¿Cómo corregir a un hermano que se está equivocando sin humillarlo, juzgarlo ni convertir su caída en tema de conversación? En esta homilía sobre Mateo 18,15-20, Jesús propone un camino de corrección fraterna cuyo objetivo no es ganar una discusión, sino «ganar al hermano»: acercarse primero a él a solas, proteger su dignidad, decir la verdad buscando su bien y no abandonarlo si el primer intento fracasa. El Evangelio conduce así desde la responsabilidad personal hasta la comunidad cristiana, el discernimiento, el «atar y desatar» y la oración compartida. Todo nace de una convicción decisiva: Dios no quiere perder a ninguno de sus hijos y también nosotros podemos convertirnos en instrumentos de su cuidado para ayudar a otro a recuperar el camino de la vida.
Homilía
del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 18, 15- 20 —«díselo a la comunidad».
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Hay una manera de
entender el pecado que está bastante extendida y que puede acabar deformando
tanto nuestra relación con Dios como nuestra manera de vivir. Lo percibo con
frecuencia cuando durante una homilía o en ámbito de la confesión sacramental,
aparece una de las grandes noticias del Evangelio: Dios ama
incondicionalmente a cada uno de sus hijos, también al que ha equivocado
muchas decisiones, al que contempla su propia historia y piensa que apenas
queda nada que salvar. El Evangelio nos permite descubrir que ni siquiera
entonces Dios deja de ser Padre. Su amor no desaparece cuando nosotros nos
perdemos. Precisamente para revelarnos esta noticia ha venido el Hijo de Dios.
Y, sin embargo,
resulta curioso: esta buena noticia no siempre provoca alegría. Alguna vez,
después de escuchar hablar así de Dios, alguien responde: «Entonces, si Dios
no castiga ni hace pagar al que peca, también yo voy a empezar a disfrutar de
la vida». Y ahí, precisamente ahí, aparece el equívoco.
El pecado no es una felicidad
prohibida por Dios.
Detrás de esa
reacción se esconde una idea muy particular: imaginar que pecar consiste en
hacer algo estupendo, algo que proporciona alegría, placer y plenitud, pero que
Dios, por alguna misteriosa razón, ha decidido prohibir. Como si Dios
estuviera mirando desde arriba mientras nosotros disfrutamos, esperando después
el momento de presentarnos la factura.
Detrás de esa
reacción se esconde una idea bastante engañosa: imaginar que pecar consiste en
hacer algo estupendo, algo que proporciona alegría, placer o ventaja, pero que
Dios, por alguna misteriosa razón, ha decidido prohibir. Como si Dios estuviera
mirando desde arriba mientras nosotros disfrutamos y esperara después el
momento de presentarnos la factura.
Pero la vida
cotidiana nos muestra que muchas veces el problema no está en que algo «nos
guste», sino en el precio que otros terminan pagando por aquello que a
nosotros nos resulta cómodo, divertido o beneficioso. Puede ser algo tan
sencillo como no colaborar en casa por pura pereza, quedarse descansando
mientras otra persona asume sola la limpieza, la comida y todas las tareas,
incluso encontrándose mal o soportando dolores. Yo disfruto de mi comodidad;
alguien carga con ella.
Puede suceder
también cuando participamos encantados en una conversación en la que se
ridiculiza o se habla mal de alguien que no está presente. Nos reímos, hacemos
grupo, pasamos un rato entretenido; pero para divertirnos hemos convertido la
dignidad y la fama de otra persona en materia de conversación. O cuando
mentimos para evitar una consecuencia incómoda y dejamos que otro cargue con la
responsabilidad. O cuando preferimos una y otra vez el teléfono, la televisión
o nuestros propios asuntos antes que prestar atención a alguien cercano que
necesita ser escuchado. Todo eso puede resultar agradable o cómodo para
nosotros y, sin embargo, ir dejando heridas alrededor.
A veces la
situación es todavía más grave. Se pueden deformar deliberadamente unos
hechos para volverlos más sensacionalistas, porque así una historia atrae
más lectores, vende más ejemplares o produce mayores ingresos. Quien escribe
puede ganar dinero, notoriedad o reconocimiento; incluso puede sentirse
satisfecho por el éxito conseguido. Pero si para lograrlo ha tergiversado la
realidad y ha dañado injustamente la buena fama de una persona inocente, ese
beneficio personal se ha construido sobre el perjuicio de otro. El problema no
es que Dios tenga algo contra vender libros o ganar dinero. El problema es convertir
la verdad y la reputación de una persona en mercancía al servicio del propio
beneficio.
Por eso conviene
desconfiar de una idea demasiado simple: «Si me gusta, si me beneficia o si
me hace sentir bien, entonces no puede ser tan malo». No siempre es así. Podemos
disfrutar de algo que, al mismo tiempo, está dañando seriamente a otra persona
y deformándonos también a nosotros por dentro.
Ahí empieza a
verse qué significa realmente el pecado. No es una especie de fiesta que Dios
quiere estropearnos. Es una manera de buscar nuestro bien, nuestro placer o
nuestra ventaja sin mirar suficientemente el bien del otro, y a veces
incluso utilizándolo para conseguirlos. Puede ofrecernos una satisfacción
inmediata, pero esa satisfacción quizá esté enseñándonos poco a poco a ser más
egoístas, más indiferentes, menos justos y menos capaces de amar.
Entonces la
pregunta cambia. Ya no es simplemente: «¿Dios me castigará por hacer esto?».
La pregunta más seria es: ¿Qué le está haciendo esto a la persona que
tengo delante, y qué está haciendo conmigo mientras lo hago?
Esa imagen de
creer que Dios nos estropea lo que más nos gusta —que suele coincidir con el
pecado— necesita ser corregida. No es Dios quien espera al final para hacernos
pagar. El pecado lleva dentro sus propias consecuencias y empieza a herirnos
ahora. Puede proporcionar una satisfacción inmediata, incluso intensa, pero
eso no significa que nos haga bien. Hay placeres que duran unos minutos y
dejan detrás una persona más vacía, más dependiente, menos libre. Algo
parecido a la droga, capaz de ofrecer un instante de euforia mientras va
deteriorando lentamente a quien la consume.
Por eso Dios nos
advierte. No porque quiera impedirnos vivir, sino precisamente porque nos ama.
Nos señala aquello que puede terminar haciéndonos menos humanos. Pensemos en
cosas muy concretas: la violencia, el adulterio, el robo, la mentira. La
pregunta no es simplemente: «¿Está prohibido?». La pregunta más profunda
es otra: ¿en qué clase de persona me convierte esto? ¿Me hace crecer por
dentro o me va encogiendo?
Todos buscamos
alegría. Todos deseamos una vida plena. Ese impulso está inscrito en nosotros.
Pero podemos equivocarnos acerca del camino que conduce hasta ella.
A veces apuntamos a la felicidad
y erramos el blanco.
El término hebreo
חָטָא (ḥaṭá) expresa la idea de errar el blanco. La imagen es muy
sugerente: como una flecha que se lanza hacia un objetivo, pero no consigue
alcanzarlo.
La imagen es
sugerente porque quien peca tampoco desea necesariamente ser desgraciado.
Al contrario, ya que busca algo que cree que le dará felicidad. Apunta hacia la
alegría, pero el camino elegido no consigue llevarlo hasta allí. La flecha
sale; el blanco permanece lejos.
Y muchas veces
existe una señal interior que nos permite advertirlo: ese regusto amargo que
ciertas decisiones dejan dentro de nosotros. Estamos hechos para la alegría y,
cuando nuestra manera de vivir se aleja de aquello que puede verdaderamente
humanizarnos, algo empieza a desajustarse por dentro.
Podemos intentar
no escucharlo. Podemos llenar la vida de distracciones, evasiones, ruido,
intereses pasajeros. Podemos mantenernos continuamente ocupados para no
encontrarnos con nosotros mismos. Incluso unos auriculares pueden convertirse,
de vez en cuando, en una magnífica estrategia para no escuchar demasiado lo que
sucede dentro —y no siempre precisamente por culpa de la música—.
Pero cuando llega
un poco de silencio y nos atrevemos a permanecer en él, quizá aparezca una
pregunta incómoda y, al mismo tiempo, saludable: ¿la manera en que estoy
viviendo me conduce realmente hacia aquello que deseo?
La Palabra de Dios no pretende arruinarnos la fiesta. Quiere ayudarnos a no confundir un placer momentáneo con la felicidad que puede sostener una vida entera.
Dios no es el verdugo
que espera al final del camino.
Esta es también
una catequesis que merece la pena transmitir a nuestros hijos y nietos. Quizá
durante demasiado tiempo hemos resumido todo diciendo: «No hagas eso, porque
Dios te castigará». Pero el problema es más serio y más inmediato. Hay
elecciones con las que podemos comenzar a malgastar hoy nuestra propia vida.
El libro de Job
formula una pregunta sorprendente: si el ser humano peca, ¿qué daño puede
hacerle realmente a Dios?; si multiplica sus faltas, ¿qué puede quitarle? (cfr.
Jb 35, 6). El pecado daña ante todo a quien lo comete y, naturalmente, sus
consecuencias pueden alcanzar también a otras personas. Nuestros errores
rara vez quedan encerrados únicamente dentro de nosotros.
Por eso conviene
revisar esa representación de un Dios que contempla cómo su hijo se ha herido y
después decide añadirle todavía un castigo. Si alguien ya se ha hecho daño
alejándose del camino de la vida, ¿qué sentido tendría imaginar a un Padre
empeñado en aumentar su sufrimiento?
Cuando proyectamos
sobre Dios nuestros mecanismos de represalia, nuestros resentimientos y
nuestras maneras humanas de ajustar cuentas, podemos acabar fabricando un
rostro de Dios que poco tiene que ver con el Evangelio: un Dios susceptible,
ofendido, pendiente de la infracción, que solo vuelve a tranquilizarse cuando
conseguimos aplacarlo.
Jesús no nos
presenta al Padre de esa manera. Dios no queda disminuido por nuestro pecado. Lo
que el pecado toca es su amor por nosotros: le importa que nos perdamos
porque nosotros le importamos. No disfruta viendo nuestro fracaso; sufre
nuestro extravío porque conoce aquello para lo que hemos sido creados.
Y esto cambia profundamente la
perspectiva. Ya no se trata de vivir asustados pensando en el castigo que
podría llegar algún día, sino de abrir los ojos a aquello que determinadas
decisiones están haciendo con nosotros ahora.
Quien conoce su propia fragilidad
aprende a mirar de otra manera.
Todo esto no
significa que podamos hablar del pecado como espectadores situados fuera del
problema. Todos conocemos nuestras fragilidades. Todos hemos experimentado
momentos en los que nos cuesta confiar en la Palabra de Dios y preferimos
escuchar otras voces, incluso esa «serpiente» interior que sabe sugerir caminos
aparentemente más fáciles.
De ahí aquella
frase tan humana: «Todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro».
Reconocer nuestra propia debilidad puede hacernos humildes y también más
comprensivos con la debilidad de los demás. Cuando uno sabe cuántas veces ha
errado personalmente el blanco, resulta más difícil contemplar desde arriba al
que acaba de equivocarse.
Y entonces
llegamos a la pregunta verdaderamente importante. Si el pecado consiste en
alejarnos del camino que conduce a la vida, ¿qué hace Dios cuando uno de sus
hijos se aleja de Él?
La respuesta
aparece precisamente en el versículo que precede inmediatamente al Evangelio
que vamos a escuchar. Y merece la pena detenernos ahí, porque quizá descubramos
algo decisivo sobre Dios: no solo qué piensa del que se pierde, sino qué hace
cuando uno de sus hijos comienza a alejarse.
Cuando un hijo
se pierde,
lo primero es devolverlo a la vida.
«Del mismo modo vuestro Padre celestial no quiere que se
pierda ni uno sólo de estos pequeños»
¿Qué sucede en una
madre cuando un hijo enferma, ya sea físicamente o en lo más profundo de su
vida? Toda su atención se concentra en una sola cosa; en ayudarlo a
recuperarse. Incluso si él mismo ha contribuido con sus decisiones a llegar
hasta allí, en ese momento eso deja de ser lo principal. La madre no está
pensando en ajustar cuentas; quiere verlo nuevamente en pie, verlo volver a la
vida.
Y aun así, el amor
de una madre apenas puede ofrecernos una imagen pálida del amor del Padre del
cielo. Si una madre se desvive por rescatar a su hijo del sufrimiento, cuánto
más Dios, que ama infinitamente a los suyos, busca conducir de nuevo hacia la alegría
al hijo que se ha apartado del camino.
¿Y qué sucede
cuando logra recuperarlo? El cielo se llena de fiesta.
Salvar significa también rescatarnos
de aquello que nos va destruyendo
La primera carta a
Timoteo expresa con una claridad preciosa cuál es el deseo de Dios: «Dios,
nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad» (cfr. 1 Tim 2, 3-4).
Conviene
detenernos en ese «que se salven», porque fácilmente podemos entender la
salvación únicamente como algo que sucederá al final de nuestra vida: morir,
llegar ante Dios y entrar en el cielo. Pero aquí la mirada es más amplia. Dios
quiere salvar nuestra vida ya ahora. Salvar significa también rescatarnos
de aquello que nos va destruyendo, sacarnos de los caminos que terminan
haciéndonos daño y conducirnos hacia una manera de vivir más verdadera, más
libre y más humana.
Pensemos en
alguien que vive dominado por el resentimiento, la mentira, una relación que
destruye a los demás o una forma de egoísmo que lo va dejando cada vez más
solo. La salvación no consiste únicamente en preguntarse qué ocurrirá con esa
persona después de la muerte. Dios quiere alcanzarla hoy, precisamente
allí donde su vida se está perdiendo, para ayudarla a recuperar el camino de la
alegría.
Por eso «llegar al
conocimiento de la verdad» no significa simplemente aprender unas cuantas
verdades religiosas. En este contexto, la verdad tiene que tocar la existencia:
descubrir qué caminos conducen realmente a la vida y cuáles, aunque prometan
felicidad, terminan alejándonos de ella.
Así se entiende
mejor lo que venimos diciendo: Dios no espera al final para decidir qué
hacer con nosotros. Nos busca ahora, porque quiere que nuestra vida pueda ser
salvada ahora. Su preocupación no es únicamente nuestro destino último; es
también que hoy podamos volver al camino que conduce a la vida y a la alegría.
La salvación
comienza ahora. Dios quiere que sus hijos recuperen hoy el camino de la vida,
porque es aquí donde están llamados a vivir la alegría.
Dios busca al que se ha extraviado
por caminos muy concretos.
¿Cómo lleva
adelante el Padre esta recuperación del hijo que se ha desorientado? Podemos
reconocer, al menos, dos maneras.
La primera es el
Evangelio.
La Palabra de Dios sigue indicando una y otra vez la dirección que conduce a la
vida. Cuando alguien se desvía, esa Palabra vuelve a alcanzarlo, vuelve a
llamarlo y le muestra de nuevo por dónde pasa el camino.
La segunda manera
es a través de sus ángeles. ¿Y quiénes son esos ángeles? No pensemos enseguida
en seres con alas. En la Biblia, «ángel» puede designar a quien se
convierte en mediador de la solicitud de Dios, de su cuidado, de su cercanía y
de su ternura hacia sus hijos. Dios se sirve de personas concretas para hacer
llegar ese amor a quienes necesitan ser acompañados.
También nosotros podemos convertirnos
en presencia de Dios para un hermano.
Precisamente a
estos «ángeles» se dirige ahora Jesús. A ellos les enseña cómo acercarse
al hermano que atraviesa una situación difícil, cómo proceder y qué pasos dar
para ayudarlo a recuperar el camino.
Porque no basta
con advertir que alguien se ha equivocado. La cuestión es mucho más delicada: ¿cómo
acercarse al que está en dificultad de manera que pueda volver a levantarse y
reencontrar la vida?
Ahora Jesús dará la
primera indicación que ofrece a estos «ángeles».
No basta con no hacer daño:
también podemos fallar por desentendernos.
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace
caso, has salvado a tu hermano».
Jesús no está
formulando aquí una reflexión general sobre nuestras obligaciones hacia los
demás. Se dirige personalmente a cada hijo de Dios: «Si tu hermano comete
una falta…». Y hay que fijarse bien ya que no está diciendo que ese
hermano te haya ofendido, que te haya perjudicado o que haya cometido una
injusticia contra ti. Puede que tú no seas la víctima de nada. El
problema es que él mismo está haciéndose daño.
Entonces aparece
una pregunta incómoda: ¿qué nos corresponde hacer?
Podríamos pensar:
«Él se lo ha buscado. Ha tomado sus decisiones. Yo no tengo nada que ver;
bastante tengo con ocuparme de mi vida» o «que cada cual se saque las
castañas del fuego». Pero si pensamos así, difícilmente podremos ser para
nuestro hermano ese «ángel», ese mediador del cuidado de Dios del que
veníamos hablando. Cuando realmente queremos a una persona y vemos que está
tomando un camino que puede destruirla, no resulta tan fácil quedarse
tranquilamente al margen.
Con demasiada
frecuencia olvidamos que también existe el pecado de omisión. No
solamente podemos hacer mal mediante nuestras acciones; también puede haber
momentos en que podríamos ayudar a alguien que se está desviando y,
sencillamente, decidimos no hacer nada.
La pregunta de
Caín continúa resonando: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (cfr.
Gn 4, 9). Quien se desentiende completamente del hermano adopta precisamente la
lógica de Caín, no la del ángel que Dios coloca junto a quien necesita ayuda.
Y esto merece ser tomado en serio. Si por indiferencia dejamos solo a alguien cuando podríamos haber intentado ayudarlo y termina destruyendo su vida, quizá después no resulte fácil convivir con la conciencia de que pudimos hacer algo y preferimos mirar hacia otro lado. Hemos sido creados también para estar cerca unos de otros.
Ayudar a un hermano
comienza protegiendo su dignidad.
Pero ¿cómo
acercarnos a quien se ha equivocado? Hay un error muy frecuente que conviene
evitar desde el principio: hacer circular lo que esa persona ha hecho.
Contarlo aquí, comentarlo allá, añadir algún detalle, ponerlo en conocimiento
de quienes no necesitaban saberlo. Eso es chismorreo y puede convertirse en una
auténtica difamación. Y sus consecuencias pueden ser devastadoras.
Difundir la falta
de alguien no suele ayudarlo a levantarse. Más bien puede aislarlo, humillarlo
y aumentar inútilmente su sufrimiento. Y no basta tranquilizar la conciencia
diciendo: «Pero si lo que he contado es verdad». Una verdad puede ser
utilizada también para herir.
Hay personas que
parecen incapaces de conservar una noticia dentro. Siempre tienen algo que
contar de alguien. Conviene ser prudentes con esas conversaciones, porque quien
hoy disfruta contándonos las intimidades de otro quizá mañana encuentre
igualmente interesante contar las nuestras.
El libro del
Eclesiástico utiliza una imagen especialmente fuerte: un golpe de látigo deja
marcas en el cuerpo, pero un golpe de lengua puede llegar a romper los huesos
(cfr. Eclo 28, 17).
De ahí puede
enlazarse el proverbio popular —que no es una cita bíblica literal—: «La
lengua no tiene huesos, pero puede romperlos».
Una verdad que no
conduce al amor ni a la alegría no debe convertirse sin más en materia de
conversación. Una palabra puede destrozar a una persona, herir gravemente una
familia o abrir una grieta en la relación de una pareja.
Y el Eclesiástico
vuelve a ofrecernos un consejo lleno de sentido común: si has escuchado un
comentario sobre alguien, deja que muera contigo. Guárdalo. No tengas miedo: no
vas a estallar por no contarlo (cfr. Eclo 19, 10).
La corrección cristiana empieza a solas,
no delante de un público.
Jesús indica un
camino muy distinto: ve tú solo a buscar a tu hermano. Tú y él. Nadie más.
Acércate e intenta ayudarle a comprender que con su manera de actuar se está
haciendo daño.
El
texto griego es: Ἐὰν δὲ ἁμαρτήσῃ ὁ ἀδελφός σου, ὕπαγε ἔλεγξον αὐτὸν
μεταξὺ σοῦ καὶ αὐτοῦ μόνου· ἐάν σου ἀκούσῃ, ἐκέρδησας τὸν ἀδελφόν σου. (Eàn
dè hamartḗsē ho adelphós sou, hýpage élenxon autòn metaxỳ soû kaì autoû mónou;
eán sou akoúsē, ekérdēsas tòn adelphón sou); que traducido es: «Si tu
hermano comete una falta / si tu hermano peca ve hacia él y ponle ante los
ojos su falta / hazle ver su falta [confrontarlo con la verdad de lo
que ha hecho] entre ti y él solo / entre tú y él solos [no hay audiencia, no
hay terceros, no hay divulgación previa de la falta]. Si te escucha / si presta oído a lo que le
dices / si te hace caso ganaste / has ganado a tu hermano».
Jesús marca un
camino muy concreto: «Pero si tu hermano
peca, ve y hazle ver su falta a solas, entre tú y él. Si te escucha, has ganado
a tu hermano» (cfr. Mt 18, 15). Cada palabra merece atención.
Jesús no dice que vayamos a humillarlo, a echarle una reprimenda ni a
demostrarle que nosotros tenemos razón. El verbo griego ἐλέγχω (elénchō)
expresa más bien la acción de poner ante el otro aquello que está haciendo,
ayudarle a reconocer su falta y a tomar conciencia del camino que está
recorriendo. Se trata de acercarse a él con verdad, sí, pero con una verdad
puesta al servicio de su bien.
Y ese primer
acercamiento ha de hacerse μεταξὺ σοῦ καὶ αὐτοῦ μόνου (metaxỳ soû kaì
autoû mónou): entre tú y él, a solas. Sin espectadores, sin convertir
previamente su caída en tema de conversación, sin buscar aliados que nos den la
razón. Antes de hablar de él, Jesús nos invita a hablar con él.
También es
significativo lo que viene después: «si te escucha». No dice: «si
consigues imponerte», «si reconoce que tú tenías razón» o «si
ganas la discusión». La corrección cristiana respeta la libertad del otro; podemos
mostrarle lo que vemos, acompañarlo, hablarle con sinceridad, pero no podemos
obligarlo a escuchar.
Y, si escucha,
Jesús concluye con una expresión preciosa: ἐκέρδησας τὸν ἀδελφόν σου (ekérdēsas
tòn adelphón sou), «has ganado a tu hermano». Ese es el verdadero
criterio. No se trata de ganar una discusión, sino de ganar al hermano; no
de dejarlo vencido, sino de ayudarlo a volver a la vida.
Este primer
encuentro es probablemente el momento más delicado. También el más difícil.
Porque si lo planteamos mal, todo puede complicarse todavía más.
A casi todos nos
resulta agradable acercarnos a las personas que queremos para decirles algo
bonito. Otra cosa muy distinta es tener que señalar a alguien algo que está
haciendo mal. Entonces empiezan las dudas: «¿Cómo se lo digo? ¿Y si utilizo
una palabra equivocada? ¿Y si entiende mal lo que quiero decir? ¿Y si, en lugar
de ayudarlo, consigo que se cierre todavía más?».
Son temores
comprensibles. Una frase poco afortunada, un tono equivocado o una insinuación
fuera de lugar pueden endurecer a quien ya se encontraba a la defensiva. Y
entonces puede quedar además la preocupación de haber empeorado las cosas.
Pero Jesús invita
a no quedar paralizados por ese miedo. Podemos equivocarnos. Hay que contar
también con ese riesgo. Incluso puede deteriorarse una amistad. Y, sin embargo,
cuando está seriamente en juego la vida de un hermano, el amor nos empuja al
menos a intentarlo.
Puede ayudarnos
una pregunta muy sencilla: Si yo estuviera recorriendo ese mismo camino
equivocado, ¿qué desearía que hiciera conmigo alguien que realmente me quiere?
Recuperar a un hermano
puede convertirse en motivo de fiesta.
Y también puede
suceder que ese primer encuentro dé fruto. Quizá el cariño, la delicadeza y las
palabras adecuadas consigan abrir una pequeña brecha en el corazón del otro.
Quizá logremos ayudarlo a salir de ese infierno en el que él mismo se había ido
encerrando.
Entonces ocurre
algo hermoso: hemos colaborado para que comience una fiesta en el cielo. Haber
ayudado a un hermano a recuperar el camino de la vida puede convertirse también
para nosotros en una alegría inmensa.
La carta de
Santiago lo expresa con fuerza: si uno se aleja de la verdad y otro consigue
hacerlo volver, quien reconduce al pecador de su camino equivocado lo salva de
la muerte y cubre multitud de pecados (cfr. Sant 5).
También nosotros
podemos habernos equivocado muchas veces. Pero cuando nos dejamos convertir en
«ángeles» para un hermano, cuando no lo abandonamos precisamente en el
momento en que más lo necesita, el amor empieza a reparar mucho de lo que antes
habíamos estropeado. Ahora bien, ese primer intento puede fracasar. ¿Qué hacer
entonces?
Cuando el primer intento fracasa,
el amor no abandona.
«Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que
todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace
caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni
siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano».
Puede suceder que
ese primer acercamiento no dé fruto. Uno podría pensar: «Ya lo he intentado.
Me ha costado incluso meterme en este asunto y no ha servido de nada.
Paciencia; ahora puedo quedarme tranquilo». Pero para Jesús las cosas no
terminan ahí. Si realmente queremos al hermano, no podemos abandonarlo
simplemente a su suerte.
Por eso propone un
segundo paso. «Si no te hace caso, llama a
otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o
tres testigos». Si un «ángel» no ha sido suficiente,
quizá hagan falta dos o tres. Jesús invita entonces a tomar consigo a una o
dos personas y volver juntos a encontrarse con el hermano que atraviesa esa
dificultad.
Pero hay que
hacerlo con enorme delicadeza. El otro no puede tener la impresión de que tres
personas han venido para acorralarlo, juzgarlo o colocarlo contra las cuerdas.
Necesita percibir justamente lo contrario: que tiene delante a personas que
lo aprecian, que lo quieren y que están allí porque les importa su vida.
Personas que, si escucharan a alguien difamarlo o convertir su caída en motivo
de conversación, saldrían en su defensa; personas capaces de reconocer que
atraviesa un momento difícil sin reducir toda su persona a ese momento.
Ese segundo
intento también puede dar resultado. Tal vez ahora, al encontrarse rodeado no
de acusadores sino de personas que sinceramente buscan su bien, algo pueda
abrirse dentro de él. Y entonces vuelve a comenzar la fiesta.
La comunidad cristiana tampoco puede decir:
«Que se las arregle».
Pero también este
segundo intento puede fracasar. Jesús propone entonces un tercer paso: «díselo a la comunidad».
El cristiano no es
un individuo aislado que vive su espiritualidad y sus prácticas religiosas
ocupándose únicamente de sí mismo. Por el bautismo ha sido incorporado a una
comunidad. Por eso, cuando uno de sus miembros está gravemente herido, toda la
comunidad queda concernida por su situación.
Ahora bien, la
finalidad no puede ser librarse cuanto antes de quien incomoda o avergüenza. No
se trata de expulsarlo simplemente porque sus ideas, sus palabras o su
comportamiento resulten escandalosos. Ningún cristiano debería llegar a decir:
«Que se saque él las castañas del fuego; que se vaya por su camino y deje de
molestarnos».
La intervención de
la comunidad constituye precisamente el intento más fuerte de recuperar al
hermano.
Puede llegar un momento en que sea necesario hablar con mucha claridad, incluso
emplear palabras duras. Pero la finalidad no es castigarlo. Es ayudarlo a
tomar conciencia de la situación en la que se encuentra.
La comunidad puede
tener que recordarle seriamente sus compromisos bautismales: «Si eliges
vivir según una lógica contraria al Evangelio, debes saber dónde te están
colocando esas decisiones». Hay opciones que dañan profundamente la
comunión con la comunidad, y alguien necesita tener el valor de hacerlo
visible.
Incluso una medida severa debe buscar recuperar,
no deshacerse de alguien.
La manera de
afrontar estas situaciones no ha sido idéntica a lo largo de los siglos. En las
primeras comunidades cristianas encontramos actuaciones particularmente
rigurosas ante comportamientos considerados gravemente incompatibles con la
vida cristiana.
La primera carta a
los Corintios nos muestra una situación extrema. En aquella comunidad había un
hombre que mantenía una relación con «la mujer de su padre»,
probablemente su madrastra, una conducta que Pablo considera tan grave que
afirma que ni siquiera era habitual entre los paganos (cfr. 1 Cor 5, 1). Y lo
que más le preocupa no es solamente el comportamiento de aquel hombre: también
le inquieta que la comunidad parezca convivir tranquilamente con la situación.
Por eso Pablo pide
una intervención muy fuerte y llega a utilizar una expresión que hoy puede
impresionarnos: «entregarlo a Satanás» (cfr. 1 Cor 5, 5). No está pidiendo que
lo condenen definitivamente ni que se desentiendan de él. Se trata de apartarlo
de la comunión de la comunidad para que pueda tomar conciencia de la gravedad
del camino que ha elegido.
Y precisamente el
final de la frase nos permite entender la intención: la finalidad sigue
siendo su salvación (cfr. 1 Cor 5, 5). Incluso cuando la comunidad tiene
que decir con claridad: «Así no podemos seguir», no lo hace para quitarse de
encima al que molesta, sino para intentar que reaccione y vuelva. La
severidad cristiana, cuando llega a ser necesaria, no busca perder al hermano,
sino recuperarlo.
Algo semejante
aparece cuando está en juego la integridad del Evangelio. La carta a Tito pide
que, después de una primera y una segunda amonestación, se evite al hereje que
persiste en su actitud (cfr. Tit 3, 10). Una comunidad no puede permanecer
indiferente cuando alguien, invocando el nombre de Cristo, introduce enseñanzas
que desorientan seriamente a los demás.
Y la segunda carta a los Tesalonicenses
ofrece un matiz decisivo. Si alguien no obedece lo transmitido en la carta, se
pide señalarlo y tomar distancia para que pueda avergonzarse de su conducta;
pero inmediatamente se añade: no debe ser tratado como enemigo, sino
amonestado como hermano (cfr. 2 Tes 3, 14-15).
Ahí se entiende
mejor la lógica de una medida eclesial severa: no quitarse de encima a
alguien que molesta, sino intentar recuperar al hermano. La distancia misma
pretende hacerle comprender la gravedad del camino que ha elegido.
«Como un pagano y un publicano»
no significa dejar de amar.
Pero puede suceder
que tampoco este tercer intento consiga nada. Entonces Jesús pronuncia una
frase que, escuchada rápidamente, puede sorprendernos: «considéralo como un pagano o un publicano».
A primera vista podríamos entenderla como una invitación a romper
definitivamente con esa persona. Los escribas y fariseos mantenían precisamente
una distancia radical respecto de paganos y publicanos. Los primeros podían ser
despreciados; los segundos eran considerados personas impuras, social y
religiosamente degradadas.
Pero Jesús no se
relacionaba con ellos de esa manera. Precisamente por su cercanía a publicanos
y pecadores llegó a ser conocido como amigo de publicanos y pecadores.
Por eso la
expresión adquiere un sentido muy distinto cuando la contemplamos desde la
manera de actuar de Jesús. Tratar a ese hermano «como a un pagano y a un
publicano» no significa adoptar hacia él la actitud de quienes lo
desprecian, sino acercarse como Jesús se acercaba a quienes estaban más
lejos y más necesitados.
Aquellos a quienes
otros evitaban eran precisamente quienes encontraban en Jesús una cercanía
especial, porque necesitaban más amor, más cuidado y una atención mayor.
De modo que,
después de haber intentado una vez, dos veces y hasta implicar a toda la
comunidad, el hermano que continúa perdido no se convierte en alguien a
quien amar menos. Su fragilidad reclama todavía más cercanía, más paciencia
y un amor que no se canse de buscar caminos para recuperarlo.
«Atar» y «desatar»:
una responsabilidad confiada a la comunidad.
«En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra
quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará
desatado en los cielos».
Jesús dirige a la
comunidad de sus discípulos una promesa solemne: aquello que ellos aten o
desaten en la tierra será igualmente atado o desatado en el cielo. Las
expresiones «atar» y «desatar» pertenecían al lenguaje utilizado
por los maestros judíos cuando discernían qué estaba permitido y qué estaba
prohibido, qué era conforme a la Torá y qué se apartaba de ella; en definitiva,
qué podía considerarse justo y qué debía rechazarse.
Jesús aplica ahora
ese lenguaje a la comunidad de sus discípulos. A ella le corresponde
discernir qué responde al Evangelio y qué entra en contradicción con él, qué
conduce por el camino señalado por el Maestro y qué se aparta de su palabra.
Esta misma promesa había sido dirigida anteriormente a Pedro; ahora la
responsabilidad aparece referida a la comunidad de los discípulos.
Discernir el Evangelio exige permanecer
a la escucha del Espíritu.
No se trata de una
responsabilidad pequeña. La comunidad cristiana está llamada a saber
distinguir, movida por el Espíritu, entre aquello que es evangélico y aquello
que contradice el Evangelio. Y quienes la escuchan tienen derecho a esperar
de ella una palabra capaz de indicar qué ayuda al ser humano a crecer en
humanidad y qué, por el contrario, termina deshumanizándolo; qué corresponde a
la palabra del Maestro y qué la desfigura.
Precisamente por
eso esta misión entraña también un riesgo. La Iglesia puede mantenerse abierta
a la voz del Espíritu, pero puede igualmente cerrarse a ella y terminar
prestando oído a otras voces: a la lógica de la mundanidad, a criterios que no
proceden del Evangelio. Entonces, en lugar de orientar hacia la verdad, puede
llegar a transmitir como verdadero aquello que nace de una sabiduría distinta
de la del Evangelio.
Y cuando eso
sucede, quienes confían en su palabra pueden acabar siendo desviados. Esperaban
encontrar en la comunidad eclesial una palabra nacida del Evangelio y, sin
embargo, esta puede haber dejado de escuchar la voz de Jesús para asumir
criterios propios de la lógica de este mundo.
Una promesa tan grande
es también una llamada a examinarnos.
Por eso las
palabras de Jesús no son solamente una promesa consoladora; son también una
invitación seria a revisar continuamente nuestra fidelidad. La responsabilidad
confiada a la Iglesia, y a toda la comunidad de los discípulos, es enorme: su
palabra puede ayudar a otros a reconocer el camino del Evangelio, pero también
podría desorientarlos si deja de escuchar al Espíritu.
Después de esta
solemne promesa, Jesús añade todavía una última recomendación, con la que
concluye el pasaje evangélico de hoy.
Orar juntos es aprender a hacer
sinfonía.
«Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de
acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los
cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos».
Jesús expresa esta
realidad con un verbo griego especialmente sugerente. En Mt 18, 19 aparece συμφωνήσωσιν
(symphōnḗsōsin), del verbo συμφωνέω (symphōnéō), que
significa «estar de acuerdo», «concordar», «armonizar». La
palabra está formada sobre la idea de sonar juntos, de hacer que voces
distintas lleguen a concordar. De esta misma familia procede συμφωνία (symphōnía),
«armonía», «concordancia», y de ahí nuestra palabra «sinfonía».
La imagen ayuda
mucho. Una sinfonía no nace porque todos los instrumentos toquen exactamente lo
mismo ni porque todos tengan que convertirse en el mismo instrumento. Al
contrario: cada uno conserva su sonido, su timbre y su función. Precisamente
porque son diferentes pueden producir juntos una música armoniosa.
Algo parecido
sucede en la comunidad cristiana. Hacer comunión no significa volvernos
idénticos. Dios nos ha hecho diferentes y esa diversidad no tiene por qué
convertirse en división. Cada uno puede tocar su propio «instrumento», pero
todos necesitan seguir una misma partitura: la del amor.
Ahí nace la
armonía de una comunidad.
Quizá la mejor llamada para quien
se alejó sea echar de menos esa música.
El hermano que se
ha apartado puede recibir muchas advertencias y muchas palabras. Pero quizá una
de las llamadas más profundas sea encontrarse con una comunidad capaz de vivir
esa συμφωνία (symphōnía): personas diferentes que no viven
enfrentadas, que se sirven mutuamente y que intentan tocar juntas la partitura
del amor.
Así entendemos
mejor las palabras de Jesús: «si dos de
vosotros se ponen de acuerdo» —συμφωνήσωσιν (symphōnḗsōsin)—
para pedir algo, el Padre los escuchará. No se trata simplemente de coincidir
en una petición. La imagen sugiere una comunidad que aprende a armonizar sus
voces delante de Dios, escuchándose entre sí y escuchando juntos al
Espíritu.
Tal vez entonces
nazca también en quien se ha alejado cierta nostalgia: nostalgia de volver a
una comunidad donde no todos son iguales, pero donde nadie tiene que vivir
solo; donde cada uno aporta su propio sonido y aprende, al mismo tiempo, a
escuchar el de los demás.
La oración comunitaria, por tanto, no consiste simplemente en que varias personas recen simultáneamente en un mismo lugar. Es aprender juntos a escuchar a Dios hasta que nuestras diferencias puedan convertirse en sinfonía.
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