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viernes, 28 de noviembre de 2025

Homilía del Primer Domingo de Adviento, Ciclo A Mt 24, 37-44 «a una se la llevarán y a otra la dejarán».

 Homilía del Primer de Adviento, ciclo A

Mt 24, 37-44 «a una se la llevarán y a otra la dejarán».

 

Imaginemos la escena. Es de tarde, el aire empieza a refrescar en Jerusalén. Jesús está sentado en el monte de los Olivos, frente al templo, junto a sus discípulos. Desde allí el santuario impresiona: es sólido, brillante, parece eterno. Y, sin embargo, Jesús acaba de anunciar su ruina. Falta poco para la Pascua, la ciudad se llena de peregrinos, las calles hierven de vida religiosa… y, en medio de todo ese movimiento, el Maestro se atreve a hablar del fin de un mundo.

 

El fin del mundo tejido por el pecado

Los discípulos perciben enseguida que Jesús no está haciendo catastrofismo barato. No está diciendo que el universo entero vaya a saltar por los aires. Habla de otro mundo que está llegando a su término: el mundo tejido de pecado, de injusticias, de violencias, de ídolos que esclavizan. Ese “mundo viejo” —que también reconocemos muy bien en nuestro tiempo— es el que está condenado a desaparecer. Y Jesús, lejos de sembrar miedo, está anunciando una noticia gozosa: Dios no se resigna a un mundo inhumano.

Para decirlo, recurre a un lenguaje que a nosotros puede resultarnos extraño: el lenguaje apocalíptico (cfr. Mc 13, 24-25). «El sol se oscurecerá, la luna dejará de dar su resplandor, las estrellas caerán del cielo…». A nuestros oídos quizá suena a película de catástrofes. Pero los primeros oyentes de Jesús comprendían bien esas imágenes. Sabían que no se trataba de astronomía, sino de teología.

 

Los ídolos nos roban la libertad y la vida

En el antiguo Oriente Medio, el sol, la luna y las estrellas no eran solo objetos celestes sino que eran divinidades. Se las adoraba porque se les atribuía el poder sobre la vida y el destino de los hombres. El sol egipcio, Atón, derramando sus rayos sobre el faraón; el dios luna en Mesopotamia; Istar, la estrella de la mañana, identificada con Venus… Eran “poderes de lo alto”, fuerzas misteriosas a las que se sacrificaba la libertad y la vida.

 

El mundo gobernado por falsas divinidades

está llegando a su fin

Cuando Jesús anuncia que el sol se oscurece, que la luna no brilla y que las estrellas caen, está diciendo algo muy concreto: el sistema de los ídolos está en crisis terminal. El mundo gobernado por falsas divinidades está llegando a su fin. Los dioses fabricados por el corazón humano van a quedar desenmascarados. Podríamos traducir así sus palabras: “Todo lo que habéis puesto en el lugar de Dios va a perder su brillo. Todo lo que parecía absoluto se va a revelar frágil”.

Y quizá aquí podemos preguntarnos: ¿qué astros hemos colocado nosotros en nuestro propio cielo? ¿Qué realidades hemos elevado a la categoría de “intocables”, como si de ellas dependiera nuestra salvación?

 

Cuando el dinero sube al cielo,

la dignidad de muchos cae a tierra

No hace falta mucho esfuerzo para reconocer que seguimos fabricando dioses. No tienen nombres mitológicos, pero gobiernan la vida de millones de personas. Uno de ellos, muy conocido, es el dinero.

Cuando el dinero se convierte en el criterio último de nuestras decisiones, cuando todo se mide en términos de beneficio, cuando el objetivo de la existencia es acumular, entonces ese “dios” se sienta en el trono. Lo vemos, por ejemplo, en las rentas desorbitadas de tantos pisos: propietarios que suben el alquiler “porque el mercado lo permite”, mientras familias con sueldo mínimo, con hijos y otras cargas, entregan más de la mitad de lo que ganan solo para poder mantener un techo digno. Lo vemos en una diócesis que recibe una herencia millonaria y que, en lugar de dejar que el Evangelio sueñe a lo grande con las Iglesias pobres de otros continentes o con las comunidades más frágiles, termina invirtiendo sobre todo en reformas y comodidades de las que, en el fondo, se podría prescindir. Lo vemos también en instituciones, incluso eclesiales o sociales, que reclaman públicamente el derecho a un trabajo y a un salario justos, mientras dentro de casa mantienen contratos precarios, sueldos insuficientes y escaso reconocimiento de los estudios y méritos de sus propios trabajadores. Y lo vemos, de manera especialmente dolorosa, cuando algunos sacerdotes van de convento en convento, de cofradía en cofradía, de asociación en asociación, ofreciendo novenas, triduos y misas casi como un catálogo de “servicios religiosos”, buscando poco a poco un buen “colchón” económico y corriendo el riesgo de mirar el ministerio más como fuente de ingresos que como entrega evangélica al estilo de Jesús, pobre entre los pobres.

 

Todo ídolo promete luz,

pero termina robándonos la vista.

El resultado no tarda en aparecer: un mundo envuelto en las tinieblas del egoísmo, una sociedad donde el sufrimiento de muchos es el precio “normal” del bienestar de unos pocos, un interminable desfile de dramas, soledades y lágrimas. Si miramos a nuestro alrededor —y a nuestro propio corazón— no nos cuesta ver cómo la idolatría nunca es inocente: siempre termina generando víctimas. ¿No sentimos a veces que ciertas lógicas económicas o sociales, e incluso ciertas prácticas dentro de la Iglesia, se tratan como “sagradas”, intocables, aunque hieran la dignidad de las personas y desfiguren el rostro del Evangelio que decimos anunciar?

Junto al dinero, seguimos encumbrando a los poderosos, a los “superhombres” de turno: líderes, celebridades, figuras públicas a las que atribuimos casi un aura de infalibilidad. Los colocamos “en el cielo”, como si estuvieran por encima de todo juicio y de toda limitación. Pero el Evangelio nos recuerda con serenidad: el cielo no es su casa. El cielo es la morada del único Dios. Todos los demás —por muy brillantes que parezcan— son simplemente hombres y mujeres, con su fragilidad. Su falso resplandor está destinado a apagarse. Todo ídolo promete luz; al final, lo único que hace es robarnos la vista.

Quizá una primera idea-fuerza podría resonar así: Todo ídolo promete luz, pero termina robándonos la vista.

 

“Cielos nuevos y tierra nueva”:

Una promesa que no es evasión

Mucho antes de Jesús, un profeta anónimo —en torno al 450 a. C.— se atrevió a anunciar esperanza en medio de un tiempo duro: injusticias sociales, corrupción religiosa, degradación moral. En ese contexto, se escucha una promesa sorprendente: «El Señor creará cielos nuevos y una tierra nueva» (cfr. Is 65, 17). No se trata de una invitación a huir de la historia, sino de un anuncio: Dios no abandona su creación a la corrupción.

Jesús se sitúa en esta misma línea. Cuando habla del fin del mundo viejo, está evocando la espera de ese mundo nuevo, de esos cielos purificados de ídolos. El relato del jardín de Edén no es solo la melancólica memoria de un paraíso perdido; es, sobre todo, el proyecto de un mundo nuevo al que estamos llamados. No es un sueño ingenuo, sino una vocación: colaborar con Dios en la construcción de una humanidad reconciliada.

 

La justicia de Dios nos sana desde dentro

Los primeros cristianos lo creyeron con fuerza. La segunda carta de Pedro lo expresa con claridad: «Pero nosotros, conforme a la promesa de Dios, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habite la justicia» (cfr. 2 Pe 3, 13). No es una justicia vengativa, sino la justicia de Dios: un orden nuevo donde reine la paz, el amor, la alegría, la fraternidad. Esos “cielos nuevos y tierra nueva” no son una especie de mundo paralelo que no tiene nada que ver con este, sino la misma creación transfigurada, sanada desde dentro.

Aquí podemos dejarnos interpelar: ¿Creemos de verdad que es posible una humanidad distinta, o nos hemos resignado a que “las cosas son así y no van a cambiar”? ¿Nos vemos como espectadores que esperan el fin, o como colaboradores de ese mundo nuevo que Dios sueña? Tal vez una segunda frase pueda condensar el núcleo de esta esperanza: El fin del mundo viejo no es la ruina de todo, sino el parto de algo nuevo.

 

¿Quién inaugura este mundo nuevo?

Llegados aquí, la gran pregunta surge casi sola: si este mundo viejo, marcado por los ídolos y la injusticia, está destinado a desaparecer, ¿quién puede dar inicio al mundo nuevo? Jesús. Nosotros deseamos esa transformación, pero sabemos que no nos bastamos. Nuestra experiencia de pecado, de límites, de incoherencias nos lo recuerda a diario. Lo vemos cuando una familia vive agobiada por las deudas y, al abrirle un hueco al Señor en su vida, empieza por gestos pequeños pero muy concretos: rezan juntos antes de dormir, revisan sus gastos a la luz del Evangelio, deciden ser más austeros en lo superfluo para poder ser más generosos, se atreven a pedir ayuda y consejo, se reconcilian con más humildad. La situación económica no cambia de la noche a la mañana, pero sí cambia el clima espiritual de la casa: menos reproches, más escucha, más confianza. Lo vemos también cuando una persona con responsabilidad en una empresa o en una obra social toma decisiones no solo con la calculadora, sino dejando que el Evangelio le cuestione. Y lo vemos, de manera muy honda, cuando alguien herido por una traición o una injusticia vive una auténtica noche interior y, en medio de esa oscuridad, escucha en la oración —quizá a través del Evangelio, de una homilía, de un buen acompañante— la voz de Jesús que le dice: “No te pido que olvides sin más, te ofrezco caminar contigo hacia el perdón” (cfr. Mt 18, 21-22). Perdonar no significa negar la herida, sino dejar que Cristo la toque y la vaya transformando. El proceso es lento, lleno de idas y venidas, pero un día esa persona descubre que ya puede rezar por quien le hizo daño, que el rencor ya no manda tanto, que hay un espacio de libertad interior nuevo. El hecho doloroso no ha desaparecido, pero ha sido “releído” en Cristo.

El Evangelio responde que es Jesús quien viene a inaugurar ese mundo nuevo. Él es el criterio desde el cual se desenmascaran los ídolos; en su rostro vemos el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre. En Él se anticipan ya, de algún modo, esos “cielos nuevos y tierra nueva” que esperamos (cfr. 2 Pe 3, 13).

El texto nos invita a ponernos a la escucha: ¿con qué nombre se presenta Jesús cuando anuncia el fin del mundo viejo y el comienzo del nuevo? ¿Qué título utiliza para hablarnos de su venida y de su misión? La respuesta no es un mero dato teórico; de ese nombre dependerá también la imagen que tenemos de Dios, de la historia y de nosotros mismos.

Podemos quedarnos con esta pregunta para seguir orando y pensando:
Si Jesús viene a inaugurar un mundo nuevo, ¿qué lugar le dejamos en el nuestro?

 

Cuando llega el Hijo del hombre,

se acaba la ley de la selva

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé».

«Hijo del hombre» es una expresión que encontramos en los Evangelios unas setenta veces en labios de Jesús. Es, de hecho, el título que Él más utiliza para hablar de sí mismo. «Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos; el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (cfr. Mt 8, 20). «¿Quién decís que es el Hijo del hombre?» (cfr. Mt 16, 13), es decir: ¿qué habéis comprendido de mí?, ¿quién soy yo de verdad? «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán» (cfr. Mc 9, 31). Detrás de estas palabras hay una autodefinición continua: Jesús se presenta una y otra vez como ese misterioso Hijo del hombre.

Pero ¿quién es este Hijo del hombre? En hebreo, בן אדם (ben ʼadam) significa, en primer lugar, simplemente “ser humano”, un hombre como tantos. En el libro de Daniel, sin embargo, esta expresión adquiere un relieve especial: después de la aparición de varias bestias que simbolizan los grandes imperios construidos sobre la violencia, el dominio y la competición, irrumpe en escena «uno como hijo de hombre» (cfr. Dn 7, 13). Es la forma de decir que después de tanta ferocidad, por fin aparece alguien verdaderamente humano, no una fiera más.

Y entonces sucede algo sorprendente: el Anciano, es decir, Dios, entrega a este hombre el poder, la gloria y el reino. «Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino no será destruido» (cfr. Dn 7, 14). Mientras que antes a una bestia le seguía otra, y a un imperio violento otro imperio todavía más violento, ahora, cuando comienza por fin un reino verdaderamente humano, ese reino está llamado a durar para siempre.

 

Con Jesucristo entra en la historia una humanidad

capaz de ponerse al servicio en lugar de

aplastar al hermano.

Cuando Jesús se llama a sí mismo Hijo del hombre, está diciendo justamente esto: con Él entra en la historia una humanidad nueva, plenamente conforme al corazón de Dios. Una humanidad capaz de amar en lugar de competir, de ponerse al servicio en lugar de aplastar al hermano, de caminar como cordero y no como fiera. Podríamos preguntarnos entonces: ¿qué parte de nuestro corazón sigue soñando con la lógica de las bestias, y qué parte se deja ya transformar por este Hijo del hombre que nos enseña a ser, por fin, verdaderamente humanos?

 

El hombre de verdad es el que sirve, ama y no aplasta

Recordemos a Pilato cuando presenta a Jesús al pueblo. No dice simplemente: «Aquí lo tenéis», sino: «He aquí el hombre» (cfr. Jn 19, 5). Como si el Evangelio nos susurrara: este es el ser humano en plenitud, este es el hombre de verdad: no el que mata, sino el que entrega la vida; no el que domina, sino el que sirve; no el que aplasta, sino el que ama. Se es verdaderamente hombre no cuando se impone, sino cuando se dona.


En Jesús,

Dios nos devuelve el rostro auténtico del hombre.

¿Cuál fue la respuesta de los sumos sacerdotes y de los guardias ante este hombre nuevo? «¡Quítalo de en medio!… ¡Crucifícalo!» (cfr. Jn 19, 15). Ellos representan ese mundo viejo que se resiste a morir, ese sistema de fieras que se alimenta de la violencia, del miedo, del poder. Las fieras no soportan al hombre auténtico: es demasiado distinto, es su contrario, les resulta incómodo. Por eso lo atacan. Jesús es rechazado precisamente por ser Hijo del hombre, es decir, por ser verdaderamente humano según Dios.


El mundo viejo siempre grita:

«¡Quitadlo de en medio!»

cuando aparece el amor verdadero.

Naturalmente, quienes quieran seguirle por este camino no deben esperar un destino distinto. Jesús mismo lo ha dicho con claridad: «Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (cfr. Jn 15, 20). Es como si nos advirtiera: si os atrevéis a ser hombres y mujeres según el Evangelio, el mundo viejo reaccionará.


Ser verdaderamente humano según Jesús

no es compatible con la lógica de las fieras.

Nos queda entonces una pregunta: ¿cómo terminará esta lucha entre el mundo de las fieras, que se empeña en continuar, y el mundo verdaderamente humano que Jesús propone? El vidente del Apocalipsis nos ofrece una mirada al desenlace. Al final del libro se lee: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía» (cfr. Ap 21, 1). Es una imagen cargada de significado: en Daniel, las fieras salían precisamente del mar; ahora, en la consumación del proyecto de Dios, «el mar ya no existía», es decir, desaparece el caldo de cultivo del mal, el escenario del que surgían los monstruos.


El futuro no pertenece a las fieras,

sino a los corderos.

Así se cerrará la historia humana: no con el triunfo definitivo de las fieras, sino con la victoria de la humanidad nueva querida por Dios. El designio del Padre es claro; un mundo sin bestias, un mundo de hombres y mujeres que se parezcan a su Hijo.

Y entonces la pregunta se vuelve muy personal: ¿con qué disposición queremos esperar la venida del Hijo del hombre? Jesús mismo nos lo explicará tomando como referencia el relato del diluvio. Pero antes de escucharle, quizá vale la pena dejarnos tocar por esta cuestión:
Si Jesús es el Hombre verdadero, ¿le dejamos entrar en nuestra vida o preferimos que lo “quiten de en medio” para que nada cambie demasiado?

  

         Pone en paralelo lo que sucedía en tiempo de Noé

y lo que puede suceder hoy

«En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre».

¿Qué hacían en tiempo de Noé? «la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo». No hacían nada extraño ni nada malo. Hacían lo que también nosotros hacemos hoy.

 

Hay dos maneras de posicionarse: justificar mi egoísmo o dejar que el Evangelio lo desmonte

Pero hay dos maneras de comer y de beber. Hay dos maneras de vivir la propia afectividad y sexualidad.

Hay quien se alimenta pensando solo en sí mismo: acumula pan, nunca le basta, se desentiende de las necesidades de los demás e incluso gruñe si alguien se acerca a pedirle un poco. Y hay, en cambio, quien se contenta con el pan de cada día, quien parte ese pan y lo comparte con el hermano. Son modos muy distintos de responder a las mismas necesidades biológicas.

También aquí se abren dos caminos; hay quien busca únicamente su propio placer y se pregunta solo si él está satisfecho; y hay quien solo se siente verdaderamente feliz cuando ve feliz al otro, cuando su alegría es compartir y no poseer.

El egoísmo, centrado en el “yo primero”, es lo que caracteriza al mundo viejo. La comunión, el amor y la atención concreta al otro son ya, aquí y ahora, el mundo nuevo. Y quizá podamos preguntarnos: ¿desde qué mundo estamos alimentando nuestras decisiones de cada día?

 

El diluvio: naufragio de una humanidad sin Dios

Podemos releer así el episodio de Noé: ¿Cuál fue, en el fondo, el error de la generación de Noé? El libro del Génesis, en el capítulo 6, ofrece la clave. El diluvio no es la historia de un Dios iracundo que decide “borrar” el mundo, sino una gran imagen de lo que ocurre cuando la humanidad se niega a entrar en el proyecto de Dios.

El texto sagrado dice que «la tierra estaba corrompida delante de Dios y llena de violencia» (cfr. Gn 6, 11). Eso es lo que caracteriza a la humanidad vieja: la competición convertida en norma, la fuerza como criterio, el abuso del más débil, la lógica de someter antes de que te sometan. Es una humanidad que camina inevitablemente hacia su propio naufragio.

 

Lejos del sueño de Dios, el mundo se hace pedazos solo.

Los hombres del tiempo de Noé pertenecían a esa humanidad destinada a desaparecer, pero ellos estaban convencidos de que su mundo duraría siempre, de que “siempre se ha hecho así y siempre se hará así”. Dios, sin embargo, no avala esa manera de vivir. Y había signos claros de que se estaba preparando un cambio de época. Noé, construyendo el arca a la vista de todos, era uno de esos signos: una invitación silenciosa a entrar en una humanidad nueva, a dejar atrás la violencia y la corrupción.

Ellos lo vieron, pero no lo leyeron. No tomaron conciencia, no aceptaron entrar en la novedad que Dios les ofrecía. El relato concluye con esa frase sobria y dura: «y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos». No porque Dios se complaciera en destruir, sino porque una humanidad cerrada al sueño de Dios termina, antes o después, destruyéndose a sí misma.

 

Cada decisión diaria dice si sigues al mundo viejo…

o al Hijo del hombre.

Jesús saca la conclusión. «Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre». Y no está hablando solo de “aquellos de entonces”; está hablando también de nosotros. El Hijo del hombre —Él mismo— viene hoy en su Evangelio, en su Palabra que se nos dirige, y se nos invita a estar atentos para no repetir el mismo error de la generación del diluvio.

Él nos muestra el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre; sin embargo, nosotros podemos replegarnos únicamente sobre nuestras necesidades materiales: comer, beber, casarse, organizar la vida afectiva y familiar… Realidades buenas e importantes, sin duda, pero que no pueden convertirse en el absoluto.

 

La cuestión es cómo vivimos todo eso

La cuestión no es si comemos, bebemos, formamos una familia o trabajamos, sino cómo vivimos todo eso: ¿al modo viejo o como hombres y mujeres nuevos?

El Hijo del hombre viene precisamente a enseñarnos otra manera de habitar lo cotidiano. Nos interesamos por la familia, la casa, la profesión —y es justo que así sea—, pero Él nos pregunta: ¿vivís estas realidades desde el egoísmo que acumula y se protege, o desde el amor que se comparte y se entrega? Jesús nos dice, en el fondo: estad atentos, no repitáis ante la venida del Hijo del hombre el error de los que vivieron en tiempo de Noé; corréis el riesgo de quedar al margen de la historia que Dios quiere escribir con vosotros.

Porque, como hemos visto, hay dos modos de comer, de beber, de vivir la propia sexualidad y los afectos: uno centrado en el propio interés, que busca solo la propia satisfacción, y otro guiado por el amor, por la alegría profunda de ver feliz al otro. Y quizá la pregunta que se nos queda dentro podría ser esta: en nuestras decisiones concretas de cada día, ¿desde qué mundo estamos viviendo: ¿desde el viejo, que gira en torno al “yo”, o desde el nuevo, que nace del corazón del Hijo del hombre?


 

Dos modos de ejercer la propia profesión

«Dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán».

Jesús pone dos ejemplos para mostrar que hay dos modos distintos de ejercer la propia actividad profesional.

Uno es el de quien no ha acogido el reino de Dios, la propuesta de hombre nuevo que hace Jesús. El otro es el de quien ha acogido el reino de Dios, ha entrado en el mundo nuevo. Y él toma estos dos ejemplos de las actividades que realizaban en su tiempo los hombres y las mujeres.

Los hombres salían a trabajar en los campos; las mujeres se quedaban en casa, molían el grano, preparaban la harina y hacían el pan. El primer ejemplo que pone es el de la profesión de los hombres, y dice: «τότε ἔσονται δύο ἐν τῷ ἀγρῷ, εἷς παραλαμβάνεται καὶ εἷς ἀφίεται», que traducido significa: «entonces estarán dos en el campo, uno es tomado consigo / es acogido y uno es dejado / abandonado».

 

Uno se implica en la propuesta de Jesús y se salva

«uno es tomado»,

el otro no acepta esa propuesta y se pierde

«es dejado»

Dos hombres estarán en el campo: uno será tomado, o mejor, será acogido — παραλαμβάνεται (paralambánetai) — es decir, será implicado en la nueva propuesta de hombre; ejercerá su actividad según la imagen de hombre nuevo que propone el Evangelio. El otro será dejado atrás — ἀφίεται (aphíetai) — se queda fuera, se pierde (cfr. Mt 24, 40).

Los dos siguen en el mismo campo, bajo el mismo sol, con la misma faena entre manos… pero no viven ya del mismo espíritu. Cuando el Evangelio entra en la vida de una persona, ya no realiza su trabajo como antes: lo hace de un modo distinto, con otros criterios, con objetivos nuevos. Pongamos algunos ejemplos, para entendernos bien.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos trabajadores de la oficina o del taller

Podemos pensar, por ejemplo, en dos compañeros que trabajan en la misma oficina o en el mismo taller. A primera vista, hacen lo mismo: fichan a la misma hora, atienden a los mismos clientes, participan en las mismas reuniones. Pero uno vive pendiente solo del ascenso, del sueldo, de quedar bien ante los jefes; los demás son, en el fondo, peldaños en su propia escalera. El otro, tocado por el Evangelio, empieza a mirar ese mismo trabajo como un servicio: se preocupa por el compañero que va agobiado, es honesto, aunque eso le cueste, trata con respeto a quien todos desprecian, renuncia a ciertas ventajas si sabe que son injustas. Los dos están “en el campo”, pero solo uno ha sido verdaderamente acogido en la lógica del hombre nuevo; el otro permanece en el mundo viejo, girando alrededor de sí mismo.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos matrimonios

Podemos imaginar también un esposo y a una esposa que viven su vida afectiva y familiar. Las dos se casan, crían a sus hijos, organizan la casa, pagan facturas, salen de vacaciones cuando se puede. Pero en una de esas familias manda, sin que nadie lo diga, el “yo primero”: cada uno defiende su espacio, sus tiempos, sus derechos; los conflictos se convierten en reproches acumulados, y el amor se va apagando a base de pequeñas indiferencias. En la otra, el encuentro con el Señor ha ido cambiando la forma de tratarse: se pide perdón con más sencillez, se escucha más antes de juzgar, se reza juntos en medio de las preocupaciones, se decide ser un poco más austeros para poder compartir con quien tiene menos. Externamente se parecen, pero interiormente una casa vive según el mundo viejo y la otra, con todas sus fragilidades, ya respira algo del mundo nuevo del Hijo del hombre.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos sacerdotes

Podemos pensar, además, en dos sacerdotes “en el mismo campo pastoral”. Los dos celebran misa, atienden funerales, reciben en el despacho, preparan catequesis, van a reuniones de arciprestazgo, se sientan en el confesionario. Exteriormente, sus agendas se parecen mucho. Pero uno se conforma con hacer lo que se le pide y lo que “toca”: vive el ministerio como un conjunto de tareas razonables, bien delimitadas, que no le desinstalan demasiado. No percibe la evangelización como algo que deba ir más allá de ese mínimo; no intuye que el anuncio del Evangelio pueda robarle horas de sueño, exigirle abrir su casa, gastar de su propio bolsillo, entregar tiempo y fuerzas que nadie le pagará. Su celo pastoral queda encerrado dentro de lo que entra en horario y en tarifa: en la práctica, el ministerio no le cuesta más que lo que ya está previsto. El otro, en cambio, haciendo muchas de las mismas cosas, ha dejado que el Evangelio le cambie por dentro. Siente como una urgencia buena llegar a quienes no vienen, visitar a quienes nadie visita, acompañar procesos largos y discretos que no dan “resultados” rápidos ni traen ningún plus económico. A veces llega a casa tarde por haber pasado más tiempo con una familia rota, por haber escuchado a un joven en crisis, por haber preparado con esmero una homilía o un encuentro que pocos valorarán. Sabe que algunas iniciativas le costarán dinero de su propio bolsillo y horas que nadie recompensará, pero entiende su ministerio como una respuesta de amor, no como un paquete de servicios. Los dos están en el mismo campo, pero solo uno se deja acoger — παραλαμβάνεται (paralambánetai) — en la lógica del hombre nuevo; el otro corre el riesgo de quedar — ἀφίεται (aphíetai) — en un modo viejo de ejercer el sacerdocio, correcto en la forma, pero poco atravesado por el fuego del Evangelio.

 

Aterricemos con ejemplos cotidianos

Dos personas que han sufrido una herida profunda

Y podemos pensar, finalmente, en dos personas que han sufrido una herida profunda: una traición, una injusticia, una calumnia. Las dos conocen el mismo dolor. Una se encierra en el resentimiento, alimenta mentalmente la venganza, deja que el rencor marque sus relaciones; sin darse cuenta, queda “dejada atrás” — ἀφίεται (aphíetai) — en el mundo viejo, prisionera de lo que le hicieron. La otra, en medio de su noche interior, escucha en la oración —quizá a través del Evangelio, de una homilía, de un buen acompañante— la voz de Jesús que le susurra: “No te pido que olvides sin más, te ofrezco caminar contigo hacia el perdón” (cfr. Mt 18, 21-22). Perdonar no significa negar la herida, sino dejar que Cristo la toque y la vaya transformando. El proceso es lento, lleno de idas y venidas, pero un día descubre que ya puede rezar por quien le hizo daño, que el rencor ya no manda tanto, que dentro ha nacido un espacio de libertad nuevo. El hecho doloroso no ha desaparecido, pero ha sido “releído” en Cristo: esa persona ha sido “acogida”, παραλαμβάνεται (paralambánetai), dentro del mundo nuevo que Jesús abre.

 

Jesús no pretende asustarnos,

sino despertarnos

Al final, esta palabra de Jesús sobre los “dos en el campo” no pretende asustarnos, sino despertarnos. La verdadera separación no pasa tanto por los lugares donde estamos, sino por el Espíritu con el que vivimos lo que hacemos. Y quizá podríamos dejarnos resonar por dentro esta pregunta: en mi trabajo, en mi familia, en mi ministerio, en mis heridas, ¿estoy viviendo como quien es acogido en el mundo nuevo del Hijo del hombre, o como quien, sin darse cuenta, se va quedando atrás?

 

 

Pongamos algunos ejemplos,

para entendernos bien.

Cuando se presentan ante Juan el Bautista los publicanos, los que cobran los impuestos —gente siempre mal vista—, él no les dice que abandonen su oficio. Recaudar impuestos es un servicio necesario. Pero ese mismo trabajo puede ejercerse de dos maneras: una es la de quien aprovecha su posición para “hacer el listo”, aumentar las cuotas, quedarse con una parte y jugar siempre a su favor; la otra es la de quien realiza su tarea con escrúpulo, sabiendo que ese dinero ha de servir al bien de toda la comunidad (cfr. Lc 3, 12-13). El trabajo es el mismo; el corazón, no.

Después se acercan los soldados: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». El Bautista tampoco les responde: «Tirad las armas, dejad vuestra profesión». La sociedad necesita quien mantenga el orden. Pero también aquí hay dos modos de situarse: uno es el de quien se sirve de su fuerza para extorsionar, intimidar y abusar; el otro es el de quien se pone sinceramente al servicio del bien común, protegiendo al débil, usando la autoridad con justicia y mesura (cfr. Lc 3, 14). La misma función, dos espíritus muy distintos.

Podemos traerlo a una escena de la vida cotidiana, como hacía Jesús, pero tomada de nuestro entorno. Pensemos en dos porteros del mismo edificio. El primero oye sonar el timbre de la cancela, mira al monitor y ve a una anciana, algo desorientada, que no sabe muy bien adónde ir. De inmediato sale de la portería, se acerca a ella con cortesía y cercanía, la saluda, le sonríe, la ayuda a subir los escalones, la acompaña al ascensor y hasta le hace alguna broma, porque percibe que viene triste. Ese es alguien “acogido”: ejerce su trabajo como un servicio que hace la vida más amable a quienes necesitan de él.

Llega luego su compañero, que entra de relevo. Es lunes, viene con el periódico deportivo bajo el brazo y el equipo de sus amores ha perdido el día anterior. Se sienta en la portería, de mal humor, y se lanza a hojear el periódico para descubrir quién ha sido el culpable. Suena el timbre, ve en el monitor a otra anciana, cohibida, sin saber muy bien adónde ir. Él calcula: «Desde la puerta hasta aquí tarda por lo menos medio minuto; me da tiempo a seguir leyendo… A ver si fue el árbitro el responsable de la derrota». Cuando la señora llega, la deja hablar, pero sin apartar la vista del periódico. A ella, en realidad, no la ve. Al final, sin levantar mucho la cabeza, le indica: «Allí está el ascensor», y vuelve a sus páginas.

He aquí, de nuevo, los dos modos de ejercer la misma actividad: uno es el de quien ha entrado en el mundo nuevo y realiza su tarea según la propuesta de Cristo; el otro es el de quien piensa solo en su propio interés y en su propio estado de ánimo.

Podríamos condensarlo así: No se trata tanto de cambiar de profesión, como de dejar que el Evangelio cambie la manera de vivirla.

«Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será acogida, la otra será dejada atrás» (cfr. Mt 24,41).

Podemos pensar ahora, por ejemplo, en una profesora de secundaria. Cada año pasan por su aula decenas de alumnos; algunos quizá no volverán a tener trato con él cuando terminen el curso. Precisamente por eso, uno podría decirse: «Total, están aquí un año, cumplen el expediente y se van… yo vengo, explico lo justo, corrijo lo imprescindible y listo». Y aparece el modo viejo: limitarse a dar materia sin implicarse, ridiculizar al alumno que va peor, usar el poder de la nota como amenaza constante, pensar solo en llegar al final de trimestre con el menor desgaste posible. Lo único que importa, en el fondo, es pasar página y cobrar a fin de mes.

El modo nuevo, propio de quien se ha dejado alcanzar por la propuesta de Jesús de Nazaret, es muy distinto. Ese profesor también tiene temario, exámenes, burocracia; pero mira a sus alumnos de otra manera. Prepara sus clases con cuidado, intenta explicar pensando en los que más dificultades tienen, busca animar al que está desmotivado, corrige con firmeza, pero con respeto, se queda algún rato más para escuchar a quien lo necesita. Sabe que muchos quizá lo olviden, pero a él le importa que cada uno se sienta mirado, acompañado, valorado. Para él, enseñar no es solo un trabajo: es una forma concreta de servir y de amar.

He aquí, una vez más, los dos modos de ejercer una misma profesión. Si pasamos revista a cualquier trabajo —sanitario, docente, administrativo, pastoral, de limpieza, de hostelería…— siempre encontraremos ese doble camino. La gentileza, la sonrisa, la sensibilidad, la preocupación por el otro, la afabilidad no figura en el contrato, no aparecen en la nómina; pero son precisamente lo que distingue al que ha sido “acogido” en el mundo nuevo del reino de Dios, al que tiene como objetivo de su actividad la atención a la necesidad del hermano. El otro, aunque haga “lo que le toca”, permanece en el modo viejo y es, en realidad, “dejado atrás”.

En el fondo, se trata de esto: uno es salvado, es decir, se comporta como un hombre verdadero, porque ama; el otro sigue envuelto en las tinieblas del egoísmo, aunque parezca que cumple.

 

Recordemos que en el arca de Noé

entraron los que entraron

En el arca de Noé no entraron todos: entraron pocos. No hay que extrañarse de que también en el reino de Dios no entren todos y muchos queden fuera. Han oído las bienaventuranzas de Jesús, pero prefieren las de este mundo. No son acogidos (cfr. Mt 5,1-12).

Y la alternativa entre estas dos opciones es muy seria, porque la alternativa es entre ser hombres o no serlo.

 

La recomendación a la vigilancia.

«Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

Se podría estar distraído y no darse cuenta de la venida del Hijo del hombre, que viene para acogerte en el mundo nuevo.

 

No es vendrá, es viene

«No os durmáis», dice Jesús, «estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»; «γρηγορεῖτε οὖν, ὅτι οὐκ οἴδατε ποίᾳ ἡμέρᾳ ὁ κύριος ὑμῶν ἔρχεται», que traducido es; «Por tanto, estad despiertos, porque no sabéis en qué día viene vuestro Señor».

 

Su venida es un regalo precioso,

no una amenaza ni un ajuste de cuentas

Por desgracia, durante mucho tiempo muchas traducciones pusieron el verbo en futuro: «sabéis en qué día vendrá el Señor». Y, a partir de ahí, se fue construyendo una catequesis que presentaba la venida del Señor casi como una amenaza, como el momento del gran ajuste de cuentas al final de la vida, el examen definitivo que llega de improviso y del que uno solo puede salir temblando. Esa catequesis ha hecho mucho daño, porque aquello que debía ser el encuentro más deseado, esperado con amor durante toda la existencia, acabó convirtiéndose en algo temido y, en el fondo, evitado.
El Señor no es una amenaza del futuro, sino una visita que hoy puedes dejar plantada.

 

El Señor viene hoy

Sin embargo, el texto evangélico dice otra cosa: «a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». El verbo está en presente. El Señor viene hoy: viene en su Evangelio, viene en los sacramentos, viene en el hermano, viene en las llamadas concretas que atraviesan nuestra historia. No se trata solo de imaginar un día lejano, al final de la vida, sino de aprender a reconocer las visitas discretas de Dios ahora mismo, para no dejar pasar la oportunidad de entrar en el mundo nuevo que Él nos ofrece.
Dios viene en presente; somos nosotros los que lo exiliamos al futuro.

 

Lo que era ladrón, Jesús lo vuelve aviso

Para hablar de esta vigilancia, Jesús recurre a una imagen sorprendente: la del ladrón que llega cuando uno menos lo espera. Los rabinos no solían usar esa comparación, pero a los cristianos les ayudó mucho, porque subraya justamente esto: no se trata de vivir asustados, sino de vivir despiertos, atentos, con el corazón en vela para captar las llegadas imprevistas del Señor.


El problema no es que el Señor no venga,

sino que tú ya no esperas a nadie.

Y aquí surge la pregunta práctica: ¿cómo permanecer despiertos en medio del ruido de hoy? Tal vez podríamos decir: cultivando espacios de silencio y de reflexión en medio de la avalancha de voces; dejando que la Palabra de Dios tenga un hueco real entre tantas palabras; cuidando la sensibilidad a los valores evangélicos para no dejarnos adormecer por la publicidad, por las modas, por la moral del «así hace todo el mundo», del «si a mí me gusta, está bien».


 

Vigilar es aprender a discernir

Vigilar, en lenguaje evangélico, no significa vivir en tensión neurótica, sino aprender a discernir: saber distinguir entre lo que nos hace más semejantes al Hijo del hombre, más verdaderamente humanos, y lo que, aunque esté socialmente aprobado, nos deshumaniza por dentro. No es lo mismo seguir la mayoría que seguir a Cristo.


Vigilar no es tener miedo al castigo,

sino miedo a dejar pasar el Amor.

Podemos preguntarnos con serenidad: ¿son muchos hoy los que viven realmente despiertos para acoger al Señor que viene? Probablemente no; quizá sean pocos, como en tiempos de Noé, cuando casi nadie se dio cuenta de que estaba a punto de nacer un mundo nuevo. Pero el Evangelio no nos invita a contar cuántos son, sino a decidir de qué lado queremos estar.
Mientras tú esperas el “final”, el Señor lleva mucho viniendo y pasando de largo.

No nos extrañe, pues, que sean pocos. Lo decisivo es otra cosa: que tú no te duermas, que permanezcas vigilante para no perder la gran oportunidad de tu vida: reconocer al Señor que viene hoy a tu encuentro y dejarte transformar por Él.

Tu mayor riesgo no es que Dios te condene, sino que su llamada te resulte indiferente.

sábado, 21 de diciembre de 2024

Homilía del Cuarto Domingo de Adviento, Ciclo C; Lc1, 39-45 ; La Visitación de María a Isabel

 


Homilía del Cuarto Domingo de Adviento, Ciclo C 

Lc 1, 39-45

La visitación de María a su pariente santa Isabel

22.12.2024

 

         El evangelio de hoy nos ofrece un episodio de la vida de María; la visita a santa Isabel. Este episodio ha sido siempre entendido y leído como una narración de los hechos dentro de la vida de María y de su hijo Jesús.

 

Este episodio era interpretado de un modo muy sencillo: María al enterarse en el anuncio del arcángel san Gabriel del embarazo de su prima Isabel, ella inmediatamente se fue a su encuentro porque pensó que su prima Isabel precisaría de ayuda. Siempre se ha hablado de dos primas, pero en realidad el término que viene escrito en el texto original griego es ‘συγγενής’, que significa simplemente ‘pariente’, no prima. De hecho, es muy difícil imaginar que una muchacha adolescente, una niña, como era María, fuera la prima de Isabel la cual era de avanzada edad (cfr. Lc 1, 18). Isabel podría ser una tía o una abuela de María. De todos estos son detalles marginales. Con una lectura sencilla uno se encuentra con un gesto cortés de María y no con un gran mensaje para nosotros y en nuestro contexto social, cultural, político, religioso…

 

La historia presenta una serie de dificultades. ¿Cómo es posible que el padre o el marido permitieran a una niña de trece o catorce años que emprendiese un viaje sola? En aquel tiempo los viajes comportaban serios peligros de todas las clases: Una cosa inaceptable en la sociedad y en la cultura de aquel tiempo. Tal vez se pueda alegar que estuvo acompañada de José, sin embargo, el evangelio ni le mienta en este episodio.

Es también extremadamente extraño que una niña de edad se pusiera en camino «de prisa hacia la montaña», con prontitud desde Nazaret hasta esa población montañosa de Judá -la cual está identificada con el nombre de ‘Ain Karim’-, unos 130 kilómetros. La tradición religiosa coloca en el pueblo de Ain Karim el lugar donde estaba la casa de Isabel y de Zacarías. Seguramente no faltarían a Isabel las amigas, ciertamente experimentadas en el parto y en la crianza de los hijos, la cuales estarían prontas para ayudarla. Uno no cree que las parteras o comadronas locales considerasen apropiado que una niña se entrometa en algo que no conoce, cosa que ellas lo sabían hacer con gran experiencia práctica.

Más extraño aún es que María después de estar tres meses con sus parientes (cfr. Lc 1, 56) se hubiera ido, supuestamente -sino antes- más dar a luz a Juan, cuando Isabel precisaba más cuidados para poderse recuperar del parto. Este episodio plantea una serie de dificultades, pero sobre todo tiene pocas cosas que decirnos.

 

¿Qué es lo que realmente quiere comunicarnos el evangelista con este episodio de la visitación? El evangelista, partiendo de este episodio y sirviéndose de imágenes bíblicas y haciendo referencia a episodios bien conocidos desde la antigüedad recogidos en el Antiguo Testamento ha compuesto una página de teología, no de noticias cronológicas. Por eso es importante entender el significado de estos recordatorios bíblicos de la historia del pueblo de Israel.

 

«En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a un a ciudad de Judá». Este texto donde se nos cuenta que «María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña» nos remite a un texto nupcial entre el amado y la amada recogido en el libro del Cantar de los Cantares:  

«Habla mi amado y me dice:

Levántate, amada mía,

hermosa mía y ven.

Mira, el invierno ya ha pasado,

las lluvias cesaron, se han ido.

Brotan las flores en el campo,

llega la estación de la poda,

el arrullo de la tórtola

se oye en nuestra tierra.

En la higuera despuntan las yemas,

las viñas en flor exhalan su perfume.

Levántate, amada mía,

hermosa mía, y vente.

Paloma mía, en las oquedades de la roca,

en el escondrijo escarpado,

déjame ver tu figura,

déjame escuchar tu voz:

es muy dulce tu voz

y fascinante tu figura». (Ct 2, 10-14)

 

El amado es Dios y la amada es el pueblo de Israel. Es todo un contexto nupcial, y nos indica que ya está el tiempo maduro para la Nueva Alianza, que es una alianza esponsal. Y en esta alianza está representada María. El texto evangélico es una construcción del evangelista san Lucas que no desmiente la historia, porque perfectamente lo podía haber omitido en su evangelio el pasaje de la visitación; pero al evangelista lo que le interesaba era hacer un cuadro teológico bien preciso: María es la nueva Arca de la Alianza. La cual, después del anuncio del arcángel, lleva en su seno a Cristo, la Palabra. María ‘oyó la voz de su amado’, del Cantar de los Cantares. Y ella, ante esta voz del amado se levantó, «se puso en camino de prisa».  Y así es María, que es el Arca de la Nueva Alianza, y se va por los montes, «hacia la montaña». ¿Y qué va haciendo María? Buscando a su amado. Cuando se encuentra con su pariente Isabel hay un intercambio entre la voz que ha recibido Isabel del arcángel Gabriel que le dijo que iba a ser madre (y Juan el Bautista será el nuevo Elías), y cuando María se acerca buscando la palabra que ha escuchado y que lleva dentro se siente como una mujer que ya no va a parar quieta en toda su vida por ser discípula de su amado. Ella va detrás de Jesús a las bodas de Caná, va detrás de Jesús a Cafarnaúm, va detrás de él con las mujeres atendiéndole, está detrás de él en el Calvario, hasta la cruz porque allí también estará María siguiendo a su amado, Jesucristo.

 

El texto precedente es el de la anunciación del arcángel San Gabriel a María; el cual le dijo «el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (cfr. Lc 1, 35). Muy importante esta imagen de ‘la sombra’ que se posa sobre María ya que a partir de ese momento en su vientre se concibió el hijo de Dios. En el Antiguo Testamento la sombra y la nube son imágenes que indican la presencia del Señor (cfr. Ex 13, 22; Ex 19, 16; Ex 24, 16; Sal 17, 8; Sal 57, 2; Sal 140, 8) y la presencia del Señor es protección. El Salmo 121 nos dice: «Es tu guardián, Yahvé, Yahvé tu sombra a tu diestra. De día el sol no te herirá, tampoco la luna de noche».  El Señor te cubrirá con su presencia amorosa te protegerá del sol con su sombra. Se emplea una imagen muy típica del Medio Oriente donde hace mucho calor y la sombra es un signo de protección. Y es el salmista quien clama a Dios y le ruega que le esconda a la sombra de sus divinas alas. El salmo 67 nos lo vuelve a decir con otras palabras: «Si acostado me vienes a la mente, quedo en vela meditando en ti, porque tú me sirves de auxilio y exulto a la sombra de tus alas; mi ser se aprieta contra ti, tu diestra me sostiene».

 

Aunque la imagen de la nube tenga el mismo significado indica ‘la presencia del Señor’, que ‘el Señor está presente’. Cuando Moisés sube a la montaña para salir al encuentro del Señor una nube desciende y cubre el monte (cfr. Ex 24, 15-16). También en el libro del Éxodo nos narra que cuando el pueblo de Israel caminaba por el desierto era precedido por la nube, signo de la presencia de Dios que guía a su pueblo (cfr. Ex 13, 21; Dt 1, 33). Por lo tanto, la sombra y la nube son imágenes bíblicas para indicar la presencia del Señor. Esto no es únicamente del Antiguo Testamento, también nos lo encontramos en el Nuevo Testamento durante la transfiguración, ya que nos dice el evangelista que «una nube luminosa los cubrió con su sombra» (cfr. Mt 17, 5) a Jesús y a sus tres discípulos.

 

Cuando Lucas dice que «el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» pretende contarnos una sublime verdad: Dios está presente en el seno de María. El evangelista, en el texto de la visitación de hoy, desarrolla este mensaje de la divinidad del hijo de María con otra imagen bíblica: El Arca de la Alianza. María es el nuevo Arca de la Alianza. En Israel el Arca de la Alianza era la señal de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

 

Según el libro del Éxodo el Arca de la Alianza contenía las dos tablas de piedra en las que Dios había escrito los Diez Mandamientos (cfr. Ex 40, 20), por lo tanto, en el Arca estaba la Palabra que Dios había revelado a su pueblo. Durante el éxodo una nube cubría la tienda donde estaba guardada el Arca, porque era el signo de la presencia de Dios. Cuando el pueblo de Israel cruzó el río Jordán para entrar en la Tierra Prometida dice el libro de Josué que los pies de los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza hicieron que las aguas del Jordán se separasen y todo el pueblo pudo pasar a pie firme y en seco todo el río (cfr. Jos 3, 14-17).

 

El pueblo de Israel llevaba el Arca de la Alianza -la presencia de Dios- al campo de batalla para luchar contra sus enemigos. Aunque las cosas no les fueron bien contra los filisteos, los cuales capturaron el Arca (cfr. 1 Sam 4), aunque posteriormente fue recuperada por Israel (cfr. 1 Sam 6). Fue recuperada el Arca de la Alianza porque los filisteos tienen miedo de tener algo tan santo como es el Arca. Ellos eran muy supersticiosos y además sabían que no les iba a favorecer a ellos. Se dieron cuenta de cómo, coincidiendo con la estancia del Arca entre el campamento de los filisteos, sufrieron mucho de hemorroides, o bien de abscesos provocados por la disentería. Por lo que los filisteos querían quitarse del medio el Arca ya que «los alaridos de angustia de la ciudad subieron hasta el cielo» (cfr. 1 Sam 5, 6-12). Y por eso devolvieron el Arca a los hebreos.

 

Lucas presenta a María como la verdadera Arca de la Alianza al tener dentro de su seno al hijo del Altísimo. El Arca de la Alianza para los israelitas era un objeto material (cfr. Ex 25, 10-22), signo de la presencia del Señor; no estaba realmente presente el Señor, era únicamente un signo. En María, la verdadera Arca de la Alianza, Dios está realmente presente. El evangelista Lucas va a presentar a María reviviendo/recordando el viaje que se realizó con el Arca de la Alianza hasta que llegó a las montañas de Judá, a Jerusalén.

 

El Arca de la Alianza había sido capturada por los filisteos -tal y como antes lo había comentado- y una vez devuelta a los israelitas la pusieron en una ciudad, situada en una colina, llamada Quiriat Yearin -15 km al oeste de Jerusalén- (cfr. 1 Sam 6, 21). Allí, esa localidad, colocaron el Arca de la Alianza, una vez recuperada por el pueblo de Israel.

Posteriormente el rey David quiso que el Arca de la Alianza fuese llevada a Jerusalén y la colocó, de un modo provisional durante tres meses, en la casa de Obededón, el de Gat (cfr. 2 Sam 6, 10). Por cierto, tres meses fue el tiempo en el que María, el verdadero Arca de la Alianza, estuvo en casa de Zacarías e Isabel (cfr. Lc 1, 56). Recordemos que los cristianos leemos e interpretamos el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo Testamento. Estos tres meses era el tiempo aplicado a María, verdadera Arca de la Alianza.

 

Y nos cuenta la Biblia que cuando el Arca entró en la casa de Obededón, toda su familia quedó colmada de bendiciones del Señor (cfr. 2 Sam 6, 11). Esa familia gozó de paz, libres de enfermedades, abundante fecundidad, de tal manera que estas noticias tan favorables llegaron a los oídos del propio rey David (cfr. 2 Sam 6, 12). Y donde llega María, la verdadera Arca de la Alianza, se difunde y contagia la alegría. Con María viene la paz, sólo tenemos que escuchar lo que sucedió cuando María llegó a la casa de Zacarías: «En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno».

 

«Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». María al decir ‘sí’ a Dios quedó involucrada en el proyecto de Dios. Y María estaba deseando de compartir esta gozosa experiencia divina con alguna persona que la pudiera entender. Ésta es la razón por la cual decidió ir donde Isabel, ya que ella también estaba involucrada en el diseño de amor del Señor. María cuando llega a la casa de Zacarías no saluda al dueño de la casa, el cual está mudo (no podía hablar) ya que no creyó en el proyecto de Dios; por lo tanto, Zacarías no podía entender a María ni entender que dentro de ella estaba llevando en su seno al Hijo del Dios Altísimo. Zacarías estaba allí sólo ‘de cuerpo presente’. Por eso no saludó María a Zacarías. Por eso María se dirige y saluda a Isabel ya que ella sí ha entendido que Dios está llevando a cabo las promesas hechas por boca de los profetas.

 

El diálogo entre estas dos mujeres se inicia con el saludo. Si se hubiera tratado de un simple saludo el propio evangelista no lo hubiera recogido por escrito. Si Lucas recogió por escrito este saludo es porque el propio Bautista saltó de alegría en el vientre de Isabel. ¿Qué sucedió en ese saludo entre estas dos mujeres para que Juan saltase de alegría en el vientre de Isabel? Cuando los judíos se encuentran se desean una sola cosa, ‘Shalom’ (שָׁלוֹם), paz y significa ‘te deseo cada bendición y que el Señor te conceda toda la vida y a la alegría’. Este saludo dado por María a Isabel contiene todas las promesas de paz que se encontraban en el Antiguo Testamento: El Mesías prometido traería al mundo la paz, el ‘Shalom’. El Salmo 72 vers.7 reza diciendo «florecerá en sus días la justicia, prosperidad hasta que falte la luna». El profeta Isaías llama al Mesías con el título de ‘Príncipe de Paz’ (cfr. Is 9, 5). El profeta Zacarías en el capítulo 9 dice: «¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría Jerusalén! Que viene a ti tu rey: justo y victorioso, humilde y montado en un asno, en una cría de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de guerra, y él proclamará la paz a las naciones» (cfr. Zac 9, 9-10). Cuando María dice a Isabel ‘Shalom’ está diciendo a Isabel que el Mesías esperado ha llegado y que trae la paz consigo.

 

Quien acoge la Palabra de Dios y la encarna en la propia vida se convierte en un arca de la alianza porque esa persona se hace embajador del Hijo de Dios en medio de su gente. Cuando entra María en cualquier casa lleva consigo la paz. Jesús se lo dirá a sus discípulos: «Si entráis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiera allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él» (cfr. Lc 10, 5). Cristo ha venido a traernos la paz.

 

«Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre». En el segundo libro de Samuel en el capítulo seis nos cuenta lo que sucedió en Jerusalén cuando llegó el Arca de la Alianza; se dice que fue una explosión de alegría, cantando, bailando… E incluso el propio rey David se puso a danzar delante del Arca, lo cual era algo impropio de la dignidad de un rey: «David danzaba girando con todas sus fuerzas delante de Yahvé, ceñido de un Efod de lino» (un vestido sacerdotal), (cfr. 2 Sam 6, 14). Con esos saltos y bailes del rey David representan a la esposa llena de alegría. ¿Qué es lo que pasó cuando Isabel oyó el saludo de María? Lo que sucedió es que el Bautista que lleva en su vientre comienza a saltar de alegría, a danzar, tal y como lo hizo el rey David cuando vi llegar el Arca del Señor. Juan el Bautista «saltó de alegría en su vientre» porque el Arca del Señor ha llegado. El evangelista Lucas lo ha recogido de la tradición judía.

 

¿Cuál es el mensaje para nosotros? Allí donde hay alguien que como María lleva consigo al Señor lleva allí la alegría. La alegría es uno de los frutos del Espíritu Santo, comienza la fiesta y se inicia la danza. La alegría es la señal de que en una casa ha entrado el Señor. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación» (…)!» (Is 52, 7). La paz y la alegría es la firma que el Señor pone que nos asegura que eso o que aquello viene de Dios.

 

«Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá». Nos cuenta que Isabel «levantando la voz, exclamó», o sea, Isabel grita. Es un grito de alegría porque el arca del Señor está ya en el campamento, en medio del pueblo de Israel y porque saben que la presencia de Dios es ya la victoria obtenida; y al mismo tiempo es un aviso serio a los enemigos para que no se acerquen (es más, cuando oían esos gritos los enemigos huían despavoridos porque sabían que iban a fracasar porque los israelitas contaban con la presencia del arca en medio de ellos) ya que era un grito de guerra. Recordemos que el pueblo de Israel llevaba el Arca a la guerra: «Cuando el arca de la alianza de Yahvé llegó al campamento, todos los israelitas lanzaron un gran grito que hizo retumbar las tierras» (cfr. 1 Sam 4, 5). Este grito religioso y guerrero formaba parte del ritual del arca tal y como nos lo cuenta el libro de los Números 10, 5 y siguientes. Ese grito o clamor de Isabel es de guerra porque el mal va a ser vencido y de alegría porque dicha victoria contra el mal está ya asegurada y garantizada totalmente por el Señor, el cual es portado por María, el Arca de la Nueva Alianza. Porque la nueva Eva, María, pisará la cabeza de la serpiente.

 

Isabel bendice a María. Bendecir en la Biblia significa desear fecundidad, desear vida. Y María no es sólo bendita entre todas las mujeres, sino más bien de todas las demás mujeres. Quiere significar que no ha habido nadie como María ni lo habrá, ya que ella es la portadora de la Vida. La mujer es la imagen de la vida. E Isabel manifiesta abiertamente que el fruto del vientre de María lleva consigo la verdadera vida, la cual no procede de la tierra, sino del cielo. De Judit se dice que «hija, que te bendiga el Dios Altísimo entre todas las mujeres de la tierra» (cfr. Jdt 13, 18). Judit y María son prototipos de oración y de fidelidad. Judit representa a Israel y María a la Iglesia. Judit -la viuda de Manasés (cfr. Jdt 8, 2)- cortó la cabeza del cruel tirano Holofernes en un contexto de persecución y de hostilidad. Judit encarna las más destacadas virtudes de su pueblo y con ellas se enfrenta al prepotente agresor -el general Holofernes-, convirtiéndose en mediadora de la salvación de Dios. María es la nueva y más potente mediadora de todas las gracias, después de Jesucristo.

 

En las palabras de Isabel hay una nueva llamada al Arca de la Alianza: ‘¿A qué debo que la madre de mi Señor venga a mí?’, «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?». Esta frase no es inventada por Isabel, sino que la copió del rey David que cuando llegó a Jerusalén el Arca de la Alianza exclamó ‘a qué debo que venga a mí el Arca de la Alianza’ (cfr. 2 Sam 6, 9), «¿cómo voy a llevar a mi casa el arca de Yahvé?», ‘¿Quién soy yo para que venga a mí el arca del Señor?’. Y David irá delante del Arca bailando y saltando con las vestiduras religiosas.

 

Isabel dirigiéndose a María le dice: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá». Esta frase dicha por Isabel estaba dicha refiriéndose a su esposo Zacarías. El cual estaba allí mudo, sin poder hablar, sólo escuchando y contemplando toda la escena. Era tanto como decirle a Zacarías: ‘¡Tú, que eres un sacerdote y además de la casta sacerdotal alta y no has creído y por eso estás mudo!’.  Cuando Isabel dice «Bienaventurada la que ha creído» el evangelista Lucas desea involucrar e incluir a todos aquellos creyentes que, como María, creen en las promesas de Dios y son dóciles ante su Palabra. Es una invitación a ser como María, a ser personas que confían, que creen en la Palabra y de este modo seremos declarados como María, bienaventurados. Recordemos aquella escena evangélica cuando una mujer se queda encantada escuchando a Jesús y en un cierto punto lanza aquella frase: «Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron»; a lo que Jesús le contestó: «Más bien, dichosos/bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (cfr. Lc 11, 27-28). De nuevo Jesús desea involucrarnos a todos en esta dicha, en esta bienaventuranza. Si quieres ser bienaventurada como María escucha la Palabra de Dios y obedécela. De este modo, como María, mantendrás una relación esponsal con el Amado.