sábado, 26 de septiembre de 2026

Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Ciclo A | Mt 21, 28-32

 ¿Es posible decirle «sí» a Dios y, sin embargo, no entrar nunca en su viña? En esta homilía sobre Mateo 21,28-32, Jesús cuenta la parábola de dos hijos: uno comienza negándose, pero reconsidera su respuesta y va; el otro responde correctamente —«Voy, señor»— y no hace nada. El Evangelio nos invita así a mirar más allá de las palabras y de las apariencias religiosas. Antes de pedir trabajo, el padre se acerca y llama «hijo»; la relación precede a la tarea. Y precisamente desde esa confianza puede nacer una verdadera conversión. Los publicanos y las prostitutas no son presentados como modelos por su conducta, sino porque aceptaron cambiar de camino. La pregunta queda entonces dirigida también a quienes llevamos tiempo cerca de Dios: ¿nuestra fe está produciendo realmente amor, alegría y vida para los demás?

Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 21, 28-32 — «Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue».

 


La viña no es un escenario secundario:

ahí se juega algo decisivo.

El domingo pasado escuchábamos a Jesús hablar de un propietario que no dejaba de salir en busca de trabajadores para su viña. Volvía una y otra vez a la plaza, porque aquella tarea no podía quedar abandonada. Hoy reaparece la misma imagen, y todavía volverá a ocupar el centro de otra parábola el próximo domingo. Esa insistencia no parece casual. La viña importa mucho a su dueño, y precisamente por eso Jesús vuelve sobre ella.

Ya vimos que esa viña apunta al reino de Dios, a esa humanidad renovada que Dios desea y en cuya construcción los discípulos están llamados a implicarse. No se trata simplemente de trabajar mucho o poco, sino de participar en una obra que nace del deseo de Dios de transformar la vida humana.

La parábola anterior nos colocaba primero junto a los trabajadores más diligentes, aquellos que estaban disponibles desde el comienzo de la jornada. Era fácil reconocerse en ellos: responsables, generosos, puntuales. Pero al final Jesús daba la vuelta a la escena. Cuando llegó la hora de pagar, aquellos mismos trabajadores mostraron otra cara: les molestaba que el dueño tratara con una generosidad inesperada a quienes habían trabajado menos.

Y ahí aparecía una de las provocaciones más profundas de la parábola: Nos cuesta aceptar que Dios sea bueno también con quienes nosotros consideraríamos menos merecedores. El problema no era la generosidad de Dios, sino la mirada de quienes no soportaban verla derramarse sobre otros.

Hoy ya no somos trabajadores:

la parábola nos introduce en la familia.

En el relato anterior ocupábamos el lugar de los jornaleros. Ahora Jesús cambia nuestra posición. Ya no estamos fuera, contratados para realizar una tarea, sino dentro de la casa: somos los hijos del propietario.

La diferencia es importante. Cuando la viña pertenece a la familia, lo que ocurre en ella deja de ser un asunto ajeno. Ya no se trabaja simplemente porque alguien lo ha ordenado o porque al final de la jornada habrá una paga. Aparece otro tipo de vínculo: la viña nos afecta, nos concierne, forma parte de aquello que sentimos como nuestro.

Y precisamente por eso la pregunta cambia. Ya no basta con preguntarnos cuánto trabajamos, sino qué relación tenemos con el deseo del Padre. ¿Sentimos verdaderamente como propia la obra que él quiere realizar?

Antes de escuchar la parábola conviene, sin embargo, mirar con atención el lugar y el momento en que Jesús la pronuncia.

Hace pocos días que ha llegado a Jerusalén. Nada más entrar en la ciudad ha realizado un gesto que ha provocado una fuerte tensión: Ha intervenido en el templo y ha expulsado a quienes comerciaban allí. A partir de entonces, el enfrentamiento con las autoridades religiosas se vuelve cada vez más directo. Desde hacía tiempo miraban a Jesús con recelo. Sus palabras acerca de Dios les resultaban sospechosas y su libertad frente a determinadas tradiciones religiosas les parecía difícil de aceptar.

Mateo presenta a Jesús pasando las noches fuera de Jerusalén, en Betania, y regresando durante el día para enseñar en el templo. Es precisamente allí donde se desarrolla la escena que precede a nuestra parábola.

La cuestión de fondo es esta:

¿de dónde viene la verdadera autoridad?

Los dirigentes religiosos se acercan a Jesús y le exigen una explicación. Quieren saber con qué autoridad actúa y quién le ha permitido comportarse de ese modo dentro del templo. La pregunta no es ingenua. En el fondo están poniendo en duda su legitimidad: «¿Quién te ha dado derecho a hacer esto?».

Jesús responde de una manera muy suya: no entra directamente en su juego, sino que plantea otra pregunta. Les invita a pronunciarse sobre Juan el Bautista. ¿De dónde procedía su misión? ¿Había recibido su autoridad de los hombres o de Dios?

Ellos comprenden inmediatamente la dificultad. Cualquier respuesta los compromete, de modo que optan por refugiarse en un prudente «no lo sabemos».

Pero precisamente ahí Jesús ha dejado al descubierto el verdadero problema. No toda autoridad nace de un reconocimiento humano. Existe también una misión que procede de Dios y que puede desbordar los cauces con los que los hombres intentamos controlar lo religioso.

Eso había ocurrido con los profetas. No hablaban porque alguna institución les hubiera concedido permiso para hacerlo, sino porque habían recibido una palabra que no podían guardar para sí. Jesús sitúa su propia misión en esa misma línea: Su autoridad no depende de la aprobación de quienes ocupan los puestos de poder religioso.

Y esa afirmación era profundamente incómoda para quienes lo escuchaban.

Lo sorprendente es que Jesús dirige

la parábola a personas muy religiosas.

Conviene no perder de vista este detalle. Los destinatarios inmediatos de Jesús no son personas indiferentes, alejadas de la fe o conocidas por llevar una vida desordenada. Son hombres religiosos, observantes, atentos al cumplimiento de la Ley, respetados por el pueblo y revestidos de una enorme autoridad.

Es precisamente a ellos a quienes Jesús va a contar la parábola.

Eso debería hacernos escucharla de otra manera. Porque siempre resulta bastante cómodo oír las parábolas pensando en los demás: en quienes no creen, en quienes no practican, en quienes se han equivocado. Lo difícil comienza cuando descubrimos que Jesús dirige algunas de sus palabras más exigentes precisamente a quienes se consideran cercanos a Dios.

Tal vez esa sea también la puerta de entrada para nosotros. Antes de buscar quién queda retratado en la parábola, podemos preguntarnos algo más sencillo y más serio: ¿en qué personaje podría reconocerme yo?

Hablar del padre y del hijo

era hablar de Dios e Israel.

«En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos».

Cuando un rabino comenzaba una parábola poniendo en escena a un padre y a un hijo, sus oyentes entendían enseguida la alusión: el padre representaba a Dios y el hijo, a Israel. En el Antiguo Testamento, Israel aparece precisamente con ese nombre: hijo de Dios.

Por medio de Moisés, Dios manda decir al faraón que Israel es su hijo primogénito y reclama su libertad (cfr. Ex 4, 22-23). Siglos después, el profeta Oseas volverá a expresar esa misma relación diciendo que Dios llamó a su hijo para sacarlo de Egipto (cfr. Os 11, 1). Y resulta especialmente conmovedora la oración del pueblo cuando, en medio de la desgracia y del exilio, sigue dirigiéndose al Señor como a su Padre y se reconoce como barro modelado por sus manos (cfr. Is 64, 7).

Precisamente por eso, el comienzo de la parábola debía de resultar desconcertante para quienes escuchaban a Jesús. No habla de un padre con un hijo, sino de un padre con dos hijos.

Para muchos de sus contemporáneos aquello planteaba una dificultad inmediata. Si Israel era el hijo de Dios, ¿quién podía ser ese otro hijo? Los paganos, los publicanos, los pecadores o las prostitutas eran considerados impuros; difícilmente se les habría reconocido la misma condición filial. En aquella forma de pensar, Dios tenía un solo hijo: Israel.

Quizá esa manera de dividir a las personas

no nos resulte tan lejana.

Podemos preguntarnos si semejante razonamiento pertenecía únicamente a algunos dirigentes religiosos del tiempo de Jesús. También entre cristianos puede aparecer una lógica parecida: pensar que los verdaderos hijos de Dios son únicamente quienes viven correctamente, cumplen los mandamientos y permanecen dentro del camino esperado, mientras que quienes se han alejado habrían dejado, de algún modo, de pertenecerle.

La parábola nos obliga a mirar más hondo. Todo ser humano lleva en sí una huella de Dios que no desaparece. Dios ha comunicado la vida, y la paternidad no es una relación que pueda borrarse cuando el hijo se comporta mal. Podemos comprenderlo desde nuestra propia experiencia humana: La conducta de un hijo puede producir dolor, distancia e incluso una ruptura gravísima, pero no hace desaparecer el hecho de que siga siendo hijo.

Por eso conviene retener bien la imagen elegida por Jesús: el Padre tiene dos hijos, uno que parece actuar correctamente y otro que se comporta mucho peor. Incluso quien lleva una vida profundamente desordenada continúa estando ante Dios como hijo.

La afirmación puede incomodarnos cuando la llevamos hasta sus últimas consecuencias. También una persona capaz de cometer acciones terribles sigue siendo criatura de Dios y no deja por ello de estar llamada por él. Precisamente ahí se prueba hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar una paternidad divina que no depende de nuestros criterios de merecimiento.

Ser hijo no es un premio

reservado a los mejores.

La filiación no se conquista acumulando méritos. Por eso nadie puede considerarse «más hijo» que otro simplemente porque sea mejor, más religioso o más observante. La semejanza con el Padre puede quedar profundamente desfigurada por nuestras decisiones, pero la relación de origen no se convierte sin más en algo inexistente.

La vida se recibe como don. Del mismo modo que nadie se concede a sí mismo la vida biológica recibida de sus padres, tampoco puede presentar su relación con Dios como una conquista personal.

Y esta manera de comprender la paternidad de Dios abre inevitablemente otro horizonte: Si el Padre es verdaderamente Padre de todos, entonces estamos llamados a reconocer una fraternidad que alcanza a todos.

Eso no significa decir que todas las conductas sean iguales ni que el bien y el mal hayan dejado de importar. La parábola no pretende eso. Lo que pone en cuestión es nuestra facilidad para decidir quién merece seguir siendo considerado hijo y quién, a nuestro juicio, habría quedado fuera.

La conversión que Jesús busca ahora

no es solo la del pecador.

Llegados a este punto, surge una pregunta decisiva: si en la parábola aparecen hijos que se comportan de manera muy distinta, ¿a quién intenta cambiar Jesús con esta historia?

Podríamos pensar inmediatamente en quienes llevan una vida claramente equivocada: pecadores, publicanos, ladrones o personas alejadas de Dios. Naturalmente, también ellos están llamados a cambiar de vida. Pero el objetivo inmediato de esta parábola es otro.

Jesús quiere provocar la conversión de los que se consideran justos, de quienes han estado desde el principio cerca de Dios y pueden llegar a pensar que esa cercanía les concede una especie de exclusividad sobre él.

La verdadera dificultad quizá no esté solamente en aceptar que el hijo que se ha perdido necesita volver. Tal vez esté también en descubrir si quienes nunca hemos abandonado la casa somos capaces de aceptar que el Padre siga mirando como hijo a quien nosotros habríamos preferido dejar fuera.  

El Padre no da una orden desde lejos:

Se acerca al hijo.

«Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero». Pero después se arrepintió y fue».

El padre se acerca al primero de sus hijos y le pide que vaya a trabajar a la viña. Ese comienzo puede pasar inadvertido en algunas traducciones, pero el texto griego contiene un detalle precioso. Mateo escribe προσελθὼν (proselthón), participio del verbo προσέρχομαι (prosérjomai), que significa «acercarse», «venir hacia alguien», «aproximarse». Es decir, antes de hablar, el padre se acerca al hijo.

No es un detalle menor. La escena no presenta a un propietario que da instrucciones desde lejos, como quien distribuye tareas entre sus trabajadores. El padre reduce la distancia, se pone junto a su hijo y, desde esa cercanía, lo invita a entrar en la viña. La petición nace, por tanto, dentro de una relación.

Y eso permite comprender mejor lo que está en juego. La viña no es solamente propiedad del padre; sino que pertenece al ámbito de la familia. El hijo no recibe el encargo como quien trabaja en algo completamente ajeno, sino como alguien llamado a implicarse en aquello que forma parte de su propia casa. El padre parece hacerle descubrir: «Esto también tiene que ver contigo; lo que ocurra en esta viña no puede serte indiferente».

Antes de pedirle trabajo,

el padre le recuerda con una palabra quién es.

También merece atención la manera en que se dirige a él. Mateo no pone en sus labios παῖς (país), que según el contexto puede significar «muchacho», «hijo» o incluso «siervo», ni emplea υἱός (huiós), el término habitual para designar al «hijo». El padre lo llama τέκνον (téknon).

La palabra τέκνον (téknon) está emparentada con τίκτω (tíktō), «dar a luz», «engendrar». Su resonancia remite, por tanto, al vínculo de origen: este muchacho no es simplemente alguien que vive en la casa ni un trabajador del dueño de la viña; es alguien que ha recibido la vida, alguien unido al padre por una relación que precede a cualquier tarea.

Ahí está quizá lo más hermoso de la escena. El padre no comienza recordándole una obligación, sino acercándose a él y tratándolo como hijo. Solo después le habla de la viña. La identidad viene antes que la tarea; la relación, antes que la exigencia.

De algún modo, antes de decirle: «Ve a trabajar», le está diciendo con una sola palabra algo todavía más profundo: «Tú eres mi hijo».

Trabajar en la viña comienza por descubrir

que somos hijos, no siervos.

La invitación a entrar en la viña adquiere entonces un sentido nuevo. No significa simplemente: «Cumple con tu obligación». Es más bien una llamada a tomar conciencia de la propia condición filial. La viña pertenece a la familia y, por eso, su cuidado interesa a cuantos viven en esa casa.

El padre parece decirle: «Si quieres que este día tenga verdadero peso, entrégalo a una tarea que merezca la pena». La jornada de la parábola representa, en realidad, nuestra existencia entera. Tenemos una vida y podemos decidir en qué la empleamos.

Trabajar en la viña del Señor significa hacer que produzca fruto. Y el fruto de esa viña es aquello que hace más humana y más hermosa la existencia: amor, alegría y vida para los hijos de Dios. No se trata, por tanto, de mantenernos ocupados en cualquier actividad religiosa, sino de permitir que nuestra vida produzca algo bueno para los demás.

Y entonces llega la respuesta del muchacho.Es breve y contundente: no quiere ir.

A veces el primer «no» demuestra que

hemos comprendido la exigencia del Evangelio.

El hijo tendría sus propios planes. Había imaginado de otra manera aquella jornada y pensaba que sería mejor dedicarla a lo que él mismo había decidido. La propuesta del padre entra de repente en conflicto con su proyecto.

Ese «no» puede representar algo que todos conocemos. El Evangelio no siempre coincide espontáneamente con nuestros deseos. La propuesta de Jesús toca nuestra manera de pensar, nuestros proyectos, nuestros intereses y, en ocasiones, precisamente aquello que preferiríamos conservar intacto.

Si pensamos que trabajar en la viña consiste únicamente en alguna práctica devocional o en cultivar tranquilamente una cierta intimidad religiosa, quizá resulte bastante fácil responder que sí. Pero cuando comenzamos a comprender de verdad hacia dónde conduce el Evangelio —la entrega, el amor, la capacidad de salir de nosotros mismos, la renuncia a convertir nuestro propio interés en la medida de todas las cosas—, entonces la respuesta ya no resulta tan inmediata.

Por eso ese primer rechazo no necesariamente significa que todo esté perdido. Puede ser incluso la señal de que hemos empezado a percibir el alcance de lo que se nos propone.

Somos también ese primer hijo. Hay momentos en que la Palabra de Dios entra en nuestra vida y altera cuidadosamente el plano que ya teníamos dibujado. Y, seamos sinceros, pocas cosas nos entusiasman tanto como que nos desmonten un plan que considerábamos perfecto.

La conversión comienza muchas veces justamente ahí: no en un entusiasmo instantáneo, sino en el lento aprendizaje de dejar que otra palabra cuestione nuestros propios proyectos.

El hijo cambia porque descubre

quién es realmente el que se lo pide.

Después sucede algo decisivo: aquel muchacho reconsidera su respuesta. Piensa de nuevo lo ocurrido y termina cambiando de decisión. ¿Por qué? Porque comprende que quien le ha pedido entrar en la viña no es simplemente un dueño que necesita mano de obra. Es su padre. Y él conoce a ese padre; sabe que lo quiere.

Ese descubrimiento transforma por completo la petición. Si quien me habla me ama de verdad, entonces quizá aquello que me propone, aunque resulte exigente, no esté dirigido contra mí. Tal vez precisamente porque me ama desea conducir mi vida hacia algo valioso.

El hijo puede entonces razonar de otra manera: «Mi padre quiere mi bien. Si me invita a esto, puedo confiar en él. Quizá el trabajo sea difícil y quizá no coincida con lo que yo había pensado hacer, pero sé que no pretende arruinar mi jornada, sino ayudarme a vivirla con sentido».

Ahí está el verdadero cambio. Antes de aceptar la tarea, el hijo ha cambiado su imagen del padre.

Porque si vemos a Dios como un amo arbitrario que limita nuestra libertad, cada una de sus propuestas parecerá una intromisión: algo que viene a impedirnos hacer lo que realmente nos apetece. En cambio, cuando descubrimos que la palabra que nos alcanza procede de alguien que nos ama, incluso lo exigente puede empezar a contemplarse de otra manera.

Antes de explicar qué pide Dios,

necesitamos mostrar quién es Dios.

Aquí aparece también una llamada de atención importante para la catequesis y la predicación. Podemos equivocarnos cuando comenzamos presentando las exigencias de la Palabra de Dios sin haber ayudado antes a descubrir quién es el que pronuncia esa Palabra.

Si presentamos el Evangelio simplemente como una colección de obligaciones, prohibiciones y mandatos —y, peor aún, si los acompañamos de amenazas—, será difícil que alguien pueda escuchar en todo ello la voz de un Padre.

La confianza nace por otro camino. Primero descubrimos que quien nos habla nos quiere; después podemos empezar a comprender que sus indicaciones no pretenden quitarnos la vida, sino conducirla hacia su plenitud.

La cuestión decisiva, por tanto, no es solamente: «¿Qué me está pidiendo Dios?». Quizá antes debamos hacernos otra pregunta: ¿quién creo que es ese Dios que me lo está pidiendo?

Porque solo cuando reconocemos en él a un Padre del que podemos fiarnos empieza a ser posible reconsiderar nuestros «no», levantarnos y entrar finalmente en la viña.

Ahora queda por ver qué sucede con el segundo hijo.

También al segundo hijo el padre se acerca.

«Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron: «El primero
».

La escena comienza prácticamente del mismo modo. El padre no llama al segundo desde lejos: también se aproxima a él. Mateo vuelve a utilizar προσελθὼν (proselthón), del verbo προσέρχομαι (prosérjomai), «acercarse», «venir hacia alguien». También con este hijo el padre acorta la distancia, se pone a su lado e intenta implicarlo en el trabajo de la viña.

Pero ahora la respuesta sorprende por su rapidez. El muchacho acepta inmediatamente. Sin embargo, el texto griego contiene un detalle que merece mucha atención. Responde: ἐγώ, κύριε (egó, kýrie), algo así como: «Sí, señor» o, más literalmente, «Yo, señor». No dice «padre». Dice κύριε (kýrie), «señor».

Y ese modo de dirigirse a él revela algo de la relación que mantiene con quien le habla. Para este segundo hijo, la petición parece recibirse como la disposición de un señor que manda y ante el cual corresponde responder obedientemente. La palabra es correcta, el asentimiento es inmediato, pero todavía queda por saber si ha comprendido realmente lo que el padre desea.

Se puede decir «sí» a Dios

y no haber entendido todavía lo que quiere.

¿Por qué responde con tanta decisión? La parábola parece apuntar precisamente ahí: su «sí» es demasiado fácil porque todavía no ha comprendido la verdadera exigencia de la viña.

Este hijo representa a aquella parte de Israel que estaba convencida de haber respondido afirmativamente a Dios, pero que había terminado reduciendo su voluntad a determinadas prácticas religiosas: sacrificios, holocaustos, incienso, ayunos y numerosas observancias. El problema no estaba simplemente en esas prácticas, sino en convertirlas en el centro de la relación con Dios, como si bastara cumplirlas para haber realizado su voluntad.

Pero la voz de los profetas había repetido otra cosa. Lo que Dios esperaba de su pueblo alcanzaba mucho más profundamente la vida: justicia, amor al pobre, cuidado de la viuda, del huérfano y del extranjero.

Isaías lo expresa con especial dureza: denuncia una religiosidad que honra a Dios con los labios mientras mantiene el corazón lejos de él, convirtiendo el culto en una repetición aprendida de preceptos humanos (cfr. Is 29, 13).

También el salmista pone en cuestión una relación con Dios centrada exclusivamente en las ofrendas. El problema no es la ausencia de sacrificios; precisamente los hay. La cuestión es pensar que eso basta, mientras la vida permanece lejos de aquello que Dios desea verdaderamente (cfr. Sal 50, 8-15).

Es posible, por tanto, conservar muchas expresiones religiosas y, sin embargo, no haber entrado todavía en la viña.

El problema no es practicar la religión,

sino utilizarla para no entregar la vida.

El segundo hijo representa a quienes han dicho «sí» con los labios, pero no han permitido que ese «sí» transforme realmente su existencia.

Y aquí la parábola deja de hablar únicamente de algunos hombres religiosos del tiempo de Jesús. Aquellos interlocutores murieron hace muchos siglos. Si la parábola sigue siendo Palabra viva, este segundo hijo también puede tener nuestros rasgos.

¿Cuántas veces los cristianos hemos respondido rápidamente que sí a Dios sin haber comprendido del todo lo que ese consentimiento implicaba? Podemos multiplicar prácticas religiosas y encontrar incluso tranquilidad en ellas, mientras evitamos aquello que resulta mucho más comprometedor: dejar que nuestra vida se convierta realmente en don.

La cuestión no consiste en despreciar la oración, las celebraciones o las prácticas de piedad. El peligro aparece cuando las utilizamos como sustituto de aquello hacia lo que deberían conducirnos. Podemos cumplir externamente y, sin embargo, mantener cuidadosamente protegida la parte de nuestra vida que no queremos poner en juego.

Es una tentación muy humana ya que preferimos a veces ofrecer algo a Dios antes que permitirle entrar demasiado en nuestros planes. Sale bastante más barato encender una vela que dejarse cambiar el corazón.

La voluntad del Padre no se pronuncia solamente:

se realiza.

Jesús pregunta entonces a sus interlocutores cuál de los dos hijos cumplió verdaderamente la voluntad del padre. Y ellos mismos responden: el primero.

La respuesta resulta reveladora. El primer hijo había comenzado diciendo que no, pero después reconsideró su postura y entró en la viña. El segundo había pronunciado inmediatamente el «sí» adecuado, pero no fue.

Jesús había formulado esta misma idea en el Sermón de la Montaña: no basta invocarlo diciendo «Señor, Señor»; entra en el reino quien hace la voluntad del Padre (cfr. Mt 7, 21).

La parábola nos invita, por tanto, a revisar nuestros propios «síes». Porque podemos reconocernos en los dos hijos. Hemos conocido la resistencia del primero: momentos en los que el Evangelio nos incomoda, nos parece demasiado exigente y nuestra reacción inicial es apartarnos. Pero también hemos experimentado la posibilidad de reconsiderar nuestras decisiones y comenzar de nuevo.

Y llevamos igualmente algo del segundo hijo: Sabemos pronunciar palabras religiosas, conocemos gestos, costumbres y prácticas que pueden ser buenas, pero también podemos utilizarlas para tranquilizar la conciencia sin permitir que Dios nos implique de verdad en la viña.

Por eso ninguno de los dos hermanos queda tan lejos de nosotros como quizá nos gustaría pensar.

Hay, sin embargo, un tercer Hijo

que la parábola no menciona.

Podríamos imaginar todavía otro hijo. No aparece entre los personajes del relato, pero el Evangelio permite reconocerlo fácilmente: el Hijo único del Padre, Jesús de Nazaret.

En él no encontramos el «no» inicial del primero ni el «sí» vacío del segundo. Jesús responde afirmativamente al Padre y convierte ese consentimiento en vida. Su «sí» no queda reducido a palabras: realiza aquello que el Padre quiere de él.

Los dos hijos de la parábola nos permiten reconocer nuestras contradicciones. Este tercer Hijo, en cambio, nos muestra hacia dónde estamos llamados a caminar: hacia una relación con el Padre en la que la palabra y la vida terminen coincidiendo.

Quizá la pregunta que queda abierta sea muy sencilla, pero también muy seria: cuando decimos «sí» a Dios, ¿ese «sí» termina llevándonos realmente a su viña?

Ahora Jesús va a dirigirse directamente a los responsables religiosos que tiene delante y aplicará a ellos la parábola.

No confundamos la precedencia

con una aprobación moral.

«Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

Aquí conviene escuchar con mucha atención, porque las palabras de Jesús podrían entenderse mal. Cuando afirma que los publicanos y las prostitutas van por delante de sus interlocutores en el reino de Dios, no está diciendo que aquellos sean «los buenos» y que las personas religiosas que tiene delante sean simplemente «los malos».

A veces se escucha una interpretación demasiado rápida: «Los que no van a la iglesia son mejores que los que van; al fin y al cabo, Jesús mismo lo dijo». Pero no es eso lo que está afirmando.

Los publicanos, las prostitutas y los pecadores no aparecen como modelos de conducta. También ellos necesitan cambiar de rumbo, porque hay aspectos de su vida que están mal orientados. Jesús no convierte el pecado en virtud ni declara irrelevante la conversión.

Lo que dice es otra cosa mucho más provocadora: ellos están llegando antes.

Y entonces surge la verdadera pregunta: ¿por qué unas personas que aparentemente estaban tan lejos entran antes en el reino de Dios, mientras que otras, religiosas, piadosas y observantes, encuentran más dificultades para acoger la propuesta de Jesús?

El mayor obstáculo puede ser pensar

que ya no necesitamos convertirnos.

Ahí está el núcleo de la cuestión. Aquellos hombres habían construido una práctica religiosa que les proporcionaba seguridad. El cumplimiento de determinadas prescripciones les permitía sentirse ya en regla con Dios. Y precisamente esa seguridad podía convertirse en una barrera: si uno piensa que ya está donde debe estar, ¿para qué habría de cambiar?

El problema, por tanto, no es la religión en sí misma, sino una religiosidad utilizada como protección frente a la conversión. Podemos llegar a organizar nuestra relación con Dios de tal manera que todo quede aparentemente en orden, mientras evitamos preguntarnos si nuestra vida está respondiendo realmente a lo que él desea.

Los publicanos y las prostitutas no disponían de esa seguridad espiritual. No podían presentarse fácilmente ante sí mismos como personas irreprochables. Sabían, de un modo u otro, que necesitaban salvación.

Por eso, cuando Juan el Bautista los llamó a cambiar de vida, algunos se dejaron alcanzar por aquella llamada. Reconocieron su necesidad, acogieron la invitación a la conversión y estuvieron más disponibles para recibir al Mesías que Juan les señalaba.

Quienes, en cambio, se sentían suficientemente seguros dentro de su sistema religioso —sumos sacerdotes, ancianos, escribas y fariseos— tuvieron mucha más dificultad para dejarse cuestionar. No porque la piedad fuese mala, sino porque podían utilizarla para convencerse de que ya no necesitaban dar ningún paso más.   

El problema no es estar lejos:

Es creer que ya hemos llegado.

Ese contraste explica por qué unos entran antes en la viña. Quien sabe que necesita cambiar puede escuchar una llamada. Quien está convencido de que ya lo hace todo bien corre el riesgo de no oírla.

Y aquí la parábola vuelve a colocarnos delante de nosotros mismos.

También nosotros podemos parecernos al segundo hijo. Quizá hemos pronunciado muchas veces nuestro «sí» a Dios. Participamos, rezamos, celebramos, conocemos el lenguaje de la fe. Todo eso puede ser bueno. Pero la parábola introduce una pregunta más incómoda: ¿ese «sí» termina llevándonos realmente a la viña?

Porque no basta con haber respondido correctamente. El padre no buscaba una respuesta hermosa; buscaba un hijo dispuesto a entrar en la viña y trabajar.

El fruto permite descubrir si nuestro «sí» ha llegado a la vida.

Podemos preguntarnos entonces qué produce nuestra existencia. ¿Cuánta alegría nace a nuestro alrededor gracias a nuestra manera de vivir, de trabajar, de relacionarnos y de entregarnos?

Esa alegría es como el vino que se espera de la viña. Si nuestra vida ayuda a que otros respiren mejor, recuperen esperanza, encuentren amor y descubran motivos para vivir, entonces algo de la viña está dando fruto.

Quizá nuestro camino haya comenzado con muchas resistencias. Tal vez alguna vez dijimos «no». Pero si después nos hemos dejado cambiar y hemos entrado en la viña, aquel «no» inicial no tiene la última palabra.

Y también puede ocurrir lo contrario: podemos haber dicho «sí» muchas veces y, sin embargo, quedarnos todavía a la puerta.

La pregunta de Jesús permanece abierta para nosotros: ¿nuestro «sí» a Dios está produciendo realmente vida y alegría en su viña?


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