sábado, 5 de septiembre de 2026

Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, ciclo a | Mt 18, 15-20

 ¿Cómo corregir a un hermano que se está equivocando sin humillarlo, juzgarlo ni convertir su caída en tema de conversación? En esta homilía sobre Mateo 18,15-20, Jesús propone un camino de corrección fraterna cuyo objetivo no es ganar una discusión, sino «ganar al hermano»: acercarse primero a él a solas, proteger su dignidad, decir la verdad buscando su bien y no abandonarlo si el primer intento fracasa. El Evangelio conduce así desde la responsabilidad personal hasta la comunidad cristiana, el discernimiento, el «atar y desatar» y la oración compartida. Todo nace de una convicción decisiva: Dios no quiere perder a ninguno de sus hijos y también nosotros podemos convertirnos en instrumentos de su cuidado para ayudar a otro a recuperar el camino de la vida.

Homilía del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 18, 15- 20 —«díselo a la comunidad».  

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Hay una manera de entender el pecado que está bastante extendida y que puede acabar deformando tanto nuestra relación con Dios como nuestra manera de vivir. Lo percibo con frecuencia cuando durante una homilía o en ámbito de la confesión sacramental, aparece una de las grandes noticias del Evangelio: Dios ama incondicionalmente a cada uno de sus hijos, también al que ha equivocado muchas decisiones, al que contempla su propia historia y piensa que apenas queda nada que salvar. El Evangelio nos permite descubrir que ni siquiera entonces Dios deja de ser Padre. Su amor no desaparece cuando nosotros nos perdemos. Precisamente para revelarnos esta noticia ha venido el Hijo de Dios.

Y, sin embargo, resulta curioso: esta buena noticia no siempre provoca alegría. Alguna vez, después de escuchar hablar así de Dios, alguien responde: «Entonces, si Dios no castiga ni hace pagar al que peca, también yo voy a empezar a disfrutar de la vida». Y ahí, precisamente ahí, aparece el equívoco.

El pecado no es una felicidad

prohibida por Dios.

Detrás de esa reacción se esconde una idea muy particular: imaginar que pecar consiste en hacer algo estupendo, algo que proporciona alegría, placer y plenitud, pero que Dios, por alguna misteriosa razón, ha decidido prohibir. Como si Dios estuviera mirando desde arriba mientras nosotros disfrutamos, esperando después el momento de presentarnos la factura.

Detrás de esa reacción se esconde una idea bastante engañosa: imaginar que pecar consiste en hacer algo estupendo, algo que proporciona alegría, placer o ventaja, pero que Dios, por alguna misteriosa razón, ha decidido prohibir. Como si Dios estuviera mirando desde arriba mientras nosotros disfrutamos y esperara después el momento de presentarnos la factura.

Pero la vida cotidiana nos muestra que muchas veces el problema no está en que algo «nos guste», sino en el precio que otros terminan pagando por aquello que a nosotros nos resulta cómodo, divertido o beneficioso. Puede ser algo tan sencillo como no colaborar en casa por pura pereza, quedarse descansando mientras otra persona asume sola la limpieza, la comida y todas las tareas, incluso encontrándose mal o soportando dolores. Yo disfruto de mi comodidad; alguien carga con ella.

Puede suceder también cuando participamos encantados en una conversación en la que se ridiculiza o se habla mal de alguien que no está presente. Nos reímos, hacemos grupo, pasamos un rato entretenido; pero para divertirnos hemos convertido la dignidad y la fama de otra persona en materia de conversación. O cuando mentimos para evitar una consecuencia incómoda y dejamos que otro cargue con la responsabilidad. O cuando preferimos una y otra vez el teléfono, la televisión o nuestros propios asuntos antes que prestar atención a alguien cercano que necesita ser escuchado. Todo eso puede resultar agradable o cómodo para nosotros y, sin embargo, ir dejando heridas alrededor.

A veces la situación es todavía más grave. Se pueden deformar deliberadamente unos hechos para volverlos más sensacionalistas, porque así una historia atrae más lectores, vende más ejemplares o produce mayores ingresos. Quien escribe puede ganar dinero, notoriedad o reconocimiento; incluso puede sentirse satisfecho por el éxito conseguido. Pero si para lograrlo ha tergiversado la realidad y ha dañado injustamente la buena fama de una persona inocente, ese beneficio personal se ha construido sobre el perjuicio de otro. El problema no es que Dios tenga algo contra vender libros o ganar dinero. El problema es convertir la verdad y la reputación de una persona en mercancía al servicio del propio beneficio.

Por eso conviene desconfiar de una idea demasiado simple: «Si me gusta, si me beneficia o si me hace sentir bien, entonces no puede ser tan malo». No siempre es así. Podemos disfrutar de algo que, al mismo tiempo, está dañando seriamente a otra persona y deformándonos también a nosotros por dentro.

Ahí empieza a verse qué significa realmente el pecado. No es una especie de fiesta que Dios quiere estropearnos. Es una manera de buscar nuestro bien, nuestro placer o nuestra ventaja sin mirar suficientemente el bien del otro, y a veces incluso utilizándolo para conseguirlos. Puede ofrecernos una satisfacción inmediata, pero esa satisfacción quizá esté enseñándonos poco a poco a ser más egoístas, más indiferentes, menos justos y menos capaces de amar.

Entonces la pregunta cambia. Ya no es simplemente: «¿Dios me castigará por hacer esto?». La pregunta más seria es: ¿Qué le está haciendo esto a la persona que tengo delante, y qué está haciendo conmigo mientras lo hago?

Esa imagen de creer que Dios nos estropea lo que más nos gusta —que suele coincidir con el pecado— necesita ser corregida. No es Dios quien espera al final para hacernos pagar. El pecado lleva dentro sus propias consecuencias y empieza a herirnos ahora. Puede proporcionar una satisfacción inmediata, incluso intensa, pero eso no significa que nos haga bien. Hay placeres que duran unos minutos y dejan detrás una persona más vacía, más dependiente, menos libre. Algo parecido a la droga, capaz de ofrecer un instante de euforia mientras va deteriorando lentamente a quien la consume.

Por eso Dios nos advierte. No porque quiera impedirnos vivir, sino precisamente porque nos ama. Nos señala aquello que puede terminar haciéndonos menos humanos. Pensemos en cosas muy concretas: la violencia, el adulterio, el robo, la mentira. La pregunta no es simplemente: «¿Está prohibido?». La pregunta más profunda es otra: ¿en qué clase de persona me convierte esto? ¿Me hace crecer por dentro o me va encogiendo?

Todos buscamos alegría. Todos deseamos una vida plena. Ese impulso está inscrito en nosotros. Pero podemos equivocarnos acerca del camino que conduce hasta ella.

A veces apuntamos a la felicidad

y erramos el blanco.

El término hebreo חָטָא (ḥaṭá) expresa la idea de errar el blanco. La imagen es muy sugerente: como una flecha que se lanza hacia un objetivo, pero no consigue alcanzarlo.

La imagen es sugerente porque quien peca tampoco desea necesariamente ser desgraciado. Al contrario, ya que busca algo que cree que le dará felicidad. Apunta hacia la alegría, pero el camino elegido no consigue llevarlo hasta allí. La flecha sale; el blanco permanece lejos.

Y muchas veces existe una señal interior que nos permite advertirlo: ese regusto amargo que ciertas decisiones dejan dentro de nosotros. Estamos hechos para la alegría y, cuando nuestra manera de vivir se aleja de aquello que puede verdaderamente humanizarnos, algo empieza a desajustarse por dentro.

Podemos intentar no escucharlo. Podemos llenar la vida de distracciones, evasiones, ruido, intereses pasajeros. Podemos mantenernos continuamente ocupados para no encontrarnos con nosotros mismos. Incluso unos auriculares pueden convertirse, de vez en cuando, en una magnífica estrategia para no escuchar demasiado lo que sucede dentro —y no siempre precisamente por culpa de la música—.

Pero cuando llega un poco de silencio y nos atrevemos a permanecer en él, quizá aparezca una pregunta incómoda y, al mismo tiempo, saludable: ¿la manera en que estoy viviendo me conduce realmente hacia aquello que deseo?

La Palabra de Dios no pretende arruinarnos la fiesta. Quiere ayudarnos a no confundir un placer momentáneo con la felicidad que puede sostener una vida entera.  

Dios no es el verdugo

que espera al final del camino.

Esta es también una catequesis que merece la pena transmitir a nuestros hijos y nietos. Quizá durante demasiado tiempo hemos resumido todo diciendo: «No hagas eso, porque Dios te castigará». Pero el problema es más serio y más inmediato. Hay elecciones con las que podemos comenzar a malgastar hoy nuestra propia vida.

El libro de Job formula una pregunta sorprendente: si el ser humano peca, ¿qué daño puede hacerle realmente a Dios?; si multiplica sus faltas, ¿qué puede quitarle? (cfr. Jb 35, 6). El pecado daña ante todo a quien lo comete y, naturalmente, sus consecuencias pueden alcanzar también a otras personas. Nuestros errores rara vez quedan encerrados únicamente dentro de nosotros.

Por eso conviene revisar esa representación de un Dios que contempla cómo su hijo se ha herido y después decide añadirle todavía un castigo. Si alguien ya se ha hecho daño alejándose del camino de la vida, ¿qué sentido tendría imaginar a un Padre empeñado en aumentar su sufrimiento?

Cuando proyectamos sobre Dios nuestros mecanismos de represalia, nuestros resentimientos y nuestras maneras humanas de ajustar cuentas, podemos acabar fabricando un rostro de Dios que poco tiene que ver con el Evangelio: un Dios susceptible, ofendido, pendiente de la infracción, que solo vuelve a tranquilizarse cuando conseguimos aplacarlo.

Jesús no nos presenta al Padre de esa manera. Dios no queda disminuido por nuestro pecado. Lo que el pecado toca es su amor por nosotros: le importa que nos perdamos porque nosotros le importamos. No disfruta viendo nuestro fracaso; sufre nuestro extravío porque conoce aquello para lo que hemos sido creados.

Y esto cambia profundamente la perspectiva. Ya no se trata de vivir asustados pensando en el castigo que podría llegar algún día, sino de abrir los ojos a aquello que determinadas decisiones están haciendo con nosotros ahora.

Quien conoce su propia fragilidad

aprende a mirar de otra manera.

Todo esto no significa que podamos hablar del pecado como espectadores situados fuera del problema. Todos conocemos nuestras fragilidades. Todos hemos experimentado momentos en los que nos cuesta confiar en la Palabra de Dios y preferimos escuchar otras voces, incluso esa «serpiente» interior que sabe sugerir caminos aparentemente más fáciles.

De ahí aquella frase tan humana: «Todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro». Reconocer nuestra propia debilidad puede hacernos humildes y también más comprensivos con la debilidad de los demás. Cuando uno sabe cuántas veces ha errado personalmente el blanco, resulta más difícil contemplar desde arriba al que acaba de equivocarse.

Y entonces llegamos a la pregunta verdaderamente importante. Si el pecado consiste en alejarnos del camino que conduce a la vida, ¿qué hace Dios cuando uno de sus hijos se aleja de Él?

La respuesta aparece precisamente en el versículo que precede inmediatamente al Evangelio que vamos a escuchar. Y merece la pena detenernos ahí, porque quizá descubramos algo decisivo sobre Dios: no solo qué piensa del que se pierde, sino qué hace cuando uno de sus hijos comienza a alejarse.

         Cuando un hijo se pierde,

lo primero es devolverlo a la vida.

 

«Del mismo modo vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno sólo de estos pequeños»

¿Qué sucede en una madre cuando un hijo enferma, ya sea físicamente o en lo más profundo de su vida? Toda su atención se concentra en una sola cosa; en ayudarlo a recuperarse. Incluso si él mismo ha contribuido con sus decisiones a llegar hasta allí, en ese momento eso deja de ser lo principal. La madre no está pensando en ajustar cuentas; quiere verlo nuevamente en pie, verlo volver a la vida.

Y aun así, el amor de una madre apenas puede ofrecernos una imagen pálida del amor del Padre del cielo. Si una madre se desvive por rescatar a su hijo del sufrimiento, cuánto más Dios, que ama infinitamente a los suyos, busca conducir de nuevo hacia la alegría al hijo que se ha apartado del camino.

¿Y qué sucede cuando logra recuperarlo? El cielo se llena de fiesta.

Salvar significa también rescatarnos

de aquello que nos va destruyendo

La primera carta a Timoteo expresa con una claridad preciosa cuál es el deseo de Dios: «Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (cfr. 1 Tim 2, 3-4).

Conviene detenernos en ese «que se salven», porque fácilmente podemos entender la salvación únicamente como algo que sucederá al final de nuestra vida: morir, llegar ante Dios y entrar en el cielo. Pero aquí la mirada es más amplia. Dios quiere salvar nuestra vida ya ahora. Salvar significa también rescatarnos de aquello que nos va destruyendo, sacarnos de los caminos que terminan haciéndonos daño y conducirnos hacia una manera de vivir más verdadera, más libre y más humana.

Pensemos en alguien que vive dominado por el resentimiento, la mentira, una relación que destruye a los demás o una forma de egoísmo que lo va dejando cada vez más solo. La salvación no consiste únicamente en preguntarse qué ocurrirá con esa persona después de la muerte. Dios quiere alcanzarla hoy, precisamente allí donde su vida se está perdiendo, para ayudarla a recuperar el camino de la alegría.

Por eso «llegar al conocimiento de la verdad» no significa simplemente aprender unas cuantas verdades religiosas. En este contexto, la verdad tiene que tocar la existencia: descubrir qué caminos conducen realmente a la vida y cuáles, aunque prometan felicidad, terminan alejándonos de ella.

Así se entiende mejor lo que venimos diciendo: Dios no espera al final para decidir qué hacer con nosotros. Nos busca ahora, porque quiere que nuestra vida pueda ser salvada ahora. Su preocupación no es únicamente nuestro destino último; es también que hoy podamos volver al camino que conduce a la vida y a la alegría.

La salvación comienza ahora. Dios quiere que sus hijos recuperen hoy el camino de la vida, porque es aquí donde están llamados a vivir la alegría.

Dios busca al que se ha extraviado

por caminos muy concretos.

¿Cómo lleva adelante el Padre esta recuperación del hijo que se ha desorientado? Podemos reconocer, al menos, dos maneras.

La primera es el Evangelio. La Palabra de Dios sigue indicando una y otra vez la dirección que conduce a la vida. Cuando alguien se desvía, esa Palabra vuelve a alcanzarlo, vuelve a llamarlo y le muestra de nuevo por dónde pasa el camino.

La segunda manera es a través de sus ángeles. ¿Y quiénes son esos ángeles? No pensemos enseguida en seres con alas. En la Biblia, «ángel» puede designar a quien se convierte en mediador de la solicitud de Dios, de su cuidado, de su cercanía y de su ternura hacia sus hijos. Dios se sirve de personas concretas para hacer llegar ese amor a quienes necesitan ser acompañados.

También nosotros podemos convertirnos

en presencia de Dios para un hermano.

Precisamente a estos «ángeles» se dirige ahora Jesús. A ellos les enseña cómo acercarse al hermano que atraviesa una situación difícil, cómo proceder y qué pasos dar para ayudarlo a recuperar el camino.

Porque no basta con advertir que alguien se ha equivocado. La cuestión es mucho más delicada: ¿cómo acercarse al que está en dificultad de manera que pueda volver a levantarse y reencontrar la vida?

Ahora Jesús dará la primera indicación que ofrece a estos «ángeles».

No basta con no hacer daño:

también podemos fallar por desentendernos.

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano
».

Jesús no está formulando aquí una reflexión general sobre nuestras obligaciones hacia los demás. Se dirige personalmente a cada hijo de Dios: «Si tu hermano comete una falta…». Y hay que fijarse bien ya que no está diciendo que ese hermano te haya ofendido, que te haya perjudicado o que haya cometido una injusticia contra ti. Puede que tú no seas la víctima de nada. El problema es que él mismo está haciéndose daño.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué nos corresponde hacer?

Podríamos pensar: «Él se lo ha buscado. Ha tomado sus decisiones. Yo no tengo nada que ver; bastante tengo con ocuparme de mi vida» o «que cada cual se saque las castañas del fuego». Pero si pensamos así, difícilmente podremos ser para nuestro hermano ese «ángel», ese mediador del cuidado de Dios del que veníamos hablando. Cuando realmente queremos a una persona y vemos que está tomando un camino que puede destruirla, no resulta tan fácil quedarse tranquilamente al margen.

Con demasiada frecuencia olvidamos que también existe el pecado de omisión. No solamente podemos hacer mal mediante nuestras acciones; también puede haber momentos en que podríamos ayudar a alguien que se está desviando y, sencillamente, decidimos no hacer nada.

La pregunta de Caín continúa resonando: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (cfr. Gn 4, 9). Quien se desentiende completamente del hermano adopta precisamente la lógica de Caín, no la del ángel que Dios coloca junto a quien necesita ayuda.

Y esto merece ser tomado en serio. Si por indiferencia dejamos solo a alguien cuando podríamos haber intentado ayudarlo y termina destruyendo su vida, quizá después no resulte fácil convivir con la conciencia de que pudimos hacer algo y preferimos mirar hacia otro lado. Hemos sido creados también para estar cerca unos de otros. 

Ayudar a un hermano

comienza protegiendo su dignidad.

Pero ¿cómo acercarnos a quien se ha equivocado? Hay un error muy frecuente que conviene evitar desde el principio: hacer circular lo que esa persona ha hecho. Contarlo aquí, comentarlo allá, añadir algún detalle, ponerlo en conocimiento de quienes no necesitaban saberlo. Eso es chismorreo y puede convertirse en una auténtica difamación. Y sus consecuencias pueden ser devastadoras.

Difundir la falta de alguien no suele ayudarlo a levantarse. Más bien puede aislarlo, humillarlo y aumentar inútilmente su sufrimiento. Y no basta tranquilizar la conciencia diciendo: «Pero si lo que he contado es verdad». Una verdad puede ser utilizada también para herir.

Hay personas que parecen incapaces de conservar una noticia dentro. Siempre tienen algo que contar de alguien. Conviene ser prudentes con esas conversaciones, porque quien hoy disfruta contándonos las intimidades de otro quizá mañana encuentre igualmente interesante contar las nuestras.

El libro del Eclesiástico utiliza una imagen especialmente fuerte: un golpe de látigo deja marcas en el cuerpo, pero un golpe de lengua puede llegar a romper los huesos (cfr. Eclo 28, 17).

De ahí puede enlazarse el proverbio popular —que no es una cita bíblica literal—: «La lengua no tiene huesos, pero puede romperlos».

Una verdad que no conduce al amor ni a la alegría no debe convertirse sin más en materia de conversación. Una palabra puede destrozar a una persona, herir gravemente una familia o abrir una grieta en la relación de una pareja.

Y el Eclesiástico vuelve a ofrecernos un consejo lleno de sentido común: si has escuchado un comentario sobre alguien, deja que muera contigo. Guárdalo. No tengas miedo: no vas a estallar por no contarlo (cfr. Eclo 19, 10).

La corrección cristiana empieza a solas,

no delante de un público.

Jesús indica un camino muy distinto: ve tú solo a buscar a tu hermano. Tú y él. Nadie más. Acércate e intenta ayudarle a comprender que con su manera de actuar se está haciendo daño.

         El texto griego es: Ἐὰν δὲ ἁμαρτήσῃ ὁ ἀδελφός σου, ὕπαγε ἔλεγξον αὐτὸν μεταξὺ σοῦ καὶ αὐτοῦ μόνου· ἐάν σου ἀκούσῃ, ἐκέρδησας τὸν ἀδελφόν σου. (Eàn dè hamartḗsē ho adelphós sou, hýpage élenxon autòn metaxỳ soû kaì autoû mónou; eán sou akoúsē, ekérdēsas tòn adelphón sou); que traducido es: «Si tu hermano comete una falta / si tu hermano peca ve hacia él y ponle ante los ojos su falta / hazle ver su falta [confrontarlo con la verdad de lo que ha hecho] entre ti y él solo / entre tú y él solos [no hay audiencia, no hay terceros, no hay divulgación previa de la falta].  Si te escucha / si presta oído a lo que le dices / si te hace caso ganaste / has ganado a tu hermano».

Jesús marca un camino muy concreto: «Pero si tu hermano peca, ve y hazle ver su falta a solas, entre tú y él. Si te escucha, has ganado a tu hermano» (cfr. Mt 18, 15). Cada palabra merece atención. Jesús no dice que vayamos a humillarlo, a echarle una reprimenda ni a demostrarle que nosotros tenemos razón. El verbo griego ἐλέγχω (elénchō) expresa más bien la acción de poner ante el otro aquello que está haciendo, ayudarle a reconocer su falta y a tomar conciencia del camino que está recorriendo. Se trata de acercarse a él con verdad, sí, pero con una verdad puesta al servicio de su bien.

Y ese primer acercamiento ha de hacerse μεταξὺ σοῦ καὶ αὐτοῦ μόνου (metaxỳ soû kaì autoû mónou): entre tú y él, a solas. Sin espectadores, sin convertir previamente su caída en tema de conversación, sin buscar aliados que nos den la razón. Antes de hablar de él, Jesús nos invita a hablar con él.

También es significativo lo que viene después: «si te escucha». No dice: «si consigues imponerte», «si reconoce que tú tenías razón» o «si ganas la discusión». La corrección cristiana respeta la libertad del otro; podemos mostrarle lo que vemos, acompañarlo, hablarle con sinceridad, pero no podemos obligarlo a escuchar.

Y, si escucha, Jesús concluye con una expresión preciosa: ἐκέρδησας τὸν ἀδελφόν σου (ekérdēsas tòn adelphón sou), «has ganado a tu hermano». Ese es el verdadero criterio. No se trata de ganar una discusión, sino de ganar al hermano; no de dejarlo vencido, sino de ayudarlo a volver a la vida.

Este primer encuentro es probablemente el momento más delicado. También el más difícil. Porque si lo planteamos mal, todo puede complicarse todavía más.

A casi todos nos resulta agradable acercarnos a las personas que queremos para decirles algo bonito. Otra cosa muy distinta es tener que señalar a alguien algo que está haciendo mal. Entonces empiezan las dudas: «¿Cómo se lo digo? ¿Y si utilizo una palabra equivocada? ¿Y si entiende mal lo que quiero decir? ¿Y si, en lugar de ayudarlo, consigo que se cierre todavía más?».

Son temores comprensibles. Una frase poco afortunada, un tono equivocado o una insinuación fuera de lugar pueden endurecer a quien ya se encontraba a la defensiva. Y entonces puede quedar además la preocupación de haber empeorado las cosas.

Pero Jesús invita a no quedar paralizados por ese miedo. Podemos equivocarnos. Hay que contar también con ese riesgo. Incluso puede deteriorarse una amistad. Y, sin embargo, cuando está seriamente en juego la vida de un hermano, el amor nos empuja al menos a intentarlo.

Puede ayudarnos una pregunta muy sencilla: Si yo estuviera recorriendo ese mismo camino equivocado, ¿qué desearía que hiciera conmigo alguien que realmente me quiere?

Recuperar a un hermano

puede convertirse en motivo de fiesta.

Y también puede suceder que ese primer encuentro dé fruto. Quizá el cariño, la delicadeza y las palabras adecuadas consigan abrir una pequeña brecha en el corazón del otro. Quizá logremos ayudarlo a salir de ese infierno en el que él mismo se había ido encerrando.

Entonces ocurre algo hermoso: hemos colaborado para que comience una fiesta en el cielo. Haber ayudado a un hermano a recuperar el camino de la vida puede convertirse también para nosotros en una alegría inmensa.

La carta de Santiago lo expresa con fuerza: si uno se aleja de la verdad y otro consigue hacerlo volver, quien reconduce al pecador de su camino equivocado lo salva de la muerte y cubre multitud de pecados (cfr. Sant 5).

También nosotros podemos habernos equivocado muchas veces. Pero cuando nos dejamos convertir en «ángeles» para un hermano, cuando no lo abandonamos precisamente en el momento en que más lo necesita, el amor empieza a reparar mucho de lo que antes habíamos estropeado. Ahora bien, ese primer intento puede fracasar. ¿Qué hacer entonces?

Cuando el primer intento fracasa,

el amor no abandona.

«Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano».

Puede suceder que ese primer acercamiento no dé fruto. Uno podría pensar: «Ya lo he intentado. Me ha costado incluso meterme en este asunto y no ha servido de nada. Paciencia; ahora puedo quedarme tranquilo». Pero para Jesús las cosas no terminan ahí. Si realmente queremos al hermano, no podemos abandonarlo simplemente a su suerte.

Por eso propone un segundo paso. «Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos». Si un «ángel» no ha sido suficiente, quizá hagan falta dos o tres. Jesús invita entonces a tomar consigo a una o dos personas y volver juntos a encontrarse con el hermano que atraviesa esa dificultad.

Pero hay que hacerlo con enorme delicadeza. El otro no puede tener la impresión de que tres personas han venido para acorralarlo, juzgarlo o colocarlo contra las cuerdas. Necesita percibir justamente lo contrario: que tiene delante a personas que lo aprecian, que lo quieren y que están allí porque les importa su vida. Personas que, si escucharan a alguien difamarlo o convertir su caída en motivo de conversación, saldrían en su defensa; personas capaces de reconocer que atraviesa un momento difícil sin reducir toda su persona a ese momento.

Ese segundo intento también puede dar resultado. Tal vez ahora, al encontrarse rodeado no de acusadores sino de personas que sinceramente buscan su bien, algo pueda abrirse dentro de él. Y entonces vuelve a comenzar la fiesta.

 

La comunidad cristiana tampoco puede decir:

«Que se las arregle».

Pero también este segundo intento puede fracasar. Jesús propone entonces un tercer paso: «díselo a la comunidad».  

El cristiano no es un individuo aislado que vive su espiritualidad y sus prácticas religiosas ocupándose únicamente de sí mismo. Por el bautismo ha sido incorporado a una comunidad. Por eso, cuando uno de sus miembros está gravemente herido, toda la comunidad queda concernida por su situación.

Ahora bien, la finalidad no puede ser librarse cuanto antes de quien incomoda o avergüenza. No se trata de expulsarlo simplemente porque sus ideas, sus palabras o su comportamiento resulten escandalosos. Ningún cristiano debería llegar a decir: «Que se saque él las castañas del fuego; que se vaya por su camino y deje de molestarnos».

La intervención de la comunidad constituye precisamente el intento más fuerte de recuperar al hermano. Puede llegar un momento en que sea necesario hablar con mucha claridad, incluso emplear palabras duras. Pero la finalidad no es castigarlo. Es ayudarlo a tomar conciencia de la situación en la que se encuentra.

La comunidad puede tener que recordarle seriamente sus compromisos bautismales: «Si eliges vivir según una lógica contraria al Evangelio, debes saber dónde te están colocando esas decisiones». Hay opciones que dañan profundamente la comunión con la comunidad, y alguien necesita tener el valor de hacerlo visible.

Incluso una medida severa debe buscar recuperar,

no deshacerse de alguien.

La manera de afrontar estas situaciones no ha sido idéntica a lo largo de los siglos. En las primeras comunidades cristianas encontramos actuaciones particularmente rigurosas ante comportamientos considerados gravemente incompatibles con la vida cristiana.

La primera carta a los Corintios nos muestra una situación extrema. En aquella comunidad había un hombre que mantenía una relación con «la mujer de su padre», probablemente su madrastra, una conducta que Pablo considera tan grave que afirma que ni siquiera era habitual entre los paganos (cfr. 1 Cor 5, 1). Y lo que más le preocupa no es solamente el comportamiento de aquel hombre: también le inquieta que la comunidad parezca convivir tranquilamente con la situación.

Por eso Pablo pide una intervención muy fuerte y llega a utilizar una expresión que hoy puede impresionarnos: «entregarlo a Satanás» (cfr. 1 Cor 5, 5). No está pidiendo que lo condenen definitivamente ni que se desentiendan de él. Se trata de apartarlo de la comunión de la comunidad para que pueda tomar conciencia de la gravedad del camino que ha elegido.

Y precisamente el final de la frase nos permite entender la intención: la finalidad sigue siendo su salvación (cfr. 1 Cor 5, 5). Incluso cuando la comunidad tiene que decir con claridad: «Así no podemos seguir», no lo hace para quitarse de encima al que molesta, sino para intentar que reaccione y vuelva. La severidad cristiana, cuando llega a ser necesaria, no busca perder al hermano, sino recuperarlo.

Algo semejante aparece cuando está en juego la integridad del Evangelio. La carta a Tito pide que, después de una primera y una segunda amonestación, se evite al hereje que persiste en su actitud (cfr. Tit 3, 10). Una comunidad no puede permanecer indiferente cuando alguien, invocando el nombre de Cristo, introduce enseñanzas que desorientan seriamente a los demás.

Y la segunda carta a los Tesalonicenses ofrece un matiz decisivo. Si alguien no obedece lo transmitido en la carta, se pide señalarlo y tomar distancia para que pueda avergonzarse de su conducta; pero inmediatamente se añade: no debe ser tratado como enemigo, sino amonestado como hermano (cfr. 2 Tes 3, 14-15).

Ahí se entiende mejor la lógica de una medida eclesial severa: no quitarse de encima a alguien que molesta, sino intentar recuperar al hermano. La distancia misma pretende hacerle comprender la gravedad del camino que ha elegido.

«Como un pagano y un publicano»

no significa dejar de amar.

Pero puede suceder que tampoco este tercer intento consiga nada. Entonces Jesús pronuncia una frase que, escuchada rápidamente, puede sorprendernos: «considéralo como un pagano o un publicano». A primera vista podríamos entenderla como una invitación a romper definitivamente con esa persona. Los escribas y fariseos mantenían precisamente una distancia radical respecto de paganos y publicanos. Los primeros podían ser despreciados; los segundos eran considerados personas impuras, social y religiosamente degradadas.

Pero Jesús no se relacionaba con ellos de esa manera. Precisamente por su cercanía a publicanos y pecadores llegó a ser conocido como amigo de publicanos y pecadores.

Por eso la expresión adquiere un sentido muy distinto cuando la contemplamos desde la manera de actuar de Jesús. Tratar a ese hermano «como a un pagano y a un publicano» no significa adoptar hacia él la actitud de quienes lo desprecian, sino acercarse como Jesús se acercaba a quienes estaban más lejos y más necesitados.

Aquellos a quienes otros evitaban eran precisamente quienes encontraban en Jesús una cercanía especial, porque necesitaban más amor, más cuidado y una atención mayor.

De modo que, después de haber intentado una vez, dos veces y hasta implicar a toda la comunidad, el hermano que continúa perdido no se convierte en alguien a quien amar menos. Su fragilidad reclama todavía más cercanía, más paciencia y un amor que no se canse de buscar caminos para recuperarlo.

«Atar» y «desatar»:

una responsabilidad confiada a la comunidad.

«En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos».

Jesús dirige a la comunidad de sus discípulos una promesa solemne: aquello que ellos aten o desaten en la tierra será igualmente atado o desatado en el cielo. Las expresiones «atar» y «desatar» pertenecían al lenguaje utilizado por los maestros judíos cuando discernían qué estaba permitido y qué estaba prohibido, qué era conforme a la Torá y qué se apartaba de ella; en definitiva, qué podía considerarse justo y qué debía rechazarse.

Jesús aplica ahora ese lenguaje a la comunidad de sus discípulos. A ella le corresponde discernir qué responde al Evangelio y qué entra en contradicción con él, qué conduce por el camino señalado por el Maestro y qué se aparta de su palabra. Esta misma promesa había sido dirigida anteriormente a Pedro; ahora la responsabilidad aparece referida a la comunidad de los discípulos.

Discernir el Evangelio exige permanecer

a la escucha del Espíritu.

No se trata de una responsabilidad pequeña. La comunidad cristiana está llamada a saber distinguir, movida por el Espíritu, entre aquello que es evangélico y aquello que contradice el Evangelio. Y quienes la escuchan tienen derecho a esperar de ella una palabra capaz de indicar qué ayuda al ser humano a crecer en humanidad y qué, por el contrario, termina deshumanizándolo; qué corresponde a la palabra del Maestro y qué la desfigura.

Precisamente por eso esta misión entraña también un riesgo. La Iglesia puede mantenerse abierta a la voz del Espíritu, pero puede igualmente cerrarse a ella y terminar prestando oído a otras voces: a la lógica de la mundanidad, a criterios que no proceden del Evangelio. Entonces, en lugar de orientar hacia la verdad, puede llegar a transmitir como verdadero aquello que nace de una sabiduría distinta de la del Evangelio.

Y cuando eso sucede, quienes confían en su palabra pueden acabar siendo desviados. Esperaban encontrar en la comunidad eclesial una palabra nacida del Evangelio y, sin embargo, esta puede haber dejado de escuchar la voz de Jesús para asumir criterios propios de la lógica de este mundo.

Una promesa tan grande

es también una llamada a examinarnos.

Por eso las palabras de Jesús no son solamente una promesa consoladora; son también una invitación seria a revisar continuamente nuestra fidelidad. La responsabilidad confiada a la Iglesia, y a toda la comunidad de los discípulos, es enorme: su palabra puede ayudar a otros a reconocer el camino del Evangelio, pero también podría desorientarlos si deja de escuchar al Espíritu.

Después de esta solemne promesa, Jesús añade todavía una última recomendación, con la que concluye el pasaje evangélico de hoy.

         Orar juntos es aprender a hacer sinfonía.

«Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».      

Jesús expresa esta realidad con un verbo griego especialmente sugerente. En Mt 18, 19 aparece συμφωνήσωσιν (symphōnḗsōsin), del verbo συμφωνέω (symphōnéō), que significa «estar de acuerdo», «concordar», «armonizar». La palabra está formada sobre la idea de sonar juntos, de hacer que voces distintas lleguen a concordar. De esta misma familia procede συμφωνία (symphōnía), «armonía», «concordancia», y de ahí nuestra palabra «sinfonía».

La imagen ayuda mucho. Una sinfonía no nace porque todos los instrumentos toquen exactamente lo mismo ni porque todos tengan que convertirse en el mismo instrumento. Al contrario: cada uno conserva su sonido, su timbre y su función. Precisamente porque son diferentes pueden producir juntos una música armoniosa.

Algo parecido sucede en la comunidad cristiana. Hacer comunión no significa volvernos idénticos. Dios nos ha hecho diferentes y esa diversidad no tiene por qué convertirse en división. Cada uno puede tocar su propio «instrumento», pero todos necesitan seguir una misma partitura: la del amor.

Ahí nace la armonía de una comunidad.

Quizá la mejor llamada para quien

se alejó sea echar de menos esa música.

El hermano que se ha apartado puede recibir muchas advertencias y muchas palabras. Pero quizá una de las llamadas más profundas sea encontrarse con una comunidad capaz de vivir esa συμφωνία (symphōnía): personas diferentes que no viven enfrentadas, que se sirven mutuamente y que intentan tocar juntas la partitura del amor.

Así entendemos mejor las palabras de Jesús: «si dos de vosotros se ponen de acuerdo» —συμφωνήσωσιν (symphōnḗsōsin)— para pedir algo, el Padre los escuchará. No se trata simplemente de coincidir en una petición. La imagen sugiere una comunidad que aprende a armonizar sus voces delante de Dios, escuchándose entre sí y escuchando juntos al Espíritu.

Tal vez entonces nazca también en quien se ha alejado cierta nostalgia: nostalgia de volver a una comunidad donde no todos son iguales, pero donde nadie tiene que vivir solo; donde cada uno aporta su propio sonido y aprende, al mismo tiempo, a escuchar el de los demás.

La oración comunitaria, por tanto, no consiste simplemente en que varias personas recen simultáneamente en un mismo lugar. Es aprender juntos a escuchar a Dios hasta que nuestras diferencias puedan convertirse en sinfonía.


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