martes, 15 de septiembre de 2026

Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, ciclo a | Mt 20, 1-16

 ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que Dios sea generoso con quien ha llegado después que nosotros? En la parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20,1-16), Jesús enfrenta nuestra manera de hacer cuentas con una lógica muy distinta: la gratuidad de un Dios que continúa saliendo a buscar, que ofrece una oportunidad incluso a última hora y cuya bondad no se reparte según una contabilidad de méritos.

Esta homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, ciclo A, recorre la parábola desde la vendimia y el significado bíblico de la viña hasta la desconcertante paga de un denario para todos. Pero el verdadero conflicto no está finalmente en el salario: está en la mirada. Los primeros jornaleros reciben exactamente lo prometido; su indignación comienza cuando descubren cuánto ha recibido el otro.

Una reflexión sobre Mt 20,1-16, los trabajadores de la viña, la justicia de Dios, la gratuidad, la envidia y el Reino de Dios que desemboca en una pregunta capaz de examinarnos por dentro: cuando la bondad de Dios alcanza inesperadamente a otra persona, ¿sabemos alegrarnos con ella o comenzamos inmediatamente a hacer cuentas? 

Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 20, 1-16 — «Id también vosotros a mi viña».

 

 

Cuando recibimos una oferta de trabajo, antes de estampar la firma en el contrato solemos informarnos bien: ¿qué se espera de nosotros?, ¿en qué consiste exactamente el servicio?, ¿cómo debemos desempeñarlo y cuáles serán las condiciones? Queremos tenerlo todo claro porque, por muy elevada que sea nuestra vocación profesional, tarde o temprano aparece una pregunta bastante concreta: «Muy bien… ¿y cuánto voy a cobrar?».

También quien trabaja por el Reino

acaba preguntándose por la recompensa.

Algo semejante sucede cuando hablamos del servicio a Dios. Dios quiere hacer presente su Reino en el mundo y desea contar con personas que colaboren en esa tarea. Jesús mismo habla de una mies abundante y de la necesidad de trabajadores dispuestos a ponerse manos a la obra. Y, como cualquier trabajador, también quien se compromete con este proyecto puede preguntarse qué encontrará al final de la jornada.

Ese es precisamente el asunto que plantea el Evangelio de hoy: ¿cómo recompensa Dios a quienes trabajan por su Reino? La pregunta no es nueva. La formuló Pedro.

Todo ocurrió después del encuentro de Jesús con un joven al que, humanamente hablando, la vida parecía haberle tratado bien (cfr. Mt 19, 16-30). Tenía muchos bienes y, además, había llevado una existencia recta. Se acercó a Jesús porque deseaba alcanzar la vida eterna y quería saber qué podía hacer, más allá de cumplir los mandamientos.

Jesús lo invitó entonces a dar un paso decisivo: Poner lo que tenía a disposición de los pobres y seguirlo. Pero aquella propuesta tocaba precisamente el punto en el que el joven no estaba dispuesto a ceder. No se sintió capaz de aceptar y prefirió conservar sus bienes. Se marchó triste.

Pedro pone palabras a una pregunta

que también podría ser la nuestra.

En ese momento, Pedro, hablando también en nombre de los demás discípulos, hace notar a Jesús la diferencia: aquel joven se ha marchado, pero nosotros nos hemos quedado; nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos seguido. Entonces pregunta con toda claridad: ¿qué recibiremos a cambio?

Y casi hay que agradecerle que lo hiciera, porque la pregunta también nos interesa a nosotros. No siempre nos atrevemos a formularla, quizá porque puede parecernos poco espiritual, pero está ahí: si seguir a Cristo implica renuncias, cambios y desprendimientos, ¿qué queda al final?

Jesús responde sin evasivas. Si habéis renunciado a algo por seguirme, recibiréis cien veces más ya en esta vida y, además, la vida eterna.

Seguir a Cristo no empequeñece la vida:

la ensancha.

Eso es lo que Jesús quiere hacer comprender. Quien entra de verdad en la lógica del Reino no recibe una existencia más pobre, más gris o más estrecha. La promesa es justamente la contraria: una vida cien veces más rica y, como culminación, el don de la vida misma de Dios, la vida del Eterno, aquella que no queda destruida por la muerte biológica. Ese es el salario.

Y, si quien hace una propuesta semejante es además alguien que cumple su palabra, casi dan ganas de decir, con una sonrisa, que sería un poco extraño pasarse la vida examinando la letra pequeña sin decidirse nunca a firmar.

Este es el contexto en el que Jesús, para explicar todavía mejor cómo entiende Dios la recompensa y de qué manera paga a sus trabajadores, cuenta una parábola.

La vendimia no puede esperar

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña».

La escena con la que comienza la parábola tiene los pies bien puestos en la realidad. Es tiempo de vendimia, y en esos días no se puede trabajar con demasiada calma. Cuando la uva alcanza su punto de maduración hay que recogerla y prensarla pronto; retrasarse puede significar perder una parte importante de la cosecha. Además, hay que acertar con el momento, porque hacia finales de septiembre comienzan a llegar en Israel las primeras lluvias.

Aquella primera lluvia recibía el nombre de יוֹרֶה (yoré). Los viñadores la esperaban con preocupación porque, si sorprendía la uva todavía en la cepa, podía perjudicar su calidad y hacer que el vino perdiera valor.                                                                                    

Cuando la uva está madura,

cada hora cuenta.

Se entiende así la inquietud de los propietarios de grandes viñedos cuando comenzaba la vendimia. Había que organizarlo todo deprisa y, sobre todo, encontrar suficientes brazos para recoger la cosecha antes de que fuera demasiado tarde.

Precisamente uno de esos propietarios es el primer personaje que Jesús pone en escena. Casi podemos verlo de un lado para otro desde mucho antes de amanecer. Quizá lleva levantado desde las cuatro de la mañana preparando cestos, escaleras y cuanto será necesario para que los jornaleros, nada más llegar, puedan ponerse a trabajar. Al amanecer se dirige personalmente a la plaza del pueblo para contratar hombres que trabajen aquel día en su viña.

La parábola deja entrever su urgencia. No manda al encargado ni espera a que alguien resuelva el problema por él. Va personalmente, porque la cosecha no puede esperar.

En la plaza encuentra a los jornaleros, el segundo grupo de personajes que entra en escena.

Eran hombres sin trabajo fijo. Cuando llegaba la vendimia sabían que se abría para ellos una oportunidad que convenía aprovechar. También conocían la necesidad de los viñadores y podían intentar obtener alguna condición más favorable. Si aquella mañana, por ejemplo, el cielo comenzaba a cubrirse de nubes, la preocupación del propietario aumentaría y los trabajadores tendrían un poco más de margen para negociar.

El primer grupo es contratado hacia las seis de la mañana. Y conviene reparar en este detalle: Son personas dispuestas a trabajar. No se trata de holgazanes que se han quedado tranquilamente en la cama hasta que el día estuviera avanzado. Seguramente llevaban ya algún tiempo en la plaza, esperando que alguien llegara a contratarlos.

Todos tienen prisa, y especialmente el dueño de la viña. Por eso llegan enseguida a un acuerdo: un denario por la jornada completa, doce horas de trabajo, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. El trato queda cerrado. Los jornaleros están satisfechos y el propietario también. Nadie tiene nada que objetar.

El vino: La alegría que no es imprescindible,

pero cambia la fiesta

Antes de preguntarnos quiénes representan estos personajes, conviene detenernos en tres imágenes que atraviesan toda la Escritura: La viña, la vid y el vino. Jesús no las elige por casualidad. Formaban parte de la experiencia cotidiana de sus oyentes y, al mismo tiempo, estaban cargadas de resonancias bíblicas.

Comencemos por el vino. En el Antiguo Testamento aparecen varios términos para designarlo, y uno de los más frecuentes es יַיִן (yáyin). Su presencia constante muestra la importancia que tenía en la vida y en el imaginario de Israel. Pero su fuerza simbólica nace de algo muy sencillo.

El agua es necesaria para vivir; el vino habla de la alegría de vivir. Sin agua no podemos existir. Sin vino, sí. El vino no pertenece a lo indispensable; es un añadido, algo que desborda lo estrictamente necesario. Precisamente por eso llega a expresar la gratuidad, la alegría, la fiesta y el amor.

Lo vemos también en una de las grandes celebraciones de Israel, la fiesta de las Tiendas, que tenía lugar después de la vendimia, cuando comenzaban a probarse el mosto y el vino nuevo. Eran días de celebración, de canto y de danza. El vino pertenecía al lenguaje de la fiesta.

Naturalmente, la Biblia conoce también su peligro y condena la embriaguez. El Sirácida advierte que no conviene hacerse el fuerte con el vino (cfr. Sir 31, 25), y el profeta Oseas recuerda que el vino y el mosto pueden nublar el juicio (cfr. Os 4, 11). La crítica no se dirige al vino como tal, sino a aquello que sucede cuando se pierde la medida. Tomado con moderación, en cambio, el vino puede convertirse en signo de alegría compartida (cfr. Sir 31, 27-28); incluso san Pablo aconseja a Timoteo tomar «un poco de vino» por su estómago y sus frecuentes indisposiciones (cfr. 1 Tim 5, 23).

También nosotros podemos comprender fácilmente esa imagen. Hay reuniones en las que al principio todos están un poco contenidos, midiendo las palabras; después, alrededor de la mesa, la conversación empieza a fluir, las distancias se acortan y hasta quienes apenas se dirigían la palabra terminan saludándose. El vino, en la cultura bíblica, puede representar precisamente ese «algo más» que transforma una simple reunión en celebración.

Por eso el Salmo dice que el vino alegra el corazón del hombre (cfr. Sal 104). También el Sirácida lo vincula con la alegría del corazón (cfr. Sir 40) y llega a preguntarse qué vida sería aquella en la que faltara el vino (cfr. Sir 31).

Conviene guardar esta imagen, porque volverá a ser importante cuando intentemos comprender qué significa la viña de la parábola.

Una viña que debería dar alegría

También la viña ocupa un lugar importante en el lenguaje bíblico. En hebreo, «viña» se dice כֶּרֶם (kérem), mientras que la vid recibe el nombre de גֶּפֶן (guéfen). Ambas palabras aparecen una y otra vez en el Antiguo Testamento.

La viña llegó a convertirse en una de las grandes imágenes de Israel. La razón se entiende bien a partir de lo que acabamos de ver. La viña da uvas; de las uvas nace el vino; y el vino es signo de alegría. Israel puede ser presentado, por tanto, como la viña del Señor porque está llamado a producir para Dios ese fruto de alegría mediante la oración, los sacrificios, las ofrendas y la fidelidad a la תּוֹרָה (Torá).

La imagen estaba tan arraigada que incluso podía contemplarse en el Templo de Jerusalén. En el atrio que daba acceso al santuario había una gran vid de oro que trepaba por las paredes. Sus hojas y racimos procedían de ofrendas votivas y evocaban las obras santas e incorruptibles que Israel presentaba a su Dios.

Para quienes escuchaban a Jesús, por tanto, hablar de una viña significaba mucho más que hablar de agricultura. Y la imagen no siempre era complaciente. En el célebre canto de la viña, Isaías recuerda que Israel, en lugar de producir las buenas uvas que Dios esperaba, había dado frutos agrios e incomibles (cfr. Is 5).

Dios cultiva una viña

porque desea recoger frutos de alegría.

A partir de aquí podemos reconocer fácilmente al propietario de la parábola. Es Dios. Él es quien aparece inquieto, quien sale personalmente, quien busca trabajadores con insistencia porque su viña necesita ser atendida.

¿Y cuál es esa viña? Es el Reino de Dios, la humanidad nueva que Dios desea hacer crecer en este mundo.

Trabajar en la viña significa entrar en ese proyecto y colaborar en él; significa poner la propia vida al servicio de un mundo en el que nuestro esfuerzo contribuya a que otros puedan vivir con más alegría.

Eso es lo que Dios quiere para sus hijos: que vivan y sean felices.

La viña representa, por tanto, ese mundo nuevo que Dios desea hacer realidad.

Por eso busca trabajadores.

Quizá durante demasiado tiempo hemos colocado sobre el Evangelio un velo de tristeza, como si seguir a Cristo consistiera principalmente en renunciar, soportar y aguantar con gesto serio. Pero el horizonte que aparece aquí es otro: Dios quiere una humanidad nueva y gozosa, y la quiere pronto. De ahí la prisa del propietario. La vendimia está preparada y no quiere desperdiciar ni una hora.

Los que comenzaron al amanecer

Ahora podemos preguntarnos quiénes son esos trabajadores que entran en la viña desde la primera hora del día. Son aquellos cristianos que desde muy jóvenes han ido poniendo su vida al servicio del Reino de Dios. Personas que han crecido dentro del proyecto del Evangelio y han perseverado durante años colaborando con él.

Son los cristianos comprometidos que entregan tiempo y energías a la comunidad; quienes pasan tantos sábados por la tarde en la parroquia o en el oratorio; los catequistas; quienes preparan la liturgia, organizan los cantos, tocan algún instrumento o realizan tantos servicios que muchas veces apenas se ven, pero sin los cuales una comunidad difícilmente podría sostenerse. No son trabajadores de última hora. Llevan mucho tiempo en la viña.

Algunos llevan toda la vida trabajando para el Reino. Y saben cuál es la paga que esperan recibir. El propietario ha acordado con ellos un denario. ¿Qué representa ese denario? Es la recompensa que Jesús había anunciado a Pedro: el ciento por uno, es decir, una vida lograda y plena ya en este mundo y, además, el don de la vida del Eterno.

Hasta aquí, todo parece perfectamente comprensible. Hay un trabajo, existe un acuerdo y se ha establecido una paga. Pero justamente ahora Jesús comienza a introducir en la historia algo que romperá nuestros cálculos.

El dueño de la viña no se conforma con los trabajadores contratados al amanecer. A lo largo del día saldrá todavía otras cuatro veces en busca de jornaleros. Quiere más trabajadores en su viña. Y será precisamente ahí donde la parábola comience a sorprendernos.

Dios tiene prisa:

todavía queda sitio en la viña

«Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido». Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña
».

         El propietario vuelve a salir otras cuatro veces en busca de trabajadores. No se limita a contratar a los que encuentra al amanecer y después regresar tranquilamente a su casa para esperar el resultado de la jornada; sale de nuevo, vuelve a la plaza, busca más personas y las envía también a su viña. Y, puesto que en la parábola ese propietario representa a Dios, Jesús está poniendo ante nosotros un rasgo muy significativo de su manera de actuar: Dios tiene prisa por ver nacer su Reino. No se trata de la prisa nerviosa de quien no sabe organizarse, sino de la urgencia de quien desea que cuanto antes comience a existir una humanidad nueva, un mundo en el que la vida de sus hijos pueda florecer de otra manera.

El Reino de Dios no es algo que convenga dejar para mañana.

Esta urgencia aparece muchas veces en el Evangelio. Cuando Jesús envía a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia, llega a pedirles que no se detengan siquiera en los largos saludos propios de los caminos de Oriente: «No saludéis a nadie por el camino» (cfr. Lc 10, 4). No está enseñando mala educación, naturalmente. Lo que quiere transmitir es que la misión que llevan entre manos es demasiado importante como para perderse en distracciones. El Evangelio está llamado a hacer nacer un mundo nuevo y, cuando está en juego el Reino de Dios, no conviene vivir como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo.

Algo semejante sucede en el comienzo del Evangelio según san Marcos. En ese primer capítulo se repite insistentemente un adverbio que significa «enseguida», «inmediatamente». Jesús entra enseguida en la sinagoga, pasa enseguida a otro lugar, entra en la casa de Pedro, continúa su camino. El relato transmite una sensación de movimiento continuo: la Buena Noticia ha comenzado a abrirse paso y no hay tiempo que perder (cfr. Mc 1).

También lo vemos en el encuentro con Zaqueo. Jesús lo descubre subido a un árbol y le dice que baje enseguida porque aquel mismo día quiere hospedarse en su casa (cfr. Lc 19, 5). Zaqueo no necesita esperar a convertirse primero en un hombre perfecto para poder entrar después en la fiesta del Reino. La llamada llega ahora. La posibilidad de comenzar una vida distinta se abre en ese mismo momento.

Esta es la prisa del dueño de la viña. Dios quiere que su Reino comience cuanto antes, y por eso continúa saliendo a buscar trabajadores.

No todos entramos en la viña

a la misma hora

A lo largo de la jornada aparecen otros cuatro grupos de jornaleros. Si los primeros representaban a quienes se habían comprometido desde muy jóvenes con el proyecto del Evangelio, estos nuevos trabajadores nos recuerdan que no todos descubrimos la llamada de Dios en el mismo momento de nuestra vida.

Hay personas que entran en la viña cuando todavía son jóvenes. Quizá empiezan a participar en la vida de una comunidad porque allí las ha llevado su novio o su novia; comienzan asistiendo a algún encuentro casi sin saber muy bien qué van a encontrar y, poco a poco, descubren que también ellos pueden comprometerse, colaborar, poner una parte de su tiempo y de sus capacidades al servicio de los demás.

Otros llegan más tarde, cuando ya han formado una familia y han recorrido una buena parte de su vida. Puede suceder, por ejemplo, que uno de los esposos lleve años participando activamente en la comunidad —quizá como catequista o colaborando en alguna tarea— y que el otro, con el paso del tiempo, termine acercándose también. No comenzó a las seis de la mañana, pero llega a media jornada y descubre que todavía tiene mucho que ofrecer.

Otros entran en la viña cuando llega la jubilación. De pronto disponen de un tiempo que antes estaba ocupado por el trabajo, las responsabilidades familiares y tantas obligaciones cotidianas, y descubren que esos años pueden convertirse también en una oportunidad para servir.

Y hay quienes llegan cuando la tarde está ya muy avanzada. Personas que, al mirar hacia atrás, quizá sienten cierta pena porque piensan que podrían haber comenzado antes, que dejaron pasar demasiadas ocasiones, que vivieron durante muchos años sin implicarse demasiado en aquello que ahora empiezan a descubrir.

Entonces puede surgir fácilmente una voz —la nuestra o la de otros— que diga: «¿Ahora? ¿A estas alturas? ¿No será ya demasiado tarde?».

Para Dios, mientras quede una hora, todavía queda una oportunidad. El propietario de la parábola no les dice a los últimos: «Lo siento, tendríais que haber venido esta mañana». Tampoco les exige que expliquen durante media hora por qué han tardado tanto. Los encuentra allí y les abre la puerta: «Id también vosotros a mi viña».

Eso es lo sorprendente. A Dios le importa que una persona comience, aunque haya tardado mucho tiempo en hacerlo. Si todavía queda una hora, esa hora puede convertirse en tiempo fecundo. Quizá no pueda hacer lo que hicieron quienes comenzaron al amanecer, pero todavía puede amar, colaborar, servir, construir, reconciliar, acompañar. Todavía puede hacer algo por esa viña.

Incluso los trabajadores de la última hora reciben una pregunta incómoda: «¿Por qué habéis estado aquí todo el día sin trabajar?». Pero la pregunta no desemboca en la exclusión, sino en una invitación. El propietario no los deja en la plaza lamentándose de lo que no hicieron; los manda a la viña para que hagan lo que todavía pueden hacer.

Y ahí hay una intuición profundamente evangélica: Dios no queda atrapado en el tiempo que hemos perdido; mira también el tiempo que todavía podemos entregar.

Cuando aparece el dinero,

aparece también nuestra idea de justicia

Hasta aquí, la parábola resulta bastante fácil de aceptar. Un propietario necesita trabajadores, sale a buscarlos en distintos momentos del día y termina dando una oportunidad incluso a quienes llegan tarde. Podemos encontrarlo generoso, incluso simpático.

El problema comienza cuando llega la hora de pagar.

Con los primeros trabajadores el acuerdo había sido muy claro: un denario por la jornada completa. Ellos aceptaron aquella cantidad, la consideraron justa y se pusieron a trabajar satisfechos. No hubo engaño ni letra pequeña.

Con los demás, en cambio, el propietario no fijó una cifra concreta. Simplemente les prometió: «Os daré lo que sea justo».

Y aquí aparece la palabra que hará estallar la parábola: justicia.

Porque muy pronto descubriremos que el propietario tiene una manera de entender lo justo que no coincide con la nuestra.

La verdadera provocación de la parábola comienza cuando hacemos las cuentas. La jornada ha terminado. El trabajo ha salido bien: la uva está recogida, ha sido prensada y los lagares están llenos de mosto. El propietario puede contemplar satisfecho el resultado. Ahora llega el momento inevitable: cada trabajador debe recibir su paga.

Intentemos repartir nosotros el dinero. A los de la última hora, que apenas han trabajado una pequeña parte de la jornada, les correspondería estrictamente una fracción del denario. Incluso podríamos pensar que el propietario, por generosidad, les entregara algo más. Podría mirarles con una sonrisa y decirles: «La próxima vez intentad llegar antes; pero habéis trabajado bien. Tomad medio denario y marchaos tranquilos a casa». Nos parecería incluso espléndido.

Después llegarían los de la primera hora, los que han estado allí desde el amanecer, soportando el calor y el peso de toda la jornada. Tal vez el propietario podría invitarlos antes a sentarse un momento, darles algo de comer y ofrecerles una copa del mosto recién obtenido. Ellos han contribuido más que nadie a que los lagares estén llenos. Y, cuando estuvieran a punto de marcharse, podría entregarles dos denarios. Seguramente asentiríamos satisfechos. Nos parecería razonable que quienes han trabajado más reciban más; quienes hayan trabajado menos reciban menos. Y, además, el propietario se habría mostrado generoso con todos. Así funciona nuestra aritmética.

Y probablemente, si la parábola terminara de ese modo, nadie tendría nada que discutir. Los trabajadores regresarían contentos a sus casas y nosotros cerraríamos el Evangelio pensando que aquel dueño de la viña era un hombre justo, sensato y bastante generoso.

Pero Jesús no cuenta la historia así.

Precisamente ahora, cuando creemos haber comprendido perfectamente cómo debería terminar, la parábola da un giro que desbarata nuestros cálculos. El propietario va a comenzar a pagar.

Y será entonces cuando descubramos que la justicia de Dios no cabe tan fácilmente en nuestra calculadora.

La justicia de Dios

no se parece a nuestras cuentas

«Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”»
.

         Llega la tarde y los trabajadores regresan de la viña. Ha terminado la jornada y ha llegado el momento de recibir el salario. El propietario quiere actuar con justicia y conoce bien lo que prescribe el libro del Deuteronomio: no se puede explotar al jornalero pobre y necesitado, y su paga debe entregársele antes de la puesta del sol, porque vive de ese salario, ha trabajado durante todo el día y necesita disponer de él sin demora. La Escritura advierte incluso que, si el pobre clama a Dios contra quien lo ha explotado, esa injusticia se convierte en pecado (cfr. Dt 24, 14-15).

Por eso el dueño ordena al encargado que reúna a todos los trabajadores y comience a pagarles. Pero introduce un detalle que, en principio, podría parecer irrelevante y que terminará siendo decisivo: quiere que empiece por los últimos.

La sorpresa comienza cuando Dios

hace las cuentas de otra manera.

La escena se puede imaginar fácilmente. Los trabajadores de la primera hora llegan agotados. Han comenzado al amanecer y llevan doce horas soportando el peso del trabajo y el calor del día. Cuando ven que el encargado se acerca a los que llegaron a última hora, aquellos que apenas han trabajado una hora, y les entrega un denario completo, su primera reacción no tiene por qué ser de enfado. Al contrario, seguramente se alegran.

Si quienes han trabajado solo una hora reciben un denario, entonces ellos, que han estado allí desde el amanecer, pueden empezar a hacer sus propios cálculos. Quizá piensen: «Qué fortuna haber trabajado para un hombre así. No solo paga puntualmente, antes de ponerse el sol, sino que además parece extraordinariamente generoso. Si a estos les ha dado un denario por una sola hora, ¿qué nos dará a nosotros después de todo el día?». La expectativa crece mientras avanza la fila.

Pero, cuando finalmente llega su turno, el encargado pone también en sus manos un denario. Exactamente lo acordado. Ni más ni menos.

Y entonces la alegría se convierte en indignación. Hasta ese momento habían pensado que el propietario era generoso; ahora sienten que se está riendo de ellos. Incluso comprenden por qué ha querido comenzar por los últimos: los ha obligado a contemplar, uno tras otro, cómo quienes habían trabajado mucho menos recibían la misma paga.

El texto griego describe con bastante precisión lo que sucede cuando los trabajadores de la primera hora reciben su paga. Mateo escribe: «λαβόντες δὲ ἐγόγγυζον κατὰ τοῦ οἰκοδεσπότου» (labóntes dè egóngyzon katà toû oikodespótou), es decir: «Después de recibirla, murmuraban contra el dueño de la casa».

El verbo γογγύζω (gongýzō), que aquí aparece en imperfecto —ἐγόγγυζον (egóngyzon)— no describe simplemente una queja pasajera ni un pequeño gesto de fastidio. Expresa ese murmullo de descontento que comienza a extenderse entre quienes se sienten perjudicados. Y el imperfecto ayuda incluso a imaginar la escena: no fue una observación aislada, sino una protesta que se iba prolongando, pasando de unos a otros, mientras comentaban entre ellos lo ocurrido.

Pero hay todavía un detalle más importante. Mateo no dice solamente que murmuraban, sino que murmuraban κατὰ τοῦ οἰκοδεσπότου (katà toû oikodespótou), «contra el dueño». Su malestar termina dirigiéndose personalmente hacia él. El problema ya no es solo cuánto han cobrado; empiezan a cuestionar su manera de actuar, porque consideran que ha roto aquello que, según sus cálculos, debería ser la justicia.

Y entonces aparece la frase que permite descubrir el verdadero motivo de su enfado: «“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”». Ahí está el corazón de la protesta.

No pueden acusar al propietario de haberles pagado menos de lo acordado. Han recibido exactamente el denario que habían aceptado al comenzar la jornada. Tampoco pueden decir que hayan sido engañados. El conflicto nace por otra razón: No soportan que el dueño haya tratado con la misma generosidad a quienes llegaron después.

Lo que les duele no es haber recibido poco, sino que los otros hayan recibido tanto. Y precisamente ahí la parábola empieza a tocarnos de verdad. Porque es posible estar satisfechos con lo que hemos recibido hasta el momento en que miramos lo que ha recibido otro. Entonces la comparación puede transformar la gratitud en resentimiento. Lo que hace un instante nos parecía suficiente empieza a parecernos injusto, no porque nos hayan quitado algo, sino porque otro ha sido alcanzado por una generosidad que nosotros consideramos excesiva.

La murmuración comienza cuando dejamos de mirar el don recibido y empezamos a medir el don concedido al otro. Los trabajadores de la primera hora no están discutiendo simplemente sobre salarios. Están poniendo en cuestión la libertad del propietario para ser bueno con quien ha llegado tarde. Y esa es precisamente la puerta por la que Jesús nos hace entrar en el misterio de la gratuidad de Dios.

Cuando la igualdad

empieza a molestarnos

Los únicos que protestan son precisamente los trabajadores de la primera hora: los responsables, los que llegaron puntuales, los que estuvieron allí desde el comienzo y cargaron con la parte más dura de la jornada. Por eso la parábola parece dirigirse, de una manera especial, no a los que han llegado tarde, sino a los que llevan mucho tiempo en la viña.

¿Quiénes podrían ser hoy esos trabajadores? Podrían ser los creyentes que han vivido desde niños dentro de la fe, quienes han procurado observar los mandamientos, han dedicado años a la comunidad, han realizado muchas obras buenas y han aceptado sacrificios reales por fidelidad al Evangelio. Personas sinceramente comprometidas, capaces incluso de mirar hacia atrás y pensar que, después de tantos años, han acumulado un cierto capital de méritos ante Dios. Y ahí comienza el peligro.

El problema aparece cuando convertimos

el amor en una contabilidad de méritos.

Durante mucho tiempo pudo transmitirse una espiritualidad en la que las buenas obras se entendían casi como una forma de ir acumulando bienes para la eternidad: uno hace el bien ahora, guarda ese tesoro ante Dios y un día recibe la recompensa correspondiente.

Jesús pone en cuestión precisamente esa lógica cuando nace de una imagen equivocada de Dios. El Padre que Él revela no ama en proporción a nuestros méritos ni espera que hayamos alcanzado determinada puntuación para comenzar a ser generoso con nosotros. Su manera de amar es gratuita.

Y si nosotros hacemos el bien únicamente pensando en aquello que obtendremos después, puede suceder que una acción buena siga escondiendo en su interior una lógica interesada. Sirvo, ayudo, renuncio, cumplo, me esfuerzo, pero, en el fondo, sigo esperando que todo eso me conceda un derecho especial ante Dios.

Entonces el amor continúa girando alrededor de uno mismo.

La propuesta de Jesús va más lejos: aprender a amar gratuitamente porque así ama el Padre.

Y quizá por eso quienes llevan muchos años trabajando en la viña pueden encontrar especialmente difícil aceptar esta gratuidad. No porque sean malas personas, sino porque después de una vida entera de esfuerzo puede brotar casi sin querer una pregunta muy humana: «Entonces, ¿todo lo que yo he hecho no cuenta? ¿Va a recibir lo mismo quien acaba de llegar?».

La parábola no evita esa pregunta. La coloca ante nosotros con toda su fuerza. 

Tal vez la recompensa comenzó

mucho antes del final

Aquí está el error que Jesús quiere sacar a la luz. Quien protesta de ese modo sigue pensando que haber trabajado desde primera hora fue, sobre todo, una carga que ahora merece una compensación mayor.

Pero ¿y si haber entrado en la viña al amanecer hubiera sido ya parte del regalo?

Jesús invita a tomar sobre nosotros su yugo y afirma que ese yugo es χρηστός (jrestós) (cfr. Mt 11, 29-30). El término griego puede significar «bueno», «benigno», «llevadero» y, aplicado aquí al yugo, sugiere algo que no hiere ni aplasta, sino que puede llevarse sin quedar destruido bajo su peso. Jesús no presenta, por tanto, el Evangelio como una carga insoportable añadida a la existencia, sino como un camino que, aun siendo exigente, no violenta lo más profundo del ser humano. Al contrario: la vida orientada por el amor gratuito acaba revelándose como una forma de vivir que se ajusta a aquello para lo que hemos sido creados.

Haber conocido el Evangelio pronto no es

una desgracia que Dios tenga que compensarnos.

El Evangelio no debería vivirse como una larga colección de obligaciones soportadas con paciencia hasta recibir al final un premio suficiente. No es una factura que vamos pagando durante toda la vida para asegurarnos después un lugar en el cielo.

Es un tesoro. Quien ha encontrado a Cristo ha encontrado una manera distinta de comprender la existencia, de amar, de sufrir, de perdonar, de esperar y de situarse ante los demás. Y si eso se ha descubierto pronto, quizá la verdadera reacción no debería ser: «He trabajado más que otros», sino algo mucho más sencillo: «Qué suerte haber podido vivir así desde el comienzo».

El trabajador de la primera hora podría entonces mirar su propia historia con otros ojos y decir: «Qué hermoso haber encontrado al Señor al amanecer de mi vida. Qué gracia haber crecido en una familia que me habló de Jesús de Nazaret y me enseñó a acoger su propuesta. Qué regalo haber entrado pronto en la viña y haber podido participar durante tantos años en la construcción del Reino».

Quizá fue una abuela, un abuelo, nuestros padres, un catequista o una comunidad cristiana quienes nos transmitieron ese don. Gracias a ellos conocimos desde pequeños una manera de vivir que podía acompañarnos toda la vida.

Naturalmente, trabajar en la viña comporta esfuerzo. La vida cristiana conoce sacrificios, renuncias, cansancios y fidelidades que no siempre resultan fáciles. Pero una vida exigente no es necesariamente una vida triste ni una vida desperdiciada.

Puede ser, sencillamente, una vida hermosa.

Una vida en la que, con todas sus dificultades, hemos recibido ya el ciento por uno. Porque quizá, de no haber encontrado el Evangelio, también nosotros habríamos pasado muchos años en aquella plaza, entretenidos en mil cosas, buscando de un lado para otro una alegría que nunca terminaba de llegar y sin comprender del todo para qué estábamos en este mundo.

Entrar temprano en la viña no significa haber tenido que trabajar más que otros. Puede significar haber tenido más tiempo para descubrir dónde estaba la verdadera alegría.

Cuando otro llega tarde,

nosotros no perdemos nada

Por eso el cristiano de la primera hora está invitado a mirar de otra manera a quienes llegan después.

Hay personas que encuentran al dueño de la viña en su juventud; otras lo descubren a mitad de la vida; algunas llegan cuando los años están ya muy avanzados. Quizá muchas de ellas miren hacia atrás con tristeza y piensen cuánto tiempo han perdido buscando en otros lugares aquello que ahora empiezan a descubrir.

¿Qué debería sentir entonces quien lleva toda la vida en la viña? No celos. No miedo a que el recién llegado le quite algo. No la sensación de que alguien está recibiendo una recompensa que no merece.

Quien ama de verdad la viña se alegra

cada vez que llega un nuevo trabajador.

«Qué alegría que hayas llegado también tú. Aunque solo quede una hora, todavía puedes hacer mucho. Todavía puedes ayudar, todavía puedes amar, todavía puedes entregar algo de ti».

Quizá esa persona responda con tristeza: «Qué pena no haber venido antes».

Y entonces la respuesta cristiana no debería ser: «Sí, has perdido demasiado tiempo».

Más bien podríamos decirle: «No vivas ya mirando únicamente lo que quedó atrás. No conviertas el tiempo perdido en una razón para perder también el presente».

Porque, desde el momento en que entra en la viña, comienza para él una jornada nueva. Y, de algún modo, también comienza de nuevo para todos nosotros.

Ahora llegará la respuesta más exigente del propietario. El dueño de la viña, que representa a Dios, quiere enseñar a los trabajadores de la primera hora —y también a nosotros— a abandonar poco a poco nuestra manera de medir y aprender la suya.

No será fácil.

Porque comprender la justicia de Dios exige dejar de pensar solo en términos de proporción, rendimiento y recompensa.

Y quizá exige algo todavía más difícil: Aceptar que la bondad de Dios hacia otro no disminuye en absoluto la bondad que ha tenido conmigo.

Un ojo incapaz de alegrarse

con la bondad de Dios

«Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

Son duras las palabras que el propietario dirige a los trabajadores de la primera hora. Precisamente a ellos, a los que habían llegado al amanecer, a los que habían soportado el peso de toda la jornada y a quienes nadie podría reprochar falta de compromiso, termina diciéndoles: «Toma lo tuyo y vete».

Y esto resulta todavía más provocador si pensamos a quiénes representan dentro de la parábola. Son esos cristianos constantes, generosos, disponibles; personas con las que siempre se puede contar cuando hace falta echar una mano en la parroquia, preparar una celebración, acompañar un grupo o sostener discretamente tantas tareas que permiten que una comunidad siga adelante. No estamos hablando de creyentes indiferentes ni de personas que se hayan desentendido del Evangelio. Al contrario: son precisamente los que llevan toda la vida trabajando en la viña. ¿Por qué, entonces, unas palabras tan severas?

Se puede trabajar toda la vida en la viña

y no haber aprendido todavía la gratuidad.

Jesús quiere liberar a esos trabajadores de una manera de relacionarse con Dios que termina convirtiendo la vida cristiana en una contabilidad de méritos. Han trabajado, se han esforzado, han cumplido, han hecho el bien; pero, casi sin darse cuenta, pueden terminar interpretando todo ese camino como una especie de crédito acumulado ante Dios. Y cuando la relación con Él entra en esa lógica, aparece inevitablemente la comparación: «Yo he hecho más», «yo llevo aquí desde el principio», «yo me he sacrificado durante años», «¿cómo puede recibir lo mismo quien acaba de llegar?».

El problema no consiste en haber realizado muchas obras buenas. El problema aparece cuando hacemos el bien esperando que esas obras nos concedan un derecho sobre Dios o nos coloquen por encima de los demás.

Porque entonces incluso la generosidad puede quedar contaminada por el cálculo. Podemos servir, ayudar, sacrificarnos y entregarnos mucho y, sin embargo, seguir teniendo el corazón centrado en nosotros mismos. Exteriormente estamos haciendo el bien, pero interiormente continuamos preguntándonos qué recibiremos, qué puesto ocupamos, cuánto se nos reconoce o si los demás reciben más de lo que, según nuestras cuentas, merecen.

Y una espiritualidad vivida de esa manera termina haciendo difícil la alegría. Quien necesita comparar continuamente su recompensa con la del otro nunca descansa verdaderamente en la bondad de Dios. Poco a poco puede endurecerse, volverse susceptible, distante, incluso áspero dentro de la propia comunidad, porque cada bien concedido a otro empieza a percibirse como una amenaza al propio mérito.

El corazón se hace pequeño

cuando la felicidad del otro comienza a molestarnos.

Entonces llegamos a una de las frases más penetrantes de toda la parábola. El propietario pregunta al trabajador: «. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”» (cfr. Mt 20, 15).

En griego lo expresa así: ἢ οὐκ ἔξεστίν μοι ὃ θέλω ποιῆσαι ἐν τοῖς ἐμοῖς; ἢ ὁ ὀφθαλμός σου πονηρός ἐστιν ὅτι ἐγὼ ἀγαθός εἰμι; (ē ouk éxestin moi ho thélō poiēsai en tois emoîs? ē ho ophthalmós sou ponerós estin hóti egṑ agathós eimi?). Podríamos traducirlo: «¿O no me es lícito hacer lo que quiero con lo que es mío? ¿O es acaso malo tu ojo porque yo soy bueno?» (cfr. Mt 20, 15).

La primera pregunta recuerda algo que los trabajadores parecen haber olvidado: el dueño no ha cometido ninguna injusticia. A los de la primera hora les ha entregado exactamente aquello que había acordado con ellos. El conflicto no nace porque hayan recibido menos, sino porque el propietario ha decidido ser generoso con quienes llegaron después. Y ahí aparece la segunda pregunta, mucho más incisiva: «¿Es malo tu ojo porque yo soy bueno?».

La expresión ὁ ὀφθαλμός σου πονηρός (ho ophthalmós sou ponerós), literalmente «tu ojo es malo», recoge una manera de hablar de raíz semítica. El «ojo malo» no describe aquí un defecto físico de la vista, sino una mirada incapaz de contemplar con alegría el bien que recibe otro; una mirada que se vuelve estrecha cuando la generosidad alcanza a alguien que, según nuestros cálculos, no la merece tanto como nosotros.

El problema de aquellos trabajadores

no estaba en el salario, sino en la mirada.

Mientras observaban únicamente el denario que habían recibido, podían marcharse satisfechos: era exactamente lo prometido. El malestar comienza cuando miran el denario que recibe el otro. Entonces aquello que hasta ese momento les parecía justo deja de parecérselo. No porque ellos hayan perdido algo, sino porque otro ha recibido más de lo que, en su opinión, debía recibir.

Y por eso la pregunta del propietario podría expresarse, sin traicionar su sentido, de una manera que nos alcanza directamente: «¿Te molesta que yo sea bueno?».

El contraste que construye el texto griego es especialmente hermoso: frente al ὀφθαλμός πονηρός (ophthalmós ponerós), el «ojo malo» del trabajador, aparece el ἐγὼ ἀγαθός εἰμι (egṑ agathós eimi) del propietario: «yo soy bueno». Por un lado, una mirada que calcula, compara y acaba entristeciéndose ante el bien ajeno; por otro, la bondad de quien puede alegrarse simplemente dando.

De este modo, la parábola termina revelándonos mucho más que una manera extraña de pagar salarios. Nos coloca ante dos maneras de mirar la vida. Una pregunta continuamente: «¿Cuánto he hecho yo?, ¿cuánto ha hecho el otro?, ¿qué me corresponde?, ¿por qué él recibe lo mismo?». La otra nace de la gratuidad y sabe alegrarse porque alguien, aunque haya llegado tarde, ha sido finalmente alcanzado por el bien.

La bondad de Dios hacia el otro no disminuye

en nada la bondad que ha tenido conmigo.

Este es quizá uno de los aprendizajes más difíciles de la parábola. El trabajador de la primera hora está llamado a descubrir que no pierde nada cuando el propietario es generoso con el último. Su denario sigue estando entero en su mano. Lo único que puede perder es la capacidad de disfrutarlo, si permite que la comparación transforme el don recibido en motivo de resentimiento.

Y ahí la pregunta de Jesús deja de dirigirse a los jornaleros de una antigua viña y comienza a dirigirse a nosotros: cuando vemos que Dios levanta a alguien, perdona, acoge, abre una nueva oportunidad o regala alegría a quien llegó mucho más tarde, ¿sabemos alegrarnos con Él o empezamos inmediatamente a hacer cuentas?

Porque quizá la semejanza con el Padre no se manifieste solamente en cuánto trabajamos en su viña, sino también en si hemos aprendido a mirar con alegría cada vez que su bondad alcanza a otro.

El problema no está en la paga, sino en la mirada

Detrás de esta expresión está una manera semítica de hablar. El «ojo malo», עַיִן רָעָה (áyin ra‘áh), no se refiere simplemente a un problema de visión física. Describe una mirada incapaz de contemplar con alegría el bien concedido a otro; una mirada que se vuelve mezquina, envidiosa, porque interpreta la generosidad hacia los demás como una pérdida propia.

Y la pregunta de Dios resulta entonces mucho más incisiva: «¿Te molesta que yo sea bueno?». Ahí está el verdadero conflicto.

El trabajador no protesta porque haya recibido menos de lo prometido. Ha recibido exactamente aquello que había acordado. Su indignación nace cuando descubre que el propietario ha querido ser generoso también con quien llegó al final. Por eso el problema no está en la paga. Está en la mirada. 

La parábola no pregunta cuánto hemos trabajado,

sino qué mirada hemos aprendido a tener.

Podemos llevar muchos años dentro de la viña y seguir mirando la vida con la lógica de la comparación. Podemos haber hecho mucho bien y, sin embargo, no saber alegrarnos cuando la gracia alcanza a otro de una manera inesperada. Podemos incluso defender nuestra idea de justicia sin advertir que estamos poniendo límites precisamente a aquello que define a Dios: su bondad gratuita.

La parábola termina, en realidad, con una extraordinaria presentación que Dios hace de sí mismo: «Yo soy bueno». Ahí está todo.

El Dios que Jesús revela no distribuye su amor después de consultar primero nuestra hoja de servicios. No pregunta quién llegó antes para quererlo más, ni quién llegó después para quererlo menos. Su bondad no se divide en porciones calculadas según nuestros méritos. Dios ama porque es bueno.

Y si queremos parecernos verdaderamente a ese Padre, entonces también nosotros tendremos que aprender poco a poco esa manera de mirar. Alegrarnos cuando alguien encuentra por fin el camino, aunque haya tardado mucho. Alegrarnos cuando una persona descubre la fe después de años de búsqueda. Alegrarnos cuando quien permaneció durante mucho tiempo lejos entra finalmente en la viña, aunque quede solamente una hora de jornada.

Quizá incluso esa persona nos diga con tristeza: «He llegado demasiado tarde».

Entonces no es momento de recordarle cuánto tiempo perdió, sino de celebrar que finalmente ha llegado.

Porque quien ha comprendido algo de la gratuidad de Dios no pregunta primero: «¿Por qué recibe lo mismo que yo?». Dice más bien: «Qué alegría que también tú hayas encontrado la viña».

Y quizá ahí podamos reconocer si realmente estamos aprendiendo a parecernos al Padre: Cuando la felicidad del otro deja de parecernos una injusticia y comienza a convertirse también en nuestra alegría.


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