vida más bella, más libre y más capaz de amar.

Y que, cuando llegue el momento de elegir, tengamos la lucidez de no cambiar el verdadero tesoro por unas cuantas cosas que brillan mucho, pero duran muy poco.

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