lunes, 21 de septiembre de 2026

Sor Josefa de San Juan de Dios y sor Dolores de Santa Eulalia

 

Sor Josefa de San Juan de Dios y sor Dolores de Santa Eulalia

Escucha aquí el episodio completo:



22.09.2026 - Hermanitas de los Ancianos Desamparados

 

Queridas Hermanitas:

Hoy la Iglesia pone ante nosotros la memoria de las beatas sor Josefa de San Juan de Dios y sor Dolores de Santa Eulalia. Y quizá lo primero que conviene hacer es no mirarlas demasiado deprisa. Porque si nos quedamos sólo con el final, con el día de su martirio, corremos el riesgo de no comprender lo más hermoso de su vida.

Sor Josefa tenía ochenta y dos años. Sor Dolores era también ya anciana. Habían pasado casi toda su existencia siendo Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Habían cuidado, acompañado, rezado, obedecido, sufrido, reído, envejecido dentro de la Congregación. Habían visto pasar por sus manos a muchos ancianos, algunos agradecidos, otros difíciles; algunos serenos y otros asustados; algunos capaces todavía de conversar y otros casi completamente dependientes.

Y ahí, en esa vida que desde fuera puede parecer repetitiva, se había ido formando su corazón.

Una Hermanita sabe bien que la entrega no suele presentarse con grandes palabras. Llega más bien en una habitación que hay que volver a ordenar, en una llamada a deshora, en una anciana que pregunta por quinta vez lo mismo, en una comida que hay que dar con paciencia, en una noche en la que alguien tiene miedo, en una mano que busca otra mano cuando se acerca la muerte.

Eso era lo que sor Josefa y sor Dolores conocían.

Por eso, cuando llegó la persecución, no tuvieron que aprender entonces a entregarse. Llevaban muchos años haciéndolo.

En Requena quedaron tres Hermanitas: ellas dos y sor Gregoria, mucho más joven. Después de varios días de cautiverio, las llevaron por la carretera de Buñol y dispararon contra las tres. Sor Josefa y sor Dolores murieron. Sor Gregoria quedó gravemente herida, pero sobrevivió.

Y en medio de aquella historia aparece un hecho que merece ser recordado. Quien se ocupó de que sor Gregoria fuera recogida y atendida fue Vicente Furriol, alcalde de Buñol y comunista. También había protegido a sacerdotes perseguidos. Años después, cuando él necesitó ayuda, sor Gregoria no olvidó aquel gesto y supo reconocer públicamente el bien que había recibido.

Este detalle resulta especialmente hermoso porque muestra que incluso en tiempos de odio puede aparecer un gesto limpio de humanidad, y que un corazón cristiano sabe reconocerlo. Sor Gregoria había sufrido la violencia de aquellos días, pero no permitió que el sufrimiento le cerrara los ojos para ver el bien allí donde realmente lo había habido.

También eso tiene mucho que ver con vuestra vocación.

Una Hermanita está llamada a mirar a la persona concreta. No a quedarse sólo con su carácter, su enfermedad, sus limitaciones o sus ideas, sino a descubrir que delante tiene una vida que merece respeto, paciencia y cuidado. Eso es lo que hacían sor Josefa y sor Dolores con los ancianos. No servían a una idea abstracta de la ancianidad. Servían a personas concretas, con nombres, heridas, manías, miedos y necesidades.

Y ésa fue su escuela de santidad.

Su martirio no fue una historia distinta de todo lo anterior. Fue la última página de una vida que llevaba décadas perteneciendo al Señor. Antes de entregar la vida de una sola vez, la habían ido entregando poco a poco, día tras día, casi siempre sin que nadie las viera.

Queridas Hermanitas, quizá vosotras no seáis llamadas a derramar la sangre por Cristo. Pero sí estáis llamadas a esa otra entrega silenciosa que va desgastando la vida por amor. Cuando una sigue cuidando aunque esté cansada, cuando vuelve a sonreír después de un día difícil, cuando acompaña una agonía, cuando conserva la ternura con quien ya no puede agradecer nada, allí se está viviendo algo muy grande a los ojos de Dios.

Sor Josefa y sor Dolores lo hicieron así hasta el final.

Que ellas os ayuden a no perder nunca de vista la belleza de vuestra vocación. Que os recuerden que cuidar a un anciano no es simplemente atender una necesidad, sino acoger una vida que Dios ha puesto en vuestras manos. Y que, cuando lleguen los días más duros, podáis seguir diciendo al Señor, con la misma sencillez con la que ellas vivieron tantos años:

Aquí estoy. Mi vida sigue siendo tuya”. Amén.


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