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viernes, 14 de diciembre de 2012

Homilía del tercer domingo de adviento, ciclo c



DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO, CICLO C
            La espiritualidad del Adviento es la espiritualidad de toda la vida, que consiste en prepararse para el encuentro. La Iglesia, que es madre y maestra, pretende poner al rojo vivo los corazones, los deseos, disponer para un encuentro con Jesucristo. Es Dios mismo quien baja del Cielo para hacerse hombre y así salir a tu encuentro, es más, te viene a buscar. Otra cosa es que nosotros estemos preparados, otra cosa es que nos hayamos enterado. Es que quizá, tal vez, no hayamos conseguido las disposiciones interiores necesarias para captar el timbre de su voz, el sentido de las palabras de Jesucristo, la trascendencia del momento que se aproxima. Pueda ser que creamos que no estamos heridos por el pecado o que nuestra alma no sufre de lepra espiritual.  Yo no sé ustedes, pero yo sí que necesito de cuidados, de salvación y de purificación espiritual.
            ¿Ustedes no han oído alguna vez esa famosa expresión de ‘yo no tengo pecados porque no mato, ni robo ni me acuesto con malas mujeres’? Y lo curioso es que ‘se quedan tan frescos’ convencidos que tendrán una fiesta de bienvenida por todo lo alto en el cielo tan pronto como mueran.  Estas personas son como adobes y espiritualmente asilvestrados. ¿Dónde queda la finura en el trato con el Señor? ¿Dónde queda la exigencia espiritual? ¿Dónde queda la lucha contra el pecado? ¿En qué lugar hemos dejado arrinconado a Jesucristo? Manifestar que uno no tiene pecado es un acto de soberbia ya que se cierra a la misericordia de Dios y no siente la necesidad de acudir al médico de las almas para que las heridas sean cicatrizadas. Es que resulta que yo y tú y él,….todos nosotros hemos sido rescatados por Dios y constantemente nosotros debemos ser asistidos por la gracia venida desde lo Alto. La Palabra de Dios ha de ser guardada en nuestros corazones y recordada en nuestras mentes y pronunciada por nuestros labios. Reconocido el pecado podemos avanzar hacia Cristo Jesús. Acogida la Palabra Revelada permitimos que la luz de Dios alumbre nuestros pasos.
            Les voy a poner un breve ejemplo: Cuando el fuego se acerca al leño, en primer lugar lo ilumina, lo alumbra y lo aviva. Esta fase es cuando uno descubre que Alguien, que es Dios, está presente de modo misterioso en la oración y en los sacramentos… por lo menos uno lo va intuyendo. Si el fuego se aproxima más al leño, en un primer momento los efectos son aparentemente inversos: en contacto con la llama, el leño comienza a oscurecer, a despedir humo, a oler mal y a desprender brea y otras sustancias desagradables. Es decir, cuando uno en su vida espiritual, a la luz de la Palabra revelada, esforzándose por la permanencia en el estado de gracia y fortalecido por los sacramentos, sobre todo el de la confesión, va experimentando su propia miseria, pecado y absoluta impureza. Es una etapa dura pero necesaria. Mas si ese leño está en contacto directo y prolongado con esa llama, con ese fuego, terminará siendo trasformado en fuego. Es cuando el alma, en contacto con el fuego divino se purifica, se abrasa en su totalidad y se ve fortalecida en la caridad, ese es el fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra.
            Nos hemos encontrado en el Evangelio que una serie de personas se acercan a Jesús para preguntarle eso de « ¿qué hacemos?»  «¿qué hacemos nosotros?». Estas personas piensan que seguir a Jesucristo consiste en hacer cosas, en asistir al culto, en cumplir con lo mandado… y es que resulta que seguir a Cristo es dejarse quemar espiritualmente en su presencia, tal y como le sucede al leño y una vez que uno esté abrasado en ese amor….dejarnos conducir por lo que nos indica las palabras del Apóstol San Pablo: «Que la paz de Dios custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Homilía del Segundo Domingo de Adviento, ciclo c

DOMINGO SEGUNDO DE ADVIENTO. Ciclo c
Lectura del Profeta Baruc 5, 1-9
Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6 R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 1, 4-6. 8-11
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 3, 1-6

            Los creyentes vivimos en nuestra cultura con cierta incomodidad. La fe está llamada a enraizarse en las diversas realidades donde nos movemos y poder desarrollarse. Nadie puede olvidarse que el Evangelio ha sido causa de escándalo para los judíos y locura para los gentiles. Y que el Dios de Jesucristo no se parece a un carrito de la compra donde uno va echando lo que más le conviene. Del mismo modo que uno no puede arrancar las páginas de la Biblia que a uno no le convencen o le incomodan, porque terminaríamos arrojando a la hoguera hasta las mismas pastas del libro sagrado.
            Tampoco podemos condescender con determinados planteamientos de pensamiento o con determinados modos de entender las relaciones sociales o familiares porque, aparte de perjudicarnos, estaríamos distorsionando el Mensaje de Jesucristo. La Palabra nos exige obediencia. Pero podemos pensar que la Palabra está escrita en un libro, que a su vez está en una estantería y que somos nosotros los que estamos en el mundo y que nos tenemos que apañar como podemos, muchas veces muy zarandeados por el materialismo, por el relativismo, por la impiedad reinante. Vivir cristianamente aquí y ahora significa vivir estando muy espabilados. Hemos de tratar de discernir los elementos culturales en los que nos movemos analizando si es compatible o no con las afirmaciones de la fe.

            San Juan el Bautista hoy ya nos lo está diciendo con gran claridad pidiéndonos la conversión: «Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale». Y preparamos el camino del Señor escuchando su Palabra. La Palabra es la semilla que el Espíritu Santo deposita en nosotros para despertarnos y avivar nuestra unión a Cristo. Gracias al contacto directo y frecuente con la Palabra vamos cayendo en la cuenta de que las cosas en nuestra vida no las tenemos tan bien como pensábamos.  Los planetas del sistema solar cuando más alejado del Sol mas hielo aparece. Todos tenemos la experiencia de creernos muy seguros de muchas cosas, de decir, yo en ese pecado no voy a caer nunca. Pero... cuando uno va descuidando y alejándose del sol que es Cristo...cuando uno baja la intensidad en la oración, empieza un poco a relajarse en las costumbres, uno cae donde no debería de caer. Es decir, que cuando no dejamos actuar como tiene que actuar el Espíritu Santo ya se encarga el Demonio de 'campar a sus anchas' dañando todo lo que encuentra a su paso. Por eso San Juan el Bautista nos urge a la conversión para hoy y ahora, porque tal vez mañana sea demasiado tarde. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

Homilía del cuarto domingo de adviento, ciclo c



CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO C

            En nuestro pueblo hay muchos valores cristianos y muchas personas que viven fervorosamente su fe. Y yo como presbítero, doy gracias a Dios por ello. Sin embargo, no estamos todos los que somos. Hay hermanos nuestros, jóvenes y adultos para los que la fe en Jesucristo cada vez significa menos. Personas, con comportamientos muy diversos que viven alejados de cualquier referencia religiosa, sin contar con Dios en su vida y sin tener en cuenta la promesa de la vida eterna. Esto es un motivo muy serio de grave preocupación.
            La gente siente, piensa y vive de otra manera. Es como si el influjo de lo religioso no influyese. El modo de cómo los creyentes expresaban su fe en el pasado ahora ya no cuadra, no encaja, no es atrayente ni convincente a los cristianos jóvenes o de mediana edad de ahora. La religión no aparece como algo importante para la vida real. Permítanme esta comparación: La vida de fe que cada uno podamos tener se asemeja a las vigas de madera de las casas. Una viga sana, bien cuidada es garantía de sujeción. Mas si esa viga está poblada de termitas que han ido quedando hueco su interior, llegará un momento y no tardando, que la ruina de esa casa se haga bien patente. Son muchas las veces que he tenido que escuchar la tan famosa como desafortunada sentencia que dice: «La Misa y el pimiento son de poco alimento». Sucede que la fe se debilita, y como consecuencia esa fe en Cristo ya no se tiene en cuenta ni en las decisiones, ni en las convicciones ni en la manera de vivir. Dicho con otras palabras: volvemos a arrinconar a Jesucristo tal y como hicieron hace más de dos mil años en Belén cuando tuvo que nacer a las afueras del pueblo arrinconado en aquel pobre y mal oliente pesebre porque no había sitio para Él en la posada. Ahora entienden ustedes como debemos hacer nuestra esa súplica honda del salmista cuando clama: «OH DIOS, RESTÁURANOS, QUE BRILLE TU ROSTRO Y NOS SALVE».
            Si existiese algún escáner o resonancia magnética que nos permitiese adentrarnos en la profundidad de nuestra espiritualidad y poder comprobar el estado real de nuestro interior más profundo nos percataríamos de que estamos dislocados, espiritualmente descoyuntados. Por una parte creemos en Dios y en Jesucristo, queremos vivir en conformidad con esta fe; pero por otra parte vivimos dentro de una cultura donde Dios está siendo borrado de la escena social. Todos nos damos cuenta cómo se está imponiendo nuevas formas de pensar, muchas de ellas ajenas a nuestra fe. A pesar de todo esto, Dios se sigue haciendo presente en aquellos que le quieran acoger.  
            Si se han dado cuenta, hoy Santa María y Santa Isabel, ambas agraciadas por el don del Espíritu Santo muestran entre ellas una sintonía total. Se manifiesta una relación tan fortalecida que va más allá de los lazos de la carne y de la sangre. Es fuerza del Señor la que se está manifestando de un modo poderoso entre estas dos santas mujeres. Es Cristo Jesús quien las está uniendo en un lazo espiritual. Aquella época tenía sus dificultades y estaban sometidos a otras particulares tiranías ideológicas, sociales o de comportamientos, tal y como hoy también nos sucede. También había mucha gente que sentía, pensaba y vivía de otra manera al margen de Dios, no dejándose influir por lo religioso; sin embargo nunca podrán acallar la voz de Jesucristo porque estaremos nosotros siempre expectantes a escucharla. Así sea.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Homilía del primer domingo de Adviento, ciclo C



PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO C                                2 de diciembre de 2012
            Hermanos, cada parroquia, cada comunidad cristiana, cada grupo cristiano, allá donde esté, tiene que ser presencia interpelante de una vida diferente. Nosotros debemos de tener una vida diferente. Diferente la manera de atender y de acoger dentro del templo, diferente la vida del sacerdote y de sus más inmediatos colaboradores, diferente la vida de los matrimonios y de las familias que escuchan la Palabra de Dios y celebran todos los domingos los misterios de la redención, diferente la vida de los jóvenes que viven y enfocan su vida al amparo de la comunidad cristiana, según las enseñanzas y los ejemplos de Jesús. ¿Diferente por qué? Porque Jesucristo quiere que tanto tú como yo ofrezcamos algo que el mundo no tiene. El Señor nos dijo: «que vean vuestras buenas obras y alaben al Padre Celestial».
            Seguir a Cristo implica llenarse de Cristo y llenarse de Cristo nos lleva a destacarnos en el amor. Hermanos, no podemos diluirnos en la mediocridad. Debemos de ser puntos de referencia, algo que destaque. Donde no hay ese contraste de una vida diferente se diluye la verdad y la fuerza del anuncio.
            Hermanos, tenemos que reconocer una cosa, que hemos cometido una seria equivocación. Hemos caído en las zarpas del progresismo y el progresismo como sistema considera que los cristianos y la misma Iglesia tienen que condescender con las ideas y con los criterios del mundo para atraer y convencer a los no creyentes. O sea que los cristianos nos acomodemos a los criterios del mundo. Sin embargo el Evangelio dice exactamente lo contrario. Nosotros somos discípulos de Jesús y los discípulos de Jesús tenemos que llevar una vida diferente, tiene que llamar la atención de los no creyentes; tiene que irradiar la belleza y el gozo de los dones de Dios, y a la vez, los seguidores de Jesús tenemos que estar preparados para vernos rechazados por quienes buscan su propia gloria, porque los discípulos de Jesús no pueden ser más que su Maestro.
            Recordemos las palabras de San Pablo, Él nos dice: «Habéis aprendido de nosotros como proceder para agradar a Dios: pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos en nombre del Señor Jesús». Es decir, San Pablo nos está diciendo con mucha claridad este mensaje: «Estemos todos preparados para vivir el ahora, el tiempo presente, con plena responsabilidad». Los cristianos tenemos, primero, que vivir sinceramente el Evangelio de Jesús, como personas, en las familias y en la comunidad entera. Y vivir sinceramente el Evangelio de Jesús me implica revisar mi vida y la vida de los que uno ama para que la Palabra de Jesús tenga la acogida más calurosa posible. El sacerdote ayudará, incondicionalmente, a todos aquellos que deseen que Cristo sea el centro de su hogar.
            Para que el nombre de Cristo sea conocido y amado, para plantear una nueva presencia que interpele, que llame positivamente la atención, para que la parroquia sea un foco de vida espiritual se precisa de personas entusiastas y bien formadas que estén dispuestas a colaborar en la tarea común de la Evangelización. Y estos colaboradores no nacen formados, son el fruto de un trabajo paciente y bien programado, de la fidelidad en el confesionario y de un trabajo perseverante de formación de los seglares. Tenemos que superar la idea de entender la parroquia sólo como un lugar de culto. Es muy necesario enseñar a orar; es esencial arrodillarse en oración ante Cristo Eucaristía; es muy importante reavivar el interés por los asuntos de la fe y de la vida cristiana para la recta orientación de la vida y de los problemas que nos encontramos cada día.
            Es fundamental que como cristianos llevemos una vida diferente a la del resto. No podemos diluirnos en la mediocridad, sino ser TESTIGOS DE CRISTO allá en donde nos encontremos siempre contando con el apoyo incondicional de aquellos que amamos a la Iglesia.  

jueves, 6 de diciembre de 2012

Homilía del segundo domingo de Adviento, ciclo C



DOMINGO SEGUNDO DE ADVIENTO, CICLO C                                                  (9 de diciembre 2012)
            Hermanos, estamos ahora en la Iglesia porque necesitamos ser evangelizados, porque sentimos la necesidad de escuchar lo que Dios quiere decirnos. Es Dios quien tiene la iniciativa para salvarte; «Él es quien nos arrancó del poder de las tinieblas, y quien nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, de quien nos viene la liberación y el perdón de los pecados», bien claro nos lo hace saber el Apóstol Pablo (1 Cor 13-14).
            La visión cristiana de la vida valora ante todo la conversión del corazón, la completa docilidad a la gracia y la iniciativa de Dios. Necesitamos ser evangelizados. Tenemos que estar seguros de que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, los mayores y también los jóvenes de ahora, están hechos para Dios, pueden y necesitan escuchar el Evangelio de Jesucristo, llevan dentro la capacidad y la necesidad de Dios, están siendo trabajados por el Espíritu Santo, van a tener sus momentos de gracia, y necesitan la ayuda de sus hermanos para recibir el Evangelio de Jesús en el cual está el secreto de su vida, de su felicidad y de su salvación. El secreto de su vida, de su felicidad y de su salvación no está en el dinero, ni en las litronas, ni cubatas, ni en la droga, ni tampoco en las diversiones hasta altas horas de la madrugada, ni tampoco el estar con una chica o un chico de cualquier modo indecente. Tampoco está el secreto ni en las infidelidades conyugales ni en el intentar sobresalir para aparentar lo que uno no es en realidad. El secreto de su vida, de su felicidad y de su salvación tiene un nombre: JESUCRISTO. El salmo 125 claramente nos lo hace saber: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres».
            San Pablo quiere que aquellos que amamos al Señor seamos colaboradores en la obra del Evangelio. Es que resulta que la fe cristiana influye en nuestra manera de ver el mundo, en la idea que tenemos de nosotros mismos y de nuestra existencia en el mundo, en el modo de situarnos y desenvolvernos en la realidad, en nuestras relaciones con las cosas, y sobre todo con las personas con las que realmente convivimos día a día. ¿La fe influye en todo esto?, ¡pues claro que influye! Y san Pablo nos comenta «que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús». Que esto de la fe no nace del propio cuerpo ni de nuestra mente, sino que se nos da de lo alto, para ser santos como Dios es santo. Como dice el libro de Baruc para despojarnos del vestido de luto y aflicción que es el pecado corrosivo y vestirnos de las galas perpetuas de la gloria de Dios que es la vida de gracia.
            De la fe nacen unos modelos de comportamiento especialmente arraigados y firmes, la valoración y el respeto por los demás como hijos de Dios, una manera bien definida de entender y realizar el matrimonio y la vida familiar, el modo de interpretar y de vivir los momentos decisivos de la salud y la enfermedad, del nacimiento y de la muerte.
            Cuando Juan el Bautista nos está gritando en el desierto «preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale», nos está exhortando Juan el Bautista a que sintamos la urgente necesidad de ser evangelizados para que todas nuestros pensamientos y acciones tengan como fundamento y como fin al mismo Dios.  

sábado, 1 de diciembre de 2018

Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo c


PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO Ciclo c
2 de diciembre de 2018
          La mayor parte de los conflictos que sean entre nosotros tienen un mismo origen: nuestra falta de fe. Estamos acostumbrados a que nos sirvan, a tomar decisiones rápidas, a estar en reuniones sin darnos cuenta de cómo se encuentra el otro, a buscar la efectividad en aquello que hacemos. Y si alguien se comporta de un modo hiriente o te hace un desprecio enseguida nos sale el juicio en vez de disculparle porque aún no ha descubierto eso que uno sí cree haberlo descubierto. En la vida cotidiana sufrimos «graves hemorragias de fe» que nos genera una grave crisis de identidad cristiana. Esto tiene grandes consecuencias en la vida personal y comunitaria y sin darnos cuenta nos adentramos en una dinámica de secularización. El hecho de estar dentro de la Iglesia no supone que Cristo esté dentro de nuestra alma.
          La Iglesia tiene que estar abierta al mundo pero evangelizar y no para perderse en el mundo. Demostramos que estamos perdidos en el mundo cuando pensamos y actuamos del mismo modo de cómo actúa el mundo. No somos una sociedad humana más, somos un pueblo llamado a morir a nosotros mismos para que el rostro de Cristo pueda resplandecer mientras nosotros nos apagamos. ¿Qué somos los cristianos? Somos el trapo que se usa para limpiar las ventanas. Es cierto que nuestro cuerpo se resiente y se resiste. Es cierto que cuando nos intentan humillar o hacer de menos sale de nosotros todos los demonios que tenemos dentro. A lo que Cristo se acerca a tu persona, se sienta a tu lado, te coge de la mano, y con cariño te dice: «Si me amas no te resistas al mal y acepta las injusticias de tu hermano», porque cuando “menos tú”, más Cristo. Así es como se «practicará el derecho y la justicia en la tierra» (Jeremías 33, 14-16), y así Yahvé será nuestra justicia.  
          ¿De qué males yo y tú nos estamos resistiendo? ¿Qué injusticias me está haciendo mi hermano y qué injusticias le estoy yo haciendo a él? ¿Cómo estoy reaccionando ante sus justicias y cómo deseo yo que el mismo Dios reaccione ante las que yo mismo cometo?
          Dice el Salmo responsorial que «el Señor es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes». Si no percibimos el rostro de Cristo en nuestra comunidad es porque nuestro pecado lo oculta. Es preciso descalzarse ante el hermano porque en él, aunque él ni se entere, te está hablando Dios y te está pidiendo que pongas fe y amor allá donde no haya ni fe ni amor. Recordemos que Cristo es el Señor de la historia y Él escribe la historia. Pero no lo escribe con tinta normal, sino con tinta invisible que únicamente con la luz y el calor de la fe lo podemos llegar a leer.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo c



PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO Ciclo c
            El Papa Benedicto XVI decía a los jóvenes que «quien se entrega a Jesucristo no pierde nada, sino que lo encuentra todo». Hace pocos días visitando las habitaciones del hospital me encontré con unas catequistas de confirmación. Las mujeres estaban desazonadas porque los chicos no les hacían ni caso y los padres aún menos. Querer que vivan como cristianos aquellos que no creen o creen mal es golpear en hierro frío. Primero tiene que despertar a la fe. Si este presbítero a esta altura de la película viene diciendo que entre todos los presentes casi ni recolectamos un gramo de fe, tal vez alguno se pueda molestar conmigo. De todos modos Jesucristo ya nos decía «porque yo os aseguro que si tenéis fe como un grano de mostaza, diríais a ese monte: ’Desplázate de aquí a allá’, y se desplazará» (Mt 17, 20). Ahora bien, cuando un cristiano empieza a despertar en la fe tiene que comenzar a sentir que hay cosas que empiezan a sobrar en su vida. Si una persona va paseando por la calle bajo el justiciero sol de pleno mes de agosto con un abrigo y con bufanda alguna tuerca le falta. Es decir, uno caerá en la cuenta de que empieza a tener fe cuando se empieza a despegar de muchas cosas. De todos modos, hay que ser muy ingenio para llegar a pensar que esos niños de primera comunión o esos  chicos de confirmación vayan a vivir como cristianos si ni se plantean personalmente el hecho de despertar a la fe. Seamos claros, es una pérdida miserable de tiempo y de energías. De hecho muchas parroquias podrán tener mucho dinero, pero poquita vida cristiana. Digo esto porque de haber vida cristiana se notaría, tal y como se nota un incendio en medio de un bosque en plena noche. Y si no hay incendio no hay calor, ni fuego ni nada de nada. ¿Cómo van a vivir en cristiano un matrimonio si no tienen referentes? ¿Cómo van a descubrir lo que supone ser cristiano en el noviazgo sino tienen a quienes poder consultar a aquellos que lo han vivido teniendo a Cristo en todo el medio? ¿Cómo van a trasmitir la fe a los hijos si ellos mismos no valoran ni la fe, ni la pertenencia a la Iglesia y entienden su ser cristianos como una sucesión de actos públicos socialmente reconocidos que se han de hacer cuando o bien sea necesario o bien uno ‘lo sienta’? Es que realmente no me extraña que estemos tan mal si los propios presbíteros tenemos tan poco celo por la salvación de la almas.
            Dice San Pablo a los de Tesalónica: «Habéis aprendido de nosotros como proceder para agradar a Dios». Cuando uno despierta a la fe descubre lo que es el amor, empieza diferenciar entre las cosas que vienen de Dios y lo que viene de Satanás. Y una vez que el cristiano está encendido en el amor a Cristo es entonces cuando entra en escena la moral cristiana como algo comprensible y deseable.
Si a uno le empiezas a decir que no haga eso ni aquello otro, y lo que está pensando que ni se le ocurra, te terminará cogiendo una rabia que ni te lo puedes llegar a imaginar. Dios no dejaría de ser ‘alguien’ que ‘nos corta el rollo en todo momento’ y la Iglesia es la madrastra malvada que atosiga al personal y de la que uno se desea liberar lo antes posible.
Cristo es consciente de nuestra gravísima mediocridad y de la escasa evangelización que estamos llevando a cabo, ya que se sigue pensando que las cosas tal y como están, aunque estén mal pues se deja pasar. Sin embargo el Señor nos dice: «levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». Es decir, la liberación se acerca, pero ¿estaremos levantados y alzados? ¿Estemos levantados ante Dios o escondidos entre los arbustos tal y como lo estaban Adán y Eva tras saberse desnudos?

sábado, 30 de noviembre de 2024

Homilía del Domingo I del Tiempo de Adviento, Ciclo C Lc 21,25-28.34-36

 


Homilía del Domingo I del Tiempo de Adviento, Ciclo C

01.12.2024                                                 Lc. 21,25-28.34-36

 

         En el evangelio somos testigos de las palabras pronunciadas por Jesús en los últimos días de su vida terrenal y en Jerusalén. Estaba en el Templo y sus discípulos se maravillaban de la magnífica construcción realizada por Herodes el Grande e invitan a Jesús a compartir esta admiración por este Templo que constituye la gloria y el orgullo del pueblo de Israel. La respuesta de Jesús es inesperada y desconcertante: «No quedará piedra sobre piedra». De todo lo que te estás admirando no quedará piedra sobre piedra. Esta afirmación para una persona piadosa israelita era un tanto blasfema porque en el santuario está presente la gloria del Señor, entonces cómo puede decir Jesús que el Templo sagrado será destruido. Si Dios es incapaz de proteger su propio hogar todas las cosas y todas las certezas religiosas se derrumbarán porque la fe carecería de fundamento.

 

Esto tiene aplicaciones prácticas en la vida de nuestra gente: ¿Y si ya no tenemos sacerdote en pueblo ni Misa dominical?; Y si mi parroquia en la capital –donde me han bautizado, me he casado, he despedido a tantos seres queridos…- se cierra y se convierte en una discoteca o en un museo o en un teatro… ¿adónde voy a ir yo ahora?; Y si se marcha ese cura tan carismático y majo de la parroquia que llevaba a los chicos de excursión, de salidas, de campamentos, de meriendas…¿qué será de nosotros? ¿Haciendo esto no nos están quitando acaso la fe y hacen que las personas se alejen de la iglesia?; Y si mi cofradía es pasto de las llamas y con todos los pasos de semana santa son destruidos ¿qué será de nosotros? ¿Cómo poder afrontar semejante crisis de fe?; Y si la novena a tal santo no se puede realizar ¿cómo voy a poder pedir al santo o a la santa que mi hijo apruebe las oposiciones, me cure de esa dolencia o que me toque la lotería de Navidad? De tal modo que para un israelita las palabras de Jesús son el anuncio del fin del mundo, ya que la fe carecería de sentido.

 

Ahora bien, realmente está hablando del fin del mundo, pero no del fin del mundo material. Pero sí anuncia el fin de un cierto mundo que a Dios no le gusta y a los cristianos tampoco. Por lo tanto no hay que estar triste si un cierto mundo desaparece sin alegres porque un mundo nuevo está brotando; el mundo deseado por Dios. La destrucción del Templo, desde la visión de Jesús, es la señal de que se está realizando una transición de época: de una vieja humanidad a merced de las fuerzas del mal, de la competición, de la violencia, de la muerte pasamos a una humanidad nueva impulsada por el Espíritu del amor de Dios.

 

¿Cuáles son las imágenes empleadas por Jesús para anunciar esta nueva época? «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas». Jesús no nos quiere asustar. Jesús recurre a las imágenes empleadas por los profetas anteriores a él, imágenes que hoy llamamos ‘apocalípticas’. Pero apocalíptico no es sinónimo de catastrófico, sino que deriva de un verbo griego ἀποκαλύπτω, que significa desvelar, quitar el velo que impedía ver lo que ahí mismo había. Las cosas que nos suceden en la vida y en el mundo están todo envuelto de misterio. ¿Por qué el dolor? ¿Por qué las guerras? ¿Por qué las injusticias? Nuestros ojos no pueden ver ni entender lo que sucede y podemos creer que el mundo está a expensas de las fuerzas del mal y que no se puede hacer nada. ¿Qué nos quiere decir Jesús con estas imágenes apocalípticas?

 

Comenzamos con las señales o signos que habrá en el sol y en la luna, en las estrellas. Jesús dice que todas las fuerzas que mueven y las desestabilizan. En el Antiguo Medio Oriente contemplaban el firmamento como algo totalmente estable, inmutable y la sucesión cíclica de las estaciones, de tal modo que estaban totalmente seguros que el sol saldría por el oriente y se ocultaría por el occidente. Tanto es así que cuando el salmista tiene que componer un canto para la entronización de un nuevo rey israelita, para desearle prosperidad emplea la imagen de que su reino será tan estable, inquebrantable como lo es el propio firmamento. Dice el salmista: «Que tu reinado dure como el sol, como la luna, de edad en edad; que sea como lluvia para el retoño, como aguacero que riega la tierra. Que florezca en sus días la justicia, y que haya prosperidad mientras alumbre la luna» (Sal 72, 5-7).

 

Y la luna no se apagará nunca, luego la prosperidad es eterna. ¿Qué quiere decir cuando el sol, la luna, las estrellas y las potencias del cielo serán sacudidos? Es una imagen clara para indicar que todas las cosas mundanas que para los hombres son inquebrantables, totalmente seguras e inmutables Dios es capaz de desmoronarlas. Por ejemplo, el reino del mal (abortos, eutanasia, la demoniaca apuesta por el control de la natalidad, los que explotan al pobre e inocente, la ideología de género…) no es tan estable como parece. Nuestra sociedad y nuestro mundo están dominados por aquellos que manejan el sistema. Te pueden hacer creer que una guerra puede ser justa, que dependiendo de quién robe se justifica o se ataca; que el matrimonio cristiano es una cosa propia del dominio machista e impuesto por el poder de la iglesia; que la institución familiar es algo que está destinada a dar paso a otros modos de arreglos de convivencia temporal; incluso te pueden llegar a hacer pensar que la supresión de la vida naciente (nasciturus) es un derecho humano de la mujer. Se pueden empeñar –y llegar a conseguir- ser el pensamiento dominante (pensamiento único) en una sociedad que alardea de ser democrática. Ahora bien, ¿quién es capaz de oponerse a estos poderes? El reino del mal parece ser inexpugnable, estable como el firmamento, como el sol, la luna y las estrellas. Sin embargo Jesús nos dice que no es verdad, que no son tan estables como aparentan. Que el Espíritu del Señor es más fuerte que las fuerzas del mal: El reino del maligno, dice Jesús, está destinado a colapsar. Este es el mensaje que Jesús quiere comunicar con las imágenes apocalípticas.

 

Cristo al venir a nosotros; la acogida totalmente humilde y dócil a la Palabra de Cristo hará que empecemos a nacer de nuevo, a ser hombres nuevos. El viejo hombre morirá para nacer el hombre nuevo, el hombre de la gracia. Es una nueva creación –obrada por el Espíritu Santo- que se efectúa dentro de uno mismo. Cristo al nacer dará inicio a la humanidad nueva. Naturalmente esta humanidad nueva tendrá dificultades para implantarse; y Jesús utilizar unas imágenes apocalípticas tales como «angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje». Jesús nos está diciendo lo siguiente: el mar –como ocurre en la Biblia y en todo el Antiguo Medio Oriente- es el símbolo de las fuerzas del mal, de todo lo que es contrario a la vida. Y este mar está agitado, ¿por qué este reino del mal se está agitando? Se agita porque ha llegado una fuerza del Cielo que les va a aniquilar -Cristo. Por esto este mar, estas fuerzas del mal están agitadas ya que se resisten para poder sobrevivir. Es la imagen del conflicto entre las fuerzas del bien  y las fuerzas del mal. El mundo está con angustia porque en medio del fragor de la batalla uno no sabe si realmente vencerá el bien o el mal. Pero Jesús dice que este nuevo modo de vivir que Cristo nos inaugura va precedido de unos dolores de parto, para que nazca una humanidad nueva guiada por su Espíritu.

 

En este punto Jesús se refiere a un célebre texto del profeta Daniel (Dn 7, 13-14): «Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». El profeta Daniel presenta la historia de la humanidad como una sucesión de reinos de bestias: los de babilonia, lo cuales no se comportaban como humanos, eran como leones que desgarraban; luego llegaron los medos, que eran los osos; los cuales fueron reemplazados por los persas que actuaban como los leopardos; y al final llegó la bestia peor de todas que era Alejandro Magno. El impulso de lucha y de dominio es tan antiguo como el reino animal, pero si nos dejamos llevar por esta tendencia permaneceremos como bestias. Dios intervendrá e introducirá en el mundo un nuevo impulso, el de su Espíritu que nos conducirá a amar y no a competir; y sólo el impulso que nos lleva a amar nos hace hombres. Jesús dice esta profecía para decirnos que Dios quitará el poder a las bestias y lo entregará al Hijo del hombre. El ‘Hijo del hombre’ es una expresión hebraica ‘Ben adam’ (בן־אדם), que significa un hombre verdadero. El hombre verdadero es el hombre que ama y ama con un amor eterno, y este reino no se desvanecerá nunca.

 

¿Qué cosas hay que hacer cuando venga en una nube el Hijo del hombre? Jesús dice dos cosas: La primera, no vayas encorvado por el miedo porque estás avergonzando a causa de tus miserias, de tus pecados: ponte en pie porque todos tus temores de Dios se acabaron. Dios es amor incondicionado, es sólo amor. Y no os inclinéis ante el reino del mal, el reino de las bestias que están todavía presentes, pero que están destinados a desaparecer; no te doblegues ante el pensamiento dominante. No te doblegues ante las propuestas inmorales ni te arrodilles ante ellas. Ante estas propuestas de muerte ponte en pie, ponte derecho ante los dominadores del mundo y no te resignes ni aceptes ninguna esclavitud.

La segunda cosa que Jesús nos dice es alzad la cabeza.  No te inclines ante este mundo, aunque es hermoso, es efímero, caduco. Levanta la mirada y reflexiona sobre el significado de tu existencia, el sentido último de tu vida.

 

Y Jesús concluye su discurso con dos recomendaciones. La primera recomendación es: «Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra». La primera recomendación es estate atento de tu corazón. El corazón para los semitas es el centro de todas las opciones y de todas las decisiones. No pensamos ni decidimos con la cabeza, sino con el corazón. Jesús nos dice que si no prestamos atención nuestro corazón puede volverse pesado, quedarse incapaz, insensible cuando se trata de distinguir entre lo que es correcto y lo que no lo es. Porque puedes llegar a considerar como valioso algo que no sea correcto, algo insignificante, efímero y sea dañino. Y Jesús indica lo que hace insensible al corazón: las juergas, la embriaguez –no se trata solo de sobrepasarse con el vino y los licores-. Las juergas y la embriaguez se refieren a todo aquello que nos lleva a un mundo irreal, ilusorio. Como aquellos que de tanto beber no distinguen entre lo que es el sueño y lo que es la realidad. Jesús nos dice que tengamos cuidado porque no sólo nos podemos embriagar con el vino, sino que hay cosas que pueden embriagarnos hasta perder la cabeza. Te puede embriagar el éxito profesional, el cual puede aturdirte hasta el punto de que te olvides de todo lo demás, ya sea la familia, ya sea de Dios. Te puede embriagar el dinero, el cual te nubla la vista y ya no ves al pobre que está a tu lado, el cual ya no te aparece como un hermano, sino como un antagonista, un rival que tú tienes que abatir para poder acumular más dinero. Te puede embriagar los elogios de los aduladores que te hacen que estés aturdido de sus comentarios. Puedes emborracharte de los viajes, de las celebraciones, de las comidas, del ocio… y no te das cuenta de que estás borracho porque estás viviendo en un mundo ilusorio, inconsistente. Dice Jesús que este día no te pille de improviso como una trampa.

 

¿De qué día se está refiriendo el Señor? Es el punto de llegada de nuestra vida. Es el momento en el que hacemos un balance de nuestra vida. Porque en ese día tú podrás verificar si viviste como un borracho en un mundo ilusorio. Estate atento porque puedes acabar en el mundo verdadero o en el mundo ilusorio.

 

La segunda recomendación de Jesús es esta: «Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre». Vigila en todo momento orando. Sólo hay un modo para estar vigilante: perseverar en la oración, ya que de lo contrario te quedarás dormido y te quedarás en un mundo de sueños. Jesús nos llama a mantener un constante diálogo con él, como sucede en la relación de amor entre el esposo y la esposa; porque una persona enamorada siempre está pensando en la persona del otro deseando hacer aquellas cosas que agradan a esa otra persona amada. La oración es el aliento de la vida. Si dejas de respirar te mueres; si dejas de rezar la vida divina que hay en ti se desvanece y se va apagando. Por eso es necesario rezar siempre y en todo momento. En la primera carta de los tesalonicenses Pablo recomienda que ‘oren constantemente en diálogo con el Señor’, «orad en todo momento» (1Tes 5 ,17).

 

Y continúa diciéndonos Jesús: «manteneros en pie ante el Hijo del hombre». El que está de pie está listo para dar la bienvenida a la persona que viene. Si estás vigilante en la oración siempre te encontrarán de pie y así acogerás las propuestas del mundo nuevo que te propone el Hijo del hombre. Jesús quiere ayudarnos a leer correctamente el presente, lo que está pasando hoy en nuestra historia. Ante las fuerzas del mal el Señor no dice: no te asustes, no te desanimes ya que está destinado a desaparecer. Tú involúcrate en la humanidad nueva y en la vida divina. 


sábado, 14 de diciembre de 2024

Homilía del Domingo Tercero de Adviento, ciclo C Lc 3, 10-18

 

Homilía del Tercer Domingo de Adviento, ciclo c

Lc 3, 10-18                                                         15.12.2024

          Juan el Bautista está predicando un bautismo de conversión para acoger al Mesías que está por venir. Por eso es fundamental proceder a un cambio radical en el modo de pensar y de evaluar la vida. Juan en Bautista nos plantea seriamente la escala de valores en la que nosotros nos fijamos a la hora de actuar y razonar en nuestra vida. Juan el Bautista nos está preguntando en el fondo lo siguiente: ¿Cuáles son tus intereses en tu vida? Y nos invita a enumerarlos por orden de importancia. Tal vez en el primer puesto lo ocupe el dinero y más que abras los ojos pienses en el dinero a conseguir como la motivación para actuar. Puede estar un paso más abajo el éxito profesional, luego puede ser la familia o el equipo de futbol… y tal vez, en la base de esa escala, en el último lugar, pueda estar Dios. Si esa es la escala de valores sobre la cual uno basa y cimienta la vida debes de convertirla; es decir, ponla al revés, ya que la relación con Dios ha de pasar a lo más alto de la cúspide de esa escala de valores.

 

         Ésta es la conversión que Juan el Bautista quiere plantearnos para que nos podamos involucrar en el mundo nuevo que Cristo nos trae con su venida. Las personas estamos llamados a dar frutos de conversión; los frutos son el signo de la verdadera conversión, de tal manera que las cosas ya no están como lo estaban antes. Para saber de qué frutos se está hablando -para dar muestras evidentes de conversión- el evangelista Lucas introduce tres categorías de personas que se presentan ante el Bautista y le hacen la misma pregunta: ‘¿Qué cosa tenemos que hacer?’. Están decididos a convertirse y le preguntan sobre qué cosa deben de hacer.

 

Al primer grupo les dice: «En aquel tiempo, el grupo de la multitud preguntaba a Juan: ‘Entonces, ¿qué debemos hacer?’ Él contestaba: ‘El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».

 Estas multitudes acuden al Bautista. Cuando escuchamos noticias de guerras y de hambrunas nosotros nos sentimos tranquilos porque estamos en nuestro pequeño ámbito donde nos sentimos tranquilos. A lo más una noticia nos puede impactar y conmover, pero el trascurso del tiempo termina sofocando tal impresión y nos olvidamos tan pronto como nuestra atención es robada por otra noticia o escándalo. La multitud le está preguntando sobre qué cosa han de hacer para que surja ese mundo nuevo de justicia y de paz. Juan el Bautista da la clave para que cambie el mundo: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Aquí está el paso a dar: Comparte lo que tienes con aquellos que lo necesitan. Necesitamos revisar y refundar nuestra relación con las cosas, con los bienes terrenos. Es que resulta que nos hemos creído una catequesis del Demonio: que nosotros somos dueños y soberanos de los bienes que nos han llegado hasta nuestras manos, ya que nos sentimos con el derecho de hacer con ellos lo que queramos, ya sea negociar con ellos para aumentar el precio en base a enriquecernos aún más y radica la raíz de los males. Ya nos lo dice la Epístola de Santiago «¿De dónde proceden las guerras y contiendas que hay entre vosotros, sino de los deseos de placer que luchan en vuestros miembros? ¿Codiciáis y no poseéis? Pues matáis. ¿Envidiáis y no podéis conseguir? Pues combatís y hacéis la guerra» (Sant 4, 1-2). La catequesis demoniaca que nos hemos creído es que nos sentimos propietarios de los bienes de este mundo. La verdad es otra y nos la revela el primer versículo del Salmo 24: «De Yahvé es la tierra y cuanto la llena, el orbe y cuantos lo habitan»; tengámoslo presente. Nada es nuestro, todo es de Dios. No somos dueños de nada, somos invitados en este mundo.

 

La Primera Carta a Timoteo en el capítulo seis nos dice: «Nosotros no hemos traído nada al mundo, y nada podemos llevarnos de él» (1 Tim 6, 7). El mismo Job nos dice: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor» (Job 1, 21). Aquellos que caen en la tentación de acaparar actúan sin sentido y que ahogan a los hombres en la ruina y en la perdición. «La codicia por el dinero es la raíz de todos los males», es lo que nos dice la primea carta a Timoteo. Y a causa de esta avaricia muchos han perdido la fe y han adquirido muchos tormentos. En el intercambio de los bienes se manifiesta el amor, ya que lo único que importa es que el otro sea feliz. Cuando uno acapara cosas termina entendiendo al otro, no como un hermano o hijo de Dios, sino como un contrincante al que uno ha de derrocar. Juan el Bautista nos dice que, si queremos salir del mundo creado y fundado sobre la catequesis del Demonio, esa catequesis que es una mentira en sí misma, y deseas entrar en el mundo de la verdad, en el mundo de Cristo, estás invitado a realizar una cosa: no te quedes con los bienes que el Padre ha puesto en tus manos, sino compártelos con el hermano: Mantente alejado del anhelo de acumular y contrólate este impulso. Este es el primer signo de la verdadera conversión.

        

         Al segundo grupo les dice lo siguiente: «Vinieron también a bautizarse unos publicanos/recaudadores y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?». Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido». En el tiempo de Jesús los recaudares de los impuestos eran más odiados, no sólo por ejercer esta profesión que no inspiraba simpatía, sino por el modo de cómo ellos lo practicaban. El recaudador iba al gobernador romano con la suma del dinero de los impuestos, y lo que recolectaba de más se lo quedaba en calidad de comisión e iba a su propio bolsillo. Es fácil imaginar los engaños y los subterfugios, abusos y corrupción que ellos hacían para enriquecerse a costa de los impuestos de los ciudadanos judíos. Los publicanos no eran queridos porque eran colaboradores de los romanos y de este sistema opresivo. Además, eran personas renegadas porque cuando un judío era elegido como recaudador de impuestos o publicano debía ofrecer un sacrificio a los dioses del emperador a modo de contrato. Eran ladrones legalizados y gente que ha abandonado la propia fe por amor al dinero. El Bautista no les dice que abandonen la profesión, porque los impuestos son necesarios para construir carreteras, mantener infraestructuras, para la sanidad, pensiones, etc. Es necesario que existan personas que recauden los impuestos para el normal funcionamiento de una sociedad. ¿Qué cosa les pide el Bautista a los publicanos? Pide sólo lo que sean justos (dar a cada cual lo suyo y pedir a cada cual lo que le corresponde). El Bautista nos hace la invitación a hacer una comprobación si nos hemos convertido o si seguimos actuando al modo pagano en nuestra profesión. Es cierto que hay profesiones que son incompatibles con el evangelio, tales como el narcotráfico, el tráfico de personas, las actividades mafiosas… son imposibles que se puedan compaginar con el Evangelio. Juan el Bautista está hablando de profesiones que están al servicio del hombre y de la vida y que son necesarias, ya que se pueden llevar a cabo de diversas maneras. Por ejemplo, un periodista puede difundir la verdad, pero también puede contar mentiras y difamar a las personas con sus escritos y sus libros. El policía te puede imponer una multa, pero lo puede hacer con arrogancia o con respeto explicando el porqué de esa sanción para que no pongas en peligro tanto tu propia vida como la ajena. El cura puede estar celebrando la Misa con una cara avinagrada porque los feligreses no colaboran en nada, el frío ha llegado a congelar la cera líquida de las velas y las vestiduras litúrgicas están como húmedas y frías o puede celebrar la Misa con una actitud de agradecimiento a Dios porque le permite estar sirviéndole ante su presencia dando así una palabra de fortaleza espiritual a sus propios feligreses. El médico puede limitarse a hacer el diagnóstico exacto e indicar la terapia a seguir, pero también puede acompañar ‘este mal trago’ del paciente con la empatía hacia en paciente enfermo. La paciencia, la sonrisa, la amabilidad, la empatía… no entran dentro del contrato de trabajo, pero son parte del nuevo modo de realizar la propia profesión. Estas actitudes que revelan la atención al hermano en una voluntad auténtica de servirlo y para verlo feliz son el signo que nos indican que se está produciendo la conversión.

 

         Al tercer grupo el Bautista les dice: «Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». Estos soldados eran los que estaban al servicio de Herodes Antipas, no eran soldados romanos. Eran mercedarios venidos de Siria, pobres hombres arrancados de sus familias y enviados por muy poco dinero a cometer violencia en un pueblo de lengua, costumbres y religiones diferentes. Estos soldados habían aprendido a ejecutar las sanguinarias órdenes y a ejercer la fuerza desproporcionada en obediencia a las órdenes, sin jamás cuestionar nada. Estos soldados caían en la tentación de desahogar sus frustraciones sobre quien eran los más débiles que ellos. Sin embargo, algunos de esos soldados habían conservado sentimientos humanos y se daban cuenta que estaba al servicio de un mundo injusto dónde únicamente contaba la ley del más fuerte. Estos son los que se presentan ante Juan el Bautista haciéndole la pregunta: ¿Qué cosa debemos hacer? Podríamos esperar a que el Bautista les dijera que tirasen las armas y se negasen a ir a la guerra y que fueran desobedientes a las órdenes que se les diesen. Lo que les dice es que su misión es la de mantener el orden y evitar que se cometa violencia. Que el servicio de los soldados es un servicio necesario para el pueblo, pero han de realizarlo buscando el bien del otro. El Bautista da tres recomendaciones a los soldados y que se extienden a todos, ya que podemos estar tentados a abusar de la posición de poder y de fuerza.

La primera recomendación del Bautista a los soldados es ‘no hagáis extorsión con la fuerza’. El evangelista emplea el verbo griego “διασείω” que significa ‘sacudir’, ‘temblar’. La tentación de hacer temblar al más débil está siempre presente. Aquel que está sentado en una mesa de despacho y se presenta uno para hacer una gestión, el que está en el despacho sentado se ve tentado en poner condiciones a la otra persona o ser grosero, impaciente… y a la vez, el que está sentado en ese despacho tiene a otro por encima que le hace temblar también a él. La conversión planteada por el Bautista es complacer, no a quien está por encima de uno, sino también agradar a los que son más débiles que uno.

La segunda recomendación a los soldados es ‘no recurras a la intimidación, no os aprovechéis con las falsas denuncias’. No recurras a la intimidación, o sea que no obligues a las personas a denunciar a otras personas o incluso torturar a las personas. La recomendación es que se contenten con su salario y que no busquen un sobre sueldo extorsionando, intimidando o torturando a las personas para que denuncien a otras personas.

 

El Bautista a ninguno de los tres grupos les sugirió ninguna práctica religiosa para prepararse a la venida del Mesías. Les pidió un cambio de vida; un cambio de vida que se plasma en una relación nueva con los bienes de este mundo y con los hermanos. El historiador Flavio Josefo da testimonio de la simpatía de todo el pueblo por Juan el Bautista. Dice que era un hombre bueno y que exhortaba a los judíos a vivir una vida justa, que se trataran recíprocamente con justicia; a someterse con devoción a Dios. Todo el pueblo estaba entusiasmado a la hora de escuchar al Bautista. De tal modo que el propio Herodes Antipas estaba preocupado de tanta popularidad y le hizo meter en el calabozo.

 

«Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». El pueblo estaba expectante por la realización de las promesas de los profetas y en tiempos de Jesús esta expectativa estaba siendo alimentada y llegaban a creer que fuera el propio Juan el Bautista el Mesías. Juan inmediatamente lo aclaró de un plumazo: Yo no soy el Mesías.

Y presenta dos imágenes para mostrar la diferencia entre él y el verdadero Mesías: «Yo os bautizo con agua; Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». Juan el Bautista sumergía a las personas en el agua del Jordán. Cuando uno está empapado por el agua, la propia agua lava y uno va escurriendo el agua. Pero también esa agua puede entrar dentro de la persona, como ocurre con las plantas, entra dentro de ella. Esa agua entra dentro de la planta y produce frutos. El bautismo de Juan el Bautista es un agua exterior, donde uno va escurriendo el agua por donde se encuentra; sin embargo, el bautismo del verdadero Mesías traerá un agua nueva y será introducida dentro de la persona y le dará una nueva vida, la vida dada por el Espíritu, la vida que no viene de la tierra, sino que viene del Cielo; la vida del Eterno.

La segunda imagen que emplea Juan el Bautista es el fuego. El único fuego que conoce Dios es el fuego del Espíritu. Y lo propio de fuego es quemar; el Espíritu será un fuego que queme toda la iniquidad, todo el mal, que abrasará todo el pecado del mundo. Hará desaparecer el mundo viejo, el mundo de la muerte. De hecho, el mismo Jesús lo dirá: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, ¡y cuánto desearía que ya hubiera prendido!» (Lc 12, 49). El bautismo de Jesús es el bautismo del Espíritu que elimina toda forma de pecado.

 

Y Juan el Bautista emplea una tercera imagen para describir lo que hará el Mesías: «En su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga». Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio». La tercera imagen empleada por el Bautista está sacada de la sociedad agrícola de la época. Dice que el Mesías tendrá en la mano el bieldo, esa pala larga de madera que se utilizaba para ventilar el grano y separar la paja del grano. Al levantar con fuerza el bieldo el viento separaba la paja del grano y se terminaba separando el buen grano. El Mesías con su palabra soplará/separará toda la paja, es decir, todo el mal del mundo. No podemos purificarnos del pecado con nuestras lógicas antiguas. La purificación de nuestros pecados podrá solo llegar cuando se acceda al ventilador de la Palabra del Evangelio; ésta sí que es la que limpia del mal del mundo. El fuego del Espíritu que quema todo signo del pecado y de muerte.

 

Las palabras del Bautista no son palabras de castigo para los pecadores. San Lucas lo aclara diciendo que se trata de una buena noticia y que los pecadores no han de tener miedo, sino que están llamados a alegrarse porque para ellos va a venir la liberación del mal que les esclaviza y que les hace infelices. Han de estar felices porque sus pasiones rebeldes, sus codicias y los deseos de acumular serán barridas por la Palabra del Evangelio.