viernes, 14 de diciembre de 2012
Homilía del tercer domingo de adviento, ciclo c
sábado, 5 de diciembre de 2015
Homilía del Segundo Domingo de Adviento, ciclo c
sábado, 22 de diciembre de 2012
Homilía del cuarto domingo de adviento, ciclo c
jueves, 29 de noviembre de 2012
Homilía del primer domingo de Adviento, ciclo C
jueves, 6 de diciembre de 2012
Homilía del segundo domingo de Adviento, ciclo C
sábado, 1 de diciembre de 2018
Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo c
sábado, 28 de noviembre de 2015
Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo c
sábado, 30 de noviembre de 2024
Homilía del Domingo I del Tiempo de Adviento, Ciclo C Lc 21,25-28.34-36
Homilía del
Domingo I del Tiempo de Adviento, Ciclo C
01.12.2024
Lc. 21,25-28.34-36
En
el evangelio somos testigos de las palabras pronunciadas por Jesús en los
últimos días de su vida terrenal y en Jerusalén. Estaba en el Templo y sus
discípulos se maravillaban de la magnífica construcción realizada por Herodes
el Grande e invitan a Jesús a compartir esta admiración por este Templo que
constituye la gloria y el orgullo del pueblo de Israel. La respuesta de Jesús
es inesperada y desconcertante: «No
quedará piedra sobre piedra». De todo lo que te estás admirando no quedará
piedra sobre piedra. Esta afirmación para una persona piadosa israelita era un
tanto blasfema porque en el santuario está presente la gloria del Señor,
entonces cómo puede decir Jesús que el Templo sagrado será destruido. Si Dios
es incapaz de proteger su propio hogar todas las cosas y todas las certezas
religiosas se derrumbarán porque la fe carecería de fundamento.
Esto tiene aplicaciones
prácticas en la vida de nuestra gente: ¿Y si ya no tenemos sacerdote en pueblo
ni Misa dominical?; Y si mi parroquia en la capital –donde me han bautizado, me
he casado, he despedido a tantos seres queridos…- se cierra y se convierte en
una discoteca o en un museo o en un teatro… ¿adónde voy a ir yo ahora?; Y si se
marcha ese cura tan carismático y majo de la parroquia que llevaba a los chicos
de excursión, de salidas, de campamentos, de meriendas…¿qué será de nosotros?
¿Haciendo esto no nos están quitando acaso la fe y hacen que las personas se
alejen de la iglesia?; Y si mi cofradía es pasto de las llamas y con todos los
pasos de semana santa son destruidos ¿qué será de nosotros? ¿Cómo poder afrontar
semejante crisis de fe?; Y si la novena a tal santo no se puede realizar ¿cómo
voy a poder pedir al santo o a la santa que mi hijo apruebe las oposiciones, me
cure de esa dolencia o que me toque la lotería de Navidad? De tal modo que para
un israelita las palabras de Jesús son el anuncio del fin del mundo, ya que la
fe carecería de sentido.
Ahora bien,
realmente está hablando del fin del mundo, pero no del fin del mundo material. Pero
sí anuncia el fin de un cierto mundo que a Dios no le gusta y a los cristianos
tampoco. Por lo tanto no hay que estar triste si un cierto mundo desaparece sin
alegres porque un mundo nuevo está brotando; el mundo deseado por Dios. La
destrucción del Templo, desde la visión de Jesús, es la señal de que se está
realizando una transición de época: de una vieja humanidad a merced de las
fuerzas del mal, de la competición, de la violencia, de la muerte pasamos a una
humanidad nueva impulsada por el Espíritu del amor de Dios.
¿Cuáles son las
imágenes empleadas por Jesús para anunciar esta nueva época? «Habrá signos en el sol y la luna y las
estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo
del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante
lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán
sacudidas». Jesús no nos quiere asustar. Jesús recurre a las imágenes
empleadas por los profetas anteriores a él, imágenes que hoy llamamos
‘apocalípticas’. Pero apocalíptico no es sinónimo de catastrófico, sino que
deriva de un verbo griego ἀποκαλύπτω, que significa desvelar, quitar el velo
que impedía ver lo que ahí mismo había. Las cosas que nos suceden en la vida y
en el mundo están todo envuelto de misterio. ¿Por qué el dolor? ¿Por qué las
guerras? ¿Por qué las injusticias? Nuestros ojos no pueden ver ni entender lo
que sucede y podemos creer que el mundo está a expensas de las fuerzas del mal
y que no se puede hacer nada. ¿Qué nos quiere decir Jesús con estas imágenes
apocalípticas?
Comenzamos con las
señales o signos que habrá en el sol y en la luna, en las estrellas. Jesús dice
que todas las fuerzas que mueven y las desestabilizan. En el Antiguo Medio
Oriente contemplaban el firmamento como algo totalmente estable, inmutable y la
sucesión cíclica de las estaciones, de tal modo que estaban totalmente seguros
que el sol saldría por el oriente y se ocultaría por el occidente. Tanto es así
que cuando el salmista tiene que componer un canto para la entronización de un
nuevo rey israelita, para desearle prosperidad emplea la imagen de que su reino
será tan estable, inquebrantable como lo es el propio firmamento. Dice el
salmista: «Que tu reinado dure como el
sol, como la luna, de edad en edad; que sea como lluvia para el retoño, como
aguacero que riega la tierra. Que florezca en sus días la justicia, y que haya
prosperidad mientras alumbre la luna» (Sal 72, 5-7).
Y la luna no se
apagará nunca, luego la prosperidad es eterna. ¿Qué quiere decir cuando el sol,
la luna, las estrellas y las potencias del cielo serán sacudidos? Es una imagen
clara para indicar que todas las cosas mundanas que para los hombres son
inquebrantables, totalmente seguras e inmutables Dios es capaz de desmoronarlas.
Por ejemplo, el reino del mal (abortos, eutanasia, la demoniaca apuesta por el
control de la natalidad, los que explotan al pobre e inocente, la ideología de
género…) no es tan estable como parece. Nuestra sociedad y nuestro mundo están
dominados por aquellos que manejan el sistema. Te pueden hacer creer que una
guerra puede ser justa, que dependiendo de quién robe se justifica o se ataca; que
el matrimonio cristiano es una cosa propia del dominio machista e impuesto por
el poder de la iglesia; que la institución familiar es algo que está destinada
a dar paso a otros modos de arreglos de convivencia temporal; incluso te pueden
llegar a hacer pensar que la supresión de la vida naciente (nasciturus) es un derecho humano de la
mujer. Se pueden empeñar –y llegar a conseguir- ser el pensamiento dominante
(pensamiento único) en una sociedad que alardea de ser democrática. Ahora bien,
¿quién es capaz de oponerse a estos poderes? El reino del mal parece ser
inexpugnable, estable como el firmamento, como el sol, la luna y las estrellas.
Sin embargo Jesús nos dice que no es verdad, que no son tan estables como
aparentan. Que el Espíritu del Señor es más fuerte que las fuerzas del mal: El
reino del maligno, dice Jesús, está destinado a colapsar. Este es el mensaje
que Jesús quiere comunicar con las imágenes apocalípticas.
Cristo al venir a
nosotros; la acogida totalmente humilde y dócil a la Palabra de Cristo hará que
empecemos a nacer de nuevo, a ser hombres nuevos. El viejo hombre morirá para
nacer el hombre nuevo, el hombre de la gracia. Es una nueva creación –obrada
por el Espíritu Santo- que se efectúa dentro de uno mismo. Cristo al nacer dará
inicio a la humanidad nueva. Naturalmente esta humanidad nueva tendrá
dificultades para implantarse; y Jesús utilizar unas imágenes apocalípticas
tales como «angustia de las gentes,
perplejas por el estruendo del mar y el oleaje». Jesús nos está diciendo lo
siguiente: el mar –como ocurre en la Biblia y en todo el Antiguo Medio Oriente-
es el símbolo de las fuerzas del mal, de todo lo que es contrario a la vida. Y
este mar está agitado, ¿por qué este reino del mal se está agitando? Se agita
porque ha llegado una fuerza del Cielo que les va a aniquilar -Cristo. Por esto
este mar, estas fuerzas del mal están agitadas ya que se resisten para poder
sobrevivir. Es la imagen del conflicto entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal. El mundo está con
angustia porque en medio del fragor de la batalla uno no sabe si realmente
vencerá el bien o el mal. Pero Jesús dice que este nuevo modo de vivir que
Cristo nos inaugura va precedido de unos dolores de parto, para que nazca una
humanidad nueva guiada por su Espíritu.
En este punto
Jesús se refiere a un célebre texto del profeta Daniel (Dn 7, 13-14): «Entonces verán al Hijo del hombre venir en
una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos,
alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». El profeta Daniel presenta
la historia de la humanidad como una sucesión de reinos de bestias: los de
babilonia, lo cuales no se comportaban como humanos, eran como leones que
desgarraban; luego llegaron los medos, que eran los osos; los cuales fueron reemplazados
por los persas que actuaban como los leopardos; y al final llegó la bestia peor
de todas que era Alejandro Magno. El impulso de lucha y de dominio es tan antiguo
como el reino animal, pero si nos dejamos llevar por esta tendencia permaneceremos
como bestias. Dios intervendrá e introducirá en el mundo un nuevo impulso, el
de su Espíritu que nos conducirá a amar y no a competir; y sólo el impulso que
nos lleva a amar nos hace hombres. Jesús dice esta profecía para decirnos que
Dios quitará el poder a las bestias y lo entregará al Hijo del hombre. El ‘Hijo
del hombre’ es una expresión hebraica ‘Ben
adam’ (בן־אדם), que significa un hombre verdadero. El hombre verdadero es
el hombre que ama y ama con un amor eterno, y este reino no se desvanecerá
nunca.
¿Qué cosas hay que
hacer cuando venga en una nube el Hijo del hombre? Jesús dice dos cosas: La primera, no vayas encorvado por el
miedo porque estás avergonzando a causa de tus miserias, de tus pecados: ponte
en pie porque todos tus temores de Dios se acabaron. Dios es amor
incondicionado, es sólo amor. Y no os inclinéis ante el reino del mal, el reino
de las bestias que están todavía presentes, pero que están destinados a desaparecer;
no te doblegues ante el pensamiento dominante. No te doblegues ante las
propuestas inmorales ni te arrodilles ante ellas. Ante estas propuestas de
muerte ponte en pie, ponte derecho
ante los dominadores del mundo y no te resignes ni aceptes ninguna esclavitud.
La segunda cosa que Jesús nos dice es alzad la cabeza. No te inclines ante este mundo, aunque es
hermoso, es efímero, caduco. Levanta la mirada y reflexiona sobre el
significado de tu existencia, el sentido último de tu vida.
Y Jesús concluye
su discurso con dos recomendaciones. La
primera recomendación es: «Tened
cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas,
borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel
día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra». La primera recomendación es estate atento
de tu corazón. El corazón para los semitas es el centro de todas las
opciones y de todas las decisiones. No pensamos ni decidimos con la cabeza,
sino con el corazón. Jesús nos dice que si no prestamos atención nuestro
corazón puede volverse pesado, quedarse incapaz, insensible cuando se trata de
distinguir entre lo que es correcto y lo que no lo es. Porque puedes llegar a
considerar como valioso algo que no sea correcto, algo insignificante, efímero
y sea dañino. Y Jesús indica lo que hace insensible al corazón: las juergas, la
embriaguez –no se trata solo de sobrepasarse con el vino y los licores-. Las
juergas y la embriaguez se refieren a todo aquello que nos lleva a un mundo
irreal, ilusorio. Como aquellos que de tanto beber no distinguen entre lo que
es el sueño y lo que es la realidad. Jesús nos dice que tengamos cuidado porque
no sólo nos podemos embriagar con el vino, sino que hay cosas que pueden
embriagarnos hasta perder la cabeza. Te puede embriagar el éxito profesional,
el cual puede aturdirte hasta el punto de que te olvides de todo lo demás, ya
sea la familia, ya sea de Dios. Te puede embriagar el dinero, el cual te nubla
la vista y ya no ves al pobre que está a tu lado, el cual ya no te aparece como
un hermano, sino como un antagonista, un rival que tú tienes que abatir para
poder acumular más dinero. Te puede embriagar los elogios de los aduladores que
te hacen que estés aturdido de sus comentarios. Puedes emborracharte de los
viajes, de las celebraciones, de las comidas, del ocio… y no te das cuenta de
que estás borracho porque estás viviendo en un mundo ilusorio, inconsistente. Dice
Jesús que este día no te pille de improviso como una trampa.
¿De qué día se
está refiriendo el Señor? Es el punto de llegada de nuestra vida. Es el momento
en el que hacemos un balance de nuestra vida. Porque en ese día tú podrás
verificar si viviste como un borracho en un mundo ilusorio. Estate atento
porque puedes acabar en el mundo verdadero o en el mundo ilusorio.
La segunda recomendación de Jesús es esta: «Estad, pues, despiertos en todo tiempo,
pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie
ante el Hijo del hombre». Vigila en
todo momento orando. Sólo hay un modo para estar vigilante: perseverar en
la oración, ya que de lo contrario te quedarás dormido y te quedarás en un
mundo de sueños. Jesús nos llama a mantener un constante diálogo con él, como
sucede en la relación de amor entre el esposo y la esposa; porque una persona
enamorada siempre está pensando en la persona del otro deseando hacer aquellas
cosas que agradan a esa otra persona amada. La oración es el aliento de la
vida. Si dejas de respirar te mueres; si dejas de rezar la vida divina que hay
en ti se desvanece y se va apagando. Por eso es necesario rezar siempre y en
todo momento. En la primera carta de los tesalonicenses Pablo recomienda que ‘oren
constantemente en diálogo con el Señor’, «orad
en todo momento» (1Tes 5 ,17).
Y continúa
diciéndonos Jesús: «manteneros en pie
ante el Hijo del hombre». El que está de pie está listo para dar la
bienvenida a la persona que viene. Si estás vigilante en la oración siempre te
encontrarán de pie y así acogerás las propuestas del mundo nuevo que te propone
el Hijo del hombre. Jesús quiere ayudarnos a leer correctamente el presente, lo
que está pasando hoy en nuestra historia. Ante las fuerzas del mal el Señor no
dice: no te asustes, no te desanimes ya que está destinado a desaparecer. Tú
involúcrate en la humanidad nueva y en la vida divina.
sábado, 14 de diciembre de 2024
Homilía del Domingo Tercero de Adviento, ciclo C Lc 3, 10-18
Homilía del Tercer Domingo de Adviento, ciclo c
Lc 3, 10-18 15.12.2024
Ésta
es la conversión que Juan el Bautista quiere plantearnos para que nos podamos
involucrar en el mundo nuevo que Cristo nos trae con su venida. Las personas
estamos llamados a dar frutos de conversión; los frutos son el signo de la
verdadera conversión, de tal manera que las cosas ya no están como lo
estaban antes. Para saber de qué frutos se está hablando -para dar muestras
evidentes de conversión- el evangelista Lucas introduce tres categorías de
personas que se presentan ante el Bautista y le hacen la misma pregunta:
‘¿Qué cosa tenemos que hacer?’. Están decididos a convertirse y le preguntan
sobre qué cosa deben de hacer.
Al primer grupo les dice: «En
aquel tiempo, el grupo de la multitud preguntaba a Juan: ‘Entonces, ¿qué
debemos hacer?’ Él contestaba: ‘El que tenga dos
túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
Estas multitudes
acuden al Bautista. Cuando escuchamos noticias de guerras y de hambrunas
nosotros nos sentimos tranquilos porque estamos en nuestro pequeño ámbito donde
nos sentimos tranquilos. A lo más una noticia nos puede impactar y conmover,
pero el trascurso del tiempo termina sofocando tal impresión y nos olvidamos
tan pronto como nuestra atención es robada por otra noticia o escándalo. La
multitud le está preguntando sobre qué cosa han de hacer para que surja ese
mundo nuevo de justicia y de paz. Juan el Bautista da la clave para que cambie
el mundo: «El que tenga dos
túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Aquí está el paso a dar: Comparte lo que
tienes con aquellos que lo necesitan. Necesitamos revisar y refundar nuestra
relación con las cosas, con los bienes terrenos. Es que resulta que nos
hemos creído una catequesis del Demonio: que nosotros somos dueños y soberanos
de los bienes que nos han llegado hasta nuestras manos, ya que nos sentimos con
el derecho de hacer con ellos lo que queramos, ya sea negociar con ellos para
aumentar el precio en base a enriquecernos aún más y radica la raíz de los
males. Ya nos lo dice la Epístola de Santiago «¿De
dónde proceden las guerras y contiendas que hay entre vosotros, sino de los
deseos de placer que luchan en vuestros miembros? ¿Codiciáis y no poseéis? Pues
matáis. ¿Envidiáis y no podéis conseguir? Pues combatís y hacéis la guerra» (Sant 4, 1-2). La catequesis demoniaca
que nos hemos creído es que nos sentimos propietarios de los bienes de este
mundo. La verdad es otra y nos la revela el primer versículo del Salmo 24: «De Yahvé es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y cuantos lo habitan»;
tengámoslo presente. Nada es nuestro, todo es de Dios. No somos dueños
de nada, somos invitados en este mundo.
La Primera Carta a
Timoteo en el capítulo seis nos dice: «Nosotros
no hemos traído nada al mundo, y nada podemos llevarnos de él» (1 Tim 6, 7). El mismo Job nos dice: «Desnudo
salí del vientre de mi madre y desnudo
volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea
el nombre del Señor» (Job 1, 21). Aquellos que caen en la tentación de
acaparar actúan sin sentido y que ahogan a los hombres en la ruina y en la
perdición. «La codicia por el
dinero es la raíz de todos los males»,
es lo que nos dice la primea carta a Timoteo. Y a causa de esta avaricia muchos
han perdido la fe y han adquirido muchos tormentos. En el intercambio de los
bienes se manifiesta el amor, ya que lo único que importa es que el otro
sea feliz. Cuando uno acapara cosas termina entendiendo al otro, no como un
hermano o hijo de Dios, sino como un contrincante al que uno ha de derrocar. Juan
el Bautista nos dice que, si queremos salir del mundo creado y fundado sobre la
catequesis del Demonio, esa catequesis que es una mentira en sí misma, y deseas
entrar en el mundo de la verdad, en el mundo de Cristo, estás invitado a
realizar una cosa: no te quedes con los bienes que el Padre ha puesto en tus
manos, sino compártelos con el hermano: Mantente alejado del anhelo de
acumular y contrólate este impulso. Este es el primer signo de la verdadera
conversión.
Al
segundo grupo les dice lo siguiente: «Vinieron
también a bautizarse unos publicanos/recaudadores y le preguntaron: «Maestro,
¿qué debemos hacer nosotros?». Él les contestó: «No exijáis más de lo
establecido».
En el tiempo de Jesús los recaudares de los impuestos eran más odiados, no sólo
por ejercer esta profesión que no inspiraba simpatía, sino por el modo de cómo
ellos lo practicaban. El recaudador iba al gobernador romano con la suma del
dinero de los impuestos, y lo que recolectaba de más se lo quedaba en calidad
de comisión e iba a su propio bolsillo. Es fácil imaginar los engaños y los
subterfugios, abusos y corrupción que ellos hacían para enriquecerse a costa de
los impuestos de los ciudadanos judíos. Los publicanos no eran queridos porque
eran colaboradores de los romanos y de este sistema opresivo. Además, eran
personas renegadas porque cuando un judío era elegido como recaudador de
impuestos o publicano debía ofrecer un sacrificio a los dioses del emperador a
modo de contrato. Eran ladrones legalizados y gente que ha abandonado la propia
fe por amor al dinero. El Bautista no les dice que abandonen la profesión,
porque los impuestos son necesarios para construir carreteras, mantener
infraestructuras, para la sanidad, pensiones, etc. Es necesario que existan
personas que recauden los impuestos para el normal funcionamiento de una
sociedad. ¿Qué cosa les pide el Bautista a los publicanos? Pide sólo lo que sean
justos (dar a cada cual lo suyo y pedir a cada cual lo que le corresponde). El
Bautista nos hace la invitación a hacer una comprobación si nos hemos
convertido o si seguimos actuando al modo pagano en nuestra profesión. Es
cierto que hay profesiones que son incompatibles con el evangelio, tales como
el narcotráfico, el tráfico de personas, las actividades mafiosas… son
imposibles que se puedan compaginar con el Evangelio. Juan el Bautista está
hablando de profesiones que están al servicio del hombre y de la vida y que son
necesarias, ya que se pueden llevar a cabo de diversas maneras. Por ejemplo, un
periodista puede difundir la verdad, pero también puede contar mentiras y difamar
a las personas con sus escritos y sus libros. El policía te puede imponer una
multa, pero lo puede hacer con arrogancia o con respeto explicando el porqué de
esa sanción para que no pongas en peligro tanto tu propia vida como la ajena. El
cura puede estar celebrando la Misa con una cara avinagrada porque los feligreses
no colaboran en nada, el frío ha llegado a congelar la cera líquida de las
velas y las vestiduras litúrgicas están como húmedas y frías o puede celebrar
la Misa con una actitud de agradecimiento a Dios porque le permite estar
sirviéndole ante su presencia dando así una palabra de fortaleza espiritual a sus
propios feligreses. El médico puede limitarse a hacer el diagnóstico exacto e
indicar la terapia a seguir, pero también puede acompañar ‘este mal trago’ del
paciente con la empatía hacia en paciente enfermo. La paciencia, la sonrisa, la
amabilidad, la empatía… no entran dentro del contrato de trabajo, pero son
parte del nuevo modo de realizar la propia profesión. Estas actitudes que revelan
la atención al hermano en una voluntad auténtica de servirlo y para verlo feliz
son el signo que nos indican que se está produciendo la conversión.
Al
tercer grupo el Bautista les dice: «Unos
soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros ¿qué debemos hacer?». Él les
contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias,
sino contentaos con la paga». Estos soldados eran los que estaban al servicio de
Herodes Antipas, no eran soldados romanos. Eran mercedarios venidos de Siria,
pobres hombres arrancados de sus familias y enviados por muy poco dinero a
cometer violencia en un pueblo de lengua, costumbres y religiones diferentes.
Estos soldados habían aprendido a ejecutar las sanguinarias órdenes y a ejercer
la fuerza desproporcionada en obediencia a las órdenes, sin jamás cuestionar
nada. Estos soldados caían en la tentación de desahogar sus frustraciones sobre
quien eran los más débiles que ellos. Sin embargo, algunos de esos soldados habían
conservado sentimientos humanos y se daban cuenta que estaba al servicio de un
mundo injusto dónde únicamente contaba la ley del más fuerte. Estos son los que
se presentan ante Juan el Bautista haciéndole la pregunta: ¿Qué cosa debemos
hacer? Podríamos esperar a que el Bautista les dijera que tirasen las armas y
se negasen a ir a la guerra y que fueran desobedientes a las órdenes que se les
diesen. Lo que les dice es que su misión es la de mantener el orden y evitar
que se cometa violencia. Que el servicio de los soldados es un servicio
necesario para el pueblo, pero han de realizarlo buscando el bien del otro. El
Bautista da tres recomendaciones a los soldados y que se extienden a todos, ya que
podemos estar tentados a abusar de la posición de poder y de fuerza.
La primera
recomendación del Bautista a los soldados es ‘no hagáis extorsión con la fuerza’.
El evangelista emplea el verbo griego “διασείω” que significa ‘sacudir’, ‘temblar’.
La tentación de hacer temblar al más débil está siempre presente. Aquel que está
sentado en una mesa de despacho y se presenta uno para hacer una gestión, el
que está en el despacho sentado se ve tentado en poner condiciones a la otra
persona o ser grosero, impaciente… y a la vez, el que está sentado en ese despacho
tiene a otro por encima que le hace temblar también a él. La conversión planteada
por el Bautista es complacer, no a quien está por encima de uno, sino
también agradar a los que son más débiles que uno.
La segunda recomendación
a los soldados es ‘no recurras a la intimidación, no os aprovechéis con las
falsas denuncias’. No recurras a la intimidación, o sea que no obligues a
las personas a denunciar a otras personas o incluso torturar a las personas.
La recomendación es que se contenten con su salario y que no busquen un sobre
sueldo extorsionando, intimidando o torturando a las personas para que
denuncien a otras personas.
El Bautista a ninguno
de los tres grupos les sugirió ninguna práctica religiosa para prepararse a la
venida del Mesías. Les pidió un cambio de vida; un cambio de vida que se plasma
en una relación nueva con los bienes de este mundo y con los hermanos. El historiador
Flavio Josefo da testimonio de la simpatía de todo el pueblo por Juan el Bautista.
Dice que era un hombre bueno y que exhortaba a los judíos a vivir una vida justa,
que se trataran recíprocamente con justicia; a someterse con devoción a Dios.
Todo el pueblo estaba entusiasmado a la hora de escuchar al Bautista. De tal
modo que el propio Herodes Antipas estaba preocupado de tanta popularidad y le
hizo meter en el calabozo.
«Como el pueblo estaba expectante, y todos
se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les
respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con
agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la
correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». El pueblo estaba expectante por la realización
de las promesas de los profetas y en tiempos de Jesús esta expectativa estaba
siendo alimentada y llegaban a creer que fuera el propio Juan el Bautista el
Mesías. Juan inmediatamente lo aclaró de un plumazo: Yo no soy el Mesías.
Y presenta dos
imágenes para mostrar la diferencia entre él y el verdadero Mesías: «Yo os
bautizo con agua; Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». Juan el Bautista sumergía a las
personas en el agua del Jordán. Cuando uno está empapado por el agua, la
propia agua lava y uno va escurriendo el agua. Pero también esa agua puede
entrar dentro de la persona, como ocurre con las plantas, entra dentro de ella.
Esa agua entra dentro de la planta y produce frutos. El bautismo de Juan el
Bautista es un agua exterior, donde uno va escurriendo el agua por donde se
encuentra; sin embargo, el bautismo del verdadero Mesías traerá un agua nueva y
será introducida dentro de la persona y le dará una nueva vida, la vida dada
por el Espíritu, la vida que no viene de la tierra, sino que viene del Cielo;
la vida del Eterno.
La segunda imagen que
emplea Juan el Bautista es el fuego. El único fuego que conoce Dios es
el fuego del Espíritu. Y lo propio de fuego es quemar; el Espíritu será un
fuego que queme toda la iniquidad, todo el mal, que abrasará todo el pecado del
mundo. Hará desaparecer el mundo viejo, el mundo de la muerte. De hecho, el
mismo Jesús lo dirá: «He venido a
arrojar un fuego sobre la tierra, ¡y cuánto desearía que ya hubiera prendido!» (Lc 12, 49). El bautismo de Jesús es el bautismo
del Espíritu que elimina toda forma de pecado.
Y Juan el Bautista
emplea una tercera imagen para describir lo que hará el Mesías: «En su mano
tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar
la paja en una hoguera que no se apaga». Con estas y otras muchas
exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio». La tercera imagen empleada por el
Bautista está sacada de la sociedad agrícola de la época. Dice que el Mesías
tendrá en la mano el bieldo, esa pala larga de madera que se utilizaba para
ventilar el grano y separar la paja del grano. Al levantar con fuerza el bieldo
el viento separaba la paja del grano y se terminaba separando el buen grano. El
Mesías con su palabra soplará/separará toda la paja, es decir, todo el mal del
mundo. No podemos purificarnos del pecado con nuestras lógicas antiguas. La
purificación de nuestros pecados podrá solo llegar cuando se acceda al
ventilador de la Palabra del Evangelio; ésta sí que es la que limpia del mal
del mundo. El fuego del Espíritu que quema todo signo del pecado y de muerte.
Las palabras del
Bautista no son palabras de castigo para los pecadores. San Lucas lo aclara
diciendo que se trata de una buena noticia y que los pecadores no han de tener
miedo, sino que están llamados a alegrarse porque para ellos va a venir la liberación
del mal que les esclaviza y que les hace infelices. Han de estar felices porque
sus pasiones rebeldes, sus codicias y los deseos de acumular serán barridas por
la Palabra del Evangelio.

