sábado, 12 de septiembre de 2026

Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, ciclo a | Mt 18, 21-35

 ¿Qué significa perdonar «setenta veces siete» cuando la herida es real y reconciliarse no siempre es posible? En esta homilía sobre Mateo 18,21-35, Jesús no invita a fingir que el mal no ocurrió, a renunciar a la justicia ni a volver necesariamente a una relación que ya no puede reconstruirse. Nos conduce mucho más adentro: desde la vieja lógica de la venganza hasta un perdón capaz de impedir que el daño recibido continúe propagándose a través de nosotros. La parábola del siervo perdonado revela además dónde nace esa posibilidad: antes de preguntarnos cuánto debemos perdonar, Jesús nos hace descubrir la desmesura de la misericordia que nosotros mismos hemos recibido. Porque perdonar no significa llamar bueno al mal, sino negarnos a permitir que tenga la última palabra.

Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario,

Ciclo A —Mt 18, 21-35  

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No fuimos creados para bastarnos

a nosotros mismos.

Dios nos ha hecho de una manera verdaderamente hermosa: Nos ha creado necesitados unos de otros. No estamos hechos para vivir encerrados en nosotros mismos, como si pudiéramos recorrer la vida sin recibir nada de nadie. Necesitamos a los demás, y los demás también necesitan algo de nosotros. Precisamente ahí comienza una de las escuelas más profundas del amor: aprender a recibir con gratitud y a entregar aquello que Dios ha puesto en nuestras manos.

Pero vivir juntos significa también exponernos. Nos hacemos mucho bien, sí, aunque inevitablemente cometemos errores y terminamos haciéndonos daño. Podríamos decir que las relaciones humanas van dejando pequeñas y grandes cuentas pendientes: todos llevamos alguna herida recibida y, si somos sinceros, también alguna herida causada. Tenemos cosas que reclamar, pero también cosas que reparar.

¿Qué sucede entonces cuando somos nosotros quienes sufrimos una injusticia? Lo que brota espontáneamente no suele ser el perdón. Cuando alguien nos hiere, la primera reacción puede ser defendernos, alejarnos o incluso desear que el otro experimente de alguna manera el dolor que nos ha provocado. Y si hablamos de heridas profundas, de esas que dejan huella durante años —abusos sexuales, violencia, experiencias traumáticas graves—, el perdón puede convertirse en un camino especialmente difícil. No conviene hablar de él con ligereza, como si bastara con pronunciar una palabra y todo quedara resuelto.

Perdonar no significa necesariamente

volver a relacionarse como antes.

Aquí es importante distinguir dos realidades que a veces confundimos: El perdón y la reconciliación.

El discípulo de Jesús desea la reconciliación y procura favorecerla siempre que sea posible. Pero reconciliarse exige la participación de ambas partes. Hace falta que quienes están enfrentados quieran recorrer el camino necesario para recuperar la confianza, restaurar la relación y reconstruir una cierta armonía. Y eso no depende de una sola persona.

Por esta razón, puede suceder que alguien haya hecho sinceramente todo lo que estaba en su mano y, sin embargo, la reconciliación no llegue. Pablo lo expresa con un realismo admirable cuando invita a vivir en paz con todos, pero introduce dos matices decisivos: «si es posible» y «en cuanto dependa de vosotros» (cfr. Rom 12, 18). Esas palabras liberan de una confusión peligrosa. No toda relación puede recomponerse, porque no todo depende de nosotros. El perdón, en cambio, puede comenzar en el interior de quien ha sido herido, incluso cuando la otra persona no reconoce el daño, no pide perdón o no está dispuesta a cambiar.

Puede existir, por tanto, perdón sin reconciliación. Eso sí; decirlo es mucho más sencillo que vivirlo. ¿Cómo se empieza?

Una primera ayuda consiste en distinguir claramente la acción realizada de la persona que la ha realizado. El mal debe llamarse mal. Una injusticia no deja de ser injusta porque queramos perdonar, ni una acción gravísima puede ser minimizada en nombre de una misericordia mal entendida. Pero, al mismo tiempo, ningún ser humano se agota por completo en el peor acto de su vida.

Una persona puede haber cometido un delito terrible y, sin embargo, no ser solamente ese delito. Lo que hizo forma parte de su historia y tiene consecuencias reales, pero no expresa la totalidad de lo que esa persona es.

Ahí se sitúa también la insistencia de Jesús en no condenar. Él no nos invita a confundir el bien con el mal ni a llamar inocente a quien ha obrado injustamente. Nos enseña algo más profundo: Juzgar una acción no equivale a pronunciar una condena definitiva sobre toda la persona. Quien se ha equivocado continúa siendo un hijo de Dios llamado a la salvación.

Y esta mirada no sirve únicamente para observar a los demás. También necesitamos aprender a dirigirla hacia nosotros mismos.

Reconocer nuestra culpa no exige

convertirnos en nuestros verdugos.

Nos cuesta perdonarnos. A veces, muchísimo. Nos cuesta porque no aceptamos bien nuestras propias fragilidades. Nos avergüenzan determinados fallos y, para no enfrentarnos con ellos, podemos comenzar a justificarlos, ocultarlos, negarlos o cargar sobre otros la responsabilidad que nos corresponde.

Y puede ocurrir algo todavía más doloroso: terminamos enfadados con nosotros mismos. Nos castigamos interiormente, damos vueltas una y otra vez a lo sucedido y convertimos el remordimiento en una especie de tribunal permanente del que nunca salimos absueltos.

En el fondo, puede esconderse ahí una forma de orgullo. Nos habíamos imaginado mejores, más fuertes, quizá incluso más coherentes de lo que realmente somos; y cuando la realidad desmiente esa imagen, no soportamos bien descubrir nuestra fragilidad.

Aceptar nuestras debilidades no significa aprobarlas. Significa mirarlas sin disfraces. Quien vive reconciliado consigo mismo sabe que puede equivocarse. No por eso trivializa sus errores. Los reconoce, trata de reparar el daño causado y procura aprender de ellos. En lugar de quedarse encerrado en la culpa, intenta hacer que incluso una experiencia negativa se convierta en una ocasión de crecimiento.

Aprender a querernos de este modo resulta decisivo, porque quien no sabe tratar con misericordia sus propias heridas y equivocaciones encontrará más difícil tratar misericordiosamente las de los demás.

Pero perdonar a quien nos ha hecho daño puede ser todavía más complicado.Cuando hemos sufrido una traición, una humillación o una injusticia, y además tememos que aquello pueda repetirse, el dolor busca alivio. Queremos que deje de doler. Y entonces puede aparecer una idea tan antigua como comprensible: quizá me sentiré mejor si quien me hizo sufrir sufre también.

La venganza promete precisamente eso: aliviar el dolor devolviéndolo. La promesa parece sencilla: «Hazle sentir lo mismo y descansarás». Pero ¿descansamos realmente?

Hubo pensadores que consideraron el perdón una muestra de debilidad. Friedrich Nietzsche, por ejemplo, contempló el perdón desde una perspectiva profundamente crítica. En La genealogía de la moral denuncia una forma de moral que, a su juicio, puede convertir la impotencia en virtud: la incapacidad de devolver el daño pasa a llamarse bondad, la debilidad se reviste de paciencia y hasta la imposibilidad de vengarse puede recibir el nombre de perdón. Desde esa perspectiva, lo que parece grandeza moral podría ocultar, en algunos casos, falta de fuerza para responder a la ofensa.

También Sigmund Freud miró con profunda desconfianza las exigencias éticas que piden al ser humano dominar sin más su agresividad. En El malestar en la cultura cuestiona especialmente el mandato de amar al prójimo —y también al enemigo— cuando se presenta ignorando los límites y conflictos de la vida psíquica. A su juicio, imponer al yo exigencias que sobrepasan su capacidad puede terminar provocando rebelión, sufrimiento o incluso neurosis.

La psicología contemporánea, sin embargo, ha puesto de relieve que mantener durante mucho tiempo el odio, el rencor y el resentimiento no suele favorecer el equilibrio interior y puede terminar prolongando el sufrimiento de quien ha sido herido.

Pero quizá incluso esta cuestión se queda corta. La pregunta verdaderamente importante no es solo qué nos hace sentir mejor, sino qué nos hace más humanos.

¿Nos humaniza más la venganza o el perdón? ¿Nos hace crecer la satisfacción de ver sufrir a quien nos hizo daño, o la decisión de impedir que el mal recibido siga extendiéndose a través de nosotros?

Perdonar es impedir que

el daño continúe su viaje.

Ahí está una de las claves. Perdonar no transforma mágicamente en bueno aquello que estuvo mal. Tampoco borra sus consecuencias. Significa negarnos a convertirnos en una nueva prolongación del daño.

La venganza responde al mal produciendo otro mal. El perdón introduce algo distinto: rompe esa lógica.

Si lo más genuinamente humano se manifiesta en nuestra capacidad de amar, de ofrecer el bien y de salir de nosotros mismos incluso cuando no esperamos obtener ningún beneficio, entonces renunciar a la venganza no nos hace menos fuertes. Puede ser precisamente una de las expresiones más exigentes de nuestra humanidad.

He integrado la referencia a Lamec y la ley del talión de manera que no quede como un añadido histórico, sino como una verdadera progresión bíblica hacia la pregunta de Pedro.

La Biblia conoce bien

la espiral de la violencia.

La preocupación por contener el rencor y evitar que una ofensa desencadene otra todavía mayor no comienza con Jesús. La propia Escritura conserva memoria de un mundo en el que la venganza podía crecer sin medida. Uno de los textos más impresionantes aparece muy pronto, en el libro del Génesis, en el llamado canto de Lamec. Allí un hombre se gloría de haber respondido con la muerte a una herida y proclama una venganza «setenta y siete veces» mayor (cfr. Gn 4, 23-24). Es la imagen de una violencia que no conoce proporción: alguien hiere, otro responde con más fuerza, y cada represalia prepara la siguiente.

Vista desde ahí, la conocida ley del Talión —«ojo por ojo, diente por diente»— representa ya un paso importante. A nuestros oídos puede sonar dura, pero su finalidad era precisamente poner un límite a la represalia: la respuesta no podía superar el daño recibido (cfr. Ex 21, 23-25; Lev 24, 19-20; Dt 19, 21). No estamos todavía ante el perdón evangélico, pero sí ante un primer freno a esa lógica terrible según la cual una pequeña ofensa puede terminar desencadenando una violencia cada vez mayor.

Dios va educando lentamente

el corazón de su pueblo.

La tradición sapiencial dará todavía un paso más. Ya no se trata únicamente de limitar externamente la represalia, sino de trabajar aquello que sucede dentro del corazón. El libro de los Proverbios advierte contra esa tentación tan humana de pensar: «Me hizo daño; ahora yo le devolveré lo que se merece». E invita también a no alegrarse cuando cae el enemigo ni a disfrutar cuando la desgracia lo alcanza (cfr. Prov 24, 17.29).

El Sirácida / Eclesiástico, por su parte, da un paso todavía más explícito: invita a perdonar la ofensa al prójimo, a abandonar el odio y a no guardar rencor, vinculando además el perdón que ofrecemos con el perdón que nosotros mismos esperamos recibir de Dios (cfr. Sir 28, 1-7).

 

Se percibe así un verdadero camino pedagógico. Primero se intenta impedir que la violencia crezca sin medida; después se limita la represalia mediante la proporcionalidad; finalmente, la sabiduría de Israel comienza a entrar en el corazón mismo del conflicto y pregunta qué hacemos con el rencor, con el deseo de devolver el daño y hasta con esa secreta satisfacción que a veces puede producirnos ver caer a quien nos hirió. Poco a poco, la Escritura va preparando el terreno para comprender la novedad que Jesús llevará mucho más lejos: El mal no se vence produciendo una nueva dosis de mal.

También los maestros espirituales de Israel habían desarrollado caminos concretos para reparar las relaciones dañadas. Enseñaban que quien había ofendido a otra persona debía acudir a ella y pedirle perdón. Si la persona ofendida no aceptaba, podía volver acompañado por dos testigos y repetir ante ellos su petición. De ese modo quedaba manifiesto que había hecho cuanto estaba en su mano para reconstruir la paz.

Incluso se contemplaba una situación especialmente dolorosa: que la persona ofendida hubiera muerto antes de que pudiera producirse la reconciliación. En ese caso, quien había causado el daño debía acudir a su tumba, depositar allí una piedra y reconocer que había obrado mal contra ella.

Había, por tanto, una conciencia muy seria de que el mal cometido no podía despacharse con un simple «aquí no ha pasado nada». Pedir perdón implicaba reconocer la culpa, acercarse a quien había sufrido sus consecuencias y procurar reparar la relación en la medida de lo posible.

Sin embargo, aquel deber de perdonar conservaba todavía ciertos límites. Se entendía dentro del pueblo de Israel y no se concebía como una obligación indefinida. Según la enseñanza rabínica que sirve de trasfondo a nuestro texto, la persona ofendida debía perdonar hasta tres veces; ante una nueva reincidencia podía recurrir ya a las vías legales.

Y precisamente ahí aparece Pedro.

Pedro debía de haber comprendido que Jesús no se limitaba a repetir lo que todos conocían. Lo había escuchado hablar de los enemigos, de la misericordia, de la culpa y de una manera nueva de relacionarse con quien nos hace daño. Seguramente había percibido que, también en el terreno del perdón, Jesús estaba llevando a sus discípulos más allá de los límites habituales.

Tal vez por eso Pedro hace sus cuentas. Si los maestros hablaban de perdonar tres veces, quizá él piensa que puede ir bastante más lejos. Y se acerca a Jesús con una pregunta que, en el fondo, revela ya un deseo sincero de comprender dónde está el límite.

Pero la pregunta de Pedro no pertenece solamente a una discusión rabínica de hace dos mil años. Es una pregunta profundamente nuestra. Quien ha sufrido de verdad una traición, una injusticia o una herida seria termina haciéndosela alguna vez:

¿Hasta dónde puede llegar el perdón?  

         Pedro ya intuía que Jesús

quería ir mucho más lejos.

«En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete
».

Pedro había comprendido que, también en el terreno del perdón, Jesús pretendía superar los límites que habitualmente se consideraban razonables. Ya le había escuchado enseñar que, si un hermano pecaba repetidamente contra uno y volvía arrepentido, el perdón debía renovarse una y otra vez, hasta siete veces en un mismo día (cfr. Lc 17, 4). Y el siete, dentro del lenguaje bíblico, remite a la plenitud. La enseñanza comenzaba así a abrir una perspectiva desconcertante: el perdón no podía quedar encerrado en una simple contabilidad de ofensas.

Pero ahora Jesús va todavía más lejos. Ante la pregunta de Pedro, no responde simplemente «siete veces», sino «setenta veces siete» (cfr. Mt 18, 21-22). No se trata de sustituir un límite pequeño por otro muchísimo mayor, como si hubiera que llevar una libreta hasta llegar a cuatrocientas noventa ofensas. Si empezamos a contar, probablemente ya hemos perdido el sentido de la respuesta. Jesús está hablando de un perdón que renuncia precisamente a poner un número como frontera.

Jesús invierte la vieja aritmética

de la venganza.

La expresión evoca un episodio muy antiguo del Génesis: el canto de Lamec, descendiente de Caín y primer personaje del relato bíblico al que se presenta con dos mujeres. Lamec se jacta ante ellas de responder a la ofensa con una violencia absolutamente desproporcionada: presume de matar por una herida y lleva hasta el extremo la lógica de la represalia, proclamando para sí una venganza multiplicada sin medida (cfr. Gn 4, 23-24).

Es una escena inquietante porque muestra hasta dónde puede llegar el mal cuando cada golpe reclama otro mayor. La violencia ya no busca siquiera restablecer una proporción; se convierte en orgullo, en exhibición de fuerza, casi en motivo de gloria.

Y ahí adquiere toda su fuerza la respuesta de Jesús. Frente a la desmesura de Lamec, que multiplica la venganza, Jesús propone otra desmesura completamente distinta: multiplicar el perdón.

Donde Lamec multiplica la venganza,

Jesús multiplica el perdón.

La pretensión de Jesús es verdaderamente radical. Aquella sed ilimitada de revancha que representa Lamec debe ser sustituida, en el discípulo, por una disposición igualmente ilimitada a perdonar. Es como si Jesús tomara aquella antigua fórmula de violencia y le diera la vuelta: lo que antes parecía no tener límite era la represalia; ahora lo que no debe encerrarse dentro de un límite es el perdón.

No significa trivializar la injusticia ni afirmar que el mal carece de consecuencias. Significa introducir en el mundo una lógica nueva: Que la ofensa recibida no determine necesariamente la respuesta que damos. El discípulo no está condenado a reproducir el mal que ha sufrido.

Jesús sabe que una afirmación así necesita ser comprendida desde dentro. Por eso no se limita a formular un principio. Hace algo que tantas veces hace en el Evangelio cuando quiere llevarnos un poco más lejos: cuenta una historia.

Para enseñarnos qué significa perdonar,

Jesús cuenta una parábola.

Y será precisamente esa parábola la que nos permita descubrir qué hay en el fondo de este «setenta veces siete», de dónde puede nacer semejante capacidad de perdonar y por qué Jesús la considera esencial para sus discípulos.

La deuda es tan desmesurada

que resulta imposible pagarla.

«Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda».

La primera escena de la parábola nos lleva al palacio de un rey que decide ajustar cuentas con sus servidores. Entre ellos aparece uno que le debe «diez mil talentos», una cantidad deliberadamente desorbitada. No estamos ante una deuda simplemente grande. Jesús escoge una cifra capaz de producir vértigo, casi absurda por su enormidad: ningún servidor podía haber acumulado una deuda semejante.

Conviene recordar que el talento no era propiamente una moneda, sino una unidad de peso y de valor. Si intentáramos traducir esos diez mil talentos a una imagen material, estaríamos hablando de una cantidad gigantesca, cercana a centenares de toneladas de metal precioso. Para transportarla haría falta una interminable caravana de vehículos cargados, extendida durante kilómetros. La comparación puede parecernos exagerada, pero precisamente eso busca la parábola: que comprendamos que la deuda está fuera de toda proporción humana.

Hay otra comparación que permite captar mejor la magnitud. Los ingresos anuales de todo el reino de Herodes el Grande se calculaban en torno a centenares de talentos; aquí, en cambio, un solo servidor aparece debiendo diez mil. No estamos ante una cifra que Jesús espere que calculemos con precisión. La exageración forma parte del mensaje: esa deuda no se paga. Es humanamente inabarcable.

Y entonces ocurre lo sorprendente. El rey no negocia una rebaja, no establece un calendario de pagos y ni siquiera reduce parcialmente la cantidad. Simplemente cancela la deuda.

Cuando Dios perdona,

no lo hace con una calculadora en la mano.

En la figura del rey podemos reconocer al Padre del cielo. Los diez mil talentos quieren hacernos comprender algo esencial: El perdón de Dios no puede medirse con nuestras pequeñas unidades de cálculo. Ante una deuda imposible de saldar, su respuesta no es calcular cuánto queda por cobrar, sino abrir un camino inesperado.

Los verbos utilizados por el evangelista ayudan a entrar más profundamente en la escena. En griego lo expresa de este modo: «μακροθύμησον ἐπ’ ἐμοί, καὶ πάντα ἀποδώσω σοι» (makrothýmeson ep’ emoí, kaì pánta apodóso soi), que traducido significa; «Ten paciencia conmigo, y todo te lo devolveré». La frase es muy reveladora. El siervo no pide que le perdonen la deuda; pide tiempo. Sigue pensando dentro de la lógica de la deuda y del pago: «espera un poco más y te devolveré todo». Pero el rey hace algo mucho mayor de lo que él se atreve a pedir. No aplaza la deuda: la perdona por completo. El siervo pide paciencia; el rey responde con misericordia.

El servidor se arroja a los pies del rey y le suplica: μακροθύμησον (makrothýmeson) ἐπ’ ἐμοί, «ten paciencia conmigo». El verbo μακροθυμέω (makrothyméō) encierra una imagen especialmente expresiva: Habla de quien sabe contenerse, de quien no se deja vencer enseguida por la indignación, de quien tiene, por así decirlo, un ánimo largo y una paciencia que no se agota a la primera. El deudor solo pide tiempo; sigue pensando que, si el rey espera lo suficiente, podrá pagarle todo. Pero todavía no ha comprendido lo que está a punto de suceder: Pide paciencia y recibirá muchísimo más, porque el rey no aplazará simplemente la deuda; se la perdonará por entero.

Mateo utiliza entonces un verbo extraordinariamente expresivo: σπλαγχνισθείς (splagnistheís), de σπλαγχνίζομαι (splagnízomai). Significa «conmoverse profundamente», «sentir compasión desde las entrañas». El texto dice: σπλαγχνισθεὶς δὲ ὁ κύριος τοῦ δούλου ἐκείνου ἀπέλυσεν αὐτόν, καὶ τὸ δάνειον ἀφῆκεν αὐτῷ (splagnistheìs dè ho kýrios toû doúlou ekeínou apéleftsen autón, kaì tò dáneion aphêken autô): «Entonces, movido por una profunda compasión hacia aquel siervo, el señor lo dejó marchar y le perdonó la deuda».

Y ahí está lo sorprendente. El siervo había pedido tiempo para pagar; el señor le concede mucho más: le libera de la deuda. Pide paciencia y recibe misericordia. El perdón del rey no nace de un cálculo ni de una negociación, sino de una conmoción profunda ante aquel hombre que tiene delante. No se trata de una compasión distante, de mirar desde arriba a alguien que está en apuros. La palabra remite a las entrañas, a una conmoción que nace de lo más profundo de la persona. El sufrimiento del otro deja de ser algo ajeno.

Es el mismo lenguaje que encontramos en la escena del buen samaritano. Cuando aquel hombre descubre al herido abandonado junto al camino, no se limita a observarlo: algo se mueve dentro de él y el dolor ajeno lo alcanza por dentro (cfr. Lc 10, 33). Esa es la verdadera empatía: No contemplar desde lejos el sufrimiento del otro, sino dejar que nos afecte.

Detrás de esta imagen encontramos también una resonancia muy hermosa del lenguaje hebreo. רַחוּם (raḥúm) expresa la compasión misericordiosa, y está relacionado con רֶחֶם (réḥem), el seno materno. La misma familia de palabras permite expresar la misericordia de Dios con una imagen entrañable, casi maternal: un amor que brota de las entrañas y que no deja de reconocer al hijo como hijo.

Una madre puede sufrir profundamente por lo que ha hecho uno de sus hijos; puede reprobar con toda claridad su conducta e incluso experimentar dolor y vergüenza por ella. Pero, cuando lo mira, no ve solamente «al que cometió ese crimen». Sigue viendo a su hijo.

La parábola quiere grabar en nosotros precisamente esta convicción: El pecado puede deformar profundamente nuestra vida, pero no consigue agotar el amor de Dios por nosotros.

Dios condena el mal porque ama demasiado

a quien lo sufre y a quien lo comete.

Decir que Dios perdona sin medida no significa afirmar que para él el mal sea indiferente, sino todo lo contrario. El mal y el pecado desfiguran la vida de sus hijos y, precisamente por eso, Dios los toma radicalmente en serio. Amar no consiste en llamar bueno a lo que destruye.

Pero una cosa es condenar el mal y otra reducir para siempre a una persona al mal que ha cometido.

Esta distinción resulta decisiva. Dios no necesita aprobar nuestros errores para continuar amándonos. La Biblia recurre a imágenes de enorme fuerza para expresar su perdón: habla de Dios que arroja nuestros pecados detrás de su espalda (cfr. Is 38, 17), que ya no los recuerda (cfr. Is 43, 25; Jer 31, 34), que aleja nuestras culpas como dista el oriente del occidente (cfr. Sal 103, 12) y que incluso arroja nuestros pecados al fondo del mar (cfr. Miq 7, 19). Son distintas maneras de expresar una misma certeza: en el corazón de Dios no habita el deseo de revancha. No está esperando el momento oportuno para cobrarse lo pendiente. El salmista lo expresa con una claridad extraordinaria: Dios no está siempre acusando ni conserva para siempre su enojo, y no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas (cfr. Sal 103, 9-10). También el profeta Miqueas contempla a un Dios que se complace en la misericordia y no mantiene para siempre su ira (cfr. Miq 7, 18).

La imagen que Jesús nos ofrece del Padre no es la de un acreedor que conserva cuidadosamente todas nuestras deudas hasta encontrar ocasión de pasarnos la factura. En la propia parábola, el señor, movido por compasión, deja marchar al siervo y le perdona por completo aquella deuda imposible. Jesús revela así a un Dios que no envía a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo (cfr. Jn 3, 16-17), y cuya misericordia queda admirablemente reflejada en el padre que corre al encuentro del hijo perdido, lo abraza y lo recibe de nuevo en casa (cfr. Lc 15, 20-24). En su corazón está el amor. Y precisamente porque ama, quiere liberar al ser humano del mal, no aplastarlo bajo su peso.

Eso es lo que Jesús revela con toda su vida: El verdadero rostro de Dios se comprende desde el amor.

Solo cuando comenzamos a acoger esta imagen podemos entender la exigencia del perdón que Jesús propone a sus discípulos. Porque sería muy difícil aprender a perdonar sin medida mientras imaginamos, en lo más profundo, a un Dios que lleva cuidadosamente la cuenta de nuestras ofensas y espera el momento del ajuste definitivo.

Por eso la parábola no empieza diciéndonos simplemente: «Perdona». Antes nos muestra cómo somos perdonados.

Y quizá aquí podamos detenernos un momento y preguntarnos: ¿Qué imagen de Dios llevamos realmente dentro? No la que repetimos en el Credo ni la que sabemos explicar correctamente, sino la que aparece espontáneamente cuando nos equivocamos, cuando pecamos o cuando sufrimos las consecuencias de nuestras propias decisiones.

¿Imaginamos a un Padre cuyo deseo es recuperarnos, o a un juez que está esperando poder cobrarse lo que le debemos? ¿Queremos parecernos al Padre del cielo, que no deja de amar a sus hijos aun cuando se pierden, o preferimos reservarnos siempre una última posibilidad de revancha?

Y todavía podemos hacernos otra pregunta. La forma en que tratamos a quienes se equivocan dice mucho del Dios en quien realmente creemos. Nuestra manera de mirar al culpable, al que nos decepciona, al que falla una vez más, puede revelar qué rostro de Dios llevamos dentro.

¿A qué Dios queremos parecernos?

Al llegar aquí puede surgir una objeción comprensible. Alguien podría decir: «Pero en el Antiguo Testamento encontramos también textos en los que Dios aparece severo, castiga, se irrita, se venga o no deja impune el mal». Es verdad: esos textos existen y forman parte de la Escritura.

Para comprenderlos necesitamos recordar una clave fundamental de lectura bíblica: La revelación del rostro de Dios se desarrolla progresivamente.

La Biblia no cayó del cielo como un libro terminado de una sola vez. En sus páginas encontramos el largo camino de un pueblo que, acompañado por Dios, va descubriendo poco a poco quién es él. Hay etapas, comprensiones parciales, imágenes todavía marcadas por la mentalidad de una época y descubrimientos que van madurando a lo largo de siglos.

La Escritura conserva las huellas de ese recorrido. La plenitud de ese camino se nos ofrece en Jesús de Nazaret. En él contemplamos el rostro definitivo de Dios. Él es quien nos permite releer todo lo anterior y comprender hacia dónde se dirigía aquella larga historia: hacia la revelación de un Dios cuyo amor no se agota.

Por eso no podemos detenernos a mitad del camino bíblico y convertir una imagen parcial en la última palabra sobre Dios. Para el cristiano, el criterio definitivo es Jesús.

Y el Dios que Jesús nos muestra es precisamente el rey de la parábola que cancela una deuda de diez mil talentos.

No porque aquella deuda carezca de importancia, sino porque el amor del rey es mayor que ella.

No hay deuda capaz de agotar su misericordia.

Antes de preguntarnos cuánto debemos perdonar,

Jesús nos hace mirar

cuánto hemos sido perdonados.

Llegados a este punto, la primera escena de la parábola ha cumplido su función. Hemos contemplado una deuda imposible y un perdón todavía más desmesurado. Hemos entrado, aunque sea un poco, en la amplitud del corazón de ese rey.

Ahora, para captar toda la fuerza de la parábola, Jesús nos conduce a otro escenario. Hagamos, por un momento, un pequeño ejercicio de imaginación. Dejemos a un lado todo lo que acaba de ocurrir en el palacio. Imaginemos que no sabemos nada de los diez mil talentos, que no hemos visto al servidor de rodillas ni hemos contemplado al rey perdonándole una deuda imposible.

Supongamos que la historia comienza ahora. Porque fuera del palacio nos espera la segunda escena.

La historia cambia por completo

cuando olvidamos lo que ocurrió antes.

«Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía».

Imaginemos, por un momento, que la parábola comienza aquí, como si nada hubiera sucedido antes en el palacio. Tenemos sencillamente a dos servidores del mismo señor. Uno es acreedor; el otro le debe cien denarios y no puede pagarle.

Cien denarios no eran una cantidad insignificante. Representaban aproximadamente el salario de varios meses de trabajo. Es decir, se trataba de una deuda real, suficientemente importante como para crear problemas serios a quien esperaba cobrarla. No estamos, por tanto, ante una pequeña cantidad que pudiera olvidarse sin más.

El acreedor encuentra a su compañero por la calle, le exige el pago, lo agarra por el cuello y comienza a estrangularlo. Como el otro no tiene con qué pagar, termina denunciándolo y consigue que sea encarcelado. Era una de las formas en que podían resolverse entonces las deudas impagadas.

Y aquí surge una pregunta incómoda: ¿Está haciendo algo injusto al reclamar lo que le pertenece?

Si contempláramos únicamente esta escena, podríamos sentirnos tentados a responder que no. El dinero era suyo y tenía derecho a recuperarlo. También él tendría sus necesidades, su familia, sus proyectos, quizá compromisos que dependían precisamente de aquel dinero. Podría haber sido más paciente, aceptar un aplazamiento o conceder alguna facilidad; pero su reclamación, considerada aisladamente, parecía legítima.

Además, el compañero le suplica utilizando prácticamente las mismas palabras que él había pronunciado poco antes: μακροθύμησον ἐπ’ ἐμοί (makrothýmeson ep’ emoí), «ten paciencia conmigo».

Podría haber esperado. Podría haber sido comprensivo. Sin embargo, exige hasta el final aquello que se le debe.

Y aquí está el verdadero punto

de la parábola.

Quien desconoce lo ocurrido anteriormente en el palacio puede mirar al acreedor y pensar: «Está en su derecho». Desde una justicia entendida únicamente como correspondencia estricta entre deuda y pago, su comportamiento puede incluso parecer razonable.

Pero quien conoce la primera escena ya no puede mirar de la misma manera.

Porque nosotros sabemos algo que transforma por completo el juicio sobre este hombre: Acababa de salir del palacio después de que le hubieran perdonado una deuda incomparablemente mayor. Ahí se encuentra la diferencia.

El cristiano es precisamente quien conoce la primera parte de la historia. Ha descubierto algo del corazón de Dios y sabe que su propia vida está sostenida por un perdón que no podría pagar ni merecer. Conoce al Padre que perdona los diez mil talentos y comprende que, si quiere parecerse a él, no puede relacionarse con sus hermanos como si nunca hubiera experimentado esa misericordia.

Jesús no está proponiendo simplemente una versión más generosa de la justicia humana. Está introduciendo una manera distinta de mirar al otro: Quien ha experimentado el perdón de Dios ya no puede comportarse como si su propia historia comenzara en el momento en que alguien le debe algo.

Quien no conoce esa primera parte de la historia podrá razonar exclusivamente desde la justicia de la deuda: «Me lo debe; por tanto, puedo exigirlo». Pero el discípulo lleva consigo otra memoria: también él vive porque alguien le perdonó primero.

El rencor puede convertirse

en una mano permanentemente

apoyada sobre el cuello del otro.

La imagen que utiliza la parábola es durísima, pero extraordinariamente expresiva. El acreedor agarra al deudor por el cuello y le corta la respiración. Y esa escena puede convertirse fácilmente en una imagen de lo que sucede entre nosotros cuando una culpa pasada permanece siempre disponible para ser utilizada contra quien la cometió.

Pensemos, por ejemplo, en una relación de pareja herida por una traición. Quien ha sufrido la ofensa puede conservar durante años una especie de poder sobre el otro. Basta una discusión, una insinuación, una alusión a aquello que ocurrió para volver a colocar simbólicamente las manos alrededor de su cuello: recordarle lo que hizo, devolverle la culpa, impedirle respirar con libertad.

La herida fue real. La traición no deja de ser una traición. Pero puede suceder que aquella culpa termine convirtiéndose en un instrumento permanente de dominio: «Yo tengo algo contra ti y puedo recordártelo cuando quiera».

Y, de alguna manera, siempre habrá quien diga: «Tienes derecho. Que pague. Después de lo que hizo, se lo merece».

Pero quien conoce la primera escena de la parábola escucha esas palabras de otra manera.

El bautizado no puede olvidar

de qué palacio acaba de salir.

Nosotros conocemos la primera escena. Sabemos que vivimos de una misericordia recibida antes de ser ofrecida. Por el bautismo hemos recibido una vida nueva y hemos sido llamados a reflejar algo del modo de amar del Padre. Si queremos utilizar la imagen del predicador, llevamos de algún modo impresa su marca, como un «ADN» espiritual que nos orienta hacia otra lógica.

No se trata de negar la justicia ni de fingir que el mal carece de importancia. Se trata de comprender que, para el discípulo, la justicia no puede agotarse en hacer pagar al otro exactamente lo que debe. Después de haber conocido el corazón del Padre, se abre ante nosotros una justicia distinta: la justicia atravesada por el amor y por la misericordia.

La pregunta deja entonces de ser únicamente: «¿Qué me debe esta persona?» y empieza a convertirse también en otra: «¿Qué he recibido yo gratuitamente antes de exigir que el otro me pague?».

La parábola todavía no ha terminado. Nos queda una tercera escena.

La última escena es dura,

pero su lenguaje necesita ser entendido.

«Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

El final de la parábola resulta inquietante. Aparecen el castigo, la entrega a los verdugos y unas imágenes que pueden chocarnos. Conviene recordar que Jesús habla con el lenguaje religioso de su tiempo. La literatura rabínica conocía bien este tipo de escenas dramáticas, en las que el malvado recibía un castigo severo. Jesús se sirve de imágenes familiares para quienes lo escuchaban; pero el centro de la parábola no consiste en ofrecernos una descripción literal de cómo actúa Dios con quien no perdona.

Por eso sería un error utilizar este relato únicamente para asustar o culpabilizar. A veces esta parábola se presenta con una comparación muy sencilla: «Dios te perdona tantas cosas; ¿cómo vas a negarte tú a perdonar una ofensa pequeña?». La idea contiene algo verdadero, pero puede quedarse corta si todo se reduce a comparar cantidades de pecados y ofensas. No siempre nos sentimos deudores de «diez mil talentos»; de hecho, solemos recordar con mucha más facilidad el daño que hemos recibido que nuestras propias faltas. Por eso la parábola quiere llevarnos más lejos: no pretende aplastarnos con una cuenta imposible, sino mostrarnos primero la desmesura del perdón de Dios y preguntarnos qué sucede en nosotros cuando realmente llegamos a conocerlo.

Pero la parábola no pretende que comparemos nuestras faltas con una enorme montaña de pecados para hacernos sentir culpables. 

Antes de hablarnos de nuestro perdón,

Jesús nos muestra el rostro del Padre.

Ese es el corazón del relato. Jesús coloca ante nuestros ojos a un Padre cuya misericordia no se calcula: El rey perdona una deuda de diez mil talentos, una cantidad imposible de devolver. Y después nos invita a que esa experiencia vaya transformando nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Estamos llamados a ser misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso. Si vivimos aferrados al resentimiento y convertimos la culpa ajena en una deuda que nunca dejamos de cobrar, nuestra conducta deja de transparentar aquello que hemos conocido de Dios. La cuestión no es que dejemos de ser hijos, sino que la semejanza con el Padre se vuelve difícil de reconocer en nuestra manera de vivir.

San Pablo retrata con una hondura extraordinaria esta manera de amar en el himno a la caridad. El amor, dice, no lleva cuentas del mal recibido, no se alegra de la injusticia y es capaz de disculpar, confiar, esperar y perseverar (cfr. 1 Cor 13, 4-7). Por eso no convierte la falta del otro en un expediente que se abre cada vez que surge un conflicto, ni utiliza su pasado para mantenerlo permanentemente bajo acusación. Amar significa también dejar abierta una puerta: creer que una persona no queda definitivamente reducida a su peor error y que todavía puede cambiar, levantarse y recomenzar.

El perdón puede convertirse

en una manera de hacer visible a Dios.

Imaginemos ahora a un cristiano que llega a vivir de esta manera. Alguien lo observa y descubre que, habiendo sido herido, no busca vengarse; que no utiliza la culpa del otro para mantenerlo sometido; que es capaz de perdonar sin estar calculando continuamente cuánto merece el otro.

Quizá quien lo contempla no comparta su fe. Pero podría terminar preguntándose: «¿Por qué actúa así? ¿Por qué no responde como respondería yo? ¿De dónde saca esa manera de mirar a quien le ha hecho daño? ¿Habrá descubierto algo que yo todavía no conozco?».

Y si alguna vez esas preguntas llegaran hasta nosotros, quizá no necesitaríamos empezar con una larga explicación teológica.

Bastaría contarle la primera escena de la parábola.

Hablarle de aquel rey ante quien compareció un hombre con una deuda imposible. Contarle que pidió solamente un poco más de tiempo y recibió algo infinitamente mayor: la deuda entera quedó perdonada.

Porque esa es la parte de la historia que el discípulo de Jesús conoce.

Quien ha conocido el corazón del Padre

empieza a mirar de otra manera a sus hermanos.

Tal vez ahí se encuentre una de las formas más hermosas de anunciar el Evangelio: que alguien contemple nuestra manera de tratar a quien se equivoca y llegue a sospechar que detrás de ella existe un Dios distinto del que imaginaba.

Un Dios cuyo rostro hemos aprendido a reconocer en Jesús.

Y entonces la pregunta final de la parábola ya no sería solamente: «¿Cuánto tengo que perdonar?», sino algo mucho más profundo: Cuando alguien mira mi manera de perdonar, ¿puede entrever algo del rostro del Padre?


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