Sor Josefa de San Juan de Dios y sor Dolores de Santa Eulalia
Escucha aquí el episodio completo:
22.09.2026 - Hermanitas de los Ancianos Desamparados
Queridas Hermanitas:
Hoy la Iglesia
pone ante nosotros la memoria de las beatas sor Josefa de San Juan de Dios y
sor Dolores de Santa Eulalia. Y quizá lo primero que conviene hacer es no
mirarlas demasiado deprisa. Porque si nos quedamos sólo con el final, con el
día de su martirio, corremos el riesgo de no comprender lo más hermoso de su
vida.
Sor Josefa tenía
ochenta y dos años. Sor Dolores era también ya anciana. Habían pasado casi toda
su existencia siendo Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Habían cuidado,
acompañado, rezado, obedecido, sufrido, reído, envejecido dentro de la Congregación.
Habían visto pasar por sus manos a muchos ancianos, algunos agradecidos, otros
difíciles; algunos serenos y otros asustados; algunos capaces todavía de
conversar y otros casi completamente dependientes.
Y ahí, en esa vida
que desde fuera puede parecer repetitiva, se había ido formando su corazón.
Una Hermanita sabe
bien que la entrega no suele presentarse con grandes palabras. Llega más bien
en una habitación que hay que volver a ordenar, en una llamada a deshora, en
una anciana que pregunta por quinta vez lo mismo, en una comida que hay que dar
con paciencia, en una noche en la que alguien tiene miedo, en una mano que
busca otra mano cuando se acerca la muerte.
Eso era lo que sor
Josefa y sor Dolores conocían.
Por eso, cuando
llegó la persecución, no tuvieron que aprender entonces a entregarse. Llevaban
muchos años haciéndolo.
En Requena
quedaron tres Hermanitas: ellas dos y sor Gregoria, mucho más joven. Después de
varios días de cautiverio, las llevaron por la carretera de Buñol y dispararon
contra las tres. Sor Josefa y sor Dolores murieron. Sor Gregoria quedó
gravemente herida, pero sobrevivió.
Y en medio de
aquella historia aparece un hecho que merece ser recordado. Quien se ocupó de
que sor Gregoria fuera recogida y atendida fue Vicente Furriol, alcalde de
Buñol y comunista. También había protegido a sacerdotes perseguidos. Años
después, cuando él necesitó ayuda, sor Gregoria no olvidó aquel gesto y supo
reconocer públicamente el bien que había recibido.
Este detalle
resulta especialmente hermoso porque muestra que incluso en tiempos de odio
puede aparecer un gesto limpio de humanidad, y que un corazón cristiano sabe
reconocerlo. Sor Gregoria había sufrido la violencia de aquellos días, pero no
permitió que el sufrimiento le cerrara los ojos para ver el bien allí donde
realmente lo había habido.
También eso tiene
mucho que ver con vuestra vocación.
Una Hermanita está
llamada a mirar a la persona concreta. No a quedarse sólo con su carácter, su
enfermedad, sus limitaciones o sus ideas, sino a descubrir que delante tiene
una vida que merece respeto, paciencia y cuidado. Eso es lo que hacían sor
Josefa y sor Dolores con los ancianos. No servían a una idea abstracta de la
ancianidad. Servían a personas concretas, con nombres, heridas, manías, miedos
y necesidades.
Y ésa fue su
escuela de santidad.
Su martirio no fue
una historia distinta de todo lo anterior. Fue la última página de una vida que
llevaba décadas perteneciendo al Señor. Antes de entregar la vida de una sola
vez, la habían ido entregando poco a poco, día tras día, casi siempre sin que
nadie las viera.
Queridas
Hermanitas, quizá vosotras no seáis llamadas a derramar la sangre por Cristo.
Pero sí estáis llamadas a esa otra entrega silenciosa que va desgastando la
vida por amor. Cuando una sigue cuidando aunque esté cansada, cuando vuelve a
sonreír después de un día difícil, cuando acompaña una agonía, cuando conserva
la ternura con quien ya no puede agradecer nada, allí se está viviendo algo muy
grande a los ojos de Dios.
Sor Josefa y sor
Dolores lo hicieron así hasta el final.
Que ellas os
ayuden a no perder nunca de vista la belleza de vuestra vocación. Que os
recuerden que cuidar a un anciano no es simplemente atender una necesidad, sino
acoger una vida que Dios ha puesto en vuestras manos. Y que, cuando lleguen los
días más duros, podáis seguir diciendo al Señor, con la misma sencillez con la
que ellas vivieron tantos años:
“Aquí estoy. Mi
vida sigue siendo tuya”. Amén.

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