¿Es posible decirle «sí» a Dios y, sin embargo, no entrar nunca en su viña? En esta homilía sobre Mateo 21,28-32, Jesús cuenta la parábola de dos hijos: uno comienza negándose, pero reconsidera su respuesta y va; el otro responde correctamente —«Voy, señor»— y no hace nada. El Evangelio nos invita así a mirar más allá de las palabras y de las apariencias religiosas. Antes de pedir trabajo, el padre se acerca y llama «hijo»; la relación precede a la tarea. Y precisamente desde esa confianza puede nacer una verdadera conversión. Los publicanos y las prostitutas no son presentados como modelos por su conducta, sino porque aceptaron cambiar de camino. La pregunta queda entonces dirigida también a quienes llevamos tiempo cerca de Dios: ¿nuestra fe está produciendo realmente amor, alegría y vida para los demás?
Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 21, 28-32 — «Él le
contestó: “Voy, señor”. Pero no fue».
La
viña no es un escenario secundario:
ahí
se juega algo decisivo.
El domingo pasado
escuchábamos a Jesús hablar de un propietario que no dejaba de salir en busca
de trabajadores para su viña. Volvía una y otra vez a la plaza, porque aquella
tarea no podía quedar abandonada. Hoy reaparece la misma imagen, y todavía volverá
a ocupar el centro de otra parábola el próximo domingo. Esa insistencia no
parece casual. La viña importa mucho a su dueño, y precisamente por eso
Jesús vuelve sobre ella.
Ya vimos que esa viña apunta al reino
de Dios, a esa humanidad renovada que Dios desea y en cuya construcción los
discípulos están llamados a implicarse. No se trata simplemente de trabajar
mucho o poco, sino de participar en una obra que nace del deseo de Dios de
transformar la vida humana.
La parábola
anterior nos colocaba primero junto a los trabajadores más diligentes, aquellos
que estaban disponibles desde el comienzo de la jornada. Era fácil reconocerse
en ellos: responsables, generosos, puntuales. Pero al final Jesús daba la
vuelta a la escena. Cuando llegó la hora de pagar, aquellos mismos trabajadores
mostraron otra cara: les molestaba que el dueño tratara con una generosidad
inesperada a quienes habían trabajado menos.
Y ahí aparecía una
de las provocaciones más profundas de la parábola: Nos cuesta aceptar que
Dios sea bueno también con quienes nosotros consideraríamos menos merecedores.
El problema no era la generosidad de Dios, sino la mirada de quienes no
soportaban verla derramarse sobre otros.
Hoy
ya no somos trabajadores:
la
parábola nos introduce en la familia.
En el relato anterior ocupábamos el lugar de los
jornaleros. Ahora Jesús cambia nuestra posición. Ya no estamos fuera,
contratados para realizar una tarea, sino dentro de la casa: somos los hijos
del propietario.
La diferencia es
importante. Cuando la viña pertenece a la familia, lo que ocurre en ella deja
de ser un asunto ajeno. Ya no se trabaja simplemente porque alguien lo ha
ordenado o porque al final de la jornada habrá una paga. Aparece otro tipo de
vínculo: la viña nos afecta, nos concierne, forma parte de aquello que sentimos
como nuestro.
Y precisamente por
eso la pregunta cambia. Ya no basta con preguntarnos cuánto trabajamos, sino qué
relación tenemos con el deseo del Padre. ¿Sentimos verdaderamente como
propia la obra que él quiere realizar?
Antes de escuchar
la parábola conviene, sin embargo, mirar con atención el lugar y el momento en
que Jesús la pronuncia.
Hace pocos días
que ha llegado a Jerusalén. Nada más entrar en la ciudad ha realizado un gesto
que ha provocado una fuerte tensión: Ha intervenido en el templo y ha expulsado
a quienes comerciaban allí. A partir de entonces, el enfrentamiento con las
autoridades religiosas se vuelve cada vez más directo. Desde hacía tiempo
miraban a Jesús con recelo. Sus palabras acerca de Dios les resultaban
sospechosas y su libertad frente a determinadas tradiciones religiosas les
parecía difícil de aceptar.
Mateo presenta a Jesús pasando las noches
fuera de Jerusalén, en Betania, y regresando durante el día para enseñar en el
templo. Es precisamente allí donde se desarrolla la escena que precede a
nuestra parábola.
La
cuestión de fondo es esta:
¿de
dónde viene la verdadera autoridad?
Los dirigentes
religiosos se acercan a Jesús y le exigen una explicación. Quieren saber con
qué autoridad actúa y quién le ha permitido comportarse de ese modo dentro del
templo. La pregunta no es ingenua. En el fondo están poniendo en duda su
legitimidad: «¿Quién te ha dado derecho a hacer esto?».
Jesús responde de
una manera muy suya: no entra directamente en su juego, sino que plantea otra
pregunta. Les invita a pronunciarse sobre Juan el Bautista. ¿De dónde procedía
su misión? ¿Había recibido su autoridad de los hombres o de Dios?
Ellos comprenden
inmediatamente la dificultad. Cualquier respuesta los compromete, de modo que
optan por refugiarse en un prudente «no lo sabemos».
Pero precisamente
ahí Jesús ha dejado al descubierto el verdadero problema. No toda autoridad
nace de un reconocimiento humano. Existe también una misión que procede de
Dios y que puede desbordar los cauces con los que los hombres intentamos
controlar lo religioso.
Eso había ocurrido
con los profetas. No hablaban porque alguna institución les hubiera concedido
permiso para hacerlo, sino porque habían recibido una palabra que no podían
guardar para sí. Jesús sitúa su propia misión en esa misma línea: Su
autoridad no depende de la aprobación de quienes ocupan los puestos de poder
religioso.
Y esa afirmación
era profundamente incómoda para quienes lo escuchaban.
Lo
sorprendente es que Jesús dirige
la
parábola a personas muy religiosas.
Conviene no perder
de vista este detalle. Los destinatarios inmediatos de Jesús no son personas
indiferentes, alejadas de la fe o conocidas por llevar una vida desordenada.
Son hombres religiosos, observantes, atentos al cumplimiento de la Ley,
respetados por el pueblo y revestidos de una enorme autoridad.
Es precisamente a
ellos a quienes Jesús va a contar la parábola.
Eso debería
hacernos escucharla de otra manera. Porque siempre resulta bastante cómodo oír
las parábolas pensando en los demás: en quienes no creen, en quienes no
practican, en quienes se han equivocado. Lo difícil comienza cuando descubrimos
que Jesús dirige algunas de sus palabras más exigentes precisamente a quienes
se consideran cercanos a Dios.
Tal vez esa sea
también la puerta de entrada para nosotros. Antes de buscar quién queda
retratado en la parábola, podemos preguntarnos algo más sencillo y más serio: ¿en
qué personaje podría reconocerme yo?
Hablar
del padre y del hijo
era
hablar de Dios e Israel.
«En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a
los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos».
Cuando un rabino
comenzaba una parábola poniendo en escena a un padre y a un hijo, sus oyentes
entendían enseguida la alusión: el padre representaba a Dios y el hijo, a
Israel. En el Antiguo Testamento, Israel aparece precisamente con ese
nombre: hijo de Dios.
Por medio de
Moisés, Dios manda decir al faraón que Israel es su hijo primogénito y reclama
su libertad (cfr. Ex 4, 22-23). Siglos después, el profeta Oseas volverá a
expresar esa misma relación diciendo que Dios llamó a su hijo para sacarlo de
Egipto (cfr. Os 11, 1). Y resulta especialmente conmovedora la oración del
pueblo cuando, en medio de la desgracia y del exilio, sigue dirigiéndose al
Señor como a su Padre y se reconoce como barro modelado por sus manos (cfr. Is
64, 7).
Precisamente por
eso, el comienzo de la parábola debía de resultar desconcertante para quienes
escuchaban a Jesús. No habla de un padre con un hijo, sino de un padre con
dos hijos.
Para muchos de sus
contemporáneos aquello planteaba una dificultad inmediata. Si Israel era el
hijo de Dios, ¿quién podía ser ese otro hijo? Los paganos, los publicanos, los
pecadores o las prostitutas eran considerados impuros; difícilmente se les
habría reconocido la misma condición filial. En aquella forma de pensar, Dios
tenía un solo hijo: Israel.
Quizá
esa manera de dividir a las personas
no
nos resulte tan lejana.
Podemos
preguntarnos si semejante razonamiento pertenecía únicamente a algunos
dirigentes religiosos del tiempo de Jesús. También entre cristianos puede
aparecer una lógica parecida: pensar que los verdaderos hijos de Dios son
únicamente quienes viven correctamente, cumplen los mandamientos y
permanecen dentro del camino esperado, mientras que quienes se han alejado
habrían dejado, de algún modo, de pertenecerle.
La parábola nos
obliga a mirar más hondo. Todo ser humano lleva en sí una huella de Dios que no
desaparece. Dios ha comunicado la vida, y la paternidad no es una relación
que pueda borrarse cuando el hijo se comporta mal. Podemos
comprenderlo desde nuestra propia experiencia humana: La conducta de un hijo
puede producir dolor, distancia e incluso una ruptura gravísima, pero no hace
desaparecer el hecho de que siga siendo hijo.
Por eso conviene
retener bien la imagen elegida por Jesús: el Padre tiene dos hijos, uno
que parece actuar correctamente y otro que se comporta mucho peor. Incluso
quien lleva una vida profundamente desordenada continúa estando ante Dios como
hijo.
La afirmación
puede incomodarnos cuando la llevamos hasta sus últimas consecuencias. También
una persona capaz de cometer acciones terribles sigue siendo criatura de Dios y
no deja por ello de estar llamada por él. Precisamente ahí se prueba hasta qué
punto estamos dispuestos a aceptar una paternidad divina que no depende de
nuestros criterios de merecimiento.
Ser
hijo no es un premio
reservado
a los mejores.
La filiación no se
conquista acumulando méritos. Por eso nadie puede considerarse «más
hijo» que otro simplemente porque sea mejor, más religioso o más observante. La
semejanza con el Padre puede quedar profundamente desfigurada por nuestras
decisiones, pero la relación de origen no se convierte sin más en algo
inexistente.
La vida se recibe
como don. Del mismo modo que nadie se concede a sí mismo la vida biológica
recibida de sus padres, tampoco puede presentar su relación con Dios como una
conquista personal.
Y esta manera de
comprender la paternidad de Dios abre inevitablemente otro horizonte: Si el
Padre es verdaderamente Padre de todos, entonces estamos llamados a reconocer
una fraternidad que alcanza a todos.
Eso no significa
decir que todas las conductas sean iguales ni que el bien y el mal hayan dejado
de importar. La parábola no pretende eso. Lo que pone en cuestión es nuestra
facilidad para decidir quién merece seguir siendo considerado hijo y quién, a
nuestro juicio, habría quedado fuera.
La
conversión que Jesús busca ahora
no
es solo la del pecador.
Llegados a este
punto, surge una pregunta decisiva: si en la parábola aparecen hijos que se
comportan de manera muy distinta, ¿a quién intenta cambiar Jesús con esta
historia?
Podríamos pensar
inmediatamente en quienes llevan una vida claramente equivocada: pecadores,
publicanos, ladrones o personas alejadas de Dios. Naturalmente, también ellos
están llamados a cambiar de vida. Pero el objetivo inmediato de esta parábola
es otro.
Jesús quiere
provocar la conversión de los que se consideran justos, de quienes han
estado desde el principio cerca de Dios y pueden llegar a pensar que esa
cercanía les concede una especie de exclusividad sobre él.
La verdadera dificultad quizá no esté solamente en aceptar que el hijo que se ha perdido necesita volver. Tal vez esté también en descubrir si quienes nunca hemos abandonado la casa somos capaces de aceptar que el Padre siga mirando como hijo a quien nosotros habríamos preferido dejar fuera.
El
Padre no da una orden desde lejos:
Se
acerca al hijo.
«Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar
en la viña”. Él le contestó: “No quiero». Pero después se arrepintió y fue».
El padre se acerca
al primero de sus hijos y le pide que vaya a trabajar a la viña. Ese comienzo
puede pasar inadvertido en algunas traducciones, pero el texto griego contiene
un detalle precioso. Mateo escribe προσελθὼν (proselthón),
participio del verbo προσέρχομαι (prosérjomai), que significa «acercarse»,
«venir hacia alguien», «aproximarse». Es decir, antes de hablar, el
padre se acerca al hijo.
No es un detalle
menor. La escena no presenta a un propietario que da instrucciones desde lejos,
como quien distribuye tareas entre sus trabajadores. El padre reduce la
distancia, se pone junto a su hijo y, desde esa cercanía, lo invita a entrar en
la viña. La petición nace, por tanto, dentro de una relación.
Y eso permite
comprender mejor lo que está en juego. La viña no es solamente propiedad del
padre; sino que pertenece al ámbito de la familia. El hijo no recibe el encargo
como quien trabaja en algo completamente ajeno, sino como alguien llamado a
implicarse en aquello que forma parte de su propia casa. El padre parece
hacerle descubrir: «Esto también tiene que ver contigo; lo que ocurra en
esta viña no puede serte indiferente».
Antes
de pedirle trabajo,
el
padre le recuerda con una palabra quién es.
También merece
atención la manera en que se dirige a él. Mateo no pone en sus labios παῖς (país),
que según el contexto puede significar «muchacho», «hijo» o
incluso «siervo», ni emplea υἱός (huiós), el término
habitual para designar al «hijo». El padre lo llama τέκνον (téknon).
La palabra τέκνον
(téknon) está emparentada con τίκτω (tíktō), «dar a
luz», «engendrar». Su resonancia remite, por tanto, al vínculo de
origen: este muchacho no es simplemente alguien que vive en la casa ni un
trabajador del dueño de la viña; es alguien que ha recibido la vida, alguien
unido al padre por una relación que precede a cualquier tarea.
Ahí está quizá lo
más hermoso de la escena. El padre no comienza recordándole una obligación,
sino acercándose a él y tratándolo como hijo. Solo después le habla de la
viña. La identidad viene antes que la tarea; la relación, antes que la
exigencia.
De algún modo,
antes de decirle: «Ve a trabajar», le está diciendo con una sola palabra
algo todavía más profundo: «Tú eres mi hijo».
Trabajar
en la viña comienza por descubrir
que
somos hijos, no siervos.
La invitación a
entrar en la viña adquiere entonces un sentido nuevo. No significa simplemente:
«Cumple con tu obligación». Es más bien una llamada a tomar conciencia
de la propia condición filial. La viña pertenece a la familia y, por eso, su
cuidado interesa a cuantos viven en esa casa.
El padre parece
decirle: «Si quieres que este día tenga verdadero peso, entrégalo a una
tarea que merezca la pena». La jornada de la parábola representa, en
realidad, nuestra existencia entera. Tenemos una vida y podemos decidir en qué
la empleamos.
Trabajar en la
viña del Señor significa hacer que produzca fruto. Y el fruto de esa viña es
aquello que hace más humana y más hermosa la existencia: amor, alegría y
vida para los hijos de Dios. No se trata, por tanto, de mantenernos
ocupados en cualquier actividad religiosa, sino de permitir que nuestra vida
produzca algo bueno para los demás.
Y entonces llega
la respuesta del muchacho.Es breve y contundente: no quiere ir.
A
veces el primer «no» demuestra que
hemos
comprendido la exigencia del Evangelio.
El hijo tendría
sus propios planes. Había imaginado de otra manera aquella jornada y pensaba
que sería mejor dedicarla a lo que él mismo había decidido. La propuesta del
padre entra de repente en conflicto con su proyecto.
Ese «no» puede
representar algo que todos conocemos. El Evangelio no siempre coincide
espontáneamente con nuestros deseos. La propuesta de Jesús toca nuestra manera
de pensar, nuestros proyectos, nuestros intereses y, en ocasiones, precisamente
aquello que preferiríamos conservar intacto.
Si pensamos que
trabajar en la viña consiste únicamente en alguna práctica devocional o en
cultivar tranquilamente una cierta intimidad religiosa, quizá resulte bastante
fácil responder que sí. Pero cuando comenzamos a comprender de verdad hacia
dónde conduce el Evangelio —la entrega, el amor, la capacidad de salir de
nosotros mismos, la renuncia a convertir nuestro propio interés en la medida de
todas las cosas—, entonces la respuesta ya no resulta tan inmediata.
Por eso ese primer
rechazo no necesariamente significa que todo esté perdido. Puede ser incluso la
señal de que hemos empezado a percibir el alcance de lo que se nos propone.
Somos también ese
primer hijo. Hay momentos en que la Palabra de Dios entra en nuestra vida y
altera cuidadosamente el plano que ya teníamos dibujado. Y, seamos sinceros,
pocas cosas nos entusiasman tanto como que nos desmonten un plan que
considerábamos perfecto.
La conversión
comienza muchas veces justamente ahí: no en un entusiasmo instantáneo, sino en
el lento aprendizaje de dejar que otra palabra cuestione nuestros propios
proyectos.
El
hijo cambia porque descubre
quién
es realmente el que se lo pide.
Después sucede
algo decisivo: aquel muchacho reconsidera su respuesta. Piensa de nuevo lo
ocurrido y termina cambiando de decisión. ¿Por qué? Porque comprende que quien
le ha pedido entrar en la viña no es simplemente un dueño que necesita mano de
obra. Es su padre. Y él conoce a ese padre; sabe que lo quiere.
Ese descubrimiento
transforma por completo la petición. Si quien me habla me ama de verdad,
entonces quizá aquello que me propone, aunque resulte exigente, no esté
dirigido contra mí. Tal vez precisamente porque me ama desea conducir mi vida
hacia algo valioso.
El hijo puede
entonces razonar de otra manera: «Mi padre quiere mi bien. Si me invita a
esto, puedo confiar en él. Quizá el trabajo sea difícil y quizá no coincida con
lo que yo había pensado hacer, pero sé que no pretende arruinar mi jornada,
sino ayudarme a vivirla con sentido».
Ahí está el
verdadero cambio. Antes de aceptar la tarea, el hijo ha cambiado su imagen del
padre.
Porque si vemos a
Dios como un amo arbitrario que limita nuestra libertad, cada una de sus
propuestas parecerá una intromisión: algo que viene a impedirnos hacer lo que
realmente nos apetece. En cambio, cuando descubrimos que la palabra que nos
alcanza procede de alguien que nos ama, incluso lo exigente puede
empezar a contemplarse de otra manera.
Antes
de explicar qué pide Dios,
necesitamos
mostrar quién es Dios.
Aquí aparece
también una llamada de atención importante para la catequesis y la predicación.
Podemos equivocarnos cuando comenzamos presentando las exigencias de la Palabra
de Dios sin haber ayudado antes a descubrir quién es el que pronuncia esa
Palabra.
Si presentamos el
Evangelio simplemente como una colección de obligaciones, prohibiciones y
mandatos —y, peor aún, si los acompañamos de amenazas—, será difícil que
alguien pueda escuchar en todo ello la voz de un Padre.
La confianza nace
por otro camino. Primero descubrimos que quien nos habla nos quiere; después
podemos empezar a comprender que sus indicaciones no pretenden quitarnos la
vida, sino conducirla hacia su plenitud.
La cuestión
decisiva, por tanto, no es solamente: «¿Qué me está pidiendo Dios?».
Quizá antes debamos hacernos otra pregunta: ¿quién creo que es ese Dios que
me lo está pidiendo?
Porque solo cuando
reconocemos en él a un Padre del que podemos fiarnos empieza a ser posible
reconsiderar nuestros «no», levantarnos y entrar finalmente en la viña.
Ahora queda por
ver qué sucede con el segundo hijo.
También
al segundo hijo el padre se acerca.
«Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de
los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron: «El primero».
La escena comienza
prácticamente del mismo modo. El padre no llama al segundo desde lejos: también
se aproxima a él. Mateo vuelve a utilizar προσελθὼν (proselthón),
del verbo προσέρχομαι (prosérjomai), «acercarse», «venir
hacia alguien». También con este hijo el padre acorta la distancia, se pone
a su lado e intenta implicarlo en el trabajo de la viña.
Pero ahora la
respuesta sorprende por su rapidez. El muchacho acepta inmediatamente. Sin
embargo, el texto griego contiene un detalle que merece mucha atención.
Responde: ἐγώ, κύριε (egó, kýrie), algo así como: «Sí, señor»
o, más literalmente, «Yo, señor». No dice «padre». Dice κύριε (kýrie),
«señor».
Y ese modo de
dirigirse a él revela algo de la relación que mantiene con quien le habla. Para
este segundo hijo, la petición parece recibirse como la disposición de un señor
que manda y ante el cual corresponde responder obedientemente. La palabra es
correcta, el asentimiento es inmediato, pero todavía queda por saber si ha
comprendido realmente lo que el padre desea.
Se
puede decir «sí» a Dios
y no
haber entendido todavía lo que quiere.
¿Por qué responde
con tanta decisión? La parábola parece apuntar precisamente ahí: su «sí»
es demasiado fácil porque todavía no ha comprendido la verdadera exigencia de
la viña.
Este hijo
representa a aquella parte de Israel que estaba convencida de haber respondido
afirmativamente a Dios, pero que había terminado reduciendo su voluntad a
determinadas prácticas religiosas: sacrificios, holocaustos, incienso, ayunos y
numerosas observancias. El problema no estaba simplemente en esas prácticas,
sino en convertirlas en el centro de la relación con Dios, como si bastara
cumplirlas para haber realizado su voluntad.
Pero la voz de los
profetas había repetido otra cosa. Lo que Dios esperaba de su pueblo alcanzaba
mucho más profundamente la vida: justicia, amor al pobre, cuidado de la
viuda, del huérfano y del extranjero.
Isaías lo expresa
con especial dureza: denuncia una religiosidad que honra a Dios con los labios
mientras mantiene el corazón lejos de él, convirtiendo el culto en una
repetición aprendida de preceptos humanos (cfr. Is 29, 13).
También el
salmista pone en cuestión una relación con Dios centrada exclusivamente en las
ofrendas. El problema no es la ausencia de sacrificios; precisamente los hay.
La cuestión es pensar que eso basta, mientras la vida permanece lejos de
aquello que Dios desea verdaderamente (cfr. Sal 50, 8-15).
Es posible, por
tanto, conservar muchas expresiones religiosas y, sin embargo, no haber entrado
todavía en la viña.
El
problema no es practicar la religión,
sino
utilizarla para no entregar la vida.
El segundo hijo
representa a quienes han dicho «sí» con los labios, pero no han
permitido que ese «sí» transforme realmente su existencia.
Y aquí la parábola
deja de hablar únicamente de algunos hombres religiosos del tiempo de Jesús.
Aquellos interlocutores murieron hace muchos siglos. Si la parábola sigue
siendo Palabra viva, este segundo hijo también puede tener nuestros rasgos.
¿Cuántas veces los
cristianos hemos respondido rápidamente que sí a Dios sin haber comprendido del
todo lo que ese consentimiento implicaba? Podemos multiplicar prácticas
religiosas y encontrar incluso tranquilidad en ellas, mientras evitamos aquello
que resulta mucho más comprometedor: dejar que nuestra vida se convierta
realmente en don.
La cuestión no
consiste en despreciar la oración, las celebraciones o las prácticas de piedad.
El peligro aparece cuando las utilizamos como sustituto de aquello hacia lo que
deberían conducirnos. Podemos cumplir externamente y, sin embargo, mantener cuidadosamente
protegida la parte de nuestra vida que no queremos poner en juego.
Es una tentación
muy humana ya que preferimos a veces ofrecer algo a Dios antes que permitirle
entrar demasiado en nuestros planes. Sale bastante más barato encender una vela
que dejarse cambiar el corazón.
La
voluntad del Padre no se pronuncia solamente:
se
realiza.
Jesús pregunta
entonces a sus interlocutores cuál de los dos hijos cumplió verdaderamente la
voluntad del padre. Y ellos mismos responden: el primero.
La respuesta
resulta reveladora. El primer hijo había comenzado diciendo que no, pero
después reconsideró su postura y entró en la viña. El segundo había pronunciado
inmediatamente el «sí» adecuado, pero no fue.
Jesús había
formulado esta misma idea en el Sermón de la Montaña: no basta invocarlo
diciendo «Señor, Señor»; entra en el reino quien hace la voluntad del
Padre (cfr. Mt 7, 21).
La parábola nos
invita, por tanto, a revisar nuestros propios «síes». Porque podemos
reconocernos en los dos hijos. Hemos conocido la resistencia del primero:
momentos en los que el Evangelio nos incomoda, nos parece demasiado exigente y
nuestra reacción inicial es apartarnos. Pero también hemos experimentado la
posibilidad de reconsiderar nuestras decisiones y comenzar de nuevo.
Y llevamos
igualmente algo del segundo hijo: Sabemos pronunciar palabras religiosas,
conocemos gestos, costumbres y prácticas que pueden ser buenas, pero también
podemos utilizarlas para tranquilizar la conciencia sin permitir que Dios nos
implique de verdad en la viña.
Por eso ninguno de
los dos hermanos queda tan lejos de nosotros como quizá nos gustaría pensar.
Hay,
sin embargo, un tercer Hijo
que
la parábola no menciona.
Podríamos imaginar
todavía otro hijo. No aparece entre los personajes del relato, pero el
Evangelio permite reconocerlo fácilmente: el Hijo único del Padre, Jesús de
Nazaret.
En él no
encontramos el «no» inicial del primero ni el «sí» vacío del
segundo. Jesús responde afirmativamente al Padre y convierte ese consentimiento
en vida. Su «sí» no queda reducido a palabras: realiza aquello que el
Padre quiere de él.
Los dos hijos de
la parábola nos permiten reconocer nuestras contradicciones. Este tercer Hijo,
en cambio, nos muestra hacia dónde estamos llamados a caminar: hacia una
relación con el Padre en la que la palabra y la vida terminen coincidiendo.
Quizá la pregunta
que queda abierta sea muy sencilla, pero también muy seria: cuando decimos «sí»
a Dios, ¿ese «sí» termina llevándonos realmente a su viña?
Ahora Jesús va a
dirigirse directamente a los responsables religiosos que tiene delante y
aplicará a ellos la parábola.
No
confundamos la precedencia
con
una aprobación moral.
«Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y
las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino
Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en
cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto,
vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
Aquí conviene
escuchar con mucha atención, porque las palabras de Jesús podrían entenderse
mal. Cuando afirma que los publicanos y las prostitutas van por delante de sus
interlocutores en el reino de Dios, no está diciendo que aquellos sean «los
buenos» y que las personas religiosas que tiene delante sean simplemente «los
malos».
A veces se escucha
una interpretación demasiado rápida: «Los que no van a la iglesia son
mejores que los que van; al fin y al cabo, Jesús mismo lo dijo». Pero no es
eso lo que está afirmando.
Los publicanos,
las prostitutas y los pecadores no aparecen como modelos de conducta. También
ellos necesitan cambiar de rumbo, porque hay aspectos de su vida que están mal
orientados. Jesús no convierte el pecado en virtud ni declara irrelevante la
conversión.
Lo que dice es
otra cosa mucho más provocadora: ellos están llegando antes.
Y entonces surge
la verdadera pregunta: ¿por qué unas personas que aparentemente estaban tan
lejos entran antes en el reino de Dios, mientras que otras, religiosas,
piadosas y observantes, encuentran más dificultades para acoger la propuesta de
Jesús?
El
mayor obstáculo puede ser pensar
que
ya no necesitamos convertirnos.
Ahí está el núcleo
de la cuestión. Aquellos hombres habían construido una práctica religiosa que
les proporcionaba seguridad. El cumplimiento de determinadas prescripciones les
permitía sentirse ya en regla con Dios. Y precisamente esa seguridad podía convertirse
en una barrera: si uno piensa que ya está donde debe estar, ¿para qué habría de
cambiar?
El problema, por
tanto, no es la religión en sí misma, sino una religiosidad utilizada como
protección frente a la conversión. Podemos llegar a organizar nuestra
relación con Dios de tal manera que todo quede aparentemente en orden, mientras
evitamos preguntarnos si nuestra vida está respondiendo realmente a lo que él
desea.
Los publicanos y
las prostitutas no disponían de esa seguridad espiritual. No podían presentarse
fácilmente ante sí mismos como personas irreprochables. Sabían, de un modo u
otro, que necesitaban salvación.
Por eso, cuando
Juan el Bautista los llamó a cambiar de vida, algunos se dejaron alcanzar por
aquella llamada. Reconocieron su necesidad, acogieron la invitación a la
conversión y estuvieron más disponibles para recibir al Mesías que Juan les
señalaba.
Quienes, en cambio, se sentían suficientemente seguros dentro de su sistema religioso —sumos sacerdotes, ancianos, escribas y fariseos— tuvieron mucha más dificultad para dejarse cuestionar. No porque la piedad fuese mala, sino porque podían utilizarla para convencerse de que ya no necesitaban dar ningún paso más.
El
problema no es estar lejos:
Es
creer que ya hemos llegado.
Ese contraste
explica por qué unos entran antes en la viña. Quien sabe que necesita cambiar
puede escuchar una llamada. Quien está convencido de que ya lo hace todo bien
corre el riesgo de no oírla.
Y aquí la parábola
vuelve a colocarnos delante de nosotros mismos.
También nosotros
podemos parecernos al segundo hijo. Quizá hemos pronunciado muchas veces
nuestro «sí» a Dios. Participamos, rezamos, celebramos, conocemos el lenguaje
de la fe. Todo eso puede ser bueno. Pero la parábola introduce una pregunta más
incómoda: ¿ese «sí» termina llevándonos realmente a la viña?
Porque no basta
con haber respondido correctamente. El padre no buscaba una respuesta hermosa;
buscaba un hijo dispuesto a entrar en la viña y trabajar.
El
fruto permite descubrir si nuestro «sí» ha llegado a la vida.
Podemos
preguntarnos entonces qué produce nuestra existencia. ¿Cuánta alegría nace a
nuestro alrededor gracias a nuestra manera de vivir, de trabajar, de
relacionarnos y de entregarnos?
Esa alegría es
como el vino que se espera de la viña. Si nuestra vida ayuda a que otros
respiren mejor, recuperen esperanza, encuentren amor y descubran motivos para
vivir, entonces algo de la viña está dando fruto.
Quizá nuestro
camino haya comenzado con muchas resistencias. Tal vez alguna vez dijimos «no».
Pero si después nos hemos dejado cambiar y hemos entrado en la viña, aquel «no»
inicial no tiene la última palabra.
Y también puede
ocurrir lo contrario: podemos haber dicho «sí» muchas veces y, sin embargo,
quedarnos todavía a la puerta.
La pregunta de
Jesús permanece abierta para nosotros: ¿nuestro «sí» a Dios está
produciendo realmente vida y alegría en su viña?



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